Tres operas

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¡TRES ÓPERAS, TRES!
Corren nuevos aires en el ámbito del Centro Cultural Universitario y ni se diga en el contexto de la
de la Dirección de Música y de la Orquesta Filarmónica de la UNAM. La presencia del maestro Jan
Latham-Koenig ya se hace sentir y una prueba de ello es el evento vocal-operístico que tendrá
lugar este fin de semana en la Sala Miguel Covarrubias: Una obra sui generis, otra obra pensada
para la sala de conciertos pero basada en una ópera y una verdadera ópera conforman un
programa que gracias a un concepto escénico ingenioso e inspirado se convierte en la
representación de ¡tres operas, tres!
Façade fue la obra de WILLIAM WALTON (1902-1983) que por vez primera llamó la atención
hacia aquel jovencísimo compositor inglés y no podía ser menos. La obra fue concebida y
anunciada como un divertimento o un entertainment y el propósito no podía ser más informal.
Los textos correspondían a una importante poeta inglesa, Edith Sitwell, hoy reverenciada por la
intelectualidad británica, pero entonces incomprendida por sus excentricidades, tanto personales
como escritas. Y, en efecto, los textos que escribió para la ocasión, a pesar de que así se les
cataloga usualmente, no pertenecían al incipiente género del “absurdo” o del género inglés
conocido como nonsense o del “sin sentido”. En realidad, la poeta utilizó juegos de palabras o
textos que exigían una lectura rítmica, efectos de lectura veloz o ciertas disonancias y
consonancias literarias. Walton aún no despuntaba como el compositor que después se
convertiría en un poderoso sinfonista, cantor de las glorias inglesas con sus elaboradas suites y
marchas orquestales y creador de excepcionales óperas, conciertos y un amplio catálogo de
música de cámara y obras vocales y corales. En 1921, como el joven inquieto que era, a Walton le
motivó la escritura de la obra y el complot con la Sitwell, pero al principio no se pensó en una
obra de gran formalidad concertística. Prueba de ello es que su estreno absoluto, en 1922, fue
nada menos que en el gran salón (con estructura de L) de la casa de la famillia Sitwell y con la
poeta, escondida tras una cortina, declamando sus versos a través de un megáfono especial. El
resultado fue desfavorable pues no le gustó a sus privilegiados invitados. Después, ya se programó
un estreno público en una famosa sala de conciertos londinense, con grandes personalidades en el
público, (Noel Coward, Virginia Woolf y Evelyn Waugh, entre ellos) y en 1923, aun no fue posible
que los escuchas la entendieran mejor. Unos años después hubo aún un estreno parcial más,
pero fue hasta su estreno definitivo en 1942, con la obra completada en su totalidad, pues había
ido aumentando sus piezas al paso de los años, que Façade (literalmente fachada o portada) ya
fue un acontecimiento. La música es de gran ligereza y chispa creativa, con bellas melodías a todo
lo largo, con un espíritu lúdico y divertido, que hace juego con el contenido de los poemas. Pero lo
interesante de la obra es que la lectura de los textos se asimiló a tal grado con la música, que la
declamación casi se convierte en un canto, siguiendo las líneas melódicas del ensamble musical,
como si un solista cantara y no recitara. Más allá de la extrañeza inicial, si algo puede causar
Façade es, como dice el calificativo de su autor, entretenimiento y diversión.
DARIUS MILHAUD (1892-1974) es uno de los compositores más prolíficos de la historia, sólo
comparable, en ese sentido, con Bach, Telemann, Mozart o, ya en el siglo XX, con Hindemith o
Villa-Lobos. Sorprende saber que compuso casi 20 ballets, 12 sinfonías, 7 conciertos para piano o 2
pianos, además de varios para violín y para otros instrumentos; su música de cámara es
incontable, incluyendo 18 cuartetos de cuerdas (de los cuales el Cuarteto No. 14 y el No. 15 están
compuestos de tal manera que si se tocaran simultáneamente, conforman otra obra distinta, el
Octeto para cuerdas. Por si fuera poco, en el género que hoy nos convoca, Milhaud compuso nada
menos que 17 óperas, casi todas de gran duración y formato, es decir para numerosos solistas,
coros y orquesta. Es cierto que algunas de ellas tienen una duración media y sobre todo,
rompiendo todo un record, Milhaud escribió una serie denominada “3 opéras-minutes”, que son
muy cortas, aunque no precisamente duren un minuto sino entre 7 y 11 minutos, por lo que,
nosotros las denominaríamos “mini-operas”.
Dos características musicales distinguen la obra de Milhaud: la más numerosa es la que distingue
a sus obras más formales, con el uso de la llamada politonalidad (es decir, que desarrolla varias
tonalidades al mismo tiempo y no se basa en una sola tonalidad, como la mayoría de la música
tradicional) y eso hace relativamente difícil algunas de sus obras, aunque realmente no se le
considera un compositor vanguardista.
Por otro lado, su visita a Brasil trabajando como diplomático, en 1916, y posteriormente, varios
viajes a Estados Unidos, sirvieron para familiarizarlo con la rítmica y los temas de la música
brasileña y del jazz, introduciéndolos a varias obras, aunque siempre los utilizados de manera muy
sofisticada y depurada. Está de más decir que estas creaciones, que constituyen la otra
característica representativa de su música, se han convertido en las más populares del compositor.
Les mahleurs d’Orphée no es tan limitada como las mini óperas, pues su duración de unos 35
minutos, permiten a Milhaud contarnos un concepto novedosísimo de la leyenda mitológica de
Orfeo: ahora, el desventurado enamorado es una especie de médico de una aldea, quien lleva
una vida de convivencia con los animales salvajes a los que atiende y alivia de sus males. Euridice
no es una pastora, sino que pertenece a una tribu de gitanos, por lo que su relación con Orfeo
rompe las tradiciones racistas y tribales y ambos deben huir y esconderse. Euridice enferma
gravemente y vemos conmovidos cómo ella le pide a sus amigos animales que cuiden a Orfeo
cuando ya no esté. Al perder a su amada, Orfeo asimila que sólo se podrá reunir con ella cuando
él también muera. Las hermanas gitanas de Euridice acusan a Orfeo y lo agreden hasta provocarle
la muerte, su anhelo más deseado. Esta ópera, que fue una de sus primeras obras, provocó los
mejores elogios de algunos de sus contemporáneos como Maurice Ravel y contribuyó también
para que fuera considerado uno de los mejores compositores jóvenes de Francia.
KURT WEILL (1900-1950) es uno de los grandes compositores alemanes. Desarrolló su carrera en
tres vertientes muy bien delimitadas por la historia y por su vida y su contexto. En la primera hizo
la música de su tiempo, como otros importantes compositores contemporáneos como Hindemith,
Eisler y otros, que recibieron la influencia de los grandes vanguardistas de las primeras décadas del
siglo XX pero que persistían en crear un lenguaje propio, no exento de innovaciones, pero más
acorde con su propio concepto musical. Weill, por ejemplo, además de rigurosas composiciones
dentro del género sinfónico y de cámara, expuso también en su música su atracción por la música
del característico cabaret alemán de los años 20 y por los ritmos del jazz estadounidense, que se
imponía cada vez más por toda Europa. Por ello, cuando se asoció con el gran genio del teatro
alemán, Bertolt Brecht, la música de la obras que hicieron en común conservan ciertos usos de la
tradición clásica y operística, pero fundamentalmente están impregnadas de la rítmica y picardía
de la música vernácula, produciendo obras con un alto sentido paródico, tanto en sus temas
teatrales como en la música. El éxito fue inmediato y las obras maestras sucedieron a las obras
maestras. La más popular, sin duda fue Die Dreigroschenoper (La ópera de tres centavos), pero
la obra maestra de esta gran dupla de creadores fue Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny.
Previo a la creación definitiva de ésta ambiciosa obra, de gran duración dividida en tres extensos
actos, Kurt Weill compuso en 1927, una especie de “cantata escénica”, es decir, que podía ser
representada en escena, con algunos de los textos de Brecht y parte de su propia música, a la que
tituló primero La Pequeña Mahagonny, conocida posteriormente como The Mahagonny
Songbook, que es la obra que culmina este singular acontecimiento escénico vocal. Ritmos
contagiosos con su influencia del cabaret alemán y del jazz de la época y grandes temas como las
famosas arias Alabama Song y Benares Song, que los seguidores de la música de Kurt Weill y de
la gran cantante Lotte Lenya seguramente reconocerán. Vale mencionar que la tercera vertiente
de Weill fue su carrera americana, cuando al huir de Europa por la guerra, vivió en Estados Unidos
y compuso numerosas obras para la escena de Broadway y musicalizaciones para el cine. Estas
“comedias musicales” tenían todo el sabor de la autenticidad y nadie pensaría que habían sido
compuestas por un alemán recién desembarcado en Broadway o en Hollywood. Por supuesto,
algunas de ellas también fueron obras maestras como Lady in the Dark, One touch of Venus y
Knickerbocker Holiday que incluye la inolvidable September Song.
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