1 FUNIMUNDIAL El mundial de fútbol y el conflicto: Fuente: http://www.impactony.com/tag/brasil-2014/#sthash.z7EbjcMt.dpbs 1. El conflicto: Aprendimos que los conflictos son algo natural, propio del ser humano y, por tanto, presentes en todo grupo social y toda relación interpersonal, por la sencilla razón de que las personas tenemos, cada una, nuestro propio sistema de creencias, experiencias de vida, formas de pensar, procesar e interpretar los estímulos que recibimos del mundo exterior y nuestras percepciones pueden entonces diferir con las de otras personas. Además que la función cognitiva, la toma de decisiones y nuestros comportamientos están modulados por el cerebro emocional y eso hace que ante situaciones iguales o similares, dos personas puedan reaccionar de modo diferente (Fisher y Shapiro, Las emociones en la negociación, 2007). Y aquí es importante destacar el OPOV que enseña De Bono (How to Have a BeatifulMind, 2004). Eso es “theotherspoint of view): escuchar para ser entendidos como dice Covey (2009, en su V Hábito); entender y respetar el punto de vista del otro, el cual puede diferir del mío. Por ello, si el conflicto es algo natural, está ahí, tenemos la opción de abordarlo o evitarlo. Y si bien en algunas circunstancias es más útil evitarlo (como enseña Shell, Cómo negociar con ventaja, 2005, en su matriz de situación), por lo general, y para evitar que se escale y se haga un conflicto mayor o de mayores y negativas consecuencias, lo mejor es abordarlo, pero no de forma violenta, reaccionando, sino de forma pacífica y negociada, buscando en el otro a un colaborador con quien trabajar juntos sobre el problema (Fischer y Ury, Getting to Yes, 1981), de forma cooperativa (Nowak, Super Cooperadores, 2011), para la búsqueda de una solución que nos satisfaga a los dos, de manera que ambas partes ganen. 2. El mundial de fútbol y el conflicto: En el mundial de fútbol, en este tipo de juego, es difícil hablar de colaboración entre las partes (equipos) para ganar los dos, pues cada uno va a la suya y la meta es ganar al otro para evitar que me eliminen a mí, sobre todo a estas alturas del mundial, donde queda ya poco, y un empate no vale. La competición está a la orden del día. Lo que debe enfatizarse es el juego limpio, el cumplimiento de reglas de comportamiento. Pero dentro de los mismos equipos, sí que es importante trabajar coordinada y colaborativamente para competir con “el otro”; 2 dentro de cada equipo, todos sus integrantes tienen el mismo interés: ganar y todos los esfuerzos de cada parte deben dirigirse a ese fin común. Y aquí entra aquello de saber jugar como grupo, de hacer pases, de no pensar en individualidades, sino en lo mejor para el equipo y si ello es pasar la bola a otro, hay que hacerlo y saber que el gol es producto, no de quien finalmente encaja la bola en la portería contraria sino, del equipo como grupo. Surge aquí el nacionalismo, la representación de un país, de todo un pueblo. A nivel de relación entre equipos, hemos visto cómo a medida que éstos se van eliminando, aumenta el “juego sucio” (jugadas contra reglamento, como patadas, golpes, entradas maliciosas), la traición, porque lo que interesa es ganar yo, como equipo, como país, aun a costa de hacerte daño a ti, el otro equipo, del otro país. Un freno que se muestra evidente es que ese juego sucio puede traer como consecuencia una sanción que puede perjudicar no sólo al jugador actor, sino al equipo entero, al país. Valores como la honestidad dirigida al “fair play”, pasa, de un convencimiento de que la conducta debe ir por ese derrotero, a una conveniencia, porque lo contrario me trae consecuencias no deseadas. Pero además se tienen por buenas ciertas acometidas sobre el otro, mientras no rayen en lesiones dolosas de cierta entidad, que la propia ley ha llegado a legitimar, bajo determinados parámetros de permisión. Dadas las diferencias entre las percepciones de las personas, el conflicto surge y el reclamo no se hace esperar: que si nos hicieron penal, que si el árbitro se equivoca, que si el juez de línea está de adorno, pues no pita los errores cometidos por el otro equipo, que para qué tanto adelanto tecnológico si no es posible que se graben con precisión las jugadas para verificar violaciones al reglamento de juego, que si no hay un sistema de revocatoria o remedio procesal inmediato para reclamar “in situ” sobre situaciones irregulares y se resuelvan de forma célere y eficiente… Estas y otras son las situaciones conflictivas que hemos visto aparecer en este y cualquier mundial. Por algo el sistema de tarjetas no ha existido siempre y no fue sino cuando los jugadores irrespetaban unas reglas de comportamiento ético, principalmente, sus entrenadores y cuerpo técnico, que empezaron a desarrollarse normas de comportamiento y sanciones de acompañamiento para su incumplimiento, controles de dopaje y otras medidas conforme va surgiendo la necesidad de controlar actuaciones indebidas. Y es cuando la amígdala (cerebral) nos secuestra, el pensamiento racional y la toma de decisiones racionales se hace más cuesta arriba (Goleman, El cerebro y la inteligencia emocional, 2012). Esas percepciones partidarias que hacen las relaciones, las conversaciones, más difíciles; esa toxicidad que trae el confiar excesivamente en nuestras percepciones, de echar las culpas de todo al otro, (Patton y Heen, Conversaciones Difíciles, 2003). Pero hemos sido testigos de equipos en los cuales se maneja un buen nivel de inteligencia emocional, se procura controlar las emociones y responder adecuadamente al comportamiento del otro (jugadores que han sido golpeados y aceptan la mano del agresor para levantarse, que no reaccionan sino que responder asertivamente). 3 3. El aficionado de fútbol y el conflicto: Y qué decir del aficionado, del seguidor de “su” equipo. De esa “masa” de casi siempre exacerbados acompañantes de los equipos de sus respectivos equipos que son capaces de tomar en ocasiones decisiones irracionales, pero atractivas a corto plazo (Bazerman y Neale, La Negociación racional en un mundo irracional, 1997): préstamos bancarios a intereses altísimos para ir al país sede del mundial, abandono del trabajo y familia (en la televisión se podían oír a algunos pidiéndole al jefe permiso para quedarse más tiempo e incluso pidiendo perdón a la familia,). En suma: asunción de riesgos (que los toman también los jugadores, que con tal de que el equipo contrario no haga un gol, se arriesgan a que les piten un penal, haciendo entradas peligrosas en el área de la propia portería. Los seguidores de cada equipo protagonizan en los estadios auténticas reyertas y muchas veces muestran su incapacidad de aceptar una pérdida de su equipo. Ha habido países en los cuales se ha mostrado un aumento en los índices de violencia intrafamiliar cuando el equipo seguido ha ganado un partido: aumenta la ingesta de alcohol, la celebración durante horas y el triste arribo a la casa del celebrante que es esperado por su cónyuge reclamante. La tragedia no se hace esperar. Pero de lo que no hay duda es que una copa del mundo es una de las oportunidades más claras para observar la fiereza de la competición, pero también de las más sanas para ver la defensa del orgullo nacional y para ver desplegarse la integridad y el respeto mutuo. Cada país hace gala de su cultura, de su historia. También se ven gestos de apoyo entre aficionados de diferentes países y el conocimiento del otro mediante la conversación, lo que el biólogo Humberto Maturana llama “el pegajoseo biológico” (Transformación en la Convivencia, 2007). Parafraseando a Meland, en un artículo publicado en junio de 2014 (http://www.mediate.com/articles/worldcup.cfm#bio), con el fútbol internacional, quizás tenemos el mejor sustituto en el mundo para nuestra tentación hacia la guerra destructiva. Es un medio para promover la colaboración en aras del respeto y el reconocimiento internacionales. Dice que la Copa del Mundo es, con sus imperfecciones, “el mundo en su mejor momento”.