OPED- Esp 200612

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Esta semana, los líderes de los países del G20 se reunieron en Los Cabos, México para
discutir los temas financieros y económicos más apremiantes que el mundo encara
actualmente. Algo que debería haber estado en su agenda es la salud y el bienestar de
niñas y mujeres, un factor crítico para alcanzar el desarrollo sustentable y el crecimiento
económico. Las mujeres brindan enormes beneficios sociales y económicos a sus familias,
comunidades y naciones, por lo que invertir para salvar sus vidas es la mejor inversión que
cualquier país puede hacer.
No obstante, demasiadas mujeres mueren en todo el mundo durante el embarazo y el
parto por causas que son completamente prevenibles. Solamente en 2010, cerca de 8,000
mujeres y niñas perdieron la vida en Latinoamérica y el Caribe debido a complicaciones
relacionadas, directa o indirectamente, con el embarazo.
Recientemente, más de 200 tomadores de decisiones, defensores y expertos se reunieron
en una Consulta Regional sobre Salud Materna, con el fin de evaluar las lecciones
aprendidas, las mejores prácticas y los retos a futuro. La reunión, llevada a cabo en la
Ciudad de México, y organizada por el Grupo de Trabajo Regional para la Reducción de la
Mortalidad Materna (GTR) y la organización global Women Deliver, tuvo como objetivo
reunir recomendaciones clave para mejorar la salud materna en América Latina y el
Caribe, tanto en la actualidad como en el futuro.
Como sabemos, cada región del mundo es única: su gente, su cultura, su lenguaje, sus
costumbres, su genética, y su estructura demográfica por edad. Incluso cada uno de los
países que componen una región, y las poblaciones dentro de cada país, encaran retos
únicos y diferentes.
Ha habido progreso en nuestra región. La mortalidad materna en América Latina y el
Caribe ha disminuido de 12,000 en 1990 a 8,000 en 2000 y la proporción de muertes
maternas bajó de 102 a 75 por cada 100,000 nacidos vivos. Sin embargo, aunque la
mortalidad materna ha disminuido en una tercera parte, la tasa de reducción anual fue de
1.5%, una cifra que está debajo del promedio mundial.
No obstante, el mirar únicamente las “tasas promedio” de reducción de mortalidad
materna en la región oculta la falta de avances en áreas marginadas y poblaciones
indígenas. Por ejemplo, las hemorragias postparto están muy bien controladas en algunas
áreas urbanas, pero en áreas rurales o marginadas, el sangrado excesivo aún es la
principal causa de muertes relacionadas con la maternidad.
Para asegurar que estamos en el camino adecuado para alcanzar nuestras metas,
debemos implementar mediciones adecuadas y precisas para la mortalidad materna
creadas a la medida de nuestra región. Incluso entonces, necesitaremos asegurarnos de
que estas mediciones reflejen la situación de cada país en lo individual.
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En la mayoría de los casos, los niveles de ingreso y educación son empleados para indicar
si las metas de desarrollo están siendo alcanzadas. Sin embargo, con la mortalidad
materna, otras historias y cifras son necesarias para saber si se han logrado avances,
incluyendo: la calidad de la atención durante el parto, la atención pre-natal, los niveles de
acceso a anticonceptivos y las tasas de natalidad en adolescentes, las cuales involucran
una alta posibilidad de embarazos de alto riesgo.
La prevención de embarazos adolescentes en América Latina y el Caribe, por ejemplo,
sigue siendo un tema particularmente difícil. La tasa de natalidad promedio en el mundo
es de 38 nacimientos por cada 1000 mujeres menores de 20 años, pero la tasa promedio
en América Latina y el Caribe es 1.6 veces más alta que para el resto del mundo. Las altas
tasas de embarazos adolescentes retrasan el avance en la reducción de la mortalidad
materna, y reafirman que la región debe fortalecer las medidas preventivas entre los
adolescentes.
Después de dos días de discusión, quedó claro que la región debe incrementar la inversión
en la salud de niñas y mujeres, con el fin de prevenir todas las muertes y generar
desarrollo sustentable. Esto implica garantizar el acceso universal a los servicios de salud
reproductiva para toda la población, especialmente a los jóvenes; asegurar la
disponibilidad de servicios de salud esenciales para las mujeres en situación de
vulnerabilidad, con particular atención a las más pobres, indígenas, afro-descendientes y
jóvenes; además de promover un mejor acceso y disponibilidad de métodos
anticonceptivos modernos para toda la población.
Los gobiernos de la región también deben hacerse responsables y rendir cuentas sobre los
objetivos que se han trazado. Esto únicamente podrá ocurrir cuando los ciudadanos
puedan entender mejor y rastrear los avances en la materia: hay demasiadas muertes
maternas que no se registran ni se cuentan. Por ello, debemos trabajar para promover la
creación de sistemas nacionales de vigilancia, con el fin de monitorear tanto la incidencia
como las causas- directas e indirectas- de las muertes maternas, así como para
estandarizar las formas de evaluación de la salud materna y reproductiva.
La consulta, llevada a cabo en la Ciudad de México, constituyó una oportunidad sin
precedentes para que los actores clave de la región pudieran aprender de experiencias
pasadas y fijar prioridades para el futuro.
Hoy toca a los líderes del mundo adoptar estas recomendaciones. Los miembros del G20,
que recientemente se reunieron en México, deben darse cuenta del importante papel que
desempeñan las mujeres como agentes económicos. Además, es necesario que en la
Conferencia de la ONU Río+20 sobre Desarrollo Sustentable, que se está llevando a cabo
en Brasil, se reconozca el rol de las mujeres en la creación de un futuro próspero y
sustentable. Todos los esfuerzos regionales y globales deben trabajar en conjunto para
poner a las niñas y mujeres en el centro del desarrollo.
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Ha llegado el momento de garantizar la salud y el bienestar de niñas y mujeres y de hacer
de ello una prioridad global. Invertir en la salud de las niñas y las mujeres paga; es la mejor
inversión que se puede hacer. Cuando las mujeres sobreviven, las familias, las
comunidades y las naciones prosperan.
21 de junio de 2012.
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