14. Lc 7, 18

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Universidad P. Comillas
14. Lectura orante de la Biblia
LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO DE LUCAS
Lc 7, 18-35
18
Juan llamó a dos de sus discípulos 19y los mandó al Señor a preguntarle:
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
20
Ellos se presentaron a Jesús y le dijeron:
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
21
En aquel momento Jesús curó a muchos de sus enfermedades, dolencias y espíritus malignos,
y dio la vista a muchos ciegos. 22Y les respondió:
«Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído:
hay ciegos que ven, cojos que andan, leprosos que quedan limpios,
sordos que oyen, muertos que resucitan,
se anuncia el evangelio a los pobres.
23
¡Y dichoso el que no se sienta decepcionado por mí!».
24
Cuando los mensajeros de Juan se fueron, comenzó a hablar de él a las gentes:
«¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña movida por el viento?
25
¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? No.
Los que visten lujosamente y viven con regalo están en los palacios de los reyes.
26
Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta?
Sí, yo os lo aseguro; y más que un profeta. 27Él es de quien está escrito:
Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino.
28
Os aseguro que no hay hombre alguno más grande que Juan;
pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él».
29
Todo el pueblo que lo escuchó, incluso los publicanos, hicieron justicia a Dios recibiendo el
bautismo de Juan.
30
Pero los fariseos y los doctores de la ley frustraron el plan de Dios para con ellos, no
haciéndose bautizar por él.
31
«¿A qué compararé esta generación? ¿A quién se parece?
Se parece a esos chiquillos sentados en la plaza, que se gritan unos a otros:
Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado.
Hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.
33
Porque ha venido Juan, el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis:
Tiene un demonio.
34
Ha venido el hijo del hombre, que come y bebe, y decís:
Éste es un comilón y un borracho.
35
Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus discípulos».
32
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14. Lectura orante de la Biblia
Trasfondo de la lectura: El Bautista, preso en la cárcel, envía dos discípulos para que averigüen si
Jesús es realmente el Mesías prometido y esperado. Su pregunta es la pregunta más candente que
podemos hacernos: ¿Responde Jesús a nuestras expectativas de salvación, o nos decepciona? El
mesianismo pobre y humilde de Jesús no parece corresponder a la retórica de las promesas de los
profetas. ¿Cómo dejar de esperar a otro, si Jesús pasó tan desapercibido en su sociedad y si la historia
continúa como antes, como si nada hubiese pasado?
Para seguir creyendo en Jesús hace falta remodelar nuestras expectativas. El mesianismo de Jesús
contradice nuestro delirio de poder y de grandeza, nuestra tendencia al milenarismo que sueña con una
historia diversa de la real, donde desaparezcan las contradicciones y donde ya no quede lugar para la
cruz.
Jesús muestra a los discípulos de Juan sus credenciales que son sus curaciones. Hay que subrayar
que el verso 22 no dice “los ciegos ven”, sino “algunos ciegos ven”. Y al final donde uno se esperaría
oír: “Los pobres se vuelven ricos”, dice simplemente: “Los pobres son evangelizados”. Nuestra
pobreza radical no desaparece, sino que simplemente es evangelizada.
Aquí está la raíz de nuestra posible decepción con el mesianismo de Jesús. No pasó con una
varita mágica solucionando los males de nuestra humanidad. Sus curaciones fueron sólo puntuales,
selectivas; eran sólo un signo. El mundo sigue siendo un lugar tan lleno de desgracias como lo era
antes. Sigue habiendo muchos ciegos y leprosos. La sociedad sigue enferma. El mal continúa. La
gente se sigue muriendo. ¿Nos decepciona el mesianismo de Jesús?
Jesús viene como víctima del mal. Es sólo cargándolo sobre sí como lo vence, transformándolo
en el lugar de la salvación. No elimina el mal, pero consigue que de sus entrañas pueda surgir el bien.
No elimina esta historia de perdición, pero hace que dentro de ella y de su dinámica, pueda surgir una
oportunidad de salvación.
Las expectativas de Israel, como las nuestras, exigen un Mesías que elimine definitivamente el
mal, que introduzca una nueva era en la historia. Decepcionados de Jesús los hombres se vuelven a
otros mesianismos: el fanatismo fundamentalista, el nacionalismo, las guerrillas, el marxismo, el
progreso, el consumismo, el nihilismo, que en lugar de acercar el Reino, lo alejan cada vez más.
La salvación de Jesús es sólo una semilla plantada en el corazón de los que han sido testigos de
esos signos. Sus curaciones, su transformación de nuestra vida, apuntan hacia un Reino que viene,
pero que aún no se ha consumado; un Reino que hay que construir pacientemente, en medio de
sombras, silencio y contradicciones. ¿Opio del pueblo?
Jesús denuncia que somos como chiquillos caprichosos, que siempre buscamos “peros”,
“excusas”, para no acabar de comprometernos. El Bautista es demasiado austero, Jesús es demasiado
comilón. ¡Cuántas excusas hay a mano en los defectos de la Iglesia! Cualquier reproche vale para
excusarnos de atender al mensaje que nos presentan y que exige nuestra conversión.
Medita la palabra:
*¿Te decepciona Jesús? ¿Te decepciona la tremenda ambigüedad de su Iglesia? ¿Te decepciona el que
su salvación se note tan poco en nuestro mundo? Recuerda algunos momentos o situaciones de tu vida
en que esta decepción se haya hecho más hiriente.
* Pero, a pesar, de tanta sombra, ¿has visto signos? ¿Has visto que algunos ciegos se han curado? Tú
mismo, ¿has sentido tu vida transformada? ¿Cuándo has visto que en tu vida o en la de los demás el
mal no ha desaparecido, pero que de sus entrañas ha florecido la salvación?
* ¿Qué alternativas a Jesús sales a ver? ¿a Ronaldo? ¿a operación Triunfo? ¿a la Vaguada? ¿al tarot?
¿al bingo? ¿a una agencia de viajes? ¿a la Bolsa? ¿al “Hola”? ¿al botellón?
*¿Cuáles son tus “excusas” de chiquillo caprichoso para no sentirte aludido por el mensaje del
evangelio, para no comprometerte con él? A río revuelto, ganancia de pescadores. El río revuelto de
tus dudas e inseguridades proporciona mil excusas para eludir llamadas y compromisos.
Ora. Habla con tu Padre Dios o con Jesús. ¿Con cuál de los dos te apetece más hablar esta tarde?
Cuéntale tus decepciones y tus inseguridades. Dale gracias por las veces que en tu vida ha florecido la
salvación desde dentro de algún mal que has sufrido. Denuncia tus excusas y pretextos para no
comprometerte con el Reino y arrepiéntete de ellos. Pídele luz para entender los aspectos que
encuentras más sombríos en la vida. Haz un acto de confianza de que de esa situación terrible que
estás viviendo puede salir algo bueno. Ofrécete como testigo de su Reino.
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