Poesía del siglo XVIII

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SIGLO XVIII
Arte poético y poesía neoclásica
Gaspar Melchor de Jovellanos
Carta de Jovellanos a su hermano Francisco de
Paula, dedicándole sus poesías
Gloria felicis olim viridisque juventae.
Por fin, querido Frasquito, van a tus manos estos versos, que son el único fruto de
mis ocios juveniles, y en ellos te envío una firme prueba de mi amor y confianza
fraternal. Mil razones, que no se ocultarán a tu penetración, me han obligado siempre a
esconderlos, no sólo de la vista del público, sino también de la mayor parte de mis
amigos. Viéronlos solamente aquellos pocos a quienes una íntima y sensible amistad y
una perfecta confrontación de sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las puertas de
mi corazón. Para los demás estos versos han sido siempre un misterio ignorado o
escondido.
Es verdad que, prescindiendo de la materia sobre que generalmente recaen estas
composiciones, he creído que debía también ocultarlos por su poco mérito; porque siendo
hechos rápida y descuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y no habiendo
recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales ninguna obra es acabada, no hay
duda que serán muy defectuosos y que no merecerán aprecio alguno, por más que hayan
tenido algún día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que se hicieron.
Pero sobre todo, nada debió obligarme tanto a reservarlos y esconderlos, como la
materia sobre que generalmente recaen. En medio de la inclinación que tengo a la poesía,
siempre he mirado la parte lírica de ella como poco digna de un hombre serio,
especialmente cuando no tiene más objeto que el amor. Sé muy bien que la juventud la
prefiere en sus composiciones, y no lo repruebo. Es natural que un poeta joven busque el
objeto de sus composiciones entre los que ocupan su corazón más dulcemente; lo
primero, porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo segundo, porque los hará
mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron para grandes poetas han hecho sus
ensayos en las poesías amorosas y tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los
grandes poemas, cuya belleza nos encanta y sorprende después de tantos años, si sus
autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en objetos frívolos y pequeños. Cuando
Virgilio dio principio a su Eneida, había ya admirado a Roma con sus Bucólicos y con los
inimitables Geórgicos; de manera que primero cantó de amores, después de los placeres y
ejercicios del campo, y al fin los hechos grandes y memorables que precedieron a la
fundación de la soberbia Roma.
Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la poesía amorosa me parece poco digna de
un hombre serio; y aunque yo por mis años pudiera resistir todavía este título, no pudiera
por mi profesión, que me ha sujetado desde una edad temprana a las más graves y
delicadas obligaciones. Y ve aquí la razón que me ha obligado a ocultar cuidadosamente
mis versos, conociendo que pues al componerlos había seguido el impulso de los años y
las pasiones, no debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza de
publicarlos.
Dirás acaso que en esto he pensado con demasiada delicadeza, y lo mismo que he
dicho en favor del uso de la poesía ligera en los primeros años, te inclinará tal vez a
desaprobarla. Pero debes considerar, que aunque las obligaciones del hombre en la vida
privada son iguales en todos los estados, su pública conducta debe variar según ellos. Los
hombres se revisten de tales personalidades hacia el público por su profesión y sus
destinos, que lo que es en unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una
liviandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están más obligados a
guardar unas costumbres austeras, porque el público tiene un derecho a ser gobernado por
hombres buenos, y por lo mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de
nosotros un porte juicioso y una conducta irreprensible; quiere que le dirijamos con
nuestra doctrina, y que le edifiquemos con nuestro ejemplo; y así como premia la
aplicación y la virtud de los buenos magistrados con un tributo de estimación y alabanza,
cuyo precio es inmenso, se venga, por decirlo así, de los malos, censurando sus errores y
extravíos con la mayor severidad, castigándolos con el odio y el desprecio. De este modo
se compensa la desigualdad de las condiciones, y se igualan las suertes de los que
obedecen y los que mandan.
Estas razones, que me obligaron a entregar al fuego la mayor parte de mis versos y
a sepultar en el olvido esos pocos, que por no sé qué casualidad se libraron de él, deben
obligarte a ti también a ser muy circunspecto en el uso de esta confianza. Mis versos
contienen una pequeña historia de mis amores y flaquezas: ¡mira tú, si estando yo
arrepentido de la causa, podré hacer vanidad de sus efectos! Por lo común a cualquiera de
estas composiciones sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas se
desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a mirarlas con desprecio
el mismo que las produjo. Por eso, si después de haberlos leído quisieres quemarlos,
podrás hacerlo a tu salvo, pues nunca estarán más secretos que cuando se hayan reducido
a ceniza.
Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que no pudiera
avergonzarse el hombre más austero, al menos por su materia. Pero, prescindiendo de su
poco mérito, es preciso ocultarlas sólo porque son versos. Vivimos en un siglo en que la
poesía está en descrédito, y en que se cree que el hacer versos es una ocupación
miserable. No faltan entre nosotros quienes conozcan el mérito de la buena poesía, pero
son muy pocos los que saben y menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y
aunque no sea yo de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocupaciones son
generales, es perdido cualquiera que no se conforme con ellas.
Bien sé que no pensaban así los antiguos. El inmortal Cicerón no se desdeñó de
hacer versos, sin embargo de que obtuvo las primeras magistraturas de Roma; Plinio el
Mozo, magistrado, orador y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba muchos ratos en
hacer versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia, como se puede ver en la
carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII, que no copio por la brevedad con que
escribo.
Hubo también entre nosotros un tiempo en que la poesía era ocupación de los
hombres más doctos y más graves, y en el catálogo de nuestros poetas se leen gentes de
todas dignidades y profesiones: ni faltan en él obispos, sacerdotes, doctores, religiosos,
magistrados, y cuando no hubiese más ejemplos que los del célebre obispo Balbuena, del
sabio Arias Montano, del elocuente fray Luis de León, sin contar los Mendozas, los
Rebolledos, los Crespis, Vegas y Calderones, bastarían para probar cuánto y por cuán
grandes personajes fueron cultivadas las Musas entre nosotros otras veces.
Pero vuelvo a decir que es preciso respetar la preocupación al mismo tiempo que se
trabaje en deshacerla. Yo encuentro la causa del descrédito de la poesía en el mal uso que
hicieron de ella los poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha conducido hasta
este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y para averiguar un punto tan
importante en nuestra historia literaria, acumulemos nuestras reflexiones sobre las que
han hecho anticipadamente otros eruditos.
En la restauración de los estudios se empezaron a cultivar cuidadosamente entre
nosotros las humanidades o bellas letras, y particularmente tuvo la poesía muchos y muy
distinguidos profesores. Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que había
producido la Italia, así en tiempo de los Horacios y Virgilios, como en el de los Petrarcas
y los Tassos. Entre los primeros imitadores hubo muchos que se igualaron a sus modelos.
Cultiváronse todos los ramos de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI
había ya producido España muchos épicos, líricos y dramáticos comparables a los más
célebres de la antigüedad.
Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el siglo XVI. Los
Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se
extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y más que
todo la reputación de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí a los demás
poetas de aquel tiempo, y poco a poco se fue subrogando en lugar de la grave, sencilla y
majestuosa poesía, una poesía hinchada y escabrosa, llena de artificio y extravagancias.
Cuando hablo generalmente de la poesía, no se crea que quiero calificar en
particular los poetas. Sé que el siglo XVII produjo muchos de gran mérito, y sé que
algunos de ellos, en medio de la corrupción y el mal gusto, han producido algunos
poemas excelentes. Pero esto debe mirarse como un argumento de lo que puede hacer un
grande ingenio por sí solo, mas no como una prueba en favor de la bondad de la poesía de
aquel tiempo en general. Seguramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más
sus Soledades y sus sonetos que sus bellos romances. ¡Cuánta diferencia, sin embargo, se
halla entre una y otra poesía!
Muchas veces he reflexionado que este mal gusto hizo más daño que utilidad había
causado el bueno a la poesía. Ningún siglo crió tan prodigioso número de poetas como el
pasado; en ninguno tuvo la poesía tan grande estimación. El reinado de Felipe IV era el
de Augusto y de Mecenas. El mismo rey se complacía en hacer versos, y a su imitación
no había persona que desdeñase un arte que hallaba estimación hasta en el trono. Pero
esto mismo acabó de arruinar la poesía. Todos quisieron ser poetas en un tiempo en que
se hacía granjería de los versos; y como para serlo al modo y gusto del tiempo no era
menester otra cosa que un poco de ingenio, eran pocos los que no podían ser poetas.
Creció ilimitadamente el número de los cultivadores de las Musas, y entre tantos era
preciso que hubiese muchos despreciables y extravagantes, y lo que es peor, muchos que
hicieron servir el lenguaje de los dioses a su ambición y a su codicia. ¡Qué inmenso
número de poesías pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en que no se halla más
lenguaje que el de la lisonja, más calor que el del odio y la venganza, ni más moral que la
de los vicios y pasiones!
Con esto empezaron poco a poco a ser aborrecidos o despreciados los poetas, y al
fin el descrédito de los poetas se comunicó a la poesía.
Así entró el presente siglo, que debía formar una nueva época para nuestras Musas.
Los Candamos, los Lobos y los Silvestres mantuvieron por algún tiempo el crédito de la
mala poesía; pero poco a poco fue naciendo el buen gusto y ya en el día vemos con
grande complacencia amanecer de nuevo los bellos días en que las Musas españolas
deben recobrar su antigua gloria y esplendor.
Sin embargo, la preocupación dura todavía. Las gentes de juicio no se atreven a
divulgar un talento que no tiene seguros el aprecio y estimación del público. Entretanto es
preciso que las Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que no se atreven todavía
a parecer en público por no recibir algún insulto de las personas ignorantes, austeras o
preocupadas.
En cuanto a mí, estoy muy lejos de creer que mis versos tengan un gran mérito;
pero sí aseguraré que no se parecen a los del mal tiempo. Si por otra parte no merecen ser
estimados, ésta no será falta de crítica, sino de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta, y
como dice el Horacio francés:
C'est en vain qu'au Parnasse un temeraire auteur
Prétend de l'art des vers atteindre la hauteur,
S'il ne sent point du ciel l'influence secrète,
Si son astre en naissant ne l'a formé poète.
Algo quisiera añadir en abono de los versos libres o blancos; pero me insta el conductor
que debe llevar esta colección. Queda este asunto para otra carta, si acaso los negocios de
oficio me permitiesen dedicar a él algún rato.
Tomás de Iriarte
El burro flautista
Sin reglas del arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad.
Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«¡Oh! -dijo el borrico-,
¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!»
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Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.
Poesía rococó:
Juan Meldez Valdés
“De la paloma de Filis”
Filis, ingrata Filis,
tu paloma te enseña;
ejemplo en ella toma
de amor y de inocencia.
mira cómo a tu gusto
responde, cómo deja
gozosa, si la llamas,
por ti sus compañeras.
¿Tu seno y tus halagos
olvida, aunque severa
los arrojes de la falda,
negándote a sus quejas?
No, Fili; que aun entonces,
si intento detenerla,
mi mano fiel esquiva,
y a ti amorosa vuela.
¡Con cuánto suave arrullo
te ablanda!
¡Cómo emplea
solícita sus ruegos,
y en giros mil te cerca!
¡Ah crédula avecilla!
en vano, en vano anhelas;
que son para tu dueño
agravio las finezas.
Pues ¿qué cuando en la palma
el trigo le presentas,
y al punto de picarlo,
burlándote la cierras?
Cuán poco del engaño, incauta, se recela,
y pica, aunque vacía,
la mano que le muestras!
¡Qué fácil se entretiene!
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un beso le consuela;
siempre festiva arrulla,
siempre amorosa juega.
su ejemplo, Filis, toma,
pero conmigo empieza,
y repitamos juntos
lo que a su lado aprendas.
Poesía prerromántica
Nicolás Alvarez Cienfuegos
Mi paseo solitario de primavera
Mihi natura aliquid semper amare dedit
Dulce Ramón, en tanto que, dormido
a la voz maternal de primavera,
vagas errante entre el insano estruendo
del cortesano mar siempre agitado;
yo, siempre herido de amorosa llama,
busco la soledad y, en su silencio,
sin esperanza mi dolor exhalo.
Tendido allí sobre la verde alfombra
de grama y trébol, a la sombra dulce
de una nube feliz que marcha lenta
con menudo llover regando el suelo,
late mi corazón, cae y se clava
en el pecho mi lánguida cabeza,
y por mis ojos violento rompe
el fuego abrasador que me devora.
Todo despareció; ya nada veo
ni siento sino a mí, ni ya la mente
puede enfrenar la rápida carrera
de la imaginación que, en un momento,
de amores en amores va arrastrando
mi ardiente corazón, hasta que prueba
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en cuantas formas el amor recibe
toda su variedad y sentimientos.
Ya me finge la mente enamorado
de una hermosa virtud; ante mis ojos
está Clarisa; el corazón palpita
a su presencia; tímido no puede
el labio hablarla; ante sus pies me postro,
y con el llanto mi pasión descubro.
Ella suspira y, con silencio amante,
jura en su corazón mi amor eterno;
y llora y lloro, y en su faz hermosa
el labio imprimo, y donde toca ardiente
su encendido color blanquea en torno
Tente, tente, ilusión... Cayó la venda
que me hacía feliz; un cefirillo
de repente voló, y al son del ala
voló también mi error idolatrado.
Torno ¡mísero!, en mí, y hállome solo
llena el alma de amor y desamado
entre las flores que el Abril despliega,
y allá sobre un Amor lejos oyendo
del primer ruiseñor el nuevo canto.
¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,
que naces, amas, y en amando mueres!
Esta es la ley que, para ser dichosos,
dictó a los seres maternal natura.
¡Vivificante ley! El hombre insano,
el hombre solo en su razón perdido
olvida tu dulzor, y es infelice.
El ignorante en su orgullosa mente
quiso regir el universo entero,
y acomodarle a sí. Soberbio reptil,
polvo invisible en el inmenso todo
debió dejar al general impulso
que le arrastrara, y en silencio humilde
obedecer las inmutables leyes.
¡Ay triste! Que a la luz cerró los ojos,
y en vano, en vano por doquier natura,
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con penetrante voz, quiso atraerle;
de sus acentos apartó el oído,
y en abismos de mal cae despeñado.
Nublada su razón, murió en su pecho
su corazón; en su obcecada mente,
ídolos nuevos se forjó que, impíos,
adora humilde, y su tormento adora.
En lugar del amor que hermana al hombre
con sus iguales, engranando a aquéstos
con los seres sin fin, rindió sus cultos
a la dominación que injusta rompe
la trabazón del universo entero,
y al hombre aísla, y a la especie humana.
Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,
sino a los monstruos que crió su idea:
al mortífero honor, al oro infame,
a la inicua ambición, al letargoso
indolente placer, y a ti, oh terrible
sed de la fama; el hierro y la impostura
son tus clarines, la anchurosa tierra
a tu nombre retiembla y brota sangre.
Vosotras sois, pasiones infelices,
los dioses del mortal, que eternamente
vuestra falsa ilusión sigue anhelante.
Busca, siempre infeliz, una ventura
que huye delante de él, hasta el sepulcro,
donde el remordimiento doloroso
de lo pasado, levantando el velo,
tanto mísero error al fin encierra.
¿Do en eterna inquietud vagáis perdidos,
hijos del hombre, por la senda oscura
do vuestros padres sin ventura erraron?
Desde sus tumbas, do en silencio vuelan
injusticias y crímenes comprados
con un siglo de afán y de amargura,
nos clama el desengaño arrepentido.
Escuchemos su voz; y, amaestrados
en la escuela fatal de su desgracia,
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por nueva senda nuestro bien busquemos,
por virtud, por amor. Ciegos humanos,
sed felices, amad; que el orbe entero
morada hermosa de hermanal familia
sobre el amor levante a las virtudes
un delicioso altar, augusto trono
de la felicidad de los mortales.
Lejos, lejos, honor, torpe codicia,
insaciable ambición; huid, pasiones
que regasteis con lágrimas la tierra;
vuestro reino expiró. La alma inocencia,
la activa compasión, la deliciosa
beneficencia, y el deseo noble
de ser feliz en la ventura ajena
han quebrantado vuestro duro cetro.
¡Salve, tierra de amor! ¡Mil veces salve,
madre de la virtud! Al fin mis ansias
en ti se saciarán, y el pecho mío
en tus amores hallará reposo.
El vivir será amar, y dondequiera
clarisas me dará tu amable suelo.
Eterno amante de una tierna esposa,
el universo reirá en el gozo
de nuestra dulce unión, y nuestros hijos
su gozo crecerán con sus virtudes.
¡Hijos queridos, delicioso fruto
de un virtuoso amor! Seréis dichosos
en la dicha común, y en cada humano
un padre encontraréis y un tierno amigo,
y allí... Pero mi faz mojó la lluvia.
¿Adónde está, qué fue mi imaginada
felicidad? De la encantada magia
de mi país de amor vuelvo a esta tierra
de soledad, de desamor y llanto.
Mi querido Ramón, vos mis amigos
cuantos partís mi corazón amante,
vosotros solos habitáis los yermos
de mi país de amor. Imagen santa
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de este mundo ideal de la inocencia,
¡y, ay!, fuera de vos no hay universo
para este amigo que por vos respira.
Tal vez un día la amistad augusta
por la ancha tierra estrechará las almas
con lazo fraternal. ¡Ay!, no; mis ojos
adormecidos en la eterna noche
no verán tanto bien. Pero, entre tanto,
amadme, oh amigos, que mi tierno pecho
pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro
en vuestras almas buscaré mi dicha.
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SIGLO XIX
Romanticismo
José de Espronceda
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman
Por su bravura el Temido,
En todo el mar conocido
Del uno al otro confín.
La luna en el mar rïela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul;
Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, a otro Europa,
Y allá a su frente Estambul (3).
«Navega, velero mío,
Sin temor,
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Que ni enemigo navío,
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor.
»Veinte presas
Hemos hecho
A despecho
Del inglés,
Y han rendido
Sus pendones
Cien naciones
A mis pies.
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»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.
»Allá muevan feroz guerra
Ciegos Reyes
Por un palmo más de tierra,
Que yo aquí tengo por mío
Cuanto abarca el mar bravío,
A quien nadie impuso leyes.
»Y no hay playa,
Sea cualquiera,
Ni bandera
De esplendor,
Que no sienta
Mi derecho
Y dé pecho
A mi valor.
»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
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Mi única patria la mar.
»A la voz de '¡barco viene!'
Es de ver
Cómo vira y se previene
A todo trapo a escapar:
Que yo soy el rey del mar,
Y mi furia es de temer.
»En las presas
Yo divido
Lo cogido
Por igual.
Sólo quiero
Por riqueza
La belleza
Sin rival.
»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.
»¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
No me abandone la suerte,
Y al mismo que me condena
Colgaré de alguna entena
Quizá en su propio navío.
»Y si caigo,
¿Qué es la vida?
Por perdida ya la di,
Cuando el yugo
Del esclavo,
Como un bravo,
Sacudí.
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»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.
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»Son mi música mejor
Aquilones,
El estrépito y temblor
De los cables sacudidos,
Del ronco mar los bramidos
Y el rugir de mis cañones.
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»Y del trueno
Al son violento,
Y del viento
Al rebramar,
Yo me duermo
Sosegado,
Arrullado
Por el mar.»
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»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.»
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El canto del cosaco
Donde sienta mi caballo los pies
no vuelve a nacer yerba.
Palabras de Atila.
CORO
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!
Suelta la rienda, a combatir volad;
¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla
Gente opulenta, afeminada ya.
Casas, palacios, campos y jardines,
Todo es hermoso y refulgente allí;
Son sus hembras celestes serafines,
Su sol alumbra un cielo de zafir.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Nuestros sean su oro y sus placeres,
Gocemos de ese campo y ese sol;
Son sus soldados menos que mujeres.
Sus reyes viles mercaderes son.
Vedlos huir para esconder su oro,
Vedlos cobardes lágrimas verter...
¡Hurra! Volad, sus cuerpos, su tesoro
Huellen nuestros caballos con sus pies.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Dictará allí nuestro capricho leyes,
Nuestras casas alcázares serán,
Los cetros y coronas de los reyes
Cual juguetes de niños rodarán.
¡Hurra! ¡Volad a hartar nuestros deseos!
Las más hermosas nos darán su amor,
Y no hallarán nuestros semblantes feos,
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Que siempre brilla hermoso el vencedor.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Desgarraremos la vencida Europa
Cual tigres que devoran su ración;
En sangre empaparemos nuestra ropa,
Cual rojo manto de imperial señor.
Nuestros nobles caballos relinchando
Regias habitaciones morarán;
Cien esclavos, sus frentes inclinando,
Al mover nuestros ojos temblarán.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Venid, volad, guerreros del desierto,
Como nubes en negra confusión,
Todos suelto el bridón, el ojo incierto,
Todos atropellándoos en montón.
Id en la espesa niebla confundidos,
Cual tromba que arrebata el huracán,
Cual témpanos de hielo endurecidos
Por entre rocas despeñadas van.
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¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Nuestros padres un tiempo caminaron
Hasta llegar a una imperial ciudad;
Un sol más puro es fama que encontraron,
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Y palacios de oro de cristal.
Vadearon el Tibre sus bridones,
Yerta a sus pies la tierra enmudeció;
Su sueño con fantásticas canciones
La fada de los triunfos arrulló.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse
Hambrienta en vuestras manos de matar?
¿No veis entre la niebla aparecerse
Visiones mil que el parabién nos dan?
Escudo de esas míseras naciones
Era ese muro que abatido fue;
La gloria de Polonia y sus blasones
En humo y sangre convertidos ved.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
¿Quién en su propia sangre los ahogó?
¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
Esos hombres de Europa nos verán:
¡Hurra! Nuestros caballos en su frente
Hondas sus herraduras marcarán.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
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A cada bote de la lanza ruda,
A cada escape en la abrasada lid,
La sangrienta ración de carne cruda
Bajo la silla sentiréis hervir.
Y allá después en templos suntüosos,
Sirviéndonos de mesa algún altar,
Nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
Hartará nuestra hambre blanco pan.
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín;
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
Y nuestras madres nos verán triunfantes,
Y a esa caduca Europa a nuestros pies,
Y acudirán de gozo palpitantes,
En cada hijo a contemplar un rey.
Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
Las coronas de Europa heredarán,
Y a conquistar también otras regiones
El caballo y la lanza aprestarán.
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¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín,
Sangrienta charca sus campiñas sean,
De los grajos su ejército festín.
A Jarifa en una orgía
Trae, Jarifa, trae tu mano,
Ven y pósala en mi frente,
Que en un mar de lava hirviente
Mi cabeza siento arder.
Ven y junta con mis labios
Esos labios que me irritan,
Donde aún los besos palpitan
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De tus amantes de ayer.
¿Qué la virtud, la pureza?
¿Qué la verdad y el cariño?
Mentida ilusión de niño
Que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él se ahoguen
Mis recuerdos; aturdida,
Sin sentir, huya la vida;
Paz me traiga el ataúd.
El sudor mi rostro quema,
Y en ardiente sangre, rojos
Brillan inciertos mis ojos,
Se me salta el corazón.
Huye, mujer; te detesto,
Siento tu mano en la mía,
Y tu mano siento fría,
Y tus besos hielo son.
¡Siempre igual! Necias mujeres,
Inventad otras caricias,
otro mundo, otras delicias,
¡O maldito sea el placer!
Vuestros besos son mentira,
Mentira vuestra ternura,
Es fealdad vuestra hermosura,
Vuestro gozo es padecer.
Yo quiero amor, quiero gloria,
Quiero un deleite divino,
Como en mi mente imagino,
Como en el mundo no hay;
Y es la luz de aquel lucero
Que engañó mi fantasía,
Fuego fatuo, falso guía
Que errante y ciego me tray.
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¿Por qué murió para el placer mi
alma,
Y vive aún para el dolor impío?
¿Por qué, si yazgo en indolente calma,
Siento en lugar de paz árido hastío?
¿Por qué este inquieto abrasador deseo?
¿Por qué este sentimiento extraño y
vago
Que yo mismo conozco un devaneo,
Y busco aún su seductor halago?
¿Por qué aún fingirme amores y placeres
Que cierto estoy de que serán mentira?
¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
Necio tal vez mi corazón delira,
Si luego en vez de prados y de flores
Halla desiertos áridos y abrojos,
Y en sus sandios o lúbricos amores
Fastidio sólo encontrará y enojos?
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Yo me arrojé, cual rápido cometa,
En alas de mi ardiente fantasía,
Do quier mi arrebatada mente inquieta
Dichas y triunfos encontrar creía.
Yo me lancé con atrevido vuelo
Fuera del mundo en la región etérea,
Y hallé la duda, y el radiante cielo
Vi convertirse en ilusión aérea.
Luego en la tierra la virtud, la gloria
Busqué con ansia y delirante amor,
Y hediondo polvo y deleznable escoria
Mi fatigado espíritu encontró.
Mujeres vi de virginal limpieza
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Entre albas nubes de celeste lumbre;
Yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.
Y encontré mi ilusión desvanecida,
Y eterno e insaciable mi deseo;
Palpé la realidad y odié la vida:
Sólo en la paz de los sepulcros creo.
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Y busco aún y busco codicioso,
Y aún deleites el alma finge y quiere;
Pregunto, y un acento pavoroso
«¡Ay! -me responde-, desespera y muere.
»Muere, infeliz: la vida es un
tormento,
Un engaño el placer; no hay en la tierra
Paz para ti, ni dicha, ni contento,
Sino eterna ambición y eterna guerra.
»Que así castiga Dios el alma osada,
Que aspira loca, en su delirio insano,
De la verdad para el mortal velada,
A descubrir el insondable arcano.»
¡Oh, cesa! No, yo no quiero
Ver más, ni saber ya nada;
Harta mi alma y postrada,
Sólo anhela el descansar.
En mí muera el sentimiento,
Pues ya murió mi ventura,
Ni el placer ni la tristura
Vuelvan mi pecho a turbar.
Pasad, pasad en óptica ilusoria,
Y otras jóvenes almas engañad;
Nacaradas imágenes de gloria,
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Coronas de oro y de laurel, pasad.
Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
Con danza y algazara en confusión;
Pasad como visiones vaporosas
Sin conmover ni herir mi corazón.
Y aturdan mi revuelta fantasía
Los brindis y el estruendo del festín,
Y huya la noche y me sorprenda el día
En un letargo estúpido y sin fin.
Ven, Jarifa; tú has sufrido
Como yo; tú nunca lloras;
mas, ¡ay triste!, que no ignoras
Cuán amarga es mi aflicción.
Una misma es nuestra pena,
En vano el llanto contienes...
Tú también, como yo tienes,
Desgarrado el corazón.
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Posromanticismo
Gustavo Adolfo Bécquer: Rimas y leyendas
Leyendas: "El rayo de luna," "Los ojos verdes," and "La promesa"
Rimas (Roman numerals refer to the 187a editon of Rimas and most subsequent
editions; Arabic numerals to the order given the "Rimas" as included in Libro de los
gorriones)
IV (39), "No digáis que agotado su tesoro..."
XVII (50), "Hoy la tierra y los cielos me sonríen..."
XXI (21), "¿Qué es poesía"
XLI (26), "Tú eras el huracán y yo..."
LII (35), "Olas gigantes que os rompéis bramando..."
LIII (38), "Volverán la oscuras golondrinas..."
LVI (20), "Hoy como ayer, mañana como hoy..."
LXVI (67), "¿De dónde vengo"...El más horrible..."
LXVIII (61), "No sé lo que he soñado..."
LXXIII (71), "Cerraron sus ojos..."
Rosalía de Castro
De En las orillas del Sar:
XXIX ]
Camino blanco, viejo camino,
desigual, pedregoso y estrecho,
donde el eco apacible resuena
del arroyo que pasa bullendo,
y en donde detiene su vuelo inconstante,
o el paso ligero,
de la fruta que brota en las zarzas
buscando el sabroso y agreste alimento,
el gorrión adusto,
los niños hambrientos,
las cabras monteses
y el perro sin dueño...
Blanca senda, camino olvidado,
¡bullicioso y alegre otro tiempo!,
del que solo y a pie de la vida
va andando su larga jornada, más bello
y agradable a los ojos pareces
cuanto más solitario y más yermo.
Que al cruzar por la ruta espaciosa
donde lucen sus trenes soberbios
los dichosos del mundo, descalzo,
sudoroso y de polvo cubierto,
¡qué extrañeza y profundo desvío
infunde en las almas el pobre viajero!
[L]
I
En mi pequeño huerto
brilla la sonrosada margarita,
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tan fecunda y humilde,
como agreste y sencilla.
Ella borda primores en el césped,
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y finge maravillas
entre el fresco verdor de las praderas
do proyectan sus sombras las encinas,
y a orillas de la fuente y del arroyo
que recorre en silencio las umbrías.
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Y aun cuando el pie la huella, ella revive
y vuelve a levantarse siempre limpia,
a semejanza de las almas blancas
que en vano quiere ennegrecer la envidia.
II
Cuando llega diciembre y las lluvias abundan,
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ellas con las acacias tornan a florecer,
tan puras y tan frescas y tan llenas de aroma
como aquellas que un tiempo con fervor adoré.
¡Loca ilusión la mía es en verdad, bien loca
cuando mi propia mano honda tumba les dio!
Y ya no son aquellas en cuyas hojas pálidas
deposité mis besos... ni yo la misma soy.
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[ LVI ]
I
En los ecos del órgano o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
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otra vez, de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
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por eso vive triste, porque te busca siempre
sin encontrarte nunca.
II
Yo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo;
yo no sé lo que busco, pero es algo
que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
aun cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto veo.
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Felicidad, no he volver a hallarte
en la tierra, en el aire ni en el cielo,
¡aun cuando sé que existes
y no eres vano sueño!
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