La patencia del ser latinoamericano a partir de la

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La patencia del ser latinoamericano
a partir de la toma de conciencia
del proceso dialéctico inherente a su
historicidad.
Estudio de la construcción del status
ontológico propio de América Latina
mediante el hacer correspondiente a la
reflexión filosófica:
–
La filosofía como ordenadora del caos
y conformadora del cosmos
en el cual se manifiesta la existencia
humana –
z
z
z
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z
Alumna: Antonella Mármol Vila
Grupo: Filosofía 4ºA
Asignatura: Historia de las Ideas en América
Profesora: Marcia Collazo
Institución: Instituto de Profesores Artigas
Junio de 2009
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I. Introducción
En la presente elaboración escrita se intentará llevar a cabo la problematización de ciertos aspectos
referentes a la situación del hombre latinoamericano, fundamentalmente en relación a las
particularidades de su ser en el mundo, como resultado de una historia que le ha sido negada,
incluso desde su propia existencia. Para ello, nos apoyaremos en las reflexiones que a este respecto
ha efectuado el filósofo mexicano Leopoldo Zea – filósofo de la liberación – las cuales ha
configurado desde una perspectiva dialéctica, desde la que nos será posible abordar cuestiones que
nos permitan trabajar sobre las condicionantes históricas que han contribuido a la definición del
hombre latinoamericano en tanto hombre sin más, proceso que, como podrá observarse más
adelante, ha sido y debe seguir siendo resultado de la toma de conciencia de la circunstancia en la
cual se inscribe su presente, pero también en la cual se ha desarrollado su pasado y se proyectará su
futuro.
Dentro de esta línea de análisis, serán trabajadas las implicaciones que trae consigo el giro
antropológico que supone la toma de conciencia aludida, para lo cual es fundamental considerar,
especialmente, cuál es el rol que debe desempeñar la reflexión filosófica en lo que a ello refiere. Es
importante destacar que todo lo expresado con anterioridad será vertebrado por una interrogante
problemática, la cual persigue por finalidad posibilitar el abordaje y posterior cuestionamiento de
aquellas “verdades” que se han tenido por irrefutables dentro del acervo filosófico impuesto a
América Latina desde los tiempos de la colonia, y que inclusive se remontan hasta nuestra realidad
actual.
A partir de dicha pregunta – la cual será presentada al comienzo del desarrollo – serán abordadas las
reflexiones que Leopoldo Zea ha realizado en torno a la problemática planteada, y a partir de ello
será trabajado el rol de la filosofía como ordenadora del caos y conformadora del cosmos en el cual
surge y se plantea la interrogante por la existencia humana, tal como lo indica el título
correspondiente al presenta trabajo. Asimismo, para ello será pertinente recurrir a diversas
reflexiones filosóficas efectuadas al respecto, por lo cual durante el desarrollo de la temática se hará
alusión al pensamiento de diversos autores con el objetivo de brindar apoyatura teórica a la
temática. Pues bien, entre los aportes teóricos que serán citados, se destacan principalmente el
pensamiento de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, a partir del cual se intentará representar la visión
que desde la filosofía occidental se albergaba respecto del continente americano; el pensamiento de
Juan Bautista Alberdi, a partir del cual será abordada la pregunta por la posibilidad de la filosofía
latinoamericana; y una alusión al pensamiento de José Martí, actor intelectual y político que
contribuyó inestimablemente a la emancipación latinoamericana, iniciando la puesta en marcha de
lo que Zea ha dado en llamar “proyecto asuntivo”.
Es importante destacar que el abordaje propuesto en esta instancia, apunta principalmente a llevar a
cabo un análisis reflexivo, problematizador y crítico respecto de las circunstancias en las cuales se
ha perfilado y conformado el pensar latinoamericano, con lo cual nos será posible referir a la
importancia que guarda la emancipación mental que todo hombre debe alcanzar a fin de lograr que
dicha emancipación pueda manifestarse en otros ámbitos de su vida, tales como el político,
económico, social y cultural, lo cual desde la perspectiva propia del presente trabajo, se concibe
como la posibilidad de definición de la tan anhelada identidad latinoamericana, o dicho en términos
más precisos, la construcción del status ontológico propio del ser latinoamericano.
II. Desarrollo
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2.1. El espejismo latinoamericano versus Latinoamérica en el espejo.
2.1.1. Autodeterminación axiológica a partir de la puesta en marcha del “proyecto
asuntivo.”
“El hombre es lo que ha sido, lo que es y lo que puede llegar a ser.
Por ello es, dentro de esta triple dimensión de lo histórico, que se
hace patente el ser del hombre”
Leopoldo Zea
Cuando nos disponemos a estudiar la realidad latinoamericana desde el marco de la historia de las
ideas, lo primero que percibimos al enfrentarnos a las reflexiones efectuadas por los diversos
teóricos que abordan el tratamiento de los problemas latinoamericanos, es la preocupación por la
definición del ser del hombre latinoamericano. En efecto, la pregunta por el ser del hombre
latinoamericano, vale decir, la pregunta por quiénes somos los latinoamericanos y por cuál es
nuestro posicionamiento en el universo de ideas, resulta ser una constante característica de nuestro
interrogar. En este sentido, cabe señalar que ello no se constituye en tanto resultado de una
coincidencia gratuita, sino que por el contrario, resulta ser producto de las particulares
circunstancias históricas que se han forjado tras siglos de subordinación ideológica – además de
política, social, económica y cultural – la cual se ha iniciado como tal a partir de la conquista de
América llevada a cabo por la cultura occidental, de la cual hemos pasado a formar parte integrante,
aunque para muchos, esto último resulte prácticamente inadmisible.
La subordinación ideológica sufrida por el hombre de esta parte del hemisferio, ha delineado una
cierta concepción respecto del status propio de su ser, y por ende, el hombre latinoamericano se ha
formado una falsa imagen de sí mismo, respecto de la cual nos interesa ocuparnos a partir de este
momento Para ello, resultará favorable abordar la temática desde la siguiente interrogante
problemática:
Nuestro ser latinoamericano, en su dimensión histórica, no puede eludir la tarea hermenéutica que
inhiere a dicha condición, a saber: interpretar y dotar de sentido su historia. Ahora bien, nuestro ser
¿Es consciente que dicha tarea puede y debe realizarse desde su propio posicionamiento en el
mundo, o por el contrario, ha autorizado y legitimado, tal vez inconscientemente, que dicha labor
sea desempeñada por aquellos agentes que se consideran a sí mismos arquetipos de humanidad?
Como habrá podido percibirse, a partir de la pregunta planteada nos es posible introducirnos
directamente en la problemática que nos interesa analizar, a saber: la interrogante por la posibilidad
de un pensamiento latinoamericano emancipado, autónomo respecto de aquel que nos ha sido
impuesto por el arquetipo europeo y del cual aún sigue intentando desprenderse el pensamiento
latinoamericano. Como resultado de tal situación, Latinoamérica ha cuestionado, a lo largo de
siglos, su capacidad para elaborar un pensamiento propio, auténtico, poniendo así en tela de juicio
la posibilidad del desarrollo de una filosofía latinoamericana.
Leopoldo Zea, refiere a la preocupación del hombre por la definición de su ser, el cual según su
consideración y la nuestra también, se define en y por su historia. A este respecto, Zea manifiesta
que la dialéctica histórica se dirigirá a la conservación del pasado, a la esperanza en el presente o
bien al cambio en el futuro (1976). Sin embargo, resulta imprescindible no perder de vista el hecho
de que es sumamente peligroso que el propio hombre latinoamericano piense a Latinoamérica en
tanto reino del futuro, tal como lo ha hecho la utopía europea desde los tiempos de la conquista, la
cual podremos ver expresada concretamente en el pensamiento hegeliano.
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Contrariamente a lo expresado por Hegel, Zea afirma que América Latina posee una historia, y es
esa misma historia la que puede y debe ser dotada de sentido, es esa historia la que permite
vislumbrar que el hombre latinoamericano puede y debe resignificar el universo de valores que en
el cual se manifiesta su ser, y para ello será preciso iniciar una recuperación filosófica de las
circunstancias latinoamericanas. De esta manera, Zea ha propuesto que los latinoamericanos
llevemos adelante un “proyecto asuntivo”, el cual permita hacer patente el hecho de que el
pensamiento de todo hombre surge en diálogo con las circunstancias que les son propias. Llevando
adelante dicho desafío, el hombre latinoamericano se encontrará en condición de asumir su pasado,
de deconstruirlo y no de pretender negarlo, para así poder superarlo y abocarse a la construcción de
un futuro del cual ser artífice, y no mero espectador.
El legado del pensamiento expresado por Zea, tiene su antecedente en el filósofo español José
Ortega y Gasset, quien se ha constituido en una de las principales influencias filosóficas del filósofo
mexicano, aspecto que nos es posible vislumbrar cuando, al acercarnos a su obra, encontramos esta
misma idea de vivir en vista del pasado, como estrategia para comprenderlo y de esta manera
obtener una clave para salvar el presente (1984:77).
Por otro lado, el filósofo argentino Enrique Dussel, realiza una reflexión que posee íntima relación
con la propuesta de Zea de emprender el “proyecto asuntivo”, entre otras cosas, porque en la misma
se hace alusión al proyecto que desde la exterioridad han hecho de nuestro continente, y a su vez, a
la actitud que como latinoamericanos debemos asumir. Ello es expresado por el filósofo de la
siguiente manera: “América Latina ha sido hasta ahora mediación del proyecto de aquellos que nos
han interiorizado o alienado en su mundo como entes o cosas desde su fundamento. Para nosotros
va a ser muy importante esclarecer cuál es el fundamento de ese hombre que nos ha constituido
como entes o cosas, para entendernos como latinoamericanos y poder plantearnos la posibilidad
de la liberación, de abrirnos un camino de exterioridad” (1977:93).
Ahora bien, ¿Por qué asumir un pasado en el cual se ha menoscabado nuestra humanidad e
imposibilitado el despliegue de nuestras potencialidades como hombre? Pues, porque no es posible
intentar partir de cero con el objetivo de establecer una pretendida identidad propia, ya que sólo a
partir de la asunción de nuestro pasado, la construcción de nuestro presente y la proyección de
nuestro futuro es que como los latinoamericanos iremos construyendo nuestra identidad, sin
negaciones, sin prejuicios, y por sobre todo, sin caer en la errónea consideración de que la identidad
que nos define se constituye como algo a descubrir[1],ya que desde la perspectiva abordada en el
presente trabajo, entendemos que el status que define a nuestro ser surge como resultado de la toma
de conciencia de la dialéctica en la cual se inscribe nuestra historia, y por ende, nuestra identidad
como latinoamericanos se establecerá a partir de una praxis humanizante, respecto de la cual
trataremos más adelante.
Desde la postura adoptada en el presente trabajo, consideramos que la identidad de un pueblo se
establecerá a partir de sus vivencias históricas, por ello, concebimos que la expresión “la existencia
precede a la esencia” de Jean Paul Sartre (1972:16), puede ser aplicada a lo dicho anteriormente: la
existencia (ya sea de un sujeto o de un pueblo o nación) antecede y determina a aquello que luego
será considerado como su ser esencial.
Pues bien, para comprender cabalmente la razón por la cual el hombre latinoamericano se ha
interrogado, incluso hasta hoy día, respecto de la posición de su ser en el mundo, y a partir de ello,
de la posibilidad de elaboración de un pensamiento propio, resulta menester indagar respecto de las
consecuencias que ha significado para su definición identitaria, el hecho de haber sido producto de
una conquista no sólo territorial, política y económica, sino por sobre todo espiritual, tal como ha
pretendido ser la conquista de América iniciada por los españoles a finales del siglo XV.
Precisamente por ello, nos interesa trabajar a continuación cuál ha sido el origen de la nefasta
imagen que los latinoamericanos nos hemos formado respecto de nuestro propio ser, y por ende,
comprender desde qué sentido nos es posible iniciar una reinterpretación de la historia, la cual
posibilite cuestionar, a partir de la toma de conciencia, la dicotomía civilización – barbarie dentro
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de la cual se ha pretendido enmarcar el proceso de conquista, e inclusive superar la misma a fin de
dar una nueva significación a los términos en ella empleados.
Zea hace patente el origen histórico de la falsa imagen que los latinoamericanos nos hemos formado
de nuestro ser, lo cual según su consideración ha sido el resultado de un regateo de humanidad – en
los términos expresados por el filósofo – llevado a cabo por el hombre europeo respecto del hombre
latinoamericano. Este regateo de humanidad ha sido realizado por quienes se han erigido a ellos
mismos en tanto hombres del primer mundo, quienes se consideraban únicos dueños del derecho, al
verbo, al logos, a la palabra, con lo cual como veremos más adelante, se internaliza en América
Latina la pregunta por la posibilidad de una filosofía latinoamericana, bajo la creencia impuesta
respecto de que sólo los sistemas filosóficos europeos constituyen un auténtico filosofar.
Zea señala que el poseedor del verbo, logos o palabra, es el hombre, más concretamente, el filósofo,
lo cual se hace patente cuando expresa que “El filósofo es el hombre que quiere saber del ser en la
nada, del orden en el caos. Y quiere saber porque en ello le va su propio ser, su existencia”
(1969:10). Ahora bien, este preguntar era el preguntar de un hombre en particular, y no de todo
hombre, a saber: el preguntar del hombre europeo, no del hombre latinoamericano, quien por el
contrario, al encontrarse al margen de la historia de la filosofía entendida en los términos
enunciados, se interroga además que por su ser, por la posibilidad de interrogarse por su ser, y de
esta manera, por su derecho a la utilización de ese verbo, logos o palabra, de los cuales no se
considera en tanto poseedor. De esta manera, comienza indefectiblemente el cuestionamiento acerca
de la posibilidad de la filosofía latinoamericana. Según expresión de Zea, el mismo hecho de
preguntarnos por dicha posibilidad lleva implícito el sentimiento de sabernos distintos respecto de
quienes se consideran dueños de la posibilidad de ejercer la reflexión filosófica.
Como es posible percibir, el mismo hecho de cuestionarnos el derecho a la palabra, el derecho al
filosofar, incluye en sí mismo, el cuestionamiento por nuestra propia humanidad, ya que como se ha
sido señalado en líneas anteriores, en el preguntar por su propio ser va incluido el preguntar por la
humanidad del hombre, y por ende, debemos considerar el hecho de que, quien no se sienta
poseedor del derecho al verbo, logos o palabra (lo cual hace del hombre un hombre) no se sentirá
tampoco parte integrante de la humanidad. De ahí la pretensión de quienes se consideraban hombres
por excelencia – hombre europeo – de que el hombre latinoamericano justificara su supuesta
humanidad. Como consecuencia de ello, el hombre latinoamericano comienza un peregrinaje
tendiente a demostrar la legitimidad de su ser, con lo cual en vez de liberarse del arquetipo
establecido, se mantiene en la negación que le ha sido impuesta.
Es interesante percibir que la consideración respecto del ser del hombre expresada por Zea, se halla
explicitada en las obras del filósofo existencialista Martin Heidegger, quien manifiesta que el ser
vive en el lenguaje, o dicho en los términos del propio Heidegger “el lenguaje es la casa del ser”
(1970:7). Asimismo, otro aspecto a rescatar como coincidente resulta ser el hecho expresado por
Heidegger respecto de que el hombre es el único ser que se interroga por su existencia, y asimismo,
el único ser que tiene la posibilidad de colocarse en el centro de su propio mundo con la finalidad
de irse haciendo a sí mismo (2003).
En relación a ello, Dussel señala un aspecto de suma relevancia respecto de lo que se ha venido
trabajando hasta el momento, ya que a partir del mismo se pretende definir al hombre a partir de su
libre accionar: “El hombre es por esencia un ser que va siendo y que nunca es del todo (…) Esta es
la existencia humana, un ser desde un proyecto futuro, desde donde todas las mediaciones se le
presentan como posibles. Por eso el hombre es capaz de elegir unas mediaciones y dejar otras. La
posibilidad de ‘todavía-no’ elegir ésta o aquella posibilidad es lo que se llama libertad”
(1977:104).
Pues bien, volviendo a lo expresado por Zea, podemos percibir que mientras que el hombre
latinoamericano se mantenga inmerso en el círculo de dominación diseñado por el arquetipo
europeo, América Latina no podrá efectuar una verdadera liberación ontológica. Este aspecto se
encuentra íntimamente relacionado con la interrogante problemática que ha sido propuesta al inicio,
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en la cual se pregunta respecto de la actitud que ha tomado el hombre latinoamericano frente a la
imposición del dominio establecido, ya que al intentar justificar su propia humanidad, el
latinoamericano se encuentra jugando el siniestro juego del regateo de humanidad, pero esta vez
con una cuota de perjuicio aún mayor, ya que lo está haciendo desde sí mismo, negándose a asumir
su capacidad y deber de ser el constructor de su propia historicidad, y por tanto, de asumir la labor
filosófica como una tarea que le es propia por el mero hecho de ser un hombre entre hombres.
Como señala Andrea Díaz Genis, no solamente hemos negado por nosotros mismos las formas de
ser humano que nos constituyen como cultura, sino que además, al hacerlo hemos ido
menoscabando nuestra dignidad (2004).
Ciertamente por ello, Zea concibe que existen diversas formas de captación de lo humano, que no
son las propias del arquetipo aludido, y que nos permiten considerar que la universalidad de la
filosofía consiste, precisamente, en el hecho de concebir que todos los hombres somos diferentes, y
en ello consiste la libertad en el campo filosófico. De esta manera, será posible percibir la
multiplicidad a partir de la consideración de un relativismo cultural, con lo cual quede desarticulado
el arquetipo que reconoce la existencia de modelos verticales, en los que se concibe la existencia de
culturas superiores e inferiores y no de culturas diversas. Precisamente en esto consiste el giro
antropológico al cual referíamos con anterioridad.
Todo lo dicho por Zea, apunta a hacer manifiesta la importancia de llevar adelante el “proyecto
asuntivo” correspondiente a nuestro ser histórico, lo cual se encuentra íntimamente relacionado con
lo que expresa Díaz Genis, cuando destaca lo siguiente: “La historia de las ideas de los seres
humanos, es una reinterpretación continua acerca de lo que somos. En este sentido, el rescate del
pasado no es una evocación de lo perdido, sino una re-presentación, una re-cuperación, una revivencia. Sin la historicidad no habría pluralidad de ideas en el ser humano” (2004:24-25).
A partir de lo expresado, podemos comprender lo que Zea pretende significar cuando manifiesta
que dentro la triple dimensión de lo histórico, es que se hace patente el ser del hombre, ya que
concordando nuevamente con lo expresado por Díaz Genis, se concibe que la identidad se construye
mediante una relectura del pasado, así como también, mediante una apertura hacia el futuro (2004).
Pues bien, como legado de la internalización del arquetipo occidental impuesto, el hombre
latinoamericano se ha preocupado, más que por filosofar, por hacer coincidir su interrogación con la
propia de la denominada filosofía universal, relegando de esta manera la posibilidad de efectuar un
auténtico filosofar, vale decir, una filosofía sin más. De esta manera, Zea señala el hecho de que
como consecuencia de la legitimación del modelo impuesto, en lugar de intentar filosofar lo que ha
procurado hacer el latinoamericano ha sido calcar una filosofía importada, lo cual ha implicado la
carencia de sentido de dicho filosofar (1972). El aspecto mencionado ha sido criticado por el
filósofo idealista y dialéctico Georg Wilhelm Friedrich Hegel, autor que desde dicho
posicionamiento filosófico ha cuestionado la existencia de la filosofía latinoamericana, entre otros
aspectos como consecuencia de su visión acerca de que América Latina se encuentra por fuera de la
marcha del espíritu del mundo, es decir, por fuera de la historia.
Consideramos que, desde la perspectiva señalada, resulta posible vislumbrar el rechazo que desde la
filosofía occidental – concebida en tanto filosofía universal – se ha realizado con respecto a
Latinoamérica, más específicamente, con relación a su cultura. Ello guarda suma relevancia con
respecto a todo lo señalado hasta el momento, ya que como expresa Zea “La historicidad se hace
patente y penetra en todas las formas de expresión de lo humano. La filosofía, su máxima
expresión, (…) no podía permanecer ajena a esta su más patente dimensión, lo histórico. En el
siglo XIX, con Hegel a la cabeza, se inicia la preocupación de la filosofía por la historia”
(1972:12).
Es por ello, que a continuación procederemos a presentar la consideración que Hegel ha expresado
respecto del continente americano, ya que a través de la aproximación a su pensamiento, nos es
posible analizar las causas de la exclusión de América de la marcha histórica del espíritu universal.
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2.2. Marginación del pensamiento latinoamericano a partir de la dicotomía establecida entre
civilización y barbarie: Antecedentes filosóficos del menosprecio hacia el discurso americano.
2.2.1. Un futuro sin historia: América en el fuera de sí de la conciencia.
“La historia de la filosofía comienza allí donde el pensamiento logra
alcanzar la existencia en su libertad, donde logra arrancarse de su
estar sumergido en la Naturaleza, de su unidad con ella, y se
constituye para sí, donde el pensar entra en sí mismo y es por sí
mismo”
Georg Wilhelm Friedrich Hegel
Como bien se expresa en el fragmento de texto expuesto, para Hegel existe una división radical
entre naturaleza y razón (1998), y en lo referente al pensamiento, ello adquiere suma importancia,
ya que a partir de la misma se determinará la concepción hegeliana respecto de que, mientras el
pensamiento se encuentre sumergido en la naturaleza, no logrará alcanzar su libertad, vale decir, no
logrará adquirir conciencia de sí mismo, y por lo tanto, se hallará imposibilitado de constituirse en
auténtico pensamiento filosófico. Pues bien, precisamente este último es el papel que reconoce
Hegel al pensamiento latinoamericano, un pensamiento que no ha logrado traspasar las fronteras
que separan la prehistoria de la historia, ya que dicho pasaje, desde esta perspectiva, podrá tener
lugar únicamente cuando el pensamiento logre rescatarse a sí mismo de la naturaleza y se encuentre
en condiciones de adquirir conciencia de sí, con lo cual podrá constituirse en un pensamiento libre.
En estos términos, es precisamente que Hegel considera que América[2] se encuentra fuera de la
historia, ya que su pensamiento se halla en el fuera de sí del espíritu universal, al no haber podido
sustraerse del ámbito de la naturaleza, no ha podido inaugurar el estadio que corresponde a la razón.
De esta manera, América sólo puede ser concebida como reino del futuro, es decir, como mera
posibilidad, lo cual intenta significar que, en dichas circunstancias, América se encuentra en una
posición de indeterminación, es decir, que dicho continente equivale a la “nada”. Esto es así debido
a que, según consideración de Hegel, sólo lo racional es lo real, y como hemos podido apreciar, en
las condiciones descritas, América no ha alcanzado el estadio correspondiente a la razón, quedando
así relegada a no constituirse en parte integrante de la realidad.
Esto es así debido a que para Hegel, la conciencia humana es una fase del desarrollo del
pensamiento en sujeto y objeto, de manera que concepto y mundo logran se confundirse en una
misma realidad, a la que llama sujeto, autoconciencia y espíritu, tal como señalan los autores
críticos de su obra. Este aspecto de la filosofía hegeliana, como bien destaca Dussel, se diferencia
notablemente de la filosofía kantiana, en la cual se establece una separación entre el sujeto que
conoce y la cosa en sí o “noumeno”, como aquello que el sujeto trascendental no se halla en
condiciones de conocer.
El aspecto referido con anterioridad, se halla explicitado en la obra hegeliana, en la cual se
manifiesta que “La realidad no existe toda al mismo tiempo ni es conocida toda por entero, en un
solo momento, sino que, sea mundo o conciencia, va siendo a lo largo del tiempo. La fuerza que
impulsa este movimiento hacia un saber absoluto, una autoconciencia total o un Espíritu Absoluto
no es otra cosa que la de la dialéctica” (1972:468). De esta manera, podemos entender cómo la
dialéctica hegeliana concibe al pensar en tanto movimiento hacia lo absoluto; no obstante dicho
movimiento no es infinito, sino que ha de culminar con la total comprensión de la realidad y del
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pensamiento como un saber absoluto[3].
Dicho esto, nos encontramos en condiciones de comprender en qué sentido aquello que no es
racional se va perdiendo como deshecho dentro de la propuesta hegeliana, ya que sólo lo sensato
permanece, y de ello se nutre el espíritu universal. De esta manera, América es considerada como
por fuera de la marcha del espíritu, es decir, por fuera de la historia. Siendo esto así, la cultura
americana se encontraría condenada a perecer en cuanto el espíritu universal – entiéndase cultura
europea – se le enfrentara, con lo cual se niega la espiritualidad propia del continente americano
frente a necesidad de expansión del espíritu europeo.
Una vez expuestas estas consideraciones, podemos percibir que en la concepción hegeliana,
América no representa el reino del futuro en el sentido de lo nuevo (en comparación con Europa que
sería lo viejo) sino que la misma es entendida como aquello que no ha alcanzado la madurez aún, y
concebida en estos términos, América no tendría nada interesante para aportar a la historia ni a la
filosofía, entre otras cosas, porque como expresa el mismo Hegel, el filósofo no hace profecías, y
por ello, carece de sentido interesarse por un continente que podrá llegar a alcanzar su ser en un
tiempo futuro.
Para Hegel, el presente, Europa, es concebido como la cúspide final del proceso dialéctico. Siendo
esto así, resulta absurdo considerar que alguna filosofía pueda iniciarse previamente a la toma de
conciencia respecto de sí del mundo en el cual ésta se desarrolle. Esto se halla explicitado por Hegel
de la siguiente manera: “La verdadera filosofía comienza solamente en Occidente. Ahí el espíritu se
hunde en sí, se sumerge en sí, se pone a sí mismo allí como libre, es libre para sí; y allí solamente
puede existir la filosofía” (1998:156-157).
Por otro lado, es pertinente destacar que dicha consideración respecto de América, resulta ser
producto de su concepción acerca del objeto de la filosofía, debido a que la filosofía entendida por
el filósofo en cuestión, se representa una situación únicamente en la medida que la misma haya
culminado su proceso de realización: “El verdadero comienzo de la filosofía se ha de poner allí
donde lo absoluto se ha concebido, no ya como representación, sino que el libre pensamiento – no
solamente piensa lo absoluto – ha concebido la idea del mismo: es decir, el ser” (1998:150). De
esta manera, la América inmadura, incapaz de alcanzar el grado de civilización de la cultura
occidental, resulta ser racionalmente irrepresentable, en contraposición a Europa que es lo que es, es
decir, lo real.
Por otro lado, y en relación a lo antes dicho, Zea expresa que como consecuencia de la concepción
albergada por la cultura europea, en esta parte del mundo “Intentamos una filosofía de la historia de
nuestra América, como expresión concreta de la historia de la humanidad pugnando por realizar
ampliamente la idea de libertad, por llegar a ser su máxima encarnación” (1976:21). De esta
manera, podemos percibir que la constante interrogante acerca de quiénes somos los
latinoamericanos, resulta ser una consecuencia directa de la continua amenaza que nuestra identidad
como sociedad y cultura ha sufrido.
2.3. El proceso evolutivo de la dialéctica de la conciencia latinoamericana:
Circunstancia – Responsabilidad – Humanización.
2.3.1. De la expectación esperanzadora a la praxis humanizante: Transformación de la
falsa imagen internalizada en pos de la recuperación de la humanidad latinoamericana.
“¿Es que por vivir de expectativa (...) no somos todavía?”. ¿O será,
al contrario, que ya somos (...) y nuestro ser más íntimo consiste en
un esencial y reiterado no-ser-siempre-todavía?”
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Ernesto Mayz Vallenilla
Una vez llegados a este punto, nos encontramos en condiciones de volver a la fase inicial de nuestro
desarrollo, y comprender en qué sentido exhorta Zea al hombre latinoamericano a tomar conciencia
de su ser histórico, en contraposición a la negación histórica dirigida a América por parte de la
filosofía occidental, como hemos podido percibir mediante la aproximación a la filosofía hegeliana.
Pues bien, como grave consecuencia de la internalización de tal sistema filosófico, la América
Latina se ha mantenido durante demasiado tiempo en la pasiva espera de ese futuro en el cual pueda
realizarse y pasar a formar parte de la historia. No obstante, como señala Zea, el estar expectante
ante una realidad que inicie el cambio anhelado como latinoamericanos nos deja inevitablemente
inmersos en lo que se ha denominado “utopía milenaria”[4], es decir, la esperanza puesta en un
futuro que no mantiene ni guarda relación alguna, ni con nuestro pasado ni con nuestra realidad
presente (1976).
Para hacer patentes las consecuencias de esta situación, Zea cita al pensador venezolano, Ernesto
Mayz Vallenilla, quien expresa que dicho legado histórico ha convertido a los latinoamericanos en
“seres expectantes”. En este sentido, la existencia del hombre latinoamericano se vuelve un “noser-siempre-todavía”, es decir, una constante espera respecto de lo que está por acontecer, aunque
no se tenga idea de qué es lo que le deparará ese reino futuro. De esta manera, el americano siente
que, en vez de constituirse en un ser acabado y completo, su característica más esencial consiste en
no ser todavía, con lo cual se admite involuntariamente la indeterminación y el fuera de sí del cual
hablaba Hegel.
Dos consecuencias nefastas se derivan de tal condición de hombre, a saber: la primera, responde al
hecho de que dicha expectación nos conduce a aceptar la realidad tal como se nos ha presentado, ya
que se espera que por una especie de voluntad divina, tal situación del hombre americano cambie de
repente, con el advenimiento del futuro anhelado; la segunda, nos hace percatarnos respecto de que,
en tanto reino del futuro, nos convertimos en un botín susceptible de ser apetecido por cualquier
forma de imperialismo, tal como señala Vallenilla.
En definitiva, lo que Vallenilla pretende significar con su concepto de “no-ser-siempre-todavía”, es
el hecho de que el hombre latinoamericano no podrá tener un futuro en tanto no transite por la
historicidad que le es propia. Si continuamos en la situación de espectador, lo único que resta para
la definición de nuestro ser, es ser conciencia expectante, a la espera de una posibilidad abstracta.
Pues bien, frente a esta situación, ¿Qué camino ha de recorrer el hombre latinoamericano para poner
punto final a esta posición de mero espectador e iniciar una acción que le permita, no ya justificar
su humanidad frente a un arquetipo que se tiene como modelo de hombre, sino esta vez, emprender
una acción humanizante desde sí y para sí? El camino más apropiado parece ser, sin duda, la puesta
en marcha de una praxis humanizante.
“Praxis”, como señala Dussel, es una palabra griega, que significa acción o hacer. En este sentido,
cabe preguntarse, refiriéndonos a la praxis del hombre, qué es aquello que el hombre hace, realiza o
produce, y simultáneamente a dicha interrogante, se plantea una segunda no de menor importancia,
a saber: para qué el hombre hace lo que hace. Según consideración de Dussel, la respuesta a estas
dos interrogantes es muy sencilla: “el hombre hace para el poder-ser, que es el proyecto; “lo-queno-se-es-todavía” me interpreta, me hiere como “falta-de”. (…) Y bien, la praxis, el obrar, no es
sino la mediación actual por la que la “falta-de” es cumplida, realizada” (1977:105).
Por tal razón, entendemos que la praxis humanizante deberá apuntar a la búsqueda del sí mismo
correspondiente al hombre latinoamericano, y para ello, este hombre deberá evitar incurrir en uno
de los errores más graves en los que ha caído casi de continuo a lo largo de su historia, a saber: “ser
como otros para ser sí mismo”, tal como señala Edmundo O’Gorman, quien es citado por Zea en
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apoyo a una de sus reflexiones (1976:14). En expresión del propio Zea, “El latinoamericano se ha
servido de ideas que le eran relativamente ajenas para enfrentarse a su realidad” (1976:15). Por lo
cual, afirma, resulta necesario dejar de negar nuestro pensamiento latinoamericano, resulta
imprescindible dejar de ser eco y sombra de una cultura ajena (1972).
El aspecto referido también se encuentra ilustrado en la obra del autor uruguayo Gustavo Beyhaut,
quien expresa que uno de los errores más frecuentes que se hace presente en nuestro continente
sigue siendo el de trasponer fórmulas y métodos de un país a otro, sin conocer sus significados
originarios (1990:31).
A partir de las reflexiones aludidas, podemos concebir en qué grado de urgencia se torna necesario
tomar como punto de inicio la realidad histórica y cultural, a fin de abocarse a la elaboración de un
pensamiento que alcance validez universal, que no sólo sirva, en tanto praxis humanizante, para los
latinoamericanos, sino que en este liberar y humanizar, sea posible incluir al otro, a aquel hombre
que por su accionar a lo largo de la marcha del espíritu ha terminado por ser presa de su propia
deshumanización. Según expresión de Dussel, logrado esto “(…) habrá surgido ante nosotros un
ámbito más allá del fundamento ontológico europeo que nos permitirá pensar la cuestión
latinoamericana, nuestro ser distinto y la ética de la liberación que necesitamos para que nuestra
acción ilegal se nos presente con la dignidad de un gesto supremamente moral, digna de los héroes,
no de los que dominan y conquistan, sino de los que crean las patrias y liberan a los oprimidos”
(1972:12). Visto desde esta óptima, podemos observar cómo la dicotomía civilización-barbarie,
puede llegar a invertirse desde la praxis humanizante, e inclusive superarse a partir de un
pensamiento que libere al sí mismo y al otro que ha quedado enajenado por su propia acción, ya que
en definitiva, y en contraposición a lo que manifiesta Dussel, podemos situarnos en un lugar que
nos permita ver al otro como un otro no tan distinto a mí mismo.
Lo dicho con anterioridad, nos remite nuevamente a la tesis defendida por Zea, respecto de que
partiendo de nuestras circunstancias, podremos asumir nuestro pasado y así establecer las
condiciones necesarias para poder emprender la superación del mismo. Como en la dialéctica
hegeliana, negar es asimilar, interiorizar algo y asumirlo para no tener que volver a repetirlo, de
igual manera aquí, asimilando el pasado que ha delineado nuestras circunstancias actuales,
resignificándolo, lo convertimos en experiencia histórica, definitoria de nuestro status como
hombres latinoamericanos.
2.3.2. El pensamiento filosófico como posibilidad de reencuentro del hombre con el
hombre: La reflexión filosófica como punto de partida para la emancipación mental de
una cultura en busca de su autodefinición.
“(…) no hay verdadera emancipación mientras se está bajo el
dominio del ejemplo extraño, bajo la autoridad de las formas
exóticas. Y como la filosofía es la negación de toda autoridad que no
sea la de la razón, la filosofía es madre de toda emancipación, de
toda libertad, de todo progreso social”
Juan Bautista Alberdi
En esta instancia de nuestro trabajo, será presentada la concepción del político y pensador argentino
Juan Bautista Alberdi[5] respecto de la necesidad que, durante el siglo XIX, presentaba
Latinoamérica de experimentar una emancipación mental que funcionara como complemento
esencial a la emancipación política ya lograda. Ahora bien, nos interesa rescatar el pensamiento de
10
dicho pensador ya que, entre otras cosas, a partir del planteamiento del mismo nos será posible
abordar la problemática de la posibilidad de la filosofía latinoamericana, y asimismo, contrastar,
posteriormente, la propuesta filosófica de Alberdi con la propuesta filosófica de Zea, quien como se
verá más adelante, si bien ha sabido reconocer en su propuesta un paso de fundamental importancia
en lo que refiere a la necesidad de iniciar un pensamiento desde las propias circunstancias de
América latina, también ha señalado las deficiencias de este intento por alcanzar la emancipación
mental latinoamericana, entre otras cosas, como consecuencia de la adopción de un instrumento
ideológico importado, a saber: el positivismo.
Pues bien, comenzando con la propuesta de Alberdi, lo primero que debemos referir es el hecho de
que, como señala Santiago Castro Gómez, a partir de la emancipación mental proclamada por
pensadores tales como Alberdi, lo que se intentaba era sentar las condiciones necesarias para formar
un nuevo hombre, emancipado respecto de la cultura europea (1996). No obstante, no hay que
perder de vista que dicho fin se pretendía como forma de incorporar a Hispanoamérica en el
movimiento propio de la historia universal.
De esta manera, como nos muestra Castro Gómez, “Se empezó a hablar de nación, pero no como si
se tratara de un retorno a las raíces culturales del pasado, sino, todo lo contrario, como una tarea
orientada hacia el futuro. La construcción de la nación debería fundarse solamente en los ideales a
realizar, sin amarres directos con el pasado realizado” (1996:107). Este fue precisamente el
objetivo propuesto por aquellos pensadores que intentaron establecer, una vez lograda la
emancipación política, la emancipación mental del continente.
A fin de ilustrar lo anteriormente esbozado, resulta pertinente presentar algunos pasajes en los
cuales Alberdi hace patente la necesidad de un pensamiento latinoamericano: “La filosofía, pues,
como ha dicho el filósofo más contemporáneo, Mr. Jouffroy, está por nacer. No hay, pues, una
filosofía universal, porque no hay una solución universal de las cuestiones que la constituyen en el
fondo. Cada país, cada época, cada filósofo ha tenido su filosofía peculiar, que ha cundido más o
menos, que ha durado más o menos, porque cada país, cada época y cada escuela han dado
soluciones distintas de los problemas del espíritu humano” (1842:1). Y continuaba en páginas
posteriores “Nuestra filosofía, pues, ha de salir de nuestras necesidades” (1842:6).
Según Zea, ha sido el hecho de saber que el hombre no puede atenerse a soluciones ajenas para los
problemas que le son propios, el que ha inducido a hablar de la posibilidad de una filosofía
latinoamericana. Se plantea así, la necesidad de una filosofía americana para los americanos, la
necesidad de un discurso propio, el cual se encuentre orientado al cumplimiento de una función
social e histórica, que contribuya a la definición de nuestros rasgos identitarios. En opinión de
Alberdi, tener libertad política y carecer de libertad filosófica es como tener los brazos libres y la
cabeza encadenada (1998). En definitiva, el pensamiento político y filosófico que nos interesa
rescatar de Alberdi se resume en sus siguientes expresiones: “Nuestros padres nos dieron una
independencia material: a nosotros nos toca la conquista de una forma de civilización propia, la
conquista del genio americano. Dos cadenas nos ataban a Europa: una material que tronó; otra
inteligente que vive aún. Nuestros padres rompieron la una por la espada; nosotros romperemos la
otra por el pensamiento. Esta nueva conquista deberá consumar nuestra emancipación” (1998).
Como es posible apreciar, la propuesta de Alberdi resulta ser muy importante desde el punto en que,
por primera vez, se señala el circunstancialismo y pragmatismo propios de la filosofía (en
contraposición a la concepción acuñada por la filosofía europea). Sin embargo, a pesar de los
esfuerzos realizados, Zea destaca que, el proyecto civilizador que se pretendía emprender mediante
la conformación de una filosofía latinoamericana, se vio impelido al fracaso, principalmente por
atender a las circunstancias pero sin asumir dialécticamente el pasado que le era propio, además de
haberse apoyado, para ello, en el paradigma positivista. Según opinión de Zea, otro de los graves
errores ha sido pretender hacer una filosofía latinoamericana, y no abocarse a realizar una filosofía
sin más, es decir, una filosofía que atienda a las circunstancias pero que apunte a tener alcance
universal, ya que adoptando tal posicionamiento, Zea creía que lo circunstancial se daría de por sí.
11
Por otro lado, también resulta pertinente señalar que, como manifiesta Zea, el preguntar por las
posibilidades de una filosofía que brinde a Latinoamérica las respuestas y soluciones que ésta
demanda, toma la forma de una nueva enajenación, debido a que dicho filosofar no consigue dejar
atrás “la cegadora iluminación que sobre su pensamiento sigue ejerciendo la filosofía europea u
occidental. (…) No verá su filosofar como lo que es, como lo que es toda filosofía, un filosofar a
partir de determinada circunstancia, sino como algo que ha de semejarse a los grandes modelos de
la historia de la filosofía occidental” (1969:30).
Por otra parte, en pensadores posteriores, tal como resulta ser el caso de José Martí se pudo asistir al
combate del positivismo, y asimismo, asumir el pasado histórico como elemento fundamental del
ser latinoamericano.
2.3.3. Aproximación a las circunstancias que definen al ser en su triple dimensión
histórica.
“Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”
José Martí
En este momento resulta pertinente remitirnos al aporte teórico de José Martí, pensador, político y
poeta cubano, quien a fin de asumir la labor emancipadora, reconoce el presente latinoamericano,
pero sin perder de vista la asunción del pasado del cual éste es heredero, con lo cual nos
encontramos frente a un pensador que ha sabido sentar las bases del futuro latinoamericano
teniendo muy presente su triple dimensión histórica.
Como expresa Castro Gómez, en el pensamiento de Martí asistimos a la construcción de la
identidad cultural latinoamericana, sobre la base de la realidad y circunstancialidad propias de
América Latina. En definitiva, la filosofía de Martí apuntará especialmente a reconocernos como un
“nosotros” integrador de las diversidades que nos conforman: somos una América mestiza.
En lo referente a la labor filosófica, el pensamiento de Martí intenta expresar que nuestra filosofía
sólo podrá ser auténtica si la misma atiende al análisis crítico de la realidad americana. Es
conociendo la realidad como será posible afrontar sus dificultades, y la filosofía deberá contribuir al
cumplimiento de tal fin. (Como podemos observar, el pensamiento de Martí, al referir a la
emancipación mental requerida, puede entenderse como una continuación del pensamiento de
Alberdi, continuación que alcanza mayores grados de criticidad respecto de la realidad, según
entendemos).
En uno de los pasajes de “Nuestra América”, Martí intenta significar que el pensamiento y la
inteligencia latinoamericana, han de estar al servicio de quienes conforman dicho continente, con lo
cual podemos vislumbrar cuál es el papel que el teórico otorga a la reflexión filosófica, cuando
expresa que “El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización
y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y
premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende
prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la
fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés” (1970:90).
De esta manera, lo que se pretende es concientizar acerca de que el hombre natural – es decir, el
hombre no corrompido por la cultura europea – el indígena, no representa la barbarie, así como
tampoco existe civilización si ésta no tiene por finalidad proporcionar un pensamiento, una cultura
que el pueblo pueda usufructuar, en beneficio propio.
12
Para el filósofo cubano, ha llegado “la hora de los hornos”, la hora de iniciar una verdadera
emancipación mental, la cual permita poner fin a la situación de enajenación experimentada por
Latinoamérica.
2.3.4. La filosofía americana como filosofía sin más: Reflexiones en torno a la actitud
filosófica que ha de adoptar nuestra filosofía, así como también respecto de las posibles
aspiraciones que ésta ha de perseguir.
“Una filosofía americana deberá iniciar esta su tarea que consiste en
buscar los valores que sirvan de base a un futuro tipo de Cultura. Y
esta su labor tendrá como finalidad la de salvaguardar la esencia
humana, aquello por lo cual un hombre es un hombre”
Leopoldo Zea
Una vez llegados a esta instancia del trabajo, y luego de haber presentado diversas reflexiones que
han tenido lugar acerca de la temática abordada, nos encontramos en condiciones de plantearnos,
concretamente, la interrogante respecto de cuál ha de ser la actitud filosófica que necesita hacerse
patente en nuestros filósofos a fin de lograr configurar una filosofía capaz de dar cuenta de nuestras
problemáticas circunstanciales, pero que al mismo tiempo, sea también capaz de no dejarse limitar
por la especificidad de sus planteos. Pues bien, para dicho planteamiento, serán retomados los
aportes teóricos que Zea ha realizado al respecto, ya que consideramos que desde los mismos se
hace factible apreciar la propuesta de una filosofía que atienda a la definición del ser
latinoamericano en tanto hombre sin más.
Lo primero que podemos subrayar como aspecto que resulta ser sumamente original en la propuesta
de Zea, es que el mismo nos hace reflexionar respecto de lo imperioso que resulta darse a la labor,
no de hacer filosofía americana – entiéndase latinoamericana – sino de hacer pura y simplemente
filosofía, explicando que de esta manera, lo propio de las circunstancias en las cuales se inscriba
dicha filosofía se dará por añadidura (1972:4). Con ello se pretende significar que, una auténtica
filosofía, será aquella que no se encuentre limitada a los problemas propiamente americanos, sino
que atienda principalmente al tratamiento de los problemas inherentes a una circunstancia de mayor
amplitud, y en la cual nos hallemos inmersos todos los hombres, a saber: los de nuestra humanidad,
intentando de esta manera no sólo lograr la obtención de una verdad válida para el ser
latinoamericano, sino una verdad cuya validez sea extensible a la totalidad de los hombres. Siendo
así Zea, expresa que “Los problemas deben ser nuestros, no sólo en la medida en que se nos dan
como americanos, sino en la medida más universal en que se nos dan como hombres” (1972:6).
Ahora bien, podemos preguntarnos por qué razones esta tarea no ha podido ser realizada con
anterioridad en nuestro pensamiento. Según opinión de Zea, el hombre latinoamericano no ha
filosofado con auténtica pureza debido a estar pendiente de que nuestra filosofía coincidiera con la
denominada filosofía universal, a la cual nos hemos referido con anterioridad. Precisamente por
ello, Zea exhorta al hombre americano a abocarse a la tarea de realizar una filosofía sin más, es
decir, una filosofía que no tenga por cometido coincidir con el modelo de sistemas filosóficos
impuesto por la cultura occidental. De esta manera, el preguntarnos por la posibilidad de una
filosofía americana equivaldría a preguntarnos por nuestra necesidad de realizar un pensamiento
filosófico auténtico.
Contrariamente a lo propuesto por Zea, el americano se ha dedicado a ver a través de una mirada a
la cual ha concedido carácter de universalidad, en lugar de entender dicha universalidad en tanto
13
aspiración de nuestra filosofía, pero partiendo siempre de la realidad que le es propia. Según
consideración de Zea, el hombre americano no ha hecho filosofía por necesidad, sino para
demostrar que somos capaces de hacerla, en definitiva, para demostrar que no somos inferiores. De
ello, precisamente, se deriva la casi constante preocupación por la posibilidad y justificación de
nuestro pensamiento.
Resulta innegable la relación que existe entre los postulados que Zea esboza a este respecto, y el
subjetivismo ético de Jean Paul Sartre, en donde se subraya la necesidad de que el hombre sea
auténtico, es decir, que actúe de buena fe en base a lo que piensa y a lo que siente, ya que sólo de
esta manera le será posible actuar en la libertad de elegir sus propios valores.
Por otro lado, si bien la filosofía puede ser caracterizada como un intento de dar solución a
problemas concretos, nuestra filosofía no será auténtica filosofía si lo que se pretende es hacer
filosofía americana, en vez de simplemente filosofía, sin más. La labor filosófica tiene como
cometido principal dar cuenta de los problemas que se le plantean al ser en su existencia, aunque
como consecuencia de la circunstancialidad en la cual ésta se configura, no alcance a dar solución a
la problemática de todo hombre, sino generalmente, sólo al que habita en las circunstancias en las
cuales la misma ha sido generada.
Todo lo dicho con anterioridad se encuentra ilustrado en el siguiente pensamiento de Zea: “La
filosofía no se justifica por lo local de sus resultados, sino por la amplitud de sus anhelos. Así, una
filosofía americana no se justificará como tal por lo americano, sino por la amplitud del intento de
sus soluciones. Es menester que se haga Filosofía con mayúscula, y no simplemente filosofía de un
determinado país; hay que resolver los problemas circunstanciales pero con miras a la solución de
los problemas de todo hombre. En nuestro caso, el límite, lo americano, nos será dado a pesar
nuestro” (1972:22).
A partir de una labor filosófica de estas características, será posible abocarse a la asunción de
determinadas tareas. Zea señala algunas posibilidades que resultan ser sumamente interesantes y
beneficiosas, a saber: la primera de ellas, podría ser, como ya ha sido mencionado, el tratamiento de
aquellos problemas inherentes a nuestra circunstancia, a nuestro ser histórico en su triple dimensión
– pasado, presente y futuro –; la segunda tarea a la cual abocarse podría ser el tratamiento de
aquellos problemas que aquejan a la cultura occidental toda, pudiendo colaborar, de esta manera,
con la labor iniciada por la filosofía europea, pero abordando las cuestiones desde una nueva
perspectiva; y en tercer lugar, y como uno de los más importantes cometidos según concebimos, la
tarea de realizar una resignificación axiológica, generando nuevos valores en los cuales pueda
sustentarse no solamente el hombre americano, sino toda la cultura de la cual es heredero (1942:10).
Esta última labor, permitirá a nuestra filosofía adquirir un carácter de universalidad en sus planteos,
superando así lo meramente americano para poder dar lugar al tratamiento de las problemáticas que
afligen al hombre en tanto hombre, al ser en tanto ser.
De esta manera, y a partir de la asimilación de la historicidad que nos define, de la comprensión de
nuestras circunstancias presentes y de la proyección hacia nuestro futuro, podremos elaborar un
pensamiento que nos convierta en seres responsables de nuestras propias decisiones, de nuestras
propias elecciones, y de esta manera, que nos permita adoptar una postura de responsabilidad frente
a la humanidad toda. Creemos que no habrá mejor manera que la descripta a fin de definir nuestro
status ontológico, nuestra identidad como hombres circunstanciales que somos.
III. Conclusiones
La realización del presente trabajo, ha permitido analizar uno de los problemas que desde antaño ha
preocupado al hombre latinoamericano, a saber: el problema de la definición de su ser y su
pensamiento. Por lo cual, una vez llegados a esta instancia, nos es posible extraer determinadas
conclusiones respecto de lo aludido.
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Como hemos podido apreciar, la idea de inferioridad que le ha sido impuesta al pueblo americano
por parte de la cultura europea, ha sido hondamente asumida por ambas partes. Sin embargo, lo más
penoso de todo esto no es la visión que el otro desde su cultura mantiene acerca de la nuestra, sino
cómo nos vemos nosotros a nosotros mismos, es decir, cómo asumimos esa imagen de inferioridad
y cómo ésta puede llegar a determinarnos en forma negativa. A partir del discurso de Zea, asistimos
a la opción de encarar dicha dificultad de una forma que nos resulte beneficiosa, es decir, de manera
que la situación que nos caracteriza como pueblos latinoamericanos, en vez de tender a enfatizar la
dicotomía civilización-barbarie, tienda a superar dicha dialéctica, haciendo surgir de ella, no una
nueva forma de enajenación, sino un nuevo tipo de hombre, con sus limitaciones, pero también con
la universalidad que le es propia en tanto ser humano.
Y aquí es, precisamente, donde la filosofía cobra una labor primordial. El pensamiento filosófico
posibilita al hombre el planteamiento de los problemas que le son propios, pero además le permite
abrirse al universo de ideas, y así poder participar de los problemas que afectan a hombres de otras
naciones y de otras culturas, con lo cual le es posible adquirir un mayor compromiso en relación a
la humanidad de la cual es parte integrante. Tal inclusión en el mundo, tal asunción de
responsabilidad, se puede relacionar con el lema que Kant proclamaba al hombre de la Ilustración, a
saber: la salida del mismo de la minoría de edad, a través de la utilización de su propio
entendimiento, de su propia razón (1978), lo que de alguna manera han intentado proclamar
(aunque desde otra realidad histórica) los hombres reclamadores de la emancipación mental, como
lo han sido Simón Bolívar, Juan Bautista Alberdi y José Martí, entre otros.
Pues bien, a fin de llevar adelante dicha tarea, resulta de fundamental importancia la elaboración de
un pensamiento filosófico propio. Por tal motivo, y en contraposición a lo manifestado por Augusto
Salazar Bondy (1968), Zea afirma su postura respecto de que siempre es posible abocarse a la labor
filosófica, estemos o no estemos inmersos en relaciones de dependencia, ya que en definitiva, lo
único que se necesita para hacer filosofía es poner en práctica la racionalidad que nos es propia.
Con Zea, por otra parte, asistimos a la revelación de una verdad que no siempre se nos vuelve
patente, a saber: el hecho de que, si bien el sujeto del filosofar es influido por su contextualidad, es
decir, por la realidad de la cual es producto y productor, sin embargo, el objeto del filosofar alcanza
pretensiones de universalidad. Precisamente por ello, la tarea de una filosofía nacida en América
Latina ha de procurar ir más allá de los límites que se le impongan por su circunstancialidad.
Asimismo, es precisamente esa circunstancialidad, la que nos permitirá asumir nuestro contexto
socio-cultural y así poder abordarlo como problema filosófico.
Personalmente, considero que una de las mayores lecciones que me ha brindado la realización del
presente trabajo, ha sido la de hacerme consciente respecto de que sin la liberación ontológica del
hombre, es decir, sin la liberación de su ser y su pensamiento, no podrá haber ningún otro tipo de
liberación, ni política, ni económica, ni social.
IV. Bibliografía
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electrónica: http://www.ensayistas.org/antologia/XXA/zea/index.htm
(1969) La filosofía americana como filosofía sin más. Ed. Siglo Veintiuno. México.
1
[1] La idea que expresa que la identidad de un pueblo o individuo no es un esencia a descubrir, sino una construcción a
realizar ha sido tomada de la autora uruguaya Andrea Díaz Genis, quien en su libro “La construcción de la identidad en
América Latina. Una aproximación hermenéutica”, ha señalado su posicionamiento respecto de que, al interrogarnos
por la identidad, no debemos considerar a la misma como algo dado a prior de nuestra actitud y nuestro accionar, ya que
desde esta perspectiva se entiende que la identidad se establece como resultado de una construcción, y no a partir de un
develamiento de una esencia que ya nos estaba dada previamente con independencia de nuestro accionar. Es por ello,
que Díaz Genis prefiere utilizar el concepto de identidad narrativa, como aquella unidad que se manifiesta en el discurso
que contamos o narramos acerca de nosotros mismos.
[2] Hegel, al expresarse respecto de la lucha que el espíritu ha de experimentar a fin de alcanzar su libertad, refiere
tanto a la América sajona como a la Latina, en tanto extremos opuestos que en un futuro lograrán expresarse como
instrumentos de realización del espíritu que vence su estado natural y avanza hacia su plena realización.
[3] En la filosofía hegeliana, el espíritu universal corresponde a la suma de todas las manifestaciones humanas. Este
17
espíritu transita la historia y alcanza una verdad subjetiva (ya que en Hegel no se concibe la existencia de verdades
eternas a descubrir). La verdad alcanzada por el espíritu no se encuentra ni por fuera ni por encima de la razón humana,
sino que por el contrario, dicha verdad es alcanzada gracias a ésta.
[4] El concepto de “utopía milenaria” corresponde a Mannheim (1941), y ha sido tomado por Zea para representar, a
través del mismo, la esperanza utópica que Europa había logrado trasladar a los pueblos latinoamericanos, en vistas a un
futuro de realización.
[5] Es importante precisar que, si bien el pensamiento de Juan Bautista Alberdi ha transitado por
diferentes facetas a lo largo de la vida del autor, las aportaciones del pensador argentino que serán
utilizadas para el abordaje de la temática en los parámetros planeados, son aquellas que refieren a la
reflexión filosófica, las cuales se encuentran expresadas en las obras “Ideas para presidir a la confección
del curso de filosofía contemporánea” y “Fragmento preliminar al estudio del derecho”.
Índice
I. Introducción...…………………………….…………………...………….……...…….…...1
II. Desarrollo…...………………………………………………...…….……..…….…………2
2.1. El espejismo latinoamericano versus Latinoamérica en el
espejo..........................................................................................................................................2
2.1.1. Autodeterminación axiológica a partir de la puesta en marcha del “proyecto
asuntivo………..……………………………………………………...………......................................
...............2
2.2. Marginación del pensamiento latinoamericano a partir de la dicotomía establecida entre
civilización y barbarie: Antecedentes filosóficos del menosprecio hacia el discurso
americano……………….………………………………………...………...............................6
2.2.1.
Un
futuro
sin
historia:
América
en
el
fuera
de
sí de
la
conciencia………….………………………………………………………..........................................
......................6
2.3. El proceso evolutivo de la dialéctica de la conciencia latinoamericana:
Circunstancia – Responsabilidad – Humanización……..…………………….......….........8
2.3.1. De la expectación esperanzadora a la praxis humanizante: Transformación de la falsa
imagen
internalizada
en
pos
de
la
recuperación
de
la
humanidad
latinoamericana…………………………………...……..………...............................................8
2.3.2. El pensamiento filosófico como posibilidad de reencuentro del hombre con el hombre: La
reflexión filosófica como punto de partida para la emancipación mental de una cultura en busca de
su autodefinición………………...…………………………………………..…........................10
2.3.3. Aproximación a las circunstancias que definen al ser en su triple dimensión
histórica……………………………………………………………………...............................12
2.3.4. La filosofía americana como filosofía sin más: Reflexiones en torno a la actitud filosófica que
ha de adoptar nuestra filosofía, así como también respecto de las posibles aspiraciones que ésta ha
de perseguir...…………………………………………………………………...........................13
III. Conclusiones……………………………………………………………………………......15
IV. Bibliografía……………………………..……………………………………………..….....16
18
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