PDF - Comunità di Sant`Egidio

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La oración de San Egidio
21/11/2004 - 05/12/2004
http://www.santegidio.org/cast/preghiera
21/11/2004
Liturgia del domingo
Recuerdo de la Presentación en el templo de la madre del Señor. Esta festividad, nacida
en Jerusalén, y celebrada también en Oriente, recuerda al mismo tiempo el antiguo
templo y la ofrenda que María hizo de su vida al Señor.
Primera Lectura
2Samuel 5,1-3
Vinieron todas las tribus de Israel donde David a Hebrón y le dijeron: "Mira: hueso tuyo
y carne tuya somos nosotros. Ya de antes, cuando Saúl era nuestro rey, eras tú el que
dirigías las entradas y salidas de Israel. Yahveh te ha dicho: Tú apacentarás a mi
pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel." Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel
donde el rey, a Hebrón. El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia
de Yahveh, y ungieron a David como rey de Israel.
Salmo responsorial
Salmo 121 (122)
¡Oh, qué alegría cuando me dijeron:
Vamos a la Casa de Yahveh!
¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies
en tus puertas, Jerusalén!
Jerusalén, construida cual ciudad
de compacta armonía,
a donde suben las tribus,
las tribus de Yahveh,
es para Israel el motivo de dar gracias
al nombre de Yahveh.
Porque allí están los tronos para el juicio,
los tronos de la casa de David.
Pedid la paz para Jerusalén:
¡en calma estén tus tiendas,
haya paz en tus muros,
en tus palacios calma!
Por amor de mis hermanos y de mis amigos,
quiero decir: ¡La paz contigo!
¡Por amor de la Casa de Yahveh nuestro Dios,
ruego por tu ventura.
Segunda Lectura
Colosenses 1,12-20
gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en
la luz. El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor,
en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados. El es Imagen de Dios
invisible,
Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas,
en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles,
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los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las
Potestades:
todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo,
y todo tiene en él su consistencia. El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia:
El es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la
Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz,
lo que hay en la tierra y en los cielos.
Lectura de la Palabra de Dios
Lucas 23,35-43
Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó;
que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» También los soldados
se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de
los judíos, ¡sálvate!» Había encima de él una inscripción: «Este es el Rey de los
judíos.» Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues
¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a
Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos
merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.» Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro:
hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
Homilía
Con este trigésimo cuarto domingo se cierra el año litúrgico. Es verdad que sólo se da
cuenta de ello el que va a la iglesia. Se trata, de hecho, de una fecha que no
corresponde a ningún acontecimiento administrativo, escolar, o de otro género, que en
cierto modo abra o cierre un periodo especial. En verdad, todo el año litúrgico responde
a una medida del tiempo ajena a las costumbres de los hombres. Es justo que sea así.
El tiempo litúrgico, de hecho, no nace desde abajo, no está originado por las medidas
de los hombres o por sus ritmos. Es un tiempo que viene de lo alto, de Dios; es el
“Tiempo” de Dios que entra en el “tiempo” de los hombres; es la “Historia” que irrumpe
en la “historia” de los hombres. Podría decirse que el año litúrgico es Cristo mismo,
contemplado una y otra vez, de domingo en domingo.
En este último domingo que cierra el tiempo litúrgico, le vemos al final de los tiempos
como “rey del universo”. También este domingo la Palabra de Dios, al igual que
siempre, nos toma de la mano y nos introduce en la contemplación de la realeza de
Jesús. No se trata de una visión externa de este misterio, estamos dentro. El apóstol
Pablo nos exhorta a cada uno de nosotros a dar gracias a Dios que “nos libró del poder
de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su Hijo querido” (Col 1, 13). Somos
verdaderamente unos “trasladados”, o dicho de otra forma, “emigrantes” de este
mundo, donde reinan las tinieblas, a otro mundo, donde reina el Señor Jesús. Y que
este mundo de Jesús sea “otro” diferente al nuestro parece evidente por la escena
evangélica que se nos propone hoy como imagen de la realeza de Jesús: clavado en la
cruz junto a dos ladrones.
Algunos, excusándose por el estilo poco sacro de la comparación, ha dicho que ésta es
la foto oficial de nuestro rey (es verdad que la hemos puesto en muchos lugares, pero
la costumbre con la que la miramos le ha hecho perder su valor de escándalo, para
convertirse a menudo únicamente en un adorno). No hay duda que se trata de un trono
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extraño (la cruz), y de una corte todavía más extraña (dos ladrones). Sin embargo,
Jesús afirma claramente que él es rey, y que lo es precisamente de esta forma.
El apóstol Pablo recogió esta convicción y la transmitió a las Iglesias, sabiendo bien el
escándalo que provocaría. A los cristianos de Corinto escribía: “nosotros predicamos a
un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23).
Jesús es rey crucificado, de esta forma ejerce su poder real. Por lo demás, Jesús se lo
había dicho muchas veces a los discípulos durante los tres años que había estado con
ellos. Poco antes de morir les dijo: “Los reyes de las naciones las dominan como
señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores;
pero no así vosotros” (Lc 22, 24-26). Y Jesús es el primero en mostrarlo con su vida y
su muerte.
Mientras está clavado en la cruz le llega una sugerencia idéntica de varias partes: “Si tú
eres el rey de los judíos, ¡sálvate!” (Lc 23, 37). Se lo dicen los sumos sacerdotes, se lo
gritan los soldados, y también uno de los ladrones colgado a su lado. Las personas son
distintas, pero la cantinela es siempre la misma: “¡Sálvate a ti mismo!” En estas cuatro
simples palabras se esconde uno de los dogmas que fundamentan más radicalmente la
vida de cada uno de nosotros. Y esta doctrina la hemos aprendido desde la infancia. En
ella se recoge la regla de vida, se sintetiza la medida para juzgar todo, se simboliza el
factor discriminante que nos hace aceptar rechazar las cosas.
Sobre aquella cruz se derrota este dogma. El amor ha aniquilado la convicción más
profunda que preside la vida de los hombres. Todos se salvan a sí mismos en este
mundo. El único que no se ha salvado a si mismo ha sido Jesús. En este sentido, el
poder real encuentra precisamente sobre la cruz su punto más alto. Inmediatamente
vemos el efecto. Jesús-Rey, sin ceder a la última tentación de salvarse a sí mismo,
salva a uno de los ladrones que estaba a su lado sólo porque este ha intuido hasta
donde le había conducido el amor.
La fiesta de Cristo Rey del universo es la fiesta de este amor, un amor que se ha dado
totalmente a los hombres. Sobre él se funda toda nuestra esperanza, nuestro hoy y
nuestro mañana.
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22/11/2004
Memoria de los pobres
Canto de los Salmos
Salmo 16 (17)
Escucha, Yahveh, la justicia,
atiende a mi clamor,
presta oído a mi plegaria,
que no es de labios engañosos.
Mi juicio saldrá de tu presencia,
tus ojos ven lo recto.
Mi corazón tú sondas, de noche me visitas;
me pruebas al crisol sin hallar nada malo en mí;
mi boca no claudica
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al modo de los hombres.
La palabra de tus labios he guardado,
por las sendas trazadas
ajustando mis pasos;
por tus veredas no vacilan mis pies.
Yo te llamo, que tú, oh Dios, me respondes,
tiende hacia mí tu oído, escucha mis palabras,
haz gala de tus gracias, tú que salvas
a los que buscan a tu diestra refugio contra los que
atacan.
Guárdame como la pupila de los ojos,
escóndeme a la sombra de tus alas
de esos impíos que me acosan,
enemigos ensañados que me cercan.
Están ellos cerrados en su grasa,
hablan, la arrogancia en la boca.
Avanzan contra mí, ya me cercan,
me clavan sus ojos para tirarme al suelo.
Son como el león ávido de presa,
o el leoncillo agazapado en su guarida.
¡Levántate, Yahveh, hazle frente, derríbale;
libra con tu espada mi alma del impío,
de los mortales, con tu mano, Yahveh,
de los mortales de este mundo, cuyo lote es la vida!
¡De tus reservas llénales el vientre,
que sus hijos se sacien,
y dejen las sobras para sus pequeños!
Mas yo, en la justicia, contemplaré tu rostro,
al despertar me hartaré de tu imagen.
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 19,11-21
Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama «Fiel» y
«Veraz»; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza,
muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto
empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos del cielo,
vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una
espada afilada para herir con ella a los paganos; él los regirá con cetro de hierro; él
pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un
nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores. Luego vi a un
Ángel de pie sobre el sol que gritaba con fuerte voz a todas las aves que volaban por lo
alto del cielo: «Venid, reuníos para el gran banquete de Dios, para que comáis carne
de reyes, carne de tribunos y carne de valientes, carne de caballos y de sus jinetes, y
carne de toda clase de gente, libres y esclavos, pequeños y grandes.» Vi entonces a la
Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra
el que iba montado en el caballo y contra su ejército. Pero la Bestia fue capturada, y
con ella el falso profeta - el que había realizado al servicio de la Bestia las señales con
que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su
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imagen - los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre. Los
demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el
caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes.»
Estamos en los últimos siete días que representan no sólo la conclusión del
Apocalipsis, sino la de toda la Palabra de Dios, de toda la revelación desde Abraham
hasta el ultimo día, pasando a través del acontecimiento central de la encarnación de
Cristo. Es una profecía de consolación: el duelo entre el Bien y el Mal, entre el Verbo y
la Bestia, donde vence el Verbo. En verdad, el apóstol subraya todavía la dimensión
agónica, de lucha, del cristianismo y por lo tanto de cada discípulo. Es una batalla no
solo externa pues se combate también en el interior de los corazones. Pero junto a
nosotros el Caballero celeste también combate: el Fiel y el Veraz, el “Verbo”. Sí, la
Palabra –aquella espada que sale de su boca- también nos es dada a nosotros para
vencer el mal. Después hay un ángel, de pie como el Cristo glorioso con el que
comparte la aureola solar, que invita a las aves a un macabro banquete en la línea del
que describe Ezequiel (9, 1-20) en el cual se prefigura la derrota del enemigo. Y al final,
Juan ve la Bestia con su ejército enconado contra el Caballero divino. El autor no se
detiene en la descripción del conflicto, sino que en seguida comunica, sin dilación, la
derrota de la Bestia y del falso profeta, los dos “fueron arrojados vivos al lago del fuego
que arde con azufre”. El apóstol advierte a cada creyente de que la victoria ya está
anunciada, por lo tanto, no debe temer. La advertencia clara que sacamos de esta
página es que Cristo combate y derrota al enemigo con la espada que le sale de la
boca: con su Palabra. Ésta es el arma que ha dejado a su Iglesia y a cada creyente. Es
la única fuerza nuestra para vencer el Mal.
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23/11/2004
Memoria de la Madre del Señor
Canto de los Salmos
Salmo 17 (18)
Yo te amo, Yahveh, mi fortaleza,
(mi salvador, que de la violencia me has salvado).
Yahveh, mi roca y mi baluarte,
mi liberador, mi Dios;
la peña en que me amparo,
mi escudo y fuerza de mi salvación,
mi ciudadela y mi refugio.
Invoco a Yahveh, que es digno de alabanza,
y quedo a salvo de mis enemigos.
Las olas de la muerte me envolvían,
me espantaban las trombas de Belial,
los lazos del seol me rodeaban,
me aguardaban los cepos de la Muerte.
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Clamé a Yahveh en mi angustia,
a mi Dios invoqué;
y escuchó mi voz desde su Templo,
resonó mi llamada en sus oídos.
La tierra fue sacudida y vaciló,
retemblaron las bases de los montes,
(vacilaron bajo su furor);
una humareda subió de sus narices,
y de su boca un fuego que abrasaba,
(de él salían carbones encendidos).
El inclinó los cielos y bajó,
un espeso nublado debajo de sus pies;
cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo,
sobre las alas de los vientos planeó.
Se puso como tienda un cerco de tinieblas,
tinieblas de las aguas, espesos nubarrones;
del fulgor que le precedía se encendieron
granizo y ascuas de fuego.
Tronó Yahveh en los cielos,
lanzó el Altísimo su voz;
arrojó saetas, y los puso en fuga,
rayos fulminó y sembró derrota.
El fondo del mar quedó a la vista,
los cimientos del orbe aparecieron,
ante tu imprecación, Yahveh,
al resollar el aliento en tus narices.
El extiende su mano de lo alto para asirme,
para sacarme de las profundas aguas;
me libera de un enemigo poderoso,
de mis adversarios más fuertes que yo.
Me aguardaban el día de mi ruina,
más Yahveh fue un apoyo para mí;
me sacó a espacio abierto,
me salvó porque me amaba.
Yahveh me recompensa conforme a mi justicia,
me paga conforme a la pureza de mis manos;
porque he guardado los caminos de Yahveh,
y no he hecho el mal lejos de mi Dios.
Porque tengo ante mí todos sus juicios,
y sus preceptos no aparto de mi lado;
he sido ante él irreprochable,
y de incurrir en culpa me he guardado.
Y Yahveh me devuelve según mi justicia,
según la pureza de mis manos que tiene ante sus ojos.
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Con el piadoso eres piadoso,
intachable con el hombre sin tacha;
con el puro eres puro,
con el ladino, sagaz;
tú que salvas al pueblo humilde,
y abates los ojos altaneros.
Tú eres, Yahveh, mi lámpara,
mi Dios que alumbra mis tinieblas;
con tu ayuda las hordas acometo,
con mi Dios escalo la muralla.
Dios es perfecto en sus caminos,
la palabra de Yahveh acrisolada.
El es el escudo
de cuantos a él se acogen.
Pues ¿quién es Dios fuera de Yahveh?
¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?
El Dios que me ciñe de fuerza,
y hace mi camino irreprochable,
que hace mis pies como de ciervas,
y en las alturas me sostiene en pie,
el que mis manos para el combate adiestra
y mis brazos para tensar arco de bronce.
Tú me das tu escudo salvador,
(tu diestra me sostiene), tu cuidado me exalta,
mis pasos ensanchas ante mí,
no se tuercen mis tobillos.
Persigo a mis enemigos, les doy caza,
no vuelvo hasta haberlos acabado;
los quebranto, no pueden levantarse,
sucumben debajo de mis pies.
Para el combate de fuerza me ciñes,
doblegas bajo mí a mis agresores,
a mis enemigos haces dar la espalda,
extermino a los que me odian.
Claman, mas no hay salvador,
a Yahveh, y no les responde.
Los machaco como polvo al viento,
como al barro de las calles los piso.
De las querellas de mi pueblo tú me libras,
me pones a la cabeza de las gentes;
pueblos que no conocía me sirven;
los hijos de extranjeros me adulan,
son todo oídos, me obedecen,
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los hijos de extranjeros desmayan,
y dejan temblando sus refugios.
¡Viva Yahveh, bendita sea mi roca,
el Dios de mi salvación sea ensalzado,
el Dios que la venganza me concede
y abate los pueblos a mis plantas!
Tú me libras de mis enemigos,
me exaltas sobre mis agresores,
del hombre violento me salvas.
Por eso he de alabarte entre los pueblos,
a tu nombre, Yahveh, salmodiaré.
El hace grandes las victorias de su rey
y muestra su amor a su ungido,
a David y a su linaje para siempre.
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 20,1-15
Luego vi a un Ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una
gran cadena. Dominó al Dragón, la Serpiente antigua - que es el Diablo y Satanás - y lo
encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para
que no seduzca más a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene
que ser soltado por poco tiempo. Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les
dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el
testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a
su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron
con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil
años. Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera
resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes
de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años. Cuando se terminen los mil años, será
Satanás soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos
de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena
del mar. Subieron por toda la anchura de la tierra y cercaron el campamento de los
santos y de la Ciudad amada. Pero bajó fuego del cielo y los devoró. Y el Diablo, su
seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el
falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Luego vi un
gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él. El cielo y la tierra huyeron de su
presencia sin dejar rastro. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del
trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los
muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras. Y el mar
devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que
guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras. La Muerte y el Hades fueron
arrojados al lago de fuego - este lago de fuego es la muerte segunda - y el que no se
halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.
Vencida la bestia y su ejército, queda todavía por derrotar a Satanás. Juan finalmente
puede verlo: el antiguo tentador tirado en el abismo y bloqueado por cadenas. Contra
Satanás se abate la fuerza de Cristo, no contra los hombres. En él ya no hay
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esperanza; sí la hay en los hombres, sí la hay en cada hombre. Es más, el deseo de
que no se pierda ninguno es lo que lleva al Verbo sobre la tierra a emprender una lucha
decidida contra Satanás. No nos encontramos todavía en la aniquilación definitiva. El
autor habla de mil años, una expectativa que ha suscitado tantos problemas en el curso
de la historia. Como en las otras páginas, se trata de un número simbólico. La
interpretación más común ve en estos mil el tiempo de la Iglesia, que va desde la
Pascua de Cristo a la plenitud final del Reino. Se podría decir: es el “ya” de la victoria,
pero el “todavía no” de su plenitud. En este arco de tiempo el mal no es aniquilado, está
como encadenado, y todavía puede actuar. La victoria sobre éste no tiene lugar en un
instante, se hace realidad a través de la lucha cotidiana de la comunidad de los justos
sostenidos por Cristo. Los que en este tiempo testimonian su fe con la sangre reciben
la “primera resurrección”, es decir, están con Cristo y reinan con él en la
bienaventuranza. En el final de los tiempos (a la conclusión de los mil años) tiene lugar
el enfrentamiento definitivo entre el Bien y el Mal –el éxito del primero ya ha sido
anticipado en el capítulo 19, 11-21. Satanás, en un ultimo asalto, intentará arrastrar a
sus adeptos por la tierra para asediar a los justos, pero el fuego del cielo lo destruye.
Entonces comienza el juicio final ejecutado por Dios mismo. Ante Dios desfila la
humanidad entera, cada uno es juzgado en base a cuanto está escrito en los libros
celestes, en los cuales se rechazan las mentiras de los criterios terrestres. Allí oiremos
decir: “Tenia sed y me diste de beber”. Cada obra de caridad, por pequeña que sea, es
suficiente para estar inscrita en el “libro de la vida”.
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24/11/2004
Memoria de los santos y de los profetas
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 21,1-8
Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra
desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que
bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su
esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con
los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá
llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» Entonces dijo el que está
sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.» Y añadió: «Escribe: Estas son
palabras ciertas y verdaderas.» Me dijo también: «Hecho está: yo soy el Alfa y la
Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la
vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para
mi. Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los
hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde
con fuego y azufre: que es la muerte segunda.
Es la séptima visión, la última, la definitiva. Juan ve el cumplimiento de la profecía de
Isaías: “Pues he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán mentados
los primeros ni vendrán a la memoria” (65, 17). Él ve el cielo nuevo y la tierra nueva,
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transfigurados, que el profeta había preanunciado. Se habla no de otra tierra o de otro
cielo, sino de una nueva tierra y de un nuevo cielo. Hay una continuidad entre el antes
y el después, que sufren una ruptura profunda (el mar, por ejemplo, ya no está). La
tierra, la historia, la carne, la vida, no son anuladas sino transfiguradas. Y todos
participan de tal misterio de salvación. Juan ve la ciudad santa, la nueva “Jerusalén”, la
morada definitiva de Dios con los hombres, donde está reunida la humanidad entera. Y
se realiza, finalmente, el diseño de Dios sobre la historia: es decir, hacer de todos los
pueblos y de todas las naciones una única familia. Escribe Juan: “Pondrá su morada
entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios”. Es el nuevo
mundo de Dios donde cualquier luto será eliminado, cualquier tristeza será vedada,
cualquier lágrima enjugada. Pero este nuevo mundo no es solo para esperar e invocar,
es también un mundo a construir cada día través la obra de cada creyente y de cada
justo. Jesús está cerca y ha venido a hacer “nuevas todas las cosas”. Quien confía en
el Señor y no en sí mismo o en sus propios ídolos, que llevan inexorablemente al
abismo, se convierte en ciudadano y constructor de la ciudad santa, patria de todos los
hijos de Dios.
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25/11/2004
Memoria de la Iglesia
Para los musulmanes, fiesta de la ruptura del ayuno al final del mes del Ramadán (‘Aid-l
fitr).
Canto de los Salmos
Salmo 18 (19)
Los cielos cuentan la gloria de Dios,
la obra de sus manos anuncia el firmamento;
el día al día comunica el mensaje,
y la noche a la noche trasmite la noticia.
No es un mensaje, no hay palabras,
ni su voz se puede oír;
mas por toda la tierra se adivinan los rasgos,
y sus giros hasta el confín del mundo.
En el mar levantó para el sol una tienda,
y él, como un esposo que sale de su tálamo,
se recrea, cual atleta, corriendo su carrera.
A un extremo del cielo es su salida,
y su órbita llega al otro extremo,
sin que haya nada que a su ardor escape.
La ley de Yahveh es perfecta,
consolación del alma,
el dictamen de Yahveh, veraz,
sabiduría del sencillo.
Los preceptos de Yahveh son rectos,
gozo del corazón;
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claro el mandamiento de Yahveh,
luz de los ojos.
El temor de Yahveh es puro,
por siempre estable;
verdad, los juicios de Yahveh,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
más que el oro más fino;
sus palabras más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.
Por eso tu servidor se empapa en ellos,
gran ganancia es guardarlos.
Pero ¿quién se da cuenta de sus yerros?
De las faltas ocultas límpiame.
Guarda también a tu siervo del orgullo,
no tenga dominio sobre mí.
Entonces seré irreprochable,
de delito grave exento.
¡Sean gratas las palabras de mi boca,
y el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Yahveh,
roca mía, mi redentor.
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 21,9-27
Entonces vino uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete
últimas plagas, y me habló diciendo: «Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la
Esposa del Cordero.» Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la
Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de
Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino.
Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles y
nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres
puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas. La
muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce
Apóstoles del Cordero. El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para
medir la ciudad, sus puertas y su muralla. La ciudad es un cuadrado: su largura es igual
a su anchura. Midió la ciudad con la caña, y tenía 12.000 estadios. Su largura, anchura
y altura son iguales. Midió luego su muralla, y tenía 144 codos - con medida humana,
que era la del Ángel -. El material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro
semejante al vidrio puro. Los asientos de la muralla de la ciudad están adornados de
toda clase de piedras preciosas: el primer asiento es de jaspe, el segundo de zafiro, el
tercero de calcedonia, el cuarto de esmeralda, el quinto de sardónica, el sexto de
cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de
crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista. Y las doce puertas son
doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla; y la plaza de la ciudad
es de oro puro, trasparente como el cristal. Pero no vi Santuario alguno en ella; porque
el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. La ciudad no necesita ni
de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es
el Cordero. Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su
esplendor. Sus puertas no se cerrarán con el día - porque allí no habrá noche - y
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traerán a ella el esplendor y los tesoros de las naciones. Nada profano entrará en ella,
ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la
vida del Cordero.
Juan describe la ciudad santa, la “esposa del Cordero”. Es la Jerusalén que baja del
cielo y al mismo tiempos es sueño y meta de todos los pueblos. Para describirla Juan
toma prestadas las imágenes de los profetas Ezequiel, Isaías y Zacarías. Los profetas,
los que hablan en nombre de Dios, tanto ayer como hoy, continúan indicando la meta a
la cual nos dirigimos. Nadie puede alcanzarla solo: está situada en un monte alto. El
mismo Juan ha sido transportado hacia él. Siempre hay un ángel que nos dice: “¡Ven!”.
Si lo escuchamos y lo seguimos también nosotros seremos transportados hacia ella.
Escuchamos las Santas Escrituras y desde ahora podemos verla, habitarla, vivirla y
construirla. Es una ciudad fundada sobre los apóstoles y abierta a todos los pueblos:
las doce puertas abiertas hacia los cuatro puntos cardinales indican la apertura
universal. Y las puertas no están nunca cerradas: “sus puertas no cerraran con el día –
porqué allí no habrá noche”. Nadie está tan lejano como para sentirse extranjero: todos
los creyentes, todos los justos, todos los hombres y las mujeres de buena voluntad,
todos los trabajadores de paz son sus ciudadanos. Todos son hijos de Dios y hermanos
entre ellos. No hay necesidad ni del templo ni de la luz. Dios es todo en todos. No es
solo un misterio que llegará. Es una esperanza que hay que vivir desde ahora.
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26/11/2004
Memoria de Jesús crucificado
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 22,1-5
Luego me mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono
de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay árboles
de Vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina
para los gentiles. Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero
estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su
nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de
luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.
Juan ve después “un río de agua viva”: es un río que se encontraba en el Edén (Gn 2,
19), el que Ezequiel había visto salir del templo (41,7) y que Zacarías había anunciado
(14,8). Pero sobre todo es aquél del que Jesús había dicho a la samaritana: “el que
beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se
convertirá en el en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Juan, que
ciertamente recuerda estas palabras de Jesús, ahora ve con sus ojos aquella fuente
que surge para la vida eterna. De hecho, aquel río de agua viva surgía del trono de
Dios y del Cordero. En el medio de la ciudad, por otra parte, se advierte un “árbol de la
12
vida” Es el árbol que fue ocasión de pecado a los progenitores y que ahora es fuente
de vida para los elegidos de Dios. Es el árbol de Cristo, su cruz, que ya no es signo de
muerte sino de vida. Desde este árbol renace la vida: María Y Juan, debajo de la cruz,
se acogieron el uno al otro, ¡y el apóstol lo recuerda! En la nueva Jerusalén ya no hay
prohibición, no hay separaciones, no hay muros que dividen y barreras que impiden el
acceso. Dios acoge a todos porque es el Padre de todos y no hace preferencias de
personas (2 Cor 19, 7). EL Apocalipsis ayuda a mirar la historia de nuestros días a
partir de su conclusión, de la acogida universal de la celeste Jerusalén. Es el sueño
que Dios pide realizar a los hombres de buena voluntad.
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27/11/2004
Vigilia del domingo
Lectura de la Palabra de Dios
Apocalipsis 22,6-21
Luego me dijo: «Estas palabras son ciertas y verdaderas; el Señor Dios, que inspira a
los profetas, ha enviado a su Ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder
pronto. Mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este
libro.» Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo oí y vi, caí a los pies del Ángel que
me había mostrado todo esto para adorarle. Pero él me dijo: «No, cuidado; yo soy un
siervo como tú y tus hermanos los profetas y los que guardan las palabras de este libro.
A Dios tienes que adorar.» Y me dijo: «No selles las palabras proféticas de este libro,
porque el Tiempo está cerca. Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado
siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga
santificándose. Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada
uno según su trabajo. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y
el Fin. Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida y
entrarán por las puertas en la Ciudad. ¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros,
los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira!» Yo, Jesús, he
enviado a mi Ángel para daros testimonio de lo referente a las Iglesias. Yo soy el
Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.» El Espíritu y la Novia
dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el
que quiera, reciba gratis agua de vida. Yo advierto a todo el que escuche las palabras
proféticas de este libro: «Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las
plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro
profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la Vida y en la Ciudad Santa, que se
describen en este libro.» Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto.»
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!
Hemos llegado a la última página del Apocalipsis. Igual que al inicio, el texto se cierra
como en el interior de una Gran Liturgia donde se desarrolla una especie de diálogo. El
ángel que ha introducido en la Jerusalén Celeste pronuncia la penúltima
bienaventuranza del Apocalipsis, que enlaza con aquella de María, la madre de Jesús,
la cual “conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón” (2, 51). Toda la
profecía se debe custodiar, contemplar, vivir. Esto debe acaecer para cada Palabra de
13
Dios, como también para este libro. El ángel exhorta a Juan a no sellarlo. Las palabras
del Apocalipsis, de hecho, no describen simplemente el futuro: hablan de la vida de la
comunidad cristiana inmersa en la complejidad y en el drama de la historia. Todas las
generaciones cristianas están en aquel campo fascinante y terrible de la historia donde
se enfrentan el Bien y el Mal. También nuestra generación cristiana debe confrontarse
con estas palabras y, sobre todo, debe afrontar el inicio de este nuevo milenio teniendo
ante sus ojos la Jerusalén celeste, segura de la victoria del Señor sobre el Príncipe del
Mal y sobre sus allegados. La certeza de esta proximidad nos hace gritar: ¡Ven, Señor
Jesús! Sí, ven para que el mundo en ausencia tuya es presa del Maligno; ven porque
sin ti no podemos hacer nada; ven, porque tu amor y tu compañía son nuestra fuerza y
nuestro consuelo; ven, porque sabemos que nos escuchas. El Apocalipsis, antes
todavía de que la oración saliese de nuestros labios, nos ha dado su respuesta: “Sí,
vengo pronto!”
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28/11/2004
Liturgia del domingo
Primera Lectura
Isaías 2,1-5
Lo que vio Isaías, hijo de Amós, tocante a Judá y Jerusalén. Sucederá en días futuros
que el monte de la Casa de Yahveh
será asentado en la cima de los montes
y se alzará por encima de las colinas.
Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán:
"Venid, subamos al monte de Yahveh,
a la Casa del Dios de Jacob,
para que él nos enseñe sus caminos
y nosotros sigamos sus senderos."
Pues de Sión saldrá la Ley,
y de Jerusalén la palabra de Yahveh. Juzgará entre las gentes,
será árbitro de pueblos numerosos.
Forjarán de sus espadas azadones,
y de sus lanzas podaderas.
No levantará espada nación contra nación,
ni se ejercitarán más en la guerra. Casa de Jacob, andando, y vayamos,
caminemos a la luz de Yahveh.
Salmo responsorial
Salmo 121 (122)
¡Oh, qué alegría cuando me dijeron:
Vamos a la Casa de Yahveh!
¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies
en tus puertas, Jerusalén!
Jerusalén, construida cual ciudad
de compacta armonía,
a donde suben las tribus,
las tribus de Yahveh,
14
es para Israel el motivo de dar gracias
al nombre de Yahveh.
Porque allí están los tronos para el juicio,
los tronos de la casa de David.
Pedid la paz para Jerusalén:
¡en calma estén tus tiendas,
haya paz en tus muros,
en tus palacios calma!
Por amor de mis hermanos y de mis amigos,
quiero decir: ¡La paz contigo!
¡Por amor de la Casa de Yahveh nuestro Dios,
ruego por tu ventura.
Segunda Lectura
Romanos 13,11-14
Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de
levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando
abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de
las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día,
procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y
desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y
no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.
Lectura de la Palabra de Dios
Mateo 24,37-44
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los
días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día
en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los
arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos
en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es
tomada, la otra dejada. «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el
ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también
vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del
hombre.
Homilía
Con este primer domingo de Adviento empieza el nuevo año litúrgico. Es un tiempo
nuevo que podríamos comparar con una peregrinación espiritual hacia aquel “monte
santo” del que habla el profeta Isaías. Es un itinerario en el que no caminamos a
tientas, como quien no conoce la meta. La Palabra de Dios guiará nuestros pasos. Los
domingos nos ayudarán a hacer crecer en nosotros el hombre espiritual con los rasgos
de Jesús. Por eso podemos decir que la meta de nuestra peregrinación es el mismo
Jesús, y que la vía para alcanzarla es la trazada por el Evangelio. Damos los primeros
pasos este domingo de Adviento. El tiempo litúrgico de Adviento, como sabemos, está
marcado por la espera del Señor. Es cierto que Jesús llega en todo tiempo, mejor
dicho, Él está con nosotros todos los días, como dijo a los discípulos antes de subir al
cielo. Pero es una gracia especial de este tiempo litúrgico; es la gracia de tener más
viva la conciencia de Jesús como “aquel que viene” para vivir entre nosotros.
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Este domingo nos recuerda que antes de que nosotros nos movamos hacia Jesús, Él
viene a nuestro encuentro y empieza la peregrinación hacia nosotros. Puede ser que
no nos demos cuenta. El motivo lo sugiere el mismo Jesús: “como en los días de Noé,
así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al
diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el
arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será
también la venida del Hijo del hombre”. Es una severa amonestación que nos hace
pensar también en ciertas culpables ligerezas al considerar los signos de los tiempos:
mientras muchas tragedias se abaten sobre la vida de los pueblos, especialmente en el
sur pobre del mundo, en tantas partes ricas del planeta se continúa viviendo como si
nada pasase.
Las palabras de Jesús quieren afrentar la decadencia moral de muchos
comportamientos, como también nos hace notar el apóstol Pablo en la carta a los
Romanos: “como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y
borracheras, nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias” (13,13).
Jesús llama la atención de sus discípulos para que estén vigilantes en el tiempo nuevo
que él mismo inaugurará. Es cierto que un estilo de vida egocéntrico y consumista nos
apesadumbra, nos hace insensibles, nos obliga a cerrar nuestros ojos y nuestros
pensamientos en el provincialismo de los intereses individuales y particulares. Y, sin
duda alguna, nos encontramos ante un abatimiento de la vida, ante un individualismo
generalizado. Este tiempo de Adviento nos dice que es necesario que centremos
nuestra mirada en Jesús. El Evangelio nos llama a un estilo de vida atento y vigilante.
Jesús no tiene miedo de compararse con un ladrón que llega de improviso: “velad,
pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Si el dueño de la casa supiese
a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le
horadasen su casa”. Este extraño texto es, en realidad, una llamada acuciante a la
vigilancia. Jesús viene, pero hay que tener los ojos límpidos para acoger los signos de
su paso entre los hombres. El Adviento, por eso, es un tiempo oportuno para
“despertarnos del sueño”, como exhorta el apóstol Pablo. La escucha asidua de la
Palabra de Dios, una mayor atención a la caridad hacia los pobres, son maneras
concretas de continuar “despiertos” en la espera de Jesús, “sabiendo que el Día del
Señor ha de venir como un ladrón en la noche” (1 Ts 5,2)
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29/11/2004
Memoria de los pobres
Canto de los Salmos
Salmo 19 (20)
¡Yahveh te responda el día de la angustia,
protéjate el nombre del Dios de Jacob!
El te envíe socorro desde su santuario,
desde Sión sea tu apoyo.
Se acuerde de todas tus ofrendas,
halle sabroso tu holocausto; Pausa.
te otorgue según tu corazón,
cumpla todos tus proyectos.
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¡Y nosotros aclamemos tu victoria,
de nuestro Dios el nombre tremolemos!
¡Cumpla Yahveh todas tus súplicas!
Ahora conozco que Yahveh
dará la salvación a su ungido;
desde su santo cielo le responderá
con las proezas victoriosas de su diestra.
Unos con los carros, otros con los caballos,
nosotros invocamos el nombre de Yahveh, nuestro Dios.
Ellos se doblegan y caen,
y nosotros en pie nos mantenemos.
¡Oh Yahveh, salva al rey,
respóndenos el día de nuestra súplica!
Lectura de la Palabra de Dios
Marcos 1,1-8
Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el
profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti,
el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
enderezad sus sendas, apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un
bautismo de conversión para perdón de los pecados. Acudía a él gente de toda la
región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán,
confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba
de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte
que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os
he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
“Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo”. Marcos, abriendo su libro con estas
palabras, no pretende iniciar una narración histórica, sino afirmar que todo lo que sigue
es una “buena noticia”, es decir, un “Evangelio”, para todos. Y la buena noticia es el
mismo Jesús, el Salvador. El Evangelista nos invita a escuchar con atención estas
palabras: el que las escucha acoge a Jesús en su corazón y se salva. La vida espiritual
empieza precisamente con la escucha de este pequeño libro, que ya con sus primeras
palabras nos sumerge inmediatamente en la espera de un tiempo nuevo, de un tiempo
de amor y de paz. Aparece pronto Juan el Bautista, el profeta austero que sin palabras
vanas ni vacías habla directamente al corazón. Y con el cambio de los corazones
empieza el cambio del mundo. El profeta “clama” en el desierto de vida de este mundo
y anuncia que pronto llegará uno “más fuerte” que él, que bautizará en Espíritu Santo y
será el Salvador. Juan invita a todos a preparar la vía del corazón para encontrar el
Salvador que liberará el mundo de toda esclavitud. Y la manera de preparar la vía es
abrir el Evangelio y sumergirse en sus páginas día tras día.
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17
30/11/2004
Memoria de los apóstoles
Recuerdo del apóstol Andrés.
Canto de los Salmos
Salmo 20 (21)
Yahveh, en tu fuerza se regocija el rey;
¡oh, y cómo le colma tu salvación de júbilo!
Tú le has otorgado el deseo de su corazón,
no has rechazado el anhelo de sus labios. Pausa.
Pues le precedes de venturosas bendiciones,
has puesto en su cabeza corona de oro fino;
vida te pidió y se la otorgaste,
largo curso de días para siempre jamás.
Gran gloria le da tu salvación,
le circundas de esplendor y majestad;
bendiciones haces de él por siempre,
le llenas de alegría delante de tu rostro.
Sí, en Yahveh confía el rey,
y por gracia del Altísimo no ha de vacilar.
Tu mano alcanzará a todos tus enemigos,
tu diestra llegará a los que te odian;
harás de ellos como un horno de fuego,
el día de tu rostro;
Yahveh los tragará en su cólera,
y el fuego los devorará;
harás perecer su fruto de la tierra,
y su semilla de entre los hijos de Adán.
Aunque ellos intenten daño contra ti,
aunque tramen un plan, nada podrán.
Que tú les harás volver la espalda,
ajustarás tu arco contra ellos.
¡Levántate, Yahveh, con tu poder,
y cantaremos, salmodiaremos a tu poderío!
Lectura de la Palabra de Dios
Mateo 4,18-22
Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro,
y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice:
«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» Y ellos al instante, dejando las
redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de
Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo
arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le
siguieron.
18
Andrés, natural de Betsaida, era discípulo del Bautista, y fue el primero en recibir la
llamada de Jesús a seguirle. El Evangelio de Mateo nos lo presenta en la ribera del mar
de Galilea junto a su hermano Pedro, mientras echa la red en el mar para pescar.
Jesús lo ve y le llama a seguirle. El inicio de la vida pública de Jesús no está marcado
por gestos prodigiosos, sino por un encuentro. Es una indicación de cómo el Evangelio
continúa caminando en la historia: encontrando a hombres y mujeres. En efecto, poco
después se repite la misma escena con otros dos hermanos, Santiago y Juan. Jesús
les llama a una pesca diferente, les llama a entrar en otro mar, el de los hombres y las
mujeres, a menudo golpeados por las olas y sacudidos por los vientos del mundo. Los
cuatro, abandonando las redes al instante, le siguieron. Es la decisión de la fe que hace
dejar las propias costumbres para seguir al único capaz de dar sentido a la vida. El
secreto es sencillo: seguir, tal y como hizo Andrés, la invitación del Evangelio.
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01/12/2004
Memoria de los santos y de los profetas
Lectura de la Palabra de Dios
Marcos 1,9-11
Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado
por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el
Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos:
«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»
Marcos no relata la narración del nacimiento y la infancia de Jesús, como hacen Mateo
y Lucas. Él abre el Evangelio directamente con el Bautismo de Jesús, haciendo así su
narración de la Navidad. Escribe Marcos, que el Bautista ve venir a Jesús mientras está
predicando y bautizando en el Jordán. Al igual que todos aguarda en la fila para recibir
el bautismo de penitencia. En esta situación de normalidad – parece sugerirnos Marcos
– se manifiesta la extraordinaria potencia de Dios, al igual que se había manifestado en
el nacimiento de un niño. Mientras Jesús sale del agua los cielos se rasgan y el Espíritu
en forma de paloma se posa sobre la cabeza de Jesús. La antigua oración de Isaías:
“¡Ah! si rompieses los cielos y descendieses”, que recogía las esperanzas de los
pobres y de los oprimidos, aquel día era escuchada. También nosotros estamos
llamados a reunirnos alrededor de Juan, alrededor de la predicación de la Palabra de
Dios, para dirigir nuestra mirada hacia el “amado” del Padre, para que también nosotros
nos complazcamos con él.
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02/12/2004
Memoria de la Iglesia
Canto de los Salmos
Salmo 21 (22)
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!
Dios mío, de día clamo, y no respondes,
también de noche, no hay silencio para mí.
¡Mas tú eres el Santo,
que moras en las laudes de Israel!
En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;
a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos.
Y yo, gusano, que no hombre,
vergüenza del vulgo, asco del pueblo,
todos los que me ven de mí se mofan,
tuercen los labios, menean la cabeza:
Se confió a Yahveh, ¡pues que él le libre,
que le salve, puesto que le ama!
Sí, tú del vientre me sacaste,
me diste confianza a los pechos de mi madre;
a ti fui entregado cuando salí del seno,
desde el vientre de mi madre eres tú mi Dios.
¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca,
no hay para mí socorro!
Novillos innumerables me rodean,
acósanme los toros de Basán;
ávidos abren contra mí sus fauces;
leones que desgarran y rugen.
Como el agua me derramo,
todos mis huesos se dislocan,
mi corazón se vuelve como cera,
se me derrite entre mis entrañas.
Está seco mi paladar como una teja
y mi lengua pegada a mi garganta;
tú me sumes en el polvo de la muerte.
Perros innumerables me rodean,
una banda de malvados me acorrala
como para prender mis manos y mis pies.
Puedo contar todos mis huesos;
ellos me observan y me miran,
repártense entre sí mis vestiduras
y se sortean mi túnica.
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¡Mas tú, Yahveh, no te estés lejos,
corre en mi ayuda, oh fuerza mía,
libra mi alma de la espada,
mi única de las garras del perro;
sálvame de las fauces del león,
y mi pobre ser de los cuernos de los búfalos!
¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré!:
Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza,
raza toda de Jacob, glorificadle,
temedle, raza toda de Israel.
Porque no ha despreciado
ni ha desdeñado la miseria del mísero;
no le ocultó su rostro,
mas cuando le invocaba le escuchó.
De ti viene mi alabanza en la gran asamblea,
mis votos cumpliré ante los que le temen.
" Los pobres comerán, quedarán hartos,
los que buscan a Yahveh le alabarán:
""¡Viva por siempre vuestro corazón!"""
Le recordarán y volverán a Yahveh todos los confines de la tierra,
ante él se postrarán todas las familias de las gentes.
Que es de Yahveh el imperio, del señor de las naciones.
Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra,
ante él se doblarán cuantos bajan al polvo.
Y para aquél que ya no viva,
le servirá su descendencia:
ella hablará del Señor a la edad
venidera,
contará su justicia al pueblo por nacer:
Esto hizo él.
Lectura de la Palabra de Dios
Marcos 1,12-13
A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta
días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles
le servían.
El Espíritu, que se había posado en Jesús en el momento del bautismo, le lleva ahora
al desierto. Parece como si el Evangelista quisiera sugerir una especie de irresistible
violencia del Espíritu a la que Jesús “no puede resistir”. La misión no empieza nunca en
uno mismo, sino en la obediencia al Espíritu. Jesús se dirige al desierto, al lugar de la
tentación, de los miedos y de las dificultades, pero también lugar de grandes
21
decisiones. Y permanece en él durante cuarenta días. Podríamos decir que es toda una
vida. Jesús lucha contra el príncipe del mal y sus servidores. No se trata sólo de un
episodio de aquel momento; la tentación, la lucha, es una dimensión que acompaña
toda la vida de Jesús, y toda la vida de los discípulos. Pero el Señor Dios no nos deja
solos en el combate. Envía a sus ángeles para que custodien y sirvan a Jesús, hasta el
punto de poder permanecer entre las fieras sin sufrir daño alguno. Así soñaba también
Isaías el tiempo de la salvación. Y así puede ser también para los discípulos del Señor:
si se escucha el Evangelio, la lucha contra el mal será más fácil y el desierto también
florecerá.
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03/12/2004
Memoria de Jesús crucificado
Recuerdo de san Francisco Javier, jesuita del siglo XVI, misionero en India y Japón.
Lectura de la Palabra de Dios
Marcos 1,14-20
Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena
Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y
creed en la Buena Nueva.» Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el
hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les
dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.» Al instante,
dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de
Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al
instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros,
se fueron tras él.
Después de que Juan fuese “arrestado”, la palabra profética está en cierto modo
encadenada. Pero Jesús, apunta el evangelista, a partir de ese momento empieza a
hablar. El Señor nunca nos deja sin su palabra. Jesús recorre las calles de esta tierra
anunciando a todos la “buena noticia de Dios” y nos pide a todos que nos convirtamos
y creamos en el Evangelio. El Evangelio no es una palabra abstracta, es el mismo
Jesús. Él es la buena noticia en la que creer; a él debemos confiar toda nuestra vida.
La llamada de los primeros discípulos manifiesta cómo se realiza el nuevo reino del
amor. Mientras bordea el mar de Galilea, Jesús llama a Simón y a Andrés: “Venid
conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres”. Estaban ajetreados echando
sus redes, pero acogieron la invitación y le siguieron. Es la historia de cada discípulo.
El Señor pasa por todas las generaciones, también hoy, y llama a hombres y mujeres a
seguirle. Caminando encuentra a otros dos hermanos, Santiago y Juan. También les
llama. Y ellos, después de escucharle, dejan sus redes y le siguen. Empieza así la
historia de la fraternidad cristiana. Continúa en el mismo camino.
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22
04/12/2004
Vigilia del domingo
Recuerdo de san Juan Damasceno, sacerdote y doctor de la Iglesia que vivió en
Damasco en el siglo VIII.
Lectura de la Palabra de Dios
Marcos 1,21-28
Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y
quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene
autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre
poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros
contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de
Dios.» Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» Y agitándole
violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron
pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una
doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le
obedecen.» Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de
Galilea.
Jesús, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, una importante
ciudad de Galilea. Jesús la había escogido como morada suya y de sus discípulos:
realmente quiere vivir entre los hombres, en sus ciudades. Es sábado y Jesús entra en
la sinagoga y se pone a enseñar. Jesús – parece subrayar el evangelista – no retrasa
el anuncio del Evangelio, no se entretiene a pensar en dónde albergar a su grupo. En
cambio, su preocupación es que el Evangelio sea comunicado. Efectivamente, hay algo
que se espera. Los que le escuchan se sorprenden de su enseñanza y sobre todo de la
autoridad con la que habla. En eso Jesús es muy diferente de los escribas. El
Evangelio no es una disertación abstracta; pretende el cambio de la vida. La autoridad
de Jesús se manifiesta con la liberación de un hombre poseído por un espíritu
inmundo. El Evangelio es una palabra con autoridad que libera a los hombres y a las
mujeres de tantas esclavitudes de este mundo.
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05/12/2004
Liturgia del domingo
La Iglesia bizantina venera hoy a san Saba (+ 532), “archimandrita de todos los ermitaños
de Palestina”.
Primera Lectura
Isaías 11,1-10
Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará
sobre él el espíritu de Yahveh:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh.
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No juzgará por las apariencias,
ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles,
y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra.
Herirá al hombre cruel con la vara de su boca,
con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura,
verdad el cinturón de sus flancos. Serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito,
el novillo y el cachorro pacerán juntos,
y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán,
juntas acostarán sus crías,
el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del
áspid,
y en la hura de la víbora
el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal
en todo mi santo Monte,
porque la tierra estará llena de conocimiento de
Yahveh,
como cubren las aguas el mar. Aquel día la raíz de Jesé
que estará enhiesta para estandarte de pueblos,
las gentes la buscarán,
y su morada será gloriosa.
Segunda Lectura
Romanos 15,4-9
En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra,
para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la
esperanza. Y el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener los unos para con
los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz,
glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, acogeos
mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios. Pues afirmo que Cristo se puso
al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para dar cumplimiento a
las promesas hechas a los patriarcas, y para que los gentiles glorificasen a Dios por su
misericordia, como dice la Escritura: Por eso te bendeciré entre los gentiles y ensalzaré
tu nombre.
Lectura de la Palabra de Dios
Mateo 3,1-12
Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
«Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.» Este es aquél de quien habla el
profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
enderezad sus sendas. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un
cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía
entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por
él en el río Jordán, confesando sus pecados. Pero viendo él venir muchos fariseos y
saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la
ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en
vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de
estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y
todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en
agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no
soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su
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mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja
la quemará con fuego que no se apaga.»
Homilía
Mientras damos los primeros pasos hacia la Navidad del Señor, viene a nuestro
encuentro la figura de un gran profeta, Juan el Bautista: el evangelista lo presenta
como un hombre vestido con pieles de camello y con un cinturón de cuero a su cintura;
su comida eran langostas y miel silvestre. Se retira en el desierto de Judá, lejos de
Jerusalén, y habla un lenguaje insólito, aunque muy claro. “Raza de víboras”, dice a los
que oprimen a los más débiles, prediciendo sobre ellos la ira inminente de Dios. Para
todos añade que el hacha está puesta a la raíz de los árboles: quien no da frutos
buenos será cortado y arrojado al fuego. En resumen, sus imprecaciones ponen en
guardia a los habitantes de Jerusalén por su lejanía de Dios y de su amor.
Juan se había alejado de Jerusalén, se había despojado de todo. Sólo quería ser fuerte
en la palabra: “Voz del que clama en el desierto”. Sí, su verdadero nombre es “Voz del
que clama”. Es sólo una voz, pero indica la vía de la salvación: “preparad el camino del
Señor”. Este profeta regresa hoy entre nosotros. Pero, ¿quién es? Es el Evangelio.
Esta palabra es una voz que indica caminos diferentes a los de la opresión, el sólo
interés por uno mismo, el desprecio, la violencia, y la indiferencia. Juan y el Evangelio
repiten: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos”. Nuestros caminos a
menudo están lejos de los del Evangelio. Convertirse quiere decir, por eso, pedir en
primer lugar perdón por la distancia que hemos puesto entre nosotros y el Evangelio,
entre nosotros y el Señor Jesús. Y el Señor nos perdona mostrándonos abiertamente
su visión, la misma que vio Isaías: un mundo donde “serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño
pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león,
como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en
la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño a nadie,
nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento
del Señor.” Es un mundo vacío de violencia y lleno de benevolencia y amistad. Es el
Reino de Dios que suplanta al reino triste y violento de nuestro mundo, donde los
hombres continúan luchando, donde la violencia del terrorismo siembra angustia,
donde un pueblo se abalanza contra el vecino, donde una parte de la misma nación se
enfrenta a la otra, donde cada uno se encierra en el propio egocentrismo y solo se
preocupa de defender los propios intereses.
Necesitamos la venida de Dios y de su reino. Y Dios viene, mejor dicho, está en la
puerta. Esta es la buena noticia de la Navidad y tiene el rostro de un niño. Sí, el Niño
de Belén nos guiará hacia el reino. El pequeño libro del Evangelio, si lo leemos con
amor, nos iluminará y nos guiará. El Espíritu Santo que hoy desciende en nuestros
corazones es como un fuego: calentará nuestro corazón para que no seamos esclavos
del egoísmo; guiará nuestras manos para que las extendamos para ayudar a quien lo
necesita; robustecerá nuestros pies para que recorramos los caminos del amor;
iluminará nuestra mente para que reconozcamos las cosas verdaderas y hermosas de
la vida.
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