SDSD - La Mirada de los Jovenes

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Mención
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por Lisandro Penelas
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Con una mano sostenía un libro. Con la otra acariciaba a su gato
Ernesto. Miró por la ventana y percibió el viento que arremolinaba
las hojas. Recordó cuando era una niña. Ahora su pelo era blanco,
usaba unos lentes muy gruesos y su cara estaba llena de arrugas.
“Llegó el otoño”, pensó, y le hizo una larga caricia a su gato gris.
Nuevamente la tierra se va a cubrir de hojas secas y van a quedar
las calles alfombradas y crujientes. Recordó sus pies pequeñitos
correteando por entre las hojas, abriendo surcos en el suelo, dibujando caminos nuevos por los que podrían pasar los que vinieran
detrás. Y luego, sin desearlo, se le vino misteriosamente a la
memoria aquel tiempo en el que había sido ardilla.
La sombra natural del bosque se iluminaba por pequeños rayos de
sol. Se filtraban como tules, como hilos, como cuerdas o brazos
resplandecientes entre el ramaje de las coníferas. El suelo húmedo y
el olor inconfundible del eucalipto lo cubrían todo. Sobre la tierra se
formaba una carpeta de ramillas delgadas y alargadas. Esas eran
sus casas: los abetos y las araucarias de la zona.
Una mañana salió de su madriguera a buscar alimento. Le encan-
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taban las semillas, las cortezas
e incluso los insectos. Solía
comer nueces sin parar.
Se pasaba horas recolectándolas y pelándolas
hasta llegar al fruto de su interior.
Sin embargo, lo que más amaba comer era cerezas. No era tarea
sencilla encontrarlas. Había que saltar, correr, treparse, afilar bien
las uñas y los dientes, poner el olfato en marcha y hasta roer
troncos para llegar a las mejores. Pero cuando llegaba… ¡Ay! La
alegría era colosal y el placer del sabor de esas delicias valía todos
los esfuerzos. Parecía no entrarle en su cuerpecito peludo de cola
vivaz. Sentía que en la boca le explotaba toda la dulzura que podría existir en el mundo. Y al final, un sabor suave metalizado, casi
ácido, quedaba revoloteando entre su paladar y sus fosas nasales.
Era justo lo necesario para querer comer otra cereza.
Esa mañana el destino había puesto una piedra en el camino, guiada por el hambre pero sobre todo por la necesidad de empezar
a juntar alimento. Ya estábamos en otoño y, como toda ardilla,
tenía que recolectar frutos secos para guardar en la tierra o en las
oquedades de los árboles y las rocas con el fin de nutrirse de ellos
en el invierno. Por ese motivo se aventuró hacia un extraño recodo
del bosque, al cual iban poco los animalillos pequeños debido a los
peligros que lo habitaban. Zorros y comadrejas; martas, búhos
cornudos y azores; precipicios sorpresivos, arácnidos venenosos y,
lo que produjo su infortunio, un río extremadamente resbaladizo.
El objetivo era tentador, pues del otro lado de esta serpenteante
agua dulce, había variedad de nueces, avellanas y castañas,
tantas y tan ricas que podría pasar muchos inviernos con sólo
una buena recolección. La empresa era difícil pero la recompensa, muy grande. “Coraje”, se dijo,
y hacia allí se dirigió.
Lo primero que hizo fue medir bien las
distancias del lugar, porque por más
que fuera un animalillo rápido y pequeño,
era astuta y observadora. Se lanzó hacia
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una rama, se aferró
con fuerza y haciendo
un movimiento de vaivén saltó hasta una piedra en el
río. Desde allí brincó hasta otro pedrusco y
apenas tocándolo se impulsó de nuevo para
llegar a un tronquito que flotaba. Un nuevo movimiento de piernas y parecía volar
hasta la otra orilla del río. Pero fue en ese
momento que una mariposa voló cerca de
repente. Surgió como del aire, como suelen
surgir las mariposas siempre. Y era tan hermosa y centelleante de colores que la ardilla
se distrajo y pisó mal en la fangosa tierra
del borde del río. Un movimiento reflejo casi
la salva: estiró el bracito para aferrarse a
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una hierba pero no pudo,
las garras se les resbalaban de todo lo que intentaba agarrar. Era buena nadadora,
como todos los de su especie, pero la corriente
del agua era muy fuerte y no pudo contra la
velocidad que llevaba. Por poco se toma de
una rama, de un pájaro, de un canto, pero
nada. Todo se le escapaba. Y de pronto una
suerte de remolino de agua, una vorágine en
la que la ardilla se ve envuelta, agua, agua y
más agua, gotas que chisporrotean, la luz que
se va y que viene, el norte que se pierde y de
golpe una caída. Una cascada, pequeña, es
el final de la pesadilla. La caída es tranquila
y todo culmina en un remanso suave en
el que el río retoma un fluir delicado. Ahí
estaba ahora, contemplando lo imposible.
Había caído en un sitio bellísimo. Era, lo que se dice, el paraíso. Destellos sobre el agua, verdes sutiles que se volvían intensos y tornasoles,
flores azules, naranjas, violetas y pergamino. La ardilla flotaba intentando recomponerse del bamboleo sufrido segundos antes. Miraba
atónita y embelesada. Y lo increíble estaba a punto de ocurrir. De
entre las hojas de un arbusto apareció Sandra. Era una nena rubia,
de trenzas largas con las que se hacía una vincha por sobre su
cabeza. Sus ojos eran marrones y su belleza radicaba sobre todo
en el horizonte sin fin que habitaba en su mirada. Asomó desde el
follaje como esos magos que atraviesan paredes, como los peces que
se hunden en el mar sin mover el oleaje. Y la ardilla sintió al verla
que la suerte estaba de su lado. En seguida se tranquilizó, respiró
aliviada y sintió una confianza nueva y sorprendente. Sandra se
acercó y la rescató del agua. La ardilla se dejó hacer. La niña miró
al animal por largo rato. Parecía que se estaban entendiendo, más
allá de las palabras. Y después se empezaron a recostar en el pasto, el verde que crecía en las márgenes del río era suave, tentaba a
hacer rodadas. Así lo hicieron, Sandra parecía enseñarle a la ardilla,
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se arrastraron y refregaron, giraron sobre la
tierra. Luego saltaron a los árboles siguiendo
las premisas del animalillo, que era diestro
trepador. Se arrojaron. Subieron y bajaron
innumerable cantidad de veces. Comieron
frutos secos y de los otros. Una a otra se
mostraban sus costumbres. Sin hablar, se
unieron como nunca antes, no les hacía falta nada, todo estaba allí, tan simple como
una niña jugando con una ardilla. Todo un
día Sandra jugó con una ardilla. Fue sólo
ese día, ambas lo supieron después. Pero
no les hizo falta más. La felicidad de
encontrarse, la suerte de perderse, el azar
como un mapa prodigio que une ciudades
invisibles, niñas y ardillas.
Al atardecer, el otoño hizo sentir su frío. El
día se iba junto al sol. La niña y el animal se
miraron un tiempo sin medidas. Un segundo,
dos, mil. Lo mismo hubiera sido porque el
tiempo, que lo es todo, algunas veces no
es nada. Por cómo se miraron se diría que
Sandra habría sido algún día un guepardo africano tal vez o
un dromedario de Arabia quizás. En una barca construida de
hojas caídas, la ardilla recorrió el camino de regreso hacia su
madriguera. Llevaba consigo un sinnúmero de avellanas, nueces, almendras, castañas y, sí, cerezas.
Cuando la mujer abrió los ojos frente a su ventana miró a su gato gris
y se le escapó una sonrisa. El otoño seguía ahí. El sol estaba a punto
de retirarse, las nubes expandidas por el cielo se pintaban de rosa. Miró
su libro y pensó que a lo mejor ya había leído suficiente por hoy. Todo
era cierto pero también sabía que en el segundo estante de su alacena,
detrás de unas latas grandes y entre unos frascos y cajuelas de madera, siempre guardaba unos frutos sagrados para el invierno que venía.
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fin
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