Libro completo Tomo I

Anuncio
Concurso de Relatos (breves y no tan breves)
Volumen 1
Concurso de Relatos Breves y no tan breves “Respeto es Amor”
1era Edición
ANSES
Av. Córdoba 720 – Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
www.anses.gob.ar
Impreso en Noviembre de 2013
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723.
Libro de edición argentina.
No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de
este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización, y
otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Respeto es amor. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : ANSES, 2013.
v. OC, 634 p. ; 14x20 cm.
ISBN 978-987-27243-3-7
1. Narrativa Argentina. 2. Relatos.
CDD A863
Fecha de catalogación: 18/09/2013
María Felisa, Etchave de Erbojo
Respeto es amor / Etchave de Erbojo María Felisa ; María Belén Acuña ; Diego Hernán Farías ; con colaboración de Karina Juiz Ferro; dirigido por Pablo Cabás; ilustrado por Marisa Haedo; con prólogo de Diego Bossio.
- 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : ANSES, 2013.
v. 1, 315 p. ; 14x20 cm.
ISBN 978-987-27243-4-4
1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Acuña, María Belén II. Farías, Diego Hernán III. Juiz Ferro, Karina, colab.
IV. Cabás, Pablo , dir. V. Haedo, Marisa, ilus. VI. Bossio, Diego, prolog. VII. Título
CDD A863
Fecha de catalogación: 18/09/2013
Equipo de Trabajo
Dirección de Comunicaciones de ANSES
Director: Pablo Cabás
Emmanuel Bossio
Eugenia Bóveda
Karina Juiz Ferro
Francisco Daniel Muñoz
Virginia Parrotta
Diseño de tapa: Marisa Haedo
Diseño de interior: Carolina Pico
AUTORIDADES
Presidenta de la Nación
Dra. Cristina Fernández de Kirchner
Director Ejecutivo de la ANSES
Lic. Diego Bossio
PRÓLOGO
Con un resultado sumamente exitoso tengo la alegría
de presentar a ustedes el libro en dos tomos “Respeto es
Amor”, producto de un concurso realizado desde la ANSES
a través de las redes sociales entre los meses de marzo y junio de este año. El
objetivo que nos propusimos fue el de afianzar y enriquecer los vínculos entre
los nietos y sus abuelos; eternizar la memoria, revalorizar los momentos vividos
e incentivar a quienes tienen a sus abuelos a compartir cada día más tiempo
con ellos.
La Administración Nacional de la Seguridad Social se consolidó como el organismo principal en la implementación de políticas en materia de Seguridad
Social. En abril de 2012, dimos inicio a la campaña “Valores”, que surgió a partir
de la necesidad de informar acerca de las políticas aplicadas desde la ANSES
para los adultos mayores, revalorizando a la vez el rol positivo que juega el
adulto mayor en la sociedad, y especialmente en la vinculación con los miembros más jóvenes de la familia.
Así, con ese objetivo, hicimos foco en el valor Respeto, uno de los cuatro pilares
más importantes sobre los que se cimentan las acciones de la ANSES: Respeto
por las personas y por su calidad de vida; el resguardo del Futuro de las personas, de la seguridad social y de la sociedad en su conjunto; el Amor por el
prójimo, por el trabajo, por la vida; y el Trabajo como base del progreso y del
bienestar de la sociedad y de cada uno de sus integrantes.
La repercusión de la convocatoria fue una victoria. A través del correo postal,
el correo electrónico o por medio de Facebook y Twitter los relatos llegaron
revelando historias muy sentidas, cargadas de afecto, cariño y reconocimiento
a nuestros mayores; también recibimos muchas historias que planteaban demostraciones de amor inmenso hacia los nietos.
En ese baúl de recuerdos aparecieron otros vínculos, que nos representan
fuertemente como argentinos: la familia, los partidos de fútbol, las andanzas
en el campo, los mates de la mañana, la pasta del domingo, las añoranzas de la
tierra, la complicidad entre nietos y abuelos, entre tantos otros. Y este libro fue
escrito por ustedes, por personas a las cuales las motivó el objetivo de compartir una historia, de honrar a un ser querido.
Desde la ANSES seguiremos impulsando iniciativas que permitan fortalecer los
lazos en nuestra sociedad y fomentar el reconocimiento para aquellos que han
dedicado tanto a nuestro país; y en simultáneo, enfocar gran parte de nuestros
recursos a las generaciones más jóvenes, nuestro presente y futuro.
Por más memoria, por más respeto y por más amor, trabajemos juntos por un
país que fomente estos valores tan nuestros. Un país que no olvide sus esfuerzos y sus recompensas. Gracias a todos por haber participado.
Lic. Diego Bossio
Director Ejecutivo de la ANSES
Concurso de Relatos (breves y no tan breves)
GANADORES
11
PRIMER PREMIO
El abuelo que vivió en el monte
A Marcela y Gabriela, mis hijas
Y al recuerdo imborrable del abuelo Carlos, mi padre
María Felisa Etchave de Erbojo
Una historia contada desde el principio… Para poder comprender la magnitud de
su final.
El abuelo Carlos había vivido en el monte y como suele suceder en esos lugares sombríos y de árboles gigantescos, nunca pudo ir a la escuela.
Todas las mañanas, cuando el sol aún no brillaba sobre la tranquilidad verde
del paisaje, él salía junto a sus padres y sus siete hermanitos, rumbo al campo
en el que trabajaban.
En los pocos ratos libres que tenía le gustaba salir a pasear con Estrella, la yegüita que le habían regalado.
Él le había puesto el nombre. Tal vez, porque los ojos como dos luceros de la
yegüita le alumbraban la inmensidad del camino.
A veces, cuando la rapidez del galope y las ondulaciones del terreno lo hacían
rodar por el suelo, Estrella se le acercaba y abriendo ligeramente el hocico, lo
invitaba a continuar el viaje.
Otras veces, llegaban al trotecito hasta la laguna, y mientras él se entretenía
mirando el color rojizo que toman las aletas de las tarariras cuando se asoman
buscando aire, la yegüita se acomodaba a la sombra de un arbolito y alargan13
do el labio superior, le demostraba sentirse a gusto.
magnitud de su ancianidad y de la relación con sus nietos.
Fue, quizás, junto a Estrella y en la soledad azul de las noches en el monte,
donde el abuelo comenzó a crecer, en edad y en sabiduría.
¡¡¡Era tan tierno verlo esconderse entre los yuyos de la calle, cuando veía llegar
a los hijos de sus hijas!!!
A veces, ya muchacho, se miraba en los enormes ojos de la yegüita y haciéndola partícipe de sus sentimientos, se preguntaba: “¿Por qué tanta alegría cuando
yo nací, si otros se morían de hambre y de frío?”.
Era tan lindo verlo armar “tolderías” en la vereda, para que pudieran jugar sus
nietos.
Estrella se le acercaba y con esa sensibilidad que tienen los caballos para percibir el estado de ánimo de sus dueños, le demostraba compartir sus sentimientos.
Otras veces, él dejaba escapar un sollozo que le oprimía el pecho y colocándose delante de la culpa, sin culpa, se lamentaba: “¡¡¡Qué caro haber nacido, si con
eso abrevié la vida de mi madre!!!”
Porque la muerte temprana de su madre, no sólo había apagado su risa de
niño, también lo había llevado a sentirse responsable de una muerte anticipada por la pobreza y por el abandono de quienes debían velar por ellos.
En esos momentos, Estrella se le acercaba y dejando escapar un relincho que
parecía lamento, lo invitaba a caminar con esperanza hacia el futuro.
En esas noches de soledad azul en el monte, el abuelo aprendió a medir la
altura del mundo y la profundidad del abismo. Se preguntó sobre el sentido
de la vida y de la muerte. Sopesó los tiempos de risas y de llantos. Y también
se midió a sí mismo.
Fue, quizás, en esos soliloquios, cuando decidió desplegar sus alas interiores,
para tomar el camino que conduce a las estrellas.
Era tan dulce verlo ir, con ellos, a visitar a una yegüita que recién había parido
y a la que, no casualmente, volvió a llamar “Estrella”.
Ese abuelo que no había podido ir a la escuela y que, según decía, había aprendido las mejores lecciones de la vida junto a los pobres bajo los puentes, tuvo
también la sabiduría de transformar en cuentos lo que había vivido, para compartirlos con sus hijas y sus nietos.
Si aún me parece oír la historia de “Juancito, el zorro” y el cuento de “Los tres perros”: “Rompe cadenas”, “Collar de plata” y un tercero cuyo nombre no recuerdo.
También me parece ver los ojitos deslumbrados de sus nietos, cuando escuchaban las historias que el abuelo les contaba y cuyos personajes tenían su
misma edad, porque iban creciendo a medida que ellos crecían.
Ese camino a las estrellas que el abuelo tomó para siempre, lo llevó una tarde
a preguntarles a sus nietas si querían enseñarle, porque aunque sabía leer y
escribir, también sabía cuánto desconocía.
Cuando sus nietas, de apenas seis y siete años le dijeron que sí, una sonrisa
enorme se le dibujó en la cara al abuelo y un ramillete de estrellas se le deshizo
en los ojos.
Un camino que lo llevó a querer recuperar la infancia que no había tenido y a
revivir al niño que llevaba dentro.
Todos los viernes, a las cuatro de la tarde y durante casi cinco años, el abuelo
iba a la casa de sus nietas y después de cantar la Canción a la Bandera, realizaba
las tareas que ellas le preparaban.
Un camino que lo condujo, sin proponérselo, a eternizar su memoria, por la
Las nenas habían tomado con tanta seriedad su enseñanza, que hasta les pe-
14
15
dían fotocopias de más a sus maestras, “para el abuelo que vivió en el monte”,
mientras las señoritas no podían disimular el hilito de agua salada que se les
subía a los ojos.
¡¡¡Era tan lindo verlas, tan chiquitas preparando clases!!!
Era tan dulce verlas, a medida que crecían, elaborando cuestionarios, crucigramas y rompecabezas.
SEGUNDO PREMIO
12.000 caracteres
María Belén Acuña
Era tan tierno verlas estimular al abuelo y hasta retarlo cuando no hacía los deberes.
Aquellas tardes de viernes, fueron tardes de compartir “saberes”. Ellas le enseñaban lo que aprendían en la escuela. Él les enseñaba lo que había aprendido
en la vida.
Aquellas tardes de viernes fueron también tardes de compartir ternura. La ternura de un abuelo que se hizo niño por sus nietas. Y la ternura de unas nietas
que se hicieron grandes por su abuelo.
Tal vez, este sea el mejor recuerdo que ellas guardan del abuelo Carlos.
Y quizás esto que el abuelo escribió en su “carpeta escolar”, una tarde de viernes de 1986, sea el mejor recuerdo que él se llevó de ellas:
“Aquella tarde los abuelos caminaban lentamente, como para pasar otro día,
cuando de repente se encontraron con la vida.
Cuando vieron a sus nietas, se llenaron de alegría.
Aquellas nietas animaban al abuelo a seguir estudiando, porque había vivido
en el monte y en el monte no había escuelas.
Con amor y con paciencia le enseñaban cosas nuevas y le dedicaban las
horas que precisaban para ellas.
Aquella tarde, las nietas los invitaron a su casa y les dieron tanta alegría y
tanto afecto, que con contarlo no alcanza.
Aún recuerdo aquella tarde, con mate amargo y pizza casera como cena.
Cuando llegó la noche, las nietas los llevaron a su casa.
Y los abuelos en silencio, ante tanta ternura sollozaban”.
16
El concurso en el que fue inscripto este cuento me exige un máximo de 12.000
caracteres.
12.000 caracteres no son suficientes para relatar esas tardes frías de julio en la
calesita de Palermo, o las risas que se escuchaban desde el club IMOS aquellos
días de sol cálido y brillante.
12.000 caracteres opino y lo hago público, son una insignificancia para todo
nieto que, como yo, disfrutó de alguna torta frita casera o de algún globo rojo
y reluciente que flotaba en un ambiente plácido, en el que todo era hermoso,
aunque fuera de esa atmósfera medio mundo se estuviera matando por un
cachito de tierra.
12.000 caracteres no alcanzan, si se requiere que yo cuente esos juegos en los
que siempre me dejaban ganar o esos cuentos antes de dormir o, acaso, si se
me pide que escriba todos esos olores y ruidos que me vienen a la memoria
cuando pienso en ellos; en todos y cada uno de mis abuelos y bisabuelos, que
justo en este momento, con la radio encendida pasando uno de esos tangos
viejos que me adornaron la infancia y un mate en mano, deben estar acordándose, con 12.000 caracteres, de todos esos chistes malos que se bancaron a lo
largo de mis 12 años. Seguramente la abu María está leyendo una revista de
tejidos que, con 12.000 caracteres, explica cómo hacer esa larga bufanda de
buenos recuerdos.
En este momento, el abuelo Lolo debe estar cocinando una tarta con olor a
esos días de playa jugando los dos a los tejos con 12.000 caracteres de mar a
17
nuestro alrededor.
Estoy casi segura que la abuela Clota mientras pone en marcha su rutinaria caminata por los confines del patio, se encuentra mirando esa puerta por la cual,
con 12.000 caracteres, todos sus nietos y bisnietos escribimos nuestros pasos.
La abu Lili, arquitecta, debe estar haciendo un plano de todos esos castillos en
los que vivían las princesas de las canciones que, con 12.000 caracteres, ella
me entonaba.
La abu Lola o abu Caro, como prefieras decirle, en estos momentos esta curando a algún paciente del hospital Tornú que, con 12.000 caracteres, le sonríe
agradeciéndole o como yo que tantas veces lo tendría que haber hecho, por
sus cuidados a los raspones del corazón.
Todavía me falta decir, con 12.000 caracteres, que mis abuelos se fueron antes de que yo llegara o partieron cuando todavía era chica. Deben estar, con
12.000 caracteres, leyendo esto en un sillón de cristales de colores, que por
cierto se encuentra en medio de una nube blanquísima, mirando una hermosa
luna de papel que cuelga en lo alto de nuestros dos mundos.
Y ahora sí, para terminar este corto relato de 12.000 caracteres, quiero aclararles a todos mis abus que los quiero con más de 12.000 caracteres aunque solo
así pueda expresarlo.
TERCER PREMIO
Millonario
Diego Hernán Farías
Buenos Aires
Un palo eran cien pesos. Un marrón eran diez pesos. Diez mil era un peso.
La bendita convertibilidad no iba a cambiar la forma de entender el dinero
que tenía mi abuela. Nada de sacar ceros ni de igualdad entre dólares y pesos.
Asunta no tenía más que segundo grado, lo hizo allá en Calabria, cuando todavía no sabía lo que era el hambre. Cuando lo empezaba a conocer se subió
a un barco y vino a la Argentina, dejando atrás la guerra y parte de su familia.
Igual la idea no es traer al recuerdo cosas feas, sólo recordar lo complicado que
se le puede poner a un abuelo, que no termina de hablar bien el castellano,
que le cambien la forma de contar el dinero.
Ese día habíamos ido a visitar a una amiga al hospital. Era Vicenza y era amiga
porque todos los viejitos de la cuadra eran amigos de mi abuela. No sabía
cuando cumplían años y tampoco se hablaban muy seguido, pero en las malas
siempre hay que estar decía y nos subíamos al 670 que nos dejaba en la puerta
del hospital Evita Perón, Interzonal de Agudos. Antes habíamos pasado por lo
del esposo de Vincenza y le dejamos la comida del día. En realidad cuando
mi abuela te llevaba comida nunca era la “del día” y servía para que coma un
regimiento. Cosas que te deja la guerra, el frío y ver como una papa se repartía
entre nueve personas.
Cuando salíamos compramos caramelos y una gaseosa en el kiosco del hospital. Tres pesos era el total. Yo ya sabía los nuevos valores y como nieto mayor
era “Administrador Oficial” del monedero de mi nona. Saqué uno de cinco, de
18
19
los verdes le dije para que entienda. La que atendía era ciega. Qué raro que
pongan a manejar la caja a un ciego, pensé. Tiempo después supe de leyes
especiales que fomentan el trabajo de las personas con alguna discapacidad,
pero en ese momento no podía dejar de llamarme la atención. El tema es que
la señora me dio los caramelos, la coca y el vuelto con un billete de diez pesos.
Agarré todo pero me quedé en el lugar.
“¿Listo, Diego? Andiamo.”
“¿No sé nona, es que me dio uno de diez pesos?”, dije bajito.
“¿Cuál es, ese?”
“Uno marrón”, otra vez bajito.
Todavía me da culpa haber hablado bajito. Es acordarme y ruborizarme. Sabía
que algo estaba mal pero no pude decidir yo.
Fueron menos de dos minutos de mi infancia. Nadie nunca se podría haber
dado cuenta del destino de esos diez pesos si mi abuela decidía quedárselos.
La cieguita ya nos había dicho el hasta luego y el botín del vuelto mal dado era
nuestro. Mi nona me lo podría haber dado de regalo, se lo podría haber quedado porque nunca le sobró nada, lo podríamos haber compartido cómplices
y guardado en secreto semejante picardía. Pero no era una picardía, era robar.
Y robarle a una persona indefensa que seguramente no era la primera vez que
se equivocaba. Y claro que los devolvió, le dijo que el chiquito se dio cuenta
del error porque ella veía poco, que tenga más cuidado para la próxima y que
yo me llamaba Diego y que era su nieto y que habíamos ido a ver a Vicenza
y habló y habló en ese castellano tan calabrés hasta que vino otra vez el 670
y nos volvimos. Y fueron dos minutos pero en ellos había enseñanzas como
para hacer dulce. Y todo enseñado desde el ejemplo, que es la mejor forma
de enseñar. Fue un gesto pequeñísimo y es cierto que no hizo más que lo que
correspondía hacer pero escucho a un chico decir nona y se me viene ese día
a la cabeza.
vuelto es apenitas una grano de arena entre tantas playas que construyó. Era
levantarse y ver quién necesitaba algo. Era hacer berenjenas en escabeche
para medio barrio. Todos los vecinos acopiaban frascos vacíos y se los traían
a ella que mágicamente los devolvía llenos de algo rico. No conozco gente
que haya pisado mi casa y no se haya llevado algo. Desde el cura de la iglesia,
pasando por los barrenderos, policías, pobres, ricos. Para todos había algo, porque uno no se lleva nada, decía. Y siempre hay que ayudar aunque no vuelva,
aunque no lo merezcan, aunque no sobre.
Era “la nona de todos” y tardé mucho en entender lo cierto y lo valorable de
esa frase. Cuando uno es chico no sabe mucho de compartir y yo quería a mi
abuela para mí y para mis hermanos y no para cualquiera que tocara el timbre
de casa. Por suerte crecí y más de una vez me vi ofreciéndole abuela a algún
amigo que, por las cosas de la vida, andaba escaso de ese cariño tan hermoso
y tan especial.
Hoy tengo poco más de treinta años y jamás me quedé con siquiera diez centavos de un vuelto ni creo que mi hijo lo vaya a hacer nunca. Seguramente
tendrá mucho que ver con ese día pero también con el anterior y el posterior
y todos los que pude vivir con mi nona. Ella que no sabía de reservas ni de
convertibilidades y medía el dinero según la comida que podía hacer con él.
Ella, que tenía mil nietos y un corazón acorde a semejante demanda de cariño.
Ella, que vestía batones y usaba siempre los mismos. Tenía uno nuevo que era
“por si la internaban”, porque primero pensaba en el otro.
Y lo tuvo que usar y la acompañamos a ese mismo hospital dónde ya no estaba la cieguita. Y se internó y el barrio nos llenó de comida esos días. Y no
cuento más por qué la idea no es contar cosas tristes…
No conocí mujer que viviera tanto por los demás como ella, la anécdota del
20
21
MENCIONES ESPECIALES
largo! y ¡tan ancho!... ¡Qué injusticia!... ¡Manga de…! No me escuches, que tu
mamá después me dice que te enseño malas palabras.
-En la casa están todos muy tristes.
PRIMERA MENCIÓN
-Y sí, no es para menos, mira vos, pobre gente… -el hombre mayor quedó
mascullando su enojo y pensando, con la mirada perdida, hacia la calle y el
mate entre sus manos.
La heladera
Carlos Emilio Busto
Luego agregó -Vamos a hacer una cosa Norita, mañana en la escuela le avisas
a tu amiga, ¿me dijiste que se llama Carolina?, que a la tarde voy a ir a ver la
heladera.
-¿Se la vas a comprar, abuelo?
1. La nieta
-Abuelo, abuelo, ¿sabes una cosa?
-No sé, vamos a ver, en una de esas hacemos negocio, un buen negocio. Y
prepárate que ya debe estar por llegar tu madre, que viene a buscarte.
-No, decime…
2. El negocio
-El papá de Carolina, mi amiga, vende la heladera.
-Buenas tardes señor, soy el abuelo de Norita.
-¿Vende la heladera, la de la familia?, o ¿te referís que vende en un comercio
de artículos para el hogar, que trabaja de vendedor o algo por el estilo? Seguro
que es esto último.
-Mucho gusto, me dijo mi hija que usted iba a venir por la heladera, pase a
verla… hacia la cocina, está prácticamente nueva… Hace dos años que la
compramos, pase por favor.
-¡No abuelo!, vende la heladera de ellos, la de su casa, me lo dijo esta mañana
en la escuela.
-A ver… aparenta que está bien. ¿Cuánto está pidiendo?
-No te puedo creer ¿porqué hace eso?… una heladera… sin duda les hace
falta, como a cualquier familia.
-El papá no tiene plata, no tiene trabajo y se tiene que operar y… ¡no tiene
plata!, abuelo. Lo echaron del ferrocarril.
-¿Del ferrocarril?... del ferrocarril… y sí, claro… “Ramal que para”… un país ¡tan
22
-Este… novecientos pesos, vale más del doble, este… pero no sé… escucho
ofertas.
-No, está bien -dijo el visitante- la compro y se la pago ya, pero con dos condiciones.
-¿Dos condiciones?, es un buen precio lo que le pedí, menos no puedo, el
dinero lo necesito medio rápido…
23
-¡Nada de eso! -interrumpió el visitante- La primera condición, es, si usted me
hace el favor de permitirme que la heladera quede acá mismo, donde está.
No me la puedo llevar enseguida. Por supuesto, manteniéndola en marcha. Si
no trabaja, se estropea y toma feo olor. Es decir, que continúen su uso como
hasta ahora.
-No te entiendo nada papá, algo te está afectando la cabeza. Los chicos cada
vez se casan menos. En mejor de los casos, no será antes de unos veinte años.
-Señor, nos viene bien porque quién sabe cuándo podremos comprar otra.
-Todo esto me parece una locura.
-La segunda condición. Sepa que la compro para regalarla. Por lo tanto, mandaré a una persona con una autorización, para retirarla. Esa persona le avisará
con una anticipación de un mes, por lo menos. Pero desde ya le advierto que
necesito que usted me permita tenerla en esta casa, que la conserve un largo
tiempo, meses o hasta años, hasta que, como dije, vengan a retirarla.
-Además creo que cuando se case, ya será una heladera muy vieja y superada
técnicamente. Pero seguro que ella tendrá otras formas de lograr una. Y esta
buena familia, no se verá prohibida de contar con una heladera. Y desde ayer
cuentan con ese dinero, que a pesar de ser poco, tanto necesitan.
-Señor, ¡ningún problema!, se la vamos a cuidar y desde ya muchas gracias.
-¿Veinte, dijiste? ¡Eso es lo que quiero! No te preocupes, ya lo vas a entender,
acá dejo el papel… Y, si se pierde, ¡mejor!
-¡LE REGALASTE LA PLATA!... ¡Papá!, solo vos haces una cosa así… lo ayudaste…
le regalaste el dinero sin que lo sepa… sin humillarlo… respetando su situación… me emociona… perdóname por lo de loco.
-Muy bien, ¡hecho el negocio!, acá tiene, cuente, cuente su dinero, por favor.
3. La verdad
-¡Papá!, vos estás loco, me dice Norita que le compraste la heladera al papá de
Carolina. ¿Para qué corno quieres otra, me podés decir? Si todavía no terminaste de pagar la tuya.
-Por favor, hija, siempre hay alguien que necesita más que uno y poder ayudar
es una suerte. Nunca en mi vida tan poca plata, me dio tanta felicidad.
-Ojalá hubiera más locos como vos. ¡Norita!, bajá que nos vamos.
-Voy mamá -dijo casi corriendo al bajar las escaleras-. Chau abuelo, hasta mañana.
-Para regalarla.
-Hasta mañana Norita. Ah ¿Cómo te fue en la escuela? ¿Viste a tu amiga?
-¿Regalarla?... ¡Regalarla!... Y ¿a quién?
-Si abuelo, me dijo que vos eras muy bueno.
-A Norita, cuando se case.
-Ah, y vos ¿Qué le dijiste?
-A bueno… estás completamente loco… ¡Norita tiene siete años, papá!
-Y… ¡Qué ya lo sé abuelo!
-Sé cuántos años tiene. No obstante, cuando se case tendrá mi regalo. Acá en
este cajón del aparador, pongo la autorización para retirarla. El señor papá de
Carolina, el vendedor, ya sabe. Pero te repito, la condición es cuando se case.
24
25
SEGUNDA MENCIÓN
La caja mágica
Candelaria Torres Etchegorry
Cuando era chica, tenía una caja mágica. Mis abuelos me la habían regalado, y
con mis cortos 6 años la llevaba a todos lados. Era una caja increíble.
Mi abuelo vino y dijo: “Candula mirá lo que encontré, una caja mágica, te va
a llevar a dónde quieras ir, nunca va a fallar”. Al principio, me pareció que la
caja no funcionaba, me metí adentro y estaba todo oscuro, no veía nada, y me
quedé sentada un rato largo adentro de la caja sin hacer nada, sólo pensaba a
dónde tenía ganas de ir. A decir verdad me sentía bastante defraudada.
Me acordé de mis terribles ganas de andar en un globo aerostático. De chica,
e incluso ahora de grande, amaba esas cosas. Increíbles globos de muchos
colores que te hacían ver el mundo del lado del que lo veían los pájaros, los
aviones, las mariposas.
Aterricé de nuevo en el patio de mi abuelo y salí corriendo a contar a todos el
día que había vivido.
Al día siguiente pensé que era hora de conocer el espacio, a luna, los planetas,
eso que tanto me mostraban en el jardín y en mi grado. No estaba muy segura
de que la caja pudiera llevarme, el día anterior había sido un globo, a lo mejor
era sólo una caja terrestre. Pero no, cuando entré, ya no era un globo, estaba
todo dispuesto cómo una nave espacial, o cómo yo imaginaba que lo sería. Botones por todos lados, una silla, ventanas herméticas, palancas, pantallas, todo
eso. Apreté un botón y empezó a salir fuego por abajo, un tiempo después
estaba de nuevo en el aire, pero ahora me dirigía más arriba. Subí, subí y subí.
Salí de la tierra, conocí la luna, no era de queso cómo me decían, ni había un
burro, María y José, era piedra y arena muy finita, iluminada perfectamente por
el sol en una parte, ahí entendí que la luna no era ni plana, ni crecía y decrecía
a su gusto, era el sol el que la iluminaba.
El sol, también lo conocí, no me acerqué mucho, pero era inmenso. Visité otros
planetas, Saturno, Júpiter y no pude ir más allá porque ya se hacía hora de
volver. A la vuelta saludé a dos marcianos que venía volando con mochilas
espaciales, creo que se dirigían a Neptuno, pero no entendí mucho lo que decían. Hablaban un idioma extraño, no eran verdes, eran azules, tenían un ojo, y
extremidades largas, tenían también, una antena en la cabeza.
De repente la caja se iluminó, era un canasto, y del costado se comenzó a
inflar un gigantesco globo de color violeta y rosa. Inmediatamente se empezó
a levantar y en un par de minutos el suelo se empezaba a alejar. Primero me
asusté, después vi cómo todo se hacía chiquito, la casa de mis abuelos era solo
una mancha blanca rodeada por un mar verde.
Así cómo esos dos viajes, también conocí China, fui a India, vi los pingüinos en
la Antártida. Buceé en Atlantis, vi el Titanic y me robé una cadena de adentro
del crucero. Durante muchas tardes, mi caja mágica fue mi mejor amiga, ese
verano fue el mejor de mi vida. Uno no se olvida tan fácil de una caja que se
transforma y te lleva a cualquier lado. El verano siguiente, los viajes se repitieron pero esta vez junto a mi hermana.
Crucé las sierras, vi el mar, olas enormes, me crucé con un par de aves que
volaban a mi altura, lo cual era incluso más emocionante para mí. Vi barcos
muy pequeños que se alejaban del puerto rumbo a destinos desconocidos.
Conocí lagos, lagunas y ríos, animales que corrían por el verde cómo hormigas.
Después de un rato, aprendí a manejarlo y cuando a mi altura el cielo estaba de
color naranja, decidí emprender el regreso.
Hoy, estoy por mudarme a una casa más grande, ya tengo 32 años, me casé y
tuve dos hijos, uno tiene 5 años y el otro 2. Estoy en el garaje y acabo de encontrar mi caja mágica, no la reconocí, ya no era la misma, no tenía forma de
nada, sólo de caja de cartón común y corriente, la estaba por usar para guardar
cosas, si no fuera que vi al costado una rajadura que mi nave se había hecho
en la expedición al polo Norte a conocer a Papá Noël.
26
27
Lloré, lloré porque sentí que toda esa magia se iba, ¿Cómo no había reconocido a mi querida caja mágica? Ya no me producía la emoción de antes, ya no
era sorprendente, y deseé volver a tener 6 años para que todo en la vida me
emocionara como lo hacía en ese momento, todo era nuevo, todo era una
sorpresa. Decidí que desde ahora voy a empezar a ponerme esos ojos, los ojos
de todo nuevo, de contagiarme de la alegría que transmiten las cosas simples.
Entró mi hijo corriendo, tenía algo en la mano, con la misma emoción que yo
había decidido empezar a tener me miró y me dijo: “Mirá, mamá ¡encontré
un escarabajo gigaaaante! ¡Y haaabla!!” Yo sabía que él sólo tenía en la mano
una piedra, pero, seguí su juego y le dije: “Qué buen hallazgo, lo tenemos que
poner en una jaulita y darle de comer”. Miré mi caja, y de repente había dejado
de ser simple cartón para convertirse en la mejor jaula de escarabajos gigantes
que hablan, del mundo. La agarré, agarré al escarabajo, lo metí en la caja y le
dije: “Nico, me parece que le gusta esta jaula, tiene pasto, montañas, una laguna chiquita…”, el me interrumpió diciendo: “Nooooooo, que buenísima”. Y se
dedicó toda la tarde a jugar con la caja mágica.
TERCERA MENCIÓN
Camino al faro blanco
Susana Rios
Buenos Aires
Lentamente comenzamos a cargar nuestras pocas cosas en el viejo coche que
papá supo regalarme antes de morir. Era el fin de todas las expectativas creadas en esta ciudad llena de indiferencia y frialdad.
Hacía cinco años que había conocido a Guido y casi tres que vivíamos como
pareja. Él estaba terminando la residencia en el hospital de Wilde, yo era enfermera suplente hasta que una noche nos cruzamos en uno de los pasillos y no
nos separamos más.
Desde que nos fuimos a vivir junto siempre tuvimos la idea de buscar un lugar
tranquilo, donde pudiéramos correr libremente por campos verdes e interminables y ver el cielo con su color real.
Día a día nos ahogaba más el ritmo enloquecedor de la ciudad que nunca
se detiene, privándote de poder disfrutar el nacimiento de una simple flor o
escuchar el mágico trinar de los pájaros,
La lucha para sobrevivir en este caos, de competencias devastadoras comenzó
a desdibujar nuestros sueños y proyectos. Cuando el amor tuvo los primeros
cimbronazos decidimos buscar la manera de fortalecerlo aceptando el gran
desafío del cambio.
Nada resulta fácil cuando se inicia la ruta hacia lo desconocido, estaba segura
que si el amor y la comprensión existen realmente, íbamos a llegar a la meta.
28
29
A la semana comenzamos a poner en práctica nuestro proyecto vendiendo lo
que no podíamos cargar en nuestro pequeño coche.
La noche anterior a la partida nos reunimos en casa con unos amigos que
espontáneamente organizaron una inolvidable cena de despedida. Cuando
regresamos al desolado cuarto nos acostamos sobre el colchón que estaba en
el suelo, sin darnos cuenta nuestras manos se juntaron e inconsciente iniciamos la danza de la seducción y nos hizo vibrar como nunca.
Los primeros rayos de sol entraron sin permiso iluminando nuestros rostros,
con esfuerzo los ojos se abrieron lentamente, despabilándonos de inmediato
porque el gran día había llegado.
En minutos todo estaba listo. Subimos al coche, acomodé la canasta con el
mate a un costado de mis piernas, luego nos pusimos el cinturón, besé la cruz
del rosario para que nos proteja… sin dar vuelta la cabeza para atrás, iniciamos
el viaje más importante de nuestras vidas.
Cargados con las cosas más queridas, comenzamos a alejarnos de los imponentes edificios rodeados de avenidas atascadas de vehículos que no dejaban
ver la belleza de la ciudad que lentamente abandonábamos.
La mano de Guido me acarició, fugazmente nuestras miradas se unieron sonriendo felices.
El frío de la Patagonia nos recibió haciéndonos sentir que es único y distinto
a todos.
Me envuelvo en una gruesa manta y la extiendo también sobre las piernas de
Guido y dormito. Cada tanto me despierto para hablarle unas palabras y preguntar si está cansado, su ansiedad lo mantiene alerta y despierto. Me hubiera
gustado que la luna brillara para poder disfrutar del recorrido de mi primer
viaje. Entre sueño siento que el motor merma la velocidad, me incorporo, veo
las luces de una pintoresca hostería.
Guido estaciona, apurado saca del bolso la campera y bufanda que se pone
30
antes de bajar.
El lugar era acogedor, cálido y de buen gusto. Nos sentamos cerca del gran
hogar a leña, nos abrazamos satisfechos por estar viviendo este sueño.
Dejamos que el dueño nos sirviera el mejor plato, con asombro observamos
que nos llenaba la mesa con los manjares típicos. Cazuelita de ciervo, sopa de
varios quesos, jamón con pan de chicharrón, omelette, tortilla de mariscos,
jugo de cerezas y naranja, para el postre torta de chocolate con frutillas y café.
Durante dos horas nos dedicamos a comer, también a charlar de todo lo que
haríamos al llegar. Luego de fumar un cigarrillo nos alistamos para seguir el
tramo final.
Nuevamente estamos sobre la ruta, comenzaba a iluminarse por el amanecer.
Un cartel sobre el costado del asfalto nos indicaba que entramos a Viedma, el
grito de alegría de Guido me sobresaltó, sin lugar a duda en algún punto de
este pedazo de la Patagonia está el sitio elegido.
Desde el camino pude ver el imponente mar cuyas agua inquietas se deslizan
sobre rocas montando por la furia del viento incesante. Era la primera vez que
llegábamos hasta el fondo de nuestro país. El destacamento de Gendarmería
nos anunciaba que comenzábamos a transitar por la fría zona de Puerto Deseado. La bahía agrupaba en sus orillas la más grande cantidad de rocas que
servía de escenario a una población de lobos marinos. Viven sin temor, expuestos a las miradas curiosas de miles de personas que admiran e investigan esta
fascinante especie.
Seguimos con nuestro auto costeando la bahía, pues sólo faltaban pocos kilómetros para llegar al punto que, según él, sería el comienzo de nuestro sueño.
A nuestras espaldas se puede ver el golfo San Jorge, frente a nosotros encontramos un gastado cartel que dice: “Cabo Blanco”. Nos internamos en la gran
planicie desierta que nos da la sensación de ir subiendo a una terraza perfectamente plana, cuando llegamos a la cima el motor de nuestro coche se detuvo,
31
se había recalentado.
Bajamos, pero antes de revisarlo Guido me toma de la mano y casi corriendo,
nos sorprendimos de lo que veíamos. Nuestros ojos maravillados observan la
postal real creada por las aguas verdosas del mar, la alfombra de piedras, rocas
con miles de colores y el imponente faro.
Las lágrimas desdibujan por momentos esa maravilla. Siento los brazos que
me aprietan emocionado.
“¡¡¡Este es el sueño… ahora estoy cumpliéndolo y jamás lo hubiera hecho sin
tu ayuda!!!”, dice.
Estacionamos a metros del faro, subimos por la angosta escalera a la cima,
después de un rato bajamos con mucho frío y entramos al coche para tomar
unos mates calientes. Desde donde estábamos veíamos un grupo de casitas
con largas antenas protegidas por altos árboles.
Cuando nos disponíamos a regresar al destacamento para averiguar dónde
podíamos pasar la noche escuchamos el motor de un vehículo que se acercaba, al vernos se detiene su veterano conductor, con mucha cordialidad nos
pregunta si necesitábamos algo, Guido baja, le extiende la mano para saludarlo, nos aconseja que no tardemos demasiado en volver al pueblo porque de
noche se siente mucho más el frío. Escuchamos atento su consejo y aprovechamos para preguntarle dónde podíamos pasar la noche.
El anciano nos dice:
“Si me esperan a que prenda el faro yo mismo los acompaño hasta la pensión
de Doña Filomena, tiene varios cuartos bien calefaccionados y baño privado.”
Aceptamos a esperarlo, cuando bajaba las escaleras, sosteniendo su gorra que
casi se la lleva el viento, Guido le pregunta:
“Así es muchacho… Yo ya no estoy para esto, lo hago desde hace 40 años,
pero nadie se preocupa de ponerme un reemplazo”, contestó resignado.
Cuando estaba menos viejo venía a esta hora… me quedaba todita la noche
cuidando la ruta, ahora solo vengo para encenderlo, luego cada hora vienen
los chicos de gendarmería a vigilar un rato.
Hace mucho tiempo le dije al Intendente que aquí tenía que hacer una buena
casa, segura, bien acondicionada para que pudiera instalarse una familia así
podrían hacerse cargo de este “imponente guía”… cuidarlo, sobretodo estar
atento de las luces.
La cara del anciano comenzó a palidecer, sus manos heladas y temblorosas
buscan un apoyo para poder recostarse.
Asustados lo socorremos. Lo ayudamos a sentarse sobre una roca y desprendo
un poco su campera para que pueda respirar, lo sostengo mientras Guido corre al auto a buscar el maletín, en ese momento los ojos se cierran y el cuerpo
comienza a desplomarse sin que lo pueda sostener. Mi desesperación es grande, no podía dejar que me invada el miedo, con fuerza lo acomodo sobre el
piso, le hago masajes en el pecho mientras llega Guido corriendo, se arrodilla,
apoya el oído sobre la boca para sentir la respiración. Más calmo que yo le
coloca debajo de la lengua una pastilla, lentamente comienza a presionar el
pecho para bombear su corazón fatigado.
Después de unos minutos los colores surgen nuevamente en su rostro y la
temperatura comienza a normalizarse, los sentidos se instalan en el cuerpo
de aquel viejo de barba blanca, bajito, robusto que hacía sólo dos horas que
conocíamos y que era lo más importante en ese momento. Con un poco de dificultad los ojos se abren llenándose de lágrimas. La mano endurecida, áspera
se mueve lentamente y con un gesto de profundo afecto acaricia el rostro de
Guido abrazándose fuerte por largo tiempo. Una emoción los invade, sin saber
porque siente que ese anciano podría ser el abuelo desconocido que su papá
le contó… “un día se fue sin dejar rastros.”
“¿Usted es el encargado del prender el faro…?”
El frío comienza a congelarnos los huesos, despacio sentamos al anciano den32
33
tro de la camioneta cubriéndolo con la manta, él manejaría el vehículo del
abuelo, yo iría detrás de ellos hasta su casa porque a pesar que ya estaba mejor y compensado no era bueno que manejara. A pocos kilómetros del faro
y a cuadras del destacamento encontramos la vivienda del anciano, todavía
temblaba de frío, bajamos para ayudarlo, mientras buscaba las llaves nos quedamos a esperar que entrara, así nos iríamos tranquilos. Cuando abrió la puerta
vino hacia nosotros, tomándonos del brazo nos invitó a pasar para comer algo
caliente… quería agradecernos lo que habíamos hecho por su vida.
Cuando entramos nos envolvió el calor de un gran hogar a leña que estaba
frente a la puerta de entrada, en el centro de la sala principal donde había
varios sillones y una mullida alfombra.
Después que enciende las luces de la casa nos dice haciendo una seña con la
mano:
“Acomódense, cuelguen sus abrigos en ese perchero y siéntense cerca del fogón a calentarse, yo voy a preparar algo para tomar.”
Nos quitamos los abrigos y bufandas para colgarlos dónde nos había dicho,
nos sentamos frente a la estufa y comenzamos a asombrarnos de todas las
bellezas que tenía decorando cada rincón de esa inmensa sala revestida en
madera lustrada, iluminada con arañas y veladores de hierro con figuras marinas. Al instante la mesa del comedor se llena de galletas, panes, mermeladas,
quesos y una jarra de café con leche muy caliente.
Todo era salido de los libros de cuentos. Conversamos de todos los temas que
jamás hubiéramos imaginado, sin darnos cuenta la noche nos sorprendió. Don
Serafín, que así se llamaba el abuelo, no dejaba de contarnos historias y vivencias de sus largos 40 años en ese lugar de ensueño.
Despreocupado por la hora nos muestra la hermosa casa. Impecable, con muy
buen gusto y confortable, llena de esculturas de madera, algunos retratos de
fotos muy viejas pero celosamente acomodadas. Cuando terminamos de recorrerla Guido agradeció lo que habíamos vivido en esa tarde, se acercó al
perchero en busca de nuestro abrigo, mientras le dice al anciano que teníamos
34
que seguir viaje y buscar un lugar para instalarnos.
De espalda a la puerta de entrada y casi suplicando nos invita a quedarnos,
nuestro asombro fue tan grande que sin poder negarnos aceptamos sin problemas.
Don Serafín camina hacia el pasillo donde están los tres cuartos, prende las
luces para que eligiéramos uno, luego de hacerlo colocamos los bolsos y nos
instalamos.
Su ternura y generosidad nos emociona, sin saber porque veo que entre el
abuelo y Guido algo muy especial los unía, por eso ésta era la única manera
de descubrir el misterio… ¡¡¡Porque mi marido quiso buscar este lugar para
comenzar una nueva vida!!!
El cuarto era inmenso, a un costado una antigua salamandra, dos ventanales,
un ropero de fina madera con cuatro puertas. El juego de cama, dos sillones
con una mesita petisa, una biblioteca y lo que más nos llamó la atención era el
gran baño que formaba parte del mismo cuarto. Todo lucía impecable como si
esperara a alguien que lo usara.
Como no sabíamos el tiempo que nos quedaríamos, sacamos solo la ropa de
un bolso, lo necesario para el aseo. Cuando Guido termino de bañarse salió del
cuarto para ayudar al abuelo a cocinar.
Luego entré yo, dejé que el agua caliente corriera por mi cuerpo y pensaba
que lo que nos estaba pasando era un sueño que teníamos que disfrutar.
Cuando terminé con mi aseo salí para encontrarme con ellos, don Serafín se
acercó para agradecerme que haya aceptado quedarme en su casa, mientras
nos dijo:
“Hoy es el día más especial de mi vida y no quería pasarlo solo”.
“¿Por qué?”, preguntamos con curiosidad, casi a dúo.
35
Tomándonos de la mano busca una silla para sentarse y comenzó a contarnos
que estaba feliz porque hoy había llegado a los 80 años de vida, además sabía
que algún día, con la ayuda de Dios vendría a verlo su nieto, por eso siempre
mantenía la casa cuidada y lista porque él llegaría sin avisar, se quedaría a su
lado para disfrutar sus últimos días.
Nos dijo, para finalizar: “Al levantarme sabía que algo muy lindo me pasaría,
pero no podía saber que era, hasta que llego el momento de ir al faro, mi corazón comenzó a palpitar más fuerte, al verte no tuve ninguna duda. Tenés
la mirada de mi hijo, Guido. Recién cuando bajé las escaleras la emoción se
apoderó de mi, recé para poder resistir y compartir unos minutos con alguien
que había esperado tanto…”
Las lágrimas cubrieron el rostro de Guido al escucharlo, mientras le dice:
“Abuelo yo sabía que algún día iba a encontrarte, porque cuando tenía ocho
años el tío Marcos me contó que tu sueño era vivir al lado de un faro. Ser libre
como el viento y las gaviotas, por eso fui creciendo con la meta de buscar el
lugar, encontrarte y quedarme con vos.”
Por largo tiempo estuvieron abrazados llorando, Don Serafín y Guido estaban
juntos, Dios le acababa de dar al anciano el regalo más grande y esperado que
era estar con su amado nieto, frente al faro.
La noche fue única e interminable. Después que hablaron por varias horas,
Don Serafín besó a su nieto y con pasos lentos fue a dormir el mejor de sus
sueños.
36
Indice
La abuelidad
Abuela Gregoria • 43
Abuelo Pepe • 49
Abuelo Waldino y abuela Pastora • 52
Abuelos y nietos • 55
Amor puro • 57
Cariño incondicional • 58
Compartiendo • 60
Cuando se habla de “Abuelos” • 61
De calesitas y ojos negros • 67
Doña Rosario • 71
El abuelo • 72
El abuelo • 74
El nacimiento de una futura presidenta • 77
Faldas • 80
Herencia de amor • 84
Juntos de la mano • 86
La deliciosa tarea de ser abuelos • 88
La abuela Dorotea • 90
La compu de Joaquín • 92
La súper abuela • 94
Las recetas de mi abuela • 97
Lazos de sangre • 99
Lisandro • 103
Luchá por el amor, ¡siempre! • 104
Marianito • 105
Mi abuelo José • 107
Mi ángel guardián • 111
Mi gran ídola • 112
Mi nieta • 114
37
Mi nona • 115
Mi primera nieta... • 117
Mis nietos • 118
Mis tesoros más preciados • 119
Moreno al 1600 • 122
Noche de reyes • 123
Nostalgias de una abuela • 124
¡Piedra libre! • 126
¿Qué es un nieto? • 127
Recuerdos de “Mamachede” • 129
Recuerdos de mi infancia que aún están presentes • 132
Súper-Pepe • 134
TDK de 90 • 135
Un bisabuelo recuerda a su abuelo • 137
Un día de camping • 140
Una mañana con la abuela • 142
Universo cúbico • 144
Vas a ir a pescar... Pero... • 148
Vínculos entre abuelos y nietos • 155
Quiero darte las gracias
Abuelitas Otilia y Lola • 161
Abuelos mágicos, abuelos ausencia • 162
Compartir • 165
Ese perfume de libertad • 166
Esperando a Papá Noel • 167
Gracias abuela • 168
Medias de lana • 169
Mi abuela, mi madre, mi compañera • 170
Mi abuelita • 171
Por siempre en mí • 173
38
Sueños de ternura y amor • 174
Tantas vidas, en la vida de Paula • 176
Tu sonrisa me devolvió la vida • 181
Una simple anécdota sobre mis abuelos maternos • 182
Respeto es amor
Abuelos • 187
Abuelos y nietos, respeto y amor • 190
Anastasia • 195
Aprender a soñar • 197
Bisabuelos, abuelos, padres • 199
Con olor a hogar • 205
Cuando la mascota se va • 206
Cuando la navidad era “Mi Nona” • 210
De las cosas que me contaba mi abuela • 211
Doña Argentina • 213
Dos grandes mujeres del silencio • 214
El cepillo • 219
El cofre de la abuela • 222
El patio de la vida • 225
El respeto es amor • 227
Ellos son un ejemplo • 229
Es la historia de un amor • 230
Es la vida misma • 234
Homenaje a mi abuelo • 238
La abuela Lorenza • 239
La alcancía • 241
La Candela • 245
La casa de la alegría. El recuerdo de mis abuelos • 247
La importancia del respeto y el amor • 251
La vida pasa junto a él y lo abraza • 255
39
Léxico de amor • 258
Lo primero que veía cada día • 260
Mañana será otro día más • 261
Mi abuela • 263
Mi abuela Carmen • 266
Mi abuela Dorotea... • 268
Mi abuela, mi ejemplo • 270
Mi abuela, mi madre • 273
Mi abuelo ídolo • 274
Mi abuelo Paulino • 276
Nacieron mis nietas mellizas • 278
Para toda la vida • 279
Primera promoción • 281
Puertas • 283
Raíces de amor • 286
Recompensa • 288
Recuerdos en camiseta • 291
Respeto es amor • 292
Respeto es amor • 294
Riquezas heredadas • 296
Un día como hoy • 298
Un ejemplo de vida • 300
Un tío abuelo que más que abuelo, fue un abuelo-padre-amigo • 304
Una anécdota de mi infancia • 306
¡Una leyenda que no es tal! • 307
Vecindad • 309
Veranos en la chacra de la abuela • 312
Yo admiro a mis abuelas ¿Por qué? • 314
40
La abuelidad
(el verdadero arte de practicar el ser abuel@)
Abuela Gregoria
Susana Ester Cardinali
Hoy resulta fácil pensar en un viaje a Europa. Embarque. Vuelo o abordaje. Todo
disfrute. Lo que resulta impensable es la travesía que hacían miles de personas
en otras épocas, en condiciones no tan placenteras para llegar a estas tierras
lejanas. Mi abuela, como tantas otras personas, dejó todo en el viejo continente: familia, casa, afectos para iniciar una nueva vida. Llegó desde España, más
precisamente de Navarra. Sola. Viajó en barco, acompañada por otras personas
que, como ella, huían del horror. Ella los llamaba sus paisanos. Tenía veinte
años y se llamaba Gregoria.
Esos barcos eran ciudades enormes sobre el mar y traían miles de ilusiones,
esperanzas, sueños, historias de vida. Entre 1860 y 1916 llegaron a la Argentina
seis millones de inmigrantes, provenientes en su mayoría, de Italia y España
pero también de Alemania, Polonia, Ucrania y cada uno de ellos encontró aquí
su lugar en el mundo.
Gregoria, desembarcó en el puerto de Mar del Plata. Allí, con el tiempo, conoce
a Juan, su marido, padre de sus dos primeros hijos. Cuantos sacrificios y esfuerzos para poder armar un futuro.
Siempre fue una luchadora, lo dicen quienes la conocían bien. La vida siempre
la puso a prueba. Siempre.
Enviudó cuando sus hijos eran muy pequeños, Juan murió en un accidente, y
ella quedó a la deriva.
Tuvo que dejar todo y buscar otros rumbos, algunos paisanos le encontraron
un lugar cerca del Puerto La Plata en Ensenada. Hasta allí llegó con esperanzas
renovadas .Huerta y animales. Todo lo que permitía sobrevivir. Mientras tanto,
peleaba por su propiedad en Avenida Colón que le fue arrebatada injustamente.
43
Con el tiempo, conoció a Jesús quién sería el padre de su tercera hija, mi madre.
no supe que decir… Tenía razón.
Abuela cascabel.
Nuevamente, el destino quiso la soledad para ella. Su nuevo compañero tuvo
que volver a España para no ser considerado desertor. Nunca supo del embarazo, ni del nacimiento. Aquí Gregoria, con sus tres hijos seguía luchando.
Conoció la pobreza pero también, el valor del esfuerzo y del trabajo. Todos
ellos vivieron con dignidad.
Con los años, Bartolomé, un botero que cruzaba a la gente de orilla a orilla
llegó a su vida. Parecía que todo volvía a empezar y empezó. Tuvieron cuatro
hijos. Cuentan, que los hijos mayores ayudaron, y mucho, en esa diaria tarea de
entrega y sacrificio.
Cuando los hijos mayores eran adolescentes, Gregoria atraviesa el dolor de
la pérdida primero de su hijo más pequeño, y la de su marido, poco tiempo
después, en un accidente. Nuevamente la fatalidad y el dolor.
Abuela puente.
“Tiene mi morena, tan pequeña boca que en ella le caben cien panes en sopa,
cuarenta pepinos y diez calabazas, un cajón de higos y un cajón de pasas… te
tengo, te tengo, te tengo que dar un vestido blanco que te ha de gustar cortito
de ‘aelante’, larguito de atrás, con cuatro volantes y adiós que te vas.”
Así la galería de cánticos era interminable, las horas que pasábamos junto a ella
eran una fiesta. Mi hermano Edgardo y yo éramos los que más nos deleitábamos con sus historias.
Abuela rezo.
Abuela canción.
Yo, la conocí con cabello blanco en canas, menudita, pequeña, toda dulzura.
Siempre alegre. A mí me gustaba estar con ella. Escucharla relatar historias,
cantar coplas y contar anécdotas de vida. Hacía de esos momentos una fiesta. Un día, tomé papel y lápiz y copié todo su repertorio. Hoy constituyen mi
tesoro:”Esas que llevan corbata, esas son las más agudas porque con ellas se
tapan… las ca-ga-das de las pulgas”. Todo dicho con un acento y una tonada
melodiosa. Un placer.
Abuela Gregoria, la tengo en mi memoria sentada en su trono, la gran cama
matrimonial. Ahí le gustaba estar. Desde allí, escuchaba y observaba todo.
Atenta a todo el movimiento de la casa, escudriñaba cada palabra, cada gesto
de su interlocutor .Tantas anécdotas vienen a mi mente. Los hijos le decían
mama (así, sin el acento), nunca la tuteaban. Un día estando con ella vino a visitarla una hija que había enviudado y a partir de esa situación el novio de la hija
de mi tía se había ido a vivir con ellas. Ella se excusa que tiene que irse rápido
porque ahora somos cuatro, dijo. Cuándo quedamos solas la abuela dice: ésta
hija mía, ¿no sé cuál es la diferencia? Si cuando vivía el marido también eran
cuatro. Yo me quedé sin palabras, su reflexión fue tan acertada y graciosa que
44
Decían que de joven había sido brava, las fotos la muestran fuerte, con su figura erguida, su cabello renegrido recogido en torzadas, mirada penetrante,
gesto firme y decidido. Bella. Yo creo firmemente que tuvo mucho coraje para
enfrentar los desafíos que la vida le presentó.
Crió sola a sus ocho hijos en la pobreza más absoluta pero la huerta y la cría de
animales la ayudó a sobrevivir. Nunca bajó los brazos.
Abuela valentía.
Abuela fortaleza.
Su casa era el lugar de encuentro de toda la familia, cumpleaños, fiestas, navidades todos nos reuníamos en torno a ella.
Allí se respiraba calidez, al calor de la chapa y la madera se sumaba el aroma a
malvones y la acogedora sombra de la parra.
45
Abuela alegría.
Abuela sol.
En el límite, la ligustrina servía de pared, marcaba la división de la casa de su
peor enemiga, se llamaba Pastora y era una paisana con la cual había tenido
serias diferencias y desde entonces fueron irreconciliables.
Corría el mes de Junio de 1976, toda la familia conmovida porque Edgardo, su
nieto, mi hermano, el hijo de su hija, había sido arrebatado de su casa, de su
cama en una madrugada aciaga, nefasta. Maniatado, golpeado, encapuchado.
Un desaparecido más.
La abuela no debía saber, había que evitarle el dolor, el horror.
Abuela muro.
Todo era gris, aún los días de sol. Todo oscuro. Ella seguía en su trono, ¿sin
saber, sin presentir…?
Abuela refugio.
Cada noche rezaba.
Con ella vivían uno de sus hijos con su familia. Un día recuerdo haber preguntado por mi prima Norma que vivía con ella y mi tía me dijo -mientras
me guiñaba un ojo- que había ido hasta el almacén. La abuela me llamó a su
habitación y me dijo por lo bajo: “Norma fue al cine con una amiga pero ellos
no quieren que yo me entere, para no preocuparme.” Yo me quedé sin palabras, la capacidad visual y auditiva de la abuela me parecían extraordinarias,
del mismo modo que su habilidad para tejer hermosas carpetas al crochet.
Nunca usó anteojos.
“En ésta cama me acuesto, si acaso no me levanto a Dios le pido perdón, por
mis culpas y pecados. Pecador que te has de ver, difunto y no sabes cuándo,
recuérdate de tu Dios que por ti viene velando”.
Abuela fortaleza.
Abuela árbol.
Abuela milagro.
Ella no debía saber, nunca se lo dijimos que Edgardo apareció unos días después .Ella no leyó los titulares de los diarios, ni los avisos fúnebres cargados de
cruces. Nunca supo de los cinco cadáveres acribillados por la espalda aparecidos a la vera del camino que une Villa Elisa con Punta Lara.
Resultaba muy gracioso verla sentada en una silla o sillón con los piecitos colgando algunos centímetros del suelo, así de pequeñita era, pero grande en la
imagen que se acrecienta en el recuerdo.
Y si bien nunca llegó la noticia a sus oídos, ni el diario a sus manos, la abuela
nunca preguntó nada, ni por su ausencia, ni por los rostros desencajados de
tristeza y llanto, ni por el luto riguroso de su hija, mi madre.
Abuela pequeña.
Abuela corazón.
“San José sale triste y desconsolado, y María le dice José amado donde a ti te
hieren yo me he encontrado… entre cuatro pajitas y un buey de tiro, entre el
cielo y la tierra, Dios ha nacido”.
Y, sin saber cómo ni por qué llegó el tiempo de oscuridad, la época más negra
que vivió la sociedad toda… fueron días de dolor, de búsqueda, de desesperación, de noches de vigilia esperando un regreso que no fue.
Gregoria no sabe, pero intuye y por respeto a todos no puede permitirse preguntar, entonces, debe seguir con su rutina de versos, cuentos y canciones
sólo que ahora se percibe un dejo de tristeza en su voz. Gregoria no sabe. No
Abuela bendición.
46
47
quiere saber qué Edgardo no va a ir más a escucharla y en un acto de estoicismo, calla.
Su silencio, su no indagar, es un acto de amor absoluto; un pacto tácito, silencioso, frente a tanto dolor a tanta tristeza y desolación.
Abuela bálsamo.
Abuela canción.
Hoy te recuerdo, abuela querida, con tu mejor sonrisa y tu alegría contagiosa y
quiero creer, estoy convencida, estás junto a Edgardo, con mi mamá y mi papá,
compartiendo alguna de tus anécdotas en un cielo lleno de nubes y ángeles.
Abuelo Pepe
Laura Graciela Berestain
Sierras Bayas, mi pueblo natal, el pueblo que vio crecer a mis mayores; por él
mis huesos de niña conocieron el exilio. Sólo tenía dos años, cuando mis padres, por razones laborales, se trasladaron a la ciudad de Azul.
No fue fácil mi infancia, los abuelos estaban… lejos. No existía la posibilidad de
que, al doblar en una esquina cualquiera, me sorprendieran accidentalmente
con su presencia, tampoco a la salida del colegio podía refugiarme en los espacios mullidos de sus patios serenos.
De fondo, una música celestial acompañando tus coplas.
“A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene… metí las manos al agua,
la esperanza me mantiene.”
Los años pasaron y, aunque algunos ya no están, la vida se ocupa de regalarnos momentos de felicidad, instantes en los que Dios y los ángeles se sientan a
nuestro lado, para que tengamos un adelanto del Paraíso, para que muramos
de amor por un rato en la letanía de esa gota de miel que, sin aviso, suele
atravesarnos.
En unos días celebraremos el matrimonio de mi hija Daniela y se nos ocurrió
incluir en el menú la increíble salsa de tomates del abuelo Pepe.
La cita era a las cinco de la tarde. Él sabe que me cuesta volver porque todavía
me duele la ausencia de la abuela. La casa olía a flores. Se había preparado para
recibirnos y nos condujo por las habitaciones como si se tratase de una visita
guiada al Museo del Prado. Al finalizar el recorrido, se volvió para mirarnos.
Esperó en silencio que le devolviésemos la atención con gestos y exclamaciones de aprobación como es nuestra costumbre. Ojalá pudiera yo abrazarlo
y decirle todo lo que siento. Pero somos así, y no está mal, al contrario, es de
destacar esa forma ruidosa que tenemos de romper los silencios, es como si
nuestra misión en el mundo fuese traer la felicidad por la fuerza, aunque se
resista, aunque haya que traerla agarrada de los pelos y privada de su libertad.
Pasado ese primer momento, el ritual se vuelve más sutil, y son las miradas,
48
49
los diálogos cortos y las sonrisas las que declaran los amores. Sé que medio
se anda despidiendo. Y la lagrima a flor de ojo que no cae. La lágrima que se
muerde y no cae. Una fuerza interna la detiene para que aguante. Bajo la parra,
que ahora es más hiedra perenne que fruto estival, cumplo con lo que me han
mandao: pelar los ajos. Acepto contenta porque los amo y pelo los ajos como
si fuese un trabajo de precisión y altamente calificado porque los amo. Ellos,
a pocos pasos del piletón, lavan y trozan los tomates. ¡Soy tan feliz!. Un tango
antiguo embriaga el patio, es un repertorio que grabó mi hermana Emi. De
repente una letra toma cuerpo… Ella aún no lo sabe: es la canción preferida
del abuelo -pero él no dice nada-. Yo lo sé porque soy la nieta mayor y recuerdo
aquél día en que, siendo aún niña, lo escuché cantar por primera y última vez.
Los amo. Ellos pican, trozan y hablan. Dani toma la cámara fotográfica.
Comprendo de dónde viene mi gusto por las cosas sencillas. En cámara lenta,
descifro las debilidades de mi corazón. Esto no lo dicta la razón en su repetitivo
empeño, ni la costumbre, decir cultura sería como quedar en la superficie. Esto
viene en la sangre, en el ADN que recuerda las deudas y los saldos a favor de
una estirpe que atravesó el mar con la esperanza de hallar una realidad a la
medida de sus sueños.
Pepe abre una sidra sin alcohol y brindamos. Por la vida, brindamos. Aunque
nadie lo dice, por eso brindamos. Y los ojos de Pepe se irán con él, los hay negros, pardos y verdosos, pero ninguno de nosotros ha heredado el azulceleste
que destella cuando, en silencio, nos mira.
-¡Mi vida! ¡Con esa máquina de sacar fotos no se puede atrapar la poesía! –
pienso pero no digo nada.
Pepe, Emi y Dani ejecutan la sinfonía de las tablas.
-¿Cuándo la aprendiste a hacer? -No responde enseguida, se toma un tiempo
y aclara: -“la finadita mamá la hacía siempre.” - Pausa.
Escurro el agua de los tomates sobre el pasto y ellos siguen trozando. Falta ajo.
Pepe desaparece. Al rato viene con dos “ajos de la costa” en la mano.
-Abuelo ¡son ajos de un solo diente!
-Son de la costa, crecen en la arena… llené un balde y crecieron -responde
como si tal cosa.
¿Faltaban ajos o sólo quería sorprendernos con estos ejemplares exóticos?
Mezcla pimienta en grano, sal gruesa, albahaca y me dice: -“Nena, ¿estás mirando?
-Sí, abuelo… con los ojos del alma.
Le respondo que sí, moviendo la cabeza sin decir nada.
50
51
Abuelo Waldino y abuela Pastora
Abuelo Puelo
Isla Norte. Lago Puelo, Chubut
Abuelo Waldino:
Decide ir a ver a su médico de cabecera en la ciudad de Córdoba. Al llegar al
consultorio se entera que éste se había ido a cazar y que volvía en dos semanas.
Mientras camina por la ciudad viendo que hacer, descubre un ómnibus a punto de partir rumbo a la Capital Federal. Verlo y decidirse a subir le lleva solo
un par de segundos, y así es como aparece en el barrio de Mataderos, donde
vivía y tenía su negocio uno de sus hijos. Las cinco de la mañana no era una
hora apropiada para llamar, por lo que se pone a caminar por avenida Alberdi
buscando un bar abierto.
En aquellos tiempos la Policía Federal había puesto en marcha un plan para
estudiantes: durante un año cumplían servicio de calle en turnos de seis horas
y se eximían de hacer el servicio militar.
encuentra al padre parado en la vereda.
Mi abuelo tenía la costumbre de levantarse apenas aclaraba, lo que no cuajaba
con el estilo de los demás, por lo que salía a caminar por la avenida investigando todo lo que le llamara la atención.
Unos años antes, tratando de amansar un caballo había recibido un golpe sobre el ojo izquierdo por lo que no veía de ese costado. Tres días después que
llegara, al intentar cruzar la avenida no ve una moto que venía circulando y recibe un fuerte golpe. Cuando mi tío abre el negocio se sorprende al encontrar
un policía que le informa que su padre está internado en el hospital Argerich.
No tenía roto hueso alguno, solo magullones, pero los médicos lo vieron tan
viejo que lo dejaron internado por precaución. Al día siguiente, mi abuelo se
levanta y ve por una ventana que hay gente pescando en la cercana costanera
y allá va a ver que pescan. Las enfermeras optaron por sacarle el pantalón para
que no se escape.
Dos semana después y luego de ver a todos los familiares, vuelve a su casa
donde lo espera mi abuela, ya bastante curtida con eso de sus desapariciones.
Mi abuelo descubre uno de esos agentes y se aproxima.
Abuela Pastora:
-“Buenas, agente. ¿Usted sabe dónde vive mi hijo Alfredo Suárez?”
El pobre muchacho mira asombrado a aquel anciano con tal insólita pregunta.
-“Perdone, pero no lo conozco...”
Nunca pudo acostumbrarse a los viajes en ómnibus y mucho menos a las catraminas que hacían el trayecto Villa Dolores-Córdoba, por caminos de ripio
mal mantenidos. Era cuestión de subir y de empezar a descomponerse. Invariablemente a mitad de camino tenía que pedirle al chofer que pare, se bajaba,
vomitaba un poco y seguía viaje. Para hacerlo se sacaba la dentadura postiza.
-“Pero cómo… ¿Usted no conoce a los vecinos? ¿Qué clase de policía es usted?
Mire si hay un facineroso o un asesino viviendo aquí y usted no lo sabe. ¿Qué
clase de policía es usted?”
En uno de esos viajes, apoyó la prótesis en una piedra mientras el conductor la
urgía a volver y allí quedaron los dientes sonriéndole al paisaje.
Mientras reta al confundido agente, mi abuelo ve a una cuadra un bar abierto
y allá va, disimulando la risa. Cuando mi tío levanta la cortina de su negocio se
Conocía todas las hierbas, sus propiedades, caminar con ella por el campo era
como ir con un libro parlante de botánica. Donde yo veía solo yuyos, ella en-
52
53
contraba toda clase de especies diferentes. Y me explicaba para qué servía.
Abuelos y nietos
Cada vez que la veía me regalaba una estampita de un santo.
María del Carmen González
-“Récele a este santito, mi hijo, que lo va a ayudar.”
Morrison, Córdoba
-“Sí, abuela...”
Esta clase de gente tendría que ser eterna.
“Abuelo”. Palabra simple pero de gran contenido. Una de las etapas más hermosas de la vida, la llegada de los hijos y a través de ellos llegan los nietos.
Que emoción y que dulce escuchar ese “lela”, “abu”, “nonos”, pronunciado por
esas personitas pequeñas, de cachetes rosados, ojos sorprendidos, manitas sucias, bracitos, llantos y caprichos.
Mientras se escuchan los rezongos de los padres: “No lo apañes ni consientas
tanto...”, “Lo malcrías y no nos obedece”.
Es verdad, pero ¿para qué están los abuelos, sino?
Corren, cantan, les ayudan en su tarea, pasean y son muy compinches en su
niñez.
Nietos ya adolescentes cuentan sus secretos, proyectos, noviazgos. Utilizan ese
“viejo” o “vieja” de amor, cariño, complicidad acompañando en caricia y beso.
Pero a veces, abuelos, la vida les depara otros roles, la falta de los padres debido a divorcios, accidentes u otro motivo. Está en sus manos esa enorme responsabilidad. Con errores y aciertos dan lo mejor para contener a esos niños,
adolescentes y por qué no ya adultos, enseñándoles eso, tan simple pero tan
difícil, que es la vida.
Diariamente vemos alegría, emoción, satisfacción en abuelos. Su misión de
criar a sus nietos ha dado buenos frutos, pero también llantos, amarguras y
ese no saber explicar porque ese nieto tan querido equivocó el camino que lo
llevó a una vida vacía, hacia el mundo de la perdición y corrupción.
54
55
Habría mucho que decir sobre los abuelos. Son seres que viven la vejez con
alegría, agradecidos por lo que han logrado sentir que aún valen, que no son
desechables, viven sin miedos, expresan ideas. Sus rostros dulces surcados por
arrugas, miran con mucho amor, ámenlos y retribuyan su cariño dando gracias
Dios por permitirlo aún, que están a su lado.
Amor puro
Lidia Mary Guillén Cabrera
Zoe es una de mis nietas y de las nenas, es la más chica. Siempre juego con
ella a la librería, hace de vendedora de libros y siempre me vende los mismos:
Mafalda. Cuando voy a su casa a comer me vende mandarinas.
Empezó el jardín y rápidamente hizo amiguitos, pero hay un niño que se llama
Román que es quien atrapó su corazón.
A Román después de algunas semanas lo cambiaron a otra sala y en otro horario, entonces Zoe se puso muy triste.
El 25 de mayo fue la fiestita y ese día todos los niños participaron. Zoe me sorprendió más que nunca y me sentí muy orgullosa de ser tu abuela.
Estábamos entonando el Himno Nacional y de pronto Zoe empezó a caminar
saliendo del grupo de su sala, llegó al umbral de la puerta y allí estaba Román,
de la mano de su mamá.
Llegó a él y fue tan grande el abrazo que le dio, que hizo que muchos de los
que allí estábamos nos distrajéramos.
Terminó el acto y Román se va con la Escarapela que Zoe le regaló, ella se
queda feliz porque lo vio y nos demostró a todos que tener un niño con capacidades diferentes de amigo es demasiado importante para ella como para
que ese día no lo compartiera con él.
56
57
Cariño incondicional
llevan mi sangre, pero que se injertaron en mi vida de tal forma que si se quiebran, o se chamuscan por el frío abrazo con todo el amor y vuelven a surgir.
Lidia Guillén
Tal vez ellos nunca sepan cuán importantes son para mí, pero eso no importa,
porque quienes valen en esta historia son ellos aunque aún no conozca personalmente a Mateo, aunque Lucas ya no esté tan cerca de mí.
A cierta edad, cuando ya nos despreocupamos de la crianza de nuestros hijos
y comenzamos a “trabajar” de abuelas cambiamos nuestras técnicas o costumbres para el trato con los niños y entonces, nuestros nietos nos hacen sentir
felices, importantes, casi diría imprescindibles en la mejor aplicación de esta
palabra.
Tengo nueve nietos, dos de ellos son del corazón, Mateo y Lucas.
Mateo tiene un año y aún no lo conozco personalmente.
Lucas tiene 18 años y vivió cerca mío desde los 4.
Mateo tiene una mamá y un papá maravillosos.
Lucas tiene una mamá y dos papás, el biológico y el del corazón que es mi hijo.
Mateo tiene un carácter fuerte, chinchudo, dominante, no le gusta que lo avasallen con mimos.
Lucas es besuquero, mimoso y se deja querer.
Mateo viajó en avión de vacaciones con sus papás y le gustó.
Lucas sueña con algún viaje importante que seguramente hará.
Y bueno, ustedes dirán, porqué escribo todo esto y no hay anécdotas ni algo
en particular que demuestre que valga la pena mi relato, y esto es lo importante, que cuando estoy llegando al final de mi camino siento que por las ramas
de mi árbol florecen retoños muy bellos, de esos que viven en todas las estaciones del año y que sorprenden con sus colores y su brillo. Retoños que no
58
59
Compartiendo
Cuando se habla de “Abuelos”
Graciela Susana Puente
Paula Marion
Buenos Aires
Habíamos estado construyendo un fuerte con puentes, en la arena.
Nos llevó su tiempo, pero lo mejor de todo era haber compartido el entretenimiento y en cercanía con las manos.
Después vinieron las fotos y el halago contemplativo.
Le pedí a mi nieto que no lo destruyera. Las olas que se acercaban a la orilla se
iban a encargar de volver efímero a nuestro trabajo; pero, tiene otra trascendencia.
Cuando se habla de “Abuelos” y quiero darle un énfasis especial a esta palabra,
porque el que ha tenido o tiene la gracia de poder conocerlos y disfrutarlos
sabe de qué estoy hablando, es una palabra que se escribe con mayúscula;
cuando de ellos se habla podemos evocar los recuerdos más tiernos y graciosos de nuestra infancia y por qué no de una adolescencia con testigos cómplices de picardías inocentes.
Yo viví un milagro grandioso, conocí y disfruté de mis cuatro abuelos, en etapas distintas y de maneras diferentes, asumiendo que cada uno era especial y
único.
Me miró y me abrazó.
¿Hay mejor recompensa?
Empezando por contar que nací en casa de mis abuelos maternos y viví con
ellos hasta mis ocho años se imaginarán que cantidad de momentos llevo
guardados en mi corazón y en mi educación si se tiene en cuenta que es la
edad principal para la formación de la persona.
Mi abuela materna, mi noni, como la nombré en los últimos años, era una
señora acuariana de facciones angelicales y dulces, yo la tenía totalmente idealizada, una mujer de mucha fuerza y templanza, era mi reina; solía levantarse
muy temprano y yo también, por lo que compartíamos todas las mañanas el
desayuno, ella sentía mis pasitos venir corriendo del fondo y enseguida me
desplegaba en la mesa una humeante taza de té con galletitas dulces y de
agua, que yo hundía en el tazón para ablandarlas y saborearlas calentitas.
Luego me sentaba en su falda y mimoseaba hasta que me daba el ultimátum,
es que si era por mi estaba encima de ella día y noche. Así transcurría la mañana, ella hacía sus quehaceres y yo hacía lo que podía, líos generalmente.
Su paciencia era santa, me enseñó a bordar, a coser, a dibujar, se sentaba horas
60
61
y horas conmigo, jugaba juegos de mesa como el Ludo, la oca, las cartas y
¡¡¡siempre le hacía trampa!!! Por supuesto se hacía la distraída y se podía apreciar en su rostro su sonrisa de Mona Lisa tal cual la pintó Da Vinci.
Yo era bastante atolondrada y revoltosa, iba el mundo y yo por delante, la curiosidad me podía y todo lo quería ya; recuerdo una frase que, hasta hoy día,
la uso con mis hijos, es bastante conocida pero la escuché de su boca tantas
veces que para mí es de su autoría:
“Cuando más apurada estés, ve despacio…”
Quería que piense y que haga las cosas paso a paso, para reducir errores y
prevenir desencantos, quería que viva la vida en presente, no que transcurra
nada más.
Ya adolescente de 18 años, mi ritual de fin de semana era ir todos los sábados
o domingos a pasar el día entero con mis abuelos, ese día era para mí, cocinaban cositas ricas y elegían temas de conversación, fotos u otras actividades
que podíamos hacer juntos, salvo ese día especial que me dedicaban, el resto
de sus días, meses y años eran el uno para el otro, vivían un gran amor, de esos
que quisieras para tu vida.
Mi abuelo materno, hombre más bien pequeño, ágil, carácter rígido y frío para
quien no sabía mirarlo, era metódico y organizado para todo, caprichoso ante
el mundo y blando, muy blando ante ella; él admitía rezongar si yo no obedecía, por lo que era habitual escucharlo rezongar casi todo el día.
Era el abuelo de la plaza, el de la vuelta manzana en bicicleta, aunque nadie
sabía de su especialidad, su habilidad para conquistar a los más pequeños, se
preocupaba por que aprendiera las reglas básicas de todo niño, hamacarme
alto hasta el cielo, saltar la soga lo más rápido posible, hacer globos gigantes
con los chicles de tutti fruti más ricos del mundo y llenar mi panza con variedad de caramelos y golosinas que me alcanzarían para toda la semana.
Este hombre, al cual muchos no conocieron jamás, el que me apodaba rubia Mireya o Palocha, el que hablaba poco porque hacía más en silencio, fue
62
el principal productor de una hermosa historia de amor; con sus ochenta y
tantos años ellos caminaban de la mano aunque fuera hasta la esquina, cuchicheaban y se regalaban piquitos de dulzura pura, cada día de la madre o
cumpleaños mi abuelo expresaba toda su galantería con un ramo de flores y
una carta escrita por sus manos… Me conmovían muchísimo, aun me conmueve pensarlos.
Su historia comenzó gracias a una caja de zapatos, un gran amigo suyo tenía
una zapatería y una novia que resultó ser la hermana de mi abuela; un día este
amigo le pidió a mi abuelo que llevara un par de zapatos a su prometida porque él no podía cerrar su negocio en ese momento y ella estaba imposibilitada
para poder retirarlos, mi abuelo aceptó con gusto y enseguida salió a llevar el
pedido. Caminó sin cesar por esas viejas callecitas de San Justo hasta que al
fin llegó a destino, cuando mi bisabuela Agustina abrió la puerta, su presencia
inmaculada la impactó y lo invitó a pasar sabiendo que representaba un gran
partido para alguna de sus doce hijas. Sabia la nona.
Al rato de conversar animadamente y averiguar por poco hasta quien era su
tátara tío, entró al cuarto mi abuela con ese aire fresco que la caracterizaba y
poco de su atención le prestó al caballero, diría que presumida por su gran belleza. Él se quedó perplejo y no dudó ni un segundo que era ella el amor de su
vida; a partir de ese momento el no dejó de visitar regularmente a mi bisabuela
Agustina, haciéndole saber sus sinceras intenciones que por supuesto fueron
aprobadas inmediatamente.
Fue así que un día mi abuela llegó de su trabajo y allí estaba él, paradito con su
primer ramo de flores entusiasmado para darle la gran noticia, somos novios y
nos casamos pronto.
Si están esperando su respuesta por supuesto que fue SI y a los seis meses se
casaron. Su matrimonio pasó por muchas cosas, momentos felices y otros no
tanto, pero fue sincero y puro, amor de verdad que llegó a su fin como la iglesia
cristiana lo designa.
El día que mi abuelo vio a sus nietas formar familia, asentadas con sus propios
caminos y rodeadas de personas maravillosas que las acompañarían en esta
63
gran aventura que es la vida, se dio cuenta que su tarea había terminado aquí
y nuestro Padre supremo lo llamó para cumplir su destino en otro lado del universo, en ese momento mi reina supo que ella también debía soltar nuestras
manos para dejarnos crecer y su tristeza fue tan profunda que al tercer día se
fue con él dejando su ejemplo y su integridad para siempre en nuestras memorias, pedacitos de nuestro corazón.
Así culmina su historia, tantas veces le preguntaba, en esas tardes de té o café
con leche, que me contaran de sus andanzas y llegué a conocerlos mucho;
como también a mis abuelos paternos que forman parte de otra historia en mi
vida, fue una relación diferente, si bien estuvieron desde el día de mi nacimiento y siempre estuvimos en contacto, aprendí a conocerlos y quererlos más en
mi adolescencia cuando por diferentes circunstancias fui a vivir con ellos.
Mi abuela Pocha, su apodo de pequeña y el que conservó siempre a pesar
de que no le gustaba, era de estatura media, ojos grises, de rasgos bellísimos,
para que tengan un parámetro, les cuento que era muy parecida a Elizabeth
Taylor en su época de oro; ella era mujer de riendas tomar, segura, imponente
con sus ideales, madre de seis hijos y esposa firme y cumplidora, porque debo
decir que se pasó más de la mitad de su matrimonio más enamorada de su
vocación, la música, añorando su conservatorio y esperando volver, deseo que
se cumplió con total libertad en sus últimos años. De ella aprendí que una
mujer es el eje en una familia, la importancia de ser independiente y que la
fe mueve montañas, ¡¡¡ tal cual dicho popular!!! La fe y el amor, las fuerzas más
poderosas que existen.
Cómplice y amiga, acompañaba mis decisiones con sus consejos y trataba de
saber siempre en que estaba metida, esperaba que yo le contara para darme
su aprobación. Fue la única de los cuatro que pudo conocer a mi primer hijo,
que tejió para él, cosa que intentó enseñarme miles de veces y nunca logró.
Hoy día guardo sus batitas y cada vez que las toco la siento a ella presente.
Su vida tal vez no fue ideal, su paso por estos lares dejaron enseñanzas a su
entorno, a sus seres queridos y más que vivencias propias de la felicidad lo
que transmitió es cómo obtenerla, siguiendo al corazón y no la conveniencia,
amando la vocación y no un trabajo que sólo de dinero, comprender en lugar
64
de prejuzgar, mirar y no solamente ver, perdonar y, algo muy importante, entender que el amor es energía positiva en movimiento y se transforma. Con el
correr de los años puede sentirse y percibirse de diferente manera, pero siempre hay que dejarse fluir, no temerle al cambio, a la transformación…
Mi abuelo Ítalo, alto, delgado, muy pintón, pícaro, divertido, bromista, ¡¡¡se la
pasaba haciendo chascarrillos!!! Era otro niño más. Se retaban mutuamente y
era un cuadro diario escucharlo decir, ¡¡¡ esta vieja loca!!! Y salir para tomar aire
y distancia y, mientras cerraba la puerta, escuchar a mi abuela decir, ¡¡¡este viejo
loco!!! A veces creo que eran muy parecidos en varios aspectos.
De él recuerdo su buen humor y optimismo, me divertía mucho, jugábamos
a las cartas, nos quedábamos charlando hasta tarde, me daba confianza y libertad para expresarme de igual a igual. Recuerdo una vez que me cambié de
punta en blanco para salir y él estaba regando el jardín, que era largo, lleno de
árboles frutales y flores, estaba al fondo de todo y me pide que me acerque
para saludarlo, yo llego a la mitad y le grito. ¡¡¡ Chau abuelo!!! Y él me contesta
¡¡¡Vení nena, dame un beso!!! Y, cuando se lo doy, me apuntó con la manguera
y me bañó, tuve que cambiarme otra vez. ¡¡¡Me lo quería comer!!!
También nos peleábamos en el almuerzo o la cena porque me distraía y me
robaba los bocaditos más ricos, esos que uno se guarda para saborear despacio; era un loco lindo, muy observador, siempre intuía si algo me pasaba y me
decía, “nena, nena no te hagas problema por pavadas.”
Quería vivir la vida a su manera, no aceptaba condiciones, de bastante joven
tuvo inconvenientes con su salud y como es de esperar la familia pretende
que en esas instancias uno haga caso a las directivas de los médicos, bueno, el
señor rebelde no, el sólo quería vivir a su gusto aunque tuviera que ceder años
por sus caprichos y decisiones. Cuando finalmente no le quiso ver más la cara
a ningún médico me esperó esa noche para charlar, me dijo que confiaba en
mí, que sabía que era buena chica e iba a elegir bien mi camino, que me quería
mucho y que me cuidara. Yo, mientras lo escuchaba con atención, pensaba
porque me estaba diciendo todo eso, esa noche me fui a dormir feliz, sentía
que mi abuelo me comprendía, que sabía de mí, sabía quién era yo.
65
Una mañana todos empezamos el día normalmente, hasta que escuché un
golpe muy fuerte, mi abuelo se había caído y ya no volvió a levantarse, en ese
instante comprendí el significado de nuestra conversación la noche anterior,
yo era muy importante en su vida y él quiso que lo supiera y lo recuerde siempre.
Los abuelos son un regalo en nuestras vidas que combinan amor y experiencia
vivida; palabra justa y apretón caluroso. Amemos, respetemos y mimemos a
nuestros abuelos porque inevitablemente no sabemos cuándo partirán.
De calesitas y ojos negros
Jorge Emilio Bosia
Buenos Aires
Sólo mucho después entendí que la llegada de Yanina había sido una caricia
del destino, y que ella, acaso sin saberlo, aligeró la angustia de mi retiro.
En efecto, yo, Arquímedes Peñalba Piolín, había postergado mi jubilación solamente a causa de la aparición de la niña, aquel 22 de diciembre en que abrí
el candado del portón de alambre, quité la lona y di a luz otra vez al elefante,
el rinoceronte, los pequeños convertibles y los caballos, como todos los días,
a las 10 de la mañana.
Los tres chicos me tenían muy ocupado, así que no vi cuando ella se sentó
silenciosa en el banco color verde inglés. La vislumbré sólo después que los
tres bandidos se fueran, riendo y corriendo. Estaba en la punta del banco, las
piernas no le llegaban del todo al piso, así que las hacía oscilar pendularmente
mientras los inmensos ojos negros miraban hipnotizados la calesita. Tenía un
puño cerrado sobre la falda. Le caía una cascada de pelo negro brillante por
los hombros.
Me acerqué; ella extendió el puño, lo abrió y dificultosamente se fue despegando un billete doblado, cálido y húmedo por el calor de su mano, que cayó
sobre la mía. Lo extendí y le dije: -te alcanza para dar tres vueltas.
Ella saltó del banco y avanzó hacia la calesita, eligió el convertible rojo y se ubicó elegantemente, cuidando de no arrugar su vestido celeste. No había ningún otro chico, de modo que alargué indefinidamente la tercera vuelta hasta
que ella me miró y comprendí que era suficiente. Saltó fuera del cadillac con
la misma elegancia con la que había subido. Le ofrecí la mano para bajar de la
plataforma, pero lo hizo sola, dio las gracias y salió por el portón con la misma
decisión con que hiciera todo lo demás. Como vino y se fue sola, me acerqué
al alambrado para ver hacia dónde iba y me pareció que ingresaba por una
66
67
puerta de hierro a unos cincuenta metros en la misma cuadra.
a su papá. Yo le hablaba sobre todo para poder admirar sus inolvidables ojos.
Al día siguiente había olvidado a la niña, preocupado y algo triste por los detalles del desguace inminente de la calesita y el final de mi vida activa. A las 11
volvió y se sentó en el mismo lugar con el puño cerrado. El ritual se repitió dos
días más. Al cuarto, me senté en el banco y la saludé. Ella me miró fijamente y
preguntó: -¿vos cómo te llamás?
Ella se enteró también de algunas cosas: que yo tenía 83 años, que no tenía
nietos –algo que la sorprendió, pues ella pensaba que “los señores que tienen
el pelo muy blanco tienen nietos”-, que vivía solo, y que llevaba el pelo largo
porque no me gustaba ir a la peluquería. También supo que además de Reina,
los otros caballos de la calesita se llamaban Rey, Estrella, Nube, Lluvia y Rocío;
pero ella siguió prefiriendo a Reina durante todo el verano.
-Arquímedes –le respondí.
-¿Arquímides? –dijo graciosamente.
-No, Arquímedes –repetí sonriendo y resaltando la sílaba- ¿y vos?
-Yanina Luna –dijo ella como recitando una fórmula, al tiempo que estiraba el
brazo, depositaba el billete prolijamente doblado en mi mano y partía corriendo hacia la calesita.
Fue probando cada día uno de los lugares, pero después de recorrerlos todos,
su favorito resultó ser el caballo negro con la montura amarilla. Cuando me di
cuenta que ya no abandonaría ese lugar le dije que para mí no era un caballo
sino una yegua y que se llamaba Reina. De ahí en más, cada día, cerca de las
11 de la mañana y sin que ella lo supiera, le reservé ese lugar impidiendo con
excusas que otros niños lo ocuparan.
Hoy creo que la aparición de Yanina me dio el pretexto para postergar mi decisión de desarmar a fin de año la calesita que había heredado de mi padre hacía
tanto tiempo, y mantenerla en funcionamiento durante el verano.
Poco a poco fui conociendo a Yanina en diálogos cortos que manteníamos
antes que ella montara a Reina. Así me enteré que vivía en una habitación que
su mamá alquilaba en esa misma cuadra, que su mamá se iba a trabajar muy
temprano a la mañana a “un lugar que se llama Temperley” y que volvía muy
tarde a la noche, que ella pasaba el día con “la señora de la pieza de al lado, que
era muy buena y le hacía la comida”, que tenía algunos juguetes pero que a
ella le “gustaban los libros”, que “iba a empezar primer grado”, y que no conocía
68
A mediados de febrero cuando casi había olvidado mi propósito de desarmar
la calesita, estacionó una tarde un auto del que bajaron dos hombres que dijeron ser coleccionistas. Se había corrido la voz de que me retiraba. La calesita
era realmente una reliquia y yo la había mantenido en perfectas condiciones.
Cuarenta años antes, cuando mi padre murió, había liberado al par de nobles
caballos de tiro de su monótona y circular tarea y le había adaptado un motor
eléctrico; todas las semanas repintaba una parte, en un ciclo que se completaba cada año, de modo que la mantenía reluciente. Me ofrecieron una suma
que jamás hubiera imaginado, así que acepté tratando de disimular mi alegría.
Me dieron una suculenta seña y prometieron venir a desarmarla cuidadosamente el 1º de marzo con personal especializado.
La excitación por la novedad me hizo esa tarde olvidar a Yanina. Pero a la mañana siguiente cuando la vi sentada en el banco verde sentí el lanzazo de la culpa
por el dolor del que iba yo a ser causante. No pude decirle nada, sin embargo,
le dedicamos nuestros dos minutos diarios a las nuevas zapatillas azules que
ella estrenaba orgullosamente ese día y que combinaban –dijo- con el vestido
celeste.
Febrero era tan corto. El 28 estaba decidido a explicarle lo que iba a ocurrir
al día siguiente, pero nuevamente, no me atreví. Me consolé cobardemente
pensando que estaban por comenzar las clases y Yanina no tendría tiempo de
venir a la calesita porque iba a ir a una escuela de turno completo, que allí conocería a muchos chicos y que se olvidaría de Reina y de mí. Pero la fascinación
de ella estaba intacta, el brillo de sus ojos no se había empañado con la diaria
rutina de dar tres vueltas sobre la yegua negra de madera. Me daba cuenta
que ese día empañado de tristeza para mí, el último de mi vida de calesitero,
69
era para ella tan radiante como el primero, y envidié esa frescura irrecuperable.
Sólo hablamos del guardapolvo blanco que esa noche iba a traerle su mamá y
ella esperaba con impaciencia.
Doña Rosario
Soledad Martínez
Pero las clases comenzarían el 7 de marzo, una semana después.
Por fin el 1º de marzo a las 9.30 llegó el camión, bajaron tres operarios con
herramientas diversas y prestamente comenzaron a desmontar la calesita. Quitaron primero el techo, luego las columnas de bronce y comenzaron a separar
del piso los convertibles, el elefante, el rinoceronte y los caballos.
Yo me ubiqué en un lugar estratégico para ver acercarse a Yanina. Todavía estaba Reina en su puesto cuando la vi avanzar por la vereda totalmente despreocupada y con el puño apretado. Al llegar a la altura de la calesita se detuvo y
miró a través del alambrado el inusitado espectáculo durante unos segundos,
yo estaba paralizado observándola a un costado del portón por donde los
operarios iban y venían indiferentes llevándose partes de mi vida.
Doña Rosario era mi abuela, tenía 92 años, sabia como ninguna. Una tarde,
después de educación física, salí del colegio y pasé por una panadería donde
cada delicia se compraba con la mirada y me acordé de ella. Como no tenía
plata junte todas mis monedas del colectivo y le compré una factura llena de
crema y membrillo como a ella le gustaba. Me fui a su casa a entregarle y como
ya se me hacia tarde solo le dije “¡¡¡Abu!!! Te traje algo rico.” Le puse el paquetito
en sus manos, le di un beso y me fui… Al otro día regrese después del colegio
y me pidió que me acercara, saco el paquetito debajo de su almohada con una
mitad de la factura y me dijo “No es rica si no la comparto…”
Yanina avanzó con su decisión característica hasta donde estaba yo. –Hola –
dijo con seriedad.
No pude contestarle. Me senté sobre un tronco cortado para estar a la altura
de su rostro aceitunado y poder observar nuevamente sus netos, sólidos, ojos
negros. Noté que no estaba triste, ni siquiera demasiado sorprendida. Ella percibió al instante que yo estaba, en cambio, casi llorando.
-No te preocupes Arquímides –me dijo- cuando yo sea grande y vos tengas
nietos, voy a tener una calesita y los voy a dejar subir todos los días.
70
71
El abuelo
Es que aquí me siento tan triste, porque me faltan ustedes y me siento tan solo.
Jacobo Ajlin
Buenos Aires
Una vez te conté un cuento, una vez te conté, si bien fue hace tiempo, una vez
te conté un cuento y quisiera recordar en qué tiempo fue, si fue una mañana
de un día cualquiera o una tarde de ayer o esa noche en que tuviste un sueño
feo y yo te conté un cuento para que tú pudieras dormir. Es que hace tanto
tiempo, y el tiempo es pasado y tan rápido pasó, que no sé si he envejecido
en el tiempo, eso sí que lo sé. Pero quisiera recordarlo, recordarlo, lo sé, es que
pasan los días, cómo pasa la vida y no podemos hacer nada para detenerla,
detenerla en el tiempo.
Es que tengo tanto sueño y no me puedo dormir. Se duermen mis sentidos,
pero mis ojos están abiertos. Hace tanto tiempo, mi hijo, pero hoy no lo puedo
creer, hoy me está agarrando sueño y nostalgia en esta cama. Siento que hoy,
hoy voy a dormir, por eso mi hijo cuéntame un cuento, por favor cuéntame
un cuento, que yo también lo necesito… cuéntame un cuento que quiero
dormir. Sí, mi hijo, cuéntame un cuento, que ya se me cierran los ojos y lo veo
todo tan gris, es como una voz que me llama, me llama. Cuéntame un cuento,
cuéntamelo, que hoy me siento feliz.
¡No, abu, no, abuelo, no me dejes por favor… Sí, abuelo, sí, mi abuelito…! “Había una vez un cuento, un cuento, un cuento…”
Y yo, tan solo en este hogar, tan solo, pero tan solo que quisiera llorar. Pero las
lágrimas se han enternecido conmigo y no quieren brotar. ¡Oh, angustiosa vida
que nos abandonas en un momento, en un lugar! ¿Por qué a mí no me quieres
abandonar, que mis canas están más blancas y ni las puedes respetar?
¡Qué solo me quedé un día, cuando la vieja se fue, estará la pobre acunando el
lugar para cuando la vaya a ver!
Que dolor, que angustia, ningún reproche, pero cuanto quisiera volver para
atrás las malditas agujas del reloj del tiempo. Me duele el alma y también la
vida, quisiera borrar los recuerdos, mi hijo, borrarlos y no sentir que todavía
vivo.
No abuelo, no abu, soy tu nieto.
¡¡¡Ah, mi nieto!!! Es que ya la razón se borra con las emociones, es que hace tanto tiempo que te conté un cuento que ya no recuerdo y no quisiera recordar,
pero sí, ahora mi lucidez me llega, sí, me acuerdo, se lo conté a tu padre, a tu
padre y hace tanto que no lo veo que ya no recuerdo, lo sé, lo sé.
72
73
El abuelo
pantalón reservado para salir.
Delia Ester Martí
Mientras camina con lentitud, el breve pasillo que va desde el fondo de la casa
a la vereda, el abuelo deja su estampa de hombre sereno, prendida en la retina de quien lo evoque. Él, vuelve repetidamente a la memoria, con su figura
erguida, con los pasos arrastrados, las manos en los bolsillos, los ojos entrecerrados por el humo del único cigarrillo diario que paladea antes de dormir la
siesta y el que posa tambaleante cerca de la comisura de los labios.
La mirada sosegada por los años busca el horizonte, elevándose sobre vivencias contabilizadas en sus setenta y cuatro años. Vivencias de un pasado difícil.
Un tiempo que lo enfrentó con duras dificultades: la temprana pérdida de la
mamá eclipsa su tono de voz, cuando con escasas palabras la recuerda con
pesadumbre.
En ese recuerdo doloroso palpita la imagen de los tres hermanos y el papá,
a quienes golpeó muy temprano la vida. Con voz apagada y entrecortada entabla un entusiasmado diálogo para contar los hechos que en su juventud
le dieron el pasaporte a una vejez sin sobresaltos: fue peón de campo, hasta
que en 1948 pudo adquirir su tierra, pero desde los catorce años conoció el
lucero de las madrugadas invernales, la oscuridad incierta de los potreros de
donde arreaba los caballos para atarlos después al arado o a la sembradora. Las
crudas heladas le curtieron la piel cetrina, mientras repetía giros y giros en los
cuadros, dando vuelta la tierra o diseminando semillas.
El mismo cielo que vio iluminarse por tantos amaneceres hoy recibe el escrutinio de sus ojos pardos, para que le devuelva los sueños que le fue confiando
en las largas jornadas de trabajo que enmarcaron sus años jóvenes. También se
ilumina cuando relata el tiempo de cosechas, con la misma alegría que habrá
sentido cuando recibía el fruto del trabajo. En sus manos rústicas se abre un
gesto de amistad, de emocionada lucha tenaz, reconocida por aquel tío: Pepe,
que le regaló el reloj de cadena, que sabía lucir en el bolsillo de adelante del
74
El abuelo es un hombre paciente, sereno, nunca levanta el tono de voz, porque
la impecable conducta, la valiosa “palabra” otorgan autoridad a su presencia
mesurada. Todo el pueblo, lo reconoce y es orgullo de la familia que se ha
transmitido a las generaciones como modelo de honestidad, que los años fueron consolidando.
Desprecia fuertemente los excesos, y nunca inculca frivolidad. Prefiere el silencio y solo habla lo preciso cuando debe intervenir.
No es demostrativo, pero su apretón de manos, o su suave golpe con la palma
de la mano en el hombro, o la caricia a contrapelo en la cabeza, abrigan y protegen más que cientos de palabras. Es tierno y grande de corazón.
En sus hábitos es metódico, prefiere estar en la casa, conversar con la abuela,
esperar la visita de los hijos, la pasadita que se hacen cuando ¨vienen al pueblo¨ y las ruedas con los nietos para los que siempre tiene una “propina”, a lo
que la abuela agrega:
-¡Propina de catalán! (bromeando porque es escasa).
Con un gesto que da a entender que no tiene importancia, se sonríe descubierto en la picardía.
Si es verano, se sienta en un sillón de jardín debajo de la enredadera, se hamaca y mira el follaje en un gesto distendido y a veces melancólico. En cambio
en el invierno se acerca a la cocina, donde sentado junto a la abuela, saborea
unos ¨amargos¨, mientras conversan en idioma catalán, el cual practican desde
su infancia en familias de inmigrantes. Gestos y palabras compartidos en cincuenta años de casados, son tan iguales en uno como en otro, se adivinan los
sentimientos y se enorgullecen de todo lo que lograron.
Tiene poco cabello, no es alto pero es muy elegante. En su rostro lo que más
se destaca es la frente ancha y el marcado entornar de sus párpados. Los pasos
con los que se desplaza son lentos pero no dificultosos. Le encanta hablar del
75
campo, de las sementeras, de los animales: prefiere sobre todo a los caballos,
pero conoce el ganado bovino y sabe sobre su crianza y manejo.
Siempre intercala en los relatos los rodeos, los arreos y las yerras. Cita a sus
amigos del campo, con los que siempre se prestaban ayuda mutua. También
describe las tareas que aparejaba la carneada. Esta suponía encuentro de amigos y de parientes, noches de trabajo, cuentos y risas.
También se reunían para jugar a las cartas: truco y siete y medio eran las preferidas. Los días de lluvia eran especiales para estos encuentros, donde no faltaba
el paladear una rica torta o pan casero.
Cuando el campo se renovaba después de la lluvia, se aumentaban las tareas:
entonces tenía que repartirse entre el cuidado de las plantas, de la huerta y
de los animales de corral, para lo que contaba con la inestimable ayuda de la
abuela.
El abuelo lleva el tiempo en su piel rugosa, no está cansado, tiene renovadas
esperanzas y muchos sueños, porque su vida ha sido limpia, su perseverancia
ejemplar, su sacrificio inmenso. Lee el diario, mira los informativos de televisión
y escucha la radio. No reniega del presente, y solo pide que la paz y el bienestar no escaseen para su familia. Ha interpretado la vida y sin presiones, con
calma, sinceridad y aplomo sigue desde lejos los caminos que recorren sus
seres queridos.
El nacimiento de una futura presidenta
Mónica Barri
Fue a fin de diciembre del 2009. Yo estaba ocupada con los preparativos de las
fiestas, la comida, los regalos y todas esas tareas, que siempre me insumieron
mucha energía y me ponen ansiosa; cuando mi única hija, me anunció que
estaba embarazada, así, sin anestesia.
Ana Julia había deseado muchísimo ese embarazo, pero el papá de su futura
hija había decidido no comprometerse con la situación.
Ana fue y es mamá soltera.
Desde que recibí la noticia, supe que el vínculo con mi nieta sería indestructible y especial.
Morena Julia, nació en un año muy importante. El año de nuestro Bicentenario, un 10 de Septiembre a las 08:58 hs en un Sanatorio de la Av. Juan B. Justo.
Luego les contaré porque fue importante este lugar y espero que coincidan
conmigo.
El día anterior, había acompañado a Ana Julia a realizarse una ecografía. Si Morena pesaba más de 4 kilos, tenía que llamar urgente al Dr. Fernando.
Así sucedió, la beba pesaba unos gramos más de lo indicado y en la llamada,
Ana y el doctor acordaron la internación para el día siguiente a las 7 de la
mañana.
Llevé a mi hija a su casa, luego de todos los abrazos, lágrimas y gritos que solemos hacer las mujeres y que algunos hombres no comparten.
En ese momento, Ana vivía en un tercer piso por escalera y al llegar al departamento, me pidió, nuevamente sin anestesia y yo, sin aliento, que la acompaña-
76
77
se en el momento del parto, que estaba previsto por cesárea.
“¡FUERZA NESTOR!”
Nunca había escuchado algo parecido. Como mujer de la generación del ‘54
y juventud de los ‘70, me dije: ¡La vida te da sorpresas, sorpresas me da la vida!
No lo podíamos creer. Por un lado, la felicidad de la llegada de mi nieta y por el
otro la preocupación y la tristeza por el estado de salud de Néstor Kirchner, el
ex Presidente, que estaba internado en el mismo lugar que Morena.
No podía arrugar y menos al ver la carita de mi hija que me lo pedía con tanto
amor y necesidad. En mi cabeza se proyectaban distintas escenas de un suplemento que escribió José Pablo Feinmann sobre el peronismo, en particular
sobre nacimiento de Evita, que había leído con Claudio en unas vacaciones y
que me habían estremecido por lo que significó para Evita el tema de la bastardía durante toda su vida.
Evita, fue obligada a renunciar a la vicepresidencia de la Nación por la presión
de los opositores y Sectores del Ejército.
Como suele suceder, ni mi hija en su casa, ni yo en la mía, dormimos en toda
la noche.
Al día siguiente, a las 7 am nos registramos en el Sanatorio. Después de una
corta espera, me hicieron vestir con un ambo verde y botas descartables. Mi
hija fue directo a las sala de partos, cuando me acerqué, todos nos miraban
con curiosidad. La diversidad todavía es difícil de aceptar.
A las 8:58 am, nació Morena Julia. Mi hija sonreía feliz y la beba asomó su carita
redonda y violeta detrás de las sábanas.
¡Fui una abuela que presenció el parto de su hija! El doctor me entregó a mi
nieta en mis brazos, la mecí y abracé con dulzura y la llevé a una sala donde la
revisaron y la acicalaron para después ir a la habitación con la mamá. La partera
nos dijo que fue la beba más linda del día y nosotras asentimos gustosas.
Morena Julia, nació en el Bicentenario, pero no sólo eso, la historia argentina se
mezcló con nuestra pequeña historia y se los voy a contar.
Nosotros queremos mucho a Néstor. Nos dicen “fanáticos” y esas descalificaciones tan de moda y muchas veces nos sentimos sapos de otro pozo.
No sé si esa admiración y respeto, serán por ser coterránea, porque nací en el
Yacimiento 17 de Octubre, (hoy Cañadón Seco) y, también, porque el ex Presidente, había pagado la deuda al FMI, le había dicho “No” al ALCA, había bajado
los cuadros de los genocidas y mil hechos más.
Néstor permaneció con la Presidenta un solo día en el lugar y al día siguiente
lo vimos partir; le habían dado el alta.
Siempre pensamos que era una señal. Lo primero que dijimos fue: ¡Morena va
a ser Presidenta cuando sea grande!
Hoy tiene 2 años y ocho meses, el 25 de mayo se disfrazó de negrita candombera y a su edad comprende que festejamos algo muy importante para el país.
Con el tiempo, podrá entender que nació en el año 2010, con el Bicentenario
de la Patria, asistida por su abuela, con el amor y fuerza de su mami y que un
27 de Octubre del mismo año, moría un grande: Néstor Kirchner rodeado del
Pueblo y el cariño de su compañera infatigable, la Presidenta de los argentinos
y sus hijos.
Cómo amante de la historia y de los cuentos de abuelas en camisón, en unos
cuantos años, contaré en otro relato qué fue de la vida de Morena Julia, ¿la
futura Presidenta?
Al día siguiente, fuimos con Claudio temprano al sanatorio. La Av. Juan B. Justo
estaba llena de pancartas, carteles y pasacalles escritos a mano que decían
78
79
Faldas
“¿Y vos, te acordás de tu abuelo y de cuando jugabas con él?”, pregunta Marilina para cambiar de conversación.
Mirta Krevneris
Buenos Aires
Marilina y su mamá Sarita vuelven de una tarde de compras. Viajaron hasta la
avenida, miraron vidrieras, se dieron una vuelta por el shopping y ahora traen
varias bolsas y una sonrisa cómplice.
Como Marilina está más alta que el año pasado, y la ropa le queda chica, le
tironea y le aprieta, hubo que renovar algo del placard, hasta donde la tarjeta
lo permitió.
Ahora caen exhaustas, se desparraman en el sofá suspirando y diez minutos
después se levantan para mostrarle a papá Francisco lo que compraron.
“El abuelo era un señor serio que no jugaba conmigo y que siempre retaba a
todos. Además usaba refranes y sentencias para cualquier ocasión .La que lo
recuerda bien es mi mamá, tu abuela Perla, hija del abuelo Bernardo, así que
podés preguntarle a ella mañana, cuando venga…”.
Al otro día, cuando Marilina llega de la escuela, la abuela Perla la está esperando para tomar la merienda. Como mamá Sarita es maestra, ella acompaña a
sus nietos todas las tardes y se queda un par de horas con ellos.
Después de la merienda, Marilina avanza con sus preguntas.
“Abuela, tenemos un conflicto con mi papá. Todo empezó con una pollerita
que compramos con mamá para el cumpleaños de mi amiga Male”.
“¿Y cuál es ese conflicto?”
Aparecen unas zapatillas con brillitos, una remera con un dibujo incomprensible y una pollera, una pollerita.
“¿Y el resto de la falda está en otra bolsa?”, pregunta papá medio en serio y
medio en broma.
“¿No te gusta?, es de señorita, yo la elegí, pa”, contesta Marilina desilusionada.
“Si, supongo que sí, pero ¿no es un poco corta? ¿No vas a tener frío? Yo no
quisiera ser antiguo, pero creo que a esta falda le falta….como medio metro
para llegar a los tobillos…”.
Al ver las caras desesperadas de Sarita y Marilina, se corrige.
“Chicas, creo que recién no era yo el que hablaba, era mi abuelo Bernardo
que se horrorizaba con la ropa de las mujeres de su época… y la de todas las
épocas ¡Ja ja ja! Qué hubiera dicho mi abuelo de la falda de Marilina, ja ja ja”.
“Que papá dice que es muy cortita, que le falta tela, que voy a tener frío…
Cuando vos tenías mi edad, ¿también te peleabas con tu papá por la ropa que
elegías?
“Antes que nada quiero decirte que esta pollerita corta es un triunfo y que vos
elijas tu ropa también lo es”.
“¿No entiendo?”
“Alguna vez te mostré en un libro de geografía que las mujeres japonesas usaban unos quimonos de seda de hermosos colores y muy ajustados y zapatos
duros para que los pies no les crecieran. Y es cierto que no les crecían. Tenían
unos piecitos delicados y pequeños con los que casi no podían caminar, por
eso en las películas veíamos que las mujeres japonesas andaban a los saltitos y
siempre dentro de sus casas.
Mi mamá usaba unas polleras largas hasta los tobillos que no le hubieran ser-
80
81
vido para perseguir un tranvía o caminar apurada hacia su trabajo. Por eso, con
el tiempo desaparecieron los sombreros y los guantes –no los que usamos
contra el frío– sino los de vestir y la ropa se simplificó, para que las mujeres que
salían a trabajar se sintieran más cómodas.
“¿Vos no salías a trabajar Abu?”
papá y los dos se decían cosas fuertes y terribles. El quería que Julia fuera como
yo, que se pusiera de novia y se casara y tuviera hijos que serían sus nietos y
así se le volarían –como decía él – los pajaritos que tenía en la cabeza. Decía
pajaritos, pero eran ideas, ideas propias. Y Julia le contestaba que quería ser
ingeniera, que no pensaba desperdiciar su talento ni su facilidad para estudiar
y que se casaría o no, pero que no estaba en sus planes más urgentes.
“No, no. Cuando terminé el Normal me anoté para trabajar como maestra
mientras estudiaba piano. Pero conocí a Marcos, que después fue tu abuelo, y
me puse de novia. Por suerte también les gustó a mis papás, porque si no…
quién sabe si me hubiera podido casar con él.
Ahí nuestro padre amenazaba con echarla de casa y ella lo desafiaba y le decía:
“A ver si te atrevés. -¿Por qué tengo yo que repetir tu historia? Vos quisiste ser
pintor, a tu familia no le pareció bien que te dedicaras al arte y te lo prohibieron. Y sos gerente. No hagas conmigo lo que hicieron con vos, papá”.
“Y cómo era ser novia en esa época? ¿Vos le decías yo gusto de vos y listo?”
Y ahí Bernardo reconocía que Julia tenía razón pero no se lo decía. Julia se
recibió de ingeniera y cuando se cansó de no encontrar empleo por ser mujer,
se fue a trabajar a otro país.
“No era tan rápido ni tan fácil. Marcos tuvo que venir a mi casa a invitarme a salir a bailar, decirle a Bernardo que nos conocíamos del barrio, en qué trabajaba,
qué estudiaba, cómo era su familia. Y papá después de analizarlo de arriba a
abajo le avisó a qué hora tenía que traerme de vuelta a casa. Después paseábamos por la plaza del barrio o íbamos al centro a ver una película o a Palermo a
un lugar llamado El Rosedal, donde nos cruzábamos con montones de parejas
que hacían el mismo paseo.
Tampoco teníamos teléfono para hablar ni salíamos todos los días, porque las
vecinas hablaban mal de todas las chicas solteras del barrio y no había que
darles motivo.
“¿Y te llevabas bien con el tío Juan Carlos, tu hermano mayor?”
“Si, salvo que él tenía que acompañarme a los bailes y cuidarme”.
“¿Cuidarte de qué?”
“Todavía no lo sé y mirá que pasaron años. Sí me acuerdo que a Juan Carlos,
por ser varón, lo dejaban salir de noche, fumar, tomar cerveza y hasta le dieron
la llave de la puerta de casa, lo que significaba: “Podés volver a cualquier hora”.
“¿Y te parece bien eso que pasaba?”, pregunta Marilina cada vez más interesada.
“Nooo, para nada. Vos sabés que cada vez que hablo del abuelo Marcos me
olvido de todo lo anterior, entonces acá viene la respuesta a tu pregunta. Yo no
me peleaba con mi papá Bernardo porque se hacía todo lo que él decía. Yo lo
quería, pero por sobre todo le tenía miedo. Creo que él tenía con sus hijos las
mismas exigencias que sus padres habían tenido con él.
En cambio mi hermana Julia sí se peleaba, mucho y muy seguido, con nuestro
82
83
Herencia de amor
Nélida N. Andrada
A pocos metros, el abuelo humeaba su pipa marrón, mientras silbaba bajito
una melodía para nosotros repetida y que aún hoy recuerdo. Al caer la tarde, la
abuela preparaba una gran jarra de chocolate, que nosotros bebíamos apurados para reanudar nuestros juegos cuanto antes.
Buenos Aires
Cuando se acercaba la hora de irnos, me sentaba sobre sus rodillas y trenzaba
mi cabello con la misma suavidad con la que lo harían las manos de un hada.
Mi abuela Teresa olía a jazmines en verano y en invierno olía a bizcochuelo de
chocolate. Usaba una falda larga cubierta por un blanquísimo delantal. Una
trenza gris perla se acurrucaba en su nuca en forma de rodete, apenas sostenido por dos hebillas de carey.
Ella y mi abuelo Daniel vivían en una casa larga con una amplia galería, y una
cocina inmensa, donde elaboraba los mejores tucos domingueros.
Era moneda corriente llegar a su casa y encontrar grandes cantidades de enharinados ravioles, prolijamente alineados sobre la mesa de la cocina. Como si
estuvieran esperando el momento para zambullirse en la olla.
Muchos años han pasado. La casa de la amplia galería ha sido totalmente remodelada. Sólo la gran cocina permanece intacta.
En ella, espero a mis hijos y nietos... Con el tuco listo y los ravioles haciendo
filita y esperando su turno para zambullirse en la olla.
Casualmente, ayer fue domingo. Cuando salí a recibirlos, mi nieta, la más pequeña, rodeó mi cintura con sus bracitos, restregó su naricita en mi delantal y
me dijo: “Abuela… olés a bizcochuelo de chocolate”.
A la una en punto nos quería a todos rodeando la mesa. Entonces hacía su
entrada triunfal. Entre sus manos, la fuente humeante repleta de comida recién elaborada, y un poco más arriba, la sonrisa más luminosa que pudiera
regalarnos.
Con la metálica música de los cubiertos como fondo, nos divertía con anécdotas de sus hijos y se reía a carcajadas de las travesuras de sus nietos.
El abuelo Daniel era de pocas palabras. Pasaba largas horas sentado en su silla
patas cortas, con los codos apoyados en las rodillas, nos miraba jugar y sonreía. El abrazaba tiernecito y se podía escuchar el toc-toc de su corazón justito
sobre la frente.
A la hora de la siesta el domingo se tornaba mágico. Dragones, princesas, héroes y villanos, desfilaban frente a nosotros encaramados a la voz de la abuela,
mientras sus manos, aún con restos de harina, doblaban una y otra vez las
puntitas de su delantal.
84
85
Juntos de la mano
Sin dudas fue el mejor regalo que me dio mi larga vida, mis primeros pasos
para imaginar, recrear y volver a ¡¡¡ ser un niño pensando en grande!!!
¡Con amor a todos los abuelos del mundo!
Karina Sperandini
Pactamos que todas las noches me tenía que contar sus andanzas y él me dijo
que todas las noches abriríamos esas historias ocultas en las bibliotecas, esperando que ¡¡¡los grandes se vuelvan chicos!!!
Paraje Zino, Ramallo, Buenos Aires
Sucedió muy lejos de aquí y muy cerquita de mi casa.
Cada vez que estoy cumpliendo años, me recuerdan que aún tengo que seguir
creciendo, que debo leer y estudiar, se olvidan que soy un niño.
¿Qué le pasa a la gente grande? ¿No se acuerdan que lo fueron alguna vez?
Fue así como en mi cortita vida, solo debía “aprender lo que otros querían que
aprenda”.
Pero Él estaba siempre ahí, mirando, observándome con sus ojos brillantes escondidos detrás de los lentes y abrazándome con su presencia…
Un día decidí no ir a “mi fiesta”, porque sin que los desenvolviera ya sabía que
todos mis regalos serían letras y más letras, libros, cartucheras, reglas, lápices y
saca puntas. Yo estaba quebrado o en quiebras, ¡¡¡no mis lápices!!!
Fue ahí, justito en el banco frío de la plaza, donde una voz dulce empezó a
contarme historias increíbles de su dificultosa juventud, cuando él, mi abuelo,
era el pirata más valiente de los mares, atravesando tormentas de sol y de sal,
donde las espumas y peces corrían carreras para ganarle a su barco. También
me contó cuándo fue el mejor astronauta y llegó a la luna, muy cerquita, pero
muy cerquita, de donde vive mi abuela. Esa y muchas anécdotas más me convencieron para regresar a mi cumple, ¿quién podría hacerlo? Y juntos de la
mano, paso lento, sostenido, perfumado por el tiempo único e inolvidable,
valía la pena intentarlo.
86
87
La deliciosa tarea de ser abuelos
María del Carmen Vergnano
Bell Ville, Córdoba
Cuatro son los tesoros que nos regaló la vida a mi marido y a mi… son nuestros
queridos ñecos como los llamaba cariñosamente el abuelo abreviando la palabra muñecos. Por orden de aparición Ezequiel, Valentina, Federico y Manuel.
Eran bellos ñecos y siguen siéndolo hoy que son grandes, pero traviesos incansables… como también siguen siéndolo hoy, al menos para mí.
Con pocos años de diferencia armaban una banda compacta e impenetrable.
Eran solo cuatro, pero por momentos teníamos la impresión que se multiplicaban…
Se aparecían sin más ni más durante las vacaciones de invierno y verano… se
adueñaban de nuestra casa, de nuestro patio, y de nosotros…
¡¡¡Cuánta energía desplegaban…!!! Siempre estábamos involucrados con
ellos… nos invitaban a compartir y participar en sus juegos. ¡¡¡Y lo hacíamos
como dos chicos más!!!
Todo ello sin contar solicitudes “tácitas” y no “tan tácitas” que ambos recibíamos
complacidos. Mis deberes eran: preparar “comiditas” especiales, coser y hasta
pintar alguna ropita enganchada… vaya a saber donde... para que mamá demorara en descubrir que alguna prenda regresaba zurcida.
Anhelo del abuelo era… fabricar y/o conseguir cosas para agregar novedad a
los entretenimientos de nuestras esperadas e ilustres visitas.
Acompañarlos nos resultaba maravilloso, nuestras almas se colmaban de gozo,
pero a veces el cansancio nos ganaba y esperábamos con ansias la noche para
que al fin los traviesos se durmieran al tiempo que pedíamos a Dios despertar… el próximo día con más fuerza para seguir con la deliciosa tarea de ser
abuelos.
Pero he aquí el nudo de esta historia: todas las noches, sin saltearse ni por
piedad una de ellas, y cuando empezábamos a creer que los cuatro eran indefensos niños que buscaban refugiarse en el sueño después de un largo día
de actividad plena, uno preguntaba con voz somnolienta: ¿Abuela, nos contás
un cuento…?
Y… entonces… comenzaba la implacable competencia entre la larga lista de
cuentos que los cinco o seis sabíamos de memoria y mi cansancio imposible
ya de remover.
Y una noche sucedió… caí vencida por el infrecuente trajín. Cuando desperté
estaba dentro de un gran festín y en la cama de uno de ellos. Cuatro cabezas
juntas, justo sobre la mía, me observaban con ojos chispeantes, mientras desperdigaban sonoras risas.
A los gritos y todos al mismo tiempo me explicaban:
“¡¡¡Abuela… Yaya…!!! Dormida también te acordás de los cuentos… ¡¡¡No
sabés abu, te contábamos un pedacito de uno y lo seguías, un pedacito de
otro… y también lo seguías!!!”
No recuerdo cuanto tiempo duró el alboroto ni como llegué a mi cama, pero
al otro día, después del sueño reparador, despertamos nietos y abuelos, ñecos
y bubús, como nos llama Valen, con el brío de un nuevo día para continuar
disfrutando de esas vacaciones inolvidables como tantas otras.
Hasta el perro tenía que hacer su rutina de piruetas y mostrar sus últimos
aprendizajes para placer de los pequeñines.
88
89
La abuela Dorotea
Cuando la abuela falleció mis hermanos y yo por largo tiempo lloramos su
pérdida, nos dolió tanto su ausencia que por las tardes imaginábamos ver que
la puerta de calle se abría, verla entrar con su hermosa sonrisa y gritarnos
Aída Napoli
Buenos Aires
“¿Dónde están chiquilines? Ya llegué.”
La abuela Dorotea era de estatura mediana, de andar ágil y gracioso tenía sus
cabellos rubios entrecanos que siempre peinaba tirante sujetándolos en su
nuca con un prolijo rodete, su piel blanca como porcelana hacía que resaltaran
sus pequeños ojos azules como dos pedazos de cielo, su nariz chiquita encuadraba perfectamente en su delicado rostro, era verdaderamente una mujer
fina y hermosa.
Por las tardes cuando entraba a casa, llegaba la alegría, corríamos a su encuentro porque sabíamos que siempre nos traía algo rico hecho por ella, como no
recordar los sabrosos borrachitos que amasaba con vino tinto y que luego de
freírlos rociaba con miel, las exquisitas rosetas a las que le daba forma de una
rosa y espolvoreaba con azúcar, aun hoy al recordarlas agua se me hace la
boca.
Era de carácter fuerte a la hora de tomar decisiones, como aquella vez que jugando con mi hermano a la pelota rompimos el jarrón que tanto cuidaba por
ser un recuerdo de su madre, se enojó tanto que nos dio una penitencia, dos
horas quietos y en silencio, decía ni el vuelo de una mosca quiero escuchar,
cosa que para nosotros era una verdadera tortura y a la vez era toda dulzura
cuando nos contaba las historias o cuentos de su querida Italia, era alegría pura
con decirles que hasta la perrita que teníamos al verla llegar se paraba en sus
dos patitas y comenzaba a bailar al compás de la tarantela italiana que ella le
cantaba.
La abuela Dorotea fue la abuela que nunca tuvimos por ser mi papá y mi mamá
inmigrantes italianos, a nuestros abuelos biológicos los conocimos a través de
fotos y relatos de nuestros padres, es por eso que adoptamos a la abuela Dorotea como a nuestra abuela por ser la hermana mayor de papa y por el inmenso
cariño que siempre nos demostró, ganándose nuestro amor para siempre.
90
91
La compu de Joaquín
Cuando llegaron a Córdoba, un inimaginable “estómago resfriado” se apoderó
de mí, y prescindimos de todo plazo o mejor ocasión para su entrega.
Daniel Silva Molina
A mediados de noviembre de 2009, me habla Julieta desde Hasenkamp, donde vive. Llamó informándome que Joaquín iba a ser abanderado de la escuela
a la que concurría. Iba a portar la bandera provincial en los actos escolares.
¡Qué orgullo para sus abuelos!
Si bien el debería conocer estas PC portátiles, se la quedó mirando en silencio.
Segundos más tarde se colgó de mi cogote y pronunció el más prolongado:
-¡¡¡Gracias abuelito!!! –que haya escuchado en la vida. El abrazo también fue
largo.
También me comunicaba la madre, que “mi negrito” aspiraba a que lo premiaran con una computadora, la que debería tener ciertas características. Y ahí
vino un detalle de tecnicismos, enunciando las características que debía tener
“la máquina”.
Como de esto no sé ni sabré nada, más allá de mis primarias necesidades como
operador de “Word” y despachante de “mails”, le pedí a Julieta que me enviara
un mensaje con las mismas a fin de evitar equívocos.
En cuanto pude me dirigí a la empresa que iba a ser la proveedora, y en cuanto
pude ser atendido, le extendí al empleado que lo iba a ser, el “mail” impreso.
Buscó el equipo que contuviera tales especificaciones, me aproximé, a su pedido, a observarla, presté mi precaria conformidad, y la compré.
El plan que me ofrecían para su pago, se hacía largo y cuesta arriba para un
jubilado, generalmente estos planes, encubren una importante ganancia financiera.
Llevaba un dinero por cualquier emergencia, y entregándolo como adelanto,
con una cuota del mismo valor, reducía el plan en un año, con el consiguiente
beneficio en el resultado final.
Me alcé con mi adquisición, y la puse a aguardar las fiestas de fin de año, para
que el Joaquín tomara posesión de ella.
92
93
La súper abuela
“Ah, muchas gracias. Pero cómo me voy a bajar de semejante altura, si ya estaré
cansada de solo subir…”, le dije.
Haydeé Wagner de Costas
“No te aflijas abuelita, te pondré un tobogán…”
Santiago del Estero
Ya me veía yo como Mary Poppins bajando por un tobogán, colgada de una
sombrilla.
Cuando me jubilé y ya con más tiempo empecé a reunir material que hace
años tenía escrito para un libro de cuentos rimados para niños de primer grado. Con el método por mí creado podían leer cualquier palabra ya que no
tenían dudas sobre silabas o letras. Lo que hacía falta eran libros de cuentos
que pudieran leer con gusto, sin mucho trabajo.
Lo que se encontraban en plaza eran para niños mayores o para que les lea
alguien que sepa, no solo que pueda como pasaba con chiquitos de seis años.
Estos ven la ilustración y quieren saber “qué es” y “qué hace”. Si se dan con una
línea de ocho, diez o más palabras, pueden retroceder ante una demasiado
complicada y abandonar la lectura.
Por ello elegí cuentitos rimados cuyas líneas no pasaran de tres o cuatro palabras y que la música de la rima los impulse a seguir.
En octubre, día de la madre, ya sabían redactar, pero hacía falta fijar el hábito
de la lectura, que los acompañaría por siempre.
De tanto en tanto, él o su hermanita mayor venía a pedir ayuda por algún
problema que podía ser la ruedita del autito que se zafó, la patita del osito, la
muñeca descabezada y etc. más etc. Su madre, una profesional siempre ocupada, no podía perder el tiempo en esos menesteres y lo que tenían a mano
era la abuela para resolverlos. Los despedía con un “llévaselo a la abuelita, que
si ella no puede es que no tiene arreglo”.
Otra de mis habilidades era reinventar juegos con el botón zumbador, el paracaídas hecho con un soldadito de plomo y una bolsa plástica arrojada al irse, el
teléfono, con dos latitas desocupadas de leche condensada y un piolín, etc. y
otros que no se hallaban en jugueterías.
Además siempre me traían, quienes me conocían, alumnos que no podían
aprender a leer y con mi método (ideográfico-fonético-silábico) en unas semanas y conocida la clave de los ideogramas, podrían decodificar solos y con
seguridad, logrando leer a conciencia, sin adivinanzas.
Nicolás, mi nieto de cuatro años siempre andaba revoloteando por los alrededores con sus amiguitos, me observaba dibujar y él también lo hacía. Como
pudo, le pedí que pusiera por escrito lo que había dibujado; si eso era un autito
o un camión, si era una casita un rancho o un palacio. En eso estaba cuando
le pregunté:
Nicolás veía todo esto a la par que tanto él como sus amiguitos aprendieron
solos; él sabía leer de corrido en el jardín.
“¿Y esa casa para quién es…?”
Un día en que yo había estado largas horas dibujando, ilustrando los versitos,
con los brazos casi entumecidos ya muy cansados, salí al patio para hacer un
poco de ejercicio. Mientras giraba los brazos enérgicamente, salió corriendo
Nicolás seguido de sus amigos de una habitación hasta el patio donde yo estaba. Freno en seco y entre sorprendido y maravillado preguntó: “¡¡¡Abuelita!!!
“No sé, pero cuando sea grande te voy a hacer una de verdad, de cinco pisos…”
me respondió.
94
Creo que por todo ello creyó que yo era capaz de cualquier cosa, no solo de
arreglar juguetes o hacer animalitos de papel maché.
95
¿Estás por volar…?”
Las recetas de mi abuela
En su mente de cuatro años no había nada imposible para su abuelita.
Marta Truccone de Gonella
Hace sesenta años que la abuela Catalina ya no está con nosotros, pero sus
palabras aún parecen escucharse… Catalina y Antonio vivían en el campo, al
abuelo las tareas rurales le absorbían mucho tiempo, a menudo se lo veía cansado, en aquellos tiempos (1940) los trabajos no solo llevaban tiempo, sino
que demandaban mucho esfuerzo, quizás por eso recuerdo más las “charlas”
con la abuela, si bien las estadías en la casa de los abuelos eran muy esperadas (casi como un “premio” si nos habíamos “portado bien”) y eran felizmente
disfrutadas… No había radio ni televisión, pero los días –no tantos como yo
deseaba- transcurrían agradablemente… Se daba entre mi abuela y yo una
“comunicación especial”, sería tal vez por mi curiosidad (sabiendo que mis preguntas no quedarían sin respuesta) ó porque ella tenía un modo muy particular para responder...
Puchero de gallina
Ingredientes: 1 gallina, cebollas, puerros, pimiento, calabaza, papas, sal…
Lógicamente, la gallina no se compraba -cuando éramos muchos se necesitaban dos-; tampoco las verduras, la huerta familiar proveía todo lo que la familia consumía, de allí mi placer en disfrutar de una huerta actualmente (aún
cuando es pequeña)… Abuela solía decir: “Hay que tener cuidado, somos esclavos de nuestras palabras”. Yo no entendía muy bien esa frase. Una mañana,
mientras le ayudaba a desplumar una gallina me dijo: Si soltamos las plumas
al viento, no las podremos volver a recoger, lo mismo sucede con las palabras,
cuando salen de nuestra boca se dispersan hacia todo el que las llegue a oír y
ya nunca más las podremos recuperar.
Allí entendí. ¡Claro que somos esclavos de lo que decimos!
Cuando a mí me parecía que era una lástima sacrificar la gallina “más linda”, ella
96
97
solo argumentaba: “Para la familia ¡Lo mejor!”
Recuerdo que pedía “unos mates” mientras trajinaba por la cocina, ese tiempo
(para mí) se prolongaba demasiado, pero “cada tarea lleva su tiempo” era la
explicación... Entonces, aún hoy trato darle a cada tarea “su tiempo” para que
lo que esté haciendo “salga bien”… Sazonar las comidas también tenía sus secretos. “No mucha sal, se arruinaría, pero tampoco nada, un poco se puede
agregar, pero no tiene que ser una comida desabrida”.
A pesar de los años que pasaron trato siempre de “medir” los condimentos,
en todo caso se puede “añadir” un poco más… Las recetas de mi abuela…
Pensándolo, me doy cuenta que estoy repitiendo sus conceptos y obrando
como ella.
Lazos de sangre
Luis Antonio Antolloni
-Chuchuá nono, el sapo Pepe, ¡nono!... chuchuá —graciosa, pequeñita, cual
suave brisa acariciando mis oídos, la voz de mi nietita me devolvía a la realidad.
Ya no más preocupaciones, ni dolores corporales; Victoria había hecho el milagro de mitigar mi sufrimiento; ese soplito de vida exhalado de sus labios
invadió mis sentidos llenándome de ternura. Sin proponérmelo desande los
senderos de los recuerdos y de repente sentí la presencia de un niñito rubio,
corriendo con su hermanita hasta la cercana esquina, henchidos de regocijo,
coreando a dúo su cántico de amor: la nona, viene la nona… La silueta cansada, con su andar cansino, corporizaba la presencia de mi abuela Angelina.
Señor, que no daría por atrapar esos momentos; sentir sus caricias y cual pequeñito, dormirme en su regazo. La nona… ¡Dios!...hace tanto tiempo; aun me
pregunto: ¿Por qué se fue?
Cuanto duele tu ausencia viejita querida; tanto, que a veces cuando estoy solo
el sentimiento me traiciona, me oprime y en mi angustia, lloro como un niño
que quiere volver a ese mundo encantado de sueños y fantasías.
—Tata, Pepe nono…e Pepe nono…”
Portando el muñequito del sapo Pepe, con su inocente léxico infantil, Victoria
Milagros despertaba todo mi amor, me hacía sentir mejor persona.
Navegando en un océano de ternura, al timón de la barca de mis afectos, la
levanté en vilo, la acuné en mi pecho cubriéndola de besos, mientras ella, mi
Viki; sonreía feliz con la pureza de su alma hecha música en sus labios.
Como no agradecerte Señor, si en el otoño de mi existencia coronaste mi existir, prolongándome en los hijos de mis hijas; como olvidar aquellos momentos.
98
99
Lo presentía varón; si hasta le escribí una poesía; los últimos versos decían:
Y será mi nieto lumbrera de mi vida, / que brillará encendida, que me dará
calor; / corazoncito inquieto, te espero, te presiento; / llegado de la mano del
Sumo Hacedor. / Ahí anda mi colo, picardías más, travesuras menos, / emulando a su abuelo cuando niño.
Demás está decir el color de sus cabellos; Hernán Emanuel lo bautizó su madre, él es la otra mitad de mi corazón, quien me diplomó de abuelo.
En ese deambular por mundos paralelos, imagino un italianito de tan solo
veinte años regresando a casa, cobijándose en los brazos de su madre. La Patria lo había llamado a cumplir sus deberes de soldado. Había conocido el horror sirviendo como rescatista en el primer terremoto de Messina, perdiendo
el sentido del olfato.
Dos o tres años después, los rumores de guerra se escuchaban en toda Italia;
mamá Dominga con infinito amor y renunciamiento, instaba a su hijo Gaetano
a abandonar el país, al menos, aunque lejos, estaría vivo. Más los lazos de sangre eran tan intensos, qué el día en que viajaba en tren a la ciudad portuaria
para embarcarse, al observar a su madre saludándolo con un pañuelito, presa
del llanto, el noble gringuito se tiró del vagón sin medir las consecuencias. No
Dios Santo, la mamá no debía sufrir. Empero, América lo esperaba.
Un día de octubre de 1910, “El Príncipe Humberto” lo desembarcó en Buenos
Aires; ahí comenzó su periplo de peón golondrina, hasta que un día…
San Nicolás de los Arroyos era una ciudad rodeada de quintas y viñedos, aunque no lo sabía iba rumbo a su destino. En un paraje llamado “La Bola de Oro”
estaba ubicada una pequeña granja donde sobresalía una muy cuidada plantación de uvas; el vino patero era la especialidad de esa familia, hasta allí llegó
Gaetano con la esperanza de conseguir trabajo.
Italianos ellos, lo adoptaron como uno más en el seno familiar. Así comenzaron
a transcurrir los días con sus paisanos; Nazareno y Rosa eran los jefes de familia,
padres de siete hijos; todos italianos. María era la cuarta en el orden genealógi100
co; Gaetano no podía evitar mirarla de un modo especial; entre ellos coexistía
una corriente de simpatía.
El 18 de julio de 1913, ante el oficial interino del Registro Civil de San Nicolás
de los Arroyos, Don Mateo Casales, contraían nupcias Gaetano y María. Así comenzaron su vida en Argentina, sembrando ilusiones en los surcos de la esperanza en esa chacra cercana a Theobald, lugar donde nacieron los frutos de su
amor; uno de ellos era papá.
Un día de la década del ochenta le escribí estos versos al abuelo gringo que
no conocí:
Echaste raíces, tu hogar formaste, / en tierra argentina, también tú sembraste,
/ semilla de vida y nacieron hijos, hijos de tus hijos, carne de tu carne, / y ese
árbol pequeño que un día plantaste, / fue retoño, vida, se hizo fuerte, grande.
/ y en mis venas fluye de ese árbol que tú engendraste, / la sangre italiana que
vivió en tu sangre.
¡Ah!, olvidaba a otro pequeñito que creció sin el calor de sus padres, huérfano
de ellos, carente de afectos, le peleó a la vida el derecho de ser hombre y vaya
si lo fue.
“Vamos moro, arre zaino, fuerza cacique…” —la voz potente, campechana de
Don Luis acicateaba a los equinos que marcaban el rumbo labrando la tierra”.
En cada nueva melga dibujada por las rejas del arado iba dejando su vida de
obrero del surco, de hombre de familia.
Siempre se lo vio con gesto adusto, con una seriedad que lo hacía indescifrable respecto a sus sentimientos, más no era así; yo lo conocí muy entrado en
años. Cuando no lo veían jugaba conmigo; mostrándose tal cual era; cuantas
veces le arranqué una sonrisa. Don Luis y Angelina; abuelos del alma que me
dieron vida.
“Nono, Tata, Ema… Upa nono, si, upa…” —otra vez mi nietita hablando en ese
idioma tan particular, y propio de una gramática angelical.
101
Los años me pasaron su factura, pero que importa el deterioro físico; si ante el
inevitable dolor por la pérdida de seres queridos, Dios me regaló dos nietos.
Palabra que no sabía lo hermoso de ser abuelo.
Lisandro
Nelly Bustos
Simplemente un día como cualquier día, preparándonos para despedir a nuestra hija que se iba a estudiar, nos sentamos para ultimar detalles y así sin darnos cuenta… la noticia. Fue una mezcla de sensaciones raras, fue armarse de
fuerzas para desarmar un esquema y comenzar con otro. Necesitamos tiempo,
algunos segundos antes de caer desplomados en el sillón, tomar un poco de
agua y darnos cuenta de lo que estaba pasando. Era como un sueño, era algo
que nos tiraba y nos levantaba, las horas pasaron y llegó la primera ecografía y
cuando el médico dijo: “Ese ruido es el latido del corazoncito…”, en ese mismo
momento mi corazón empezó a galopar de alegría y sopló un fuerte viento,
pero tan dulce que se llevó todas las dudas, los pensamientos encontrados,
esos por qué, llenos de signos de preguntas y aterrizamos llorando de alegría… “¡¡¡Dios… Seremos abuelos!!!” Nació en febrero, se llama Lisandro, nos
llena de alegría, nos dio felicidad, nos enseñó con lujos de detalles lo que significa la palabra amor y hoy sabemos que Dios pensó en nosotros cuando sembró la semilla más linda en el vientre de mi hija, para que sigamos amándonos,
dependiendo uno del otro y contando con ellos, nuestros amores: Nuestra hija
y mi nieto. Tal vez ella encuentre el verdadero amor y llegue a tener otros hijos,
que seguramente también amaremos, pero en nuestro corazón siempre estará
presente el amor especial por la luz de nuestras vidas, Lisandro.
102
103
Luchá por el amor, ¡siempre!
Luciana Vanesa Decimo
Marianito
Andrés Lapacó
Buenos Aires
La mañana de su cumpleaños se despertó con un semblante especial, sabía
que es un día que siempre le trae muchos recuerdo a su memoria, los días de
su niñez pasados con sus nueve o diez hermanos (nunca lo recuerdo bien), las
madrugadas horneando pan para todos y así cada uno empezar sus tareas en
el campo. Los hombres a carpir los interminables surcos de la bendita soja ya
desde ese momento, y las mujeres a los queseares de la casa y algunas a cuidar
la quinta o ver las gallinas. También y creo que lo más importante de su vida
fue cuando se fue con su madre y quizá unos de sus hermanos a trabajar al
campo, de quien fue mi abuelo.
Ella siempre me cuenta que tenía apenas 22 años, y se enamoro de aquel hombre viudo hacia poco y con dos hijos varones y una mujer. La diferencia de 20
años se sintió, la hicieron sentir los vecinos, su propia familia y obviamente
estos niños que no querían que nadie reemplazara la memoria de su madre.
Pero el amor fue más fuerte (diría Fito) ellos lucharon y lograron mostrar su
verdadero cariño y entrar al corazón de todos. Así ella fue madre para estos
queridos tíos míos y obviamente tener sus propios hijos, mi padre, al que hoy
le dicen Nene es el más grande de ellos.
Mi abuela fue muy feliz los años siguientes, viendo crecer a todos y también
ver nacer a sus numerosos nietos.
El 10 de octubre del 2012 le festejamos sus 80 años, éramos un total de 115
personas, nadie faltó, aunque siempre está en nuestros corazones muchos
más, estábamos todos ahí por ella, mi queridísima abuela Tuta.
Marianito tiene 21 meses. Significó una alegría inmensa para toda la familia, ya
que es el primer nieto. Como ambos padres trabajan, frecuentemente viene a
casa pues la abuela se ocupa de él con mucho amor.
Conmigo estaba algo alejado, ya que tengo una enfermedad que no me permite desplazarme mucho y él prefiere jugar con la abuela que puede moverse
y traerle juguetes, mostrarles las plantas en el balcón y de noche la luna, a la
que él llama Kuu, ya que mi esposa le habla en su lengua natal que es el finés.
Marianito entiende términos del español y del finés, porque para él es un solo
idioma. Cuando sea más grande se dará cuenta que son dos lenguas distintas.
Pero hace unos meses descubrí una forma de relacionarme mejor con mi nietito, a quien también llamamos Titi, porque cuando subimos y bajamos por el
ascensor del edificio donde vivimos a él le gusta escuchar el ruido que hace el
aparato cuando pasa por cada piso y que suena “ti-ti”.
Sobre la mesa de mi compu poseo un recipiente donde reposan unas siete
pipas. Entonces, cuando sentado en mi sillón interrogo a mi nieto diciendo
¿pipa?, Marianito asiente con la cabeza, me toma de la mano con fuerza, me
lleva hasta mi escritorio, lo alzo en mi regazo y comenzamos a jugar. Le acerco
el tachito donde están las pipas y comenzamos: saca la primera y digo ¡¡¡Uno!!!
y así hasta la sexta, la saca y digo ¡¡¡seis!!! Pero finalmente queda una pipa chiquita, forrada en cuero, entonces digo ¡¡¡¡pipita!!! Y mi hermoso nieto la toma,
la mira, se ríe y la deja sobre la mesa.
Luego comenzamos el camino inverso, una a una va colocando con mi ayuda
las seis primeras pipas en el recipiente. Todas quedan sobre los bordes del mismo, dejando un pequeño hueco en el centro. Entonces le doy la “pipita” y él se
ríe y la coloca allí. A veces si tiene ganas repetimos el procedimiento otra vez,
104
105
porque si hay algo que le gusta a Marianito es jugar con las pipas y decir “pipa”.
También lo hacemos con un cacharro que contiene varias biromes, pero aquí
lo que Marianito intenta es hacerlas pasar por el agujero del medio de un CD
viejo y ya en desuso. Él las va pasando por el agujerito una a una y yo las tomo
para que no se caigan. Lo hacemos varias veces ya que le gusta mucho buscar
el agujerito con la punta de una birome hasta encontrarlo y empezar a pasarla.
En el recipiente donde guardo las biromes hay tres circulitos, entonces le digo
-“Marianito uno, dos, tres…” Y él busca los circulitos y va pasando su dedo índice por cada uno de ellos, mientras me mira sonriendo con picardía.
Otra cosa con las que jugamos es con un librito que muestra en cada página
animalitos distintos: un gatito, un perrito, una ovejita, un chanchito y una vaca
muy grande. Cuando abrimos la primera hoja él toca el dibujo del gatito, yo
le digo ¡miau! y se ríe. En la página siguiente ya sabe decir ¡¡¡guau guau!!! A los
demás animalitos los reconoce, pero como en la ciudad no ve ninguno de
ellos, no sabe cómo se oye su voz y yo le digo ¡¡¡beee!!! Y cuando mira la ovejita,
¡¡¡oink oink!!!, cuando toca al chanchito y ¡¡¡muuu!!!, cuando llegamos a la vaca
a la que mira con curiosidad por que es grande.
También hay unos pajaritos dibujados en las hojas y cuando le digo “¿Dónde
están los pajaritos?”, pone un dedito sobre uno de ellos y me mira sonriendo.
La abuela Sisi lo lleva a pasear a los parques del barrio. En el Parque Lezama, más
conocido como Parque Rivadavia, se encuentran casi siempre con un gatito gris.
Marianito lo mira pero no se acerca, el gato tampoco ya que mutuamente se
ignoran. El minino no juega con los chiquitos porque tiene miedo que le tiren
de sus grandes bigotes. Mi nietito juega con las hojas caídas de las plantas del
parque y el gatito observa detalladamente el movimiento de los pajaritos que
bajan a picotear los pastos.
Marianito es muy vivaz. La abuela y yo lo queremos mucho y jugamos con él
todo lo que podemos.
Mi abuelo José
Ángel Luis Canale
Buenos Aires
Una sonrisa nostálgica asoma solitaria cuando mis pensamientos evocan la
firme pero tierna imagen de mi abuelo José. Papá José, para nosotros. Puesto
que había nacido en Génova, en el norte de Italia de donde arribara de joven,
con los nombres de Giuseppe Ludovico.
Alojada su estampa en mi mente, brevemente –como todo recuerdo- acuden
a mi memoria su figura, en todo momento elegante: con su traje oscuro, su
moño negro, su blanca camisa impecable, el clavel en el ojal de la solapa de su
saco. Siempre infaltable el pañuelo en su bolsillo exterior; aún de entre casa. Tal
como debía ser por aquellos tiempos. Así se sentaba a la mesa –no podía ser
de otra manera-, sea a la hora de almorzar; sea a la hora de cenar.
Y en las ocasiones en que mi abuelo José invitaba a mi padre a tomar un café
con crema en alguna confitería ubicada sobre la avenida de Mayo, en las cercanías de la casona, la invitación se hacía extensiva a mi persona, beneficiándome con un helado o una Coca-Cola, según el clima.
Entonces cruzábamos la avenida a través de la plazoleta arbolada que formaba
aquel boulevard que en aras del “progreso” se llevó consigo el tiempo; con
blancos bancos de piedra y polvo de ladrillo en los senderos que rodeaban
al césped prolijo y de intenso color verde. Así arribábamos a la otra acera. Mi
abuelo y mi padre dialogando en un lenguaje amistoso, pero de respeto. Yo,
silencioso; admirando la prestancia e imponencia de ambos.
Mi abuelo: con pipa y bastón labrado. Mi padre: fumando algún cigarrillo con
boquilla. Cada uno de ellos con su sombrero. Impecablemente lustrados sus
zapatos, al igual que los míos.
Mi abuelo José, era también: nuestro amigable confesor. Solía sentarse en una
106
107
de las labradas sillas, junto a la mesita de hierro forjado del jardín exterior de la
querida y añorada “Casona de Ramos Mejía”, ubicada sobre la tradicional avenida de Mayo al 500, a escasas cinco cuadras de la estación que lleva su nombre.
Allí jugábamos de chicos en oportunidad de nuestras visitas con mi familia: sea
con mi otro primo y la hija de la señora de servicio, que allí residían y donde tenían en la planta baja su habitación y baño o bien con amigos de las cercanías.
Pasábamos las horas jugando sanamente, entre las grandes palmeras, los frutales, los teros que poblaban el parque de la casona y el alto molino de viento.
En los atardeceres diáfanos, cuando el cálido sol comenzaba a apagarse a
nuestra vista, mi abuelo José nos cobijaba con sus brazos a mi hermana menor
y a mí, apretujándonos a cada lado, contándonos cuentos de amor y esperanza, a la par de prodigarnos cariño y enseñanzas.
Sus palabras traslucían sabiduría para los futuros años de nuestra vida. En ellas,
estaban permanentemente implícitas: el correcto proceder; el respeto al prójimo; las virtudes del trabajo y el concepto de que “el Poder se recibe de Dios,
no para beneficio de uno mismo sino para proteger a los más débiles y necesitados de justicia”.
Era el tiempo donde imperaban los códigos; la organización piramidal de la
familia; la mesa larga del comedor principal con mis abuelos situados a cada
extremo y el resto de la familia situados en el lugar correspondiente. En resumidas cuentas: la noción de respeto. En tanto los chicos permanecíamos atentos
al primer llamado para sentarnos a la mesa, y la autorización mayor para poder
levantarnos al terminar. Era una forma doméstica de instalar el respeto a las
jerarquías y el concepto de distribución de roles y funciones.
Allí pasó mi abuelo sus años, acompañado por mi abuela Ángela y sus tres
hijos: Jorge (que primero fuera abogado y luego Juez de la Capital); José María
(“el tío Pocho”, que fuera militar y también escribano al igual que su padre; habiendo sido también Presidente de la Ex Caja de Industria); y mi padre Ángel
(escribano como ellos y luego Secretario de Juzgado).
Toda una familia dedicada a la Justicia, al decir de mi madre y de la cual mi
108
abuelo José era su inquebrantable aliado y cuya diferencia entre ambos solo
residía en ser él italiano y mi madre celta. Era en esa casona, donde militares y
políticos de la época se reunían a debatir los destinos de nuestro amado país,
conforme los relatos más vívidos de una de mis hermanas mayores.
En esa ciudad residencial, mi abuelo José había instalado su Escribanía. Y para
casos de urgencia eventual disponía de su escritorio y biblioteca situado en la
planta baja, justo entre el comedor mayor con su hogar a leña, y el salón de
música donde mi abuela Ángela solía tocar el piano de concierto, acompañada de sus más cercanas amigas; con quienes entablaba debates sobre música,
literatura, y temas femeninos (“asuntos de mujeres”, como gustaba definir mi
abuelo).
Desconozco si fue mi abuelo el artífice de esa idea, pero lo cierto es que ningún
hombre podía acceder a ese salón. Ni siquiera mi abuelo, quien respetaba y propiciaba inclusive tal exclusividad. De allí que lo consideráramos “el Salón Femenino”.
Pero en compensación, los hombres de la casa disponían en determinados
días y horarios –fines de semana y feriados- de otro salón. Ello sucedía cuando
mi tío Jorge y mi padre (el primero de ellos Gran Maestro y Presidente de la
Liga Argentina de Ajedrez por Correspondencia -L.A.D.A.C.-), se reunían con
una decena de amigos, la mayoría de ellos asiduos concurrentes como ellos,
al prestigioso Club Argentino de Ajedrez, sobre la calle Paraguay, para entablar
partidas de ajedrez simultáneas, sistema suizo o ajedrez a ciegas –los contendientes se ubicaban de espaldas, cada uno con su respectivo tablero), y luego discutían comentando los match de los grandes maestros internacionales
(Murphy, Alekhine, Mijail Tal, Capablanca y otros).
Para mi regocijo (y también de mi primo Jorge), a quienes se nos había iniciado en ese arte a partir de los 4 años y medio de edad, enseñándonos el
movimiento de los trebejos, torres, alfiles y caballos (amén de la reina y por
supuesto del rey), con enroque corto o largo incluidos: se nos permitía participar –ya cumplidos mis ocho años, y los diez mi primo- de las partidas entre
nosotros en todas sus variantes, con excepción de la emisión de comentarios
sobre las partidas mayores (torneos internacionales), los que estaban a cargo
de nuestros padres y amigos.
109
Mi abuelo José -cuando se liberaba de sus otras ocupaciones-, presenciaba en
silencio el desarrollo de nuestros encuentros ajedrecísticos, con mirada aprobadora. Su mirada inteligente, su mente abierta y despierta permanecía siempre atenta a los razonamientos explicitados mediante los comentarios vertidos
por sus hijos y amistades durante la reconstrucción de las partidas jugadas,
con relación a los aciertos o errores cometidos o la conveniencia de mejor
respuesta en lugar de…
Era tan recatada su presencia, que a mi humilde juicio: un fantasma no podría
haber pasado más desapercibido. Toda una lección de respeto por los tiempos
y la vida social y privada ajena.
Jamás discutimos con él. Claro está también, que por aquella época resultaba
impensable hacerlo. Confrontar con un mayor no tenía cabida alguna en el
mundo de las ideas. Pero más allá de ello, no hubiera sido en absoluto necesario. Puesto que de haber existido alguna divergencia en nuestras mutuas
opiniones, he llegado a la conclusión de que todo se hubiera resuelto en una
respetuosa esgrima verbal, tendiente únicamente al encuentro de la verdad.
Tal era su postura ante la vida.
Cuando se dirigía a nosotros, lo hacía en un tono más paternal que de simple
abuelo. Si debía reprendernos, no le hacía falta emplear gritos ni violencia; su
energía emergía aún de su silencio. Su sola presencia y su mirada bastaban,
aunque sus palabras fueran un pacífico llamado a la reflexión.
Siempre estaba dispuesto a escucharnos y a atender nuestras necesidades. Y
ante cualquier dificultad, no solamente estaba presto a ayudarnos y protegernos, sino que contribuía a nuestra formación brindándonos un buen consejo
que fuera fácilmente comprensible, de acuerdo a nuestro entendimiento por
nuestra corta edad.
Mi ángel guardián
Irene Araus
Noetinger, Córdoba
Me toca hablar de los nietos… Y ¿qué decir? Ellos son esas personitas que nos
hacen sentir la vida más linda y plena. En este caso voy a hablar sobre Tato, uno
de mis nietos, ya que tengo trece.
Tato… terrible desde bebé, él siempre me acompañaba en todo. Cuando ya
tenía unos añitos, recuerdo que se cruzaba a mi casa para mandarse alguna de
las suyas, y si no me encontraba en casa, me buscaba por todo el barrio para ir
contento de mi mano, a jugar a casa.
Recuerdo la manía de ponerse al lado mío para medir su altura y así ver si podía alcanzarme o saltar contra los marcos de las puertas para ver si los llegaba
a tocar. Lo recuerdo y todavía me río de esas imágenes que quedaron en mi
memoria. Al crecer, imaginé que dejaría de venir a casa, ya que debía compartir
más tiempo con sus amiguitos, pero no fue así. Llegaba todas las tardes a verme y me pedía un cafecito…. Y, a veces, otro y otro.
Nos reíamos mucho juntos, un día sacó una ranita de mi casa para asustarme; y
como esas anécdotas tengo millones. Lástima que solo queden en mi memoria y en mi corazón. Ya no podremos acordarnos juntos de esas lindas épocas
porque ya no está físicamente conmigo; pero sé que continúa cuidándome y
guiándome para que nunca baje los brazos… MI QUERIDO ÁNGEL GUARDIÁN.
Sabía entretenernos con algún chiste o relato, y reflejaba en su semblante y
en sus gestos que disfrutaba hacerlo. Y nosotros nos prestábamos gustosos
a satisfacerlo. Es que no lo veíamos como un abuelo. Para nosotros era “Papá
José” y así lo llamábamos.
110
111
Mi gran ídola
novio me quiere mucho. Siempre después de cada almuerzo nos hacía comer
manzana porque decía que limpiaba los dientes y era buena para la memoria.
Vanesa Iglesias
Creo que un abuelo/a es muy fundamental en la vida y desarrollo de un niño
y mucho más en la adolescencia. Yo particularmente tengo mucho mas afecto
con mi abuela, somos las dos iguales, particularmente especiales, las dos cabeza duras. Es la persona que más admiro y mi ejemplo a seguir. Cuando sea
grande quiero definitivamente ser como ella, totalmente divertida (según ella
hay que reír cinco minutos al día para no envejecer).
Siempre recuerdo cuando me llevaba todos los mediodías a la escuela, no
hubo ni un día en esos siete años que no me haya llevado (ni a mí ni a mis
hermanas); es totalmente mágico ya que nunca se enfermó más que un resfrío
leve.
Yo pasaba todas las mañanas y tardes con mi abuela y no faltaba la vez en que
me veía estudiando y me decía “anda a dar una vuelta a la terraza y cuando
vuelvas te vas a acordar todo”. Los primeros años de primaria ni le hacía caso
pero cuando al fin le preste atención terminé aprobando todo el secundario
sin llevarme ninguna materia, es una genia dando consejos.
Mi abuela hizo sólo el primario pero es sumamente inteligente; no tiene ninguna falta de ortografía (lee muchísimo), y tiene demasiada rapidez para las
operaciones matemáticas, sin usar calculadora.
Actualmente soy yo la que la visita a ella pero no es tan así. Para ir a la facultad
paso por su casa y todos los días me espera abajo con una botella de agua, galletitas y un poco de plata, y todos sus vecinos cuando la ven le dicen “yo quiero ser su nieta”. Por suerte la nieta soy yo, y estoy totalmente orgullosa de eso.
Por la mañana, cuando me levantaba más temprano de lo que debería, siempre me preparaba mate cocido con pan, manteca y azúcar. En ese momento
era el paraíso y quería levantarme todos los días muy temprano. Mencionando
este tema me lleva a acordarme de sus “recetas”. Siempre, yo decía:
-“Belita (así la llamamos con mis hermanas) ¿me decís la receta de la mezcla
de panqueques?”
-“Sí, pones dos huevos, un poquito de harina, un poquito de leche y un chorrito de soda.”
Casi siempre sus recetas fueron “un poquito de cada cosa” y siempre agregándole un chorrito de soda a todo; como a los buñuelos de espinaca que ella los
llama bocadillos. Su receta era: un huevo, un poco de harina y, como siempre,
soda.
En las comidas siempre nos daba para comer el codito del pan que según ella
era “para que te quiera tu suegra”, y lo mejor de todo es que la mamá de mi
112
113
Mi nieta
Mi nona
Juan Carlos Mourelos
Zulma Esther Cornejo
Bahía Blanca, Buenos Aires
Mi nieta no me llama abuelo, me llama Cacho. Me dijo: Cacho, ¿me acompañás
al shopping Abasto a ver un bolsito muy lindo que me gustó mucho? Yo le
dije: Bueno Cande, yo te acompaño “a ver ese bolsito que te gustó tanto”. Le
recalqué: “a ver”.
Ella me dijo: Bueno, venime a buscar a clase de inglés, tomamos un taxi y vamos al shopping “a ver” el bolsito.
Bueno Cande, yo te acompaño, por lo que te buscaré en clase de inglés para
en taxi ir al shopping “a ver” el bolsito.
Ok Cacho. Te espero, pero no te olvides de llevar “la tarjeta”.
Conclusión: bolsito comprado en una sola cuota.
Una mujer con todas las letras, humilde, sabia, profeta de la vida.
Los abuelos, lo más hermoso que nos puede pasar en la vida.
Mi Nona, la que me enseñó muchas cosas, mi segunda mamá.
Vivíamos en el campo y yo no veía la hora de que llegara la tardecita para ir a su
casa a dormir y a mirar un programa de tele –Heidi-, que nos gustaba. Todavía
recuerdo sus manos torpes, llenas de artrosis, con las que me frotaba o rascaba
mi espalda hasta que me dormía y jamás la escuche quejarse de sus dolores y
se la veía feliz haciéndome esos mimos.
Son tantos los lindos y feos momentos en todas nuestras vivencias, que no me
alcanzaría toda la vida para contarlos.
Nuestros paseos al pueblo caminando, (diez kilómetros, más o menos) porque
no teníamos otro medio de movilidad y al regresar comíamos dulce de leche,
que venía en envase de cartón marrón.
Ella ya no se encuentra entre nosotros, pero si en mi corazón y la recuerdo
siempre con su pañuelo en la cabeza, en el olor de un perfume, en la torta con
cascaritas de naranja que ella hacía. Son tantos los recuerdos, todo lo que ella
me decía que con los años me iba a pasar.
Yo se que en el lugar que ella esté, me va a cuidar siempre, porque ella es Mi
Ángel Guardián.
Si hoy pudiera dejarles un consejo a todos los nietos; les diría que cuiden, rían,
amen, jueguen, disfruten y escuchen a esas fabulosas personitas, grandes de
114
115
edad y con sabiduría.
Amor: no significa darles plata para un médico o comprarles un medicamento;
eso es fácil y cualquiera lo puede hacer.
Amor: significa un abrazo, una caricia, un beso, un te quiero, cosas simples,
como dedicarles un tiempo. Eso es lo que los mantienen vivos a ellos y nos dan
mucha felicidad a nuestro corazón
Ellos no saben que es el maltrato psicológico, la envidia, la avaricia, la codicia.
Ellos únicamente saben el significado de la palabra “Malcriados”; y eso es lo
que somos los nietos.
Hoy le doy gracias a la vida por hacernos este hermoso regalo llamado abuelos.
116
Mi primera nieta...
Milu Monjes
Llegó un poco tarde a nuestras vidas, en principio era su abuela y el abuelo,
luego de la muerte de su abuela, muy niña, comencé a ser su abuelo y se inició
el encuentro especial de un día semanal, donde cocinábamos el almuerzo con
sus postres, de confidencias y secretos, de apoyo explicativo a escolares y de
desarrollo como persona en la comunidad, aplicando el sentimiento y la verdad en los hechos, todo dentro de una libertad con límites, lo que dio lugar a
un acercamiento más humano y de familia, sabiendo mi nieta que en su pasaje
terrenal, podrá tener lo mismo que otros, menos que otros y más que otros ,
sin que esto signifique ser mejor, dejando en mi lentamente comprender la
verdad cierta que el amor es como el viento, se siente pero no se ve.
117
Mis nietos
Mis tesoros más preciados
Elsa Dubini
Aida Margarita Fiszer
Noetinger, Córdoba
Buenos Aires
Creo que una de las cosas más lindas que me dio la vida es ser Abuela.
Siento que me va a resultar difícil hablar de un solo nieto, ya que tengo cinco y
un bisnieto que son la alegría de mi vida.
Hablaré de Luciana, que es la que me hizo sentir abuela por primera vez; ese
día fue muy especial para mí. Era una beba muy bonita y buena y, con el correr
del tiempo, muy cariñosa.
Le gustaba mucho que le cuente cuentos cuando se iba a dormir; cuentos que
yo inventaba, sobre conejitos blancos que se perdían en el bosque o que los
agarraba la lluvia. Actualmente ella también recuerda esos lindos momentos,
tanto como yo.
Amaneció lluvioso. Sentada en mi mecedora miro a través de la ventana y me
deleito de ver como la tierra se moja.
El césped pareciera tener un verde más brillante y el aroma a frescura me invita
a pensar en MIS TESOROS MAS PRECIADOS “MIS ÑIETOS”.
Los espero con ansiedad y me siento inmensamente más feliz cuando los veo.
Cuando llegan a casa quisiera que el reloj se detenga, que el tiempo no pase
tan rápido, para que estemos juntos un poco más. Disfruto todo, sus juegos,
sus ruidos, sus ir y venir por toda la casa.
Eri, Joaquin, Nachito, mis nietos queridos, hijos de mis hijos.
Hermosos recuerdos.
Cuando empezó a ir a la escuela ya no tenía más a su abuelo tan querido,
pero cuando aprendió a escribir le hizo una cartita tan emocionante y cariñosa
como es ella.
Cuando terminó sus estudios secundarios y se fue a Rosario a estudiar Bellas
Artes, sentí que se me iba un pedacito de mi vida.
Estoy muy orgullosa de mis nietos porque me respetan y son muy cariñosos
conmigo, y yo los adoro con todo mi corazón.
Erica querida, tu primer día en el jardín, todo un personaje, chiquito, con una
mochila grande cargada de chiches que traías de casa que arrastrabas deambulando por todo el patio y te fastidiabas mucho cuando los chicos mas grandes te besaban y abrazaban. Te adaptaste rápidamente.
No puedo olvidarme de tu cumpleaños de dos. Lloraste todo el tiempo mientras estuvieron tus compañeritos. Comenzaste a disfrutar una vez que se fueron, manifestando que si era tu fiesta no tenían que estar otros chicos.
No todos fueron momentos felices, también te toco vivir momentos muy
tristes y fue con la desaparición de tu seño Marita. Fue ahí que tuvimos que
abordar un tema que tampoco esta muy claro para nosotros, los adultos, “la
muerte”, que es parte de la vida y es nuestro Señor, quien determina el momento. Le hable de la desaparición física, porque en la medida que la recuerde
118
119
seguirá viviendo.
Cerrá tus ojos, orá, recordá, respira profundo, confía en Dios y las tristezas se
transformaran en alegrías. Juntas superamos el mal momento.
El tiempo no se detiene, ahora ya sos adolescente, hermosa por dentro y por
fuera. Me llenas de orgullo. Fuiste y sos una excelente alumna, abanderada y
becada, sin haberlo solicitado, por tener uno de los promedios más altos del
colegio. El esfuerzo de tus padres para que recibas una educación y preparación de excelencia no había caído en saco roto. Al mensaje que siempre te
dimos, cosecharas tu siembra, agrego: no permitas, no des lugar a que nada
ni nadie te aparte del camino que te trazaste; para eso esmérate cada día más
mi amorcito.
Joaquín, cuando te conocí, vi que eras tal cual te había soñado, un bebe precioso, sanito, chiquito, tierno; te tome en mis brazos, un cosquilleo recorrió mi
cuerpo y me colmó de felicidad.
Desde muy chiquito notamos que eras todo un intelectual; te encantaba que
te lean cuentitos, los escuchabas con mucha atención; también los leías solito,
señalando cada palabra con un dedito. Lo increíble era que a veces leías al
derecho y al revés.
Joaquín su hermano es muy cuida, cuando el principito rezonga, se le acerca,
lo acaricia, le dice cosas lindas y enseguida le sonríe.
Ignacio,mi Nachito, tiene una personalidad muy fuerte, cuando dice que no,
es no, y no hay forma de persuadirlo. Nos asombró cuando vio una hojita en
el balcón, buscó un secador y la barrió. Le gusta regar las plantas y ama a las
mascotas; lo demostró cuando jugó todo el día con Lola, el caniche mini toy
de Erica, su prima. Es muy ordenado en el jardín y en casa, se enoja mucho
cuando otros desordenan. En su cumpleaños de tres no quería ir al saloncito,
lo convencieron diciéndole que le festejarían el cumple a su papá; cuando le
cantaban el cumpleaños feliz y mencionaban su nombre interrumpía y decía
Nachito no, el cumple es de papito.
Queridos nietitos, doy mil gracias a Dios por la posibilidad que me brinda día a
día verlos crecer, sonreír. Solo quiero decirles que no importa cuándo lleguen,
sino cómo transiten ese camino; si lo hacen con perseverancia, seriedad, responsabilidad, compromiso, solidaridad, es amor a la vida, al prójimo y ustedes
también serán reconocidos, se sentirán realizados, serán felices y personas de
bien. No me pidan que deje de pensar y amarlos a ustedes, sería como pedirle
a mi corazón que deje de latir.
La felicidad de ustedes es la mía.
Un día escucho el teléfono, ring ring, atiendo y una vocecita muy conocida
me dice: abu, no soy más bebe, soy grande, no uso más pañales y uso calzoncillos como papá. Bravo bravo contesté, te felicito. Tu primer partido de fútbol,
que alegría tenías; contaste que habías hecho cinco goles, a lo que el profesor
agregó, dos en un arco y tres en el otro. Sos muy inteligente, tus respuestas
son siempre justas y utilizas términos académicos. Desde muy pequeñito manejabas todas las nociones, números, espacio, colores, solo te faltó trabajar una
que vos las invertias, día y noche; el día se hizo para jugar, pasear, ir al jardín, y
la noche para dormir.
Joaquín vos sos el Rey, Erica la Reina y con mucha alegría damos la noticia que
nació el Principito “Nachito”.
120
121
Moreno al 1600
Noche de reyes
Aída Beatriz Barba
Norma Susana Toro
Buenos Aires
Esa casa, la casa de abuela Aída, para mí la más amada, la inolvidable, ella con
su batoncito rosa, con sus cabellos blancos, cortos y sus rulitos…
Me enseñó hacer la masa para los ravioles; mientras escuchábamos la novela a
las doce en punto, en Radio Porteña, de Don Héctor Bates y su gran compañía.
No tenía un solo minuto de descanso, siempre cosía, hacía corpiños, la jubilación poco alcanzaba, pero ayudaba, casi nunca me dijo: “tenés que hacer esto
o lo otro”, la enseñanza estaba en su ejemplo, en su conducta.
Mi padre fue siempre un hombre que trabajó muchos años en el puerto de
Buenos Aires. En esa época no había maquinas, todo se hacía a pulmón él se
sacrificaba por su familia pero había una noche que para él era especial, la
Noche de Reyes. Esa noche mi papá creaba un mundo perfecto para sus hijos.
Una de esas noches de reyes no había dinero para crear esa fantasía. Nosotros
aún niños esperábamos con ansiedad, él sabía que nada pasaría esa noche.
Un auto frenó en la puerta de casa y un hombre bajó con una caja repleta de
juguetes. En el fondo de la caja había una carta que decía: “Hijo, feliz Noche
de Reyes”… era mi abuela, que sabía lo que ocurría… Mi padre llorando nos
abrazó y dijo “Llegaron los Reyes”.
Por las tardes, cerca de las 19 hs ya comenzaba a preparar la cena, y a las veinte
comíamos, con las infaltables botellitas de Naranjín y el postre ¡qué manjar! Rodajas de banana en un vaso con soda y una gotita de vino y luego bajábamos
corriendo las tres escaleras mis hermanos: Mary y Tito y un primo, llevando las
sillas para sentarnos en la vereda, porque a esa hora, volvía seguramente de su
trabajo ese actor y cantante inmenso y re-buen mozo, Hugo Del Carril, muy
elegante, cada día lucía una corbata hermosa y diferente. Él vivía cerca de allí.
Y después de las 20,30hs pasando la iglesia, vivía una cantante de ópera, que
salía de su casa, a cantarnos a los vecinos; a abu Aída le encantaba el mundo
de la cultura, el mundo del trabajo.
Nosotros los chicos nos portábamos re-bien porque después llegaba tío Luis
e íbamos con él al kiosco y nos compraba todo lo rico, caramelos, alfajores,
y chocolatines… Él preguntaba ¿Cómo se portaron? Y Doña Aída invariablemente contestaba: muy bien.
Ahora, ayer y por la eternidad de la vida, mi amadísima abuela fue y es lo más,
casi lo mejor que la vida me dio: Modelo de amor y de persona.
122
123
Nostalgias de una abuela
atrás, cuatro personas. Debajo de los asientos estaban unas bauleras para guardar las cosas de valor. En ese carruaje me llevó mi abuela al pueblo, siempre
mirándome, el día de mi Comunión. ¡Cuánta emoción!
María Ramona Vallejos
Don Torcuato, Buenos Aires
Todos los sábados temprano, a la iglesia. Me preparaba para la primera comunión. Vivíamos, creo, a tres kilómetros de Reconquista. Crecí en el campo,
entre trigales y un mar imaginario de flores celestes de los linares que tenían
mis abuelos. Visitarlos era una maravilla, me servían mate cocido con leche
recién ordeñada y pan casero tan grande que tenía que apoyarlo en la panza
para cortarlo. Decía mi abuela: “Vení, chiquita. Sentáte y tomá tu merienda”. Yo
disfrutaba, más que del mate cocido, del amor con el que me trataba, su mirada cariñosa con esos ojos azules como los linares. Suaves manos, siempre tan
laboriosas, siempre cociendo.
Recuerdo su serenidad, propia de los abuelos extranjeros. Sin caricias ni besos,
tampoco elogios. Pero todo lo expresaba con la mirada. Una sola vez me retó:
me dijo que no molestara al loro. Y me puse a llorar de vergüenza.
Hoy tengo setenta y un años. Me trajeron a los doce a Buenos Aires a un vetusto colegio donde sólo veía paredes y muros. Sufrí mucho el desarraigo de
mi vida casi salvaje. A mis veinte, me llevaron, con un cuento, a un encuentro
sorpresa con mi abuela. Cuando me vio, casi no me reconoció; ella estaba muy
mayor. Fue el primer y el último abrazo que nos dimos. Nunca más la vi, pero
tengo su foto familiar.
Y llegó el día tan soñado, ¡la Comunión! Pasé la noche anterior en la casa de
la abuela. Me preparó una cama en su cuarto. Tenía un colchón muy mullido
y sábanas blanquísimas, que crujían de tan suaves, compradas explícitamente
para mí.
Hoy día yo lucho por mis nietos, por una educación mejor. Cuesta porque la
calle, la tele y los mismos padres van contra la marea. Con tanta tecnología
se perdieron valores fundamentales. Hoy no se habla, se grita. Si el niño dice
cosas soeces, se lo festeja. Y si lo corregimos está el “Abuela, no te metas”. Igual
seguiremos dando lo mejor para ellos, que les toca una vida muy difícil y peligrosa.
Casi no pude dormir de la emoción. Dejó prendida una velita en un frasquito
de vidrio, que daba una luz tenue. Tardó en acostarse: se acomodaba su larga
cabellera blanca como el algodón de su chacra. Se hizo una trenza y luego un
rodete.
Siempre tengo a mis nietos alrededor. Les preparo comidas que les gustan y
aprovecho para darles algún consejo. Soy una abuela besucona. ¿Cuál es el
motivo de ayudarlos? ¡Fácil! Tenerlos un poco junto a mí, están creciendo y se
alejan.
Nos levantamos y me visitó con aquel vestido blanco hecho por ella, las zapatillas Pampero nuevas, el rosario y la bolsita. Me temblaba el cuerpito frágil, era
muy delgada. “Tranquila, chiquita -me decía- vas a recibir a Jesús”. Y yo creía
que lo vería a Jesús. La inocencia de una criatura campesina de aquellos tiempos…
Pienso que algún día ya lejano recordarán a esta Abu (como me llaman) tejiendo, cocinando y contándoles cuentos inventados por mí. O tal vez en paseos
al Centro o al Tigre, o jugando a las cartas.
Mi abuela tenía una casa muy grande y galpones, donde guardaba carros,
sulkys y carretas. La más lujosa era la Charré: toda tapizada de rojo y revestida
de cuero negro. En el pescante se sentaba el que conducía a los caballos y,
124
Creo que se cosecha, entre los nietos, la semilla plantada que te dieron tus
ancestros. Los abuelos queremos ser reconocidos como pilares de la familia. Y,
claro, queremos un “Hola, Abu. ¿Cómo estás?”
125
¡Piedra libre!
¿Qué es un nieto?
Analía De Blasis
María Isabel Silveira de Andrade
Buenos Aires
Misiones
Fui a buscar una toalla en el viejo ropero y al abrir la puerta me asombre al ver
la cantidad de dibujos que había pegado con tachuelas, cuando comenzó
a sostener el lápiz a los dos años la osadía de trazar círculos multiformes, su
primer sol, una ballena, o algo parecido que era yo.
Un nieto es un pedacito de cielo que Dios decide regalarnos a los seres humanos privilegiados llamados abuelos.
¡Jajá... su abuela! Miraba los dibujos de mi nieto (Gael) como si descubriera el
tesoro más sorprendente, la obra más preciada del mejor pintor del mundo.
Cerré despacio el ropero y me inundé de amor y recuerdos.
Mi nieto tiene casi 6 años, brillantes, indómitos, dulces, rebeldes, inquietos, anhelantes de respuestas a todos sus porqué y cómo se hace. ¿Es ‘verdás’? ¡Si me
mentís... te lanzo mi rayo ‘superdetructor’ de abuelas ‘bordas’!
La emoción me anudó la garganta y de un manotazo los recuerdos dijeron
presente.
Con la misma mirada embobada mi abuela “Leli” miraba en su viejo ropero empapelado mis dibujos. Yo no había notado que repetía la historia. Y mi corazón
gritó ¡Piedra Libre!
Atrás de esa puerta están los dibujos de Gael. La risa de mi abuela y mágicamente fui al mismo tiempo niña y nieta, niña y abuela.
¡Piedra libre Leli! Mi alma siempre te va a encontrar donde sea que te ocultes.
Aunque te escondas en los dibujos de mi nieto, en un viejo ropero. ¡Piedra libre
a mi infancia! ¡Piedra libre a mi vejez!
Un nieto es la perfecta corporización de la esperanza plasmada en una vida
que nutre nuestra vida.
Un nieto, señoras y señores, no es otra cosa más que la oportunidad fantástica
y maravillosa que nos regala la vida de amar sin medida.
Un nieto tiene la suprema autoridad de hacer que nos pongamos de rodillas
cantando loas y alabanzas a Dios por su existencia.
Un nieto es el artífice de las más profundas y sentidas lágrimas de emoción y
de alegría.
Un nieto, mi querida gente, es el elixir de la eterna juventud y la sonrisa. No tenemos cansancio, ni caras viejas o tristes los abuelos frente a un nieto. No hay
enojos, ni reproches, sólo mimos, juegos, abrazos y “te quieros”…
Un nieto, definitivamente, es la mágica fórmula para seguir inventándonos
sueños, de sentir que somos árboles frondosos con raíces y con frutos y es ahí,
en ese instante, donde surge con orgullo la típica y orgullosa frase: “Es mi nieto”.
Y no importa si es bebé, niño, joven o adulto, en el corazón de los abuelos
siempre será el amor en su máxima expresión que nos convierte, queridos
amigos, en los cómplices secretos de tímidas travesuras, en los defensores innatos de derechos que sólo nosotros les arrogamos.
Un nieto hace que nuestra comida sea la más rica, la más sabrosa, la más ape-
126
127
titosa, descartando y perdonando a todos los chefs del mundo entero, porque
nada se compara con la comida de una abuela. Nada se compara con el beso
y el abrazo gigante y puro de los abuelos.
Recuerdos de “Mamachede”
María Zamudio
Es cierto que quizás provoquemos celos infundados en sus madres y en sus
padres por tener la exclusiva preferencia a la hora de los mimos y los cuentos.
Es que un nieto nos hace aflorar toneladas de paciencia, quintales de ternura, kilómetros de historias fantásticas y divertidas. Porque un nieto es la musa
inspiradora de las mejores canciones de cunas inventadas, de los tradicionales
cuentos infantiles aggiornados y actualizados.
Un nieto te hace cantar, correr, jugar. Te convierte en alegre bufón, en jinete,
en vaquero, en ladrón o policía, en guerrero intergaláctico o en alienígena, en
arquero obligado de los goles inventados… o te lleva de la mano a tomar té
invisible en diminutas tacitas de plástico de color rosa.
Y lo más valioso es que un nieto y un abuelo crean códigos únicos, irrepetibles,
lazos que nada ni nadie pueden comprender, entender o descifrar.
Queridos míos, un nieto es la extensión extraordinaria del amor de nuestros
hijos, ¡¡¡es la extensión milagrosa de nuestras propias vidas!!!
Buenos Aires
Todo comenzó cuando mis padres se trasladaron a la ciudad en la búsqueda
de nuevos horizontes porque ya estaban cansados de trabajar en “campos ajenos”, como los llamaban ellos. Fue así que, al igual que mis tíos, consiguieron
trabajo en las fábricas que comenzaban a abrirse en mi querida Goya, en Corrientes. Se casaron, construyeron sus casas y llegamos los hijos. Claro, había
que dejarnos con alguien y entonces trajeron a mi abuela, que había quedado
en aquellos campos.
Recuerdo que éramos como doce primos y ella a la cabeza de todos. Recuerdo
sus comidas (su especialidad, el locro), sus tortillas asadas y sus estofados de
gallina (había que entrar al gallinero a buscar la “colorada” o la “bataraza” para
hacer el puchero). Recuerdo el gusto de la leche recién ordeñada de la vaca,
con mate cocido o cascarilla.
Recuerdo cuando estaba sentada frente a su mortero pisando maíz para hacer
locro o mazamorra. Recuerdo el aroma de su planta de naranjo, que utilizaba
cada vez que estábamos un poco inquietos para hacer un té con sus hojas.
Recuerdo su patio de tierra, cuando lo regaba y barría con su escoba hecha de
un yuyo al que ella llamaba “pichana”.
Recuerdo con qué amor nos hablaba sobre la limpieza al ir al colegio: “Cabello
atado, uñas limpias y delantal blanco”. Recuerdo cuando nos bañábamos en
sus latones enormes y nos hablaba sobre nuestro cuerpo. Recuerdo cómo nos
enseñaba cuando las frutas estaban maduras para comer (“No hay que ser corsario con la fruta verde”, nos decía).
Recuerdo cuando le dedicábamos canciones de chamamé en “Complaciendo
su pedido”, un programa que se emitía en una radio local, sobre todo aquella
canción “Mercedita”. Recuerdo cuando escuchábamos los radioteatros de Juan
128
129
Carlos Chiape: “Juan Moreira”, uno de ellos.
Recuerdo que una tarde mi primo estaba tan enojado con el personaje del
malvado “Chirino”, que cortó el cable de la radio y jamás pudimos saber cómo
había terminado ese capítulo…
Recuerdo las noches en las que nos relataba cuentos y leyendas mirando la
luna llena, y ella parecía una gallina rodeada de pollitos. Una de esas noches
nos contó que las manchas que veíamos en la luna daban forma a la Virgen
María, que marchaba sobre un burrito a tener al niño Jesús, junto a José, acompañados por liebres, conejos, ovejas, vacas y otros animales. Y nosotros mirábamos fascinados la luna…
Ella no sabía leer, así que no conocía sobre los cráteres de la luna. Nosotros
tampoco, hasta que fuimos a la escuela secundaria. Recuerdo sus enaguas
blancas y almidonadas, llenas de puntillas hechas al crochet. Con cuánta ternura nos enseñaba a tejer, sobre todo a las mujeres. Y a mis primos les decía:
“Miren para enseñarle después a sus esposas”.
Recuerdo que fuimos creciendo, las mujeres fuimos haciéndonos “señoritas”
y mis primos “muchachones”, como los llamaba ella. Recuerdo nuestros primeros bailes de carnaval en el Club Unión: nos preparaba desde temprano,
haciéndonos rulos con pedacitos de cable (enrollaba el pelo y lo mojaba con
una mezcla de agua y limón y salían unos rulos perfectos).
pón”, quiso despreocuparnos. Pero esa herida se transformó en un tétano y
al tiempo se nos fue, dejando un gran vacío en todos nosotros. No recuerdo
haber ido a su entierro…
Los años pasaron, nos convertimos en adultos y, naturalmente, cada primo
avanzó por un camino distinto. El mío, como el de mis hermanos, tuvo como
destino Buenos Aires. Recuerdo una charla con mi nieta, hace tan sólo unos
meses, en uno de sus viajes de vacaciones (ellos viven en el sur del país).
Estábamos sentadas, mirando la luna llena, que lucía tan hermosa como hace
tanto tiempo. Y preguntó, tal vez poniéndome a prueba: “Abu, ¿qué son esas
manchas en la luna?” Entonces vino a mi memoria lo que mi abuela alguna vez
nos había contado, aquello de la Virgen María que iba sobre un burrito a tener
al niño Jesús, al lado de José, las liebres, los conejos, las ovejas y las vacas.
Cuando terminé mi relato, ella me miró sorprendida, con ojos más grandes
que de costumbre y me respondió: “¿Qué decís, Abu? Si yo no veo nada”. Claro,
había olvidado que ya transitamos el siglo XXI, la era de la televisión en HD y
las computadoras portátiles. Quién sabe, quizá a sus siete añitos y en Internet,
ya haya averiguado casi todo sobre los cráteres…
Recuerdo que mientras nosotras bailábamos hasta el amanecer, ella se sentaba en una mesa, y nos esperaba a los “cabezazos” porque el sueño la vencía.
Recuerdo que al otro día de ir a bailar teníamos que ir a misa y luego a su casa,
donde nos esperaba para darnos su bendición. Después, todos nos sentábamos a comer alrededor de una mesa armada con tablones porque éramos muchos entre tíos, primos y algún vecino que siempre era bienvenido. Recuerdo
que fueron pasando los años y, como ella no tenía jubilación ni pensión, todas
las semanas sus hijos la ayudaban con mercaderías, otros con cortes de tela y,
seguramente, hasta algunos de mis tíos o mi madre le darían dinero.
Recuerdo que un día se cayó, persiguiendo a sus gallinas. “Es apenas un ras130
131
Recuerdos de mi infancia que aún están presentes
Analía Luján Maneiro
El presente relato está plagado de olor a dulces recuerdos, que apelan a movilizar los cinco sentidos de todo nieta/o.
Pasaron ya 31 años desde su graduación como abuela; título otorgado por el
sólo hecho de mi existencia, y luego la de mis hermanos, sus nietos.
Según definición del diccionario los abuelos son los progenitores del padre o
la madre, definición cierta, y diría mi abuela “que novedad”, pero a mi criterio
carente de afectividad, la cual intentaré agregar a esta definición a través de la
propia experiencia.
Cómo no tener bien presentes en esta definición las tantas experiencias compartidas, los tantos momentos de su presencia, sus intentos –frustrados- por
enseñarme el arte de tejer, coser o bordar; o más académico, el uso del diccionario a través del suyo, oxidado por el paso del tiempo. Elemento que aportó
mucho a mi vida de alumna, ya sea en principio para realizar tareas de la escuela primaria, luego, ese aprendizaje adquirido, me ha sido de mucha utilidad a la
hora de ser alumna del profesorado de inglés, carrera de mi elección y hoy con
el título logrado, en la cual el diccionario ha sido un aliado y amigo inevitable.
Intacto está el recuerdo de las tardes de lotería o “casita robada” (casi el único
juego de cartas aprendido) en tardes grises, lluviosas y frías donde el aburrimiento reinaba y debía ser destronado. Tanto como el “mataburros” destronaba mi ignorancia de significados…
por volver a ver grande a su país, ese país que ella relata haber visto crecer y
transformarse de a poco en el actual. La inmigración de su padre, los entretenimientos de su época muy distantes de los actuales, sus costuras, mascotas, y
su dedicación a ser abuela.
Tantos paseos y viajes compartidos; almuerzos por doquier con exquisiteces
‘home made’, incluso con materia prima extraída de su quinta, infaltable espacio en su pequeño gran patio que alberga marimoñas, pensamientos, sombrillas de la virgen, rosas y un sinfín de otras variedades florales, como así también
perejil, albahaca, tomates y orégano, entre otras, protegidas de caracoles, insectos, etc. Dispuestos también a probar sus manjares con olor a campo y con
calidez de hogar… de su hogar.
Vienen a mi mente muchos de esos sabores y aromas tantas veces sentidos
en exquisitas sopas o comidas que aún hoy puedo degustar. También debo
mencionar que siempre ha estado dispuesta a ser una especie de salvavidas
monetario, compañera de emociones y de inversiones, compañera de mis logros en lo referente a lo académico, en la adquisición de mis dos primeros
autos, en lo laboral, en mi casa propia haciéndose realidad, la cual visitamos
asiduamente para ver los distintos avances de obra de cada rincón, que será
puesto a su disposición luego de sus más de treinta años de abuelidad, término recientemente descubierto por mí y que utilizo adrede a cuento de aquella
habilidad adquirida hace más de veinte años gracias a su infinita paciencia con
aquel diccionario de páginas amarillas, hojas dobladas o despegadas, oxidado
por el paso el tiempo que tanto utilicé para aprender nuevas palabras, muchas
de las cuales he podido utilizar para obtener muchos de mis logros y que están
vertidas en el presente relato…
Tardes perfectas también para amasar tortas fritas, bizcochos o hacer buñuelos
para acompañar los aún presentes mates de media tarde, durante los cuales
generalmente algún recuerdo ligado a su experiencia florece: su niñez en el
campo y sus costumbres, los bailes de su adolescencia, su gusto por la escuela, el conocimiento y la política, su interés por el bienestar de los niños y
132
133
Súper-Pepe
TDK de 90
En memoria de Salvador Rubén Pérez
Cecilia Lerz
Bariloche, Río Negro
Ángela Dolores Parello
Buenos Aires
Siete de septiembre de 1984. Para esta fecha mi nieto Pepe cumplió dos años
de edad.
En la televisión comenzaron a pasar la publicidad sobre la reposición de la
película que relata la aventura de Superman.
Uno de los cortes nos muestra como Superman salva a un tren rápido de un
descarrilamiento.
En efecto, los malvivientes sacaron un trozo del riel y, al advertirlo, Superman
coloca su cuerpo ocupando el trozo del riel que falta, o sea, llenando el vacío y
con ello salva o mejor evita el descarrilamiento por cuando el tren circula por
la vía como si nada faltase.
Unos pocos días después me hallaba sentado en el living con los niños y me
había sentado en uno de los dos sillones individuales, el otro se encontraba
colocado en el costado, en forma paralela, la distancia entre ambos brazos
sería de unos 50 cm (separación entre ambos).
En eso el bebe se subió a uno de los sillones y estirándose se colocó a modo
de puente entre ambos brazos de los sillones. Seguidamente llamando a mi
atención, me dijo señalándome con la mano el costado de su cuerpecito: “Aba,
por aquí tren”, queriendo significar qué él hacía lo mismo que Superman.
134
Mi nombre es Tamaso, Tamaso Domingo Kreuse. Soy argentino (naturalizado),
tengo 90 años, todavía escritor. Hace un tiempo grabo lo que quiero en este
aparato, lo compré en una feria, pero no es un dato importante. Lo verdaderamente importante es reencontrarme con mis anteojos. No puedo leer mis
libros. Me gustan los acrósticos de noche, tampoco los puedo hacer más. ¿Los
habré perdido en la plaza? Anoche me tomé una jarra de té, insomnio, la televisión me aburre, me lava el estómago.
La señora del quinto piso, muy amable ella, me ofreció los suyos en el mientras
tanto, para que pudiera continuar mi lectura. Se los devolví por borrosidad (no
obstante con mucha pena). El marco verde-turquesa me devolvió una imagen insólita, me gustó. Tanto es así que puse empeño en recordarla bien, a la
tal imagen, para intercalarla entre los momentos vividos cuando me llegue la
hora: el marco verde-turquesa sobre mis ojos.
Los habré perdido en la plaza. Dos chiquitos se me acercaron, yo estaba sentado, y me dijeron ¿Abuelo, nos lees este cuento? Abuelo a mí. No los conocía.
Y no doy crédito de mi edad tampoco, pero luego les vi las medias azul y oro...
Ayer nomás caminaba por las calles de Rosario, la camiseta de Central tenía
solo rayas verticales, sin inscripciones ensuciando sus colores. Los colores del
Parma, los de La Boca de Buenos Aires. Hay una extraña coincidencia cuando
la gente se congrega por colores. Seremos primos, pienso yo.
En fin... los miré un poco asombrado a decir verdad. Uno puede ser abuelo de
quien quiera, padre de quien le plazca, pariente en sus propios encuentros.
Recorrí el perímetro de la plaza con la vista, buscando a la madre responsable.
Dos pibas tomaban mate, sentadas en el pasto, una de ellas saludó desde lejos,
se ve que me conocía. ¡¡¡Mamá dice que sí !!!, dijo el más alto. Levanté la mano
en un grato gesto de saludo, para no resultar descortés y miré a mis inespera135
dos oyentes.
El libro era grande, pocas hojas, lleno de dibujos coloridos, y para mi sorpresa,
ni una sola frase.
Un bisabuelo recuerda a su abuelo
Octavio Físner Oliva
Olavarría, Buenos Aires
¡¡¡ Esto es broma, no hay nada que leer. Son libros para inventar!!!, me dijo el
más chico. La que me faltaba. Dejé el diario a un costado, me saqué los lentes,
(Ahí los perdí...¡¡¡ los perdí en la plaza!!!) y ellos en el acto corrieron atrás de una
pelota. Tengo el libro en mis manos, mientras improviso al aire. Sólo imágenes,
no hay nada que leer.
Por una cuestión que no se explica suficiente, la relación viva o de memoria entre los abuelos y sus nietos, se concibe como si fuese únicamente entre
nietos infantiles o jóvenes y abuelos ancianos. No es frecuente que personas
de mucha edad tengan de sus abuelos el recuerdo claro de sus figuras, sus
conductas, sus afectos y demás de la relación familiar. Por eso es que puede
resultar extraño que yo, con 91 años bien cumplidos y bisabuelo de siete vástagos entre niños y adolescentes, tenga presentes a mis abuelos, tanto los de
parte de mi madre, como del único que conocí de parte de mi padre. Porque
tuve con éste el mayor contacto y como fue el que más me duró, me voy a referir a ése que fue don Manuel Oliva, tan Manuel él, que impuso ese nombre a
todos sus hijos. Fueron ellos Manuel Pedro; Manuel Faustino; Manuel Olegario
y Manuel Cristiano, mi padre. Hubo una sola mujer, a la que el viejo abuelo hizo
bautizar Manuela Justina.
Lo tengo presente a mi abuelo Manuel. Un criollo viejo no achacoso, de semi
melena blanca y bigote amostachado, también blanco. Hablaba siempre tranquilo, pero tenía un modo muy particular de no separar las palabras. Cuando
llegaba a casa de visita su saludo era siempre un “Cómolevaijo”, que quería
decir “¿Cómo le va, hijo?”. Ese modo de hablar nos causaba mucha gracia a
mi hermano y a mí, del mismo modo que nos reíamos, a escondidas, cuando
advertíamos que si se le ofrecía queso fresco para picar, lo comía con cáscara
y todo.
Nunca supe cuántos años tenía ese abuelo que trabajaba de cochero de plaza
y amaba a su mateo que mantenía siempre impecablemente limpio. En esos
años nuestra ciudad tenía muchas calles adoquinadas y ese carruaje de mi
abuelo tenía enllantado de acero, lo que lo hacía ruidoso sobre la piedra que
transitaba, razón por la cual su anhelo-objetivo era tener algún día un coche
enllantado en goma, que lo hacía silencioso y más muelle. Lo logró y lo disfrutó
136
137
hasta ese momento en que, alrededor de los 70 de edad murió serenamente.
En esa instancia, yo estaba bajo bandera cumpliendo mi servicio militar y me
escribió mi padre dándome la noticia de su muerte. Me dolió. Sólo eso, pero
dejó rastro indeleble.
sentimientos y en ese modo de ser respetuoso que aprendí del respeto que
mi padre y sus hermanos le profesaron siempre a ese querido Manuel, el más
Manuel de los Oliva. Mi abuelo.
De ese abuelo, tanto como de mi padre y mis tíos aprendí lo que es el respeto
cariñoso por una persona. Porque eran tiempos de un “usted” riguroso en la
relación padre-hijo en esa generación, distinto en las formas con el trato entre
mi hermano y yo respecto de mi padre, que era -para nosotros- el viejo y así
lo llamábamos y así él nos lo permitía. Solían darse ocasiones en que llegaban
a nuestra casa, separadamente, mi abuelo Manuel y uno o a veces dos de sus
hijos, nuestros tíos, quienes nunca tutearon al abuelo y nunca encendieron un
cigarrillo en su presencia. Nadie se lo prohibía. Pero era el respeto, el cariño por
esa persona casi anciana –que no fumaba- lo que constituyó el ejemplo que
me caló profundo. Yo y mi hermano tuteábamos a papá, pero jamás di una
pitada a mi pucho cuando me encontraba con él –que tampoco fumaba- de
visita o en la calle, como solía ocurrir ya en mis tiempos de jefe de mi propia
familia.
Todo venía de arriba para abajo en la relación con aquel hombre mayor que
fue mi abuelo, a quien recuerdo siempre y tengo la suerte de verlo como era:
vivo, activo, enhiesto, cariñoso y, por fuerza de la evolución después de tantos
años, pintoresco en su presencia, en su modo de hablar, en su tranquila felicidad que se le brotaba cada vez que hablaba de su trabajo, de su coche, de
sus caballos y de sus clientes, en especial de esas dos maestras que lo habían
contratado para llevarlas y regresarlas desde sus domicilios a la escuela de las
afueras de la ciudad, todos los días de clase. Vivía en una dependencia anexa a
ese establecimiento. Ahí íbamos de visita y nos deleitábamos con sus “peras de
agua” maduras y sabrosas que arrancábamos de las plantas, o de aquellas otras
que él nos recomendaba porque eran las “peras de Navidad”, que sazonaba
para la fecha.
Es bueno este ejercicio de recuerdo, mas a esta altura de mi vida cuando la
memoria difumina no pocos aspectos gratos, ejemplares y preciosos de la relación en la familia y el aprendizaje que he aprovechado a raudales. Sí, tengo
91 años. Nací en 1922 y mi abuelo murió en 1943; pero está presente en mis
138
139
Un día de camping
Pero me repuse pensando en lo lindo que fue cuando yo comencé. Era una
mañana tranquila, soleada, daba gusto estar en la orilla del río.
Héctor Francisco García
Lo esperado estaba por llegar a su fin: una de las cañas tenía un pique.
Ahora venía lo mejor, ¿cómo sacarlo?
El respeto pienso que comienza en los padres. Porque yo lo tuve para con mis
abuelos.
Hoy tengo tres nietos, de los cuales no me puedo quejar porque mis hijas siguen el mismo camino para con sus hijos.
De mi hija mayor tengo la parejita: Federico, de 14, y Luciana, de 11.
Primero tuve que contenerlos. Luego pude ayudarlos a sacar el tan preciado
pez. La afortunada fue Luly. Había sacado su primer pez, era una boguita.
Para ellos, un pescado enorme, entre nosotros: de mediano para abajo.
Mientras le sacaba con cuidado el anzuelo les dije: “¡Este pescado no va a alcanzar para el almuerzo!”.
De mi hija menor tengo a Anita, de 6.
Por eso quiero inculcar en ellos todo lo bueno para que no se olviden del amor
y el respeto.
Un día de camping
Una vez tuve la oportunidad de tenerlos juntos a los tres y se me ocurrió llevarlos a pescar.
Los tres se miraron, yo los miraba de reojo. Con sus miradas dijeron todo (¡No!)
y de común acuerdo: “Dejémoslo en el río, que crezca”. Yo pienso que en ese
pez se reflejó el amor al prójimo y el respeto al medio ambiente.
Y después dijeron: “¡Si tenemos sándwiches de mila y gaseosa!”. Cargaron al
hombro sus cañas y marchamos al campamento pensando en revancha para
Fede y Anita, que no habían tenido suerte en la pesca.
Después pensé “¡En qué lío me metí!”, pero ya estaba hecho. Y recordé que mi
abuelo también me había llevado a pescar.
Y así empezó el baile. No me alcanzaban las manos para prepararles las cañas;
cuando terminaba con uno al otro se le enredaba la tanza o al otro le comían
la carnada y así sucesivamente. Lo de siempre.
Les faltaba lo principal del pescador: la paciencia, que se obtiene con el tiempo.
Me parece que el que la estaba perdiendo era yo… ja ja. (¿O ganando?).
140
141
Una mañana con la abuela
El nieto pensó un momento.
-¡A las escondidas Nona!
Daniel B. Silva Molina
-¿En la cama?
Domingo, ocho y media de la mañana. Joaquín en cuanto se despertó, se pasó
a la cama con la abuela. El abuelo estaba preparando el mate y hojeando el
diario.
-¡Sí!
Cuando Joaquín se pasaba de cama, lo hacía dormido, y buscaba el cuerpo de
alguno de los abuelos, se arrimaba, y aprovechaba el calorcito, y seguía dormitando, hasta que la fisiología hacía su parte. Pis y se volvía con la abue o el
abue, ya más despierto, Se desperezaba, y restregándose sus ojitos observaba
sus posibilidades.
-Y ¡yo!
-¿Y quién se esconde? –preguntó la abuela sin lógica.
-¡Dale!
En ese momento el abuelo estaba por entrar en la habitación con el termo, el
mate y el diario, cuando un gesto urgente de Mary, lo detuvo. Ahí se quedó.
Primero, lo social:
-Hola abue -ésta, haciéndose la dormida, daba vuelta en el lecho, se ponía de
frente a él, abría descuidadamente sus brazos, y el “negrito”, se metía dentro de
la abuela.
Silencio. Como si recién se despertara, la abuela lo acercaba a su regazo, lo
abrazaba, lo sacudía como para despertarlo, y -le decía - Hola ¿Dormiste bien
Joaqui?.
Joaquín buscaba donde meterse, y sólo atinó a hacerlo debajo de la sábana, la
que perfilaba todo su físico y la colita había quedado al descubierto.
-¡Ya estoy abuela!
¡Cuánta inocencia, cuanta dulzura!
–Si abue.
-¿Tuviste frío?
–Si no hace frío –respondió el niño con lógica. Y bué. Hay que ir armando una
conversación.
-¿Querés jugar abue?
-¿A qué querido?
142
143
Universo cúbico
“Bueno, andáte… No sabés lo que te perdés….
“Chau…mañana te veo.”
Virginia Albertina Molinari
Bahía Blanca, Buenos Aires
“¿Cómo estás, mi viejita hermosa?... A ver, a ver, si acomodamos estos rulitos…”
“Nena… no te escucha… vos sabés…”
La mirada incrustada en las flamas de los estereotipados leños refractarios y el
leve rumor del vaivén, ritmo milenario, adelante – atrás, adelante – atrás, adelante – atrás… sólo mirada y soledad en cada pliegue, trazo fino e indeleble del
tiempo, en el compás armónico, incansable, casi eterno, sin fin; sólo la mirada
existía, era un latir vivaz, un destello inagotable, una palabra tras otra en medio
del silencio, todo un pensamiento coordinable…
Así día tras día, el rito devocional se cumplía: los leños ardiendo simétricamente, el tric – trac rítmico, incesante… y la mirada, comunión con la flama,
punto tangencial entre existir y dejar de hacerlo, único indicio de vida en el
rostro inexpresivo, en la inmovilidad de los miembros, en todo el esteticismo
del cuerpo inerte de voluntad y no de enfermedad. La mirada, casi eternidad
en círculo diario, radio vector generador de cada arco de unión entre el hoy,
mustia hoja de un otoño inexorable, donde la nevisca de los olvidos es un
silbo constante en la pesadumbre de la desgastada memoria, consumida de
dolores, de tristezas, de batallas no ganadas, de guerra totalmente perdidas y
el ayer, alegre y multicolor pétalo, ardiente néctar y aroma primaveral, donde
las brisas no eran siquiera presagio de devastadores huracanes en los que el
devenir sucumbiría arrastrado por un maremoto de errores, maledicencia y
una imbatible y fría soledad, con ausencia de caricias o un beso o una palabra
redentora de todas las culpas, de todas las equivocaciones…
“¡¡ Dale, no vayás!! La vamos a pasar bárbaro en lo de Maru…”
“No, tengo que ir,…me espera…”
“¡¡Estás loca!!… Si ni sabe que vas…”
“Sabe que voy… Sabe todo… Sabe que mamá ya no está…”
144
“Si… todo lo que me quieran decir, pero está acá conmigo… Vos sí que no
parecés estar preparada para esto…”
“Y bue…”
“¿No ves cómo se le iluminan los ojos cuando la abrazo? … Andáte, salí de
acá… Dejáme sola con ella. Si te necesito te llamo…”
“Abu… mirá lo que te traje ¿Te acordás? ¡¡¡Qué bien lo pasamos en la playa!!!
Miráte con esa hermosa frazadita de arena que te hice…. Y acá, eras mi estatua en tu pedestal de arena… (Susurrando al oído)… Claro que te acordás…
¡¡¡Ah!!! Cómo quisiera que me contaras esas historias de cuando eras chica…
Bueno, sabes que me tengo que ir… Pero vengo mañana… y me contás de
cuando te perdiste en el parque con tus hermanos, ¿Si?... ¡¡¡Ah!!! Y ni se te ocurra
desaparecer… mira que ya no puedo creerte ese cuento chino… ¿Soy grande
no?.... Dale… dame un besote… Ahora que no soy arisca no me besas… Chau,
mi hermosa viejita…”
“Abuela, es hora de descansar. Así que nos vamos a la cama”.
Abuela, con ese tono desahuciante, dirigiéndose al rezago de la vida, a lo inerme, yermo, totalmente inútil… y los leños apagándose, manteniendo la incandescencia y el agradable calor, pero la flama perecida tragándose la mirada…
entonces sólo un rostro inexpresivo, ciego de luz, de color, de existir…
La oscuridad entibiada de radiadores, sábanas extremadamente limpias de
desinfectantes, empecinadamente ásperas para la piel senil y decididamente frías, casi como el lecho mortuorio; la mirada vagabunda en medio de la
145
umbría habitación, único destello encendido, hilo de plata para volar hacia
la luz… Luz de niñez endulzada de duros caramelos de leche, de amorosos
muñecos con corazón de estopa y rostro de porcelana, de rodillas heridas y
triciclos veloces, claridad de blanco guardapolvo, de letras temblorosas en una
esquina del negro corazón de un aula lejana, risas y temores como cuando se
perdieron los cuatro en el parque y ella, la mayor, con todo el miedo junto en
su alma los tomó de la mano muy, pero muy fuerte y los llevó hasta donde
estaban los micrófonos e hizo llamar a los papis…
“No podés pasar… ¡¡¡Guardia!!!.... Deténgala…”
Abrió la puerta intempestivamente…
“Abuela… acá estoy… contáme la historia…”
La luz inundando el universo cúbico. La sorpresa en el rostro juvenil… Y… un
montón de pliegues en el lecho…
Y sintió que estaba transitando hacia la melancólica diafanidad de ese tiempo
de adolecer… , descubriendo día a día el arduo paso por la senda circular de
la crónica visceral, hacia la deliciosa aventura de navegar mares a veces tormentosos, otros, apacibles, mares profundos, donde crecer la madurez, donde
soñar, callar, aguardar, donde ser…
Mirada, vivencia totalizadora en este tiempo de estar y casi haber dejado de
ser; apenas humo ligero deslizándose entre le presente y el pasado, apenas
con levedad sobre todas las sendas desandadas y el retornar de eses leve tránsito, ser ingravidez en si misma…
Mirada y sonido, conjunción de todos los sones perdidos, no, sólo flotando en
la vaciedad de ese tiempo de silencio, tiempo monologal donde la palabra, la
única, la del primer balbuceo, la del primer te quiero, la del ruego y el grito, la
del “quiero no estar” era sólo eso “palabra”…
Palabra diciendo sol-vida, nube-tristeza, ternura, hijos, lluvia, congoja, milagro,
nietos, noche, soledad eterna…
Palabra silenciosa y mirada vivencial en el universo cúbico de sus vigilias.
“¡¡¡Déjeme pasar…!!!”
“Pero a esta hora no. Todos descansan…”
“No, ella no… Me llamó… quiere…”
146
147
Vas a ir a pescar... Pero...
un poco satélites que giramos alrededor de sus gustos, caprichos y “encantos”.
Aldo Perasso
Es una linda tarde de marzo y voy a aprovechar a ir a ver a mi hija Alicia, de paso
aprovecho a caminar un poco, bueno… mucho no voy a caminar porque vive
a cuatro cuadras de casa… ¡¡¡Já já já!!!
Soy abuelo, mi hija Alicia y su marido José tienen dos hijos, una nena y un
nene; Milagros de once años y Joaquín de cuatro añitos, el dueño de todas
nuestras expectativas, satisfacciones y… preocupaciones.
Milagritos, mi nieta y ahijada, ya juega a ser “grande y superada”, pero es tan
inocente, como toda niña inocente, no importa lo que sepa o se imagine que
sabe; muy inteligente (es abanderada en su escuela ) por esas cosas difíciles de
hallarles explicación sus mensajes del ”celu” o “face” son imposibles de descifrar
para los “no iniciados”; principalmente la ortografía ha sido declarada “materia
no grata” en esa “zona liberada” a la imaginación, a la creación de nuevas palabras o al simple amontonamiento de letras y signos… já já já.
Bueno, tampoco es un invento de esta generación, aunque están dando un
paso gigantesco para “mejorarlo”.
Cuando yo era chico, sí, claro que fui chico… Allá, en mi querido y jamás olvidado Entre Ríos, en Victoria, para más datos, los gurises también hablábamos
y nos entendíamos con nuestras propias palabras y no nos preocupaba si existían o no; no nos olvidemos del lunfardo, jeringoso, etc.
Debo aclarar que vivo en la provincia de Buenos Aires, cómodo, contento, pero
la nostalgia siempre me toca el hombro y las ganas de volver a vivir en mi pago
me suele entristecer la mirada; pero dejemos estas cosas y voy a seguir con lo
que estaba contando.
Ahh… si, Joaquín… llegó a nuestras vidas hace cuatro años y hoy todos somos
148
Nunca termino de asombrarme de la inteligencia y picardía que nos muestran,
apenas nacidos, los bebes. No tengo duda que la humanidad está evolucionando aceleradamente y Joaquín trajo al nacer una porción extra y con esto ha
comprado nuestra “devoción y benevolencia” hacia todo lo que hace.
De todos… menos de su hermanita Milagros, ella lleva una lista muy detallada
y actualizada al minuto de todas las picardías reales o inventadas de su querido
hermanito. Yo entiendo a mi ahijada, hasta que llego Joaquín todos los privilegios, mimos y caprichitos, todo era de ella y para ella.
Por supuesto que nadie la ha dejado de lado, al contrario, se la cuida y quiere,
mucho, es un pimpollito abriéndose a la vida, pero existe algo que se llama:
celos, celos, celos.
No es que no lo quiera, lo quiere, mucho, pero cierta “competencia” no le gusta
nada. Por eso siempre está atenta y cuando llega la ocasión saca a relucir todo
lo mal que se porta “Él” exagerando y dramatizando todo, claro, y haciendo
hincapié: “Estas cosas no pasaban antes que llegara él”. Y así sigue, hasta que el
padre o la madre cambian de dirección la “rendición de cuentas “y empiezan a
recordarle cuestiones pendientes sobre: contestación, oídos sordos, quien es
ese amiguito del celu, etc. Y ahí sí, la ahijadita sabe que ha llegado el momento
de cerrar el “pico”. Já já já.
A pesar de todo esto y como dije anteriormente, lo quiere muchísimo y esto
sale a luz si alguien se pasa con los retos o le niega algo que le provoque un
amague de llantos, al primer “pucherito” le salta la “térmica” y se va a enfrentar
a la madre, al padre, a quien sea, defendiéndolo. Y ahí invierte todos sus argumentos, del: “Antes no pasaba esto” pasa a decir: “¿Y para qué lo trajeron si le
molesta todo lo que hace?”
Y no termina más, ni con la amenaza de la madre: “Termínala, Mili, termínala,
porque si no te quito el celular…”.Nada, sigue con la suya hasta que la gana o
termina llorisqueando abrazada al hermano. Esta es Milagritos, un ángel. Multifacético, eso sí.
149
Y de mi hija Alicia: ¿qué puedo decir de mi hija Alicia?
de acuerdo a normas y leyes, claro.
Mi hija fue el sueño hecho realidad de tener una nena en nuestra casa. En ese
entonces mi mayor deseo era que siempre tuviera ocho años, o nueve, no más,
para que siempre fuera mi nenita (que loco, verdad) no pudo ser y hoy es una
hermosa mujer, brava cuando tiene que ser brava y cariñosa todo el tiempo.
Pero un instinto (ancestral, ¿tal vez?) me dice que mi tarea ahora, es mediar
en los conflictos padres-hijos, aprovechándome, claro, del amor y respeto que
me tienen. Y con esto consigo, muchas veces que los castigos, sanciones, penitencias o como quieran llamarlas, sean más leves o que directamente no se
apliquen.
Casada con José, “culpable” de que yo viva solo en mi casa, mi señora se me fue
un día, para allá, para arriba, demasiado pronto, sin previo aviso, sin conocer
sus nietos, pero sigue estando presente en el recuerdo, en el: “Mira si mamá lo
viera”, por algo que sus nietos hacen bien y que nos pone contentos y orgullosos.
Bueno, se casó, tiene su propia casa y me conformo pensando lo que piensan casi todos los padres: no perdí una hija, gane un hijo… Lástima que no lo
“gane” más chiquito porque me iba a dar el gusto de “educarlo” a mi modo, a
la antigua. Já já já.
Soy afortunado al tener la familia que tengo, pero creo que, salvo el amor que
todos los días de mi vida siento por mi hija y algún consejo que puedo darle,
mi “misión” como padre es más de espectador que de protagonista y así debe
ser. Pero una nueva “tarea” llego a mi vida: ser abuelo; y ser abuelo significa
estar en un delicado equilibrio entre los padres y los nietos. Los abuelos queremos a nuestros nietos como queremos a nuestros hijos, ni más ni menos, ni
mejor, distinto, porque ya no tenemos la presión de educarlos, ponerles límites
y eventualmente tener que “disciplinarlos” y entonces, liberado de esas responsabilidades, hacemos lo que nos reprochan: malcriarlos y apañarlos, exageran,
siempre exageran, já já já.
Claro que cuando digo abuelo, también estoy diciendo abuela y las abuelas,
por ser mujeres y madres, tienen un plus de ternura y comprensión con el que
“envuelven” y protegen a sus nuevos “hijos”.
Yo, como abuelo, jamás voy a cuestionar a los padres por las decisiones que
tomen con sus hijos, sobre el tema que sea, educación, deportes, religión, etc.
Los padres y solo los padres tienen la potestad para decidir sobre esto, siempre
150
Claro que corro el riesgo que mi hija saque a relucir cosas que pasaron en su
infancia. Y tener que escuchar palabras como: “Ah… claro, a él (o a ella) si lo
defendés, pero cuando yo lo hacía, y por mucho menos, capaz que ligaba un
coscorrón. ¡¡¡Qué exagerada mi hija!!! Ahora se a quien sale mi ahijadita. ¡Coscorrones! ¿Cuándo? … Yo no me acuerdo… já ja já.
Caminando y pensando estoy llegando (me salió un verso). Me olvide de decirles que me llamo Aldo, pero en mi familia perdí el nombre y me bautizaron:
Tata, já já já.
Aparte de visitarlos vengo a decirles que el domingo los espero en casa para
comer un asadito. Este domingo quiero pasarlo en casa, no tengo ganas de
salir a ningún lado y qué mejor que pasarlo con la familia. ¿Verdad?
Ahora sí, ya llegué, espero que ya haya traído a mi nietito del jardín de infantes.
Oh, oh… sí que llegó, ya escucho su voz y por el tono (y volumen) me parece
que mi pequeño Joaquín está rindiendo cuentas de algo que no tendría que
haber hecho.
Apenas me vio mi hija me recibió con un: “Ah, hola papi, menos mal que viniste, vení, vení, vos que tanto defendés a tu nieto, pregúntale que hizo hoy en el
jardín el señorito.”
Ahí es donde mi ahijada mete su cuchara: “Siii, tata, pregúntale a tu querido
nieto lo que hizo…” y deja abierto un suspenso para que yo empiece a imaginar qué ‘atrocidades’ pudo haber cometido.
151
Los ojos de mi nieta y mi hija están fijos en mí esperando que empiece a preguntarle a Joaquín, con toda la severidad posible. Eso les agradaría. ¡Cómo las
conozco! Já já já.
Igual no me doy por enterado y pregunto con un tono lo más inocente posible, y digo: “¿Qué hizo este angelito de Dios?”Para qué pregunté así. Mi ahijadita me quería comer con la mirada y mi hija con los ojos desorbitados, tartamudeaba: “Este angelito, este angelito, le contestó mal, muy mal a la seño…”
Se hace un silencio momentáneo mientras pienso a toda máquina y evito un
probable tirón de orejas al acusado. Ahora sí estoy serio y preocupado.
“¿Qué pasó?”, pregunto, y casi tengo miedo de saberlo. “La seño le dijo que
se quedara quieto y callado y tu nietito le contestó que ella no era la madre
para retarlo, que no iba a hacerle caso y le dijo una “mala palabra”. Se adelantó
Milagritos a contarme, noté que tenía ganas de decirme que mala palabra dijo
Joaquín, pero la madre la miró mal y ahí se acabo la cosa.
Sin darme cuenta me encontré pensando cuando yo iba a la escuela ¡¡¡Síiii!!
Ya sé que se necesita mucha memoria para eso, pero tampoco hace tanto
tiempo. (¿O sí?)
pero mi hija saltó como leche hervida.
“Síii, vas a hacer eso y prepárate para cuando lo sepa tu padre, ahora está trabajando pero ya va a venir, también olvídate de que vas a ir el sábado al cumple de tu primito Sebas, así vas a aprender a hacer caso y portarte bien.” No
terminó de decir esto que empezó un concierto de lloros, gritos, retos… Y mi
ahijadita que empezó a protestar porque no le gustó este ultimo castigo.
Siento que Joaquín me tironea el pantalón, lo miro y tiene los ojitos llenos
de lágrimas y me dice: “Tata, Tata, decíle que me deje ir, me voy a portar bien
Tataaa…”
En medio de todo esto estoy yo, el abuelo, pensando ¿Qué hago? No le puedo
pedir a mi hija que levante el castigo, la conozco y sé cuando quiere, y espera,
que interceda para que levante o aliviane alguna penitencia y aunque diga lo
contrario se que le gusta que intervenga.
Esta vuelta no es así y yo tampoco quiero hacerlo, así que, como dando por
terminado este asunto, digo, cambiando de conversación: “¿Sabés que el domingo me voy a pescar? No alcanzo a decirlo y Joaquín se me cuelga de los
brazos: “Lleváme Tata, lleváme a pescar. Mami, mami ¿me dejas ir, me dejas ir?”
Me acuerdo de mis maestras con nombre y apellido y no es extraño porque se
nos enseñaba que las maestras eran nuestras segundas madres y así las queríamos y respetábamos ¡¡¡Cómo no me voy a acordar de mis segundas madres!!!
“¡¡¡Nooo!!! Estás castigado. ¡¡¡Te dije y no vas a ningún lado!!!
Vuelvo a concentrarme en lo que está pasando y miro a Joaquín, que con su
carita compungida me mira como si yo pudiera liberarlo de lo que sabe que va
a pasar; porque mi hija está realmente enojada y decidida a no dejar pasar esto
sin su correspondiente castigo.
“No señor, no va, está castigado…”
Le digo a Joaquín, mirando de reojo a su madre: “Mañana tenés que decirle a
la seño que te perdone y que nunca más le vas a contestar así, ¿de acuerdo,
amigo?”
Ahí titubea (y yo sonrío para mis adentros)
Se le llenaron los ojos de alegría pensando que eso iba a ser todo el castigo,
“Ali, pero el cumple es el sábado y yo voy a pescar el domingo…”
152
“Mami, mami… Tata, Tata… ¿me llevás?”
“Ali (le digo como si no entendiera algo) ¿No era que no lo dejabas ir al cumple?”
“Sí, claro que no va al cumple y si no va al cumple tampoco va a pescar.”
153
Me mira, y su mirada va cambiando del enojo al cariño.
Vínculos entre abuelos y nietos
“Ay… papi… papi, vos siempre igual… siempre igual…”
Elda Vernieri
Se agachó, tomó a Joaquín de los hombros y con una voz que quiere ser recia,
severa, pero que no le sale porque la ternura ya le ganó, le dice: “Esta bien, está
bien… vas a ir a pescar…pero… más vale que… ¡¡¡escucháme, escuchámeee!!!
De mi infancia, lo mejor que me pasó fue el vínculo entre él y yo, mi abuelo
Floreano.
¡¡¡Pero ya todo es alegría!!!
Era quien me mandaba a buscar, y al llegar corría hacia donde él estaba.
Y el asadito y lo de: ¿el domingo no quiero salir a ningún lado? ¿Dónde está? ¡¡¡
Bien, gracias!!! Já já já…
Observaba todo lo que hacía, que no era poco ya que todo le servía, y preguntaba con avidez todo lo que no entendía, con la paciencia de abuelo explicaba
para que lo entienda. Así este vínculo fue creciendo sabiendo yo lo que él
necesitaba y entendiendo lo que a mí me gustaba.
Lo esperaba en la puerta cuando volvía de su trabajo y corría hasta alcanzarlo
al verlo.
Tomaba su café que la abuela le servía, pero ella decía que era muy chica para
tomar café, él volcaba de su taza un poco en el platito y me dejaba tomarlo, así
con poco me conformaba y ¡yo feliz!
Sabía yo que él iría a regar la quinta así le preparaba la pileta llena de agua,
colocaba él una canaleta en la salida de agua, destapaba la pileta y el riego
iba directamente al surco de los tomates, ya que según decía si se mojaban se
enfermaba la planta, ese ingenio me fascinaba. Lo admiraba porque con poco
hacía cosas útiles o hermosas.
En casa aún tengo un macetero que hizo y lo adornó con pedacitos de azulejos que se rompían y guardaba. Quizás heredé algo de eso ya que todo me
sirve y puedo reciclar muchas cosas. ¡Gracias al abuelo! Qué ricos eran esos tomates rosados, y la lechuga francesa. ¡Ni qué hablar de las brevas de los higos!
“Ésos son para la nena”, decía y era así.
Son pequeñas cosas, quizás, pero qué importantes fueron para mí.
154
155
Te quiero abuelo y hoy te agradezco más que nunca que hayas intervenido
cuando mis padres no querían dejarme terminar el sexto grado y por vos me
dejaron.
Tampoco me olvido de la enorme torta que me hiciste cuando cumplí quince
años. ¡Te quiero igual que entonces, Abuelo!
Hoy, en la vejez, fueron los nietos lo mejor que nos pasó a mi marido y a mí.
prestan atención.
Con ellos hoy seguimos jugando tejo, cartas, juegos de mesa. Cuando Martín
puede se llega a cenar con nosotros.
El abrazo y el beso que me dan cuando se van me hacen sentir mimada por
ellos. El vínculo es muy fuerte y entre nosotros el “te roquie chomu” es algo
especial.
Cuando nació Martín, el 21 de septiembre de 1993, entendí aún más lo que el
abuelo sentía por mí.
Hoy los tiempos son diferentes, las costumbres distintas. Antes de los dos años
ya los mandan a “salita”.
Pero a él, igual que a Julián, les dediqué todo mi tiempo cuando venían.
Todo podía esperar, ese día era dedicado a ellos, las comidas y los postres preferidos ya estaban preparados.
Lo demás era jugar, contar cuentos, enseñarles poseías y canciones y disfrutar
el jardín.
Les encantaba sacar las ciruelas del árbol, que comían encantados.
Cuando cada uno en su momento hizo el primer viaje del secundario, con profesores y compañeros, me acariciaron el alma, ya que se acordaron trayéndonos una atención para nosotros, los abuelos, y no es por el regalo en sí mismo
sino que en esa edad en que todo es diversión, se acordaran, me emocionó.
Con el abuelo tienen un vínculo muy estrecho con el fútbol y sufren por el
mismo equipo.
Conmigo comparten temas políticos y de estudio.
Los dos me acompañan con las cosas que yo hago, artesanías, dibujos, me
156
157
Quiero darte las gracias
Abuelitas Otilia y Lola
Laura Silvina Liewiski
Buenos Aires
Abuelita Otilia siempre me diste tu cariño. Me bañabas de chiquita y preparabas frazada y sábana sobre la mesa, para pasar la plancha calentita y que sienta
el calor cuando me sentabas para vestirme. Gracias por tus viajes a casa para
cuidarnos, tu dedicación incondicional. Siempre necesitabas dar algo, aún
cuando no tenías algo material; recuerdo que desesperada para que me lleve
algo de tus manos me pusiste un jaboncito para que me lleve a casa.
Te moriste en mis brazos. Me cuidaste y te cuidé hasta el último momento. Un
amor seguro e incondicional. Me diste hasta tu último aliento. ¡¡¡Uf!!!, cuánta
emoción me embarga sentir aún tu sonrisa y tus ojitos tiernos llenos de compasión y paciencia, a prueba de todo y de todos. Gracias Abu.
¡¡¡Lolita querida, cuánta entrega para tus nietos primeros!!! En el patio de tu
casa, en verano, sentada en una silla, en malla, dejabas que te laváramos la
cabeza con la manguera y después te peinábamos y jugábamos a cortarte el
pelo. Con vos sentimos la importancia de estudiar, cuidar la vista y los dientes,
jugar con imaginación; escuchar asombrados tus cuentos y compartir tus láminas para la escuela.
Recuerdo tu aroma característico a pastillas DRF, sabor a mentol.
Siempre impecable, perfumada y atenta a todo cambio que se asomaba al
crecer. Te extraño Lolita, siempre preparabas la comida y con tu hijo Mario, mi
tío, ponías folklore para bailar y cada ritmo era ensayado para participar en los
actos. Con tu hijo Roberto, mi otro tío, delegabas las salidas al club, la pileta, los
deportes; pero siempre presente en avanzar, en las vacaciones y en las responsabilidades, en los cumpleaños y en la salud. Gracias Lolita.
161
Abuelos mágicos, abuelos ausencia
rostro la más bella sonrisa.
Yamila Melisa Valeria Ruppel
Bahía Blanca
Abuelos es tanta la ternura que me invade al recordarlos que no puedo evitar
conmoverme. Es así como de repente se asoman recuerdos de quince años
atrás, cuando a mis cinco años, mis besos pegoteados de caramelos les robaban mimos a los abus, mis ruegos por aquellos paseos prometidos, nuestros
juegos, las canciones, los cuentos para lograr que tenga un dulce sueño, las
manos tibias de la abuela y el olor a pipa del abuelo son momentos que no se
olvidan.
Abuelos defensores de retos de mamá y papá, compinches en la hora de la
siesta, abrazos inmensos que alejaban el miedo de la noche, y mi infancia revolcándose en esa alegría.
Abuelos, más que abuelos, compañeros de momentos imborrables, ese amigo, esa amiga que me dio la vida naturalmente y los volvería a elegir en muchas vidas más.
Abuelos los recuerdo en ese campo, esas caminatas, en que me hacían conocer el mundo en mi niñez a través de sus palabras, los lugares que recorríamos
que son inolvidables y esas historias que permanentemente recordaré, que se
quedaron en mi memoria y me hicieron crecer.
Un día me dijeron que ya no estarían y todo fue dolor, dolor en el que me enojé al saber que ya no los vería más, mis pocos años no entendían de muerte.
Sin embargo crecí y guarde en un lugar los recuerdos abrigados con el calorcito de mi infancia. Y aprendí a cambiar lágrimas por sonrisas, a encontrarlos en
los gestos de mamá y papá.
Ahora sé que los recuerdos son momentos mágicos, tengo cada uno de los
momentos e inmortalizarlos para que siempre al acordarme me saque de mi
162
Basta sólo recordarlos para saber lo que es el amor puro, verdadero y sin pedir
nada a cambio, solo tenerlos en la memoria eternamente para seguir el día
con alegría.
Y saber que los recuerdos fortalecen día a día, mantienen vivo el corazón, hacen alegrar el día de quien los tenga, en las noches más frías de las soledades,
es un abrazo cálido al alma y apaga la soledad, mantener vivos los recuerdos
a cada instante, como así también encienden la llama de la vida, del alma y de
la paz.
Mantener vivos los recuerdos es una forma de que el amor hacia esas personas
que se fueron siga latente y presente en nuestros corazones.
Dispersa ante un manojo de recuerdos, temiendo llegar a mi día final y dormirme como ustedes para siempre, sin haber concretado los sueños, sin haber
amado lo suficiente. Pero sabiendo que este temor es casi una ofensa a sus
recuerdos, me desdigo cada día y no lo vivo como si fuera el último, sino como
el primero, y cada tanto sigo visitando los rostros en sus fotografías, en donde
estos se dibujan perfectos y felices.
Me reencuentro todos los días como una cita inaudible con sus fotografías,
que sin razón alguna se fueron a buscar su libertad y su paz por caminos lamentablemente sin regreso, su final les llegó demasiado pronto, quizás su vida
era allá, o alguien los quiso a su lado demasiado pronto.
Con el aliento entrecortado y apretando los dientes, trato de traerlos a este
presente. Entonces susurrando bajito, para que no crean que estoy loca, pronuncio las palabras mágicas que llegan, estoy segura, a sus oídos de viento
y estrellas: ¡Los quiero y los amo!, nunca los olvidaré. Y en respuesta me llega
un suspiro del cielo que me dice que hoy los soñaré y guardaré los recuerdos,
los sueños bajo mi almohada, para mañana volverlos a soñar, despertar con
fortaleza para seguir caminando esta vida y cuando me llegue mi hora nos
volveremos a ver.
163
Desde allá nos iluminan los pasos, acompañándonos día a día con sus lindos
recuerdos que dejaron aquí en el alma, la mente y en el corazón de todos
nosotros para poder llevar estas ausencias con la cabeza en alto y poder decir
con orgullo que fue un placer encontrarnos en esta vida y cuando alguien lo
disponga nos volvamos a encontrar en un mismo cielo.
El cielo eterno donde se juntan todas las personas buenas, transparentes y con
mucha luz para poder seguir guiando a las almas de luz que quedaron aquí
abajo, en la tierra.
Aquí estoy entre la tierra y el cielo aprendiendo a apreciar los recuerdos con
alegría, esa alegría que teníamos cuando estábamos juntos, que se quedaron
aquí, en mí y en el susurro de las noches que me dice en mis sueños que ustedes nunca se fueron, que siguen a mi lado y esos recuerdos también están en
cada parte de sus almas, de su espíritu y de su ser.
Recuerdos son solos los que queda de ustedes, sobrevivimos recordando los
buenos momentos vividos. Recuerdos de lindos momentos que jamás volverán, únicos e irrepetibles, que no estarán presentes pero sí están en el interior
de cada uno de nosotros.
¡Nunca olvidemos y respetemos a esas personas eternas!
Compartir
Liliana Miriam García
Buenos Aires
Que maravillosa idea recordar a los abuelos cuando se tiene edad para querer
ser uno de ellos, cómo se valora a la distancia el tiempo compartido con esos
viejitos divinos que nos enseñaron a vivir desde el amor. La imagen más maravillosa de mi niñez corresponde a mis abuelos, domingo de invierno afuera
lluvia, frio, viento bahiense ese que te traspasa, la nena no quiere dormir la
siesta, ¿adónde va? a tomar la leche de la abuela, es fin de mes así que no hay
para comprar masitas, la abuela se inventa unas con los fideítos amasados que
le sobraron del mediodía los hace rosquita, los fríe y le pone miel, el abuelo le
agrega kerosén al Bram Metal, preparamos un chocolate espeso y ahí los tres
solitos compartimos el momento más hermoso, el que todavía me empaña
los ojos, ese que quiero volver a vivir, ese que deseo compartir con mis nietitos. Gracias por existir en mi corazón, gracias por mostrarme que no importa
donde estas, ni si sos rico o pobre, solo importa con quien estas y como se da
el amor, así desinteresado, así sin esperar nada a cambio, así como lo dan los
abuelos.
Entonces ¿cómo se superan las pérdidas? Sencillamente mediante recuerdos,
respeto y amor que son todo para mí.
Gracias eternas a ellos, porque caminamos seguros acá en la tierra, porque
sabemos que nos observan y nos cuidan con todo el amor que son, fueron y
serán por siempre.
164
165
Ese perfume de libertad
Esperando a Papá Noel
Luis Adolfo Dominguez
Patricia Gabriela Parodi
José C. Paz, Buenos Aires
Era un templado domingo de otoño y me hallaba caminando por las calles
de mi pueblo, después del almuerzo y antes del fútbol, ritual de ese día de la
semana. Llegué a la plaza y miré el reloj que me indicaba que contaba con el
tiempo suficiente como para llegar a casa e instalarme frente a la tele para ver
a mi equipo.
24 de diciembre de 1974. Tenía apenas cinco añitos. Sentados en el patio con
mi abuelo Ezequiel, esperábamos la cena y yo muy ansiosa a Papá Noel.
- ¿Cuándo llega? ¿Por dónde viene? ¿Falta mucho?
Tranquilo, seguí mi caminata y mis pasos me llevaron, de manera inconsciente,
a mi viejo barrio. Todo estaba bastante cambiado, sin embargo algunos lugares
me recordaron a mi infancia. Esa sana etapa de mi vida llena de juegos y risas.
Así, entre todas las imágenes que vinieron a mi mente, apareció el recuerdo
de mi abuelo Luis. Su cara redonda y morena, su cabello entrecano y su mano
apretando la mía.
Mi abuelo me tomó del hombro y señaló el cielo.
Claro, ya no está el potrero donde nos divertíamos pateando una pelota. Allí,
me enseñó a remontar mi primer barrilete, esa estrella azul con flecos zumbones que él mismo había hecho para mí. Un día de viento me explicó por
qué las golondrinas migran y vuelan inmensidades de distancias buscando
otro verano. También de él aprendí por qué los versos de Manzi hablan de un
perfume de yuyos y alfalfa.
Fue tan real que aún hoy cierro los ojos y lo puedo ver.
-Allá. ¿Lo ves? ¡Allá en el cielo!
Miré hacia arriba y mi sueño se hizo realidad. Pude verlo en su trineo lleno de
regalos, con una luna llena gigante que lo abrazaba.
Gracias abuelo por enseñarme a ver con los ojos del corazón.
Todo eso pasó muy rápido para mí, ya no estás conmigo. Hoy sos un dulce
recuerdo que viene a mí cuando veo jugar a un pibe a la pelota, cuando contemplo el vuelo de un barrilete o, simplemente cuando mis ojos se pierden
detrás del rumbo de una golondrina que va buscando otro cielo y otro verano.
Y es entonces cuando siento tu mano, otra vez apretando la mía y el pecho
y el alma se me llenan de ese perfume de yuyos y de alfalfa. Ese perfume de
libertad que vos me enseñaste a respirar, querido abuelo Luis.
166
167
Gracias abuela
Medias de lana
Viviana Gimenez
Walter Ulises Ayllapan
Cuando solo tenía cinco años, me recibiste como tu hija, me diste cariño y me
enseñaste con sabiduría.
Soy de San Carlos de Bariloche y al ser un lugar frío en invierno muchas veces
se necesita abrigarse más de lo común. La anécdota que tengo de mi abuela
paterna, Tránsita Comolay, remonta a cuando tenía 5 años más o menos, ella
me enseñó cómo hacer medias de lana; con 4 palillos pequeños que sujetaban
los puntos y uno más para ir tejiendo. Lo más difícil era hacer el talón, y la punta
de la media, ya que cuando se empieza el talón no se teje en algunos palillos
y en la punta de la media se van uniendo los puntos hasta lograr que quede
uno solo. Fue muy lindo cuando pude hacer mi primer par de medias con su
ayuda, y usarlas.
A medida que iba creciendo, te enojabas porque siempre te decía que nunca
iba a casarme ni a tener hijos.
Nunca comprendí porque te decía eso, solo sé que durante mi niñez con vos
fui feliz. Me enseñaste a ordenar mi ropa, a limpiar los muebles e intentaste
que bordara, pero nunca aprendí a bordar. Pero las lecciones más importantes
de la vida, las que me ayudaron a ser quien soy ahora las aprendí muy bien, y
desde el cielo sé que me estas mirando.
Quiero darte las gracias abuela querida, por todo lo que hiciste por mí, por
mi futuro, quiero decirte que tenés dos hermosos bisnietos. Que aunque me
dejaste sola, mi vida a tu lado fue lo mejor que tuvo mi niñez, gracias por todo
lo que me diste. Me enseñaste verdad, gratitud, honestidad y, por sobre todas
las cosas, me enseñaste a perdonar y a amar.
168
Yo veía como hilaba la lana con una varita que tenía una piedra en la punta
que hacia girar y luego hacia las medias con esa lana. Es un hermoso recuerdo
y una demostración de amor al cuidar de mis pies para que no pasen frío. Gracias Abuela Tránsita.
169
Mi abuela, mi madre, mi compañera
Mi abuelita
Giselle Waters
Mirtha Esther Lorenzetti
Quién estuvo siempre de mi mano, quién se preocupó por mí cuando mi verdadera madre me olvidó, quién se pasó días de mi niñez enseñándome a formarme, a leer, a escribir, a estudiar, a dibujar y hasta colorear.
Me contaron mis padres que vino a mi casa, cuando mamá comenzó con los
dolores de parto para traerme a mí a este mundo y se quedó para siempre.
Quién jamás me haría daño, la que me entendió y aconsejó cuando los demás
me juzgaron, la que me daba de comer, la que me lavaba la ropa, la que me
bañó, y también la que me hizo tortas fritas con mate cocido cuando ya no
quedaba opción, la que me abrigo en mis noches de frío y la que me abanicó
cuando hacía calor, la que me abrazó cuando tuve miedo, la que me enseñó
cómo debería ser yo… (“tenés que estudiar una carrera”, “no te embaraces”,
“tienes que tener un buen marido”, etc.).
Si no la habré escuchado decir eso obviamente. Tuve que crecer para darme
cuenta, y tuve que vivirlo. Hoy le digo: tenías razón… tengo la suerte de tenerla viva y abrazarla y agradecerle todo lo que me dio, todo lo que enseñó, agradecerle su tiempo, sus retos, sus enseñanzas, sus canciones infantiles. Cómo
olvidar de mencionar “La farolera” jajá… entre otras… qué no ha hecho mi
abuela por mí… su amor, su dulzura, su cariño, su respeto, su comprensión,
su dedicación.
Mi abuela, mi madre, mi amor, mi todo.
Mi abuelita materna se llamaba Estefanía, tuvo ocho hijos, su primogénito y
único varón falleció de pequeño, luego vinieron siete mujeres. Mi nacimiento
coincidió con el casamiento de su hija menor, Margarita, la número siete, no es
bruja y es la única que vive aún.
Mi papá le propuso a mi abuela que se viniera a vivir con nosotros y así sin pensarlo mucho, trajeron la mudanza en un carro desvencijado tirado por bueyes,
dejando para la nueva pareja la casita y la chacra.
Así que yo crecí creyendo que las familias se componían de papá, mamá, hermanos y abuela. La teníamos naturalmente incorporada. Vivió siempre con nosotros, nací en sus manos, adolecí, novié y me casé siempre bajo su mirada de
amor y desconfiada supervisión.
Hoy la recuerdo con su metro setenta y cinco de estatura, delgada, con sencilla
elegancia, sus cabellos cubiertos por un pañuelo de seda anudado en la frente
con un pequeño moñito, su vestido largo con cinturón de tela, sus impecables
boyeros y su olorcito tan particular, que aspiraba acostada en su huesudo regazo, entre sus brazos.
Te amo, mamá…
A mi abuelita le gustaba que le acariciara el pelo, que se lo peinara. Su pelo era
tan largo que le llegaba a la cintura, usaba un prolijo rodete en la nuca, yo le
colocaba las horquillitas y ella me premiaba con frutas, recogidas del huerto
y que maduraban en una palangana enlozada, que atesoraba escondida en
algún rincón de su habitación.
La recuerdo trasladándose, sentada como una reina sobre la montura de su
170
171
caballo, en las alforjas llevaba siempre una maleta, blanca como la nieve, de un
lado sus efectos personales y del otro, ricos manjares: masitas caseras, rapadura
con maní o con batata, miel de caña. Ella paseaba por la casa de sus siete hijas,
pero siempre volvía a mi casa.
Por siempre en mí
Mariana G. Aguirre
Mar del Plata. Buenos Aires
Mi abuela enviudó muy joven, su esposo se llamaba Julio. El tenía cincuenta
años cuando se casaron, ella catorce. El era un inmigrante italiano. Un día al
volver de arar la chacra, sintió calor y se sumergió en las frías aguas del arroyo
López, le hizo mal y se murió. Mi abuela crió a sus siete hijas sola, todas se casaron y vivieron con sus maridos como Dios manda.
Abuelita, hoy quiero darte las gracias por acurrucarme en tus brazos cuando
tenía miedo, por enseñarme a encontrar la Sagrada Familia en la Luna llena,
por orar en vos alta y decir mi nombre, por llevarme en la grupa de tu caballo
contándome cuentos, por entender mis penas de amor y por enseñarme a ser
mujer.
Cuando tenía apenas año y medio perdí a mi papá y a causa de esta triste situación mi mamá decidió que viviéramos junto con mis abuelos y mi tío, pero todos trabajaban y decidieron llevarme a una guardería maternal, a la cual nunca
me adapté y lo expresaba llorando todos los días. Fue por esta razón que mi
abuelo Juan decidió dejar su trabajo para cuidarme y así día a día peinaba mis
rulitos, cocinaba las papas fritas más ricas del mundo y me llevaba a jugar a
la plaza. Íbamos a todos lados juntos y nos llamaban Heidi y su abuelito (que
era un dibujo animado de los años 80 y pico) Y aunque ya no esté físicamente
conmigo sigue siendo el abuelo más presente y dulce que pude tener.
Gracias por tanto cariño abuelo Juan Gregorio Cheppi por siempre en mi corazón…
172
173
Sueños de ternura y amor
monerías, compartiendo los juegos y ladrando.
Glenda Josefina Bacher de Viotti
Yo sentada los observaba, sentía en el corazón que volvía al tiempo de mi
infancia, esa lejana vida sana, alegre, en la que de tanto jugar dormíamos muy
bien de lo cansados que estábamos.
“Contemplar un mundo en un grano de arena. Un cielo en una flor silvestre. Sostener el infinito en la palma de la mano. Palpar la eternidad en una hora. Todo es posible”
William Blake
Me sucedió algo curioso, me sentí transportada a otro tiempo. Lloré de alegría, y me di cuenta de que no todo estaba perdido. Si educamos a los niños,
sembrando esa semilla de juegos sin agresividad, con alegría, esta germinará.
Eran los últimos días de Diciembre, muy cerca de Navidad, estaba cuidando a
mi nieto de 7 años. Lo tenía que hacer durante toda la semana y, precisamente
en esos días, sentí un aroma a infancia y adolescencia de provincia. Un sabor a
mesa puesta. La simpleza de jugar, saberse compañeros. Todo ayudaba. El cielo
azul, el pasto del patio verde brillante, una planta al costado meciéndose como
una hamaca, esas tardes de verano calurosas, silenciosas, todo se prestaba, había perfume de flores en el aire.
Más tarde asistí a una reunión de adultos. Me sentí extraña, les conté a mis
compañeros; no sé si me entendieron o pensaron “esta vieja está loca”.
Pero nunca olvidaré esto que me pasó. Agradezco a Dios haberme otorgado
esa semana, llena de recuerdos alegres, de paz y serenidad y días muy puros.
En un mundo globalizado espero volver a vivirlo.
Los que jugaban eran tres niños y una niña, casi todos de la misma edad. La
niña jugaba tan pero tan bien al fútbol que era un encanto verla, muy inocente, jugaban en orden, tirando penales, pero sin griterío sino en forma calma y
con muchas risas. Luego llegó la hora en que les serví jugo y galletitas. Hacían
un descanso charlando, contaban historias.
Luego marcando con una tiza, dibujaban la rayuela por turno. Jugaban, sin
peleas, respetando los turnos, celebrando el que terminaba primero. Cuando
se cansaban jugaban a las escondidas, sin cruzar la calle, siempre sonriendo,
alegres. No miraban televisión, ni jugaban con la computadora.
¿Te interesa? Seguíme. El patio estaba separado por un tejido, del otro lado
había dos niños muy bonitos, una niña de 7 años y un niño de 2, y dos perros
graciosos llamados Pancho y Morita, y estos personajes inocentes eran los que
alentaban a los otros niños que jugaban.
Hablando, aplaudiendo, riéndose a carcajadas y los perros haciendo miles de
174
175
Tantas vidas, en la vida de Paula
Norma Talavera
Exaltación de la Cruz, Buenos Aires
Mi abuela Paula nació un caluroso mediodía de enero de 1911. Tiene 102 años
colmados de historias, anécdotas y relatos que le encanta contar a quien quiera escucharla. Los médicos que la atienden, las visitas, los amigos que fue cosechando toda su vida, mis amigos y hasta las amigas de mis hijas quedan
encantados y cautivados con su personalidad y su manera de contar una tras
otra sus interminables historias. Mi abuela es una persona especial y sabia, su
detallada y descriptiva forma de narrar, inducen rápidamente a volar con la
mente al lugar preciso de los hechos.
Yo llevo gran parte de mis 46 años escuchando relatos que me llevan a distintos lugares y momentos, como por ejemplo: La Guerra de Pavón, que para mí,
era un hecho histórico, el que me enseñaron en la escuela; pero para ella, que
no fue a la escuela, es un acontecimiento que quedó grabado en su historia
familiar.
Cuenta la abuela que su abuelo Isac vivía en una gran estancia con su esposa
Gregoria y ocho hijos. Un día vinieron a buscarlo para la Guerra de Pavón.
Cuando esto ocurría las mujeres dejaban las estancias y marchaban para ir a
vivir al pueblo junto con los niños y las hijas. Y así lo hizo Gregoria con cinco
hijas mujeres y dos niños, pero Rudecindo, luego padre de mi abuela, quedó
al cuidado de los caballos.
Rudecindo tenía catorce años y llevó a los caballos a una isla en Campana. Pasaba sus días comiendo la comida que había llevado o la que le proporcionaban los vecinos y pasaba las noches durmiendo en un árbol para resguardarse
de pumas y tigres que habitaban el lugar.
Cuando Isac volvió de la guerra, sano y salvo, todo volvió a la normalidad. La
176
vida continuó para la familia como continuaron las historias de la abuela, aunque siempre hubo una que me costó creerle por el solo hecho de no poder
imaginármelo; ella afirma que las vías del primer tren Urquiza cortaron el campo de su abuelo a la mitad y que por esas vías, como ella dice: “Con rieles y durmientes como ahora” pasaban pequeños vagones de carga, que eran tirados
por caballos y cadenas.
También sus relatos me llevaron a esa estancia familiar pero con su padre Rudecindo que había quedado viudo con dos hijos, Félix y Santiago, y al casarse
nuevamente con Juana Sosa nace mi abuela Paula y después llegarían nueve
hermanos más.
En esos campos la abuela cuidaba las ovejas siendo una niña, descalza y “Con
los pies duros como cueros”, como ella dice.
Más tarde su padre pierde la estancia apostándola en el juego; él era amante
de las carreras de caballos y tenía un caballo inglés al que hacía correr. Una
noche, este se escapó y lo encontraron muerto de un tiro.
Dice la abuela que hasta hace unos años, en una de las paredes de su ex estancia familiar, que volvió a visitar, aún estaba escrito “Isac Gallardo”, el nombre de
su abuelo y todavía se podía leer bien, a pesar del tiempo pasado.
Cuando nevó en Buenos Aires en el año 2007, volvió a su memoria la primer
nevada en esta provincia, que fue el 22 de junio de 1918; ella tenía siete años y
asegura que nevó mucho más que esta última, que disfrutó con mis pequeñas
hijas y logramos inmortalizar ese día en una foto, que luego revelamos en colores sepia, como diciendo: “también estuvimos con vos en tu primera nevada”.
Cuenta la abuela que a los dieciocho años ya era modista y su tía Nerea, le ofrece trabajo en su taller de costura, en Capital Federal. Se muda con ella a una
casita que alquilaba Nerea en Junín 927. Luego la tía no le da el trabajo, por lo
tanto encuentra, por medio del diario, uno de mucama en una casa quinta en
la localidad de Muñiz, provincia de Buenos Aires. Es en esa casa quinta es donde
conoce a Pedro Pizzorno, mi abuelo, un italiano que iba a visitar como ella dice
“a un paisano” o compatriota como decimos nosotros, que trabajaba en el lugar.
177
La mujer de dicho paisano los presenta y muy pronto se comprometen.
frutales, digno jardín de un jardinero; atrás un patio techado y un parral que
cobijaba guitarreadas y mateadas.
Pedro trabajaba como jardinero en otra casa quinta en Muñiz. Cuando se casaron construyeron su casa en Bella Vista, porque el abuelo consigue trabajo en
los estudios de filmación San Miguel.
Eran cuatro los amigos de la casa que tocaban la guitarra, ¡¡¡y cómo tocaban!!!
Yo me sumé a los cuatro años de edad cantando.
Consigue trabajo como carpintero y sus compañeros lo apodan “Cuñita”. Después pasa a trabajar de yesero, haciendo estatuas, hasta que termina en el
equipo de filmación, como sonidista, iluminador y camarógrafo.
Alcancé a ver a mi abuelo tocando el acordeón, con su cara iluminada, con
esa luz que te da la alegría de la música y esa complicidad porque yo cantaba,
porque era parte de esa alegría.
Recuerda la abuela que una noche fue a ver una filmación con mi mamá, que
en ese entonces tenía tres años, y que durante un cuadro donde cantaba el
famoso actor y cantante Alberto Castillo, mi mamá se escapa de las manos
de mi abuela, provocando un alboroto entre los asistentes de filmación que
la ven correr y paran la grabación, al grito de: “¡¡¡La chica, corten!!!”, ya que ella
aparecía en escena. Desde ese momento, la abuela tuvo que conformarse con
ver las películas en el cine. El estudio les regalaba dos entradas para ver, como
ella dice todavía, “la cinta” terminada.
El Tano, uno de los músicos, me enseñaba las letras.
Queda en sus mejores recuerdos haber conocido a Tita Merello, entre otros
artistas.
El abuelo se jubiló de los estudios San Miguel pero siguió siendo jardinero y
en esta parte de la historia aparezco yo, hija de esa que fue la niña traviesa que
suspendió una grabación.
Mi nacimiento fue en una de esas habitaciones de la casa, que construyeron
con esfuerzo mis abuelos.
Disfruté poco tiempo a mi abuelo y cuando partió, comencé a compartir la
habitación con mi abuela, esa misma habitación que me vio nacer.
A partir de ahora, me adueño de este relato, para contar mis historias, vividas
en esta vida compartida.
Mi infancia en una casa con jardín adelante, repleto de flores y algunos árboles
178
Cada mañana, mientras se afeitaba, con suma paciencia me iba sumando estrofas día a día, ya que yo no sabía leer.
Las guitarreadas en verano, se prolongaban y yo nunca me cansaba de cantar,
pero mi amiga Vicky me zamarreaba el brazo diciéndome “¿Vamos a jugar?
¿Vamos a jugar?”. Su abuelo era uno de esos grandes guitarristas, que nombré
antes.
La abuela, viendo que se acercaba la noche; sin interrumpir y sin avisar, cocinaba para todos y la fiesta continuaba.
Nuestra habitación con piso de ladrillos y lámpara con caireles, era tan acogedora como nuestra. En invierno la calentábamos con brasero; arriba una cacerola con agua y hojas de eucaliptos, y a la cama íbamos temprano, porque
mientras ella tejía al crochet, yo le leía cuentos, que junto a nuestros colchones
de lana y nuestras mantas tejidas propiciaban los sueños.
A la mañana, cuando nos despertábamos nos contábamos los sueños, solo
si eran buenos, porque ella me enseño: “Los sueños malos no se cuentan en
ayunas, porque se pueden cumplir”.
Las noches de verano tenían otro ritual para ir a dormir; en vez de cuentos, le
cantaba todas las canciones aprendidas con la guitarra que me regaló cuando
tenía ocho años; se la pedí a los cinco, pero no se conseguía tan chiquita y
179
como no había crecido lo necesario, me la hicieron a medida. Esa guitarra aún
hoy es mi tesoro.
Después de cantar se le rezaba al ángel de la guarda, eso siempre, sea verano
o invierno.
En la pieza había una caramelera de cristal, solo de ella, de mi abuela, pero de
todos. Contenía caramelos que convidaba a aquel que entraba. Nunca tomé
ninguno sin su permiso porque eran más ricos si ella me los convidaba.
Hoy la caramelera es de cerámica y mi hija menor, cada noche, vuelve de saludar a su bisabuela con un caramelo en la boca.
Y aunque la abuela ya no camina hace un año y su voz está más apagada; sus
ojos brillan cuando cuenta un relato y yo la escucho, la escucho… y nunca me
voy a cansar.
“Agradezco a la vida que nos cobijo bajo un mismo techo, a tres generaciones
junto a Paula”
Tu sonrisa me devolvió la vida
Del Rosario Chaparro Valdéz
San Isidro, Buenos Aires
Matías, eres mi primer y hasta hoy mi único nieto llegaste a este mundo maravillosa creación de Dios un 23 del mes de diciembre.
No vi tu gestación porque yo estaba muy lejos en otro lugar en otra provincia,
pero a dos meses de tu nacimiento un día llegaste a mi casa acompañado de
tu madre; bendito sea Dios grité cuando ella me dijo: traigo a Matías para que
le conozcas, sigilosamente me acerqué a ti con mi corazón rebosante de alegría, te miré a los ojitos, te toqué las manos y la respuesta fue instantánea de
tú parte con una sonrisa fascinante pleno de amor que me devolvieron años
de vida.
De eso hace cuatro años, hoy estoy contigo, te cuido, te mimo, te preparo la
leche, la comida, te preparo para irte al jardín, te acompaño a tu fiesta escolar
para festejar el 25 de mayo, hiciste de gaucho hasta vendedor de pastelitos
en el escenario, siempre repartiendo sonrisa y alegría entre tus compañeritos.
Como abuelo soy feliz, te veo crecer y constantemente en mis plegarias diarias
pido al Creador por ti y tus compañeritos del aula.
Matías soy un abuelo muy contento con lo que me toca vivir; doy gracias al
Creador por premiarme con una vejez muy feliz y agradable.
180
181
Una simple anécdota sobre mis abuelos maternos
Luego dijo: “cuando la corteza se seque se cerrará y la hernia se curará” y así fue,
pero nunca supe qué fue realmente lo que pasó.
Melina Jerazzi
Hoy tengo dieciséis años y estoy orgullosa de tener estos abuelos y agradecida
por el cariño que me brindan y brindaron.
Jacinto Arauz, La Pampa
Me llamo Melina y quiero contarles la historia de cómo crecí junto a mis abuelos maternos. Cuando nací, la mayoría del tiempo me cuidaba mi abuela Nora
ya que mi mamá y mi papá trabajaban mucho.
Cuando crecí, siempre visitaba a mi abuela, estaba la mayoría del tiempo con
ella y comía en su casa porque ella cocina muy bien; casi tenemos los mismos
gustos sobre la comida, ella es una persona muy tranquila, honesta y difícil
de hacerla enojar. Todos los días salíamos a andar en bicicleta ¡¡¡nos dábamos
toda la vuelta por el pueblo!!! Y hasta nos íbamos al campo en bicicleta a tomar
mate, el campo quedaba muy lejos, pero nosotras estábamos acostumbradas
y no tardábamos en llegar.
MI abuelo es un hombre muy trabajador, le gustan los animales, en especial los
caballos, toda la vida se dedicó a criarlos. A mis seis años recuerdo bien que mi
abuelo Cuqui (porque así le dicen) tenía un enorme horno de ladrillos, él también se dedicaba a hacer ladrillos para luego venderlos y me hizo un molde
pequeño para que yo hiciera ladrillitos de barro. Mi abuelo es hincha de Boca
Juniors y es tan fanático que hasta las rejas de su casa las pintó con los colores
de Boca; llenó el garaje de posters y láminas y, cuando juega boca, coloca la
bandera. Gracias a él yo también soy de boca.
En la familia tengo un ejemplo de vida, mi bisabuela María de 98 años de edad
y es un orgullo tenerla. Camina sin bastón y posee muy buena salud, para el
pueblo ella es muy importante porque es la más anciana. Vive con mis abuelos
desde que murió mi bisabuelo Luis Espinosa, no era mi abuelo verdadero pero
para mí sí lo fue, ya que le tuve un gran cariño. Me hubiera gustado mucho
que estuviera aquí, pero sé que él nos está mirando desde algún lugar. Lo que
nunca voy a olvidar de él es que cuando yo era pequeña tuve una hernia en el
ombligo y él me colocó el pie en un árbol y lo recortó con la forma de mi pie.
182
183
Respeto es amor
Abuelos
Adolfo Fernández
El hombre, fiel a sus principios, camina la vida con su mochila cargada de ilusiones y de sueños. Los sentimientos viven en el corazón con la bondad y amor
recibidos desde la cuna; de la familia.
A mí me criaron los queridos abuelos paternos en tiempos de simplezas y conformismos, habitamos una humilde casa, con el blanco tiza en sus paredes y
el cerco del ligustro, techo alto y el corredor abierto, la cocina grande era el
centro de reunión familiar y allí veo a la abuela Gerónima ordenando todo,
lavando medias sufridas de los potreros, con la plancha a carbón que mi niñez
balanceaba para encender las brasas.
La recordada casita de los abuelos, aldea que cobijo mi infancia, casita simple,
bondadosa, pequeña... pero el sol también la ve… y sobre ella esparce sus
rayos.
El patio grande con la quinta del abuelo Manuel, compromiso, trabajo y frutos
en la economía del hogar. Yo era el nieto menor y siempre estaba a su lado, asimilando sus enseñanzas con el testimonio de sus tareas. El abuelo con mirada
buena y profunda del majestuoso águila preparaba su embestida, la verdura
lista para retirar, sacar yuyos y regar, cuidar las visitas inoportunas; era simpático ver al noble “espantapájaros” en el medio del patio,- un palo de escoba,
cabeza de trapo y brazos extendidos- método antiguo pero eficaz e insobornable para los pájaros. El abuelo decía… los tomates cerca de la pileta, así no
se gasta agua en los surcos… eran palabras de su experiencia. Regamos con
baldes y regadera, mientras él seguía con el bombeo para mantener agua en la
pileta, luego nuestro premio, jugar al futbol con los chicos del barrio.
A la tardecita, todos adentro, completar los deberes y la lectura diaria controlada por mi abuela, el abuelo leyendo el diario semanal y su toscanito avanti de
horas agradecidas, la radio grande acompañaba la humilde cena con los “Pérez
187
García”, Tomás Simari o el Glostora Tango Club. Luego las palabras maternales...,
a lavarse los pies en la palangana con agua tibia para ir a la cama.
Abuelos queridos... sencillos, obreros de la vida, con el recuerdo en el corazón
hablaban de su amada España, los bailes, gaitas y jotas.
Como muchos, viajaron en busca de nuevos soles en una América bondadosa,
el ferrocarril recibió al abuelo como guardabarreras en tiempos de frutos y bonanzas. Humilde y laboriosa mi abuela con la ropa en el fuentón y la tabla de
lavar que mis manos agradecidas hicieron en la primaria, mucho sol y el jabón
blanco “Tosso” para blanquearla; ¡remendado pero limpio decía! Y nos pedía
cuidarlas.
Con los juegos simples y manuales… el barrilete, payanas, bolitas, catangas,
escondidas… en todas ellas los abuelos aprobaban con sus sonrisas y la compañía.
En el milagro del corazón los recuerdo con amor… y en el sepia de la vida los
observo en el corredor abierto con el perfume de los amados abuelos españoles.
Los abuelos… volaban con sus sueños y ya no están. ¡Pero quedan sus cenizas,
y se moldearán alas!
Llevamos ceniza caída en el año 1932 de la erupción del volcán “el descabezado” en Chile para lavar las ollas. En los fríos invernales se nos cuidaba, bien
abrigados, medias hasta la rodilla , gorrito de tela y guantes tejidos con ternura
y las “curas caseras” para sabañones, resfríos, empachos y otras “nanas” que la
niñez acaparaba. Yo acompañaba siempre a la abuela al Ramos Generales para
el pedido mensual con la clásica libreta de entonces. Y la “yapa” de masitas
cumplía nuestra ansiedad. Tiempos de nostalgias, casa por casa pasaban los
carros carnicero, sodero, panadero, almacenero y el laborioso cartero repartiendo noticias esperadas.
En la tardecita primaveral me bañaba en el fuentón con el agua templada por
el sol amigo, con el “jardinero” azul de salidas, zapatillas del colegio... Y a pasear
junto a los médanos ; el abuelo con saco azul ferroviario, pañuelo al cuello y la
abuela coqueta con su vestido negro ... en familia gozamos la naturaleza, sol…
la brisa suave, las melodías de pájaros liberados y el silencio del pasto agreste.
Horas bellas con bendiciones en el mundo único de la niñez y el amor infinito
de los abuelos en el venturoso arcoíris de la vida.
Verdadero amor de abuelos y nietos, tiempos inigualables de felicidad; por eso
decimos que al observar la película de la vida, comprobamos con gozo y alegría que los momentos más bellos de nuestra existencia, nada tienen que ver
con el materialismo.
188
189
Abuelos y nietos, respeto y amor
la medicación se nos cayó o si la colocamos en la boca, la buscamos por todos
lados y nos resignamos: “¿La habré tomado?”
Irma Callejas
Introducción
Cuando vamos a leer el diario no encontramos los anteojos, “¡¡¡Caramba, si los
tengo puestos!!!”
Escribimos la lista para hacer las compras en el supermercado, llegamos a las
góndolas y nos damos cuenta que dejamos el papelito arriba de la mesa.
“Abuelos y nietos” - “Respeto y Amor”.
Seres y Valores que marchan al unísono.
Después de haber charlado media hora con un amigo, nos damos cuenta que
nos pusimos la remera al revés.
El amor del nieto va penetrando lentamente, nos invade sin que lo podamos
percibir en nuestra mente y se hace carne de nuestra carne.
Llamamos por teléfono a nuestros nietos y al escuchar una voz desconocida,
advertimos que nos hemos equivocado de número.
La frescura generosa, la sana sencillez, su sincero alborozo ante todos los amores fecundos que embellecen la vida, penetra volando por la ventana de la
casa de los abuelos, llenando los rincones más vacíos.
Nos prendemos un saco, abajo nos sobra un botón y arriba un ojal.
La experiencia cotidiana acumulada, la sencillez y claridad de las cosas, termina
reuniendo a los seres destinados a recorrer juntos las vicisitudes del destino,
con la sutil magia que une a nietos y abuelos.
Si nos llaman por teléfono después que nos acostamos, tenemos que ir corriendo a buscar la prótesis al vaso, porque no podemos hablar sin dientes.
La vida de los abuelos es la espuma de un mar eterno. Sentimos una vida pura
y real, cuando la envuelve la dulzura de nuestros nietos. Sus ojos llenos de
sueños hacen brillar el sol claro de nuestras sonrisas.
Comemos tallarines y nos manchamos la ropa con tuco.
Cuando nos damos un baño de inmersión, ni bien tomamos el jabón, se nos
cae al fondo de la bañera y al encontrarlo ya está todo derretido.
Nuestros nietos nos enseñan a manejar el celular; si nos llaman y hasta que lo
encontramos se corta la comunicación.
Vida cotidiana
Si hacemos un trabajo en la computadora, listo para imprimir, accionamos una
tecla que no corresponde y se nos borra todo. Bueno, todo esto y mucho más,
no me preocupa, porque cuando concurrimos a la U.P.A.M.I., nos encontramos
con nuestros pares y todos contamos las mismas cosas.
¿Qué cosas nos pasan diariamente a los abuelos?
Si hay algún abuelo que no le ocurre algo de esto, que levante una mano.
II
Ponemos la pastilla al lado de la taza, terminamos el desayuno y no sabemos si
190
191
III
Abuelo: “¡¡¡Ya están grandes!!!”
La casa de los abuelos
Abuela: “Todavía les falta madurar”
Se transforma en un jardín florido cuando en ella invade la fragancia de los nietos. El perfume que derraman regocija y energiza a los abuelos que disfrutan
el ambiente desbordado por la calidez y el candor de los niños y adolescentes.
Se convierte en un lugar bailable, ciber o cancha de deportes. Algunos escuchan música y bailan. Otros miran dibujitos animados, partidos de fútbol o
juegan con los electrónicos.
Abuelo: “¡¡¡Son un canto a la vida!!!”
Abuelo: “Están entretenidos”
Abuela: “¡¡¡¡Son nuestra felicidad!!!”
Abuela: “Nos alegran la vida”
Se constituye en un recinto desconocido, como si hubiera pasado un fuerte
viento, amontonando juguetes, libros, ropas y utensilios. Por doquier se nota el
paso de los descendientes.
Es una casa solitaria y silenciosa si no vienen los nietos. Sus moradores juegan
a las cartas, leen el diario, miran televisión, riegan el jardín, pasean… pero extrañan las visitas.
Abuelo: “¡¡¡No es nada. Tenemos tanto tiempo para ordenar!!!”
Abuelo: “¿Qué habrá pasado que no vinieron?”
Abuela: “¡¡¡Si no los tuviéramos sería tan aburrido!!!”
Abuela: “Tendrán mucho que estudiar”
Los domingos se asemeja al mejor restaurante. Hijos y nietos se sientan alrededor de una larga mesa. En el centro se destacan crocantes pizzas y humeantes
fuentes de pastas caseras con tuco.
Los nietos llegan y los abuelos están radiantes. Los nietos se van y los abuelos se sienten satisfechos. La casa queda colmada de amor. Adornada con los
dibujitos y las cartitas que trajeron de regalo. Arrogantes de haber acogido a
personitas tan queridas.
Un nieto: “Qué olorcito a casero”
Otro: “Mi abuela es la mejor cocinera”
En la vejez se aprende a ser feliz con los besos, cantos, gritos, risas, agradecimientos, mimos, berrinches y muchas más situaciones que llenan el hogar. La
Casa de los Abuelos es “Única”.
Otro: “Mi abuelo es un capo. Compra gaseosas y helados”
Los adolescentes convierten los sillones del living en confesionarios, contando
a sus abuelos las cuitas amorosas escondidas y sus guerras con papá y mamá.
Los dueños de la casa logran un diálogo efectivo, para que sus interlocutores
se retiren convencidos de las bondades de una buena convivencia familiar.
IV
Una mirada desde nuestra vejez
Con satisfacción hoy observo a mis pares. Somos los viejos jóvenes que hemos
192
193
decidido tomar un camino: llenar nuestros espacios libres con la computación,
la escritura, la radio, el teatro, el idioma y todo lo que nos brindan los docentes que ponen su mirada en los abuelos. Ellos, en comunión con la UPAMI
(Universidad Para El Adulto Mayor Integrado), nos han dado la oportunidad
de reconocer que la vejez es el mejor momento para conectarse con el arte,
la relación con el prójimo, la convivencia con la naturaleza y la comprensión
de la vida.
Nuestros nietos nos miran como ejemplo de vida. La simplicidad y la elocuencia de los caminos transitados por los adultos mayores y la experiencia cotidiana acumulada, renuevan el vigor de la existencia.
Anastasia
Maru Mondino
Amanecía en Victoria, Entre Ríos. El cantar de los pájaros, el sol saliendo perezoso en el horizonte entibiando de a poco los campos, hace frío, muchísimoooo
frío y mis pies se hielan cuando bajo de la cama y toco el piso. Corrí como loca
al baño, me miro al espejo y pienso, cómo me gustaría acostarme de vuelta,
me muero de pensar que tengo que salir a pisar la escarcha.
Todo se adquiere desde la cuna: modales, distinción, educación, bondad, prudencia. Nada se improvisa. La formación obtenida es la cultura heredada de
nuestros mayores.
-¡¡¡Anastasia!!! Grita mi abuela... ¡¡¡Anastasia!!!
El deseo de un abuelo es fecundar en los niños valores propios. A partir de allí,
esparcirlos a todas aquellas personas que los rodean, para generar una conciencia cierta de lo que implica una vida de excelencia.
-Niña venga que ya está su desayuno...
Es el vuelo de la vida que nos enseñó, nos maduró, nos asustó, nos enorgulleció y nos dio la satisfacción de llegar al final del recorrido, con la mejor disposición para seguir disfrutando el camino de nuestra existencia, brindando a
nuestros nietos y seres que nos rodean el mismo “Respeto y Amor” que ellos
nos brindan.
-Uffff... si, abuela, ya me levanté.
Cuando entro a la cocina me inunda el olor a hogar, los leños en la estufa
chispeantes, en la radio se escucha un tango y, en la mesa un tazón de mate
cocido humeante con pan casero.
Y, ahí, ella parada sonriente, me abraza con esos brazos fuertes, y me acaricia la
cara con sus manos tibias y suaves.
Todavía hoy siento su olor y cada vez que me siento a tomar un mate cocido,
no puedo dejar de extrañarla.
Cada vez que voy a Entre Ríos la siento más cerca, es mi bisabuela, dueña de
mis raíces, protectora y sabia.
Si tenés un abuelo/a hacele saber lo importante que es para vos tenerlo, que
gracias a él estas hoy acá, y decile: Abu “TE AMO”.
Todas las veces que quieras, que lo más hermoso y regocijante es ver un nono
feliz, porque ellos lo valen y merecen lo mejor de nosotros. No al olvido de los
194
195
abuelos que están en geriátricos y esperan a que alguien se acuerde de ellos,
no a aquellos que miran por la ventana a ver si se hace el milagro y aparece
algún nieto. ¡Acordate y cambia!
Aprender a soñar
María Cristina Magdalena Botto
Buenos Aires
Los domingos pasados en casa de mis abuelos tenían un sabor especial.
Después del almuerzo, mientras los grandes prolongaban la sobremesa, yo
quedaba en libertad de jugar donde quisiera, subía entonces hasta la planta
alta donde estaba la biblioteca. Allí, en dos grandes habitaciones integradas y
cubriendo las paredes desde el piso hasta el techo, se alineaban los libros de
mi abuelo. Sobre una de las puertas de entrada, había una mascarilla del rostro
de Beethoven, que a mis siete años le inspiraban un poco de temor por el gesto hosco que mostraba. Me sentía a gusto entre los libros prolijamente ordenados en las estanterías pero desbordando también de una mesita baja y hasta
apoyados en la escalera que se usaba para alcanzar los estantes más altos.
Como me permitían hojearlos, siempre y cuando fuese cuidadosa, pasaba de
uno a otro deletreando los títulos grabados en letras doradas, algunos nombres difíciles como “Orfeo y Eurídice”, “La Eneida”, “Pigmalión” me atraían sin saber porqué, tomaba uno al azar y me sentaba en el sillón tapizado en cuero
que me parecía un trono. Quedaba entonces frente al imponente escritorio de
madera lustrada y herrajes dorados, a la izquierda una lámpara de bronce con
pantalla de seda verde que alumbraba el trabajo o la lectura, sobre la derecha
una graciosa talla en madera de Don Quijote que mi abuelo había traído de
España y que era mi preferida, tal vez porque me había contado la historia del
pobre caballero. Pesadas cortinas velaban los grandes ventanales que daban
al jardín, para que el sol no dañara los libros. Había siempre en el ambiente un
aroma al tabaco que mi abuelo fumaba y también a cuero y maderas nobles.
Al costado de una de las ventanas estaba el violín en su estuche y el atril con
las partituras. Después de su siesta, mi abuelo entraba en la biblioteca y tomando el violín comenzaba a tocar. Lo hacía ausente de todo lo que lo rodeaba; hasta de mi presencia que yo trataba de disimular sentándome en el hueco
196
197
de la ventana, la música lo inundaba todo y me hacía sentir feliz.
A veces la melodía sonaba como cascabeles alegres, otras en cambio, parecía
que algo denso y oscuro descendía sobre nosotros, aprendí a distinguir los
estados de ánimo de mi abuelo por la música que elegía para tocar. Cuando
terminaba me contaba algo de la historia del autor, detalles de su vida que me
lo hacían cercano en el tiempo.
Así, de esta manera simple, aprendí a querer la música y guardo en mi corazón
esas tardes pasadas con mi abuelo como el ejemplo de una comunicación sin
palabras.
Bisabuelos, abuelos, padres
Edith Beatriz Sáenz
¿Dónde está? Sentí un zumbido, una ráfaga pasar,
un súbito soplo que me despeinó el jopo.
¿Fue para allá? ¿Dónde? Todo es brumoso, la espesura no dejó ver qué fue eso
que me rozó, o casi, porque no veo marca, como un empujón sin serlo, apenas
la inestabilidad de un instante.
¿Pasó o aún está cerca? Sin escucharlo puedo presentir que merodea, nada
hay alrededor pero algo transita hacia algún lugar
Debí contener el aliento, para inhalar hondo después.
Un hálito perfumado, tibio, percibido en la infancia me envolvió.
¿Será un Flecha que acude cada tanto para espiar...?
Como si yo no lo sintiera adentro, al muy sonso.
A mi papá lo llamaban Flecha porque era incapaz de correr un tranvía. Eso decía él que era muy tranquilo, no se apuraba por nada, es decir era lo contrario
a su apodo.
Jugaba conmigo cuando yo era muy pequeña a un juego que habíamos inventado.
-Estamos en el escritorio, gritaba yo.
-No, contestaba él.
198
199
-Ya se, ¡en la cocina!
-Tampoco.
Montada sobre sus pies enfundados en las zapatillas de paño marrones, me
llevaba caminando así por todo la casa, yo con los ojos cerrados y agarrada de
su cintura, tenía que adivinar en qué lugar de la casa estaba cuando él paraba.
Jugábamos a muchas cosas pero la que más recuerdo es ese juego, tal vez
porque lo abrazaba.
Junto con mamá siempre tenían en mi casa algún amigo tomando un café o
un vaso de vino y charlaban largas horas casi siempre de política, porque al
abuelo de papi le gustaba mucho la política. Venían a mi casa a escuchar la
opinión del Negro sobre las cosas que sucedían en el país. Discutía y se enojaba. Eso a mí no me gustaba. Entre esas personas también pasó por la cocina
de la casa de mis padres a tomar mate y charlar, quien llegó a ser presidente
de la Nación, Néstor Kirchner, cuando era muy joven, estudiaba Derecho en la
Universidad y era amigo del tío Pepe.
Mi padre trabajó en muchas cosas pero la que yo le conocí fue la profesión
de visitador médico. Lo recuerdo salir todos los días vestido de traje y corbata,
muy elegante, eso sí me gustaba, llevando su valija llena de remedios para visitar a los médicos en los hospitales y en los consultorios. Les enseñaba los productos del laboratorio que él representaba. Decía siempre que era “valijero”.
Mis padres se querían mucho y eran muy compañeros. Salían a caminar, iban
al cine o al teatro. En las tardecitas de verano sacaban los sillones de mimbre a
la vereda a la sombra de dos grandes fresnos en la calle 59 y leían La Razón, el
diario de la tarde, mientras yo andaba en bici o jugaba a la escondida con mis
amigas. Esa era una costumbre ya perdida.
Papá ponía sobrenombres a todos los conocidos, era bromista y amigo de mis
amigas y amigos. A mamá le decía Rabanito y a mí Chechidí, ponía apodos
medios locos. En frente de nuestra casa, vivía el dueño de la propiedad que
mis padres alquilaban porque nunca pudieron comprarse una casa, bueno a
ese hombre le decía “Ursulino” supongo porque era urso, es decir grande y
200
corpulento, yo lo veía gordo y en camiseta, sentado siempre en el umbral de
su casa mirando pasar a los vecinos caminando y a los autos transitar por esa
calle adoquinada.
Mamá era muy buena y le gustaba mucho cocinar. Hacía galletitas de quaker
para que comiera mientras realizaba la tarea de la escuela. Yo era muy flaca, ella
quería que engordara. Amasaba los tallarines de los domingos. Desde temprano picaba ajo y perejil en la tabla de madera para el tuco. Yo a su lado desayunaba leche con Vascolet, todavía siento ese olor mezclado de ajo y chocolate
en mi nariz cuando lo evoco. Estiraba la masa con un palote sobre la mesa, la
dejaba bien finita, la arrollaba y cortaba parejos con un cuchillo los rollos de
cintas que luego desplegaba, les ponía harina y los dejaba orear un rato mientras hervía el agua para prepararlos. Jamás pude cocinar tan bien como lo hacía ella pero algo aprendí y cada tanto repito algunas recetas que le vi preparar.
Por las tardes, cosía en su máquina Singer mis vestidos. Muchas veces los dibujaba en un papel y los hacía tal cual yo quería. Luego los usaba para salir a
pasear. Nunca aprendí a coser, pero sí me enseñó a bordar.
Íbamos juntas a una tienda muy grande de varios pisos y ascensores llamada
Gath & Chaves que estaba en la calle 7 y 50. Allí me compraba unas carpetitas
de tela que tenían dibujos marcados con tinta azul. Con hilos de colores yo
bordaba flores, moños y guardas en distintos puntos: yerba, relleno, guante,
cadena. Después ponía esas carpetitas sobre las mesas para adornar mi casa.
Ella de joven había bordado un hermoso mantel y las servilletas. También en
esa tienda me compró mis primeros libritos de la colección Bolsillitos.
No trabajó afuera de su casa. Cuando yo era pequeña la mayoría de las madres
se quedaban trabajando en sus casas. No era ni bueno ni malo, era diferente
a las actividades que ahora hacemos las mujeres. Había estudiado en el Liceo
Víctor Mercante y se había recibido de bachiller. Luego estudió Periodismo
pero no terminó esa carrera. Siempre tenía tiempo para hablar con los vecinos.
Era muy solidaria, entre otras cosas les conseguía las muestras gratis de los
remedios que necesitaban.
Además de muchos amigos los dos poseían gran cantidad de libros, eran muy
201
pero muy lectores. Algunos de ellos con sus hojas amarronadas desde el borde, envejecidas, que aún conservo en mi biblioteca.
Mientras mamá se dedicaba a los tallarines los domingos, papá lustraba sus
zapatos de cuero marrones y negros. Algún par tenía en su capellada perforaciones muy pequeñas en el cuero que formaban arabescos, otros eran lisos,
pero todos con cordones. Los acomodaba sobre la mesita del patio arriba de
un papel de diario, les ponía betún con cepillito y luego de un ratito los lustraba con uno más grande. También limpiaba los míos y los de mamá. Antes
había puesto en el tocadiscos un disco de Carlos Gardel.
Gardel fue un cantante de tango muy famoso que murió hace muchísimos
años, pero siempre se dijo que cada día canta mejor. A mi papá le gustaba escucharlo, y yo de tanto oír ese disco, aprendí algunos tangos de memoria. Al
canario que tenía le había puesto de nombre Carlitos, por lo bien que cantaba.
Cuando el canario se murió, papá no quiso tener otro y en su jaula colocó un
cartel: “Esta no es una jaula vacía, es un pájaro en libertad”.
Momentos alegres fueron los paseos que hacíamos con mi viejo en motoneta
de marca “Siambreta” color crema. Poníamos a mi perro que se llamaba Chispita adelante donde se apoyaban los pies y nos íbamos al bosque para jugar
con él. El perro se quedaba quietito y no se caía durante el recorrido. El viento
le tiraba las orejas para atrás. Cuando llegábamos saltaba y corría como un loco
entre los árboles hasta cansarse. A la hora del regreso volvíamos igual, con él
adelante sin moverse hasta llegar a casa.
Sra. Directora, Señora Inspectora de Enseñanza Primaria, Miembros de las Fuerzas Armadas, Señores miembros de la Asociación Cooperadora, padres, niños:
Nos hemos reunido hoy para conmemorar el día...
Nos ponemos de pié para recibir a la Enseña Patria.
“Febo asoma, ya sus rayos, iluminan el histórico convento...”
Estaba comenzando el acto escolar.
Una mañana estaba yo en mi cama, era temprano. Mamá me despertó. Es vago
el recuerdo de las palabras, sólo el concepto se retiene en la memoria, el resto
se inventa. Me despertó y me dijo: “Papá está triste porque murió su mamá”.
Eso quería decir que había muerto mi abuela. Papá se acercó a mi cama y me
abrazó llorando.
Yo escoltaba la Bandera parada al lado del escenario. Mamá miraba desde las
primeras filas. Tu abuelo sentado adelante, al lado de la directora. Era el presidente de la Cooperadora de la escuela. Por eso me decían “la ganchuda” mis
compañeros y a mí me daba mucha rabia. Crueldades infantiles.
Fue la única abuela que conocí. La recuerdo chiquita, flaca y peinándose el cabello entrecano largo para hacerse un rodete, al lado de las perfumadas glicinas en la galería de su casa. No me resuena su voz en alguna canción, tampoco
un gesto de cariño, lo único que me gustaba de ella era su nombre: Agustina.
También fue secretario general del sindicato de visitadores médicos de La Plata, ayudó a mejorar las condiciones de trabajo de sus compañeros. Una sala de
la casa del gremio en la calle 38 que él propició su compra, tiene su nombre en
una placa homenajeándolo.
Nombre que me hubiera gustado llevar. Supe que había nacido en el campo,
en la zona de Pila, provincia de Buenos Aires, que crió a siete hijos sola, lavando
ropa ajena. Por eso mi papá fue pocos años a la escuela primaria y tuvo que
salir a trabajar desde los ocho años como repartidor en un negocio del centro
de La Plata que vendía café molido.
A pesar de la falta de enseñanza escolar, aprendió leyendo solo, un autodidacta. Mi mamá lo ayudó mucho para que escribiera sin faltas de ortografía y
siempre lo puso como ejemplo de esfuerzo y progreso en su avance personal
con el afán de dar ejemplo de vida.
Eso me lo contó él.
202
Esta es parte de la historia de sus mis padres, historias que sucedieron en la
segunda mitad del siglo XX en la ciudad de La Plata. Mi intención es que los
203
recuerdos no se pierdan con el tiempo y puedan de ser conservados por ustedes que son mis nietos y por los que estén por venir y no conoceré. Ellos llevarán algunos rasgos de sus mayores: un gesto, un lunar, una manera de mirar, el
gusto por una comida, señas en las mezclas que se han de formar.
Con olor a hogar
Lorena Soledad González
Ezeiza, Buenos Aires
A ustedes nietos y a ellos, están dedicadas estas evocaciones, con el propósito
de prolongar nuestra presencia.
Y por cosas de la vida, mi educadora fue ella… ese olor… el de su casa; esas
manos… Que aún amasan panes para el mate cocido; esos ojos que miran
tan dulce...La nostalgia más linda de mi niñez es ella, las mejores anécdotas
que pueda anhelar son de ella, pero lo que más recuerdo es ese olor a hogar.
Mi mama trabajaba todo el día y junto con mi hermana quedábamos a su
cuidado y ha de ser el inmenso amor que nos daba que sin darnos cuenta
terminamos llamándola mami… y ella feliz.
He de tener muchos objetivos en esta vida, pero el que me gustaría alcanzar
alguna vez, es el de que en mi casa haya olor a hogar.
204
205
Cuando la mascota se va
migratorias. Ese viaje lo hacen todos los años, de ida y de vuelta, cruzando los
océanos, casi sin descanso y aprovechando cualquier cosa flotante para descansar un poco (a veces en un barco, haciendo peligrar la estabilidad de éste
por el peso de tan gran cantidad de aves)
Cuento infantil
Dardo Bianco
Estaba el abuelo en el parque del pueblo, sentado en un banco, mientras su
nieto correteaba entre los añosos árboles, imaginando que perseguía a furiosos leones que pretendían comerse a inocentes “bambis” que sólo estaban en
su soñadora mente de niño: ¡Él era un superniño y con su poder no iba a permitir la matanza de esas simpáticas criaturas!
El abuelo lo seguía con su vista aunque le hubiera gustado hacerlo corriendo
junto al chiquilín pero si su mente estaba intacta, sus piernas mostraban su
avanzada edad.
Había comenzado la primavera de modo que daba placer sentir la tibieza del
aire, el perfume de las flores y recrear la vista con el eterno milagro del rebrote
de los árboles y plantas, el revolotear de mariposas multicolores, el canto de
los pájaros que denotaba gozo, algo así como gritos de alegría dando la bienvenida a la esperada estación.
El niño, al pasar en una de sus vueltas frente al abuelo se detuvo y se sentó junto a él, quizá un poco cansado pero sin duda deseoso de preguntarle
algo pues no dejaba de mirar al cielo y señalando con su brazo en alto le dijo:
¿Qué es esa bandada de pájaros obscuros, todos iguales, que van y vienen, dan
vueltas todos juntos con tremenda velocidad? ¿O es una flotilla de ovnis que
quieren invadir la Tierra?
El anciano mostró satisfacción ante el deseo de su nieto de informarse, de
querer acumular conocimientos y experiencia y pasándole un brazo sobre los
hombros, como dos amigos, dos compañeros, le dijo: son golondrinas que llegan después de un viaje de miles de kilómetros desde el otro hemisferio, vale
decir de la otra mitad de nuestro planeta Tierra, huyendo del rigor del otoño
y del invierno para buscar refugio en estas latitudes- por eso se las llama aves
206
¿Sabés una cosa? siguió el abuelo…Siempre vuelven al mismo lugar de años
anteriores a ocupar sus mismos nidos. Indudablemente el gran esfuerzo que
acarrea tal viaje hace que muchas no resistan y caigan al mar para morir, sobre
todo las que son más viejitas, como también mueren de frío las que no se
animan a emprender la gran travesía ¿Sabes que hay una tradición que dice
que las golondrinas con sus picos fueron sacando una a una las espinas de la
corona con que fue martirizado y burlado Nuestro Señor Jesucristo estando en
la Cruz y por eso todo el mundo las trata con cariño, nadie las molesta y menos
se le ocurriría maltratarlas o matarlas?
Hablando de golondrinas-agregó el abuelo- una vez vi en el Golfo San Jorge
(Comodoro Rivadavia) a un lobo marino enorme que descansaba en la costa y
sobre su lomo lustroso y húmedo muy tranquila y confiada a una golondrina
pero que al acercarme demasiado, naturalmente levantó vuelo, revoloteó varias veces a baja altura y se alejó. Pasaron dos días y regresé al mismo lugar de
la playa y ¿Sabes que vi? Otra vez la golondrina reposando sobre el lomo del
lobo marino, lo que despertó mi curiosidad y regresé al día siguiente: la golondrina ya no estaba pero el lobo sí, aunque acostado sobre la arena (de lejos me
di cuenta que estaba muerto)
Casualmente paseaba por la playa un veterinario amigo y nos pusimos a charlar sobre lo observado y me dijo: Este lobo marino por sus molares, por el aspecto de su piel, por su enorme tamaño, murió de viejo y se ven signos de que
ya estaba sufriendo mucho. ¡Seguramente habrá querido morir para dejar de
padecer!
Coincidimos mi amigo y yo que la muerte de los animales como la de los seres
humanos y los vegetales es una cosa natural según la Ley Divina y comprendiendo que cuando se ha sobrepasado la edad normal se aumentan los malestares, los dolores y las falencias, realmente dejar la vida es una bendición, una
gracia más del Creador.
207
Charla va, comentario viene, proseguimos con el paseo, juntos. Me contaba
este veterinario que muchas veces en su consultorio asistió a animales de todas clases pero hubo una que no olvidará jamás por la lección que significó
para su vida profesional y me contó la historia. Era una perrita muy, muy viejita,
que sus dueños querían mucho, que siempre la habían atendido bien, como
un miembro de la familia, que nunca le faltó ni alimento ni medicamento ni
abrigo pero sobre todo la llenaron de seguridad y amor, mas... por su vejez ya
no tenía fuerzas, su organismo estaba lleno de tumores internos que la atormentaban de día y de noche y cuando se dispuso a darle una inyección para
prolongarle un poco la vida, lo miró con ojos tristes y moviendo su cabeza de
un lado al otro parecía que le pedía que la dejara morir en paz (Por eso optó
por darle un calmante que hiciera menos dolorosa su partida).
algo que salió de su poder creativo desaparezca y sí en cambio que se transforme? ¿Por qué no se transformaría el cuerpo de un animalito muerto en una
flor, en una estrella, en una mariposa, en un ángel? ¿Por qué no podemos pensar que es esa flor que nos está devolviendo con su color y su perfume el amor
que le brindamos en su vida anterior y espera la gota de agua que le haga más
placentera su nueva vida? ¿Por qué no creer al ver una estrella brillante que es
aquel animalito que amamos y nos hace guiños luminosos de agradecimiento por lo bien que lo tratamos mientras compartía nuestra vida terrenal. ¿Y si
fuera esa mariposa que revolotea a nuestro derredor desplegando su vistoso
ropaje en una danza en nuestro honor? ¿Y por qué no un ángel invisible que
nos guía, nos cuida agradecido porque en su anterior estado le dimos amor y
felicidad?
El nieto que escuchaba atentamente a su abuelo, a esta altura del relato le
preguntó si la familia que crió a la perrita soportó la muerte con resignación
o si no se conformaron. El anciano se levantó de su asiento, tomó su bastón y
mientras emprendían el regreso a casa contestó a su nieto con esta pregunta:
¿Y vos cómo lo hubieras tomado si fuera tuya la perrita? El chico no lo pensó,
respondiendo de inmediato: hubiera sufrido mucho y siempre la recordaría
como a una amiguita que quise mucho y me quiso mucho pero no hubiera
soportado su dolorosa lenta agonía.
Los designios de Dios no podemos entenderlos porque nuestra mente, por
más inteligentes que seamos, es menos que una gota de agua en la inmensidad de los mares o menos que un granito de arena entre las de un desierto y
las playas juntas si intentamos compararla con la del Creador.
Con un beso en la frente de su nieto el abuelo aprobó la respuesta de su nietito
que se animó a seguir preguntándole ¿Tienen alma los animales como los seres humanos? ¿A dónde van cuando mueren? ¿Podemos hacerles una tumba
y ponerles flores?
El anciano se puso serio, no por enojo sino porque la pregunta era brava y la
respuesta que tenía para darle era muy personal, de acuerdo con su propia
filosofía y así se lo aclaró al niño: Mira, según las religiones actuales y las muy
antiguas, sólo los seres humanos tienen alma y cuando al morir esa alma se
separa del cuerpo va hacia Dios, que lo juzgará sobre si fue bueno o malo y lo
premiará o castigará si se comportó en una u otra forma; pero yo pienso que
todos, hombres, animales y vegetales son obra de su genio creador... y ningún
creador (pintor, escultor, músico, arquitecto, inventor, etc) quiere que su obra
se destruya o se pierda ¿Por qué entonces el Supremo Creador querría que
208
Charlando e intercalando preguntas y respuestas, el viaje de regreso se hizo
más llevadero pues ambos estaban cansados: el nieto por todo lo que corrió y
el abuelo porque sus muchos años ya le pesaban... pero gozoso al escuchar lo
que el niño le prometió.
Abuelo, le dijo, voy a cuidar mucho y respetar a los árboles y a las plantas, a
los animalitos y a las flores y jamás les haré daño porque son obra del Creador
y pueden ser antiguos seres que convivieron conmigo, alguna mascota que
quise mucho y que tuvo que dejarnos. ¡Te lo prometo, abuelo, y gracias por lo
que me enseñaste. Pues me hizo comprender que ¡RESPETO ES AMOR!
209
Cuando la navidad era “Mi Nona”
Karina Andrea Aloi
De las cosas que me contaba mi abuela
Gerardo Caffaratti
Magdalena, Buenos Aires
Hubo un tiempo, lejano y fortuito, en que la Navidad era un tiempo con abuelas. Y el auténtico sentido de comunión cristiana, lo llenaba todo. Porque donde quiera que estuvieran ellas, congregaban una multitud. Una mesa larguísima exponía un sin fin de delicias italianas y una alegría inexplicable que nacía
desde el alma, nos hacía más nobles, menos pretenciosos, más humanos. La
noche buena de mi infancia, también tenía árboles con luces, estrellitas, papá
Noel y frutos secos. Pero tenía sobre todo, otro lema y el espíritu cristiano se
hacía eco entre regalos, aromas, besos y abrazos. Ni bien daban las doce, mi
abuela Ninela, mi cariñosa nona italiana y mi tía Antonia, su hermana, se ponían de pie para cantar un villancico que anunciaba la buena nueva: “E´ nato
il bambino, e´ nato il bambino…”. Y mientras ellas repetían alegremente el
estribillo, todos acompañaban la entrañable canción con palmas o golpecitos de tenedores sobre los cristales. Era como cantarle a Jesús, su canción de
cumpleaños. Probablemente ese sea el recuerdo más noble y auténtico que
guardo de aquellos tiempos de navidad. Aprendí muchas cosas de mi abuela.
Una de las cosas más sabias que transmitía, era la sensatez. Ella lo llamaba: “Ponerle verdadero amor a las cosas”. Quizá por ello su recuerdo esté asociado a
las cosas bellas y valiosas, a las circunstancias especiales. Cuando me abruman
los anuncios navideños que fomentan el aspecto estrictamente comercial de
estas fechas, hago un claro en mi mente y la veo a ella. Con los ojitos brillantes
y una enorme sonrisa, cantando aquella canción. Y todo parece cobrar sentido.
Sobreviene la calma y recupero instantáneamente el verdadero sentido de las
cosas. Mi abuela representa para mí, la Navidad que más me gusta. Aquella
que tiene que ver con la alegría de la comunión, la paz interior y el milagro de
la vida.
210
…“de las cosas que me contaba mi abuela, este suceso, es uno de los que más
me ha impactado… Corría el año 1910… Era un crudo invierno , con un hijo
pequeño y otro en camino, con apenas 24 años de edad y una cierta experiencia en traer niños al mundo (por técnicas de enfermería aprendidas en un Instituto religioso de su lejana y añorada Italia) mi abuela siempre tendía una mano
a quien la necesitaba, cosa que mi abuelo apoyaba, si bien él se dedicaba más
a consolidar y asegurar el sustento diario… Habían instalado una “despensaverdulería” y una especie de “hospedaje”, donde daban albergue a sus clientes
que por unas pocas monedas podían dejar sus bártulos, descansar y abrevar
sus caballos… Allí empezó a transcurrir la vida de mis jóvenes abuelos, inmigrantes recién llegados a un pueblo muy joven también… En una tarde muy
fría llegó pidiendo auxilio un joven y desgreñado gitano… Habían acampado
-en la cercanía- con sus carromatos y caballos en la noche anterior… Pedía
ayuda porque su compañera estaba con dolores de parto, la situación se presentaba complicada, no había médicos ni parteras en la zona… Solo un cruce
de aprobatorias miradas con el abuelo y partió mi abuela con el desesperado
gitano hacia sus carpas y carromatos… Allí encontró una angustiada joven rubia y bella, que dijo llamarse Deborah a la que fue tranquilizando y dominando
la situación, en un par de horas con precarios medios (mucha agua hervida)
había traído al mundo una beba a la que, de acuerdo a la tradición, bautizó
con el nombre de María Ángeles… Por días estuvo atendiendo a madre e hija,
brindándole ayuda, alimentos nutritivos y su afectuosa presencia; no vaciló en
sacrificar una gallina porque una parturienta –según creencias de la época–
necesitaba caldo de gallina para su pronta recuperación, en la semana llegaron
más carromatos de la misma grey y con muchos integrantes… Alegres y trashumantes los gitanos - por varios días – festejaron el nacimiento de la beba y
el feliz desenlace de la situación… En un matriarcado muy pronunciado, una
vieja y enjoyada gitana quería gratificar a mi abuela por los servicios prestados,
pero ella –en su bajo perfil– decía “una mano lava la otra, otro día alguien me
ayudará a mí” y no aceptaba pago por la ayuda brindada… Entonces, la vieja
211
gitana decidió: “pero un regalo te dejaré” y quitándose una gruesa cadena de
oro con un hermoso medallón -cuyos caracteres se han borrado con el uso– se
la entregó con un apretado abrazo y se fueron… Mas al retirarse de la población, algunas vecinas vieron a la vieja gitana y a su grey derramando agua y haciendo exclamaciones hacia el cielo y en dirección a la población… De aquel
lejano hecho, mi abuela minimizaba los molestos piojos que le contagiaron los
gitanos y valoraba lo generosa que había sido la vida con su familia… Hoy, con
mis 83 años, yo creo que el bienestar que disfrutaron es fruto de sus acciones,
de su forma de vida, y que la no discriminación, el respeto y el amor al prójimo
que manifestamos es mérito de las enseñanzas que nos fueron trasmitiendo…
También nuestra población -en aquella época con escasos habitantes a cuatro años de su fundación- pareció recibir bendiciones del Altísimo: la buena
gente, el buen clima, la permanente hospitalidad, sus cosechas, todo lo bueno
que nos sucedió… ¿Será una “condena eterna” de la vieja gitana al progreso y
bienestar de esta población?… O, más bien… ¿No será que fueron muchos los
que sembraron respeto, amor al prójimo, buscando una convivencia pacífica
sin discriminaciones…? Hoy, no sólo mis hijos y nietos conocen y viven según
los patrones de vida de aquellos abuelos, son muchos los que recibieron la
misma herencia…”
Doña Argentina
Belén Natalia Sánchez Belmont
Salta
Doña Argentina fue una Sra. que nos dejó sus historias tatuadas en el corazón,
en la que cada una tenía algo para aprender, como especie de metáfora.
Una mujer fuerte y dura en la crianza de sus cinco hijos y la ternura “con patas”
para las generaciones siguientes.
Siempre tenía la excusa perfecta para juntarnos. La gastronomía era su especialidad, ¡¡¡y nuestra gran debilidad!!!
La enseñanza más importante que nos dejó fue, sin dudas, la de juntarnos a
compartir y refugiarnos en el seno de nuestra familia, superando las diferencias, perdonando los errores e ignorando viejos problemas; manifestando la
importancia de demostrarnos amor al respetar al otro para poder compartir
momentos que en nuestra memoria quedaron como los más lindos de nuestra infancia.
Primero era medio por obligación y ahora, a la distancia, atesoramos tan gratas
reuniones como perlitas en los recuerdos, que se grabaron a fuego en cada
uno de sus nietos el día en que Argentina, durante un profundo sueño, consiguió alitas para irse al cielo.
¡Un besito en la “patita” angelito mío!
212
213
Dos grandes mujeres del silencio
Graciela B. Bornemann
Munro, Buenos Aires
Mis abuelas fueron mujeres que lucharon en silencio, sin voz. En aquella época
al género femenino, en la mayoría de los casos, le tocaba el lugar de la sumisión. Lidia, de la línea materna, oriunda de la ciudad de La Plata, se casó con
Máximo, 15 años mayor que ella; Gelsomina, una maestra entrerriana, con Juan.
Entre ambas, se encargaron de moldear mi pensamiento, de marcar honda
huella en mi carácter. Mujeres que no pasaron en vano por esta vida terrenal.
“Abuela”, era de origen italiano, su padre un exponente del tano cantor, cariñoso con sus coterráneos y con los del boliche, su mamá murió joven y siempre
estuvo a cargo de los hijos, debido al idealismo extremo de su esposo.
“Oma”, de origen alemán, nunca contó con detalles las condiciones de vida de
su familia de origen. Antes de hablar prefería actuar. Se la pasaba haciendo, comida, ordenando en la casa, alimentando los animales y a su numerosa familia.
“Yo”, la primogénita para Lidia y la primera nieta mujer. La malcriada, la caprichosa, la más linda o la más graciosa. La que no comía “nada”. La que llevaban
al colegio, la que esperaban por las tardes con la merienda. La que se pasaba
todo el día en el fondo entre los perros y gatos o con las amigas del barrio.
La que aprendió las tablas sobre una mesa de cocina sobre el hule “plavinil”
floreado.
De mí, unas cuantas décadas después, quisiera contar solamente que fui una
“verdadera afortunada”. “Soy rica” les enseño a mis sobrinos. Las tuve a ambas,
las disfruté, las viví, las olí, las acaricié. Sobre todo, aprendí con ellas el diálogo,
la crítica, el disenso. Con profunda pena, tuve que resignarme a no verlas más.
Recién empezaba el siglo XX cuando estas hijas de inmigrantes vieron la luz
en cuanto conocieron la República Argentina. Cada una de ellas, a su manera,
214
hizo de este país, cara a los cartógrafos, su patria. Hicieron patria, es decir, con
esfuerzo construyeron sus familias, sus techos en aquel entonces en un pujante y prometedor barrio destinado a familias. Jamás las oí renegar acerca de su
tierra, ni siquiera pretender viajar hacia una Europa idealizada, de hecho jamás
conocieron el viejo mundo.
Lidia se convirtió en ama de casa a los 19 años, cuando su destino hubiera sido
cursar estudios universitarios debido a su inteligencia, su memoria y su esmero. Si, hubiese terminado su educación secundaria con honores pero Donatello
la dio en matrimonio, con la promesa a su futuro esposo; solo la palabra bastaba en aquel entonces, de que sus pretensiones no irían más allá de la atención
al cónyuge, parir a sus hijos, ocuparse de los quehaceres domésticos.
Gelso, era maestra, lo que indica que había alcanzado los máximos estudios
esperables para una mujer ¿burguesa?, no sé. No fue por Johny que no siguió
con esa “vocación” ya que su esposo mostraba un carácter ciertamente más
dócil. Él, alemán de nacimiento, hizo de esta Nación “su patria”; un hombre que
enseñó a sus hijos a entonar las estrofas del Himno Nacional Argentino, de pie,
dentro de su propia casa.
Una curiosidad. Estas dos mujeres, con estudios, luego criarían a hijas e hijos
para lanzarlos hacia el mundo del trabajo. Claro, mis padres nacieron durante
el período de “pleno empleo”. Esto no quiere decir que los puestos brotaran
como agua de manantial, en esta familia, los prodigios devinieron de acciones.
Sin embargo, hubo un momento histórico donde Maximiliano, con su empleo
público pudo estudiar kinesiología y Juan pudo tener su pequeña industria.
La posibilidad de un pedazo de tierra para estos inmigrantes fue producto del
desarrollo de la industria y el comercio. No crean que la bonanza duró por
siempre, el mundo proletario siempre está sujeto a las voluntades de los antiguos terratenientes de siempre. Un puñado de dominadores ocultos detrás
de apellidos, de bienes; esos inaccesibles que desde que el mundo es mundo,
dirigen los destinos de “su” patria.
En resumen, mis padres se construyeron trabajadores. Mamá comenzó a trabajar a los catorce años; Papá, no tan de joven porque tuvo la oportunidad de
estudiar en la escuela técnica, aunque no terminó. Lástima.
215
Ella vive, festejará pronto sus 80 años con bombos y platillos. Él falleció; lo mató
su alma noble, su idealismo. ¿Qué heredo yo de ellos? Valores, principios, espíritu de lucha. Ambos, posibilitaron mi crecimiento; entre tornillos y avisos publicitarios. Un particular perfeccionismo alemán lleno de creatividad de papá,
la habilidad para la supervivencia de mamá.
El barrio fue también mi familia. Nicanor, el almacenero y la negra libreta de
fiado. Gino, el diariero. Doña Segunda, la vecina incondicional de la abuela. Los
de enfrente, los de la vuelta, los de la esquina, todos, conformaron una red de
protección desinteresada.
Tuve y tengo tres amigas del barrio. Juntas jugábamos a “Batman y Robin” en la
cancha de mis abuelos. Sí, mi abuelo fundó un IDEFI, un club de básquet, en el
propio terreno de su modestísima casa. Mi abuela sentó a su mesa a miles de
comensales, cocinando entre el polvo y pelotazos. Más tarde pudieron construir el suelo de cemento, con aros y todo.
Mi infancia transcurrió con el barrio, entre risas, junto a estas dos entrañables
amigas. A mi abuela la recuerdan ambas. Lidia, como la llamaba Patricia, revive
muchas veces cuando nos construía la “casita”, para jugar a la mamá (de una
escalera “a dos aguas” colgaba trapos a modo de paredes). Claudia recuerda
cuando nos prestaba cacerolas pequeñas, para que con las hojas de los árboles, hiciéramos la “comidita”.
La escuela transcurrió junto a mis abuelas. Cursé mis estudios primarios en una
escuela bilingüe, aunque lo poco que sé de alemán lo aprendí de mi Oma o de
papá diciendo: “mach das licht aus”; si, siempre cuidaron la electricidad.
La educación primaria era en casa, ni con campañas publicitarias, ni con folletos explicativos. Los desechos se tiran en la basura (propia o comunitaria), la
autoridad y las instituciones se respetan. Punto.
Mis maestros de primaria fueron unos “adelantados”, establecieron conmigo el
vínculo afectivo necesario como para que yo sobrellevara las exigencias de la
doble escolaridad.
216
La secundaria no fue divertida para mí. A veces pienso ¿Cómo es que volví a
la escuela?, a enseñar, por supuesto. Y me contesto a mi misma que se debe al
respeto por las instituciones que me inculcaron los adultos mayores. Tomé de
mis abuelas mucho más de lo que ellas pudieron ver. Llevo a cabo la profesión
de la Oma, aunque soy profesora en la escuela secundaria pública. De Lidia heredé conocimientos de pedagogía y didáctica. Estudiaba conmigo, me decía:
“Acordate, Bel-grano, tiene un grano…” “así no te vas a olvidar del creador de
la bandera.”
Mi Oma murió relativamente joven, y yo me recibí de grande. Estamos empatadas, espero me vea desde donde está en el oficio que, imagino, heredé de ella,
ya que no hago repostería, como se esperaría de alguien que lamió más de mil
cucharas mientras preparaba enormes “Kuchen”. Tampoco tengo una huerta,
un gallinero, tres perros, dos gatos, un tero, todos de una vez. Ya no cocino su
“carne al horno con papas y salsa marrón”. No obstante, conservo su cercanía,
su mirada fuerte, de ojos verdes. Sus manos arrugadas dejándome limpiar el
gran bol de vidrio donde había mezclado los ingredientes de múltiples variedades de tortas. Crecí cerca de ella, cada día. Festejé los primeros años sobre
las rodillas de mi Opa, mientras preparaba “canapés” que constituían obras de
arte en miniatura, tanto que me daba lástima comer de un bocado. Legar, dar
a otro, transmitir la información y transformarla en conocimiento. Principios.
Amor heredé de aquella maestra que solo fue una ama de casa más.
Mi abuela Lidia se secó de a poco con mi último recuerdo de nuestros grandes
momentos de diálogo. Previo a mi viaje a Madrid, donde en ese momento
residían dos de mis hermanos, estábamos pasando la última tarde juntas, ella
se acercó y me dijo: -nena, ¿Y a vos, qué te motiva a viajar, ahora, sin tu esposo,
a España? Le contesté: “Abuela, ¡¡¡quiero ver con mis ojos la tierra que nos trajo
el idioma, tocar el escritorio donde escribió Lope de Vega!!!”
Ella supo entonces, me lo dejó entrever, mi necesidad de tomar coraje, animarme a cambiar de rumbo. Entonces se quedó tranquila porque creo que nunca
quiso imaginar a sus nietos lejos, en esas otras tierras ya ajenas, aunque fueran
la de sus ancestros. Partí a las pocas semanas. A poco de volver, mientras iba
camino a conocer el barrio de Montmartre, la abuela Lidia dejó de respirar. De
ella traigo aquel último diálogo, cuando casi sin fuerzas necesitó saber si había
217
El cepillo
hecho bien su trabajo, si llevaba dentro de mí sus enseñanzas, sus mates de
leche, sus asociaciones libres.
En cierta forma, este relato es un homenaje al silencio de la primera; la capacidad de diálogo de la segunda. A esos otros tiempos de sencillez, de unión
familiar que partieron un poco con ellas. Ambas, cual caciques, defendieron
sus tribus, en casa, en el silencio, entre las cuatro paredes de cada hogar.
Mercedes Rosa Mateu
Buenos Aires
Este pedazo de vida mía terminará en este último párrafo, mas de ninguna
manera terminará mi historia, con mis abuelas o sin ellas. Dos grandes del silencio. Sus hazañas no están documentadas en museos sino en el corazón
de quienes las sobreviven. Su legado quedó puertas adentro, sin aplausos, sin
reconocimiento instituido. A la vista de un indolente, mediocres amas de casas
por imposición.
Terminó el almuerzo de domingo. Las mujeres, jóvenes madres, hermanas o
cuñadas entre sí, se ocupan de todo lo concerniente para que la casa paterna
luzca limpia y prolija otra vez. En tanto, ríen y conversan. Los maridos preparan
la mesa para el Truco y el abuelo se arrellana en el sillón a la espera del café. Sus
ojos color cielo se entrecierran clamando por un descanso reparador, pero los
once nietos saben que es el momento ideal para escuchar anécdotas o historias y se ubican como pueden a su alrededor. El más pequeño sobre sus rodillas
y los otros meneando el trasero sobre el piso, definen cada cual su espacio.
Yo, rescato, sé de su don de liderazgo, de la aceptación, la amplitud de criterio,
del reconocimiento de lo otro, la devoción puesta al servicio de estrechar sólido vínculo entre generaciones.
“Abue, contá lo que hiciste al maestro que te pegaba…”
“No, mejor lo de la tranquera, allá en la masía…”
Yo, aprovecho una oportunidad para oficiar como su embajadora. Transmitir
más que un slogan, un gran enunciado: “Respeto es amor”, no me cabe ninguna duda.
“Yo quiero que cuentes la del campanario de la iglesia de tu pueblo…”
A los chicos les encanta escuchar hasta el cansancio la repetición de la misma
anécdota. Son historias de vida, cosas que sucedieron, travesuras de niño magnificadas por la nostalgia y ensanchadas con algún detalle, añadido como al
pasar, cada vez que se contaron. ¡Y fueron muchas veces!
“Yo te pido que cuentes de cuando ataste a tu hermanito al árbol”, dijo Enriquito mientras deslizaba sobre el aparador, como al descuido, un objeto avejentado y tan cuarteado como las manos del abuelo.
“Eso no es juguete, déjalo ya”, ordenó el abuelo.
“Es sólo un cepillo viejo, abue”
“No es un cepillo viejo, es un antiguo cepillo y no es lo mismo”
218
219
“¿Qué... lo trajiste de Mallorca, acaso?”
“Sí muchacho, te contaré: cuando era más pequeño que tú, llegó a la masía
una encomienda, muy grande, cosas que Padre había encargado en alguno de
sus viajes a la ciudad. Cuando desempacaron el bulto, ante la mirada curiosa
de toda la familia, repartió algunas cosas: un traje nuevo para Antoñi, que ya
es un hombrecito; lanas para que teja Merced... y así, cuando llegó mi turno
extendió una cajita y me dijo: Esto será de gran utilidad, para ti y para todos,
cuídalo.
Los vecinos solían pedirlo en préstamo para sacudir el polvo de sus prendas.
Aún ahora, fíjense, hasta la anilla que tiene para colgarlo, se empeña en mantener el dorado impecable, como desafiando el paso inexorable del tiempo,
para brindar una prueba de su orgullo y gallardía…”
Al abrirlo, vi la parte superior de ese objeto, era de un cuero suave, como cabritilla, recamado en dorado que formaba dibujos. Puse la mirada a su misma
altura y observé que de ahí salían pelos duros –cerdas, me dijeron- que acariciaban la mesa sin rallarla.
Aprendimos a usarlo y muy pronto ya olía a pelusa, a tierra y a betún. A escondidas, solíamos ponerle hormigas para verlas desorientarse en ese laberinto
de cerdas. Pocos años después y dentro de ese monte de crines doradas, se
enredaban hilachas, pastitos y cuanto resto de andanzas pudiera aparecer en
sacos y pantalones.
Ya era un mocito de dieciséis años, cuando llegó al pueblo la noticia más llorada que jamás hubiera oído. Reclutaban a los de mi edad, para darles instrucción y enviarlos a la guerra de Marruecos. Madre, que ya había perdido al
mayor de los hijos, decidió que no entregaría otro más. Y así la vi apurar el baúl
con mi equipaje: interiores, camisas, trajes, abrigos, ropa blanca y mantas. Y
las infaltables facturas, quesos y chacinados que se elaboraban en la masía. A
último momento, me acercó el cepillo y me dijo: Úsalo y consérvalo, hijo mío,
que la prolijidad en un hombre, es la mejor carta de presentación.
Y así llegué a la Argentina, solo, con dieciséis años, y con el cepillo que ven
ahí, entre mi bagaje. Está viejo, para él han transcurrido los mismos años que
blanquearon mis cabellos, que me refrescaron la memoria lejana y lentificaron
mi andar.
Mírenlo bien, imaginen a este mismo cepillo cuando era nuevo, ¡¡¡era bello!!!
220
221
El cofre de la abuela
Siempre dijo que el trabajo dignifica al ser humano. Él nos enseñó a utilizar
el terreno que tenemos al fondo para tener unos pollitos y cultivar zapallos y
zanahorias”.
Enrique Trajtenberg
Mi hermana se abrazaba a la abuela, sin palabras, necesitaba sentir el recuerdo
cálido y tierno.
La medianera de la casona estaba cubierta por ramas de madreselva. La planta
era muy alta, de ella nacían decenas y decenas de ramas no muy gruesas, que
con sus flores, cubrían toda la pared.
No había en la zona una madreselva tan hermosa. Sus raíces habían hecho saltar los ladrillos del patio, los colibríes que la rozaban con su hermoso plumaje,
parecían pequeñas joyitas.
A veces la abuela retrocedía y nos hablaba de su Andalucía natal. Aparecían
los viñedos en todo su verdor, que enriquecieron a pocos, los dueños por
supuesto, y a su lado los trabajadores rurales no compartían la riqueza, más
bien compartían la pobreza. Pero la abuela decía que el amor reemplazaba
con fuerza los momentos de tristeza y de la ayuda mutua entre ellos nacía la
dignidad, el respeto y fuertes sentimientos solidarios.
Su aparición en vuelo rasante, era en momentos inesperados, no se posaban
sobre la flor, sino que aleteaban continuamente y con su pico largo y filoso
comenzaban a libar.
La noche terminaba cantando y bailando. Las palmas de la abuela le ponían
música y el cofre se cerraba hasta el día siguiente y las huellas del ayer seguirían brotando.
Mi abuela, mi hermana y yo, que era el menor, nos sentábamos cerca de la
madreselva floreciente y no nos cansábamos de observar con alegría a Juanito- así llamábamos a uno de los colibríes-. Giraba y giraba alegremente de flor
en flor gozando la dulzura que le brindaba el polen.
Recuerdo la admiración que suscitaba el patio y su madreselva. No faltó quien
pidiera entrar para fotografiarse junto a ella y eternizarla en el tiempo.
Nosotros jugábamos a imitarlo, intentando lograr su vuelo alrededor de la flor
y así gozábamos de su fragancia cual si saboreáramos el mejor licor, sorbo a
sorbo.
Mamá desde su vieja Singer nos espiaba mientras cosía la ropa que cada semana entregaba en la tienda más prestigiosa del lugar y su paga nos alimentaba
a todos.
La abuela por las noches nos abría su cofre de los recuerdos.
“Tu padre que se nos fue, de pequeño jugaba a las bolitas o a las figuritas,
pero a temprana edad aprendió el oficio de ebanista y esta madreselva y esta
casona es fruto de su trabajo, en lucha siempre con la enfermedad impiadosa.
222
Después de una lluvia, la planta se cubría de gotas. Nos daba la impresión de
estar asistiendo a una función de ballet, las gotas caían de un lado a otro, de
flor en flor, de rama en rama. Y al alba, el sol las transformaban en pequeñas
perlas de brillantes colores, que se disolvían lentamente.
Era el momento de las abejas, pero sobre todo, la casa se envolvía en un suave
perfume que se extendía por toda la cuadra, llevaba su romanticismo a cada
puerta, a cada balcón, a cada sueño…
La abuela era el eje de la casa. Mi madre trabajaba hasta bien entrada la noche
para entregar en término el trabajo.
Los años fueron pasando y la abuela aconsejó mandarme a la ciudad a estudiar y trabajar.
223
Y gracias a ella fui forjando mi futuro, me casé, tengo dos hijas.
El patio de la vida
Y un día fuimos de paseo a la casona, otra abuela esperaba a mis hijas, en el
barrio se sintió murmurar “Llegaron las nietas vestidas de madreselva”.
Fernando Agustín Casinelli
Tandil, Buenos Aires
En ese momento recordé que habíamos pasado a ser “los madreselvas” para
los vecinos. Los muchachos me gritaban: “¡¡¡Tirá, madreselva… Pasála, madreselva!!!”. Y la pelota de trapo que las habilidosas manos de la abuela la hacían
real, marcaba el juego.
Hoy son mis hijas las que abren cada noche el cofre, en busca de cuentos,
cartas, fotos, en busca del alma de la familia.
Las niñas preguntaban: “¿Con cuántas vueltas cerramos hoy la caja?”
Con una sola, la llave de la memoria, la que alimenta la vida y va marcando los
senderos del amor, el trabajo, la dignidad, el respeto.
Esta historia empezó cuando tenía siete años.
Mi hermano y yo nos mudamos a lo de nuestros primos porque mi papá estaba muy enfermo y mamá se quedaba con él en el hospital.
Estuvimos muchos días y siempre a la noche esperábamos a que mamá nos
llame para que nos cuente de alguna mejoría de papá. Pero hubo un día en
que la tía no nos despertó con un “Buen día” sino con un “Chicos, papá falleció”.
En mi primera reacción me puse contento por él. Era como que se había curado, que ya era libre, que ya no sufriría más por esa enfermedad. Me acordé
cuando él jugaba con nosotros en casa, en la plaza, en la playa. Los trucos de
magia que nos hacía de chicos...
Pero a medida que pasaban los días, cada vez que precisaba un consejo, cada
vez que quería contarle algo, me daba cuenta que en realidad estaba solo.
Yo tenía todas las esperanzas puestas en mi papá. Como no teníamos abuelos
yo creía que él era el único que podía contarme los secretos de la vida, cómo
enfrentarla, cómo solucionar los problemas. Era el único que podía darme esos
consejos pero ya no lo tenía.
Hablaba del tema con mamá, con mi tía, con mi hermano, con amigos, pero
no era lo mismo y cada día que pasaba me convencía más y más que nunca
lograría nada.
Pero hoy me miré en el espejo y vi que estaba viejo, que tenía canas. Vi que me
había casado, que tenía hijos y nietos hermosos. Me di cuenta que mi vida no
había sido ningún fracaso.
224
225
Entendí que aunque nos sucedan cosas malas, aunque caigamos de espalda
en un pozo, todavía se puede ver el cielo.
Cuando manejo el coche, no miro todo el tiempo el velocímetro, manejo mirando para adelante. Y si adelante hay muchos autos o mucha niebla, no me
importa que el velocímetro me diga que voy despacio. Lo importante es lo
que hay adelante.
Cuando yo vengo desde Tandil, lo importante sos vos, no me importa lo que
tarde.
Culminada mi historia, mi nieto se bajó de mis rodillas y se fue picando la pelota por el patio. Pensando, seguramente, que algún día será un tipo sabio como
su viejo abuelo.
El respeto es amor
Ángela Presenza
Realizarse como persona es: “Tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol”
y yo le agregaría: ver crecer a un nieto. Acaso, ¿hay algo más maravilloso que
las vivencias adquiridas con los nietos?, es decir con los hijos de los hijos, dos
veces hijos como dice la poesía y me recuerda siempre mi nieta María Paula
cuando me pide algo y yo le digo: “¿por qué tendría que hacerlo?” Y ella me
contesta: “¡Porque vos decís que soy dos veces tu hija!”
Pero más espectacular lo es, cuando una persona como yo con 60 años de
vida, 40 de matrimonio y 5 de noviazgo con mi esposo, DISFRUTAMOS de tres
hijos y siete nietos, por ahora (digo por ahora porque mis hijos aún son jóvenes
y fértiles y seguro, seguro no me privarán del DISFRUTE de algún otro nieto).
Mis nietos SON LO MÁS como dicen los jóvenes y repetimos las abuelas babosas.
María Victoria (15 años) transita su adolescencia con una figura envidiable y su
larga cabellera. Parece tallada en ébano le digo a menudo pero ella siempre se
encuentra un defecto.
Agustina (14 años) es rubia, menuda y muy coqueta. Dice que en eso se parece
a mí y cuando viene a casa ¡infaltables los aros y la cartera!
María Paula (9 años) es una niña con cuerpo de mujer. ¡Cómo sufrimos el día
que se tragó una gema! Acarreábamos yogur y espárragos porque nos habían
dicho que debíamos darle de comer esos alimentos y cuando se comió un
buen bife la largó ¡y nosotros festejábamos! Ahora esa gema la llevo colgada
en mi pecho como un trofeo.
Matías (8 años) es un picarón, un poco fabulador pero simpático. Practica karate. Un día nos invitó a una exhibición prometiéndonos una sorpresa. ¡Qué
226
227
risa nos dio cuando sobre el escenario anunciaron que iba a demostrar cómo
romper una madera con la mano y asombrados vimos que era un pedazo de
telgopor pintado!
Ellos son un ejemplo
Belén Arbizu
Nicolás (7 años) es todo un personaje. Juega muy bien al fútbol y le gusta pescar. Como todo pescador es mentiroso y según él siempre saca la pieza más
grande. Como es chiquito le parece pequeño el tamaño del pescado que dice
haber sacado, entonces cuenta que el pez que capturó es tan grande que “la
cabeza” mide lo que sus brazos alcanzan a mostrar.
Morena (4 años) es una hermosa nena que, como sueña con ser princesa vive
disfrazada y aprovecha la corona del disfraz para disimular los pelitos rebeldes
del flequillo que se cortó ella misma. Además sufre las consecuencias de tener
hermanos mayores que ofician de maestros, tal es así que en una de sus travesuras perdió varias piezas dentarias ¡menos mal que eran los de leche!
Y Maite, la más pequeña por ahora, vive obsesionada con mis pinturas y cremas. Un día me vio encremándome y me dijo: ¿te ponés crema porque sos “IEJITA”? Le contesté que sí y le quise poner crema a ella, entonces salió corriendo
diciendo: Yo no soy “iejita”, yo no soy “iejita” soy “foven”.
Cuando están todos juntos juegan, gritan, bailan, se pelean, se amigan... pero
se aman y yo los amo con todo mi corazón.
Los abuelos son personas que dejan miles de recuerdos, pequeños detalles
como enseñarte a sumar, enseñarte a jugar a las cartas, prepararte la merienda
con esos pancitos con manteca tan ricos, contarnos sus historias o enseñarnos
con consejos.
Mi abuelo Marcelo siempre me toca los pies y me dice que me abrigue porque están fríos. Me acuerdo que él siempre me sacaba los castigos porque le
daba pena y mi abuela Ester siempre me hacia trenzas y ahora me deja hacerle
todo el crucigrama, aunque sabe que lo hago mal. O mi abuelo Juancho que
siempre me hace chistes y es el encargado de limpiar la pecera o mi abuela
Chichina, que cuando puede cocina y no podemos dejar de comer.
Todos estos pequeños detalles, nos demuestran el amor que nos tienen a nosotros, sus nietos, y nos recuerdan que pase lo que pase siempre estarán a
nuestro lado.
Ellos son un ejemplo de vida, y podemos agradecérselo con respeto y amor.
Diría mi madre: “Los abuelos tenemos dos grandes alegrías: cuando llegan los
nietos y cuando se van”. Porque en nuestra familia tratamos de tener en claro
que los padres los crían y los abuelos los malcrían sin perder de vista que “EL
RESPETO ES AMOR”.
228
229
Es la historia de un amor
Milagros Palma
Somos una familia extensa, el pilar mis abuelos más conocidos como “los nonos”, seis hijas, seis yernos, 18 nietos y 5 bisnietos. Cual familia tradicional así
crecimos, en manada como quien dice. Pudimos y podemos gozar del derecho de tener una familia.
Somos 18 nietos… sí… desde los 32 hasta el año hay de todas las edades. Mi
abuelo hoy tiene 80 años, de origen humilde y trabajador, nunca abandonó su
vocación de abogado ni si hobby del fútbol y llegó a ser profesional en ambas
cosas. Deportista hasta que su cuerpo se lo permitió, estudioso hasta estos
días. Mi abuela y su compañera de vida, fue maestra por unos años hasta que
se dedicó a cuidar y criar a sus seis hijas. Ellos dos son las raíces de nuestro árbol querido, y nos regalaron la mejor infancia, eternizando en nuestra memoria
esos momentos. Nos enseñaron a divertirnos, pero también nos enseñaron
que todo lo que lograron fue con esfuerzo, voluntad y responsabilidad.
Siempre nos contaron las historias de lucha de sus abuelos que vinieron de
la guerra, escondidos en barcos, separándose de sus padres y hermanos muy
jóvenes. Empezando a construir su historia sin siquiera saber el idioma y aprendiendo un oficio. Cómo no vamos a escuchar asombrados esas historias que
parecieran cuentos pero que son la historia de nuestras raíces, el origen de
nuestra familia. Uno no se cansa de hacerlo, al menos yo.
Los primos crecimos como hermanos, con un lazo de sangre muy fuerte, con
veranos compartidos en la “quinta”, una gran casa ubicada a 30 km de la ciudad de Santa Fe en la localidad de Desvío Arijón, precisamente en un pequeño
barrio llamado Río Grande. La casa se llamaba “Las mellis”, ya que sus primeras
hijas fueron mellizas, una de ellas mi madre. Por aquellos años éramos diez
nietos que sin más preocupaciones disfrutábamos del calor y las vacaciones
en familia allí. Había varias habitaciones, pero lo mejor era la gran pilera y la
casita del árbol. Construida por mi padre arquitecto, con la colaboración de
230
mis tíos y de los nietos también. No había nada más hermoso que levantarse
con la tranquilidad de un pueblo alejado, con un camino asfaltado lleno de
árboles, que se bifurcaba encontrándose con el río Coronda. Allí metros antes
estaba la casa, que comenzó siendo hace más de 50 años atrás un terreno
donde mis abuelos y sus padres sembraban para consumir frutas y verduras, y
conservaban la comida en sal y con barras de hielo. Casa que se convirtió en
nuestro hogar familiar, resguardo de verano y domingos de asados familiares
durante muchos años. Por la mañana una mesa larga nos esperaba llena de
las tortitas negras de la panadería del pueblo, que el nono buscaba recién horneadas, café con leche y la infaltable mermelada casera de higos. Delicia casera
inigualable, sabor que hasta el día de hoy no encontré en ninguna góndola de
mermeladas. Era el resultado de horas de un fino trabajo de la abuela, desde
recoger los higos de la higuera del fondo de la casa antes que se los coman los
pájaros hasta colocar el dulce fresco cada mañana en la mesa. Quilos y quilos
de dulce pasaban por esa mesa, y frascos que se iban para la ciudad y volvían
vacios reclamando ser llenados con tanto amor y sabor.
La vida era tan simple en esos años, el nono nos consentía cada vez que podía,
colgaba su traje de abogado y se ponía su nariz de payaso. Así era cuando se
oía en Río Grande el heladero a los lejos y los nietos que para ese entonces estábamos - que éramos la mayoría- sabíamos que el postre estaba garantizado.
Pero cómo satisfacer a todos con gustos y variedades… de frutilla, de naranja,
palito de agua o de crema… con un simple heladero de pueblo que tenía una
conservadora de telgopor y andaba en bicicleta. No sabemos cómo, siempre
nos complacía y el heladero se hacía el día.
De juegos de cartas, bingo, actuaciones, juegos en la casa del árbol, de siestas
y de pileta se trataban nuestros veranos. En el fondo del terreno había un árbol
de naranja, un limonero y una higuera, juegos, hamacas, tobogán y otras calesitas. Mi abuelo acostumbraba a comerse una naranja de postre, pero la parte
más divertida era cuando hacía una dentadura postiza con las cáscaras y se las
colocaba como dientes, inmediatamente las tapitas de gaseosas también formaban parte de la monería, colocándoselas sobre sus ojos. Nos causaba mucha gracia, y lo más hermoso es que lo sigue haciendo hoy con sus 80 años!!!!
Mesas extensas cada domingo, de asados y ensaladas de frutas, con pilas de
231
platos sucios y una sobremesa hasta entrada la tarde. Los abuelos siempre en
la cabecera de la mesa, después de todo lo que sucedía era un mérito de ellos.
Cómo no querer quedarse en esos años!
Y cómo no admirarlos, y cómo no respetarlos, y cómo no emocionarse y seguir mirando esas fotos de la infancia y retrotraerse a esos momentos con una
sonrisa en la cara. Y cómo no querer dejar de crecer y detenerse en esos años.
La simpleza de un buen recuerdo y el respeto por todo lo que ellos construyeron. Hoy ya casi todos los nietos adultos, otros adolecentes, otros niños y otros
bebés. Agradecidos de todo los que nos dieron, queriendo darle a nuestros
futuros hijos y nietos las mismas satisfacciones y experiencias. Y aunque esas
extensas mesas se repiten, ya no en el mismo lugar, necesitamos hacerlo, para
que los abuelos nos consientan y nos sintamos niños por un rato. Y todavía
le pedimos a la abuela que nos amase ñoquis, y que nos haga mermelada de
higo, aunque tenga que ir a comprar los higos envasados en el súper.
Sin querer o queriendo, ellos hicieron en nosotros una sólida imagen de familia, que necesitamos, que queremos, que admiramos y anhelamos. Que tratamos de imitar y nos damos cuenta cuán difícil es. En el ajetreado presente
donde todo sucede muy rápido, pareciera que cuando uno piensa en la niñez
y los momentos compartidos con los abuelos todo se detiene y todo se relaja
como lentizandose. Como si los sabores del pasado, la mermelada de la abuela
volvieran.
y cambios en la historia que cualquier otro. Que nos dejan un legado, difícil de
seguir en estos tiempos, pero que el recuerdo de todo lo que nos dieron nos
darán el incentivo para seguir ese camino.
“Un pueblo que cuida la vida es un sembrador de esperanza. Cuidar la vida de los niños y de
los ancianos, las dos puntas de la vida. Un pueblo que no cuida a sus niños y a sus ancianos comenzó a ser un pueblo en decadencia; cuidad a los niños y a los ancianos porque en
ellos está el futuro de un pueblo: los niños porque son la fuerza que va a llevar adelante la
Patria; los ancianos, porque son el tesoro de sabiduría que se vuelca sobre esa fuerza. Fuerza
y sabiduría”.
Papa Francisco I
Sabias palabras, impecables, simples y tan ciertas. Esto me hace pensar en lo
que mis abuelos significaron en mi infancia y aún siguen significando. Nos
hace repensar cuánto los admiramos, cuidamos y respetamos.
Hoy nos damos cuenta que somos lo que ellos nos enseñaron, y lo que nos
siguen enseñando. Hoy esos abuelos están cansados, pero tienen años vividos
y siguen siendo el hilo convector que articula toda la familia.
Esta es la historia de un amor, que fue la base para que esté orgullosa de mis
abuelos, y que los quiera con toda el alma y los admire por todo lo que hicieron. Qué sería de nosotros los nietos sin el amor de nuestros abuelos en cada
comida, en cada punto tejido. Estos abuelos que las vivieron todas, el blanco
y negro y el color, la libertad y la dictadura, la máquina de escribir y la computadora, la barra de hielo y la heladera, lo analógico y lo digital, el casete y el
cd, la minifalda. Una era de abuelos que tienen más historia vivida, evolución
232
233
Es la vida misma
momentos en su vida que ellos retribuían con su silencio, con su amor , con la
rigidez de sus acciones , con valorar nuestro comportamiento de no dejarlos
solos,
Angélica Yabrán
Corría el año 1950, hace mucho tiempo ya. Mi familia estaba compuesta por:
padre, madre y diez hermanos. Los abuelos paternos vivían a ocho cuadras,
sobre la “Cuchilla” y a la entrada del pueblo. Ellos, al igual que mis padres, eran
inmigrantes libaneses que respetaban sus costumbres. Mis abuelos no hablaban mucho nuestro idioma pero se hacían entender. Mi papá lo hablaba a su
manera pero mi mamá lo hablaba perfectamente.
Todos los días, luego de desayunar, mamá nos llamaba a mi hermano – un
año menor que yo – y a mí, y nos mandaba a la casa de los abuelos, para
“hacerle los mandados” y ayudar en las tareas que ambos realizaban. La Villa
estaba poco poblada, ellos poseían una manzana completa, que además de
la casa muy grande, estaba rodeada de jardín. También había un lugar para la
huerta, entre los espacios que dejaban muchos árboles frutales de todas clases
y con los que el abuelo hacía injertos, sin salir de mi asombro, pude observar
un árbol que tenía una rama con naranjas, otra rama con mandarinas y otra
rama con limones, ¡¡¡ Increíble!!! Y él, con santa paciencia nos enseñaba cómo
teníamos que hacer para lograrlo… Todo a su tiempo…y hacerlo con mucho
amor… Pero, también poseía al fondo cajones con enjambres, desde donde
cosechaba la sabrosa miel, pura como ninguna. Todo eso les servía para subsistir, para sobrevivir pues vendían o intercambiaban los productos cosechados
que no consumían.
El abuelo hablaba mucho, la abuela no tanto, era más seria, más reservada,
seguramente porque no dominaba el idioma y extrañaba su tierra, sus costumbres, los familiares que habían quedado allá, en el lejano oriente.
Se ponía tan contenta cuando nos veía llegar, que a pesar de su seriedad, y que
no lo demostraba, nos recibía con amor. Esa rutina diaria era un compromiso
que teníamos que realizar, nos guste o no, era casi una obligación… era la vida
misma. Nos enseñaron así… a respetarlos, a valorar su sabiduría, a compartir
234
Recorríamos el jardín con la abuela, que nos indicaba qué flores cortar para
poner delante del cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro y del santo de
su devoción: San José, que tenía en su dormitorio. Generalmente juntábamos
violetas….¡¡¡Tan difícil de encontrar entre las hojas!!! y ante la insistencia de
la abuela debíamos sacarlas a todas…yo no sé cómo hacía, pero, a pesar de
sus años, veía cuando quedaba una violeta entre las hojas…y sí o sí debíamos
cortarla, luego íbamos a la quinta a buscar las verduras que utilizaría ese día en
la comida y nos señalaba las que teníamos que cortar y cómo hacer para no
dañar la planta.
¡¡¡ Todo el día era…enseñanza…!!!
Luego del almuerzo, acompañábamos al abuelo a ver cómo trabajaba con las
abejas, se ponía un traje muy particular que a nosotros nos causaba risa… y
él reía también junto con nosotros. Pero, su experiencia había hecho que se
fabricara su propio traje para poder extraer la miel sin problemas. Nosotros
mirábamos de lejos, nomás. Luego de realizadas esas engorrosa tarea, íbamos
con él hacia el lugar de la casa donde había instalado su peluquería, una habitación con una puerta al exterior.
¡¡¡Con orgullo podemos decir que fue uno de los primeros peluqueros de la
incipiente Villa, que crecía a la vera del ferrocarril!!!
No nos olvidaremos jamás de cómo nos agradecía antes de volver a nuestro
hogar, nos hacía sentar a la mesa y traía toda clase de fruta que había cosechado el abuelo.
Toda una variedad… y colocaba en el centro de la mesa naranjas, mandarinas,
granadas, nísperos, uvas, manzanas, miel….además, unas rosquitas de manteca que eran… una delicia.
Sus costumbres ancestrales, era agasajar con todo lo que cosechaba en su casa
235
y tenía a su alcance.
En más de una oportunidad, volvíamos a nuestra casa con los bolsillos llenos
de productos, pues era obligación saborear todo lo que ponía sobre la mesa.
¡¡¡Era mucho!!! Debíamos comer todo porque si no lo hacíamos, era una ofensa
para ella. Pobre abuela… así nos demostraba su agradecimiento y su amor.
Nuestra familia se caracterizó siempre por la cultura que aprendimos de nuestros padres y de nuestros abuelos. De esa sabiduría que nos transmitieron en
la dignidad del trabajo diario por sobrevivir, en una tierra que los cobijó y que
ellos devolvieron con una familia inmensa, con su trabajo, con sus enseñanzas
de las pequeñas cosas compartidas con amor, con respeto y con responsabilidad.
fran, acordándose seguramente del sufrimiento de sus abuelos, que llegaron
a estas tierras escapándole al dolor y a las privaciones de una guerra injusta.
Mis abuelos ya no están, mis padres tampoco, pero en mi corazón quedaron
forjados a fuego esos momentos compartidos, esos ejemplos de vida austera
y sacrificada, que he tratado de transmitir a mi familia.
Las enseñanzas de nuestros padres, fueron siempre, el respeto, porque ese respeto evidenciaba el amor a nuestros mayores.
¡¡¡Así aprendimos. Así vivimos y así moriremos!!!
Nunca, pero nunca, les contestábamos mal a los abuelos. Le debíamos respeto,
y ese respeto era amor.
Jamás, le hicimos un mal gesto, pues según mi madre, le debíamos respeto y
ese respeto era amor.
Ni por asomo, pensábamos en no satisfacer su pedido de juntar las violetas,
pues le debíamos respeto, y ese respeto era amor.
Tampoco expresábamos nuestro desagrado, cuando nos hacía sacar los yuyos
de las plantas. Eso, decía mi madre, es respeto y ese respeto era amor.
Las enseñanzas de otros tiempos, eran ésas: respeto hacia los mayores, respeto
a sus tradiciones , respeto a sus acciones, porque ese respeto es parte del amor
que se profesaba a quienes habían abandonado su tierra, sus parientes, sus
amigos…y habían llegado a esta sagrada tierra con mucho sacrificio .
¡¡¡Cuánto habrían sufrido el desarraigo y comenzar de nuevo con las manos
vacías!!!
Las nuevas generaciones no están al tanto de ese pasado de prohibiciones de
nuestros mayores. Por eso, los padres los complacen en todo para que no su236
237
Homenaje a mi abuelo
La abuela Lorenza
María del Carmen di Ruocco
María Rosa Barbaresi
Avellaneda, Buenos Aires
Cañada de Gómez, Santa Fe
En estas pequeñas palabras quiero recordar a mi abuelo Ray, vino de su Asturias natal con un montón de sueños a esta bendita tierra, como solía decir.
Por ese amor se hizo ciudadano argentino y votó hasta la última elección que
hubo en este país con el mismo entusiasmo de siempre.
Ella era mi abuela. Descendiente de los indios querandíes que vivían en las
márgenes del río Carcarañá.
Formó su familia querida en esta aldea nueva que ofrecía trabajo, seguridad
y salud, para él era un país rico y bendito por Dios. En lo generoso que era en
riquezas y bellezas naturales.
Terminó sus días rodeado de todos sus hijos y nietos que lo colmaron de todo
el respeto y amor que él supo ganarse a través de los años.
Desde el cielo, donde seguramente estará sentado con su gorra de vasco junto
al Señor y a los suyos nos bendecirá todos los días de nuestra vida y seguramente estará susurrando en esa canción de su lejana tierra que siempre cantaba y que decía…
… A dónde vas, buen soldado, voy por leña, por hijo, por pan... lara la laaaaaaa...
Su mirada siempre se dirigía hacia el horizonte como buscando sus raíces. Había vivido sus primeros años en medio de la naturaleza y le resultaba vertiginosa la vida en la ciudad. Dentro del delantal, que apretaba contra su regazo,
estaban las chauchas que debía elegir para la comida de la familia.
Mi madre, siempre frente a la máquina de coser le prestaba poca atención, por
eso yo me sentaba a su lado y le ayudaba a elegir las mejores chauchas para
sacarles el hilo. A nuestro lado estaba sentado el Capitán, un perro abandonado que ella acarició un día y se instaló al lado de su silla. Cuando terminaba los
deberes escolares ambos eran mi compañía.
Ella me contaba historias reales de su vida cerca del río, de su tarea de lavar la
ropa, recoger raíces y semillas de plantas para cocinar, de mirar con asombro
la cacería de los hombres montados en sus bravos caballos, que solo mataban
para traer el alimento. Entre esos cazadores hubo uno que se enamoró de ella.
Era un mestizo que siempre estaba dispuesto a ayudarlos.
Ya era una mujer de 16 años y sus padres lo aceptaron. La ceremonia nupcial
fue alrededor del fuego un día del mes de julio, cuando subió al anca del caballo de Gregorio e inició una nueva vida. El trabajaba en un campo cortando
malezas y sembrando papas. Con la madera de los árboles caídos hacían el carbón. Cómo habrá sentido la soledad esta abuela habitando un nuevo lugar...
Todavía puedo recordar sus manos rugosas sobre mi cabeza acomodando mis
trenzas... Cuando quedó embarazada nunca fue a un hospital ni la revisó médico alguno. Así tuvo a su única hija, Rosa, mi madre.
238
239
La pequeña casa en la que vivían con Gregorio tenía pisos de tierra y techo de
chala y barro, casi una tapera. Allí Rosa dio sus primeros pasos entre gallinas
y patos, bajo los eucaliptos del patio. En un brasero muy negro de tiempo y
humo, había una olla donde se preparaba la comida, casi siempre un guiso a
base de papa que traía Gregorio del campo.
Mi madre concurrió a los 7 años a una escuela rural donde le enseñaron a leer
y escribir y a los 14 años fue a un taller de costura donde aprendió a fabricar
camisas y pantalones.
La abuela envejeció joven, la recuerdo muy chiquita y arrugada, con su melena
blanca y sus zapatillas de yute. Rosa se casó con un italiano que llegó al país
a hacer la América. Siguió pasando sus días frente a la máquina de coser para
pagar mis estudios, su única hija, mientras él trabajaba entre el surco de maíz
recolectando las espigas.
La abuela siempre estuvo a nuestro lado, y hasta hoy me pregunto por qué
cuando se sentaba bajo el paraíso volaban a su alrededor bandadas de pájaros
cantores que acompañaban su soledad. Se llamaba Lorenza, había nacido en
el respeto hacia la naturaleza, hacia el animal, el árbol y el agua, sin ofensas
para el semejante, por eso supo darnos en su paso por nuestras vidas el mensaje de amor y de esperanza.
No se nos hubiera ocurrido abandonarla a su suerte por eso tuvo nuestras
manos apretando las suyas en el momento de su partida que sucedió cuando
había cumplido 88 años aproximados porque nunca se supo su día y año de
nacimiento. Seguramente debe estar sentada bajo algún árbol añoso, rodeada
de pájaros mirando hacia el horizonte. Yo aún siento su caricia en mi cabeza
acomodando mis trenzas…
La alcancía
María Teresa Horni
Punta Alta, Buenos Aires
El pequeño Juan tomó la enorme alcancía que su madre le había comprado a
pedido suyo y moviéndola para evaluar su contenido permaneció pensativo.
¡¡¡Aún faltaba mucho para que estuviera llena!!! Debería encontrar un modo
más rápido de juntar ese dinero que necesitaba con toda urgencia. Pensó una
y otra vez en cómo lograrlo y de pronto recordó que, en apenas una semana,
su abuelo Lucas cumpliría sus ochenta años, razón por la cual se había programado realizar una gran fiesta a la que asistiría mucha gente. Su abuelo era por
todos querido y daba por seguro que nadie faltaría a esa cita. ¡¡¡No podía dejar
pasar de largo esa oportunidad!!! No diría a nadie nada, ni a su propia madre,
ella no iba a permitir que su hijo anduviera pasando la alcancía entre los invitados como un mendigo. ¡¡¡Qué iban a pensar éstos!!! Posiblemente creerían
que todo había sido preparado y eso a ella la pondría muy pero muy mal…
Tal lo previsto, la fiesta se realizó una semana después. ¡¡¡Muchos amigos y mucha alegría!!! Ya en mitad de los festejos, cuando los espíritus se encontraban
más sensibles por la simple razón de que el estómago estaba siendo mimado,
Juan tomó su alcancía y sigilosamente, comenzó su recorrido yendo de mesa
en mesa. Entre sorprendidos y risueños, los invitados iban depositando su dádiva y no faltó alguien que comentara en tono bromista:
-“¡Lo tienen bien entrenado al niñito! ¿No?”...
Juan no cabía en sí de gozo. Todo estaba resultando demasiado sencillo y poco
faltaba para que esa suerte de cofre, estuviese lleno. Como aún le quedaban
algunas mesas sin visitar, decidió continuar su camino procurando no ser visto
por sus progenitores pero, de pronto, una mano se posó en su hombro y una
voz potente lo interrogó con tono áspero:
-“¿Qué crees que estás haciendo hijo atrevido? ¡¡¡Dime!!! ¿Qué crees?
240
241
Era su madre, cuyos ojos se habían vuelto aún más azules y despedían chispas.
Muy avergonzado, Juan pudo comprobar que los invitados lo observaban entre curiosos y divertidos y, rojo como un tomate, pidió a todos disculpas por
lo que había hecho pero aclaró que lo dado, dado estaba y que él no iba
a devolver ese dinero porque lo necesitaba con toda urgencia y que, quizá,
cuando esa urgencia pasara él iba a darles la explicación que estaban deseando escuchar de su parte.
Fuera de sí, ante tamaño desparpajo, sus progenitores le exigían que explicara
su conducta y la razón por la cual él decía “necesitar ese dinero”.
-“En la casa no le falta nada, a no ser que el motivo sea la obtención de esa
bicicleta que, no por falta de dinero sino por falta de tiempo, no le he podido comprar aún -se excusó el padre muy molesto ante los allí presentes, para
luego agregar- “¿Se trata de eso no?... ¿Se trata de la bicicleta que vimos días
pasados y que prometí regalarte en cuanto lograra desocuparme un poco?...
¡¡¡Respóndeme muchacho, si no quieres que me enoje aún más!!!”
A punto de llorar, Juan negó con un gesto pero permaneció en un obstinado
silencio retorciéndose nerviosamente los dedos.
-“Entonces de que se trata” - exclamó la madre, a lo que el niño respondió que
eso era un secreto que no podía revelar pero que no se trataba de nada malo.
-“No es nada malo, mamá… No es nada malo”, atinó a defenderse Juan casi en
un ahogo.
En ese instante llegó su abuelo Lucas que, pese a su sordera, alcanzó a escuchar una buena parte de lo dicho y poniéndose de parte del niño logró calmar
los ánimos. Después, tomando la alcancía que éste sostenía, reinició él mismo
la colecta como si nada hubiera pasado. Mientras esto hacía, iba explicando
a los nuevos donantes que, si su nieto se había embarcado en esa empresa, el
motivo debía ser muy válido, tan válido que él podría las manos en el fuego
por él.
242
-“Si sabré yo de su bondad… Yo, que sólo recibo ternura y atenciones por parte de este chiquillo. No hay nadie más atento que él hacia mí” -agregó emocionado el anciano.
De retorno a casa, terminada la fiesta, Juan se sentía enormemente feliz; la gran
alcancía había resultado pequeña para tanta generosidad. Generosidad que se
vio duplicada después de lo que, para ellos, resultaba ser un extraño incidente
que había picado su curiosidad. ¿Qué secreto guardaba ese niño que no podía
ser develado?
El abuelo debió agregar una caja más, en la cual él también depositó su importante donativo y los padres no volvieron a tocar el tema con la esperanza
de que, durante el transcurso del día, el pequeño les confesara al fin, el secreto
que guardaba oculto.
Por la mañana, Juan abandonó la cama muy temprano y, tras desayunar, corrió
a su habitación. Abriendo su mochila, puso en ella el total del dinero recogido.
Procurando no ser visto, salió sigilosamente y tomó la calle con paso apresurado. Su madre, que se había mantenido expectante, fue tras él y al cabo de
unos minutos, observó que se detenía ante la puerta de una humilde vivienda,
lo vio empujar la misma y entrar decidido.
Cuando la mujer llegó, Juan abrazaba a un anciano andrajoso que lloraba
emocionado y que se negaba a recibir esa suma de dinero que el pequeño le
ofrecía. Era “El viejo Martín”, un pordiosero al que, seguramente, los habitantes
del pueblo habían visto arrastrar sus miserias pero al que nadie había prestado
debida atención. Sólo ese niño que hoy estaba frente a él rogándole que aceptara sus ahorros, conocía muy bien sus penas y carencias. Más de una vez se
había detenido a escucharlo al regresar de la escuela y más de una vez le había
saciado el hambre con ese alimento que le alcanzaba oculto en su mochila.
¡¡¡Ahora sí, la madre podía entender ciertas raras actitudes en su hijo!!! Ahora
sí podía comprender ese afán suyo de apartar ese trozo de carne o de pollo
asado diciéndole que era para el perro.
Al día siguiente, los invitados que habían participado del cumpleaños, se empeñaron en hacer conocer a todos esa historia que ponía al desnudo los no243
bles sentimientos de ese pequeño. Pese a sus negativas, Juan debió enfrentarse a las cámaras de televisión.
De cara al conductor, con su abuelo Lucas que aprisionaba fuertemente su
mano a su derecha y con don Martín, que lucía impecable por primera vez
en su vida, a su izquierda; el pequeño comenzó a responder las preguntas.
Cuando se lo interrogó por qué razón no había querido decir nada a nadie sobre el destino que daría al dinero recolectado la noche del cumpleaños, Juan
respondió con una simple respuesta; la que se ubica más allá de todo cuestionamiento. Una respuesta que, solamente un alma transparente y un corazón
puro como el suyo podían dar dejando a todos esos adultos perplejos:
-“No quise que nadie lo supiera porque mi abuelo me enseñó que cuando
uno ayuda a otro, para que esa ayuda valga, se debe mantener firmemente en
secreto. Él siempre repite que la mano izquierda no debe enterarse de aquello
que da la derecha. La única que lo sabía era mi alcancía, pero ella no lo podía
contar porque las alcancías no ven, no oyen y no hablan”, concluyó Juan mirando a su abuelo cuyos ojos se mostraban empañados.
La Candela
Stella Maris Verdoljak
Marcos Juárez, Córdoba
Llegaron muy jóvenes desde Croacia; se conocieron y se casaron en la Argentina. Tuvieron siete hijos. Se abrieron horizonte teniendo solo como herramienta sus brazos fuertes, su espíritu de lucha y fe. Trabajaron en el campo y se
radicaron en una chacra cerca de la ciudad de Marcos Juárez, que llamaron
“La Candela”. Levantaron una gran casona, con montes frutales y una entrada
cubierta de plantas de vid.
Era el lugar de importantes concentraciones familiares donde la abuela Elena
era la anfitriona, la cual nosotros los nietos respetábamos todas sus decisiones.
Pasamos tiempos inolvidables siendo niños. Momentos recordados son los
cinco de enero que pasábamos esa fiesta en el campo. Organizando la llegada
de los Reyes Magos; con un tío muy gracioso llamado Bartolo; tal era nuestra
inocencia que él nos hacia preparar grandes montones de pasto y vasijas llenas
de agua por lo cual se reía del enorme desorden que hacíamos; mientras los
adultos se conducían hasta la ciudad de Marcos Juárez a comprar alimentos y
regalos. Esa noche era de juegos, charlas y luego a dormir, para despertar a la
mañana con la llegada de los Reyes Magos; y la algarabía nuestra se confundían con los gritos de la abuela en croata que no entendíamos, la rodeábamos
y la imitábamos.
Para las niñas eran las muñecas y autitos para los varones. Nosotras jugábamos
trepándonos a los altos respaldares de las camas de bronce y le sacábamos los
caireles de las lámparas que colgaban del techo; con ellos confeccionábamos
collares, pulseras y jugábamos a venderlas. Al llegar la noche se preparaba una
larga mesa donde abundaba la comida y los mayores destapaban los vinos
elaborados en la misma chacra.
Nos dejaron profundas huellas marcadas por laboriosidad, bondad y anécdo-
244
245
tas risueñas de la abuela que era muy coqueta. Por eso los recordamos siempre, porque con ellos aprendimos a valorar y practicar la conducta de nuestros
padres y abuelos; conservar en el tiempo todas las cualidades que hacen a una
gran familia.
La casa de la alegría. El recuerdo de mis abuelos
Nerina Aiello
Paraná, Entre Ríos
De niña siempre me gustaba ir a la casa de mis abuelos paternos, no recuerdo
mucho de mis abuelos maternos. Los días lunes, al salir de la escuela con mis
hermanas, almorzábamos en su casa. Mi abuela Corina, maestra, ama de casa,
cocinaba todos los días, le encantaba. Dueña de una dulzura y ternura que nos
llenaba de paz el alma. La recuerdo, sencilla pero coqueta. Nunca, antes de salir
iba a dejar de ponerse un par de aros, un poco de crema, algo de maquillaje y
algún que otro perfume, el cual compartía con nosotras. Entrar en su habitación era de lo más divertido, nos encantaba ver qué había al abrir sus placares
y allí usábamos su peine, nos maquillábamos con sus pinturas y nos poníamos
algún sombrero. También saltábamos en su cama, nos calzábamos sus pantuflas, alguna bufanda o chalina y siempre era disfrazarnos con su ropa.
Con mis hermanas adorábamos ir a su casa y esperábamos ansiosas que llegara el día para encontrarnos en esa mesa redonda, llena de alegría. Todavía no se
por qué, pero la casa de mis abuelos tenía ese “algo” tan especial, que la hacía
única, ellos hacían únicos nuestros días, nos plasmaban una realidad mejor.
Después del almuerzo, que recuerdo los característicos ñoquis de sémola con
aceite de oliva y queso, las fuentes grandes de lasaña, los ravioles con salsa, el
budín de berenjena, los niños envueltos y el guiso de lentejas, todo hecho por
mi abuela. A la hora de la siesta, mientras ellos dormían, nosotras aprovechábamos a jugar, en esto tengo que destacar que nunca recibimos penitencia
alguna por las risas o algún ruido, porque nunca se quejaban, al levantarse
siempre tenían una sonrisa y algo dulce para compartir; caramelos, nueces o
una barrita de chocolate.
Así, llegaba la hora de jugar un rato, antes de hacer los deberes. O nos dejaban
solas o jugábamos a los palitos chinos, a las cartas o algún juego de mesa.
También acompañábamos a mi abuelo a su estudio, donde tenía sus cuadros
246
247
de plátanos. El, a quien todavía no presenté, llamado Antonio, pintaba en hojas
de plátano, con acrílico, lo que hacía en su tiempo libre, es maravilloso saber
que todo eso lo hizo de grande sin ningún curso, ni profesor al lado.
Ella, como buena maestra, se sentaba con nosotros, sus nietos y nietas, a leer
y escribir, practicar lenguas, matemática, ciencias naturales y sociales. Y con él,
no faltaba la hora de italiano, ya que mi abuelo era descendiente, siempre que
nosotras estuviéramos de acuerdo en aprender. Ambos tenían la paciencia
para explicarnos y disfrutaban mucho al enseñarnos.
Según el día salíamos a dar una vuelta, dar un paseo por la plaza, mirábamos
alguna película en el cine o íbamos de compras por el centro. A menudo, teníamos algún amigo a la hora del té.
Recuerdo su casa, una hermosa y amplia casona antigua, compuesta de varias
habitaciones, con techos muy altos. Al entrar al baño, quedaba fascinada por
la bañera grandísima y como en casa sólo teníamos ducha, aprovechaba los
días en casa de ellos para jugar en el agua. La parte que más me gustaba era
el altillo, ubicado arriba de la cochera, donde solíamos subir, para hacer de las
nuestras y jugar con mis hermanas y primos. Además tenía un balconcito donde asomábamos nuestras cabecitas para hacer bromas a los que pasaban caminando. Generalmente salía mi abuelo por la puerta de entrada para llamarnos la atención y que bajáramos urgente. Al fondo de la casa, se encontraba
el patio, no muy amplio, pero lindo. Se me viene a la mente la enredadera que
trepaba por una de las paredes del mismo, me encantaba. Y estaba lleno de
gatos. Eran cerca de once, sí, y de todas clases y colores. Mi abuelo era a quien
le gustaban, y mi abuela, pobre, los toleraba. Siempre alguno cedía en algo.
A la hora de la merienda, leche chocolatada con pan y mermelada de manzana
casera, hecha por mi abuela, era mi preferida. Y es fascinante recordar que a
la tarde se formaba la misma mesa redonda que al mediodía y noche, y tan
sólo para merendar. Había tiempo para todo, nadie corría, nadie tenía apuros,
no había obligaciones de trabajo. Ellos me hicieron conocer la paciencia, el
esfuerzo, el respeto, el amor, y todo, con su ejemplo.
Por la tarde, ayudábamos a barrer, lavar los platos, ordenar y así, mi abuelo nos
248
daba una propina que nos servía para comprar algo en la escuela. Y por ahí,
cuando nos daba algo de más, nos decía “guárdenla”, eso significaba que teníamos que ponerla en el tarrito de lata que teníamos en casa de mamá. Yo creo
que así nos quería transmitir el valor del esfuerzo y el trabajo.
A la noche, a la vuelta del paseo, terminábamos el día en la redonda mesa,
reunidos para la cena, siempre temprano porque al otro día debíamos volver
a la Escuela.
Cuando teníamos permiso para quedarnos a dormir, era lo más lindo y divertido. Y al día siguiente disfrutábamos del desayuno más rico. Para mí, era así
de simple. Estaba tan contenta de estar ahí, de saber que me tocaba un día
de juegos y diversiones. Y estoy segura que mis primos y hermanos se sienten
identificados al leerme. Nos mimaban con un cariño tan especial que no es
fácil expresarlo entre líneas.
Ya de grandes, nos aparecíamos con mayor frecuencia, quizás por unos mates,
una chocolatada, un abrazo o una palabra de apoyo. Seguíamos reuniéndonos
los lunes, el día fijo, pero ya dueños de nuestro camino y nuestra vida, era más
fácil visitarlos cuando queríamos.
Ellos fueron los que me transmitieron el significado de familia, recuerdo las
Pascuas, Navidades, Año Nuevo, cumpleaños y demás festejos vividos en su
casa. Ellos eran el motivo de unión, porque siempre había un lugar para reunirnos, un motivo para compartir, una mesa donde sentarnos. Cuando venían mis
parientes de Córdoba (mis dos tíos y mis tres primos), la casa estaba colmada
de alegría, risas, juguetes, colchones en el piso, todo revuelto y ellos estaban
felices, porque nosotros, todos sus nietos estábamos ahí, sonrientes, corriendo,
trece nietos y dos abuelos.
A la hora de irnos, mi abuelo nos agradecía por hacer “tan feliz” a la abuela,
¿cómo explicar eso?: El respeto y el amor que ellos se tenían mutuamente, es
claro, un ejemplo a seguir.
Lo más llamativo de mi historia, es que justo el día de mi cumpleaños número
dieciséis, salí de la escuela contentísima y fui a casa de mis abuelos para buscar
249
a mi papá y visitar a mi abuelo que estaba internado. Cuando entré, el hablaba
por teléfono, hasta el día de hoy, hace casi diez años, no me olvido el gesto,
sin necesidad de decirme una palabra entendí todo, mi abuelo había fallecido.
La importancia del respeto y el amor
Walter J. Walter
Fue un día muy triste, desde entonces, con dieciséis años, me volví incondicional compañera de la Abuela, con mayúscula, una mujer de fortaleza incomparable, de una mirada profunda, llena de ternura.
Íbamos juntas al supermercado, al médico, nos gustaba ir a mirar obras de
teatro, vueltas en el parque, almuerzos y cenas.
Pasábamos todos los días juntas, hasta que tres años después, en diciembre,
mi papá decidió irse con mi abuelo y dejarnos a mi abuela y a mí un trece de
diciembre. Así fue como en enero, vino mi tía de Córdoba y decidió llevarse a
mi abuela, a otro mundo, al menos para ella. Un mundo nuevo por descubrir
después de tantos años de vida en su ciudad natal, sin su compañero de ruta
y sin uno de sus tres hijos.
Después de diecinueve años en esa casa llena de vida, alegría, risas y juegos,
mi mundo se desvaneció, ese parque de diversiones y donde todo era bueno
y permitido, se esfumó.
Hoy, con Valentín, separada de su papá, hace seis años desde la muerte del
mío, viajo incansablemente a Córdoba, a la casa de mis tíos Manolo y Corina,
a visitar a mi abuela, tiene 96 años, vive en un hogar, se ha hecho de nuevas
amigas con quienes comparte las tardes y juegos de cartas. Su habitación se
encuentra llena de portarretratos con nuestras fotos y de momentos vividos,
asiste a talleres de literatura y lectura. Ahora, comparte más tiempo con sus
nietos cordobeses. Y ella, igual que siempre, dulce, coqueta, paciente, se alegra
cuando uno está alegre y nos abraza cuando estamos tristes. Es mi ejemplo a
seguir.
Lo cierto es que esta casa, ahora es la casa de la alegría, la casa de mis abuelos
y vive en el mejor de mis recuerdos, de mis primos y hermanos.
Hoy, el tío Manolo es el abuelo adoptivo de mi Valen, pero esa es otra historia.
250
Corría el año 1984 a finales de mayo, el frio y la llovizna golpearon con toda
su furia sobre los campos de Santa Fe, en algún olvidado rincón del litoral un
señor mayor de edad llamado Julio, un día más se levantó muy tempano para
trabajar en un campo alejado a 30 km del primer pueblo, donde la mayor parte
de su vida se desempeñó como peón por más de 40 años, cuidador de animales vacunos, atención de aguadas y alambrados, porque por motivos económicos nunca pudo estudiar y dedicarse a otra cosa.
Muy contento estaba porque a pesar de su pobreza y las pesadas jornadas de
trabajo que la piel le marcó y la salud le deterioró, estaba al lado de la mujer
que más amaba, Zulma, una señora de su misma edad casi que toda la vida
luchó a su lado, haciéndole frente a tanta miseria. Y Tobías, un niño de 7 años
que concurría todos los días a una escuela rural que estaba a 5 Km, era hijo de
la única hija que tenían, y que murió durante el parto a darlo a luz, el padre lo
dejó para que críen la pareja de ancianos, lo abandonó y se fue a Buenos Aires
para nunca más regresar.
Desde bebé a Tobías lo criaron sus abuelos. Ellos amaban a ese niño, era como
el hijo varón que jamás pudieron tener. Julio lo levantó al grito de: -¡Mijo Mijo!
levántese tiene que ir a la escuela, lávese la carita y cepíllese los dientes, que
no se le haga tarde, la agüela ya le preparó el mate cocido con pan y su caballo
está ensillau.
Por ser personas de bajos recursos no tenían otro medio de transporte que tres
caballos. El niño dijo: -Pero Abu, hace frio, ¡no quiero ir al cole!... Julio lo miró
dulcemente, lo tomó de las manos y le dijo: -¡Toby queridu! Debe de aprendé a
ser más responsable, porque no es bueno ser ignorante, como yo, que apenas
se firmá un papel y nada más, que por mi pobreza tuve que empezá a trabajar
desde gurí como vos y nunca supe más que seguir ordenes y no saber defenderme ni hablá corretamente como se debe, vaya a la escuela, póngale ganas
251
al estudio, quizás sea dotor o abogau algún día, respete a todos por igual, nada
importa más que el respeto y el amor, con esas dos cosas y más la educación
nada le será imposible cuando sea grande.
gen no dudó en cambiar de caballo y emprender su viaje hasta el pueblo que
estaba a más de 6 leguas, salió como un rayó hacia el camino que iba al sur en
busca de una ambulancia.
El niño reflexionó y aceptó diciéndole que le haría caso, que se iba a portar
bien y que iba a respetar a sus compañeros y maestros, se dirigió al colegio sin
más quejas.
El patrón estaba en el suelo, Zulma lo cobijó y colocó una almohada. Julio
le dijo: - Señor, aguante que pronto mi niño vendrá con una ambulancia pa’
llevarlo al hospital. Y así fue, luego de unas 3 horas más o menos llegó la ambulancia, el señor Rodríguez se sintió feliz con Tobías y con los ancianos que él
mismo había llamado “inútiles”.
Por su parte Julio desayunó unos mates amargos junto a su señora, ensilló
un viejo caballo, entró al espeso monte, se perdió con un silbido suave entre
árboles de algarrobo y ñandubay. Luego de haber curado animales enfermos,
unido alambres cortados y controlar aguadas, volvió muy cansado a almorzar
con su compañera, que los esperaba en un fogón con un guiso de charqui y
de postre arroz con leche. Pero al llegar al puesto se encontró con el hijo del
patrón, con malas intensiones. El ingeniero Rodríguez que había sido nombrado administrador hace poco tiempo y lo esperaba sentado bajo un fresno,
apoyado en su moderna y nueva camioneta, para pagarle unos pocos pesos y
darle la dura noticia: que ya no requeriría de sus servicios, que estaba despedido porque era un “viejo” que ya no servía más, que buscaría alguien más joven,
que tenía 15 días para retirarse y que al haber firmado unos papeles hace meses atrás quedaba excluido de todo tipo de juicio o indemnización.
El hombre se sintió muy mal, le dio un dolor fuerte en el pecho, quizás por los
problemas cardiovasculares que venía padeciendo o por la inesperada traición
y su única respuesta fue: - Está bien señor, como usted mande. Y se quedó apoyado a un árbol con los ojos llenos de lágrimas al pensar que sin lugar a donde
ir y sin trabajo para alimentar a Tobías que era la razón de cada despertar, su
vida sería un infierno. El joven encargado subió a su camioneta, sin saludar, con
una risa burlona porque podría librarse de su peón sin indemnizarlo y tener
gastos de dinero, solo pensó en su propio beneficio, le faltó el respeto a un
pobre anciano trabajador y responsable pero no le importó, aceleró su camioneta imponente y chocó por accidente fuertemente contra un árbol, quedo
atrapado entre hierros torcidos, gritando de dolor y pidiendo ayuda.
Sin dudarlo Zulma y Julio lo sacaron muy mal herido, y si no recibía atención
médica quizás moriría. En eso venía Toby de la escuela y al ver la horrible ima252
En el hospital luego de 3 días con varios huesos quebrados, y mucho mejor por
la atención con calmantes fueron a visitarlo Julio, Zulma y el niño. Le trajeron
un pan casero que doña Zulma le había amasado y un queso que había hecho.
-Para que se reponga con fuerza agregó Don Julio, saludando amablemente
y le dijo: - Le vengo a pedir un enorme favor señor ingeniero, cuando usted
salga de este hospital, se lleve mi Toby con usted porque yo ya no voy a poder
darle más de comer, no he podido conseguir trabajo debido a que soy viejo, y
no tengo rancho adonde dormir, el Toby no tendrá papá ni mamá, porque por
fuerzas del destino quedó solito, pero yo le enseñé a respetar, a querer, a ser
buena persona, lo mando a la escuela todos los días y lee muy bien, ya sabe
contar hasta cien, es bueno andando a caballo, jamás robaría nada y sabe comportarse como un hombrecito, es mi nietito y solo le pido que abra su corazón,
no quiero que pase hambre.
El ingeniero Rodríguez se dio cuenta que Julio era un hombre con el corazón
lleno de amor, que no había lugar para el rencor, que sabía respetar y que no
tenía odio por nadie, los ojos se le pusieron brillantes, reflexionó por un momento, agradeció con miles de palabras a Julio, Zulma y Toby, que de no ser
por ellos habría muerto en el campo y agregó: - Don Julio, Doña Zulma y vos
Tobías sépanme disculpar, he sido un ciego toda mi vida, por tener dinero me
he creído dueño de todo y le falté el respeto a tanta gente buena, quiero que
conserve su trabajo, quiero enmendar mi daño, que el niño tenga todo lo útil
para terminar la escuela y seguir sus estudios, voy pagar sus aportes atrasados,
así ya se jubila pronto y los voy a dejar quedarse en el campo ¡hasta que ustedes quieran! Y así fue por muchos largos años.
253
Hoy mayo de 2013 Tobías es un joven doctor, con ganas de ayudar a todos los
necesitados, tiene una camioneta 4x4 que recorre caminos rurales para auxiliar
enfermos y aunque sus abuelos ya no están en este mundo los recuerda con
cariño como a mis padres queridos, y en la puerta de su consultorio de un
pueblito de menos de dos mil habitantes de Santa Fe está escrito con letras
doradas: “Si no tienen el dinero para la atención, aquí serán recibidos y atendidos por igual, porque una vez un hombre sabio me enseñó que nada es más
importante que el respeto y el amor”. Doctor Tobías al servicio de todos.
La vida pasa junto a él y lo abraza
Norma Noemí de Líbano Elorrieta
Buenos Aires
¿Qué ve la gente cuando cruza en la calle a un Juan sonriente que los saluda?
¿Sienten cerca de Juan? ¡Los de la Sociedad de Fomento de su barrio lo quieren y hablan con él! Juan suele ser muy atento y le ayuda a las vecinas a llevar
sus compras hasta su casa.
Ángela, su abuela, está lejos de su querido Tucumán. Su día lo pasa en el trabajo dentro y fuera de la casa ¡Qué difícil es entender que su nieto se muestra
diferente a otros jóvenes! Pero ve que siente igual que todos.
Ella conoce muy bien el estallido del dolor en el momento en que nacía Juan
y no llegaban al hospital, el parto difícil de su hija, el color azul de su bebé que
estaba casi asfixiado. Realidades que agregaron más surcos a su cara, nublada
por los vendavales de sufrimiento. Él creció con su amor y el de toda la familia,
pero los chicos del barrio lo veían diferente, no lo llamaban para jugar. Pero
¡¡¡Qué bueno fue cuando en el Club lo integraron en la ludoteca y ahí jugó y
aprendió natación!!! La “abu” recuerda cómo los compañeros supieron lo que
tenían que hacer. Un día en el que Juan no quería jugar, otros chicos hicieron
una ronda alrededor de él y cantaron con esas voces bullangueras de los cuatro años. Su carita se transformó y una enorme sonrisa la iluminó.
Pudo ir a la escuela con niños como él y maestras que lo querían y comprendían mucho, que lo alentaban, que le enseñaron a divertirse y a jugar. El misterio de la lectura llegó tarde y también aprendió la hora, junto a los programas
de dibujitos que tanto le gustaban.
Juan vive feliz en este taller protegido ¡Su familia del corazón! Aquí es libre,
muestra el vuelo de su emoción cuando está con un compañero y expresa lo
que siente. Usa pocas palabras, pero iluminadas con gestos, con bailes, con
un trabajo bien hecho. Disfruta cualquier parte de su cuerpo, fantasea, ríe, llo-
254
255
ra, comparte… Sabe que todo esto forma parte de vivir bien. Le alegran los
encuentros de folklore porque baila la chacarera con María, en el ritmo ágil y
festivo de esta danza picaresca.
Juan ama esta vida en el taller, su trabajo, sus profesores, sus amigos. Ama el
olor que llega desde la panadería del barrio, el sabor de las manzanas frescas,
el perfume de los paraísos florecidos, el tumulto de voces de los chicos cuando
salen de la escuela, el arrullo de las palomitas que juguetean sobre los cables.
Ama a su abuela que lo cuida y lo mima con esas pequeñas cosas hogareñas:
un beso en la frente, un abrazo y unas cosquillas, una rica torta de ricota, una
remera limpia y una cama mullida como la viejita linda.
y misterioso, porque no lo ven cuando trabaja, baila, pasea o juega con sus
compañeros.
Juan encontró su lugar en el mundo y su existencia se ata con los finos hilos
que lo unen a él. No está solo, el taller le muestra la vida, la toca y la vida pasa
junto a él y lo abraza. Ama a María y se muestra en la calidez de sus ojos que
son de de ámbar y de miel, es cariñoso, le habla, la siente ¡Ríen juntos!
Nada le impide quererlo porque Juan es como ella. Comenzaron a tender un
puente con un dulce beso y pudieron amarse sin prejuicios y sentir su sexualidad como todos. Se muestran su placer, ternura, vivencias, gestos, miradas.
Él disfruta de las estaciones del año en Villa San Luis porque cambia de colores
su lugar, se tiñe de amarillos y naranjas en otoño, de verde apacible en verano,
de marrones en invierno y de rosas, blancos y verdes en primavera, cuando las
plantas comienzan a florecer.
Ángela sufre, porque piensa que si no se cuidan pueden tener un bebé y que
él sería como todos.
Un día sale de paseo a la Ciudad de Buenos Aires. Enmudece ante el vibrante
aroma balsámico de los “liquidámbar”. Sus maestros dicen:
-¿Cómo haría ella para poner la cara frente a los prejuicios y las realidades que
la rodean?
-¡Es el rey del otoño en Buenos Aires!
¡Sabe que Juan no es una persona incontrolable, pero no ignora que manifiesta las emociones que pueden tener repercusiones!
El grupo del taller protegido de detiene en el Jardín Botánico sólo para disfrutar de las estatuas de mármol y cerca del arroyo Juan se funde con las expresiones de sentimientos que le generan los cantos de los pájaros, fuerte, con un
registro impresionante de silbidos y borboteos .
¡Qué sensación de libertad, de alegría en esta magnífica tarde lila, violeta que
estalla con el suave sol de la tarde!
Embriagado de color y de luz camina por las calles de Palermo entre cafés y
restaurantes bulliciosos. Y se pierde en el placer…
-¿Cómo podrían criarlo?
Juan y María viven naturalmente sus afectos y sus posibilidades aumentan. Son
más libres y seguros en los encuentros de danza, hacen una obra de teatro que
emociona al público que los aplaude de pie, las artesanías lucen más bellas,
animan las fiestas. Ellos saben que no pueden pasar de largo el uno del otro.
Algunas personas le han dicho a Ángela que si todo ser humano necesita
educación sexual, también la precisan los jóvenes con necesidades mentales
especiales.
¡Así ve que puede pedir ayuda! ¿Será en el taller protegido?
En el taller él ha ganado confianza y autoestima, se saludan con sonrisas y
abrazos y así pretende hacerlo en su barrio. Juan no se da cuenta que algunos lo ven distinto porque viven el fantasma del miedo a lo prohibido, raro
256
257
Léxico de amor
los domingos, el lechón asado que solo ella sabia darle el punto exacto para
que quedara tan exquisito. La recuerdo enseñándole a mi hermano como hacer el asado tan rico.
Beatriz Prieto
Mercedes, Buenos Aires
Evocando los recuerdos de mi niñez, llega tiernamente a mi memoria, la imagen de las manos de mi abuela, siempre ocupadas en alguna labor, repletas
de harina, amasando dulcemente los buñuelos para la reunión familiar del
domingo, o tejiendo carpetitas al crochet; conservo con mucho cariño unas
carpetitas blancas que me tejió cuando yo tenía 14 años, para que las usara en
mi casa cuando me casara y formara mi propia familia y hoy en día las uso en
mi hogar, con mi marido y mi bebé.
Añoro el aroma a café con leche, que preparaba en las tardes soleadas de invierno, el aroma a su perfume… también las historias que me contaba a la
hora de la siesta, debajo de la higuera, cuentos con moraleja que siempre dejaban una enseñanza, un consejo y yo quería que me los contara una y otra vez
hasta aprenderlos de memoria, me parece que aún escucho su dulce voz, llena
de amor, eran momentos que parecían eternos, donde el tiempo transcurría
lento, sin prisa.
Son tantos los recuerdos… Su hermoso jardín lleno de rosas, jazmines, margaritas, claveles y muchísimas flores más, también el gran cuadro de la Virgen
de Luján que tenía en la cocina siempre con flores frescas, recuerdo cuando
cortaba las flores y me decía: “Estas flores son para la Virgencita”. Ella siempre
acostumbraba regalar un ramito de flores a todas las personas que la iban a
visitar. Tenía muchas verduras y árboles frutales, de los cuales la higuera era mi
preferida, ella misma los había sembrado, al igual que sus flores, arreglaba su
jardín con mucho cuidado… ¡Cómo le gustaba!
Ella estaba preocupada de poder llegar bien a la fiesta de mis 15 años. Recuerdo que en la noche de mi fiesta elegí entrar del brazo con mi mamá y mi papá
y que mi abuela me recibiera, ella me esperó en la puerta del salón recuerdo
su emoción y la ternura de su mirada.
Pura sabiduría y para todo tenía una solución, una respuesta. Siempre trataba
de protegerme con sus amorosas palabras de todo aquello que me pudiera
hacer sufrir. Como me gustaba que me peinara, recuerdo que era tan suave…
tenía tanto cuidado, no puedo evitar emocionarme y derramar un par de lágrimas, hace ya tantos años que está en el cielo… lágrimas de nostalgia por no
tenerla, de emoción por sus recuerdos, de alegría por haberla disfrutado y de
agradecimiento por todo su amor.
Le di tanto amor a mi abuela como ella a mí y gracias a Dios pude disfrutar de
ese amor hasta mis 15 años, a partir de ahí siento que siempre me está cuidando, si fuera posible sería, sin duda, una de las personas que elegiría para que
esté a mi lado eternamente.
A vos, si por suerte tenés a tu lado a un abuelo, me voy a permitir darte un consejo… Dedícale parte de tu tiempo, disfrútalo muchísimo, cuídalo, escúchalo
atentamente, seguro tenés tanto que aprender de tu abuelo… y sobre todo
demuéstrale cuanto lo amas. Yo tuve la suerte de poder hacerlo y comprobar
que en el amor cotidiano, en las expresiones cálidas, en las cosas simples está
la felicidad.
Amor. Bondad. Unión. Ejemplo. Léxico de amor, todo eso y más simboliza mi
abuela. ¡¡¡Te amo por siempre abu!!!
Y hablando de sabores… todo lo que preparaba mi abuela Laura era riquísimo.
La ensalada rusa que preparaba siempre para Navidad, sus postres, sus hamburguesas, la batata asada; hasta el agua que tomaba en la casa de mi abuela
en mi niñez era para mí la más rica del mundo e incomparable. Los asados de
258
259
Lo primero que veía cada día
Mañana será otro día más
Guillermo Vergani Mior
Alicia Kliczkowski
Donde yo nací casi todo era verde. Al menos yo veía casi todo verde (aun hoy
miro más lo verde que otro color). Verde el pasto donde jugaba al sol, verde el
parral en el verano, verde de la asombrosa huerta, verde oscuro de la bicicleta,
verde, de los castaños y los nogales, del mandarino y el limonero…y el verde
inmenso y profundo de los ojos de mi abuelo. Mi abuelo que jugaba conmigo
en el pasto, que había podado cada año el parral protector donde comíamos
y cantábamos canzonetas italianas, la huerta que parecía mágica tocada por
su amor, cuando me enseñaba a desbrotar tomates y berenjenas con sus manos fuertes pero tiernas, huerta que daba maravillas gigantes para mi metro
de altura. El castaño y el nogal que plantó él ni bien pisó esa tierra y donde
yo aprendí a trepar, a volar y a entender el idioma de los pájaros. La bicicleta
que había viajado con él en barco y cruzado juntos el Atlántico. Esa misma
con el canasto de mimbre donde el abuelo me llevaba a pasear por las calles
arboladas de mi pueblo, donde viajaba feliz, oliendo a azahares y paraísos
en flor hasta el arroyo mojándonos los pies con la excusa de juntar berro. La
bicicleta donde me llevaba a la escuela en primer grado en los firmes inviernos
aromando frío y a leña de chimenea. También fue la única ambulancia capaz
de llevarme a toda velocidad cuando tuve mi primer herida importante, con
mi abuelo pedaleando, como nunca, a toda velocidad. También era verde su
bufanda y el banquito de madera donde cada mañana me servía el desayuno
de mate y pan tostado con queso de rallar.
Era una costumbre de toda la vida acompañar a mi madre en las veladas en
que tocaba el piano.
Por eso antes de todo, antes de hablar, escuché la música de su voz alegre y,
antes de escribir, dibujaba sus zapallos enormes, sus tomates rojos, y a él acariciando la tierra para sembrarla. Antes de todo, antes de antes, está la sonrisa
más hermosa del mundo, como una luz que me cuidaba de todo y la bondad
infinita de sus ojos verdes. Es lo primero que recuerdo de mi vida, es lo primero
que veía cada día.
260
Cuando ella movía la cabeza yo sabía que tenía que dar vuelta la hoja de la
partitura.
Llegó un día especial, esperaba a mi segundo bebé, pero igual acompañé a mi
madre hasta los minutos previos a salir corriendo a la maternidad.
Ya en la calle, mi marido Juan, manejaba nervioso y me decía: falta poco, ya
llegamos y me preguntaba si había sido necesario esperar hasta el último momento.
Apenas bajé del auto me acercaron una camilla, corrieron las cortinas de ambos lados del corredor
Y… nació Camila.
Juan estacionó el auto y cuando entró preguntó: “¿Dónde está la señora que
vino a tener un bebé?”. “¡¡¡Ah!!!, ¿la señora que tuvo una nena?”. “No, no, la señora que vino a tener un bebé”. Juan no entendía que su hijita había nacido y
era hermosa.
No se cansaba de mirarla, decía como todos los padres. “Es la más linda del
mundo”
Pasaron los años, la familia se fue agrandando y yo seguía acompañando a mamá
en los encuentros musicales. El auditorio crecía, sus nietos iban a escucharla y la
miraban con mucho cariño. A ella se le iluminaban los ojos al ver a esos chicos
tan pendientes de su música y terminaba tocando canciones infantiles.
261
Esto duró hasta que se hizo mayor. Luego tomé su lugar y fue Camila la que
daba vuelta las hojas de las partituras. Las veladas siguieron, siempre tuvimos
presente a mamá y no faltaba quien dijera: tocas el piano casi tan bien como
tu madre y para mí era un placer enorme escucharlo.
Esas reuniones familiares, con amigos o con gente que me escuchaba por primera vez, eran tan emotivas que eran un granito más que agregaba al sabor
de la vida.
Mi abuela
María del Carmen Jramoy de Trombotto
A mi abuela, Fernanda Quiroga Coceres, la conocí recluida siempre en los límites del rancho de mamá, aunque por haber tenido cinco hijos, todos de padres
diferentes y por ello supongo que antes debió haber vivido una vida distinta.
La recuerdo delgadita, muy morocha, con su larga pollera y un eterno pañuelo
anudado a la cabeza, sentada en un banquito bajo, conmigo en brazos, creo
que yo tendría unos tres o cuatro años, mostrándome las bandadas de pájaros
negros que al amanecer partían desde la plaza central de nuestro pueblo y
cruzaban sobre nosotras en raudo vuelo, que según la abuela, lo llevaban a
“sus trabajos diarios” y que volvían a sus nidos de plaza, indefectiblemente en
cada atardecer.
Mamá y la abuela eran lavanderas, de grandes atados de ropa ajena que eran
llevados a casa para tal fin; “llevados” es una forma de decir, los llevaba mamá
y yo la acompañaba.
Nunca supe por qué mi abuela nunca trasponía el portón del rancho, sin tener
ninguna discapacidad. Pero no traía la ropa, ni el agua, no hacía los mandados… ¡¡¡no iba a ningún lado!!! Solamente hacía la comida y ayudaba a mamá
a lavar la ropa.
No teníamos agua corriente, debíamos traer el agua con grandes baldes de latas que fueron de remedios veterinarios y que mamá y yo llenábamos de agua
en la canilla pública, distante dos cuadras de nuestro rancho y que acarreábamos pendiéndolos de un palo de escoba que sosteníamos por los extremos.
El ámbito del lavado era casi el centro del patio, bajo la sombra del paraíso, cerca de las calas. De cuclillas, mamá y abuela lavaban esas interminables ropas
ajenas. Toda el agua sucia y jabonosa, iba a las calas que siempre retribuyeron
con sus blancas flores destinadas a nuestros muertos, a quienes aprendí a hon-
262
263
rar desde la más tierna infancia.
Abuela me contaba cuentos de su inventiva. Hablaba casi siempre en guaraní
con mamá, pero ambas impedían que yo lo aprendiera, porque creían que ello
me haría inculta.
Abuela Fernanda vivió hasta el 5 de julio de 1962, siempre cuidada y atendida
en todas sus necesidades por mamá. Murió de tuberculosis, enfermedad muy
frecuente en esa época, en el Hospital Civil de Curuzú Cuatiá.
A la fecha de la muerte de la abuela yo estaba pupila, cursaba el segundo año
de magisterio y pasaba uno de los periodos más dolorosos de mi vida, alejada
de mamá y de la abuela… y en cautiverio.
Después de enterrar a la abuela, mamá llegó al colegio toda vestida de negro,
siempre con el consabido atado de ropa lavada (en este caso la mía). Supe de
inmediato al verla que su amada madre había muerto y que me la ocultó, por
miedo a la contagiosa enfermedad.
Abuela Fernanda es un recuerdo dulce en mi vida, pero escaso, evoco por
ejemplo su “Chaque Honoria el memby” (cuidado Honoria, la niña), anticipando que me acercaba para dejar ambas de hablar en guaraní, porque me volvería “saguaá” (inculta) ¡¡¡Cuan equivocadas estaban, cómo querría haber aprendido el guaraní de mis mayores!!!
Abuela
Tan lejana
en el tiempo
tu imagen
viene a veces
dulce y tierna
como los viejos
cuentos que
inventabas
cariñosa
y etérea.
Las bandadas
de pájaros
te traen
y te llevan
en su vuelo
por un cielo
de ángeles.
Donde tú
velas uno
que me espera.
En memoria de mi abuela, mi segunda hija lleva su nombre.
A ella encomendé finalmente la más penosa misión derivada del dolor más
grande que el destino me deparó: cobijar en su regazo de tierra, a mi bebé,
Martín Miguel José que murió, naciendo en 1975 y a quien conoceré recién
cuando yo también me muera. Sé que nadie mejor que ella para recibirlo en el
cielo, donde ya abierta a toda la sabiduría, no le habrá negado el aprendizaje
de la dulce lengua de nuestros ancestros.
Estos pretendidos versos concluyen mi homenaje:
264
265
Mi abuela Carmen
mejoría cuando nota que está con problemas de salud.
Alicia Passano
En unos días cumple 102 años, se llama Carmen y es mi abuela. Nos conocemos desde siempre, mi infancia está plagada de canciones, juegos y rondas
compartidas en vacaciones, cuando con mis primos nos quedábamos en la
casa de los abuelos. Eran hermosos los momentos en que jugábamos a la peluquería, la abuela –por supuesto-, nuestra mejor cliente, siempre paciente,
dejándonos ensayar los peinados más extravagantes en su hermosa cabellera.
Humildad y sencillez son su mayor fortaleza, los brazos extendidos que rodean,
contienen, cobijan y son el refugio esperado luego de un día de trabajo.
Mi abuela tiene la sabiduría de los años. Está tan lejos de cualquier tipo de elucubración, envidia, celos que, casi diría, estar a su lado es estar cerca del cielo.
Hace un tiempo vive en casa con mi mamá, que es su hija mayor. Formamos
un equipo de mujeres, nos sostenemos y cuidamos la una a las otras. Desde
la convivencia he aprendido las cosas más importantes de la vida, expresadas
con lenguaje claro, sencillo, de una manera tan natural y obvia, que sorprende
el no haberlas visto antes.
“¿Te diste cuenta que hoy la gente no canta?, antes las personas hacían las cosas cantando, silbando” rememora cuando, muy joven, en su pueblo, Coronel
Seguí, para ayudar a la precaria economía familiar lavaba ropa ajena en una
batea, con agua fría que jugando, bombeaban manualmente los chicos entre
saltos y risas. “Un día en el que no se ha reído, es un día perdido”, expresa con
convicción.
Cada momento de la vida es un momento maravilloso en el que descubre los
detalles que hacen la diferencia entre correr cumpliendo con las obligaciones
cotidianas y disfrutar del verdadero vivir.
Muy joven conoció a quién fue su compañero durante muchos años de vida,
con él se casó y tuvo cinco hijos, seis nietos, ocho bisnietos y dos tataranietos.
Esta mujer, de frágil figura que apenas pasa los 42 kg, crece en valor y fuerza de
voluntad. Ha pasado penurias, que resultaron suavizadas por una visión amorosa de la familia. Conmueve verla caminar con lentitud y cierta dificultad hacia
la cama de mi madre, su hija, para darle un beso, abrazarla y desearle pronta
266
267
Mi abuela Dorotea...
Margarita Mercedes Cardoso
Azul, Buenos Aires
Érase una vez, una dulce muchacha de origen español, de mirada clara y cabellos largos, que siendo muy pequeña se quedó huérfana y fue adoptada
por integrantes de una comunidad de pueblos originarios, cuyas tolderías se
erguían orgullosas en las cercanías de la margen izquierda del Callvú-Leovú
(Arroyo azul).
Así, entre recuerdos de su primera infancia y las nuevas costumbres, el tiempo
transcurrió....y formó una hermosa familia con un joven del lugar (no aborigen)
con quien tuvieron once hijos; cuatro mujeres y siete varones.
Los años pasaron....y la vida la convirtió en mi abuela materna ¡¡¡Dorotea!!! ...y
desde entonces ella pasó a ser uno de los seres que más amé en mi vida y
forma parte de mis mejores recuerdos.
Siempre fue miembro de una familia humilde y muy trabajadora. Estas condiciones hicieron que por ahí no pudieran tener demasiados estudios, pero sí
una gran capacidad para transmitir conocimientos.
Mis recuerdos se remontan a mis primeros años, cuando disfrutaba enormemente de mis visitas a la casa de mis abuelos, casa construida por ellos mismos
con paredes de adobe y techos de paja que siempre lucía impecable, tanto en
higiene como en conservación....con amplios ambientes y un gran patio con
aljibe y macetas muy florecidas...
Durante otros días de la semana, compartía con ella largas horas de charlas
en las cuales me fascinaba escuchar las historias de tolderias, en las que no
faltaban numerosas expresiones en la lengua quechua, que lamentablemente
ya no recuerdo y que se fueron perdiendo porque la misma no tiene escritura.
Así, en esos momentos, sentadas en un banco de madera que le había construido mi abuelo, ella se dedicaba a hilar lana de oveja mientras yo le ayudaba
a sacarle las impurezas. Era maravilloso ver sus manos trabajando, tan seguras,
tan veloces, tan suaves... Una vez hecho el hilo, hacíamos las madejas en el
“espagüe” como ella le llamaba; para luego proceder a su teñido.
Esta era otra instancia de su trabajo que a mi me encantaba. Con mi abuela,
durante horas caminábamos por el campo recogiendo yuyos y plantas que
luego les permitían conseguir los colores con los que teñiría las lanas. Que
emoción sentía cuando después del proceso lograba los colores y las lanas
tomaban distintas tonalidades.
Pero esto no finalizaba ahí...si no que luego mi abuela armaba su telar de madera y sus manos se deslizaban como palomas tejiendo las coloridas mantas,
que luego comercializaba para contribuir a la economía familiar...
...Terminada la jornada laboral, y después de dedicarse a las tareas que demandaba el hogar, siempre tenía un lugarcito para seguir prodigándome sus mimos y sus cuidados. Así, nos dirigíamos a un cobertizo que tenía la casa, y allí
compartíamos el mate, el mate cocido con leche o la cascarilla con leche (con
la única persona y en el único lugar que yo tomaba leche), para lo cual encendía un brasero de hierro con carbón de piedra y/o leña en el que calentaba
la pavita tiznada que con un silbido nos avisaba que la merienda sería una
realidad al final de la tarde....
Hoy mi abuela Dorotea ya no está...pero su recuerdo, su amor y sus enseñanzas, estarán por siempre en mi corazón.
Luego, era costumbre acompañar a mi abuela hasta la puerta grande de calle
cuando se marchaba para entregar la ropa que lavaba para afuera, la que llevaba artísticamente calzada sobre su cabeza en un enorme atado y así caminaba
muy segura y elegante.
268
269
Mi abuela, mi ejemplo
mis creaciones, escucharla levantar la voz, retarnos o enojarse, cosa que con
mucho menos obteníamos de nuestra pobre madre.
Julia Alicia Soraire
Madariaga, Buenos Aires
Mi abuela tenía una extraña capacidad: mantenerse inconmovible ante mis
travesuras y la de mis hermanos, aún en aquellas en las que más se esmeraba
mi imaginación infantil.
Mi infancia transcurrió en un barrio tranquilo, para lo que el término significaba en la década de los años ‘70, pero los miedos maternos la habían limitado
a un reducido patio cercado con un paredón y rejas, con lo cual, analizando
ahora y muchos años después, el desarrollo de nuestra imaginación se potenció enormemente.
Liderando la producción de iniciativas, me encontraba yo, haciendo merecido
uso de mi título de hermana mayor, enormemente jerarquizado familiarmente como portador de rol y estatus.
Cada vez que mamá debía internarse para dar a luz a un nuevo hermano o se
enfermaba, impidiéndole esto desarrollar a plenitud su esforzada tarea, hacía
su aparición la infranqueable presencia de mi abuela materna, Francisca para
el mundo, “Pancha” para sus afectos.
Residente ella en Intendente Alvear, provincia de La Pampa, y nosotros en Ituzaingó, provincia de Buenos Aires, lamentablemente no eran muchas las oportunidades en que disfrutábamos de su visita. Pero siempre había admirado en
ella su equilibrio y serenidad, tal vez porque la contraponía a la exigida situación de mi madre criando sola prácticamente a siete hijos, con las prolongadas
ausencias de mi padre por motivos laborales.
Portadora de la serenidad y la calma que sólo proveen la experiencia y una
vida transitada por dificultades que la obligaron a desarrollarlas y ejercitarlas
permanentemente, a mi me enojaba no lograr, ni aún con la mas esforzada de
270
Así mi abuela fue provocando, desde mis más cortos años, una profunda admiración que se fue incrementando con la información que me aportaban los
relatos maternos. Miraba sus manos sufridas por el desgaste del tiempo y las
múltiples actividades que desarrolló para llevar adelante una familia con diez
hijos ella sola, viuda muy joven y con ausencia de la seguridad social en aquellos años. A pesar de ello, esos dedos deformados por la artrosis se movían
ágiles y sorprendentes guiando la aguja de crochet y la lana y yo, entonces,
encontré a su lado un motivo que lograba mantenerme largos ratos sentada y
tranquila para beneplácito de los mayores.
Ella me fue aportando su técnica y con la paciencia que, ahora que soy madre
comprendo, sólo pueden tener los abuelos, me daba secretos para obtener
puntos parejos, facilitar el tránsito de la lana de manera fluida y evitar que los
ovillos de colores terminaran fusionándose en un desorden.
Me introdujo en los principios de la religión, cuando a partir de un cuadro
que había en una de las paredes de su casa me habló de Jesús y de su amor y
sacrificio por toda la humanidad.
Ella, muchos años después lo comprendí, entendía nuestra situación y en cada
oportunidad en que quedaba a nuestro cuidado, omitía contarle a nuestra madre lo mal que nos habíamos portado, pues sabía que con ello, sólo lograría
sumar más limitaciones a nuestra ya comprimida infancia.
Cuando crecí y me convertí en esposa y madre, en la última visita que realizamos en su casa, pude en un arranque de afecto y admiración, decirle públicamente cuánto agradecía la actitud que había tenido durante nuestra infancia,
a pesar de nuestros mejores esfuerzos por desbordarla. Ella me contestó con
muy pocos argumentos que nos quería mucho. Con esto se alivió enormemente mi remordimiento adulto, pero se incrementó en igual medida mi amor
y mi respeto hacia ella. Ahora, desde la reflexión que me permiten los cincuenta años, creo comprender las motivaciones de su accionar: cuando se quiere
tanto, como ella nos quiso, siempre se entiende y se encuentran los motivos
271
para las actitudes de los seres amados, aún aquellas que nos duelen.
Hace muchos años que lamentablemente la perdí, pero me sucede con ella
algo muy especial. Siento verdaderamente que no se ha ido. La mantiene muy
presente mi admiración y el respeto que su recuerdo tiene. Al mirarla en una
gran foto que tengo colocada en un lugar destacado de mi casa, le dedico los
mejores esfuerzos y logros de mi día. Le hablo a mis hijos frecuentemente de
ella, de su forma de ser, de su esfuerzo y su ejemplo que ha guiado la vida de
mi madre y ahora la mía.
Cuando siento que las dificultades me desbordan, pienso en su serenidad y
con ello reencuentro la fortaleza para superarlas. Cuando algo vincula su recuerdo directamente con el presente, me emociona ver cómo en los ojos de
mi madre afloran las lágrimas y me dejo contagiar.
Haber transitado la vida y dejar un testimonio tan fuerte y tan marcado en su
familia es un privilegio que no todos alcanzan y ella lo logró.
Mi abuela, mi madre
Graciela Isabel Möen
Buenos Aires
Mi madre era demasiado joven para ser madre. Mi padre amaba demasiado las
fiestas para ser padre. Mi hermano y yo vivíamos sacudidos por el desamparo
y la zozobra del náufrago emocional.
Mi abuela nos amaba demasiado para ser sólo la abuela antes nuestras necesidades. El tazón de café con leche que siempre nos preparaba fue un elixir de
vida. El aroma a jazmines del hogar que nos ofreció nos sigue acompañando
-aunque ella ya no está físicamente- en cada momento importante de nuestras vidas.
Mi abuela se convirtió en mi madre, nuestra madre: ¡la mejor madre del mundo!
272
273
Mi abuelo ídolo
La verdad es que quedan pocos como él… Grande... toda una vida recorrida
pero todavía con tanto amor para dar y tantos nietos y bisnietos para malcriar.
Fabiana Villalba
Hay distintos tipos de abuelos... Cada uno tendrá su forma de ser. Sus años
vividos, sus experiencias vividas.
El mío es ÚNICO... Hay tanto para contar de él. No hay mejor doctor que él. ¿Te
duele la cabeza? ¿Estás engripado? ¿Estás mal del estómago?
El dice… los remedios no sirven. Y te hace un té... amaaaaargooo… que con
apenas mojar el labio o sentís el olor y ya te sanás.
Los domingos cuando vamos a visitarlo siempre tiene guardado un poco de
asado y pica en una maderita para que comamos todos juntos.
Y si no tiene asado porque cocinó otra cosa, nos da huevo duro (hervido) para
comer, o nos hace pororó. Siempre golpeando la olla y diciendo el nombre de
todos los que estamos. Según él explotan mejores los granos de maíz…
Cuando yo iba al colegio -uno que quedaba a media cuadra de su casa- con
mis hermanos siempre pasábamos a saludarlo antes y siempre quería hacernos tomar un té con galleta.
No quería que vayamos sin comer algo porque nos desmayaríamos en el cole.
Y eso que desayunábamos en casa. Y, aparte de eso, a las 6:30 am ya se sentía
el olor a comida. Él ya estaba cocinando, después llegaba la hora de cocinar y
ponía a calentar su sopa. Y, si pasábamos después del cole nos hacia sentar a
comer si o si. Y si le decías: no, gracias, me duele la panza… ya te hacia un té.
Cuando vienen los domingos a casa mi mamá siempre quiere hacer el asado
en el horno, pero el abuelo siempre quiere asarlo afuera, y si al final se termina
haciendo en el horno él no queda quieto ¡ni un ratito! Siempre quiere arreglar
algo.
274
275
Mi abuelo Paulino
Jorge Ilifor Velázquez
Buenos Aires
“Respeto es amor” es el lema para todo orden de la vida, en la cual hoy nos
toca hablar de nuestros abuelos. Yo puedo contar mi historia de vida real; tres
de mis abuelos cuando nací ya no estaban con vida, pero sí mi abuelo materno
llamado Paulino y de él recuerdo sólo una anécdota.
Esto pasó cuando tenía cinco años, en la provincia de Catamarca (límite con
Santiago del Estero), era un día de invierno, lloviznaba y hacía mucho frío. Salí
con mi madre a las 8 de la mañana para llevar a pastorear a un rebaño de cabras,
cuando mi madre decidió volver a casa, dejando a los animales en ese lugar
de pastoreo. Allí emprendimos el regreso, pero en sentido contrario. Caminamos, caminamos y no nos dimos cuenta que estábamos perdidos. Seguimos
caminando desorientados y encontramos un puesto en el medio del campo,
nos acercamos a ese lugar, nos atendió una señora a la cual le pedimos agua,
la tomamos y luego seguimos caminando siempre en esa dirección contraria.
echaba mucho calor, nos dio ropa seca y también nos preparó un buen café
con leche bien caliente con un aroma muy rico que aún hoy recuerdo cuando
entro a algún café en Buenos Aires. Cuando estábamos tomando el café con
leche y pan casero caliente, aparece como un milagro mi abuelo Paulino junto
a un amigo que lo acompañaba, bajan del caballo y nos encuentran. “¡¡¡Qué
alegría, mi abuelo nos encontró!!!”, le dije a mi madre. Terminamos nuestro café
con leche y nos preparamos para el regreso a casa, nos despedimos de la señora y su familia, agradeciendo ese gran gesto desinteresado de cobijo, tan
típico de dichos lugareños.
Mi madre subió al caballo del amigo de mi abuelo y yo subí al caballo de mi
abuelo, él me cubrió con un ponchito que me trajo para mí, emprendimos
ese viaje siendo más de las 11 de la noche. En el camino mi abuelo me relataba todo el padecimiento y el temor de toda mi familia cuando no nos vieron
regresar ese día, luego del pastoreo de las cabras. Muy cansado me quede
dormido y al despertar mi mente registra hasta el día de hoy ese dulce sueño
de niño sintiendo el amor, la protección, la aflicción y el cobijo con ese ponchito que él había llevado para mí; lo hermoso es la sensación de sentirme tan
respetado.
Este es mi fiel relato de vida, que me llevó a estrechar el vinculo con mi abuelo
Paulino, y el gran aprendizaje del valor humano de que “El respeto es amor”.
Yo con cinco años no podía razonar lo que estaba pasando, entonces seguimos caminando por ese campo con la única compañía de unos perros que
nunca se separaron de nosotros y yo me sentía protegido por ellos. Ahora llegando al medio día, sentimos hambre y sed, entonces para que mi madre no
se preocupara le dije que iba a tomar el agua de la llovizna que se depositó en
las hojas de las plantas. Y así luego seguimos caminado bajo esa llovizna fría,
se hacía de tarde y luego de noche hasta que llegamos a un lugar llamado El
Tala que es una estancia de un paraje, la dueña nos atendió y nos preguntó
que hacíamos por allí y mi madre, ya cansada y preocupada, le contó que estábamos perdidos, todo mojados, con frió, con sed y mucho hambre porque
ya habíamos caminado doce horas y muchos kilómetros bajo esa inclemente
llovizna.
Entonces la señora nos hace pasar, nos pone cerca de una estufa a leña que
276
277
Nacieron mis nietas mellizas
Para toda la vida
María Cristina Noguera
Jonatan Folgar Parisi
Pergamino, Buenos Aires
Buenos Aires
En el bosque hay una enorme variedad de seres. En esta tarde templada de
octubre camino entre naranjos, sauces y fuertes robles. Cada ser se eleva buscando el sol y abriendo las puertas de su alma. Todos somos seres de este
maravilloso universo y vivimos buscando la paz en este santuario de la vida.
No hace muchos años atrás recuerdo al niño que fui, criado en la casa de mi
abuela materna, la “Nonna” como le decíamos con mi hermano, o Doña Gracia,
como la llamaban los vecinos.
Hoy sobre el piso del bosque, algo húmedo, veo plantas muy pequeñas que se
preparan para el verano. El arrullo de la armonía moja mi corazón.
Me detengo y en ese momento tan especial, con sorpresa, las veo. Son dos
pimpollos que se abren a la naturaleza. Gracias vida por este regalo. Son pequeñas las dos flores recién nacidas. El rosal, mi hija, las cuida, las muestra con
orgullo, con fuerza las alimenta. Un grupo de aves alegres revolotean y cantan
el aleluya.
Mi alma algo inquieta sueña con el mañana. Ellas, mis nietas Lina y Amelia, serán dos rosas que dejaran aromas en el bosque de la vida. Yo les enseñaré que
el respeto es un valor importante para vivir en esta sociedad.
La casa de la Nonna es muy grande, una planta baja con tres habitaciones,
cocina, baño, comedor, garage y un fondo donde ella tenía una higuera, tres
limoneros, un nogal frondoso y alto. Además de parcelas de tierra donde crecían distintas plantas y vegetales. Con tanto verde siempre aparecían pájaros y
el lugar era muy agradable, gracias al aroma que brindaba un rosal de rococó.
La Nonna siempre nos traía regalos a mi hermano y a mí, como comidas que
mamá no gustaba de darnos, ella misma tenía recetas propias y una salsa casera que a veces también hacía en abundancia para conservar.
Cuando ella venía alguna vez a buscarnos al colegio yo me sentía muy contento, aunque un poco culpable por ver el esfuerzo que ella hacía para caminar,
igualmente predominaba mi alegría ya que no era usual que ella nos retirara.
Ella hablaba con marcado acento tano, y cando enunciaba frases populares de
su patria natal, tenía la maravillosa costumbre de decírnoslo en italiano, luego
preguntaba “¿entendieron lo que significa?”, y si no entendíamos algo, nos lo
traducía.
Recuerdo particularmente las lecciones que nos brindó junto con mi hermano, marcándonos a fuego en más de una ocasión. Quizás la más significativa
era una historia que nos contó a cerca de dos hermanos que trabajaban el
campo. Tras la cosecha separaron a la mitad los frutos de la labor. Cuando cayó
la noche, uno de los hermanos, ya casado y con familia, se planteó que tenía
suficiente dicha y no necesitaba tanta ganancia. Prefería entonces que su her-
278
279
mano tuviese más granos ya que así también este último podría pasarla mejor.
Así que tomó una parte de los granos que le correspondían y la llevó a la pila
del hermano.
Primera promoción
Fernando Nicolás Fortunato
Paralelamente, el hermano del primero también esa noche se quedo pensando de la siguiente manera “yo estoy solo, no tengo familia que alimentar y dependa de mi. No necesito tanta ganancia, le hace más falta a mi hermano, que
tiene su vida realizada, con esposa e hijos que deben comer”. Pensado esto
el hermano también fue al granero, tomó una parte de la cosecha y la llevó a
donde su hermano aprovechando la noche.
Al día siguiente, cuando cada uno se despertó y fue a ver su granero, se encontró exactamente con la misma cantidad de granos que habían repartido la
jornada anterior.
Noche tras noche repitieron el proceso y día tras día amanecían con la misma
cantidad de granos. Hasta que una noche ambos se encontraron en el granero
y confesaron lo que hacían cada noche. Conmovidos uno del otro, terminaron
por estrecharse en un abrazo y comprender el amor que se tenían.
Esta fábula llamada “Los Dos Hermanos Buenos” es uno de los regalos más hermosos que me dejó la Nonna, y estoy convencido de que mi hermano bien
podría ser uno de los personajes del cuento.
Nunca conocí a dos de mis abuelos (el Nonno y mi abuela paterna) pero mi
Nonna fue tan espectacular que verdaderamente haberla tenido tantos años
conmigo fue un tesoro que me dio la vida.
Su tono, sus modos, los mimos. Aún hoy el lugar donde me siento más a gusto
sigue siendo esa casa maravillosa donde supimos hacerla renegar tanto con
mi hermano y ser todos tan felices. Y si seguimos nuestras vidas teniendo en
cuenta sus enseñanzas y mensajes, se que ella seguirá viviendo con nosotros
mientras los transmitamos a la próxima generación.
Cuando tengas bisnietos míos Nonna, voy a poder verte nacer de nuevo.
280
Azul, Buenos Aires
En la escuelita de Los Sauces la actividad se desarrollaba a pleno luego de las
vacaciones de verano, los nuevos ingresados miraban con curiosidad las novedades que se mostraban a sus ojos, eran veinticuatro alumnos provenientes
de distintas escuelas que comenzaban sus estudios secundarios, dicho número estaba formado por jóvenes de ambos sexos, ya que la institución era de
escolaridad mixta.
Los primeros días sirvieron para que alumnos y profesores se fueran conociendo, para “romper el hielo”, como se dice; y casi desde el primer día uno de ellos,
Juan, comenzó a destacarse ya sea por su solidaridad, por su inteligencia, por
su conducta o por su condición de líder.
Cuando el curso formó un equipo de fútbol él fue su director técnico, cuando
se organizó el baile de fin de curso, el organizador, cuando se realizó la lección
paseo fue…, y así una y otra vez se fue adentrando en el grupo, con el que se
amalgamó hasta tener con todos una amistad que con el paso del tiempo se
fue tornando más y más abigarrada.
Los años siguieron pasando, el grupo siguió avanzando en sus estudios, solamente fueron dos o tres compañeros quienes por distintos motivos se alejaron de la escuela, mientras Juan, que por otra parte tenía notas sobresalientes,
era a esta altura el referente y guía del mismo, de manera que era querido y
admirado por sus compañeros y profesores.
El tiempo siguió pasando inexorablemente y aquel grupo de casi niños que
comenzó sus estudios hace años en la escuelita de Los Sauces, hoy es un grupo que está cursando su último año de estudios secundarios, arribando ya al
final para recibir el ansiado título y es por eso que todo el pueblo está conmocionado por la primera promoción de la escuela de la localidad.
281
Por fin llega el día, todos lucen sus mejores galas, los alumnos sus guardapolvos relucientes siendo los habitantes del pueblo quienes colman la capacidad del salón de actos. Los egresados esperan en la sala de música, desde
allí marcharán hasta las gradas donde se ubicarán, mientras todo es charlas y
anécdotas.
La señora directora hace su ingreso a dicha sala para poner en conocimiento
de todos que: “En esta tan especial ocasión y por unánime acuerdo del grupo
de padres, del grupo de alumnos y de las autoridades y profesores de la escuela será encargado de portar la bandera Nacional, Juan, siendo escoltas Romina
y Mariana”. Al oír esas palabras todos se conmueven y dos lágrimas bajan por el
rostro del abanderado y se pierden en los abrazos de sus compañeros.
Durante el acto su rostro muestra alegría, ansiedad, agradecimiento y amor,
cuando se oyen las notas del Himno Nacional otra vez las lágrimas invaden
sus mejillas. Finalizado el acto protocolar se procede a la entrega diplomas,
los alumnos son llamados y los reciben de manos de una autoridad. Llegado
el turno de Juan, éste deja la bandera en mano de uno de las escoltas y a
paso firme se dirige al centro del escenario, donde el ministro de Educación,
invitado especialmente al acto y mientras deposita en sus manos el diploma,
expresa: “Alumno Juan Di Pietro, mejor promedio, edad setenta y seis años”, y
lo estrecha en un abrazo, mientras el salón de actos está a punto de estallar de
tantos aplausos, gritos y alegría.
Juan se recompone y dice: “ Debo agradecer a este grupo de chicos que siempre me hizo sentir uno más de ellos, porque me respetaron, me escucharon y
me ayudaron, todos fueron mis maestros y también quiero agradecer a este
país, que cuando me vio llegar a él siendo un niño junto a mi familia que huía
de la guerra, me recogió sin preguntar nada, tan solo haciendo realidad lo que
dice una parte del Preámbulo de la Constitución Argentina, “… y para todos los
hombres del mundo que quiera habitar el suelo argentino…”
La emoción le impidió seguir hablando, bajó del escenario, se sumó al trencito
que habían formado sus compañeros y que cantaban “No se va… la promo no
se va… la promo no se va…”
282
Puertas
Marta Graciela Miguez
Buenos Aires
Mi abuela Susana vive en una buhardilla de una casa de pensión. Al doscientos
de la calle Talcahuano se alzan tres puertas idénticas. Sobre cada una de ellas
hay un rostro de mujer tallado en madera. En una de esas tres casas vive mi
abuela. Una escalera de mármol conduce al tercer piso de un departamento
en cuya sala, a mano izquierda, una puertita oculta una escalera caracol con
peldaños de cedro. Por esa escalera se accede a la habitación de la abuela. Es
amplia y luminosa, desde su ventana se ven las cúpulas de la Avenida de Mayo.
Cuelgan de la pared varias fotografías de una mujer de rasgos delicados y pestañas espesas. Hay un afiche de ella con una peluca platinada de su antiguo
debut como María Antonieta. Otro más, con un traje flamenco y una fotografía,
más ajada, de un grupo de coristas. Se la reconoce por sus hermosas piernas
y la mirada siempre lejana. También hay unas fotos de mi madre con el gran
moño azul del internado.
A los pies de la cama, casi oculto por un mantón de Manila, hay un baúl con
muchos sellos de aduanas lejanas. Vino con ella desde un pueblo de Castilla
que ya no está en los mapas y que sólo existe en mi memoria. Mi abuela no
tenía aún quince años cuando la miseria la expulsó de su tierra con un pasaje
de tercera rumbo a Buenos Aires. Dentro de ese baúl, plegado con extremo
cuidado, guarda un vestido con profusos volados y una chaqueta de terciopelo bordada con canutillos y lentejuelas. También conserva peinetones, mantillas, abanicos y viejas partituras. Y guardados y envueltos en papel de seda los
zapatos rojos de tacón grueso.
Dentro del cajón de la mesa de luz, amorosamente cubiertas con un paño de
lana, guarda las castañuelas para que no se resfríen. Sobre la cómoda hay una
polvera con un cisne, colorete y una cajita de metal que contiene una sombra,
cremosa y azul, que huele a chocolate.
283
Mi abuela con el tapado largo de nutria negra, un poco de rimel en las pestañas, que aún son espesas, y la cartera de cocodrilo que hace juego con los zapatos, atraviesa conmigo la puerta giratoria del almacén de ultramarinos que
está sobre Talcahuano. Pide un frasco de confites de almendra o de chocolate.
nido a recoger el baúl, los afiches, las fotos, las negras y arropadas castañuelas,
el escaso legado de esa mujer que en vida fue mi abuela.
Luego vamos a tomar leche con crema y vainillas o, si hace mucho frío, chocolate con churros en la Avenida de Mayo. El paseo termina en algún cine. No
hay muchos lujos, la abuela vive de una magra pensión de la Casa del Teatro.
No quiso jubilarse por no deberle nada a Perón.
“Es un fascista, igual que Franco”.
De vez en cuando envía una modesta encomienda a su familia en España,
agobiada por las estrecheces de la posguerra.
Al terminar el paseo ascendemos con precaución la angosta escalera y, ya de
noche, intenta dormirme cantando una canción con su voz, espesa y dulce
como chocolate.
Aún tengo puestos los zapatos de tacón, el mantón de Manila y la cara manchada de sombra azul.
A veces, para entretenerme, habla de un viaje en un barco que se mece bajo
el cielo africano. Desde su camarote de tercera escucha risas y arriba, en la cubierta de primera, algunos pasajeros arrojan monedas por la borda y un grupo
de negritos se zambulle en el agua a rescatarlas.
Otras veces habla de romerías, de verbenas y música. Hay siempre un balcón,
una muchacha vestida de domingo, también hay un galán que da una serenata.
Vivió poco, no llegó a cumplir cincuenta años y nunca volvió a España.
Mi madre, de luto riguroso y lentes negros, vacila ante la terquedad de esas tres
puertas que, empeñadas en su similitud, le impiden distinguir cuál de las tres
nos llevará a la sala, a la estrecha escalera, a la buhardilla de donde hemos ve284
285
Raíces de amor
bamos al veo -veo.
Graciela Susana Actis
Altos de Chipión, Córdoba
Los años pasan demasiado rápido, pero la felicidad y el respeto mutuo que me
daban mis abuelos eran muy entrañables.
La educación que nos dieron fue muy fructífera, nos contaban de sus épocas
de niñez y su educación. Nos adoraban tanto como nosotros a ellos, nos daban
lo justo y necesario, siempre explicando el “porqué”.
Todos los días íbamos a jugar a su casa, sí, a su casa, como les cuento. Tenía un
gran patio, una quinta enorme y, sin duda, el infaltable gallinero. Allí con mis
primos, amigos y hermanos construíamos nuestra casita, era muy emocionante ver a mi abuelo ayudando para que tuviéramos el lugar de juego que tanto
nos gustaba.
Me acuerdo cuando le ayudábamos en la quinta, sembrábamos, poníamos
hilos con trapitos que cortaba la abuela para que los pajaritos no coman las
semillas, nos enseñaban a hacer molinetes para también espantarlos, siempre
todos unidos, ellos enseñando y nosotros aprendiendo.
Sí, a veces nos tomábamos el tiempo para hacer alguna travesura, le cortábamos alguna zanahorias y chauchas para hacer la comidita de nuestro juego.
Nos invitaban a comer esas ricas pastas caseras con lindos olores a hierbas
que hacia la abuela, eso sí, jamás faltaba el postre, lindas charlas y maravillosas
sonrisas. Cuando terminábamos de comer, ayudábamos a la abuela a barrer,
los platos eran lavados por la abuela y el abuelo los secaba, porque decía que
los hombres también tenían que ayudar en las tareas del hogar, por eso es que
hoy en día se los inculco a mis hijos.
En las noches de verano, la familia se reunía en frente de la casa a tomar un
jugo o alguna otra cosa que la abuela preparara mientras cuidaban de nosotros, ¡¡¡claro que sí!!! , era infaltable el juego de las escondidas, recuerdo que nos
escondíamos detrás de los abuelos y ellos nos resguardaban bien en nuestro
escondite, siempre haciendo algún chiste exclamando; “¡¡¡Ahí vienen, guarda,
guarda…!!!”
Siempre respetamos a nuestros abuelos, ellos son el amor más grande que nos
dio la vida, son los padres de nuestros padres. Llevan cada año como cada arruga en su cuerpo, las que contábamos cada vez que nos levantaban en su falda,
mientras el abuelo con sus besos nos pinchaba la cara con sus bigotes blancos.
Entonces le pregunte; “¿Abuelo, porque esas arrugas? “ Y él me respondió: “No
son arrugas, son raíces que la vida fue marcando, es todo lo que he aprendido
y se arraigan a mi cuerpo, para poder transmitírselos a mis nietos”.
Es por eso que en la actualidad me pongo a pensar en el motivo de sus cabellos desteñidos, es que nosotros ya estamos grandes, ya tenemos nuestros
hijos y surgen nuevos abuelos, la generación cada vez va aumentando, pero
siempre sin olvidar el respeto y las enseñanzas que nos fueron dejando.
Por eso el amor y el respeto que les tenemos a nuestros abuelos jamás se olvidarán y la lucha de no querer se va haciendo cada vez más superficial.
Porque el “Respeto es Amor“, amor y respeto a dejarlos ser simplemente abuelos, a comprenderlos y entenderlos y debemos saber que sin ellos no seriamos
cada uno de nosotros.
Nos gustaba por la tardecita tomar unos ricos mates con ellos, mientras jugá286
287
Recompensa
María Rosa Battilana
“Juan, recuerdo un día que jugando le compré un frasco gotero y una caja
vacía de comprimidos que le pagué con papelitos y cuando me fui, dejé el
frasquito y ella me avisó que lo olvidaba. Yo la felicité y le expliqué que eso era
ser honesta.”
San Justo, Buenos Aires
La abuela le cantaba a su nieta las canciones de Lolita Torres.
“Sabes, cuando yo tenía tu edad nos sentábamos en el césped de la plazoleta
y Monina traía las letras que repartía para que todas cantáramos.”
Mientras le enseñaba a su nieta a fruncir el género que sería una pollerita para
la Barbie, le parecía escuchar aquellas voces.
Ahora ya no cantaba, estaba muy triste porque hacía mucho tiempo que no
veía a su nieta.
“Viste Juan, ya no viene como antes; te acordás que cuando iban al supermercado ella quería quedarse conmigo.
La abuela salió al patio a tender la ropa y sonrió al ver la manguera vivoreando
en el piso, recordó cuando jugaban a que eran las vías del tren. “Dale Abu, yo
salgo de esta punta y vos de la otra; la que recorre más antes de cruzarnos
gana”. Sentía todavía su risita cristalina y contagiosa.
“Juan, hará quince días ¿no?, no viene, no llama...”
“Pero María, sabes que tiene mucho que estudiar”.
Con pena comprendía que los nietos cuando crecen tienen sus compromisos
y se olvidan un poco de los abuelos.
María fue a buscar su remedio, era el último, al tirar el envase pensó que antes
lo guardaba para jugar con su nieta. Todavía tenía el cartel “Farmacia y Perfumería July”.
288
María amasaba ñoquis como todos los sábados, “tal vez hoy venga”, pensaba.
Cuando esparció la harina sobre la mesada le vino a la memoria el día que con
su nieta jugaban a la heladería. Habían hecho un engrudo que mezclado con
yerba era helado de pistacho, con azafrán de crema, con café de chocolate, el
que no tenía nada era de limón. Después tenían que servirlos en vasitos con
sus respectivas cucharitas.
“Abu seguí vos es mucho trabajo”.
María le explicó que no hay que abandonar las tareas, poniendo amor el trabajo es más fácil y te da alegría ver lo que podés crear y lograr.
“Tenés razón Abu, con las cucharitas de colores quedó muy divertido y pienso
que con remolacha puede ser de frutilla”.
María se alegró cuando le dijeron que el domingo vendrían, al colgar el teléfono se acordó de un domingo cuando Juy era chica, le había dicho al abuelo:
vos calláte, no sabés nada porque sos viejo.
“Abu, vení…”, dijo llorando por la reprimenda que le dio su papá.
María tuvo que consolarla y decirle que como ella estaba triste el abuelo también lo estaba, que no hay que ofender, hay que saber escuchar aunque no
pienses igual. El abuelo te ama y merece tu respeto.
La abuela comprendió que esa niña de los juegos se perdió para siempre; la
farmacéutica, la cocinera, la maestra, la veterinaria: “Abu traéme los peluches
que estén enfermos”, la mamá que venía taconeando con los zapatones de la
abuela y cargada con tres muñecas y un bolso. La que tanto reía en la piscina,
la que corría por la playa: “Abu vamos a ponernos las botas” y se cubrían las
piernas con la espuma yodada del mar y mil juegos más compartidos que la
289
abuela guardaba con amor en su memoria.
Esa mañana Juan extrañado escuchó nuevamente cantar a María las coplas de
Lolita Torres, era domingo y esperaba con alegría a su familia.
Tocaron el timbre y apareció una hermosa adolescente que sonriendo le dijo:
“Abu te traje una sorpresa” y le mostró un premio ganado en su escuela por un
trabajo que había escrito sobre el respeto, la honestidad y el amor al trabajo.
Recuerdos en camiseta
Karina A. Perticará
Cierro los ojos y lo veo, sentado viendo pasar el tiempo o echando la siesta en
la mecedora de mimbre con su camiseta blanca, siempre con su sonrisa pícara
y su mirada profunda.
“Abu, me acordé de vos, te quiero mucho.”
Mi abuelo era para mí una persona mágica. Sus brazos eran el lugar especial
donde me relajaba hasta dormirme y, que a pesar de tener tantos nietos guardaba para la más pequeña, unos mimos exclusivos y un lugar preferencial para
hacerme upa.
El recuerdo me hace sonreír hasta hoy en día y me sigue poniendo orgullosa.
A él le faltaba la pierna izquierda y ese muñón era mi trono, en el me enseñó a
no temer lo diferente y a ser fuerte para afrontar las situaciones difíciles que la
vida nos va poniendo en el camino.
290
291
Respeto es amor
cía que no tuvieras miedo, la sencillez de los pueblerinos te atrapaba, siempre
atentos y simpáticos, tranquilos y serenos… como disfrutando el momento
final.
Enriqueta María Varchione de Morelli
Buenos Aires
¡Qué lindo poder ir a Santiago, a la fiesta del Señor de los Milagros en Mailing!
Exclamó esperanzado mi consuegro, que después de treinta años consecutivos de visitar ese pueblo, que es su pueblo de origen, existía la fuerte posibilidad de no poder concurrir ya que todos sus hijos tenían compromisos
laborales que dificultaban el acompañamiento.
Ya que mi querido “Don Atilio”, de apenas 85 años, una operación de cadera
que le cambió la vida y varios stent al corazón, pero con una alegría de vivir
desmesurable, lleno de cariño, muy sociable, amable y con una enorme capacidad de amor a sus seres queridos (sobre todo después de perder a su compañera de toda la vida) intuía que este año se quedaría sin paseo.
Entonces con mucha nostalgia exclamé ante todos, que estábamos reunidos
como casi todos los fines de semana, asadito de por medio, en su casa de
Quilmes:
-Me encantaría ir con Usted, pero ya sabe que ando con pocas monedas, sino
seguro que iba.
A los pocos minutos se acercaron sus hijos que emocionados y felices por lo
que dije habían reunido todo el dinero para los viajes, la estadía y algunos
regalitos.
Oramos mucho por los que se fueron y por los que están, comimos todo lo
habido y por haber en platos regionales, disfrutamos de cada trago, de cada
plato, de cada canción, de cada rincón de la casita alquilada, que con mucho
amor y esmero estaba prolijamente decorada y muy limpita; de cada plegaria
al Señor de los Milagros.
En fin, siento que viví algo único y maravilloso, conocí algo completamente
diferente a mi querida vida de Buenos Aires, pero por sobretodo me llevo el
recuerdo casi sagrado de verlo al abuelo muy feliz. Ojalá algún otro año pueda
volver a visitar ese lugar donde el respeto y el amor brotaba de cada paisano
hacia nosotros los visitantes, donde los viejos y los chiquitos eran valorados y
bien queridos.
Por un instante tuve reminiscencias de mi infancia, en donde la vida social
estaba basada en el amor y el respeto, éramos solidarios, demostrábamos mucho más seguido lo que sentía el corazón, como más puros. No sé, será que me
estoy poniendo vieja, pero yo sé que hay valores que no deben morir jamás:
lealtad, sinceridad, respeto, amor, trabajo, constancia, y alegría… Mucha alegría para desbordar y contagiar así al mundo entero.
Y muy contentos llegamos a casa, de vuelta, envueltos en el gran cariño de
todos los nietos y familiares, repartimos los regalitos.
¡Que Dios los bendiga siempre y mucho! Con amor,
Enriqueta
Mi marido estaba feliz porque sabía que yo me sentía emocionada de poder
acompañar a Don Atilio, y también porque todos depositaron su confianza en
mi.
A los dos días partimos, el viaje fue muy bueno y llegar allá fue realmente una
fiesta, descubrí un mundo nuevo, donde la humildad basada en el respeto ha292
293
Respeto es amor
El término Respeto, nos propone, miramiento, consideración al otro, al prójimo.
Gladys Mabel Suárez
Cuando ejercemos sentimientos que nos aproximan a una convivencia normal, -solidaridad, afecto, comunicación-, nos convencemos de que es real
nuestra necesidad de compartirlos Lo contrario, socava la calidad de vida de la
sociedad, haciéndola insolidaria, agresiva.
Días atrás, escucho por radio, al conductor del programa, solicitarle a la audiencia, un recuerdo de algún momento padecido en tiempos de la dictadura.
Pensé, como si yo fuera a contestarle e inmediatamente surgió ante mí, una de
las situaciones más desagradables y excesivas que, sin embargo, eran moneda
corriente en esa época.
Uno de mis hijos, cursaba su secundario y era y es, amante del atletismo. Competía representando a su escuela. Las autoridades provinciales de ese tiempo,
deciden premiar a todos los alumnos que habían ganado trofeos.
Invitan a la familia al estadio de una de las dos más importantes instituciones
de la ciudad. Halagados por el logro deportivo del hijo, fuimos para acompañarlo, aunque él concurriría a ese acto con las autoridades de su escuela.
Amor, es el término sublime que define al sentimiento imprescindible para
que la convivencia sea saludable, armónica.
Mis nietos, hoy, pueden visualizar otro panorama. Asentados en nuestro relato
leyendo e incluso conociendo a personas que han sufrido las consecuencias
de un poder desmedido y comparando a través de la comunicación lo que
sucede en cualquier parte del planeta.
Desde esa perspectiva, más amplia, me animo a pensar que no se permitirán
un retroceso tan degradante y de tanto sufrimiento. Al mantener esta conducta, abierta, solidaria, alcanzarán la calidad de vida saludable, para llevar
adelante sus proyectos siempre impregnados de ideal, que en un territorio así
preparado sin dudas, fructificará.
Aunque la mayoría de los adultos aún arrastremos todas las formas de autoritarismo, aún veamos en el otro al enemigo, es imprescindible intentar librarnos
de ese encierro, abandonar esa piel gastada, emerger de ella, con una visión
renovada del entorno, para que unidos en la diversidad, por medio del Respeto y desde el Amor, brindarnos al hermano en dificultades. Seguramente, con
el lema “respeto es amor“, logremos insertarnos en la calidad de humanos que
honren la especie.
Lo que vimos, nos paralizó el corazón. Soldados apostados en la entrada al Estadio, con ametralladoras, que a mí, me parecieron que ya estaban dispuestas
para disparar. Ingresamos para subir a las gradas y desde allí presenciar el espectáculo. Los alumnos de las escuelas de toda la ciudad formados en la cancha, esperando el reconocimiento y las familias mirando azoradas a soldados,
tirados sobre las tribunas techadas, y en cuanto lugar creyeron conveniente,
con armas en posición para nada tranquilizadoras.
Este recuerdo me sirve para compararlo, por oposición, al tema propuesto.
Respeto es amor.
294
295
Riquezas heredadas
Luis Fornichelli
Lanús, Buenos Aires
Hace pocos días perdí a mi abuelito, al que tanto quería. Mi padre y mi madre
trabajaban y él los suplió en mi educación y cuidado. Siento una profunda
angustia en el corazón. En su homenaje quiero relatar parte de las historias y
cuentos que me narraba. Me decía que en el barrio donde vivía se juntaban
en las esquinas una cantidad de chicos y jóvenes y que para entretenerse jugaban en las calles con una pelota de goma o de trapo. Los domingos, como
existían muchos baldíos, se habían armado canchas de fútbol y jugaban partidos entre equipos de otros barrios. El canchero, así se llamaba el señor que
habilitaba el campo de juego, hacia también de réferi. Cada dos por tres se
producían discusiones con los perdedores, que acusaban el árbitro de haberles bombeado y lo corrían por toda la cancha para golpearlo.
En su esquina, él con un amigo habían tendido un cable como antena y por
medio de una piedra galena y unos auriculares escuchaban emisores de radio.
Las radios que fabricaban en esos tiempos eran a lámparas incandescentes y
no estaban al alcance de muchos. Había en el barrio un joven un poco raro
Carlitos, al que apodaban “el loco”. Él afirmaba en aquellos tiempos que por
medio de auriculares y un percutor, la gente podría recibir comunicaciones
telefónicas en la calle. Viendo el adelanto tecnológico de la actualidad, más
que loco era un adelantado.
Con mi abuelo mirábamos los atardeceres y aprendí a amar y respetar la naturaleza. Él decía que todos los bichos, animales, árboles, plantas y flores, entre
otras cosas, eran creaciones de Dios. Cada uno de ellos cumplía una misión en
la tierra, porque de lo contrario no hubieran sido creados. También me hablaba
de la Luna, que iluminaba las noches y ejercía su poder sobre los mares y las
plantas; que el sol nos da calor y energía y que lastimarlos era atentar contra
la naturaleza, ya que ésta, a la corta o a la larga, nos castigaba por medio de lo
menos pensado.
296
Se le llenaban los ojos de lágrimas, cuando me contaba que sufrió mucho el
derrocamiento del General, los sicarios de la oligarquía destruyeron la fundación Eva Perón, donde trabajaba Evita en su obra benéfica. Él decía que si lo
hicieron por venganza u odio, hubieran cambiado el nombre de dicha fundación para que siguiera funcionando. Al no hacerlo, demostraron que no les
importaba el pueblo.
También me contaba mi abuelito, que una jovencita que vivía en su misma
cuadra, vestía con una pollera que llegaba a sus rodillas. Ella producía el repudio de las señoras decentes, que la tildaban de descocada. Pienso que si esas
señoras de esa época vieran como visten las jóvenes en la actualidad, seguro
se desmayarían.
El abuelo me contaba que, cuando él era niño, la mayoría de la gente andaba
en alpargatas y el trabajo escaseaba. Un solo vecino tenía un automóvil y era
mirado como un potentado. Él decía que cuando llegó al poder el General
Perón y se creó la clase media el trabajo abundaba. Era una realidad la justicia
social, la defensa de los trabajadores. La compañera Eva Perón, llamaba cordialmente Evita, se ocupaba personalmente de los desamparados.
Todos esos recuerdos me fueron trasmitidos mientas jugábamos. Sé que ahora
estará en alguna estrella y desde allí es mi ángel de la guarda. Fueron tantos
y tan sabios los consejos que me dio: que aprenda un oficio; que trabaje para
ganarme el sustento; que no toque nunca nada que no me pertenezca; que
no haga discriminación de ninguna clase; que ayude a todo el que pueda y
ame al prójimo, como manda el señor; que no me quede con el dinero de nadie por medios, legales o ilegales, porque eso me dará riqueza material, pero
perderé para siempre la espiritual. Cuando recuerdo todo lo que me enseñó,
comprendo su sabiduría.
297
Un día como hoy
Horacio Antonio Elorriaga
esta casa, la que te sigue cobijando a pesar de todo.
¿Y cuando egresé? ¡Qué alegría! Prácticamente toda la secundaria viviendo
con vos. Te merecías que fuera escolta, era lo mínimo que te podía ofrecer. Al
menos tendríamos la foto de recuerdo…
La tarde del verano arrecia. La quietud del viento parece remarcar a fuego lento el calor estival… Ya te has levantado, te has puesto tu gorra vasca, la que no
abandonas llueva o truene. Tu camiseta “frescolina” tiene agujeros que el hilo
y la aguja en las hábiles manos de la abuela, no pueden tapar, merecería un
cambio, pero te identifica, te quiero con esa camiseta agujereada y tu gorra a
medio acomodar.
Un día como hoy estuvimos juntos, el agua se ha enfriado, los mates ya no
tienen sabor, la tarde ha transcurrido evocando recuerdos.
Llego después de la siesta, tomo mi banquito, me acerco a tu lado y te doy un
beso. Mis hijos te saludan, repiten mi ritual y se van a jugar a la sombra de los
añejos paraísos que parecen mostrar cicatrices como las de tu rostro. Algunas
ramas parecen secas, pero siguen estando, imperturbables al paso del tiempo
que como el ciclo de la vida parecerán morir en el otoño, pero renacerán en
primavera.
Un día como hoy dejé volar mi imaginación, porque un día… partiste, nos
dejaste, te llevaste tu pava y tus mates amargos, te llevaste tu gorra vasca desacomodada y tu camiseta con agujeros…
Los mates amargos no lo parecen, tienen el sabor de la dulzura de tu ser, tu
optimismo, tus ganas de vivir. Me cuentas de tu trabajo, del calor agobiante
de estos tiempos, del partido de “mus” jugado en el bar y que ganaste ¡dos
alfajores!, gran triunfo, gran….
Te pregunto si recuerdas cuando miramos el Mundial 78 en el boliche del Tito
y me comprabas una “Coca” y masitas “Kokitos”, las que saboreaba como el
manjar más exquisito jamás probado. Lo recuerdas, como no hacerlo, si me
llevabas de la mano y me abrazabas a cada gol, ignorantes de lo que pasaba
allá, en la Gran Ciudad.
Un día como hoy, dejé volar mi imaginación y me trasladé en el tiempo, volví a
sentir tu vos, tu mirada, tus caricias, volví a sentir que me tomabas de la mano
y me llevabas por la vereda…
Un día como hoy, te llevaste parte de nuestras vidas…
En la foto de egresado hay un espacio vacío, el que nunca pude llenar si vos
no estabas. El mismo año que egresé, en mayo del 89, Dios quiso que no estuvieras conmigo, seguramente te necesitaba a su lado, pero yo también te
necesitaba. Siempre me preguntaré si eso fue justo, si esa deuda de la vida
tiene sentido…
Creo que nunca encontraré una respuesta…
Y en las elecciones del 83, arriba de los camiones gritábamos hasta cansarnos
del triunfo de tu partido, el partido de los pobres, me decías y yo te acompañaba, ¿te acordás? Me comprabas banderas partidarias que aún conservo, no por
ideología, sino como recuerdo de aquella hermosa época, tenía 12 años y vaya
que nos divertíamos cuando la abuela nos retaba por llegar tarde a tu casa, a
298
299
Un ejemplo de vida
Bárbara Jorgelina Latorre
Buenos Aires
La semana pasada estaba con mis compañeras reunidas en el patio del colegio hablando sobre pruebas, chicos, odios y otros asuntos ínfimos. De repente
surgió un interesante debate.
-¿A quién admiran, chicas?- preguntó Lara inesperadamente. No sé por qué
tenía ese interrogante, pero me pareció llamativo de conversar.
- ¡Ay!, yo adoro a los de One Direction cantan bien, son lindos y todo el mundo
los conoce, contestó Gabriela con euforia.
- Por mi parte, creo que una persona inspiradora es Eva Perón, gracias a ella
ahora tenemos tantos derechos – exclamó Micaela- y vos, Bar, ¿quién es tu
gran ídolo?
- Mi abuela Quica, contesté firmemente y se quedaron mirándome con asombro, era todo un ejemplo de vida y ojala algún día llegue a ser como ella.
Mis compañeras me miraban con lástima. Supongo que esperaban que mi
respuesta hubiera sido diferente. Supe después que se sintieron incomodas, ya
que había fallecido unos pocos meses atrás y yo nunca quise tocar el asunto.
Una de ellas pronto cambio de tema drásticamente de modo que, lo que dije,
quedó en el olvido.
Sonó el timbre que le ponía fin al recreo. Subí las escaleras con Lara, que parecía estar interesada en mi opinión.
Bar, ¿por qué admiras a tu abuela y no a otra persona? ¿Qué cosa importante
hizo?, me preguntó finalmente.
300
Mirá Lari, era una mujer cuya única preocupación era ser feliz. Disfrutaba cada
momento, por más singular que sea, sabiendo que era único e irrepetible. Se
daba todos los gustos y realizaba todo con dedicación y amor. Se dejaba llevar
por sus instintos, la pasión que tenía por cada cosa la destacaba. En su adolescencia tuvo el coraje suficiente para enfrentar a sus padres y decidió venir a la
Argentina, dejando atrás toda la fortuna que le ofrecían en España, comenzando aquí desde cero. Siempre me dijo que era una necesidad que tenia de irse y
sentía en el corazón que este país era el indicado. Vino con la esperanza de vivir
en bienestar y encontrar su identidad, que luego obtuvo. Creo que es gracias
a ella que le tengo tanto amor y respeto a mi patria, me enseñó a valorar y a
confiar en la Nación, ya sea en prósperas épocas, como en negativas.
Te entiendo perfectamente. Ojala pueda tener tantos buenos recuerdos de mi
abuela, comentó Lara con decepción y entramos al aula.
Me quedé todo el día pensando en mi viejita. Me di cuenta de todo lo que la
extrañaba y me hacía falta. No pude concentrarme en clase, miraba fijamente
al profesor pero no prestaba atención a ninguna palabra que decía. Lo único
que deseaba era irme a casa.
Cuando finalmente llegué, lo primero que hice fue revisar el antiguo armario
de roble de Quica. Aún tenía guardada la factura de compra de hace más de
medio siglo atrás en una tienda italiana de muebles artesanales, que imagino
que no debe existir más.
Entre sus pertenencias había mucha bijouterie, pues era una dama coqueta
y elegante. Le importaba la apariencia y creía que esta identificaba a una persona. Pensaba que una debía verse bella para sentirse bien. Además, una peculiaridad que también la caracterizaba era la simpatía. Tenía un don especial
para ser aceptada por todos.
Ahí encontré cantidad de fotografías en blanco y negro, ordenadas cronológicamente. Esa es otra cosa más que heredé de ella; el orden y la organización.
Tenía la costumbre de escribir la fecha y el lugar de donde eran tomadas. Hallé
fotos de mi familia; de mi mamá cuando usaba pañales, del bautismo de mi
madrina y hasta de mi tío en su primer día de escuela, entre otras. Todas me
301
causaron gracia y ternura.
A continuación, divisé una imagen que me erizó la piel y las lágrimas comenzaron a deslizarse por mi rostro. Era una foto del año 2009 en la que estábamos
mi abuela y yo en el patio de nuestra vivienda. En seguida, miles de gratos recuerdos atravesaron mi mente. Nosotras solíamos encargarnos de la jardinería,
nos preocupábamos por cuidar las plantas y mantener agradable la vista. Por
esta razón se debe mi cariño a la naturaleza y el medio ambiente.
Una singular pero alegre memoria se vino a mi cerebro; en ese mismo rincón
unos veranos antes, mientras regábamos un jazmín oímos a nuestras perras
ladrar y correr. Por ese motivo mi nana fue a averiguar qué estaba pasando.
Caminó sigilosamente ayudada por su bastón y yo la acompañaba a su lado.
Seguimos a nuestras mascotas hasta la terraza, donde las encontramos jugando con una indefensa paloma que habían atrapado. Inmediatamente mi
abuela juntó fuerzas y ahuyentó a las caninas con su sostén. Cuando estas se
alejaron, vimos al pájaro debilitado, pero aún vivo. En seguida, la anciana me
pidió que le ayude a agarrar al ave. A mí me causó asco, sin embargo, ella lo
hacía con naturalidad. Juntas la colocamos en una caja de zapatos y cuidamos
del desamparado animalito hasta que se recuperó y pudo continuar su rumbo.
fue apagando como una vela, hasta que dejó de respirar y sus ojos se cerraron.
Murió en paz. Tuvo una vida ejemplar; cumplió sus sueños, disfrutó, amó, viajó,
aprendió. Fue feliz.
A pesar de que ya no la tenga a mi lado, aun la siento presente. Siento que
desde algún lugar está guiándome por el buen camino para ser una buena
persona. Gracias a ella soy quien soy, si bien me hubiese gustado tenerla junto
a mí más tiempo entiendo que es el ciclo de la vida y en el momento que ella
murió, otra vida tuvo comienzo en otra parte del mundo generando felicidad
a una familia.
Si bien esa experiencia fue simple, a mi me dejo demasiadas enseñanzas que
aún tengo presentes, como por ejemplo el afecto a los animales. Unas semanas atrás, me pasó algo similar, pero mi abuela ya no estaba. Por lo tanto me
tuve que arreglar sola. Me costó, pero logré defender y cuidar al pichón. Me
sentía orgullosa de hacerlo por mis medios, sentí que me parecía a Quica y
estaba contenta por eso.
Pienso que con mi abuela establecí un vínculo que no pude establecer con
nadie más. Ni siquiera con mi madre. Teníamos mucha confianza, yo no solo
la veía como un familiar, la veía como una amiga, una especie de guía; divertida, cariñosa y mimosa, en la que podía contar mis secretos, pedir consejos y
compartir momentos.
Quince minutos antes de su deceso me llamó y me dijo “te quiero” con sus últimas fuerzas, ya tenía 97 años y se encontraba muy debilitada. Poco a poco se
302
303
Un tío abuelo que más que abuelo, fue un abuelopadre-amigo
Maria Nelly E, Muñoz
Villa Mercedes, San Luis
Les relato mi historia: nací en una familia donde somos cuatro hermanos (edades: 52 y 48 varones, yo de 40 y mi hermanita de 37), y donde también vivían mi abuela materna-Petrona-, dos tías abuelas-Marcelina y Amada- y un
tío abuelo-Vicente- (solteros-Amada falleció tres días después que yo naciera);
después vino Secundina, la hermana mayor de mi abuela, porque había quedado viuda y sin hijos ¿Cómo la íbamos a abandonar? Mi papá trabajaba en la
Municipalidad (hoy jubilado) y el tío empleado ferroviario, así que no abundaba el dinero pero si la comprensión y el amor. Mis hermanos cuando fueron
mayores se fueron a trabajar a Buenos Aires y ahí viven en la actualidad.
juntos en las buenas y malas, el amor y el respeto hacia nuestros mayores, que
hoy aplicamos en nuestra vida diaria (mi hermana y yo trabajamos en ANSES)
y es lo que tratamos de inculcar en nuestros hijos.
Escribo sobre Vicente porque necesitaría hacer un libro entero con tantos
abuelos ¿no?, y porque es el más nos acompaño en esta vida; desgraciadamente nos dejo el 06/6/2013 a la edad de 92, físicamente porque su amor incondicional, los valores para que seamos hoy quienes somos estarán siempre
en nosotros. Espero que nuestros hijos, hayan aprendido que lo que mejor que
te puede pasar es un abuelo y que cuando ya no nos sirven, no los abandonemos…
Como verán, re criados de abuelos, con todo lo que eso significa. Permisos,
mañas, comida de la abuela, postres de la tía abuela y el tío abuelo el que nos
llevaba a la escuela primaria cuando mamá no podía hacerlo, nos bancaba
mientras estudiamos, fotocopias, meriendas; cuando fuimos creciendo las salidas y por qué no de grandes, ya con nuestras familias algún fin de mes que no
llegábamos, ahí estaba el tío. Pero por sobre todo esto, su amor incondicional
y apoyo a todo lo que emprendimos.
Incluso con mis hijos, sus bisnietos. Tengo cuatro, uno con parálisis cerebral.
Ahí estuvo el tío con su amor incondicional y su apoyo a pesar de sus años.
Obvio que cuando a mi mamá se enfermó de alzheimer y falleció hace 4 años,
el fue nuestro apoyo (también mi papa, nuestros maridos). Ella fue la que nos
inculcó el amor por nuestros “viejos” que, como verán, fueron muchos. Creo
que lo mejor que nos paso en la vida fue ser criados de abuelos.
Nos fueron dejando de a poco (es la ley de la vida), cada uno dejo en nosotros
un ejemplo de vida pero sobre todos nos inculcaron a que siempre estemos
304
305
Una anécdota de mi infancia
¡Una leyenda que no es tal!
Rosa Krawiec
Victoria Eugenia Verón Udrizard
Buenos Aires
Mi nombre es Rosa. Actualmente tengo 73 años, pero el recuerdo de mis abuelos maternos es tan intenso como si todavía estuvieran vivos. De muy chica
con mis padres estuve radicado en Bolivia en la ciudad de La Paz a 3600 metros
de altura. Mis padres se habían ido de la ciudad de La Plata para obtener un
mejor pasar del que tenían como comerciante. Yo me acuerdo que cada tres
años hacíamos el viaje en tren de La Paz a Buenos Aires que duraba una semana. Pera mamá ahorraba para poder ir a ver a sus padres y yo a mis abuelos,
estuvimos súper contentos, como contábamos los días. Mi abuelo Jacobo que
era un inmigrante polaco nos venía a esperar en la estación de Retiro. El iba
hasta la punta del andén y ahí agitaba su pañuelo hasta que el tren se detenía.
Luego de los abrazos enfilábamos hacia La Plata donde nos esperaban el resto
de la familia y amigos que era numerosa.
Cómo me agasajaban mis abuelos los dos meses que yo estaba ahí, con el
mate y mis tortitas negras. Yo les contaba esto a mis tres nietos que ya son
grandes, los recuerdos vividos de aquella época, se me humedecen los ojos
por la nostalgia. Es muy feo cuando uno se va del lugar donde uno nació, el
desarraigo y todo eso. Ahora vivo en Buenos Aires y de vez en cuando viajo a
La Plata (la ciudad de los tilos) y visito la casa de mi infancia y de mis abuelos,
aunque ahora vive otra familia. Para mí el recuerdo es respeto y amor para
siempre por ellos.
306
Josep Udrizard, vino al país a los 20 años con su madre y una hermana, se
quedaron vivir en Villaguay, provincia de Entre Ríos, eran suizos franceses y
algo ocurrió en su país para que emigraran tan lejos; eran muy inteligentes y
trabajadores, se pusieron a sembrar arroz, papas, batatas y fueron progresando
hasta tal punto que formaron un pueblo que hoy es una aldea con todo lo que
se necesita para vivir.
Este muchacho no tenía tiempo para tener novia y concurría a los prostíbulos
cercanos. Entonces contrajo la sífilis por contagio, fue al médico de la ciudad
de Villaguay y le dijo que no tenia cura pero un peón con el que hablaba le
dijo que acuda al curandero de esos lugares que lo aconsejaría. Josef, hizo caso
porque era casi un niño, pero se había echado al hombro a toda su familia. El
hombre, famoso curandero se llamaba Monzón, lo revisó y le dijo que había
una cura, pero era muy complicada y él contestó que lo haría fuese lo que
fuese.
Tenía que viajar a Brasil y buscar a una africana para traerla a Villaguay y fue a
los lugares donde vivían los esclavos que traían los portugueses para hacerlos
trabajar en los desmontes y en las cosechas por un plato de comida, fue a un
lugar que había un cacique que tenía muchas hijas hermosas y se las vendía
muy caras, Josef se enamoró de una cuya belleza lo encandiló; la pagó con
todo gusto y cuando se proponía subirla a la volanta el cacique le dijo que
no se la entregaba sin casarse porque algunos después la traían de vuelta y
reclamaban el dinero. Josef se casó y regresó a sus plantaciones con su mujer.
Con el tiempo, la ciencia y los análisis de sangre se descubrió que los negros
africanos tienen un tono más alto de vos, un tiempo de velocidad mayor en los
músculos y una encima y una bacteria en la sangre superior a todas las demás
razas. Josef amó a su mujer con toda su alma, le dio seis hijos, tres mujeres y
tres varones, y falleció. Él se curó, con cada parto de Genera él sanaba más y ella
se deterioraba hasta que su hermoso cuerpo no pudo más y se murió como
307
Vecindad
dijo Monzón: le devolvió la vida a su esposo y le dejo seis hijos.
Una de ellas, llamada Aurelia, era mi madre; quisiera que pasen este relato que
no es ningún cuento, sólo la realidad de la vida de mis abuelos. Quisiera que lo
averiguaran, la Aldea todavía existe, mi abuelo vivió 130 años hasta que logro
lo que había soñado y cuando vino a esta maravillosa tierra con una esperanza
y su nombre quedó para siempre en esa hermosa Aldea que se llama Josef
Udrizard, mi bisabuela vivió 105 años y acá estoy con mis 80 años soñando
que alguien algún día contara la hermosa historia, de los abuelos de Victoria
Eugenia Verón Udrizard, del pueblo de Villaguay Entre Ríos. No quiero ni pretendo un premio, solo el recuerdo de quienes lucharon tanto por este país y
se merecen que así sea.
Noemí Beatriz Strocovsky
Buenos Aires
Él es mi amigo.
La primera vez que lo vi, bebé de meses, iba en brazos de quien, lo supe después, era su abuela; subían a un taxi (el papá lo maneja).
A veces, al entrar o salir de mi casa, nos cruzábamos, somos vecinos.
Me gusta, en algún momento del día, mirar la calle a través del vidrio. Algunas
personas opinan que eso es curiosear; no estoy de acuerdo. No es la intimidad
lo que veo, es la vida: la gente, apurada, a su trabajo; las madres llevando los
chicos a la escuela; los camiones con mercadería; la lluvia y, lo más agradable, las cuatro estaciones pasan frente a mí; las exhibe el árbol de la vereda.
Ahora, del follaje verde intenso del verano, cobijo de gorriones y palomas, se
desprende una lluvia dorada, última nota de color que desnudará las ramas,
solitarias transeúntes del invierno hasta que, silenciosa, imperceptiblemente,
irán vistiéndose con pequeños brotes, inequívoco anuncio de la primavera. El
ciclo recomienza.
Él también marcaba el paso del tiempo. Llegaron sus primeros pasos.
Sonrío, la memoria me acerca una anécdota, me invita a detenerme y contarla:
en varias oportunidades escuché, a través de la puerta, que él lloraba (era el
niño más pequeño en el edificio). Un día me asomé y le di un caramelo; ya no
lloró. Al día siguiente se repitió la situación y al otro y al otro… Finalmente, la
mamá me contó que cuando se acercaban a mi puerta él comenzaba a llorar.
A partir de aquel hecho, se generó la amistad que mantenemos, fortalecida,
ellos, familia C. y yo, hasta el presente. Compartimos cumpleaños, despedidas
de año, paseos, charlas.
308
309
Más tarde llegó el tiempo de los paseos en triciclo. Y el tiempo de la bicicleta y
el tiempo de aprender a nadar. Y la práctica de fútbol, que sólo disminuiría por
el ingreso al secundario.
Será la mejor herencia que podamos dejar. Porque el respeto es amor. ¿Y qué
legado podría ser más valioso que el amor?
Ya en el jardín de infantes, demostró su actitud colaboradora, las maestras le
contaban a su mamá que él siempre se ofrecía a ayudarlas.
Así continuó en la escuela, fue elegido, en varias oportunidades, como mejor
compañero.
Cercano el fin del ciclo escolar, expresó su decisión de ingresar al Colegio Nacional de Buenos Aires; afrontó el esfuerzo que significaba transitar el último
grado de la primaria junto con la preparación para el examen de admisión. ¡¡¡Lo
consiguió!!! Cursa el tercer año.
A veces le pido ayuda por algún inconveniente con la computadora. Siempre
accede, sin mostrar disgusto.
Hoy, con quince años, se ha convertido en un robusto, dinámico, solidario adolescente, de espontánea sonrisa y saludo. En este punto debo destacar que él
nació en un hogar donde es amado y respetado y recibe el ejemplo del trabajo
y la honradez.
El valor del respeto entre las personas reside en que, cuando ayudamos a un
no vidente o un anciano a cruzar la calle, cedemos el asiento, damos paso o
simplemente sonreímos, abrimos la posibilidad de la convivencia.
Considero que el respeto (del lat. “respectus”, atención, consideración) es la
condición imprescindible para todo vínculo humano.
Él es Lucas. Él lo manifiesta. Igual que muchos otros niños y adolescentes. Si yo
tuviera un nieto, me gustaría que fuese como él.
Él es mi nieto del corazón.
Nosotros, mayores, fomentemos con el ejemplo el respeto por todo ser vivo.
310
311
Veranos en la chacra de la abuela
Raúl José Castronuovo
La abuela Rosa se sentaba siempre a la cabecera de la gran mesa que ocupaba
casi todo el largo de la amplia cocina de la casona de la chacra. A su alrededor hijos, nueras y nietos completaban el cuadro familiar que se repetía todos
los mediodías para el almuerzo. Mientras en la plancha de la cocina a leña se
cocían humeantes churrascos o se impregnaba el aire con el aroma inconfundible del delicioso tuco preparado por la tía Felicidad, la conversación giraba
sobre aspectos de la producción o la economía familiar.
Mis tíos, hombres rudos, curtidos por el trabajo, intercambiaban opiniones: lotes a sembrar, precios de los granos y hacienda, qué productos vender, cuál
acopiador resultaba más conveniente…
o de visita a chacras vecinas donde Doña Rosa –como todos la llamaban- siempre era recibida con agrado y respeto.
Han pasado más de treinta años desde que la abuela Rosa no está entre nosotros, primero perdió la razón y tiempo después se fue con la paz dibujada en
su rostro. Poco a poco también partieron los hijos que compartían la casa de
la chacra, que en los últimos años era un hermoso edificio tipo chalet, premio
al trabajo de aquellos hombres para quienes el bienestar de la familia era su
principal objetivo.
Hoy, la chacra ya no pertenece a la familia, sin embargo basta percibir el aroma
de un tuco, oír el trinar de un pájaro o sentir el calor del sol desplomándose sobre el pasto verde, para que vuelvan a mi memoria los ojos celestes de la abuela que desde la cabecera de la gran mesa marcaba, casi sin palabras, el rumbo
de la vida familiar; entonces siento que mi amor de nieto es también respeto
y admiración por aquella mujer que sin más escuela que la vida y viuda desde
muy joven, supo salir adelante apoyada por el esfuerzo y trabajo de sus hijos.
En algún momento, como en un acuerdo tácito hacían silencio y dirigían sus
miradas hacia la cabecera, desde donde la abuela dominaba la escena con su
esbelto porte de mujer fuerte y la incomparable ternura de sus hermosos ojos
celestes. Pocas palabras, a veces un simple gesto, significaban la aprobación o
no sobre el tema tratado y su opinión pesaba a la hora de tomar decisiones.
Terminado el almuerzo y la limpieza, la abuela se sentaba en el largo corredor
y conversábamos animadamente o nos contaba historias de su vida, hasta que
uno a uno los habitantes de la casa iban desapareciendo en las habitaciones
que daban al corredor para cumplir con la sagrada hora de la siesta. Entonces,
sólo el canto de los pájaros en el monte o el mugido de las vacas podían interrumpir el silencio mientras el sol derramaba su calor sobre la inmensidad del
campo.
A mí me gustaba pasar las vacaciones de verano en la chacra, compartía el
tiempo con mis primos, algo menores que yo, y me deleitaba la vida de campo; y aunque no nos estaba permitido a los chicos participar de los trabajos,
era para mí una fiesta conducir el sulky llevando a la abuela al pueblo cercano
312
313
Yo admiro a mis abuelas ¿Por qué?
Iara Leal
Trelew- Chubut
Por este motivo: Te voy cortando por parte, empiezo con mi abuela Cora. Bueno, ¡¡¡ella es una laburadora mal!!! Tiene 74 años y reparte diarios. Se va a buscar
los diarios a las 11 de la noche ¿Quién tiene tanta valentía hoy en día? Nadie
prácticamente. Una vez que pasa por el diario Chubut va al Jornada y todo eso
lo hace sola y ca-mi-nan-do. Llega como a las una y media de la noche y al otro
día se levanta a las 6 de la mañana, se viste, lee la Biblia mientras toma mates,
se hacen las 8 de la mañana y va a repartir hasta las 12 hs. Después cocina para
sus nietos Dante, Terri y Lorenzo, los tiene como reyes, obvio, ellos siempre le
agradecen todo. Es buena con todo el mundo, lo que necesitemos, ella está
ahí para su familia.
También está mi otra abuela, se llama Raquel. Ella es la mejor abuela del mundo, siempre está conmigo para lo que necesite, siempre me apoya en todo.
Obvio, como toda abuela también tiene sus retos y su carácter. Yo siempre fui
muy celosa con ella porque yo tengo un primo de seis años y con él siempre
nos peleamos por mi abuela, es el típico juego de “A mí me quiere más que
a vos”. Yo ¿cuándo me voy a quedar con ella?, los fines de semana, en cambio
Alejo vive con mi abuela por su mamá, que también está viviendo con ella.
Entonces cuando me voy a quedar con mi abuela, siempre dormimos con ella
y nos peleamos por quién duerme a su lado. Pero no sólo me peleo con él, sino
también nos ponemos en complot para hacerle un desayuno en la cama. Ella
se pone re contenta y nosotros también. Cada día que va pasando pareciera
que más fuertes se ponen. ¡¡¡Ellas son las mejores abuelas del mundo!!!
314
Descargar