161 H ay un chico en el baño de las chica s

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EN CLASE, A NADIE LE GUSTA SENTARSE
Louis Sachar
HAY UN CHICO
EN EL BAÑO
DE LAS CHICAS
AL LADO DE BRADLEY. BRADLEY SIEMPRE SACA INSUFICIENTES, EXIGE DINERO
A SUS COMPAÑEROS Y SE PASA LA VIDA
ESCUPIENDO. POR ESO BRADLEY SE RÍE
SOLO Y COME SOLO. SIEMPRE. ES LO
Hay un chico
en el baño de las chicas
161
MEJOR.
EL CONOCIDO AUTOR NORTEAMERICANO
CO EN EL BAÑO DE LAS CHICAS LOS PRINCIPALES PREMIOS DE LITERATURA INFANTIL DE SU PAÍS, ENTRE ELLOS EL IRA-CBC
CHILDREN’S CHOICE. EDICIONES SM HA
PUBLICADO TAMBIÉN SU NOVELA HOYOS,
EN LA SERIE ROJA DE EL BARCO DE
VAPOR.
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A PARTIR DE 8 AÑOS
Louis Sachar
LOUIS SACHAR OBTUVO CON HAY UN CHI-
Primera edición: septiembre 2003
Segunda edición: octubre 2004
Colección dirigida por Marinella Terzi
Traducción del inglés: Paz Barroso
Ilustraciones: Ángel S. Trigo
Tı́tulo original: There’s a boy in the girls’ bathroom
䉷 Louis Sachar, 1987
䉷 Ediciones SM, 2003
Impresores, 15
Urbanización Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
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forma de reproducción, distribución, comunicación pública y
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Para Carla
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B
CHALKERS se sentaba al fondo de la
clase, en el último pupitre de la última fila. En
el pupitre de al lado no se sentaba nadie; en el de
delante tampoco. Era una isla.
Lo que de verdad le hubiera gustado a Bradley
era meterse en el armario. Allı́ podrı́a cerrar las
puertas y no oı́r a la señorita Ebbel. Bradley pensaba que a ella no le importarı́a mucho; es más,
quizá lo preferirı́a. Y el resto de la clase también.
En resumidas cuentas, todos estarı́an mucho más
contentos si metiera su pupitre en el armario; lo
malo es que no cabı́a.
—Chicos –dijo la señorita Ebbel–, quiero presentaros a Jeff Fishkin. Jeff se ha trasladado recientemente a nuestra ciudad. Antes vivı́a en Washington D.C. que, como sabéis, es la capital de
nuestra nación.
Bradley levantó la vista para observar al nuevo,
de pie junto a la señorita Ebbel.
—Jeff, ¿por qué no les cuentas algo de tu vida
a tus compañeros? –le sugirió la señorita Ebbel.
RADLEY
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El nuevo se encogió de hombros.
—Vamos –le animó la señorita Ebbel–, no seas
tı́mido.
El chico nuevo farfulló algo, pero Bradley no
logró descifrar qué habı́a dicho.
—¿Has estado alguna vez en la Casa Blanca,
Jeff? –le preguntó la señorita Ebbel–. Estoy segura
de que a tus compañeros les interesarı́a mucho esa
experiencia.
—No. No he estado nunca –respondió el nuevo
hablando atropelladamente mientras negaba con la
cabeza.
—Bueno –le sonrió la señorita Ebbel–, creo que
lo mejor es que te busquemos un sitio –añadió
mientras miraba por toda la clase–. Vaya, no veo
ningún pupitre libre salvo el del fondo. Te puedes
sentar allı́, en la última fila.
—¡No! ¡Al lado de Bradley, no! –chilló una
niña de la primera fila.
—Mejor al lado que delante –puntualizó el niño
que se sentaba a su lado.
La señorita Ebbel frunció el ceño.
—Lo siento, Jeff –se excusó–. No hay más mesas
libres.
—No me importa –farfulló Jeff.
—Bueno, es que a nadie le gusta sentarse... allı́
–explicó la señorita Ebbel.
—¿Te has enterado? A nadie le gusta sentarse
a mi lado –intervino Bradley poniendo una sonrisa extraña. Tenı́a los labios tan tensos que era
difı́cil saber si realmente sonreı́a o era una mueca
de disgusto.
Bradley miró fijamente a Jeff con ojos que parecı́an querer salirse de sus órbitas mientras este
tomaba asiento a su lado sintiéndose visiblemente
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incómodo. Cuando Jeff le sonrió, Bradley apartó
la vista.
En cuanto la señorita Ebbel empezó la clase,
Bradley sacó un lápiz y una hoja de papel y comenzó a emborronarla. Ası́ se pasaba la mayor
parte de las mañanas, garabateando a ratos sobre
hojas de papel y a ratos sobre su pupitre. A veces
hacı́a tanta fuerza con el lápiz que rompı́a la
punta. Y cada vez que rompı́a la punta, soltaba
una carcajada. Luego cogı́a la punta rota, la unı́a
con cinta adhesiva a uno de los montoncillos de
basura que guardaba en su pupitre, sacaba punta
al lápiz y volvı́a a la carga.
Su pupitre estaba repleto de montoncitos de
papeles rotos, trozos de mina de lápiz, gomas
de borrar mordidas y otros objetos no identificados
unidos con cinta adhesiva.
La señorita Ebbel repartió entre sus alumnos el
control de lengua que habı́a corregido.
—La mayorı́a lo ha hecho bastante bien
–afirmó–. Estoy satisfecha de vuestros resultados:
catorce sobresalientes y todos los demás, notables.
Bueno, menos un insuficiente, claro... –añadió encogiéndose de hombros.
Bradley agitó en alto su hoja para que todo el
mundo viera que se referı́a al suyo y puso de
nuevo la misma sonrisa extraña.
Mientras la señorita Ebbel comentaba las respuestas, Bradley cogió unas tijeras y se dedicó a
cortar su hoja en cuadraditos muy pequeños.
Cuando sonó la campana del recreo, Bradley se
puso su anorak rojo y salió de clase solo.
—¡Eh! ¡Bradley, espera! –oyó que decı́a una voz.
Bradley se detuvo asombrado.
—Hola –le saludó el nuevo, tras alcanzarle.
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Bradley le contempló perplejo.
—Oye, no me importa nada sentarme a tu lado
–le dijo Jeff–. De verdad.
Bradley no supo qué contestar.
—Sı́ que he estado en la Casa Blanca –siguió
Jeff–. Si quieres te lo cuento.
Bradley se quedó pensativo unos segundos. Luego
respondió:
—Dame un dólar o te escupo en la cara.
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