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PRIMERA PARTE
Un potencial infinito
Un cerebro humano medio tiene entre 10.000 y 100.000 millones de neuronas,
como estrellas nuestra galaxia, y cada neurona posee entre 5.000 y 50.000 conexiones con sus vecinas, lo que crea una red neuronal con 100 billones de conexiones. Todo un cosmos de potencialidad, similar al que nos acoge.
La mente humana, como todo lo existente en este universo, material e inmaterial, es energía, pero emanada de un tipo de energía privilegiada, porque,
aún estando en sus niveles más básicos de desarrollo o entrenamiento, tiene
exactamente las mismas características que la Energía Universal Creadora, de
la que todo emana y en la que todo fluye, como de nuestra mente surgen ideas
e imágenes ilimitadas y en constante evolución. Es como si el ingenio de esa
Energía Creadora quisiera vivir desde dentro la experiencia de la propia vida
que ha inventado. En la tierra lo hace, al menos, a través de nuestras mentes.
Cada ser humano que viene a este universo, si no todos los seres vivos, está
dotado de una mente básicamente igual en todos ellos. Las únicas diferencias
entre los seres humanos son tan sólo las externas, las que hacen referencia a la
apariencia, porque por lo demás todos, salvo malformaciones embrionarias o
genéticas, tenemos similares órganos y composición, con las diferencias biológicas, orgánicas y funcionales propias de cada sexo, así que nada justifica el
trato diferente a unos u otros por cualquier causa. Nuestras mentes y su infinito
potencial, que son idénticas e implantadas en cada cuerpo, son el medio por el
que la Energía Creadora vive la experiencia vital de la propia vida que ha creado. Al igual que sentimos cada vez con mayor grado de interacción y realidad
los videojuegos y experiencias virtuales ideadas por la mente humana, el cosmos, creado por el mismo creador de esta mente humana, es el gigantesco escenario de los juegos y vivencias resultado de la creatividad de la Energía
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Creadora, la tierra uno de esos juegos y la vida de cada uno de los seres vivos
(al menos los humanos), una partida en el correspondiente escenario elegido
para vivir la experiencia por esa porción de energía.
En este sentido la elección del personaje podría ser tan definida que incluso
hay teorías que afirman que elegimos hasta el seno de la familia en la que venimos a nacer. El médico y psiquiatra norteamericano Brian Weiss (Nueva
York, 1944) afirma en su libro “Los mensajes de los sabios” (2001) que no nacemos en nuestra familia por accidente o casualidad. Asegura que elegimos las
circunstancias y establecemos un plan de nuestro proyecto de vida y los objetivos a alcanzar, incluso antes de ser concebidos. Weiss, como otros terapeutas,
ha recopilado múltiples experiencias clínicas de pacientes, bajo efectos hipnóticos o de la medicación, en la que rememoran vivencias anteriores a su nacimiento. En sus libros, como otros tantos autores y tendencias, defiende la
reencarnación y llega a aventurar que cada ser viene al mundo con un plan
vital detallado. Después de un pasado escéptico, desde que publicó su primer
libro en 1988 sus teorías crearon mucha polémica entre la comunidad científica,
pero también supusieron los inicios de las terapias regresivas.
Por otra parte la mayoría de las religiones y pensamientos con orígenes hinduistas defienden de un modo u otro, que la esencia individual de las personas,
en forma de mente, alma, energía o conciencia, no vive una sola experiencia
vital en un cuerpo físico, sino varias en diferentes cuerpos. En muchos casos la
reencarnación supone una especie de rehabilitación de lo efectuado incorrectamente en la última vida, redimir los errores cometidos o premiar los aciertos
potenciados a través de nuestras acciones y comportamientos, lo que se conoce
como karma. En cierto modo todas estas teorías incluyen cierto determinismo
que implica que el autoconocimiento y las buenas acciones te provocarán hechos positivos, y la maldad y comisión de injusticias te reportarán sufrimientos
y castigos, que en algunos casos extremos incluyen la reencarnación en seres
inferiores, árboles, insectos u otros animales menores.
La discusión sobre el equilibrio entre el determinismo extremo que defiende
Weiss, y que implicaría ese plan vital, y el libre albedrío en las decisiones humanas para llegar a cumplir los puntos ineludibles del mismo, sería interminable. Históricamente pensamiento y pensadores han debatido constantemente
si el ser humano dispone de libre albedrío y es libre para tomar sus propias decisiones, o por el contrario su comportamiento está condicionado por determinantes de cualquier tipo previos. La respuesta es primordial porque desvelaría
una parte vital de la naturaleza humana y nos ayudaría a comprender mejor la
esencia del hombre.
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El determinismo es una doctrina filosófica que postula que todo acontecimiento físico, incluyendo el pensamiento y la actividad humana, está causalmente determinado. Cada causa tiene ineludiblemente una consecuencia
aparejada. El abanico de opciones va desde el determinismo fuerte, que niega
cualquier posibilidad de suceso azaroso, hasta el determinismo débil, que sostiene que lo determinado es una probabilidad, no una seguridad, y defiende
una compatibilidad entre un universo determinista y un libre albedrío que
surge de un pensamiento, deseo o creencia interior del ser humano. El escenario
sería determinista, pero el protagonista podría elegir sus opciones dentro de
las posibles, más o menos como en los videojuegos.
Por señalar algunos autores con aspectos deterministas suaves, a nivel social
Karl Marx (1818-1883), defendió un determinismo económico en el que las estructuras sociales están condicionadas por factores económicos y el modo de
producción, y también por un determinismo tecnológico, al que se suman otros
autores como Jared Diamont (USA 1937) y Marvin Harris (USA, 1927-2001)
afirmando que la tecnología y los recursos disponibles condicionan el desarrollo de las sociedades.
Es evidente que en la evolución de la humanidad los avances se deben a
los progresos tecnológicos, que así mismo procuran mejoras en todos los campos del conocimiento. A su vez, los modos de producción que utiliza una sociedad, tal y como los entiende Marx (definía cuatro tipos: esclavista, asiático,
feudal y capitalista), no dejan de condicionar claramente el tipo de relación que
se establece entre sus individuos. De hecho se puede decir que actualmente, la
práctica totalidad del planeta se encuentra bajo el evidente determinismo del
modo de producción capitalista avanzado y sus consecuencias, que han impregnado de tintes económicos la mayor parte de las actividades humanas y
destruido los recursos del planeta.
A nivel individual el determinismo admite variantes biológicas, genéticas,
ambientales o educacionales, entre otras. Muchos de esos condicionantes son
innegables, así que, cuando menos, se deben admitir ciertas predisposiciones
determinadas en el ser humano.
En cualquier caso, más o menos determinadas o no, las mentes, mínimas
unidades de la energía creadora, se instalan en los cuerpos, utilizando los cerebros y sistemas nerviosos para gobernarlos, libremente o condicionados, y
atesorar las vivencias con las que se mejoran y perfeccionan.
Conocer los cerebros que rigen nuestros cuerpos y recogen nuestro aprendizaje y experiencias, tal vez ayude a comprender algo más nuestra naturaleza
y condicionamientos.
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La Energía Universal formó la vida inteligente, de tal modo que pudiera
autónomamente evolucionar sin ninguna otra intervención, adaptándose a los
cambios del sistema y a sus propias necesidades. Dentro de las vidas inteligentes evolucionadas surgieron los homínidos, su principal característica diferencial es el poseer un desarrollado cerebro triuno, denominación creada por
autores como el neurocientífico norteamericano Paul Mac Lean (1913-2007)
para proponer una teoría evolutiva del cerebro humano, también aplicable a
otros mamíferos superiores, y que nos podría llevar a comprender un poco
mejor algunos de los dispositivos que condicionan nuestro funcionamiento. El
término triuno quiere decir que tiene tres partes claramente diferenciadas, y
ubicadas físicamente una encima de la otra, un cerebro básico, llamado reptiliano, donde se asientan los instintos, un cerebro límbico, común a todos los
mamíferos, donde se asienta la afectividad y los sentimientos, y un cerebro neocortex, evolucionado en los mamíferos superiores, donde se generan y fluyen
los pensamientos.
El cerebro básico, instintivo o reptiliano se desarrolló hace unos 500 millones de años y está básicamente presente en los reptiles, como primeros seres
formados por los organismos que salieron del agua para poblar la tierra. Esencialmente trata de asegurar la supervivencia y habitualmente funciona de un
modo binario: luchar o huir, sin que apenas interfieran otros procesos sentimentales o emotivos. Regula funciones vitales como la respiración o el ritmo
cardiaco, y se caracteriza por actuar, siempre condicionado eso si, por los instintos e impulsos básicos. Es un auténtico guardián de la vida y de mantener
las condiciones que la permitan, está muy limitado por el instante presente y
conforme a él actúa, almacenando en su interior las amenazas que atentan
contra su integridad y concibiéndolas como miedo, para protegerse de ellas
Es capaz de gran espontaneidad a la hora de ejecutar su esencial función: ejecutar acciones en este instante para sobrevivir individuo y especie, luchar,
comer, guarecerse, procrear,… También es capaz de cometer las más atroces
acciones.
El cerebro de los reptiles les hace reaccionar de inmediato y sin análisis o
emoción alguna ante situaciones vitales como peligros, comida o sexo. Los humanos, querámoslo o no, también llevamos incorporados esos instintos de supervivencia, y, de un modo u otro, nos condicionan.
El cerebro límbico se desarrolla incipientemente en aves, y completamente
en los mamíferos. Está físicamente ubicado encima del anterior y atiende a un
desarrollo sentimental entre los individuos de las nuevas especies y a unas capacidades de sentir y desear además de incluir emociones básicas como la calidez,
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el amor, el odio, el placer, el temor… Su desarrollo está muy ligado con las relaciones grupales y la sociabilidad, y es directamente proporcional a ellas. Su
importancia en nuestra inteligencia y capacidades para el aprendizaje es esencial ya que se le atribuye el desarrollo de la memoria al tratar de recordar situaciones emocionalmente intensas, como la pérdida de un ser querido. La
energía de esos recuerdos intensos y el deseo de revivirlos crearía la necesidad
de un lugar donde poder almacenarlos, con la consiguiente ampliación cerebral. El sistema límbico gestiona los deseos y sentimientos con los que nos pueden afectar los demás seres que nos rodean y frente al presente en el que nos
mantiene alerta el reptil, se nutre del pasado y la experiencia que alimentan y
permiten establecer los referentes para su función vital, que es sentir. Esta parte
del cerebro normalmente pasa las decisiones instintivas del reptil por el tamiz
de los sentimientos y las emociones.
El neocortex es propio de mamíferos más evolucionados y surge y se desarrolla para albergar actividades con necesidad de mayor entendimiento, normalmente relacionadas con el desarrollo social, la cooperación, y su progresiva
complejidad. Permite el uso de procesos racionales de lógica y comprensión,
capacidades analíticas y sintéticas, y pensamientos críticos y creativos. Todo
aquello que debemos aprender y no está registrado en nuestros genes. El neocortex tiene que aprender e incorporar todo cuanto le enriquezca, mientras que
la información que determina a los dos primeros cerebros, instintos y sentimientos, está recogida en las cadenas genéticas del ADN, e incluso en el ARN
que permite la perpetuación de las especies. Sus posibles modificaciones también se registran en los genes, tanto las evoluciones y características físicas del
individuo como las de los instintos y afectividades necesarias para tratar de
garantizar su supervivencia.
El cerebro neocortex o del pensamiento está compuesto en su mayor parte
por sustancia gris, son diferentes tipos de neuronas sin mielina (sustancia proteica que recubre y aísla las fibras nerviosas para la correcta transmisión de los
impulsos que dirigen el sistema corporal), en contraposición a la sustancia
blanca que tiene ese color precisamente por la mielina que lo rodea.
La única información que se perpetúa en el ADN con respecto al neocortex
es la correspondiente a su composición y características físicas, incluido el volumen, no a los contenidos que maneja y atesora durante la vida del ser que le
alberga. La sustancia gris es como el disco duro en el que se almacenan las vivencias, experiencias, percepciones y emociones del individuo. Esta información diferencial de cada ser, junto a los instintos y afectividades comunes, es la
que abastece a la mente para dirigir al cuerpo. En tres millones de años el peso
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