Me asusta tener razón –¿Por qué te duran tan poco los novios? –le

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Me asusta tener razón
–¿Por qué te duran tan poco los novios? –le pregunté a mi compañera de trabajo.
–Porque ninguno pasa la prueba –me dijo.
Ofréceme el reto de superarla, pensé.
–¿A qué prueba te refieres, Ana? –volví.
–Ya sabes, soy madre soltera.
A mí no me importa que seas madre soltera, me enamoré el primer día que te vi
entrar en esta oficina (ibas despistada, apuntando números en una agenda que te
acababan de regalar –por cierto, no te la he vuelto a ver–), dije para mis adentros.
–Ana, ¿puedo invitarte a cenar?
–Claro que puedes, Luis.
Pasaré a recogerte, iremos a La Cafetería, cerca del Parque de los Pintores.
Roque ha abierto un pequeño salón para comidas, cocina su mujer, ahora sale menos y
parece que han aplazado sus diferencias. Me pondré el traje que tengo para la boda de
los amigos (cada vez quedan menos solteros, se van yendo poco a poco, sí a sí, como
presagiando la soledad de los indomables pensadores –los calamidad–. Y empiezan a
organizarse en cuestiones que uno no entiende, y el tiempo se limita y sus actos
familiares se multiplican y ya no los ves, aunque los visites. Vas a sus bodas como si
fueras a sus funerales. Triste, pero no lloro, les espero con los brazos abiertos y
conversaciones por terminar a la vuelta de los años. Ya están viniendo los primeros,
los que vieron mi traje reluciente).
–A las 9 en tu casa, ¿te parece?
–¡Muy bien!
No quise presionarla, contuve mi deseo y sólo al cabo de unos días –me costó
mucho la primera mañana– comencé a recogerla en su puerta –es sólo una expresión–
para llevarla al trabajo. Entrábamos juntos en el edificio, como una pareja consolidada,
de las que gusta ver y de las que gusta formar parte, la otra parte (la mitad de una fruta
–naranja suele decirse– que finalmente se pudre, o alguien se la come o se comen sólo
la mitad, la más podrida y la otra no se entera del todo o se calla y cada una ya está en
un plato diferente. O en la basura; contradictorias piltrafas. Un fino cuchillo las ha
seccionado arrasando la carne, punzando las semillas y desmaquillando la piel).
–Quiero que conozcas a mi hija.
Suponía una señal inequívoca de que nuestra relación se iba cerrando (la
circunferencia de la fruta, dos mitades pero una sola pieza), Ana y Luis como una
unión sólida (me gustan las parejas cerradas –todavía se ven algunas–, en ellas nadie
puede entrar –no hay fino cuchillo–, nadie se despista, se ve de lejos que es una pareja
–los calamidad no se atreven a usurpar–, ambos están servidos).
–Mira, ella es Patricia, mi niña.
–¿Niña? Pero si es toda una mujercita.
–La verdad es que sí, tiene 20 años… la tuve con 17.
Estuvimos los tres hablando y riendo. Por fin había entrado en su casa. Yo iba
consiguiendo mis logros (no es fácil que te dejen ser parte –de la casa, de la hija–
porque eso es vida privada, y aunque la hayas besado o la hayas amado, no te deja ver
dónde come cada día, dónde duerme. Ni te deja hablar con quien ella quiere y ahora
protege. Ésa es su verdadera vida, la que tiene desde antes de conocerte a ti y a otros
que fueron como sospecha que serás tú).
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–Me tengo que marchar.
–Pero si es domingo –objeté.
–Sí…, pero es que había quedado ya… No había previsto que hoy durmieras en
casa.
(Porque eso se prevé, lo organiza, habla con su hija: “puede que éste sea
diferente”, y llega el día y le da vueltas y cuando ya es de noche aún se lo piensa, pero
estás dentro, cenando, contando un chiste y la mujer te ve de pronto en el conjunto y
formas parte de la unidad, se tranquiliza y llega la hora del sueño, la que marca la
diferencia).
Dormí en el sofá, arropado en una manta con flecos, muy fina (la misma manta
seguramente para todos, ¡la manta de los flecos! Aunque se saque del armario con
cierto aire de novedad, como improvisando un hombre en casa, la olí casi por instinto
para reconocer un desodorante o sudor. Olía a naftalina, a guardada. Pero yo sabía que
era la manta de los hombres). Pasé un poco de frío, pero no se lo dije. Al principio,
planeé con gallardía, no hay que mostrar debilidad.
–Luis, buenos días.
–Buenos días, Patricia.
¡Claro que puedes hablar conmigo! ¿Qué, problemas de la adolescencia tardía?
¡Ay, esos amores! Venga… cuéntame a mí, que soy mayor (nos gusta recuperar
nuestra experiencia y comprobar lo útiles que son los fracasos para entretener a los
noveles angustiados. Reconforta al narrador y humilla al oyente: “lo que me pasa y me
preocupa ya pasó y preocupó en otras vidas”).
–Voy a ser sincera.
No hace falta que des tantos rodeos, estuve en la facultad de psicología y, aunque sólo
hice dos asignaturas en tres años, sé que ahora pasas por una etapa un poco
atormentada debido principalmente a tu enfrentamiento con la autoridad, por lo que
muestras una rebeldía hormonal que ahora te parece incorregible. Además sigues
pensando, como cuando eras pequeña –esto me lo contó mamá–, que no te atraen los
hombres, sino las mujeres, y hasta es posible que te sigas creyendo enamorada de tu
amiga de infancia, con quien te escondías de los mayores y alisabas el pelo con tus
lascivos dedos mientras ella disimulaba estar dormida sobre tus rodillas. Todo pasará.
Es un momento de cambios… de conflictos…
–¿En qué consiste tu sinceridad, mi niña?
–Me gustas Luis, me gustas mucho y te deseo.
No deberías ser tan sincera, todos nos gustamos un poco y nos odiamos un
poco, pero nadie dice nada, y yo no debería entrar en tu habitación, soy el novio de tu
madre y, aunque ella esté ausente, no deberías desnudarte y tumbarte en la cama. Yo
tampoco debería desnudarme. Aunque estas cosas pasan.
–Me gusta tu sinceridad.
Y mientras ella me esperaba con el sexo excitado, yo colocaba sobre el escritorio
los pantalones (me molesta mucho que se caigan las monedas sueltas, me descentran,
dan vueltas por toda la habitación y hasta salen al pasillo. Siempre sospechas que se ha
perdido alguna) y sacaba de la cartera el preservativo que me había acompañado en las
últimas derrotas.
–¿Por qué me miras tan fija? –le pregunté.
–Miro a mi madre que está en la puerta.
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Entonces se cubrió con la sábana –se traslucía todo– y cogió su libro de noche.
Se puso a leer, indiferente a cuanto ya pudiera pasar. Salí de la casa y apenas se me
oyó decir “buenos días a las dos”.
Era mejor no disgustarme con conclusiones precipitadas, esperar, no pensar nada
en la puerta ni en las escaleras. Bajar tranquilo. Un semáforo en rojo iba a ser –como
más adelante lo será para otros personajes y otros intereses literarios– la mejor parada
para darme cuenta del esfuerzo que me aguardaba el lunes si finalmente pretendía
ganar la habitual sonrisa de Ana.
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Las buenas decisiones son las que toman los demás
Mario se incorporó buscando las chanclas que minutos antes había tirado –muy
alegremente– por la habitación. Se acercó a su mujer con la fortaleza de quien ha
dejado de creer. No apartó sus ojos de los de ella.
–Esto se ha terminado para siempre –dijo con un pie aún descalzo, buscando
debajo de la cama.
–Es mejor que no nos precipitemos –propuso Laura, apoyada sobre el pomo, sin
atreverse a entrar.
–Podemos hablar, Mario.
–¿De qué quieres que hablemos, de la infidelidad? Me niego a darle más
vueltas siempre a lo mismo. –Y dio algunos pasos por la habitación, completamente
calzado. Sin más prendas.
–No puedes castigarnos así –y soltó con brusquedad la puerta que la sostenía
para, acercándose, mirarlo mejor.
–Atiende, Laura, cariño, estamos haciendo el ridículo. Lo que ha sucedido
habla por sí solo. Después de esto no queda nada, ya no tenemos que inventar lo que
no existe.
–No puedo creer que tires así cinco años, casi seis. –Se aproximó ahora a la
cama con despecho y desafío. Se mordió los labios ansiosos de sexo (como era su
costumbre) y le susurró al oído (para que nadie más la escuchara):– Me apetece…
–¡No sé cómo puedes pensar ahora en esas cosas! Y se alejó violentamente de
ella, un metro, como cuando se repudia sólo un poco porque se sospecha que pronto
se deseará el acercamiento.
Mario siguió deambulando de un lado a otro, hablando, distrayéndose con las
puertas mal cerradas del armario, recogiendo ropa interior tirada por el suelo,
sorteando la cama en la que había estado y que aún mantenía el calor. Laura
colocaba los cojines, se mecía su larga cabellera. Y sorteaba la cama.
La claridad del día ya entraba por la ventana, iluminando toda la estancia. Fue
entonces cuando Ana, aún en la cama, le pidió a Mario, con la mano tendida y una
resignada sonrisa, las prendas íntimas que había recogido del suelo y, sin dar
portazo, como le hubiese apetecido hoy, dejó solo al matrimonio para que
concluyera la discusión.
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