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II.- Celebración de la Reconciliación
SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
“Entonces el hijo le habló: Padre, pequé contra Dios y contra ti" (Lc. 15,21)
Ahora estás invitado a acercarte al sacerdote, para confesar tus pecados y
recibir la misericordia y el perdón de Dios. Jesús confió a su Iglesia la tarea de
perdonar los pecados: por una parte, el perdón se hace perceptible en la
acogida y en la absolución que te da el sacerdote; pero, además, siendo el
sacerdote también pecador, queda de manifiesto que Dios se fía de su Iglesia,
aunque sea un Pueblo de Pecadores.
III.- Después de la Confesión: celebrar el
encuentro con el Señor, su perdón y el de su Iglesia
"Alegrémonos porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba
perdido y lo he encontrado (Lc. 15, 24)
Si Dios mismo habla de que en el Cielo hay mayor alegría por un pecador que
se convierte, que por 99 personas que se consideran justas y, por tanto, no
necesitadas de conversión, es importante que tú te sientas parte de esa fiesta:
Cuéntale a alguien de tu familia o de tu comunidad cristiana que estás contento
o contenta porque te has confesado. Si es posible, dile que quieres darle un
abrazo para expresar tu alegría.
Invita apenas puedas a un mendigo a tomar un helado o regala una bebida a
una persona que la necesite.
Si te gusta cantar, hazlo para el Señor: puedes tararear en voz baja, o recordar
el canto mentalmente, o hacerlo cuando te encuentres solo.
Escribe tus sentimientos en un papel y déjalo a los pies de la Virgen María, o
bajo la Cruz de tu capilla o parroquia.
Dile a tu párroco que convendría hacer una celebración (expresión
comunitaria de la alegría) por todas las personas que se han reconciliado con
el Señor y con su Iglesia.
Una forma de hacer fiesta es reparar el daño que hiciste con tus faltas, y no
volver a cometer los mismos errores. Por eso, el sacerdote te dará una
“penitencia”, para que puedas hacer esa reparación.
DEPARTAMENTO DIOCESANO DE ESPIRITUALIDAD.
Arzobispado de la Santísima Concepción.
“Me levantaré y volveré a mi Padre...” Lucas 15/18
“Anda primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve...” Mateo 5/24
I.- Conversión interior
(Antes de la Celebración)
+ La Confesión es una invitación del Señor. Él quiere expresarme
sensiblemente que me tiene mucho cariño; que desde que yo me alejé, Él me
espera para darme un abrazo y hacerme sentir que mi casa es la casa del
Padre de todos. Desea manifestarme que Él nunca ha estado lejos: soy yo
quien sentí que me alejaba de Dios, al no reconocer que su propuesta para mí
es mi coherencia, mi dignidad, porque de esa manera estaré centrado en Él y
abierto a los demás, y no en mí mismo. Un Sacramento es siempre algo que
Dios realiza: en el sacramento de la Reconciliación, experimento que el Señor
me busca para hacer una fiesta por mi regreso. La Confesión es una fiesta, la
fiesta del amor de mi Padre Dios, quien me hace sentir que soy su hijo regalón.
+ “Entonces Jesús les dijo esta parábola. "¿Quién de ustedes que tiene cien
ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que
se perdió, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento
sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les
dice: "Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había
perdido." Les digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo
pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de
conversión” (Lucas 15/3-7).
1.- Oración
Tanto el sacerdote como el penitente deben prepararse en clima de oración.
Por ejemplo:
"Padre bueno, te agradezco tu invitación a encontrarme contigo y recibir tu
perdón; te agradezco que me trates como a la oveja perdida, y que hagas fiesta
por mí; te doy las gracias, porque me haces descubrir que si miro a los demás
como a hijos tuyos, mi vida tendrá mucho valor y será fecunda. Esto es lo que tu
Hijo Jesús nos ha enseñado”.
2.- Examen de Conciencia
"Cuántos trabajadores de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí
me muero de hambre..."
(Lc. 15,17)
a. Valoro lo que Dios en su bondad ha hecho por mí:
- Me invita a recibir este Sacramento, haciéndome sentir que soy un hijo
(una hija) suyo muy querido.
- Me dice que mi casa está junto a Él: allí me tiene preparado un lugar.
- Me muestra que tengo un lugar en la comunidad cristiana: allí encontraré
a mis hermanos y hermanas, que me ayudarán a percibir que el Señor
está con nosotros cada vez que nos reunimos en su nombre.
- Me recuerda que, como hijo o hija suyo, estoy llamado a hacer las
mismas obras que Jesús,“quien pasó haciendo el bien y curando a
todos de la opresión del diablo” (Hechos de los Apóstoles 10/38).
- ¿Qué regalos me ha hecho Dios?
- ¿Qué alegrías he experimentado?
- ¿Cómo me ha demostrado su amor, su misericordia?
- ¿Qué talentos o tareas me ha encomendado el Señor?
- ¿Qué me ha querido decir a través de las alegrías o dificultades que he
experimentado?
b. Confronto mi vida con el amor de Dios y reviso mi
relación con Él, con el prójimo, con las cosas y
conmigo mismo a la luz de la Sagrada Escritura
- Yo deseo tener mucho cariño por el Señor. Me gustaría colaborar con él en
todas las tareas que él quiere realizar para que el mundo sea mejor: una casa y
una mesa para todos.
- Me gustaría expresarle mi cariño al Señor, tratando a los demás como Él los
trata.
- Yo quisiera participar activamente en la Iglesia: vencer mi flojera y mi timidez,
para que no le falten al Señor colaboradores suyos que construyan, junto con
Él, un mundo en que todos puedan reconocerse y ser tratados como “hijos de
Dios”
- Me gustaría poner toda mi confianza en que Dios es un papá cariñoso, y por lo
tanto, reconocer que regirme por el horóscopo, por los adivinos, o participando
en sesiones de espiritismo, es una falta de confianza en mi Padre del Cielo.
- Mi Padre del Cielo quiere a todos sus hijos e hijas. Pero tiene “sus regalones”:
los que no son tomados en cuenta por los demás, los más débiles, los que no
tienen fuerza para hacer oír su voz, los que no tienen méritos que presentarle
al Señor. Jesús nos dice que hay tres categorías de personas que son los
ciudadanos privilegiados en el Reino de Dios: los niños, los pobres y los
pecadores (evidentemente no se refiere a los niños mal criados y egoístas,
sino a los que no tienen posibilidades en su futuro). ¿Me reconozco en alguna
de esas categorías? ¿Trato a esas personas como lo quiere el Señor?
En relación a mí mismo:
- Si quiero ser coherente, debo apuntar a comportarme siempre como hijo o
hija de Dios. Por tanto debo ser sincero, solidario, honesto, prudente,
respetuoso, sano, y esto conmigo mismo y con los demás.
3.- Contrición o Conversión Interior
"Voy a partir, volveré a mí padre y le diré Padre, pequé... ya no merezco
llamarme hijo tuyo" (Lc. 15, 18)
Al reconocer los errores cometidos, siento dolor por haber frustrado las
esperanzas que Dios puso en mí. Entonces detesto los pecados cometidos,
porque han ofendido a mi Señor y han hecho daño a otros: deseo poner mis
errores en las manos del Señor, y pedirle su ayuda para que no vuelvan a
repetirse
Lo puedes expresar a través de una oración como:
"Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he
pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi
culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los
ángeles, a los santos, y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios,
nuestro Señor".
O bien, con esta otra: “Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo,
sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo,
lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro
de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo
malo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén”.
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