lectura VI El acto humano y las pasiones

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El acto humano y las pasiones
Las pasiones son actos o movimientos de las tendencias sensibles que tienen por objeto un bien
captado por los sentidos.
Son sentimientos de atracción o repulsa frente a un bien o un mal captado por los sentidos, que se
diferencian de los actos de la voluntad por su carácter sensible y su relación al cuerpo. La cólera o
el miedo ante un peligro inminente son pasiones: se sienten y tienen efectos corporales, como
acelerar el ritmo cardíaco, generar temblores en las piernas o cambiar el color de la cara.
Las pasiones proceden siempre de un conocimiento previo. Este puede ser la sensibilidad
externa (vista, oído, etc.) o de la sensibilidad interna (imaginación, memoria, etc.).
La sensibilidad tiene dos potencias apetitivas, la concupiscible y la irascible, que son el origen
de todas las pasiones.
La potencia concupiscible reacciona ante los bienes y males sensibles. Sus actos son el amor, el
deseo de un bien no poseído y el gozo por el bien ya alcanzado. Y, en relación al mal, sus actos
son el odio, la fuga del mal no poseído y la tristeza ante el mal ya presente.
La potencia irascible, por su parte, actúa ante bienes difíciles de conseguir o ante males difíciles
de evitar. Sus actos son la esperanza y la audacia ante el bien arduo; y el desánimo, el miedo y la
ira ante el mal difícil de evitar.
Las pasiones del hombre están sometidas al gobierno de la razón y de la voluntad, las que
influyen en ellas de manera directa o indirecta, llegando incluso a dominar los sentidos de los que a
su vez dependen. Así, la voluntad puede elegir directamente una pasión, como quien quiere
encolerizarse para agredir a otro con mayor fuerza; puede redundar en la sensibilidad, como
cuando el rechazo voluntario del mal provoca vergüenza; o puede desencadenar una pasión a
través del entendimiento y la imaginación, como la consideración intelectual e imaginativa de un
mal posible puede suscitar un temor sensible. Ahora bien, hay procesos que se realizan sólo a
través de la sensibilidad y que no cambian el juicio del intelecto. Así el llanto ante la muerte de un
familiar, aunque racionalmente se considere “adecuado” una vez hecho.
Por su parte, las pasiones pueden influir sobre el entendimiento y la voluntad. Si bien no afectan
directamente a la voluntad, es decir, no pueden determinar desde dentro y de modo inmediato el
querer racional, sí pueden influir en el modo de valorar las cosas a través de la imaginación y del
entendimiento. Así, al sujeto que se deja dominar por la cólera, la venganza le parece un bien
conveniente a su situación: la pasión fuerza la inteligencia a través de la imaginación,
condicionando de alguna manera el acto de la voluntad, que se equivoca por influjo de la pasión no
rechazada a tiempo. La pasiones pueden influir también en la voluntad por redundancia.
La relación mutua entre las pasiones y la voluntad libre explica que aquéllas tengan en el hombre
el carácter de moral. Aunque en sí mismas no tienen valoración (son neutras), son un mero hecho
físico o natural, como en el hombre se relacionan con la voluntad libre pasan a tener moralidad.
Así, serán buenas o malas dependiendo de si su objeto y el uso que se haga de ellas conforman o
no a la recta razón. En efecto: el placer y el dolor no son en sí mismos ni buenos ni malos. Gozarse
en el bien y dolerse del mal es bueno; pero dolerse en el bien y gozarse en el mal es malo. Así, la
tarea para el hombre no es extinguir las pasiones sino moderarlas; dirigirlas hacia el bien y hacer
que actúen en la forma debida.
Preguntas:
1. ¿Qué efectos corporales pueden generar la pasión?
2. ¿De dónde pueden proceder las pasiones según el conocimiento previo?
3. ¿Ante que reacciona la potencia concupiscible?
4. ¿Cuáles son los actos de la potencia irascible?
5. ¿Cómo influye la pasión en el entendimiento y la voluntad del hombre?
6. ¿Por qué las pasiones se deben moderar?
“La
pasión es un motor, que se tiene que cambiar de velocidad en
ciertos momentos”.
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