“He abierto ante ti una puerta, que nadie puede cerrar” (Ap 3, 8)

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“He abierto ante ti una
puerta, que nadie puede
cerrar” (Ap 3, 8)
“Acércate a esa nueva puerta con gran confianza en tu corazón, porque tienes mucho que
ofrecer. Abre cada nueva puerta con ánimo, teniendo tus sueños muy presentes… Sabiendo
que el país donde vas está esperando la fecundidad y el amor que llevas contigo”. (J.Rupp.
Abre la puerta. Introspección en el verdadero yo. Sal Terre, Santander 2008, p.211)
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Ámbito
milenaria, esta realidad tan compleja,
vale la pena compartir las vivencias
ricas de humanidad, de hermandad,
donde es posible partir el pan y
repartirlo sin distinción.
Esta es mi experiencia en el Alto Egipto
(El Said):
Llevaba cuatro años en El Cairo, haciendo
comunidad y estudiando el árabe. Para
profundizar el idioma, en 2009, di el salto a El
Minia, fui acogida por las hermanas de San
José de Lyon, todas egipcias.
¡Qué riqueza y que descubrimiento al
asomarme al Alto Egipto a través de esta
ciudad…! Con la hermana enfermera, Imen,
la recorríamos entera y también los pueblos
vecinos para visitar a la gente; ella hacia algún
tratamiento, aplicaba inyecciones, o
sencillamente estábamos ahí, visitándoles,
escuchándoles… la sonrisa y otros gestos
hablaban más que las palabras. Fue ahí donde
iente
A
Or
de
travesar océanos y continentes
desde América latina a este
Próximo Oriente es una osada y linda
aventura, empezando por el idioma, el
árabe, totalmente distinto a nuestras
raíces latinas. Poco a poco voy
conociendo y haciendo mío este país, aunque
¡cuánto habrá por conocer! Este mundo
islámico, tan desconocido para nosotros, con
una minoría (10%) cristiana: coptos, ortodoxos
católicos… Un mundo que atrae, asombra,
cuestiona, y que el hecho de ser mujer a veces
duele.
Aunque la realidad de hoy, envuelta en la
primavera árabe, lanzó gritos de liberación que
abrieron caminos de esperanza y desataron
desafíos, es un camino que aún hay que andar y
no será fácil. Los frutos de justicia y libertad
hay que conquistarlos y eso es lo que está
pasando con el pueblo egipcio.
Y en medio de estos mundos, esta cultura
empecé a sentir de corazón un entusiasmo por
esta región.
Los caminos andados, la cercanía con los
campesinos, su acogida, su alegría, sus
insistentes invitaciones a entrar en sus casas, me
animaba a salir e ir al encuentro de este mundo
tan nuevo para mí.
Por esos caminos, a pie o en Toyota, algo
estaba sucediendo; ver, conocer, escuchar,
aplicando todos los sentidos para contemplar y
descubrir ese lenguaje simple y a la vez
misterioso de Dios…
El tiempo iba pasando y no solo fue El
Minia, sino Assiut, El Wasta… lugares que me
invitaban a descalzarme para entrar en tierra
sagrada; costumbre viva en esta tierra, tanto
para los musulmanes como para los cristianos
coptos, cuando van a entrar a una mezquita o a
una iglesia.
Regresaba con el corazón lleno de vida, de
experiencia, de gente que me hablaba de no
dejar apagar esa “pequeña llama” que se
encendió por el Alto Egipto.
Volví a El Cairo a continuar allí la misión,
habían pasado dos años de mi aventura por
tierras del Said, pero como los caminos del
Señor no son los nuestros y su Espíritu sopla
donde quiere y como quiere, de nuevo
volvimos la mirada al Alto Egipto, esta vez con
la intención de realizar una búsqueda seria, un
discernimiento que se nos pedía desde la
Compañía para ver si podíamos iniciar una
presencia en esas tierras.
Han pasado tres años de haber lanzado las
redes hacia el Said y un año de vivir inmersas en
esta región de una riqueza desbordante a
diferentes niveles: cultural, humano, religioso…
En colaboración con los padres Jesuitas,
quienes nos han acogido a la manera del Said,
con generosidad y alegría, trabajamos en la
asociación “Llave de la Vida”, en el jardín
infantil, y promoción humana, especialmente
con la mujer.
Ser comunidad en misión y para la misión,
nos invita siempre a tener la puerta abierta para
recibir a nuestros hermanos y hermanas que
quieren compartir su tiempo y su cariño con
nosotras… y nos invita también a entrar dentro
de sus casas, a valorar su acogida, su
permitirnos entrar; es crear juntos espacios
propicios para reír y llorar, para aprender del
otro, para acoger y ser acogidas, para amar y ser
amadas… espacios para la solidaridad con el
que sufre, con el que vive en soledad, y espacios
también para disfrutar de lo sencillo, para
alegrarnos con quien celebra la vida, para alabar
bendecir y agradecer…
He aquí mi experiencia vivida de la mano
con el Dios de los pobres, con el Dios de Jesús
que nos abraza y nos ama a todos. Agradezco al
Señor esta posibilidad de soñar que se nos ha
brindado como comunidad, y soñar desde
nuestra pequeñez y fragilidad.
A Él, al Señor de la Vida, le confiamos nuestra
semilla, la que vamos sembrando en este
Próximo Oriente, en el Alto Egipto (El Said).
Cuando se escucha la voz de Dios, siempre
hay una puerta que se abre. ◆
Sandra Botina ODN
EGIPTO ES UN DON DEL NILO
(Herodoto 480 a.c.)
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