psicoanálisis - Asociación Psicoanalítica del Uruguay

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REVISTA URUGUAYA DE
PSICOANÁLISIS
Depresiones narcisistas en la neurosis
Clara Uriarte*
Resumen
Continuando con una línea de trabajo de tiempo se plantean las relaciones entre
narcisismo y depresión. Cuando los movimientos de estructuración primaria del
narcisismo como espacio de enlaces hacia identificaciones secundarias adolecen de
fallas, la elaboración intrapsíquica de la pérdida se ve impedida, sentándose las bases
para una depresión futura.
En la construcción de la depresión se subraya como un aspecto a ser tenido en cuenta
el hecho de que la estima que merece la imagen que uno tiene de si se construye en la
intersubjetividad. Aquel niño que no se siente estimado y reconocido por su madre
resultará dañado a nivel de su propia estima.
La ausencia del padre no sólo en la estructura psíquica de la madre sino en la
realidad incide en los movimientos identifícatenos y agrava la vulnerabilidad narcisista
del niño.
Se estudia el predominio del yo ideal narcisista en los pacientes depresivos.
La nostalgia se describe como un afecto específico ligado a la herida narcisista
provocada por la pérdida. En la nostalgia como anhelo de reencuentro con el pasado se
inviste un objeto idealizado perdido pero a diferencia de lo que ocurre en la melancolía
la sombra del objeto no cae sobre el yo.
*
Miembro titular de la APU
Lord Ponsomby 2460 Montevideo Uruguay
E-mail: [email protected]
ISSN 1688-7247 (1998) Revista uruguaya de psicoanálisis (En línea) (88)
Summary
The author establishes the links between narcissism and depression. When the
movements of the primary structuration of the narcissism as a space of links towards
secondary identifications fails, the psyche elaboration of the lost is not possible. The
bases for a future depression is established.
In the depression construction it is highlighted as an aspect to be taken into account
the fact that the esteem which deserves oneself image is made between the baby and his
mother relationship. That child who does not feel he is estimated by his mother will be
hurt at his self-esteem level.
The father absence nor only in the structure of the mother but in the reality affects
the identificative movements and worses the narcissistic vulnerability of the child.
The nostalgia it is described as an specific affection linked to the narcissistic trauma
provoked by the lost.
Descriptores: DEPRESIÓN / MELANCOLÍA / NARCISISMO / PERDIDA DEL
OBJETO / YO IDEAL / TRAUMA PSÍQUICO TEMPRANO
Depresión-Melancolía.
La problemática de la pérdida
Freud ubica tempranamente (Manuscrito G) la vivencia depresiva como de origen
interno sostenido por una explicación relevante donde surge la noción de sufrimiento.
El afecto que corresponde a la melancolía es aquel del duelo, es decir, la añoranza
por el objeto perdido. Se trata en la melancolía de una pérdida la melancolía es un duelo
provocado por una pérdida de libido (7).
El vacío que resulta provoca dolor por el empobrecimiento y hemorragia libidinal.
Por lo tanto para la melancolía asociada a otras formas indeterminadas o diversas de
depresión es en el psiquismo donde se sitúa el agujero.
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La elaboración sobre el narcisismo (1914) y la “agencia crítica” en un caso de
paranoia (1914) preparan el terreno para Duelo y Melancolía (1917) obra fundamental
acerca de la depresión.
En un plano si se quiere superficial, se trata de las semejanzas y las diferencias que
se pueden establecer entre el proceso “normal” del duelo y el proceso “patológico” de la
melancolía. En un plano más profundo aquello que trabaja Freud en realidad se centra
en una serie de enigmas donde hace girar la problemática de la pérdida.
Ellos son el enigma de la autoagresión, del desprecio a sí mismo, de la repetición y
finalmente del dolor.
Estos enigmas “clínicos” nacidos en los años 1895 en torno a las preguntas por el
dolor depresivo poseen una función metodológica y heurística fundamental para Freud.
La palabra depresión es poco usada por Freud. En el Manuscrito B(7) hace referencia
a una “depresión periódica”, considerándola como una tercera forma de Neurosis de
Angustia y que distingue de la melancolía por su relación con el trauma psíquico.
En los escritos siguientes y hasta el final de su obra la depresión, en un sentido
amplio, posee un lugar que no queda totalmente clarificado desde el punto diferencial de
la melancolía.
Por otra parte es conocido el continuo que establece Freud entre estados de
normalidad y estructuras psicopatológicas.
En nuestros días se distinguen depresiones de estructura psicótica donde se ubica la
melancolía y las depresiones en la esquizofrenia de aquellas depresiones de estructura
neurótica. Otros autores describen depresiones en estructuras límites (Kernberg) y
depresiones narcisistas (Garbarino). Este último autor plantea un duelo narcisista que
denomina duelo por el yo donde lo que estaría en juego no es la pérdida de los ideales
del yo sino del yo ideal.(15)
C. Mendilaharsu y Sélika A. de Mendilaharsu plantean una configuración narcisista
en una parte del yo que daría cuenta de la depresión y atribuyen a la parte del yo situada
fuera de esta organización la diferencia entre las depresiones psicóticas y las que no lo
son.(25)
Actualmente en el psicoanálisis las depresiones se ubican dentro del narcisismo, es
decir, se admite un eje narcisista en todas ellas ya sean de estructura psicótica o no.
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En las formas no psicóticas al término depresión se le asigna vacío, pesimismo,
desesperanza, junto con los síntomas predominantes de la astenia, inhibición y
sentimientos de inferioridad.
Notamos, entonces, que aquello que se encuentra en primer plano es el displacer bajo
una forma indefinida y difícil de abordar.
Este existir doloroso está muchas veces encubierto bajo actuaciones sexuales,
trastorno del carácter, síntomas psicosomáticos e hipocondríacos.
En cuanto a la culpa funciona como un elemento importante para trazar un distingo
clínico entre las depresiones psicóticas y las que no lo son.
Ante la culpa persecutoria insistente y feroz, la indignidad y vergüenza del
melancólico es posible constatar en las estructuras no psicóticas, aún cuando exista
angustia y miedos persecutorios, la ausencia de una idea conciente de culpa.
La tesis de que la melancolía se diferencia de las otras formas de depresión
basándose de que en estas la elección de objeto no ha sido de tipo narcisista puede
resultar cuestionable.
En general se toma como factores determinantes para una diferenciación, la
profundidad de la regresión y la extensión del proceso de disociación del yo.
A los fenómenos que absorben casi completamente al yo melancólico y destruyen su
función de realidad es posible encontrar en las depresiones no psicóticas que el objeto y
la relación con la realidad se mantiene aunque en forma debilitada.
Radó(26) hace referencia a una melancolía parcial del yo en las formas no psicóticas.
Cuanto más se expande el proceso depresivo en el yo a expensas de las relaciones de
objeto y la realidad más se acerca al estado de la neurosis narcisistas melancólicas.
Destacamos que la teoría freudiana sin dejar de reconocer la diferencia entre
melancolía y depresión descubre para ambas un duelo imposible por el objeto materno.
Si la tristeza pasajera o el duelo, por un lado, y el estupor melancólico, por otro,
difieren clínica y nosológicamente, se apoyan ambas en una intolerancia a la pérdida del
objeto y aseguran una salida compensatoria en los variados grados de inercia y
retracción en los cuales el sujeto se refugia en la inacción hasta parecer muertos o hasta
la muerte misma.
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Es posible hablar de depresión y de melancolía designando un conjunto melancólicodepresivo teniendo en cuenta en la construcción del modelo depresivo la experiencia
común a la intolerancia a la pérdida de objeto.
Freud señala la elección de objeto narcisista en la melancolía (1914) y describe la
identificación regresiva al objeto perdido de modo que el objeto ocupa un lugar en yo:
la sombra del objeto cayó sobre el yo.(10)
Según la teoría psicoanalítica clásica (Freud, Abraham, Klein) la depresión esconde
agresividad contra el objeto perdido y revela la ambivalencia del deprimido enfrentado
al objeto de su duelo. Yo lo amo –parece decir el deprimido melancólico ante un ser
querido perdido– pero más lo odio; lo quiero, pero para no perderlo lo instalo dentro de
mí; como lo odio este otro en mí es un yo dañino, yo soy dañino, no soy nada, me mato.
La queja contra sí mismo será una queja contra otro y la muerte un disfraz trágico de
la muerte de otro. Esta lógica supone un superyó severo y toda una compleja dialéctica
de idealización y desvalorización de si y del otro, reposando todo este movimiento sobre
el mecanismo de la identificación.
Por identificarme con el otro amado-odiado instalo en mí esa parte que deviene juez
tiránico a la vez que necesario, así como esa parte objeto que deseo liquidar.
El canibalismo melancólico que fuera señalado por Freud y Abrahan aparece en
numerosos sueños de deprimidos que traducen una pasión por tener dentro de la boca al
otro no tolerado que quiero destruir.
A diferencia del acento puesto por Freud, Abraham, y M. Klein sobre la agresividad
inconciente dirigida por el sujeto contra el objeto desaparecido N. Abraham y M. Torok
muestran como en la melancolía el objeto perdido es un objeto de amor privilegiado
incorporado en una cripta.(30)
Abraham K. fue el primero en introducir el concepto de una depresión primera que se
desarrolla en la temprana niñez, en reacción a una lesión severa del narcisismo infantil a
través de una combinación de desengaños de amor.(1)
El desengaño primario se pensaba que ocurría en el último estadio oral-canibálico del
desarrollo infantil y era concebido como una frustración oral. Las depresiones
subsiguientes siguen el patrón establecido por el primero.
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M. Klein apoyada en su teoría de las posiciones toma en cuenta una perturbación en
la posición depresiva manteniéndose mecanismos esquizoparanoides. Destaca el clivaje
y los mecanismos de identificación proyectiva con el predominio del sadismo oral, la
envidia y las concomitantes dificultades en la reparación.(18)
E. Jacobson señala en la depresión los desengaños tempranos en el desarrollo del yo
y del superyó del futuro depresivo: el yo infantil se ve abrumado y puede iniciarla
formación del superyó en una época precoz. Así el superyó es dotado con la
omnipotencia arcaica de las tempranas imágenes parentales, lo que explica la tensión
entre un superyó muy severo y un yo sometido.(17)
Depresiones narcisistas en la neurosis
Fue sin duda la profundización en el estudio del narcisismo lo que permitió a los
analistas de hoy una mejor aproximación a otras formas de depresión.
Fallas en la propia estima, incompletud narcisista e ideales tiránicos se presentan en
la economía depresiva como rigurosamente complementarios.
Los sentimientos de tristeza, nostalgia, no esconden allí culpa por una venganza
urdida en secreto contra un objeto ambivalente sino que resultan la expresión de una
herida arcaica no simbolizada e innombrable que ha dejado como vestigio un yo herido
y vacío.
En aquellas depresiones donde predomina, aún con fallas, una estructura neurótica, la
persona no se considera lesionada o denigrada sino portadora de un defecto básico, de
una carencia radical, efecto de una falla a nivel del narcisismo.
Nos enfrentamos a fallas estructurales en las identificaciones primarias, con un
déficit a nivel de la investidura libidinal narcisista y una no clara diferenciación yootro.
En relación a los avatares del narcisismo en las identificaciones primarias J.
García(16) establece una distinción entre “posición narcisista” que implica el deseo de la
madre y la identificación del hijo al falo de “estructura narcisista” (falla en la
identificación primaria).
Quisiera detenerme brevemente para destacar el largo periplo identificatorio que
debemos tener en cuenta para reflexionar en torno a la construcción de la depresión:
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identificaciones primordiales, preedípicas y edípicas en un proceso que estructura al
sujeto en sus vínculos reales y fantasmáticos.
Cabría distinguir una identificación primaria arcaica donde se es con la madre y ello
es común para los dos sexos y una identificación primaria preedípica, ser como el padre
tal como la plantea Freud en “Psicología de las Masas y Análisis del yo”. Allí describe
como el varón se relaciona de manera distinta con ambos padres pero habla de
investidura y no de elección. Se trata de estructura edípica pero no del complejo de
Edipo donde lo central es el conflicto a partir de la amenaza de castración.
F. Schkolnik(28) al estudiar lo arcaico en las neurosis distingue dos tipos de vínculos,
el dual preedípico pensando en el Edipo y desde el Edipo y lo dual arcaico marcado por
un insuficiente discriminación con el otro.
Opino que ambas formas se hallan presentes en las depresiones narcisistas en las
neurosis.
Cuando los movimientos de estructuración primaria del narcisismo, como espacio de
enlaces hacia identificaciones más simbólicas (secundarias) se muestran insuficientes,
la elaboración intrapsíquica de la pérdida se ve impedida sentándose las bases para
una depresión futura.
Una pérdida incognoscible
Sabemos en todo ser humano del carácter ineluctable de la pérdida original lo cual hace
que los reclamos de un paciente inscriptos en la vivencia de pérdida no se reduzcan a las
consecuencias de una desaparición accidental, actual ni tampoco a experiencias del
pasado infantil que pudieron haber dado lugar a una particular fragilidad narcisista.
El paciente deprimido narcisísticamente da la impresión de haber sido desheredado
de un bien innombrable, imposible de figurar que nos interroga acerca de la naturaleza
de este objeto y sobre la experiencia de pérdida misma.
Freud tuvo la intuición en el Proyecto(7) y más específicamente en lo que denomina
el complejo del prójimo de ese remanente permanente e irreductible, de este “más allá”
del reclamo del objeto ausente.1
1
. La concepción que fundamenta esta denominación resulta fundamental para la lectura de textos
ulteriores sobre el narcisismo, idealización y la depresión en todos sus registros.
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El niño no logra en los “estadios precoces” producir sobre el mundo exterior las
modificaciones que lo puedan satisfacer reduciendo las tensiones de excitación. Una
persona segura, objeto real, a la vez necesario y contingente deberá entonces intervenir.
Freud utiliza lo que llamamos el otro, el prójimo en el sentido de una idea de
proximidad, contacto sensoriomotor y un apoyo empalico en un doble (que devendrá en
el lenguaje del 1914 narcisismo primario).
Cuando señala que este complejo se divide en dos partes indica de un lado una
fracción no asimilable al objeto (das Ding: la cosa), y no das Objekt, elección de palabra
por parte de Freud que subraya la materialidad resistente del real externo.
La otra parte o elemento del complejo resulta no aislable de la primera, cuando el
objeto grita, el sujeto recuerda sus propios gritos y revive sus propias experiencias
dolorosas. Aquí interviene un trabajo de diferenciación, una forma primaria del juicio.
Lacan destaca de los textos freudianos este objeto fundamental, das Ding, la Cosa,
como opuesto a los objetos sustitutivos y perdido de entrada para siempre... Das Ding
como Fremde, como extranjero, y hostil a veces, en todo caso como el primer exterior
es este objeto, das Ding en tanto Otro absoluto del sujeto que es lo que se trata de volver
a encontrar… como mucho se lo vuelve a encontrar como nostalgia.(21)
Seguramente esto es lo que hace decir a J. Kristeva(20) que el deprimido se encuentra
en duelo no por el objeto sino por la Cosa.
La palabra pérdida resulta cargada de connotaciones que admiten cierta imprecisión
sobre la naturaleza y el lugar (interno o externo) de aquello perdido. El sentimiento que
acompaña a la pérdida es de incertidumbre en relación al lugar y momento de
desaparición del objeto.
Y justamente la expresión que emplea Freud en 1915 para referirse a la causa de las
quejas melancólicas es de una pérdida incognoscible (unberkannt verlust): “El enfermo
sabe a quién perdió pero no lo que perdió en él”.(10)
Es esta misma incertidumbre, muchas veces bajo forma masiva y espectacular, el
motivo mismo de la demanda o de la queja del paciente cualquiera sea ésta.
Podemos entender este reclamo como una revuelta a todo aquello que represente la
diferenciación, la individuación primera, pérdida originaria que implica un encaminarse
a existir sin el otro.
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Un afecto depresivo. La nostalgia
Nos habíamos referido a dos características de los afectos2 depresivos, su cualidad
displacentera y su intensidad que determinan sufrimiento y dolor psíquico.
En cuanto al sufrimiento corresponde señalar un tipo de sufrimiento traumático, no
elaborativo propio de las depresiones graves (psicosis). Este deja en el psiquismo un
agujero, un borramiento de toda huella de objeto. Todo acto de desinvestidura logrado
no deja ninguna huella y conduce a la abolición, disolución, el borramiento definitivo de
la representación de objeto.
En cuanto al otro tipo de sufrimiento es aquel ligado al investimento de objeto y se
sufre por su pérdida. Es en ese sentido que escribía, “la pérdida condiciona el
surgimiento de un estado donde el deseo se presenta como irrealizable en una búsqueda
nostalgiosa de paz y sosiego”.(31)
Se trata del registro del sufrimiento neurótico y tiende a repetirse en la situación
transferencial.
La nostalgia aparece, a mi modo de ver, como un afecto específico ligado a la herida
narcisista provocada por la pérdida: nost-algia significa un dolor (algos) que regresa
(nostos), y duele nuevamente.
En la nostalgia como anhelo de reencuentro con el pasado se inviste un objeto
idealizado perdido pero a diferencia de lo que ocurre en la melancolía, la sombra del
objeto no cae sobre el yo.
Ciertamente la nostalgia como el resto de la memoria y la fantasía puede padecer de
una transformación sintomática portando la marca de la herida narcisista, de aquello
irrepresentable que se repite.
Son varios los autores que han descrito una “enfermedad de la nostalgia”
(Starowinski. Neyreaut) como expresión de vacío fetichizado, de afecto irrepresentable.
Gómez Mango investiga el trabajo psíquico de la inmigración en sus vertientes de
pérdida y de problemática de la identidad introduciendo el concepto de objeto
nostálgico, un objeto muerto vivo: no puede realmente vivir, pero no puede morir
irreversiblemente.(15)
2
. Dentro de la comprensión metapsicológica de los afectos depresivos corresponde otorgar un primer
lugar a las fallas estructurales en el yo y el superyó las peculiaridades del vivenciar depresivo, sin
dejar de reconocer por ello los factores económicos en la regulación de los mismos.
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Creemos posible destacar otra dimensión de la nostalgia signada por un retorno al
pasado sin angustia y desesperanza y esto ocurre cuando el análisis ha logrado desarmar
los lazos idealizados y persecutorios con los objetos infantiles haciendo posible el
duelo.
Se trataría de un tiempo animado por una fuerza creativa con su registro nostálgico
que surge como apertura, como evolución en los avatares de un análisis, de modo que
tener pensamientos acerca de un ser entrañable ya perdido no será más el retorno
incesante de un rostro o un gesto sino y, sobre todo, establecer en un discurso interior un
diálogo con un interlocutor ausente.(32, 33)
Un maestro del arte cinematográfico y de la nostalgia como F. Fellini describía la
nostalgia como una dimensión interior, una atmósfera en la que el presente se hace más
transparente y permite vivir el pasado en el presente, enriqueciéndolo. De ese modo la
nostalgia se abre sobre el futuro.(24)
Traumatismos tempranos. Las heridas al narcisismo
Sin duda el nacimiento marca un traumatismo de abandono que tiñe de vulnerabilidad
narcisista el psiquismo infantil, un sentimiento de estar desprovisto que posee
implicaciones depresivas evidentes.
Esta precariedad humana que dura toda la vida, fuente de inseguridad e
inacabamiento afectivo, crea un asentamiento afectivo a los primeros objetos de amor
en tanto es origen de un deseo de unión nunca saciado. M. Klein lo expresa de esta
forma, “Por gratificador que sea, en el curso de la vida futura comunicar los propios
pensamientos y sentimientos a alguien con quien se congenia, subsiste el anhelo
insatisfecho de una comprensión sin palabras, en última instancia de algo similar a la
primitiva relación que se tenía con la madre. Dicho anhelo contribuye al sentimiento de
soledad y deriva de la experiencia depresiva de haber sufrido una pérdida
irreparable”.(19)
El traumatismo vinculado al nacimiento posee la particularidad de que por su
intensidad y precocidad no posibilita ninguna “experiencia” y su representación
consecutiva.
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Winnicott refiere a un estado inicial marcado por momentos aún más intensos que la
angustia, momentos de agonía primitiva. Un estado de abandono ha tenido lugar pero
no ha podido ser integrado, debido a las fallas del medio circundante y de la madre.
No se trata de un agente exterior evocador de una acción traumática el que ha
generado tal estado. Para comprender esto es necesario pensar no en el trauma sino en
que nada sucedió cuando habría conveniente que algo sucediera.(34)
En esta agonía primitiva, en este vacío giramos alrededor de una falta que debe ser
experimentada para que el yo la pueda integrar a su propia experiencia presente.
Cabe preguntarse si las formulaciones en términos de traumas precoces no arriesgan
mantener y reforzar la fantasmagoría del paciente depresivo.
Es frecuente la tentativa de estos pacientes en poner de manifiesto el carácter
temprano de sus padecimientos que esconde seguramente la necesidad de reprochar a
los padres y muy especialmente a la madre, personaje central en el mundo depresivo.
La “realidad” traumática por más intensa que sea en su presentación siempre queda
en el análisis sujeta a las necesarias transformaciones simbólicas que el mismo hace
posible.
El paciente deprimido realiza férreas construcciones a punto de partida de evidencias
más que probadas sumergiéndose de este modo en el vacío y la quietud de un pasado
hipertrofiado que ocupa todas las dimensiones del psiquismo. Y es esta atadura a una
memoria sin mañana un medio de capitalizar el objeto narcisista, guardarlo en una cripta
personal sin salida.
Entre los factores desencadenantes de la depresión, sean estos cercanos o lejanos en
el tiempo, podemos citar fracasos sentimentales o profesionales, duelos, separaciones,
abandonos que hunden al sujeto en un estado de tristeza y vacío.
Es preciso hacer notar que los determinantes actuales por crueles que ellos sean
resultan insuficientes para dar cuenta del desencadenamiento de la depresión ya que
ellos mismos quedan sujetos a traumatismos precoces.
No es poco frecuente descubrir en la primera infancia una grave enfermedad,
malformaciones congénitas o un traumatismo a nivel corporal (accidente) que han
dejado sus huellas.
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Asimismo la depresión materna manifiesta o encubierta, ya se trate del abandono real
del niño o aquella otra que puede tomar la forma del “complejo de la madre muerta”
descrito por Green.(16)
Las marcas dejadas por la edad, una enfermedad crónica o grave que altera
seriamente la imagen narcisista de un cuerpo exento de debilidades pueden generar
depresión.(2)
A menudo es posible notar que la fuerza del acontecimiento provocador de la
depresión resulta desproporcionada en relación al derrumbe en el que queda
bruscamente sumergido el sujeto. Hay que subrayar que ya se trate de situaciones
triviales u otras de mayor complejidad en todos los casos la depresión está acompañada
de un sentimiento de estar perdidos, condenados, en estado de impotencia y desamparo.
En un análisis más profundo se encuentra invariablemente la condición de que
ciertas metas y objetos significativos para el sujeto logren sostenerse con fuerza: el
deseo de ser digno de valoración, de aprecio, de amor. Y es exactamente la tensión
entre estas aspiraciones narcisísticamente cargadas, por un lado, y la incapacidad y
desamparo (real o imaginario) del yo de alcanzar estas metas, por otro, que provoca el
sufrimiento específico de la depresión.
Aquello que está siempre en juego es el vínculo con un objeto idealizado que
imposible de mantenerse, deja al descubierto con toda crudeza la fuerza de los ideales y
las satisfacciones que su cumplimiento trae aparejado.
La construcción de la depresión
A) Narcisismo y autoestima
El narcisismo plantea variados y complejos problemas. Nos detendremos en aquellos
aspectos del narcisismo que poseen un papel relevante en la génesis de la depresión.
Cuando Freud establece las diferencias entre un duelo normal y la melancolía plantea
que en esta última el objeto perdido había sido elegido de acuerdo con el tipo de
elección narcisista de objeto. Esta se caracteriza porque en ella el objeto tiene una
semejanza con el yo que lo elige, o sea que la elección se hace a imagen y semejanza
del yo. Pero también Freud afirma en la misma página que las mujeres aman y hacen
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elección de objeto según el tipo narcisista, es decir, qué eligen como objeto sexual a los
que las convierten en su ideal.
Entonces podemos decir que la elección narcisista de objeto comprende tanto aquella
elección que se realizó a imagen y semejanza del yo como la plasmada de modo de
elevar la autoestima y la completud.
Según Freud el sentimiento de autoestima proviene de diversas fuentes; una es
primaria: el residuo del narcisismo infantil, otra procede de la omnipotencia corroborada
por la experiencia (cumplimiento del ideal del yo) y satisfacción de la libido de
objeto.(9)
Los aspectos más primarios de la autoestima parecen depender de un quantum de
realización actual del narcisismo infantil, de una organización de la forma de vida que
en algún sentido continúa siendo, aún adulto, His Majesty the Baby.
Estos residuos del narcisismo infantil primario infantil señalan un déficit en la
represión3 y por lo tanto en la construcción del ideal El ideal exige la sublimación pero
no puede imponerla. Su existencia depende de la represión.
En el cumplimiento del Ideal del Yo se remarca la importancia de la confirmación a
través de la experiencia. Una experiencia determinada sirve como testigo de que se ha
cumplido con la satisfacción narcisista en el Ideal del Yo,
En las fuentes señaladas parece existir una contradicción que Freud no logra resolver
acabadamente, entre la idea de que la carga de un objeto empobrece al yo y, por lo
tanto, disminuye su autoestima, y la idea opuesta, o sea que, a través de la relación con
un objeto externo (enamoramiento) o interno (ideal del yo) esa carga perdida retorna al
yo. Una hipótesis es puramente económica: la libido que carga a un objeto abandona
3
. Las relaciones entre las formaciones ideales, los mecanismos de defensa y las
diferentes vicisitudes pulsionales merecen un estudio aparte y detallado. Brevemente
diremos la importancia de considerar la cuestión de quién y en función de qué
motivos se pone en marcha la represión.
En el 1914 Freud adscribe a las tendencias morales y estéticas del yo el impulso de la
represión, “podemos decir que aquel que reprime, rechazante, ha establecido en él un
ideal con respecto al cual mide su yo actual. La formación del ideal será para el yo la
condición de la represión”. Es decir, se reprime para mantener aseguradas las
condiciones narcisistas del yo.
El “El yo y el Ello” Freud le asignará a la formación ideal del yo Superyó la represión el complejo de
Edipo. En “Inhibición, Síntoma y Angustia plantea que el yo reprime, inhibe la exigencia pulsional del
Ello por mandato del superyó, bajo amenaza de castración.
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necesariamente al yo y, como la carga de libido yoica es la que mantiene la autoestima
ésta debe necesariamente disminuir.
La otra hipótesis más de tipo dinámico estructural sostiene que la autoestima no
depende de una carga, sino de un sentimiento, ya sea de ser amado o de cumplir con una
condición impuesta primero por los padres y luego por una instancia que los representa
intrapsíquicamente cuya aprobación es el factor determinante del aumento del
sentimiento de autoestima.4
Para la construcción de la depresión nos interesa subrayar como la “estima que
merécela imagen que uno tiene de sí es construida en la intersubjetividad.
El niño en tanto depende de sus objetos de amor se identifica con la imagen valorada
que le viene de otro y pasa a valorarse. En “Un recuerdo infantil de Leonardo de Vinci”
Freud escribe al respecto: “un hombre que ha sido el favorito indiscutido de su madre
conserva durante toda su vida el sentimiento de un conquistador, esa confianza en el
éxito que a menudo lleva al éxito real”.(8)
Aquel niño que no se siente estimado y reconocido por su madre resultará dañado a
nivel de su propia estima.
La ausencia del padre no sólo en la estructura psíquica de la madre sino en la
realidad incide en los movimientos identificatorios y agravan la vulnerabilidad
narcisista del niño.
Dado que la autoestima se eleva a través de un aporte narcisista que le viene del
exterior estos pacientes se ven completamente ligados a otras personas para lograr
conservar su amor propio y solo obtienen sensación de seguridad cuando se sienten
sostenidos y alentados en sus propósitos cualquiera sean estos.
La percepción que tengan de si mismos va a depender enteramente de la aprobación
o desaprobación que encuentren. Tienen mucho de niños que luego de la conmoción de
su narcisismo primario solo encuentran afirmación en una dependencia a sus objetos de
amor.
4
. Los aspectos estructurales fueron tomando mayor importancia en el pensamiento freudiano y así
podemos ver en “El yo y el Ello” a la autoestima depender de la aprobación o desaprobación del
Superyó.
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Dada la fuerte adherencia narcisista a sus objetos sus vínculos son de tipo pasivo
narcisista y resulta asombroso verlos como no se cansan de procurar el favor y las
demostraciones del amor al objeto con una sutileza enorme.
Este modo de conducirse no solo vale para sus aspiraciones sexuales sino que
proceden conducen exactamente en la misma forma en sus relaciones de fin inhibido,
sublimado.
Hay que tomar en cuenta que merced a aspiraciones ideales elevadas ocultan una
ambición tenaz, debilidad yoica e inmoderadas exigencias narcisistas.
Buscan amparo y cariño pero los deseos libidinales están mezclados con tendencias
agresivas consecuencia de sus reacciones a los desengaños. De este modo se configura
un círculo repetido una y otra vez: ansias desmedidas que no pueden complacerse,
desengaño, rabia y agresión.
En general se dan poco cuenta de su actitud seductora como posteriormente de la
transformación o de la viscosidad con la que se adhieren sádicamente a sus objetos.
Entonces, no es sorprendente verlos reaccionar con amarga violencia a la amenaza de
una retirada del amor, o vivir como una tremenda injusticia un abandono.
B) El predominio del yo ideal narcisista
Freud habla alternada y simultáneamente de yo ideal, ideal del yo y superyó y los
psicoanalistas se preguntan si se trata de términos diferentes o de ideas diferentes.
Las denominaciones freudianas han pasado por tres etapas. En “Introducción al
Narcisismo” (1914) solamente emplea las expresiones de Idealich (yo ideal) y das (el
ideal del yo) donde parece tener en vista un solo concepto del que se destaca su valor
estructural.
En “El yo y el Ello” (1923) introduce un término nuevo, das Ueberich (el superyó)
sin renunciar ni al yo ideal ni al ideal del yo.
En las “Nuevas conferencias” (1933) Freud habla del ideal del yo como de una
función del superyó situándolo de este modo sobre el mismo plano que la censura y la
introspección, sin hacer una estructura diferente del superyó.
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Como conclusión tenemos que Freud no hizo distinción explícita en el empleo de los
tres términos, mientras que en sus sucesores poco a poco se establecían distinciones.
El yo ideal es colocado más bien del lado de una idealización de la omnipotencia del
yo: un yo idealizado, un yo llevado al máximo de su omnipotencia.(3)
El yo ideal sería cierto avalar del yo, transformado, metabolizado en ideal. Se trata
del señuelo de esta omnipotencia infantil perpetuada en esta forma idealizada que es el
yo ideal.(23)
Por el contrario, el ideal del yo aparece como algo que se ubicaría frente al yo como
su ideal, más ligado a los problemas de la ley y la ética.
En cuanto al superyó (1923) es para Freud heredero del complejo de Edipo lo cual se
encuentra explicitado en numerosos textos (1921, 1923, 1924, 1932).
El niño al renunciar a sus deseos edípicos marcados por la prohibición transforma las
cargas sobre sus padres en identificaciones a los padres interiorizando la prohibición.
Fue la consideración de los delirios de observación de la melancolía y del duelo
patológico lo que llevó a Freud a diferenciar dentro de la personalidad, como una parte
del yo erigida contra otra, un superyó que adquiere para el sujeto valor de modelo y
función de juez.
Esta instancia la distingue primeramente en el 1914 como un sistema que comprende
dos estructuras parciales: el ideal del yo propiamente dicho y la instancia crítica.
Tomado en sentido amplio el concepto de superyó tal como aparece mencionado por
primera vez en “El yo y el ello” comprende funciones de prohibición e ideal.
Si mantenemos una subestructura particular, el ideal del yo, entonces el superyó
aparece principalmente como una instancia que encarna una ley y prohíbe su
trasgresión.
La posición en cuanto al sexo depende de la misma instancia a la cual se enlaza la
norma y como lo remarca Laplanche, el superyó edípico tiene ante todo una función en
la elección de la posición sexual del sujeto.(23)
El niño no tiene otra posibilidad, en un principio, que ser-en-el-otro, es decir, ser a
través de otro que no es él. Gran parte del yo se modifica gracias a este proceso de
adoptar miméticamente los atributos idealizados del objeto.
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El reconocimiento del objeto encuentra su origen en el desvalimiento primario del
niño y, por lo tanto, en su dependencia del otro. Es en este lugar esencial donde se sitúa
la formación del Ideal, proyección sobre el objeto que permite al yo impotente
sobrevivir.
El niño perpetúa la relación con su madre pero de un modo desdoblado a través de
una proyección masiva idealizante. Este yo ideal posee un papel compensador ya que se
opone en lo imaginario a la pérdida del objeto y será según Rosolato no más que una
sombra tomada del objeto.(27)
Se trata de una identificación con una madre infinitamente más grande, más
vigorosa, que posee la fuerza de hacer todo aquello que no está en la medida del niño.
Imagen narcisista que conserva el recuerdo no solo de lo que ha sido sino de lo que
habría querido ser en un pasado magnificado.
Así permanece para el adulto una imagen narcisista que tendería a compensar en la
generación futura las insatisfacciones de los padres.
Cabría una pregunta en relación a si es posible dar al yo ideal el carácter de una
formación inconciente diferente y relativamente autónoma del superyó.
Freud sin plantear explícitamente el problema le dio una respuesta negativa. El
sentimiento del valor del yo depende a la vez de los aportes que recibe del narcisismo
primario, del ideal del yo y de las relaciones objétales. De ese modo para Freud el yo
ideal quedaría incluido dentro del orden superyó-ideal del yo.
Pero autores como Nunberg(22) el yo ideal es una formación cuya autonomía relativa
está establecida por sus orígenes (narcisismo primario, unión del yo con el ello), por una
persistencia latente, por sus repeticiones patológicas.
Desde esta perspectiva el yo ideal es la expresión estructural del narcisismo de la
omnipotencia.
Una integración completa del yo ideal en el ideal del yo se encuentra raramente
realizada de una manera absoluta y permanente, constituye un modelo ideal al cual
ciertos casos se aproximan.
El yo ideal pone en juego el narcisismo o la tensión entre el yo y una imagen
narcisísticamente hiportrofiada de sí mismo.
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Los sentimientos de inferioridad deberían ser situados más del lado del yo ideal y los
sentimientos de culpa o insuficiencia moral, del lado del ideal del yo.
En la inferioridad habría una suerte de tensión interna (la misma que Lacan designa
como yo-ideal-yo).
En la culpabilidad el sujeto sufre por no ser conforme al ideal del yo en la medida
que la expectativa de los otros ha devenido su propia expectativa. Se trata, entonces, de
una expectativa interiorizada.
Si el narcisismo y la idealización del yo extraen su existencia de la relación con el
otro, las aspiraciones del yo ideal son también el resultado de una identificación, en este
caso no tanto con la autoridad sino con la omnipotencia materna.
A lo largo de la travesía identificatoria entre las identificaciones primarias que
conforman el yo ideal y las identificaciones secundarias que confluyen en el ideal del yo
existe un proceso de elaboración progresiva.
Lo aguardado es que el yo ideal primitivo progrese a lo largo de la infancia a través
de una serie de transformaciones sucesivas posibilitando el reemplazo de antiguos
reclamos narcisistas por ideales más acabados.
Las tendencias edípicas reconocidas como peligrosas desde el Complejo de
Castración serán sofocadas por represión. Una parte de estos investimentos edípicos
estará sepultada en el inconciente mientras que otra parte sufre una transformación
pasando a formar parte del superyó por el camino de las identificaciones secundarias. Y
será por esta vía que toman lugar en el ideal del yo no tanto los caracteres del padre real
sino la función paterna, la que representa la legalidad cultural, presente en el conocido
doble mandato: Así (como el padre) debe ser y Así (como el padre) no te es lícito ser,
esto es, no puedes hacer todo lo que el hace, muchas cosas le están reservadas (1923).
Doble aspecto de la instancia ideal, sin que una de las caras sea designada como ideal
del yo y la otra como superyó.
Se trata dice Laplanche de dos series igualmente imperativas, la serie de los
mandatos y la serie de las prohibiciones; la de los mandatos estaría indudablemente más
cerca de la idealización (modelo).
¿Por qué el depresivo mantiene un proceder de afirmación narcisista y cómo dar
cuenta del mismo?
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Es importante que la realidad ofrezca suficiente amor, es decir, que las exigencias de
los padres en el orden de la valoración escolar, deportiva, social no sean desmedidos, de
modo de lograr sentir aliento al ser queridos independientemente de sus logros.
Cuanto más narcisistas sean estos padres más inclinados estarán a tomar en sus hijos
el reemplazo del ideal que viene a llenar el vacío dejado por el perdido narcisismo
infantil.
Los ideales pragmáticos no deberán ser los únicos propuestos al niño, en una
sociedad como la nuestra donde los principios éticos resultan menos imperiosos
enfrentados al dogma del éxito.
¿Cómo entender que sujetos ante la misma imposibilidad de cumplir con las
aspiraciones propuestas algunos de ellos logren aceptar la situación mientras que el
depresivo se “hunde” en una sensación de vacío y desesperanza?.
Si un sujeto que se siente carente de capacidad, inteligencia o ciertos atractivos que
lo convirtieran en alguien pasible de ser querido, llega a deprimirse ello es posible en
tanto dichas condiciones de amor fueron construidas como ideales de perfección.
Ahora, es posible pensar que junto a la perfección y omnipotencia conviven otros
aspectos donde la valoración es mínima. A un yo megalomaníaco corresponde
momentos o posiciones micromaníacas que permiten dar cuenta del todo o nada del
deprimido narcisísticamente.
En función de ello autores como Stanley y Whitman(29) denominan como negativo
del yo ideal a “aquella estructura intrapsíquica producto de la introyección de los
aspectos negativos de los padres...
...una intensa vergüenza y humillación sucede cuando el sujeto se aproxima al
negativo del yo ideal.”
Esto implica que todo alejamiento del ideal de perfección narcisista produce
sensaciones de intensa desvalorización ya que se es el yo ideal o, por el contrario, se es
el negativo del yo ideal. Todo esto producto del funcionamiento con una lógica binaria
como bien señala Bleichmar.(4)
Es bastante común comprobar como toda situación que los expone a mostrarse en lo
que hacen, en cómo se desempeñan, etc., puede lograr sumergir a estos pacientes en
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verdaderas parálisis fruto de la comparación entre el ideal que aspiran y la imperfección
inherente a toda realización.
Aquello que más los desespera es tener que renunciar a la plenitud de su
omnipotencia infantil. Esto sería distinto al proceso descrito por Freud acerca de los que
fracasan ante el éxito por culpas pues allí se trataría de indignidad moral que difiere de
lo aquí planteado.
El niño adquiere una identidad que en gran medida le es ajena ya que se estructura en
torno a pautas, deseos y normas que proviene de sus padres. Y ese niño intentará
satisfacer deseos que considera propios sin darse cuenta que estos no son más que un
simple reflejo de los deseos de los padres.
El yo ideal operaría con categorías absolutas: presente-ausente; todo o nada; buenomalo alejadas de la situación edifica, lo que si sucede con la instancia del ideal del yo.
Es conocido el lugar privilegiado que se le otorga en muchos trabajos a la severidad
y el sadismo del superyó en los pacientes depresivos.
Freud de modo de dar cuenta de este sadismo apelaba a la hipótesis de una desmezcla
pulsional por la que se liberaban grandes cantidades de pulsión de muerte que inundaba
el psiquismo. Hoy en día las fuentes en las que se alimenta el sadismo del superyó
generan discrepancias entre los analistas.
Freud remitía su origen a la pulsión de muerte (1937) pero también destacaba como
su surgimiento podía entenderse como respuesta a la agresión y severidad paterna
(1933).
Freud destacó el hecho de que los padres habitualmente forman a sus hijos siguiendo
pautas marcadas por sus ideales: Así el superyó no se edifica sobre el modelo de sus
progenitores sino sobre le superyó de ellos, se llena con el mismo contenido, deviene
portador de la tradición, de todas las valoraciones perdurables que se ha reproducido por
este camino a lo largo de las generaciones.(11)
Existen indicios en algunos pasajes de textos freudianos de que el “sepultamiento del
edipo” le resultaba insuficiente para dar cuenta de forma acabada de los orígenes del
superyó.
Citemos algunos: “Esto nos reconduce a la génesis del ideal del yo, pues tras este se
esconde la identificación primera, y de mayor valencia, del individuo: la identificación
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con el padre de la prehistoria personal. A la primera vista, no parece el resultado ni el
desenlace de una investidura de objeto”.(12)
Desde esta perspectiva el superyó del niño se ligaría a identificaciones primarias
narcisistas, “anteriores a cualquier carga de objeto”.
Es estas épocas tempranas el niño tiene como único camino para salir su
desvalimiento tomar las pautas que provienen de los padres desde el lugar de ideal
narcisista, como encarnación de completud, perfección y omnipotencia.
Aquellos padres fuertemente narcisistas les será muy difícil no ofrecerse ellos
mismos como ideal absoluto manteniendo de ese modo al hijo dependiente de un objeto
idealizado al que jamás se logra alcanzar, con su inevitable correlato de persecución y
condena.
Muchas veces asistimos en el curso de un análisis a actuaciones destructivas y
autodestructivas las que vislumbramos como encubriendo una depresión contenida.
Pensar teóricamente estos actos como la expresión de una identificación primaria
narcisista con aspectos crueles de los padres tendrá inevitables consecuencias sobre
nuestra práctica que se abre así a un lento y doloroso trabajo sobre aquellos restos
embrionarios que, fallidamente procesados claman, de este modo, por subjetivarse.
No quisiéramos concluir sin subrayar la llamativa frecuencia de las depresiones
desde hace ya largos años.
La existencia de un imperativo desde el cual no es posible fallar sin ser desacreditado
no tolera las imágenes que obstaculicen sus ideales de perfección, de fuerza y juventud.
El sufrimiento, la vejez y la muerte se transforman en insoportables.
El progreso constante de las ideologías pragmáticas, las diversas formas que toma el
rechazo al conocimiento amenazan con sumergir al humanismo de la civilización judeocristiana. Todo ello tiende a favorecer la multiplicidad de las formas depresivas que nos
enfrentan a la difícil la disyuntiva de ser dioses omnipotentes o poseer un escaso valor.
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