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Mena
“Instruyámonos,
porque necesitaremos toda nuestra inteligencia.
Movilicémonos,
porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo.
Organicémonos, porque necesitaremos toda nuestra
fuerza”.
A. Gramsci.
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De la muerte y de la vida: Stalingrado
N
o vamos a pedir perdón.
Somos conscientes de que el monstruoso mecanismo mediático del capitalismo
nos ha venido ganando la batalla por la conciencia de las masas desde hace mucho tiempo.
Este conjunto de aparatos, que siguen los dictados capitalistas y son ejercidos desde el
entramado de los Estados opresores, lleva décadas imponiendo sobre la gente la ideología
dominante: la que hace apoyar al opresor y rechazar al oprimido.
Aunque los casos más recientes de esa maquinaria de aplanar conciencias lo podemos
encontrar en la propaganda tóxica vertida sobre los casos de Libia y Siria con el objetivo
de justificar directa o indirectamente una invasión de la OTAN, la manipulación de la
propaganda imperialista puede rastrearse atrás en el tiempo, hasta las agresiones contra
Iraq y Yugoslavia, y más atrás.
Aunque la lista de objetivos de la manipulación mediática es larga, hay uno que
sobresale por encima de otros:
el movimiento comunista.
Los
movimientos
de
izquierda revolucionaria son, y han sido siempre, el
objetivo predilecto de los
ataques ideológicos del poder establecido. Todos y
todas aquellas que nos
consideramos comunistas hemos sentido cómo se nos
ha proyectado una sombra
que nos cubre y nos ensombrece: la represión, Stalin, los
gulags, los muertos...
Comunistas
de
todas partes, en especial del “mundo occidental”, se sienten
agobiados por esa
larga sombra, tanto que casi parece obligado que, antes de
decir
cualquier
cosa,
tengamos que aclarar que no apoyamos
las acciones del
gobierno de Iósif Stalin o incluso que “pidamos
perdón” por ellas, si no
queremos
que nuestra opinión sea
rechazada de inmediato.
Desde Red Roja no vamos
a pedir perdón.
Consideramos que ninguna
figura está exenta de críticas, y
que la posición coherente de
toda organización o persona que
se considere comunista, o
simplemente revolucionaria, debe
ser aceptar lo positivo y
realizar una crítica a lo negativo.
Pero en ningún caso se debe
criticar a ninguna figura o momento
histórico desde la derecha, ni
utilizando argumentos que contribuyan
a la telaraña de la propaganda
imperialista.
La URSS durante la época de
Stalin, al igual que cualquier otro
elemento de nuestra historia, tiene
victorias y derrotas, aciertos
y errores. Del mismo modo que
utilizamos el análisis y la crítica
para aprender de lo que consideramos
errores, debemos poner todo
nuestro empeño a la hora de denunciar
la manipulación (en muchos
casos grotesca) puesta al servicio
de la ideología dominante.
Lo que los medios de
desinformación han tratado
.../
3
../ de meter a martillazos en las
cabezas de la gente es que la Unión
Soviética, especialmente durante la
época de Stalin, fue un gigantesco y
sombrío gulag que chorreaba sangre
por los cuatro costados.
Cifras monstruosamente infladas
se suceden unas a otras, todas
difundidas por la caverna mediática
capitalista.
Conquest, historiador británico,
habla de 12 millones de personas
ejecutadas entre 1930 y 1952, 30
millones de prisioneros en campos
de trabajo en 1950, y la siniestra cifra de 26
millones de personas en la “cuenta roja” de
los bolcheviques.
Según Aleksandr Solzhenitsyn, 110
millones de personas perecieron a manos
de los comunistas soviéticos, 66 millones
durante la época de Stalin.
No pretendemos en ningún momento
negar que existiese represión, cosa que
sería algo ridícula. Sin embargo, somos
partidarios de otro tipo de estudios, más
serios y sensatos, y menos difundidos por
los medios de desinformación.
Estos estudios, que se basan entre otras
cosas en los archivos de la KGB, hablan de
2 millones de presos de todo tipo en 1939
(de los cuales aproximadamente 500.000
serían contrarrevolucionarios); el porcentaje
« no sólo conviene
4
denunciar y combatir
la manipulación, sino
que también tenemos
el deber de señalar la
victorias de la URSS
como primer Estado
socialista »
de presos nunca pasó del 2,4% de la
población. Sería conveniente señalar que en
la URSS (que nace de una guerra mundial,
pasa por una guerra civil, invasiones de
ejércitos extranjeros, sabotajes continuos
y otra guerra mundial que dejó decenas de
millones de muertos), incluso en la época de
Stalin, había menos personas encarceladas
que en EEUU en la actualidad.
El porcentaje muertes en los campos
de trabajo era 5,4% en 1939, y de 0,3% en
1950; nos gustaría recalcar que no hablamos
de ejecuciones, sino del conjunto de todos
los fallecimientos, que descendieron
enormemente al extenderse la utilización de
antibióticos.
Hay datos aún más relevantes: la
pena máxima en 1937 era de 10 años,
y se calcula que más del 80% de los
condenados cumplió menos de 5 años. Tras
el aumento de la pena máxima, sólo el 1%
de los contrarrevolucionarios condenados
cumplieron más de diez años.
Para despejar suspicacias, diremos que
quienes apoyan estos datos están bastante
libres de la “sospecha” de ser militantes
comunistas, como por ejemplo Nicolas
Werth del CNRS francés o Arch Getty de
la Universidad de River Side en California.
Pero no sólo conviene denunciar y
combatir la manipulación, sino que también
tenemos el deber de señalar la victorias de
la URSS como primer Estado socialista.
Obra de la Unión Soviética son el primer
sistema educativo público y gratuito (que
alcanzó las mayores tasas de alfabetización
de la historia en las quince repúblicas
soviéticas), y el primer sistema sanitario
público y gratuito (que elevó la esperanza
de vida en cuarenta años). En 1936 se
estableció el primer sistema de seguridad
social del mundo que garantizaba, entre
otras cosas: el 100% del sueldo en baja por
enfermedad, máximo 7 horas de jornada
laboral, un sistema de pensiones y la
jubilación a los 60 años (como máximo),
baja por maternidad desde el comienzo del
embarazo y hasta un año después del parto...
Esta clase de derechos no sólo no están
garantizados para quienes vivimos en las
“democracias” capitalistas, sino que no
hacen más que retroceder y empeorar.
Al igual que somos conscientes de que
el socialismo no trae consigo de forma
automática la desaparición del patriarcado
o las contradicciones de género, también
nos gustaría señalar que en la URSS se
dieron pasos gigantescos hacia la liberación
de la mujer: el ejemplo de Maria Raskova
nos muestra cómo una mujer en la Unión
Soviética de los años treinta podía
divorciarse y pasar de ser delineante a
militar de alta graduación, y a principios
de los años cuarenta se comienzan a formar
regimientos de combatientes compuestos
exclusivamente por mujeres.
Y, sin olvidar, que fue el primer Estado
en la historia de la humanidad en acabar con
el hambre gracias a la colectivización de la
tierra.
No somos partidarios de una alabanza
acrítica a nada ni a nadie, pero sí que
podemos afirmar que la Unión Soviética
fue, y es, ejemplo.
No sólo para los comunistas, sino
también para todos y todas aquellas que
luchan por la liberación de la humanidad: la
izquierda revolucionaria.
Aquí nos centramos en especial
en la importancia capital para todo el
movimiento antifascista del esfuerzo
bélico soviético. Sufriendo la pérdida
de más de veinte millones de caídos,
y siendo responsables de la derrota
de aproximadamente el 70% de las
fuerzas nazis, la URSS es protagonista
indiscutible de la victoria contra el
fascismo en la II Guerra Mundial.
Este año se cumplen 70 años de
lo que sería el punto de inflexión del
monstruoso conflicto: la Batalla de
Stalingrado.
Antecedentes
Alemania invade la Unión Soviética en
junio de 1941 (únicamente 20 años después
de la última invasión imperialista), sin
declaración de guerra previa, y rompiendo
el acuerdo de no-agresión conocido como
Pacto de Molotov-Ribbentrop.
La existencia de este Pacto es uno de los
argumentos empleados a la hora de forjar el
concepto engañoso de “totalitarismo”, que
lleva a decir que la URSS y la Alemania
nazi eran “más o menos lo mismo”, que “los
extremos de tocan”, etc.
Merece la pena aclarar que fue la
política de “apaciguamiento” de Francia y
Gran Bretaña, que se centraba en dejar las
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manos libres al fascismo, permitiendo la
anexión de los Sudetes o el apoyo descarado
de Alemania al bando sublevado en la
Guerra Civil Española (pese a los acuerdos
internacionales en contra), lo que llevó al
fracaso del proyecto soviético de “seguridad
colectiva” de los países amenazados por
Berlín. Una de las razones fundamentales
de esta política de “dejar hacer” por parte
de Francia y Gran Bretaña era claramente
el miedo de los poderosos a perder sus
privilegios ante el empuje de la izquierda
revolucionaria, que es lo que
siempre ha sido el abono para
todos los movimientos
extrema derecha (los
ejemplos más
claros son
l a
creación
de
los
p r o t o fascistas
Freikorps
con el objetivo
de
ahogar
en
sangre
la
Revolución
Espartaquista de 1919, o la traición
franquista tras el triunfo del Frente Popular
en el Estado español de 1936).
Aunque en un primer momento la
URSS pareció incapaz de parar la invasión,
y gran parte de la aviación soviética había
sido destruida, dejando a los aviones nazis
dominando los cielos, pronto se vio que
la victoria de Alemania estaba lejos de ser
completa en el Frente Oriental.
Aproximadamente seis meses después
6
del comienzo de la que entonces era la
mayor operación militar de la historia,
la invasión de la URSS llegó a un
punto muerto. Leningrado y Sebastopol
continuaban resistiendo el asedio nazi
contra todo pronóstico, y la ofensiva hacia
Moscú no parecía capaz de avanzar
de
forma
definitiva sobre la
capital
soviética.
Entonces,
el Ejército
R o j o
realizó
u n a
contraofensiva
que obligó a los mandos
de la Wehrmacht a cancelar
sus planes de tomar Moscú y optar
por controlar los recursos petrolíferos
soviéticos del Cáucaso, avanzando y
tomando puntos fuertes a lo largo del Volga.
Stalingrado era una ciudad fuertemente
industrializada, y suponía la conexión entre
la capital, el Mar Negro, y el Cáucaso,
poseyendo asimismo un puerto en el Volga.
La batalla por el control de esta ciudad
está considerada como el conflicto más
sangriento de toda la historia. Durante siete
meses la ciudad resistió la ocupación de la
Wehrmacht y las fuerzas fascistas aliadas con
Alemania. Las bajas alemanas superaron los
700.000 muertos, y cayeron más de 500.000
de entre los y las combatientes del Ejército
Rojo. Además, alrededor de un millón de
civiles de la ciudad perdieron la vida.
Ciudad de acero
“(...)Promulgan una ideología directamente opuesta a la del nazismo. Por eso
tendremos que aniquilarlos. Los soldados alemanes culpables de violar el
derecho internacional... serán perdonados”
- A. HITLER
Aunque la retirada inicial de las
fuerzas soviéticas por el Don al principio
de la guerra podía hacer parecer que la
URSS estaba al borde de la derrota, lo
cierto es que permitió que el Ejército Rojo
movilizase sus divisiones hacia el sur, ya
habiendo aprendido tácticas militares más
flexibles que les permitieron contrarrestar el
blitzkrieg.
Resuelta a enfrentar la ofensiva nazi
en Stalingrado, la Unión Soviética no sólo
empleó criterios militares tradicionales,
sino también criterios políticos: miles de
cuadros revolucionarios fueron enviados
a la ciudad con el objetivo de convertir
la ciudad en una fortaleza política y
militar.
Tras la consolidación del frente
delante de Járkov, recién tomada por los
nazis, y el fracaso de la contraofensiva
del mariscal soviético Timoshenko en
Mayo, el 6º Ejército alemán se encontraba
en condiciones de marchar hacia
Stalingrado. El mando de estas fuerzas de
General Von Paulus
Mariscal Zhúkov
invasión era indiscutiblemente alemán (el
general Paulus), pero entre sus filas había
cientos de miles de soldados aportados por
otros Estados aliados de la Alemania Nazi:
italianos, rumanos, húngaros y croatas.
El avance nazi fue brutal, ya que las
fuerzas fascistas utilizaban civiles como
escudos humanos y para recuperar los
cuerpos de sus caídos del campo de batalla.
Decenas de miles de civiles fueron enviados
a Alemania para ser mano de obra esclava,
mientras que otros miles, principalmente
judíos, fueron ejecutados.
Timoshenko fue relevado de su cargo
a principios de agosto, y el Consejo de
Defensa Soviético nombró a Andrei
Yemerenko comandante del Frente de
Stalingrado.
Ya a mediados de Agosto Stalingrado
sufrió su primer bombardeo, en el que
la fuerza aérea nazi pudo descargar mil
toneladas de bombas perdiendo una
cantidad mínima de aviones. Cabe destacar
que el general de la Luftwaffe responsable
7
de estos bombardeos había sido también
comandante de la Legión Cóndor durante la
destrucción de Gernika en la Guerra Civil
Española.
Zhukov,
recientemente
nombrado
Comandante en Jefe Asistente, fue enviado
a la ciudad. Para ese momento las fuerzas
nazis, que doblaban en número a los
defensores de la ciudad, la cercaban por
completo.
y comenzaron un avance que parecía
imparable. En la ciudad, los encarnizados
debates políticos y los preparativos a
marchas forzadas tenían una sola máxima:
No entreguéis Stalingrado.
Miles de voluntarios y voluntarias de
diversa procedencia (oficinistas, personal de
acerías, barqueros) se unieron a las milicias
obreras que tendrían un papel crucial en
la resistencia, tanto luchando codo a codo
El plan soviético, que los combatientes
en Stalingrado ignoraban por cuestiones
de seguridad, era concentrar efectivos
soviéticos al norte y al sur de la ciudad para
que el Ejército Rojo pudiese finalmente
envolver y aplastar al 6º Ejército de la
Wehrmacht. Para que esto fuese posible,
la ciudad debía convertirse en una enorme
barricada que pudiese contener al ejército
nazi hasta el momento de la ofensiva
soviética. Si la ciudad era tomada, la URSS
quedaba privada de su principal vía fluvial y
de una importante cantidad de sus reservas
de petróleo. Stalingrado no podía caer.
Las fuerzas nazis llegaron a las afueras
de Stalingrado el primero de Septiembre,
con los soldados como con labores de
apoyo. Las central eléctrica, así como las
fábricas Octubre Rojo y Barricada, fueron
reconvertidas en centros militares.
El 12 de Septiembre, el comandante a
cargo de la defensa de la ciudad, Lopatin,
fue destituido al no ser capaz de contener el
avance de la Wehrmacht. Fue sustituido por
el general Vassili Chuikov, un militar que
tenía reputación de ser “inflexible”, que se
mostró resuelto a defender la ciudad o morir
en el intento.
Reforzó las defensas antiaéreas de la
ciudad (muchos de los cañones estaban
manejados por mujeres), dio prioridad en
la fortificación a aquellos lugares donde
8
el enemigo pudiese ser contenido con más
efectividad, y fomentó el despliegue de
unidades de francotiradores que, con el
lema “un hombre, una bala” hostigaran
a las fuerzas fascistas y buscaran cobrar
objetivos de alto nivel.
El 14 de Septiembre comenzó el primer
intento de conquistar la ciudad, en el que
los nazis pretendían atravesar la ciudad y
tomar la orilla oriental del Volga, a través
de la cual llegaban suministros y refuerzos
para los resistentes. Los miliares nazis, que
estaban convencidos de que con esa única
ofensiva conseguirían dominar el combate
por el control de la ciudad, pronto vieron
que estaban equivocados. La Wehrmacht
consiguió llegar hasta la plaza central de la
ciudad, pero las terribles luchas en las calles
a las que los soldados alemanes no estaban
acostumbrados, la acción de los Katiushas,
y de los francotiradores, consiguieron frenar
el avance alemán.
«Miles de voluntarios
y voluntarias de diversa
procedencia (oficinistas,
personal de acerías, barqueros)
se unieron a las milicias
obreras que tendrían un papel
crucial en la resistencia»
Durante esta primera
batalla, los soviéticos
habían conseguido de la
noche a la mañana cavar
una red de fortificaciones
interconectadas y detener
al que hasta entonces era
el ejército más efectivo
del mundo, que además
los doblaba en número.
Incluso, los defensores
iniciaron
un
breve
contraataque, en el cual
sus escasos tanques
salieron directamente de
las fábricas, recién ensamblados y sin pintar
siquiera.
Durante este combate lucharon
encarnizadamente la 13º División de
Fusileros de la Guardia, comandada por
Rodimtsev, que ya había combatido en
nuestra propia guerra contra el fascismo en
la Batalla de Guadalajara. Bajo el mando de
Rodimtsev también había luchado el joven
Rubén Ruiz Ibárruri, hijo de la Pasionaria,
que cayó frenando el avance alemán en la
estación de ferrocarril de Kolutban.
Pese a los enormes sacrificios del
pueblo soviético, los alemanes consiguieron
avanzar a lo largo de varias ofensivas y
dominar la ciudad casi en su totalidad. Pero
aunque nueve décimas partes de la ciudad
estuviesen bajo la garra nazi, jamás lograron
conquistar los muelles del Volga. A pesar
de que las barcazas aportaban suministros
y refuerzos desde el otro lado del río, eran
continuamente acosadas y mucha veces
hundidas por la aviación nazi. Las bajas de
los defensores llegaban en esos primeros
días de contienda a los 6.000 muertos, casi
el doble que las bajas nazis.
Y a pesar de este panorama desolador, el
Ejército Rojo, y el pueblo que lo sostenía,
continuaron resistiendo.
9
La tumba del nazismo
“Daba miedo, hasta tal punto que es difícil contarlo. Era tan duro que maldecíamos a
todo el mundo: al mando y a nosotros mismos. Llorábamos todo el tiempo. Recuerdo a
un jefe de una compañía de tanques herido. Cuando lo saqué del tanque estuve mucho
tiempo arrastrándolo, sola, mientras gritaba. No sé de dónde pude sacar tantas fuerzas
como para arrastrarlo. En general, todo el mundo blasfemaba y lloraba, y yo tenía
que tranquilizarlos a todos. Pero en el corazón del pueblo nació una fiera unidad y
resolución: Stalingrado sería la tumba del nazismo.”
- MARIA KOVAL, combatiente condecorada con la medalla al mérito militar.
La escasez de municiones y armamento
era tal, que Chuikov decidió aplicar la
terrible práctica del “uno por uno”: los
soldados que desembarcaban eran enviados
por parejas, uno con fusil y el otro preparado
para tomar el arma cuando el primero
cayese muerto.
Además, las tácticas empleadas negaban
a los nazis la posibilidad de luchar a su
manera. Las fuerzas soviéticas se acercaban
tanto a los alemanes que evitaban que la
Luftwaffe les bombardeara sin arriesgarse
a dañar también a sus propias tropas,
reduciendo al máximo la tierra de nadie,
poniendo constantemente a prueba la moral
de los soldados invasores.
La estrategia general de defensa estaba
plagada de pequeñas ofensivas, tácticas
de guerra urbana donde la superioridad
numérica alemana perdía parte de su
efectividad. Los tanques que viajaban por
rutas predecibles eran emboscados por
pequeñas unidades del Ejército Rojo o las
milicias, que se acercaban a los tanques
tanto que casi les pasaban por encima antes
de atacarlos a muy corta distancia. Estos
pequeños equipos de resistencia, llamados
grupos de tormenta, avanzaban a rastras
entre los escombros y los cráteres de lo que
antes era su ciudad, esperando el momento
oportuno antes de atacar con rapidez
y contundencia a los nazis, en muchas
10
ocasiones cuerpo a cuerpo, obligándoles
a luchar casa por casa, pasillo por pasillo,
haciendo que cada paso que diesen en
Stalingrado lo pagasen con sangre.
En palabras de un oficial alemán: “
Hemos peleado 15 días para conquistar
una sola casa, con morteros, granadas,
ametralladoras y bayonetas. El tercer día
había 54 cadáveres alemanes en los sótanos,
los rellanos y las escaleras. El frente es un
corredor entre las habitaciones quemadas;
es el techo entre dos pisos. Los refuerzos
llegan de las casas vecinas por medio de
chimeneas y escaleras de incendios. Hay un
sinfín de peleas del mediodía al anochecer.
De un piso al otro, con la cara cubierta
de sudor, nos atacamos el uno al otro con
granadas en medio de las explosiones, las
nubes de polvo y el humo... Pregúntenle a
cualquier soldado qué quiere decir luchar
cuerpo a cuerpo en una batalla así”.
Esta forma de combatir, que rompía la
moral de los soldados nazis, exigía un nivel
muy elevado de convicción y conciencia.
Los edificios en puntos estratégicos
de la ciudad se convertían en fortalezas,
haciendo las veces de “rompeolas” que
dividían a los soldados nazis, y desde los
cuales el ejército soviético y las milicias
podían disparar en todas direcciones. Se
guarecían especialmente en edificios que
los nazis habían quemado con anterioridad,
para que no pudiesen hacerlo de nuevo.
Aunque los mandos nazis sabían que las
bajas soviéticas eran más del doble que las
alemanas, el número de alemanes que caía
en los combates callejeros se comenzó a
disparar, y la moral de las fuerzas invasoras
a resentirse.
Contraofensiva: principio del fin.
Debido a la acción de la enorme red
comunista de espías conocida como La
Orquesta Roja, el Alto Mando soviético
tomó conciencia de la debilidad de los
flancos del 6º Ejército, compuestos
principalmente por reclutas rumanos sin
experiencia. Para principios de noviembre el
Ejército Rojo había conseguido concentrar
doscientas divisiones formando un cepo
que caería sobre las fuerzas nazis y pondría
fin a la terrible disputa por el control de
Stalingrado.
El peso del ataque se concentró en el
sector rumano, que fue bombardeado y
después arrollado por oleadas de infantería
y tanques T-34 hasta que los soldados
invasores se dieron a la fuga.
Los intentos alemanes por contener la
ofensiva soviética desembocaron en un
fracaso que dejó al general Paulus y su 6º
Ejército encerrado dentro de Stalingrado
con alrededor de la mitad de sus efectivos
iniciales.
Ante esta situación y prácticamente la
imposibilidad de que la Luftwaffe lanzara
suministros al ejército alemán (pese a que
Hermann Göring le prometió personalmente
a Hitler que así sería), Adolf Hitler nombró
a Paulus Mariscal de Campo con un sólo
propósito: ningún Mariscal alemán se había
rendido jamás, y se esperaba que Paulus se
negase a pasar a la Historia como el primero.
La ciudad se convirtió en un “caldero”
(Der Kessel) para los alemanes, que
sufrían un asedio constante mientras
aquellas personas resistentes continuaban
hostigándolos sin piedad desde las calles de
la ciudad.
Los nazis que se pudrían en la ciudad
sintieron un leve rayo de esperanza cuando
las fuerzas de Erich von Manstein fueron
movilizadas en la Operación Tormenta de
Invierno para que rescatasen al maltrecho
6º Ejército. Sin embargo, cuando estaban
tan sólo a 50 kilómetros de Stalingrado,
fueron detenidos por el Segundo Ejército de
la Guardia, y aniquilados.
Para el 8 de Enero, el Ejército Rojo había
tomado todos los aeródromos que servían
de conexión entre el Kessel de Stalingrado
y el mundo exterior.
Paulus se rindió finalmente, y 2 de
Febrero entregaron las armas los últimos
soldados nazis que combatían en las ruinas
de la Fábrica Octubre Rojo.
La mayoría de los soldados capturados
fueron puestos a trabajar en la reconstrucción
de la ciudad o bien enviados a Siberia. Los
mercenarios rusos y ucranianos, que habían
traicionado al socialismo para unirse a la
causa nazi, fueron ejecutados.
Tras la derrota de los cinco ejércitos que
componían las fuerzas nazis (dos italianos,
uno rumano, y dos alemanes), la cúpula
militar alemana perdió la esperanza de salir
victoriosa frente a la Unión Soviética.
La URSS pudo restaurar las
comunicaciones a lo largo del Volga, y la
victoria en Stalingrado supuso un punto
de inflexión para la moral del pueblo
soviético, de igual modo que supuso un
golpe terrible para los ejércitos fascistas.
Después de Stalingrado, las dudas
comenzaron a surgir en el seno del propio
Tercer Reich, que ya no veía a sus fuerzas
como invencibles, y la economía alemana
entró en crisis. A partir de ese momento, los
ejércitos nazis comenzaron a retroceder, y
la contraofensiva soviética no cesó hasta
que el propio Zhukov obtuvo la rendición
alemana en Berlín.
11
Una lección para el futuro
“¿De qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice
nada sobre el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta
ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo, rebelarse contra la barbarie
que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a
sacrificarlo.”
-BERTOLT BRECHT
La lucha de clases es el motor de la Historia.
Todos los avances conquistados por la
clase trabajadora, ahora en retroceso, se
han ganado al calor de las luchas. Los
derechos del pueblo trabajador, aunque
sean tan tibios como los que disfrutamos en
el Estado español, no han sido pedidos ni
regalados, sino arrancados de las manos de
los poderosos. Lo que la burguesía pierde,
la clase obrera lo gana. Eso es dialéctica.
Las pocas migajas que las clases
dominantes nos han permitido tener, que
ellas llaman “Estado del Bienestar”, no eran
ningún regalo de buena voluntad, sino que
tenían fundamentalmente tres razones. La
primera de ellas era la amenaza de l o s
países socialistas, que al garantizar
un nivel de derechos sociales y
calidad de vida que parecen
casi utópicos vistos desde
el Estado español del
2013, imponían a los
países
capitalistas
la
necesidad
de
garantizar un cierto
nivel de bienestar para
que sus trabajadores se
mantuviesen dóciles, sin
pensar en alternativas
al sistema que los
explotaba. El segundo
12
motivo es que, al tener la clase dominante
garantizados sus beneficios, podían
permitirse un cierto gasto en el pueblo
dándole derechos sociales.
El tercero es que el “bienestar” del pueblo
de los países del centro del sistema
económico es el resultado del incremento
de la explotación y del saqueo de los países
periféricos.
Hoy, esos dos motivos han desaparecido.
La crisis estructural del capitalismo
que sufrimos, como toda crisis de tales
proporciones, también afecta a los
poderosos. Ante el peligro para sus
beneficios que supone esa situación, la
burguesía tiene la necesidad de “soltar
lastre”. Y, como todas las personas de clase
trabajadora podemos afirmar, lo que hacen
es librarse
de ese gasto inútil (para
ellos) que suponen
todos los derechos
conquistados por las
luchas del pasado.
Ahí esta el concepto
principal: el sistema
funciona. Funciona
perfectamente,
beneficiando
a
quienes
está
diseñado
para
beneficiar: las clases
dominantes, propietarias de los grandes
medios de producción. Y todo lo que se
interponga en el camino de ese beneficio
será aplastado.
El fascismo no es obra de maníacos
borrachos de ilusiones de poder, ni un
“accidente histórico”. El fascismo, en sus
diversas formas, es un perro guardián,
alimentado y entrenado por las clases
dominantes para impedir, por cualquier
medio, que la clase trabajadora tome lo que
es suyo y cambie el orden social.
Por eso la victoria en Stalingrado es una
lección no sólo para del pasado, también
para el futuro.
El fascismo no es sólo una esvástica pintada
en un muro. El fascismo es un Jefe de
Estado heredero de un dictador asesino. Es
la demagogia que habla sobre la corrupción
de todo tipo de política. Y, sobretodo, el
fascismo es la Ley de Partidos y todas
aquellas personas encarceladas por ejercer
su derecho a la rebelión.
El sistema capitalista, y el Estado mediante
el cual éste nos oprime, puede tolerar
perfectamente las propuesta de reforma,
porque fácilmente puede atrapar esos
proyectos y corromperlos. Pero hay algo que
jamás podrá tolerar, porque es algo opuesto
a su misma existencia: la convicción de que
es necesaria una revolución social.
Las clases dominantes, en especial en
una situación de relativa descomposición
del sistema como la que vivimos ahora,
invertirán en su propia supervivencia. Y
su apuesta en periodos de descomposición
y crisis es, y ha sido históricamente, el
fascismo.
El fascismo no es un fenómeno del pasado,
sino un peligro muy presente, que hace cada
vez más necesaria la construcción del Poder
Popular.
La lección definitiva que los regala
Stalingrado es que las clases dominantes
son capaces de cualquier cosa para
sobrevivir, que harían cualquier cosa para
mantenerse en su trono. Es una parte natural
de esa relación dialéctica, porque nosotros
queremos vencer.
Vencer a toda costa.
13
Nuevo Canto de amor a Stalingrado
Yo escribí sobre el tiempo
y sobre el agua,
describí el luto y su metal
morado,
yo escribí sobre el cielo y
la manzana,
ahora escribo sobre
Stalingrado.
Ya la novia guardó con su
pañuelo
el rayo de mi amor
enamorado,
ahora mi corazón está en
el suelo,
en el humo y la luz de
Stalingrado.
Yo toqué con mis manos
la camisa
del crepúsculo azul y
derrotado:
ahora toco el alba de la
vida
naciendo con el sol de
Stalingrado.
Yo sé que el viejo joven
transitorio
de pluma, como un cisne
encuadernado,
descuaderna su dolor
notorio
por mi grito de amor a
Stalingrado.
Yo pongo el alma mía
donde quiero.
Y no me nutro de papel
cansado
adobado de tinta y de
tintero.
14
Nací para cantar a
Stalingrado.
Mi voz estuvo con tus
grandes muertos,
contra tus propios muros
machacados,
mi voz sonó como
campana y viento
mirándote morir,
Stalingrado.
Ahora americanos
combatientes
blancos y oscuros como
los granados,
matan en el desierto a la
serpiente.
Ya no estás sola,
Stalingrado.
Francia vuelve a las viejas
barricadas
con pabellón de furia
enarbolado
sobre las lágrimas recién
secadas.
Ya no estás sola,
Stalingrado.
Y los grandes leones de
Inglaterra
volando sobre el mar
huracanado
clavan las garras en la
parda tierra.
Ya no estás sola,
Stalingrado.
Hoy bajo tus montañas de
escarmiento
no sólo están los tuyos
enterrados:
temblando está la carne de
los muertos
que tocaron tu frente,
Stalingrado.
Tu acero azul de orgullo
construido,
tu pelo de planetas
coronados,
tu baluarte de panes
divididos,
tu frontera sombría,
Stalingrado.
Tu Patria de martillos y
laureles,
la sangre sobre tu
esplendor nevado,
la mirada de Stalin a la
nieve
tejida con tu sangre,
Stalingrado.
Las condecoraciones que
tus muertos
han puesto sobre el pecho
traspasado
de la tierra, y el
estremecimiento
de la muerte y la vida,
Stalingrado.
La sal profunda que de
nuevo traes,
al corazón del hombre
acongojado
con la rama de rojos
capitanes
salidos de tu sangre,
Stalingrado.
La esperanza que rompe
en los jardines
como la flor del árbol
esperado,
la página grabada en los
fusiles,
las letras de la luz,
Stalingrado.
La torre que concibes en
la altura,
los altares de piedra
ensangrentados,
los defensores de tu edad
madura,
los hijos de tu piel,
Stalingrado.
Las águilas ardientes de
tus piedras,
los metales por tu alma
amamantados,
los adioses de lágrimas
inmensas
y las olas de amor,
Stalingrado.
Los huesos de asesinos
malheridos,
los invasores de párpados
cerrados,
y los conquistadores
fugitivos
detrás de tu centella,
Stalingrado.
Los que humillaron la
curva de Arco
y las aguas del Sena han
taladrado
con el consentimiento del
esclavo,
se detuvieron en
Stalingrado.
Los que Praga la Bella
sobre lágrimas,
sobre lo enmudecido y
traicionado,
pasaron pisoteando sus
heridas,
murieron en Stalingrado.
Los que en la gruta griega
han escupido,
la estalactita de cristal
truncado
y su clásico azul
enrarecido,
ahora dónde están,
Stalingrado?
Los que España quemaron
y rompieron
dejando el corazón
encadenado
de esa madre de encinos y
guerreros,
se pudren a tus pies,
Stalingrado.
Los que en Holanda,
tulipanes y agua
salpicaron de lodo
ensangrentado
y esparcieron el látigo y la
espada,
ahora duermen en
Stalingrado.
Los que en la noche
blanca de Noruega
con un aullido de chacal
soltado
quemaron esa helada
primavera,
enmudecieron en
Stalingrado.
Honor a ti por lo que el
aire trae,
lo que se ha de cantar y lo
cantado,
honor para tus madres y
tus hijos
y tus nietos, Stalingrado.
Honor al combatiente de
la bruma,
honor al Comisario y al
soldado,
honor al cielo detrás de tu
luna,
honor al sol de
Stalingrado.
Guárdame un trozo de
violenta espuma,
guárdame un rifle,
guárdame un arado,
y que lo pongan en mi
sepultura
con una espiga roja de tu
estado,
para que sepan, si hay
alguna duda,
que he muerto amándote y
que me has amado,
y si no he combatido en tu
cintura,
dejo en tu honor esta
granada oscura,
este canto de amor a
Stalingrado.
PABLO NERUDA
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