Diálogos transatlánticos: un “Boom” De Ida Y Vuelta

Anuncio
ABSTRACT
Alejo Carpentier’s theory of “lo real maravilloso americano” gave shape
to the “interpretative community” of the Latin American “Boom” —which
dovetailed authors such as Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, and
Julio Cortázar among others. Like a boomerang sent into the future, this identity
“propuesta de significado,” or proposition of meaning, was thought to be
miraculously embodied by the Cuban Revolution. Although “magical realism”
was only one among the many facets of literary production of the period, I
propose the need to study it as the master concept or Imagery Nucleus. Its
referent would be the entelechy “América”, land of marvels, that eventually
expanded its network of meanings to “Revolutionary,” “Baroque,” or “AvantGarde” writing.
In Spain the empathy towards the Cuban Revolution shaped a
Transatlantic community that amalgamated these Latin American authors —
some of them living in Barcelona—, with the exiles from the Spanish Civil War,
and anti-Francoist writers such as Juan Goytisolo and Luis Martín-Santos. This
Transatlantic community had an enormous impact on the Spanish literary world
and its self-imagery. Their goal was the fight for and portrayal of a new
ii
“España” from the 1960s on, whose representation became the main trends until
1992, year of the celebration of the Quincentennial of America’s “Discovery” in
Seville, the XXV Summer Olympic Games in Barcelona and Europe’s “Cultural
Capital” in Madrid.
The defense by some of these Latin American authors during the 1960s
of the novels of chivalry —i.e. Amadís de Gaula or Tirant lo Blanc— as
legitimate realistic writing (indeed a magical realistic one), was used as a weapon
against Francoist Historiography and its concept of Hispanism. Defending these
novels meant an adherence to a “heterogeneous” and ex-centric vision of Spain
and Spanishness (Hispanidad), more inclusive of other Peninsular languages: an
attempt to “Latinamericanize” Spain. The transnational cross-border encounters
of the “Boom” shaped and contributed to a (post)modernization of the Spanish
“imaginario patrio” and induced a feeling of anxiety that revolutionized the
relations between Spanish authors and “their” inherited tradition and language.
iii
En memoria de Aarón Pedrós Delgado (2000-2006), de tu tío Ton.
Y de Vicente Sáez Vallés, y Antonio Portolés Vidal.
iv
AGRADECIMIENTOS
A Ileana, Samuel e Ignacio, por su tiempo, paciencia, y amistad.
A Mary S. Vásquez, María Landa Buil, Túa Blesa, Suso y á xente da
Coruña y Zaragoza, por hacer posible este sueño. Y a todos aquellos que me han
ayudado siempre.
A mis padrinos, Antonio y Paca.
A Árnold, en la salud y la enfermedad.
Y por supuesto a mis padres, María y José.
v
VITA
February 24, 1975
Born – Alcañiz, Spain
2002
Licenciado in English Philology,
Universidade da Coruña, A Coruña,
Spain
2002-2006
Graduate Teaching Associate, The Ohio
State University
2006-2007
Lecturer, The Ohio State University
2007-Present
Visiting Assistant Professor,
Swarthmore College
PUBLICATIONS
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Pedrós-Gascón, Antonio F. Conversas con Suso de Toro: Como saba de liño.
Vigo: Xerais de Galicia, 2005.
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Pedrós-Gascón, Antonio F. Rev. of El rompecabezas de la sexualidad, by José
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———— Rev. of El reino del ocaso. España como sueño ancestral, by Jon
Juaristi. España contemporánea 17.2 (2004): 112-4.
———— Rev. of Ten que doer. Literatura e identidade, by Suso de Toro.
Anuario de Estudios Literarios Gallegos (2004): 180-2.
———— Rev. of Españois todos. As cartas sobre a mesa/Españoles todos, by
Suso de Toro. España contemporánea 17.1 (2004): 119-21.
———— Rev. of El príncipe manco, by Suso de Toro. Letras peninsulares
16.2–3 (2003-2004): 922-5.
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———— Rev. of Sexualidad y escritura (1850-2000), Ed. Raquel Medina and
Barbara Zecchi. España contemporánea 16.2 (2003): 119-22.
FIELDS OF STUDY
Major Field: Spanish and Portuguese
ix
ÍNDICE
Página
Abstract ...……………………………………………………………… ii
Dedicatoria ..…………………………………………………………… iv
Agradecimientos ……………………………………………………….. v
Vita …………………………………………………………………….. vi
Capítulos:
1.
Introducción: Un boom de ida y vuelta ………………………… 1
2.
¿Qué hay en un nombre? “América” …………………………..12
2.1 De Roh a Carpentier, pasando por Borges …………………12
2.2 Realismo mágico: concepto paraguas………………………38
3.
“Nosotros, América”….…………….......................................... 60
3.1 El “efecto boomerang” …………………............................. 61
3.2 Escribir la Revolución, escribir la maravilla………………..91
4.
“Nosotros, España”…………………………………………....109
4.1 Latinoamericanizar España, españolizar Latinoamérica…..109
4.2 Del realismo mágico al Quinto Centenario………………..131
5.
España, laberinto de soledades: de la “Malinche” a “La Cava”
Florinda………………………………………………………..160
5.1 Juan Goytisolo: un cuestionamiento del imaginario nacional
del franquismo ………………………………………………..163
x
5.2. Otro cuestionamiento del imaginario franquista: Luis MartínSantos………………………………………………………….183
6.
A modo de conclusión: hEspaña / Galiza ..…………………... 211
Bibliografía …………………………………………………………... 215
Apéndice A: Foro Luzes de Galiza, “Hespaña”……………………… 242
Apéndice B: Foro Luzes de Galiza, “Galicia, cidade atlántica”……… 246
xi
CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN: UN BOOM DE IDA Y VUELTA
Es decir, empiezo a traer Europa hacia acá y a verla de
aquí hacia allá. (Carpentier, Razón 32)
Thus, the phenomenon of the Boom novel presents us
with a challenge: the positing of a theoretical
framework that would allow for the integration of
Spanish American letters as a legitimate object of study
within Spanish Peninsular literary history not simply
the literature of Spain, but also the literature in Spain?
(Santana 12)
Que las academias española y latinoamericana(s) se miran con recelo, cuando
no con desprecio, es algo que cualquier estudiante de literatura puede notar. Quizá
como remanente de una serie de sentimientos coloniales, quizá por desconocimiento
mutuo, los curricula de una y otra especialidad se construyen uno de espaldas al otro,
salvo por las contadas excepciones de autores como Darío, o cineastas como Buñuel,
que a veces son estudiados en ambas márgenes como autores propios. El Atlántico es
para ambas academias no sólo una frontera natural que separa las dos orillas del
Hispanismo, sino también un abismo por el que el diálogo, el intercambio de ideas,
no fluye con la agilidad que cabría desear.
1
Ante dos academias tan fuertemente ideologizadas y dogmatizantes, en la que
el recelo contra el “otro” es evidente ¿cuáles son las posibilidades de intercambio? Es
decir, ¿cuál es el futuro de unos estudios transnacionales o transatlánticos en el
hispanismo? ¿están abocados ya desde su origen al fracaso por falta de espacio
intelectual dentro de las academias nacionales, o es posible hallarles un lugar?
La presente tesis doctoral es el comienzo de mi línea de trabajo a nivel
transatlántico del fenómeno literario conocido como “boom” de las letras
latinoamericanas. Dependiendo de la amplitud de miras que se le de al concepto se
considera como autores del “boom” a un grupo reducido de escritores
latinoamericanos —principalmente cuatro o cinco, Mario Vargas Llosa, Gabriel
García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y José Donoso 1 —, a los que a veces
se les une el peninsular Juan Goytisolo. En su concepción más liberal el término
puede llegar a abarcar a los padres Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier, postura por
la que me decanto, como se verá en este trabajo.
Como fenómeno cultural, literario y editorial el boom excede cualquier
frontera nacional. Sus autores más referenciales residieron grandes temporadas —si
no la mayor parte del tiempo—, fuera de los países que les vieron nacer, y su
producción también fue en muchos casos transnacional o transcontinental. Quizá
acentuado por la diáspora intelectual española a la caída de la Segunda República,
estos autores identificaron su experiencia vital en el extranjero con la del exilio. El
1
José Donoso es autor de uno de los listados más conocidos del boom como grupo. Según el
autor chileno “Si se acepta lo de las categorías, cuatro nombres componen, para el público, el
gratin del famoso boom, el cogollito, y, como supuestos capos de mafia, eran y siguen siendo
los más exageradamente alabados y los más exageradamente criticados: Julio Cortázar, Carlos
Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.” (Donoso, Historia 128). La quinta
plaza del club la ocuparían temporalmente el propio Donoso o Juan Goytisolo, entre otros.
2
destino de estas migraciones voluntarias fueron principalmente las metrópolis
editoriales y universitarias del continente americano o europeo.
Abrir el análisis del boom a una visión transnacional, como un fenómeno
literario de ambas orillas del Atlántico, entender el diálogo de imaginarios que le dio
origen, y los diálogos a que dio lugar, son unos de los retos pendientes de la academia
hispana.
En este trabajo de interpretación transatlántica intento explicar de qué manera
la comunidad lectora edificada a la sombra de la Revolución Cubana influyó en el
imaginario nacional español, así como en la subsiguiente relación simbólica entre la
antigua metrópolis y sus excolonias. Mi tesis es que la euforia con que se vivió la
Revolución se reflejó en una transitoria “latinoamericanización” del imaginario
patrio, pero que esta fue perdiendo fuerza a partir de la Transición y vivió su canto
del cisne con la efeméride del Quinto Centenario, en 1992. Asimismo argumento que
la promoción por parte de la comunidad interpretativa latinoamericana del realismo
mágico como aglutinante identitario en vísperas aniversario —la misma identidad que
se les confirió anteriormente en el “descubrimiento” o “conquista”— fue un arma que
desencadenó un imaginario de doble filo: la defensa de la maravilla por la comunidad
latioamericana podía leerse también como una peligrosa añoranza colonial.
Dicha visión evolucionó en España de un primer momento en el que
Latinoamérica se veía como tierra de promisión y topos de una relectura de España
—principalmente para el liberalismo republicano y el pensamiento progresista—, al
posterior neocolonialismo cultural y económico que caracteriza las dos últimas
3
décadas de la relación con Latinoamérica, con la llegada al poder del pensamiento
conservador en España.
En los últimos años, y tal vez impulsado por la proximidad del cuadragésimo
aniversario de la publicación de Cien años de soledad (1967), la obra de los autores
del boom está viviendo un renacer crítico. Ejemplo de este resurgir son la obra de
Mario Santana, Foreigners in the Homeland (2000) —libro referencial que impulsaba
una lectura transatlántica de estos autores, incidiendo en la dialéctica del mercado
editorial peninsular, así como en su influencia en la publicación en las demás lenguas
peninsulares (incidiendo en las catalanas)—, y las más recientes obras La llegada de
los bárbaros, de José Marco y Jordi Gracia (2004), que incluye un voluminoso grupo
de artículos y ensayos publicados en los periódicos y revistas del periodo, y que
ayudan a comprender la recepción en España. También recientemente José Luis
López de Abiada y José Morales Saravia han editado Boom y postboom desde el
nuevo siglo: impacto y recepción (2005), demostrando la importancia que la etiqueta
magico-realista ha tenido en la internacionalización de la literatura latinoamericana.
El libro además analiza la recepción en Alemania de la obra de autores como Vargas
Llosa, etc. Por último, y cuando ya estaba terminando este trabajo, ha llegado a mi
conocimiento la publicación del libro Novela española y boom hispanoamericano:
hacia la construcción de una deontología crítica (2006) de Adrián Curiel Rivera, que
no he podido consultar.
Estas obras —salvo la última que no he podido consultar— demuestran la
futilidad de leer el boom como un fenómeno nacional ya sea desde el punto de vista
latinoamericano o peninsular. Los viejos esquemas filológicos basados en las
4
identidades nacionales son incapaces de explicar integralmente las producciones de
estos autores —cuyo marco de recepción y producción es transnacional—, y en el que
el “exilio” es un ideologema identitario. 2 Por ello la visión de la literatura de estos
autores como un “hecho” o manifestación nacional es un pesado lastre que dificulta el
estudio de su obra. Me adhiero así a las opiniones de Mario Santana, quien al
comienzo de su estudio explica: “Against a nationalistic writing of Spanish literary
history, I argue for the need to emphasize reception over origin.” (Santana 12). Y la
recepción fue, creo que sin duda alguna, transnacional.
Y lo mismo se podría decir de la recepción en la otra orilla del Atlántico.
Querer entender el boom como un fenómeno exclusivamente latinoamericano, sin
observar las influencias que en el auge editorial del continente tuvieron los exiliados
republicanos, o la importancia que algunas de estas obras tenían como mercancía de
lucha simbólica contra el franquismo, es aferrarse a las concepciones nacionalistas del
hecho literario que esta literatura demostró caducas. Al igual que el campo literario
peninsular debe recuperar las obras y los autores del exilio —o mejor dicho, del doble
exilio, pues vivieron el exilio del canon en la postguerra y lo siguen viviendo en la
actualidad—, las obras de autores como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera
Infante, José Donoso o Gabriel García Márquez necesitan ser reconocidas y
2
“¿Por qué, y cómo, entonces, un número tan grande de novelistas
hispanoamericanos viven autoexiliados? El exilio es otro de os elementos
legendarios que la crítica del continente rara vez perdona, y al condenarlos por «vivir
alejados de los problemas nacionales» los acusan de un cosmopolitismo
desenraizado. Pero las acusaciones que trae consigo este exilio —que sería otro de
los rasgos que aplicados libremente configurarían el hipotético boom— no son más
que una variante de las acusaciones de todas las épocas a los escritores
latinoamericanos, que casi siempre han vivido, por lo menos durante largas
temporadas, fuera de sus países.” (Donoso, Historia 75)
5
estudiadas progresivamente en el canon peninsular, pues su impronta sobre las obras
de los coetáneos españoles es evidente e indeleble.
Es innegable que el boom ayudó a conformar el “canon” peninsular actual, y
que la realidad literaria española sería probablemente diferente sin el mismo, pues
como explica Blanco Aguinaga tomando la obra paradigmática del periodo como
punta del iceber:
[...] aunque provocó un gran entusiasmo entre los
«iniciados» de 1962, Tiempo de silencio no es acogida
por el mayor público «culto» nacido del «despegue»
económico de los años medios del franquismo hasta que
—por así decirlo—no se ve arropada por el éxito de la
novela hispanoamericana. (Blanco Aguinaga 31)
Usando el famoso título de Max Henríquez Ureña, se puede decir que este fue
el momento —en el campo de las letras— en el que los galeones retornaron a España;
en el que la antigua colonia desembarcó en las costas españolas, dando lugar con ello
a la re-invención, el re-descubrimiento del Viejo Mundo, pero también a la reinvención de América. El periodo fue un boom de ida y vuelta. Y esta confluencia de
imaginarios de las comunidades interpretativas peninsular y latinoamericana es una
de las bases del boom, y uno de los hechos que ayuda a entender el éxito trasnacional
de la literatura del momento, pues pese a su tratamiento de temáticas más o menos
“locales”, su lectura era común y universalizable, universalizada.
Teniendo esa visión como base, en el capítulo dos de este trabajo —“¿Qué
hay en un nombre? América”—analizo el acto de enunciación con el que Alejo
6
Carpentier dio el pistoletazo de salida a una de las propuestas más importantes del
latinoamericanismo al decir: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una
crónica de lo real maravilloso?” (Carpentier, Reino 12). En ese capítulo intento
explicar cómo este acto de enunciación se conviertió en la base de una comunidad
interpretativa “maravillosa” —à la Fish—: la que se solidificó en lo que se conoce
como boom.
Tras analizar el proceso de re-apropiación del concepto de Franz Roh por
parte del autor cubano —a través de la traducción de Fernando Vela para Revista de
occidente en 1927—, y su posterior “shiboletización” o identificación exclusivista,
defiendo la necesidad de entender la entelequia resultante “América” —la visión del
continente a través del ideologema de la “maravilla”—, como el elemento rector o
Núcleo de una estructura jerárquica á la Chomsky. Bajo esa entelequia se amalgaman
toda una serie de términos y conceptos hermanados: realismo mágico, lo real
maravilloso, realismo maravilloso… que se construyen como “alteridad” respecto al
apriorismo Europa/Occidente: son su “otro”
Al contrario de una de las tendencias de la crítica literaria, que insiste en la
diferenciación y delimitación de significados de estos conceptos hermanados —
realismo mágico, lo real maravilloso…—, en este trabajo argumento que dicha
diferenciación puede resultar inane desde el punto de vista de la “recepción”,
teniendo en mente las comunidades interpretativas. Las disputas que tanto acaloran al
público universitario al considerar el nivel de la producción realista y la epojé —o
pacto narrativo—, resultan vanas a un nivel de recepción, pues opino que todas estas
manifestaciones son minimizadas y entendidas como facetas de un mismo elemento
7
—la referida entelequia— y, por consiguiente, componentes subyugados al referente
maestro o Núcleo. Además, en última instancia, toda obra es leída como realista.
El capítulo tercero de esta tesis aborda de qué manera el acto de enunciación
carpentierno fue asumido por la comunidad interpretativa que surgió alrededor de la
Revolución Cubana, y cómo ésta lo resemantizó como “América revolucionaria.” Es
mi opinión que la comunidad de la Revolución se vio a sí misma como la
demostración de que la “maravilla” existía, y también como la verdadera voz del
continente a través de ese ideologema.
Como explico en dicho capítulo, la enunciación carpenteriana actuó como un
boomerang, una apuesta de significado que se vio representada en la Revolución —la
Revolución era muestra de la maravilla— al igual que la Revolución se veía a través
de esta apuesta de significado. Coincidiendo con autores como Mejía Duque
(Narrativa 229), considero que la Revolución es el epicentro simbólico del fenómeno
literario, y que el estudio del imaginario a que dio lugar es fundamental para entender
la producción del boom tanto a un lado como al otro del Atlántico. Por ello el Caso
Padilla tiene una especial importancia, pues es el hecho que marca el principio del fin
del espejismo identitario, el hecho que mostró los límites de la “comunidad
interpretativa.”
En el cuarto capítulo se trabaja la influencia del imaginario de la revolución
en la comunidad interpretativa peninsular de la postguerra, y de qué manera el
realismo mágico sirvió como arma de lucha contra el franquismo y el imaginario
falangista. Apoyados en la política editorial de los exiliados de la República, la
literatura latinoamericana se convirtió en un arma eficaz de cuestionamiento del
8
canon literario e ideológico franquista, que había hecho del “verismo” una de sus
insignias identitarias. A la luz de esta situación analizo la defensa que Mario Vargas
Llosa y Gabriel García Márquez hacen de la literatura de caballerías durante los 60 y
70, defensa que a mi entender conlleva una apuesta de significado por otra España —
“España”—. La exégesis del realismo del Amadís es la devolución a la metrópolis del
libro con el que se leyó América, como explica Cacho Blecua , y la propuesta de este
género como lente con que re-leer España, la antigua metrópolis. La defensa de la
obra de caballerías implica una “latinoamericanización” de España, convertir la
metrópolis en el objeto de la mirada colonial, violentar su posición hegemónica. Y
como se explica, esta latinoamericanización conlleva también la lectura de las
relaciones entre Castilla y las otras nacionalidades históricas —Cataluña, el País
Vasco, y Galicia— a la luz de las relaciones colonizador-colonizado del continente
americano.
Abrir la literatura española a una visión excéntrica, enfrentarla a esa “otra”
tradición posible —esa “Nuestra Grecia” de que hablaba José Martí—, replantearla
desde el Atlántica en lugar de desde el canon clásico/filológico europeo presupone un
intento de renovación y revitalización, a la vez de un intento de leer la
correspondencia literaria entre España y el continente americano no como una
relación histórica colonizador/colonizado, en la que el colonizador es el que aporta su
cultura y el colonizado la asume pasivamente, sino como reconocimiento del
enriquecimiento y deuda para con las letras de allende los mares: ni la cultura de uno
ni la del otro son impermeables.
9
En el quinto capítulo se ilustra el efecto que la revisión identitaria
latinoamericana por parte de los autores del boom tuvo en las letras peninsulares,
tomando como ejemplo dos de las obras más importantes producidas en la España del
periodo: Tiempo de silencio (1961) y Reivindicación del conde don Julián (1970).
Como argumento en el capítulo, considero que en la crítica a la ideología del
franquismo y el nacional-socialismo además de la comúnmente reconocida de los
autores españoles en el exilio como Américo Castro, la obra de Octavio Paz El
laberinto de la soledad (1949) puede haber sido de gran influencia. El intento de
análisis sociológico-identitario de lo mexicano llevado a cabo por Octavio Paz, y su
revisión de la figura de Doña Marina, la “Malinche”, parece hallarse a la base de la
defensa de la “cava” Florinda y de la lectura antropológico-nacional que realizan los
dos autores españoles
En la conclusión a esta tesis ilustro varios de los puntos desarrollados en el
análisis anterior respecto a la latinoamericanización de imaginarios, tomando como
ejemplo el manifiesto “Hespaña,” firmado por el Foro Luzes de Galiza. Es mi opinión
que ese texto reciente, publicado el 7 de enero de 2000, muestra la permeación del
imaginario nacional gallego al contacto del pensamiento postcolonial
latinoamericano, y prueba la búsqueda y apuesta por otra España, en este caso
Hespaña.
Como el título del presente trabajo procura sugerir, las comunidades
interpretativas de uno y otro lado del Atlántico dialogan y redefinen su imaginario
constantemente. Las propuestas interpretativas trazan un movimiento elíptico, de ida
y vuelta. La posibilidad de estudiar las literaturas peninsulares desde el diálogo con
10
las culturas y literaturas latinoamericanas, es decir, desde una perspectiva exógena y
menos autorreferencial, podría ayudar a replantear el campo. En este sentido el
término transatlántico significa mucho más que la activa visión transnacional, desde
el otro lado del océano. Si hoy por hoy el océano es una frontera natural, hay que
luchar por conseguir que sea un punto de unión que agilice las relaciones entre ambas
facetas del hispanismo, todavía anquilosadas en su decimonónica configuración
nacional.
11
CAPÍTULO 2
¿QUÉ HAY EN UN NOMBRE? “AMÉRICa”
La humanidad parece indefectiblemente destinada a
oscilar de continuo entre la devoción al mundo de la
realidad y a un mundo imaginado. (Roh, “Realismo”
277)
Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone
una fe. (Carpentier, Reino 8)
2.1 DE ROH A CARPENTIER, PASANDO POR BORGES
“¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo realmaravilloso?” (Carpentier, Reino 12). Con esta frase concluye en 1949 Alejo
Carpentier el prólogo a El reino de este mundo 3 , importante trabajo en el que el autor
cubano teoriza el concepto del “lo real maravilloso”, noción que a menudo es
confundida o equiparada con la de “realismo mágico.” 4
3
Dicho prólogo había aparecido como artículo periodístico el año anterior, 1948, en
un periódico venezolano.
4
Un buen resumen del problema aparece en el capítulo María-Elena Angulo
“Realismo Maravilloso. Problem of Definition. Different Theoretical Formulations”.
(3-18). Asimismo pueden consultarse, entre otros, los siguientes libros: Enrique
Ánderson Imbert, El realismo mágico y otros ensayos. (Caracas: Monte Ávila
Editores, 1976); Alexis Márquez Rodríguez, Lo barroco y lo real-maravilloso en la
12
El término “Magischer Realismus” había sido acuñado en los años 20 por el
crítico alemán Franz Roh para referirse a la incipiente pintura post-expresionista
europea 5 , y como es sabido fue introducido por primera vez en el mundo
hispanohablante a través de una temprana traducción de Fernando Vela 6 para la
Revista de Occidente —dirigida por José Ortega y Gasset, y de la que Vela era
secretario—, bajo el título: “Realismo mágico: problemas de la pintura europea más
reciente.” (Roh, “Realismo” 274-301). Poco después, en ese mismo año de 1927, el
artículo adquiría estatus de libro y se publicaba bajo el título Realismo mágico, post
expresionismo: problemas de la pintura europea más reciente (Madrid: Revista de
Occidente, 1927).
obra de Alejo Carpentier (México: Siglo XXI, 1982); Irlemar Chiampi, El realismo
maravilloso. Forma e ideología en la novela hispanoamericana (Caracas: Monte
Ávila Editores, 1983); Amaryll Chanady, Magical Realism and The Fantastic.
Resolved Versus Unresolved Antinomy (New York and London: Garland Publishing,
1985); Graciela N. Ricci, Realismo mágico y conciencia mítica en América Latina
(Buenos Aires: García Cambeiro, 1985); Lois Parkinson-Zamora y Wendy B. Faris,
eds., Magical Realism: Theory, History, Community (Durham and London: Duke
UP, 1995); Alicia Llanera, Realismo mágico y lo real maravilloso: una cuestión de
verosimilitud (Gaithesburg, MD: Hispamérica y Universidad de Las Palmas de Gran
Canaria, 1997); Seymour Menton, Historia verdadera del realismo mágico (México:
Fondo de Cultura Económica, 1998); y Maggie Ann Bowers, Magic(al) Realism
(London and New York: Routledge, 2004).
5
Franz Roh, Nach Expressionismus: Magischer Realismus. Probleme der Neuesten
Europaischen Malerei. (Leipzig: Klinkhardt und Biermann, 1925).
6
Fernando Vela fue discípulo del pensador José Ortega y Gasset y secretario de la
Revista de Occidente en su primera época. José-Carlos Mainer, en el prólogo a su
edición de textos de Vela, Inventario de la modernidad: ensayos (Gijón: Ediciones
Noega 1983), ilustra la importancia de este autor e introductor de la modernidad en
la literatura y cultura de la primera mitad de siglo: “Gracias a hombres como él —y
en cierta medida a otros como Díez-Canedo, Antonio Marichalar y Antonio
Espina— se explica, sin embargo, mucho del rigor de la inteligencia española del
siglo XX; gracias a un hombre que apenas hablaba otro idioma que el propio pero
traducía a las mil maravillas del francés, inglés, alemán e italiano, la bibliografía
española de su tiempo se ilustró con algunas versiones imprescindibles y con ese
tono de modernidad que, casi obligadamente, ha tenido que comparecer en el título
de la presente antología.” (Mainer, “Fernando” 10)
13
La primera traducción al español por Fernando Vela primó con acierto el
subtítulo del estudio —Magischer Realismus— sobre el título primario elegido por
Roh Nach Expressionismus —“post-expresionismo”—, que desapareció en la versión
española publicada como artículo en Revista de Occidente. El resultado de dicha
elisión sobre el título del libro, considerado como unidad de significado, es patente: si
bien el título alemán subyuga o equipara —según el valor que se le quiera dar a los
dos puntos [:]— el realismo mágico con el post-expresionismo, marcando su relación
histórica con el movimiento pictórico europeo, en el texto en castellano todo el peso
semántico en el título lo recibe el “realismo mágico”, que es identificado —ya sin la
referencia contextualizante Nach Expressionismus— como uno de los “problemas de
la pintura europea más reciente.” La posterior edición en formato libro recupero el
término, pero colocándolo detrás del término “realismo mágico”, subyugado a este.
A un nivel semántico el título elegido por Vela para el artículo—o por Ortega
y Gasset, o por los dos, caso de que lo discutieran—, presenta el realismo mágico sin
el marcador histórico-referencial Nach (post-). Frente al prefijo original, marcador
fuerte de tiempo y contexto, en el título español la referencia temporal queda relegada
a la última posición de la oración, el adjetivo “reciente” (Malerei), marcador temporal
más débil. En un acto casi alquímico, la traducción saca el “realismo mágico” de su
emplazamiento temporal, y parece elevarlo al rango de fenómeno apriorístico —fuera
del delimitado marco histórico del original—. La debilitación o dislocación temporal
transforma el significante, lo sublima, y refuerza sus posibilidades como herramienta
fenomenológica con la que aprehender una realidad metafísica que en palabras de
Roh “palpita” debajo de la apariencia orgánica del mundo.
14
Como se ve, el desplazamiento o elisión operado en la traducción por
Fernando Vela no es insustancial, sino que induce un cambio —un marcado sesgo—
tanto en los parámetros de lectura —el “horizonte de expectativas” de que habla
Jauss— como en las expectativas del lector hispanohablante ante el texto. El epígrafe
resultante tras la elisión modela y dirige la lectura en la versión española, dada la
descontextualización por la ausencia del primer sintagma. El lector de la traducción
mostrará así una mayor sensibilidad hacia las implicaciones fenomenológicas y
ontológicas del estudio —ya manifiestas en el original—, pero relativizando su
relación histórica con el post-expresionismo alemán, y elevando el concepto a un
rango más alegórico. El “realismo mágico”, en su nueva posición de sintagma rector
—o principal— del título, muda de piel, cambiando su función referencial por otra
más abstracta y trascendental.
El que entiendo que es un marcado sesgo impuesto por la traducción, acarrea
un especial énfasis en lo fenomenológico por parte de Vela —siguiendo el modelo de
su maestro 7 —. Este énfasis encuentra justificación y reverberación en otros trabajos
suyos, como el conocido ensayo “Desmitologización de la ciencia” (1964), del cual es
autor —que no traductor—:
Cada día se presentan a los científicos docenas de problemas que al día
siguiente se multiplican. Esto nos indica simplemente que la
7
“La poderosa influencia ejercida por el pensamiento de Ortega y Gasset, de quien
Vela fue amigo y discípulo, y al que llegaría a llamar en una emotiva ocasión “padre
de mis pensamientos” […], se refleja con nitidez en casi todos sus escritos y
determina sus reflexiones de alcance filosófico, a menudo glosa de las orteguianas.
En su terreno, su interés por la antropología filosófica, su inclinación
fenomenológica o su posición raciovitalista son bien elocuentes.” (Creus Visires
143-4)
15
Naturaleza, la realidad, es problemática, tanto más cuanto más
penetramos en ella, infinitamente problemática, hasta el punto de que
podemos decir que realidad es el conjunto de problemas que se nos
presentan. 8 (Vela, Inventario 220)
Es la base de mi trabajo que la genial “per-versión” del título alemán por parte
del discípulo de Ortega —que redunda en una supremacía de lo fenomenológico—, es
el fiat lux de la que será una de las “estrategias interpretativas” (Fish 168) 9 más
prominentes del hispanismo del siglo XX: el ideologema de la naturaleza mágica o
maravillosa de (Latino) América. 10
Es a través de esta “estrategia de lectura”, que sobredimensiona lo
fenomenológico, como el concepto ha sido leído e interpretado en las letras
hispánicas —y con posterioridad en otras literaturas llamadas excéntricas o
periféricas, como la índia—, sin que esta afirmación sea en detrimento de esta
predilección, sino simple constatación de una preferencia legítima.
Las inmensas posibilidades que el sobredimensionado de lo fenomenológico
abría a un subcontinente y a unas letras como las latinoamericanas, no pasaron
8
A continuación en ese mismo ensayo Vela ataca y denuncia el positivismo de la
ciencia empírica, incapaz de conocer o aceptar la mutabilidad del conocimiento:
“[…] El derrumbamiento de los mitos es la caída de las apariencias, una revolución
que podemos llamar copernicana semejante a la que experimentó la astronomía
cuando Copérnico destruyó la creencia en la inmovilidad de la Tierra. Hoy no
podemos decir que el átomo es indivisible, sino que parecía indivisible. […] La
paradoja es que esos mitos eran racionales, es decir, eran creídos más por racionales
que por fundamentados.” (Vela, Inventario 220-3)
9
“[…] interpretive strategies are not put into execution after reading (the pure act of
perception in which I do not believe); they are the shape of reading, and because they
are the shape of reading, they give texts their shape, making them rather than, as it is
usually assumed, arising from them.” (Fish 168)
10
Hago uso del vocablo de la semióloga Kristeva reproducido por Irlemar Chiampi
en su conocido estudio El realismo maravilloso: forma e ideología en la novela
hispanoamericana, (Caracas: Monte Avila Editores, 1983).
16
desapercibidas a autores como el venezolano Uslar-Pietri, reconocido como el primer
latinoamericano que hace uso del concepto en su ensayo Letras y hombres de
Venezuela (1948). Asimismo se han propuesto a José de la Cuadra con Los
Sangurimas (1934) 11 , a Jorge Luis Borges con Historia universal de la infamia
(1935) —(Flores 187)—, y al español emigrado Ramón J. Sender —en Epitalamio
del Prieto Trinidad (1942) 12 — como sus primeras manifestaciones artísticas.
Sin embargo es Alejo Carpentier el teórico que más claramente vio las
posibilidades, importancia y dimensión del término, reacuñándolo o reapropiándolo
como “lo real maravilloso americano”, expresión en la que se cristaliza el concepto
fenomenológico alemán con una visión ideológico-identitaria del continente, y que en
mi análisis correspondería con un interpretante peirceano, “América.” 13
Alejo Carpentier, un artista interesado y observador de las diferentes disputas
europeas sobre la relación entre arte y sociedad —como la “deshumanización del
arte” o la “rebelión de las masas” que predicaba Ortega y Gasset a fines del 20—,
vivió la euforia libertadora del comienzo del movimiento surrealista —teorizado por
André Breton en su Manifeste du surréalisme (1924), y ampliado en el Second
manifeste du surréalisme (1930)—. A este movimiento se adhirió durante su estancia
11
“As was seen in the previous chapter, Alejo Carpentier and Gabriel García
Márquez are recognized as canonical writers of the discourse of realismo
maravilloso. The antecedents of this discourse, however, can be traced to José de la
Cuadra’s Los Sangurimas, published in 1934.” (Angulo 54)
12
“Quizás una de las primeras aplicaciones de las teorías surrealistas a la realidad
hispanoamericana se encuentre en el español Ramón J. Sender. En 1942 había
publicado Epitalamio del Prieto Trinidad, obra centrada en el islote penitenciario del
Caribe donde son frecuentes las referencias a lo mágico en una atmósfera de
pesadilla.” (Sánchez Ferrer 46)
13
Como se explica unas páginas más adelante, el término “America” en este trabajo
denota un referente ideologizado: el significante con una plusvalía ideológica —el
objeto pequeño a lacaniano—, un significado sobreañadido que se le inscribe y que
se toma como base de una identidad.
17
en Francia. Con un autor como él, la lectura de un texto tan sugerente como el de Roh
—o “Roth”, como él lo llama (Carpentier, Razón 58)— no podía caer en saco roto.
Conocedor de las teorías de Roh a través de la traducción de Vela, rebautiza el
término en el prólogo a El reino de este mundo (1949) como “lo real maravilloso
americano”. Con este nuevo bautismo Carpentier disloca —o en palabras de Menton
“interpreta equívocamente” (Menton 169) 14 — el significado del original. Seymour
Menton encuentra el yerro en la identificación por Carpentier de esta tendencia
artística con el expresionismo, pero la razón de dicha equiparación errónea no debiera
sorprendernos tras la elisión del “Nach Expressionismus” obrada por Vela en el
artículo. Sin embargo, más importante que esta equivocación —con todo lo
sintomática que pueda ser en defensa de las implicaciones fenoménicas y del cambio
de los parámetros de lectura a causa de la traducción de Vela—, es la dislocación del
significante que Carpentier lleva a cabo: el cómo el “realismo mágico” pasa a ser “lo
real maravilloso americano”, con todo lo que esto conlleva.
Para llegar a este resultado el referente sufre las siguientes transformaciones,
que explico en tres pasos:
1) sustitución de sustantivo “realismo” por “lo real” —artículo determinado
neutro más adjetivo (sustantivado)—. Resultado: el término que se utiliza para
14
“Aunque Carpentier afirma que conoce el libro de Franz Roh, en su edición en
español publicado por la Revista de Occidente, lo interpreta equivocadamente: “En
realidad, lo que Franz Roh llama realismo, es sencillamente una pintura
expresionista, pero escogiendo aquellas manifestaciones de la pintura expresionista
ajenas a una intención política concreta. No hay que olvidar que al terminarse la
primera Guerra Mundial, en Alemania, en una época de miserias y de dificultades y
de dramas, en una época de bancarrota general y de desorden, surge una tendencia
artística llama expresionismo.” En honor a la verdad, el expresionismo era un
movimiento predominante en la pintura europea antes de la primera Guerra
Mundial.” (Menton 169-70).
18
nombrar un idealismo estético y literario —la reproducción (pseudo)mimética de “la
realidad”, el logos—, es contrapuesto a “lo [que es] real”, la physis, la naturaleza
(fenoménica). La oposición logos/physis —tradicionalmente alegorizada como
Europa versus América en las letras latinoamericanas—redunda en una denuncia del
artificio logocéntrico, incapaz de dar cuenta de la naturaleza fenomenológica, que
trasciende sus límites referenciales.
2) resemantización de la forma sustantiva compuesta mediante la sustitución
del epíteto “mágico” por “maravilloso”, dos términos con una vasta genealogía a sus
espaldas.
3) adición del adjetivo gentilicio “americano”, con el que se le fija tanto el
origen como el límite geográfico del concepto —lo que llamo “shiboletización” 15 y
Amaryll Chanady denomina territorialización del imaginario (Chanady,
“Territorialization” 125-44)—. Esta adición restringe este tipo de realismo a una
condición esencial ontológica (latino)americana. 16
15
El término shibólet viene de la Biblia. Allí se explica cómo la pronunciación del
fonema /∫/ de la palabra “Shibólet” es utilizada como elemento de identificación de
una comunidad: “Jefté reunió a todos los hombres de Galaad y atacó a Efraím. Y los
de Galaad derrotaron a los efraimitas, que decían despectivamente: “Ustedes, los de
Galaad, son fugitivos de Efraím, en medio de Manasés”.
Galaad ocupó los vados del Jordán para cortarle el paso a los efraimitas. Y cuando
un fugitivo de Efraím intentaba pasar, los hombres de Galaad le preguntaban: “¿Tú
eres de Efraím?”. Si él respondía que no, lo obligaban a pronunciar la palabra
“Shibólet”. Pero él decía “Sibólet”, porque no podía pronunciar correctamente.
Entonces lo tomaban y lo degollaban junto a los vados del Jordán. En aquella
ocasión, murieron cuarenta y dos mil hombres de Efraín.” (Jueces 12.4-6)
16
La aceptación de esta territorialización es una de las tendencias más habituales
dentro de la crítica latinoamericana. Como ejemplo puede verse la siguiente opinión
de María-Elena Angulo: “Magical realism is a well known characteristic of the
modern Latin American novel. It attempts to create “new realities” or to treat the
existing ones with a different perspective from that of the social realism of the 1930s.
[…] In all of the above-mentioned works realismo maravilloso will be considered a
type of narrative discourse which is specific of Latin America due to the way it helps
to elucidate problems of race, class and gender.” (Angulo xi)
19
Para Roh el realismo mágico —en cuanto método de representación de la
realidad— se correspondería con lo que Darío Villanueva categoriza como “realismo
genético” 17 : la realidad mágica “palpita” debajo de las cosas, y el autor procura
reproducirla —en su pintura—. La magia no es una creación intratextual o
abismática, sino que se corresponde con una realidad exterior que el pintor mimetiza.
Carpentier, por otro lado, habla de “lo real maravilloso americano” como un tipo de
mimesis “esencial” —en la línea de lo genético—, pero esta cualidad se torna aporía
por el primer cambio obrado. El problema que plantea la teorización carpenteriana ab
origines es que si se desacredita la palabra, el logos, como método de representar la
realidad —el logos es eurocéntrico y por ello no puede captar la physis
latinoamericana—, ¿cómo se puede justificar el uso de ese mismo logos para
representar “lo real maravilloso americano”? 18 ¿Si el logos es incapaz de aprehender
las esencias, cómo justificar —en la praxis— un realismo esencialista? 19
La aporía que subyace en la escritura de Carpentier la explica Bowers en estas
palabras:
17
“[…] el realismo genético todo lo basa en la relación del escritor con el mundo de
su entorno, que aprehende por la vía de la observación y reproduce miméticamente
de la forma más fiel posible. Por el contrario, en el realismo formal todo depende de
la literariedad: es la obra la que instituye una realidad desconectada del referente,
una realidad textual.” (Villanueva 79)
18
“Magical realism is thus characterized first of all by two conflicting, but
autonomously coherent, perspectives, one based on an “enlightened” and rational
view of reality, and the other on the acceptance of the supernatural as part of
everyday reality.” (Chanady, Magical 21-2)
19
Ante Carpentier se abre una aporía similar a la que describe Spivak en su famoso
artículo “Can the Subaltern Speak?” al hablar de los estudios subalternos, ¿es posible
una praxis no imperial de un referente imperial? Por ello —hablando de el final de El
reino de este mundo— dice Chanady: “In Carpentier’s book, the logical explanation
of Mackandal’s temporary escape from the pyre renders the negroes’ point of view
unconvincing. While it too is a meta-text guiding the reader’s reactions to the rest of
the narrative, it negates the perspective that had been established previously.”
(Chanady, Magical 158) ¿Es posible desde la perspectiva eurocentrica de Carpentier
dar voz a la realidad de los negros haitianos?
20
One question in relation to the concept of ontological magical realism
remains unanswered and that is whether magical realism can be
ontological when its sources are drawn from the context in which the
novel is set but where these do not coincide with the culture of the
writer. For instance, Alejo Carpentier, although from the culturally
mixed region of the Caribbean, was a Cuban of European origin who
spent much time living in Europe, where in fact he was introduced to
the idea of magic realism. To what extent can he be said to share the
cultural context of Haitian slaves with West African cultural
influences from previous centuries? (Bowers 95)
La propia teoría del concepto denuncia la falsedad de su práctica. La denuncia
de la palabra como elemento capaz de transcribir la realidad latinoamericana le
denuncia a él como externo, y a su proyecto como folklorización romántica que
reincide en lo mismo que se intenta denunciar: la exotiación. 20 Por ello, como dice
Víctor Bravo:
Sin duda que esta concepción de América como “el único continente
donde distintas edades coexisten” es producto de la concepción
esencialista sobre América que domina el desarrollo de la novela. Lo
20
Dunia Gras reproduce en su trabajo una cita de los diarios de Julio Ramón Ribeyro
en los que éste denuncia el exoticismo colonial de la obra de Carpentier: “Leyendo la
novela de Carpentier El recurso del método —estoy sólo en la página 60— me doy
cuenta de uno de los peligros que acechan a los escritores ausentes muchos años de
su país: el hacer una literatura apátrida, inspirada en los libros y no en la vida. Por lo
que hasta ahora he leído, la novela es un bazar de nombres propios y de referencias
eruditas. Este defecto se acentúa a causa de otro rasgo de carácter que creo advertir
en Carpentier: el temor de que por latinoamericano y por comunista se le vaya a
reprochar ignorancia en materia de cultura occidental. Entonces hace ostentación de
ella, pero con una exhuberancia tropical. Es como el nuevo rico que acude a la fiesta
con su traje más elegante y con todas sus joyas. (23-IV-75)” (Gras 92)
21
sorprendente es que esta tesis —en contradicción con la antropología y
la sociología contemporáneas— haya sido asumida como una verdad
irrefutable por la mayor parte de los críticos que se han ocupado de la
novela. […] En este contexto se hace necesaria una nueva lectura de la
novela de Carpentier que permita poner en evidencia los posibles
límites de esa compleja arquitectura simbólica que postula la
existencia del siempre perdido e irrecuperable “Edén” en el seno de
nuestro continente. (Bravo 122, 136)
Aunque la teorización sea más cercana a la de un realismo genético, en la
práctica el suyo es el realismo una poiesis intratextual. 21
La territorialización esencial o “shiboletización” de “lo real maravilloso”—
identificación exclusivista 22 — por parte de Carpentier acarrea no pocos problemas
desde el punto de vista del realismo. “Lo real maravilloso americano”, al ser elevado
a la categoría de realismo esencial —pero exclusivo—, adquiere una posición
aporética insalvable, pues “Si no existe un significado esencial, tampoco se podrá
21
“Costa Lima’s discussion of Brazilian literature, with its implications extending to
Latin American literature in general, is a particularly enlightening point of departure
for a reconsideration of what has frequently been considered during the past three
decades as the authentic literary expression of Latin America: magical realism. How
can we reconcile the fictional world of Gabriel García Márquez, populated by
characters ascending to heaven amidst bedsheets, mysteriously levitating while
drinking cups of chocolate, and turning into snakes or puddles of pitch, a world
benighted with deluges lasting several years and yellow flowers falling from the sky,
with the claim that New World fiction is subject to a control of the imaginary based
on the mimetic representation of the continent’s reality, especially bearing in mind
the importance of positivism in Latin America? […] Magical realism would thus be a
particularly successful manifestation of poiesis as opposed to mimesis.” (Chanady,
“Territorialization” 126)
22
“To suggest that magic(al) realist writing can be found only in particular
‘locations’ would be misleading. It is after all a narrative mode, or a way of thinking
in its most expansive form, and those concepts cannot be ‘kept’ in a geographic
location.” (Bowers 32)
22
admitir aquel realismo de esencias, y congruentemente, todo favorecerá el realismo
«en acto», explicado desde la fenomenología y la pragmática.” (Villanueva 91). Por
lo tanto, y aunque Carpentier lo teorice como un realismo esencial, será necesario
poner especial atención en las relaciones pragmáticas que establece el texto con el
contexto social para poder ver cómo del defecto —la formulación aporética— se
intenta hacer virtud.
La “shiboletización” del referente por parte de Carpentier podría ser réplica de
la que Ortega y Gasset hace en su pensamiento filosófico al embestir contra el
universalismo germano proponiendo un “circunstancialismo” fenomenológico —cuyo
epítome sería el realismo “carpetovetónico” promulgado en 1916 23 —. Carpentier
efectúa con su dislocación otro tal. Así, mientras que la visión de Roh posee una raíz
e impronta universalizante —la realidad es mágica y se manifiesta en todo el
mundo—, Carpentier la torna monopolio de todo un hemisferio —la maravilla es
endémica de América, y sólo los americanos la pueden percibir—:
Y sin embargo, por la dramática singularidad de los acontecimientos,
por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en
determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del
Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en
Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso
23
“El Espectador mirará el panorama de la vida desde su corazón, como desde un
promontorio. Quisiera hacer el ensayo de reproducir sin deformaciones su
perspectiva particular. Lo que haya de noción clara irá como tal; pero irá también
como ensueño lo que haya de ensueño. Porque una parte, una forma de lo real es lo
imaginario, y en toda perspectiva completa hay un plano donde hacen su vida las
cosas deseadas.
Voy, pues, a describir la vertiente que hacia mí envía la realidad. Sí no es la más
pintoresca, ¿tengo yo la culpa? Situado en El Escorial, claro es que toma para mí el
mundo un semblante carpetovetónico.” (Ortega y Gasset, “Verdad” 25)
23
ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los
manuales escolares. ¿Pero que es la historia de América toda sino una
crónica de lo real-maravilloso? (Carpentier, Reino 11-2; énfasis mío)
Carpentier suple el abismo existente entre la teoría y la praxis convirtiendo esa
carencia o falla en el centro de la identidad americana —en objeto pequeño a
lacaniano—, en la que paradójicamente él no puede creer, como se ve al final de El
reino de este mundo. 24 Como dice Seymour Menton:
A pesar de las declaraciones teóricas de Carpentier en el prólogo, en la
novela misma, el narrador omnisciente, erudito y eurocéntrico no
comparte con el protagonista Ti Noel la fe en la magia y la licantropía.
(Menton 165)
Con la peroración interrogativa con la que concluye el prólogo a El reino de
este mundo el autor cubano circunscribe el concepto a un imaginario, a un hábitat 25
tanto ideológico como geográfico y cultural. 26
24
Por ello el narrador, como los europeos que presencian la ejecución, ve morir a
Mackandal: “Las reacciones de los personajes corroboran, según su particular punto
de vista, la victoria o la muerte de Mackandal, evadiendo así la interpretación
verosímil por parte del narrador, quien responde desde una imparcialidad que resulta,
con respecto a las novelas que hemos visto, poco comprometida con “lo
maravilloso”, en tanto lo presenta como un efecto de oposición, esto es, de su propia
“distancia” narrativa: “la fe en lo real maravilloso configura una distancia necesaria
desde un punto de vista” (Madrid, p.54). Los negros creen en la vida de Mackandal;
los blancos, el narrador y los propios lectores, estamos situados, sin embargo, entre
esos pocos que “vieron” a los diez soldados dar al traste con los Altos Poderes del
mandinga.” (Llanera 155-6)
25
“Así pues, la idea general es que un mismo fragmento idéntico de lenguaje puede
ser ideológico en un contexto y no en otro; la ideología es una función de la relación
de una manifestación con su contexto social.” (Eagleton 29)
26
Entiendo, junto con Eagleton, que “Si el término ideología se limita a las formas
de pensamiento social dominantes, tal iniciativa sería imprecisa e innecesariamente
confusa; pero aquí puede parecer necesaria una definición más amplia de ideología,
como cualquier tipo de intersección entre sistemas de creencias y poder político. Y
24
La creación de un hábitat resulta pues en una especial relación pragmática
entre el texto y la comunidad interpretativa de la que éste surge. 27 Como se concluye
lógicamente, la identificación de un hábitat con un referente conlleva la exclusión de
éste de otros posibles referentes, lo que daría lugar a relaciones que pueden ser o bien
no-pragmáticas, o bien desplazadas 28 —desde otro hábitat—.
Una de estas aproximaciones, y que creo que puede ayudar a entender mejor
el fenómeno del boom, es la lectura de estos ideologemas desde una perspectiva
transatlántica, desde ese otro hábitat del boom que fue España. El beneficio es que
puede ayudar a entender no sólo el fenómeno editorial y cultural, sino las relaciones
pragmáticas que estos textos establecieron con sus sociedades correspondientes, y de
qué manera los imaginarios detrás de cada una de ellas dialogaron y se enriquecieron
mutuamente. Coincido pues con Mario Santana cuando dice:
Thus, a difficulty arises when the study of national literatures
confronts the presence of foreign elements, since there is a certain
dislocation that has to be accounted for. […] But my argument is
tal definición sería neutral acerca de la cuestión de si esta intersección desafía o
confirma un particular orden social.” (Eagleton 26)
27
Antonio Skármeta deja clara esta relación pragmática: “Un libro leído en el país,
en la tradición donde brota para renovarla, es una ceremonia de identidad cultural
donde en el original prestigio de la palabra escrita aparecen nuestros rostros,
fracasados, calles, muertos, esperanza, y donde nuestras guiñadas de ojos y tics
verbales definen la verdad del texto, su grado de seriedad o de ironía. He aquí cómo
la vocación de escribir, llama a recuperar el país que es su destinatario. Así operan en
la emergencia, las letras clandestinas y las exiladas. Un libro leído por el pueblo de
que está hecho es un acto comunicativo, en él este confirma su identidad, se
mantiene en la conciencia la tensión hacia sueños e ideas, se valora la grandiosidad
de la escena cotidiana en condiciones de riesgo.” (Skármeta 284)
28
“What I finally came to see was that the identification of what was real and
normative occurred within interpretive communities and what was normative for the
members of one community would be seen as strange (if it could be seen at all) by
the members of another. In other words, there is no single way of reading that is
correct or natural, only “ways of reading” that are extensions of community
perspectives.” (Fish 15-6)
25
precisely that such a foreign identity often provides privileged insights
into both the understanding of cultural works and —more
importantly— the functioning of host literatures. Two different literary
systems can certainly contain common elements —as in the
intersection of two geometric configurations— but the respective
positions of these elements in each of the environments will not be
necessarily identical, since their final concretizations depend on the
specific disposition of the systems. (Santana 28-9)
Volviendo a Carpentier y al ideologema de la maravilla, Carpentier concluye
que ésta, cuando aparece en la literatura de Europa, responde a un acto de poiesis,
mientras que en América es resultado de la mimesis —de nuevo logos versus
physis—:
Los libros de caballería se escribieron en Europa, pero se vivieron en
América, porque si bien se escribieron las aventuras de Amadís en
Europa, es Bernal Díaz del Castillo quien nos presenta con su Historia
de la conquista de la Nueva España el primer libro de caballería
auténtico. (Carpentier, Razón 60)
Con la demarcación del hábitat del concepto, Carpentier apuesta por —o
funda— una nueva relación pragmática entre el concepto y su “medio natural” 29 , y
29
“La tendencia en los estudios semióticos post-hjelmslevianos es, precisamente,
considerar la sustancia del contenido no como realidad extralingüística (psíquica o
física), sino como una “manifestación lingüística del contenido situada en otro nivel,
distinto del de la forma”. Esta posición, que ya reconoce como significante el plano
de las sustancias, expresa mejor las exigencias del análisis del texto, puesto que
flexibiliza la calificación de los planos del signo: lo que es reconocido como
sustancia en un tipo de texto, podrá ser analizado como forma en otro. Tal es el caso,
26
con ello marca las diferentes posibilidades de interacción (social) del referente al estar
ubicado en diferentes hábitats.
De todo esto se desprende pues que el realismo maravilloso, como fenómeno
literario, tendrá principalmente dos lecturas de diferente valencia e igualmente
imaginarias: una desde el hábitat ideal de su enunciación, otra desde su negativo. El
primero de éstos se correspondería con el conjunto de países que conforman su visión
de Latinoamérica, en el que el significante es atravesado por el deseo al ser
enunciado, y estructurado así simbólicamente —por el objeto pequeño a lacaniano,
plusvalía o excedente de significación 30 —, elevado al rango de interpretante
[América]. La otra es su negativo —la lectura con diferente valencia— en la que el
valor asignado al objeto pequeño a difiere. 31 Sin embargo, en la base de ambas el
referente es un tipo de entelequia: “América, tierra de la maravilla,” 32 que con
por ejemplo, de nuestro “real maravilloso”, examinado como una forma del
contenido a nivel del ensayo americanista, pero que transferimos hacia la sustancia
del contenido al tratarse de la forma narrativa del realismo maravilloso.” (Chiampi,
Realismo 212-3)
30
“La crítica, con escasas excepciones, no ha hecho sino ratificar estos sentidos,
siguiendo el “tipo de lectura” que el mismo Carpentier ha instituido. Esta crítica
quizás no se ha percatado que una obra dice más —o menos— que las intenciones
explícitas del autor; que más allá de la arquitectura simbólica, conscientemente
realizada, se genera lo que los semiólogos han denominado “un excedente de
significación”, donde, tal vez, se juega la verdadera trascendencia del hecho
literario.” (Bravo 132)
31
“But given the notion of interpretive communities, agreement more or less
explained itself: members of the same community will necessarily agree because
they will see (and by seeing, make) everything in relation to that community’s
assumed purposes and goals; and conversely, members of different communities will
disagree because from each of their respective position the other “simply” cannot see
what is obviously and inescapably there. This, then, is the explanation for the
stability of interpretation among different readers (they belong to the same
community).” (Fish 15)
32
Elizabeth Garrels recoge en su “Resumen de la discusión” las reflexiones, a
posteriori sobre este proyecto de mitologización de América: “Aguilar y Skármeta
también sostuvieron que el boom había intentado crear mitos que explicaran a
América Latina como una totalidad. Se sentían incómodos frente a esa ambición
desde que ambos consideraban que América Latina, en sí misma, es un mito, una
27
posterioridad abarcará también, dentro de ese mismo campo semántico, lo barroco, la
revolución y la vanguardia.
Para Chanady la “ansiedad de la influencia” —siguiendo a Harold Bloom—
que sufre Carpentier “como escritor colonizado”, le obliga a imponer contrastes entre
la realidad latinoamericana y la occidental (Chanady, “Territorialization” 138), es
decir entre dos hábitats distintos. La respuesta de Carpentier a esa ansiedad sería la
adición de un suplemento imaginario, que se toma como base de la identidad
alterna, 33 cubriendo el vacío anteriormente referido, y cuyo epítome imperial sería el
acto de fe: “Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe.”
(Carpentier, Reino 8)
Así, la realidad [R] en “América” corresponde con un R+a, siendo a lo que
Lacan llama object petit a y Eugenio Trías llama mana 34 : el significante con una
abstracción. […] Tanto en su ponencia como en su presentación, Halperín también se
refirió al comportamiento político de los novelistas del boom. Una cantidad de ellos
se vieron a sí mismos como políticos de vanguardia y creyeron que sus libros
contituían un tipo de práctica revolucionaria. […] [Para Aguilar Mora] Su aspiración
política vino a transformarse en una visión mítica: la voluntad de convertir a
América Latina en una entidad inteligible. Aguilar cito a Vasconcelos (La raza
cósmica) como un antecedente para ilustrar esta ambición. Skármeta también hizo
notar que los autores del boom convirtieron la historia en mito.” (Garrels 311-6)
33
“Si se quisiera indicar un término omnipresente y de uso indiscriminado en la
crítica hispanoamericana, ese término es, ciertamente, “realismo mágico”. La
constatación de un vigoroso y complejo fenómeno de renovación ficcional, brotado
entre los años 1940 y 1955, generó el afán de catalogar sus tendencias y encasillarlas
bajo una denominación que significase la crisis del realismo que la nueva orientación
narrativa ostentaba. Así, el realismo mágico vino a ser un hallazgo críticointerpretativo, que cubría, de un golpe, la complejidad temática (que era realista de
un modo distinto) de la nueva novela y la necesidad de explicar el pasaje de la
estética realista-naturalista a la nueva visión (“mágica”) de la realidad.” (Chiampi,
Realismo 21)
34
“En una primera aproximación —siguiendo a Mauss— podríamos considerar el
maná como «una cualidad añadida a las cosas… o como una cosa sobreañadida a las
cosas». «Ese añadido constituye lo invisible, lo maravilloso, lo espiritual, el espíritu
en suma, en quien reside toda eficacia y toda vida. No puede ser objeto de
experiencia, pues absorbe la experiencia.»
28
plusvalía imaginaria, un significado sobreañadido que se le inscribe y que
posteriormente “acolcha” [quilts] 35 el significado. Y lo mismo ocurre con las
manifestaciones artísticas [Arte] de esta realidad, que se producen dentro de este
hábitat imaginario: son Arte+a.
Carpentier dota al referente de implicaciones metafísicas, creando una zona
inasequible de significado —la que cubre el objeto pequeño a, una adición de
significado—, un significado arcano e inefable que se erige en kernel de la realidad
americana. La creación de una zona inasequible a la razón conlleva el
distanciamiento —por extrañamiento— entre el significante y el referente en lo que
Eugenio Trías denomina —siguiendo a Jean Paul Sartre— un acto de “mala fe” 36 ,
pues “no se compromete totalmente con lo que hace sino que se reserva siempre una
zona inasequible como coartada.” (Trías 98).
Podríamos decir, mejorando la terminología de Gauss, que el mana constituye un
signo sobreañadido a las cosas que se halla especialmente presente en unas y
relativamente ausente en otras. Las cosas se hallan marcadas (+) o no-marcadas por
ese signo (-).” (Trías 70)
35
“The ‘quilting’ performs the totalization by means of which this free floating of
ideological elements is halted fixed —that is to say, by means of which they become
parts of the structured network of meaning.” (Žižek 87)
36
La cita completa de Eugenio Trías dice: “De ahí que el discurso metafísico —
como el discurso mágico— sea siempre un discurso de mala fe. La mala fe es, al
decir de Sastre, una actitud que se sitúa siempre fuera de combate: una conducta de
mala fe es aquella que no se compromete totalmente con lo que hace sino que se
reserva siempre una zona inasequible como coartada. Yo no soy el que hago esto —
dice quien obra de mala fe— sino que soy otro muy distinto. Igualmente el discurso
mágico y metafísico se coloca fuera de combate: no discurre sobre este o aquel
objeto determinado; y cuando, con términos como mana, fysis, Geist o ser designa a
esto o a aquello, termina diciendo siempre que esas palabras designan algo más. Ese
exceso que designan no es dable conocerlo: es lo que justamente se desconoce, lo
arcano, lo exótico; es en cierto modo el límite mismo del conocimiento. Pero el
recurso de esos signos flotantes hace posible traspasar el límite y nombrar siquiera
ese más allá. Lo que se nombra con esos signos es, justamente, el más allá de ese
límite, se halle éste donde se halle. En este punto el discurso se vuelve monótono:
siempre dice lo mismo, siempre significa la misma situación; significa, en efecto, esa
intención o esa hybris, característica de magia y metafísica, por traspasar el límite del
conocimiento y apropiarse de algún modo de lo arcano.” (Trías 98)
29
Una de las primeras necesidades, después de identificar el hábitat del nuevo
concepto —el hábitat imaginario creado por la adición del objeto pequeño a o
mana—, es diferenciarlo de sus posibles términos concomitantes, sus rivales, y
promulgar lo que han de ser “artículos de fe” con los que expeler las posibles herejías
o interpretaciones no deseadas. En el caso del autor cubano la primera “herejía” que
cae es el surrealismo, 37 error de juventud del propio escritor: “Inmediatamente caí en
el grupo surrealista.” (Carpentier, Razón 23) Como concluye Víctor Bravo:
El surrealismo, y André Breton, se constituyen en una obsesión
inocultable en la formulación de lo real maravilloso carpenteriano que,
en el afán de deslindar su diferencia con el movimiento francés, no
hace sino revelar sin más su estrecho parentesco. (Bravo 163)
El argumento de ataque contra éste es, para Carpentier, que el surrealismo es
una poiesis artificial, un “misterio fabricado” (Razón 59) 38 , es decir antinatural y
contrario a la cualidad esencial y ontológica que para él posee America —la physis—:
Lo real maravilloso, en cambio, que yo defiendo, y es lo real
maravilloso nuestro, es el que encontramos al estado bruto, latente,
37
“Whereas the Surrealists criticized a hegemonic intellectual and literary canon in
their own society and looked toward the European Other for inspiration in a
movement largely inspired by exoticism, Carpentier also used the concept of the
marvelous real as a marker of difference in a Latin American discourse of identity
rejecting European influence. […] This apparently paradoxical rejection of those
whose influence is obvious [los surrealistas] can be considered a symbolic parricide
due to the inevitable anxiety of influence of formerly colonized societies.” (Chanady,
“Territorialization” 137-8)
38
“En el año 1943 voy a Haití, casualmente, en compañía del actor Luis Jouvet y me
hallo ahí ante los prodigios de un mundo mágico, de un mundo sincrético, de un
mundo donde hallaba al estado vivo, al estado bruto, ya hecho, preparado, mostrado,
todo aquello que los surrealistas, hay que decirlo, fabricaban demasiado a menudo a
base del artificio.” (Carpentier, Razón 27)
30
omnipresente en todo lo latinoamericano. Aquí lo insólito es cotidiano,
siempre fue cotidiano. (Carpentier, Razón 60)
En su peculiar versión del camino de Damasco, Carpentier ve la luz o
“iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de
la realidad” 39 en su estancia en Haití.
La génesis moderna de este ideologema latinoamericano es pues un
movimiento en tres tiempos: 1) la teorización original de Roh; 2) la
tradución/perversión de Vela, con el cambio de énfasis y perspectivas; y 3) la
dislocación/redefinición semántica de Carpentier, que rebautiza el concepto y
equipara lo maravilloso con la realidad americana, expurgando las correspondencias
con el surrealismo. De esta manera Carpentier eleva el concepto al rango de programa
para una arqueología del pasado —y presente— colonial, explicando cómo:
A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además que esa
presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de
Haití, sino patrimonio de América entera, donde todavía no se ha
terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías.
(Carpentier, Reino 9)
De ahí que la historia de nuestra América haya de ser estudiada como
una gran unidad, como la de un conjunto de células inseparables unas
39
“Pero es que muchos olvidan que lo maravilloso comienza a serlo de manera
inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de
una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o
singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una
ampliación de las escalas y categorías de la realidad.” (Carpentier, Reino 7-8)
31
de otras, para acabar de entender realmente lo que somos, quiénes
somos, y qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad
que nos circunda y da un sentido a nuestros destinos.” (Carpentier,
Razón 10; énfasis en el original)
Chiampi evidencia la dislocación y la mala fe sartreana —mediante la cual el
discurso es vaciado y deja de ser directo para tornarse indirecto— en los siguientes
términos:
[…] podemos decir ahora que lo “real maravilloso americano” viene a
ser una unidad cultural y, como tal, una unidad semántica inserta en un
sistema-discurso de convenciones de la cultura hispanoamericana. […]
cuando Carpentier en sus ensayos califica el significante “America”
(de un objeto / América /) como “mundo de lo real-maravilloso”, se
preserva una función cognoscitiva sobre la realidad, aunque la
información deja de ser directa para tornarse indirecta. […] Esto
implica, desde luego, una identificación reduccionista del referente
extralingüístico al objeto cultural “América”, ya que en realidad el
interpretante real maravilloso podría aplicarse a cualquier realidad
histórica o a la realidad latu sensu. Y, de hecho, el realismo
maravilloso no es una modalidad narrativa exclusiva de la literatura
hispanoamericana, y no todos los relatos de esta literatura toman
América como referente (semiotizado o no como realidad
maravillosa). (Chiampi, Realismo 118-20)
32
Con anterioridad a Chiampi, otros autores como Alexis Márquez Rodríguez
ya habían hablado de cómo “América, para él [Carpentier], es fundamentalmente una
dimensión cultural.” (Márquez Rodríguez, “Homenaje” xvii), lo que se podría
equiparar a la intención o hybris de que habla Trías, en la que el interpretante
América funciona como una entelequia.
A nadie escapa la importancia de Carpentier en la estabilización de este
ideologema, pero el cubano no es el único autor latinoamericano que “reaccionó” o
comprendió el futuro de la creación de Roh. Un año antes Arturo Uslar-Pietri flirteaba
en Letras y hombres de Venezuela (1948), con el concepto en términos parejos a los
del estudio del alemán. Así, en el “Capítulo IX: La novela venezolana” (129-47),
habla de cómo los nuevos artistas venezolanos —entre los que se sitúa él mismo—
hacen uso de una objetividad nueva 40 , lírica, poseedora de “un lirismo objetivo, no
subjetivo, como el de sus antecesores, un lirismo que es más bien intuición mágica.”
(Uslar-Pietri 147) 41 En este dictamen podría considerarse que resuena la afirmación
de Roh en la que éste explica cómo el realismo mágico “palpita bajo las cosas” para
aquellos con la sensibilidad suficiente de intuirlo:
40
Recuérdese que la “Neue Sachlichkeit” o nueva objetividad, como la llamó Gustav
F. Hartlaub, fue el término que resultó triunfador frente al “Magischer Realismus” de
Roh, para referirse al post-expresionismo alemán.
41
“Hay un sentimiento trágico en la naturaleza de la novela criolla. La naturaleza es
más grande y poderosa que el hombre. El hombre está a la defensiva ante ella. Es
jaguar, serpiente, fiebre, soledad salvaje, selva enemiga, río rugiente, llanura sin
rumbo, paramera helada. Es el mismo sentido trágico que hizo al español encerrarse
en el confín urbano de la villa, vuelto hacia la tradición y hacia la divinidad, pero con
el añadido mágico del indio y del negro. […] Siguen siendo [los nuevos autores], en
lo fundamental criollistas, es decir, realistas de la vida criolla, pero ya no vista como
elemento pintoresco, sino como la forma más próxima de lo humano. No abandonan
el realismo pero lo asocian a un lirismo objetivo, no subjetivo, como el de sus
antecesores, un lirismo que es más bien intuición mágica.” (Uslar-Pietri 135-47)
33
With the word “magic” as opposed to “mystic,” I wish to indicate that
the mystery does not descend to the represented world, but rather hides
and palpitates behind it. (Roh, Magical 16; énfasis mío)
Pero probablemente sea Jorge Luis Borges —como sugiere Maggie Ann
Bowers 42 — uno de los que primero tomó posesión del proyecto de Roh con su
ensayo “El arte narrativo y la magia” (254-60), publicado dentro de su libro
Discusión (1932). El argentino siempre se mostró sensible a las últimas tendencias
europeas —baste recordar que es el primer traductor parcial al español del Ulysses
(1921) de James Joyce, o que a él se le atribuye una traducción temprana, de 1938, de
Die Verwandlung (La metamorfosis) de Franz Kafka (1915) 43 —.
Desde su visita a España en 1920 durante su periodo ultraísta, Borges publica
en España poemas ultraístas (1921-1924) en las revistas Ultra, Cosmópolis y Grecia.
Asimismo, en 1924 Borges colabora con Revista de Occidente con un artículo
titulado “Menoscabo y grandeza de Quevedo” 44 unos pocos años antes de la
publicación del texto de Roh por Vela. Ya sea por conocimiento directo a través del
original alemán —Borges era un buen conocedor del expresionismo germano—; ya
por la lectura del texto de Roh en Revista de Occidente; ya por su cuñado Guillermo
42
“Despite de lack of a direct acknowledgement by Borges of Roh’s influence on his
work, it is considered probable that Borges had knowledge of Roh’s ideas when he
wrote his influential essay ‘El arte narrative y la magia’ (Narrative art and Magic) in
1932. For these reasons, he is often seen as the predecessor of current-day magical
realists, gleaning influences from both European and Latin American cultural
movements. The mixture of cultural influences has remained a key aspect of magical
realist writing.” (Bowers 18)
43
Según Fernando Sorrentino, la atribución de esta traducción a Borges es errónea.
44
Jorge Luis Borges, “Menoscabo y grandeza de Quevedo,”Revista de Occidente VI
(1924): 249-55.
34
de Torre —casado con Norah Borges ese mismo año de 1927—, la verdad es que es
más que probable que Jorge Luis Borges hubiera leído este texto fundamental. 45
En su trabajo, sin embargo Borges no refiere por lugar alguno a Roh, y sí
nombra a James G. Frazer, autor de The Golden Bough (1890) como fuente de su
visión mágica de la realidad:
Ese procedimiento o ambición de los antiguos hombres ha sido
sujetado por Frazer a una conveniente ley general, la de la simpatía,
que postula un vínculo inevitable entre cosas distantes, ya porque su
figura es igual —magia imitativa, homeopática— ya por el hecho de
una cercanía anterior —magia contagiosa. […] Procuro resumir lo
anterior. He distinguido dos procesos causales: el natural, que es el
resultado incesante de incontrolables e infinitas operaciones; el
mágico, donde profetizan los pormenores, lúcido y limitado. En la
novela, pienso que la única honradez está con el segundo. Quede el
primero para la simulación psicológica. (Borges, “Arte” 258-60)
En contraposición a las teorías deshumanizadoras de Ortega y Gasset —que
ilustra parcialmente la situación de los autores europeos—, Borges defiende la
45
“Como Borges era argentino y además muy europeizado, sería absurdo atribuir su
predilección por la magia a una herencia cultural indígena o africana. Aunque no se
puede explicar el genio individual de Borges por circunstancias generacionales,
podría ser más que una casualidad el hecho de que debutara literariamente a
principios de la década de los veinte, en el mismo momento en que la pintura
mágicorrealista estaba de moda en Alemania y otras partes y cuando tenían más
influencia las ideas de Carl Jung. Mientras el surrealismo se basa en la interpretación
freudiana de los sueños y el mundo subconsciente en general de cada individuo, el
realismo mágico prefiere la inconciencia colectiva de Jung, la idea que proviene de
las teorías arquetípicas, en el sentido de que todas las épocas se funden en un
momento del presente, y que la realidad en sí tiene ciertos rasgos que la identifican
con el mundo de ensueño.” (Menton 38-9)
35
vigencia y “honradez” de la escritura mágico-realista como poiesis. Frente a la
pseudo-mímesis de la simulación psicológica, la poiesis de una literatura consciente
de ser eso: literatura. Frente al pensamiento rígido y ordenado de la civilización, la
creación que cuestiona las leyes: ¿civilización y barbarie?
Tres años después de la publicación de Discusión aparece Historia universal
de la infamia (1935), en la que lleva a la práctica estos postulados mágico-realistas en
alguno de sus cuentos, razón por la que Seymour Menton —siguiendo la polémica
tesis de Ángel Florez (189)— reclama el lugar de Borges dentro del movimiento. 46
Aunque con unos términos más neutros, ésta también parece ser la posición de
Rodríguez Monegal al defender a Borges:
Es evidente por este texto que la literatura narrativa que Borges
propone al lector de La invención de Morel es, a la vez, antipsicológica
y anti-realista. Es decir: ataca simultáneamente lo que él llama la
simulación psicológica (la arbitrariedad de los narradores rusos) y la
simulación realista (el tedio de los detalles verosímiles). Lo que en
cambio él propone es una ficción que acepta deliberada y
explícitamente su carácter de ficción, de artificio verbal. Es decir: una
literatura que se atreva a ser literatura. (Rodríguez Monegal, Boom 65)
46
“Aunque se nota el realismo mágico en los primeros cuentos de Borges, escritos a
principios de los años treinta y recogidos en Historia universal de la infamia (1935),
no fue sino hasta la década de los cuarenta que escribió sus cuentos más famosos y
hasta la década de los cincuenta que su fama llegó a trascender las fronteras de
América Latina, fama que coincide con el rechazo latinoamericano del criollismo y
del realismo socialista y con la resucitación del realismo mágico. […] Aunque
muchos críticos suelen tildar de fantásticos los cuentos de Borges, una aproximación
más acertada sería llamar mágicorrealistas a algunos de los más auténticos, y
fantásticos a los más ensayísticos.” (Menton 39-43)
36
En Discusión, libro en el que Borges publicaba el referido “El arte narrativo y
la magia”, aparece también el controversial ensayo “El escritor argentino y la
tradición” (296-303). En dicho trabajo el bonaerense ataca la raíz de lo que entiende
avance de las concepciones nacionalistas de la literatura en Latinoamérica —
shiboletización—, y que considera reflejo o copia de la situación en Europa:
Además, no sé si es necesario decir que la idea de que una literatura
debe definirse por los rasgos diferenciales del país que la produce es
una idea relativamente nueva; también es nueva y arbitraria la idea de
que los escritores deben buscar temas de sus países. […] El culto
argentino del sabor local es un reciente culto europeo que los
nacionalistas deberían rechazar por foráneo. (Borges, “Escritor” 299)
Para Borges —a quien se le considera con frecuencia, desde el
latinoamericanismo, un autor europeo— la identificación localista, la
territorialización del referente, conduce a una praxis formal 47 que limita la libertad de
escritura —creo entender que su opinión es que la identificación con un “habitat”
límita el horizonte de expectativas estéticas—. Por ello, esa escritura localista
reafirma o reinscribe al sujeto como objeto de una visión colonial: lo convierte en un
“otro”. Siguiendo el modelo de oposiciones binarias Europa versus América —las
diferentes valencias de la identidad—, para Borges la valencia Americana está en la
no localización ¿folklórica?, pues la considera perpetuación de esquemas
eurocéntricos. Esta línea de pensamiento es la que siguen posteriormente autores
47
“Quiero señalar otra contradicción: los nacionalistas simulan venerar las
capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa
mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar
de orillas y estancias y no del universo.” (Borges, “Escritor” 300)
37
como Rodríguez Monegal al hablar de cómo el “realismo maravilloso” es una
perpetuación del imaginario de la conquista, que vuelve a reinscribirse en el
imaginario latinoamericano.
Tras argumentar su oposición al localismo, Jorge Luis Borges arremete contra
esa esencialización territorializada, que considera falso ejercicio de mimesis —pues
es a través de los ojos del “otro”—, al parafrasear a Edgard Gibbon con una de sus
frases más memorables y sarcásticas. 48
Bajo las frases de Borges se prefigura claramente la eterna disputa identitaria
de las letras latinoamericanas, entendida no sin cierto maniqueísmo como oposición
binaria —civilización o barbarie, Europa o América, logos o physis…—, y que de los
años cuarenta para aquí ha girado alrededor del realismo mágico/lo real maravilloso,
entendidos como a) expresión de un fenómeno universal, o b) manifestación local,
con la cualidad inherente de distinguir una comunidad interpretativa e identitaria —
como la pronunciación del fonema /∫/ de la palabra “Shibólet” en el mito bíblico—.
2.2 REALISMO MÁGICO: CONCEPTO PARAGUAS
Anteriormente he explicado como Irlemar Chiampi hablaba de “lo real
maravilloso americano” como unidad cultural y semántica inserta dentro del sistema48
“Gibbon observa que el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos;
yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta
ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma,
como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran
para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un
turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos,
caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo:
sabía que podía ser árabe sin camellos.” (Borges, “Escritor” 299)
38
discurso de la cultura hispanoamericana (Realismo 118), es decir, de lo que
podríamos llamar la “ideología”. 49 El problema que plantea la palabra ideología es
que, dada su acepción primaria desde el marxismo como “falsa conciencia”, su uso
suele ser frecuentemente para descalificar las opiniones ajenas —como dice Terry
Eagleton la ideología es como la halitosis, que uno cree que todos la tengan menos
él—. Mi uso del término ideología implica por tanto la aceptación de que todo
pensamiento es ideológico.
Volviendo a Chiampi tras este breve incurso, me parece especialmente
acertada su propuesta de “unidad cultural y semántica” porque promueve una
jerarquización de la miríada de significados que suelen acompañar a este término,
subyugándolos a un Núcleo/unidad significante [N] 50 . Dicha visión resulta
substancialmente productiva por la capacidad de amalgamar bajo lo que se podría
considerar un mismo súper-significante —por ejemplo, el “realismo maravilloso”—
toda una multitud de realizaciones o significantes flotantes —“lo real maravilloso”,
“realismo mágico”, “fantástico”…— que, aunque internamente pueden excluirse o
49
“El término «ideología» tiene una amplia gama de acepciones históricas, desde el
inmanejable amplio sentido de la determinación social del pensamiento, a la idea
sospechosamente estrecha del despliegue de ideas falsas en interés directo de la clase
dominante. A menudo se refiere a la manera en que los signos significados y valores
contribuyen a reproducir un poder social dominante; pero esto también puede
denotar cualquier fusión significativa entre discurso e intereses políticos.
(Eagleton 280)
50
Cedomil Goić hace algo similar en su Historia de la novela hispanoamericana
(Santiago de Chile: Ediciones Universitarias Valparaido, 1972) al utilizar el término
superrealismo: “El Superrealismo extiende su vigencia en la novela
hispanoamericana en el período que corre de 1935 aproximadamente hasta nuestros
días. […] Adentrándose en el sentido de esta oposición, Superrealismo es, en una
segunda nota, un nuevo modo de representación de la realidad que se caracteriza en
primer término por el descubrimiento de nuevas esferas de realidad y
consiguientemente de nuevos modos de experiencia y de interpretación de la
realidad.” (Goić 177-9). Sobre esta posición de Goić, D’Haen dice: “[Goić] prefers
the term “superrealismo” for the entire tendency of which he sees Carpentier’s “real
maravilloso” forming only a part.” (D’Haen 192)
39
negarse, a un nivel superior en la jerarquía dependen del mismo referente, y cumplen
una función pragmática 51 : “[…] entender realmente lo que somos, quiénes somos, y
qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad que nos circunda y da un
sentido a nuestros destinos.” (Carpentier, Razón 10; énfasis en el original)
Planteo pues la necesidad de entender el “realismo maravilloso” como si fuera
una estructura arbórea á la Chomsky, en la cual el realismo maravilloso —o el
término que deseemos convertir en elemento regente— sea entendido como el
sintagma rector (i.e. [SN, o sintagma nominal]) que estructura sintácticamente todos
los términos bajo su nodo. Eventualmente el núcleo [N] de dicho sintagma —por
ejemplo la “maravilla” o “magia”— es el elemento alrededor del que se estructura
todo el sintagma, y con el cual establecen una relación —función sintáctica— el resto
de elementos: lo real americano, realismo mágico, lo fantástico...
Trazo así la necesidad de entender las diferencias entre estos elementos
dependientes del nodo rector como sintácticas y pragmáticas —por función narrativa,
o por función social—, más que como diferencias semánticas —por significado—,
como tradicionalmente ha hecho la crítica. El motivo es que entiendo que
eventualmente todos estos significantes flotantes —magia, maravilla, fantasía…—,
remiten a un tipo de alteridad discursiva marcada como “no-empírica”, 52 y que está
51
Una aproximación similar parece encontrarse a la base del análisis de González
Echevarría al hablar de este fenómeno: “La continuidad o la cohesión no hay que
buscarla en una secuencia histórica, pues ésta no existe, sino en ciertas coordenadas
de pensamiento que subyacen en toda manifestación del realismo mágico como
programa para la literatura hispanoamericana […]” (González Echevarria 17)
52
Renato Martínez analiza la alteridad en términos parecidos: “En este estudio se
utilizarán tres conceptos que permiten enfocar con alguna ventaja relativa tres
aspectos diferentes del «otro». El primero —es la otredad como código cultural, el
segundo es el del «otro» como signo polisémico, y un tercero, finalmente, donde el
«otro» es un locus en el que opera el efecto-sustancia descrito por Godzich.
40
subyugada sintácticamente a un sintagma rector cuyo nodo sería esa América, que
funciona como interpretante. De este modo estos referentes
[…] sirven para marcar una serie de hitos a través de los cuales la
narrativa hispanoamericana pasa del realismo telúrico de los Rivera,
Gallegos, Güiraldes y demás, y de la crónica realista de los Azuela,
Guzmán, Ciro Alegría et alia, a formas narrativas mucho más
complejas, vinculadas con el vanguardismo de los años treinta, y a una
visión en que las distintas dimensiones de la realidad, incluidas las
sobrenaturales y las oníricas, aparecen armoniosamente integradas.
(Rodríguez Monegal, Boom 76)
Conviene puntualizar, eso sí, que no considero que sea productivo ni
obligatorio establecer una estructuración dicotómica —como Chomsky hace en su
Gramática Generativa Tranformacional—, sino que ésta podría ser tripartita o
múltiple, en la que los elementos menos fuertes semánticamente se construyen por
jerarquía sintáctica alrededor de un Núcleo —el elemento marcado por excelencia,
i.e. “maravilla”—. Dicho núcleo estaría supeditado asimismo a su sintagma rector, la
visión ideológica del interpretante América.
Aclaro que en ningún momento quiero decir que Carpentier posea una visión
ideológica y Borges o cualquier otra persona no: toda visión —ya sea de Europa o de
América— es ideológica, pues está mediada por la ideología, entendida ésta como
“intersección entre sistemas de creencias y poder político” (Eagleton 226)—. Sin
Se entiende por otredad, en este trabajo, un sistema de signos definidos como scode.” (R. Martínez 20)
41
embargo, no todas las ideologías confieren a ese objeto pequeño a el mismo valor, y
su adición de significado no tiene las mismas consecuencias e interpretaciones.
Volviendo a la idea anterior, el “realismo maravilloso” o cualquiera de sus
múltiples variantes puede entenderse como facetas significativas de un mismo nodo
que ordenan sintácticamente todo el campo de significado —la
entelequia/interpretante “América”—, elevada a la categoría de “punto nodal
identitario” á la Lacan:
[…] the point de capiton is rather the word which, as a word, on the
level of the signifier itself, unites a given field, constitutes its identity:
it is, so speak, the word to which ‘things’ themselves refer to recognize
themselves in their unity. (Žižek 96)
El acto proposicional de Carpentier, que configura el referente América como
unidad cultural y semántica —lo que sería en mi opinión ese sintagma rector dentro
del sistema-discurso de la cultura hispanoamericana—, lo que hace es fijar también
sintácticamente toda una serie significantes flotantes 53 —maravilla, magia, …—
integrándolos en una red de significado —el elemento rector o X por encima del
53
Visiblemente influenciado por la revalorización del pensamiento mágico llevada a
cabo por la literatura latinoamericana —el incipit de la obra es una cita tomada de
Rayuela, de Julio Cortázar—, Eugenio Trías realiza un análisis del pensamiento
mágico concluyendo: “Con lo que obtenemos un rasgo último y decisivo que
distingue el pensamiento mágico del científico. Éste, que entroniza a categorías
como mana al rango de categorías fundamentales, compondría un discurso surtido de
esos significantes flotantes e intentaría, mediante ellos, una explicación —precaria—
de las cosas que no sería, por supuesto, conocimiento o ciencia; sería algo diferente:
magia.
La ciencia, por el contrario, procede mediante la eliminación de esos significantes
flotantes. Los signos que componen su discurso son —lo hemos dicho— precisos:
son signos cuyo significado se halla definido de antemano o que llegan a ser
definidos en el curso de la investigación o al final de la misma.” (Trías 75). Su
concepto mana equivaldría al objet petit a lacaniano.
42
SN—. Este elemento funciona como el “designador rígido” lacaniano del que habla
Žižek, una alteridad pura:
This then is the fundamental paradox of the point de caption: the ‘rigid
designator’, which totalizes an ideology by bringing to a halt the
metonymic sliding of its signified, is not a point of supreme density of
Meaning, a kind of Guarantee which, by being itself excepted from the
differential interplay of elements, would serve as a stable and fixed
point of reference. On the contrary, it is the element which represents
the agency of the signifier within the field of the signified. In itself it is
nothing but –a ‘pure difference’: its role is purely structural, its nature
is purely performative —its signification coincides with its own act of
enunciation; in short, it is a ‘signifier without the signified. (Žižek 99;
énfasis mío)
Creo que la definición de éste acto como estructural y performativo puro
ayuda a sustentar mi propuesta de entender el realismo mágico-maravilloso en su
función estructural y pragmatico-performativa, por encima de la función semántica.
Aclarado esto, el acto proposicional performativo creará con el tiempo, la ilusión
fetichista de una nueva identidad, un “Nosotros, América”, que verá su realización
fantasmática en la Revolución Cubana —como se explica en el capítulo siguiente—:
¿Es, acaso, aventurado pensar que tales palabras, escritas en 1946 [por
Carpentier], mucho antes del triunfo de la Revolución Cubana, fueron
entonces el presentimiento de lo que hoy la humanidad ha comenzado
a vivir como realidad objetiva? (Márquez Rodríguez, “Homenaje” xiv)
43
A lo largo de los años la crítica se ha enzarzado en batallas bizantinas 54 sobre
la necesidad o banalidad de discriminar conceptos como realismo mágico, lo real
maravilloso, o lo fantástico, en lo que considero serían las realizaciones o significados
menores —la función semántica— de los conceptos:
Critics still debate whether the terms refer to modes, genres or forms
of writing, or simply cultural concepts. In fact, they are discussed most
frequently in their widest senses as concepts of reality. […] Due to the
variety of applications of these terms and their changing meanings,
critics have found that it is difficult to consider them in terms of one
unifying genre, but rather that they constitute particular narrative
modes. (Bowers 3)
La caja de Pandora la abrió Ángel Flores en su famosa conferencia “Magic
Realism in Spanish American Fiction”. 55 En ella el autor introducía lo fantástico
kafkiano en la genealogía del realismo mágico, y al argentino Jorge Luis Borges —no
en vano, supuesto traductor de Kafka— entre los precursores con su libro de 1935
Historia universal de la infamia. 56 Así, para Flores
The novelty therefore consisted in the amalgamation of realism and
fantasy. Each of these, separately and by devious ways, made its
54
Una antología de varios de los textos fundamentales se puede encontrar en el libro
editado por Lois Parkinson Zamora y Wendy B. Faris, Magical Realism: Theory,
History, Community (Durham and London: Duke UP, 1995).
55
Ángel Flores, “Magic Realism in Spanish American Fiction”, Hispania
XXXVIII,2 (1955): 187-192. También recogido en Parkinson-Zamora (109-17).
56
“For the sake of convenience I shall use the year 1935 as the point of departure of
this new phase of Latin American literature, of magical realism. It was in 1935 that
Jorge Luis Borges’ collection Historia universal de la infamia made its appearance
in Buenos Aires, at least two years after he had completed a masterly translation into
Spanish of Franz Kafka’s shorter fiction.” (Flores 1955: 187)
44
appearance in Latin America: realism, since the Colonial Period but
especially during the 1880’s; the magical, writ large from the earliest
—in the letters of Columbus, in the Chronicles, in the sagas of Cabeza
de Vaca— entered the literary mainstream during Modernism. (Flores
189)
La introducción de un autor tan controversial como Borges obviamente
levantó ampollas entre los defensores de una de las lecturas del significante: la
maravilla como shibólet. En previsión de estas resemantizaciones erróneas e
indeseadas —o heréticas— Carpentier ya había puesto la venda antes de la herida al
excluir el surrealismo europeo del referente America, en un acto que Amaryll
Chanady (“Territorialization” 137-8) califica freudianamente de parricidio simbólico:
Me hubiera sido fácil en aquel momento ponerme a hacer surrealismo.
Y por un extraño fenómeno, hubo en mi un repliegue. […] Y de
repente, como una obsesión, entró en mí la idea de América. De una
América que no había conocido en mis estudios escolares, sobre la
cual había leído muy poco y me daba cuenta de que, sin ella, no me
realizaría en mi mismo en la obra que aspiraba a hacer. (Carpentier,
Razón 24)
Como posteriormente sumariza Luis Leal en “El realismo en la literatura
hispanoamericana” 57 —el primer artículo en respuesta a Flores—:
57
Luis Leal, “El realismo en la literatura hispanoamericana,”Cuadernos americanos
CLIII,4 (1967): 230-5. Aparece también recogido en traducción —“Magic Realism
in Spanish American Literatura,” Wendy B. Farris, trad.— en Parkinson-Zamora
(119-24).
45
Flores considera también como pertenecientes al realismo mágico las
obras de los argentinos Bioy-Casares, Silvina Ocampo, Mallea,
Sábato, Bianco y Cortázar; de la chilena María Luisa Bombal; de los
cubanos Novás Calvo y Labrador Ruiz; de los mexicanos Arreola y
Rulfo, y del uruguayo Onetti. En estos escritores encuentra Flores los
siguientes rasgos distintivos: la preocupación estilística, y el interés en
transformar lo común y cotidiano en tremendo e irreal. (Leal 230-1)
Para Flores, la novedad de este modo de escritura es la unión de realismo y
fantasía como método para mostrar una alteridad marcada como “no-empírica”, y que
en mi opinión está subyugada sintácticamente a un sintagma rector cuyo nodo es
América —que funcionaría como interpretante—. Por ello reune bajo un mismo
término paraguas estas diferentes realizaciones. Interesante es resaltar asimismo cómo
Flores —siguiendo a Borges— reconecta el término con el pensamiento orteguiano, 58
para concluir no sin cierto triunfalismo que:
Never before have so many sensitive and talented writers lived at the
same time in Latin America —never have they worked so
unanimously to overhaul and polish the craft of fiction. In fact their
slim but weighty output may well mark the inception of a genuinely
Latin American fiction. We may claim, without apologies, that Latin
America is no longer in search of its expression, to use Henríquez
Ureña’s felicitous phrase —we may claim that Latin America now
58
“Often their writings approach closely that art characterize by Ortega y Gasset as
“dehumanized”. Their style seeks precision and leanness, a healthy innovation, to be
sure, considering the flatulence of so many reputed writers in Latin American
fiction.” (Flores 191)
46
possesses an authentic expression, one that is uniquely civilized,
exciting and, let us hope, perennial. (Flores 192; énfasis mío)
En su respuesta a Flores, Luis Leal sigue el modelo de identificación
concesiva 59 iniciado por Carpentier —“historia imposible de situar en Europa”
(Carpentier, Reino 12)—, y enuncia en una larga lista lo que el “realismo mágico”
(no) es 60 —identificación “por defecto” —: “[…] el realismo mágico no puede ser
identificado ni con la literatura fantástica ni con la literatura sicológica […] pero
tampoco se interesa, per se, en la creación de estructuras complejas”, etc. (Leal 232).
Como explicaba Trías anteriormente, Leal recurre al mana, “a esa zona inasequible
59
“1. f. Gram. La que precede a una oración subordinada que expresa una objeción o
dificultad para lo que se dice en la oración principal, sin que ese obstáculo impida su
realización; p. ej., aunque.” (Diccionario de la Real Academia Española de la
Lengua)
60
Las identificaciones concesivas que realiza Leal son las siguientes, transcritas en
este largo párrafo: “Así, podemos ver que el realismo mágico no puede ser
identificado ni con la literatura fantástica ni con la literatura sicológica, pero
tampoco con el surrealismo o la literatura hermética que describe Ortega. […] El
realismo mágico no es tampoco un movimiento esteticista, como lo fue el
modernismo, interesado en crear obras en las que el estilo refinado es lo que
predomina; pero tampoco se interesa, per se, en la creación de estructuras
complejas.
El realismo mágico no es, tampoco, una literatura mágica. Su fin no es, como el de
la magia, el de suscitar emociones, sino el de expresarlas. […]
El realismo mágico no se deriva, como quiere el profesor Flores, de la obra de
Kafka. En el Prólogo a La metamorfosis Borges observa, agudamente, que la
característica fundamental de los cuentos de Kafka es “la invención de situaciones
intolerables”. […] En los cuentos del mismo Borges, como en los de otros escritores
de literatura fantástica, la característica principal es la creación de jerarquías
infinitas. Ninguna de estas dos tendencias permea las obras de realismo mágico,
donde lo principal no es la creación de seres o mundos imaginados, sino el
descubrimiento de la misteriosa relación que existe entre el hombre y su
circunstancia. La existencia de lo real maravilloso es lo que ha dado origen a la
literatura de realismo mágico, en la cual algunos críticos quieren ver la verdadera
literatura americana. […]
En el realismo mágico los acontecimientos claves no tienen una explicación lógica o
sicológica. El mágico realista no trata de copiar (como hacen los realistas) o de
vulnerar (como lo hacen los surrealistas) la realidad circundante, sino de captar el
misterio que palpita en las cosas. […] Tengamos presente que en estas obras de
realismo mágico el autor no tiene necesidad de justificar lo misterioso de los
acontecimientos como le es necesario al escritor de cuentos fantásticos.” (Leal 2324; énfasis mío en los sintagmas concesivos)
47
como coartada” (Trías 98) a la hora de definir ese modo de escritura como
intrínsecamente latinoamericano.
Definir un objeto por lo que no es es quizá una de las mejores prácticas de
vaciado semántico que se puede realizar. Haciendo una comparación con el mundo de
la contabilidad se podría decir que la enumeración concesiva muestra el “debe”, pero
oculta el “haber” de la caja de cuentas: es como si al requerimiento de una comisión
oficial, el dueño de un negocio hace inventario de su local por lo que no es y no tiene
—aquello que cubre el objeto pequeño a—. Al final de dicha enumeración, y con
mucha suerte, tal vez podamos suponer de qué consta el local —qué elementos no
nombrados oculta el objeto pequeño a—, pero sólo sabemos qué no es.
La bizantinización y la definición concesiva del realismo mágico/maravilloso
hace que el lector se encuentre entonces ante la paradoja de una enumeración sin
objeto preciso 61 —por el acto de mala fe—, y que por ello se erige en discurso
metafísico apto para producir lo que Trías llama “ilusión analítica,” 62 cuyo referente
fantasmático es “América.”
61
“El terreno del discurso mágico es el universo como totalidad. Los signos
mediante los cuales se apropia de esa totalidad son fundamentalmente significantes
flotantes que cubren lagunas de conocimiento. Esos significantes carecen de
referente o de objeto. Es un discurso totalitario, no especializado, sin objeto preciso.”
(Trías 82)
62
“Pero he aquí lo que añade la metafísica con relación a la magia: pretende
convertir esa vaguedad del referente en la precisión y determinación de un objeto;
intenta versar sobre un objeto determinando, específico, recortado y segmentado de
los objetos característicos de otras ciencias y saberes; intenta fundar, por tanto, un
discurso especializado sobre un objeto específico.
Pretende, por tanto, convertir el vago referente de un signo flotante en objeto de un
discurso especializado. […]
Convierte, pues, al referente del mana en objeto de una ciencia especializada. Y
aborda ese objeto con términos descriptivos o explicativos que aparentemente se
libran de ambigüedad, reprimiendo su verdadera naturaleza de signos flotante.”
(Trías 101)
48
De acuerdo a Trías, este tipo de ilusiones analíticas son capaces de producir
los siguientes efectos imaginarios:
1) Convertir el signo flotante en signo preciso.
2) Convertir la vaguedad del referente de dicho signo en objeto
específico de un discurso.
3) Convertir el carácter totalitario del discurso mágico en el carácter
específico del discurso científico.” (Trías101-2)
Como vengo argumentando, el resultado de la ilusión analítica es, a mi
entender, la creación del signo “América,” resultado de la intersección de los
múltiples signos flotantes de la heterogeneidad.
Vaciado de significado y sublimación del referente van de la mano. Y Leal, en
su respuesta a Flores, muestra cómo el objeto pequeño a —la plusvalía de
significado—, escapa las posibilidades de enunciación, y puede fosilizarse en esa
“uncomprehended letter” sobre la que se sustenta una fe metafísica 63 . A nadie debe
extrañar pues que al final de su refutación Leal disloque la conclusión
fenomenológica de Roh —recuérdese que Roh dice preferir hablar de “magia” y no
de “mística”— por una conclusión obviamente metafísica, con el consiguiente
trasvase de significados hacia esa “uncomprehended letter” que es la fe en América:
En el realismo mágico “el misterio no desciende al mundo
representado, sino que se esconde y palpita tras él”. Para captar los
63
“When we subject ourselves to the machine of a religious ritual, we already
believe without knowing it; our belief is already materialized in the external ritual; in
other words, we already believe unconsciously, because it is from this external
character of the symbolic machine that we can explain the status of the unconscious
as radically external —that of a dead letter. Belief is an affair of obedience to the
dead, uncomprehended letter.” (Žižek 43)
49
misterios de la realidad el escritor magicorrealista exalta sus sentidos
hasta un estado límite que le permite adivinar los inadvertidos matices
del mundo externo, ese multiforme mundo en que vivimos. (Leal 235)
Así, en la conclusión del texto de Leal —reapropiándose a Roh—, este
reafirma la prerrogativa de la fe estatuida por Carpentier —“Para empezar, la
sensación de lo maravilloso presupone una fe.” (Carpentier, Reino 8)—y expresada
aquí románticamente en la idealización del artista [americano] como un místico frente
a la “maravilla” 64 [americana].
En esta disputa entre Flores y Leal se renueva la previa contraposición del
interpretante América por parte de Borges y Carpentier, 65 la definición de lo que sería
64
“Y aquí se plantea una nueva querella del lenguaje. La palabra «maravilloso» ha
perdido con el tiempo y con el uso su verdadero sentido, y lo ha perdido hasta tal
punto, que se produce, con la palabra «maravilloso», lo «maravilloso», una
confusión tan grande, como la que se forma con la palabra «barroco» o con la
palabra «clasicismo». Los diccionarios nos dicen que lo maravilloso es lo que causa
admiración, por ser extraordinario, excelente, admirable. Y a ello se une en el acto la
noción de que todo lo maravilloso ha de ser bello, hermoso y amable. Cuando lo
único que debiera ser recordado de la definición de los diccionarios, es lo que se
refiere a lo extraordinario. Lo extraordinario no es bello ni hermoso por fuerza. Ni
es bello ni feo; es más que nada asombroso por lo insólito. […] Por lo tanto,
debemos establecer una definición de lo maravilloso que no entrañe esta noción de
que lo maravilloso es lo admirable porque es bello. Lo feo, lo deforme, lo terrible,
también puede ser maravilloso. Todo lo insólito es maravilloso.” (Carpentier, Razón
55-7)
65
“Leal even adopts Carpentier’s assertion of the existence of a marvelous reality,
but does not categorically territorialize it in Latin America, as Carpentier did. The
latter ascribed the new Latin American literary expression, which he termed baroque
and considered the appropriate style of the contemporary Latin American novelist, to
the existence of a uniquely New World marvelous reality, characterized by an
impressive geography, cultural and racial miscegenation, early chronicles
fictionalizing the continent, and a turbulent political situation. The existence of a
marvelous reality legitimated and territorialized a literary marvelous, which
Carpentier opposed to the literary artifice of European writers of fantastic and
surrealist literature. García Márquez effects an analogous legitimation and
territorialization when he explains that Latin America, “that boundless realm of
haunted men and historic women,” that “outsized reality,” “nourished a source of
insatiable creativity” more adequate for the representation of the continent’s excesses
than the “rational talents” of Europe. But although Carpentier’s, Leal’s, and García
Márquez’s legitimation of the imaginary is couched in ontological terms (Latin
50
“americano” en contraposición al logos europeo. Lo que está en juego en ambas
disputas es la interpretación que debe darse a ese objeto pequeño a, dos posturas que
representan dos visiones no complementarias —semánticamente—de América:
In fact their slim but weighty output may well mark the inception of a
genuinely Latin American fiction […] an authentic expression, one
that is uniquely civilized, exciting and, let us hope, perennial. (Flores
192; énfasis mío)
La existencia de lo real maravilloso es lo que ha dado origen a la
literatura de realismo mágico, en la cual algunos críticos quieren ver
la verdadera literatura americana.” (Leal 233; énfasis mío)
En una de estas visiones la alteridad posee un significado no marcado (la de
Borges), y en la otra uno identificado con un hábitat (la Carpentier). 66 Reducir la
oposición a la disquisición semántica —como ha hecho la mayoría de la crítica—
obvia un claro hecho sintáctico: que paradójicamente las dos visiones de América
están guiadas por similar “ilusión fetichista” (Žižek 31) ejercida sobre el mismo
significante rector, aunque el objeto pequeño a —la lectura de la plusvalía, la
America is marvelous), the surrealist filiations of their treatment of the imaginary
indicate a more complex epistemological problematization that acquires a particular
significance in the context of Latin America’s status as a colonized society.”
(Chanady, “Territorialization” 133)
66
“El mayor obstáculo para la aceptación general del término “realismo mágico” en
América Latina ha sido la confusión con “lo real maravilloso”, cada uno con sus
devotos, que pueden llamarse respectivamente internacionalistas y americanistas.
Según éstos, la cultura latinoamericana en general puede distinguirse claramente de
la cultura europea y estadunidense por los elementos mitológicos de sus sustratos
indígenas y africano.” (Menton 162)
51
interpretación de su significado— tenga en ambas diferente valencia. Que esto sea así
parece constatarse en la afirmación de Chanady:
This “confusion” between magical realism and the fantastic has been
repeatedly criticized. But what is particularly problematic is the
apparent contradiction between the definition of magical realism as
“an amalgamation of realism and fantasy” that includes narratives such
as “The Metamorphosis” and the stipulation that the “practitioners of
magical realism cling to reality. (“Territorialization” 129)
Centrarse en la función semántica de estos referentes sólo lleva a un pozo sin
fondo —autorreferencial y abismático—, acto inane y estéril del que sólo se puede
salir al analizar la función sintáctica y pragmática de los referentes. Como se ve pues,
no es tanto lo que dice (lo semántico) como lo que “quiere” decir (la función
pragmática) lo que es objeto de discusión. Ambas propuestas, la de Borges y la de
Carpentier, se dirigen a un mismo cuerpo latinoamericano, aunque cada una de ellas
plantee una relación pragmática diferente, tenga un mana de diferente lectura.
La cita de Chanady demuestra el peso de la ideología en ambas posiciones —
posteriormente perpetuadas por la crítica—: para ambas el realismo mágico es un
método de alteridad (ya sea excluyente o no) que se adhiere [to cling] a la realidad.
Por éso Márquez Rodríguez puede decir posteriormente: “Me parece, señores, que
esto no es más que cuestión de saber o no saber leer.” (Márquez Rodríguez,
“Homenaje” xvii), es decir, es cuestión de creer o no creer [en la maravilla
americana], de saber descodificar y reconocerse en la interdicción del lenguaje, saber
52
leer o no el objeto pequeño a ,no lo que dice, sino lo que “quiere” decir: lo que Lacán
llamó “che vuoi?” 67
Lo que es objeto de discusión es el objeto pequeño a —o maná 68 —, el
suplemento de significado que se adhiere con la interpretación. Márquez Rodríguez
sanciona así la (mal)interpretación o cuestionamiento de ese suplemento significativo,
las interpretaciones erroneas y heréticas —no pragmáticas—, mediante lo que antes
se ha llamado shiboletización del significado convertido en acto de fe, para evitar las
fluctuaciones semánticas del significante.
Más de una vez, en análisis o comentarios, se ha pretendido
escamotear a la obra de Carpentier algo que le es consustancial, como
es su dimensión y su esencia, aun más, su intención americanista.
Algunas veces por perfidia, las más por ignorancia o insensibilidad, se
ha utilizado como coartada ciertos detalles de su vida para pretender
negarle autenticidad americana. Su origen europeo —padre francés y
madre rusa—, su sólida formación humanística, su impresionante, por
lo vasta y profunda, cultura universal, han confundido a algunos, hasta
creer descubrir en sus libros la visión de América por unos ojos
67
“After every ‘quilting’ of the signifier’s chain which retroactively fixes its
meaning, there always remains a certain gap, an opening which is rendered in the
third form of the graph by the famous ‘Che vuoi?’ —‘You’re telling me that, but
what do you want with it, what are you aiming at?’
This question mark arising above the curve of ‘quilting’ thus indicates the
persistence of a gap between utterance and its enunciation: at the level of utterance
you’re saying this, but what do you want to tell me with it, through it? (In the
established terms of speech acts theory, we could of course denote this gap as the
difference between locution and the illocutionary force of a given utterance).” (Žižek
111)
68
“¿Qué importa, a este nivel, que al mana se le llame ser, sustancia, Dios, res
cogitans, sujeto, espíritu, hombre, historia, inconsciente o «differ(a)nce»? (Trías 104)
53
europeos. […] ¿Podría, acaso, no ser americano, raigalmente
americano, esencialmente americano, quien escribiese Los pasos
perdidos? ¿Podría ser postiza la visión americana de quien escribiera
El reino de este mundo o El siglo de las luces? (Márquez Rodríguez,
“Homenaje” xvi; énfasis mío)
A la bizantinización de términos y significados —la lucha ideológica por la
interpretación del objeto pequeño a— desde su origen, se suma el que la lista de
candidatos aumente de año en año, ya sea mediante la creación de términos sincrético
como el propuesto por Irlemar Chiampi “realismo maravilloso”, el de Graciela Ricci
“realismo mágico-maravilloso”, o por otros nuevos como el propuesto recientemente
por el propio Gabriel García Márquez “realismo sobrenatural” (García Márquez, Vivir
422) —término de fuerte impronta fenoménica—. A este respecto explica Slemon
cómo:
In none of its applications to literature has the concept of magic
realism ever successfully differentiated between itself and neighboring
genres such as fabution, metafiction, the baroque, the fantastic, the
uncanny, or the marvelous, and consequently it is not surprising that
some critics have chosen to abandon the term altogether. (Slemon 407)
Dado que todos ellos intentan aprehender un mismo nodo referencial desde
diferentes posiciones ideológicas —como vengo explicando—, convendría
reflexionar sobre la utilidad y necesidad de podar las ramas del árbol para poder ver
el bosque, pues la pléyade de sutilezas semánticas con que la crítica ha investido al
concepto lo ha relegado al rango de concepto disfuncional por exceso de significados
54
—muchos de ellos contradictorios o autoexcluyentes 69 —. Justo es, sin embargo,
reconocer que lo difícil es decidir por dónde separar las aguas.
Al contrario de para un especialista universitario, para el lector de las obras
mágico-realistas la diferencia entre los diferentes conceptos que engloban este modo
de escritura son menos significativas que la visión en conjunto que éstos producen: la
escritura de un tipo de “alteridad” discursiva.
Como dice Irlemar Chiampi, al lector le preocupan más las implicaciones
pragmáticas 70 y sintácticas, que las semánticas, pues: “[…] para el lector —a quien la
narración destina su objeto forjado— interesa menos la falacia ideológica de lo real
maravilloso, que su conversión en la verdad poética del realismo maravilloso.”
(Chiampi, Realismo 222)
69
Alicia Llanera compendia parte de estas disputas de este modo: “Por este camino
podríamos concluir que la escritura del realismo mágico “descarta el organismo de
defensa intelectual” (en Miguel Ángel Asturias), suspende el juicio ejerciendo
incluso una “insipiencia deliberada” (en Juan Rulfo) o se abstiene de valorar e
interpretar la realidad (como en el caso de García Márquez); por el contrario, la
escritura de lo real maravilloso americano permite vislumbrar la exclusión de esa
“fe” para dar paso a la “reflexividad” de su conciencia narrativa. Esta particular
inflexión valorativa del narrador ya había encontrado expresiones acertadas: la
“distancia” del narrador (para Jill Levine, González Echevarría); la ausencia de
justificación (para Carrillo, Luis Leal, Fox, Mena, Emil Volek, Padura, Salazar y
Rocha-Logan); el establecimiento de una “fe” narrativa, de una causalidad, de un
“proceso de verosimilización” (Irlemar Chiampi, Barrenechea, Anderson Imbert,
Georgescu, Rodríguez Moneal, Alazraki y Graciela Ricci). Algunos de estos autores
vieron en el realismo mágico y lo real maravilloso americano una cuestión de grados,
que expresan en su teoría con un sincretismo terminológico (realismo maravilloso,
realismo mágico maravilloso, por ejemplo) o con el establecimiento de una “zona”
narrativa donde el narrador (se) aproxima o (se) aleja de los extremos (ordinario y
mágico) de la realidad. En algún momento destacamos cómo en el esquema narrativo
de Alejo Carpentier los extremos se tocan, se reúnen, sólo en algunos instantes de la
fábula, a través de un tratamiento ontológico, más que fenomenológico, de la
realidad (González Echevarría), lo que impide la neutralización absoluta de esos
opuestos.” (Llanera 175-6)
70
Darío Villanueva, parafraseando a Iser, explica: “En especial nos interesa y
conviene su idea de que en la obra de arte literaria el significado debe,
inevitablemente, ser inevitablemente pragmático, es decir, resultante de la
interacción entre los propios signos y sus usuarios, fundamentalmente sus
receptores.” (Villanueva 83)
55
Es decir, las discrepancias sobre la interpretación del objeto pequeño a
resultan menos cardinales para el lector de las obras. Las insalvables aporías
semánticas que encuentra el lector especializado, son salvadas por el receptor de este
producto recurriendo al referente maestro, el sintagma rector, en el cual las
diferencias quedan minimizadas, subyugadas sintáctica y pragmáticamente. El uso de
un referente superior —un término paraguas capaz de abarcar las variantes
inferiores—, permite agrupar a su sombra lo que desde dentro parecen posturas
irreconciliables.
Si aceptamos la necesidad de entender la función sintáctica y pragmática que
cumplen estos términos podremos comprender que posteriormente, una vez
reestructurado el referente —tras las shiboletización y el vaciado de contenido—, el
significado pueda ser identificado con cualquier significante al que se decida investir
ideológicamente con sus atributos, 71 al que se decida proveer de la plusvalía
significante, del objeto pequeño a:
Y aquí se plantea una nueva querella del lenguaje. La palabra
«maravilloso» ha perdido con el tiempo y con el uso su verdadero
sentido, y lo ha perdido hasta tal punto, que se produce, con la palabra
71
“[…] si el realismo mágico y lo real maravilloso dependieran tan sólo de esa
acusada percepción europea que los críticos reclaman con tanta intensidad desde los
tiempos de Carpentier, ¿qué sentido tiene la participación notable y sustantiva en la
confusión de los propios críticos latinoamericanos, supuestamente “inmunes” ante
su realidad? ¿Qué impediría, por otra parte, incluir en las tendencias a Doña
Bárbara de Rómulo Gallegos, la gauchesca argentina o la palabra antigua de las
Crónicas de Indias, cuyos contextos espaciales, desconocidos en Europa, provocarían
semejante sensación de “otredad”?” Ese refugio terminológico de la identidad
incumple también el requisito mínimo para toda supervivencia intelectual: en su
presumible reducción a la idiosincrasia americana es donde anida, paradójicamente,
su infinita capacidad de adaptación a casi todo lo que emerge desde esa orilla: su
ilimitada, pues, ambigüedad.” (Llanera 59)
56
«maravilloso», lo «maravilloso», una confusión tan grande, como la
que se forma con la palabra «barroco» o con la palabra «clasicismo».
(Carpentier, Razón 55-7)
Bajo el paraguas de esa unidad americana, con el tiempo se cobijarán toda una
serie de recursos que abarcarán desde el neobarroquismo y el vanguardismo más
arriesgado, al realismo social(ista) y la literatura proletaria, porque al fin y al cabo:
El realismo literario reside en una intencionalidad compartida por el
autor y por el lector, a la que el texto presta su papel determinante de
cómplice. No se trata, pues de un problema de génesis, ni tampoco,
exclusivamente, de lenguaje o forma literaria. Lo fundamental
descansa en la posibilidad, más o menos plausible, de un lector o una
lectura intencionalmente realista. (Villanueva 204)
Por ello en este trabajo uso el término realismo mágico y lo real maravilloso,
salvo que haga constar lo contrario, como términos intercambiables. La justificación
para dicha identificación es que considero que para el lector —ya sea este, peninsular,
europeo u occidental, y me atrevería a decir que también para muchos
latinoamericanos—, el referente maestro, que rige y organiza, es el mismo: el
interpretante América. Y así, las discrepancias o contradicciones al nivel semántico,
interno, de los diferentes términos que intentan cubrir el significado, no afectan o
invalidan el peso y valía del significante maestro.
Al elevar América a la posición de significante maestro Carpentier consigue
que lo real maravillo funcione como punto nodal identitario que obra la maravilla: en
un tiempo record se consigue el prodigio que cuatro siglos de historia colonial y
57
postcolonial no habían alcanzado, la fetichista fantasía de una unión Panamericana
bajo la égida del “realismo mágico-maravilloso”. Como dice Alejo Carpentier:
Lejos quedaron los tiempos que veíamos nuestra historia como una
mera crónica de acciones militares, cuadros de batallas, intrigas
palaciegas, encumbramientos y derrocamientos, en textos ignorantes
del factor económico, étnico, telúrico —de todas aquellas realidades
subyacentes, de todas aquellas pulsiones soterradas, de todas las
presiones y apetencias foráneas —imperialistas, por decirlo todo—
que hacían de nuestra historia una historia distinta a las demás
historias del mundo. Historia distinta, desde un principio, puesto que
este suelo americano fue teatro del más sensacional encuentro étnico
que registran los anales de nuestro planeta: encuentro del indio, del
negro, y del europeo de tez más o menos clara, destinados, en lo
adelante, a mezclarse, entremezclarse, establecer simbiosis de culturas,
de creencias, de artes populares, en el más tremendo mestizaje que
haya podido contemplarse nunca…
[…] De ahí que la historia de nuestra América haya de ser estudiada
como una gran unidad, como la de un conjunto de células inseparables
unas de otras, para acabar de entender realmente lo que somos, quiénes
somos, y qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad
que nos circunda y da un sentido a nuestros destinos. (Carpentier,
Razón 3-10)
58
Como se verá en el capítulo siguiente, una vez enunciada la proposición por
Carpentier, será sólo cuestión de tiempo que el público latinoamericano asuma el
“realismo maravilloso” como point de capitón o punto nodal de su identidad, y se
autoidentifique con el “acolchado” [quilting] 72 o imagen que éste le ofrece. Carpentier
ha tirado el guante que será recogido en la década siguiente en lo que se ha dado a
conocer como “boom” de las letras latinoamericanas, y por eso es necesario
considerar su figura a la hora de entender la configuración del periodo.
72
“The ‘quilting’ performs the totalization by means of which this free floating of
ideological elements is halted fixed —that is to say, by means of which they become
parts of the structured network of meaning.” (Žižek 87)
59
CAPÍTULO 3
“NOSOTROS AMÉRICa”
El estilo de la civilización se llama clasicismo. Al estilo
de la barbarie, persistente, permanente debajo de la
cultura, ¿no le daremos el nombre de barroco? (D’Ors,
Barroco 21)
América, continente de simbiosis, de mutaciones, de
vibraciones, de mestizajes, fue barroca desde siempre.
[…] Todo lo que se refiere a cosmogonía americana —
siempre es grande América— está dentro del barroco.
(Carpentier, Razón 51-2)
Y la obra entera de Carpentier es una doble
adivinación: a la vez, memoria del futuro y predicción
del pasado. (Fuentes, Nueva 51)
En este capítulo me propongo analizar de qué manera el acto de enunciación
carpenteriano, que podría resumirse en una frase como “América es maravilla”, fue
apropiado por la comunidad interpretativa surgida alrededor de la Revolución
Cubana, y cómo ésta se vio a sí misma como su receptor imaginario, el verdadero
“Nosotros, América”. Como espero poder explicar, la apropiación supuso la
evolución del sintagma rector de la maravilla a “América es revolucionaria”. Bajo ese
nuevo Núcleo rector se cobijaron las diferentes tendencias literarias y culturales del
periodo —su imaginario abarcaba desde el vanguardismo más radical al social60
realismo más tradicional—, cuya repentina visibilidad o aparición en la escena
pública occidental —a veces diríase casi exhibicionista— es conocida con el término
inglés boom. 73
3.1 EL EFECTO “BOOMERANG”
Al boom como categoría referencial le ocurre lo mismo que al “realismo
mágico”: el término es usado con tanta liberalidad —el significante acapara tantos
significados— que ha quedado vaciado de significado estable y, virtualmente, el
término acoge a su sombra posturas y autores antagónicos, pues puede abarcar desde
un vanguardismo lingüístico o formal —como Tres tristes tigres (Cabrera Infante
1964), Rayuela (Cortázar 1963) o El obsceno pájaro de la noche (1970)— a modelos
mucho más tradicionales, con mayor énfasis en la narratividad 74 —como Cien años
de soledad (García Márquez 1967)—.
Este grupo de autores se convirtió en el movimiento literario hegemónico
durante casi dos décadas en Latinoamérica —de mediado de los 50 a mediados de los
70—, y su apoteosis fue la concesión del Premio Nóbel de Literatura a Gabriel García
73
“Pero probablemente el antecedente más importante, porque recoge los elementos
de mayor pertinencia para la elaboración del discurso identitario que sustentará
luego, como denominador común, la mayoría de los textos que van a adquirir
autoridad sustancial para el nuevo canon, haya sido un texto no narrativo: el ensayo
de Carpentier que se conoce como «De lo real maravilloso americano», publicado en
1948 en Caracas y que apareció poco después como prólogo a El reino de este
mundo (1949). Es importante no sólo por el calibre y alcance de sus reflexiones, sino
también porque de algún modo lo que serán luego los motivos de fondo de la mayor
parte de la literatura del boom, por una parte, y de otra adelanta los lineamientos de
un concepto —el de ‘realismo mágico’— del que la crítica hará uso y abuso
exhaustivo en los sesenta.” (López de Abiada y Pérez Cino 328)
74
Véase por ejemplo el libro de Ricardo Gullón, El olvidado arte de contar,
(Madrid: Taurus, 1970), obra que gozó de gran difusión.
61
Márquez en 1982. Como dicen López de Abiada y Morales Saravia sobre el prólogo a
El reino de este mundo:
Su título mismo contiene los que serán luego puntos clave en esa
reformulación del canon literario que supuso el boom: lo real; lo
maravilloso; lo americano. Estos tres elementos pueden combinarse de
mil maneras —y de hecho lo estaban en un sentido muy preciso en el
texto de Carpentier, ligados por una suerte de vínculo ontológico
según el cual lo maravilloso pervive en la realidad americana, y es
circunstancial a su devenir histórico. (López de Abiada y Pérez Cino
329-30)
¿Pero quién sería esta comunidad interpretativa del boom?, ¿y cuales fueron
esas decisiones colectivas, esos elementos que se invistieron de significado
identitario? Para mí la respuesta a la primera pregunta es clara: la comunidad
interpretativa del boom es “una generación que trata de estructurar su nueva
identidad” (Collazos 100) 75 , la intelectualidad americana que se solidifica alrededor
de la Revolución Cubana —lo cual no quiere decir que la comunidad sea cubana—.
Para Abiada la Revolución es pues el terminus a quo del boom:
¿Es descabellado afirmar que el boom tenía un terminus a quo (1959)
75
El texto completo dice: “Pienso que si todavía en la sociedad capitalista es
previsible esta escisión (su naturaleza misma lo hace posible), el futuro socialista de
la América Latina tendrá que insertar en su desenvolvimiento revolucionario a un
escritor capaz de responder no sólo con la función específica de su arte sino con una
conciencia que lo habilite para la comprensión y operatividad de su pensamiento en
la Revolución.
Aquí se encuentra una de las mayores preocupaciones de mi ensayo y si su lectura ha
sido injusta, por lo menos creo que mi papel de “provocador” ha “estimulado” un
texto que como “Literatura en la revolución y revolución en la literatura” prueba que
no es a usted, Julio Cortázar, a quien me dirijo, sino a una generación que trata de
estructurar su nueva identidad.” (Collazos 100)
62
y un terminus ad quem (1970-1971)? Ambas fechas están avaladas por
dos acontecimientos: la Revolución cubana (que contó con el apoyo o
la simpatía de muchos intelectuales latinoamericanos democráticos) y
el caso Padilla (que dividió a la intelectualidad progresista
latinoamericana en dos bandos enfrentados y generó un debate de
proporciones considerables). (López de Abiada 132)
Para la comunidad interpretativa que se estaba afianzando, que leía el cuerpo
latinoamericano desde la maravilla, la Revolución fue el espejismo de su anagnórisis
continental y postcolonial: la demostración materializada de que América era
maravillosa, de que la maravilla era real. 76 Esta comunidad adoptó alegóricamente la
maravilla —en un sentido lato— como la expresión más idiosincrásica y verista del
continente, lo que sería la formulación estética de Ángel Rama:
Sin contar que el escritor, por su tarea específica, dispone de un
margen cultural más elevado que el del grupo social al que se asocia,
lo que le permite encontrar la formulación estética que mejor expresa
el “imaginario social”, incluso cuando éste todavía no ha alcanzado a
articularse claramente en un discurso coherente y lleva una vida
latente. (Rama, “Sistemas” 101)
La comunidad interpretativa de la revolución fue la que mejor supo plasmar el
76
“Obviamente, este problema de teoría (y de crítica) literaria no es sino un aspecto e
nuestra cultura toda. De ahí que, como señalamos antes, relacionar con la
circunstancia y valorar hayan adquirido para nosotros en América Latina, sobre todo
a partir de la Revolución Cubana —verdadera anagnórisis de nuestro ser histórico—,
importancia fundamental, y nos hayan llevado a tomar en consideración, de modo
primordial, abordajes que nos permitieran clarificar tales cuestiones.” (Fernández
Retamar, Teoría 38-9)
63
ansiado proyecto de unidad trasnacional latinoamericana, que abarcara desde el Río
Grande a la Patagonia, 77 esta vez identificando América como tierra de la revolución
por venir.
Cuando Alejo Carpentier dijo: “Pero qué es la historia de América toda sino
una crónica de lo real-maravilloso?” (Carpentier, Reino 12), su acto de enunciación
funcionó como un boomerang lanzado al futuro —una apuesta de significado o
estrategia interpretativa—, cuyo testigo recogería la eufórica intelectualidad
latinoamericana, aglutinada alrededor de la revolución maravillosa, 78 para
posteriormente regresar y recrear el pasado —como explica Slavoj Žižek “The effect
of meaning is always produced backwards, après coup.” (Žižek 101)—. Carlos
Fuentes expresa poéticamente esta idea al decir: “Y la obra entera de Carpentier es
una doble adivinación: a la vez, memoria del futuro y predicción del pasado.”
(Fuentes, Nueva 51).
Pero esta recreación no sólo sirvió a la intelectualidad latinoamericana para
releer su pasado y futuro, sino que también influyó a la izquierda española del
periodo, que vio en Cuba su “revolución posible” —como explico en el siguiente
77
“C[arlos ] F[uentes]: En este sentido, mis viajes recientes por los Estados Unidos y
Europa me han confirmado que hay una apertura de los editores, de los críticos y de
los lectores hacia la literatura hispanoamericana. Y también que estos editores,
lectores y críticos nos dan en cierto modo una lección puesto que insisten, con toda
razón, en considerar la literatura latinoamericana como un todo, de no parcelarla en
pequeños cotos paraguayos, mexicanos, uruguayos y chilenos, sino de verla como un
todo orgánico lleno de correspondencias internas y externas.” (Fuentes, “Carlos”
146)
78
“It is in this context that the Cuban Revolution played an essential role in
promoting Latin American fiction. The appeal the Boom novel exerted in the 1960s
throughout the Western world cannot be explained without reference to the political
events of the decade. Julio Cortázar was persuaded that the Boom, more than a
product of commercial interests of publishing houses, had resulted from the
emergence of a new community of readers brought together by a common search for
identity.” (Santana 55)
64
capítulo—. Probablemente en ningún país fuera del continente se vio con tanta
esperanza la revolución por parte de la izquierda como en España, ni caló más hondo
su imaginario. Y por ello también es España, como dice Donoso, el país en el que
más claro perfil adquirió el movimiento. 79
Del boom todo está en perpetúa discusión: desde la paternidad del término,
que se disputan los argentinos Tomás Eloy Martínez y Luis Harss 80 —coautor de Los
nuestros (Harss y Dohmann), obra que “[…] sirvió para establecer
internacionalmente un primer canon del boom, aunque la palabra no era privilegiada
en el libro”. (Rodríguez Monegal, “Boom” 187) 81 —, a la supuesta unidad —
generacional, temática, estilística…— de los autores que suelen ser identificados
bajo este epígrafe:
¿Qué es, entonces, el boom? ¿Qué hay de verdad y qué de superchería
en él? Sin duda es difícil definir con siquiera un rigor módico este
fenómeno literario que recién termina —si es verdad que ha
terminado—, y cuya existencia como unidad se debe no al arbitrio de
aquellos escritores que lo integrarían, a su unidad de miras estéticas y
79
Y en España ha existido una curiosa actitud dolorida y ambivalente con relación al
boom: admiración y repudio, competencia y hospitalidad. En todo caso, para ningún
país el boom tiene un perfil tan nítido como para España.” (Donoso, Historia 7)
80
“Yo no soy de los que niegan el BOOM, como momento de florecimiento —
digamos: de epifanía— de un esfuerzo común. La palabra sí será desafortunada; y
aquí debo confesar una pequeña culpa personal. Si no me equivoco, el BOOM, como
palabra —no como hecho, se entiende—, nació en un artículo de la revista argentina,
Primera Plana, el 9 de agosto de 1966. Mi culpa es haber sido el infeliz autor de ese
artículo —no firmado, por suerte— donde se daba cuenta de una reunión de críticos
y novelistas (Vargas Llosa, José Bianco, Monegal, aquí presente) en la que se habló
de la “nueva novela” y su circunstancia.” (Harss 197; mayúsculas en el original)
81
“Los nuestros (como se llamó en español, el título inglés era Into the Mainstream)
sirvió para establecer internacionalmente un primer canon del boom, aunque la
palabra no era privilegiada en el libro. Fue en la revista [Primera Plana] que empezó
a usarse. Se discute todavía si fue Martínez o Harss quien la usó por vez primera.”
(Rodríguez Monegal, “Boom” 187)
65
políticas, y a sus inalterables lealtades de tipo amistoso, sino que es
más bien invención de aquellos que la ponen en duda. […] Los
detractores son los únicos que, como en un espejismo, creen en la
unidad monolítica del boom: esa masonería impenetrable y orgullosa,
esa sociedad de alabanzas mutuas, esa casta de privilegiados que
antojadiza y cruelmente dictamina sobre los nombres que deben
pertenecer y los que no deben pertenecer… nadie sabe bien a qué…
(Donoso, Historia 12-6)
También son objeto de discusión las cátedras o el gratin 82 que conformaría lo
que para unos era un “club” de escritores (Cabrera Infante, “Include” 9-20), y para
otros una “mafia,” 83 puesto que:
El fenómeno de las inclusiones y exclusiones es inevitable, hasta cierto
punto. Tratándose de una literatura actual (para usar la palabra), es
casi irremediable. Pero lo malo es que en estas exclusiones de la
batalla del boom hay, por lo general, un significado político: política
literaria, a veces; política a secar, muchas otras. (Rodríguez Monegal,
82
“Si se acepta lo de las categorías, cuatro nombres componen, para el público, el
gratin del famoso boom, el cogollito, y, como supuestos capos de mafia, eran y
siguen siendo los más exageradamente alabados y los más exageradamente
criticados: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas
Llosa.” (Donoso, Historia 128)
83
“[Carlos] Coccioli desarrolló a continuación una atrayente teoría sobre la mafia
literaria y se detuvo especialmente en los semanarios porteños mencionados y en
Nuevo Mundo, que dirigía en París Emir Rodríguez Monegal. “Todas coinciden en la
ponderación y en la emisión”. Coccioli sostuvo entonces que la mafia literaria era el
resultado de una alianza político-comercial entre ese grupo de escritores con ciertos
editores de España y de la Argentina, con el visto bueno de la Casa de las Américas
de la Habana. (Aquí residía el matiz político). Posteriormente (16 de junio de 1971)
el escritor italo-franco-mexicano publicó una página polémica en Le Figaro
Littéraire, concluyente prueba de la existencia de la mafia que desembocó después
en el “boom” latinoamericano.” (Blanco Amor 14-5)
66
Boom 74)
Objeto de disputa es asimismo la genealogía artística, en la que —
dependiendo del valor que se le de al objeto pequeño a en esa visión de
Latinoamérica— se reproduce el enfrentamiento simbólico identitario entre Jorge
Luis Borges y Alejo Carpentier. En el capítulo anterior expliqué la discusión sobre la
magia/maravilla como método no-exclusivo de creación literaria con el que plasmar
una alteridad —la postura de Borges—, o como elemento distintivo latinoamericano
—Carpentier—. 84
Dado que la “maravilla” —como expliqué— era un significante vacío, la
Revolución no tuvo grandes problemas en auparse en nuevo referente maestro,
Núcleo, shibólet identitario, y por ello todo acto podía leerse con esa plusvalía
significativa. La Revolución era para la intelectualidad latinoamericana parte de esa
plusvalía de significado —objeto pequeño a— sobreañadido a todo referente. Esa
plusvalía lograba, de ese modo, unificar a su sombra tendencias tan contrapuestas
como una teoría social-realista á la Lukács, 85 con una praxis de elitismo cultural
difícilmente identificable con la teoría: el vanguardismo formal y estilístico de Julio
84
José Donoso deja bien claro en su Historia personal del boom (1972) cómo
funcionó este shibolet: “Ellos, con sus lupas de entomólogos, fueron catalogando la
flora y la fauna, las razas y los dichos inconfundiblemente nuestros, y una novela era
considera buena si reproducía con fidelidad esos mundos autóctonos, aquello que
específicamente nos diferenciaba —nos separaba— de otras regiones y de otros
países del continente: una especie de machismo chauvinista a toda prueba. En
realidad, la tarea que desarrollaron los costumbristas, regionalistas y criollistas
estaba muy bien para ellos y tuvo dignidad. Pero como esa escuela llegó a
prevalecer, sus cánones contagiaron a otros escritores y críticos que no tenían por
qué adoptar esas honradas aunque limitadas miras como criterio único.” (Donoso,
Historia 25)
85
Véase Georg Lukács, Teoría de la novela (Barcelona: Edhasa, 1971), Historia y
conciencia de clase (México: Grijalbo, 1969), o Ensayos sobre el realismo, (Buenos
Aires: Ediciones Siglo XX, 1965). La obra de este pensador húngaro tuvo una fuerte
repercusión en las letras hispanas y occidentales en general.
67
Cortázar, José Donoso…, con la escritura “neobarroca” —de ardua lectura— de
Alejo Carpentier, José Lezama Lima o Severy Sarduy.
Tras la entrada de Fidel en La Habana, la Revolución pasó a ser el nuevo point
de capiton identitario latinoamericano, haciendo que todo acto latinoamericano
adquiriera simbólicamente el estatus de revolucionario. 86 Este fue uno de los artículos
de fe comunitaria , y como dice Stanley Fish acerca de la importancia de los artículos
de fe en las comunidades interpretativas:
If it is an article of faith in a particular community that there are a
variety of texts, its members will boast a repertoire of strategies for
making them. And if a community believes in the existence of only one
text, then the single strategy its members employ will be forever
writing it. The first community will accuse the members of the second
of being reductive, and they in turn will call their accusers superficial.
The assumption in each community will be that each perceives the text
(or texts) its interpretive strategies demand and call into being. (Fish
171; énfasis mío)
Y paralelamente, dada la apropiación de la “maravilla” como elemento
revolucionario, 87 todas las obras de estos intelectuales eran leídas —incluso en sus
manifestaciones más incongruentes con la teoría— como retazos de una identidad
86
“Durante la década de los sesenta los escritores interpretaron las palabras de Fidel
a los intelectuales en términos un poco religiosos: cree en la revolución y escribe lo
que te venga en ganas. Ahora existen normas. […]
Los narradores consagrados, Alejo Carpentier y José Lezama Lima, se salvaron con
matices. Alejo es nuestro embajador cultural en Europa, y se le presenta con razón
como el gran escritor latinoamericano que ha demostrado ser.” (Desnoes 257)
87
“Vista así, la literatura de expresión fantástica es, en definitiva, la forma literaria
más revolucionaria pues ¿no son, acaso, grandes sólo aquellas obras que crean un
nuevo tipo de lector?” (Belevan 121)
68
magico-realista. 88 Tanto el elitismo de José Donoso o los neobarrocos, como la
maravilla de los escritos de Gabriel García Márquez, o el realismo artístico de Mario
Vargas Llosa, el vanguardismo formal de Julio Cortázar… eran consumidos como
indicios de una alteridad identitaria, eran síntomas de la maravilla:
Esta lista, como otras muchas que hubiese podido trazarse, tiene en su
núcleo a obras representativas de lo que se dio en llamar “realismo
mágico”; es al parecer éste el que dio un tono peculiar a una
promoción por otra parte heterogénea. (Halperín Donghi 146)
La producción artística de estos autores se leyó —en términos de Jauss
(1977)— con un “horizonte de expectativas” maravilloso-revolucionarias: aunque las
obras no dieran muestras de compromiso ideológico, se asumía como irrebatible que
ésta aparecía entonces materializada, transmutada, de alguna manera convertida en
alegoría. 89 Por los intersticios de la “escritura” se colaba el compromiso realista con
América, dentro de un “structured network of meaning” (Žižek 87) en el que la
Revolución era el elemento que facilitaba el acolchado o “quilting”.
La distancia entre una praxis artística antirrealista y los postulados y
enunciación de una literatura en la línea social-realista que estos autores decían estar
88
“Sería útil, por lo tanto, investigar en cuántas obras latinoamericanas publicadas en
España prevalece una estética que se podría distinguir como «mágico-realista».
Teniendo en cuenta, además, que gran parte del éxito mundial de autores
latinoamericanos (por ejemplo, en Alemania) se reduce a los nombres de García
Márquez a Isabel Allende, recepción exclusivista y tardía que, a su vez, influye en la
selección de autores traducidos, es muy posible que precisamente el renacimiento del
género narrativo en los años ochenta, igual que el auge de la novela con fondo
histórico, hayan contribuido a una segunda recepción de la literatura latinoamericana
como esencialmente exótica.” (Pohl 188)
89
“En los años subsiguientes, dos hechos fundamentales presidirían esta nueva
remisión a cuestiones teóricas generales: el desarrollo de nuestra Revolución, con la
toma de conciencia de nuestra verdadera realidad, y la consiguiente óptica marxistaleninista. (Fernández Retamar, Teoría 1)
69
practicando —identificación hiperrealista con el cuerpo social latinoamericano—, era
salvada por esa plusvalía de significado, el “che vuoi?” lacaniano del que habla
Žižek: “—‘You’re telling me that, but what do you want with it, what are you aiming
at?’” (111). En resumen, y como expliqué anteriormente, la obra era leída no por lo
que decía, sino por lo que “quería” decir, al igual que ocurría entre la teoría y la
praxis magico-realista de Carpentier —o entre enunciación y enunciado 90 —.
Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez dejan claramente expuesta —
en una entrevista que se hicieron a dos bandas en 1972— la existencia de ese
elemento sobreañadido. Para ellos todo autor latinoamericano —por el hecho de
haber nacido en Latinoamérica—, está llevando adelante una misma agenda políticocultural: todos escriben “la novela” latinoamericana, todos intentan captar esa
realidad latinoamericana continental:
V[argas] LL[osa]: […] ¿Tú crees que se puede señalar un
denominador común entre todos estos escritores? ¿Cuáles serían las
afinidades que hay entre ellos?
G[arcía] M[árquez]: Bueno, yo no sé si sea un poco sofista al decirte
que creo que las afinidades de estos escritores están precisamente en
sus diferencias. Ahora me explico: la realidad latinoamericana tiene
diferentes aspectos y yo creo que cada uno de nosotros está tratando
90
Carpentier ilustra esta idea del che vuoi? como base de una comunidad
interpretativa —entendida como apuesta de futuro— al decir: “Todo el mundo sabe
hoy lo que es el surrealismo, todo el mundo ante un hecho insólito dice: «Es un caso
surrealista»; pero si vamos al texto fundamental del surrealismo, al Primer
manifiesto de André Breton, del año 1924, nos encontramos con que la definición
que da el fundador de ese movimiento corresponde muy poco a lo que sucedió
después; él mismo era incapaz de definir lo que estaba haciendo, aunque sabía muy
bien lo que iba a hacer.” (Carpentier, Razón 38-9; énfasis mío)
70
diferentes aspectos de esa realidad. Es en este sentido que yo creo que
lo que estamos haciendo nosotros, es una sola novela.” (García
Márquez y Vargas Llosa 56-7)
La metáfora de fondo es doble: primero, Latinoamérica es un libro escrito
coralmente por todos los autores latinoamericanos —acto de poiesis de la comunidad
interpretativa latinoamericana—; segundo, la realidad latinoamericana surge de un
proceso de creación artística, en el intersticio entre la enunciación y el enunciado, es
decir: es aquello que “no” está en el acto de enunciación, pero cruza el enunciado a
través del deseo, el objeto pequeño a —che vuoi?—. El problema, como se ve en la
propia entrevista, está en cómo interpretar ese objeto pequeño a que estructura la red
de significado y que se convierte en objeto de fe, el que construye la
realidad/irrealidad latinoamericana:
G[arcía] M[árquez]: […] Yo creo que la irrealidad en Borges es falsa
también; no es la irrealidad de América latina. Aquí entramos en
paradojas: la irrealidad de la América latina es una cosa tan real y tan
cotidiana que está totalmente confundida con lo que se entiende por
realidad.” (García Márquez y Vargas Llosa 58-9; énfasis mío) 91
91
La reflexión completa sobre este punto es: “V[argas] LL[osa]: Me parece muy
estimulante esa idea tuya. Ahora, en esa novela total, que estarían escribiendo todos
los novelistas latinoamericanos, que representaría la realidad total latinoamericana,
¿tú crees que debe también tener cabida de alguna manera esa parte de la realidad
que es la irrealidad y en la que se mueve precisamente Borges con gran maestría?
¿Tú no crees que Borges está, de alguna manera, describiendo, mostrando la
irrealidad argentina, la irrealidad latinoamericana? ¿Y que esa irrealidad es también
una dimensión, un nivel, un estado de esa realidad total que es el dominio de la
literatura? Te hago esta pregunta porque yo siempre he tenido problemas para
justificar mi admiración por Borges.
G[arcía] M[árquez]: Ah, yo no tengo ningún problema para justificar mi admiración.
[…] Pero en cambio, me encanta el violín que usa para expresar sus cosas. Es decir,
71
Otro ejemplo parecido se ve en un texto de Enrique Zuleta Álvarez, en el que
este contrapone el “idealismo” de la obra de Miguel Ángel Asturias El Señor
Presidente (1946), con Tirano Banderas (1926) de Ramón María del Valle-Inclán. 92
Como en El retablo de las maravillas —entremés de Miguel de Cervantes—,
quién no vea lo latinoamericano corre el riesgo de ser acusado de no tener alcurnia,
no ser cristiano viejo, y por lo tanto quien no ve la “maravilla” carpenteriana es que
no merece ser latinoamericano. Lo que se ve de fondo es la disputa por dos
interpretaciones de qué es Latinoamérica, dos disputas por la lectura del referente
cultural, como se ve también en esta cita de Guillermo Cabrera Infante —que se
opone a una de ellas—:
¿Pero qué quiere decir Boom, con mayúscula, referido además a la
literatura y en concreto a la literatura latinoamericana? Antes de
responder quiero hacer otra pregunta, esta vez nada retórica: ¿Qué
quiere decir exactamente latinoamericano? (Observen que al revés de
ese desastre que es Sastre no pregunto ¿qué es la literatura?) ¿Por qué
esa América siempre tiene que llevar ese calificativo por delante —o
lo necesitamos para la exploración del lenguaje, que es otro problema muy serio. Yo
creo que la irrealidad en Borges es falsa también; no es la irrealidad de América
latina. Aquí entramos en paradojas.: la irrealidad de la América latina es una cosa tan
real y tan cotidiana que está totalmente confundida con lo que se enciente por
realidad.” (García Márquez y Vargas Llosa, 58-9)
92
“En efecto, mientras que en la obra de Valle Inclán jamás podemos olvidar su
carácter ficticio, en El Señor Presidente estamos ante la presencia de una realidad
infinitamente más viva. No se trata, desde luego, del realismo, sino de una condición
poética mucho más honda. Sabemos que Tirano Banderas es una pieza literaria, pero
en El Señor Presidente sentimos que esa tragedia, cruel y grotesca, tiene una
dimensión que nos incluye también a nosotros. Y en la cual cabe también el autor,
pues en la obra hay una denuncia de la injusticia y del absurdo que significa un
compromiso de nobilísima jerarquía artística. […] Es que la índole del estilo
narrativo de Miguel Ángel Asturias es poética. Su realismo es poético; es decir, hay
una transfiguración del mundo real expresado en una prosa poética que sirve
totalmente a la intención novelesca.” (Zuleta Álvarez 109)
72
por detrás? (Cabrera Infante, “Incluye” 10)
Según Stanley Fish las comunidades interpretativas están unidas por una serie
de posicionamientos, de acuerdos, que dan base a la lectura de la construcción social
y se convierten en su centro simbólico, las bases de su imaginario. 93 Enlazando esto
con lo expuesto en el capítulo anterior, se puede decir que una comunidad está unida
en la interpretación que se le da al objeto pequeño a, 94 unida temporalmente —pues
toda interpretación tiene fecha de caducidad—, por una perspectiva que es la base del
discurso sobre el imaginario comunitario:
[…] interpretive strategies are not put into execution after reading (the
pure act of perception in which I do not believe); they are the shape of
reading, and because they are the shape of reading, they give texts
their shape, making them rather than, as it is usually assumed, arising
from them. (Fish 168)
El objeto de este discurso imaginario es esa “América” de que hablaba con
anterioridad, la entelequia identitaria bajo cuya égida se subyugan una miríada de
93
“Indeed, it is interpretive communities, rather than either the text or the reader, that
produce meanings and are responsible for the emergence of formal features.
Interpretive communities are made up of those who share interpretive strategies not
for reading but for writing texts, for constituting their properties. In other words
these strategies exist prior to the act of reading and therefore determine the shape of
what is read rather than, as is usually assumed, the other way around.” (Fish 14)
94
“But given the notion of interpretive communities, agreement more or less
explained itself: members of the same community will necessarily agree because
they will see (and by seeing, make) everything in relation to that community’s
assumed purposes and goals; and conversely, members of different communities will
disagree because from each of their respective position the other “simply” cannot see
what is obviously and inescapably there. This, then, is the explanation for the
stability of interpretation among different readers (they belong to the same
community).” (Fish 15)
73
referentes, 95 y cuya interpretación era la base de la disputa entre Borges y Carpentier.
Tras esta disputa viene luego otra entre Flores y Leal, en la que propuesta de
Carpentier y Leal sale victoriosa 96 fijando las bases de “entendimiento” de la realidad
—el horizonte de expectativas de la lectura 97 —.
La relación entre la comunidad interpretativa y su “literatura” es comparable a
la del movimiento de un boomerang: la comunidad lanza su apuesta de significado a
través de su estrategia interpretativa, y esta le devuelve ese movimiento. El empuje o
fuerza —su apuesta de significado— con el que una comunidad lanza su propuesta, se
ve recompensado a la vuelta del boomerang a la mano. Como una cata geológica, la
estrategia interpretativa se ve validada en la autoafirmación de sus presupuestos,
cuando el movimiento nos devuelve “hechos literarios” o de opinión que reafirman la
apuesta. 98
95
El libro de Ángel Nogueira Dobarro, Alejo Carpentier. América, la imagen de una
conjunción (Barcelona: Anthropos, 2004), es un ejemplo de la continuación y
vigencia de este pensamiento. Así, en el mismo se puede leer que: “Lo real
maravilloso constituye, pues, la vida y la entraña de América, un tiempo y un espacio
donde puede emerger toda gente con un proyecto y una obra increíble. América
siempre espera la novedad, la sorpresa, lo indecible y la maravilla de esa realidad
que se esconde siempre en la magia de la palabra. Un novelista como Alejo
Carpentier, amigo lector, se constituye en el auténtico descubridor, sin cruces ni
espadas de las gentes de América. Una literatura de encuentros e inventos, de fuego
y de agua, de luz y transparencia, de fuerza y secreto, de estancia y acogida, la casa
del sol, una mujer que siempre espera una visita con una sonrisa de bienvenida:
América.” (Nogueira Dobarro 25)
96
“It follows, then, that when one interpretation wins out over another, it is not
because the first has been shown to be in accordance with the facts but because it is
from the perspective of its assumptions that the facts are now being specified. It is
these assumptions, and not the facts they make possible, that are at stake in any
critical dispute.” (Fish 340)
97
“Los autores que no caben en este modelo estereotipado no llegan, no forman parte
del boom o son declarados “europeizantes” como Borges; los que caben son
reducidos al modelo macondista; los aspectos divergentes de su obra son negados y
ocultados. La globalización tiene su precio…” (Rössner 261)
98
Como explica Stanley Fish: “In the view that I have been urging, however,
disagreements cannot be resolved by reference to the facts, because the facts emerge
only in the context of some point of view. It follows, then, that disagreements must
74
Por ello, el acto de enunciación de “lo real maravilloso” por Alejo Carpentier
funciona como un boomerang lanzado al futuro, una apuesta de significado, una
estrategia interpretativa que el tiempo devolvió confirmando su base —cuando la
estrategia fue asimilada y asumida—. Desplazada esta visión a terminología
psicoanalítica se puede decir que la estrategia interpretativa se corresponde con un
“síntoma” 99 , pues:
The Lacanian answer to the question: From where does the repressed
return? is therefore, paradoxically: From the future. Symptoms are
meaningless traces, their meaning is not discovered, excavated from
the hidden depth of the past, but constructed retroactively —the
analysis produces the truth; that is, the signifying frame which gives
the symptoms their symbolic place and meaning. […] Every historical
rupture, every advent of a new master-signifier, changes retroactively
the meaning of all tradition, restructures the narration of the past,
makes it readable in another, new way. (Žižek 55-6)
Es punto común en la crítica el calificar de malafortunado, poco acertado, o
similares el uso del anglicismo boom para referirse a la literatura surgida alrededor de
occur between those who hold (or are held by) different points of view, and what is
at stake in a disagreement is the right to specify what the facts can hereafter be said
to be. Disagreements are not settled by the facts, but are the means by which the
facts are settled.” (Fish 338)
99
“The implication of this is that the symptom can not only be interpreted but is, so
to speak, already formed with an eye to its interpretation: it is addressed to the big
Other presumed to contain its meaning. In other words, there is no symptom without
its addressee […] Precise as an enigma, the symptom, so to speak, announces its
dissolution through interpretation: the aim of psychoanalysis is to reestablish the
broken network of communication by allowing the patient to verbalize the meaning
of his symptom: through the verbalization, the symptom is automatically dissolved.”
(Žižek 73)
75
este proceso revolucionario. Sea tal o no, la verdad es que es un vocablo que ha
gozado de universal acogida y que parece destinado a perdurar sobre las polémicas,
gracias a su funcionalidad. En un intento de poner orden en este redil de significantes
flotantes que es el boom, críticos como Donald Shaw han intentado sumarizar las
características que podrían aglutinar a los diferentes autores del periodo. Así, para él
hay 13 ó 14 elementos discriminadores capaces de crear una mayor visión de
conjunto 100 —dada su extensión la cita aparece a pie de página—.
La lista de características propuesta por Donald Shaw es capaz de cartografiar
la praxis estilística y temática de las obras de estos autores, de aglutinar las obras por
100
“1. La desaparición de la vieja novela “criollista” o “telúrica,” de tema rural, y la
emergencia del neoindigenismo de Asturias y Arguedas.
2. La desaparición de la novela “comprometida” y la emergencia de la novela
“metafísica”.
3. La tendencia a subordinar la observación a la fantasía creadora y la mitificación de
la realidad.
4. La tendencia a enfatizar los aspectos ambiguos, irracionales y misteriosos de la
realidad y de la personalidad, desembocando a veces en lo absurdo como metáfora
de la existencia humana.
5. La tendencia a desconfiar del concepto del amor como soporte existencial y de
enfatizar, en cambio, la incomunicación y la soledad del individuo. Antiromanticismo.
6. La tendencia a quitar valor al concepto de la muerte en un mundo que es ya de por
sí infernal.
7. La rebelión contra toda forma de tabúes morales, sobre todo los relacionados con
la religión y la sexualidad. La tendencia paralela a explorar la tenebrosa magnitud de
nuestra vida secreta.
8. Un mayor empleo de elementos eróticos y humorísticos.
9. La tendencia a abandonar la estructura lineal, ordenada y lógica, típica de la
novela tradicional (y que reflejaba un mundo concebido como más o menos
ordenado y comprensible), reemplazándola con otra estructura basada en la
evolución espiritual del protagonista, o bien con estructuras experimentales que
reflejan la multiplicidad de lo real.
10. La tendencia a subvertir el concepto del tiempo cronológico lineal.
11. La tendencia a abandonar los escenarios realistas de la novela tradicional,
emplazándolos con espacios imaginarios.
12. La tendencia a reemplazar al narrador omnisciente en tercera persona con
narradores múltiples o ambiguos.
13. Un mayor empleo de elementos simbólicos.
If at that time I had read Jitrik’s El no-existente caballero, I should have added a
reference to the shift in the methods of presentation of fictional characters that he
mentions.” (Shaw, Nueva 4)
76
categorías formales. Como una autopsia, su precisa enunciación nos muestra los
órganos diseccionados—. El problema es que como en una autopsia, la descripción de
los órganos —por ejemplo, la mano— no es lo mismo que explicar las funciones que
éstos realizan —la capacidad de tomar o tirar…— o los sentidos que éstos transmiten
al cerebro —el tacto—. La vivisección estilística de las obras no es capaz de explicar,
en profundidad, la relación pragmática de estas obras con su hábitat imaginario —
América 101 —, u otros hábitats desplazados:
Aproximar los términos de realidad y de literatura, ya sea en el
contexto de América Latina o de cualquier otra región cultural del
mundo, puede parecer inútil a primera vista. La literatura es siempre
una expresión de la realidad, por más imaginaria que sea: el sólo hecho
de que cada obra esté escrita en un idioma determinado la coloca de
entrada y automáticamente en un contexto preciso, a la vez que la
separa de otras zonas culturales, y tanto el tema como las ideas y los
sentimientos del autor contribuyen a localizar aún más este contacto
inevitable entre la obra escrita y su realidad circundante. (Cortázar,
“Realidad” 23)
El concepto comunidad interpretativa, como dije anteriormente, es uno de los
que creo mejor puede ayudar a entender la génesis y existencia del que acertadamente
101
“Las modalidades narrativas virtuales (las leyes del relato) y lo real maravilloso
americano son, respectivamente, los códigos lógico e ideológico comunes al emisor
y al receptor, que aseguran la legibilidad del mensaje.
[…] Ya la indicación del código ideológico como sustancia del contenido —por
tratarse del elemento cultural específico de una sociedad— puede sugerir que la
legibilidad del realismo maravilloso es relativizada: sus enunciados son “verdaderos”
para tal o cual área etnogeográfica o histórica.” (Chiampi, Realismo 215)
77
o no se ha dado en llamar “boom” de la literatura latinoamericana, concepto paraguas
bajo el que se acoge a autores tan dispares temporal o estilísticamente —dependiendo
de la interpretación que se le quiera dar al término, de la lectura que el crítico haga
del objet petit a— como Borges, Bioy, Asturias, Carpentier, Rulfo, Cortázar, Vargas
Llosa, García Márquez, Fuentes o Donoso, entre otros. 102
Es sintomático que si bien las posturas políticas y literarias de varios de estos
autores discrepaban completamente —hecho éste que podía interferir en la recepción
e identificación dentro del sistema latinoamericano, del hábitat imaginario de la
maravilla—, las metrópolis los recibieron como productos culturales similares e
intercambiables, como demuestran Donoso o Cabrera Infante. 103 Pero es erróneo
pensar que esa fantasía unificadora fue promovida exclusivamente por la recepción
metropolitana, por el público europeo y norteamericano —postura naïf que eximiría
de responsabilidad a la comunidad interpretativa latinoamericana— puesto que en la
promoción de esta lectura se involucraron especialmente los autores amalgamados
bajo la égida de la Revolución, y por ello los lectores continentales también la
percibieron así. Y a la difusión de esa idea se dedicaron órganos ideológicos e
institucionales tan importantes como Casa de las Américas. 104
102
Ángel Rama considera este hecho “[…] un aplanamiento sincrónico de la historia
de la narrativa americana que sólo con posterioridad y dificultosamente la crítica
trató de enmendar.” (Rama, Más 51-2)
103
“El boom se convirtió en un fenómeno comercial. Y ocurrió algo muy interesante,
y es que en España recibieron todas esas novelas como si vinieran de un solo país.
Creían que Mario Vargas Llosa, o Carlos Fuentes u otros vivían en un territorio
mítico que se llama América Latina.” (Cabrera Infante, “Regocijo” 97)
104
“Esta situación tenía a la vez aspectos positivos, que la misma Cuba que buscaba
reaccionar contra los negativos había aprendido también a utilizar sabiamente:
piénsese en el papel que tuvo por entonces Casa de las Américas y sus premios; a
través de ellos la isla acosada, cuya revolución ganaba en el continente tan vastas
simpatías, pero tan pocos apoyos inmediatamente eficaces, defendía y ampliaba su
78
Difiero por lo tanto de una de las tendencias comunes a la hora de analizar el
boom, consistente en considerarlo como un producto impuesto por la metrópolis, en
vez de propuesto por la propia comunidad interpretativa latinoamericana:
¿Fue acaso el búm la voz que escuchó el oído metropolitano? […] Y
dando —si es posible— otra vuelta de tuerca: ¿fue acaso el búm la voz
privilegiada que le otorgó el oído metropolitano al cuerpo de América
Latina? O para usar palabras menos suntuosas, necesito preguntar
(me): ¿fue acaso el búm el “ruido” que se hizo en las zonas
metropolitanas para tapar otras voces de América Latina? ¿El “eco”
que se le donó a ese cuerpo afónico a medias, pero que tozudamente
busca su propia voz para hacerse oír sin cataratas ni seducciones? O —
para poner a prueba mi vigilia de ojos abiertos—: ¿fue el búm la única
voz, privilegia e impuesta o manipulada, que el imperialismo cultural y
la academia metropolitana querían escuchar de América Latina?
(Viñas 16)
Que las diferencias entre estos autores se consideraran no concluyentes
demuestran la fuerza que la ideología revolucionaria tuvo en el periodo, pues como
Žižek explica: “An ideology really succeeds when even the facts which at first sight
contradict it start to function as arguments in its favour.”(49). Así pues, uno de los
secretos de la receta magico-realista a la hora de conferir identidad al continente es
que paradójicamente le dio la misma identidad que desde el considerado europeismo
lugar en una comunidad de cultura de la que sus enemigos se habían jurado
expulsarla.” (Halperín Donghi 148)
79
logocéntrico se le había dado, que fue capaz de hacer jugar a su favor esos mismos
elementos a los que con anterioridad se contraponía.
El concepto de comunidad interpretativa de Stanley Fish confiere especial
relevancia a la función pragmática de la literatura con la sociedad que la produce y
demanda es decir: que se autoabastece de/con la misma. El concepto no es algo
extraño a la producción cultural y crítica del periodo revolucionario, pues similares
parámetros de interpretación —si bien con énfasis más materialista-dialéctico— los
utiliza Noé Jitrik en un artículo suyo de 1974, al decir:
La “escritura” no comienza en el primer instante de su iniciación sino
antes, en el conjunto de determinaciones que la hacen posible,
determinaciones sociales (que afirman con diferente claridad respecto
de la producción social en general ya sea la necesidad, ya la función:
“escribir” tiene un grado de necesidad en la sociedad colonial
latinoamericana y otro diferente en la sociedad independentista) y
determinaciones psicológicas en un doble nivel: por un lado cierta
persona “siente” que puede y debe escribir y, por el otro, lo hace de
acuerdo con un instrumental ideológico que no por internalizado
(modas, selectividad de temas o de imágenes, etc.) es menos resultado
de una previa existencia cultural. (Jitrik 17)
En lo que Jitrik define como las determinaciones sociales y psicológicas —tal
vez en un sentido de imaginario colectivo— creo, como ya dije, que la proposición de
Carpentier juega un papel capital —es su fiat lux—, pues dio lugar a una revisión del
imaginario latinoamericano bajo el sintagma rector de la maravilla, a la creación de
80
una comunidad interpretativa alrededor de esa visión de América. 105
La apuesta de significado de una comunidad interpretativa no sólo es
proléptica, sino que como el boomerang, posee una repercusión falsamente
analéptica, una vuelta atrás que acaba abarcando el periodo anterior a la enunciación,
apropiándose en ese movimiento elíptico de otros elementos anteriores a su
enunciación y que son capaces de pasar el filtro. Por ello “The effect of meaning is
always produced backwards, après coup.” (Žižek 101): funciona como un
boomerang.
La enunciación de la comunidad interpretativa es una apuesta de futuro, pero
su objeto de interpretación es el pasado, como muestra el incipit de Carlos Fuertes a
este capítulo, o Carpentier al reclamar el recuento de cosmogonías. Este fluir
constante, este movimiento, hace que el punto nodal de toda comunidad de
interpretación, el sintagma rector, posea una naturaleza paradójica pues
[…] it is the element which represents the agency of the signifier
within the field of the signified. In itself it is nothing but –a ‘pure
105
“Cien años… reconstruye las invenciones y las violencias simbólicas contra una
historia de evaluaciones dóxicas que sobreviven, y nos revela las estrategias, las
maniobras, tácticas y técnicas, que se ejercen para hacer funcionar el poder. Se abre
el nombre América a todo un nuevo dominio del lenguaje, con el trasfondo de esa
modernidad en torno a 1960 que le da curso distinto a los relatos míticos y a los a
priori históricos. La fantasía y este realismo mágico definen una identidad, y hacen
la economía de una historicidad formando el verdadero tramado de una época. Si
sumamos esta vasta unidad, podríamos decir que esta generación de realismo
fantástico está amparada por un proyecto de modernidad (en el sentido de
organización del mundo) desconocida antes de la Revolución cubana. El común
denominador de esta convergencia de fuerzas fue la experiencia en común para
hablar o decir el presente y la justicia, y el sueño de un futuro. Entonces, entre un
cura que levita en Macondo, un razonamiento fluvial de Sánchez Ferlosio, un
precepto de versificación de la Escuela Catalana, un furgonazo de Goytisolo, una
revista llamada Mundo Nuevo, una plaza llamada Tlatelolco en México, una
sentencia de Cardenal sobre el reino de Dios, la distancia parece infinita, pero se
comunican entre ellos a través de la definición de los grupos en los que se
comprenden. Reescribo, como es evidente, a Taine.” (Zavala 151-2; énfasis mío)
81
difference’: its role is purely structural, its nature is purely
performative —its signification coincides with its own act of
enunciation; in short, it is a ‘signifier without the signified. (Žižek 99)
El acto proposicional performativo de Carpentier fue capaz de plasmar
artísticamente lo que el pensamiento latinoamericanista reclamaba desde el ensayo:
un aglutinante identitario trasnacional. Carpentier puso la base de un potente
imaginario, la ilusión fetichista —siguiendo a Lacan— de una nueva identidad
transcontinental y a-histórica, que esta vez sí debería ser la representación verista del
continente, o así se la consideró: la expresión de su weltanschaung. 106
“¿Será posible de esta suerte (pero ante todo gracias al restablecimiento de la
objetividad) reconciliar al arte con el pueblo?” (Roh, “Realismo” 278), se preguntaba
en una parte de su ensayo sobre el realismo mágico Franz Roh, lanzando una
propuesta de significado, buscando crear una comunidad interpretativa. El joven
artista cubano parece recoger el testigo y responderle dos décadas después con su
propio manifiesto/prólogo, reclamando la reconciliación de arte y sociedad en
Hispanoamérica. Dicha utópica reconciliación se logrará, según Carpentier, si los
autores median con su trabajo entre la realidad atemporal Americana —physis
inaprensible mediante el racionalismo empírico europeo—, y la sociedad mestiza,
llenando el vacío de cosmogonías propias, y con ello cerrando la herida identitaria de
las gentes del continente:
A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además que esa
106
“La trascendencia de la novelística latinoamericana es un hecho de identificación,
de expresión, de estrecha correspondencia con la realidad latinoamericana.”
(Collazos 12)
82
presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de
Haití, sino patrimonio de América entera, donde todavía no se ha
terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías.
(Carpentier, Reino 9)
Como denuncian años después críticos como Emir Rodríguez Monegal, a la
base de este realismo está una re-exotización colonial en la que resuenan de fondo los
atemporales/ahistóricos ecos de las Crónicas de los primeros “conquistadores,”que en
sus escritos también hablaban de la “maravilla” americana:
Uno de los ejemplos más flagrantes de esa mimesis crítica es el caso
de “lo real maravilloso americano”. Detrás de Carpentier, críticos y
hasta narradores se dedicaron a loar las maravillas de América sin
reparar en que lo maravilloso es un concepto literario europeo; que
fueron los descubridores y conquistadores quienes lo aplicaron
primero a América para documentar su extrañeza de forasteros ante
una realidad exótica; y que ya había sido aplicado (con la misma
intención retórica) al mundo de las novelas de caballería, a la Grecia
clásica de dioses paganos, a la China de Marco Polo. Pocos vieron el
error de Carpentier al atribuir un concepto cultural (lo maravilloso) a
una realidad específica. (Rodríguez Monegal, “Presentación” 11;
énfasis mío)
Con este acto de apropiación Carpentier plantea las bases para una nueva
“conquista” del imaginario americano —o quizá sería más correcto decir
83
reconquista, 107 es decir: no un movimiento proléptico sino analéptico. Carpentier
pone las estructuras para un (re)descubrimiento de la realidad americana por parte de
las élites intelectuales y artistas del continente. 108 La apuesta es la creación de una
nueva tradición con “sabor local”, y utilizo aquí los término tradición y sabor local
porque ésos eran los términos usados por Borges en “El escritor argentino y la
tradición” (296-303), por un objeto pequeño a de diferente valencia.
Frente al racionalismo universalista de Borges, Carpentier lanza su apuesta
localista como un boomerang hacia el futuro. Esta apuesta será recibida por la
comunidad interpretativa de la Revolución cubana, que se verá como el auténtico
“Nosotros, America” del continente, su anagnórisis.
Pero como el propio Carpentier dice: “Para empezar, la sensación de lo
maravilloso presupone una fe” (Carpentier, Reino 4). Mediante esta afirmación el
autor marca los límites de esa comunidad 109 , la separación entre creyentes y no
107
“Basta observar sus predilecciones y sus antagonismos para descubrir la raíz que
es una elección y que representa una vez más una tentativa de compromiso entre las
pulsiones que llevan a escribir y las que nos exige, hoy, participar cada vez más
activamente en la lucha revolucionaria, es decir, en la reconquista de lo que es
legítimamente nuestro en todos los campos, desde los pozos de petróleo hasta la
autodeterminación, la dignidad humana y la justicia social.” (Collazos 51)
108
“Lejos quedaron los tiempos que veíamos nuestra historia como una mera crónica
de acciones militares, cuadros de batallas, intrigas palaciegas, encumbramientos y
derrocamientos, en textos ignorantes del factor económico, étnico, telúrico —de
todas aquellas realidades subyacentes, de todas aquellas pulsiones soterradas, de
todas las presiones y apetencias foráneas —imperialistas, por decirlo todo— que
hacían de nuestra historia una historia distinta a las demás historias del mundo.
Historia distinta, desde un principio, puesto que este suelo americano fue teatro del
más sensacional encuentro étnico que registran los anales de nuestro planeta:
encuentro del indio, del negro, y del europeo de tez más o menos clara, destinados,
en lo adelante, a mezclarse, entremezclarse, establecer simbiosis de culturas, de
creencias, de artes populares, en el más tremendo mestizaje que haya podido
contemplarse nunca…” (Carpentier, Razón 3)
109
“All aesthetics, then, are local and conventional rather than universal, reflecting a
collective decision as to what will count as literature, a decision that will be in force
only so long as a community of readers or believers (it is very much an act of faith)
continues to abide by it” (Fish 109)
84
creyentes. Con similar tono mesiánico Roh hablaba en su ensayo del artista como un
“nuevo hombre” político y ético, llamado a transformar la realidad:
Al arte más reciente corresponde, empero, un tercer linaje de
hombres, que, sin perder nada de su ideal constructivista, saben, sin
embargo, conciliar esta aspiración con un mayor respeto a la
realidad, con un conocimiento más próximo de lo existente, de los
objetos, que han de transformar y exaltar. Este hombre no es ni el
político «empírico» maquiavelista, ni tampoco el hombre apolítico que
sólo escucha la voz del ideal ético, sino un hombre a la par político y
ético, en el cual ambas características están igualmente acentuadas.
(Roh, “Realismo” 287; énfasis mío)
La identidad que otorga lo “real maravilloso” como punto nodal identitario
para la comunidad interpretativa latinoamericana funciona entonces como un “après
coup,” identificando Latinoamérica con el “otro” imaginario que había sido su doble
en el pasado —imaginado desde Europa—, puesto que “[in order] to achieve selfidentity, the subject must identify himself with the imaginary other, he must alienate
himself —put his identity outside himself, so to speak, into the image of his double”.
(Žižek 104)
Junto con el realismo mágico, el barroco es uno de los elementos de la apuesta
identitaria de Carpentier, muestra de una ontología continental diferente. Así, para él
el mejor arte para reproducir la realidad maravillosa del volk americano es el
85
barroco. 110 Y curiosamente a este término le ocurre lo mismo que al realismo mágicomaravilloso, que por liberalidad de significados ha acabado convertido en un
concepto paraguas:
Entre todas las etiquetas utilizadas en la historia de la cultura y de las
formas, quizá la de “Barroco” sea la más antigua: originalmente
indicación de un estilo, ha llegado a ser también el rótulo de una época
donde, además, tienen lugar importantes hechos de estilo nada
“barroco”. (Valverde 7)
El gesto carpenteriano de vuelta o recreación del pasado, de reconstrucción de
cosmogonías propias —cuyo fin es reincorporarse a la agenda que habría perecido
bajo el racionalismo europeo— también tiene su réplica en el texto fundacional de
Roh:
La pintura más reciente coincide con el expresionismo en pintar
cuadros de amplios efectos. Pero mientras el expresionismo se agota
en esto, los cuadros post expresionistas abren camino a minuciosas
incursiones. Ahora es cuando nos acercamos verdaderamente a la
pintura —a menudo alegada sin motivos— de la última Edad Media,
de la cual tomó el expresionismo, a lo sumo, el esquema geométrico de
la composición en grande. Al penetrar en la iglesia, a cien pasos
todavía, el conjunto de una pintura de altar desplegaba ante los ojos
su sentido capital, para ir después revelando, conforme disminuía la
110
“Y esas cosas se presentan como cosas nuevas a nuestros ojos. La descripción es
ineludible, y la descripción de un mundo barroco ha de ser necesariamente barroca,
es decir, el qué y el cómo en este caso se compaginan ante una realidad barroca.”
(Carpentier, Razón 63)
86
distancia, poco a poco, el mundo nuevo de lo ínfimo, sucesivos planos
de detalles que (símbolo de todo verdadero conocimiento espiritual
del mundo) quedaban sometidos siempre a la estructura total, de
suerte que, al fin, el contemplador podía saciarse en lo minúsculo en
la espesura y densidad de todas las relaciones cósmicas. (Roh,
“Realismo” 300; énfasis mío)
Sin embargo, y como más adelante se analiza, la reconexión de Carpentier con
el pasado no es como en Roh con lo medieval [europeo] —cuyo término equiparable
en lo temporal sería lo precolombino—, sino con “lo barroco” convertido en epítome
del sincretismo cultural de la “Nueva América.”111 La congoja ascética que para Roh
experimenta el visitante ante el altar gótico—el texto en cursiva de la cita anterior—,
encontraría su parangón para Carpentier en el espectador del arte barroco americano.
Excusando ese cambio de tiempos o contextos, las reacciones ascéticas serían
equiparables. Por otro lado, la identificación del gótico y el barroco como
continuación de una tendencia —frente al renacimiento y el neoclasicismo—, no es
una idea nueva, pues Eugenio D’Ors defendía con anterioridad “el barroco como una
modalidad general de la cultura” (D’Ors, Barroco 88).
Igual extrapolación se hallaría en las conclusiones de Roh sobre la visión de la
naturaleza, en una corriente de pensamiento que en el caso latinoamericano entronca
111
“América, continente de simbiosis, de mutaciones, de vibraciones, de mestizajes,
fue barroca desde siempre: las cosmogonías americanas, ahí está el Popol Vuh, ahí
están los libros de Chilar Balam, ahí está todo lo que se ha descubierto, todo lo que
se ha estudiado recientemente a través de los trabajos de Ángel Garibay, de Adrián
Recinos, con todos los ciclos del tiempo delimitados por la aparición de los cinco
soles. (En una mitología azteca estaríamos actualmente en la Era del Sol de
Quetzalcóatl.) Todo lo que se refiere a cosmogonía americana —siempre es grande
América— está dentro del barroco.” (Carpentier, Razón 51-2)
87
con el ideologema de la salvaje “naturaleza americana.” Así Roh le otorga al lienzo o
canvas post-expresionista y a la técnica conocida como tromp-l’œil, un valor paralelo
al que se le dará en las letras latinoamericanas al texto/libro “magico-realista” como
representación hiperrealista de lo real americano. 112 Para Carpentier el continente
necesita autores que testimonien la maravilla, que sean capaces de conquistar la
realidad, con la sensibilidad necesaria para poder mediar entre el mundo de la
realidad y la apariencia —del que habla Roh—, y en el que el milagro es una
manifestación epifenoménica.
Al igual que cualquier otro intelectual/artista, Carpentier elevó una preferencia
personal 113 —su visión de América y el barroco— a elemento vertebrador de la
comunidad interpretativa —el objeto pequeño a en discusión—, otorgándole al acto
de creación la fantástica identificación de categoría mimética respecto a la realidad
112
“Esta idea del cuadro en la pared es la que de nuevo prospera y cunde. La colisión
de la realidad verdadera y la realidad aparente (de la habitación con la visión del
cuadro) ha tenido siempre un atractivo puramente elemental. Ese encanto es gozado
ahora en nueva forma. Esta contraposición de la realidad y la apariencia no ha sido
posible hasta después de la rehabilitación del mundo objetivo, que más o menos
faltaba en el expresionismo, el cual había rechazado de antemano la imagen de la
naturaleza existente, a favor de un mundo, por así decir, exclusivamente espiritual.”
(Roh, “Realismo” 282-3; énfasis mío)
113
“Por supuesto que nada es más insólito, y por lo tanto más maravilloso, que el
estilo del propio Carpentier en todas sus novelas desde El reino de este mundo hasta
El arpa y la sombra. En efecto, todos los críticos literarios están de acuerdo en su
descripción del estilo de Carpentier: neobarroco con oraciones largas llenas de
enumeraciones eruditas, percepciones multisensoriales y la mediación de la realidad
a través de todas las artes. Este estilo se usa para describir no solamente un mundo
haitiano del ex cocinero que llega a ser el rey Henri Christophe en El reino de este
mundo, sino también el mundo del Vaticano del ex seminarista empobrecido que
llega a ser el papa Pío IX en El arpa y la sombra. Así es que la obsesión de
Carpentier con el barroco y con lo real maravilloso no proviene exclusivamente ni
aun predominantemente de la realidad americana, sino de su propia visión erudita del
mundo entero.” (Menton 169)
88
latinoamericana.114 Y su apuesta fue aceptada y promovida como elemento identitario
latinoamericano:
La larga permanencia del barroco y la profunda compenetración del
alma criolla en ese estilo es un fenómeno harto revelador en este
sentido. Es el estilo que más se naturaliza y se arraiga en América. En
cierto modo, adquiere en ella un nuevo carácter propio. […]
El barroco y el modernismo son tan hispanoamericanos porque
satisfacen ampliamente esa sed de las formas más artísticas. (UslarPietri 164)
Curiosamente, en la base de este ideologema, de la identificación de este estilo
artístico por parte de Carpentier, podría hallarse el escritor y pensador catalán
Eugenio D’Ors. Aunque su lectura del objeto pequeño a sería diferente, la base de la
identificación en ambos pensadores es la misma. D’Ors en su obra Du baroque
(1935) —con edición castellana en 1944— desarrolla su visión del barroco
apropiándose de una de las dialécticas más importantes del latinoamericanismo desde
el siglo XIX, la expresada por Sarmiento en Facundo: civilización o barbarie. Así, el
autor catalán dice en su estudio sobre el barroco:
114
“Y lo barroco que ustedes conocen, la novela contemporánea latinoamericana, la
que se ha dado en llamar la «nueva novela» latinoamericana, la que llaman algunos
la del boom —y el boom, ya lo he dicho, ni es una cosa concreta, ni define nada—,
es debida a una generación de novelistas en pie hoy en día, que están produciendo
obras que traducen el ámbito americano, tanto ciudadano como de la selva o de los
campos, de modo totalmente barroco.
En cuanto a lo real maravilloso, sólo tenemos que alargar las manos para alcanzarlo.”
(Carpentier, Razón, 64-5)
89
Que su barbarie es la garantía de mi civilización; o, para ser exacto,
que nuestra barbarie profunda es la garantía de nuestra civilización
eminente.
De cada una de estas realidades deriva un estilo. Un estilo se
sobrepone al otro. Así está muy bien. El estilo de la civilización se
llama clasicismo. Al estilo de la barbarie, persistente, permanente
debajo de la cultura, ¿no le daremos el nombre de barroco? (D’Ors,
Barroco 21)
La síntesis del barroco por parte de Eugenio D’Ors demuestra el diálogo
transcontinental en la construcción de las identidades en el mundo hispano, en la
construcción del imaginario nacional mediante la comparación con ese “otro”
ultramarino. Así, en su cita se ve cómo los imaginarios funcionan como un
boomerang cuya parábola sustenta una apuesta identitaria de la que se hace cargo una
comunidad interpretativa.
Eugenio D’Ors, autor que acabó militando en las filas del fascismo, apuesta
por una “Hispanidad” barroca —alterna a Europa—, que es en realidad un ataque al
racionalismo europeo y la Ilustración. Y para llevar adelante ese ataque el autor
catalán se reapropia o reescribe el ideologema expresado por el argentino Sarmiento
—civilización o barbarie, o mejor dicho civilización y barbarie—, trasladando al
campo peninsular una óptica latinoamericana para revisar el barroco, considerado en
España hasta entonces como expresión idiosincrásica de lo español/castellano puro.
El análisis del barroco por parte de D’Ors calza perfectamente con la praxis de
Alejo Carpentier, que con bastante probabilidad debió de leer el texto en su edición
90
original en francés (1935). Así, es difícil no identificar a Carpentier como el lector
ideal interpelado por el autor catalán, cuando éste dice: “Como toda sensibilidad
barroca tiende al patetismo, toda caligrafía barroca tiende a la música…” (D’Ors,
Barroco 104)
Y puede ser también a través de la reapropiación de Eugenio D’Ors que se
pueda explicar la evolución de uno de los ideologemas más importantes de la segunda
mitad del siglo XX en las letras latinoamericanas: el de la soledad. Como D’Ors
argumenta en su libro: “El barroquismo, al contrario, es lo propio de cualquier
soledad.” (D’Ors, Barroco 163). Las dos obras referenciales de este ideologema
serían, obviamente, El laberinto de la soledad de Octavio Paz (1949), y Cien años de
soledad (1967), de Gabriel García Márquez.
3.2 ESCRIBIR LA MARAVILLA, ESCRIBIR LA REVOLUCIÓN
Como decía antes, para Stanley Fish la comunidad interpretativa es quien fija
el canon de aceptabilidad, la patente de corso, el tipo de “literatura” que la comunidad
decide aupar al rango de su “representación” verídica. La representación es pues una
apuesta de futuro identitario. 115 La euforia maravillosa que desató la obra de
115
“And the conclusion to that conclusion is that it is the reader who “makes”
literature. This sounds like the rankest subjectivism, but it is qualified almost
immediately when the reader is identified not as a free agent, making literature in
any old way, but as a member of a community whose assumptions about literature
determine the kind of attention he pays and thus the kind of literature “he” “makes.”
[…] Thus the act of recognizing literature is not constrained by something in the text,
nor does it issue from an independent and arbitrary will; rather, it proceeds from a
collective decision as to what will count as literature, a decision that will be in force
only so long as a community of readers or believers continues to abide by it.” (Fish
11)
91
Carpentier pronto coexistió con la Revolución Cubana, y acabó siendo asumida en la
agenda de las élites culturales de esta — incluso confundiéndose o borrándose las
fronteras entre una y otra 116 —. Promovido por las élites de la comunidad
interpretativa del boom, el propio Carpentier acabó asumiendo funciones diplomáticas
dentro del gobierno cubano: la visión maravillosa de América se institucionalizó con
ello, convirtiéndose al fin en la versión oficial del continente.
De este modo la experiencia revolucionaria se autopresentó como la
demostración de que la realidad Americana era maravillosa, la utopía existía: la
revolución era un síntoma de esa realidad en la que se integraba 117 , de ese escenario
continental. En un claro ejemplo de simbiosis naturalista, el escenario o hábitat
(revolucionario) americano hacía el ser (revolucionario), y todos sus actos respondían
a esa lógica. La Revolución servía de coartada, de concepto paraguas capaz de
abarcarlo todo, y mediante un curioso e interesado silogismo cualquier acto individual
116
“Cuando se preguntó a Alejo Carpentier, en 1966, qué entendía por literatura
revolucionaria, respondió: “Toda literatura que refleja un proceso revolucionario que
haya acontecido realmente. No creo en la eficacia de ciertas literaturas llamadas
‘revolucionarias’ que hablan de revoluciones —o sublevaciones— imaginadas a base
de una mera posibilidad”. Dos años después, al responder a otra pregunta similar, el
autor de El reino de este mundo añadió: “las revoluciones no son hechas por los
artistas. Por lo tanto, primero son las revoluciones; luego, el arte que habrá de
expresarlas y fijarlas; es decir, de mostrarlas por medio de la narrativa, de
analizarlas, de representarlas…”.” (Fernández Retamar, Teoría 131-2)
117
“The Lacanian answer to the question: From where does the repressed return? is
therefore, paradoxically: From the future. Symptoms are meaningless traces, their
meaning is not discovered, excavated from the hidden depth of the past, but
constructed retroactively —the analysis produces the truth; that is, the signifying
frame which gives the symptoms their symbolic place and meaning. […] Every
historical rupture, every advent of a new master-signifier, changes retroactively the
meaning of all tradition, restructures the narration of the past, makes it readable in
another, new way.” (Žižek 56)
92
—literario o trivial, público o privado, etc.—, era revolucionario per se. 118
Pero también se puede decir que dada la naturaleza exclusivista de esta visión
ideológica de América mediante el silogismo expresado, el resultado fue que sólo
sería genuinamente americano lo que confirmara y promoviera esa visión maravillosa
—que como expliqué en el capítulo anterior equivaldría a un shibolet—, aplicada a la
realidad circundante:
“[García Márquez] Yo nací y crecí en el Caribe. Lo conozco país por
país, isla por isla, y tal vez de allí provenga mi frustración de que
nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más
asombroso que la realidad. Lo más lejos que he podido llegar es a
trasponerla con recursos políticos, pero no hay una sola línea en
ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real.”
(García Márquez 1979: 7)
A la promoción de esta visión contribuyeron —y de ella se beneficiaron—
muchos autores del periodo mientras el acolchado, la fantasía de ese “Nosotros,
América” se pudo mantener 119 . Una de las personas que más contribuyó a esta
118
El silogismo universal afirmativo que se encuentra frecuentemente en los autores
del periodo respondería más o menos a este modelo: S: Juan es (latino)americano;
M: (Latino)América es revolucionaria; ergo P: Juan es revolucionario. Todo S es P.
119
“En este sentido, lo más importante que Carlos Fuentes me dijo durante el viaje
en tren a Concepción fue que, después de la Revolución Cubana, él ya no consentía
en hablar en público más que de política, jamás de literatura; que en Latinoamérica
ambas eran inseparables y que ahora Latinoamérica sólo podía mirar hacia Cuba. Su
entusiasmo en la figura de Fidel Castro en esa primera etapa, su fe en la revolución,
enardeció a todo el Congreso de Intelectuales, que a raíz de su presencia quedó
fuertemente politizado, y la infinidad de escritores de todos los países de continente
manifestó casi con unanimidad su adhesión a la causa cubana. Creo que esta fe y
unanimidad política —fue entonces, y siguió siendo, hasta que estalló el asunto
Padilla en 1971, uno de los grandes factores en la internacionalización de la novela
hispanoamericana, unificando miras y metas, proporcionando una estructura
ideológica de la cual se podía estar más, o menos, cerca, y dando por un tiempo la
93
interpretación ideológica de Latinoamérica como maravilla es Gabriel García
Márquez, el autor que mejor supo plasmar en su producción literaria la apuesta
interpretativa, y uno de los que más asiduamente la verbalizó:
G[arcía] M[árquez]: No, no. Yo creo que particularmente en “En cien
años de soledad”, yo soy un escritor realista, porque creo que en
América latina todo es posible, todo es real. (García Márquez y Vargas
Llosa 28) 120
Por ello resulta especialmente chocante la visión contrapuesta de este
fenómeno que el propio García Márquez explicó en un taller de escritura años
sensación de coherencia continental. Entre los escritores ha existido frente a la
Revolución Cubana una variedad de actitudes: desde mi propia congénita tibieza
política hasta el compromiso total de Carlos Fuentes y, más tarde, el de Vargas
Llosa. Algunas actitudes han variado con los años: un diplomático cubano que
representaba al gobierno revolucionario en Bélgica, Guillermo Cabrera Infante, al
comienzo incondicionalmente favorable a la revolución, pasó a ser crítico, y luego
negador; y la posición de Julio Cortázar, que de simpatizante pasivo pasó a ser
activísimo. Y así como en el Congreso de Intelectuales de concepción experimenté
por primera vez esa repentina y poderosa marea de simpatía por una causa política
que unificaba el continente y a todos sus escritores, así también el caso Padilla marcó
un fin de esa unidad al sacrificar las lealtades y los trabajos de todo un decenio,
disolviendo esa fantasía de no estar relegados en nuestras pequeñas luchas
nacionales, como antes de 1960. Creo que si en algo tuvo unidad casi completa el
boom —aceptando la variedad de matices—, fue en la fe primera en la causa de la
Revolución Cubana; creo que la desilusión producida por el caso Padilla la
desbarató, y desbarató la unidad del boom.” (Donoso, Historia 60-1; énfasis mío)
120
“G[arcía] M[árquez]: No, no. Yo creo que particularmente en “En cien años de
soledad”, yo soy un escritor realista, porque creo que en América latina todo es
posible, todo es real. Es un problema técnico en la medida en que el escritor tiene
dificultad en transcribir los acontecimientos que son reales en la América latina
porque en un libro no se creerían. Pero lo que sucede es que los escritores
latinoamericanos no nos hemos dado cuenta de que en los cuentos de la abuela hay
una fantasía extraordinaria en la que creen los niños a quienes se les está cotando y
me temo que contribuyen a formarlo, y son cosas extraordinarias, son cosas de las
“Mil y una noches”, ¿verdad? Vivimos rodeados de esas cosas extraordinarias y
fantásticas y los escritores insisten en contarnos unas realidades inmediatas sin
ninguna importancia. Yo creo que tenemos que trabajar en la investigación del
lenguaje y de formas técnicas del relato, a fin de que toda fantástica realidad
latinoamericana forme parte de nuestros libros y que la literatura latinoamericana
corresponda en realidad a la vida latinoamericana donde suceden las cosas más
extraordinarias todos los días”. (García Márquez y Vargas Llosa 28; énfasis mío)
94
después:
GABO: ¿Quieres que te diga una cosa? Cien años de soledad es
ficción de la primera a la última página, pero desde hace años los
maestros de literatura, los turistas y no pocos lectores han adoptado la
costumbre de ir a Aracataca —el pueblo donde nací—, a ver con sus
propios ojos cómo es Macondo. Y lo exploran concienzudamente,
hasta el punto de que han encontrado el árbol donde amarraron al
Coronel Aureliano Buendía y el jardín desde donde Remedios subió al
cielo. (García Márquez, Bendita 117-8)
Que el autor que mejor ha capitalizado la visión ideológica de esa América a
través de la maravilla haga esa declaración, además de un ataque de sinceridad,
muestra al menos dos cosas: que toda apuesta interpretativa tiene los días contados y
responde a su dialéctica coetánea —la relación pragmática—, y que lo que se insistía
en elevar a síntoma de una physis americana era un constructo tan artificial como el
de los denostados surrealistas: una hipóstasis. 121
Esta confesa boutade no tendría mayor consecuencias si no fuera porque lo
que hoy ho hay empacho en defender como ficción, fue erigido por toda una cohorte
de intelectuales y críticos latinoamericanos en artículo de fe cuyas secuelas aún
coletean en la academia. No puedo compartir por lo tanto la frivolidad con la que
121
“Creemos haber dilucidado ya la ambigüedad existente entre dos categorías
aparentemente contradictoria como Realidad e Imaginación, pero no está de más
insistir nuevamente sobre ello: ¡todos los elementos constitutivos de la imaginación
están en la realidad! (Lo mismo es aplicable a lo fantástico pues «el mundo
fantástico… es el alma de toda realidad»: George Sand.) La hipóstasis fantástica
adquiere, por consiguiente, plena vigencia al no ser sino un elemento más de la
realidad —elemento que literariamente se traduce y se plasma mediante la
imaginación.” (Belevan 96)
95
García Márquez se desdice de sus posiciones anteriores. Problemática me parece
asimismo la opinión de Carlos Blanco Aguinaga en su importante artículo “Para un
estudio de la recepción de la narrativa del «Boom» en España” (25-36), en el que se
carga contra la credulidad de los lectores “simples” de la obra de Carpentier —u otros
autores similares, pues el ejemplo es extrapolable—, por caer en el error de conferirle
el estatus ontológico al texto que su autor les ha demandado o impuesto, por darle su
fe, eximiendo de responsabilidad al escritor. 122 Un caso extrapolable sería el de un
médico que impusiera una dieta de huevos y queso a su paciente, y luego se mofara
de que a este le ha subido el colesterol ¡por crédulo!
Si los lectores “leyeron” el libro y Latinoamérica con él a través del acolchado
carpenteriano —un acolchado expresado por estos autores como ontológico, no
epistemológico 123 —, fue porque éste se propuso y utilizó como elemento con el que
122
“De eso, precisamente, trataba la narrativa histórica latinoamericana del «boom».
Apasionada historicidad que, conocedora —por ejemplo— de la fuerza y vigencia de
los mitos, los reelaboraba e inventaba con una habilidad que podía fácilmente inducir
a equívocos como, por ejemplo, aquél en que cayeron tantos al creer, porque sus
gentes gritaban «Macandal sauvé!» frente a la pira que había consumido al
inteligentísimo caudillo mandinga de El reino de este mundo, Macandal, en efecto,
se había salvado. Error de lectura mucho más grave que el de Alonso Quijano ya
que, a fin de cuentas, los libros de caballerías no declaraban su ser ficción y podían,
por tanto, ser creídos como realidad, en tanto que Carpentier, el autor y narrador de
El reino de este mundo, dice bien a las claras que Macandal había muerto consumido
por el fuego. En qué sentidos, por qué y para qué los muertos —es decir, la dolorosa
historia de luchas vividas— sigue afectando a Ti Noel en la novela al igual que
afectaba, sin duda, a quienes más de cien años después lucharon contra los Ton Ton
Macoute (es decir, cómo el pasado incide sobre el presente) era algo que, a pesar de
la historia que ellos mismos sufrían, parecía escapárseles a lectores españoles de
entonces.” (Blanco Aguinaga 30)
123
“Jon Weisgerber makes a similar distinction between two types of magical
realism: the “scholarly” type, which “loses itself in art and conjecture to illuminate
or construct a speculative universe” and which is mainly the province of European
writers, and the mythic or folkloric type, mainly found in Latin America. These two
strains coincide to some extent with the two types of magical realism that Roberto
González Echevarría distinguishes: the epistemological, in which the marvels stem
from an observer’s vision, and the ontological, in which America is considered to be
96
discernir la pertenencia o no a la comunidad interpretativa: fue artículo de fe, shibólet.
La “maravilla” fue usada como referente imperial, como lo es la “pureza de sangre”
en El retablo de las maravillas de Cervantes, y si bien podríamos sonreírnos de la
simpleza del pueblo reunido alrededor del retablo “maravilloso,” no se debe olvidar
que éste es antes víctima del capricho de unas elites —letradas—, que ejecutora del
mismo. El mayor problema que reviste el caso sería el de la falta de honestidad del
autor para con los lectores, al predicar lo que no cree, pero recoger el beneficio.
Como dije unas lineas antes, la Revolución Cubana tuvo en muchos de estos
autores su mejor carta de presentación 124 , al igual que estos autores tenían en la
revolución su mejor representante. La ilusión de este “Nosotros, América” vivió sus
especiales bodas de Cadmo y Armonía en el matrimonio de los intelectuales
latinoamericanos con la Revolución Cubana, que parecía borrar las fronteras entre
alta y baja cultura, la comunión mística del intelectual con el pueblo, como plasmó
poéticamente Ernesto Ché Guevara:
América toma forma y se concreta. América, que quiere decir Cuba;
Cuba, que quiere decir Fidel Castro (hombre representando un
continente con el solo pedestal de sus barbas guerrilleras) adquiere la
itself marvelous (Carpentier’s lo real maravilloso). The trouble is that it is often
difficult to distinguish between the two strains.” (Faris 165)
124
Algunos de estos autores fueron representantes políticos y diplomáticos, como los
cubanos Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Heberto Padilla o Guillermo
Cabrera Infante, o Carlos Fuentes y Octavio Paz en el México del PRI, demostrando
la importancia que la cultura jugaba como capital simbólico-social. Sobre el uso de
los intelectuales como medio de legitimación en el México del PRI véase el libro de
Sebastiaan Faber Exile and Cultural Hegemony. Spanish Intellectuals in Mexico,
1939-1975 (Nashville, TE: Vanderbilt UP, 2002). Dicho autor explica la importante
función que tuvieron los exiliados españoles como sustento de ese imaginario
revolucionario, y justificación de excesos autoritarios por parte del gobierno
mexicano.
97
verosimilitud de lo vivo. El continente se puebla, ante la imaginación
afroasiática, de hombres reales que sufren y luchan por los mismos
ideales. (Guevara 1967: 505)
La luna de miel de ese matrimonio entre política y cultura duró, como explica
Donoso entre otros, hasta el conocido caso Padilla 125 que dio lugar a las primeras e
irreconciliables “disputas de pareja” —como se sabe los primeros en abandonar el
barco fueron los artistas mexicanos beneficiados por la política cultural del PRI—. La
separación era ya un hecho fehaciente cuando el dictador Augusto Pinochet derrocó el
gobierno electo de Salvador Allende. El caso Padilla fue el proceso en el que los
significados flotantes, sobre los que hasta ese momento se elevaba un proyecto de
identidad alterna, intentaron quedar fijados: fue el fin de la maravilla,126 la llegada de
lo real. Simbólicamente la dictadura de Pinochet fue la puntilla de gracia a ese
proyecto y visión romántica del mundo:
A mediados de la década de 1970 los escritores asociados con la
125
“That the Cuban Revolution was instrumental in the reception of the Latin
American Boom novel throughout the world is clearly manifested in the crisis
created by the Padilla affair in 1971, an event that can arguably be used to indicate
the moment when the cohesive forces that supported the international interest in that
narrative came apart.” (Santana 56-7)
126
“Me parece haber visto a Cuba darle un buen empujón al “auge” (prefiero
considerar innombrable, por el tono de este trabajo, la palabrota publicitaria) de la
narrativa latinoamericana de hoy. Europa la descubrió primero por novelería y
exotismo cultural, luego intervino la maquinaria comercial y publicitaria del
continente con su burguesía orientada por los semanarios, y finalmente Estados
Unidos por razones pragmáticas y bien políticas. Dada la condición de apestada
comercial que aún goza para tantos editores aquí nuestra prestigiosa literatura.
La cultura, tanto la cubana como la latinoamericana, ha sido un instrumento de
nuestra política exterior. Al fracasar el intento de construir simultáneamente el
comunismo y el socialismo en nuestra isla —muerto el Che en Bolivia, en crisis la
economía de los incentivos morales y fracasada la zafra de los diez millones—
sobrevino el broche del caso Padilla. El fin del escritor como conciencia de la
sociedad. Cuba se vio obligada a recurrir a métodos tradicionales, oficiales de
construir el socialismo.” (Desnoes 255-6)
98
narrativa del boom continúan atrayendo gran atención pública, crítica y
académica. Las circunstancias que los llevaron a tal notoriedad durante
la década de 1960 han cambiado, sin embargo. Ya no se los lee en el
contexto del optimismo y la efervescencia cultural causada por la
Revolución Cubana, sino de cara ante el desastre del gobierno de
Unidad Popular en Chile y el estado de guerra civil en Argentina. Su
lectura tampoco se hace de acuerdo con la panegírica incondicional
que rigiera hace algunos años. (Vidal 65)
Como dice Mejía Duque (Narrativa 229), la Revolución es el catalizador
imprescindible para poder comprender la literatura y el pensamiento identitario
latinoamericanista que le acompañaba, y que se etiquetó con el anglicismo boom —
no en vano, el término es una onomatopeya mercadotécnica pero también bélica—.
Éste es el referente hacia el que el pensamiento latinoamericanista tornó los ojos y
convirtió en el cristalizador de su identidad, de su apuesta de futuro. Como argumenté
antes, la Revolución sustentó el “quilting” o acolchado lacaniano —el point de
capiton 127 —, a través del que una comunidad de lectores y autores se vio a sí mismo
como el auténtico “Nosotros, América.” 128 Así, como dicen Dunia Gras y Pablo
127
“The point de caption is the point through which the subject is ‘sewn’ to the
signifier, and at the same time the point which interpellates individual into subject by
addressing it with the call of a certain master-signifier (‘Communism’, ‘God’,
‘Freedom’, ‘America’)—in a word, it is the point of the subjectivation of the
signifier’s chain.” (Žižek 87)
128
Slavoj Žižek ilustra esta idea con un ejemplo totalmente extrapolable: “Let us
take the case of the famous advertisement for Marlboro: the Picture of the bronzed
cowboy, the wide prairie plains, and so on —all this ‘connotes’, of course, a certain
image of America (the land of hard, honest people, of limitless horizons …) but the
effect of ‘quilting’ occurs only when a certain inversion takes place; it does not occur
until ‘real’ Americans start to identify themselves (in their ideological self-
99
Sánchez López:
Aunque esta vanguardia no se legitimó a través de ningún manifiesto
ni ninguna propuesta conjunta, ni antes ni después (al margen del
proyecto, planificado por Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes y
parcialmente fracasado, de confeccionar una recopilación de cuentos
sobre dictadores), la inicial amistad entre los novelistas que
adquirieron mayor protagonismo (Vargas Llosa, García Márquez,
Cortázar, Fuentes y Donoso) se sumó la trascendencia de un factor
externo al campo literario: la revolución cubana, que ofreció a estos
escritores (con la excepción clara de Donoso) un proyecto político con
el que relacionar los objetivos literarios, y aún más, una excelente
forma de cohesionar las expectativas de los lectores
hispanoamericanos. (Gras Miravet y Sánchez López 108)
La Revolución se soñó como la representación más verista del continente, la
expresión de su weltanschaung. Latinoamérica parecía haber encontrado su imagen al
mirarse en el espejo de esa Revolución, a la que rindieron honores propios y
extraños 129 —entre los últimos sobresalen los intelectuales europeos y
norteamericanos—. Muestra de ello es el optimismo con el que autores como Julio
Cortázar, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa establecieron la identificación —
experience) with the image created by the Marlboro advertisement —until America
itself is experienced as ‘Marlboro country’.” (Žižek 95-6)
129
“La mayoría de esos jóvenes escritores, por otra parte, agitaban entonces las
banderolas de una inconcreta e indefinida segunda revolución iberoamericana y
proclamaban, como la izquierda europea, fe absoluta en la experiencia revolucionaria
castrista.” (Barral 557-8)
100
resulta de un idealismo romántico 130 — de la escritura y el lenguaje como actos
revolucionarios tout court, 131 y sobre la función mesiánica a la que estaba llamado el
escritor revolucionario:
La corrupción del lenguaje latinoamericano es tal, que todo acto de
lenguaje verdadero es en sí mismo revolucionario. En América Latina,
como en ninguna parte del mundo, todo escritor auténtico pone en
crisis las certidumbres complacientes porque remueve la raíz de algo
que es anterior a ellas: su lenguaje intocado, increado. […] Escribir
sobre América Latina, desde América Latina, para América Latina, ser
testigo de América Latina en la acción o en el lenguaje significa ya,
significará cada vez más, un hecho revolucionario. (Fuentes, Nueva
94-5)
El connubio entre letras y poder es uno de los rasgos más representativos del
periodo del boom latinoamericano, puesto que la mayoría de los autores se declararon
130
“Sin duda esta narrativa expresó literariamente la gradual radicalización de
sectores de clase media, especialmente juveniles, que debido a la situación
económico-social de los años sesenta sufrieron una fuerte marginación. Su
complejidad y novedad estructural, el cuestionamiento social de su temática, su
puesta en jaque de los estilos de percepción de la realidad legados por la narrativa
positivista anterior en vigencia, dieron a esta narrativa el aspecto vanguardista que
sus personeros más representativos llamaron “revolucionaria”. Ellos mismos
reforzaron esta imagen al hablar de un equivalente entre la acción literaria del
escritor y la del guerrillero en busca de drásticos cambios económicos, sociales y
culturales. La base de sus afirmaciones y del optimismo implícito en su obra era un
irracionalismo de ascendencia romántica reactualizado a través de las tendencias
surrealistas que caracterizamos sus lineamientos teóricos. Según ese irracionalismo,
las fuerzas instintivas, vitales, del hombre llevarían a las colectividades
latinoamericanas a superar las limitaciones impuestas por el canon cultural burgués
imperante.” (Vidal 65-6; énfasis mío)
131
Amén de Hernán Vidal, Literatura hispano-americana e ideología liberal:
surgimiento y crisis, (Buenos Aires: Hispamérica, 1976), reproducido en la cita
anterior, véase la disputa publicada en 1970 por Óscar Collazos, Julio Cortázar y
Mario Vargas Llosa, Literatura en la revolución y revolución en la literatura
(México: Siglo XXI, 1977).
101
simpatizantes de la Revolución. Además de Carpentier, otros autores se involucraron
políticamente con la Revolución, como Heberto Padilla o Roberto Fernández
Retamar. El imaginario romántico de la revolución sirvió a la comunidad
interpretativa de autores tanto como éstos ayudaron a la revolución, y la asociación de
mutuo beneficio —que Luis Harss llama “comunión mística” (Harss, en Minc 1980:
200) 132 —, duró hasta el caso Padilla, en el que el hasta entonces representante
político revolucionario y escritor, se convirtió en la público ejemplo de la nueva
política cubana, que ya no necesitaba de las élites intelectuales, de los autores, para
asentar su poder:
En todo caso, han sido diversamente atendibles las dos
interpretaciones acerca de la ecuación Cuba-escritores
latinoamericanos. Una dice que los escritores latinoamericanos
utilizaron a la Revolución Cubana para encumbrar sus famas; la
interpretación contraria dice que la Revolución Cubana utilizó a los
escritores, característicamente ingenuos políticamente, para que le
hicieran propaganda en todo el mundo. Es posible que la segunda
interpretación sea la más ajustada a la realidad. (Donoso, Historia 215)
Algunos de estos autores del boom se adhirieron al imaginario maravillosorevolucionario a veces más por esnobismo cultural que por convicción real: sus
“ideales revolucionarios” con los que criticaban el dominio colonial —cultural y
económico—, no les impedían llevar una vida occidental burguesa en las metrópolis a
132
“Claro que el tiempo pasa; las cosas cambian. El BOOM, como tal y por
definición, ya hace tiempo que no existe. Tampoco, por complicadas razones —
políticas y literarias— perdura esa especie de comunión mística que he descrito entre
autor y lector.” (Harss 200)
102
las que acudían por exilio voluntario —algo que siempre resultó difícil de justificar y
acababa saliendo a colación en múltiples disputas—. Tampoco les impedía esto
practicar un arte vanguardista difícilmente compatible con unas teorizaciones
artísticas social-realistas que clamaban la necesidad de popularizar la obra de arte, de
acercarla al pueblo, de hacer un harte social(ista).
Aunque la crítica posterior insista en marcar taxonomías y diferencias, 133 es
obvio al leer varias de las publicaciones más representativas del periodo —como las
revistas Casa de las Américas, Cuadernos para el diálogo, Mundo Nuevo…— que
hubo una vez el espejismo ideológico de un cuerpo único mágico-maravilloso, cuya
unidad fue promovida como tal ab origines, y recibida como tal por latinoamericanos
y europeos o norteamericanos. En un tiempo récord Carpentier, por un lado, y la
Revolución por el otro, habían obrado el milagro alquímico que cuatro siglos y medio
de historia colonial y postcolonial no habían alcanzado: la fantasía de una unión
Panamericana bajo la égida de una identidad alterna, la que confería el realismo
mágico-maravilloso. Por ello, como explica Burkhard Pohl:
Poco a poco, se ha llegado a una generalización del término realismo
mágico, que se utiliza con poco sentido de diferenciación para
denominar (y denunciar) una escritura de alteridad latinoamericana.
(Pohl 240)
Curiosamente, uno de los críticos que defendió el término boom como etiqueta
133
Sobre esta posterior diferenciación anota López de Abiada: “El subrayado sobre
la heterogeneidad de los autores del boom se ha ido convirtiendo en un tópico de la
crítica, sobre todo en las últimas décadas. No deja de resultar interesante que lo que
entonces se auspició como una sola entidad tienda, visto retrospectivamente, a
fragmentarse en la diferencia.” (López de Abiada 331, n.26)
103
con la que nombrar la producción del periodo es Hernán Vidal, que desde parámetros
marxistas analizaba esta producción cultural como mercancía. Para Hernán Vidal esa
producción cultural/mercancía alterna “coincide” en tiempo y lugar con la demanda
consumista de las sociedades hispanoamericanas, en su desarrollo capitalista. 134 En
cierto momento del libro dice:
Por ello el término narrativa del boom es de gran utilidad para designar
este movimiento, ya que apunta a sus raíces sociales. La aparición de
sus obras más representativas coincide en su auge e impacto con la
orientación consumista de las economías hispanoamericanas más
avanzadas, desde mediados de la década de 1950 hasta fines de los
años sesenta. (Vidal 67)
Desde la perspectiva marxista del Vidal —perspectiva fundamental para
entender el periodo— todo parece reducirse a leyes de oferta y demanda de mercado,
en concreto oferta occidental y demanda latinoamericana: un sistema de
autoabastecimiento perfecto.
El carácter visiblemente comercial que adquiere la literatura del periodo, y
que se acompaña de una tras-nacionalización de la literatura, en la que la literatura
latinoamericana entra en un periodo global, es fuente de críticas y disputas. Como
fenómeno el boom muestra la lucha de imaginarios existentes en las letras y
sociedades latinoamericanas alrededor de la modernidad: si por un lado se les pide a
134
“No es un azar que algunas de las figuras más claramente asociadas con esta
narrativa —Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, José
Donoso, Mario Vargas Llosa— provengan de los países hispanoamericanos que
alcanzaron una mayor modernización dependentista durante este periodo.” (Vidal
68)
104
los escritores que sean parte de la historia y que contribuyan a la introducción de sus
sociedades en la modernidad, por otro lado se les hecha en cara y culpa de que lleven
a cabo ese mismo intento.
Uno de los mayores problemas que considero acarrea la visión exclusiva del
boom como fenómeno económico —acusación que suele venirle paradójicamente
desde las filas del marxismo, que no dudó en usar el boom como altavoz continental
en beneficio propio— es que al centrarse en la producción cultural como un
fenómeno mercantil se desdeña o pierde conciencia de otros matices que contribuyen
y conforman el resultado, así como la relación pragmática que se produce entre el
producto cultural y la sociedad de la que surge/a la que se dirige. Aunque en la venta
de libros influyan las leyes de oferta y demanda, la reducción de todo el proceso a una
determinista regularización comercial es incapaz de dar cuenta de por qué entonces
una obra con gran apuesta publicitaria puede no salir adelante y sin embargo una obra
como Pedro Páramo (1955) pudo imponerse con el paso del tiempo, o por qué una
obra de tan difícil lectura como es Rayuela (1963) pudo convertirse en referente
generacional —de un identitario transnacional latinoamericano— en lugar de otras
más sencillas, y quizá por ello, más apropiadas para una dialéctica mercantil pura y
dura.
A veces sin embargo el problema es el contrario, el de la hiper-romantización
folclórica que intenta negar la dialéctica mercantil, y que cae en el error de leer el
libro como síntoma ontológico —como si fuera una reificación somática de una
realidad exclusiva—, en lugar de verlo cómo creación artística/capital simbólico.
Esta hiper-romantización es especialmente inefectiva para analizar una gran
105
parte de la producción del boom, pues muchas de sus obras capitales no fueron
publicadas en sus imaginarios hábitats nacionales, sino trasnacionales y a veces
también transoceánicos. Así por ejemplo Luisa Juárez Hervás al hablar del realismo
mágico de García Márquez versus el de otros autores como el indio Shalman Rushdie
dice que “el lugar donde la obra aparece publicada por primera vez y la audiencia a
quien esta obra va dirigida […] son, en mi opinión, esenciales para el desarrollo de
este trabajo” (Juárez Hervás593-594). 135 Su defensa de Cien años de soledad (1967)
como obra de comunión casi mística con los lectores proletarios argentinos, olvida un
problema bien conocido: que la publicación por parte de García Márquez de esta obra
en Buenos Aires fue circunstancial, pues primero intentó publicarla en Barcelona con
Seix-Barral, 136 y segundo, que la obra había sido publicada ya parcialmente —y
135
“Según Timothy Brennan, los escritores del Tercer mundo tienen en común las
siguientes cualidades: el cosmopolitismo, el interés por conseguir lectores en los
países desarrollados, y el compromiso político. Esta descripción puede parecer
aceptable en algunos casos y discutible en otros, pero existe un dato que este crítico
no incorpora a su análisis de Third World Artists: el lugar donde la obra aparece
publicada por primera vez y la audiencia a quien esta obra va dirigida. Estos dos
puntos de ámbito sociológico son, en mi opinión, esenciales para el desarrollo de este
trabajo.
Cien años de soledad fue publicada en rústica para ser vendida en los quioscos de
prensa del metro de Buenos Aires. Midnight’s Children se publicó en hardback y fue
vendida en las librerías más prestigiosas de Nueva York y Londres. Un público
trabajador fue el primero en reconocer el talento literario de García Márquez, el cual
empezó a ser conocido con un nombre de pila que los lectores inventaron para él,
Gabo. […] La diferencia en la recepción de las dos obras debe estar clara. El escritor
colombiano ha escrito una novela dirigida a la gente de Sudamérica, con el objetivo
primordial de hacer accesible su obra y, al mismo tiempo, resaltar la experiencia
común de las gentes de su tierra; sin embargo, ha conseguido también presentar un
contenido de fuerte carga política con una forma que le ha permitido burlar la
atención de los poderes fácticos. El novelista angloindio ha escrito en Inglaterra un
libro en inglés, que obviamente no va dirigido al público indio. Ha conseguido, eso
sí, ofender a la élite política india, pero no se ha granjeado el apoyo de los
oprimidos.” (Juárez Hervás 593-594)
136
“García Márquez no concurrió nunca [al premio Biblioteca Breve], y debería
saberse que yo no publiqué Cien años de soledad a causa de un malentendido, a la
falta de respuesta puntual a un telegrama, y no por un error editorial ni a
consecuencia de una torpe lectura del manuscrito —que nunca vi—, como
maliciosamente se ha pretendido.” (Barral 576)
106
alabada— en varias revistas. La obra, antes de su publicación, contaba ya con el
apoyo de la comunidad interpretativa del boom, los intelectuales —como Carlos
Fuentes 137 —. La “proletarización” de la obra vino después, si es que alguna vez las
obras del boom fueron proletarias.
Sin negar que las dialécticas de mercado influyen —pero no son el único
elemento que lo hace—, considero que estas aproximaciones puristas postergan u
olvidan la función híbrida o dialéctica que la obra posee como capital simbólico, y
que se pierde al reducirlo todo a relaciones materiales, o a su antítesis, las relaciones
folclórico-nacionales. Por ello, más que analizar todo el fenómeno literario
latinoamericano desde una perspectiva económica de dependencia colonial —lo que
eventualmente significaría leer el boom como imposición en cuya gestación no
participó el entramado de autores y lectores latinoamericano—, mi propuesta es la de
analizar el fenómeno desde una perspectiva transatlántica, de co-dependencia
económica y simbólica, o aún mejor, como el caso opuesto a la primera de esas
posibilidades: el momento en el que simbólicamente Latinoamérica hizo de España
“su” colonia cultural.
Por ello, aunque con posterioridad Barcelona sea la ciudad que se convirtió en
137
“C[arlos]F[uentes]: […] Fíjate, acabo de leer las primeras 75 cuartillas de Cien
años de soledad, la “work in progress” del novelista colombiano Gabriel García
Márquez. Son absolutamente magistrales. Y muy válidas para ilustrar lo que
decimos. García Márquez está instalado en los viejos reinos vegetales de Gallegos y
Rivera, sólo para liberarlos del peso muerto y reintegrarlos a la imaginación con un
humor, una belleza, una auténtica composición que jamás pudieron tener Arturo
Cova o el Sute Cúpira o Santos Luzardo, que eran figuras antidialécticas. En
cambio,la dinastía de los Buenos que traza García Márquez, es deslumbrantemente
antimaniquea; los Buendía son los fundadores y los usurpadores: los Sartorisy los
Snopes de Hispanoamérica, en una sola inegración fulgurante. […] Es decir: el
escenario es el mismo; lo que ha cambiado es el poder imaginativo que lo ilumina.
Esa es toda la diferencia.” (Carlos Fuentes, “Carlos” 141-2)
107
capital editorial y simbólica del boom, en su origen el fenómeno comienza en las
grandes urbes latinoamericanas — Buenos Aires y México principalmente—, para
posteriormente cruzar el charco con la apuesta de Carlos Barral y su equipo de
asesores 138 —una apuesta política y cultural por una España postcolonial, por otra
España, como explico en el siguiente capítulo—.
138
“En esa época hice varios viajes a América, sobre todo a Cuba y México, de
carácter estrictamente literario; viajes muy distintos de los que hacían los demás
editores españoles, incluido mi socio Víctor Seix, orientados al comercio editorial.
Los motivos eran varios: participación en cursillos de exploración literaria, premios,
conferencias… pero el contenido era el mismo: conocer a la gente de letras,
escritores célebres o futuros, y maquinar métodos y sistemas para la unificación
literaria del ámbito lingüístico, preocupación muy común en aquellos años entre
escritores de todo pelaje y nación y totalmente extraño a los proyectos culturales de
las diferentes repúblicas.” (Barral 556)
108
CAPÍTULO 4
“NOSOTROS ESPAÑa”
Lo grave es que los objetos artísticos no se buscan, se
encuentran. (Vela, Inventario 49)
Yo había puesto en marcha con esa intención un
proyecto muy agresivo de Historia de España,
absolutamente heterodoxo, partiendo de la radicalidad
de las historias nacionales y gran-regionales, que
simplemente se cruzarían en la crónica de la historia
centralista y borbónica y de la historia capitalina, la
cual constituiría un capítulo aparte. (Barral 680)
[Con el descubrimiento] Comenzó en Europa lo que
debería llamarse la Era Americana.
Como tantas otras veces, entonces la razón y la magia
se enfrentaron. (Arciénagas 15)
4.1 LATINOAMERICANIZAR ESPAÑA, ESPAÑOLIZAR
LATINOAMÉRICA
Mientras las letras y sociedad peninsulares de finales de los 50 vivían el
obligado aislamiento y sequía intelectual impuesta por la dictadura militar franquista
y la censura, e intentaban recuperarse del siempre reciente trauma de la Guerra Civil,
allende los mares —en ese territorio mítico llamado con añoranza colonial la
109
“Hispanidad”—, se vivía el frenesí de un proceso revolucionario comenzado en Cuba,
“la perla de las Antillas ”, y que era temido o deseado como el primero de una serie
que uniría Latinoamérica como paraíso socialista. La utopía renacentista del
“descubrimiento” se renovaba a las puertas del Quinto Centenario de la efeméride, 139
y de este modo volvía América —como historia que se repite—, a ser tierra de
promisión y lugar de la maravilla hacia el que miraba toda la inteligencia europea.
Como argumenté en el capítulo anterior, a dicho espejismo unificador
panamericanista contribuyeron sin duda el prólogo de Alejo Carpentier a El reino de
este mundo. En su personal aplicación de las teorías mágico-realistas de Franz Roh
(1925) y su experiencia surrealista al continente americano, Carpentier presentaba a
los ojos europeos una América que de nuevo —como una crónica de los
conquistadores—, dibujaba un mundo exótico e inefable, en el que la maravilla era
tan real como el pan nuestro de cada día. Para un público y sociedad como la
española y europea del periodo, intentando olvidar sendas guerras, la visión de
América como entelequia maravillosa era una vacuna perfecta con la que escapar de
la realidad coetánea, de la pesadilla espiral de su historia.
139
Michael Rössner reseña la importancia simbólica que la proximidad del Quinto
Centenario tuvo en la creación de la comunidad lectora que se formó alrededor del
boom: “La novela histórica no está ausente en la literatura del boom (baste
mencionar a Carpentier y Roa Bastos); pero seguramente no tiene un papel
dominante; sin embargo, en la segunda mitad de los años 80, al acercarse la fecha
mágica del V Centenario con todas las iniciativas más o menos torpes de festejar
dignamente este acontecimiento, se convierte casi en el género por excelencia de la
literatura actual en América Latina. Por eso, el verdadero término del boom para mí
se encuentra en este impacto de la fecha de 1992 que se hace sentir ya varios años
antes y que no sólo llevó a reconsiderar el hecho del hasta entonces así llamado
“descubrimiento” y de la conquista, sino también otros episodios de la historia
latinoamericana, y ya no sólo con los métodos del boom, que en cierta manera
adoptaban algunos prejuicios europeos sobre la violencia y lo primitivo o la
conciencia mítica-mágica de los latinoamericanos, sino en una nueva óptica que se
dirige más a un público latinoamericano.” (Rössner 262)
110
Pero el acto de enunciación carpenteriano no puede entenderse —solamente—
como un texto escapista destinado al deleite de lectores europeos en busca de
exotismo, 140 sino como la exitosa apuesta por una estrategia de lectura identitaria que
sustentó y fue sustentada a su vez por la creación de toda una comunidad
interpretativa á la Fish.
Como ocurriera anteriormente, Cuba se hallaba en el epicentro de una
tormenta identitaria que acabó “revolucionando” ambas orillas del Atlántico. A
finales del XIX la pérdida de las últimas colonias desencadenó una angustiosa
búsqueda de identidad política y cultural —de lo castizo español—, que se vio
agravada con la pujanza del modernismo latinoamericano, movimiento literario que
ganó la delantera a la literatura peninsular. Por primera vez España afrontaba la
realidad de sentirse “uno más” de los países que escriben su literatura en español. El
castellano dejó así su estatus de monopolio colonial para ser un medio compartido, y
lo que era aún más difícil de digerir: la antigua metrópolis ya no era quien otorgara la
patente de corso. Las antiguas urbes coloniales —Buenos Aires, Santiago de Chile,
La Habana, México…— convertidas con el cambio de siglo en nuevos centros del
comercio mundial, se podían permitir el lujo de cuestionar la hegemonía cultural de la
maltrecha metrópolis, arruinada y en decadencia, y abrazar un nuevo y exitoso
modelo a la sombra de París.
140
El escritor argentino David Viñas, al analizar esta América “exotica” dice:
“Porque, me presiento, que tanto Cortázar (como García Márquez que,
presumiblemente, habrá reflexionado —por un lado— que el “realismo mágico”,
para la mirada metropolitana, no era más que un antifaz recauchutado del arcaico
“exotismo”) y algunos otros emergentes de la nueva narrativa de América Latina han
ido advirtiendo que ese latinoamericanismo de que hablábamos —y de que tanto se
comentó y se tartajea— sólo era una mediación entre el nivel de lo ideológico y lo
poético.” (Viñas 46)
111
La réplica a esta “herida” colonial fue clara en las letras españolas: huída
endo- y etno-céntrica a Castilla141 —sintomáticamente por parte de autores
periféricos—; ideológica lectura del cuerpo nacional representado en el paisaje
castellano, epítome de una raza “carpetovetónica” —término acuñado por Ortega y
Gasset— y una cultura “estoica” e intemporal; negación de la historia mediante la
búsqueda de una “intrahistoria” con visos fenomenológicos trascendentales; y
melancólico retorno o —añoranza a veces crítica— al imaginario imperial y al Siglo
de Oro en busca de las causas del declive coetáneo, pues parafraseando a Garcilaso de
aquellos polvos debían ser estos lodos. De este modo la generalmente llamada
Generación del 98 —como la llamó José Martínez Ruiz, Azorín (1125-35)— intentó
recrear un imaginario que supliera o cubriera la carencia que la caída de las colonias
había dejado. 142
La disputada relación entre Generación del 98 y Modernismo, como etiquetas
con las que referir movimientos similares o diferentes, vivió una nueva vuelta de
tuerca propiciada por el proceso revolucionario, como muestra Fernández Retamar en
el propio título de su ensayo “Modernismo, noventiocho y subdesarrollo” (Teoría 97106), al identificar el movimiento peninsular como ejemplo de escritura propia del
subdesarrollo. 143
141
Consúltese sobre este tema el importante libro de Inman Fox, La invención de
España: nacionalismo liberal e identidad nacional (Madrid: Cátedra, 1997).
142
“In its various forms, both liberal and conservative (panhispanismo,
hispanoamericanismo, iberoamericanismo), and particularly in the twentieth
century, the ideal of a Spanish cultural tutelage over its former colonies has remained
in theory a constant topic of foreign policy, even though in practice it has often been
contradicted by an also persistent lack of action and initiative.” (Santana 36)
143
“Queremos ofrecer otra hipótesis sobre la unidad de España e Hispanoamérica
que el modernismo va a expresar. En el último cuarto de siglo XIX, afirmadas ya e
incluso en vías de expansión imperialista las potencias capitales de Europa y los
112
Si el nacionalismo español había (con)formado su imaginario con el
descubrimiento de América y la llegada del Imperio, la pérdida de esas mismas
colonias —que eran la alteridad sobre las que el imaginario nacional se edificó—, dio
paso a un doble movimiento inverso, que acentuó la alteridad intramuros, dentro del
país. Con la caída de las últimas colonias España ya no se podía construir
nostálgicamente en comparación con ese “otro” latinoamericano, sino que la alteridad
se trasladó al interior —llámese a este otro gallego, vasco, catalán; o históricamente,
marrano, sefardí o moro 144 —.
Medio siglo después de la pérdida de Cuba, la maravilla y la Revolución
dieron lugar a un nuevo “descubrimiento” por parte de España —y con ella lo hizo
también Europa, y Occidente todo— del continente mítico. Pero en el caso español
este déjà vu no podía dejar de ser problemático dada la realidad histórica en la que
estaba hundido el país: el franquismo.
La retórica franquista, apoyada originariamente en el falangismo, era un
pastiche de teorías raciales filo-arias, aderezadas de providencialismo castellanista,
nacional-catolicismo, neohistoricismo —basado en la obra de intelectuales como
Ortega y Gasset, y Menéndez Pelayo—, y la reivindicación endo-céntrica de la
Generación del 98: un patrón de difícil hechura que se intentaba aplicar a un país
Estados Unidos, se hace evidente que no sólo los países hispanoamericanos, sino la
propia España no se cuentan entre esas potencias: han sido marginadas de la línea
mayor de la historia, y constituyen lo que, entrado el siglo XX, se llamarán países
subdesarrollados.” (Fernández Retamar, Teoría 99)
144
John Beverly hace la sugerente pregunta acerca del pensamiento de Américo
Castro dentro del contexto histórico peninsular: “Does the “desgarro and
convivencia” of Christians and Jews take precedence, historiographically, over, say,
the “desgarro and convivencia” of Catalans and Castilians?” (Beverly 143)
113
cuya historia presente ya no podía cubrir el traje que se diseñaba desde El Palacio del
Pardo —residencia del dictador—.
Obviamente, la comunidad interpretativa surgida alrededor de la Revolución
no se sentía llamada a ser recipiente pasivo de la fe y la lengua —de los más altos
estandartes de esa “Hispanidad”—, como con paternalismo y desprecio se imaginaba
América desde el franquismo. 145 El contraataque, la defensa de América desde
allende los mares, debía cercenar ese imaginario desde su base, y en ese trabajo
contaron muchas veces con el apoyo de los exiliados republicanos y de los
intelectuales que quedaron o se formaron allí después de la Guerra Civil:
Castellet’s declaration thus openly acknowledged that, for Spanish
leftist intellectuals, the center of Hispanic culture was no longer in
Spain, but had moved across the Atlantic. It was to this new center that
publishers like Carlos Barral shifted their attention. Barral was the first
Spanish publisher of the postwar period to answer Blanco-Fombona’s
challenge and look at Latin America not simply as a market, but also
as a source for his publications. (Santana 57)
Una de las afrentas fue releer y cuestionar el imaginario y las representaciones
nacionales del franquismo a la luz del pensamiento latinoamericano, es decir, aplicar
145
“El equívoco ha permanecido tan imperturbable que acabará pasando por verdad
inequívoca. Por eso conviene empezar por despejarlo sin contemplaciones: ni los
vínculos históricos ni la unidad del idioma ni, desde luego, razones políticas o
ideológicas hacían de España tras la guerra civil un país especialmente receptivo a la
narrativa hispanoamericana. Este país arruinado y descolgado de la historia europea
no era lugar propicio para la expansión o la mera presencia física de una literatura
moderna del mismo modo que no podía respetar tampoco la presencia ni la memoria
de quienes habían sido sus propios indígenas modernos, se llamasen Valle-Inclán,
Juan Ramón Jiménez, García Lorca o Luis Cernuda.
España es entonces territorio esquivo y hondamente receloso, cuando no
directamente enemigo de toda modernidad.” (Gracia 47)
114
a la antigua metrópolis una mirada desde la colonia: convertir España en objeto de la
mirada colonial 146 en lugar de en sujeto actante de la misma. Así, como ilustra
Fernández Retamar:
Esta bien podría ser una introducción al pensamiento de estos
hombres, el cual está allí caracterizado desde el arranque y el sesgo
hasta los géneros mismos en que encarna (y a los que Gaos llama, algo
confusamente, “forma”). Sólo añadiríamos que los une, más allá de los
términos propuestos por Gaos (“pensamiento de la decadencia” para
los españoles, “pensamiento de la independencia” para los
americanos), el tratarse ahora, en ambos casos, de un pensamiento del
subdesarrollo. Y aquí es necesario trasladar a este concepto lo que
Gaos dice del pensamiento de la decadencia: que es tal por el objeto y
no necesariamente por el sujeto.” (Fernández Retamar, Teoría 101;
énfasis en el original)
El mismo proyecto se lleva adelante respecto al “castizo” Miguel de
Unamuno, una de las glorias nacionales del franquismo, al que Fernández Retamar
identifica —malgré lui— como autor del subdesarrollo. 147 Y otro ejemplo puede
encontrarse en Carlos Fuentes, para quien:
146
En estas provocadoras visiones tanto Fernández Retamar como Carlos Fuentes
difieren de Alejo Carpentier, autor más interesado en fijar la identidad como
shibolet, que en comparar: “Lo volví a releer recientemente y me encontré con esta
evidencia: la imposibilidad total de trazar temas americanos en una prosa a lo
Azorín, a lo Pérez de Ayala, a lo Unamuno.” (Carpentier, Razón 72)
147
“Que sepamos, no se ha intentado hasta ahora un estudio del pensamiento de
Unamuno desde esta perspectiva. La posibilidad, sin embargo, se enuncia fecunda.
Unamuno es un característico pensador del subdesarrollo, desde sus temas hasta sus
géneros, desde sus aciertos hasta sus confusiones. Y más precisamente —como suele
ocurrir en estos casos—, del subdesarrollo español, aunque no careciera de atisbos
115
Nuestra marginalidad es idéntica a la que Fidel Castro, Patrice
Lumumba y Ho Chi Minh han impuesto al antiguo centro occidental.
El problema es más arduo para un español, sujeto de una cultura
europea marginalizada. El español debe, al mismo tiempo, reintegrarse
a Europa e integrarse al mundo tercero y subdesarrollado. (Fuentes,
Nueva 84)
Entre los autores del boom fue moneda de cambio discutir y abogar sobre la
necesidad de crear una nueva lengua, de destruir la lengua heredada —colonial—, y
subvertirla, de desposeerla. El mexicano Carlos Fuentes 148 fue uno de los más
fervientes portavoces de esta teoría:
De esta manera, la gestación del lenguaje se convierte en realidad
central de la novela: sólo mediante los recursos del lenguaje puede
librarse el tenso e intenso combate entre el pasado y el presente, entre
hispanoamericanos e hispánicos en general. La evolución de su pensamiento es típica
de los modernistas: un primer instante de confianza en la renovación del país por la
vía del traslado de las modernidades (es el momento de su militancia socialista, de la
idea de europeizar a España expresada en los ensayos de En torno al casticismo,
1895); y, después de 1898, el repliegue sobre sí, el “¡Adentro!”, la reivindicación de
la africanidad de España, que le había discutido antes a Ganivet, de su anormalidad
(o como él preferirá decir, de su “enormidad” en relación con Europa: es decir, de su
trágica marginalidad con respecto al mundo capitalista desarrollado. Sólo que si en
Martí —de quien Unamuno se sintió significativamente cercano— la reivindicación
de “Nuestra América” tiene tintes aurorales, porque se anuncia con perspectivas de
luchas victoriosas y con plena claridad de sus caracteres, en Unamuno la
reivindicación de España carece de aquellas perspectivas y de esta claridad, y esto
hace de él el pensador trágico por excelencia del idioma, y por ello mismo, el más
vivo testimonio de la cerrazón histórica de su país en muchos años. (Fernández
Retamar, Teoría 103-4)
148
Véanse, por ejemplo, Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana
(México: Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1974), y Carlos Fuentes, Cervantes o la
crítica de la literatura (Alcalá de Henares: Biblioteca de Estudios Cervantinos,
1994).
116
la renovación y el tributo debido a la forma precedente. (Fuentes,
Cervantes 33)
Como ocurre con la identificación llevada a cabo por Retamar, al convertir el
98 en un fenómeno del subdesarrollo, la defensa del lenguaje por parte de estos
autores devenía en ataque a otro de los elementos principales del imaginario
nacionalista español.
Esta visión excéntrica tuvo reflejo artístico en España en la obra de Luis
Martín-Santos y Juan Goytisolo, pero también crítico en la obra de José María
Castellet, que habla de la destrucción del lenguaje en su loa a Reivindicación del
conde Don Julián (1970). 149 Así, en su análisis de esta obra de Goytisolo el crítico
Castellet dice que: “Algo le ha impulsado a exilarse, pero algo de lo que no puede
despojarse, mantiene su vinculación con el país que detesta: la lengua, la palabra.”
(Castellet, Literatura 83-4). Con Castellet se ve claramente cómo la lucha por la
lengua —la definición del objeto pequeño a detrás de ese término—, se interpreta a la
luz del latinoamericanismo revolucionario:
Siempre a lo largo de una profunda meditación sobre su historia y
sobre su lengua, Goytisolo se une a la búsqueda metódica y formal de
los escritores contemporáneos para forzar, para violar las viejas
estructuras lingüísticas que no sólo son reflejo de un mundo acabado,
sino también obstáculo primero para la imposición de una verdadera
semántica revolucionaria. (Castellet, Literatura 89; énfasis mío)
149
Véanse los artículos “Juan Goytisolo contra la España sagrada” (82-95) y
“Tiempo de destrucción para la literatura española” (135-56), en José María
Castellet, Literatura, ideología y política (Barcelona: Anagrama, 1976).
117
Esta cita muestra asimismo el movimiento elíptico del boomerang del que
hablaba en el capítulo anterior y que aquí Castellet lanza dentro de las letras
peninsulares —como se lee en el fragmento en cursiva—, aproximando el futuro
como un síntoma.
Y si la lengua castellana tiene un referente maestro, un ideologema, éste es el
barroquismo del así llamado Siglo de Oro, a cuyo costado florecen los imaginarios de
la honra, el honor y la llamada del Imperio. 150 Al barroco, considerado por la
hagiografía española como una forma artística/expresión de su weltanschaung, le
ocurre lo que al realismo mágico o la revolución: sufre una interesante batalla sin
cuartel por la lectura de su objet petit a. El término en sí es un concepto paraguas
capaz de acoger virtualmente tendencias y conceptos contrapuestos. Así, como dice
José María Valverde en el inicio de su estudio sobre el barroco:
Entre todas las etiquetas utilizadas en la historia de la cultura y de las
formas, quizá la del “Barroco” se la más ambigua: originalmente
indicación de un estilo, ha llegado a ser también el rótulo de una época
150
Guillermo de Torre —autor del polémico artículo de 1927 “Madrid, meridiano
intelectual de Hispanoamérica” (Gaceta 1)— muestra claramente esa visión
nacionalista del barroco, y Siglo de Oro contra la que autores como Carpentier se
levantaron: “No sólo el barroquismo es radicalmente español; todo el arte y la
literatura españolas, en sus momentos culminantes, en sus expresiones más intensas,
han sido sustancialmente barrocos. Aquella “afanosa grandiosidad española”, de que
hablaba Carducci, y que íntimamente sacudido comentaba Unamuno, tanto o más
que en las empresas bélicas o descubridoras de los siglos XVI y XVII, se expresa en
la literatura y en las artes plásticas barrocas.
Lo Barroco será, desde luego, un estilo, un concepto estético y vital adscrito a una
demarcación histórica, pero fundamentalmente es un signo y un sino hispánico
perdurable. Es una “voluntad de estilo” como ninguna otra; más aún diríamos que es
el estilo por excelencia. Significado que puede valer como la caracterización más
amplia, como el común denominador que enlaza las más diversas expresiones de tal
espíritu y explica su continuidad por encima de los tiempos.” (Torre, Del 98 398)
118
donde, además, tienen lugar importantes hechos de estilo nada
“barroco.” (Valverde 7)
Ante la shiboletización del barroco por parte de la hagiografía peninsular,
Carpentier eleva el barroco a rango identitario latinoamericano. Es interesante y
paradójico ver cómo el barroco es disputado entre ambas orillas del Atlántico como
epítome identitario, pero aún más paradójica es la probabilidad de que Alejo
Carpentier encontrara en Eugenio D’Ors (1935) —activo pensador falangista— las
claves del ideologema barroco que se convirtió en objeto de fe latinoamericana: la
asociación de éste con la “barbarie” —¿lo indígena?— y la “soledad.”
La publicación de Du Barroque (1935) de D’Ors podría ser parte, entonces, de
un efecto boomerang lanzado por el pensador peninsular —tras apropiarse del
ideologema de Sarmiento— y que luego fue (¿re?)apropiado por el autor cubano, que
probablemente debió leerlo en su edición francesa, publicada por la referencial y
prestigiosa casa editorial Gallimard. Demostrando la versatilidad del signo, y cómo el
objeto de disputa es siempre la intepretación de la valencia del objeto pequeño a, y no
su base, en el trasfondo del pensamiento de Carpentier y D’Ors se halla el mismo
referente ideológico: la Hispanidad, pero la valencia con la que ambos autores
invisten el texto es obviamente distinta. Para D’Ors el barroco es signo de conquista
—demostración de la impronta peninsular en el “alma” latinoamericana—; para
Carpentier es signo de resistencia y rebelión, (re)conquista.
En el caso peninsular el barroco ha sido objeto de estudio de dos escuelas o
versiones diferentes de interpretar el concepto, de leer el objeto pequeño a: la que
representan autores como el propio D’Ors, Guillermo Díaz-Plaja (1940 y 1970) o
119
Guiller de Torre (1969), frente a las visiones de autores más progresistas, como la de
José Antonio Maravall (1980) y José María Valverde (1980), con una sensibilidad
más cercana a la del latinoamericanismo. 151
Y me atrevería a decir que, eventualmente, la lectura latinoamericanista de
España también tuvo su reflejo político cuando a la llegada de la Transición y el
primer gobierno socialista de Felipe González, una generación de intelectuales —
promotores de/e influenciados por este imaginario— llegó al poder. Uno de los más
claros ejemplos sería Fernando Morán —Ministro de Asuntos Exteriores del primer
gobierno socialista, de 1982 a 1985—, y autor de Novela y semidesarrollo (1971) y
La destrucción del lenguaje (1982); Enrique Tierno Galván —carismático alcalde del
Madrid de la “ultramodernidad”—; o José Luis López Aranguren (1973), cuya figura
fue lentamente absorvida por el socialismo gobernante.
En el caso de Fernando Morán, la derecha del país recién salido del
franquismo —pero con su estructura simbólica todavía en funcionamiento—, miró
con recelo el latinoamericanismo que este profesaba, 152 y lo consideró una veleidad.
Su defensa de las letras y temáticas latinoamericanas del periodo hizo de su figura
política objeto de chistes en los que se le caracterizaba como estúpido. El desprecio
paternalista del franquismo hacia la independencia política de las excolonias se
reflejó en la condescendencia con la que el Ministro era tratado por sus oponentes
políticos.
151
Como dice Joaquín Marco: “José María Valverde —de sí mismo dijo que era «un
escritor colonizado por la literatura hispanoamericana»— es colaborador de esos
medios, y escribe a menudo sobre poesía hispanoamericana, en particular sobre
César Vallejo.” (Marco, en Gracia 67)
152
Considérese el título mismo del trabajo “Europe’s Role in Central America: A
Spanish Socialist View” (Morán, “Europe’s” 6-44)
120
En su prólogo a La destrucción del lenguaje (1982), Fernando Morán habla
del barroco en los siguientes términos:
La forma, en suma, de libertad usual de una cultura barroca; o, si se
quiere, de los periodos barrocos dentro de un ciclo cultural más
amplio. Una de sus características es lo que MARAVALL denominaba
«la técnica de lo inacabado. Que la libertad en la época del barroco
residiese en la libertad en lo accesorio, pudiera ser la explicación —
que alguien con mejores títulos que yo debe analizar— de que los
intelectuales liberales se ocupasen del barroco con predilección bajo el
franquismo. TIERNO, MARAVALL, RIDRUEJO, entre otros, se
detuvieron en el barroco y en la relación en él entre poder e
inteligencia. De la misma manera que escritores latinoamericanos,
formados bajo regímenes autocráticos que cubrían el dominio de
oligarquías resistentes a la modernización profunda, encontraban en
el barroquismo la forma natural de la expresión americana
(CARPENTIER, LEZAMA LIMA, HERRERA LUQUE, etc.). (Morán,
Destrucción 2-3; mayúsculas en el original, énfasis mío)
En sus estudios sobre la novela Fernando Morán, siguiendo la línea de autores
latinoamericanos como Roberto Fernández Retamar, identifica España como país en
semidesarrollo, abundando en las comparaciones postcoloniales y enfatizando los
121
temas e interpretaciones más próximas a la sensibilidad e imaginario transoceánicorevolucionario que a la ortodoxia peninsular. 153
Durante décadas, siglos, la historiografía española había usado fe y lengua
como apología de la conquista americana, elevando esas abstracciones inmateriales a
la categoría de objeto de cambio simbólico con los que justificar la rapiña y
apropiación de las riquezas del continente: lo material. La “inversión” en capital
simbólico —espiritual y cultural— que Castilla había hecho en las nuevas tierras
justificaba la apropiación de “beneficios” materiales en justo pago.
Posteriormente la fe y la lengua serían usadas en defensa de la “cruzada”
nacional-católica —el alzamiento militar liderado por el General Franco—, que
derrocó la II República Española (1931-1936). Tanto Franco como la inteligencia del
Régimen se encargaron de propagar la visión de que el alzamiento era un acto en
defensa de la fe católica, la lengua y la historia imperial —y en detrimento de los
nacionalismos periféricos que habían obtenido reconocimiento político durante la
República—.
153
“De nada sirve para tratar de descalificar una narrativa que devolvió el gusto por
la novela al público y que fue recibida más allá de las fronteras como prueba de que
en España las cosas eran más complejas de lo que declaraban las propagandas,
mediante la simple agresión lingüística, motejando a sus autores de «escuela de la
berza». Tampoco ayuda a ver claro abrumarse porque los novelistas
hispanoamericanos tengan más impacto en el público, produzcan obras con mayor
número de estratos, más fluidas en su composición, más libres en su estilo. Aún
menos sirve imitar parte de sus procedimientos si no se comprende cuáles son sus
verdaderos supuestos. Aún más desastroso es —como quizá ocurra en el San Camilo
celiano— enrollarse en el espiral de su frase barroca para decir cosas de los años
cuarenta, aquí en España donde todo gritaba o callaba, pero donde todo eran
evidencias por la brutal simplificación de la contienda, donde no había hojarasca, ni
retorcimiento salomónico, sino la mayor simplificación de su historia. Aún es peor
desahogar el mal humor fingiendo despreciar a los autores de allende el mar. A
ningún sitio conduce encontrar un nuevo motivo de rencor frente a los editores
porque éstos se dejen dominar por una nueva moda. ¡Como si no se supiese desde
muy antiguo lo que es un editor!” (Morán, Destrucción 165-6)
122
El imaginario nacionalista del franquismo insistió en presentar el alzamiento
como una nueva “reconquista” de España: una cruzada de la fe. El alzamiento tenía
su intertexto y clave alegórica de lectura en los mitos medievales 154 —de la caída de
España por la concupiscencia del rey Don Rodrigo, pasando luego por Pelayo; a la
unificación de los reinos con los Reyes Católicos y la expulsión de mahometanos y
judíos—. La defensa alegórica también de mahometanos y sefardís corrió a cargo,
cómo no, de uno de los pensadores más importantes del exilio: Américo Castro, que
había ejercido cargos de representación cultural durante la República. 155
La defensa de moros y judíos —los primeros exiliados españoles— es la base
de sus obras España en su historia (1948) o La realidad histórica española (1954).
Pero piénsese asimismo en el subtexto latinoamericano que se encuentra en la defensa
de moros y judíos en Américo Castro, en su disputa con Claudio Sánchez Albornoz
—autor de España, un enigma histórico (1957)—, para quien la presencia de éstos no
había dejado huella en la identidad española: eran simple y llanamente un trasunto sin
importancia. 156
154
Jo Labanyi analiza el uso y abuso del mito en la literatura peninsular del periodo
en Jo Labanyi, Myth and History in the Contemporary Spanish Novel (New York:
Cambridge UP, 1989). En este trabajo la autora explica cómo “[…] the same abuse
of myth by Nationalist ideology accounts for teh frequently ironic use of myth by
contemporary Spanish novelists.” (Labany, Myth 53)
155
“The new-born Second Republic, in need of an ambassador whose personal
prestige would elicit the respect of the German government, turned to Américo
Castro. A republican through and through, he accepted the charge. In the short time
he held the post he was surely not asked “to lie,” as the phrase has it, “in the service
of his country,” but diplomacy was not his métier, and he relinquished the post at the
earliest opportunity. Back in Madrid, in an effort to counterbalance Spain’s
inclination to maternal provincialism, he sponsored the creation of the Centro de
Estudios Históricos of an Ibero-American section, with its appropriate journal,
Tierra firme.” (King xii)
156
Esta línea de pensamiento tiene su eco hoy en día en autores conservadores como
Jon Juaristi, que en uno de sus últimos libros califica la presencia islámica en la
123
En clave mítica latinoamericana, Américo Castro era visto como un nuevo
Bartolomé de las Casas peninsular que encontró su Sepúlveda en Claudio Sánchez
Albornoz. Famoso es, paralelo a estas disputas, el ataque por parte de Ramón
Menéndez Pidal a la figura del dominico Bartolomé de las Casas, 157 tomando parte
por Juan Ginés de Sepúlveda, en cuya polémica no puede dejar de sonar de fondo el
ruido de la Guerra Civil española, la justificación del uso de la fuerza, y la misión
imperial ejercida por el franquismo contra los perdedores de la Guerra.
Ahistóricamente la guerra se presentaba como repetición de un hecho anterior: el
enfrentamiento fraticida de las dos Españas se leía a la luz de la historia de la leyenda
negra del Nuevo Mundo. 158
Como vengo argumentando, considero que la conjunción del imaginario
falangista de “la llamada del Imperio” con los motivos de la fe y la lengua aplicados
al cuerpo nacional español —no al latinoamericano—, acarreó una
península de “avatar de occidente que separó a Europa, durante un milenio, del
oriente auténtico” (Juaristi 86-7).
157
“Por desgracia, a esta leyenda negra contra Fray Bartolomé ha contribuido,
también, reiteradamente, Menéndez Pidal […] En este y en algunos otros puntos
históricos, el eminente filólogo, a quien se tenía por espíritu más sereno y objetivo,
demuestra ser, al cabo, heredero de otro gran energúmeno español: el polígrafo
Marcelino Menéndez y Pelayo, cuyos criterios tristemente reaccionarios tampoco
invalidan, sin embargo, lo esencial de una obra enorme que a pesar de la ideología de
su autor sería absurdo dejar en manos de la reacción española, pues su consulta sigue
siendo imprescindible, como arsenal que es de los más variados saberes.” (Fernández
Retamar, Contra 109, n.159)
158
“Por otra parte, pocos países han expresado tan vivamente la conciencia de esta
dualidad como España. Debido sin duda a su condición de adelantada del capitalismo
y de la expansión europea, y a su posterior desfasaje y al cabo marginación en cuanto
al desarrollo de ese capitalismo que en gran medida ella hizo posible, el tema de la
dualidad tanto externa (Europa / España) como interna (“las dos Españas”) se
convertiría en una constante del pensamiento y de las letras de España casi desde el
inicio de la decadencia del país. […] Sin negar la evidente existencia de una historia
de España, que a su vez tiene que ser remitida a la historia mundial, toda apreciación
de España que no tome en cuenta la existencia de éstas dos culturas en su interior, de
acuerdo con la realidad clasista, y que se limite a considerarla globalmente, para
denigrarla o para exaltarla, no puede ser sino legendaria.” (Fernández Retamar,
Contra 101-2)
124
latinoamericanización del imaginario sobre España 159 que tuvo su cresta de la ola con
la presencia real de escritores de las antiguas colonias en el país, principalmente en
Barcelona, alrededor del Premio Biblioteca Breve de Seix-Barral 160 —“[…] el premio
era al cabo de los años un puente literario transatlántico, practicable sólo para una
cierta literatura, digamos de mi gusto y manías, que se pretendió vanguardia de una
literatura con vocación universal.” (Barral 571-2) —. Como expresa Jordi Gracia:
La inmediata posguerra hubo de convertir la Hispanidad en el eje
central de una nación sin aliados europeos, fuera del Portugal de
Salazar, y en torno a él crecieron iniciativas generosamente
financiadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Buscaron la
difusión de la cultura española en clave de ofensiva contra la piqueta
intelectual del exilio en Hispanoamérica pero también en el sentido
inverso. Estamos en los preámbulos de una campaña propagandística
159
Rössner inserta esta latinoamericanización en el proceso de periferización de
Europa: “Así un día llegaremos posiblemente a un intercambio libre inter pares, a
una literatura polifacética, infinitamente rica en un mundo abierto en el que hay un
lugar para todas las culturas con sus particularidades, y sólo los viejos, entonces, se
acordarán de que érase una vez un boom que abrió las puertas para una nueva
relación entre centros periferizándose y periferias en vía de conversión en centros
periféricos.
Como casi todos los cuentos de hadas, el nuestro podría tener un happy ending, pero,
por supuesto, es sólo una de las variantes posibles. Más probable es la rápida
periferización de Europa que coincide con la completa norteamericanización de
América Latina, que a su vez consigue eliminar los residuos latinos en la cultura
popular como la telenovela, la música popular, etc., para formar así un mundo
completamente homogeneizado por Hollywood & Cía.” (Rössner 266)
160
“Sería interesante estudiar el preciso alcance de «liberalismo» que significó, en
medio de este panorama de rigurosa política literaria falangista, la fundación por
Ediciones Destino del Premio Nadal y el cauce que dicha Editorial abrió al a
publicación de novelas que, en adelante, y hasta la creación de la «Biblioteca Breve»
de Seix Barral, con sus Premios «Biblioteca Breve» y «Formentor», arrumbó
enteramente a la Editora Nacional que, desde entonces, sólo por excepción ha
publicado libros de verdadera calidad, y no sólo en literatura. El período iniciado por
«Biblioteca Breve» coincide, grosso modo, con el del llamado «realismo social»,
cuya importancia sociológica no es menester encarecer. Si Destino representó el
liberalismo, Seix Barral vehiculó el engagement.” (López-Aranguren, Estudios 226)
125
que se materializará en la primera Bienal de Arte Iberoamericano de
1951, que contó entre sus colaboradores e impulsores con Leopoldo
Panero, un joven poeta gaditano, J.M. Caballero Bonald, o Juan
Ramón Masoliver desde Barcelona. Todo concebido en apariencia
para dar réplica a un desplante del novelista católico Giovanni Papini
donde negaba contribución alguna de Hispanoamérica al arte de los
últimos cuatrocientos años.
Pero en el fondo el fervor americanista que vive la cultura literaria
española de los años sesenta ni es inocente ni ignora tampoco que está
activando el relevo de la imagen pública y simbólica de
Hispanoamérica. (Gracia 62-3)
Entiendo entonces que la latinoamericanización de ese imaginario español no
sería una situación a posteriori originada por la presencia de los autores del boom en
España, sino una condición previa que facilitó la participación y visibilidad de estos
autores en el sistema literario peninsular.
La empatía del antifranquismo hacia la Revolución cubana facilitó que todo
acto literario disidente a nivel peninsular fuera considerado, de facto, revolucionario
latinoamericano. 161 Así pues, Carlos Barral expone cómo:
Cuando el premio coronaba escritores españoles como Juan Marsé o
Juan Benet, los inscribía también en la nómina de la modernidad
hispanoamericana y los proponía a un desconocido lectorado
161
Actualizando el silogismo anterior —todo autores latinoamericano es
revolucionario [todo S es P]— el silogismo en el caso peninsular sería: S: Juan es
antifranquista; M: Los autores revolucionarios latinoamericanos son antifranquistas;
ergo P: Juan es un autor revolucionario latinoamericano [todo S es P].
126
extraterritorial. Aquel premio comenzó siendo un instrumento de
maniobra editorial y termino en maravilloso juguete de la cultura. Y
parece que fue una suerte de favor muy general. (Barral 572, énfasis
mío)
Promovido entre otros por el propio Régimen en su doble intento de recuperar
económica y simbólicamente el mercado americano, 162 y de dar una imagen de
normalidad casi-democrática —tras ser aceptado en la Organización de las Naciones
Unidas gracias a la mediación de los Estados Unidos—. Estos autores
latinoamericanos jugaron el mismo valor fetiche que los exiliados españoles en el
cada vez más autoritario México. 163 La presencia de latinoamericanos en España fue
una herramienta de legitimación cultural que demostraba que, como decía el eslogan
turístico creado bajo el mandato de Manuel Fraga, “Spain is different”, y que en
España no se debía de vivir tan mal cultural ni socialmente cuando estos autores —las
élites culturales de aquellos países que tanto se rompían la camisa denigrándola—,
decidían fijar su residencia allí.164
162
“It is therefore possible to formulate a second observation: within the Hispanic
world, the boom of literary production during the 1960s and 1970s is a phenomenon
peculiar to Spain’s publishing industry.
During the 1960s Spain becomes the main provider of books in the Hispanic world.
This commercial exchange is such that the Latin American market is no longer a last
resort in case of economic crisis or the place to send an occasional surplus of
production, but a fundamental component of the industry’s strategies for production
and marketing, as important—and sometimes even more so—than the internal
Spanish market.” (Santana 44)
163
Véase el capítulo de Sebastiaan Faber “A Disputed Cultural Heritage: The Exiles
as a Tool of Political Legitimation” (267-74).
164
“La razón de este capítulo introductoria, por tanto, está en otro lugar, y es la
necesidad de que los textos seleccionados no se lean fuera de donde se gestaron, es
decir, al margen de las condiciones de una cultura dominada por un aparato censor y
represor muy activo, como prensa diaria orientada por el Estado, y siempre vigilada.
La novela hispanoamericana llega a una sociedad que desamordaza mecanismos muy
lentamente, genera nuevos públicos a medias entre la biología y las transformaciones
127
Asimismo, esta presencia fue el síntoma de la progresiva absorción del
mercado editorial latinoamericano por parte de las editoras españolas —barcelonesas
mayoritariamente al princio, y madrileñas después—, desbancando a otras ciudades
como México, una de las cunas del boom:
Los llamados hispanoamericanos —ese grupo de escritores de mi
generación sin decidida patria literaria y algunos mexicanos más
jóvenes que se formaron con gente del exilio— han tomado el relevo
de esa forma de ser literaria de los republicanos españoles, que
continúa reproduciéndose. Es decir que la literatura del exilio continúa
existiendo sin escritores exiliados. Lo que sí ha ido ocurriendo, en
cambio, es la frustración de capitalidad literaria de la lengua que
México pudo ser antes de la extinción del franquismo en España y
antes de la catástrofe financiera de los primeros ochenta. (Barral 623)
Para una España embarcada en una progresiva industrialización tecnocrática
—lo cual levantaba no pocas ampollas en las filas falangistas—, estos autores
latinoamericanos eran el símbolo de que el proceso de modernización nacional podía
ser, paradójicamente, el pistoletazo de salida para una soñada (re)expansión
sociales y se encuentra de bruces con una modernidad literaria que ningún autor
español supo, pudo o quiso transitar con semejante audacia y ambición. ¿Fue éste un
valor capital de la narrativa hispanoamericana en España? Pudo no ser muy distinta
su función de la que desplegaron otros instrumentos decisivos de la fragua de una
España distinta, todavía predemocrática pero ya ilusionadamente europeísta, como la
implantación del capitalismo neoliberal, la venta a crédito y la adquisición de nuevos
usos domésticos, las vacaciones pagadas, el turismo estival, las modas importadas,
los tupperware o simplemente hábitos más libres de vida pública y privada. ¿Fueron
los bárbaros nuestros cómplices?” (Gracia 48-9)
128
económica en Latinoamérica, 165 una nueva colonización. Los autores
latinoamericanos ayudaban a sustentar simbólicamente la visión providencial del
franquismo, la de Latinoamérica como elección y destino, 166 frente al desprecio que
Europa dedicaba a la España franquista.
Carlos Barral muestra, en un momento de sus memorias, cómo el Régimen
había puesto los ojos en la reconquista de Latinoamérica. 167 Como explica Rodríguez
Monegal en su obra de 1972, El Boom de la novela latinoamericana:
El triunfo de Fidel Castro y de la izquierda intelectual latinoamericana
habrá de dar, paradójicamente, a la intelligentzia española la
posibilidad de conciliar sus intereses con los del Gobierno.
Tal vez la editorial que mejor aprovecha las curiosas circunstancias sea
Seix-Barral, de Barcelona. (22-3)
165
“No parece, por tanto, aventurado afirmar que la política editorial y las estrategias
de distribución de Seix Barral en América Latina fueron no sólo pioneras, sino
también el paradigma para una etapa nueva que recién comenzaba, y un momento de
inflexión en el lanzamiento y la distribución transatlánticos del libro español. Y
también se puede afirmar sin miedo a equivocarse que en la segunda mitad de los
setenta quedó puesto en evidencia un aspecto hasta entonces silenciado: la literatura
como inversión con miras económicas. Transcurriría tiempo para saber que las casas
editoriales españolas aplicaban estrategias de exportación transoceánicas y
perseguían metas económicas afines a las del Estado totalitario que combatían.”
(López de Abiada 129)
166
“[Richard Morse] Dijo que el boom convalidaba una visión que no había estado
de moda o permitida por largo tiempo. Esta imagen era que España y Portugal
eligieron permanecer fuera de la revolución científica y racionalista y que,
consecuentemente, América Latina tenía una tradición alternativa: era la custodia de
antiguos y desplazados valores europeos que habían sido arrojados por la borda en el
norte de Europa hacía mucho tiempo. Dijo que el boom había sido capaz de ver esto
con lucidez, y veía avisos secretos en toda cosa que hubiera venido antes.”
(Garrels320)
167
“Pero Arias Salgado no quiso recibirme y lo hizo en su lugar el director general
de Información, Vicente Rodríguez Casado, una especie de gangster del Opus Dei
con el que sostuve una conversación inenarrable. Tras las más desorbitadas
acusaciones, pasó a proponerme que me exiliara del país por un corto período, cinco
años, por ejemplo, que podía emplear en consolidar los negocios de mi editorial en
América Latina e incluso en montar sistemas de distribución generales y financiados
por el Estado.” (Barral 505)
129
Tanto Barral —el mayor editor del boom en España y su representante
editorial para Europa, 168 el de todo un hemisferio lingüístico— como el Régimen
pusieron el ojo en Latinoamérica, 169 aunque su concepto de Hispanidad tuviera
diferente lectura.
Por otro lado, la genuina defensa de la República y de España por autores
hispanoamericanos en la famosa Alianza de Intelectuales Antifascistas para la
Defensa de la Cultura — en la que participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás
Guillén, Octavio Paz, y Alejo Carpentier entre otros—, dejó su germen de empatía
latinoamericanista en la inteligencia izquierdista y republicana —obligada en muchas
ocasiones a huir del país—, y dio su fruto en el antifranquismo. Y aunque no fuera
nada nuevo que se leyeran las relaciones entre Castilla y las otras comunidades o
nacionalidades en analogía latinoamericana —un caso egregio fue Rubén Darío en
España contemporánea 170 —, el triunfo del franquismo reforzó eventualmente esta
lectura de la realidad del país en clave histórica postcolonial:
There is in fact a tradition among Latin American intellectuals—at
least since the independence of the Spanish American republics—that
168
“[…] Seix Barral procuró exitosamente representar no sólo a España sino a todo
el orbe de la lengua española (los premios internacionales fueron su manifestación
externa) pero tanto la fragilidad de las editoras culturales españolas como la
irrupción en España de las multinacionales (sobre todo alemanas) en un proceso de
concentración de capital habrían de fijar los límites del esfuerzo y conducir al mismo
fracaso que se había registrado en América Latina.” (Rama, Más 71-2)
169
“Que es lo que seguramente creíamos Petit, Salinas y yo, y, finalmente, Víctor
Seix, que se rindió al cabo a los repetidos argumentos, a pesar de que de él tirase la
relación intensa con editores españoles acuñados en la autarquía y vocados
principalmente a la prosperidad toda costa y a la colonización librera de las
Américas.” (Barral 484)
170
“In España contemporánea, which chronicles the impressions of his visit to Spain
at the turn of century, Darío also contrasted Castilian tradition and Catalan
modernity.” (Santana 146)
130
links the oppression experienced by the former colonies to the
condition of peripheral regions within Spain. (Santana 145)
El férreo y unívoco imaginario nacional-católico castellano del franquismo —
con su dicotomía entre españoles y anti-españoles, ortodoxia versus heterodoxia—,
impuso un modelo de “Hispanidad” basado en la unidad, la religión, la lengua, y el
imaginario de la conquista/cruzada. En el ataque a esos pilares coincidieron la
izquierda republicana española, 171 los autores latinoamericanos que habían
participado en el congreso de Valencia, y la comunidad interpretativa que se
amalgamó alrededor de la Revolución Cubana y el boom, promoviendo el imaginario
de esa otra España posible —de Otra idea de España (2005), parafraseando el título
del libro ensayístico de Suso de Toro—, heredera directa de la Segunda República.
4.2. DEL REALISMO MÁGICO AL QUINTO CENTENARIO
Si la crisis del 98 propició una comunidad interpretativa endo-céntrica, en la
que sus autores se replegaron barrocamente sobre Castilla y el casticismo, la “guerra
incivil” —como la llamó el polémico y camaleónico Miguel de Unamuno— tuvo una
contestación inversa por parte de la cultura antifranquista y democrática, de
171
“En más de una ocasión he expresado mi punto central de discrepancia con
Américo Castro: para él como, en general, para todos los hombres de la Institución y
casi todos los del 98, su visión de la España cristiana es una visión castellana; la
tensión en la que consistió España no fue entre los árabes y los judíos con los
cristianos, sino con los cristianos castellanos. Toda la historiografía de la escuela de
Menéndez Pidal, incluido América Castro que, en esto, continua enteramente fiel a
ella, es castellanista.” (López Aranguren, Estudios 298)
131
movimiento excéntrico y periférico, 172 una propuesta de significado existente ya con
anterioridad, pero que no había cuajado:
Frente a la España monolítica (ya se sabe que con efímeras
excepciones “heterodoxas”) de Menéndez Pelayo, un haz de
posibilidades que unas veces se realizan y otras se frustran en el seno
de una historia que pudo haber corrido por cauces muy diferentes. De
ahí su atención [de Américo Castro], por ejemplo, al problema de las
minorías intelectuales y de los grupos sociales marginados, donde late
tanta promesa de una historia inédita. (Márquez Villanueva 132)
A partir de la Guerra Civil o de Independencia de 1808-1814 —según se
quiera ver— los liberales comprometidos con el progreso del país tuvieron que
exiliarse en Francia (el caso de Francisco de Goya), o Inglaterra (el de José María
Blanco White 173 durante el periodo absolutista de Fernando VII). Su pecado era un
tipo de heterodoxia también llamada entonces “afrancesamiento”. Siglo y medio
172
“The reception of the Boom novel in Spain was a conflictive process that went
beyond debating fictional forms, literary theories or aesthetic preferences —it also
questioned the relationship between a former metropolis and its colonies and
contributed to a re-mapping of Spain’s cultural identities. […] I would thus argue
that not only the physical presence in Barcelona of Latin American writers like
Vargas Llosa or García Márquez, but also their interest in Catalan literature and
culture, provided additional substance to the claims for autonomy from the stagnant
condition of the centralist Spanish state. The revolt against canonical Spanish
Peninsular literature represented by the new novel from Latin America and the
interest it elicited in restoring and forging a space for heterodoxy within the Hispanic
world facilitated the uprising in Spain of national and regional literatures.” (Santana
129-50)
173
José María Blanco White es el personaje más conocido del polémico estudio de
Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles (Buenos Aires:
Emecé, 1945). La figura de Blanco White es todo un símbolo para autores como
Juan Goytisolo. Asimismo ocurre con Américo Castro: “Castro is for Goytisolo
another heterodox Spaniard, one who, like José María Blanco White, Mariano José
de Larra, and Luis Cernuda, stands in contrast to what is considered the mainstream
of Spanish intellectual history.” (Durán 252)
132
después, con la dictadura militar franquista, el problema de las dos Españas —la
liberal frente a la conservadora— se tornó transatlántico. Así, la literatura de estos
autores se consideró una apuesta por la heterogeneidad —en contra de la ortodoxia—,
identificada con el castellanismo de autores como Menendez Pidal, Unamuno o la
plana mayor de la Generación del 98, y por otro tipo de realismo y visión de la
realidad. En sus notas para el estudio del boom dice Blanco Aguinaga:
Pero, ¿qué relación había entre la fatiga producida por una literatura
exclusivamente «realista», el hambre de fantasía y la aparición de
estos sudamericanos [del boom]? Es decir, ¿qué traían en su prosa los
luego despreciativamente llamados «sudacas» para salvar a los lectores
españoles de un realismo que, para colmo, había pretendido en su fase
última ser «social»? (Blanco Aguinaga 28)
El uso de la ficción por parte de estos “sudacas”, de ese “otro” realismo,
adquiría tintes políticos e identitarios, de confrontación con toda una tendencia
historiográfica y filológica nacionalista de la literatura española. Esta contraposición
de imaginarios queda clara en palabras de Arturo Uslar-Pietri, para quien la literatura
latinoamericana no responde al “verismo extremo” y otras de las características que le
confirió Menéndez Pidal a la peninsular, 174 por lo que concluye:
174
La cita completa es: “Don Ramón Menéndez Pidal, autoridad legítima en todo lo
que se relaciona con la lengua y literatura castellanas, ha señalado como los
caracteres fundamentales de la literatura española los siguientes: tendencia a lo más
espontáneo y popular; la preferencia por las formas de verso menos artificiosas; la
persistencia secular de los temas; la austeridad moral; la sobriedad psicológica; la
escasez de lo maravilloso y de lo sobrenatural; el realismo y el popularismo.
Es obvio que estos caracteres que Menéndez Pidal considera «de lo más típicos y
diferenciales» de la literatura española no convienen a la literatura
hispanoamericana. No son los de ninguna de sus épocas ni se reflejan en ninguna de
sus obras más caracterizadas y valiosas. […]
133
No sólo llegaron más atenuados a ella los rasgos castellanos, que se
impusieron a toda la península, sino que desde el comienzo se afirmó
en ella la necesidad de una expresión distinta. Lo castizo no halló sino
un eco superficial en su ámbito. (Uslar-Pietri 159)
La afirmación de Uslar-Pietri es uno de los ecos de fondo de la de Alejo
Carpentier posteriormente, en Razón de ser (1976), cuando éste dice que “El
americanismo ha desalojado al casticismo en nuestro continente, además de que hoy
todo casticismo idiomático es imposible para nosotros.” (73). La defensa de la
fantasía o del realismo maravilloso como método de escritura era considerada, por lo
tanto, un acto “anti-castizo”. El uso del “realismo extremo” como shibólet identitario
por parte de la historiografía peninsular afrontaba su negativo en el shibólet
maravilloso del latinoamericanismo, al que se adhirió la línea editorial de Barral. 175
Resultado de la nueva coyuntura económica del subcontinente
latinoamericano, los represaliados y (auto)exiliados republicanos buscaron y
encontraron refugio en países como Argentina (Alfonso Daniel Rodríguez Castelao,
Rafael Alberti…), México (Luis Buñuel, Max Aub…), o los departamentos de
No hay duda de que son otros los rasgos que identifican a la literatura
hispanoamericana. No sólo llegaron más atenuados a ella los rasgos castellanos, que
se impusieron a toda la península, sino que desde el comienzo se afirmó en ella la
necesidad de una expresión distinta. Lo castizo no halló sino un eco superficial en su
ámbito.” (Uslar-Pietri 159)
175
“En este sentido, la apropiación española de los textos latinoamericanos se
desarrolla, a partir del visible éxito comercial, bajo continuos juicios y debates del
valor literario por parte de la crítica literaria —cuya expresión más conocida es la
polémica de Informaciones— que conllevan una problematización de la identidad
cultural como nacional. Frente a estos debates, el mismo Carlos Barral reivindica la
idea de la unidad de las literaturas en lengua española y define la homogeneidad de
estos textos bajo un término conjunto: “Partimos del supuesto de la unidad de la
cultura literaria en el ámbito de la lengua y del rechazo de los puntos de vista
exclusivistas tanto del casticismo tradicional como de la teoría revolucionaria de una
literatura nacional-popular. (Del prólogo del catálogo de Seix Barral, principio de
1969)”.” (Pohl 182)
134
español de ciertas universidades norteamericanas (Américo Castro, 176 Ramón J.
Sender…). Otros se quedaron en Europa: Arturo Barea y Salvador de Madariaga
fijaron residencia en Inglaterra, Pablo Ruiz Picasso en Francia, Dolores Ibárruri en la
U.R.S.S… Pero principalmente la migración de estos exiliados tuvo rumbo
latinoamericano, en su mayor parte facilitado por el común idioma, la generosa
apertura de fronteras de países como México, y la proximidad interpretativoideológica para con los exiliados republicanos.
Estos intelectuales, las elites culturales y científicas de la Generación del 27
—que José-Carlos Mainer ha llamado “la Edad de Plata” de las letras españolas
(1975)—, se convirtieron en la cara amable de España en el extranjero, y en su
imagen mítica. 177 Su situación de exiliados —y por lo tanto, dependientes de “otro”
176
“A grandes rasgos, no es otro el panorama ante los ojos de Américo Castro en su
exilio de Princeton, a comienzos de los años cuarenta. Su inmediato acicate no es
otro que una atormentada reflexión sobre la guerra civil, que no puede menos de ver
como punto final de un proceso histórico iniciado tras la liquidación de la España de
las tres religiones en manos de los Reyes Católicos. A la hora de hacer inteligibles
las causas profundas de tan luctuoso estallido, don Américo lo considera también una
consecuencia de la incomprensión y el autoengaño de los españoles con su propia
historia. Llega, sobre todo, el momento excesivamente dilatado de dar una respuesta
liberal pero no polémica a Menéndez Pelayo y a sus Heterodoxos, por cuyo prólogo
literalmente se ha muerto y matado en la cainita contienda.” (Márquez Villanueva
128-9)
177
“J[uan]G[oytisolo]: […] En lo que respecta a España, el mito actual de España es
falso de toda falsedad, y no me refiero solamente a “L’image d’Espinal” que trata de
ofrecer el régimen, sino también a la imagen de España que presenta lo que se puede
llamar la oposición de los republicanos, del bando que perdió la guerra. En los dos
casos hay una mitificación de España y es este doble mito lo que he intentado
destruir. Durante mucho tiempo la intelectualidad española ha vivido en un falso
dilema, o bien un inmovilismo representado por el régimen, o bien una posibilidad,
una esperanza revolucionaria. Es un hecho que la realidad nos ha burlado y creo que
ha burlado a todo el mundo. Hoy día España está convirtiéndose en una sociedad
industrial, vamos hacia la moderna sociedad de consumo y todo esto ocurre bajo un
régimen que primitivamente había sido creado para que este cambio no se produjese.
Por otro, ello presenta un grave peligro para el pueblo español. Y es que habiendo
aumentado su nivel de vida, habiendo un progreso relativo pero real, el pueblo
español se dé por satisfecho y acepte una disociación entre los términos de libertad y
progreso.” (Goytisolo, “Juan” 188-9)
135
gobierno, como explica Sebastiaan Faber— obligó a que muchas de las disputas
identitarias de primer orden en el territorio nacional —casticismos, etc.— se vieran
relegadas a un segundo plano, y su puesto lo ocupara una concepción más liberal de
la “Hispanidad”, que no molestara a los gobiernos que les acogían.
Para estos “nuevos heterodoxos” de la ortodoxia nacional-católica del
franquismo, Latinoamérica acabó siendo su hábitat, el espacio de discusión sobre esa
España que pudo ser y no fue: un laboratorio científico en el que buscar una cura a
los males nacionales —el cáncer metafórico que Pedro desea curar en Tiempo de
Silencio, de Luis Martín-Santos (1961), el atavismo patrio que también aparece en el
incompleto y póstumo Tiempo de destrucción (1975)—. Pero también fueron el
referente —¿especular? ¿barroco?—sobre el que Latinoamérica construyó su visión
de que otra España era posible:
En sus obras, todos nosotros, españoles e hispanoamericanos, hemos
de reconocer la quebradiza ruina de nuestra propia imagen y de nuestra
propia cultura. No es otro el mensaje de esta literatura de exilados que
escriben algunos autores de nuestra lengua común: todos somos
contemporáneos porque todos somos excéntricos. Perdida la
pretensión universalista de la burguesía europea, todos somos hoy
exilados en un mundo sin centro. (Fuentes, Nueva 84)
Y estas elites de exiliados, probeta de ensayo de otra España, fueron el
modelo de intelectual y autor sobre el que la literatura del boom construyó un
imaginario romántico, uno de los más potentes ideologemas del periodo: el del autor
136
“exiliado.” 178 El exilio sirvió pues como un hábitat desplazado desde el que poner a
prueba la identidad. La idea de fondo era que, como en un laboratorio en el que se
somete a situaciones extremas al objeto en estudio, en situaciones desplazadas es
donde se acentúan las características intrínsecas —¿el shibólet?—, que dentro del
propio hábitat pueden pasar desapercibidas:
E[mir]R[odríguez]M[onegal]: Lo que Ud. dice coincide mucho con lo
que ya se ha observado de que casi todos los grandes artistas y
creadores latinoamericanos han llegado a una creación verdaderamente
personal y al mismo tiempo muy americana, yéndose fuera de sus
patrias por un período, mayor o menor que les permita tomar esa
perspectiva, ese distanciamiento, para poder ver mejor todo lo que les
interesa. (Rodríguez Monegal, Arte 272)
Visto desde el presente, este “intercambio” simbólico de autores exiliados a
nivel transatlántico demuestra el triunfo y pervivencia de la historiografía nacionalista
en las letras peninsulares, que han sido en su mayor parte incapaces de asumir —¿o
capaces de no asumir?— de manera alguna esta producción. Mientras el
latinoamericanismo ha integrado la producción de estos autores en su canon —a
veces quizá desplazando incluso a otros autores no “exiliados”—, en el caso
peninsular la ausencia o jibarización de la producción del exilio es más que evidente.
178
“Sería necesario aclarar que desde la óptica de hoy los escritores del boom, pese a
que usé la palabra exilio en relación con ellos y su recreación de sus espacios nativos
desde fuera de sus países de origen, no eran propiamente hablando exiliados, ni su
literatura fue una literatura del exilio. Es sólo a partir de la década del 70, cuando el
exilio se ha convertido en algo esencialmente político, que se puede hablar de una
literatura escrita en el exilio y que encarna el exilio, cuando los autores ya no pueden
regresar a sus países y se origina así una literatura de más rabia y más activismo y
más dolor con relación a este tema que la define.” (Donoso, Historia 218-9)
137
Es bien conocido el desencanto que muchos de los autores exiliaron vivieron al
volver a España durante, a finales o después del franquismo —véase por ejemplo La
gallina ciega de Max Aub (1971)—. Los 40 años de dictadura dejaron su impronta en
el campo de la filología peninsular, que a veces pareciera dormir aún en el campo de
laureles de Menéndez Pelayo, en el que estos heterodoxos exiliados tienen escasa
cabida, al igual que no la tienen las letras no castellanas.
En un intento de contrarrestar la propaganda franquista, los exiliados
emprendieron empresas culturales que mantenían encendida la llama democrática y
republicana. La participación y debate a que estos autores y promotores culturales
dieron lugar es uno de los orígenes ese “boom” de la literatura latinoamericana 179 , en
un momento en el que el mundo editorial peninsular sufría los problemas de la
censura, la pérdida de relevancia en el mercado latinoamericano del libro de que
había disfrutado la República, 180 Error! Bookmark not defined. y las dificultades a
la exportación resultado del bloqueo económico:
179
“Las obras de los hispanoamericanos son a principios de los años sesenta
simplemente inencontrables, o la nostalgia de su presencia la vive sólo una exigua
minoría de críticos y escritores, casi siempre relacionados con trastiendas de librerías
o importaciones comprometidas de libros que llegan justamente de Hispanoamérica.
Nacen allí las editoriales que suministraron a unos cuantos lectores españoles lo que
en España no es posible editar. Sellos como Losada, Sudamericana, Emecé o Sur, en
Buenos Aires, y Fondo de Cultura Económica, Era o Joaquín Mortiz en México
permiten lecturas de Camus y Sartre, de LorcaError! Bookmark not defined. y
Miguel Hernández, de Neruda o Alberti, pero son también esas mismas empresas —
por cierto, tantas veces impulsadas por exiliados españoles de 1939— las que han
emprendido la edición original de los nuevos narradores hispanoamericanos.”
(Gracia 52)
180
“While the cultural activity of the Spanish Second Republic enjoyed a high
degree of respectability across the Atlantic, in the aftermath of the Civil War Spanish
publishers once again lost the Latin American market, as the strict censorship of the
dictatorship let to a stagnation of culture and opened the field to Argentinean and
Mexican publishing houses —some of them run by Spanish exiles— which became
the main sources of literary novelties in the Hispanic world. […] The sixties
witnessed the successful attempts of Spanish publishers to reverse that condition.
138
Lectores apasionados y militantes, muchas veces creadores ellos
mismos, o críticos, se fueron formando en los años cincuenta y
constituyeron la base de este primer boom o ur-boom sin el cual el otro
(el conocido, el publicitado) no hubiera podido llegar a ser. Esa
generación estaba más que pronta para entrar en escena, en forma aún
más decisiva, cuando ocurrió el triunfo de Fidel Castro.” (Rodríguez
Monegal, Boom 17-8)
La Latinoamérica revolucionaria y los exiliados republicanos eran el referente
mitificado sobre el que la izquierda española de los 50 y principios de los 60 levantó
su imaginario. Carlos Barral ilustra esta mitificación al decir en sus memorias:
Nos hacía, cada día, el saludo de la censura, una nueva generación de
exiliados republicanos. Sobre todo a Salinas que no hacía más que
prolongar, ahora dentro, lo que había sido su destino fuera. O, al
menos, así lo creía. (Barral 403)
La presencia y experiencia de los exiliados republicanos fue un revulsivo
editorial y de pensamiento para todo el continente latinoamericano. 181 Pero además
That they would find official support from a government that maintained a strong
censorship to control the production of culture may seem paradoxical. […] Against
the restrictions imposed by religious and political censorship, whose defenders were
logically wary of the expansion of cultural production and the ensuing proliferation
of potentially destabilizing ideas, the book industry was able to procure through the
INLE certain economic concessions (lower postal rates, financial credits) that made
it possible for the sector to expand beyond the national boundaries.” (Santana 36-7)
181
“[…] a partir de la segunda guerra mundial, una nueva generación de lectores
aparece en América Latina y determina (por su número, por su orientación por su
dinamismo) el primer boom de la novela latinoamericana. Es éste un boom todavía
pequeño, sin un centro fijo, nacional, más que internacional en su desarrollo, pero
que se produce (casi simultáneamente) en México y en Buenos Aires, en Río de
Janeiro y en Montevideo, en Santiago de Chile y en La Habana. Es imposible
examinar aquí, con el detalle necesario, todos los avatares de ese primer boom o urboom, disperso y extrañamente coherente a la vez. Bastará señalar dos causas
139
facilitó la impresión y circulación de textos prohibidos por la ortodoxia franquista,
que lograban eventualmente circular de manera ilegal por España, y que eran objeto
de consumo ideológico e identitario del antifranquismo. 182 Así, se editó en Buenos
Aires, por ejemplo, el Sempre en Galiza (1944) del republicano nacionalista gallego
Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, u otros textos prohibidos. Sin embargo hay que
recordar que estos libros llegaban a un público reducido por la dificultad —política y
económica— de su difusión. 183
Como decía antes, la coexistencia del franquismo con lo que se veía como su
Némesis, la Revolución Cubana, desencadenó una revalorización y apuesta por lo
postcolonial y excéntrico dentro de las fronteras nacionales, lo cual, como expone
centrales del mismo: (a) la guerra de Europa, que, primero, trae a América Latina
una pléyade de españoles refugiados (escritores como Bergamín, Alberti y León
Felipe, editores como Gonzalo Losada y López Llausás, profesores como Américo
Castro, José Gaos y Xavier Zubiri), los que impulsarán una empresa editorial
latinoamericana y darán lugar a un verdadero renacimiento cultural, equivalente al
creado en la Italia del Cuatrocientos por los humanistas que escaparon del cerco de
Constantinopla; (b) el crecimiento demográfico e industrial de muchas de las grandes
urbes latinoamericanas, crecimiento también fomentado por la guerra, en la que
América Latina casi no tuvo otro papel que el de proveedor de bases y materias
primas para los aliados.” (Rodríguez Monegal, Boom 14-5)
182
“Yo me pasaba el día con Joaquín Díez Canedo [ de Mortiz] en la editorial o en su
casa o con escritores amigos. El objeto de mi viaje, aparte de la asistencia a un
consejo de administración de la editorial mexicana en la que Seix Barral participaba,
era el diseño y planificación de unas colecciones comunes que permitieran el
intercambio de autores con España y la publicación en México de los títulos
prohibidos por la censura española.” (Barral 611)
183
“Por otro lado, la presión censora sobre los libros de importación no sólo no
disminuyó, sino que, al contrario, pareció incluso aumentar. Este hecho hay que
ponerlo en relación, no sólo con aspectos ideológicos, sino con la política de
protección al libro español, una de las principales industrias del país y una de las
mayores fuentes de entrada de divisas, gracias a su talante exportador.” (Prats Fons
193)
140
Santana ocasionó en los 60 un boom literario e ideológico de las letras periféricas,
réplica del latinoamericano. 184
Los autores latinoamericanos, muchos de los cuales habían fijado su
residencia en Barcelona alrededor de las figuras de Carlos Barral y Carmen
Balcells, 185 apoyaron y se identificaron con esas lenguas periféricas, promoviendo
incluso —como hizo García Márquez— la traducción de sus textos al catalán, e
integrando personajes o intertextos relacionados con el republicanismo peninsular —
como el viejo exiliado catalán de Cien años de soledad (1967) 186 Error! Bookmark
not defined.—. De nuevo el libro de memorias de Carlos Barral da una de las
mejores muestras de esta lectura sudamericanizada:
Mis relaciones con el catalán eran, pues, como las que tienen con el
patois de la región, y lo siguieron siendo aún después de que cobré
plena conciencia de que era, para otros, una lengua literaria y de
cultura totalmente equivalente a la mía. Posiblemente sea ésa uno de
los mayores crímenes de la administración franquista contra mi
generación: haber conseguido, con la colaboración de la burguesía
184
“At the national level, the social transformations of Spanish society and culture
created a demand for new poetic forms […] and an increasing interest in nonCastilian literatures.” (Santana 50)
185
“Barral sí es responsable junto a su excepcional equipo asesor (Joan Petit, José
María Valverde, Gabriel Ferrater, Gil de Biedma, Luis Goytisolo, José María
Castellet, Antonio Vilanova, Joaquín Marco…) de impulsar la reedición o la edición
de originales de autores de Hispanoamérica. En rigor, los materiales que publicamos
en este libro ilustran inequívocamente la conciencia de Barral y algún otro editor, de
que la más alta literatura en español se estaba haciendo en Europa, incluida España,
aunque sus autores fuesen oriundos de Hispanoamérica: el compromiso con esos
autores nuevos llevó a Barral y Carmen Balcells, la decisiva agente literatura de casi
todos ellos, a inventar en Barcelona una suerte de colonia de trabajadores de las
letras hispanoamericanas en busca del anonimato.” (Gracia 55-6)
186
Piénsese, a la luz del artículo de Wahnón Bensusan (325-32), la posibilidad de
leer el Judío errante de Cien años de soledad con un intertexto republicano á la
Américo Castro:
141
obsecuente y dispuesta a todos los sacrificios, degradar una lengua
nobilísima ante los ojos de los que estaban naturalmente destinados a
expresarse en ella, de modo tal que los que no tenían opción —mi
sudamericano uterino— creciesen huérfanos, extranjeros a todas las
lenguas, condenados a expresarse a tientas en ese barcelonés municipal
tan semejante al fernandopoino, a nombrar las cosas a expensas del
vocabulario de sus interlocutores. (Barral 105-6)
El auge editorial de Barcelona y el catalán al calor de la maravilla —reflejado
metafóricamente en el título de la obra de Eduardo Mendoza La ciudad de los
prodigios (1986)—, frente a Madrid y el castellano tenía, como no podía ser de otra
forma, una importancia ideológica. 187 El castellano era identificado con el Imperio y
187
“Hay quienes postulan la idea de que esta escisión dentro de la editorial más
prestigiosa de mi generación no fue casual, sino que al contrario, fue producida y
causada por Carlos Barral mismo cuando quiso tirar la línea definitiva para que el
contorno del boom quedara ajustado precisamente a una época. Hay otros que alegan
que la escisión se debe al descubrimiento de un complot de catalanes que era
necesario terminar de una vez: es curioso considerar que el jurado de ayudó a
construir la fama de la novela hispanoamericana dándole cinco premios biblioteca
Breve sobre diez, esté constituido básicamente por catalanes: Castellet, Clotas, Félix
de Azúa, Carlos Barral, son cuatro jurados cuya primera lengua es el catalán, contra
el resto del jurado compuesto por Juan García Hortelano, Gabriel García Márquez y
Mario Vargas Llosa, cuya primera lengua es el castellano… y que los catalanes
intentaron disolver la novela castellana premiando una y otra vez a las novelas
latinoamericanas, escritas a veces en variantes bastante curiosas del castellano, para
eliminar definitivamente la tiranía del castellano de Valladolid y las novelas escritas
en ese odiado idioma.” (Donoso, Historia 127)
142
el pasado, con la represión y la Guardia Civil, 188 mientras que el catalán se veía bajo
el prisma colonial como una lengua precolombina á la “latinoamericana”. 189
Si cuatro décadas antes —en 1927— Guillermo de Torre, en un famoso
ensayo titulado “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica” (Gaceta 1), 190
ninguneaba la independencia cultural del hemisferio sur, los 60 muestran una apuesta
excéntrica por Barcelona como “su” meridiano intelectual. 191
188
“Escribir en castellano nos hacía cómplices de la Guardia Civil, de las fuerzas
represoras de una cultura cuyo destino histórico y cuya condición política
compartíamos, pero que no era la nuestra, a la que éramos inmediatamente
extranjeros. Para los escritores en lengua catalana, para la sociedad literaria catalana,
como diría el profesor Tierno, resultábamos ser, aunque fuese sin sentimiento,
instrumentos del ocupante, colaboradores de la cultura imperial y castradora.”
(Barral 436)
189
“Por otro lado, por vía de una voluntaria o al menos consentida ectopía, éramos
extraños, ajenos, a la jerarquización de la literatura que la resaca del balbuceo en las
provincias depositaba en Madrid. La distancia y, principalmente, la independencia y
la extranjería de nuestros orígenes, nos impedían aceptar las complicidades y
connivencias que en la capital manchega hacían la ley en las revistas y los cafés. […]
No queríamos dejar de ser la excepción catalana, forjada en una encrucijada de
lenguas e influencias que nos hacían diferentes y, en cierta medida, nos eximía de la
monosemia de una cultura totalitaria, secuestrada por el involucionismo y el
aislamiento de la dictadura y de las ambivalencias de su dirigismo.” (Barral 437)
190
“Recordé antes una columna de Juan Ramón Masoliver sobre la polémica de 1927
en torno al meridiano intelectual. Es más suculenta de lo que ha dejado escrito,
porque no sólo aplaude la presencia de las letras hispanoamericanas en España, sino
que interviene a propósito de un asunto central del sistema cultural español de este
siglo: también la literatura hispanoamericana va a servir para medir las distancias
que alejan dos capitales como Barcelona y Madrid.” (Gracia 68)
191
“Una cuestión que puede pasar inadvertida a cualquiera, por su supuesta
normalidad, y que debe destacarse como síntoma de una situación de extrema
dificultad en el mercado del libro latinoamericano es el protagonismo editorial de
Barcelona. […] Es decir, hay que subrayar, en este sentido, y de entrada, el papel
específico desempeñado por Barcelona como plataforma cultural, como caja de
resonancia, en el proceso de internacionalización de la narrativa hispanoamericana
de los años sesenta y setenta. Al mismo tiempo hay que advertir que, en ese viaje de
ida y vuelta, de intercambio de bienes culturales a nivel intercontinental, un aspecto
central del papel de esta ciudad es que serán las obras latinoamericanas elegidas y
publicadas en Barcelona —teniendo en cuenta las expectativas de un público
europeo—, las que después serán distribuidas de forma generalizada en América
Latina. Así, en primer lugar, la internacionalización produce la homogeneización de
un producto básicamente heterogéneo —puesto que se trata de una literatura de
literaturas que siguen, en cada caso, su tradición nacional—, que es el que triunfará
en Europa y, en segundo lugar, ése será también el modelo que vuelva, ya filtrado, de
nuevo, a Latinoamérica, una cuestión que no debe perderse de vista.” (Gras y
Sánchez López 120)
143
Sin embargo, y como explica María Pilar Donoso, no todo el catalanismo
abrazó la latinoamericanización —una cosa es aceptar el latinoamericanismo como
arma para atacar el castellano, y otra cosa diferente aceptar “lo latinoamericano”
dentro de casa—:
Los escritores latinoamericanos eran leídos, alabados y también
atacados por muchos que los agrupaban bajo una misma etiqueta: «los
sudamericanos», sin contar que la Guatemala de Tito Monterroso, por
ejemplo, estaba en Centroamérica y el México de Carlos Fuentes en
América del Norte. Algunos escritores, como Baltasar Porcel, incluían
a España en esta categoría, o más bien dicho a Castilla. Él es
«catalanista» y escribe en catalán, aunque sus artículos periodísticos
deben ser escritos en castellano, pues si no, en esos tiempos no hubiera
tenido donde publicarlos. […] Porcel alega que el castellano es una
lengua colonialista y que la cultura castellana le es tan ajena como la
turca o la finlandesa. Así, muchos escritores y críticos y también
lectores eran «enemigos» de los latinoamericanos, cuyo auge y
popularidad les molestaba. (M. P. Donoso 152; énfasis mío)
Pero uno de los fenómenos más interesantes a este respecto es que no sólo
España se latinoamericanizó —que las relaciones lingüísticas entre las comunidades
nacionales se leyeron en clave latinoamericana—, sino que Latinoamérica también se
leyó a sí misma en clave peninsular, imaginando sus relaciones entre diferentes
comunidades nacionales á la española. Las palabras de Juan Goytisolo en 1968, en
una conversación con Emir Rodríguez Monegal en las que se queja de uno de los
144
puntos comunes de la crítica peninsular al analizar su obra, sirven como ejemplo de
este punto:
Yo, por ejemplo, estoy catalogado ya hasta el fin de mis días. Escribo
“mal” y para la crítica seguiré escribiendo “mal”. (El argumento es
siempre el mismo: soy vasco-catalán y, para colmo, el destierro
erosiona fatalmente mi pobrecito castellano periférico: quién sabe si
un día sacarán a relucir mi mujer francesa y hasta parientes de extrañas
nacionalidades… (Goytisolo, “Juan” 198) 192
Esta cita muestra la imaginaria “somatización” de la escritura del castellano al
ser realizada por autores periféricos —la lectura ideológica aplicada por los puristas
identitarios—. Según esta visión, el castellano se “contamina” al contacto de otras
lenguas impuras, como es el caso del español latinoamericano, lleno de
“americanismos”. Pero lo sorprendente es el viraje que esta identificación sufre a la
luz de las lenguas periféricas peninsulares. Ese objeto pequeño a que se “somatiza”
en la lengua viaja a las letras latinoamericanas para releer la escritura de los autores
del boom, comunidad interpretativa de esa identidad somático-lingüística. Así
192
El fragmento completo dice: “E[mir]R[odríguez]M[onegal]: ¿Qué posición crees
tú ocupar en la literatura española actual?
J[uan]G[oytisolo]: Ninguna, absolutamente ninguna. Soy un francotirador, un outsider. Vivo fuera desde hace mucho tiempo, la mayor parte de mis libros están
prohibidos en España y la prensa no habla de mí. Tengo unos cuantos amigos
escritores, eso es todo. Y en España, como sabes muy bien, lo que cuenta más es la
presencia. El genio se confunde con la figura; cuanto más figura, más genio… […]
Nadie es profeta en su tierra y en España menos aún. Entre nosotros las opiniones se
emiten de una vez para siempre, ninguna fuerza humana las puede cambiar. Yo, por
ejemplo, estoy catalogado ya hasta el fin de mis días. Escribo “mal” y para la crítica
seguiré escribiendo “mal”. (El argumento es siempre el mismo: soy vasco-catalán y,
para colmo, el destierro erosiona fatalmente mi pobrecito castellano periférico: quién
sabe si un día sacarán a relucir mi mujer francesa y hasta parientes de extrañas
nacionalidades…” (Goytisolo, “Juan” 198)
145
Lezama Lima, uno de los más importantes representantes del neobarroco
latinoamericano, dice al analizar la obra de dos de los autores más importantes del
canon latinoamericano:
[…] Pero quisiera subrayar más otro tipo de observación. Tanto
Borges como Cortázar son de raíz vasca. Esto es muy interesante para
determinar ciertas maneras de su lenguaje, de sus recursos verbales. Es
decir, en el vasco —no olviden el caso de Unamuno, por ejemplo—
parece siempre que hay como otro idioma en su interior, un idioma
que no es el que toma sus canales y logra acercarse. El vasco siempre
parece que tiene un idioma ancestral, en la lejanía, un idioma madre.
(Lezama Lima11-2)
La empatía ideológica entre las comunidades de ambos lados del Atlántico
permeabilizó el imaginario identitario de ambas márgenes, dando lugar a lo que
considero un diálogo transatlántico de imaginarios, en el que —temporalmente— la
identidad no se entendió a nivel autorreferrencial y localista, sino transoceánico: su
localidad se hizo común a todo el hispanismo.
Ejemplo de este diálogo, de una apuesta de significado que buscó —y logró—
modificar el imaginario español sobre sí mismo y desde dentro, sería la propuesta de
revalorización de la novela caballeresca llevada adelante por parte de los dos autores
latinoamericanos más referenciales en la España del boom: Gabriel García Márquez y
Mario Vargas Llosa. Resultado de su confesado intertexto caballeresco con el Amadís
de Gaula (Vargas Llosa, “El Amadís”) más como indicio de un imaginario propuesto
146
que como lectura real —como demuestra José Manuel Cacho Blecua 193 —, la crítica
empezó a leer la obra de García Márquez como una obra caballeresca 194 , produciendo
la revalorización de un género que había sido dado por muerto y enterrado con la
publicación del Quijote:
Para Vargas Llosa éste era el hecho más llamativo y concreto de la
filiación establecida, pero también indicaba otros paralelismos: la
mezcla de realidad e irrealidad, el empleo de la desmesura y del
exceso como norma cotidiana y la perduración de nombres en la
bíblica tribu de los Buendía. (Cacho Blecua 209)
Y con éste replanteamiento del canon venía de la mano el de la relación entre
España y Latinoamérica tanto pasada como futura, 195 como deja claro Carlos Fuentes
en otro de sus textos:
193
“Mario Vargas Llosa se equivocó en la filiación entre el Amadís y Cien años de
soledad gracias a una palabra «luminosa», Neerlandia. La intuición se concretaba en
el término, pero en ella se cristalizaban los «demonios» del escritor peruano,
preocupado en esos momentos por la literatura caballeresca. La equivocación no
pudo ser más fructífera para la recepción de una obra literaria y un género,
rescatándose posibilidades interpretativas nuevas de los libros de caballerías, a la vez
que, dada la trayectoria política de García Márquez y Vargas Llosa, se reconducía su
actualización por unos terrenos menos lastrados ideológicamente.” (Cacho Blecua
212-3)
194
Véase por ejemplo el siguiente comentario sobre Cien años de soledad: “La
novela se inscribe en la tradición de los libros de caballerías (género al que García
Márquez es muy aficionado), por cuanto Macondo, el pueblo fantástico cuya historia
se nos relata, es comparable a Gaula, Camelot, Hircania o cuaquiera de los reinos
imaginados en aquellas historias. Macondo es un pueblo fuera del tiempo y del
espacio, cosa que también ocurría en los libros de caballerías. Situado en una época
inconcreta, se identifica como cualquier poblado de cualquier país latinoamericano
del Caribe, con lo que la universalización de la historia se hace más evidente, aun
dentro de su localismo.” (Sánchez Ferrer 71)
195
“Los libros de caballerías sirvieron de referente para que los conquistadores
españoles pudieran describir una realidad que para ellos sólo era parangonable en
muchos casos a la desarrollada en la ficción. Con los hombres embarcaron también
los libros que alimentaban su mundo imaginario. […] En ese ir y venir literario de la
historia de la memoria, García Márquez nos ha permitido leer esas mismas
147
Los conquistadores de las Américas viajaron con los libros de
caballerías, esos «libros de los valientes», como los llama Leonard,
cuyas hazañas estaban, finalmente, al alcance del español común y
corriente en las islas esmeraldas del Caribe, en la meseta de polvo y
piedra de Anáhuac, en las afiebradas selvas del Darién y en las
arenosas costas del Perú. Mejor habrían hecho en llevar consigo La
Celestina de Rojas.
El descubrimiento y las subsecuentes empresas de conquista y
colonización del Nuevo Mundo fueron acciones típicamente
renacentistas: una búsqueda de la verdad, del espacio, de la gloria y la
ganancia personal. Los descubridores y conquistadores eran hombres
cuyos orígenes sociales les negaban un lugar bajo los soles
peninsulares. […]
España no cabía en España. (Fuentes, Cervantes 49-50)
Al reclamar el Amadís como una de sus influencias, García Márquez y Vargas
Llosa rescataban toda la veta fantástica de la literatura peninsular y la relacionaban
con la weltanschaung americana —la maravilla y el descubrimiento—,
trasformándolo en indicio de cambios por venir, en síntoma. 196
creaciones con otros ojos (Amadís), o nos las ha devuelto trasnformadas a través de
un personaje de nostálgico nombre (Gerineldo).” (Cacho Blecua 218)
196
“Hay pues, me parece, una relación muy curiosa entre el surgimiento de una gran
novelística y el estado de crisis y descomposición de una sociedad.
Por eso creo que no es fortuito que en los últimos años hayan surgido en América
Latina tantas obras narrativas importantes, y que estemos asistiendo a una especie de
“boom” en el campo de la novela y en el campo del cuento.
Creo que América Latina, como Francia durante la aparición de las novelas malditas,
como Rusia durante la aparición de las novelas de Tolstoi y de dostoievski, como la
Edad Media durante la aparición de Amadis, del Caballero Sifaro o del Tirante,
148
Paralelamente a la reclamación del Amadís, el ensalzamiento que el peruano
Vargas Llosa hacía en los 60 de la novela de caballerías de Joanot Martorell, Tirant lo
Blanc (Vargas Llosa, “Martorell” y “Prólogo”), tiene que entenderse en sus múltiples
implicaciones —estéticas, literarias e historiográfico-políticas a un nivel peninsular—
, puesto que el suyo no fue un acto gratuito sino un acto de lectura a contrapelo de
múltiples intertextos culturales a un nivel peninsular:
a) estéticamente, el ensalzamiento por Vargas Llosa del Tirant es la defensa
de una concepción menos doctrinal del realismo —en la línea del que practicaban los
autores latinoamericanos del momento— que la que había estado en boga en las letras
nacionales: la del autor engagé a lo Sartre (1949), o el realismo social 197 —que
habían propugnado personajes tan influyentes de la izquierda y el antifranquismo
como José María Castellet en La hora del lector (1957), o Juan Goytisolo en
Problemas de la novela (1959), y que Carlos Barral había bendecido en su primera
línea editorial 198 —. Entre la univocidad del franquismo y el realismo-socialista, el
realismo mágico-maravilloso y los otros realismos artísticos que introducían los
América Latina tiene una realidad que está por cambiar de piel, una realidad que va a
ser sujeto de grandes transformaciones y de cambios, y creo que justamente ante esa
especie de cadáver surgen ahora, como han surgido siempre en la antigüedad, esos
buitres en cierta forma, que son los novelistas.” (Vargas Llosa, en Vargas Llosa y
Arguedas 39-40)
197
Es sabido cómo esta propuesta interpretativa social-realista cuajó más hondo en el
conocido como grupo de Madrid que en el grupo de autores de Barcelona reunidos
alrededor de la revista Laye y de la editorial Seix-Barral. Véase a este respecto
Ignacio Soldevila (210-262)
198
José-Vicente Saval, relacionando Tiempo de Silencio con la visión literaria de
Carlos Barral —editor de la obra— y la época de su publicación, expone: “In 1962
Tiempo de Silencio appeared and started a new trend. The book by Martín Santos had
a social caracter but at the same time it opened the door for experimentation, which
was closer to Carlos Barral’s literary concepts. During this short period of time, the
idea of literature as a political weapon was really in vogue. According to Jaime
Salinas, remembering those years, when he mentioned the meek quality of some of
the novels that they published, Barral replied: ‘Es que no comprendes lo que estamos
haciendo, es que estamos acabando con Franco’.” (Saval 208)
149
autores latinoamericanos supusieron la apertura de una tercera vía de la que es
parangón Tiempo de silencio (1961), y que se convertirá en la línea maestra de la
literatura posterior —que Gonzalo Soberano bautizó como “novela ensimismada (926)—. Vargas Llosa rompía así una lanza, en suelo peninsular, por una visión
dialéctica del realismo capaz de, en sus palabras, “crear una realidad total única,
original” (“Prólogo” 25).
El cambio de los parámetros de producción y lectura del realismo —liberado
del dogmatismo social-realista— y la variación de las convenciones en
funcionamiento, se ve en Anatomía del realismo (1965), del comediógrafo y ensayista
Alfonso Sastre. Siendo un autor que en su momento casi había sentado cátedra
alrededor de las bases del realismo socialista, a mitad de la década de los 60 sus
posiciones al respecto varían ostensiblemente, ensalzando lo que él llamó
“imaginación imaginante” 199 —un realismo dialéctico que permite la inclusión de lo
fantástico— como modo legítimo de plasmar la realidad:
Los realismos críticos, de transición, seguirán surgiendo muchas veces
como testimonio de las oposiciones —antagonistas o no— entre la
literatura de signo “existencial” y la de signo “socialista”; y, en fin, un
amplio horizonte parece abrirse en el fondo de un “realismo
dialéctico” —profundo y totalizador— capaz de presentar el más
199
“Por ello hablo de esta fase creadora como de una fase investigativa: se trata de
un asalto a la verdad ejecutado por un método “sui géneris” caracterizado por el
hecho de que lo que se pone en marcha a la más alta tensión es la “imaginación
imaginante”, cuyo carácter dialéctico —entiendo que es preciso distinguir estas tres
formas de imaginación: pura, práctica y dialéctica— (7), es una garantía de un
realismo concebido extramuros de los realismos “documentarios”; imaginación
imaginante que integra bajo su unidad las demás “potencias de lo humano”.” (Sastre
200)
150
hondo “reflejo” de lo real actual; de constituir —crear— los mitos más
expresivos de nuestro momento histórico, y de cumplir una misión
profetizadora en un campo que sólo en algún sentido podría ser
asimilado al —habitualmente infraliterario— de la “Ciencia-ficción”;
campo en el que integrará seguramente el mundo de los sueños y las
ilusiones —¡y los terrores!— de los hombres, quizás, de un
romanticismo superado. (Sastre 130)
En las novelas del periodo, la profunda virada estética que acompañó la
llegada de estos “bárbaros” latinoamericanos y sus textos es patente al comparar por
ejemplo entre el Juan Goytisolo de los primeros escritos de línea social-realista, como
Duelo en el paraíso (1955), y el posterior de Señas de identidad (1966) o
Reivindicación del conde don Julián (1970); o en el realismo barroquizante que
recrea Luís Martín-Santos en Tiempo de silencio (1961). En palabras de Carlos
Blanco Aguinaga:
Hay que volver siempre sobre la enorme importancia de Tiempo de
silencio, cuya deslumbrante «escritura» no tiene par en la segunda
mitad de lo que va de siglo en España. Sin embargo, aunque ya en
1962 aparece una segunda edición de la gran novela, la tercera no ve la
luz hasta 1963; es decir, cuando realmente «despega» en España la
novela americana. A partir de ahí, Tiempo de silencio llega hasta la
octava edición en seis años, con dos ediciones en el 69 y dos en el 71,
a lo que sigue una novena edición en dos tiradas, 1972 y 1973, hasta
cuarenta y ocho mil ejemplares cada una. Es decir que, aunque
151
provocó un gran entusiasmo entre los «iniciados» de 1962, Tiempo de
silencio no es acogida por el mayor público «culto» nacido con el
«despegue» económico de los años medios del franquismo hasta que
—por así decirlo— no se ve arropada por el éxito de la novela
hispanoamericana. (Blanco Aguinaga 31)
Ese conjunto de realismos concebidos extramuros —¿excéntricos?— de los
realismos “documentarios” (Sastre 1965: 200) a los que hace referencia Sastre
anteriormente, y entre los que el realismo mágico-maravilloso —esa imaginación
imaginante— jugaba un papel raigal, acabó avalando la literatura producida por otros
autores que venían practicando, sin mucho reconocimiento crítico hasta entonces, una
literatura similar, como fue el caso de Gonzalo Torrente Ballester, 200 o sobre todo
Álvaro Cunqueiro. 201
Otro caso interesante es Rafael Sánchez Ferlosio, autor de uno de los textos de
más importante e influyentes de la década de los 50 —El Jarama (1955)—. Su novela
magico-realista de 1952 Industrias y andanzas de Alfanhuí no tuvo una gran salida en
200
“La falta de popularidad de Gonzalo Torrente Ballester en esta época se debe
sobre todo al hecho de que éste no escribía nunca según las modas vigentes. En
comparación a los escritores dominantes […] las obras de GTB [sic] fueron
demasiado intelectuales para el gusto del lector común.” (Charchalis 5)
201
“No es de extrañar, por tanto, que ya a finales de la década, en 1969, Álvaro
Cunqueiro pudiera justamente declarar que la literatura española había dado «un
viraje muy pronunciado». Y ello debido a dos factores: el primero, «por la fatiga
subsiguiente a tantos años de marchar una literatura en una misma dirección»”; el
segundo, debido a «la llegada de estos sudamericanos».
Pero, ¿qué relación había entre la fatiga producida por una literatura exclusivamente
«realista», el hambre de fantasía y la aparición de estos sudamericanos? Es decir,
¿qué traían en su prosa los luego despreciativamente llamados «sudacas» para salvar
a los lectores españoles de un realismo que, para colmo, había pretendido en su fase
última ser «social»?” (Blanco Aguinaga 28)
152
el mercado 202 “en el momento mismo en el que se anunciaba una década de literatura
comprometida con los problemas sociales de su tiempo y de su país […]” (Soldevila
227). Sin embargo, como dice Castellet:
Quizás Rafael Sánchez Ferlosio —autor de dos libros tan intereantes
como contrapuestos: Andanzas y desventuras de Alfanhuí (1951) y El
Jarama (1956)— fue el primero que intuyó la necesidad de un cambio
radical de la novela de posguerra y el que con mayor fuerza se rebeló
contra el «establishment» que, en aquellos momentos, representaban
autores como Camilo José Cela. Sus dos tentativas novelescas le
llevaron a intentar renovar no sólo las técnicas narrativas tradicionales,
sino también a forzar el lenguaje para vivificar una lengua demasiado
petrificada y envejecida como es el castellano literario. (Castellet,
Literatura 144)
b) literariamente, las loas a Tirant por parte de Vargas Llosa son un ejemplo
de ensalzamiento y recuperación para el canon hispano de una obra proveniente de
una de las lenguas “periféricas” o minoritarias, y cuya antigüedad es igual o mayor
que la de otras obras del género que sí fueron escritas en castellano y a las que
claramente influenció. En contraposición a la historiografía literaria española, que
denostaba las literaturas no castellanas, acusándolas de invención decimonónica o de
202
“A raíz de la expectación que levantó El Jarama, se cayó en la cuenta de la
existencia de la primera novela, que había pasado casi inadvertida. El hecho de que
el primer libro de Sánchez Ferlosio no fuera recibido con el entusiasmo que merece
su calidad literaria, ha sido atribuido a su carácter singular y desconcertante,
subrayado por el contenido de la historia que se narra […].” (González Castro 20)
153
baja alcurnia —lenguas del populacho, no de elites—, Tirant disfruta de una mayoría
de edad y una calidad literaria que le permite cuestionar su exclusión del canon
literario peninsular. 203 Como Vargas Llosa, otros autores apostaron por el elogio de la
literatura producida en esas lenguas, devolviéndoles simbólicamente el estatuto de
lengua de cultura que el franquismo les había negado.
c) simbólicamente, la relevancia de su imaginario es comparable a la de El
Cid para la literatura castellana. Hay que tener presente que el Cantar del Mío Cid es
uno de los libros del imaginario nacional-castellano con mayor peso ideológico, a
partir de la lectura que del mismo hizo el filólogo Ramón Menéndez Pidal (1912).
Claro representante del repliegue a-histórico en Castilla por la Generación del 98, su
“realismo” fue elevado ideológicamente por Menéndez Pidal a emblema del espíritu
nacional y de la intrahistoria patria. El Cid es por ello sinónimo de ortodoxia,
mientras que Tirant por estar escrito en catalán/valenciano y ser una obra menos
“verista” sería una producción heterodoxa.
Con similares parámetros debe considerarse y evaluarse la adhesión de García
Márquez y Vargas Llosa al Amadís de Gaula como intertexto de Cien años de
soledad (1967). Aunque la obra de Garci Rodríguez de Montalvo fue escrita en
castellano, su acusada falta de verismo ayuda también a contraatacar el ideario verista
medieval sobre el que se asentaba el franquismo. El Amadís cuestiona la afirmación
de Menéndez Pidal que identificaba el realismo extremo como una de las constantes
203
“Vargas Llosa argues against the oblivion which that text in particular and the
genre of chivalry books in general have suffered under a certain orthodoxy within the
historiography of Spanish literature, an orthodoxy that demoted those texts as
marginal, as illegitimate products of Hispanic culture.” (Santana 142)
154
identitarias de la literatura española. 204 Además esta novela fue usada por los
primeros conquistadores para leer América, como decía Carlos Fuentes en una cita
anterior. Cinco siglos después, de la mano de los “bárbaros” del boom, el Amadís
cruzaba de vuelta el Atlántico y era usado para (re)leer España.
Al considerar todo esto creo justificado pensar —como hace Mario
Santana 205 — que el elogio por Vargas Llosa al Tirant, o por él y García Márquez al
Amadís, es una lanza a favor de una visión “heterodoxa” de España y su cultura, una
apuesta latinoamericana por una España excéntrica, postcolonial y multicultural, que
otorgara más valía a las diferentes lenguas y tradiciones nacionales en España, 206 a
sus “indígenas” intramuros.
204
Arturo Uslar-Pietri sumariza a la perfección la visión del posicionamiento
ideológico del filólogo español, y que estos autores cuestionan: “Don Ramón
Menéndez Pidal, autoridad legítima en todo lo que se relaciona con la lengua y
literatura castellanas, ha señalado como los caracteres fundamentales de la literatura
española los siguientes: tendencia a lo más espontáneo y popular; la preferencia por
las formas de verso menos artificiosas; la persistencia secular de los temas; la
austeridad moral; la sobriedad psicológica; la escasez de lo maravilloso y de lo
sobrenatural; el realismo y el popularismo.” (Uslar-Pietri 159)
205
“By reading Tirant lo Blanc as an exemplar o heterodox literature, Vargas Llosa
points to a polarized tradition, thus acknowledging the existence of another lineage
of Spanish literature, one that —in contrast to the much criticized stagnation of
contemporary forms— could serve as a foundation for the remodeling of fiction.
Such heterodox legacy has been often claimed as integral to the formation of Latin
American literature, and it was now presented as the alternative to the perceived
orthodoxy of Peninsular letters (we should recall here the “sacred” language of Spain
that was the aim of the destructive writing of Juan Goytisolo).
Cashing in the claim to heterodoxy of Latin American narrative, the other languages
(and literatures) of Spain—Catalan, Galician, Basque, and also some regional
varieties of Spanish, like those of Andalusia or the Canary Islands—were also
granted, by association, a privileged status of new narratives. […] The tension
between center (identified as dogmatic) and periphery (claiming heterodoxy), one of
the central features of the Latin American imagery of Spain, was also applied to the
contrast between Spain’s centralist culture and its regional diversity. And the hope
for an authentic literary renewal seemed to rest with the cultures marginalized by the
Spanish state.” (Santana 45)
206
Santana estudia este fenómeno de traslación periférica en su capítulo
“Transposing the Boom” (138-154). Allí explica por ejemplo cómo “The
appreciation of Catalan culture as belonging to the heterodox lineage of Hispanic
155
A esta apuesta identitaria, a este acolchado, contribuyó el editor y poeta
barcelonés Carlos Barral —editor de Seix-Barral y director del Premio Biblioteca
Breve al que el boom quedó indefectiblemente unido—, probablemente el mayor
agente literario-cultural de la segunda mitad del siglo XX en España. Su pericia
editorial no sólo ayudó a la difusión y consolidación del boom en Latinoamérica y
España —y a la configuración de una comunidad interpretativa de miras
transatlánticas—, sino que a través de iniciativas como el Prix Formentor ayudó a la
internacionalización del boom mediante la traducción de autores como Jorge Luis
Borges —ganador ex aequo con Samuel Beckett de la primera edición del premio—.
El olfato con el que supo guiar una empresa familiar, lo convertió en referente
internacional de la vanguardia en lengua castellana —hasta poco antes de la muerte
del dictador—.
Barcelona se convirtió progresivamente en el puerto franco de entrada cultural
a/de Latinoamérica, en el punto de conexión entre los mercados editoriales europeos
y el ámbito hispano, monopolizándolo: la editorial Seix-Barral parecía La casa de
contratación de Indias rediviva, y con el tiempo demostraría cómo detrás del
andamiaje maravilloso y progresista se ocultaba el avance de un nuevo colonialismo,
acentuado con el desplazamiento del centro editorial a Madrid, en el que el Grupo
PRISA —próximo al socialismo— fue fundamental. Como con cierta tristeza dice
José Donoso en “Diez años después” (1987) —la adenda a su Historia personal del
Boom—:
culture is also a central component of the representations of Spain present in García
Márquez’s Cien años de soledad.” (Santana 146)
156
[…] pero Barcelona, pese a sus editoriales, ya no es el centro de la
vida literaria de España ni del mundo que lee en español: hasta los
lanzamientos de libros se hacen, preferentemente, hoy, en Madrid,
donde tienen mucho mayor repercusión nacional e intercontinental.
(Donoso, Historia 220)
El apoyo del grupo de influyentes lectores e intelectuales de la editorial Barral
—los impulsores de la comunidad interpretativa del boom en España—, a un realismo
artístico que no encajaba ni en los dictados estéticos del régimen ni en el dogmatismo
social-realista, fue el espaldarazo a una tercera vía o realismo de transición —
encarnada en autores como Mario Vargas Llosa, autor de La ciudad y los perros
(1962)—. Esta tercera vía literaria parece prefigurar la tercera vía política que España
siguió a la muerte del Caudillo: ni continuismo franquista, ni comunismo, sino una
transición democrática al socialismo (no marxista-leninista) que salió victorioso del
Congreso de Suresnes de 1974 y que llevó al joven Felipe González a la presidencia
española.
En su intento de olvidar la pesada losa del franquismo el Partido Socialista se
apoyó, paradójicamente, en esa misma retórica de este —la de la Hispanidad—, pero
con una diferente valencia, tamizada a través de la maravilla —objeto pequeño a—.
El PSOE promovió a nivel nacional e internacional la imagen folklórica de España
promovida por el franquismo —el famoso eslogan “Spain is different”—, ofreciendo
más panderetas, castañuelas y palmas —no en vano el socialismo que venció en
Suresnes era el sevillano—. El mismo imaginario que se había utilizado para defender
la tradición durante el franquismo servía para justificar la modernización en el
157
socialismo, demostrando que las ideologías no disputan la base, sino la interpretación,
la valencia significativa.
Con la llegada de Felipe González al poder, España se sevillanizó para
hacerse moderna, y hasta Nancy Reagan se marcó unos pases en su visita oficial al
país: España volvía a ser el país novelesco que soñaron los europeos del XIX. Con
resabio romántico, los bailarines gitanos —lo más próximo en el imaginario patrio a
esos indígenas latinoamericanos— representaban la realidad telúrica carpetovetónica,
la pervivencia de una exótica maravilla dentro de España.
La proximidad del Quinto Centenario y la Expo’92 supuso una continuación
y reafirmación del imaginario nacional franquista, 207 maravillosamente cañí: la
modernidad era el pasado. El centenario fue un arma de doble filo en el acelerado
proceso de modernización que vivió el país: por un lado la efeméride posibilitaba la
relectura del pasado y legado colonial en clave latinoamericana —España tenía ante sí
la posibilidad de reinventarse, 208 asumir sus deudas y promover una relación más
paritaria con el continente—; pero por otro la entrada en Europa —ese mismo año
pasaba a ser miembro de pleno derecho en la Unión Europea— le hacía sentirse un
“nuevo rico”, y la tentación de ver Latinoamérica como un nuevo mercado colonial
era insalvable.
Como a la vuelta del primer viaje de Cristóbal Colón, cuando éste presentó
nativos americanos a los Reyes Católicos, la efeméride dio visibilidad a
Latinoamérica en la metrópolis —capital cultural de Europa ese mismo año—. El
207
Véase también Eduardo Subirats (1993).
Recuérdese la famosa frase del Vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, en
la que éste explicó como para el 92 “a España no la va a conocer ni la madre que la
parió”.
208
158
epítome de esta visibilidad fue la renovación de la Estación de Atocha para
acondicionar la llegada del AVE: en el epicentro simbólico de la modernización del
país se levantó un jardín tropical. La maravilla desembarcaba en Madrid,
Latinoamérica se visibilizaba en la metrópolis.
Por otro lado, el “maravilloso” jardín de Atocha era una metáfora colonial de
acero, ladrillo y cristal: el síntoma de la neocolonización del continente, la vuelta de
los galeones: el desembarco de empresas de telecomunicación, servicios, eléctricas…;
la llegada de bancos…; la conquista del mercado editorial por parte del grupo
Santillana…, y la promoción del turismo sexual —la resurrección del mito de las
amazonas— encarnado, cómo no, ¡en Cuba! Como en un museo etnográfico,
Latinoamérica se tornó objeto de consumo imaginario para los ojos del ciudadano
ocioso, se hizo visible, pero sólo en cuanto reiteración de las mismas expectativas de
lectura de la maravilla, relanzadas por los letrados latinoamericanos medio siglo
antes.
Paralelamente en 1992 España albergaba los XXV Juegos Olímpicos de
Verano en Barcelona. Las dos celebraciones pusieron a España en el lugar más visible
internacionalmente, y confrontaron dos apuestas de modernización diferentes —en las
que sonaba de fondo los ecos del 98—: españolizar Europa —la apuesta detrás del
tándem Madrid-Sevilla—, o europeizar España —la de Barcelona—. La política
cultural de centros como el Instituto Cervantes, o la historia reciente del país
demuestran cuál fue el caballo ganador.
159
CAPÍTULO 5
ESPAÑa, LABERINTO DE SOLEDADES:
DE LA “MALINCHE” A “LA CAVA” FLORITA
España no cabía en España. (Fuentes, Cervantes 50)
El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura
y negación. Y, asimismo, como búsqueda, como
voluntad por trascender ese estado de exilio. En suma,
como viva conciencia de la soledad, histórica y
personal. La historia, que no nos podía decir nada sobre
la naturaleza de nuestros sentimientos y de nuestros
conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó
la ruptura y cuales han sido nuestras tentativas para
trascender la soledad. (Paz 112-3)
[…] abrirás el libro del Poeta y leerás unos versos
mientras te desnudas : después, tirarás de la correa de la
persiana sin una mirada para la costa enemiga, para la
venenosa cicatriz que se extiende al otro lado del mar :
el sueño agobia tus párpados y cierras los ojos : lo
sabes, lo sabes : mañana será otro día, la invasión
comenzará (Goytisolo, Reivindicación 208)
En este capítulo me propongo ilustrar lo que antes califiqué —en el capítulo
4— una “latinoamericanización” del imaginario español. Para ello voy a utilizar dos
de las obras más representativas del periodo del boom en la literatura española:
Tiempo de silencio (1961), de Luis Martín-Santos, y Reivindicación del conde Don
Julián (1970), de Juan Goytisolo. La distancia temporal que separa ambas obras —
160
casi una década— da viva cuenta de la intensificación de esa perspectiva postcolonial
á la latinoamericana por parte de los autores más representativos de la izquierda y la
disidencia nacional.
Como anteriormente dije, Latinoamérica se convirtió en el hábitat de
republicanos y exiliados, el hábitat real e imaginario —América— de esos
“heterodoxos” que aguardaban la caída del régimen franquista, aunque con
progresivo desencanto ante un posible final feliz. Paulatinamente muchos de estos
exiliados intuyeron lo que acabó siendo la realidad: que el Régimen no iba a ser un
episodio breve. Como es sabido, algunos de éstos acabaron volviendo, dominados por
la nostalgia, a una España que ya no reconocían, dejando su voz en la frontera.
Sin embargo, para el exilio interior la esperanza de cambio volvió con fuerza
gracias a la Revolución Cubana, que derrotó al militar Fulgencio Batista en 1959, e
instituyó una república socialista a escasas millas de Estados Unidos. La maravilla
tomaba cuerpo en América Latina. Las noticias que se filtraban en la prensa sobre
Cuba eran la espita de un imaginario largamente deseado, de una recreación de
España. ¿Cómo no sentir el fervor revolucionario, que acababa con una dictadura
militar apoyada por Estados Unidos, cuando la situación en España no era tan
disímil?
Poca gente habrá que se atreva a poner en duda que Tiempo de silencio (1961)
—de Luis Martín-Santos—, sea uno de los textos más importantes de la literatura
española del siglo XX. Obra de un intelectual comprometido con sus ideas socialistas,
este trabajo imprimió un viraje hacia la experimentación en la narrativa española
posterior. En el momento en el que estaba en boga la novela social-realista,
161
encorsetada por su afán proselitista y doctrinal, Martín-Santos publicó una obra que
fusionaba el compromiso social con las preocupación y experimentación estética: una
obra que abría el camino que posteriormente seguirían otros autores. Pero el
experimentalismo de Martín-Santos no surgía ex nihilo, sino que éste era reflejo del
que estaban realizando autores vanguardistas latinoamericanos, como Julio Cortázar,
o barroquizantes como Alejo Carpentier —autor de Los pasos perdidos (1953), su
obra de mayor difusión y repercusión en España—.
Entre los autores que siguieron el ejemplo de Martín-Santos destaca Juan
Goytisolo, que en su conocida como “Trilogía del destierro” —Señas de identidad
(1966), Reivindicación del conde Don Julián (1970) y Juan sin Tierra (1975)— aúna
la experimentación del lenguaje y la liberación del castellano de sus corsés
tradicionales —lo que le reportó la alabanza de autores como Fuentes (“Juan” 14450) y críticos literarios como Castellet (“Introducción” 185-196)— con el
compromiso moral con el país que ama/odia.
La situación personal de sendos autores es de sobras conocida: el primero fue
un activo miembro del Partido Socialista —razón por la cual fue encarcelado varias
veces en un breve periodo—; Goytisolo era un autoexiliado en Francia —situación
sensiblemente diferente—. Sin embargo ambos luchaban contra el mismo sistema, 209
es decir: la censura, la dictadura del Generalísimo Franco, y el proyecto
neohistoricista del Régimen, apoyado libremente en la lectura interesada de la obra de
209
Como dice Jo Labanyi: “Tiempo de silencio systematically sets out to denounce
the myths of Nationalist ideology. Several critics have noted echoes in the novel of
the writers of the 1898 Generation and Ortega y Gasset, but it has not been pointed
out that their presence is due to the fact that their ideas were taken up by the founders
of the Falange in the 1930s and came to constitute the backbone of Nationalist
ideology.” (Labanyi. Myth 55)
162
intelectuales como José Ortega y Gasset, Ramón Menéndez Pidal, Marcelino
Menéndez Pelayo, Claudio Sánchez Albornoz, etc., y la reivindicación de Castilla por
la Generación del 98.
Analizo entonces el compromiso político antifranquista en Tiempo de silencio
(1961) y Reivindación del conde don Julián (1970), y cómo en estas obras sus autores
de(con)struyen un mito imperial que fue reapropiado por el franquismo: el de la caída
de España por culpa de “la cava” Florinda. Pero entiendo que en esta deconstrucción
y ataque de imaginarios la obra del latinoamericano Octavio Paz fue fundamental, y
que ésta permeabilizó y modeló la sensibilidad de ambos autores, reescribiendo el
mito en clave postcolonial latinoamericanista.
Dado que entiendo que en la obra de Goytisolo el cuestionamiento del
imaginario nacional desde puntos postcoloniales es más evidente, comenzaré con él.
La distancia temporal entre la obra de éste y la de Martín-Santos demuestra que la
reafirmación de este pensamiento fue exponencial: mientras que la obra de 1961
muestra indicios, la otra es patente.
5.1 JUAN GOYTISOLO: UN CUESTIONAMIENTO DEL IMAGINARIO
NACIONAL DEL FRANQUISMO
En la primera de las obras de la “trilogía del destierro” —Señas de identidad
(1966)—, Juan Goytisolo enfrentaba a Álvaro Mendiola, su alterego novelado, con el
pasado colonial familiar. La familia, asentada en la burguesía, había hecho fortuna
gracias a un ingenio esclavista en Cuba: la isla era —como un boomerang— el
163
sintoma contradictorio de un pasado mejor —el colonial familiar 210 —, y de un futuro
revolucionario visto con empatía desde París:
(La biblioteca seguía probablemente cerrada y las encuestas
sociológicas dormían en tu carpeta como consecuencia del rodaje
interrumpido del documental y la confiscación de la película por las
autoridades de Yeste. Enrique vivía el fervor y el drama de la
Revolución en Cuba y, como en el pasado, soñabas ocioso en el difuso
atardecer del jardín, tumbado en una gandula, a la sombra propicia de
los árboles.) (Goytisolo, Señas 400)
En la obra Álvaro y su familia, los Mendiola, representantes de la burguesía
catalana levantada sobre el esclavismo ultramarino, afrontan sus fantasmas, sus señas
de identidad. En un momento de la novela la familia se reune en pleno para recibir al
rico familiar americano, el criollo indiano que visita España para conocer sus raíces.
Él representa para los Mendiola la esperanza colonial de restituir el estatus social a
esa familia burguesa venida a menos, y con ese deseo en miras van a su encuentro en
el puerto de Barcelona tras haber planeado minuciosamente el protocolo a seguir. La
sorpresa y el bochorno no puede ser mayor para una familia que hizo fortuna sobre el
esclavismo, que descubrir que el familiar americano, el rico indiano, es mulato/negro.
La Cuba que desembarca en el puerto de Barcelona no es la Cuba colonial y
esclavista, la del ingenio azucarero —que sigue existiendo en su imaginario de clase,
que es su seña de identidad—, sino la postcolonial. Mientras que el imaginario social
210
“la palabra Cuba evoca aún en tu espíritu el paisaje tantas veces descrito por el
tío Eulogio la fortuna preciosamente conservada por tus remotos parientes el
lenitivo y consolador refugio frente a la amenaza sombría del kirghís y sus fabulosas
mujeres que paren a lomo de caballo” (Goytisolo, Señas 416; énfasis en el original)
164
de los Mendiola se ha quedado anclado en el tiempo —y con él su idea de la
hispanidad—, la historia de América ya es otra, para su desconcierto:
pues no está
no ha venido
tal vez el señor rubio
no
tampoco
también se va
no entiendo
sin advertirlo tú el negro se había acercado a vosotros y preguntó con
timidez
Mendiola
sí señor Mendiola
y aquel descendiente enriquecido de algún bororo esclavo del
bisabuelo remoto os había tendido la mano
perdonen dijo
creo que somos parientes
no hubo efusiones ceremonias agasajos banquetes y la ultrajada tía
Mercedes arrugó su nariz caudalosa
aquella noche
corría enjuto y párvulo el año 46
un melancólico negro cenó a solas en un restaurante de lujo de
Barcelona. (Goytisolo, Señas 417-8; énfasis en el original)
165
En contraposición con la España de la posguerra, anclada en el medievalismo
mesiánico del falangismo, ancorada en la historia, Cuba en la obra no sólo es el
pasado, sino el presente y futuro: es la cuenta pendiente con la historia familiar y
nacional, pero también la llamada de la Historia y la modernidad alternativa, la
esperanza de una nueva España, construida sobre un eje transatlántico.
Para Álvaro, como para la sociedad e intelectualidad que oyó el canto de
sirenas de la maravillosa revolución, Cuba era —como la Jauja mítica—, el lugar de
la utopía y la modernidad ambicionada. Pero al revés de lo que ocurriera 500 años
antes, cuando era Europa quien penetraba en el suelo americano, la izquierda
española se imaginaba a sí misma esperando en la playa —como los tahínos a
Colón— aguardando el desembarco de las carabelas. Así, a la caída de Batista el
interés de autores como Goytisolo, Carlos Barral o José María Castellet por Cuba fue
en aumento, al igual que el de todo el progresismo nacional.
En la siguiente obra de este ciclo del destierro, Reivindicación del conde don
Julián (1970), es en la que mejor se muestra la influencia de los autores y ensayistas
latinoamericanos y su temática, tanto a nivel de imaginario como estilístico.
Reivindicación del conde don Julián es una revisión del mito nacional de “la Cava”,
explicación mítica de la caída de la España visigótica a manos de los “moros” —
representados como seres contrarios a la fe católica y por lo tanto “antiespañoles”—.
Aunque España como tal no exista hasta los Reyes Católicos, y jurídicamente
no haya una unidad hasta el Decreto de Nueva Planta —promulgado por Felipe IV en
1714—, el neohistoricismo decimonónico y el franquista llevaron la existencia de una
España esencial hasta períodos anteriores incluso al asentamiento de los romanos a la
166
península —Numancia, por ejemplo—: una España esencial a la que el franquismo
decía estar volviendo después de haber ganado la guerra. 211
Así, en la mitología franquista el pastor luso Viriato era uno de los primeros
españoles de pro, Trajano un emperador español, Séneca un filósofo patrio... Sobra
decir que para estos autores Portugal carecía de entidad per se: en realidad los lusos
eran españoles, aunque ellos no lo supieran o se empecinaran en negarlo. Y lo mismo
ocurría con los nacionalismos periféricos, intramuros: esos nacionalismos eran
venialidades de juventud, hijos díscolos que se negaban en reconocer a la madre, que
tarde o temprano madurarían y comprenderían su error.
Para poder comprender la revisión del pasado, el ataque a la historiografía
franquista por parte de Juan Goytisolo en Reivindicación, creo que una de las obras
referenciales es la publicada por Octavio Paz en 1949, El laberinto de la soledad.
Este fue uno de los ensayos más difundidos e influyentes del pensamiento
latinoamericano de mitad de siglo, y fue objeto de redacción y revisión constante a lo
largo de toda su vida. En este trabajo el famoso poeta intentaba, claramente influído
por James Frazer —como antes lo había estado Jorge Luis Borges en su defensa de la
magia como método literario—, realizar un ensayo antropológico-cultural de la
sociedad mexicana. Como no podía ser de otro modo, el análisis incluía también el
periodo de la conquista y la colonia, arrojando nueva luz tanto a la relación entre
México y España, como a la propia configuración e identidad de España, que era vista
provocadoramente desde el otro lado del Atlántico. Dicha equiparación de visiones no
211
“As in the case of fascism in Italy and Germany, the ideology of the Spanish
fascist movement Falange Española was based on the mythical notion that the
nation’s history was an inauthentic deviation from origins. Fascism would “save” the
nation by returning it to its “essential nature”.” (Labanyi, Myth 35)
167
podía ser vista sino como una arrogancia por parte del nacionalismo español, un
atrevimiento que escasamente podía gustar a las elites franquistas.
En la visión de España de Octavio Paz es obvia la importancia que el contacto
con los exiliados españoles tuvo. En el prólogo que el autor hizo en 1992 a la nueva
edición del libro quedan compendiadas varias analogías interesantes que el autor
establece:
En la biblioteca de mi abuelo, por lo demás, abundaban los libros con
argumentos contrarios a su moderado antihispanismo y al más acusado
de mi padre. Los dos identificaban al pasado novohispano con la
ideología de sus enemigos tradicionales, los conservadores. Galdós me
desengañó: esa pelea era también española.
El antiespañolismo de mis familiares era de orden histórico y político,
no literario. Entre los libros de mi abuelo estaban los de nuestros
clásicos. Además, él admiraba a los liberales españoles del siglo
pasado. Mi adolescencia y juventud coincidieron con el fin de la
Monarquía y los primeros años de la República, un período de
verdadero esplendor de las letras españolas. (Paz 12)
El pensamiento “heterodoxo” en el exilio, y la apuesta política por éste en su
intento de reimaginar España, impregnan la sensibilidad del poeta, mostrando su
apoyo a esa España de la modernidad, que podría haber sido, e identificando a la
coetánea franquista con la colonial y antiliberal del XIX, con el sistema de valores del
pasado y el periodo de la conquista.
168
En lo que concierne a Goytisolo —y Martín-Santos, como luego se verá—,
creo que los capítulos cuarto y quinto del libro de Paz —“Los hijos de la Malinche” y
“Conquista y colonia,” respectivamente—, son los que más hondo calaron en su
conformación de un imaginario antifranquista en clave postcolonial.El primero de
estos capítulos es una provocadora defensa o reivindicación de la “Malintzin”, Doña
Marina, la náhuatl que fue concubina de Hernán Cortés y que acabó siendo traductora
y diplómata para éste. En El laberinto Octavio Paz presenta a Malintzin, “la
chingada”, como la madre violada de México, el origen real del México actual, y su
deuda pendiente con la Historia:
Si la chingada es una representación de la Madre violada, no me
parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una
violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma
de las indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de
Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero
éste, apenas deja de serle útil, la olvida. (Paz 110)
Tal vez influenciado por la defensa de la Malinche como alegoría de la nación
mexicana, tanto Luis Martín-Santos como Juan Goytisolo hicieron uso de la Cava
como representante de la España democrática, violada por la España atávica del
franquismo. La cava Florinda es el chivo expiatorio que expurgó la “culpa” nacional
española, como lo es la “Malinche” o Malintzin en el nacionalismo mexicano 212 o
Betsabé/Bathseba en el cantar bíblico.
212
A este respecto puede consultarse Juan Francisco Maura, “Alegoría de la derrota
en la Malinche y Florinda “la cava”: dos paradigmas de la identidad hispana.” (25967)
169
Tras ser violada —o solicitada, según la versión del mito— por el Rey
Rodrigo a orillas del Tajo, Florinda refirió este hecho a su padre, el conde Ulbán o
Julián, gobernador visigodo de Ceuta. De este modo ella desencadena indirectamente,
la invasión peninsular por las huestes de Tariq, que son ayudadas por el despechado
padre, en busca de venganza. Ulbán auspicia la catarsis expiatoria que “castiga” por
casi ocho siglos a los españoles a vivir bajo el dominio árabe, en lo que podría
entenderse como una repetición del mitema del éxodo judío. En este caso el éxodo
aparece convertido en una migración interior en la que el pueblo elegido/castellano se
tiene que retirar a una porción pequeña —Covadonga—, a pugar sus culpas hasta que
comience la “reconquista” terrenal y espiritual de la tierra prometida.
El nuevo Moisés, que comienza la travesía del desierto y los guía es Pelayo,
guíado por Santiago —que replica la función narrativa de lacolumna de fuego—. Y al
igual que en el mito bíblico, Pelayo nunca pisará la tierra prometida, y será la Reina
Isabel —nuevo Josué— quien termine el proyecto, por supuesto representado en la
conquista de Granada. Si el exodo bíblico duró cuarenta años, su versión castellana
abarca ocho siglos.
La Nueva Alianza y el repudio del becerro de oro, el abandono de las
idolatrías —judaísmo e islamismo— están alegorizados en la camisa vieja de la reina,
el escatológico recuerdo del sufrido paso por el desierto. La función del nefando
tribunal de la Inquisición, creado bajo el reinado de Isabel, será limpiar la sucia
camisa, el cuerpo mancillado de España, hasta dejarla —¿étnicamente?— “blanca”.
El versátil personaje del que hace uso Goytisolo en Reivindicación no es el
conde Julián histórico, como él mismo aclara en la cita, sino un nuevo Julián que
170
responde a otra coyuntura —a otras “circunstancias” si usamos el término
orteguiano—. Con un marcado referente intertextual borgeano, el nuevo Julián no es
el mismo que el Ulbán mítico, al igual que Pierre Menard, autor del Quijote —
personaje de una de las Ficciones de Jorge Luis Borges (1941) —, no es Miguel
Cervantes, y sus textos pese a ser idénticos son diferentes, dadas las diferentes
circunstancias vitales de uno y otro autor, sus vivencias. En su repetición de la
historia, Goytisolo convierte el texto en un espejo cóncavo, deformante, esperpéntico
á la Valle-Inclán. 213 Y dado que el personaje/narrador de Reivindicación responde a
otras circunstancias, leemos al inicio del texto cómo el nuevo Julián está:
reviviendo el recuerdo de tus humillaciones y agravios, acumulando
gota a gota tu odio : sin Rodrigo, ni Fradina, ni Cava : nuevo conde
don Julián, fraguando sombrías traiciones. (Goytisolo, Reivindicación
16)
Como si fuera Cervantes redivido, Pierre Menard reescribe verbatim un
episodio completo de la vida de Alonso Quijano, pero su experiencia vital no es la de
el escritor del XVII, sino la de alguien inmerso en pleno siglo XX. Este acto confiere
por ello al escrito de Menard —simétrico al cervantino— una profundidad de la que
el original carece.
213
Ramón María del Valle-Inclán es el padre, con Tirano Banderas (1926), de la
exitosa novela del dictador latinoamericana. En ella el autor hacía uso de un lenguaje
y técnica híbrida en su intento de plasmar la realidad mexicana que parcialmente
conoció en su viaje por esas tierras. Adelantado de su tiempo, heterodoxo patrio,
Valle es uno de los autores que practica un lenguaje híbrido, transatlántico, que lleva
a cabo lo que Carlos Fuentes llamaría una “desposesión del lenguaje.” En el caso
peninsular su aportación literaria más valorada son los esperpentos.
171
Como en un tromp l’oeil barroco, no es la historia —la fábula, lo contado en
las páginas—, lo que motiva la obra, sino la forma la que motiva el contenido: la
técnica, la forma barroca, el engaño, el artificio. Paralelo a Menard, el moderno Julián
rescribe su historia de España, su tromp l’oeil literario, su artificio barroco, desde la
posición de ventaja que le dan los casi cinco siglos transcurridos desde la
“recuperación” simbólica. Parafraseando a Napoleón Bonaparte arengando a sus
tropas en Egipto, el narrador nos muestra cómo “desde los polvorientos estantes de la
biblioteca cuatro siglos de castellana podredumbre te contemplan.” (Goytisolo,
Reivindicación 138)
Consciente de su omnipotencia como narrador, el personaje de Goytisolo
construye su reivindicación sin necesidad de recurrir a los actantes que el mito
original necesitaba: Rodrigo, Florinda, la personificación del Tajo... En la
postmodernidad sólo se necesita la imagen, no el contenido, y por eso éstos se
sobreentienden, se obvian. El resultado es una obra autoconsciente de su naturaleza
retórica que dialoga/discute con las predecesoras: una obra que refleja lo que Bloom
definió años después como “ansiedad de la influencia.”
Por la narración de Julián transitan varios personajes que mutan su
personalidad, como el carpetovetónico-Figurón-Don Álvaro Peranzules-Séneca... 214
214
Como expone Jo Labanyi: “The most successful assault on the concept of national
caracter is the continual metamorphosis to which the figure of Séneca –exalted in
Nationalist ideology as the symbol of an innate Spanish stoicism– is subjected,
fusing variously with Alvaro Peranzules Junior (Senior being Seneca the Elder), Luis
Moscardó (son of the hero of the siege of the Toledo Alcázar in the Civil War, the
latter also cast as Seneca the Elder), Little Red Riding Hood, a bullfighter,
Unamundo, Sánchez Albornoz, and Franco.” (Labanyi, Myth 197)
172
Aunque más que una metamorfosis deberíamos decir que estos personajes parecen
metempsicosis, pues sus personalidades se condensan. El carpetovetónico no es una
sátira de José Ortega y Gasset —el creador de ese término 215 —, que luego mute en
Figurón, y luego en...; sino que el mecanismo que funciona en su formación es la
condensación de personalidades. Paralelamente, el hidalgo Alonso Quijano de Pierre
Menard es una condensación de lecturas y experiencias históricas, en la línea de lo
temporal, elemento que le dota de una (supuesta) profundidad de la que carece el
original cervantino. En el carpetovetónico personaje se concentran rasgos de José
Ortega y Gasset, pero también de la figura/Figurón Miguel de Unamuno, 216 del
propio general Francisco Franco, o de José Millán-Astray —fundador de la Legión—,
entre otros: “abajo la inteligencia, que inventen ellos, lejos de nosotros la peligrosa
novedad de discurrir!” (Goytisolo, Reivindicación 125) 217
Que el mecanismo que construye los personajes es la metempsicosis más que
la metamorfosis lo muestra el uso de juegos lingüísticos, como cuando llama
215
En “Verdad y perspectiva” (1916) Ortega y Gasset dijo, dando muestra de su
proverbial perspectivismo: “Voy, pues, a describir la vertiente que hacia mí envía la
realidad. Sí no es la más pintoresca, ¿tengo yo la culpa? Situado en El Escorial, claro
es que toma para mí el mundo un semblante carpetovetónico.” (Ortega y Gasset,
“Verdad” 20)
216
“Figurón, sí, Figurón tras la mesa de un rectoral despacho cubierta de papeles y
libros y un austero crucifijo kierkegaardiano que abre los brazos junto a la lámpara
de cabecera y proyecta su sombra inmensa en el tapiz” (Goytisolo, Reivindicación
103) El “crucifijo kierkegaardeano” es una referencia a la angustia existencial del
autor bilbaíno, reconocido lector del filosofo danés. El rectoral despacho es el de la
Universidad de Salamanca, donde fue Rector hasta pocos días antes de su muerte.
217
Goytisolo parafrasea aquí la famosa frase de Millán Astray pronunciada en la
Universidad de Salamanca en un acto en defensa del alzamiento organizado por
Unamuno. Paradójicamente Don Miguel, que en su día gritaba “abajo la lógica” y
que proclamaba una visión elitista de la cultura cercana a Ortega, ha pasado a la
historia como un defensor de la cultura por su famosa respuesta a este ataque de
Millán —“venceréis, pero no convenceréis”—, cuyo sofoco le costó la vida. Este
último Unamuno, el de sus últimos días de vida, es el que aparece en Notas sobre la
revolución y guerra civil españolas (Madrid: Alianza Editorial, 1991), especie de
testamento vital/retractación.
173
“filosofísimo” a ese personaje —parodiando el título de Generalísimo que Franco se
autocondeció 218 —, y condensando en él otras de las facetas de ese ente/personaje —
por ejemplo, Séneca y Ortega y Gasset—, que representa España
esquizofrénicamente.
En el personaje que resulta se condensa la interesada mitificación de la
generación del 98 y el paisaje castellano, así como la de escritores posteriores como
Juan Ramón Jiménez 219 o Antonio Machado, u otros anteriores como Lope de
Vega, 220 Fray Luis de León o Benito Pérez Galdós... —“siempre en lucha desigual
cantan su invicta arrogancia Sagunto, Cádiz, Numancia, Zaragoza y San Marcial”
(Goytisolo, Reivindicación 152)—. Así por ejemplo el autor parodia a Antonio
Machado, que aunó el compromiso con el republicanismo con la visión nacional
castellanista propia del 98, asociándolo con José Ortega y Gasset y el pensador
falangista Eugeni D’Ors:
218
“el rostro del Ubicuo se dibuja en transparencia sobre un despliegue flameante de
banderas mientras suenan, en sordina, los diferentes compases y motivos de la
charanga nacional una soga al pescuezo y una vela en la mano carga con el poste de
telégrafos por la madrileña Vía de la Amargura, hoy del filosofísimo Séneca.”
(Goytisolo, Reivindicación 109-10, 161; énfasis mío)
219
En la obra Goytisolo parodia el famoso Platero y yo: “el animal es pequeño,
peludo, suave y camina resollando como si viniera de muy lejos : con una mano le
darás de comer mientras que, con la otra, empuñas el afilado cuchillo y se lo hundes
con lentitud en la garganta” (Goytisolo 1999: 128). En su repudio de la obra del
Nóbel español a Goytisolo se le adelantaron Salvador Dalí y Luis Buñuel, que
escribieron una famosa carta de juventud a su autor que dicen le costó varios días de
cama.
220
Entre otras numerosas alusiones al Fénix de las letras, hay un momento de la
narración en que Julián parodia el famoso “Soneto de Encargo”: “El Soneto! El
Soneto!, suplica don Álvaro : patrimonio nacional, tesoro artístico, joya
imperecedera! : pero las moscas chupan unas tras otras las sílabas de los catorces
versos : burla burlando van los tres adelante, pasan a la mitad de otro cuarteto, entran
con pie derecho en el tercero, están con los pobres versos acabando” (Goytisolo,
Reivindicación 159)
174
Castilla! : llanuras pardas, páramos huesosos, descarnadas peñas
erizadas de riscos : seca, dura, sarmentosa : extensas y peladas
soledades : patria rezumando pus y grandeza por entre agrietadas
costras de cicatrices : obra colectiva de esa preclara generación : la del
Filósofo Primero de España y Quinto de Alemania, dispensando su
alto y sideral magisterio desde el encumbrado anaquel de sus HorsD’Oeuvres completos. […] Ah, me duele España. (Goytisolo,
Reivindicación 32-3; énfasis mío).
Obviamente la aparición del término “soledades” no es gratuita, mucho menos
al enraizarse con el tema del paisaje castellano. Machado publicó en 1903 Soledades,
y posteriormente una edición aumentada Soledades, galerías y otros poemas (1907).
En estos libros el autor andaluz ensalzó —en gradación— Soria, Castilla y España,
actitud que parodia Goytisolo en reiteradas ocasiones: “Guadarrama, Soria pura, Me
duele España ” (Goytisolo 1999: 157). El motivo de su ataque a figuras de ambos
lados del imaginario político es que todos ellos, incluso en sus contradicciones,
configuran un imaginario nacional unívoco, castellanista, que sirve de base al
presente régimen.
En el término soledades se condensan contradictoriamente varios siglos de
literatura en español: las Soledades de Luis de Góngora y Argote, autor reclamado
para la modernidad por la Generación del 27 —celebrando el tercer centenario de su
muerte—, y que vivieron una revalorización a partir de la edición crítica y análisis
estilístico que de las mismas hiciera Dámaso Alonso (1927); las Soledades [galerías y
otros poemas] de Antonio Machado (1907); la soledad latinoamericana/mexicana de
175
que habla Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1949), y de su mano “[las]
extensas y peladas soledades” del Comala mítico de Pedro Páramo, de Juan Rulfo
(1955) —obra de culto de todos los autores del Boom—; y cómo no, la soledad
garciamarquiana de Cien años de soledad (1967), que globalizó la literatura
latinoamericana y la técnica mágico-realista. El término tiene una historia literaria de
gran calado, que condensa temáticamente obras maestras de ambos lados del
Atlántico, y de las que Goytisolo era buen conocedor.
Los autores románticos dibujaban una relación simbiótica entre hombre y
paisaje —pienso, por ejemplo, en Wuthering Heights de Emily Brontë—, producto de
la cual se dotaba al escenario de cualidades fenomenológicos, algo que también
ocurre frecuentemente en muchas obras de la Generación del 98, en la que el paisaje
agreste hace al habitante estoico. Por ello, el autor, para atacar esos resabios
románticos tan implantados en la literatura peninsular, crea un escenario
fantasmagórico propio de un esperpento, mucho más cercano al desierto purgatorio de
Comala, que al Gredos de Ortega y Gasset, o a la Castilla de Azorín o Unamundo. En
la obra de Goytisolo el personaje no es el lugar de encuentro arcadio con la
naturaleza, sino con los fantasmas de la identidad nacional, que le muestran que él,
como su cultural, está muerto: su literatura está en pleno proceso de putrefacción,
como se lee en el episodio de las moscas en la biblioteca.
Volviendo a ese amalgama de personajes del mundo de las letras que ayudan a
configurar una visión de España centralista y castellana, a éstos se unen otros
personajes históricos alrededor de los cuales se ha creado toda una mitología patria,
176
como el Cid, o Isabel la Católica, 221 u otros que son parte de lo que Manuel Vázquez
Montalbán llamó Crónica sentimental de España (Barcelona: Lumen, 1971), como el
torero Manolete (Goytisolo, Reivindicación 141). Todos comparten un rasgo común:
son actantes narratológicos —voluntarios o no— que contribuyen o conforman la
mitificación de Castilla, de la España esencial y su Imperio, el campo de cultivo del
imaginario del que se nutre posteriormente el nacional-catolicismo y el falangismo.
Una de las fuentes de este imaginario es el Canto VII de Fray Luis de León, o
“Profecía del Tajo”, la versión literaria más famosa del mito de la Cava, y la versión
que el nuevo Julián pareciera manejar: “obligándote a recitar, para consolarte, la
Profecía del Tajo : oye que al cielo toca con temeroso son la trompa fiera que en
África convoca el moro a la bandera que al aire desplegada va ligera” (Goytisolo,
Reivindicación 41; énfasis mío). Dicha versión ha gozado de excelente salud en los
estudios filológicos españoles no sólo por su indudable valor poético, sino también
por el inflado análisis lingüístico y estilístico que de la misma hiciera Dámaso Alonso
en Poesía española: Ensayo de métodos y límites estilísticos (1950). En dicha obra el
poeta Dámaso Alonso —discípulo de Ramón Menéndez Pidal—entreteje un
meticuloso análisis filológico con un panegírico del castellano como lengua. Al
analizar a fray Luis, o a Garcilaso, Dámaso Alonso ensalza las “esencias” patrias y el
campo castellano siguiendo la estela marcada por el 98 y seguida posteriormente por
el franquismo:
221
“Isabel la Católica es de mediana estatura, bien compuesta en su persona […] su
padre le ha enseñado el amor a Dios : a tener honor y ser esclava de la palabra : […]
a ser grave y veraz, casta, continente : a rezar el Ángelus tres veces al día y a venerar
a San Millán y Santiago, dos santos a caballo, heraldo poético de Castilla y de su
acrisolada voluntad de Imperio” (Goytisolo, Reivindicación 142; énfasis mío)
177
Y hay un factor geográfico: en España, en la meseta seca ardiente, este
paisaje cobra un nuevo encanto: es una delicia para los sentidos
atormentados, hostigados por el ventarrón árido de la paramera. […]
En castellano no hay un orden preestablecido: cada momento
expresivo tiene el suyo. Es una maravillosa propiedad de la lengua
española (compárese con el orden rígido del francés o del alemán).
(Alonso, Poesía 52-3)
Como Menéndez Pidal, que eleva El Cid al rango de ética nacional, Dámaso
hace del análisis de los poemas de Garcilaso, fray Luis, san Juan o Góngora, una
estilística nacionalista.
Si unas líneas más arriba decía que Ulbán “pareciera” manejar directamente a
fray Luis, explico ahora el por qué: Julián no maneja a Fray Luis directamente, sino
especularmente, abismáticamente, a través de la lectura de Dámaso Alonso —de su
ética filológico/estilística—. Es decir, su lectura del clásico es una versión
condensada, tamizada, como lo es la de Pierre Menard.
Damaso Alonso es por ello, a mi entender, una más de las
facetas/condensaciones de los personajes satirizadas en el carpetovetónico/Figurón:
El estilo es noble, la dicción perfecta : copia de citas, espigadas en los
volúmenes alineados en los estantes, esmaltan la aridez conceptual del
tema con flores de retórica, amena y elegante : qué armonía, qué
cadencia, qué ritmo, qué imágenes! y en cada parte de la oración y en
cada oración del periodo, qué elipsis, transiciones, giros! Qué
movimiento, pasión, entusiasmo! […] su mascarón inmenso expresa
178
un rapto indecible : magia única del verso español, de vuestra insigne
y ensalzada rima! (Goytisolo, Reivindicación 154-5)
El conocedor del texto de Alonso reconocerá fácilmente la parodia a que
somete el floreado estilo analítico del poeta, del cual sirve un botón como muestra:
¡Cómo se relevan los campos de imaginario prospección, en el verso!
¡Qué efectos sinestéticos en nuestra imaginativa, correspondiente al
intervalo vista-oído, produce la breve acción de unas vocales! (Alonso,
Poesía 144)
Sin que esto implique juicio negativo sobre la famosa exégesis de Dámaso
Alonso —en la que da muestra de su magisterio y sensibilidad poética aplicada al
análisis estilístico—, lo que sí es posible decir es que con ella contribuyó a la
glorificación nacional neohistoricista emprendida casi un siglo antes por como
Marcelino Menéndez Pelayo 222 en su intento de poner freno a los nacientes
nacionalismos periféricos o excéntricos:
Fray Luis de León, inmerso en su ciencia antigua, en sus estudios
bíblicos, en su cultura grecolatica, pero auténtico español del siglo
XVI, no podía escapar a esta ley general de pervivencia, durante el
Siglo de Oro, de los temas y aún de las formas medievales: punto
quizá el más importante de nuestra literatura, articulación de los
tiempos medios y de los modernos, que liga en unidad la cultura de
222
Goytisolo parodia los esfuerzos de este neohistoricismo diciendo: “[…] pero los
recientes estudios de nuestros historiadores prueban sin ningún género de dudas que
éste [el nacimiento de Cristóbal Colón] se produjo en el centro de la Península y no
en la periferia, y hoy podemos certificar ya, sin que nadie nos contradiga, que tuvo
lugar en las cumbres de la sierra de Gredos, entre riscos y vericuetos, junto a las
estrellas” (Goytisolo, Reivindicación 99)
179
España, quizá sin paralelo en Europa. (Alonso, Poesía 133; énfasis
mío)
Contraponiendo esas narraciones que en algunos casos nadan a mitad de
camino entre fabulación y empiricismo, el autor barcelonés propone su nueva versión
de la Cava, de la caída de España, en la que el “cuerpo” nacional —que
correspondería al de la Cava— se transforma en Caperucito Rojo/Alvarito, hijo de
Isabel la Católica, sodomizado/penetrado por el musulmán Tariq/lobo feroz
(Goytisolo, Reivindicación 181)
El cambio de sexo del personaje violado acarrea un cambio de perspectivas
genéricas que hace que el hombre —tradicionalmente el actante, el “chingón” de que
habla Paz—, cuyo acto se excusa porque “es cosa de hombres”, sea el receptor de la
acción, sea el “chingado”.En el mito la violación de la Cava por Rodrigo se dulcificó
proponiendo que este fue un acto deseado o motivado por la propia Cava. Claro
ejemplo del machismo de la tradición cultural española, la culpa era de ella por
provocar al rey bañándose en el río, poniendo con ello a prueba su hombría. Como
dice anteriormente Octavio Paz acerca de ese “chingón” —que en este mito es la
figura del rey Rodrigo—:
Es imposible no advertir la semejanza que guarda la figura del
“macho” con la del conquistador español. Ese es el modelo —más
mítico que real— que rige las representaciones que el pueblo
mexicano se ha hecho de los poderosos: caciques, señores feudales,
hacendados, políticos, generales, capitanes de industria. Todos ellos
son “machos”, “chingones”. (Paz 106)
180
La defensa de la Cava, de la “Malinche” nacional, puede ser pues una
acometida contra ese imaginario de la conquista defendido por el franquismo, de esa
España imperial: es una visión exógena, ya sea desde Marruecos o Latinoamérica,
desde la post-colonia.
La fábula, aunque mítica, en realidad tiene una lectura contemporánea. Dicho
en otras palabras, la Cava representa a esa España democrática —la República—
mancillada con la violación franquista. Su defensa y adhesión a Tariq —al sustrato
árabe de la cultura española— tiene su reflejo en la ensayística de Américo Castro y
otros exiliados, quee como dije era una apuesta por una España moderna y
postcolonial.
Por la virulencia de su envestida Reivindicación fue publicada en suelo
mexicano en el sello editorial de Joaquín Mortiz, a través del que Carlos Barral
publicó varios libros prohibidos o imposibles de publicar en la España de la Ley
Fraga de 1966 —como la obra de Juan Marsé Si te dicen que caí (1973)—. Aunque la
publicación de estas obras en México respondían también a una necesidad editorial y
económica, no hay que menospreciar el peso que otros factores menos materiales
tuvieron en estas decisiones: la publicación en países como México —que tan
solidariamente había aceptado a los exiliados españoles tres décadas atrás— era
también un espaldarazo a esa España en el exilio, y hacía de ese país un referente
cultural, moral y político, para la izquierda peninsular, que soñaba con el ejemplo
cubano. Por otro lado, y como sugiere Sebastiaan Faber, la publicación de estas obras
servían al PRI como cortina de humo con la que justificar una política cultural cada
181
vez más autoritaria, que quedaba disimulada con el uso de estos expatriados como
coartada.
Por ello para los intelectuales de izquierda México —mucho más que Buenos
Aires, enfrascado también en periodos dictatoriales— suponía una apuesta simbólica
por una nueva relación transatlántica y por una revisión del pasado colonial, que se
buscaba exorcizar. 223 Y a esa exorcización de lo colonial y atávico se dedicaron
autores como Octavio Paz primero, y Carlos Fuentes después, uno de los autores que
mejor tomó el relevo en el ágora internacional:
1521 es el año de la derrota de los comuneros de Castilla en el campo
de Villamar. ¿Por qué la juzgo fecha decisiva? ¿No se han cansado los
historiadores conservadores, de Danvila a Marañón pasando por
Menéndez y Pelayo, de recordarnos que la rebelión comunera no fue
más que una especie de brote anacrónico del feudalismo, una
insurrección de la nobleza señorial contra el concepto moderno del
absolutismo encarnado por Carlos V? Aceptar esta tesis, o negarla, es
de gran importancia para entender la vida histórica de España y sus
colonias americanas a partir del siglo XVI. Pues si la aceptamos,
223
“La monarquía española nace de una violencia: la que los Reyes Católicos y sus
sucesores imponen a la diversidad de pueblos y naciones sometidos a su dominio. La
unidad española fue, y sigue siendo, fruto de la voluntad política del Estado, ajena a
la de los elementos que la componen. (El catolicismo español siempre ha vivido en
función de esa voluntad. De ahí, quizá, su tono beligerante, autoritario e inquisitorial.
[…] En resumen, se contemple la Conquista desde la perspectiva indígena o desde la
española, este acontecimiento es expresión de una voluntad unitaria. A pesar de las
contradicciones que la constituyen, la Conquista es un hecho histórico destinado a
crear una unidad de la pluralidad cultural y política precortesiana. Frente a la
variedad de razas, lenguas, tendencias y Estados del mundo prehispánico, los
españoles postulan un solo idioma, una sola fe, un solo Señor. Si México nace en el
siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la
de los aztecas y la de los españoles.” (Paz 126)
182
aceptaremos también que el imperium de los Austrias en España y
América significó un adelanto que nos puso al corriente con la
tendencia a la integración del estado moderno por vía del absolutismo
antifeudal, como sucedió en Inglaterra y en Francia. Pero si la
negamos, llegaremos a la conclusión de que Carlos V, en Villamar, no
derrotó una espectral nobleza feudal, sino que trasladó a España el
ideal universalista del Sacro Imperio Romano Germánico, lo refundió
con el impulso unitario de los Reyes Católicos y aplastó las tendencias
pluralistas y democráticas de la España medieval en transito hacia la
modernidad. (Fuentes, Cervantes 55)
El nuevo acolchado —o “quilting” lacaniano— a través del que se leía España
venía con una fuerte impronta latinoamericanizante: España era vista desde los ojos
de sus excolonias.
5.2 OTRO CUESTIONAMIENTO DEL IMAGINARIO FRANQUISTA: LUIS
MARTÍN-SANTOS
La segunda obra objeto de este estudio, Tiempo de silencio (1961), es obra de
un autor no exiliado que llevó adelante su compromiso y apuesta política desde
dentro del país, y fue en España donde se publicó. Esa realidad hace que su trabajo
requiriera, por fuerza, una mayor sutileza en el trato de algunos temas —quizá más
que sutileza en realidad habría que hablar de menor obviedad en su violencia verbal y
beligerancia contra la moral nacional-católica y la historiografía franquista. Así la
183
obra viene acompañada de una mayor carga de “maquillaje” retórico, de una
barroquización del lenguaje muy al gusto de la defendida por Alejo Carpentier como
idiosincrásica de Latinoamerica.
El uso del lenguaje difícil barroco fue una de las cosas que probablemente
posibilitó la publicación de la obra de Martín-Santos: la censura franquista era
quisquillosa con las obras que podían abarcar grandes segmentos de población, de
difusión general, y mostraba una mayor liberalidad en textos de reducida acogida. El
uso de un lenguaje elevado y unas estructuras barrocas no entraba —en absoluto—,
en la categoría de lo previsiblemente popular. Además la tradicional concepción de lo
barroco como un estilo preocupado por la forma, que no por el contenido, predisponía
a aligerar el obvio contenido social de la obra.
En su denuncia de la realidad social de la postguerra española Luis MartínSantos también hace acopio del mito de la Cava como subtexto cultural. Al final de
Tiempo de silencio aparece también nombrada la figura de la Cava Florinda, en lo que
no es más que uno de los múltiples puntos de un imaginario común que Tiempo de
silencio y Reivindicación… muestran entre sí:
La furia de los dioses vengadores. Los envenenados dardos de la ira.
No siete sino setenta veces siete. El pecado de la Cava hubo también
de ser pagado. Echó el río Tajo el pecho afuera hablando al rey
palabras de mane-tecel-fares. (Martín-Santos, Silencio 285; énfasis
mío)
A lo largo del texto se producen constantes alusiones al mito de la Cava o a
sus circunstancias y actantes narratológicos, y mediante los mismos se critica el
184
imaginario nacional del periodo. El mito de la caída de España ayuda a reestructurar
la obra hasta ahí leída en clave mítica, enfatizando el plano simbólico de la acción y
su apertura hacia interpretaciones alegóricas en las que entrarían en juego imaginarios
transatlánticos.
La frase “Echó el río Tajo el pecho afuera hablando al rey palabras de manetecel-fares.” asocia en una misma acción la leyenda de la Cava —a través de fray
Luis, y quién sabe si no tamizado a través de Dámaso Alonso, como Goytisolo— con
la historia bíblica de Daniel (Daniel 5.24-28), en la que una mano misteriosa escribe
en la pared del palacio de Baltasar esas palabras mientras el rey celebra una orgía. La
interpretación del “mane-tecel-fares” se la da Daniel a Baltasar: su reinado termina
ya, ha sido un gobernador injusto y como castigo el reino será divido en dos:
Daniel se presentó y, habiendo rehusado el premio, que le ofrecían y
recordando lo acontecido a Nabucodonosor, reprendió severamente a
Baltasar, y le dijo: “«Mane» quiere decir que Dios ha enumerado los
días de tu reino y le ha puesto término. «Técel» indica que has sido
pesado sobre la balanza y has sido hallado falto. «Fares» significa que
tu reino será dividido y dado a los medos y a los persas. (Daniel 5.2428)
La obvia transposición del mito a la historia española no sólo es que
pronostique/explique mitológicamente, ad pasatum, la división cainita de España en
dos 224 —una mora y otra cristiana; una liberal y heterodoxa, otra conservadora y
224
“Por otra parte, pocos países han expresado tan vivamente la conciencia de esta
dualidad como España. Debido sin duda a su condición de adelantada del capitalismo
y de la expansión europea, y a su posterior desfasaje y al cabo marginación en cuanto
185
absolutista; una republicana y democrática, otra nacional-católica; y también una
exiliada en ultramar, otra encerrada en las fronteras nacionales—, sino que además
reclama del lector que amén de leer el texto —no sólo el fragmento, sino el texto
entero—, lo interprete míticamente, que busque su significación atemporal y la
aplique al presente: que el lector sea el Daniel del texto.
La introducción al final del libro de esta nota es un revulsivo que obliga al
lector cómplice a interpretar o reinterpretar la historia que hasta ahí ha leído —el
devenir de Pedro por las chabolas en busca de las ratas, su visita ad inferos
madrileña—, pero no desde el mito bíblico, sino del mito al que aparece anexo, y que
a mi parecer es una de las “cifras mágicas” de la novela: la Cava.
El motto “mane-tecel-fares” nos obliga pues a reinterpretar la obra y a
buscar/identificar los trazos míticos desplegados, los indicios que llevarán al lector a
leer la historia de Florita —nótese la proximidad fónica con el nombre de la hija de
Julián, Florinda— como una “cava” violada y muerta al inducirle el aborto su Don
Rodrigo: el “Gentleman-farmer Muecasthone” (Martín-Santos, Silencio 67), dueño y
señor feudal de los alcázares de pobreza, que es en realidad su padre. La violación es
posteriormente vengada por el que fuera su novio, Cartucho —mezcla de Ulbán y
Tariq—, que asesina a Dorita, novia de Pedro:
Quién es usted, dijo luego Dorita y Cartucho le contestó calla, calla de
una vez, al mismo tiempo que le clavaba en el costado su navaja
abierta, en un golpe seco y decidido que había dado más de una vez y
al desarrollo de ese capitalismo que en gran medida ella hizo posible, el tema de la
dualidad tanto externa (Europa / España) como interna (“las dos Españas”) se
convertiría en una constante del pensamiento y de las letras de España casi desde el
inicio de la decadencia del país.” (Fernández Retamar, Contra 101)
186
mientras Dorita caía al suelo llenándose de sangre poco a poco encima
de un charco que de noche parecía negro y que crecía, él se iba hacia
fuera sin esperar siquiera a ver la cara que pondría él cuando volviera
con su gran paquete de churros y se encontrara con que la venganza
había sido ejecutada, que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que
no se pague. (Martín-Santos, Silencio 285; énfasis mío)
La variación con respecto al mito tradicional es tangible, puesto que la
venganza no repercute directamente sobre el infractor Rodrigo —que de hecho ya
está en la cárcel—, pero comparte con ella el beligerante machismo/ginofobia que
(re)presenta a la mujer como objeto abyecto y receptor mudo de la ira colectiva: chivo
expiatorio cultural, “Malinche” patria. Dorita/Florita —Florinda bifronte— actúa en
la obra como las dos caras del mismo arquetipo femenino, que es también el de la
nación española: las dos son mujeres “chingadas”, chivos expiatorios. El destino de
ambas es intercambiable, las dos carecen de identidad jurídica, son simplemente
“chingadas”, como se concluye de la confusión/indiferenciación de las mismas en las
autopsias que se les practica:
¡Esa mujer! Parece como si hubiera sido, por un momento, estoy
obsesionado. Claro está que ella está igual que la otra también. Por qué
será, cómo será que yo ahora no sepa distinguir entre la una y la otra
muertas, puestas una encima de otra en el mismo agujero: también a
ésta autopsia. (Martín-Santos, Silencio 287; énfasis mío)
En su cruda presentación de la situación de la mujer en la España coetánea
Martín-Santos no sólo denuncia el atavismo machista de la sociedad, sino también la
187
complicidad en este de algunas mujeres, como la mayor de las “parcas”, la abuela
dueña de la pensión. Esta celestina —que califica al banquero con el que mantuvo
relaciones su hija de “astuto catador de mercancías” (Martín-Santos, Silencio 118)—,
simbólicamente hunde sus raíces en la cultura española:
[…] porque no estaría bien, digo yo, celestinear a la nieta en quien ha
celestinao a la hija con tanto provecho como yo he sabido hacer. […]
Si hubieran estado en avances, conquistas y violaciones y aprendieran
así bien lo del botín y el sagrado derecho a la rapiña de los pueblos
conquistados y no lo hubieran leído sólo en novelas, otro gallo les
cantara. (Martín-Santos, Silencio 98; énfasis mío)
Como en la obra de Octavio Paz, el “macho” es identificado con el
“conquistador” y con la historia colonial —en este caso la Filipina, pues el macho es
violador de tagalas—. La violación de la mujer es identificada con el pasado colonial,
con la pesadilla ancestral de la que hay que huir: la conquista.
Como ya dije, la historiografía imperial presentaba estos ocho siglos de
permanencia de los musulmanes en la península como un marcado hiato o avatar en la
narración esencialista patria, un “tiempo de silencio” cultural: los árabes se
caracterizan, para esta corriente historiográfica, por ser un pueblo bárbaro y carente
de cultura. Pedro, al final de Tiempo de silencio relata —con un pesimismo similar al
de la voz poética del poema de Fray Luis— el comienzo de su hiato vital/nacional:
“¿Pero yo, por qué no estoy más desesperado? ¿Por qué me estoy dejando capar? […]
188
Pero ahora no, estamos en el tiempo de la anestesia, estamos en el tiempo en que las
cosas hacen poco ruido.” (Martín-Santos, Silencio 291) 225
Al final de Tiempo de silencio la voz narrativa imagina a los moros en ciernes
de entrar en la península, “al otro lado” —¿del estrecho?—, poniendo con ello las
primeras piedras de la esencial reconquista, tan cara a pensadores como Menéndez
Pidal o Sánchez Albornoz:
Al otro lado, todavía están los moros. Una cabalgada y los echamos,
otra cabalgada, y se van hasta la otra sierra, repoblar, repoblar, cargar
la tierra de niños, de hombres, de mujeres que paren, henchirla hasta
que se os vayan quedando delgados y cuando ya tengan tanta hambre
que parezcan mojamas echarlos fuera y ya veréis, ya veréis lo que
harán. (Martín-Santos, Silencio 294)
Pero en la España de la posguerra los “moros” tenían también otro intertexto
cultural: la famosa Guardia Mora de Franco, su ejército personal hasta 1958 —año de
la pérdida del Ifni—, integrada por soldados marroquíes. Irónicamente, el uso de la
Guardia Mora por parte del General Franco permite, entonces, ver en él al Tariq que
invade España, a esa “antiespaña” que llega de Marruecos y se levanta contra la
República, creando un interregno dictatorial, un hiato, que en realidad duró cuarenta
años, entre la II República Española y la que se esperaba III República. La
contraposición entre la voz narrativa y el “otros” —los moros—, nos muestra la
225
En esta cita el autor podría estar retratando la afasia vital que se adueñó de la
disidencia izquierdista durante los cincuenta —la época en la que acción
transcurre—, al comprender que la dictadura estaba demasiado bien asentada como
para poder caer. De ese estado de abulia despertó el pensamiento disidente gracias a
la Revolución Cubana, dos años antes de la publicación de la obra de Martín-Santos.
189
dualidad nacional, las dos Españas que se enfrentan: la nacional-católica versus la
republicana, la peninsular versus la trasterrada transatlántica, llevando a cabo dos
luchas de imaginarios. 226
La riqueza y la paradoja de los mitos es la facilidad con que se deconstruyen y
dan lecturas contrapuestas, su versatilidad. Franco es el cruzado salvador de la
patria/Pelayo, o el traidor Julián. En estas dos lecturas contrapuestas, síntoma de las
dos visiones de España, si Franco es el cruzado, la Cava que vende España al traidor
árabe es el republicanismo, que “flirtea” peligrosamente con el comunismo —
recuérdese la obsesión que Franco tenía por el comunismo y los confabulaciones
judeo-masónicas, asociadas en el imaginario nacional-católico con la República—.
Pero Si Franco es el traidor Julián como se ve desde el republicanismo y la
democracia —opción que creo Martín-Santos apoyaría sin duda—, su alzamiento es
el hiato cultural de casi cuarenta años —como el éxodo— hasta la recuperación de la
democracia.
Volviendo a los personajes de la novela, Pablo González, el “Muecas”, es
presentado al principio de la narración como si fuese un rico burgués á la americana:
el “Gentleman-farmer Muecasthone” (Martín-Santos, Silencio 67). Que la descripción
haga uso de vocablos ingleses muestra con ironía la inadecuación entre significante y
referente por un lado. Pero en la época en la que discurre la acción el recurso de
retratar al Muecas en dichos términos, propios de una sociedad capitalista de la
226
“Sin negar la evidente existencia de una historia de España, que a su vez tiene que
ser remitida a la historia mundial, toda apreciación de España que no tome en cuenta
la existencia de éstas dos culturas en su interior, de acuerdo con la realidad clasista,
y que se limite a considerarla globalmente, para denigrarla o para exaltarla, no puede
ser sino legendaria.” (Fernández Retamar, Contra 102)
190
abundancia en vez de una del subdesarrollo, podría pensarse que subyace una crítica
al apoyo de los Estados Unidos al régimen franquista. Los EE.UU. facilitaron que la
España dictatorial formara parte de las Naciones Unidas —desde el 15 de diciembre
de 1955—, mostrando su apoyo a un régimen fascista que había derrocado una
democracia, y que devolvía España a la época feudal. En uno de los momentos en que
más débil se encontraba el régimen, EE.UU. salió de garante suyo. El grotesco intento
de equiparación por parte del franquismo de esa realidad antidemocrática —que
EE.UU. había bendecido—, con la de las otras democracias occidentales, era tan
esperpéntico como el uso que la voz narrativa hace de los términos socioeconómicos
de la sociedad capitalista norteamericana para medir un país en pleno subdesarrollo
como era la España de la postguerra.
El “burgués” del subdesarollo Muecas muestra “preocupaciones concejiles”
(Martín-Santos, Silencio 68), unos “gestos corteses heredados desde antiguos siglos
por los campesinos de campiña toledana” (58), y reside en uno de los “soberbios
alcázares de miseria” (50). La inadecuación entre el significante (alcázar) y el
referente (chavola), de la que el autor se sirve, le ayuda a denunciar una situación
social infrahumana.
Mediante un lenguaje de sintaxis barroquizante y eminentemente retórico, la
voz narrativa de Tiempo de Silencio recrea lo que ve, pero lo recrea como vacío.
Como ocurre con el barroco, la primacía de la forma produce un extrañamiento sobre
el contenido. El barroco, en tanto que estética antirrealista o hiperrealista hace que la
fábula sea una excusa con que justificar la forma; o mejor dicho, demuestra al lector
191
la supremacía de la forma sobre el contenido: lo que está leyendo o viendo es puro
artificio.
La barroquización estilística del texto produce una desestabilización de la
historia que busca enfatizar el artificio, lo barroco: la naturaleza de tromp l’oeil de la
obra de arte. Por ello, cuando Martín-Santos barroquiza la “historia”, lo que hace por
un lado es insistir en que lo que se está leyendo es una historia, una narración en la
que el lenguaje demuestra constantemente la inadecuación entre significante y
referente. Pero por otro lado esa inadecuación intratextual es réplica de la realidad
extratextual, de la Historia de España contada desde el franquismo: la España
esencial.
El de Martín-Santos es un ataque contra esa falseada España esencial, que
renuncia de la historia —en el que claramente se inscriben la presencia árabe y
musulmana en la península— para recrear como novela familiar neurótica un pasado
pseudo-ario, de falsos laureles de papel-cuché.
El fondo material que demuestra la razón en su ataque se nos da en el inicio
mismo de la novela, resultado de la reflexión sobre un hecho simple: ¿cómo reclamar
un excelso pasado visigodo para la península cuando apenas hay construcciones
visigóticas de importancia? La lógica cultural occidental ha sido siempre que el
pueblo dominador impusiera cultura y religión sobre el dominado, como se observa
claramente en la construcción de iglesias cristianas sobre templos paganos en Europa,
sobre pirámides en México, etc. Un pueblo que no ha adquirido la sofisticación
cultural necesaria para dejar “catedrales” como estandarte de su dominio cultural —
“Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica […] que no tienen
192
catedral” (Martín-Santos, Silencio 15-6)—, ¿cómo puede ser un referente excelso de
cultura?:
si efectivamente a lo largo y a lo ancho de este territorio tan antiguo
hay más anillos redondos que catedrales góticas, esto debe significar
algo. […] No debe bastar ser pobre, ni comer poco, ni presentar un
cráneo de apariencia dolicocefrálica, ni tener la piel delicadamente
morena para quedar definido como ejemplar de cierto tipo de hombre
al que inexorablemente pertenecemos y que tanto nos desagrada.
(Martín-Santos, Silencio 223-4; énfasis mío)
En los términos, su análisis aborda puntos que también estudió José Ortega y
Gasset, 227 que se quejaba de que las ordas visigóticas que llegaron a España no fueran
lo suficientemente arias, que carecieran de la calidad racial de sus congéneres
norteños, que hubieran podido rectificar la raza, blanquearla. La confrontación de
imaginarios identitarios —de comunidades interpretativas— entre Martín-Santos y
Ortega y Gasset tiene su genealogía en las letras latinoamericanas, en el Facundo o
civilización y barbarie (1845), de Domingo Faustino Sarmiento o el Ariel (1900) de
José Enrique Rodó, frente a la América mestiza de José Martí en Nuestra América
(1891), o el mestizaje de que habla Octavio Paz El laberinto de la soledad (1949).
227
“Según él [Ortega], la decadencia de España se debe a un «defecto de
constitución» en su herencia racial, que consiste en la calidad inferior de la sangre de
los visigodos que invadieron España, con respecto a las tribus germánicas que
invadieron el resto de Europa. Según Ortega, los visigodos eran inferior porque no
eran germanos auténticos, sino «germanos alcoholizados de romanismo».” (Labanyi
Ironía 33-4)
193
Las palabras con que Martín-Santos describe el problema identitario de ese
“tipo de hombre al que inexorablemente pertenecemos y que tanto nos desagrada”
(224), su análisis socio-cultural, parece parafrasear las palabras con que Octavio Paz
enuncia el mismo cuestionamiento en México, al explicar cómo:
Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también
está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los
indios le hayan prestado atención. El mexicano no quiere ser ni indio,
ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega, y no se
afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se
vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo. (Paz 111)
En su defensa del México posterior, fruto de la innegable unión de ambas
culturas, Paz se enfrentaba a lo que él mismo califica de indigenismo criollo, un
pensamiento ahistórico que niega el presente:
Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir
cerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado. En
ese grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro
hibridismo. (Paz 111; énfasis mío)
En una España que vivía bajo el neohistoricismo franquista, defensora a
ultranza del Imperio y los Reyes Católicos, de la unidad racial española frente a la
presencia de moros y judíos —la limpieza de sangre—, oraciones como ésta
facilitaban la aproximación de imaginarios e identidades.
En un intento de hacer del defecto virtud, el franquismo, con el que se habían
negado a establecer contactos los principales gobiernos occidentales, vivía cerrado al
194
exterior y cerrado frente a la realidad del pasado, a su pérdida de poder. El
pensamiento fascista se replegó en un imaginario antiforáneo, xenófobo incluso 228 —
¿malinchista?—, ensalzando las supuestas virtudes de la “raza” española:
De ahí el éxito del adjetivo despectivo “malinchista”, recientemente
puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los
contagiados por tendencias extranjerizantes. Los malinchistas son los
partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de
la Malinche, que es la Chingada en persona. (Paz 110)
Es difícil resistirse a ver en la oposición mexicano/malinchista un reflejo de la
situación desde el siglo XIX en la península entre españoles/antiespañoles,
ortodoxos/heterodoxos… El nuevo término equiparable al de malinchista durante el
franquismo sería el tantas veces usado por Franco para nombrar a la antiespaña: los
(judío-)masones, que andaban en perpetua conjura.
El lenguaje usado por el narrador para describir la realidad posee
connotaciones que introducen al lector en un campo referencial-simbólico del
imaginario visigótico en España: la insistencia en la “estirpe toledana” del Muecas —
Toledo era la capital del reino godo—, la mencionada trasfiguración de la chavola en
“alcázar” (Martín-Santos, Silencio 50) —vocablo de origen árabe que
irremisiblemente remite al lector al Alcázar de Toledo, símbolo nacional del
franquismo, y de esa España esencial recuperada a los “rojos”—; el ritornello al Tajo
228
“Con ese grito [¡Viva México, hijos de la Chingada!], que es de rigor gritar cada
15 de septiembre, aniversario de la Independencia, nos afirmamos y afirmamos a
nuestra patria, frente, contra y a pesar de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los
demás son los “hijos de la chingada”: los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros
enemigos, nuestros rivales. En todo caso, los “otros”. Esto es, todos aquellos que no
son lo que nosotros somos.” (Paz 98)
195
como escenario en la narración 229 ; las constantes referencias a las teorías raciales
germanófilas de Ortega —“víctimas de su sangre gótica de mala calidad y de bajo
pueblo mediterráneo” (Martín-Santos, Silencio 158)—, que aparece caracterizado
como el gran buco goyesco; la estirpe celto-astur de Amador —como Pelayo, sucesor
del último rey godo, Rodrigo—; y por último, aunque esta interpretación es mucho
más arriesgada, el característico labio “belfo” de Amador y Muecas:
Amador a fuer de hombre de belfo prepotente tenía satisfecha a su
mujer. Ella admiraba las tonalidades cariñosas del asturiano paterno,
ella admiraba su puesto en la sociedad más elevado que el de sereno de
comercio […] Celta-cauto, astur-bravío, aunque nacido en el
mismísimo cogollito del mundo, sus atavismos le permitían conducir
su derrotero con ventaja sobre la masa de aborígenes esteparios. El
altísimo padre ya difunto le transmitió —con la sangre del Norte— un
cierto amor a la vida, una cierta capacidad de risa, una abundante
potencia bebestible que la seca matriz de madre toledana no había
llegado a rebajar en grado apreciable. (Martín-Santos, Silencio 190-1)
Propongo la lectura del término “belfo” como un juego lingüístico dentro del
campo semántico-referencial visigótico basándome en la cercanía fónica con el
alemán “welfen” —que en castellano sin embargo se adapta como “güelfo”,
distanciándose del fonema bilabial germano—. Con este término se nombra a uno de
los pueblos germanos —godos—, que en su día se enfrentó a los gibelinos en defensa
229
Las referencias son varias, pongo una como ejemplo: “[…] y Muecas no
recordaba un timbre tan agudo de su voz desde los primeros días, sobre los campos
de trigo en la vega del Tajo.” (Martín-Santos, Silencio 146)
196
del papado, al igual que los “nuevos godos” nacionales salieron en defensa de la
Iglesia católica, que fue una de sus mejores garantes políticas.
Por otro lado, y dentro de la historia de España, el labio belfo es uno de los
atributos de la dinastía de los Austrias —que empieza a reinar en España con Carlos
I—, la monarquía germana que gobernó en España hasta la muerte de Carlos II, “el
hechizado”, otro hombre de belfo prominente, como se puede constatar en el famoso
retrato que le hiciera Diego de Velázquez. Como monarquía absoluta los Austrias son
el símbolo de la unión de Iglesia y Estado en la historia de España, el doloroso
precedente de la situación en que vivía la sociedad española de la posguerra y que era
usado como referente y justificación. Asimismo los Austrias son la dinastía reinante
en el momento de mayor extensión del Imperio —Felipe II decía que en su Imperio
no se ponía el sol—, frente a la España de los Borbones, bestia negra del nacionalcatolicismo.
Soy consciente de las reticencias que puede suscitar aceptar una identificación
como ésta, pero considero que la misma justifica la —de otro modo difícilmente
explicable— reiteración del término en la obra, y sobre todo su aparición en oraciones
como la siguiente, en la que Amador se convierte en simbólico adalid de un pueblo de
“belfos gloriosos”:
¡Allí estaban las chabolas! Sobre un pequeño montículo en que
concluía la carretera derruida, Amador se había alzado —como
muchos siglos antes Moisés sobre un monte más alto— y señalaba con
ademán solemne y con el estallido de la sonrisa de sus belfos gloriosos
197
el vallizuelo escondido entre dos montañas altivas […] los soberbios
alcázares de la miseria. (Martín-Santos, Silencio 50; énfasis mío)
Si Muecas es el Rodrigo de la novela, Amador es su Pelayo, el vástago de su
misma estirpe que acaba guiando al pueblo elegido. Amador es quizá el único
personaje a nivel narratológico cuya vida no se ve afectada ni por el asunto de las
ratas —que inicia la narración— ni por la muerte de Florita —que desencadena el
final—. Al contrario que Muecas o Pedro —esas dos España—, cuya vida sí se ve
afectada y cambiada, Amador es el superviviente nato, el personaje que más
desarrollado tiene el instinto de supervivencia, el pueblo real, acostumbrado a los
cambios de poder y cuya vida nunca cambia.
Tanto Muecas como su primo son vistos como patriarcas bíblicos, 230
interesante comparación que parece ahondar así en la afinidad “racial” de ambos
personajes. Sus rasgos, como los rasgos de cualquier otro español, no son arios, sino
un mestizaje de rasgos mediterráneos y semíticos 231
El hecho comprobable que la novela insiste en denunciar es que los españoles
no son arios —como el filogermanismo fascista deseaba—, pero que sin embargo
comparten con ellos un rasgo que les une, que en realidad une a todas las culturas
occidentales entre sí: la violencia, ya sea esta racial, sexual, social...:
230
“Porque el Muecas se sentía, sin saber lo que significaba esta palabra, patriarca
bíblico al que todas aquellas mujeres pertenecían.” (Martín-Santos, Silencio 66)
231
“Más desgraciados que en otros países, tales conciudadanos del Muecas y el
Muecas mismo junto con los notables de la República, no podían atribuir la
pertenencia a este o aquel mundo de los dos (al menos) que superpuestos constituyen
la realidad social de todas las ciudades, de todas las naciones, de todos los
continentes al accidente (tan confortantemente accidental) del color de la piel y de
las proporciones relativas entre la fibra muscular y la tendinosa de la pantorrilla,
correspondientes a individuos de dos razas biológicamente bien definidas.” (MartínSantos, Silencio 71)
198
Fue el comentario de los dos iberos no expresionistas, no constructores
de cámaras de gas nunca, aunque, sí quizá gritadores de ruedo hasta
que por fin el cuerno entra en el manoletino triangular femoral, no
organizadores de pogromos, aunque sí quizá en sus genes, varios
siglos antes, de inquisiciones al potro con estola quizá o con
cucurucho, que más podía darles. (Martín-Santos, Silencio 89)
En contraposición con los sublimes ideales raciales orteguianos, autor con el
que Martín-Santos es especialmente corrosivo, Tiempo de silencio denuncia el
machismo como uno de los elementos atávicos propios de la cultura española —y
mexicana, como muestra Paz—, la violencia de género —algo tan desgraciadamente
actual— como una de sus prácticas generalizadas, y el incesto como uno de las bases
de esta “civilización” —una de sus prácticas de poder habitual, como lo demuestran
sus monarquías—:
Como si no fuera el tabú del incesto tan audazmente violado en estos
primitivos tálamos como en los montones de yerba de cualquier isla
paradisíaca. […] Como si el hombre no fuera el mismo, señor, el
mismo en todas partes: siempre tan inferior y la precisión de sus
instintos a los más brutos animales y tan superior continuamente a la
idea que de él logran hacerse los filósofos que comprenden las
civilizaciones. (Martín-Santos, Silencio 52-3; énfasis mío)
Como posteriormente hace Roberto Fernández Retamar en su ensayo
postcolonial Calibán (1971), al denunciar cómo Europa —y con ella España— crea
interesadamente el mito del caníbal para justificar una supuesta superioridad moral
199
sobre la población indígena, 232 Martín-Santos, al equiparar lo que ocurre en España
con lo que pasa en “cualquier isla paradisíaca” —¿del Caribe? ¿del Pacífico? ¿del
archipiélago filipino?—, lleva adelante una identificación postcolonial que intenta
desexotizar al “otro”, y reconocerle su igual dignidad —puesta en duda por el
imaginario del Imperio—. Como antes hizo de Las Casas en sus escritos, MartínSantos denuncia en su novela lo primitivo, lo abyecto español, desautorizando las
teorías a favor de una superioridad racial española, exigiendo un trato de iguales que
cicatrice el pasado colonial. Por ello, frente al lenguaje de lo sublime con el que se ha
intentado tantas veces justificar la dominación y conquista, el psicólogo español
contrapone lo abyecto que le cuestiona como ser civilizado y moderno, como ser
superior:
[La mujer del Muecas no era] ni la que podría sorprenderse de que el
mismo hombre que la violó con dolor, la alimentara luego con dolor, la
hiciera trabajar con dolor y la preparara sucesivamente, a lo largo de
los años, al dolor que había de sentir en el momento en que le
arrancaran la criatura que ella creía que podía haber salvado el
exorcismo del sacerdote haciendo el gesto bendito encima del vientre.
(Martín-Santos 1993: 247-8)
232
“Se trata de la característica versión degradada que ofrece el colonizador del
hombre al que coloniza. Que nosotros mismos hayamos creído durante un tiempo en
esa versión sólo prueba hasta qué punto estamos inficionados con la ideología del
enemigo. Es característico que el término caníbal lo hayamos aplicado, por
antonomasia, no al extinguido aborigen de nuestras islas, sino al negro de África que
aparecía en aquellas avergonzantes películas de Tarzán. Y es que el colonizador es
quien nos unifica, quien hace ver nuestras similitudes profundas más allá de
accesorias diferencias.” (Fernández Retamar, Calibán)
200
La violencia sobre las mujeres —cuyo epítome es la violación—, es uno de
los rasgos distintivos que el autor denuncia dentro de la cultura española, tal y como
se concluye del análisis de las relaciones desplegadas en su libro: Pedro viola a Dorita
(Martín-Santos, Silencio 117); Muecas viola a su mujer y posteriormente viola y mata
a Florita al intentar inducirle un aborto —“Porque al Muecas le agradaba tropezar de
noche con la pierna de una de sus hijas.”—; el marido militar de la “parca” ejerce su
“sagrado derecho a la rapiña” (Silencio 98) violando primero a las tagalas (Silencio
21), y después violando y pegando a su mujer...
Pura casualidad, pero el mulato Mendiola que llega de La Habana en Señas de
Identidad representando la némesis colonial, “es el hijo de Florita la prima de
Ernesto” (Goytisolo, Señas 416; énfasis en el original), lo que podría abrir
simbólicamente la lectura de su historia como la de otra violación: la del adinerado
esclavista Mendiola a una negra del ingenio azucarero, que desencadena la llegada a
esa España sagrada de este Tariq cubano.
La vieja celestina, como dije, no sólo acepta la situación sino que incluso
promueve masoquistamente el maltrato:
[…] mi hija tan varona se dejó conquistar, quizá porque era lo
contrario de su padre al que le cogió miedo de pequeña porque algunas
veces veía las palizas que a mí me daba y que yo, fuerte y todo como
soy, no podía menos de recibir, ya que era tan hombre que
completamente me dominaba y seducía. (Martín-Santos, Silencio 22-3;
énfasis mío).
201
En esta cita además cómo violencia sexual y conquista aparecen de nuevo
asociadas —tal y como hace Octavio Paz—, al igual que ocurre después cuando habla
de su marido con un lenguaje de connotaciones coloniales: “correteador de tagalas,
coleccionador de fotos de las indígenas en cueros.” (Martín-Santos, Silencio 118)
En un mise-en-abîme narratológico, las mujeres que aparecen en la novela
sufren un destino que se repite. Todas ellas son Cavas, “Malinches”, “tagalas”…
desde la mujer del Muecas, violada literalmente en la vega del Tajo, y que pare
“pensando en los moros que podían llegar de un momento a otro” (Martín-Santos,
Silencio 246), a las parcas de la pensión. Y de una manera u otra, ambas
buscan/contribuyen a la restitución catártica del orden violado, de la violación de su
cuerpo. Así el Muecas es denunciado por su mujer a la policía, y la parca narra la
muerte del marido a manos de los moros:
[…] y habían caído por ser hombres con otras tagalas, pero no hubo
nada que hacer y nos quedamos sólo con mi Carmencita que tenía ya
veintiocho años cuando él cayó definitivamente a manos de moros,
cuando la catástrofe. (Martín-Santos, Silencio 21)
Esta vieja celestina, posteriormente y con fruición, manifiesta la alegría que le
produce su “venganza” sobre los hombres/machos, al recuperar el honor de la familia
con el noviazgo de Dorita con un médico: Pedro. Mediante este acto consuma su
venganza, que abarca desde el afeminado bailarín protervo hasta su marido. 233
233
“¡Al fin! ¡Venganza contra el repugnante protervo bailarín hembra! ¡Desquite
contra el banquero grueso con sus gafas, astuto catador de mercancías! ¡Al fin!
¡Ríete en la tumba, militarote altivo, correteador de tagalas, coleccionador de fotos
de las indígenas en cueros, envenenador de la sangre de tu esposa, perdedor del
honor de tu hija única y de tu viuda entregada al rhum negrita! ¡Ríete porque todo ha
202
Aunque la a catástrofe real a que hace referencia la parca es el conocido como
“desastre de Annual” —uno de los episodios de la guerra hispano-marroquí, ocurrido
en 1921, en el que el ejercito español sufrió una aplastante derrota ante las tropas de
Abd el-Krin—, la catástrofe por antonomasia es la pérdida de las últimas colonias —
Cuba y Filipinas— en 1898, que supuso una debacle en el imaginario imperial. El
hecho de que el militar haya participado en ambas contiendas facilita también que
ambas debacles se confundan.
En el Hispanismo el 98 es mucho más que una simple fecha referencial: es
también la base de una disputa por la hegemonía cultural y literaria del español, que
tradicionalmente se ha figurado en modernismo [hispanoamericano] con
noventaiochismo [peninsular]. 234 Por encima de lo estrictamente literario, en la
disputa entre una y otra posición está de fondo la visión de España y su relación con
América, o viceversa, y por ello la historiografía franquista convirtió el
noventaiochismo en uno de sus referentes identitarios más importantes. Clara
consecuencia de esto, el cuestionamiento la idiosincrasia del movimiento suponía un
cuestionamiento de bases de la historiografía falangista.
sido reconstruido y la legalidad de tu apellido, por un momento extraviada, volverá a
pasar cuidadosamente, con acompañamiento de firmas y testigos, de generación en
generación!” (Martín-Santos, Silencio 118-9)
234
Para un sumario y análisis de las disputas entre defensores del modernismo y el
noventaiochismo como corrientes similares o diferentes, consúltense los volúmenes
6 y 6/1 Historia y crítica de la literatura española de Francisco Rico (Barcelona:
Crítica), editados por José-Carlos Mainer.
Entre los partidarios más importantes de una visión transnacional y transatlántica del
fenómeno literario sobresalieron los poetas exiliados Pedro Salínas (1941) y Juan
Ramón Jiménez (1953), o el crítico Ricardo Gullón (1969) —represaliado
republicano también—. En la defensa del 98 como un movimiento identitario y
literario nacional sobresalen José Martínez Ruiz, Azorín (1913) —el autor que
difundió el término en su sentido literario—, Pedro Laín Entralgo (1948) y
Guillermo Díaz-Plaja (1966), estos dos últimos autores muy cercanos al régimen.
203
En este cuestionamiento del 98 como fenómeno endocéntrico castellanista
coincidieron tanto los exiliados republicanos, como autores nacionalistas periféricos
—como Joan Fuster, autor del ensayo de elocuente titulo Contra Unamuno y los
demás (1975) —, o postcoloniales latinoamericanos. En esta última área destacaría al
poeta Roberto Fernández Retamar autor del ensayo “Modernismo, noventaiocho,
subdesarrollo” (Para 97-106), claro ejemplo de desembarco postcolonial sobre las
letras peninsulares a un nivel transatlántico. 235 Como se vió anteriormente, el autor
cubano identificaba el fenómeno literario como un ejemplo “pensamiento del
subdesarrollo” (Fernández Retamar, Para 101), y a Unamuno como
[…] un característico pensador del subdesarrollo, desde sus temas
hasta sus géneros, desde sus aciertos hasta sus confusiones. Y más
precisamente —como suele ocurrir en estos casos—, del subdesarrollo
español, aunque no careciera de atisbos hispanoamericanos e
hispánicos en general. (Fernández Retamar, Para 103)
A esa denuncia o lectura de España como país subdesarrollado que hace el
socialista Luis Martín-Santos se adhirió posteriormente, en el ensayo, el profesor
235
“Queremos ofrecer otra hipótesis sobre la unidad de España e Hispanoamérica
que el modernismo va a expresar. En el último cuarto de siglo XIX, afirmadas ya e
incluso en vías de expansión imperialista las potencias capitales de Europa y los
Estados Unidos, se hace evidente que no sólo los países hispanoamericanos, sino la
propia España no se cuentan entre esas potencias: han sido marginadas de la línea
mayor de la historia, y constituyen lo que, entrado el siglo XX, se llamarán países
subdesarrollados. […] Esta bien podría ser una introducción al pensamiento de estos
hombres, el cual está allí caracterizado desde el arranque y el sesgo hasta los géneros
mismos en que encarna (y a los que Gaos llama, algo confusamente, “forma”). Sólo
añadiríamos que los une, más allá de los términos propuestos por Gaos
(“pensamiento de la decadencia” para los españoles, “pensamiento de la
independencia” para los americanos), el tratarse ahora, en ambos casos, de un
pensamiento del subdesarrollo. Y aquí es necesario trasladar a este concepto lo que
Gaos dice del pensamiento de la decadencia: que es tal por el objeto y no
necesariamente por el sujeto.” (Fernández Retamar, Para 99-101)
204
universitario —y futuro Ministro de Asuntos Exteriores del gobierno socialista de
Felipe González— Fernando Morán. El título de su obra ensayística de 1971 lo dice
todo: Novela y semidesarrollo (Una interpretación de la novela hispanoamericana y
española). 236 La realidad cultural y literaria peninsular era leída a través de varios de
los ideologemas del latinoamericanismo, con ojos latinoamericanizados: el
subdesarrollo, la modernidad....
Y la relación entre las elites raciales criollas y los indígenas, ladinos,
mestizos… tiene su propia imagen especular en la relación entre la España de la
pureza de sangre y la hidalguía castellana, frente a la de los defensores de
musulmanes, gitanos y judíos, los “otros” 237 , que son parte también de lo que
Fernández Retamar califica como: “[…] otra fuerte herencia que casi me atrevo a
llamar intermedia: ni indígena ni, en rigor, “occidental”, sino a lo más, como he
sugerido en otra ocasión, “paleoccidental”: la herencia ibérica.” (Fernández Retamar,
Contra 93)
236
“Si lo anterior nos puede, tal vez, servir para distinguir entre la función de la
literatura en la infra y en el semidesarrollo, las tenues protuberancias que emergen en
la misma cuerda —transición, modernización, crecimiento, desarrollo— nos pueden
ser de mucha utilidad para situar las relaciones entre obra literaria y sociedad en los
países latinoamericanos y también en los retrasados de la zona global europea, en
especial en los de la Península Ibérica.
Las observaciones precedentes quizá permitan comprender el paso de la novela
indigenista sudamericana a la que la cultura de las megápolis (Buenos Aires, Río de
Janeiro, Méjico) y percibir las diferencias sustantivas entre la riqueza de contenido
de la novela latinoamericana y el forzado y estrecho objetivismo de los
neorrealismos ibéricos.” (Morán, Novela 202)
237
“Entienda el lector que a través de este Calibán va a encontrar un símbolo con el
que se identifican muchos intelectuales de América Latina; pero es más, y creemos
que esta es la propuesta que el autor superpone a las demás, Calibán, ese personaje
diferente, el otro, la otredad que tanto reivindica Retamar, incluye a muchos pueblos
de la Tierra, no sólo a los de América Latina; de este modo, esa otredad se convierte
en universalidad, de ahí la importancia de este encendido ensayo.” (Alemany 18-9)
205
Con una visión similar en la cabeza Carlos Fuentes habla de su apuesta por
una España mestiza, que sea capaz de reconocer las deudas contraídas con árabes y
judíos, forjadores de la nación española:
Lo que sí es digno de asombro es que España, después de casi un
milenio, se haya desangrado por decreto de las dos terceras partes de
su ser. Sería, sin duda, una vasta empresa analizar las fecundaciones
culturales de árabes y judíos en España.
[…] Si la influencia árabe en la cultura española es la influencia de la
sensualidad, la influencia judía es la de la inteligencia. Más aún;
pienso que gracias a los intelectuales judíos, la lengua española fue
fijada y obtuvo dignidad literaria. (Fuentes, Cervantes 41)
Ese pasado semítico y árabe, africano, que circula por las venas peninsulares
es el “otro” de la visión criolla de la identidad nacional: la sensualidad árabe de la que
habla Fuentes, en oposición a la austeridad castellana que niega la carne. Dos
historias de España que se reflejan en las dos generaciones de mujeres que aparecen
en la obra de Martín-Santos: generación de mujeres adultas, educada en la sumisión al
hombre y capaces de traficar con sus hijas; y la nueva generación de las jóvenes,
poseedoras de una exhuberancia carnal que debe ser dominada. Así, Dorita y Florita
aparecen varias veces en la obra representadas como tentadoras Evas. 238 Recuérdese,
por ejemplo, el momento en el que Florita le muestra a Pedro las marcas que las
238
“La redonda consorte y tres viejas más, el dependiente de la gran tasca vestido de
pana, una prima del pueblo y la mujer de Amador fueron únicos testigos de la hábil
manipulación mediante la cual volvía al polvo lo que del polvo había surgido como
fantasma engañoso de carne tentadora.” (Martín-Santos, Silencio 178-9)
206
ratonas le han dejado en los senos (Martín-Santos, Silencio 62), o la descripción que
se nos da de Dorita, de la que se hace resaltar su exhuberancia carnal:
Era muy bella. Por secuencia de la afectación de su madre ella también
se movía, hablaba y actuaba como si tuviera unos divinos catorce años
imprecisos, en lugar de sus ya demasiado carnales y rotundos
diecinueve. De ello provenía el que —por ejemplo— pudiera
desplazarse por los pasillos de la casa o por los alrededores de la
cabeza de un hombre sentado, absolutamente como si ignorara la
presencia de sus senos. (Martín-Santos, Silencio 43)
En tanto que imagen de la tentación, estas mujeres aparecen situadas en
contextos lingüísticos y culturales que en la cultura occidental se suelen asociar con
lo oriental —refinamiento, deseo, erotismo...— que contrastan con los visigóticos —
violencia, rudeza...— en los que encontramos a hombres como el Muecas. Como
ejemplo, Pedro ve por primera vez a las hijas del Muecas “a través de los velos que
celaban el resto de sus propiedades inmuebles” (Martín-Santos, Silencio 59; énfasis
mío), prenda utilizada en una danza erótica oriental, como si estuvieran en un palacio
de Las mil y una noches. Con mismo referente orientalizante, en la muerte de Florita
se nos habla de los edificios del cementerio como construcciones orientales, 239 y en la
descripción de la casa de lenocinio que visitan Pedro y Matías, el narrador nos
sumerge en un ambiente orientalista en el que incluso se llega a nombrar a los
“moros”:
239
“el cadáver de Florita inició su retorno a lo largo del camino por donde nunca se
vuelve, no hacia el mismo depósito, sino hacia otro edificio próximo, también
espumante y asiático.” (Martín-Santos, Silencio 179)
207
A ambos lados del túnel había unos divanes escurridizos con
almohadones. Aunque incómodos, su aspecto inclinaba a apoltronarse
en ellos y a soñar en algo así como serrallos orientales. […] Los
moros habían introducido este vicio, toxicomanía de países
subdesarrollados, y habiendo vencido en su pequeña guerra del opio,
(Martín-Santos, Silencio 234-5; énfasis mío)
Esta visión ideológica orientalista de la identidad nacional es uno de los
rasgos comunes más obvios entre la obra de Goytisolo y Martín-Santos. 240 Pero amén
de esto, ambas obras muestran claramente una proximidad de temas —la Cava como
herramienta para una desmitologización de la España esencial...—, estilo narrativo y
tono —como ya señalara Sanz Villanueva 241 —, e imaginario identitario.
Dada las recurrencias que se registran entre ambas obras de temas como la
fascinación por el Quijote, la condensación-metempsicosis de personajes, 242 la
“alabanza” del garbanzo —legumbre de origen asiático— como símbolo del espíritu
patrio, 243 el ataque contra las figuras que conforman el “canon” nacional-franquista
240
Sobre el orientalismo en la obra de Goytisolo consúltese, por ejemplo, el estudio
de Carmen Sotomayor Una lectura orientalista de Juan Goytisolo (Madrid: Espiral
Hispanoamericana).
241
“No deja de ser curioso que este matiz existencial se perciba también en Tiempo
de Silencio. Pero es que las coincidencias no paran ahí. La novela de Goytisolo es
deudora de la de Martín-Santos en la ambición temática y en el planteamiento
sarcástico y mordaz de la realidad.” (Sanz Villanueva 97)
242
“Como en una plasmación metapsicológica, apareció ante él. Reía bajo sus gafas
del hombre sabio. «Mataiotas —le gritaba muerto de risa— cai panta mataiotas»,
celebrando así el aspecto con que alto, serio y detenido en medio de la burbujeante
muchedumbre, Matías se mostraba: imagen viva del hombre filosófico que se hace
cargo de la caducidad de los tráfagos humanos.” (Martín-Santos, Silencio 233-4).
243
“¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial
estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta
monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótido?”
(Martín-Santos, Silencio 8).
208
como la generación del 98 o Unamuno... parece indudable la deuda de Goytisolo para
con Martín-Santos. 244 Pero en lo que respecta a la renovación del lenguaje heredado y
mediante el mismo llevar adelante la representación de de un país en vías del
desarrollo, un país que como dice Martín-Santos, no es Europa, que no es ario sino
mediterráneo o africano, creo que los dos son deudores del pensamiento identitario
postcolonial latinoamericano, que modeló la sensibilidad del pensamiento progresista
español, sobre todo a partir de la Revolución Cubana.
Como denuncia Fernández Retamar en Contra la leyenda negra (1979), es
conocido el despectivo dicho atribuido a Alejandro Dumas de que África comienza en
los Pirineos 245 , pero:
El sacrosanto Occidente muestra así su repugnancia por lo otro que no
es él: y ese otro lo encuentra encarnado por excelencia en África, cuya
penosa situación actual fue provocada por el crecimiento del
capitalismo occidental, que la subdesarrolló para hacer posible ese
crecimiento. […]
“las esencias hispánicas del garbanzo : base de vuestro edificio social […] el sobrio,
escueto, severo, compacto garbanzo nacional : epicentro de vuestras gloriosas
empresas flamencas, italianas y ultramarinas […] y vuestro símbolo, héroe de honda
raigambre ibera, de añeja cepa senequista, Garbanzote de la Mancha” (Goytisolo,
Reivindicación 131)
244
“The main object of parody in Reivindicación del conde don Julián is —as in
Tiempo de silencio— the myth of national character elaborated by the 1898 writers
and taken up by Falangist idology. But if Martín-Santos exposes the psychological
drives which have led Spaniards to take refuge in stoicism, Goytisolo rejects causal
explanation; as a result the values he mocks appear given and fixed.” (Labanyi, Myth
196)
245
“Pero quizá sea útil recordar una frase cuya formulación clásica se atribuye a
Alejandro Dumas: “África empieza en los Pirineos”.” (Fernández Retamar, Contra
102)
209
Si se tiene en cuenta todo esto se verá hasta qué punto es cierto no sólo
que África sí empieza, felizmente, en los Pirineos, sino que además
empieza Asia: y además, cómo este hecho fertiliza (junto a muchos
otros) a la entonces crepuscular cultura europea; si se tiene en cuenta,
además, que el supuesto “milagro griego”, como se sabe hace tiempo,
tiene sólidas raíces afroasiáticas, y que el cristianismo fue una secta
asiática hermosamente pendenciera cuyo escandaloso igualitarismo la
hizo enraizar entre los esclavos del Imperio Romano como el
socialismo enraizaría luego entre los nuevos esclavos del capitalismo
europeo, según la clásica comparación de Engels, se verá en qué
medida la idea que Occidente propone de sí mismo como un nuevo
pueblo de elección, es tan falsa como todas las otras ideas similares a
lo largo de la historia. (Fernández Retamar, Contra 102-5)
Con la producción de estos autores y exiliados españoles y latinoamericanos,
España empezaba a aceptar su difícil historia colonial, y se preparaba para el fin de la
pesadilla, la muerte del dictador, con la que se esperaba recuperar los lazos perdidos.
España empezaba a configurar su transición a otra vivencia de la hispanidad, de la
cultura común, y con ella otra idea de España, en diálogo transatlántico.
210
CAPÍTULO 6
A MODO DE CONCLUSIÓN:
hESPAÑA / GALIzA
El 7 de enero de 2000, fecha del aniversario de la muerte en el exilio del
político y escritor republicano Alfonso Daniel Rodríguez Castelao —autor de Sempre
en Galiza—, aparecía publicado en castellano en el diario de mayor difusión a nivel
nacional —El País—, y en gallego en la revista Luzes de Galiza, el manifiesto
“Hespaña.” 246 El texto iba firmado por varios de los representantes más conocidos de
las letras y sociedad gallega.
Coincidiendo con el inicio del milenio, los firmantes levantaban una lista de
solicitudes y propuestas, una hoja de ruta con la que establecer una nueva relación de
poderes dentro del estado español que contribuyera a la modernización de Galicia. Su
propósito, como dejan claro en el texto, era reinventar España —entelequia cultural y
política—, establecer un nuevo acolchado o quilting lacaniano con el que configurar y
descodificar las relaciones entre ambas realidades nacionales, un acolchado a cuya
configuración habían contribuido tiempo antes los intelectuales del boom.
246
El manifiesto aparece en el Apéndice A de esta tesis. La versión en gallego no
recoge la firma de Suso de Toro ya sea por error u omisión, pero no ocurre así con la
versión castellana, publicada en la página 7 de El País, el día 7 de enero de 2000.
211
Para nombrar tanto esa España futura, como la Galicia por venir, los
signatarios recurrían a unas palabras el somatizaban el deseo, el objeto pequeño a que
articulaba esa propuesta identitaria, a través de un cambio de grafías, las mismas de
que hizo uso Castelao:
Facemos públicas estas consideracións o día 7 de xaneiro, día en que
os demócratas galegos lembramos a Alfonso Daniel Rodríguez
Castelao, inspirador en tantos sentidos da Galicia moderna, ministro da
República no exilio e artista universal, morto nesa data en Buenos
Aires. Castelao pertenceu a unha xeneración que sabía que para
reinventar a Galicia había que reinventar tamén a España: a
incorporación dunha H inicial ó seu nome —como el tiña costume—
posuía o sentido de marcara a diferencia entre a España oficial,
empeñada en negar a súa propia diversidade, e a España do futuro que
debía —e debe— atopar, sen regateos, na súa pluralidade nacional un
motivo de vencello. (Foro Luzes 3)
Ambas grafías –z– y –H-, eran el reflejo la nueva visión de la historia de
España, la lente con la que leer la historia nacional desde unos ojos exógenos: la
apuesta de la comunidad interpretativa galeguista por una lectura de las relaciones
Castilla-Galicia desde una perspectiva postcolonial, como la que habían hecho con
anterioridad Roberto Fernández Retamar o Carlos Fuentes en sus análisis de la
relación Castilla-América.
El manifiesto del Foro Luzes es clara muestra, a mi entender, de cómo el
pensamiento republicano y progresista modeló a un nivel transatlántico las
212
identidades nacionales durante el franquismo, demuestran que el hábitat del
imaginario, como se explicó en el capítulo 3 de esta tesis, tenía su locus de
enunciación simbólica en la otra orilla del Atlántico —en este caso en Buenos Aires,
una de las cunas del boom—. Asimismo se hace evidente en el manifiesto cómo el
forzado exilio permeó el imaginario identitario, elevándolo a ideologema.
Con un retraso de algo más de dos décadas respecto al mismo movimiento de
imaginarios en el republicanismo en castellano, “Hespaña” ilustra el efecto
boomerang en la construcción de las señas de identidad, exponiendo el movimiento
elíptico de toda propuesta interpretativa. El segundo hecho que demuestra, y del cual
se hablaba ya en la introducción a este trabajo, es el de la inanidad de intentar
aprehender la problemática identitaria a través de los reducidos corsés nacionales, 247
incapaces de dar cuenta del diálogo de imaginarios entre comunidades interpretativas,
del mismo modo que dichos corsés son incapaces de cubrir la producción literaria y
cultural del boom.
Como he venido explicando a lo largo del presente trabajo, el boom, en tanto
que fenómeno transnacional y transatlántico, como ejemplo de la globalización
literaria y cultural, de la globalización y diálogo de imaginarios, es uno de los
movimientos literarios que impone repensar los límites de la literatura y la sociedad
tal y como son entendidos desde la configuración decimonónica de las academias
actuales. Y tal vez uno de los mejores lugares desde donde estudiar dichos límites sea
247
“Nesa dirección pensamos que, tanto para os estados como para as situacións
nacionais, conveñen hoxe, máis que vellas nocións de sobenaría territorial,
institucións de goberno flexibles e axeitadas tanto ó mantenimiento das diversas
identidades lingüísticas e culturais canto ós novos escenarios dunha economía
aberta.” (Foro Luzes de Galiza, 3)
213
desde las literaturas excéntricas a nivel peninsular, como la literatura galega —o la
catalana, como explica Mario Santana—, pues en ellas se replica nítidamente la
configuración y evolución de esta nueva relación entre lector y sistema literario, entre
sociedad y literatura, del quilting identitario.
Como espero poder demostrar en un futuro trabajo, el estudio desde un punto
de vista transatlántico de las polémicas literarias que se vivieron en la literatura
gallega a partir del reconocimiento del gallego como lengua de Galicia, y de la
aprobación del Estatuto de Autonomía el 6 de abril de 1981, demostrará que estas son
un eco —con el lapso temporal explicado anteriormente— de las polémicas similares
que ocurrieron en las letras latinoamericanas y peninsulares en castellano, a partir de
los 60, permitiéndonos con esto comprender mejor dichas dialécticas en el campo de
las letras en castellano.
Si esto es verdad, se podrá decir entonces que el campo de análisis
transatlántico tiene todo un mar crítico por delante aún por descubrir, sugerente e
inagotable.
214
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APÉNDICE A
FORO LUZES DE GALIZA. “HESPAÑA”
242
FORO LUZES [DE GALIZA]. “HESPAÑA”. Luzes de Galiza 30 (2000): 3.
Transcorridos xa máis de vinte anos dende a promulgación da Constitución e
case outros tantos da do Estatuto de Autonomía, ninguén pode obviar que eses textos,
foron, e seguen sendo, dun inestimable valor para a organización da convivencia e
para a satisfacción das demandas de autogoberno. Así é sentido, de feito, polos máis
amplos e diversos sectores sociais e políticos de Galicia. Iso non debe impedir, sen
embargo, que podamos seguir dialogando acerca do significado da cidadanía
democrática nun estado multinacional; máxime se, como parece, apúntase no
horizonte catalán e vasco, as outras dúas nacionalidades históricas, unha próxima
reforma, releitura ou modificación dos seus estatutos, o que acaso levará aparellada a
da propia Constitución.
Nesa dirección pensamos que, tanto para os estados como para as situacións
nacionais, conveñen hoxe, máis que vellas nocións de soberanía territorial,
institucións de goberno flexibles e axeitadas tanto ó mantenimento das diversas
identidades lingüísticas e culturais canto ós novos escenarios dunha economía aberta.
A integración na Unión Europea, que é acaso o suceso de maior calado dos últimos
vinte anos, mostra ademais, como a lóxica de integración e a lóxica da
“rexionalización” deixaron de ser contradictorias. A Galicia, por exemplo, interésarlle
243
tanto a súa participación na formación da vontade política estatal como a defensa no
marco europeo —e mesmo mundial— dos seus lexítimos intereses.
Cremos, polo tanto, que cabe avanzar nunha dirección abertamente federal
que recoñeza, por outra parte, a disparidade existente no Estado español. A
descentralización homoxénea pode evoluír cara algunha forma de federalismo
asimétrico que ofreza a diferentes realidades nacionais un marco á vez cooperativo e
aberto. Esa podería ser, ó noso xuízo, a mellor maneira de defender o pluralismo nun
estado multinacional dun xeito en todo concorde coas conviccións dunha sociedade
liberal e democrática.
Facemos públicas estas consideracións o día 7 de xaneiro, día en que os
demócratas galegos lembramos a Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, inspirador en
tantos sentidos da Galicia moderna, ministro da República no exilio e artista
universal, morto nesa data en Buenos Aires. Castelao pertenceu a unha xeneración
que sabía que para reinventar a Galicia había que reinventar tamén a España: a
incorporación dunha H inicial ó seu nome —como el tiña costume— posuía o sentido
de marcara a diferencia entre a España oficial, empeñada en negar a súa propia
diversidade, e a España do futuro que debía —e debe— atopar, sen regateos, na súa
pluralidade nacional un motivo de vencello.
Galicia tende a ser apartada dos debates sobre a reconfiguración de España —
tal vez porque as súas élites padezcan do que na Biblia se denomina pobreza de
espíritu—, pero non debe esquecerse que houbo sempre un xeito propio de encarar a
reivindicación e defensa dos nosos dereitos políticos. Ese xeito propio ninguén o
expresou mellor que Castelao nas páxinas finais da súa obra Sempre en Galiza: Pero
244
nós somos galegos, xente prudente e de bo sentido, liberal e pacifista, e a nós, hoxe,
para lembrar que isto é así —que hai unha aportación galega que debe ser tomada en
consideración no debate—, abondanos con transcribir os catro principios, de punxente
actualidade, cos que se pechaba ese libro:
a) Autonomía integral de Galiza para federarse cos demáis povos de
Hespaña.
b) República Fedeal Española para confederarse con Portugal.
c) Confederación Ibérica para ingresar na Unión Europea.
d) Estados Unidos de Europa para constituir a Unión Mundial.
Estes principios foron redactados nun paquebote, o paquebote dos exiliados
dunha España en cerrazón, en xullo-agosto de 1947.
Relación de firmantes do texto Foro Luzes de Galiza:
Manolo Rivas, escritor; Antón Baamonde, filósofo; Xavier Seoane, escritor;
Lino Braxe, actor; Manuel Gallego Jorreto, arquitecto; Juan Luis Dalda, urbanista;
Bieito Iglesias, escritor; Xaime Illa Couto, abogado; Xosé Chao Rego, teólogo;
Ramón Máiz, Decano da Facultade de Ciencias Políticas; Fermín Bouza, Catedrático
de Socioloxía; Xusto G. Beramendi, Catedrático de Historia Contemporánea; Antón
Costa, Decano da Facultade de Ciencias da Educación; Xaquín Fernández Leiceaga,
profesor de Economía Aplicada; Xan Carmona, Catedrático de Historia Económica’
Alfonso Mato, novo Seminario de Estudos Galegos; Ramiro Fonte, escritor; Antón
Reixa, artista; Marilar Aleixandre, escritora; Luisa Castro, escritora; M.ª Xosé
Queizán, escritora e feminista; Dolores Vilavedra, crítica literaria; Antón Patiño,
artista; Menchu Lamas, artista; Manuel Vilariño, fotógrafo; Miguel Anxo Prado,
debuxante de comics; Xulio Valcárcel, escritor; Xosé Antón Gaciño, xornalista;
Xurso Souto, músico, líder dos Diplomáticos de Monte Alto; César Carlos Morán,
músico, Ramón Luis Chao, xornalista e escritor; Luis Álvarez Pousa, profesor da
Facultade de Ciencias da Información; Pedro de Llano, arquitecto; Xesús González
Gómez, xornalista; Isaac Díaz Pardo, empresario e intelectual.
245
APÉNDICE B
FORO LUZES DE GALIZA. “GALICIA, CIDADE ATLÁNTICA”
246
FORO LUZES DE GALIZA. “Galicia, cidade atlántica”. Luzes de Galiza 30
(2000): 4.
GALICIA está cada vez máis polarizada entre dous sistemas territoriais
diferenciados como son o desenvolvido en torno ás áreas metropolitanas da Coruña e
Vigo e o cada vez máis despoboado interior. Propoñemos, en vista da desconcertante
ou inexistente planificación territorial do país, abrir un debate -que debe incluír a
discusión sobre os aspectos económicos e sociais que están no trasfondo- co
obxectivo de chegar por concenso, e non en virtude do actual rodillo parlamentario, a
un acordo sobre un necesario Plan Director Territorial de Galicia.
Nunha perpectiva máis ampla, se ben se insiste nos últimos tempos, con toda
razón, na cada vez maior interreleción entre Galicia e o norte de Portugal aducindo
que os mercados poderían atopar aí a masa crítica de poboación que fixera factibles
ubicacións e proxectos debe lembrarse que España é unha realidade plurinacional e
policéntrica. Se Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao e Sevilla parecen constituír
outros focos de atracción o desenvolvemento da franxa occidental reclama ese papel,
dentro do Estado, para o eixo Ferrol-Vigo.
Sen que as consideracións que facemos a continuación pretendan constituír o
último punto de vista sobre a cuestión poñemos sobre a mesa os puntos que seguen.
247
A) Potenciación das áreas metropolitanas.
Dende logo, a a pesar do insistente prexuízo que considera a Galicia un país
eminentemente rural, hai que decir que a poboación actual de Galicia vive,
preferentemente en cidades. De feito, pode considerarse o tramo Ferrol a Vigo como
unha forma urbana -discontinua, heteroxénea, específica- in statu nascendi,de
aproximadamente 1,5 millóns de habitantes. De aí que resulte sorprendente a nula
colaboración institucional e a carencia dunha visión a longo prazo que non pode máis
que resultar negativa para o desenvolvemento futuro do país e para a calidade de vida
dos habitantes. Os conflictos localistas, que tanta enerxía desbaratan, entre Coruña e
Santiago, por exemplo, son absurdos e habería que preguntar se responden a algo
máis que ó desexo de manipular o lexítimo sentimento de pertenza ás súas cidades
das dúas poboacións.
O feito de que A Coruña optase polo modelo dunha cidade comercial e
financieira, a capitalidade lle dea a súa impromta do centro político a Compostela ademáis da cultural e turística- e Vigo prosiga co seu dinamismo económico e
industrial debe favorecer unha visión integrada desa forma urbana. A especialización
debe combinarse cunha diversificación de actividades dentro de cada cidade, pero no
marco de maximizar as economías de escala tomando como ámbito a totalidade desa
forma urbana en rede e do conxunto de Galicia.
Ademais, polo menos en A Coruña e Vigo deberán contituírse áreas
metropolitanas: a igualdade dos cidadáns tamén debe manifestarse no equipamento
248
urbano. Non é de recibo que só nos centros urbanos onde habitan as clases máis
favorecidas e que polo tanto poden custear caras vivendas poidan atoparse -e non
sempre- espacios abertos, xardíns ben cuidados, bibliotecas e outras infraestructuras
culturais. Os barrios han de posuír ás súas propias formas de sociabilidade e o
planeamento urbano, na medida do posible, debe de contribuír a ese fin. Esta pode ser
unha apropiada vía indirecta usada polos poderes públicos para facilitar o acceso a
vivendas dignas en barrios apropiados. Do mesmo modo, é evidente que gran número
de problemas dos cidadáns de Milladoiro, en Santiago, como os de Culleredo na
Coruña, se resolverían de planificarse en conxunto equipamentos, infraestructuras,
transportes e outros aspectos.
B) A comercialización como instrumento de vertebración.
Dende logo, alguén debera constituír un banco de ideas que rescatara ó campo
da súa limitación a actividades económicas como o leite ou o turismo rural; que
concebira novas modalidades de uso. E tamén é obvio que debera asegurarse un fácil
acceso ós servicios sanitarios, culturais, etcétera -e tamén a eses centros de
interrelación que son as propias cidades- para os habitantes do rural.
En todo caso resulta necesario, reconsiderando o papel dos concellos e -sobre
todo- deputacións, o establemento dun sistema de núcleos que vertebren o territorio; a
planificación das actividades socio-económicas de cada área e a elevación do nivel de
servicios e equipamentos e, por suposto, a mellora das estructuras productivas das que
dependen as vidas da xente. Todo esto sin que medie o perturbador clientelismo,
249
presente tamén nos actuais plans de comarcalización, que inflixe un tremendo dano á
calidade de vida democrática.
C) O transporte como elemento fundamental para estructuración do
territorio.
Ante a inadecuación do actual sistema de comunicación para as necesidades
xeradas pola evolución vivida polo país nos últimos trinta anos resulta esencial definir
unha proposta integral de actuación que recollendo as necesidades globais galegas e
interrelacionando os diversos sistemas de transporte ( estrada, ferrocarril, áreo e
marítimo), establezca uns criterios lóxicos de intervención evitando improcedentes e
indesexables desequilibrios territoriais que, ó fin, implicarán evidentes anomalías
funcionais.
D) A defensa do patrimonio medio ambiental.
O espacio natural ten que ser protexido da depredación. No pode ser que
asistamos impasibles á degradación, en especial, do noso espacio costeiro, asediado
por construccións establecidas sen tasa e sen criterio, agresivas esteticamente e que
comprometen a viabilidade de futuros usos para este turismo de calidade que se
afirma quere atraer. É claro que, como reclaman tantas voces, se declaren parques
naturais os de Os Ancares, Courel e Costa da Morte. O mesmo tempo debería
suspenderse a construcción daqueles encoros que causando graves perturbacións ó
250
medio ambiente e ó patrimonio se queren construír por atender a agresivos intereses
privados. A contaminación por purín, tan tremeda pero invisible, debe atallarse.
Dende unha perspectiva de ordenación do territorio resulta imprescindible
presentar a necesidade de declarar zonas protexidas que abarcando amplas zonas
rurais, cursos de auga ou áreas costeiras garantan a defensa do patrimonio ecolóxico,
dando cabida ás distintas actividaddes nelas desenvolvidas e proporcionando un
axeitado aproveitamento dos recursos turístico-recreativos como factor de
desenvolvemento.
251
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