Ensayo de unificación de todas las bellas artes y ciencias bajo el

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Ensayo de unificación de todas las bellas artes y ciencias bajo el
concepto de ‘lo acabado en sí mismo’ 1
Karl Philipp Moritz
Al Sr. Moses Mendelssohn
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Tan pronto como queremos que la diferencia entre dos cosas sea el verdadero objeto de
nuestra reflexión, debemos trazar límites más claros al adentrarnos en la naturaleza. Pero
los conceptos de utilidad y de placer se confunden y entrecruzan tanto que es casi imposible
pensar lo agradable y lo útil por contraste. Lo útil es, tanto como lo bello, sólo una variante
específica de lo agradable.3
Se ha descartado el principio de la imitación de la naturaleza como finalidad última y
principal de las bellas artes y ciencias,4 subordinándoselas a la finalidad del placer, que se
ha convertido a tal fin en el fundamento primero de las mismas. Las bellas artes, se dice,
tienen propiamente por objeto el mero placer, así como las artes mecánicas tienen el suyo
en la utilidad. Mas hete aquí que hallamos placer tanto en lo bello como en lo útil: ¿cómo
se distingue entonces lo primero de lo segundo?
Cuando se trata de lo meramente útil, no hallo placer en el objeto mismo, sino más bien
en la idea de la comodidad o el bienestar que el uso de dicho objeto despierta en mí o en
otro. Me sitúo, por así decirlo, en el centro, donde percibo todas las partes del objeto, esto
es, lo contemplo como un medio desde el cual yo mismo –en la medida en que de esta
forma mi perfección resulta promovida- soy la finalidad. El objeto meramente útil no es
entonces en sí algo total o acabado, sino que llega a serlo recién cuando alcanza su
finalidad en mí o cuando está acabado en mí. En la contemplación de lo bello, sin embargo,
extraigo la finalidad de mí mismo y la transfiero de nuevo al objeto mismo: no lo
contemplo como algo acabado en mí mismo, sino como algo acabado en sí mismo, algo
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“Versuch einer Vereinigung aller schönen Künste und Wissenschaften unter dem Begriff des in sich selbst
Vollendeten”. Publicado por primera vez en la revista Berlinische Monatsschrift, 1785 (3º número); reeditado
con ligeras variantes por el autor en la compilación Die grosse Loge (1793) bajo el título de “Über den Begriff
des in sich selbst Vollendeten”. Tomo el texto de la 1ª versión de: K. P. Moritz. Popularphilosophie. Reisen.
Aesthetischen Theorie. Editado por H. Hollmer y A. Meier. Frankfurt a. M.: Deutscher Klassiker Verlag, Bd.
2, 1997, p. 943-949 (notas: p. 1286-1288 y 1300-1301); y el de la 2ª de: K. P. Moritz. Werke in zwei Bänden.
Bd. 1. Editado por Jürgen Jahn. Berlín / Weimar: Aufbau, 1973, p. 203-210. La única traducción al castellano
hasta hoy se halla en: Fragmentos para una teoría romántica del arte, J. Arnaldo (ed.), Madrid, Tecnos,
1994, p. 81-84 (se trata de una traducción parcial y sin notas de la primera versión del artículo). Respeto las
itálicas de las dos versiones, aun cuando a veces la segunda versión suprime una marca de la primera.
Traduzco siempre “acabado” para vollendet, “perfecto” para vollkommen, y “finalidad” para Zweck.
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Dedicatoria suprimida en la 2ª edición. Moses Mendelssohn (1729-1786) fue el gran filósofo ilustrado
judeo-alemán del siglo XVIII, prohombre de la Haskalá o “Ilustración judía”. Moritz lo reconoce aquí ante
todo por sus aportaciones en materia de estética. Su escrito Betrachtungen über die Quellen und die
Verbindungen der schönen Künste und Wissenschaften (1757), en efecto, fue la primera argumentación que se
conoció en lengua alemana acerca del placer y no la imitación como principio básico de las artes.
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Párrafo agregado en la 2ª edición.
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“Y ciencias”, suprimido en la 2ª edición.
que constituye una totalidad, entonces, y que me brinda placer por su propia causa; a la
par, no pongo tanto al objeto en relación a mí como en cambio me pongo a mí en relación a
él. Puesto que ahora estimo lo bello más por su propia causa, mientras que estimo lo útil
sólo a causa mía, lo bello me suscita un placer más alto y menos egoísta que lo meramente
útil. El placer de lo meramente útil es más tosco y ordinario; el de lo bello, más delicado e
infrecuente. En cierto sentido, compartimos el primero con los animales, y este último nos
eleva por encima de ellos.5
Puesto que lo útil no tiene su finalidad en sí mismo sino fuera de sí, en algo ajeno con lo
que su plenitud debe incrementarse, aquel que desea producir algo útil debe tener siempre
en mente esa finalidad externa a su obra. Y con que la obra logre cumplir su finalidad
externa, en sí podrá ser creada como se desee, por lo demás; en tanto sea algo meramente
útil, esto no le concerniría en nada. Si un reloj marca la hora correcta y un cuchillo corta
bien, no me preocupan ni la preciosidad del estuche del uno ni la empuñadura del otro, en
lo que respecta al uso que les es propio; tampoco reparo en si me resulta agradable a la vista
o no el mecanismo en el reloj o la hoja en el cuchillo. El reloj y el cuchillo tienen su
finalidad fuera de sí, en aquel que los utiliza para su comodidad; por ende, no son acabados
en sí mismos, y sin el cumplimiento posible o efectivo de su finalidad externa, no tienen
valor propio ni en sí mismos ni por sí solos. Recién me causan placer cuando se los
considera formando un todo junto con su finalidad externa; separados de ella, me dejan por
completo indiferente. Sólo contemplo placenteramente el reloj y el cuchillo en la medida en
que puedo usarlos, y no los uso con el fin de poder contemplarlos.
Con lo bello ocurre al revés: no tiene su finalidad fuera de sí, y no existe a raíz de la
perfección de otra cosa, sino a raíz de su propia perfección interna. No se lo contempla en
tanto se lo puede usar, sino que se lo usa en tanto se lo puede contemplar. No necesitamos
lo bello tanto para recrearnos por medio de ello como lo bello nos necesita para ser
reconocido. Bien podemos subsistir sin contemplar bellas obras de arte, pero éstas, en
calidad de tales, no pueden subsistir sin nuestra contemplación. Cuanto más podamos
prescindir de ellas, más las contemplaremos por su propia causa, asignándoles sólo
entonces y mediante nuestra contemplación -por así decirlo- su verdadera existencia plena.
Pues gracias a nuestro creciente reconocimiento de lo bello en una obra de arte bella
incrementamos su belleza misma, en cierto modo, y le asignamos más y más valor. De ahí
el impaciente anhelo de que todos honren como bello aquello que alguna vez reconocimos
como tal: cuanto más generalmente se lo reconozca y admire como bello, más valor tendrá
también a nuestros ojos. Y de ahí, asimismo, el desagrado que sentimos en un teatro vacío,
aun incluso cuando la representación sea excelente.6 Si sintiéramos el placer de lo bello
más a causa nuestra que a causa suya propia, ¿qué nos importaría si lo reconoce alguien
además de nosotros? Nos preocupamos, nos inquietamos por lo bello para procurarle
admiradores, podemos hallarlo donde quiera: hasta sentimos una especie de compasión al
mirar una bella obra de arte abandonada bajo el polvo, o contemplada con mirada
indiferente por los que pasan. En la contemplación de una obra de arte bella, también el
dulce asombro, el agradable olvido de nuestro propio ser es una prueba de que nuestro
placer es algo subordinado que libremente dejamos determinar sólo por medio de lo bello, a
lo que durante un rato le concedemos una especie de soberanía por sobre todas nuestras
sensaciones. Mientras lo bello atrae completamente hacia sí nuestra contemplación, la
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Oración suprimida en la 2ª edición.
Oración suprimida en la 2ª edición.
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aparta por un momento de nosotros mismos y hace que parezca que nos perdemos en el
objeto bello; y ese perderse, ese olvidar nuestro yo es precisamente el máximo grado del
placer puro y no egoísta7 que nos proporciona lo bello. En ese instante, le ofrendamos
nuestra limitada existencia individual a una especie de existencia superior. Por ende, el
placer de lo bello debe aproximarse cada vez más al amor no egoísta, si es que ha de ser
auténtico. Toda relación especial que una bella obra de arte tiene conmigo le da al placer
que siento en ella un agregado que se pierde para cualquier otro; en la obra de arte, lo bello
no es para mí ni puro ni impoluto hasta que pienso en forma totalmente prescindente de esa
relación especial que tiene conmigo y la contemplo como algo producido meramente por su
propio bien, para que sea algo acabado en sí mismo. Pero así como el amor y la
benevolencia pueden resultar en cierto modo una necesidad para el noble filántropo, sin que
por eso éste su vuelva egoísta, puede que para el hombre de gusto, merced a la costumbre,
el placer de lo bello resulte una necesidad, sin perder por eso su pureza original.
Necesitamos lo bello siquiera porque añoramos la oportunidad de honrarlo reconociendo su
belleza.
De modo que una cosa no puede ser bella porque nos causa placer, pues de ser así todo lo
útil habría de ser también bello, sino que llamamos bello a todo cuanto nos causa placer sin
ser útil propiamente dicho. Ahora bien, es imposible que lo que carece de utilidad o de
finalidad le cause placer a un ser racional. Así que cuando a un objeto le falta un uso o una
finalidad externa, estos han de buscarse en el objeto mismo, en tanto éste debe suscitarme
placer; ¿o bien debo hallar tanta finalidad en las partes singulares del mismo que me
olvido de preguntar para qué sirve en realidad el todo?8 Esto significa, en otras palabras:
en un objeto bello sólo debo hallar placer a causa del propio objeto; al cabo, la falta de
finalidad externa ha de sustituirse por su finalidad interna; el objeto debe ser algo acabado
en sí mismo.
Si la finalidad interna de una obra de arte bella no fuese lo suficientemente intensa como
para hacerme olvidar la externa, por supuesto que yo me preguntaría: ¿para qué esta
totalidad? Y si el artista me respondiera: “para causarte placer”, le repreguntaría: ¿qué
motivo tienes para provocarme placer y no desagrado con tu obra de arte? ¿Mi placer te
importa tanto como para llegar a hacer tu obra deliberadamente menos acabada de lo que es
sólo para que sea a mi gusto, un gusto quizá deteriorado? ¿O acaso tu obra no te importa
tanto y procuras que mi placer armonice con ella para que yo pueda sentir sus bellezas? Si
es esto último, no veo cómo es que mi eventual placer podría ser la finalidad de tu obra si
antes tiene que suscitarlo y determinarlo en mí tu obra misma. Mi placer te resulta grato
sólo en la medida en que sabes que me he habituado a sentirlo en aquello que realmente es
perfecto en sí mismo; no le tendrías tanta consideración, en cambio, si se tratara únicamente
de mi placer y no de que la perfección de tu obra ha de verse confirmada por el hecho de
que yo participo de ella. Si el placer no fuera una finalidad tan subordinada, o más bien,
apenas una consecuencia natural de las obras de las bellas artes, ¿por qué el verdadero
artista no habría de tratar de difundirlo entre cuantos sea posible, en vez de sacrificar a
menudo la perfección de su obra a los sentimientos agradables de muchos miles que no
pueden percibir su belleza? Mas el artista dice: “cuando mi obra gusta o causa placer, he
alcanzado mi finalidad”; a lo que respondo: ¡al contrario!, porque has alcanzado tu
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Uneigennützig: literalmente, “no-egoísta”, y no “sin interés”, como luego en la Crítica del juicio de Kant.
En la 2ª edición, además de que las dos oraciones previas se independizan en párrafos aparte, se suprimen
las itálicas y los signos de interrogación de esta oración.
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finalidad es que gusta tu obra, o que tu obra guste puede ser quizá una señal de que has
alcanzado tu finalidad en la obra misma. Si la finalidad auténtica de tu obra era más el
placer que querías provocar con ella que la perfección de la obra en sí misma, la aceptación
que ésta tenga entre unos y otros me resultaría sospechosa justamente por eso.
“Pero yo aspiro a gustar sólo a los más nobles”. ¡Bien!, pero ésa no es tu finalidad última,
pues yo aún podría preguntarte: ¿por qué aspiras a gustar precisamente a los más nobles?
¿Acaso porque estos se han habituado a sentir el mayor placer en lo más perfecto? Remites
el placer de ellos a tu obra, cuya perfección quieres ver así confirmada. Estimúlate siempre
con la idea de que los nobles aclamarán tu obra, pero no hagas de eso tu máxima y última
meta, porque de lo contrario serás el primero en perderte. La más bella aclamación tampoco
quiere que se la atrape, sino que quiere que se la acompañe. Que la perfección de tu obra
llene toda tu alma durante el trabajo y que aun la más dulce idea de gloria se haga a un
lado, apareciendo sólo ocasionalmente para reanimarte, cuando tu espíritu empiece a
fatigarse; así tendrás, sin buscarlo, aquello por lo que miles se preocupan en vano. Pero si la
imagen del aplauso guía tu pensamiento y tu obra sólo tiene valor para ti en tanto te procura
fama, entonces renuncia a la aceptación de los hombres nobles. Estás trabajando en un
sentido interesado: el foco de la obra quedará fuera de la misma, no la estás creando por su
propio bien, y por lo tanto no produces una totalidad, algo acabado en sí. Buscarás falsos
brillos, que tal vez deslumbren por un tiempo al vulgo, pero que se desvanecerán como la
niebla ante la mirada del sabio.
El verdadero artista intentará conferirle la máxima utilidad o perfección interna a su obra,
y se alegrará si ésta merece el aplauso, pero ya habrá alcanzado su auténtica finalidad al
acabar su obra. Lo mismo el verdadero sabio, que intenta conferirle a todos sus actos la
máxima utilidad, en armonía con el curso de las cosas, y considera que la dicha más pura o
el estado duradero de las sensaciones agradables es una consecuencia segura de ello, mas
no la meta en sí. Pues también la dicha más pura sólo quiere que se la acompañe hacia la
perfección, y no quiere que se la atrape.9 La senda de la dicha sólo corre paralela a la senda
de la perfección; apenas se vuelve una meta la primera, la segunda ha de tener trayectorias
mucho más torcidas. En la medida en que los actos aislados apuntan únicamente a un
estado de sensaciones agradables, aparentemente poseen utilidad, pero no constituyen una
totalidad armónica acorde. Así pasa también con las bellas artes si se subordina el concepto
de perfección o el de lo acabado en sí mismo al de placer.
“¿O sea que el placer no es ninguna finalidad?” Respondo: ¿qué otra cosa es el placer o
de qué otra cosa surge si no es de la contemplación de la finalidad? De haber algo cuya sola
finalidad fuera el placer, yo podría juzgar la utilidad de esa cosa basándome únicamente en
el placer que me causa. Pero primero, mi placer mismo ha de surgir de este juicio; debería
estar ahí, entonces, antes de estar ahí. Además, la finalidad siempre debe ser un poco más
simple que los medios que apuntan a ella: si el placer ante una bella obra de arte es algo tan
compuesto como la obra misma, ¿cómo puedo considerarlo, pues, algo más simple, algo a
lo que apuntarían las partes singulares de la obra? Tampoco la finalidad de la composición
de una pintura puede ser exhibirla en un espejo, dado que entonces ésta sería siempre algo
natural y yo no precisaría considerar ni en lo más mínimo el trabajo empeñado. Ahora bien,
si un espejo empañado refleja mi obra de arte tanto más imperfecta cuanto más perfecta es,
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Oración suprimida en la 2ª edición, que comienza la siguiente cláusula diciendo: “Pues también la más pura
senda de la dicha...”
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no por eso voy a hacerla más imperfecta para que se pierdan menos bellezas en el espejo
empañado.
Traducción y notas: Marcelo G. Burello
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