Concierto de Gala_20122

Anuncio
Notas: Juan Arturo Brennan
1
HÉCTOR BERLIOZ (1803-1869)
Obertura El carnaval romano, op. 9
Si las autoridades francesas del siglo XIX se hubieran decidido a aplicar con todo rigor las
leyes y los reglamentos en materia de explosivos y armas de fuego, seguramente que
Héctor Berlioz habría protagonizado diversos encuentros con las fuerzas del orden público.
Esto, simple y sencillamente porque, como es bien sabido, Berlioz ha sido uno de los más
notables artilleros musicales de la historia. Antes de entrar en la materia de su obertura El
carnaval romano, se antoja explorar un poco este asunto. Es preciso aclarar, ante todo, que
el calificativo de artillero le fue aplicado a Berlioz en su tiempo con una intención
estrictamente peyorativa. ¿Quiénes fueron los culpables de ello? Simple y sencillamente,
los espíritus timoratos que no concebían cómo un compositor podía atreverse a vulnerar los
sacrosantos principios orquestales heredados de Ludwig van Beethoven (1770-1827) y sus
contemporáneos. En efecto, Berlioz tuvo la curiosidad, el oído y la vocación para proponer
cosas nuevas en la orquesta, para sacar de ella nuevas sonoridades y colores, y para caer de
vez en cuando en el saludable impulso de obsequiar al público con algunas poderosas y
extrovertidas acumulaciones acústicas. Las críticas en contra de esta visión sonora de
Berlioz no se limitaron a la palabra escrita; existe una caricatura contemporánea del
compositor que muestra a Berlioz dirigiendo una orquesta enorme en la que no sólo hay
cantidades industriales de metales y percusiones, sino también obuses, bombardas, cañones
y diversas piezas de artillería surtida. La caricatura, vista en el contexto actual, resulta
inofensiva y divertida y nos recuerda que, en efecto, Berlioz supo acercarse a la orquesta
con una nueva y poderosa proposición sonora.
No hay que perder de vista, sin embargo, que no toda su música es un gran
espectáculo acústico. De hecho, las grandes baterías de artillería en la obra de Berlioz están
presentes sobre todo en su Gran misa de muertos y en su Sinfonía fúnebre y triunfal. Para
el resto de sus obras orquestales, Berlioz no aplicó tanto la cantidad, sino la calidad, y esto
es especialmente evidente en sus oberturas, que en conjunto son una parte importante del
catálogo del compositor. Vale la pena citar, entre ellas, las oberturas Rey Lear, El corsario,
Los jueces francos, Waverley, Benvenuto Cellini, Beatriz y Benedicto y El carnaval
romano.
La obertura El carnaval romano fue escrita por Berlioz con la intención original de
utilizarla como introducción al segundo acto de su ópera Benvenuto Cellini. El material
musical de la obertura tiene como fundamentos, por una parte, el aria del primer acto de la
ópera, Oh, Teresa, a la que amo, y por la otra, el vivaz saltarello que se baila en la Plaza
Colonna de Roma durante el segundo acto. Al parecer, este saltarello le dio a Berlioz
muchos dolores de cabeza, porque François Habeneck, el director encargado del estreno de
la ópera, no supo qué hacer con la música ni con los bailarines, de modo que Berlioz no
pudo o no quiso ocultar su hostilidad, misma que le fue reciprocada por Habeneck. El
resultado de todo esto (que no de la música de Berlioz) es que en su estreno la ópera fue
silbada, pero la obertura fue aplaudida.
La obertura El carnaval romano se inicia con una poderosa introducción que
recuerda un fragmento de una tarantella. En seguida, el aria de Benvenuto Cellini es
cantada por un lánguido corno inglés, y esta sección conduce a la aparición del saltarello
que tantas amarguras le produjo al compositor. Este saltarello domina el resto de la
obertura, en cuyo final Berlioz construye un interesante montaje sonoro con entradas
sucesivas, pasajes en canon y cambios de tempo que, aunados a la brillante orquestación,
hacen de esta pieza una exuberante experiencia sonora. Como de costumbre, no faltaron los
espíritus conservadores que se asustaron con la música novedosamente concebida por
Berlioz; el 15 de diciembre de 1886, el compositor estadunidense George Templeton
Strong (1856-1948) escribió en su diario:
No puedo comparar El carnaval romano de Berlioz con nada que no sean los bufidos y
aullidos de un mono enorme, sobre-excitado por una severa dosis de alcohol.
Evidentemente, el alcohólico era el señor Templeton, y los únicos bufidos que se
escuchaban eran los suyos propios. Berlioz terminó la obertura El carnaval romano en
1843, y la estrenó dirigiéndola él mismo en la Sala Herz de París el 3 de febrero de 1844.
2
HÉCTOR BERLIOZ (1803-1869)
D’amour l’ardente flamme, de La condenación de Fausto, op 24
Una vez más, hay que empezar con un poco de historia. En el siglo XIX, el orgulloso
pueblo húngaro se hallaba sometido por los austriacos, específicamente por la reinante
dinastía de los Habsburgo, y lo que hoy conocemos como Hungría era entonces considerada
por el imperio como una simple frontera de conveniencia política. Como suele ser en este
tipo de casos, los húngaros buscaron y hallaron diversas formas de mantener su identidad
nacional, aun bajo la dominación. Surgieron entonces los llamados kuruc, que eran como
guerrilleros, partisanos de la baja nobleza que luchaban contra el imperio. Además de la
lucha armada, los kuruc tenían como objetivo la preservación del patrimonio cultural
húngaro, por lo que se dedicaron a la conservación de la música y el folklore de su patria.
El repertorio de melodías y canciones de los kuruc se basaba fundamentalmente en la
tradición popular húngara, pero contenía también elementos de la música barroca y rococó
de la Europa central y occidental. Estas melodías solían ser tocadas en los instrumentos
tradicionales: el violín, el cymbalom (especie de salterio) y el taragota (instrumento de
viento de doble caña).
Uno de los personajes importantes de este movimiento étnico y musical húngaro fue
Janos Bihari (1764-1827). Aunque el dato no está confirmado, se dice que él pudo haber
sido el autor de la famosa Canción de Rakoczy, que se convirtió en una especie de himno
libertario entre los patriotas húngaros. La melodía original de la Canción de Rakoczy tuvo
su origen en la música de los kuruc. Desde la mitad del siglo XVI la familia Rakoczy fue
notoria en la parte norte de Hungría. Varias generaciones de este clan estuvieron
involucradas continuamente en el quehacer político y social de la región. El miembro más
notable de la familia fue sin duda Ferenc Rakoczy II, importante patriota húngaro quien, a
pesar de su origen noble, su riqueza y su patrimonio, se alió con los campesinos de su país
en la lucha contra la opresión de los Habsburgo. En el año de 1703 Rakoczy se puso a la
cabeza de un levantamiento popular conocido como la Rebelión de los Kuruc, y durante
toda su vida fue un ferviente patriota. Fue en honor de Ferenc Rakoczy II que surgió del
pueblo la Canción de Rakoczy, conocida en distintas versiones a lo largo del tiempo. Sobre
la melodía original de la canción, Héctor Berlioz compuso la famosa Marcha Rakoczy,
también conocida como Marcha húngara, que es el fragmento más conocido de su leyenda
dramática La condenación de Fausto.
Hacia 1828 Berlioz compuso la obra que habría de llevar el número de Opus 1 en su
catálogo, las Ocho escenas de Fausto, sobre el drama de Goethe según la traducción de
Gérard de Nerval. Berlioz nunca estuvo del todo satisfecho de esta partitura, llegando
incluso a destruir todas las copias que pudo encontrar, pero conservó algunas ideas que más
tarde habría de incorporar a La condenación de Fausto. Esta nueva obra fue iniciada en
1845, al retomar Berlioz la figura de Fausto como protagonista de su música. El compositor
realizó la mayor parte de La condenación de Fausto durante una extensa gira de conciertos
por Austria, Hungría, Bohemia y Silesia, y concluyó la obra ya de regreso en París el 19 de
octubre de 1846. Concebida como una especie de ópera en concierto, de estructura y
características muy similares a las de un oratorio, La condenación de Fausto fue estrenada
en la Ópera de París el 6 de diciembre de 1846, resultando inicialmente un fracaso. Sólo la
Marcha Rakoczy fue recibida con algún entusiasmo, lo que llevó a Berlioz a plantear
algunos cambios en el planteamiento de la obra para conservar esta pieza en su revisión de
La condenación de Fausto. No fue sino hasta el 3 de febrero de 1893 que la obra fue
representada como lo que en realidad es, una ópera en cinco actos, en Monte Carlo. El
desarrollo narrativo de esta obra sigue de cerca el original de Goethe, a través de un libreto
escrito originalmente por el propio Berlioz y más tarde revisado por el compositor en
colaboración con Almire Gandonniére. En medio de graves dudas existenciales y
filosóficas, el doctor Fausto es tentado por Mefistófeles con placeres mundanos diversos,
entre los que destaca la conquista de la bella Margarita. Después de muchas peripecias,
cuyo núcleo es el pacto por el que Fausto ofrece su alma a Mefistófeles a cambio de los
placeres y las conquistas, Margarita es falsamente acusada de haber dado muerte a su
madre y es enviada a prisión. Al final de la obra, Fausto debe pagar su deuda con
Mefistófeles y cae a los infiernos, mientras que Margarita, purificada, asciende al cielo.
La condenación de Fausto está dividida en cuatro grandes secciones, y a lo largo de
su desarrollo el coro juega un papel de gran importancia, alternando la personificación de
ciudadanos, estudiantes, soldados, parroquianos, gnomos, silfos, campesinos, condenados
en el infierno y almas en el cielo. Hacia el fin de la primera sección de la obra de Berlioz se
escucha la Marcha húngara o Marcha Rakoczy, como elemento musical que justifica el
cambio de la acción dramática a los llanos de Hungría. Si bien la leyenda dramática La
condenación de Fausto no suele interpretarse completa con frecuencia, tres de sus piezas
instrumentales suelen aparecer de vez en cuando en las salas de conciertos: la Danza de los
silfos, el Minueto de los duendes y la Marcha Rakoczy, sin duda la más famosa de las tres.
3
GIUSEPPE VERDI (1813-1901)
Obertura de la ópera Luisa Miller
La ópera Luisa Miller fue compuesta por Verdi en 1849, el mismo año en que compuso La
batalla de Legnano. Esta cronología indica que aún habrían de pasar dos años para que
Verdi diera a conocer la primera de sus óperas verdaderamente maduras, Rigoletto, en
1851. Durante la composición de Luisa Miller, Verdi vivía en París con la soprano
Giuseppina Strepponi, quien habría de ser su compañera por el resto de su vida. En agosto
de 1849, la pareja abandonó París y volvió a Italia, instalándose primero en Busseto
(localidad vecina a Roncole, pueblo natal del compositor) y más tarde en una propiedad
recientemente adquirida por Verdi en Sant’Agata.
La historia de Luisa Miller transcurre en el Tirol en la primera mitad del siglo
XVIII, y el argumento de la ópera es el siguiente. La joven Luisa, hija del viejo soldado
Miller, está enamorada de Rodolfo, hijo del conde Walter. Sin embargo, por presiones
familiares, Rodolfo debe casarse con la duquesa Frederica de Ostheim, y cuando se rehúsa
a hacerlo, es puesto en prisión por su padre, junto con el padre de Luisa. Después, el conde
Walter logra que Wurm, uno de sus seguidores, convenza a Luisa para que escriba una
carta en la que le dice a Rodolfo que está enamorada de otro hombre. Cuando Rodolfo es
liberado de la prisión, le hace confesar a Luisa haber escrito la carta. Después, envenena a
la joven y se envenena él mismo. Antes de que el veneno surta efecto, Luisa le revela a
Rodolfo que ha sido Wurm quien la ha obligado a escribir la carta. Rodolfo aún tiene
fuerzas para matar a Wurm antes de morir.
El libreto de Luisa Miller fue escrito por Salvatore Cammarano y estuvo basado en
la tragedia Kabale und Liebe (Intriga y amor) de Friedrich Schiller. Esta obra fue escrita
en 1783 y editada en 1784, y resultó uno de los primeros éxitos de Schiller en la escena, al
ser muy bien recibida por el público y la crítica en el Teatro de Mannheim, en el que
Schiller era dramaturgo residente. Antes de redactar el libreto para Luisa Miller,
Cammarano había colaborado con Verdi en las óperas Alzira y La batalla de Legnano, y
más tarde habría de crear el libreto para El trovador. Respecto a la elección del texto de
Schiller, el musicólogo Andrew Porter, especialista en la música de Verdi, comenta lo
siguiente:
Kabale und Liebe de Schiller es una “tragedia de clase media”, y Luisa Miller, la ópera
basada en ella, refleja la nueva preocupación de Verdi sobre gente ordinaria (pero
interesante) metida en predicamentos interesantes.
Quienes conocen de ópera afirman que en su caracterización del personaje de Luisa el
compositor dio los primeros pasos firmes hacia el dominio pleno de la materia dramática.
Delineada con mayores matices psicológicos que las anteriores heroínas de Verdi, esta
Luisa Miller representa un importante punto de partida para el posterior refinamiento de los
personajes femeninos de sus óperas. Hay quienes afirman, incluso, que en las cualidades y
defectos de Luisa Miller es posible hallar el germen de la estupenda caracterización de
Violeta Valéry, la desdichada heroína de la ópera La Traviata (1853), una de las creaciones
operísticas más completas de Verdi.
Sobre la obertura de la ópera Luisa Miller, que suele ser interpretada con alguna
frecuencia en las salas de concierto, el musicólogo Guglielmo Barblan comenta lo
siguiente:
Es innegable que en el fogoso discurso de la admirable obertura de la ópera vibra una
irrefrenable violencia trágica que da lugar al inquietante ambiente de insidia y maleficio
que domina al drama. Aquí, la mano del sinfonista experimenta con los recursos de las
modulaciones más convincentes, de los contrapuntos más lógicos, de las imitaciones
temáticas dinámicamente activas, para desembocar en un misterioso episodio en el que el
tema principal, elaborado a base de delicadas tensiones modulantes, parece fragmentarse
en inesperados silencios que se repiten varias veces antes de llevar al tejido sinfónico a un
claro do mayor. Verdi teje aquí los hilos de la unidad dramática de la ópera, concebida y
desarrollada cada vez más como un bloque teatral unitario, siguiendo un plan de continuo
crecimiento de las tensiones emocionales.
Luisa Miller fue estrenada en el Teatro San Carlo de Nápoles el 8 de diciembre de 1849,
bajo la dirección musical del propio Verdi.
4
GIUSEPPE VERDI (1813-1901)
Mi parea… Piangea cantando nell’erma landa, de la ópera Otelo
Las minucias, ligeras como el aire, son para el celoso confirmaciones tan fuertes como la
Sagrada Escritura.
Estas palabras, dichas por Iago en la tercera escena del tercer acto de la tragedia Otelo de
William Shakespeare, bien pudieran servir como resumen del tema principal de la obra. De
manera más detallada, una hermosa y antigua edición (de 1937) de las obras completas de
Shakespeare describe así el arranque de esta historia de envidia, celos y muerte:
Otelo es un noble moro al servicio del duque de Venecia. Iago, su subalterno, está enfermo
de celos por su éxito y progreso. Otelo escapa con Desdémona, hija del senador Brabantio,
lo que Iago informa al padre, quien a su vez se queja con el duque. La historia de amor de
Otelo y Desdémona ablanda al duque, quien da su consentimiento para el matrimonio de
los enamorados, en parte porque requiere de los servicios de Otelo en contra de los turcos.
Iago planea aprovechar la naturaleza crédula de Otelo para socavar su confianza en
Desdémona.
A partir de ahí, Iago urde y pone en práctica diversas tramas para enfrentar a Otelo con
Desdémona, utilizando al caballero Rodrigo como carne de cañón en su intriga. En el
centro de su plan está el dejar el pañuelo de Desdémona en la habitación de Casio, fiel
lugarteniente de Otelo. Como suele ocurrir en este tipo de historias, el desenlace es bastante
sangriento: Otelo golpea a Desdémona en público, Iago mata a Rodrigo y hiere a Casio,
Otelo mata a Desdémona, Iago apuñala a su esposa Emilia, Otelo hiere a Iago y después se
mata.
A los 74 años de edad, y con el éxito de su ópera Aída a sus espaldas, Giuseppe
Verdi requirió los servicios del compositor y libretista Arrigo Boito (1842-1918) para
adaptar la potente tragedia de Shakespeare como libreto operístico. Suele decirse que,
debido a su riqueza y complejidad, son pocas las obras de Shakespeare que han sido
adaptadas con fortuna al terreno de la ópera, debido a que las mejores cualidades del texto
original se pierden en el proceso. En este contexto, se dice también que la de Boito es una
de las mejores adaptaciones operísticas que se han hecho sobre Shakespeare, y que su
potente y concentrado libreto recibió de Verdi un tratamiento musical igualmente efectivo.
Por razones de estructura y concisión, Boito omitió en su libreto el primer acto de la
tragedia de Shakespeare, cuya acción ocurre en Venecia.
Habían pasado quince años desde Aída, y prácticamente la única obra importante
creada por Verdi entre esta ópera y Otelo había sido su Misa de Réquiem en memoria de
Alessandro Manzoni. Después de la difícil y conflictiva (pero finalmente productiva)
relación de trabajo con Boito durante la gestación del libreto, Verdi logró en su música
para Otelo un discurso más fluido y orgánico de lo que era tradicional en aquel tiempo, y
entre los dos se acercaron a una forma de arte escénico que integraba magistralmente la
música, la literatura y las artes visuales. Es decir, ni más ni menos, una interesante
aproximación al concepto de “obra de arte total” que impulsaba Richard Wagner (18131883), el principal rival de Verdi. Sobre esta interesante e importante confrontación en la
historia de la ópera, El libro de la ópera editado por la casa Simon & Schuster ofrece esta
interesante reflexión:
Lejos de poner fin al conflicto que dividía a verdianos y wagnerianos, Otelo mostró que el
viejo maestro había comprendido, durante sus años de meditación, que era posible
aprender de experiencias distintas y a veces opuestas a aquellas a las que uno ha
permanecido fiel a través de toda una vida de trabajo.
Otelo fue estrenada en el Teatro de La Scala de Milán el 5 de febrero de 1887. El papel
titular fue cantado por el famoso tenor Francesco Tamagno, quien fue elegido
especialmente por Verdi para protagonizar esta ópera. Cabe recordar que el 4 de diciembre
de 1816 se había estrenado en Nápoles el Otelo de Gioachino Rossini (1792-1868), con
Isabella Colbran, esposa del compositor, en el papel de Desdémona.
5
PIOTR ILYICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)
Polonesa y Escena de la carta, de la ópera Eugene Onegin
Eugene Onegin es, sin duda, la más popular de la docena de óperas compuestas por
Tchaikovsky. Data de 1878, lo que la coloca, cronológicamente, entre las óperas Vakula el
herrero (1875) y La doncella de Orleans (1879). No hay duda de que uno de los atractivos
principales de Eugene Onegin es el hecho de que su libreto, escrito por el compositor en
colaboración con Konstantin Shilovski, está basado en un poema de Alexander Pushkin
(1799-1837) que es más bien una novela en verso. En el desarrollo de Eugene Onegin es
posible hallar no sólo un buen trazo de la historia individual de un personaje, sino también
una interesante descripción de muchos aspectos de la vida en Rusia en los inicios del siglo
XIX. En la adaptación de Tchaikovsky y Shilovski, el libreto nos cuenta la historia del
amor de Tatiana (epítome de la mujer rusa de su tiempo, idealización poética del carácter
femenino) por Eugene (escéptico y dubitativo) quien al principio no le corresponde.
San Petersburgo, al inicio del siglo XIX. La noble dama Madame Larina tiene una
joven y hermosa hija, Tatiana, quien se ha enamorado de Eugene Onegin, un hermoso
joven que es amigo de Lensky. A su vez, Lensky es el novio de Olga, la hermana de
Tatiana. Durante toda la noche, Tatiana escribe una larga carta a Onegin, en la que le
confiesa sus sentimientos. Al día siguiente, Onegin se encuentra con Tatiana en el jardín.
Le dice que las jovencitas como ella deben ser discretas y prudentes, que él no es
merecedor de sus atenciones, y que debe olvidarlo.
Más tarde, se celebra una fiesta por el cumpleaños de Tatiana. Entre los asistentes a
la fiesta comienzan a correr chismes sobre Tatiana y Onegin, quienes han estado bailando.
Molesto por las habladurías de la gente, Onegin decide bailar con Olga, quien había
prometido bailar con Lensky. Enojado, Lensky le reclama a Olga y ella, más enojada
todavía, le ofrece a Onegin bailar otra pieza con él. El tutor francés de la familia, Monsieur
Triquet, canta una canción de alabanza para Tatiana. Cuando el baile se reanuda, Lensky
discute con Onegin y lo reta a duelo. Temprano a la mañana siguiente, los dos caballeros se
encuentran a la orilla de un arroyo, cerca de un viejo molino. Ninguno de los dos da el
primer paso para reconciliarse, y deciden llevar a cabo el duelo. Con su primer disparo,
Onegin mata a Lensky.
Han pasado seis años, durante los cuales Onegin ha estado en el extranjero. El joven
regresa a San Petersburgo. Se ofrece un baile en el palacio del príncipe Gremin, quien
ahora es el esposo de Tatiana. Entre los invitados al baile está Onegin, quien al encontrarse
de nuevo con Tatiana se da cuenta de que la ama. Le escribe una carta a la dama y le pide
que se encuentre con él. Ella acepta la cita y cuando se encuentran, Onegin le declara de
nuevo su amor y le pide que huya con él. Al principio, Tatiana no sabe qué decir. Después,
le responde a Onegin con palabras de amor. Pero finalmente Tatiana le recuerda a Onegin
que ella tiene un compromiso de esposa con el príncipe Gremin, y lo despide para siempre.
La merecida popularidad de que Eugene Onegin goza entre los públicos melómanos
de todas las latitudes ha sido avalada en diversas ocasiones por músicos ciertamente
exigentes. El gran compositor checo Antonin Dvorák (1841-1904) escribió estas palabras a
Tchaikovsky después de haber asistido a una representación de Eugene Onegin:
Le confieso con placer que su ópera me dejó una muy profunda impresión, una impresión
como la que espero de una verdadera obra de arte, y no dudo en afirmar que ninguna de
sus composiciones me ha proporcionado tal placer. Se trata de una obra espléndida, llena
de poesía y cálidos sentimientos y, a la vez, trabajada y desarrollada hasta su último
detalle. En suma, esta música nos habla y penetra de manera tan profunda en nuestra alma
que es inolvidable. Lo felicito, y nos felicito, y ruego a Dios que sea usted preservado para
darle al mundo muchas composiciones como ésta.
Se dice que la intensidad dramática y musical lograda por Tchaikovsky en Eugene Onegin
(sobre todo en su primer acto) tiene su raíz en las evidentes analogías que hay entre la
narración de Pushkin y las circunstancias reales de la vida del compositor, quien en julio de
1877, un par de meses después de iniciar la composición de esta ópera, había tenido la
pésima idea de casarse con una tal Antonina Milyukova, lo que ocasionó la crisis
emocional más terrible de su vida. Quizá como reflejo de ello, destaca en Eugene Onegin la
evidente simpatía con la que Tchaikovsky caracterizó a Tatiana. Es precisamente Tatiana la
encargada de interpretar la más famosa y la más lograda de todas las escenas operísticas de
Tchaikovsky, la escena de la carta del primer acto de Eugene Onegin.
Ésta, la más popular de las óperas del compositor ruso, recibió un estreno semiprofesional en el Conservatorio de Moscú el 29 de marzo de 1879, bajo la dirección de
Nicolás Rubinstein, y fue recibida con cierta frialdad, debida probablemente a que a pesar
de su intenso contenido expresivo, se trataba de una ópera con poca acción escénica. El
estreno oficial ocurrió en el Teatro Bolshoi de Moscú, el 23 de enero de 1881, bajo la
batuta de Enrico Bevignani.
6
PIOTR ILYICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)
Marcha eslava, op. 31
A partir de la complicadísima historia de la región de Europa Central que hoy conocemos
como Serbia, y después de un exhaustivo trabajo de asimilación, proceso y eliminación de
datos, fechas, y referencias sobre temas conexos y afines, es posible intentar una
aproximación a los orígenes de la Marcha eslava de Tchaikovsky. El hecho de que
actualmente Turquía esté metida en una enorme bronca político-militar con Grecia por el
asunto de la posesión y el dominio sobre Chipre (o su eventual partición), tiene numerosos
antecedentes geopolíticos; entre ellos está el que se narra brevemente a continuación.
En la segunda mitad del siglo XIX, los turcos tenían bajo su dominio a varias
provincias balcánicas, cuyos habitantes solían rebelarse de vez en cuando, dando origen a
alguna de las numerosas guerras que ocurrieron en aquel tiempo. Una de estas rebeliones
ocurrió en el año de 1875: los serbios de la provincia de Herzegovina se levantaron en
armas contra el yugo turco. Los rusos, que como siempre andaban metiendo las manos en
todas partes, aprovecharon la ocasión para ofrecer las provincias de Bosnia y Herzegovina
al imperio austro-húngaro a cambio de algunas concesiones políticas. El truco les resultó
tan mal a los rusos que un par de años después, en 1877, se vieron obligados muy a su
pesar a declararle la guerra a Turquía, probablemente con la intención ulterior de apropiarse
de toda aquella parte de los Balcanes que pudieran invadir aprovechando la confusión. O
sea que los rusos querían “liberar” a los serbios de la misma manera que más recientemente
se esforzaron por “liberar” a los checoslovacos, a los húngaros o a los afganistanos. Pero
los turcos resultaron un hueso mucho más duro de roer de lo que los rusos imaginaron, y
entonces Serbia tuvo que entrar en esta guerra al lado de los rusos y en contra de Turquía.
Es decir, los pobres serbios tuvieron que combatir a un enemigo, al lado de otro enemigo.
Lo que sucedió después resulta de una complejidad tan extrema que, por desgracia, no hay
espacio aquí para narrarlo como se debe. Baste decir, entonces, que Serbia firmó un pacto
secreto con el imperio austro-húngaro, pacto que hizo quedar a Serbia como una especie de
perrito faldero del imperio y, al mismo tiempo, con la siempre latente amenaza de ser
engullida por Rusia.
El caso es que mientras la guerra entre Serbia y Turquía se desarrollaba a todo tren,
en Rusia se “preocupaban” mucho por los héroes serbios. Fue precisamente para celebrar a
estos héroes serbios que Tchaikovsky compuso en 1876 la Marcha eslava, y el estreno de la
obra se llevó a cabo en un concierto organizado a beneficio de los soldados de Serbia. No
se tiene noticia exacta de cuántos rublos y cuántos kopeks se recaudaron en el benéfico
concierto, ni tampoco se sabe a ciencia cierta si los fondos obtenidos fueron a dar en efecto
a manos de los heroicos y esforzados serbios, o a los bolsillos de algún infame burócrata
ruso. El hecho es que en la Marcha eslava, Tchaikovsky utiliza como materia prima el
himno ruso, Dios salve al zar, compuesto por Alexis Feodorovich Lvov. Las melodías del
himno son complementadas con diversas melodías folklóricas serbias y eslavas; en
particular, el compositor ruso utiliza una canción serbia de amor titulada Dime, mi amado,
¿por qué tan triste esta mañana? La intención primordial de la Marcha eslava era la de
fomentar los sentimientos patrióticos de los serbios. Ahora bien, si los serbios ganaban la
guerra y declaraban su independencia de Turquía, los rusos podían intentar recuperar
algunos de los territorios que habían perdido en la Guerra de Crimea. Como ocurre también
en otras piezas musicales que se refieren a guerras o batallas, Tchaikovsky define con
claridad, a base de melodías, a los dos bandos oponentes. Y como es más fácil ganar una
guerra en una hoja de papel pautado que en un campo de batalla, el ejército triunfador en la
Marcha eslava es precisamente el ejército serbio. (Otros ejemplos importantes de batallas
musicales claramente resueltas son La victoria de Wellington de Beethoven y la Obertura
1812 del propio Tchaikovsky).
Para los interesados en el desenlace de la situación política de Serbia, hay que
recordar que después de mil vicisitudes que tuvieron su culminación después de la Primera
Guerra Mundial, Serbia pasó a ser una de las repúblicas federales que conformaron lo que
fue Yugoslavia, junto con Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Croacia, Macedonia y
Eslovenia. Como todo mundo sabe, a finales del siglo XX los serbios se sintieron de pronto
dueños del mundo, quisieron crear la Gran Serbia a base de balazos y limpieza étnica y... en
fin, el resto es una trágica y bien conocida historia. No está de más saber, por cierto, que el
himno ruso Dios salve al zar que forma la médula de la Marcha eslava fue prohibido en
Rusia después de la revolución de 1917. ¿Justicia poética, quizá?
Descargar