pdf Justicia, inocencia y "cuerpo político" en "El médico de su honra"

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JUSTICIA, INOCENCIA Y "CUERPO POLÍTICO"
EN EL MÉDICO DE SU HONRA
CAROLYN MORROW
The University of Utah
En el tercer acto de El médico de su honra se cantan los versos "han de ser
teatros / de mil tragedias / las montañas de Montiel",1 versos que predicen la
muerte del rey don Pedro a manos de su hermanastro Enrique en la batalla de
Montiel. El médico de su honra presenta al monarca, al Infante, y a un rico
caballero de la corte, Gutierre, en un trágico conflicto de amor, honor y venganza
que tiene lugar antes de la guerra civil, otra lucha de honor, poder y venganza que
culmina en la batalla de Montiel. En las obras dramáticas de Calderón, el honor,
el poder y la justicia son temas recurrentes, y a menudo aparecen reunidos y
fuertemente conexos en una misma obra. La preponderancia de estos temas en
el teatro no es, desde luego, fortuita. Responde, por el contrario, a tendencias
esenciales de la cultura de los siglos XVI y XVII. En este ensayo trato de situar
El médico de su honra en un determinado contexto discursivo y explicar varias
implicaciones que el drama contiene y ciertas referencias y conexiones que
genera. Esta obra, como la mayoría de los dramas históricos, construye la visión
del pasado en función del presente. Según la definición de Francisco Ruiz
Ramón, el drama histórico interpreta el pasado "como metáfora, parábola o
alegoría del presente para poder establecer toda una red de correspondencias
analógicas entre ambos".2
En El médico de su honra Gutierre mata por sospechas a su mujer, que es
inocente, pero no al ofensor, de sangre real, y contra el que nada puede hacer
según el código de honor. La crítica ha dado diferentes y contradictorias
interpretaciones del drama y de Gutierre, su rival don Enrique, y el rey don
Pedro. Me propongo examinar discursos políticos y monárquicos de las primeras
1
Pedro Calderón de la Barca, El médico de su honra,, en Dramas de honor (ed. Ángel
Valbuena Briones). Espasa-Calpe, Madrid, 1956, vol. II, p. 109.
2
"El drama histórico: poética e ideología", en John Crispin, Enrique Pupo-Walker y Luis
Lorenzo-Rivero (eds.), Los hallazgos de la lectura: Estudio dedicado a Miguel Enguídanos.
Porrúa, Madrid, 1989, p. 31.
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décadas del siglo XVII para después relacionar éstos con ciertos temas del drama.
En mi opinión, al insertar en El médico discursos reminiscentes de los de Juan
de Mariana y Juan de Santa María, Calderón condena la venganza de Gutierre
igual que la complicidad del rey don Pedro al perdonar a Gutierre y casarlo con
Leonor.
Es relevante también examinar El médico de su honra en el sentido de
texto literario que establece un diálogo histórico con el lector y un diálogo
poético con las demás obras literarias. Mijail Bakhtin ha sido quien mejor ha
formulado en nuestro siglo esta dimensión de la literatura.3 Según Bakhtin, la
operación más importante que realiza la literatura desde muy antiguo es romper
lasfronterasde las formaciones discursivas pertenecientes a los diferentes campos del saber. Los discursos de El médico de su honra se enlazan con textos
históricos, crítica social y tratados políticos y económicos de fines del siglo
XVI y principios del XVII.
El análisis del diálogo presente-pasado en el drama sugiere una
identificación entre la inmoralidad de la España de Felipe IV y la corrupción
del reinado de Pedro I. En 1600, Martín González de Cellorigo comenta la
grave situación del imperio en el que no se ponía el sol: "No parece sino que se
han querido reducir estos reinos a una república de hombres encantados que
vivan fuera del orden natural".4 Los castellanos del siglo XVII se dan cuenta de
la gravedad de la situación; reconocen una proporción natural entre moralidad
y bienestar nacional. No habrá más victorias, advierte Mariana, hasta que se
reforme la moral.5 Los signos externos de la decadencia interna —ociosidad,
hipocresía, promiscuidad sexual, excesos en la apariencia externa— son temas
frecuentes en la comedia. Para el público de Calderón, la época de Pedro I —el
Justiciero, según nuestro drama, el Cruel según otras versiones—manifiesta la
misma corrupción de costumbres que la España de Felipe IV La inmoralidad
de los tiempos de Pedro I va acompañada de luchas por el control político y
social entre los intereses de la monarquía y de los grandes señores. La sublevación
3
Dentro de la literatura, parece seria novela el lugar privilegiado para ese someter a prueba
los componentes más diversos del sistema social discursivo. Pero la novela no es el único lugar de
experimentación interdiscursiva. Ésta se realiza igualmente en el texto dramático. Vid. Mijail
Bakhtin, Teoría y estética de la novela (trad. Helena S. Kriúkova y Vicente Cascarra). Taurus,
Madrid, 1989, p. 220; y Graham Pechey, "On the Borders of Bakhtin: Dialogisation,
Decolonisation", en Ken Hirschkop y David Shepherd (eds.), Bakhtin and Cultural Theory.
Manchester University Press, Manchester and New York, 1989, pp. 75-79.
4
Martín González de Cellorigo, Memorial de la política necesaria y útil restauración a la
república de España y estados della y desempeño universal destos reinos. Valladolid, 1600, f. 25.
5
Juan de Mariana, De spectaculis, en Obras del padre Juan de Mariana. BAE, Madrid,
1950, t 31, vol. II, p. 460.
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organizada contra Pedro por la alta nobleza y encabezada por su hermanastro
Enrique termina en 1369 con el asesinato del primero.
Entre las imágenes de la realeza, se encuentra otro discurso político que
nutre el drama de Calderón, el de Juan de Santa María en su República y
policía cristiana (1617). El franciscano propone un arte de bien gobernar
basándose en el recto uso de los cinco sentidos corporales. Comienza por la
vista, y dice que los reyes han de ser muy solícitos en ver los males que
aquejan a su reino, para ponerles remedio. Así, los ojos se relacionan con la
virtud de la justicia, pues con ellos se inquiere la verdad, se contemplan los
desafueros y excesos y se les da pronto castigo.6 En el acto segundo las palabras
del rey, que anda noctámbulo por la ciudad, enlazan con los discursos de Santa
María: "Toda la noche rondé / de aquesta ciudad las calles, / que quiero saber
así / sucesos y novedades" (II, vv. 389-392).
También con esta virtud se relaciona el segundo de los sentidos, el oído.
Deben estar los reyes muy dispuestos a conceder audiencias, pues sólo así oirán
verdades y se enterarán de lo que pase en su reino. El médico de su honra
subraya la importancia de la audiencia, ocasión en la cual el Rey recibe
información que no puede adquirirse directamente por los ojos. Se nos presenta
al Rey justiciero, garante y defensor de la dignidad de sus vasallos —es decir,
de su honor— saliendo al paso de las desmesuras de algún tiránico señor, o así
es en las palabras de Santa María. Éste es el caso en el drama cuando don Pedro
escúchalas quejas que ofrece Leonor en contra de Gutierre: "Pedí justicia; pero
soy muy pobre: / Quéjeme del; pero es muy poderoso" (I, vv. 665-666). Al
prometer solución al dilema de la dama ("fiad, Leonor, de mí"), el Rey determina investigar la causa de la mudanza de Gutierre en una audiencia con el
caballero. En la segunda audiencia se revelan atributos determinantes de los
personajes: la obsesión de Gutierre por el honor, la veracidad de Leonor, y el
valor de don Arias, privado del Infante.
No obstante, la audiencia más importante tiene lugar entre el Rey y su
hermano. En ésta se incorpora al subtexto del drama otro concepto que deriva
de los estudios de gobierno. Es la concepción corporativa del rey y del reino;
recurren con frecuencia a esta idea Álamos de Barrientos, Santa María, y otros
investigadores de la ciencia de gobernar. El concepto reconoce el papel del rey
como cabeza, corazón y alma de su pueblo y la república como "cuerpo
político".7 Vemos aquí la noción de una identificación o compenetración entre
6
Juan de Mariana, República y policía christiana. Lisboa, 1621, pp. 182-184.
Charles Davis, "El tacitismo político español y la metáfora del cuerpo", en Le corps
comme métaphore dans l'Espagne des XVF et XVIIé siécles: Du corps métaphorique aux
métaphores corporelles. Presses de la Sorbonne Nouvelle. París, 1992, p. 34.
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el príncipe y su estado. Por tanto, al vigilar los intereses del estado, el príncipe
se está defendiendo a sí mismo; el bien común y el bien del príncipe son iguales.
La metáfora del cuerpo forma parte del código político imperante en el diálogo
de don Pedro y don Enrique. El Infante responde a las preguntas del Rey: "tu
precepto / es ley que tu lengua imprime / en mi corazón, y en él / como en el
bronce se escribe" (III, vv. 159-162). Aquí don Enrique subraya la primacía de
la figura del rey y su relación con los demás.
El rey empieza el diálogo instando a don Enrique a que se enmiende, o, si
no deja éste los "vanos intentos" de rendir a Mencía, "podrá ser que de mi
justicia/ que aun mi sangre no se libre" (III, vv, 157-158). Inmediatamente el
Infante apela al segundo de los sentidos del Rey en versos que nos recuerdan la República y policía cristiana de Santa María: "escucha disculpas mías;
/ que no será bien que olvides / que con iguales orejas / ambas partes han de
oírse" (III, vv. 163-166). Luego el monarca se refiere a otro testigo de la culpa
del Infante: "¿Veis este puñal dorado? / Geroglífico es que dice / vuestro
delito: a quejarse / viene de vos, y he de oírle" (III, vv 209-212).
La daga juega un papel aun más importante cuando, al tomarla el Infante,
éste corta la mano del Rey, provocando del monarca una reacción violenta:
"¿Qué hiciste / traidor?" (III, vv. 218-219). El fratricida y su futura víctima,
turbados, confusos, se hallan ahora enemistados, viendo el Rey el hado fatal
que le espera: "Oh ¡qué aprensión insufrible! / Bañado me vi en mi sangre, /
muerto estuve!" (III, vv. 236-238).
Durante la escena entre el Rey y el Infante, Gutierre escucha escondido
detrás de la cortina, de la misma manera en que esperaba Leonor oculta de Gutierre
en el acto primero, pero sin salir éste de su escondite como en el caso de la
dama. El monarca se olvida por completo de Gutierre, imaginando lo que será
obsesión de su hermanastro, "a mis espaldas vengarse / de mí" (III, vv. 469-470).
Enseguida, Gutierre decide matar a su esposa, Mencía, impulsado por
dos principios fundamentales y relacionados: la defensa de su honor y la defensa
del rey como corazón del cuerpo político. Primero expresa el asombró "¡Todo
es prodigios el día" (III, v. 247), para luego sumirse en el temor del agravio y
después en otro aun más terrible, que el monarca, y por consecuencia el cuerpo
político, esté en peligro junto con su honra. Gutierre determina salvar al rey, la
república y su honra: "Arranquemos de una vez / de tanto mal las raíces. /
Muera Mencía..." (III, vv. 255-257), Ausente Mencía se elimina el conflicto
inmediato entre don Pedro y don Enrique, y la rivalidad entre Gutierre y el
Infante. Gutierre actúa de acuerdo con la teoría política de Jerónimo de Ceballos
y otros: " Y quando se trata de la conservación de la cabeza todo lo demás
es accesorio, córtese el pie y la mano, y viva la cabeza, muera el vasallo que
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es miembro y viva el rey".8 La idea del "Rey-cabeza", definiendo al monarca
por sus funciones, insiste en la preeminencia del individuo sobre el grupo.
Esta superioridad esencial del monarca constituye uno de los ejes centrales
que sostiene el nexo discursivo relativo a la majestad real. Al recetar una cura
radical, Gutierre será médico de su honra y médico del cuerpo político.
Si la imagen justiciera del monarca y su primacía es importante hasta
principios del acto tercero, se vuelve mínima al final del drama. Se revelan
otros atributos relacionados con la visión tradicional de un rey cruel y violento.
En el segundo acto el monarca, rondando las calles de Sevilla, se enfada al ver
''valientes infinitos" y, afirma, "a una tropa de valientes / probé solo en una
calle" (III, vv. 419-420). Al final, vemos en su carácter ambivalencia, duda y
confusión. Enterado de la venganza de Gutierre y la muerte de Mencía, el
monarca determina castigar a aquél, "así haremos / como Rey, supremo juez"
(III, vv. 732-733). Sin embargo, poco después, el monarca reevalúa el caso,
cambia de parecer y decide, hablando de Gutierre, que "Cuerdamente / sus
agravios satisfizo" (III, vv. 744-745).
Los lectores de la Historia general de España de Mariana, saben que el
Rey comprende mejor que otro la acción de Gutierre y, comprendiendo, le
permite la venganza sangrienta y secreta. Según la Historia general, don Pedro
mandó matar a su propia esposa, la reina doña Blanca:
Hízola morir con yerbas que por su mandado le dio un médico en Medina
Sidonia en la estrecha prisión en que la tenían, tanto que no se le permitía que
nadie la visitase, ni hablase: abominable locura, inhumano, atroz y fiero hecho
matar á su propia mujer [...] Mas a tí, Rey atroz, ó por mejor dezir, bestia
inhumana y fiera, la ira é indignación de Dios te espera, tu cruel cabeza con
esta inocente sangre queda señalada para la venganza. De esas tus rabiosas
entrañas se hará á aquel justo y contra tí Severo Dios un agradable y suave
sacrificio. La alma inculpable y limpia de tu esposa, mas dichosa en ser vengada
que con tu matrimonio, de dia y de noche te asombrará, y perseguirá de tal
guisa, que ni la vergüenza de lo torpe y sucio, ni el miedo del peligro, ni la
razón y cordura de tu locura y desatino te aparten ni enfrenen, para que fuera
de seso no aumentes las ocasiones de tu muerte, hasta tanto que con tu vida
pagues las que á tantos buenos y inocentes tienes quitadas.9
Los textos de la época señalan que sucedían hechos como el que nos
narra Calderón. En\m Aviso de 1644 que recoge Pellicer se lee la noticia de la
8
Jerónimo de Ceballos, Arte real para el buen gobierno de los Reyes y príncipes, y de sus
vassallos. Toledo, 1623, f. 117.
9
Juan de Mariana, Historia general de España, en Obras del padre Juan de Mariana.
BAE, Madrid, 1950, t. 30, vol. I, p. 502.
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mujer del pintor Alonso Cano, asesinada en su casa con quince puñaladas. El
Museo Pictórico de Palomino nos cuenta más detalles del escándalo: "La voz
que se divulgó [...] fue que Alonso Cano la había muerto, o por sospechas mal
fundadas [...] o por tomar de aquí ocasión para casarse con cierta dama de
quien se hallaba notoriamente prendado".10
Vale la pena mencionar la fuerte simpatía con que Mariana pinta a la
pobre reina esposa de Pedro I: "No hay memoria entre los hombres de mujer
en España a quien con tanta razón se le deba tener lástima como a esta pobre,
desastrada y miserable Reina".11 En nuestro drama la simpatía por la inocente
se transfiere al gracioso Coquín, quien, en su corrida por las oscuras calles de
Sevilla ("enternecido de ver / una infelice mujer / perseguida de su estrella"
[III, vv. 711-713]), pretende evitar la muerte de Mencía. El Rey, al llegar a la
casa, adopta la misma actitud de Coquín, "Gutierre sin duda es / el cruel que
anoche hizo / una acción tan inclemente" (III, vv. 741-743). Sin embargo,
el monarca enseguida muestra duda e inconstancia, rasgos que no coinciden
con el ideal de comportamiento regio. El rey debe ser contemplado por sus
subditos como situado en una posición de incomparable e inalcanzable
superioridad. Aquí, en cambio, la ausencia de virtud en el rey origina confusión,
convirtiendo en inútiles tanto al juez como a la ley. Al representar su particular punto de vista en oposición a los intereses comunes, Pedro provoca una
inaceptable disminución de la autoridad regia. Y, bajo la lógica del mundo al
revés, Coquín deja de ser algo pasajero por míos momentos para convertirse
en el eje de la trama.
Para concluir, es relevante mencionar el lamento del esposo celoso en A
secreto agravio, secreta venganza:
¿En qué tribunal se ha visto
condenar al inocente?
¿Sentencias hay sin delito?
¿Informaciones sin cargo?
Y sin culpas, ¿hay castigo?
¡Oh locas leyes del mundo!12
Las "locas leyes" rigen el último acto de El médico de su honra. Al no
corresponder la justicia del monarca con los mandamientos para el bienestar
del reino, se nos niega un sentido final y único, sin ambigüedades.
10
Vid. Ángel Valbuena Briones, "Prólogo", en Calderón de la Barca, Dramas de honor, ed.
cit, vol. I, p. XL.
11
Juan de Mariana, Historia general..., ed. cit., p. 502.
12
Pedro Calderón de la Barca, Á secreto agravio, secreta venganza, en Calderón de la
Barca, Dramas de honor, ed. cit, pp. 74-75.
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