“Celebrar la fiesta: ritos y gestos en la experiencia familiar”

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Statement-Encuentro Mundial de las Familias – Milán 1/4
Elisabeth & Bernhard Neiser / Nr. 20
“Celebrar la fiesta: ritos y gestos en la experiencia familiar”
1. Pensamientos introductorios: domingo y día laborable
En la preparación de nuestra presentación, adquirimos conciencia que la fiesta debe ser preparada
en el día a día de nuestra semana laboral, en la que Dios tiene un lugar y está siempre presente.
Se trata del permanente diálogo cotidiano con Dios, los domingos como también durante la semana
hábil; se trata de la vida en y desde su presencia. Nuestros hijos crecen y se desarrollan en la fe a
través de nosotros y de nuestro ejemplo de vida. Esto sucede los domingos, día del Señor, pero por
sobre todo durante la semana laboral, en nuestra vida cotidiana de todos los días.
La oración, el diálogo con Dios, necesita como fundamento natural el diálogo entre nosotros, como
matrimonio, como familia.
2. Amor entre Dios y el hombre – Amor entre varón y mujer
Celebrar el día del Señor como Familia supone, en primer lugar, que padre y madre tengan una
vinculación animada y vital con Cristo. Así como el amor entre los esposos ha de ser cultivado,
renovado y profundizado, así también acontece con el amor a Cristo, el tercero en nuestra alianza
matrimonial.
Así como Cristo, a través de su muerte y su resurrección se entrega a su Iglesia, también así nos
entregamos mutuamente como marido y mujer. ÉL vive en nosotros y actúa a través nuestro. En
nuestro amor y fidelidad mutuos, ÉL está presente con su amor y su fidelidad. Así nuestro
matrimonio se convierte en signo de la alianza entre Cristo y su Iglesia.
Nuestro amor conyugal natural es la base sobre la que se fundamenta nuestro sacramento
matrimonial. Dado que la gracia edifica sobre nuestra naturaleza, el cultivo de ese amor, la
conservación y el desarrollo del primer amor a través de caricias y demostraciones de ternura, son
una condición importante para el crecimiento y desarrollo en esa gracia. Para esto son necesarias la
empatía, la creatividad y la disposición para aceptarse el uno al otro. Tratamos de percibir lo que al
otro le causa alegría y a menudo nos regalamos algún signo de ese amor mutuo. Cuidamos de que el
diálogo mutuo no se corte, sino que siempre conduzca a un intercambio vital. Los conflictos, en aras
de una falsa armonía, no los barremos bajo la alfombra, sino que los enfrentamos y los ponemos
sobre la mesa. Juntos buscamos una solución en la que ninguno se lleva la peor parte y donde la
dignidad de cada uno queda protegida.
3. Formas de expresión – orientación en elementos de la liturgia
En el día del Señor la participación en la Santa Eucaristía ocupa un lugar central. Los elementos de
esta Eucaristía pueden ser aplicados a nuestra vida de matrimonio y familia. Así vamos acuñando,
paso a paso, una cultura del amor.
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Agradecer
Eucaristía significa “Acción de gracias”. Tratamos de vivir diariamente una cultura de gratitud,
también y justamente por las cosas que muchas veces consideramos evidentes: agradecemos a
Dios, nuestro creador, por el regalo de la vida; nos sentimos regalados y agradecemos a Dios por
todo lo que poseemos en bienes materiales y espirituales. Los aceptamos y nos alegramos por
ellos. No miramos a otros con envidia, sino que nos sentimos satisfechos con lo que tenemos.
Especialmente agradecemos por el regalo del cónyuge y de los hijos, por nuestros talentos y
capacidades, por nuestra formación y profesión, por la fe y los numerosos signos cotidianos de
amor de la Divina Providencia.
En la oración de la noche hacemos especialmente presente ese agradecimiento por el día que
vivimos y por todo el amor que hemos recibido.
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Perdonar
En el comienzo de la celebración eucarística pedimos a Dios, Padre misericordioso, perdón por
nuestras faltas. En nuestra vida cotidiana una y otra vez chocamos contra la particularidad y las
debilidades de nuestro cónyuge. Por eso nos ejercitamos en perdonar al otro y en aceptar el
perdón del otro, rezando conscientemente en el Padrenuestro: “… perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”
Estamos dispuestos, siempre de nuevo, a acercarnos al otro y a ofrecerle nuestro perdón. El
amor a Cristo y la experiencia de su misericordia nos regala fuerzas para perdonar también a
nuestro cónyuge, abriendo nuevamente nuestro corazón endurecido para recibir al otro.
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Pedir
En las peticiones llevamos, junto con toda la Iglesia, nuestros pedidos a Dios. Confiados en la
promesa de Cristo: “Pedid y se os dará”, nos dirigimos cada día de nuevo en oración suplicante a
ÉL. Hay tantas cosas en nuestra vida por las que quisiéramos pedir: por la salud de un amigo que
se enfermó de cáncer; por una buena finalización de estudios; por un puesto de trabajo para
nuestro vecino; por la paz en la vida de una familia; por la disposición al diálogo en una relación
difícil; si, también podemos pedir por pequeñeces, como por ejemplo por un aparcamiento
cuando salimos de compras al centro de la ciudad… Dios, que tiene contado los pelos sobre
nuestra cabeza, se preocupa por nosotros, también de los detalles más pequeños. También nos
esforzamos como pareja en presentarnos mutuamente nuestros deseos y anhelos, con mucho
tacto, amor y respeto por el otro.
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Comulgar
El centro de la celebración eucarística es la comunión con Jesucristo mismo, nuestro Redentor.
En una época, en la que predomina la comida rápida (“fastfood”), en donde cada uno puede
comer cuándo y dónde quiere, nos reunimos como familia al menos una vez al día en torno a la
mesa para comer juntos, experimentando así lo que es comunidad. En la conversación nos
escuchamos con atención, tratando de captar lo que se está moviendo dentro del otro y cuáles
son las cosas que lo ocupan actualmente. Así, padres e hijos, experimentamos aceptación y
solidaridad. Aquí también se discute, se intercambian puntos de vista. La mesa familiar es un
lugar de comunicación para nuestra familia.
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Alabar
En la celebración eucarística alabamos a Dios. Una sincera alabanza mutua durante el día
fortalece nuestra autoestima, nos motiva y nos regala confianza. Conocemos padres que
conscientemente se han propuesto elogiar y alabar, al menos una vez al día, a su cónyuge y a sus
hijos.
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Bendecir
La celebración eucarística culmina con la bendición. El deseo para el éxito favorable, el consuelo:
“tú lo lograrás” y el pedido por el auxilio de Dios, nos ofrecen la necesaria fortaleza para
enfrentar los desafíos de nuestra vida. Especialmente importante para nosotros es la bendición
de nuestros hijos. Porque bendecir significa decirle al otro: “Es bueno que tú existas. Tú eres algo
muy especial y único. Tú eres amado.” Con la bendición colocamos a nuestros hijos bajo la
protección y la gracia de Dios. Es una costumbre familiar probada y animada, expresar la
bendición a través de una palabra o de un gesto.
También conocemos a matrimonios, que a la mañana o a la noche se ofrecen mutuamente la
señal de la cruz sobre su frente, colocando a su pareja bajo la protección de Dios.
Si logramos que estos elementos de la liturgia, vividos cotidianamente como matrimonio y familia, se
conviertan en nuestro estilo de vida, todo esto también repercutirá sobre nuestros hijos.
En Alemania tenemos un dicho popular que dice:
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“no importa cómo educamos a nuestros hijos, si ellos de todos modos nos imitan en todo!”
4. Forma de expresión: Santuario Hogar
En el Movimiento de Schoenstatt hemos hecho la experiencia que una vida, como la expuesta, puede
resultar cuando aceptamos a Cristo y su Madre en nuestro hogar, erigiéndole allí un “lugar santo”: el
Santuario Hogar. Es una especie de “Rincon del Señor 1”, constituido por una cruz, una imagen de
María y otros símbolos religiosos.
Así involucramos a Dios y a la Santísima Virgen en nuestra vida diaria. El proceso espiritual
determinante consiste en reconocer que la cruz y la imagen de la Santísima Virgen no son
“solamente” un símbolo de Cristo y María, sino que consiste en estar convencidos de que Ellos
realmente están presentes y obrantes, influyendo sobre nuestra vida familiar. El Santuario Hogar
comenzó con la necesidad de una madre, que ante los problemas en la educación de sus hijos, ya no
sabía cómo seguir. Entonces, ella le pidió a la Santísima Virgen a establecerse en su hogar y a tomar
en sus manos la educación de sus hijos, “obrando milagros de gracia”.
El Santuario Hogar es nuestro punto de contacto cotidiano con Dios y con la Santísima Virgen. Desde
este lugar de gracias, Ella nos enriquece cada día de nuevo y nos educa.
Aquí se concentran todos los aspectos de la vida, aquí confluye todo: conversaciones y oraciones en
común, la celebración de los tiempos litúrgicos, el festejo de acontecimientos familiares y
eclesiásticos. En y a través del Santuario Hogar, la fe se hace vida. Este lugar impregna la atmósfera
de la casa y conduce a padres e hijos hacia el contacto con el Dios de la vida, de manera tal, que no
sólo nos encontramos con él en el “Día del Señor”, sino todos los días.
5. Un testimonio personal – vida con el Santuario Hogar
Finalmente queremos compartir una experiencia personal con nuestro Santuario Hogar.
Para nosotros fue difícil cuando en los primeros años de nuestro matrimonio nos enteramos de que
probablemente no podríamos tener hijos propios. Comenzamos, entonces, a buscar por las huellas
de Dios en nuestra vida. ¿Deberíamos renunciar a los hijos para tener más posibilidades y espacios
para nuestro trabajo apostólico con las familias en Schoenstatt? ¿O deberíamos adoptar hijos? La
respuesta la obtuvimos escuchando el Evangelio durante una Santa Misa: “… quien reciba a un niño
como éste en mi nombre, a mí me recibe” 2. Entonces nos ocupamos intensivamente por una
adopción. Esto en Alemania no es fácil, ya que hay muchos más matrimonios que quieren adoptar
hijos, que niños disponibles para ser adoptados. En aquel entonces, en Rumania culminó la dictadura
de Ceausescu de manera sangrienta y surgió para nosotros la esperanza, a través de nuestro Tribunal
de Menores, para adoptar algún niño en aquel país.
Nos encontramos con un matrimonio que por el mismo motivo ya había visitado Rumania. Nos
mostraron algunas fotos Polaroid de niños de un hogar de menores. Nos regalaron una de esas fotos
y la colocamos en nuestro Santuario Hogar, en representación del hijo que quizás alguna vez
podríamos acoger en nuestro hogar.
Luego de sortear algunas dificultades, pudimos viajar en diciembre de 1990 a Hermannstadt (Sibiu),
para comenzar la búsqueda de un hijo. Al llegar a ese lugar, nos informaron que las leyes habían
cambiado y que ya no liberarían niños desde los hogares infantiles para la adopción. Sólo en el caso
de un niño surgió una pequeña chance. Viajamos, entonces, a ese hogar infantil, para encontrarnos
con ese niño. Nos quedamos profundamente impactados cuando, al verlo, pudimos comprobar que
se trataba de la misma niña, cuya foto hacía meses se encontraba en nuestro Santuario Hogar.
Inmediatamente nos dimos cuenta: esta niña fue escogida para nosotros por Dios desde siempre, ella
1
2
„Herrgottswinkel“
Mt 18,5
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tenía que ser nuestra hija. Vivimos una profunda felicidad. El 21 de enero de 1991 finalmente llegó
Christine a nuestro hogar. Ella tenía 5 años en aquel entonces. Más tarde aún se sumaron Terese y
Johannes.
Esta experiencia nos marcó profundamente. Es la experiencia de un Dios que se deja encontrar, de
un Dios que nos toma en serio y nos acompaña hasta en los acontecimientos más pequeños de
nuestra vida.
6. Dar testimonio, ejemplo: nuestras bodas de plata – un „día del Señor“
Las familias que se ponen en camino para configurar su vida a la luz de las inspiraciones
mencionadas, enfrentando todos los desafíos de la vida desde la fuerza de la fe, tienen un gran poder
de irradiación en sus comunidades parroquiales y más allá.
Por eso, queremos animar a dar testimonio de nuestra vida de fe en festividades eclesiales especiales
como bautismo, casamiento, bodas de plata y semejantes. Aquí la fe puede conmover a personas
que a veces se encuentran muy alejadas de la Iglesia.
Nosotros mismos pudimos celebrar en el año 2009 nuestras bodas de plata. Fue una fiesta de la fe,
un “día del Señor”, donde fueron invitados todos nuestros parientes y amigos. Semanas antes
habíamos pensado en la organización de la Santa Misa y en la fiesta posterior, preparándonos para
ese día tan especial.
Preparamos la Misa, celebrada en la Iglesia de la Santísima Trinidad sobre el Monte Schoenstatt,
como Misa de acción de gracias, en cuyo centro estaba prevista una procesión de ofrendas y la
renovación de las promesas matrimoniales. En esa procesión de ofrendas llevamos hacia el altar
distintos símbolos, que en estos 25 años de matrimonio fueron para nosotros importantes y valiosos.
Así rezamos:
“Te agradecemos por nuestros 25 años como matrimonio y colocamos este agradecimiento y
nuestras peticiones, junto con las ofrendas del pan y del vino, sobre el altar.
- Traemos nuestra vela de casamiento como signo de nuestra vida matrimonial compartida y de
nuestro amor mutuo. Traemos también una vela bautismal como símbolo de nuestros hijos.
- Traemos una red, que simboliza a nuestros parientes y amigos, y a todos aquellos, que caminan
con nosotros por nuestra senda matrimonial.
- Traemos nuestra imagen de la Santísima Virgen como símbolo de la plenitud de vida que
experimentamos en Schoenstatt.
- Traemos dos anillos como símbolo de todos los matrimonios y como signo del anhelo por
vínculos sólidos y definitivos.
- Traemos nuestra Cruz de la Unidad como símbolo de todos los sacerdotes y personas que se han
decidido por una vida célibe.
- Traemos una vasija como símbolo de todos los que sufren, teniendo que soportar
enfermedades corporales o anímicas.
- Por último, traemos pan y vino como símbolo de nuestro trabajo y de nuestras vidas.”
Un momento culminante fue la renovación de nuestras promesas matrimoniales, en el que invitamos
a todos los matrimonios presentes a tomarse de las manos para renovar su promesa con nosotros.
Nos han comentado luego, que este fue para muchos un momento emocionante muy movilizador.
Nosotros mismos hemos podido experimentar, que nuestras bodas de plata fueron un verdadero
“día del Señor”, en el que pudimos dar testimonio de nuestra vida de fe como matrimonio.
En una época, donde el evento y el suceso despiertan una atención especial, son éstas ocasiones
privilegiadas para dar testimonio de la alegría y de la paz interior que parten de la fe, ayudando así a
construir activamente la Cultura del Amor.
Quisiéramos concluir nuestro aporte con una canción, que habla de nuestro hogar como un lugar
santo, donde cada día nuevo podemos celebrar el “día del Señor”.
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