Revolución liberal en el reinado de Isabel II

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REVOLUCIÃ N LIBERAL EN EL REINADO DE ISABEL II.
INTRODUCCIÃ N.
Tras la muerte de Fernando VII, ocurrida el 29 de septiembre de 1833, heredó la corona su hija Isabel, con
apenas tres años de edad, asumiendo la regencia su madre MarÃ−a Cristina. A los pocos dÃ−as estalló la
primera Guerra Carlista que enfrentó a los absolutistas tradicionalistas, partidarios del infante don Carlos
Mª Isidro, hermano de Fernando VII, y a los liberales, partidarios del reinado de Isabel II. Es un largo
periodo histórico (1833-1868) en el que poco a poco se consolidó en España el sistema polÃ−tico liberal.
Se distinguen dos periodos: la etapa de las regencias que llega hasta 1843, y el reinado de Isabel II, que
acabarÃ−a siendo derrocada en 1868. Durante el reinado se configuraron también los dos partidos básicos
del siglo XIX: el partido moderado y el progresista.
LA ETAPA DE LAS REGENCIAS.
Regencia de MarÃ−a Cristina (1833-1840).
La regente, ante el estallido de la guerra carlista, se va a ver obligada a apoyarse constantemente en los
liberales, teniendo que frenar sus deseos de conservar las prerrogativas del poder absoluto.
1) Primera Guerra Carlista. Este conflicto enfrentó a los partidarios del infante don Carlos, denominados
carlistas, con los partidarios de la reina Isabel II. El infante don Carlos fue apoyado por absolutistas, parte de
la nobleza y del ejército, bajo clero, mayorÃ−a del campesinado y sectores del artesanado; en general, son
grupos sociales que veÃ−an atacados sus intereses por la polÃ−tica liberal de reforma fiscal, el ataque a los
privilegios estamentales y la implantación de una economÃ−a industrial. La futura reina tuvo el apoyo de
gran parte del ejército, la burguesÃ−a y las clases populares urbanas. Los carlistas tuvieron fuerza en el
PaÃ−s Vasco y en Navarra donde habÃ−a grupos antiliberales y ultracatólicos, que además defendÃ−an la
permanencia de los fueros de estas regiones, asÃ− el lema carlista se resume en la expresión «Dios, patria,
rey y fueros». La primera Guerra Carlista se desarrolló entre 1833 y 1839. Ese año los generales
Espartero y Maroto firmaron el Convenio de Vergara que ponÃ−a fin a la guerra. Sin embargo, el fenómeno
del carlismo reaparecÃ−a de nuevo a lo largo del siglo XIX en la vida polÃ−tica española.
2) Estatuto Real de 1834 y Constitución de 1837. Desde el punto de vista polÃ−tico, durante la regencia de
MarÃ−a Cristina debemos destacar el Estatuto Real de 1834, una carta otorgada por la regente que
pretendÃ−a aliarse con los sectores más moderados del liberalismo. AsÃ−, el Estatuto fue un texto muy
conservador que, por ejemplo, negaba a las Cortes la iniciativa legisladora, y su convocatoria quedaba en
manos de la reina. La inexistencia de reformas llevó a un clima de revueltas ciudadanas a partir de 1835 y es
en este contexto de crisis en el que nace la Constitución de 1837, de carácter moderado, suprimÃ−a los
señorÃ−os y el diezmo, sin embargo establecÃ−a un poder legislativo compartido entre rey y Cortes, y un
derecho a voto muy restringido.
3) Desamortización eclesiástica de Mendizábal. Desde el punto de vista económico, destaca el primer
gran proceso desamortizador del siglo XIX que va a llevar a cabo el ministro de hacienda Mendizábal. Este
proceso desamortizador abarcó a bienes raÃ−ces pertenecientes a la Iglesia. Entre los objetivos de la
desamortización estaba paliar el enorme déficit de la hacienda pública, conseguir poner en cultivo
nuevas tierras, y pagar a las tropas que luchaban contra los carlistas.
Regencia del general Espartero (1840-1843).
La falta de entendimiento con los diferentes sectores polÃ−ticos, asÃ− como los continuos levantamientos
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populares llevarán a la regente MarÃ−a Cristina a renunciar y marchar al exilio. La regencia será ocupada
por el general Espartero, miembro del partido progresista, que habÃ−a ganado prestigio tras su victoria en la
guerra carlista. El gobierno de Espartero se caracterizó por el autoritarismo y por una serie de conflictos
polÃ−ticos que fueron aislándole. Su polÃ−tica económica librecambista encontró una fuerte oposición
en Cataluña, donde hubo levantamientos populares. La respuesta de Espartero fue desmedÃ−a, ya que
bombardeó desde Montjuich la ciudad de Barcelona durante doce horas. Las sublevaciones fueron
dominadas, pero Espartero perdió toda la confianza polÃ−tica tanto dentro como fuera de su partido. AsÃ−,
en 1843 una coalición de moderados y progresistas se subleva contra el regente. El enfrentamiento acaba con
la derrota de las tropas de Espartero, que se ve obligado a exiliarse a Inglaterra. La coalición decide entonces
adelantar la mayorÃ−a de edad de Isabel, que comienza su reinado con 13 años.
EL REINADO DE ISABEL II (1843-1868).
CaracterÃ−sticas del reinado.
Desde el punto de vista polÃ−tico, el reinado de Isabel II no se diferencia mucho de la etapa anterior de las
regencias. De nuevo se observa una permanente presencia de militares entre los gobernantes del paÃ−s, es
decir, la vida polÃ−tica sufre una fuerte influencia de la clase militar, asÃ− las figuras más importantes del
periodo fueron militares: Narváez, Espartero, O'Donnell, Serrano, etc. Este militarismo es una muestra de la
debilidad del sistema parlamentario y de unos partidos polÃ−ticos que sólo alcanzaban a representar sus
propios intereses y su deseo de llegar al poder.
Otra caracterÃ−stica del reinado es el apoyo invariable de la reina a los sectores más conservadores, asÃ−
hay un predominio de gobiernos moderados lo que hizo que el sistema polÃ−tico instaurado fuese de un
régimen liberal de tendencia conservadora, cuya plasmación más clara fue la Constitución de 1845.
Esta constitución establecÃ−a unas Cortes bicamerales, teniendo la cámara alta, el senado, un claro
carácter aristocrático, de tal manera que cualquier reforma veÃ−a frenada su aprobación. Si es cierto que
se afianzó el constitucionalismo, ya que la Constitución de 1845 tuvo una vigencia de más de 20 años.
El reinado va a vivir el triunfo de la burguesÃ−a. Los dos partidos más importantes, el partido moderado y el
partido progresista, son partidos burgueses que representaban los intereses de los grupos con mayor riqueza
económica. Los terratenientes y grandes propietarios, empresarios y militares apoyaron fundamentalmente al
partido moderado, mientras que las filas progresistas se apoyaron más en las clases medias urbanas:
comerciantes, pequeños fabricantes, empleados públicos, oficiales del ejército, etc. Ambos partidos
rechazaban los cambios revolucionarios y querÃ−an evitar verse mezclados con los trabajadores manuales y
los campesinos, estableciendo ambos partidos un acceso al voto muy restringido. Relacionado con esto está
el hecho de que la vida polÃ−tica española mantuvo al margen a la inmensa mayorÃ−a de la población,
que jamás vio representado durante el reinado sus ideales e intereses en las Cortes, y fue precisamente la
incapacidad de la reina y de los polÃ−ticos moderados para ampliar la participación polÃ−tica la que
provocarÃ−a la crisis del reinado y el derrocamiento de la monarquÃ−a isabelina en 1868.
En el reinado de Isabel II podemos distinguir varias etapas: la Década Moderada (1844-1854), el Bienio
Progresista (1854-1856), los gobiernos moderados y la etapa de la Unión Liberal (1856-1863) y la crisis del
reinado isabelino y su final (1863-868).
Década Moderada (1844-1854).
Comienza con un primer gobierno de Narváez, máximo representante del partido moderado. Bajo este
gobierno se realizaron unas elecciones que tuvieron como resultado unas Cortes con una mayorÃ−a
abrumadora de diputados moderados, asÃ− como algunos monárquicos absolutistas y carlistas. Se
sucedieron más de cincuenta gobiernos diferentes en estos diez años. Los progresistas fueron
sistemáticamente marginados de todos ellos, por lo que progresivamente confiaron cada vez más en la
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vÃ−a del pronunciamiento y la sublevación como único medio de acceder al poder.
Tanto la reina como otros sectores vieron necesario reformar la Constitución de 1837 teóricamente vigente,
e inmediatamente se formó una comisión para ello. El resultado fue la Constitución de 1845. Esta
constitución es fiel reflejo del liberalismo moderado imperante en todo el reinado de Isabel II. El texto
establecÃ−a la soberanÃ−a compartida de las Cortes con el rey, atribuyendo a la corona mayores poderes, ya
que tenÃ−a la iniciativa legislativa, podÃ−a disolver las Cortes y vetar sus decisiones. EstablecÃ−a unas
Cortes bicamerales. Los diputados del Congreso eran electos, pero sólo podÃ−an serlo aquellos que tuviesen
una renta mÃ−nima de 12.000 reales anuales. Los miembros del Senado eran designados libremente por la
reina, con carácter vitalicio, entre las altas jerarquÃ−as de la Iglesia, del ejército y de la nobleza. La ley
electoral de 1846 planteó un sufragio muy restringido, reduciendo el número de electores a 97.000 varones
mayores de 25 años, lo que suponÃ−a apenas el 0'8% del total de la población española. El texto
constitucional afirmaba la confesionalidad católica del estado español.
La labor polÃ−tica de los moderados se caracterizó por la defensa de un modelo de Estado centralizado y
jerarquizado, en el que las decisiones se ejecutaban de forma piramidal, de arriba hacia abajo. Crearon la
provincia como nueva demarcación territorial, bajo la autoridad de un gobernador civil, y la Guardia Civil.
La ley de Ayuntamientos de 1845 establecÃ−a que la corona elegirÃ−a los alcaldes de los municipios de
más de 2.000 habitantes, y en los de menor población la elección corresponderÃ−a a los gobernadores
civiles. Desde el punto de vista socioeconómico, los moderados paralizaron la venta de los bienes
nacionalizados de la Iglesia con el fin de mejorar las relaciones con ésta, objetivo cumplido con la firma del
Concordato con la Santa Sede en 1851 por el que el Papa reconocÃ−a como legÃ−timas las propiedades
adquiridas en la desamortización, pero a su vez el gobierno español concedió el derecho a la enseñanza
de la religión y la formación de escuelas católicas. Fundamental fue la implicación de la reforma
tributaria con impuestos más uniformes y equitativos.
El monopolio del poder por parte de los moderados llevó a su desgaste polÃ−tico. La sucesión de gobiernos
cada vez más ineficaces alimentaron la corrupción, las intrigas palaciegas por hacerse con el favor
polÃ−tico de la reina y las conspiraciones de la oposición progresista. AsÃ−, en 1854 se produce un
pronunciamiento militar por parte de sectores disidentes del partido moderado, dirigido por el general
O'Donnell, en Vicálvaro, que fue secundado por sublevaciones populares en la mayorÃ−a de las ciudades.
Aunque este pronunciamiento militar fracasó, la extensión de las Juntas revolucionarias por ciudades como
Zaragoza, Barcelona, Valencia o Madrid, sentó las bases de una coalición de moderados disidentes,
progresistas y sectores menos radicales del joven partido demócrata que consiguieron finalmente formar un
gobierno progresista encabezado por Espartero.
Bienio Progresista (1854-1856).
El primer objetivo del nuevo gobierno progresista en coalición con los moderados sublevados en Vicálvaro,
que expusieron su proyecto polÃ−tico en el Manifiesto de Manzanares, fue restaurar el orden público,
desarmando a las Juntas revolucionarias y rechazando sus reivindicaciones. Esta polÃ−tica provocó la
hostilidad de demócratas, republicanos y de amplios sectores sociales. El proyecto polÃ−tico progresista se
centró en ampliar los derechos y libertades individuales, para lo que se le conoce como Constitución `non
nata'. Este texto, de carácter progresista, establecÃ−a la soberanÃ−a nacional, un poder legislativo
compartido por las Cortes y el rey, y la tolerancia religiosa.
Desde el punto de vista económico, destaca la apertura de un nuevo proceso desamortizador por parte del
ministro de Hacienda, Pascual Madoz. La ley de Desamortización General de 1855 abarcó tierras
pertenecientes a la nobleza, a la Iglesia, al Estado y a los municipios. Fundamental también fue la ley
General de Ferrocarriles de 1855 que regulaba su construcción y ofrecÃ−a amplios incentivos a las empresas
que intervinieron en ella, fundamentalmente extranjeras.
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El gobierno progresista, sin embargo, no pudo hacer frente al enorme descontento social generado por la
carestÃ−a de la vida, las pésimas condiciones de trabajo y el desempleo. La expresión más espectacular
de este descontento fue la huelga general de Barcelona en julio de 1855, que marcó un hito fundamental en
el desarrollo del movimiento obrero organizado. A partir de esta fecha los progresistas dejaron de ser el grupo
polÃ−tico de referencia para las reivindicaciones populares y su lugar fue ocupado por demócratas y
republicanos, y por los primeros adeptos al socialismo en España.
Los motines en el campo castellano y las sublevaciones urbanas se sucedÃ−an, con incendios y asaltos de
fincas y fábricas, y cada vez la represión gubernamental se realizaba con mayor brutalidad por parte del
ejército y la guardia civil. Esta situación provocó una grave crisis en el gobierno, que acabó con la
dimisión de Espartero, recibiendo el encargo de formar gobierno en 1856 el general O'Donnell que acabó
con las protestas mediante una dura represión.
Los gobiernos moderados y la etapa de la Unión Liberal (1856-1863).
Hasta 1858 de nuevo es Narváez quien preside el gobierno, sin embargo el estancamiento del proyecto
polÃ−tico más moderado llevó a la reina a confiar en O'Donnell, que habÃ−a fundado un partido: la
Unión Liberal. Los unionistas lograron la estabilidad gubernamental más larga de todo el reinado de Isabel
II.
Entre los objetivos de O'Donnell estuvo la recuperación del prestigio internacional español y con tal fin
intervino en varios conflictos exteriores. La expedición a Indochina de 1858 dio apoyo al imperialismo
francés en la zona, consiguiendo ciertos privilegios comerciales en la región para España; e inició la
campaña en Marruecos en 1859 con el objetivo de proteger Ceuta y Melilla contra los ataques de las cabilas,
con el resultado de la ampliación de la plaza de Ceuta y la incorporación de Sidi Ifni.
Este periodo unionista coincidió con una expansión económica que fue posible por diversos factores. La
continuación del proceso desamortizador, el inicio de una ambiciosa polÃ−tica estatal de obras públicas,
transportes y comunicaciones, la construcción del ferrocarril, la expansión industrial de áreas como la
asturiana, la vasca o la catalana, y una paz interna que provocó una corriente de confianza en la inversión
extranjera, se encuentran entre los factores que explican dicha expansión económica del periodo.
Sin embargo, el proyecto polÃ−tico unionista no atendió a solucionar los problemas reales de la
ciudadanÃ−a; intentó convertirse en partido único, para lo cual no dudó en manipular los procesos
electorales. La vÃ−a centrista propuesta no supo dar soluciones a la multitud de problemas que aquejaban al
campo español, no amplió la participación polÃ−tica de la población y de nuevo respondió con
represión a los diversos conflictos que fueron surgiendo. Finalmente, la reina retira su confianza en
O'Donnell y se abre una nueva etapa en el reinado que quedará marcada por la crisis económica y la
inestabilidad gubernamental.
El final del reinado de Isabel II (1863-1868).
Estos últimos cinco años del reinado vienen marcados por diversas crisis. A pesar de que O'Donnell quiso
que le sustituyera un gobierno progresista, la reina de nuevo confió en los moderados. AsÃ−, desde 1863, de
nuevo fueron continuos los cambios de gabinete ministerial, alternándose en el poder Narváez y O'Donnell
generalmente. A esa inestabilidad polÃ−tica se unen las diversas crisis que se suceden en este periodo.
Se inició una crisis económica que tuvo diversas causas. Las lÃ−neas ferroviarias en funcionamiento dieron
continuas pérdidas y se detuvo la construcción de nuevas lÃ−neas ante la falta de inversión extranjera.
Las industrias siderometalúrgicas se resintieron y también entraron en crisis. Se produjo un alza en los
precios del algodón y la producción textil catalana cayó en picado. La pérdida de capacidad adquisitiva
se extendió e hizo entrar en crisis al resto de sectores económicos. Se unió la crisis financiera con el
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hundimiento de la Bolsa y la quiebra de sociedades inmobiliarias.
El clima de descontento polÃ−tico y social se hizo patente en una serie de hechos destacados. En primer lugar
debemos destacar la sublevación universitaria de 1865 que acabarÃ−a en los sucesos de la noche de San
Daniel en abril de 1865, en la que fueron duramente reprimidas unas manifestaciones universitarias a favor
del profesor Emilio Castelar, que se habÃ−a mostrado muy crÃ−tico con la reina y los gobiernos. El
enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas de seguridad acabó con centenares de heridos y nueve muertos.
Otro hecho fundamental que muestra la crisis final del reinado fue la sublevación de los Sargentos del
Cuartel de San Gil en junio de 1866, que intentaron apoderarse del Ministerio de la Gobernación e instaurar
un gobierno provisional. Este intento fue ilustrado por las tropas del general Serrano, ordenando el gobierno el
fusilamiento de 66 de los insurrectos. De nuevo las crÃ−ticas y las protestas en diversas ciudades españolas
llevaron a la dimisión de O'Donnell. En la última etapa, bajo el gobierno de Narváez, se produce el Pacto
de Ostende (agosto de 1866, Bélgica), que fue firmado por exiliados progresistas y demócratas. Con este
pacto ambos grupos polÃ−ticos se comprometÃ−an a derrocar a la reina y convocar elecciones constituyentes
por sufragio universal masculino. Dichas Cortes tendrÃ−an que decidir la forma de gobierno del paÃ−s:
monarquÃ−a o república.
La revolución que derrocó a Isabel II se producirÃ−a en septiembre de 1868 y se inició como tantas otras
sublevaciones en la historia de España del siglo XIX: a través de un pronunciamiento militar.
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