Un lugar en el mundo: identidad, espacio e inmigración

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Un lugar en el mundo:
identidad, espacio e inmigración
Dolores Juliano
TERRITORIO E I D E N T I D A D
C u a n d o pueblos enteros se desplazan en emigraciones masivas,
llevan con ellos su propio entorno, trasladado de manera simbólica.
Bautizan con los viejos nombres los accidentes geográficos nuevos y
trazan sus aldeas o ciudades de acuerdo a los viejos patrones. La mism a situación se reproduce cuando los que abandonan su tierra natal,
aunque lo hagan en cantidades pequeñas, se transforman en conquistadores de las nuevas tierras, que se ven remodeladas por sus políticas
territoriales. En los dos casos el territorio de origen es el modelo al
que se adecúa la lectura de los nuevos accidentes geográficos, el que
suministra el código a partir del cual los indicadores espaciales serán
interpretados.
Podemos preguntarnos cuál es la necesidad de realizar estas transformaciones, que hacen que a través de una simple lectura de la toponimia de una zona conquistada podamos conocer el lugar de origen
de sus conquistadores. N o se trata sólo de un gesto arrogante con respecto a los vencidos, a los que se impone una reinterpretación del
paisaje que se corresponde con las nuevas relaciones de poder. Responde a una necesidad profunda de los que han cambiado de habitat,
que a través de la manipulación simbólica hacen propio (apropiado)
el entorno que de otra manera se.vería como amenazador. Es que el
espacio no sólo brinda el marco de las actividades, sino que constituye la experiencia primordial a través de la cual se organiza la conciencia de la propia identidad. M U N T A Ñ O L A insiste en que el reconocimiento social de las personas (y la propia autoestima) se apoya en referentes espaciales. Según su planteamiento, saber quién es alguien
implica conocer de dónde es, el referente espacial legitima las con-
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ductas esperadas, y las interacciones. Incluso la genealogía, el otro
gran marco de referencia usual, liga al mismo tiempo una persona a
su grupo de parentesco y a un territorio concreto. Algo semejante
opinan muchos pueblos, entre ellos los antiguos griegos, cuando pro­
ponían como castigo máximo de los malhechores la pérdida de su
identidad social, materializada en la pérdida de su adscripción territo­
rial. El ostracismo significaba la pérdida de la condición de ciudada­
nos, la ruptura de los lazos de convivencia, la pérdida del paisaje so­
cial donde se habían estructurado las relaciones de rol y estatus. Dejar
de estar, era visto como sinónimo de dejar de ser (sinonimia que re­
cogen muchas lenguas antiguas y modernas).
Ante este subrayado territorial de la pertenencia al grupo se han
levantado las voces de los que proponen la desterritorialización de la
identidad. Marguerite YOURCENER lo dice en las Memorias de Adria­
no (pág. 34):
«El verdadero lugar del nacimiento es aquél donde por prime­
ra vez nos miramos con una mirada inteligente, mis primeras pa­
trias fueron los libros, y en menor grado las escuelas.»
Esta variabilidad de los referentes también está subrayada por
BASTIDE, cuando refiriéndose a los descendientes de los africanos en
América, dice:
«Cada etnia tiene su "hogar cultural" que concentra en torno
a él los intereses de la gente, puede ser la religión, como es el caso
de los yoruba, puede ser el folklore, como sucede entre los Angola
y los Congo» (pág. 197).
Pero en ambos casos se trata de lo que G O F F M A N llamaría ajustes
secundarios, opciones derivadas de la imposibilidad de apoyarse en la
opción territorial, por ampliación desmesurada de sus límites (en el
caso del Emperador) o por falta de la continuidad territorial mínima
para los ex esclavos, privados de su tierra de origen y sin poder para
intentar recrearla.
En todos los casos se produce, sin embargo, una recuperación
simbólica del territorio a través del habla: conceptos como «arraigo» y
«desarraigo» semantizan la identidad, generando raíces simbólicas,
que fijan a un suelo también mítico. Expresiones como «hacerse u n
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lugar» o «no hay aquí lugar para nosotros» señalan la profunda ligazón entre un espacio y una posibilidad de ser.
R E C O N S T R U C C I Ó N SIMBÓLICA
DEL LUGAR D E O R I G E N
Si los que se desplazan lo hacen individualmente o por pequeños
grupos familiares, sin apoyos políticos o militares, estamos ante casos
de migración. Esta normalmente se realiza a partir de problemas sociales o económicos en el lugar de origen, que producen una expulsión selectiva de habitantes que se dirigen hacia diversos destinos,
donde se incluyen entre los sectores más desfavorecidos de la población local, formando minorías sin poder.
Los inmigrantes no pueden remodelar su entorno de acogida,
además se espera de ellos que se adscriban a las pautas de conducta de
la sociedad receptora, de la manera menos conflictiva posible. El m o delo último, que facilitaría su aceptación, sería el de su invisibilidad.
En términos de la apropiación del espacio, no existen posibilidades
de re-nombrar o de señalar simbólicamente el territorio. Toda «huella» o «traza» de su presencia podría ser vista como una invasión o
usurpación, y en principio lo sería, pues permitiría ver como propio
el nuevo territorio. Sólo quedan entonces dos opciones: si no se puede realizar la acomodación real (o simbólica) del nuevo espacio para
transformarlo según las pautas familiares del viejo territorio, se puede
optar por reelaborarlo a través de la creación de espacios sociales
(como tales invisibles) que reconstruyan los ámbitos perdidos. O se
puede renunciar a la antigua identidad, adaptando la nueva a los parámetros territoriales presentes. En lugar de reformular el espacio, se
reformula la historia individual.
La opción de recreación de los lazos sociales antiguos en el nuevo
habitat, se reconoce como legítima en las .diversas legislaciones que
tratan de la inmigración, pero sólo referida a las unidades familiares,
y en la medida en que éstas se adecúen a la idea de familia de la sociedad de acogida. Los permisos de residencia dados por reagrupamiento familiar, constituyen muchas veces el único resquicio que permite
el ingreso a países que limitan la entrada de nuevos inmigrantes. Pero
existe un fenómeno más amplio, que es el de la reconstrucción en el
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nuevo habitat de ámbitos sociales previos, a través de redes informa­
les de información y acogida. Así se reconstruyen (con lo que cons­
truir significa de fijar en u n lugar) relaciones sociales, vecinales y de
parentesco en sentido amplio. Este fenómeno ha sido estudiado por
C O M A S y PUJADAS en relación con la inmigración andaluza a Tarrago­
na, pero es m u y general. La migración tiende a agruparse por lugares
de origen, n o como consecuencia de u n a confluencia ocasional en el
p u n t o de destino, sino por u n vínculo que está en la génesis del fenó­
meno migratorio mismo. La información sobre las características del
nuevo lugar, las posibilidades de disponer de alojamiento en u n pri­
mer m o m e n t o y la incorporación a redes laborales previas, generan
expectativas que se encauzan, por efecto de demostración, en opcio­
nes migratorias. C o n mucha frecuencia son las mujeres inmigrantes
las que se encargan de esta reagrupación social, brindando alojamien­
to y suministrando información.
Una vez en el nuevo lugar, las relaciones de vecindad y el acceso a
posibilidades laborales semejantes, contribuye a generar zonas con
cierta incidencia demográfica de inmigrantes, reunidos a su vez por
vecindades geográficas de origen. A esta agrupación territorial suele
sobreponerse una estructuración semejante del tiempo, que permite
reelaborar algunas de las fiestas del lugar de origen, en u n a reordena­
ción simbólica que permite hacer inteligible el tiempo-espacio. Las
asociaciones de carácter étnico vehiculan esta semantización y la ha­
cen visible institucionalmente.
Si la opción individual pasa por la desterritorialización (opción
de Adriano), los inmigrantes se alejan de sus compatriotas y tratan de
establecer vínculos preferentes con la población de acogida. Territorialmente esta opción significa establecerse en barrios o zonas de p o ­
blación autóctona y escasa o nula participación en las fiestas o cere­
monias étnicas.
La reconstrucción del habitat de origen se desplaza frecuente­
mente al ámbito literario, o de la creación artística en general. A u n
para los que se quieren ver más desligados del grupo de origen, la lite­
ratura, la música, las danzas, las artes plásticas, las comidas y en gene­
ral la estética aprendidas en la infancia constituyen la patria sin terri­
torio en que se asienta la memoria. Si puede definirse al inmigrante
como aquél o aquélla que carece de recuerdos comunes con el grupo
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con el que convive, la creación artística, por su ambiguo carácter de
obra individual de uso común, brinda esa seudomemoria que permite
reconocerse y establecer las bases para el diálogo. Así con frecuencia
los inmigrantes se reúnen remarcando su identidad en torno a fiestas
folklóricas, que tienden a su vez un puente a la comunicación con la
sociedad de acogida.
La reafirmación étnica se articula además en tiempos concretos:
las publicaciones periódicas de los inmigrantes actualizan en fechas
recurrentes el interés por lo que sucede en el territorio de origen.
También los aniversarios de las fiestas tradicionales son motivo para
la convivencialidad y los intercambios sociales.
Pero el rito por excelencia de reafirmación de la identidad es el
viaje de visita al lugar de origen. Precisamente por ello suele ser poster­
gado indefinidamente por los que aspiran a integrarse de manera mimética, mientras que es esperado con ansiedad y reiterado en la medi­
da de las posibilidades por los que procuran mantener los ligámenes
con el ámbito de origen. Desde el punto de vista territorial el viaje
reintegra fugazmente (en el doble sentido de por corto período de
tiempo y como fuga o escape de una realidad diferente) al paisaje de la
infancia. Pone por consiguiente en crisis el espacio imaginario que ha­
bía ocupado el lugar del real. En tanto que desplazamiento genera a su
vez cambios de límites, en los que con frecuencia se ve invertida la ex­
periencia subjetiva. Así el/la inmigrante que ha accedido a la ciudada­
nía en el país de acogida (que son los que pueden entrar y salir con
menos problemas) ingresa a su país natal como extranjero o extranjera,
entregando sus documentos en silencio para no denotar, con su acento
nativo, la contradicción, que a su vez generaría problemas legales.
LA S E G U N D A G E N E R A C I Ó N
La imposibilidad de recrear ni aun simbólicamente los referentes
de origen, es más clara en los que emigran m u y jóvenes o en los inmi­
grantes de segunda generación. En estos casos la experiencia c o m ú n
con sus connacionales se limita a un discurso compartido aprendido.
Faltan las experiencias vitales a partir de las cuales se les asigna signifi­
cado. El rótulo étnico así, más que subrayar una especificidad previa,
funciona como una frontera arbitraria a partir de la cual se concep-
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tualiza al rotulado como diferente. Mientras que para el migrante
adulto esta conceptualización puede coincidir — a u n q u e n o forzosam e n t e — con sus deseos de establecer una continuidad en su definición identitaria, para el niño/niña o joven representa un obstáculo
para articularla en términos de sus experiencias concretas, que son
compartidas por los de su nivel de edad de la sociedad de acogida. El
o la joven pueden verse así como «siendo» conceptualmente de un
ámbito distinto del lugar donde desarrolla su existencia. Padece así la
tensión entre las lealtades a su tierra de origen, mediatizada por la
identificación con los padres, y su deseo (o su posibilidad) de integrarse miméticamente, asimilarse o ser asimilado.
Además, si la rotulación como miembro de una minoría étnica
implica u n estigma, y esto sucede en la mayoría de los casos, como
podemos ver por las connotaciones negativas de que se cargan términos como «moro», «sudaca» o «gitano», el o la joven pueden sentirse
como «estigmatizables», es decir, personas capaces de manejarse fluidamente con los códigos de comunicación y de conducta de la sociedad de acogida, pero que pueden ser rechazadas fuera de sus límites a
partir de su rotulación.
D e este m o d o , ciertas reivindicaciones de los inmigrantes de primera generación, tendentes a perpetuar algunas de sus especificidades
culturales (por ejemplo, enseñanza en lengua materna), tienen u n valor m u c h o más ambiguo para sus hijos e hijas. N o funcionan como
en la sociedad de origen, como lazo que vincula simultáneamente con
la propia familia y con el entorno, legitimando la pertenencia a la sociedad global, sino que subrayan u n elemento en desmedro del otro,
generando identidades «ilegítimas» en tanto que no gozan de aceptación global. La anécdota del pequeño inmigrante marroquí en Barcelona, que se llama M o h a m e d , pero que quería llamarse Jordi, ilustra
este tipo de conflictos.
Mientras que los niños de la mayoría reafirman su pertenencia a
ésta, al mismo tiempo que afianzan sus vínculos genealógicos y territoriales, los niños y niñas de las minorías ven fraccionadas sus opciones y subrayan esporádicamente su pertenencia familiar (rotulada étnicamente) o sus experiencias territoriales y de convivencia, las que
reivindican en la medida en que sus interacciones con la sociedad receptora se las hagan ver como posibles. Esta opción de identidad se
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presenta, sin embargo, no como el derecho de definir la identidad a
partir de las experiencias vitales, sino como una prueba de la tolerancia o benevolencia de la sociedad mayor.
Esta contradicción se hace más evidente en la escuela. Organizada
como agente especializado en transmitir unos contenidos culturales
específicos, la escuela duda ante los niños inmigrantes, entre procurar
transmitirles los contenidos culturales del ámbito de origen (opción
para la que no dispone de recurso) o prescindir de ellos e intentar asimilarlos (cosa que le parece que vulnera su derecho a ser diferentes).
Atrapada entre los cuernos del dilema, la escuela hace frecuentemente
lo mismo que la sociedad global: limitar el reconocimiento a la rotulación. Deja así a los niños y niñas a mitad de camino, sin los ricos contenidos de las experiencias del lugar de origen, en los que pueden apoyarse sus progenitores, ni la plena aceptación de la sociedad de acogida
que los trata como «otros». La mayoría de las veces a esta construcción
de la «otredad» que ya representa un inconveniente en edades en que
un débil desarrollo de la personalidad los hace m u y dependientes de
las opiniones ajenas, se agrega la elaboración etnocéntrica según la
cual constituyen «grupos de riesgo» con especificidades inmutables,
conceptualizadas como inferioridades.
Afortunadamente, incluso las situaciones más difíciles presentan
sus propias vías de superación. Algunos jóvenes inmigrantes, ante las
preguntas sobre su identidad y pertenencia, optan por elevar el nivel
de generalización y se declaran cosmopolitas. Eluden así la necesidad
de optar y se colocan en u n marco en que la legitimidad de su adscripción no puede ser cuestionada. Esta opción no es sólo u n recurso
retórico, los medios de transporte y comunicación modernos realmente posibilitan la utilización alternativa de los distintos m u n d o s , y
brinda la sensación de que si las cosas marchan mal en u n lugar hay
otro al que se puede recurrir. C o m o una metáfora de los sucesivos
intentos de los padres de instalarse en los lugares donde puedan sobrevivir económicamente, los jóvenes activan su identidad en relación con sus experiencias escolares. Los estudiantes con más éxito en
el país de acogida procuran borrar sus trazas étnicas y competir desde
u n a identidad c o m ú n en su lugar de residencia, los que fracasan se
retiran real o simbólicamente al lugar de origen, pero todos juegan
en algún m o m e n t o con la posibilidad de aprovechar lo mejor de ambos m u n d o s .
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I D E N T I D A D EUROPEA FRENTE A LA I D E N T I D A D
D E LOS I N M I G R A N T E S
Esta estrategia de des-esencializar los referentes espaciales, haciéndolos cada vez más amplios y abstractos, coincide con la opción organizativa actual de los Estados-nación, de incluirse en unidades políticas y económicas más amplias. Países con fuerte sentido nacional
(como Cataluña o Euskadi) están articulados desde hace centurias en
Estados pluriétnicos como España, que a su vez se ha integrado en los
últimos años en u n marco más amplio como es la Unión Europea. La
mayor amplitud de los límites no garantiza, en sí misma, un freno a
la xenofobia, como puede constatarse en las agresiones que padecen,
un poco por todas partes, los inmigrantes extra-comunitarios. Pero al
hacer más abstractos los referentes — y a no se trata de una lengua com ú n , ni de una religión compartida, ni de la reivindicación de determinada historia particular— permite legitimar adscripciones desligadas de genealogías compartidas. Al menos teóricamente, da derechos
de pertenencia más basados en las opciones individuales y permite superar los nacionalismos más estrechos. La posibilidad es vista con satisfacción por muchas personas de los distintos Estados, que prefieren
denominarse «europeos» o, dando un paso más, «ciudadanos del
mundo».
Esta posibilidad de integrarse por arriba de los límites de las demarcaciones territoriales más antiguas (y más excluyentes) ya ha sido
explorada anteriormente por los inmigrantes internos en los distintos
Estados. Estos, ante la dificultad que encontraban para ser aceptados
en los lugares a los que arribaban en busca de trabajo, recurrían a la
identificación estatal. El caso de los inmigrantes del sur de Italia en el
norte, que dicen: «Some tuti italiani», marca esta opción contestada
políticamente por las «Ligas» del norte, que subrayan al mismo tiempo su pertenencia a u n ámbito cultural concreto, y su intención de
excluir de él la pertenencia legítima de los sureños. También entre los
inmigrantes extra-comunitarios puede darse la estrategia de optar por
la pertenencia al ámbito nacional por sobre el país. Tal sería la opción
de algunos niños hijos de sudamericanos, que viviendo en Barcelona
optan por ser partidarios del Real Madrid (cuando la opción por el
Club de fútbol Barcelona es un claro símbolo de adscripción étnica).
Pero estas opciones se viven como una provocación con respecto a la
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comunidad de acogida, y provocan marginación, por lo que resultan
poco seguidas.
Queda, sin embargo, para gran parte de la inmigración, abierta la
posibilidad de optar por la adscripción europea global. Esta opción es
relativamente sencilla para los latinoamericanos, que pueden actualizar la pertenencia genealógica a través de alguno de sus antepasados,
utilizanolo una opción considerada legítima dentro de las pautas de
los países receptores. Resulta más difícil para africanos y asiáticos, que
quedan estigmatizados a través de su apariencia física, lo que reenvía
a las elaboraciones racistas que todos creíamos superadas desde hace
décadas.
Sólo si a la opción de ampliar las fronteras se agrega la admisión
de la adscripción voluntaria y una conceptualización fluida de la especificidad cultural, se habrán abierto las posibilidades para que los
inmigrantes desarrollen una interacción fluida y satisfactoria en el
nuevo habitat.
Desde los tempranos trabajos de BARTH, sabemos que las fronteras entre los grupos étnicos pueden ser pasadas una y otra vez en diversos sentidos por los individuos, al mismo tiempo que las especificidades culturales señaladas en cada caso para marcar la identidad étnica se modifican o son reemplazadas por otras. En última instancia,
el conjunto de contenidos de conducta a partir de los cuales se define
en un m o m e n t o dado un grupo étnico, no se corresponde con las
conductas de cada u n o de sus miembros, sino con pautas generales
que pueden o no ser asumidas. Si partimos de estos supuestos veremos que las alternativas de la sociedad receptora respecto a estos grupos, no está en asimilarlos o encerrarlos en guetos, sino que puede
enriquecerse del diálogo intercultural permitiendo a los inmigrantes
que así lo deseen mantener (o recrear) pautas culturales de origen, al
mismo tiempo que favorecer la integración de aquéllos que opten por
una interacción más profunda con la sociedad de acogida. En principio los beneficiarios de la primera estrategia serán los inmigrantes
adultos (o al menos muchos de ellos) mientras que resulta natural
que los más jóvenes, o los nacidos en un territorio distinto al de sus
padres, opten por un proceso más mimético.
Generar barreras a través de un subrayado de las diferencias (reales o imaginarias) no evita este proceso, pero lo hace doloroso, gene-
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rando sentimientos de frustración en los que desean integrarse y mecanismos de autodefensa en la sociedad global, frente a lo que ve
como una invasión de «extraños».
BIBLIOGRAFÍA
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