Denunciar los acuerdos sobre la financiación con impuestos

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Denunciar los acuerdos sobre la financiación con impuestos estatales de la religión y su enseñanza obligatoria
Denunciar los acuerdos sobre la financiación con impuestos estatales
de la religión y su enseñanza obligatoria
Conscientes los obispos de que, sostenida en las contribuciones voluntarias de sus fieles, perdería su Iglesia más
de la mitad del poder del que suele hacer vana ostentación, exigen del Estado un incremento del porcentaje de
IRPF que hasta ahora reciben
EN EL Memorial y manifiesto contra los impuestos para la enseñanza de la religión, escrito por James Madison en
1785, figura un argumento que no ha perdido nada de su vigor y que debía suscitar alguna reflexión entre la
ensoberbecida jerarquía de la Iglesia católica española. Dice allí Madison que apoyar con subvenciones a la religión
cristiana representa una contradicción con la propia religión, "pues todas las páginas de su doctrina excluyen una
dependencia de los poderes de este mundo". Más aún, unos creyentes convencidos de la verdad de su fe no tendrían por
qué recurrir al Estado para subvencionar la enseñanza de su religión: si lo hacen es porque en el fondo son "demasiado
conscientes de sus falacias como para confiar en sus propios méritos". Toda la experiencia atestigua -siempre según
Madison- que los reconocimientos oficiales de las Iglesias, en lugar de mantener la pureza y eficacia de la religión, han
operado convirtiéndola en causa de sangrientos conflictos.
Como banderas de la actitud levantisca adoptada por los obispos españoles, ocupan lugares de privilegio la financiación
de su Iglesia por medio de impuestos estatales y la obligatoriedad de enseñanza de su religión en horario escolar, con
efectos académicos equiparables a las materias curriculares. Conscientes los obispos de que, sostenida en las
contribuciones voluntarias de sus fieles, perdería su Iglesia más de la mitad del poder del que suele hacer vana
ostentación, exigen del Estado un incremento del porcentaje de IRPF que hasta ahora reciben. Y como la proverbial
tacañería del feligrés español a la hora de rascarse el bolsillo para sufragar los gastos de su Iglesia no tiene remedio, los
obispos quieren que papá Estado se ocupe. Si no lo hace en la medida deseada, "¡persecución!", clama la crecida grey de
propagadores de falacias.
Por lo que respecta a la enseñanza de su religión, los obispos exigen mantener como catequistas (o sea, como personas
susceptibles de ser destituidas según la libre voluntad episcopal) a los encargados del adoctrinamiento católico, mientras
cargan sobre el Estado los salarios y el astronómico coste de las indemnizaciones por despidos improcedentes: más de
300 millones llevamos gastados los españoles en indemnizar a catequistas despedidos por sus obispos. La falacia
episcopal consiste en considerar a estos docentes como catequistas, en lo que tienen de gentes que reciben de los
obispos la venia para propagar el dogma y la moral católicas, mientras el Estado les paga religiosamente un sueldo y, en
su caso, una indemnización, en cuanto profesores de una mal llamada asignatura de religión.
La buena doctrina exige que si alguien es catequista lo sea a todos los efectos: su fe, acendrada; su moral, intachable; su
trabajo, voluntario. Así no habría obispo capaz de despedirlo. Si alguien, por el contrario, quiere ser profesor de religión
tendría que pasar una oposición sobre un programa determinado por las autoridades competentes y enseñar su materia
como un hecho que reviste diferentes características en distintos tiempos y culturas; sería miembro permanente de un
claustro que para nada se entrometería en su vida privada y... ¡no habría más despidos por salir de copas, divorciarse o
contraer segundo matrimonio, aunque fuera homosexual!
Todo esto es tan elemental como el transparente Memorial de Madison. Pero el Estado español ha caminado en
dirección contraria: no sólo paga un salario a los catequistas católicos, tratándolos como empleados públicos, sino que
ha firmado acuerdos con otras religiones para que todas tengan la oportunidad de propagar sus creencias en las escuelas.
Pasable sería que esta propaganda de fe religiosa en espacios públicos se organizara fuera del horario escolar, en
colegios abiertos una hora extra para que catequistas, pastores, rabinos o imanes transmitan sus doctrinas a quienes lo
deseen; pero es un disparate que las creencias y morales religiosas se impartan en horario escolar, obligando además a
quienes opten por no recibir ninguna a consumir un tiempo inútil.
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Las religiones tienen como lugar propio de transmisión las respectivas comunidades de creyentes, que de ninguna
manera pueden identificarse con la comunidad de ciudadanos. Si los acuerdos con la Santa Sede de 3 de enero de 1979
se esgrimen, como acostumbra el cardenal de Toledo y el portavoz de la Conferencia Episcopal -máximos expertos en
argumentos falaces- para exigir que los colegios impartan dogma y moral católicos en horario escolar y en idénticas
condiciones que las materias curriculares, entonces a un Estado no confesional no le queda más remedio que
denunciarlos. James Madison estaría encantado de proporcionar a las autoridades públicas razones suficientes para
demostrar que esos acuerdos chocan con la letra de la Constitución promulgada una semana antes.
Santos Juliá
El Pais
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