El Magisterio Social del Episcopado Argentino durante los años de

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Capítulo III El Magisterio Social del Episcopado Argentino
contemporáneo III
III/E El magisterio social del Episcopado argentino durante los años de la dictadura
(1976-1983)
En este momento no estoy en condiciones de elaborar una reflexión más madura sobre
el Magisterio social del Episcopado durante los años de la dictadura. Pienso, sin
embargo, que puede ser útil una entrevista que me hizo la periodista Mila Dosso y que
publiqué el 24 de marzo de 1996 en el diario Norte de Resistencia. Está precedida por
un bombardeo de preguntas, y seguida de una respuesta unitaria, elaborada en
soledad. El texto también fue publicado por Criterio.
Mi Testimonio a veinte años del Proceso
para el Diario Norte de Resistencia
Periodista Mila Dosso: ¿Dónde estaba usted el 24 de marzo de 1976 y cuál era su
actividad? ¿En ese momento consideró que la crisis institucional que agobiaba al país
justificaba la intervención militar, y que ella ordenaría el País? ¿Considera que esa
crisis era fruto espontáneo y súbito únicamente de la actividad guerrillera de izquierda
o marxista, cuyo exterminio fue el objetivo del Proceso?
¿Cuándo se dio cuenta de la verdadera ideología de la llamada Doctrina de Seguridad
Nacional? ¿Y cuál fue entonces su actitud ante el creciente rumor de torturas, campos
clandestinos de detención y desaparición forzosa de personas? ¿Cómo analiza al cabo
del tiempo esa reacción suya? ¿Piensa que pudo o debió hacer otra cosa?
¿La Iglesia, institucionalmente, pudo y debió hacer otra cosa, más allá del
protagonismo individual de muchos sacerdotes y obispos? ¿Si la Iglesia hubiera
actuado de otro modo, habría sido otra la historia? ¿Por qué no lo hizo? ¿Cómo analiza
hoy la participación de la Iglesia?
Hoy, veinte años después del Punto Final y Obediencia debida, ¿cree que esas leyes
sirvieron al pretendido proceso de pacificación del País? ¿Cómo cree usted que se
llegará a la auténtica pacificación? ¿Cómo ve hoy al País? ¿Cuáles señalaría como
secuelas más importantes de aquellos años? ¿Cómo analiza el destape - caso monjas
francesas por ejemplo - a partir de la aparición de esa nueva figura jurídica del
“arrepentido”?
¿Qué pasa con el supuesto Documento que la Iglesia daría a conocer sobre su
protagonismo en aquellos años y en el marco del jubileo del 2000? ¿Usted percibe que
la gente espera y exige mucho de la Iglesia en ese sentido?
Monseñor, obviamente yo desmenuzo acá puntualmente algunos aspectos que me
parecen importantes, y que redondearían un panorama de la Argentina desde el
Proceso (y Pre-proceso), y la conclusión hoy, a 20 años, y luego del Punto final y
Obediencia debida, cuyo objetivo declamado fue la pacificación y el cierre de cuentas.
En general, esto es lo que pretendo preguntar, por supuesto con las especificaciones
de cada caso (abogado, periodista, político, religioso, etc.).
I. El 24 de marzo de 1976
1. ¿Dónde estaba yo el 24 de marzo de 1976 y cuál era mi actividad entonces? Una
pregunta fácil para una respuesta de cajón, si no fuese por lo que la fecha simboliza y
la chorrera de subpreguntas que venían anexas. No obstante, responderé a todo
globalmente, pues es justo que los que fuimos protagonistas de aquella época demos
nuestro testimonio a los jóvenes.
Yo era el decano de la Facultad de Teología de Buenos Aires, la cual no tenía
prácticamente relaciones con la Universidad Católica. Lo fui desde 1972 hasta marzo
de 1979. A la Facultad concurrían más de trescientos alumnos de treinta y dos diócesis
y congregaciones religiosas, y numerosos laicos. Incluso un teniente del Ejército, buen
alumno, que no tenía pinta de venir a espiarnos.
2. No recuerdo los pormenores de los días previos al golpe, pues estaba abocado a la
organización del Colegio Eclesiástico Los Doce Apóstoles, un seminario para los
seminaristas del interior. Pero sí, el clima contradictorio que se vivía. “Que el golpe se
viene”, (estaba todavía en el aire el intento del Brigadier Capellini, de fines del 75);
“que todo se ha solucionado”... Pero, sobre todo, una frase de Casildo Herrera,
secretario general de la CGT: “Yo me borro”; y enfiló hacia el Uruguay. Frase
emblemática, y no sólo de una dirigencia obrera parásita, sino de la dirigencia
argentina en general, y de la política en particular, que hacía rato se había borrado del
servicio al bien común y había empujado el país al caos. En la Argentina se vivía una
noche oscura de desgobierno. Cada uno a defenderse como podía de enemigos reales
o imaginarios. “Esto se arregla degollando a 25000 tipos”, te decían regodeándose los
seguidores de López Rega. “Somos 25000”, te decían con aire heroico los montoneros
y erpianos. A uno se le encogía el corazón. Y a caminar de noche por el medio de la
calle, de la Facultad a mi casa, cuidando que no se te acercase ningún sospechoso. Y
antes de entrar, mirar si en la puerta había algún paquetito misterioso. Y, a la mañana
siguiente, volver a inspeccionar la puerta de casa, y salir nuevamente a la calle, lleno
de miedo, porque estaba repleta de los monos que custodiaban a mi vecino el Coronel
Damasco, Secretario General de la Presidencia. ¿Quién te decía que mientras lo
cuidaban a él, no te atacarían a vos? Pero nadie podía imaginar que sobre esa noche
ya tan oscura, caerían las tinieblas de una tiranía que emularía con la Hitler y la de
Stalin.
3. Del mismo día 24 de marzo recuerdo sólo dos cosas. Primero, el disgusto de mi
padre: “¡Vergüenza, voltear a una mujer! Los argentinos deberían estar orgullosos de
tener a una presidente”. Lo segundo, el edicto ordenando el cierre de las Universidades
por un mes. Esa misma tarde, me largué a la Secretaría de Marina a reclamar el libre
funcionamiento de la Facultad, que ya había iniciado sus actividades. Me atendió un
oficial amablemente. “No tenemos intención de impedir nada, me dijo. Ustedes pueden
seguir con sus clases. Basta que avise a la Comisaría de Villa Devoto”. Así lo hice. Me
sentía un héroe de la libertad de enseñanza. Todavía no me daba cuenta de que había
comenzado la repartija de la Argentina como botín de guerra entre las tres Fuerzas
Armadas, según el famoso 33% de corresponsabilidad. Un policía comenzó a hacer
guardia cada tarde en la esquina de Concordia y José Cubas. Una vez el Comisario
entró al hall de la Facultad, y quedó gratamente sorprendido por nuestras carteleras.
Nunca nos molestaron directamente, salvo un misterioso llamado telefónico que se
repetía todos los días a la misma hora.
4. El 15 de mayo, a menos de dos meses del golpe, los Obispos se largaron con una
primera declaración pública, de cuya publicación me recuerdo perfectamente: “la
justificación histórica del proceso que vive nuestro país, no sólo se fundamentará por
el término que puso a una determinada situación de cosas, sino también por la
implementación adecuada de su acción política en la prosecución del bien común de
toda la nación... El bien común y los derechos humanos son permanentes, inalienables
y valen en todo tiempo-espacio concreto; sin que ninguna emergencia, por aguda que
sea, autorice a ignorarlos... Se podría errar: si en el afán de obtener esa seguridad que
deseamos vivamente, se produjeran detenciones indiscriminadas,
incomprensiblemente largas, ignorancia sobre el destino de los detenidos,
incomunicaciones de rara duración, negación de auxilios religiosos; si con el mismo fin
se suprimiera alguna garantía constitucional, se limitara o postergara el derecho de
defensa; si en la justa búsqueda de la indispensable recuperación económica, se
llevara a la gente al borde de la miseria o a la miseria misma, por el juego de precios y
salarios o por despidos y cesantías, a veces de muy difícil justificación; si para evitar
los culpables abusos de los medios de comunicación de masas, se optara por la
solución simplista de impedirles que digan la verdad, necesaria, aunque en algunos
casos duela; si buscando una necesaria seguridad, se confundieran con la subversión
política, con el marxismo o la guerrilla, los esfuerzos generosos, de raíz
frecuentemente cristiana, para defender la justicia, a los más pobres o a los que no
tienen voz”.
5. Los términos de la declaración episcopal denotan que la conducción del Proceso
había tomado desde un comienzo una mano pesada. Pero en mi memoria no logro
ubicar hechos relativos a esos comienzos. Sólo recuerdo mi preocupación por los
chicos de la Facultad y del Colegio Eclesiástico. Andaba como una clueca: que no me
tocasen a ningún pollito. Fueron ellos los que, en esos años, me trajeron las voces de
la calle, susurrándomelas muchas veces en voz baja, tan atroces eran. “Un amigo que
trabaja en la Presidencia de la Nación me dijo...”; “mi pariente que es militar nos
comentó...”; “a Quieto lo despellejaron vivo y le hicieron cantar todo”; “desde aviones
están tirando gente al río”; etcétera.
6. El 4 de julio del 76 es el primero de los recuerdos trágicos que conservo. Me
encontraba en el Monasterio de las Monjas Trapenses de Hinojo, cerca de Olavarría,
haciendo unos días de oración. Al mediodía, un visitante me informó de la horrenda
masacre de la comunidad religiosa de los Palotinos ocurrida esa madrugada en la
iglesia de San Patricio. Me largué enseguida a Buenos Aires a desparramar a mis
chicos de las diócesis de Comodoro y Viedma por diversas parroquias de Buenos Aires.
Por más que urgue en mi memoria, no recuerdo haber ido a San Patricio. ¿Es posible
que no lo haya hecho? ¿Está mi memoria todavía hoy traumada por el horror? ¿O tuve
miedo? Pocos meses antes no había temido cargar con el féretro del Padre Mujica.
Muchos lazos me unían a San Patricio: el P. Alfy Kelly, un hombre bueno, de quien
debo conservar alguna carta; Salvador Barbeito, que había dejado la Facultad el año
anterior; el P. Leaden, hermano del obispo auxiliar de Buenos Aires; y otros dos más,
cuyos nombres no recuerdo; además de otros jóvenes que se salvaron de la masacre
porque llegaron tarde. Era la hora del poder de las tinieblas. ¿Y la Iglesia debía pagar
los platos por la guerrilla montonera? A partir de entonces la tiranía apretó a fondo el
acelerador del horror. Fuimos muchos los que no quedamos satisfechos por la manera
cómo la Comisión Ejecutiva del Episcopado enfrentó la masacre de los Palotinos. No
conocía todavía el tenor de la severa carta del 7 de julio del Cardenal Primatesta a la
Junta Militar.
7. Quince días después el terror rondó mi casa. En la madrugada del domingo 18 de
julio, me desvelaron dos ráfagas contra la medianera, justo donde daba mi cama.
Quedé petrificado. Apenas pude, le informé al Cardenal Aramburu: “no entiendo de
armas, pero sé distinguir los ruidos de los gatos por los techos, y de las ramas de los
árboles vecinos. Éste fue totalmente distinto”. ¿Una advertencia por pecados que
purgar? Para algunos era culpable de un crimen gravísimo: seis años atrás había
hablado bien del Padre Carbone, mi compañero de curso, a quien se lo implicaba en el
secuestro del General Aramburu. Al caído había que execrarlo de todas maneras.
¿Cómo yo me atrevía a recordar que Carbone había sido un buen compañero? (A
todos, y en especial a los militares que me lean, les aseguro que por el secuestro y
ulterior asesinato de Aramburu sufrí más que si hubiese sido mi hermano. Y hace años
escribí que su muerte precipitó a la Argentina en el caos). Para otros, mi crimen era
que había albergado en mi casa al Padre Justino O´Farrell, a quien nombraron decano
de la Facultad de Filosofía de la U.B.A durante el gobierno de Cámpora. Inteligente
sociólogo, de pensamiento abstruso, bueno como un pan, aunque la mar de ingenuo.
El simple contacto con un hombre que aceptaba el riesgo, como el Padre Justino, lo
hacía a uno corresponsable de todos sus eventuales errores. “Giaquinta alberga a
Justino. Seguro que es un montonero como él”. Así se razonaba públicamente en la
Argentina de entonces. Esa fue la lógica que emplearon los militares cuando
comenzaron a dar caza a todos los que figuraban en la agenda de un hipotético
guerrillero. Mi crimen más grave tal vez era que en mi casa vivía mi colega y amigo el
Padre Lucio Gera, considerado el mejor teólogo argentino, un hombre de diálogo, no
proclive a condenar a nadie, pero nada complaciente con las ideologías en danza. A su
análisis crítico se debe, en buena medida, que entre los cristianos de la Argentina no
hayan prosperado corrientes sociales extremas, como la de Cristianos para el
Socialismo en Chile, o la de la Iglesia Popular de Centroamérica.
8. El horror comenzó a estar por todas partes. Lo mismo o peor que en la Rusia de
Beria, o en la Alemania de Himmler. El 5 de agosto, al llegar de mañana a Posadas en
el tren, para un curso de Catequesis, Mons. Jorge Kemerer me informó de la misteriosa
muerte del obispo de La Rioja, Mons. Enrique Angelelli, compañero mío de Roma,
ocurrida el día anterior. Me quedé mudo. No descarto que haya sido un accidente,
como se dijo al comienzo, máxime que el “Pelado”, como lo llamaban cariñosamente
los íntimos, no se destacaba como chofer. Pero el hecho cierto es que Angelelli antes
del accidente ya estaba socialmente asesinado. Y en ello mucho tuvieron que ver las
Fuerzas de Seguridad y no poca gente de la sociedad riojana. Afirmación ridícula, dirá
alguno, inútil para un juicio, y que en otras circunstancias podría obrar como un
boomerang y dar pie a que uno pudiese ser acusado ante un tribunal por difamación.
Pero me pidieron un testimonio y debo darlo de cómo yo vivía la Argentina de
entonces. Era una sociedad maniquea, partida en dos, donde unos se creían estar del
lado del bien y veían a los otros del lado del mal. Y si a vos te tocaba estar de ese
lado, te asesinaban sin remedio.
9. También en agosto del 76 ocurrió el episodio de Ecuador, donde los obispos
latinoamericanos que visitaban a Monseñor Proaño, el apóstol de los indígenas, fueron
detenidos por el Ejército. Entre ellos, el arzobispo de Santa Fe, Mons. Vicente Zaspe.
Por lo visto, la tiranía se había globalizado a nivel continental. Y apuntaba muy
especialmente contra la Iglesia.
10. En octubre o noviembre viajé a Roma, a un congreso de Facultades eclesiásticas.
El eco de la represión había llegado hasta allá, y se lo escuchaba fuerte. En la Plaza
San Pedro me encontré con algunos viejos estudiantes universitarios, que había
conocido en los años sesenta peregrinando a Luján, y se habían rajado de la Argentina.
También vinieron a buscarme unos universitarios italianos para que les informase de
nuestra situación. Me recuerdo haciendo el papel del pavo, porque me era difícil
hacerles entender el cuadro argentino. “Los militares son los demonios, me decían.
Entonces Isabelita, y López Rega, y Perón, y Lastiri, y Cámpora fueron los ángeles”.
“No, no, les respondía yo; eso fue una bolsa de gatos, donde había ángeles y
demonios mezclados”. “Pero entonces ¿usted está a favor del golpe militar?”, me
retrucaban. “De ningún modo, les respondía yo. El régimen democrático es bueno, y
no se lo tuvo que haber volteado. Pero había tanta podredumbre que los esfuerzos de
los políticos de todos los partidos no lograron sostenerlo”. Me llamó la atención cómo
los italianos manejaban mucha información. Hasta detalles como el célebre dicho “la
violencia de arriba provocó la violencia de abajo”, con el que la guerrilla justificó su
actuar a partir del asesinato de Aramburu. Pero, a la vez, advertí cómo toda la
información la tenían ya filtrada por un prisma izquierdista, casi tan maniqueo como el
vigente en la Argentina.
II. Los Medios de Comunicación durante el Proceso
11. A partir de entonces, se me hizo evidente que en la Argentina había una prensa
“procesista”, “represora”, que no sólo cohonestaba los atropellos de las Fuerzas
Armadas, sino que les preparaba el camino ablandando a la opinión pública. El diario
La Razón y varias revistas semanales pusieron en la picota a la Biblia Latinoamericana,
a la editorial católica, y a los colegios católicos. Lamentablemente el entonces
arzobispo de San Juan, Ildefonso Sansierra, le hizo el juego a la revista Gente y armó
un escándalo infernal, diciendo que en la Biblia latinoamericana estaban subrayadas
las palabras que podrían incitar a la violencia. Una estulticia que salpicó a toda la
Iglesia argentina, y que muestra que no siempre que los obispos hablamos por cuenta
propia somos profetas de la verdad.
12. No puedo negar que en la Iglesia hubiese problemas. Una de las ediciones de la
Biblia Latinoamericana traía una foto de revolucionarios armados, donde se leía “¡Viva
la revolución!”, con el objeto de ilustrar una verdad católica incontestable: que el
Evangelio ha de ser predicado a todos los pueblos, no importa el régimen político que
tengan. Pero a nadie se le escapa que ello sugería el manejo de la religión a favor de la
guerrilla. De la editorial católica española nos llegaba mucha basura, como el
comentario marxista al Evangelio según San Marcos, en edición de bolsillo. ¡Cómo se
ofendieron cuando escribí denunciando la “caca teológica” con que ensuciaban a la
Iglesia latinoamericana! Y no es improbable que en algún colegio hubiese un profesor
de religión filomarxista. Pero nadie mínimamente honesto puede afirmar que los
Obispos argentinos eran complacientes con esos problemas. Sin embargo, los militares
decidieron erigirse en brazo secular para castigar a los herejes. ¡Cómo me gustaría
saber si alguno en el NEA conservó un ejemplar de la Biblia Latinoamericana sellada
con zuncho por los militares para que nadie la abriese! Valdría la pena erigir con ella
un monumento con el dicho de San Pablo “La Palabra de Dios no está encadenada”.
13. De ese año datan varias declaraciones del Episcopado: sobre la reunión de
Ecuador, del 18 de agosto; sobre la llamada Biblia latinoamericana, del 30 de octubre;
sobre la situación difícil creada a los colegios católicos, del 3 de diciembre.
14. A veinte años del Proceso, sería interesante analizar con sinceridad el papel que
cumplió la prensa durante el mismo. La opinión generalizada que hoy fomentan los
medios es que el Episcopado nunca habló. Pero ¿que difusión dieron ellos a la
declaración episcopal del mes de mayo del 76? ¿Y a las posteriores declaraciones, en
especial al célebre documento del 7 de mayo de 1977, “Reflexión cristiana para el
pueblo de la Patria”? Sería oportuno estudiar los títulares de los diarios, los editoriales,
los comentarios radiales y televisivos. ¿Denunciaron la existencia de una prensa
“represora”? ¿Se embarcaron decididamente en la defensa de los derechos humanos?
A mi me queda la impresión de que la prensa, en general, que en la década del
sesenta jugó muchas veces a la revolución, porque eso era vendedor, (recuerdo en
Clarín una foto del Che Guevara muerto donde se lo comparaba a un Cristo yaciente:
una verdadera apología de la guerrilla), en la década del setenta fue benigna con la
represión; casi nunca la combatió con decisión; y, no pocas veces, la secundó con
entusiasmo. No por nada la prensa argentina se hizo merecedora del sambenito de
“fascista” que le colgó la periodista italiana Oriana Fallacci, en un diálogo con dos
conocidos comunicadores de la TV. De hecho, recuerdo un solo diario, La Prensa de los
Gainza Paz (muy diferente de la actual), que publicó la lista de los desaparecidos. Hoy
me gustaría conocer si hubo otros diarios que hicieron lo mismo. Deseo mañana
comprobar que esta pregunta no es censurada, pues la hice por los medios en varias
ocasiones, y curiosamente nunca tuvo la mínima repercusión. Igualmente, me gustaría
conocer cuáles fueron los órganos de prensa que desecharon la publicidad del Proceso.
Nadie piense que se trata sólo de impresiones mías actuales. Recuerdo un hecho
concreto. Entre 1982 y 83, la dirección de la Radio de Gral. Roca me invitó a
conversar. “¡Por favor! Dígale a Mons. Hesayne que no sabíamos de todos los horrores
que se están destapando en estos días”. Y Monseñor que respondió: “Andá a decirle al
director de esa Radio que no basta que yo diga que lo perdono. Por empezar, que no
mienta y que se retracte públicamente de su servicio al Proceso. Y si no, que venda su
Radio, porque fue un incapaz en el mundo de la información, y no tiene derecho a
administrar una onda”.
Por mi parte, yo le perdono al diario Nueva Provincia de Bahía Blanca por las púas que
algunas veces me dedicó, y por la aureola de sospecha que quiso crear en torno al
Obispo auxiliar de Viedma.
Con esto no niego el testimonio dado por periodistas individuales, que llegó hasta el
martirio. Recuerdo a uno en honor de todos: Héctor Ferreiros, un exalumno mío que,
según me dijeron, lo mataron porque conocía demasiadas cosas y podía resultar muy
peligroso en el futuro. Lo estoy viendo en la última visita que me hizo. Con tristeza me
dijo: “La libertad de prensa no existe para nosotros los escritores. En la revista
Panorama no me obligan a escribir de lo que no quiero. Pero no se imagina cómo me
recortan mis artículos hasta deformar mi pensamiento”.
15. Sería bueno que los periodistas dijesen cómo es hoy la cosa. En especial si reciben
normas de cómo escribir sobre la Iglesia. Recientemente, a un columnista religioso los
nuevos patrones dejaron de publicarle sus ensayos durante meses. Y le dijeron: “No
nos interesan tus notas de pastoral. Nos importa que escribas sobre “el puterío” (¡sic!)
de la Iglesia”. Y como sobre “el puterío” de la Iglesia no escribía, mi amigo tuvo que
irse del diario. No sé de ningún colega que haya salido en su defensa. ¡Viva la libertad
de prensa! ¿O viva la libertad de empresa? Yo, ingenuo, pensaba que ésta era una
frase “bolche”, como se decía antes. Hoy me pregunto: ¿acaso no será ésta la realidad
de un periodismo al servicio del capitalismo salvaje, que durante el Proceso no tuvo su
hora más gloriosa?
16. Y para no ser injusto, en honor de todos los intelectuales y escritores
desaparecidos, recuerdo a Haroldo Conti, compañero mío de Seminario, cuya prosa
admiraba en El Boleto, la revista interna de los alumnos de la Tercera División.
III. La estrategia episcopal: denuncia y diálogo.
17. El año 77 me reveló la estrategia que seguían los Obispos ante la Junta Militar. Y
que se puede describir así: “denunciar cada tanto en público, y dialogar todo lo que se
pueda en privado”. Lo deduje del documento “Reflexión cristiana para el Pueblo de la
Patria” de la Asamblea Plenaria del Episcopado, del 7 de mayo. Allí leí: “En mayo del
año pasado, la Conferencia Episcopal Argentina dio a conocer un documento que
pretendía, con respeto y humildad, orientar según la doctrina católica a todos, para
trabajar unidos, gobernantes y gobernados, en la búsqueda y promoción del bien
común. Desde entonces y durante este tiempo los obispos hemos multiplicado las
gestiones personales, a través de distintos canales de comunicación con los poderes
públicos; alguna vez nos hemos dirigido a éstos mediante documentos de carácter
reservado, tratando siempre de señalar inquietudes de la Iglesia sobre diversos
puntos, con la voluntad de no entorpecer la ya difícil y ardua tarea de gobierno”. El
documento continuaba con la descripción de los “Hechos que observamos”, que es una
página de antología para los que quieran conocer esa época. ”Nos atrevemos a
manifestar los siguientes hechos, que provocan en nuestro ánimo serias inquietudes:
a) las numerosas desapariciones y secuestros, que son frecuentemente denunciados,
sin que ninguna autoridad pueda responder a los reclamos que se formulan, lo cual
parecería manifestar que el gobierno no ha logrado aun el uso exclusivo de la fuerza;
b) la situación de numerosos habitantes del país, a quienes la solicitud de familiares y
amigos presentan como desaparecidos o secuestrados por grupos autoidentificados
como miembros de las Fuerzas Armadas o policiales, sin lograr, en la mayoría de los
casos, ni los familiares, ni los obispos que tantas veces han intercedido, información
alguna sobre ellos; c) el hecho de que muchos presos, según sus declaraciones o las
de sus familiares, habrían sido sometidos a torturas que, por cierto, son inaceptables
en conciencia para todo cristiano y que degradan, no sólo al que las sufre, sino sobre
todo al que las ejecuta; d) finalmente, algo muy difícil de justificar: las largas
detenciones sin que el detenido pueda defenderse o saber, al menos, la causa de su
prisión, tanto más cuanto que la situación carcelaria a veces no contempla primordiales
necesidades humanas, sin excluir las religiosas”.
18. Al leer este documento, muchos exclamamos: “¡Finalmente se llaman las cosas por
su nombre!”. Una carta de la Comisión Permanente a la Junta Militar, de fecha anterior
(17 de marzo del 77), y revelada sólo en 1982, muestra que la estrategia “denuncia y
diálogo” fue conscientemente tomada por el Episcopado, a pesar de los riesgos que ello
implicaba. Destaco un párrafo que demuestra lo que digo: “Pasado un año del
comienzo del presente proceso nacional nos encontramos, al recibir las proposiciones
de los señores obispos para esta reunión de la comisión permanente, con que de todas
partes de la República arriban quejas similares, que se traducen finalmente en un
pedido algo mezclado de reproche: ¿por qué los obispos no hemos hablado
denunciando claramente una situación de hecho - aunque se ignoren los responsables
de las acciones individuales - que hiere la conciencia cristiana? Hoy como siempre y
como en toda circunstancia conserva su valor el principio que el fin no justifica los
medios”.
19. Equivocada o no, esta fue la estrategia episcopal. Esto es lo que hoy se puede
criticar. Pero no es honesto deformar la verdad y negar el papel cumplido por el
Episcopado. Y menos, que políticos o periodistas, que entonces se borraron o fueron
abiertamente procesistas o subversivos, se erijan hoy en jueces, o pretendan hacer
creer a los jóvenes que fue la heroica resistencia de ellos la que volteó al régimen
militar, cuando en realidad fueron unos cobardes.
Yo critico hoy la estrategia episcopal elegida como la critiqué entonces. Porque todo lo
hecho fue insuficiente para detener el genocidio de una generación de jóvenes. Pero no
me jacto contra mis hermanos de lo que yo habría hecho de haber sido obispo en ese
momento. Y menos me atrevo a condenarlos. Porque sé bien lo que no hice y tal vez
tuve que haber hecho.
20. Un día del 77, un feligrés, perteneciente a uno de los servicios de inteligencia, me
mandó decir: “saque pronto a su padre de su casa que ya se le viene la bomba”. En
efecto, en una lista anónima figuraba mi casa marcada con tres cruces, junto con los
nombres y direcciones de otros sacerdotes. No pude retener la hoja. Pero escribí
inmediatamente al Cardenal Primatesta, Presidente de la Conferencia Episcopal, y al
Nuncio Apostólico, Mons. Pío Laghi. A los pocos días tuve que ir a una recepción en la
Nunciatura con ocasión del aniversario de la elección del Papa Juan Pablo II. En un
rincón estaban el Nuncio y el Cardenal Presidente, con aspecto poco risueño,
conversando con los tres comandantes. Me mandaron llamar y me presentaron: “Este
es fulano, el decano de la Facultad de Teología”. Como si les dijesen: “cualquier cosa
que le suceda a él o a los de su casa, ustedes son los responsables”. Les di la mano y
me retiré enseguida, sin cambiar palabras. Al retirarme de la Nunciatura me embargó
un sentimiento de ira contra mí mismo: ¿cómo les di la mano a los comandantes?
¿cómo no les escupí en la cara? ¿cómo no me puse a gritarles “asesinos”? Hoy me
pregunto: ¿habría ello cambiado la historia? Lo cierto es que no lo hice.
21. Tampoco cambió la historia el largo Pro-memoria a la Junta Militar de parte de la
Comisión Ejecutiva del Episcopado, del 26 de noviembre. Y no tuvo ningún efecto el
reclamo episcopal por las dos religiosas francesas desaparecidas en diciembre de ese
año, de las que hoy tanto se ha vuelto a hablar.
De esos años tengo presente un largo artículo en el diario La Opinión de Monseñor Pío
Laghi en defensa de los derechos humanos, que llamó mucho la atención, pues no es
usual que un diplomático extranjero emplee la pluma del periodista para señalar los
atropellos que se cometen en el país que lo recibe. Tampoco ese artículo cambió la
historia. ¿Algo podría haberla cambiado?
IV. El Mundial del 78 y la Guerra con Chile: anestesia nacional
22. El año 78 se inició en la trágica senda de los años anteriores, aunque un tanto
mitigada. Pero siempre con la Iglesia en la mira de los militares. En una carta de
marzo del 78, aunque dada a publicidad en 1982, el Cardenal Primatesta le hacía
presente al Presidente Videla el problema de “los sacerdotes actualmente presos... No
pretendemos una especial lenidad con los sacerdotes por ser tales, pero es innegable
que la prolongación de su permanencia en la cárcel sin haber sido encontrados
culpables por un juez, es un factor de irritación en la comunidades con las que están
relacionados”. Y agregaba: “Por lo demás, no nos encontramos solos en este pedido.
Hermanos en la fe, de todo el mundo, nos hacen llegar cada día su dolorosa
preocupación por la falta de justicia en los procedimientos, y finalmente el Santo
Padre, por la autoridad de su misión de pastor universal y de su vida consagrada
paladinamente al bien de los hombres, nos urge solicitar de V.E., con el respeto que le
debemos, pero también con la serenidad y firmeza de nuestro oficio pastoral, y por el
lazo común que nos une, una decidida acción para que cada familia argentina que se
encuentra en la aludida situación, sepa... qué ha sido de su integrante desaparecido,
con claridad y justicia”.
23. Por lo visto, la estrategia episcopal de la denuncia pública y de las gestiones en
privado siguió adelante. En lo que el Episcopado decía, en público o en privado, no era
nada complaciente y, por momentos, muy severo. Por ejemplo, que “la acción
emprendida en aras de la salvación del país no quede a los ojos de la historia
manchada de injusticia o de culpas de lesa humanidad” (14 marzo 78). Pero hay que
reconocer que el camino elegido siguió manifestándose ineficaz.
El 29 de abril del 78, dos breves documentos episcopales públicos aludieron a las
interferencias que sufrían los religiosos “en la labor educativa, en las escuelas
católicas...., especialmente en momentos en que algunos centros dirigidos por
vosotros se ven objeto de sospechas infundadas en vuestra labor catequística”.
Durante este año, el Episcopado insistió por nueve veces ante el gobierno militar por
los derechos de los detenidos y de los familiares de los muertos y desaparecidos y la
clarificación de todo lo sucedido, según verifico hoy en la documentación publicada en
“La Iglesia y los derechos humanos”.
24. Pero en 1978, sucedieron dos hechos, provocados por los militares, que, a mi
entender, fueron muy aptos para hacer olvidar todo el horror de los crímenes
cometidos, y que afectaron a la sociedad argentina toda, no excluida la Iglesia. En la
primera parte del año: el Campeonato mundial de fútbol. En la segunda: la inminente
Guerra con Chile.
Cuando fue el Mundial, no se hablaba de otra cosa. ¿Cómo pudo ser que la Argentina,
con fama de crímenes de lesa humanidad, haya sido elegida para sede del Mundial? El
demonio es genial en el mal. Y los militares también lo fueron. Pero éstos no pudieron
organizar la locura del Mundial sin la complicidad de un pueblo que prefirió la anestesia
de un campeonato de fútbol al dolor por sus muertos y desaparecidos. Y menos, sin la
complicidad de una sociedad mundial que, cuando hay plata de por medio, se mata de
risa de todos los derechos humanos. ¿Compraron los militares los seis goles contra el
Perú? ¿Compraron antes la complicidad de la FIFA? ¿El recuerdo de ese Mundial puede
enorgullecernos?
25. Yo mismo no me entiendo. A fines de mayo viajé a Medellín a dictar un curso de
quince días. Antes de partir, les insistí a los muchachos del Colegio Los Doce
Apóstoles: “Por favor, no se dejen distraer por el Mundial”. Regresé exactamente la
víspera del partido final. Y cuando terminó, a largarme también yo a la calle con mis
muchachos a celebrar el triunfo argentino, y a gritar frente al Sheraton: “El que no
salta es un holandés”. ¿Posible? Yo, que en mi vida fui sólo dos veces a la cancha, que
apenas entiendo una pizca de fútbol, gritando como un estúpido, haciéndome cómplice
del silencio que con ese triunfo se tendía sobre todos los crímenes de lesa humanidad.
Merecería un tribunal como el de Nüremberg. ¡Y cuántos otros serían merecedores de
semejante tribunal! La prensa, en primer lugar, sin la cual hubiese sido imposible que
se formase el clima de algarabía paroxística del Mundial. La misma Comisión episcopal
de Migraciones y Turismo, ¿cómo no fue más crítica de la situación y sacó, en cambio,
una declaración de apoyo al Mundial? Un texto hermoso, que cuadraba con un deporte
que lo es. Pero no tuvo que haber olvidado jamás que el escenario del Mundial era esta
Argentina que tenía la obligación de estar de luto. En medio de la estupidez ambiental,
recuerdo sólo a un hombre que se mantuvo lúcido: el Padre Rafael Tello. ¡Qué enojo!
Nunca lo había visto así. ¡Querido Rafael! Desde el trópico chaqueño, permite que mi
saludo penetre el eremo en el que te has recluido y te dé un abrazo fraterno.
26. Pasada la borrachera del Mundial, había que adormecer al pueblo con otra droga:
la del patriotismo. Y, entonces, a armar la guerra contra Chile. Del otro lado de los
Andes existía la misma necesidad. Había que hacer olvidar todos los horrores de los
muertos propios con los muertos del vecino. Por entonces moría Pablo VI. Tenía lugar
el brevísimo pontificado de Juan Pablo I. Por fortuna, los dos presidentes de las
Conferencias episcopales de Argentina y Chile, el Cardenal Primatesta y Mons.
Valenzuela Ríos, adivinaron la paranoia de sus respectivos gobernantes, y el 12 de
septiembre, en Mendoza, lanzaron un Mensaje sobre la Paz. Fue una zancadilla en una
carrera contra reloj a los militares, que estaban embalados en hacer la guerra.
Sobrevino luego la elección de Juan Pablo II. Y el Cardenal Primatesta interesó al
nuevo Papa en la mediación entre las dos naciones hermanas. Un día habrá que
estudiar la figura de este hombre, ajeno a toda grandilocuencia, que no pudo detener
la tragedia de los desaparecidos, pero que supo frenar la tragedia de la guerra entre
Argentina y Chile. ¿Cual habría sido la suerte de la Argentina sin su gestión pastoral?
27. A despecho de todos los fuegos de artificios con que los militares distrajeron la
atención de los crímenes cometidos, el 78 terminó con un documento de la Asamblea
episcopal, fechado el 18 de noviembre, que fue un faro de luz para comenzar a buscar
caminos hacia el futuro: “La Paz es obra de todos”. El capítulo VII estaba destinado a
La Paz Interior de la sociedad argentina. Al releerlo hoy, me parece contemplar el
embrión del documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, que se publicaría en 1981. Se
miraba hacia el futuro, y para ello se quería curar el pasado. En él se lee: “Pedimos
vivamente a las autoridades que, como decisiva contribución a la paz interna, se diga
una palabra esclarecedora a los familiares de los desaparecidos... La verdad de los
hechos, por dura que sea, siempre será preferible a la angustia permanente en la
duda”.
V. A PASO LENTO HACIA LA DEMOCRACIA
28. El 79 me trajo un cambio. Desde hacía diez años estaba en cargos directivos en la
Facultad. Por suerte, ya no podía ser reelecto decano. Ansiaba volver a tomar la pluma
en la revista Criterio y redactar un Manual para mis alumnos. Gestioné una beca en
Alemania, que obtuve al final de ese año: una manera de comprar tiempo para poder
escribir.
El 79 también comenzó a traer un cambio en la Argentina. La fuerza del tiempo, unida
a muchas fuerzas espirituales, hacían sentir su impulso. No era la menor la presencia
del nuevo Papa, un polaco, que comenzó a gravitar en todo el mundo; y, por ende, en
América Latina y en la Argentina. Fuerte fue el impacto de su figura en la III
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, que se realizó a
comienzos del 79. En especial, por el programa que le propuso: “Toda la verdad sobre
Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre”. Y fuertísimo fue el impacto que
provocaron sus palabras lanzadas a todo el mundo, desde el balcón de su estudio, el
domingo 28 de octubre, a la hora del Angelus, mientras los Obispos estaban en Roma
en la Visita ad Limina: “En la oración del Angelus de hoy, además de la alegría,
debemos hacernos eco también de las preocupaciones, inquietudes y sufrimientos que
no faltan en el mundo de hoy. No podemos olvidarlos cuando nos ponemos ante Dios,
nuestro Padre, y cuando nos dirigimos a la Madre de Cristo y Madre de todos los
hombres. Así, con ocasión de los encuentros con peregrinos y obispos de América
Latina, en especial de Argentina y Chile, se recuerda frecuentemente el drama de las
personas perdidas o desaparecidas. Roguemos para el Señor conforte a cuantos no
tienen ya la esperanza de volver a abrazar a sus seres queridos. Compartamos
plenamente su dolor y no perdamos la confianza de que problemas tan dolorosos sean
esclarecidos para bien no sólo de los familiares interesados, sino también para el bien
y la paz interna de esas comunidades tan queridas para nosotros”.
¿Cuál de los grandes dirigentes políticos del mundo hizo un llamado semejante en
favor de los desaparecidos de la Argentina?
29. Índice de que en la Argentina comenzaban a quedar atrás las horas más negras de
la tiranía son los temas que comenzó a abordar el Episcopado: derechos de la Iglesia
en materia de enseñanza (5 mayo 79); el derecho de agremiación (3 de agosto); ley
de asociaciones gremiales de trabajadores (14 diciembre). Pero había que cerrar el
pasado. Por ello, durante este año, la problemática de los desaparecidos fue objeto de
cinco intervenciones reservadas del Episcopado ante el presidente de la República (en
mayo, junio, julio y dos veces en noviembre). Y todavía, después que los Obispos
regresaron de Roma, el 14 diciembre la Comisión Permanente publicó una declaración
“Llamado a una mayor reconciliación”, cuyos ecos resonaron hasta en Alemania, a
donde acaba de llegar. “Con respecto al problema de los desaparecidos, el supremo
pastor confía en su esclarecimiento, y pide, no sólo oraciones, sino también que se
comparta el dolor de aquellos que ya no tienen esperanza de abrazar a sus seres
queridos”.
La estrategia continuó sin producir frutos, provocando mucha amargura a los Obispos.
Esto lo dejaron entrever los delegados episcopales para hablar con la Junta militar, el
18 noviembre, al señalar “que a la Jerarquía de la Iglesia en la Argentina le habría sido
mucho más fácil tomar una actitud de pública condena constante del Gobierno de las
Fuerzas Armadas, y que sin embargo no lo ha hecho, no por apoyar al Gobierno, sino
por el bien de la comunidad, tratando de impedir la entrada en juego de un elemento
más de confusión”.
30. En 1980 se acentuó el cambio. En lo personal, el 7 de marzo me sorprendió la
noticia de que el Papa me nombraba obispo auxiliar de Viedma, cuyo obispo era Mons.
Miguel Esteban Hesayne. En lo pastoral, los Obispos, durante la Asamblea Plenaria de
mayo, comenzamos a urgir la instauración del diálogo político para reconstruir la
sociedad civil, con el documento “Evangelio, diálogo y sociedad”, y sugerimos “algunas
líneas esenciales, que, si las circunstancias lo aconsejaren, habremos de exponer más
ampliamente”, que se concretaron luego en el documento “Iglesia y Comunidad
Nacional”.
Ese año, además, tuvieron lugar tres intervenciones reservadas del Episcopado ante el
presidente de la República relativas a los derechos humanos. Tan infructuosas como
siempre. Los militares se habían aguantado el misil superpúblico disparado desde la
ventana del escritorio del Papa, con los Obispos argentinos que lo visitaban. ¿Como no
se iban a aguantar estos reclamos episcopales en privado?
31. El día 29 de mayo, día del Ejército, yo regresaba de San Miguel a la Capital,
porque el 30 era mi ordenación. La estación del tren estaba repleta de militares en
traje de fajina y cargando sus armas. Infundían miedo. Y sentía repulsión por ellos.
Pero hay que decir que también ellos tenían miedo, pues durante años vivieron
acorralados en sus cuarteles, comprobando que sus técnicas guerreras servían de poco
ante la decisión de un grupo guerrillero entrenado.
32. Después de mi consagración en la catedral de Buenos Aires, en mi saludo al
pueblo, aludí a los desaparecidos y a sus madres: “Te amo, Iglesia..., en particular en
esas madres, y son tantas, cuyas cartas comienzan a amontonarse en mi escritorio,
que suspiran por sus hijos, un día arrebatados injustamente de sus casas, sin saber si
viven o si los han muerto. ¿Quién pudiera consolarlas, eficazmente, como Jesús con la
madre viuda de Naín? “Mujer, no llores más”, y devolverles el hijo sano”.
Hablando de las madres, y en particular de las llamadas “de Plaza de Mayo”, no
recuerdo si fue en la Asamblea Plenaria de mayo del 80, o del 1981, que, en buen
número, invadieron pacíficamente los jardines de María Auxiliadora, donde estábamos
reunidos, reclamando ser recibidas. Entre los Obispos reunidos hubo una doble
moción: recibirlas en el Aula de la Asamblea Plenaria, o recibirlas en un saloncito a
través de un comité de Obispos. Por un pelo ganó la segunda moción. Quedó la imagen
de que los Obispos no recibimos a las Madres. Y esto fue así esta vez no por maldad de
la prensa, sino porque el símbolo empleado, un saloncito y un comité de Obispos, era
inadecuado, y más bien significaba que no se las quería recibir. Fue un desacierto que
aun hoy hemos de lamentar, para nada coherente con lo que los Obispos habían
escrito cinco meses antes: “que se comparta el dolor de aquellos que ya no tienen
esperanza de abrazar a sus seres queridos”. También los Obispos pecamos. Por ello al
comenzar la Santa Misa decimos “Yo pecador me confieso”. Yo les debo pedir perdón a
las madres, porque ni siquiera salí al jardín a saludarlas. Y necesito que me lo den.
33. La Paz con Chile seguía siendo preocupación, a pesar de la mediación en curso del
Cardenal Samoré. Y por eso, el 3 de mayo del 80 se publicó una exhortación conjunta
de los dos episcopados para apoyar la mediación. En ella se establecía “que la próxima
festividad del Corpus Christi congregue a todos los fieles, chilenos y argentinos, en una
ferviente oración comunitaria y pública por la paz”. El Corpus se celebró ese año el 9
de junio. Estoy viendo al Cardenal Aramburu, sereno bajo la lluvia, celebrando la Santa
Misa. Y yo feliz de ir caminando, desde el Congreso a Plaza de Mayo, al lado del
embajador chileno orando por la paz.
34. Por esos días, antes de viajar a Viedma a mi nueva misión pastoral, Mons. Keegan
me invitó a celebrar una Misa en la Catedral. Al retirarme, en la vereda, se me acercó
un señor, bien vestido, de pelo cortado a lo militar, que comenzó a preguntarme
obsesivamente sobre el perdón de Dios. Se veía que desvariaba. Me vino la pregunta:
“¿Será un torturador?” Se parecía tanto a un oficial del ejército francés en Argelia, a
quien conocí, que no se aguantaba ni siquiera una alusión a la guerra, pues
enloquecía. Él había torturado.
35. Ya en Viedma le pedí consejo a mi Obispo sobre qué podría hacer en favor de los
que me escribían por sus seres queridos desaparecidos o presos. Me contó el drama
que le había acontecido con un muchacho, Chironi, a quien a duras penas logró
arrancar, todo desfigurado, del V Cuerpo de Ejército de Bahía Blanca. Pero que en los
demás casos se había encontrado frente a una muralla inexpugnable.
36. En octubre fue el Congreso Mariano Nacional en Mendoza, precedido por un
Congreso mariológico, en el que tuve una conferencia. No me aguantaba la presencia
de los militares, con el FAL bajo el poncho, custodiando el salón de reuniones y el hotel
donde estábamos los Obispos. Yo me sentía como en una jaula dorada. Para el día de
la clausura, cuando debía venir el presidente Videla, que recitaría una oración, no me
aguanté más y me volé. Adelanté mi viaje a San Nicolás, donde tenía una semana de
Ejercicios espirituales con el clero.
37. A cualquier punto de la Argentina a donde uno iba encontraba vestigios de una
guerra misteriosa y calamitosa. La última vez que había estado en San Nicolás fue en
1974. En esa ocasión llegué totalmente desconcertado. A Mons. Ponce de León le
confidencié la situación por la que pasaba. “Anteayer regresé de Ecuador, de un
seminario del CELAM, y me vino a ver Don Turi, todo lloroso hasta partirme el alma,
pidiéndome que le salve a su hijo. Se metió en la guerrilla y si ahora deja lo matan”.
Le conté que agarré al pibe y lo metí en un taxi, y, por las dudas, dimos infinitas
vueltas por Buenos Aires, y que lo había escondido en un colegio religioso. Y que mi
proyecto era irme con el pibe al Uruguay apenas terminase mi compromiso en San
Nicolás. “No te desanimes, me respondió. Yo tengo cientos de casos así”. Cumplí mi
propósito, escondiendo al pibe en una escuela agrícola lejos de Montevideo. Vuelto a
Buenos Aires, ya más aquietado, me preguntaba: “Este mocoso ¿estuvo de veras
metido en la guerrilla, o ello es fruto de su fantasía?” Así se vivía en los años 60 y 70.
En realidad o en fantasía, todos hacían la guerra contra todos.
38. Pero mejor que vuelva a 1980. Y pasemos a los recuerdos de 1981. En febrero, la
comisión redactora del documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, de la que formaba
parte, se reunió en el Monasterio “Gozo de María”, en San Antonio de Arredondo, de
Córdoba, para hacer el último borrador. El largo texto fue estudiado en la Asamblea de
mayo y aprobado prácticamente por unanimidad. Es conocido el impacto que produjo.
El mismo doctor Alfonsín lo reconoció cuando, en 1983, antes de su asunción como
presidente, visitó a la Asamblea de los Obispos. “Soy hijo de la Iglesia, malo, pero hijo.
Y quiero agradecer a los Obispos, porque este momento de vuelta a la democracia no
habría sido posible sin la prédica constante de los Obispos y la luz que nos dieron en el
documento Iglesia y Comunidad Nacional”.
Este año tuvieron lugar otras tres intervenciones episcopales sobre los derechos
humanos ante la Junta Militar: dos reservadas (abril y mayo) y una pública
(noviembre). Como siempre, con la ineficacia conocida.
VI. EXAMEN DE CONCIENCIA NACIONAL
39. En “Iglesia y Comunidad Nacional” hay un párrafo significativo, donde los Obispos
recomendamos a todo el mundo, incluidos los ministros de la Iglesia, hacer un sincero
examen de conciencia sobre la repercusión social de los propios actos: “Los argentinos,
cada uno en cuanto persona, y cada grupo en cuanto integrante del conjunto social,
han de examinarse con humilde sinceridad sobre su comportamiento moral y han de
tomar conciencia sobre la proyección comunitaria de sus actos. No han de temer hacer
este examen los grupos más significativos de la vida argentina: las asociaciones
profesionales, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, las mismas comunidades
cristianas y sus ministros” (n° 66). Los Obispos somos ministros de la Iglesia. Hace,
por tanto, quince años nos propusimos también nosotros hacer nuestro Examen de
Conciencia.
39. Señalo esto porque algunos “catoliquistas” (ver al final del párrafo) pretenden
hacer creer que los Obispos se plantearon el tema del examen de conciencia recién el
año pasado, después que Scilingo salió con su exabrupta confesión. O después que el
general Balza hizo una confesión que es realmente una joya. O forzados, porque el
Papa lo propuso en el documento de convocatoria a la celebración del Gran Jubileo de
los dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. O peor, dando a entender
que los Obispos tenemos que pedir perdón de los mismos pecados que Scilingo o el
general Balza. (“Vaticanista” es el periodista que escribe sobre los acontecimientos que
tiene al Vaticano como protagonista. Por analogía, y sin ironía, llamo aquí “catoliquista”
al periodista que en la Argentina escribe sobre la Iglesia Católica).
Este tema del Examen de Conciencia, propuesto en 1981, fue expresamente
desarrollado por los Obispos en un largo documento: “Dios, el Hombre y la
Conciencia”, en abril de 1983, en el Año Santo en que se celebraban los 1550 años de
la Muerte redentora de Jesucristo. Es decir, en una circunstancia semejante a la del
año 2000. El documento fue escrito “para merecer los frutos de esa redención: la
renovación moral, mediante la transformación de las personas y la reconciliación de
nuestra sociedad”. Por ello, decíamos en la introducción: “La detestación de los yerros
cometidos y la voluntad firme de enmendarlos ha de acompañar este Examen de
Conciencia. A ello estamos obligados todos, sabiendo que cuanto más fuerte y
representativo es un sector social, tanto más es responsable de la presente situación y
de su superación”. Los Obispos no pensamos en tirar la piedra y esconder la mano,
para que sólo los otros, los de enfrente, se examinen. Por ello continuábamos:
“También nosotros, como pastores, no podemos menos de examinarnos delante del
justo Juez (2 Tm 4,8), ‘que conoce nuestros corazones’ (Ap. 2,23), sobre el ejercicio
de nuestra tarea de ayudar a la formación de una recta conciencia moral, en todos los
órdenes: personal, familiar y social”(n° 4). Y proponíamos a continuación dos largas
páginas con seis grupos de preguntas para orientar el Examen de Conciencia: sobre el
uso de la libertad, el respeto a la ley, la intolerancia, la vida, el trabajo, la religión y su
proyección social”. Y continuábamos: “Este examen de conciencia: cada persona y
cada grupo social pueden y deben proseguirlo, según su prudencia. Para que sea
hecho a la luz del Evangelio proponemos a continuación principios de Moral Cristiana”
(n°s 11). Seguía luego el largo documento en dos grandes capítulos: A) Fundamentos
de la Moralidad; B) Ámbitos de la Vida Moral. Allí, al hablar de los atentados contra la
vida ajena, decíamos: “Existen múltiples y dolorosos pecados contra la vida ajena: el
homicidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia, la indebida manipulación de la vida
humana en el ámbito científico. En este tiempo algunos de ellos han adquirido
particular gravedad, debido a su auge y al hecho de haberse producido de una manera
sistemática. En efecto, han resultado de ideologías de diverso signo, subversivo o
represivo, pero que han tenido en común la lesión violenta del derecho a la vida como
medio de obtener cada una sus propios fines. Es así como se han planificado actos de
terrorismo, torturas, mutilaciones, asesinatos. La Iglesia ha pedido un particular
examen de conciencia en este campo, guiada por la convicción de que una revisión de
la propia historia personal y social, servirá para construir con claridad y firmeza el
futuro de la Nación” (n° 60).
40. Del Examen de Conciencia de la Iglesia en la Argentina en vista del año 2000, el
año pasado en diciembre, la prensa hizo un circo. ¿Armará el mismo circo durante la
próxima Asamblea Plenaria? A mí no me preocupa. No digo que no me duela. Y no
debe preocuparnos a los Obispos. Nuestro oficio pastoral para ser tal debe dejarse
cuestionar sólo por el Evangelio de Jesús, y no debe ceder a las presiones de los que
recogen noticias, y que a veces las inventan para poder recogerlas. Y esto último lo
hacen de tantas maneras. Con una pregunta mientras te estás afeitando, o cuando
tomás el avión en Aeroparque. Y uno que tiene su ego, responde torpemente,
produciendo así una noticia estúpida, que curiosamente tiene resonancia nacional y
ensucia la mente de la gente buena.
Casi seguro que el Examen de Conciencia debería incluir un pregunta sobre la relación
de cada Obispo con el periodismo, y en especial sobre la formación ética que les
ofrecemos a los periodistas, sobre todo a los que procuran especializarse en temas
religiosos. Una vez, estando en Posadas, me la pidieron, y yo hice caso omiso: por
falta de tiempo, por la mar en coche, pero caso omiso al fin. Al periodismo, por su
parte, patrones y trabajadores, también le toca hacer su Examen de Conciencia. No
por ser el cuarto poder está por encima de toda norma ética. Quien así pensase, caería
en el pecado de hipocresía. En él podemos caer todos. Y hemos caído: los clérigos, los
militares, los políticos. No sin razón ha habido primero una época anticlerical; después
vino la época antimilitar; hoy estamos en la era antipolítica. Pronto podría ser la época
antiperiodística. Y no porque a los reporteros les rompan las cámaras fotográficas, u
otros atentados propios de regímenes totalitarios. Sino porque la gente se habrá
hartado de que jueguen con ella, y le escondan la verdad. Porque esto es, en
definitiva, la hipocresía (hipo - crisis; hipo = debajo; crisis = juicio). ¡Y vaya si en la
prensa hoy se oculta la verdad! Hablo aquí despojándome de mi rango de Obispo.
Prefiero hacerlo como viejo colega, pues tuve mi carnet de periodista en 1953,
reconocido por la Cancillería italiana .
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