Invitación al Pensar del Siglo XXI - Biblioteca USB

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INVITACIÓN AL PENSAR DEL SIGLO XXI
A Lucía
PRÓLOGO
Enfrentar los cruciales problemas que constelan el final del Siglo XX... y, desde ellos,
avizorar los ingentes desafíos que los mismos proyectan sobre la inicial trayectoria del
Nuevo Milenio... debe ser obligada atalaya de un pensar consciente de sus límites y
auténticos deberes.
Este libro, cuyo título resume la expresada intención, recoge siete conferencias sobre
variados tópicos, que son asimismo epítomes que hilvanan y condensan lo enunciado.
Descubrir y aproximar sus múltiples y comunes hilos conductores –no difíciles de percibir ni
secretamente ocultos– es labor que sin mucho esfuerzo le corresponde al lector... como
incentivo y posibilidad para recrear inesperados vínculos y tramas entre ellos. Sólo de tal
manera podrán sus enfoques problemáticos cumplir sus verdaderos cometidos: suscitar el
ajeno pensar y abrir nuevos horizontes para el mismo.
Lo anterior, sin embargo, nos hace conscientes de la reiteración (por no decir del
ritornello) que acusan algunos de aquellos enfoques, planteamientos y términos, a lo largo
de las diversas conferencias que integran este libro. Ello es inevitable... y obedece
simplemente al hecho del propio origen de las mismas. De allí que la exposición se vea
obligada a examinar con manifiesta insistencia –si bien en diferentes escenarios y desde
perspectivas muy disímiles– un solo acontecimiento fundamental y decisivo: la irrupción de
la ratio technica, en su nueva y pregnante modalidad meta-técnica, como logos vertebral de
una nueva era del pensar, apenas vislumbrada, cuyos aurorales rostros pueden ya intuirse
en distintas parcelas y sectores de la cambiante realidad de nuestro tiempo. ¿Cómo,
entonces, no reiterar lo que une y cohesiona a todos ellos... sin nombrar y describir, una y
otra vez, su germinal y común fuente?
Anexos a los textos de las conferencias se incluyen, paralelamente, otros extraídos de
un “Diario” del autor... cuya intención es ampliar, enriquecer, precisar o incluso reformular
los
parciales
e
interactivos
planteamientos,
buscando
su
máxima
y
dinámica
complementariedad. Pues no es el auténtico pensar filosófico ocupación conclusiva o
concluyente, sino constante y de por sí polémico peregrinar frente a sí mismo, si realmente
no se arredra ni complace ante sus propias fuerzas.
Para adjuntar esos textos a las diversas conferencias se ha utilizado, como exclusivo
canon, su mutua y virtual afinidad temática... respetando, no obstante, la cronología de los
mismos. Semejante criterio, sin duda alguna, puede provocar múltiples dificultades y
reparos
en
el
lector
que
busque
establecer
una
absoluta
coherencia
entre
sus
correspondientes contenidos. Conscientes, sin embargo, estamos de ello... pues nuestras
metas no coinciden con semejante aspiración. Lo único que intentamos es dejar testimonio
de un pensar que, en pleno devenir y sin ser guiado por premeditados objetivos
escolásticos, sea capaz de revelar sus propios manantiales, sólo incitado por los enigmas y
problemas que lo acosan. Si ello pudiera tener algún valor para el lector... tal vez, al final,
su sostenido esfuerzo no resulte del todo defraudado y el título del libro pueda cumplir lo
prometido.
Quede expresado mi más sincero agradecimiento a Pedro Pablo Rosales y Ricardo
Chang, investigadores de la Unidad de Filosofía del IDEA, por su ayuda en la búsqueda de
los citados textos, así como a Remedios Massabié, Magda Núñez, Isabel Bello y Yolanda
Marín, por su inagotable paciencia al transcribir, una y otra vez, mis proteicos e
indescifrables manuscritos.
Tusmare, octubre, 1997
ABISMO Y CAOS*
I
Difícil, azariento, presagioso es el momento político, económico y social, en que nace
este Doctorado de Filosofía en la Universidad Simón Bolívar. Mucha gente habrá de
preguntar a qué se debe su puesta en marcha dentro de tales circunstancias y cuál es su
sentido en esta hora.
Una respuesta –de claro tinte evasivo– sería decir que una y otra realidad no guardan
correspondencia, ni tienen nexos aparentes entre sí. Otra –de contraria y provocadora
petulancia– afirmar que justamente la gravedad de aquélla, hoy como nunca, requiere que
haya por fin un sitio donde se formen los sabios que en sus manos tomen la conducción de
los asuntos públicos, tal como si Platón continuase siendo supremo oráculo en estos
menesteres.
Mas lo cierto es que ni en una ni en otra vertiente debemos inscribir nuestra
respuesta, sino buscar para ella un cauce de otra índole, tal vez más modesto, que sin
ignorar o negar totalmente aquellas comprometedoras perspectivas, aclare las cosas con
mesura, sin engaños ni aspavientos, colocándolas en su debido sitio.
El sustantivo doctor-oris se aplicaba a quien enseñaba o instruía: al docente. El
adjetivo doctus-a-um, por su parte, se utilizaba para designar al sabio o docto, valga decir,
a quien conocía a fondo aquellas cosas que enseñaba y transmitía. Ambos, como es bien
sabido, se originan de una común raíz: el verbo doceo-es-ui-doctum-docere (traducción del
griego did£skw) que se aplicaba al acto de manifestar o hacer patente –valga decir, claras y
distintas– las cosas o materias sobre las que versaba el respectivo saber que era mostrado o
demostrado.
El docto o doctor debía poseer, en tal sentido, al menos dos virtudes para ejercitar a
plenitud su actividad docente: en primer término, la habilidad o arte que facilitara la
transmisión del saber; y, en segundo, el dominio de este mismo, para lo cual requería ser
versado o erudito en sus particularidades y contenidos.
Mas, en cualquier caso, fuese doctor o docto, quien enseñaba debía antes haber
buscado y perseguido largamente el saber que pretendía transmitir, familiarizándose con sus
particularidades y meandros, hasta hacerlo de su posesión, esto es, propio y personal.
*
Nota del Archivo E.M.V.: La presente versión corresponde a la última edición, publicada el año 1998 que fue
corregida por el propio autor y difiere en algunos aspectos, estilísticos o de contenido, en relación con la
precedente.
El lector interesado puede advertir los cambios introducidos comparando con la edición original publicada en
el año 1991.
Pero hay más: cuando aquel saber se refería a materias filosóficas, la tarea de
enseñarlo no podía reducirse simplemente a mostrarlo, sino que requería la demostración de
su verdad... para lo cual el arte de enseñar lo sabido debía seguir los pasos, el camino y las
normas –valga decir, el método– del conocimiento o saber científico (scientia)... no
contentándose con reiterar o repetir opiniones, sino imponiéndose, como una exigencia, la
tarea de aportar la razón (ratio) y el fundamento (fundamentum) que sostenían, explicaban
y hacían valedera o racional la verdad de lo demostrado y enseñado.
El docto o doctor, en tal sentido, no podía ser cualquiera que buscara el saber para
enseñarlo y transmitirlo, sino que lo transmitía y enseñaba porque era amante de la verdad
que atesoraba y debíale respeto y fidelidad a la misma... ya que su relación de dominio, con
respecto al saber, se había invertido. En efecto: tal era el poder o majestad de la verdad de
lo enseñado... que quien enseñaba este saber experimentaba una suerte de subyugación o
impotencia para deshacerse del absoluto imperio que ejercía aquélla sobre su persona.
De allí la actitud de los exégetas y la indiscutida autoridad de la tradición magisterial,
que tantos buenos y seculares frutos rindió para la filosofía, sin los cuales hoy sería
imposible ejercer de veras su docencia o, tan siquiera, intentar su transmisión.
¿Pero nos hallamos en este momento –precisamente cuando vivimos las postrimerías
de un siglo que se ha caracterizado por ser, antonomásicamente, un autodestructor
sistemático de los propios paradigmas que ha creado– en un trance parecido al mencionado?
¿Nos olvidaremos, además, que por circunstancias íntimas e intransferibles somos
habitantes de un Nuevo Mundo... cuya ineludible tarea histórica es la del autodescubrimiento
de su originariedad?
Creo que, por ya sabidas, no debo reiterar ante ustedes las respuestas que me he
dado frente a ello. Pero abusando de la economía del raciocinio me limitaré a expresar que,
a título personal, consideraría inexcusable que este Doctorado en Filosofía se creara para ser
un simple repertorio y repetidero académico de saberes ajenos, tanto más si ellos, por su
origen y textura, resultasen divorciados de la problemática científica y tecnológica de
nuestro propio tiempo... y en nada contribuyesen a la faena de autognósis que hoy reitero
como deber primordial de los filósofos latinoamericanos.
Mas si ello se refiere al contenido de los saberes que en este Doctorado hayan de ser
transmitidos... no acallaré tampoco mis preventivas críticas frente al modo o forma en que
aquella transmisión se realice para que cumpla su auténtica finalidad filosófica y didáctica.
Efectivamente: si de veras se desea y pretende que la filosofía cumpla su genuina
misión entre nosotros –de la que posteriormente hablaremos con mayores detalles y cuyo
primordial designio centraremos, provisionalmente, en lograr que cada hombre tenga acceso
a sus propias fuentes creadoras de verdad– mal puede quien la enseñe, si quiere cumplir
tarea semejante, aprovecharse de su talante doctoral o docto para imponer ventajosamente
sus opiniones frente a los discípulos... transmitiendo el saber de un modo autoritario,
acrítico y dogmático, como si fuese el dómine de una gramática intemporal y absolutista
cuyas reglas sintácticas no admitieran críticas ni menos variaciones de ninguna clase.
Semejante forma de enseñanza no sólo debe ser desterrada por infecunda, sino por
contrariar la que ha de ser, sin duda alguna, la finalidad de toda auténtica pedagogía, tanto
más necesaria y evidente a medida que ella eleva y refina su primordial modalidad ductora:
la del dejar ser y ayudar a ser al otro, enseñándole no sólo contenidos, sino actitudes y
temples creativos frente al saber y a sus secretos hontanares... a fin de que éstos se
despierten y desplieguen por sí mismos sus propias fuerzas genesíacas, colocando a quien
aprende frente a su propio caos, y, por ende, ante su propio abismo.
He aquí, queridos amigos, que casi sin proponérnoslo, hemos nombrado unas
palabras que encierran, en sí, todo cuanto quisiéramos y pudiéramos decir hoy para rendir
justo homenaje a la iniciación de este Doctorado y aprovechar la oportunidad de asentar sus
posiciones aurorales.
Pues con los años –permítaseme esta confesión– he llegado al convencimiento de que
filosofar no es admirarse (qaum£zein), como Platón y Aristóteles decían, sino abismarse, si es
que a semejante término le conferimos su auténtica significación y lo conjugamos con las
implicaciones meta-técnicas que en nuestro propio tiempo se requieren... gracias a los
instrumentos mediante los cuales hoy podemos trans-mutarlo.
Mas, si así lo hacemos, por abismo debemos entender el caos, siendo precisamente
este último –en su significación científica contemporánea– el eje de una de las revoluciones
intelectuales más radicales de todo nuestro siglo... y, quizás, si las conjeturas no resultan
exageradas, aquella que promete mayores transformaciones y cambios en los fundamentos
científicos y filosóficos de los tiempos que se acercan.
Justamente por ello –a fin de analizar despaciosamente semejante perspectiva e
intentar que el caos y el abismo nos revelen su genuino sentido meta-técnico– debemos
avanzar, por pasos, en el siguiente orden:
1o) esclareciendo lo que, desde un horizonte óptico-lumínico, tales términos
designan;
2o) examinando brevemente las modernas teorías del caos a fin de acotar su auténtico
significado y los límites que el mismo ofrece para su inteligibilización meta-técnica; y
3o) estableciendo lo que esta última implica, exige y promete para la filosofía de
nuestro propio tiempo y nuestras propias concepciones, hallazgos y postulados.
Todo ello –como ustedes deben comprenderlo fácilmente– no podrá ir más allá de un
primer esbozo y sólo concluir en alusiones. Creo, no obstante, que al atreverme a osadía
semejante... ello revela, a las claras, cuál es la misión que yo quisiera para este Doctorado y
la finalidad de su enseñanza. O dicho sin vacilación alguna: que no sea, como lo hemos
expresado, lugar de simple repetición de ajenos y anacrónicos saberes, sino hogar donde
doctores y discípulos hallen oportunidad de indagar los más fértiles y promisorios de su
propio tiempo (mejor aún si personales)... corriendo, tal vez, el riesgo de no seguir la línea
meramente instruccional de los primeros ciclos... aunque haciendo brotar aquéllos desde sí
mismos y por sí mismos –valga decir, dejando escuchar la melodía de su hontanar humano–
para obtener así lo más alto y preciado de una genuina formación filosófica: la abismal
experiencia del pensar –y, por supuesto, del hombre– ante sus propios enigmas.
II
Caos y abismo se hallan íntimamente conexionados entre sí. Caos (del griego c£oj)
era y significaba, dentro de la cosmología helénica, el espacio inmenso y vacío que existía
antes de la creación del mundo... siendo precisamente el abismo (¥bussoj) ese inmenso
vacío –insondable por carecer de límites y fondo– su más estricta representación.
El término abismo, etimológicamente, era un vocablo compuesto por la partícula
privativa “£” y “bussoj” (base, asiento, fondo, fundamento) denotando, por eso mismo, lo
in-fundado o carente de sostén y basamento... siendo, por tanto, traslaticiamente, sinónimo
de lo in-mostrable, in-sustentable, y, por ende, in-demostrable... ya que resultaba imposible
traer a la luz –y, por tanto, a la vista– lo que, en su radical y tenebrosa oquedad, se resistía
y negaba a ello.
El abismo y el caos, por eso mismo, además de ser opacos e inasibles, provocaban la
aversión y confusión del pensar o logos... en tanto que ese logos o pensar encarnaba la
modalidad de un ver (noe‹n, ide‹n) y su potencia inteligibilizadora provenía de la luz (fîj)...
ya que, debido a esto, aquéllos resultaban impenetrables para sus potencias e indominables
dentro de sus límites.
El sustantivo alemán Ab-grund refleja exactamente semejante característica del
abismo (y, por ende, del caos) calcada, por lo demás, del latín abyssus-i donde también se
destaca la índole privativa del término y un significado idéntico al que poseía en griego.
Dentro de la tenebrosidad del abismo –privado el logos de su capacidad o facultad
definitoria (recuérdese que todo “definir” es un fijar límites... y tales límites (pšraj)
requieren de un espacio delimitable ópticamente donde establecerse)– no existía la
posibilidad de acotar formas, fijar puntos, establecer un orden, ni perseguir secuencias o
periodicidades. El espacio se desvanecía como fundamento y, con el mismo, la numeración e
inteligibilización ordenada del tiempo. En el caótico abismo todo era in-forme o a-morfo,
des-ordenado, im-previsible... y, por tanto, in-mesurable e in-dominable. Su vacío y
oquedad provocaban desasosiego, repugnancia e, incluso, hasta temor... quedando el
pensar enceguecido y confundido en su impotencia frente al mismo.
Semejante abismarse no era para el griego sinónimo de un admirarse (qaum£zein)
–valga decir, de un pasmoso maravillarse o reverente asombrarse ante lo perfecto de las
formas y su orden– sino de un retroceder, lleno de zozobra y aversión, ante lo insondable y
terrífico de lo tenebroso, i-limitable e in-fundable.
Aunque no nimbadas por temples de ese tipo... características óptico-lumínicas
similares a las de esta imagen del caos –en lo que se refiere exclusivamente a algunas de
sus propiedades óptico-ontológicas– pueden rastrearse en la visión del mismo que sirvió
como soporte a su moderna concepción científica. Efectivamente, alrededor de la década de
los sesenta, matemáticos y físicos, interesados en el estudio de diversos campos de
fenómenos (tales como los de la meteorología o la astronomía, la economía o la ecología)
advirtieron que en los sistemas no lineales más sencillos –mediante los cuales pretendían
representar los fenómenos de sus respectivas parcelas– podían generarse irregularidades,
comportamientos arbitrarios y efectos complejos, que no repetían exactamente la ordenada,
previsible, confiable e inquebrantable sintaxis de los fenómenos interpretados desde una
perspectiva simplemente mecánica y determinista de estilo newtoniano.
En tal sentido, si en cualquier sistema dinámico (vgr. el que se utiliza para la
predicción del tiempo o para estimar el crecimiento de una población) se modifican sus
condiciones iniciales... las alteraciones consecuentes no son periódicas ni predecibles, sino
que inexorablemente se provoca o produce una ruptura significativa en el orden
preestablecido, surgiendo eo ipso un novum caótico que desfasa la periodicidad y rompe
todo esquema de predicibilidad.
Esa modificación introducida en los sistemas no-lineales tiene un nombre técnico
“dependencia sensitiva de las condiciones iniciales” (sensitive dependence on initial
conditions), denominación que también sirvió para designar lo que el meteorologista y
matemático Edward Lorenz describió con la sugestiva metáfora del “efecto mariposa”
(Butterfly Effect)... pues con su aleteo, si una mariposa agitase en un instante dado el aire
de Pekín, sus consecuencias pudieran provocar imprevisibles cambios en los sistemas
climáticos de New York... un mes más tarde.
Pero también aquel poético artificio se le ocurrió a Lorenz debido a que tal era el
extraño espectro que surgía en la pantalla de un computador cuando, al ser inscritos sobre
un espacio tridimensional los valores de tres ecuaciones no lineales con las que se
representaban las variables del tiempo atmosférico, la mutabilidad intrínseca de las
relaciones entre sus valores determinaba que el sistema, como tal, nunca se repitiera de un
modo exacto y que las trayectorias graficadas de los puntos que representaban a las
ecuaciones jamás se cortaran a sí mismas, describiendo por el contrario interminables y
sucesivas curvas cuyos rasgos semejaban a los de las alas de una mariposa.
Pero si la extraña configuración obtenida por Lorenz revelaba algo parecido a una
espiral doble en tres dimensiones –por supuesto que des-ordenada ya que ningún punto o
pauta en ellos se repetía jamás– su espectro visible señaló algo en que los físicos y
matemáticos encontraban una nueva clase de “orden”, valga decir, un “flujo determinista no
periódico” (Deterministic Non Periodic Flow). A semejante linaje de flujo –no periódico,
aunque determinista– se lo bautizó con el nombre de “caos”.
Durante
la
década
de
los
sesenta
hubo
muchos
científicos
que
realizaron
descubrimientos similares al de Lorenz en diversos campos de la ciencia. Podemos decir, sin
embargo, ya que nos interesa acotar al máximo la perspectiva de nuestras reflexiones, que
en el campo de la geometría fueron Stephen Smale (con sus transformaciones topológicas
en el espacio de fases) y Benoit Mandelbrot (mediante sus atrevidas construcciones
fractales) quienes lograron los avances “visuales” más típicos y alegóricos con que hasta hoy
se traducen las imágenes y figuras del caos espacialiforme.
En la geometría clásica –como es bien sabido– el espacio se representa mediante
figuras (líneas y planos, círculos y esferas, triángulos y conos) donde los últimos
ingredientes puntuales de aquél se insertan en combinaciones que son, por así decirlo,
poderosas
y
perfectas
abstracciones
de
una
realidad
inteligibilizada
y
ordenada
armoniosamente por la vista. En cambio, a partir del descubrimiento del caos, la nueva
geometría (fuese topológica o fractal) encarnó el trasunto o reflejo de un universo real
escabroso, no regular, quebrado, enmarañado, retorcido, entrelazado y dinámico entre sí,
cuyo despliegue dimensional difícilmente resultaba abarcable y dominable mediante los
procedimientos óptico-espaciales que prevalecían en la tradición.
¿Cuál era, por ejemplo, la longitud de la línea de una costa? Mandelbrot formuló esta
pregunta –al parecer banal y sin sentido si en la mente se tiene el modelo de un mapa
cualquiera de los utilizados en cartografía y no se objetan los procedimientos usados para su
confección– aunque irrespondible, con absoluta certeza, si la medición de aquella línea se
hace desde distintas distancias y a escalas diferentes.
Quien calcule la longitud de un litoral, en efecto, obtendrá resultados diversos –valga
decir, en cada caso mayores– si la medición la efectúa desde un satélite, si la hace mediante
procedimientos tradicionales de agrimensura, si recorre los vericuetos y concavidades de las
playas, o si toma como punto de referencia a un caracol que se deslice por cada guijarro y
reúna la suma de las irregularidades y accidentes de éstos para calcular la longitud total de
la costa.
Frente al modelo euclideo –donde todas esas variantes resultan irreductibles e
inordenables... y, por tanto, se desprecian o ignoran– Mandelbrot apeló a la llamada
“dimensión fraccional” (fractional dimensions)... y, mediante ella, partiendo de ciertos
supuestos sobre las pautas irregulares que había estudiado en la Naturaleza, ideó algunos
procedimientos para construir un nuevo modelo de geometría que reprodujese aquellas
dimensiones... estableciendo como principio fundamental de la misma el hecho de que la
i-rregularidad es esencial a la realidad y que, a pesar de los esfuerzos que se hagan para
quebrantar o ignorar este hecho, el mundo en su totalidad ofrece una i-rregularidad regular,
un des-orden ordenado, un caos que, a fuerza de reiterarse y repetirse, encarna una norma
o pauta que, transformada en “dimensión fraccional”, representa un medio de mensurar
cualidades que, de otra manera, carecerían de clara definición, como el grado de
escabrosidad, discontinuidad o irregularidad de un objeto.
La geometría fractal (o de “fractales”) es simple y sencillamente eso. Un instrumental
óptico-espacial –las llamadas curvas de Koch, el conjunto de Cantor, las alfombras de
Sierpinsky– que permite, en escalas de tenuidad creciente, conseguir nueva información en
campos de dimensiones decrecientes... en forma tal que el grado de información posible no
parece concluir nunca.
Un fractal es eso: una manera de ver lo infinito con el ojo de la mente... de modo tal
que, a medida que se avance en el descubrimiento de la dimensionalidad total del objeto,
sus pautas irregulares se reiteran y repiten interminablemente, si bien a escalas diferentes,
en forma autosemejante.
La autosemejanza, en tal sentido, quiere decir, ante todo, simetría dentro de una
escala... e implica recurrencia y reiteración en otras: pauta en el interior de una pauta,
pre-formación y orden. Su genealogía, a tal respecto, creemos divisarla en Leibniz y
Goethe... aunque sobre todo en este último y su genial atisbo de la Urform, suerte de
principio arquetípico y entelequial que, en constante desarrollo, configura el despliegue de
las formas de la Naturaleza, a diversas escalas, actuando al modo de una regla o norma
organizativa y sintáctica de sus manifestaciones.
Lo fractal de Mandelbrot encarna eso mismo: el orden dentro del aparente caos, las
pautas simétricas del mismo, su principio inteligibilizador. Para nuestros fines lo importante
es reiterar que semejante construcción fractal es de linaje óptico-lumínico y que el moderno
caos –si bien es radicalmente distinto en su significado al que al suyo otorgaban
mitológicamente los helenos y, por tanto, diversos también los temples que suscita– resulta,
sin embargo, inteligibilizado por un logos de igual genealogía al que aquéllos poseían...
quedando sus características óntico-ontológicas inscritas igualmente dentro de parámetros y
límites sintácticos similares a los que en aquél regían.
De allí que en nuestros días –dirigida indudablemente la episteme por una expresa
voluntad de dominio sobre la alteridad– se pretenda erigir una ciencia determinista del caos
y que, incluso la evolución de la vida y sus últimos enigmas, se traten de esclarecer y definir
mediante sus modelos.
Dotado de pautas y de normas –valga decir, de “orden”– el “des-orden”, como
epítome del caos, se convierte en figura o exponente de una privación... perfectamente
esquematizable y visible como variante de un No-Ser. Gracias a ello, transformadas y
vertidas las manifestaciones del caos en esquemas y dimensiones óptico-lumínicas (los
denominados “atractores extraños” así lo testifican)..., es posible incluso prever, medir y
calcular cuáles pueden ser y serán las azarosas sendas que la vida esté en capacidad de
seguir en su aparente extravío.
Pero ya semejante extravío y des-orden no aterra ni angustia a los mortales... pues,
de antemano, toda posible alteración del orden logra ser pre-determinada gracias a la
mensura y al
cálculo científico que el
hombre realiza... potenciado hasta límites
inimaginables con la ayuda de los computadores.
III
Mas el auténtico caos, a nuestro juicio, así como lo que hemos llamado el abismo, no
es el simple correlato de un logos óptico-lumínico... ni menos un fenómeno ni un nóumeno,
de índole privativa o negativa, que se inscriba en el dominio ontológico del No-Ser. Si en
alguna vertiente pueden y deben filiarse tales términos... ella sería en aquella que inaugura
la Nada, propiamente dicha, cuando su ámbito es el me-ontológico. Entonces la Nada, como
tal, a diferencia del No-Ser no es el producto derivado de una negación óntico-ontológica del
Ser o de los entes... sino que ella, en sí misma y por sí misma, es la instancia originante de
una positiva y autárquica negatividad... por eso mismo originaria.
Ahora bien: semejante negatividad me-ontológica de la Nada, en lugar de derivarse
y/o de tener el sentido de una posición ex-cluyente (esto es: el de una privación o negación
ontológica), se detecta como un nadificar que abisma... disolviendo o nihilizando, en los
entes particulares, lo entitativo en general; y, en el Ser en cuanto tal, aquello que le
proporciona consistencia, “razón de ser” o “fundamento”... constatándose lo abismal y
abismático de su insurgir como una negatividad nadificante.
Es por ello que, en ese abismar de la Nada, junto con la consistencia de los entes, lo
entitativo y el Ser, queda también nihilizado o disuelto el marco espacio-temporal (de
genealogía óptico-lumínica) a partir del cual cobran aquéllos su significado y sentido. En
efecto: no es que semejante abismar nadificante sea ciego o in-vidente, ni que su ejercicio
conduzca a tenebrosidades místicas, sino que su correspondiente logos me-ontológico –en
estricto paralelismo con lo que hemos expresado en referencia al logos meta-técnico– es
capaz de articular e inteligibilizar la alteridad sin la intermediación de una sintaxis
exclusivamente óptico-lumínica... restringida, por lo demás, a los ingénitos parámetros
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos, connaturales al hombre.
Por el contrario, la energía me-ontológica de aquel abismar nadificante, transformando y trans-mutando los básicos soportes espacio-temporales del pensar humano,
posibilita el requerido acceso a la construcción de trans-realidades y trans-fenómenos de
índole meta-técnica... donde la sintaxis inteligibilizadora de la alteridad no es idéntica, ni tan
siquiera similar, a la óptico-lumínica de genealogía humana. Es justamente en semejante
dimensión donde se insertan algunas de las modalidades de un pensar meta-técnico y transóptico –tal como el que hemos bosquejado en nuestro reciente libro– cuyos auténticos
correlatos, en lugar de ser fenómenos o nóumenos, resultan ser constructos estrictamente
meta-técnicos.
El abismo y el caos, a nuestro juicio, pertenecen a este linaje de constructos metatécnicos... por lo cual la lectura de su sintaxis rehúsa tanto la intervención de todo tipo de
conceptos y categorías de origen óptico-lumínico, como la de cualquier interpretación
ontológica meramente negativa o privativa.
De allí que, si no son ideas ni nociones, ni fenómenos ni nóumenos, tampoco el caos
y el abismo puedan ser sometidos a un análisis epistemológico u ontológico ordinario. Por el
contrario, en tanto encarnan auténticos constructos meta-técnicos, como trans-fenómenos y
trans-realidades que son, ellos deben detectarse y analizarse mediante instrumentos y
procedimientos de índole trans-óptica, trans-finita y trans-humana, capaces de constatar y
descifrar su originaria sintaxis.
Una vez detectado el novum trans-fenoménico y trans-real (valga decir: trans-óptico
y trans-humano) que implica tal sintaxis... ella debe ser traducida nootécnicamente al
universo de significaciones, categorías y conceptos, que maneja el hombre... cuidando, sin
embargo,
que
estos
últimos
no
impongan
sobre
aquélla
ningún
reduccionismo
antropomórfico, antropocéntrico o geocéntrico que desvirtúe su sentido, sino que acojan lo
irreductible de su originariedad como un auténtico enigma que, en lugar de ser visto como
señal de i-rracionalidad o a-rracionalidad, le sugiera y anuncie al pensar una región de
trans-racionalidad, trans-óptica y trans-finita, más rica y compleja que la exclusivamente
connatural y congénita a la racionalidad humana.
En tal sentido, si los datos de aquélla resultaren epocalmente in-traducibles, o
desbordasen los reducidos códigos y límites noéticos de ésta, su constancia y testimonio no
pueden ser ignorados o despreciados sin que el pensar se envilezca en su propia ceguera y
cobardía.
Mas todo ello nos conduce hacia una crucial pregunta. Efectivamente: si las
dificultades anteriores son factibles –y de hecho, a fuer de sinceros, no podríamos negar que
ellas se confrontan a la altura de nuestro propio tiempo–... ¿cabe, entonces, afirmar que el
caos posee una sintaxis? ¿Cómo pretender la postulación de ésta... sin tener siquiera la
evidencia de un orden o regularidad que la atestigüe? ¿No es el caos, precisamente,
sinónimo del des-orden, la i-rregularidad, lo im-previsible y lo im-predictible? ¿Pero no es
justo ello lo que rechazamos al considerar insatisfactorias las modernas teorías que intentan
someterlo al imperio del “determinismo”?
Lo crucial –desde la perspectiva que nos brinda el pensar meta-técnico– es no
asimilar, ni menos reducir, la partícula sÚn a un vínculo o nexo de índole óptico-lumínica. Tal
sentido o significado lo tiene ella, noéticamente interpretada, en el término griego sÚntazij,
que por eso significa ordenación, coordinación, regulación... sugiriendo la idea de una
armonía o simetría visual (oummetr…a) que, en su orden o medida, consagra la perfección de
una norma, regla o sistema. Como tal, para que semejante norma, regla o sistema se
visualice y cobre existencia... es menester que, subrepticiamente, haya o se suponga una
regularidad repetitiva, cíclica, reproductiva o repositiva... la cual sea, por tanto, pre-visible y
pre-dictible en un marco u horizonte espacio-temporal de la misma índole e idéntica
estructura.
¿Pero cómo atribuirle una “sintaxis” de tal jaez al caos... cuando lo que precisamente
desaparece en la perspectiva meta-técnica es el aspecto y la ordenación óptico-lumínicos del
espacio y el tiempo? Si se quiere hablar entonces de “sintaxis”... ella debe ser trans-óptica,
trans-humana y trans-finita... desapareciendo de su textura y significado todo reato de
orden y regularidad, de ciclo, periodicidad, repetición o reproducción... por lo cual de tal
“sintaxis”, en rigor, no puede decirse que ella sea pre-visible o im-previsible, regular o
i-rregular, ordenada o des-ordenada, etc. La sintaxis del caos –aunque suene redundante y
parezca ocioso el decirlo– sólo es, sencilla y llanamente, caótica.
¿Pero qué significa esto? ¿Acaso ello identifica lo caótico con lo i-rracional o lo
a-rracional? Debemos repetirlo de nuevo: ni uno ni otro término son adecuados para
denominar lo caótico, ni para definir o calificar su sintaxis. La sintaxis del caos es caótica
–con respecto al presunto orden o regularidad sintáctica del caos óptico-lumínico– porque
careciendo de toda figura, forma o dimensión espacialiforme de tal índole, así como de
cualquier rasgo temporiforme que la homologue con aquel marco, su función logificante se
inscribe y despliega –al igual que la correspondiente a todos los constructos meta-técnicos–
en
una
alteridad
trans-óptica,
trans-racional,
trans-finita
y
trans-humana,
cuya
configuración no responde ni es equivalente a la efectuada por un logos óptico-lumínico
sustentado en horizontes o parámetros temporales de igual genealogía.
Por el contrario, energizada por una ratio technica cuyo correlativo pensar,
trascendiendo aquellos límites instaura un ámbito de insospechadas posibilidades y
configuraciones hylético-categoriales, toto caelo diferentes a las óptico-lumínicas, la sintaxis
del caos no es ni puede ser a-morfa ni in-forme, a-temporal ni u-crónica... sino trans-mórfica
y trans-crónica, constituyendo en sí y por sí misma un agente o principio (trans-formante y
trans-cronizante) del pensar meta-técnico al éste desplegarse y construir su correspondiente
alteridad.
A tal respecto, en nuestro reciente libro, como una de las más elementales
modalidades del pensar meta-técnico, hemos mencionado aquélla mediante la cual, superando
el propio pensar humano su exclusiva genealogía, condición y límites óptico-lumínicos, su
actividad se torna capaz de arribar a un superior estadio donde aquel pensar “carezca de ideas
y palabras como símbolos intermediantes (sensibles o eidéticos) de la alteridad trans-racional
que recoja y exprese”.
Semejante modalidad del pensar, según allí decimos, “aun suprimidas las ideas y
palabras, no es un pensar vacío, inane ni infecundo”... pues, efectivamente, “acallada la
palabra... lo que se omite es el nombre de las cosas; y extinguida la idea, lo que se anula es
el aspecto (significativo) que aquélla exhibe dentro de una determinada perspectiva”.
“Sólo
desaparecidos
ambos
–precisamos
a
continuación–
surge
entonces
la
posibilidad de que el pensar, en cuanto tal, trascienda tal frontera cósica (óptico-lumínica y
óptico-espacial) penetrando a lo incógnito de lo trans-óptico y lo trans-finito” (FMT, § 18,
págs. 80 y 15; versión digital, págs. 74 y 9 respectivamente).
El caos y el abismo en lugar de ser fenómenos y cosas representables –como lo
hemos reiterado a lo largo de nuestra exposición– se inscriben en semejante dimensión. A
ellos no se accede por medio de la vista ni de la luz que la alimenta. El abismo, como verbo
del caos, se escucha solamente al imperar el silencio... despejado este mismo a través de la
positiva negatividad de la originaria Nada.
Pero este abismático silencio no debe filiarse a ninguna instancia sagrada, mística ni
mágica. Su mudez nombra tácitamente sólo el ámbito de los trans-terminante y transpositivo (“trans-positum”)... en contraposición a lo ordenable y determinable dentro de los
exclusivos cánones y límites del logos óptico-lumínico (cfr. FMT, § 8, pág. 45; versión digital,
pág. 38). Sin embargo, como hemos dicho, no por ello aquel silencio es sinónimo de lo
tenebroso... sino de lo que debe ser articulado mediante una sintaxis trans-óptica, transfinita y trans-humana.
Tal silencio, por eso, no es nada privativo o negativo. Lo que en él se escucha,
inefablemente, es el abismo... y, en su callada oquedad, la creadora sintaxis del caos. No
exhibe tal sintaxis forma ni figura, dirección ni curso, sino que en su laberíntica vorágine,
atrayendo al pensar hacia sí mismo, lo obliga a abismarse en sus enigmas... y a preguntarse
por sus límites.
Una suerte de perplejidad sobrecoge entonces al pensar –desconcierto, turbación,
consternación– mientras el abismo lo abisma a medida que avanza y traspasa sus propios
ejes y asideros... negándose y superándose creadoramente a sí mismo. Pues no sólo se
trata de avanzar y hallar el laberinto... sino de sentir que, a medida que el pensar avanza, el
propio laberinto se trans-forma y se trans-muta sin cesar... abismando al pensar en sus
enigmas.
El caos es la sintaxis del abismo... pero, al atraer éste al pensar, el caos potencia su
vorágine... sumiendo a tal pensar, carente ya de ideas y palabras, en su abismático y
creador silencio: en el originario originarse de la Nada... y, con ello, en la pregunta por el
propio origen del pensar y sus auto-trans-mutadoras energías. De semejante temple han
nacido algunos de los más complejos desafíos consignados en los FMT.
Mas, al par de la vía que hemos brevemente bosquejado, en nuestro libro pueden
encontrarse indicios de otras formas o modalidades del pensar meta-técnico. Cada una de
ellas –al igual que la comentada– abre accesos hacia ignotas y diversas formas de
espacializar el espacio y temporalizar el tiempo... radicalmente distintas, por su complexión
y sentido, a las del logos óptico-lumínico que alimenta y restringe, paralelamente, las
fuentes de nuestra ingénita racionalidad.
A través de tales vías –sea sólo dicho al modo de una sugerencia– es posible también
pensar el abismo y asediar el caos. Todas, sin embargo, apuntan y desembocan en lo
mismo. Su común terminus ad quem es el silencioso abismarse del pensar –y, por supuesto,
del hombre– ante los propios enigmas que su portentosa razón constata y confronta al negar
y superar sus propios límites.
En ese abismarse del pensar –como al comienzo lo dijimos– filiamos el genuino
origen del filosofar. Tal vez no carezca de importancia señalarlo de nuevo expresamente... al
concluir esta Lección Inaugural.
Tusmare, febrero, 1991
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
La palabra encarna la transfiguración de la alteridad. El auténtico problema radica,
entonces, en precisar el sentido de esa trans-figuración.
¿Se trata, acaso, de una trans-sustanciación? Ni la alteridad ni la palabra son, en
rigor, sustancias... sino procesos.
¿Trans-formación? ¿De qué formas puede hablarse y qué significaría el tránsito
implícito en el mencionado concepto?
¿Trans-mutación? ¿Qué se trans-muta en qué... y cómo ocurre semejante mudanza y
mutación?
Todo cuanto he pensado y expresado en los FMT acerca del logos meta-técnico se
aplica en este caso…
(10/12/89)
* * *
Quede sólo apuntado lo siguiente: el proceso revelante-transfigurativo del lenguaje
–que encierra el código de su fuerza creadora– ha de ser despojado de una restrictiva índole
óptico-lumínica. ¿Qué entiendo por procesos? No sólo acontecimientos en devenir... sino
constructos funcionales y sistémicos –de índole trans-real y trans-fenoménica– que actúan
como códigos y signos (modélicos, paradigmáticos, etc.) de un discurso significativo.
Tales códigos (y/o sus significados) son los soportes o fundamentos del sentido.
Semejante sentido –como se atestigua en el habla o la lectura– no encarna la existencia de
algo sustancial... sino la semblanza o rostro de un proceso que debe ser re-construido, en
cada caso, por el oyente o lector.
(10/12/89)
* * *
Si la superficie se penetra y más allá de los fenómenos y las realidades se deja hablar
al tiempo –sin palabras ni sintaxis ópticas, sin espejos ni alucinatorias periferias– pronto se
advertirá que ni el caos ni la armonía tienen formas permanentes, consistencia o textura
percibibles, mesurable determinación... sino que aquellos dos principios, en tensión
indestructible, presiden y presidirán por siempre el continuo transmutarse de una transrealidad trans-fenoménica en inagotable trans-figuración…
la rosa sólo es rosa en el instante
y el instante sólo fulgurosa nada…
(24/2/90)
* * *
Acontecer, acaecer, suceder, ocurrir... son formas de presentarse el tiempo...
transcurriendo, fluyendo, deviniendo, pasando... ante los ojos. ¿Y si no hubiese ojos ni
tampoco quien lo viese? ¿Cesaría acaso?
Tal sería una suposición absurda... puesto que basta situarnos ante la alteridad para
comprobar que en ella hay entes o procesos que son intrínsecamente temporales... pues no
son estáticos ni fijos, sino que varían, cambian, se transforman y trasmutan en sí mismos...
sin que tales variaciones, veámoslas o no, sean provocadas por nuestros sentidos o nuestra
fantasía. El tiempo es... y su ser consiste en temporaciarse.
¿Pero tiene semejante temporaciarse una sola forma de ser leído y ordenado? ¿O es
desde aquí, precisamente, que pueden ser escuchadas las más abscónditas y extrañas
melodías a través de las cuales el temporaciarse del tiempo se desnuda trans-fenoménica y
trans-realmente?
(7/4/90)
* * *
Toda o-posición supone e implica una posición... a la vez que ésta una cierta
espacialidad óptico-lumínica (cfr. FMT, pág. 42 y sgs.; versión digital, pág. 35 y sgs.). De allí
que, al desaparecer la luz y su medida, aquélla también cese...
(7/4/90)
* * *
¿Y si cesan las oposiciones... y la luz pierde sentido como óptico instrumento de
medida... qué resta entonces? “El mundo no concluye ni el todo se deshace”... reza nuestro
malísimo “poema”. ¿Qué quiere decir ello?
Ese Todo –así con mayúscula– es sinónimo de un Holos (Óloj)... aunque este último
no debe ser visto, pensado o interpretado, como una sumatoria totalizante de elementos,
aunque sea funcional, limitada por la tenue y cuasi etérea frontera del sistema, sino como
un proceso energético en constante y dinámica trans-mutación... cuya eventual “teleología”,
cuando no interviene el hombre, depende del azar (y/o, de su inseparable contrafaz, la
necesidad)... de acuerdo con la índole de su correspondiente melodía cósmica (sintaxis).
Melodía, armonía, proporción, correspondencia, complementaridad... ¿no son todos,
acaso,
términos
asaz
utilizados
en
otros
tiempos,
por
nosotros
mismos,
cuando
meditábamos sobre los prodigios del eros?
Mas... ¿a qué eros pudiéramos, a esta altura, referirnos? (cfr. lo que al respecto
hemos escrito en los ya citados FMT, pág. 119 y sgs.; versión digital, pág. 112 y sgs.).
(8/4/90)
* * *
Liberar la libertad de todo sistema, despojarla de su peso metafísico, arrancarla de
cualquier sujeción óptica y lumínica... hasta homo-logarla eventualmente con el caos. ¡He
aquí la tarea prometeica!
Se debe anular todo artificio que la encadene a la visión del mundo, a cualquier punto
de vista, panorama o límite, y, por supuesto, al hombre como privilegiado poseso o posesor
suyo.
Entonces se iniciaría la más desesperada y fecunda de las búsquedas... de la cual, tal
vez, pudiera depender la suerte de los tiempos que se acercan.
(30/9/90 a.m.)
* * *
Caos: energía de energías
abismo creador
fuego genesíaco
¿Nada originaria?
¿In-stante?
(30/9/90 a.m.)
* * *
Dos posibilidades –diametralmente opuestas entre sí– proyecta la meta-técnica sobre
la libertad humana:
1o) despojar al hombre de la misma, sea parcial o totalmente, en forma temporal o
definitiva. Este es el más grave de los peligros implícito en la manipulación genética... con la
real y abierta posibilidad de construir pseudo-hombres... carentes de una verdadera
autoconciencia (suerte de “máquinas” semi-humanas que, en su degradación, equivaldrían a
auténticos “robotes”); y
2o) potenciar su ámbito y posibilidades hasta insospechados grados... trans-formando
o trans-mutando sus límites mediante la eliminación de las ingénitas características somatopsíquicas del ser humano (libertad trans-humana).
(30/9/90 p.m.)
* * *
Pero aún más allá de estos aspectos, uncidos a la condición humana, yace el
problema onto-lógico de ella: su construcción meta-técnica, como eje fundamental del
cosmos; en una dimensión galaxial.
Es en semejante plano donde surge y se plantea su eventual homo-logación con el
caos... en los diversos sentidos que este último posee.
¿Qué vinculación tiene semejante problema con la construcción meta-técnica de la
temporalidad del tiempo? He aquí la región del auténtico fuego prometeico...
(30/9/90 p.m.)
* * *
No está de más advertir –a fin de evitar errores o imprecisiones– que el término
homo-logación debe ser entendido en el contexto de la nootecnia... pues (como lo he
expresado en estas mismas páginas) la auténtica función de aquélla consiste precisamente
en homo-logar las diversas sintaxis mediante las cuales es posible inteligibilizar la
alteridad... verificando, de tal modo, su requerida tra-ducción.
(30/9/90 p.m.)
* * *
¿Cómo tra-ducir la libertad al caos... y viceversa? ¿A qué sustratos ónticoontológicos, grados o niveles, pertenecen uno y otro? ¿Coinciden en algún punto de la
alteridad? ¿Tienen semejanzas sus respectivas sintaxis... o son toto caelo diversas entre sí?
He aquí algunos problemas que debemos abordar...
(30/9/90 p.m.)
* * *
Los
nuevos
tiempos
habrán
de
habituarse
a
la
sensación
de
extrañeza
e
inconformidad que genera lo abismático... con la paralela pérdida de la omnipotencia
humana... y la socorrida excusa de acogerse a la protección de los designios de una
pro-videncia divina.
Pero ello debe rechazar igualmente el sinsentido y la fácil salida de lo absurdo. El
caos no es racional ni irracional... sino el irrefutable testimonio de lo trans-racional. En tal
sentido expresa la abismática cesura que impera entre las múltiples y posibles sintaxis de
una eventual mathesis galaxial.
Pero tal cesura, en tanto que abismática, tampoco es in-finita... aunque el único
modo de aproximarse a ella sea comenzar por la expresa y radical negación de todo vestigio
o reato de antropomorfismo y antropocentrismo en el pensar... y el lenguaje.
(12/10/90 a.m.)
* * *
Se debe evitar, a toda costa, la hipóstasis del caos y el abismo mediante lo cual se
transformarían en entidades metafísicas. Recuérdese, por el contrario, que ellos son
exclusivamente
constructos
meta-técnicos
instituidos
por
el
hombre
–sin
rasgos
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos– con la expresa finalidad de tra-ducir y
homo-logar,
nootécnicamente,
trans-realidades
y
trans-fenómenos
aprehendidos
por
instrumentos también de índole meta-técnica.
(12/10/90 a.m.)
* * *
Dios como fundamento y sustentáculo del mal; Dios como anti-mal; el mal como
anti-Dios; etc., etc., etc. Todas y cada una de estas momificadas concepciones onto-teológicas –donde, subrepticiamente, la noción de la libertad se entifica sustancialmente y es
interpretada mediante criterios óptico-lumínicos– no tienen salida ni posibles frutos... pues
sólo conducen a la desesperación de la razón... confundida por la autarquía de sus propios
laberintos.
Es precisamente la razón, como tal, la que debe ser modificada de raíz...
despojándola de sus tradicionales límites humanos y exclusivamente óptico-lumínicos.
Entonces amanecerá un nuevo día.
(14/10/90 a.m.)
* * *
Modificar la razón implica, eo ipso, trans-mutar la noción de perfección que
habitualmente se le adscribe a Dios. (Recuérdese lo que acerca de ello he dicho en mi libro
FMT).
Trans-mutar la perfección significa no sólo pensarla más allá de todo límite
antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico... sino desde el propio abismo... y, por ende,
con
ayuda
del
caos.
¡Pero
cuidado
con
identificar
semejante
enunciado
con
un
i-rracionalismo o a-rracionalismo! La “noción” del caos, como lo hemos insistentemente
reiterado, es un constructo trans-racional y meta-técnico.
(14/10/90 a.m.)
* * *
Si pensamos un presunto Ser (Dios, Absoluto, etc.) bajo la égida de la identidad –o
si, por el contrario, negamos la vigencia de semejante intelección–... ¿qué podemos esperar
de una exégesis de la noción del mal realizada dentro de estos horizontes?
Sólo, indudablemente, la infinita reiteración de todo lo hasta ahora dicho a lo largo de
la onto-teo-logía tradicional... desde que la propia noción del Ser fue instaurada bajo el
excluyente imperio del logos óptico-lumínico... y sus conocidos límites.
(14/10/90 a.m.)
* * *
¿Y si la Nada originaria (no simplemente el No-Ser) fuese “homo-logada” al abismo...
y, desde ella, se evaporase todo límite (óptico-lumínico) entre el bien y el mal? (cfr. FMT,
§ 19-B, pág. 94 y sgs.; versión digital, pág. 88 y sgs.).
(14/10/90 a.m.)
* * *
Recuérdese, ante todo, la separación de planos o niveles que hemos introducido en
referencia al estudio del mal:
1o) el de la onto-cosmo-logía; y
2o) el de la moral humana (perversión de la libertad, etc.).
¡Nada, pues, de conclusiones apresuradas!
(14/10/90 a.m.)
* * *
Repárese en el término “homo-logar” –que hemos utilizado para referirnos a la Nada
originaria y al abismo– y reflexiónese en las múltiples implicaciones que sugiere.
Más que una simple “ana-logía”... la “homo-logía” entre ambos términos apunta al
problema de sus respectivos logos. Pero detengamos aquí la reflexión.
(14/10/90 11 y 45 p.m.)
* * *
La libertad se halla inscrita dentro del ámbito de la racionalidad... y todos sus
significados son esencialmente antropomórficos. Incluso la libertad que se le asigna a la
Naturaleza (indeterminismo) –a pesar de la aparente superación antropocéntrica que
implica– participa de aquella característica.
El caos, por el contrario, es un constructo trans-racional y, por ende, trans-humano.
De allí su radical distinción con respecto a la libertad.
(22/10/90)
* * *
O expresado en otra forma: el caos no es libre o no-libre. Si se pretende instalarlo en
el reino de la libertad... semejante libertad debe ser pensada trans-racionalmente.
Es lo mismo que sucede con la perfección y Dios (cfr. FMT, § 28)... aunque ello no
signifique, ni lejanamente, que pretendamos identificar a Dios con el caos.
(22/10/90)
* * *
No se confunda tampoco al caos con la libertas indifferentiae –que, en el fondo,
supone una ausencia de decisión y/o es pura y simple in-decisión–... ya que, precisamente,
la decisión, en cuanto tal, es un acto primaria y exclusivamente humano... expresando, por
tanto, una actividad (acción) antropomorfizada.
La “indiferencia” del caos, si tal predicado quisiera atribuírsele, debe ser pensada (al
igual que cualquier otro atributo) trans-racional y trans-humanamente.
El caos, en tal sentido, es “indiferente” al orden o al des-orden, al ser-libre o no-libre...
ya que semejantes determinaciones son, estricta y limitadamente, antropomórficas. La
“indiferencia del caos”, como hemos dicho y reiteramos, debe ser construida trans-racional y
trans-humanamente.
(22/10/90)
* * *
Abismática incitación del devenir divino.
¿No se trata de una espléndida fórmula mediante la cual se describe la energización,
que emanando de la originaria Nada, esboza la atracción del eros cósmico?
Debemos atender cuidadosamente a cada palabra y a la propia sintaxis del
enunciado. Tal vez así nos aproximemos a lo tantas veces buscado en nuestro silencio.
(23/10/90 11 a.m.)
* * *
Pero no debemos sucumbir a la tentación –subrepticia, constante, enmascarada– que
acecha tras de todas las palabras. En la fórmula anterior, sin duda alguna, hay un reato de
la misma: el “devenir divino”.
Efectivamente: si Dios –al igual que el caos y el abismo– han de ser constructos
meta-técnicos... no cabe asignarles, so pena de incurrir en una falsa homologación, las
posibilidades y características de un “devenir”... término ostensiblemente óptico-espacial... y
que, además, haría de Dios un ser finito... sean cuales fueren las cabriolas filosóficas que se
intenten para ocultar o metamorfosear el consumado hecho.
(23/10/90 p.m.)
* * *
Dios no es finito ni in-finito. Ambas determinaciones son, por múltiples razones y en
múltiples sentidos, óptico-espaciales.
Si a Dios, metafóricamente, se lo quiere identificar con un ser finito para explicar de
tal manera su constante creación (¿no lo hemos intentado, acaso, nosotros mismos, en
ciertas oportunidades?)... tal “finitud” debería ser despojada de todo “devenir”... e intentar
su explicación aproximándola al enigma del instante.
Pero ello nos conduce a planos más profundos... donde previamente se debe despojar
también al propio instante... de toda connotación óptico-espacial y óptico-lumínica.
La construcción meta-técnica del instante es uno de los problemas más difíciles y
arduos con los cuales se topa el pensar. Al respecto cfr. lo que hemos dicho en nuestro libro
FMT, § 16 y § 19, así como en El problema de la Nada en Kant...
(23/10/90 p.m.)
* * *
Sólo una suerte de vacía eternidad... carente de cualquier característica ópticoespacial (movimiento, cambio, devenir, etc.) y de toda determinación antropomórfica,
antropocéntrica y geocéntrica... cabe suponer en el abismo como tal. Es desde ella
–asumida su extraña copertenencia a la Nada originaria– que cabe iniciar la eventual y difícil
“construcción” de un tiempo meta-técnico, trans-óptico y trans-humano, que sirva de
adecuado marco (¿“anti”-fundamento?) para la de un instante de la misma índole...
transmutando los perfiles que distinguen al que priva dentro del tiempo en que moramos
(cfr. FMT, § 19-B, pág. 94; versión digital, pág. 89).
(25/10/90)
* * *
Por el contrario, si partimos y nos aferramos al tiempo y a la temporalidad ópticolumínicos (de los cuales, desde siempre, por nuestra ingénita constitución, somos
prisioneros) jamás habrá posible escapatoria... ni, aún menos, auténtica salida.
Todos los rostros que al instante le imputemos –su plenitud extática producida por la
efímera coincidencia de lo sido y aún no sido en la eseyente fugacidad de su presencia–
serán únicamente externos y engañosos trazos de la desesperación de la ratio óptica... por
apresar lo inapresable de su abismal enigma... y su aún más extraña relación con aquella
eternidad.
¿Pues no podrían ser, acaso, absolutamente análogos (¿idénticos?) en su originaria
isocronía?
(25/10/90)
* * *
Sólo
por
homo-logación
trans-óptica
–transracional,
transhumana–
podemos
“construir” una sintaxis temporal que nos aproxime al caos y al abismo. Sin orden, ni
medida, movimiento o devenir –oquedad pura en el silencio– ella revelaría la extraña e
insonora melodía de lo eternamente idéntico a sí mismo.
¿Ser, Dios, Nada?
¿Qué importa el nombre o la palabra... si en el silencio hay comunión con lo buscado?
(25/10/90 p.m.)
* * *
La transmutación del devenir no significa ni la in-acción ni la paralela supresión
(negación) del abismático incitar del eros cósmico.
Lo decisivo radica en no identificar la originaria Nada con el No-Ser... ni atribuirle a
ella la ejecución de actividades promovidas por carencia o privación... sino a través de la
irresistible atracción que emana de su dialéctica negatividad... plena de energía creadora
(eros cósmico).
(25/10/90 p.m.)
* * *
Recuérdese que la Nada, al igual que Dios, el Ser, etc., no es finita ni in-finita. En
tanto que constructo meta-técnico –lo mismo que al abismo, el caos, etc.– a ella sólo cabe
tra-ducirla (homo-logarla) mediante esquemas de la misma índole y textura... en los cuales
deben quedar superadas (trans-mutadas) todas las determinaciones óptico-espaciales (vgr.
la negación, in-acción, etc.) de lo simplemente antropomórfico, antropocéntrico... y
geocéntrico.
(25/10/90 p.m.)
* * *
Debe discernirse entre crear y querer... despojando a Dios de cualquier voluntad o
voluntarismo creador. Por ello, si a Dios quiere adscribirse el atributo de “creador”...
semejante predicado debe ser necesariamente des-antropomorfizado.
(1/11/90)
* * *
Pero, aún así, resta un problema: ¿por qué Dios habría de “crear”? Sólo un ser finito,
en sentido estricto, puede y debe crear... ya que carece o se halla privado de perfección
(totalidad absoluta, etc.). ¿Pero sería éste el caso de un hipotético Dios? ¿O se trata,
nuevamente, de una vulgar y solapada antropomorfización? Recuérdese lo que expreso en
las líneas finales de mi libro.
(1/11/90)
* * *
No debe unirse la creación a Dios... y, si se intenta, debe aquélla ser despojada de
cualquier semejanza y/o sinonimia con el producir, fabricar, generar, causar, etc., cuyo
mediato o inmediato parentesco con el hacer y el engendrar humanos resulta fácilmente
identificable.
(1/11/90)
* * *
Sólo el hombre es creador... pues así lo exige su propia condición de ser finito y libre.
Crear, en tal sentido, es hacerse patente la libertad del hombre... y el propio hombre como
demiurgo de sí mismo (antropogonía).
Lo otro es teología barata y antropomorfismo teológico.
(1/11/90)
* * *
Ningún constructo meta-técnico posee necesariamente voluntad... y, menos aún, de
estilo humano. Su enérgico actuar –su irradiar y transmitir energías trans-humanas– es
trans-volitivo. Así vgr., el caos caotiza, el abismo abisma, etc., etc., sin que tales actividades
tengan la estructura y el significado de proyectos volitivos conscientemente asumidos y
queridos por un ser finito.
(1/11/90)
* * *
No debe el hombre sólo hacer... sino permanecer. Si duro es luchar... más arduo es
perdurar. Pues la vida no se define hoy... sino mañana, en un siempre todavía indeciso
combate... que cabe avizorar mas no dominar con fuerzas propias.
Es la gran duda del verdadero creador... quien en trance de honda vividura...
presciente lo efímero de su obra... y adentro arde sin remedio ni consuelo... careciendo de
argumentos para despejar su hesitación.
(7/11/90)
* * *
Nota: prescentir no es meramente presentir.
(7/11/90)
* * *
El antropocentrismo, en el fondo de su pretensión, postula la necesidad de que el
hombre exista... para que Dios se pueda hacer patente. Sin el hombre –por vía contraria de
argumentación– Dios no existiría... o sería simplemente un vacío en el vacío, una aberrante
nada, un sin-sentido... irrevelado. Dios ha querido (o, incluso, ha debido) crear al hombre
para salir de su anonimia…
La consecuencia de ello es no sólo que Dios, en cuanto tal, resulta patentizable
exclusivamente a través del logos óptico-lumínico... sino que todas sus características son
visible y sospechosamente antropomórficas... medien los afeites que medien o por más
rebuscados que sean los sortilegios transmutatorios que se utilicen. Las pobres ranas, al
final de cuentas, quedan condenadas a un irremediable silencio teo-lógico…
De allí nuestra apertura hacia otros confines. Sin negar o afirmar el problema de un
hipotético Dios... el planteamiento del mismo requiere, sin duda alguna, un marco transhumano, trans-óptico y trans-racional. Sólo dentro del mismo cabe dilucidar su posible
sentido... y la dirección que ha de seguir la investigación si pretende revestirse de
contemporaneidad.
(8/11/90)
* * *
Querer ordenar el caos es como pretender llenar el abismo: tarea de un desesperado
Sísifo…
(13/11/90 p.m.)
* * *
El caos simboliza la negatividad pura... y su energía creatriz.
(13/11/90 p.m.)
* * *
Debe el pensar, desde la nada, pensar la nada... y luego asomarse a la abisal
oquedad de su silencio... Entonces escuchará la ingrávida melodía del caos... emergiendo del
abismo.
(13/11/90 p.m.)
* * *
Sólo disuelta la idea y la palabra... puede el pensar transitar el silencioso laberinto de
su propio abismo... y ser atraído hacia el abismático caos.
(13/11/90 p.m.)
* * *
El sustantivo alemán Ab-grund refleja exactamente semejante característica del
abismo (y, por ende, del caos)... calcada, por lo demás, del latín abyssus-i... donde también
se destaca su índole privativa y un significado idéntico al que poseía en griego. El abismo y
el caos son, por ello, expresiones de un nihil privativum –valga decir, de una Nada originada
por carencia, privación y ausencia– representando, en términos de Kant, el “objeto vacío de
un concepto” (cfr. K.d.r.V., B348, y especialmente mi libro sobre El problema de la Nada en
Kant, Cap. II, § 5).
(18/11/90)
* * *
Pero semejante nihil privativum es el resultado de una negación ontológica (No-Ser)
–de índole no sólo óptico-espacial sino, asimismo, óptica-lumínica– que dista mucho de
encarnar la originaria negatividad de la Nada me-ontológica... y las posibilidades que desde
ésta se inauguran para una superación trans-óptica y trans-humana de la ontología
tradicional y sus conceptos (cfr. FMT, § 19-B).
Es desde un horizonte semejante –con sus paralelas modificaciones sobre el pensar,
el temporalizar y el espacializar– que debe plantearse la acotación del auténtico significado
(meta-técnico) del abismo y el caos... así como de la consiguiente proyección que ello tiene
sobre el abismar y el caotizar en cuanto eventuales “sintaxis” de la alteridad.
(18/11/90)
* * *
Es un contrasentido pretender reducir el caos a un orden. Ello proviene de su falsa
objetivación como un des-orden... y el caos no lo es... porque no es el producto de la
privación o negación ontológica (No-Ser) de un presunto orden... sino que encarna y
expresa la originaria y positiva negatividad (meontológica) de la Nada. En ella no impera el
orden ni el des-orden... sino el abismo y su abismalidad.
(2/12/90)
* * *
El caos no es in-forme ni a-morfo... aunque tampoco es reductible a formas
geométricas fractales. Toda forma, en cuanto tal, es producto de un logos óptico-lumínico.
Sólo dentro de los límites de semejante logos... tiene el caos formas fractales o puede ser
a-morfo o in-forme.
El caos –digámoslo así– es trans-mórfico... y él mismo es el principio trans-formante.
(2/12/90)
* * *
Sólo a través de instrumentos y medios meta-técnicos es posible acceder al caos y
descifrar su peculiar sintaxis. Entre aquellos medios e instrumentos se debe incluir,
primordialmente, al pensar meta-técnico... y a las inherentes modificaciones espaciotemporales que le son peculiares (cfr. FMT, § 9, § 16, § 18).
Únicamente de tal modo se puede penetrar al abismo, dia-logar y comulgar con él. A
esto llamamos abismarse... y lo diferenciamos del admirarse... como principio y origen del
filosofar tradicional.
(2/12/90)
* * *
Pensar es pensar el caos... a través del abismarse en el abismo. En semejante
abismarse, desde el infundado fondo del pensar, emerge la trans-mórfica energía del
correspondiente logos... de modo tal que el abismo posibilita su emergencia y su acción
caotizante... trans-formándose en anti-fundamento del pensar.
De allí las diversas modalidades y niveles del pensar... y de sus respectivas
“logi-ficaciones” caotizantes.
(22/12/90)
* * *
Ni el caos ni el abismo son instancias estáticas –sustanciales, inmodificables, fijas–
sino procesos energéticos en constante e indetenible devenir... caótico.
Lo caótico no califica simplemente al devenir como un atributo contingente del
mismo... sino que enuncia su actuosidad como energía trans-formante y trans-mutante de la
alteridad.
No hay devenir y caos... sino que el devenir es caótico y el caos deviniente. De allí
que el abismar exprese la acción de semejante energía (“logi-ficante”) sobre el propio
pensar como proceso... y devenir-en-acto.
La acción del abismar es atraer y obligar al pensar... a pensar el deviniente caos.
(23/12/90)
* * *
La naturaleza (fÚsij) como deviniente caos... he aquí una vertiente fundamental del
pensar meta-técnico. Lo natural se despoja entonces de todo orden mecánico y teleológico...
y exhibe su faz abismática y caótica: su raigal trans-morfismo... el deviniente caos en plena
actividad.
(23/12/90)
* * *
Reitérese hasta la saciedad: el caos no es des-orden... ni encarna algo a-morfo o
in-forme. Se trata, por el contrario, del correlato (“constructo”) de un pensar meta-técnico:
trans-óptico, trans-humano (no antropomórfico ni antropocéntrico)... y trans-finito.
(23/12/90)
* * *
Los conceptos de orden-ordenado, regla-regular, y forma-conforme, así como sus
correlativos términos privativos o negativos (des-ordenado, i-rregular, in-forme, in-conforme,
a-morfo, etc.) son todos de genealogía óptico-lumínica... y su sentido o significado es del
mismo signo.
Los constructos meta-técnicos, en cambio, sólo pueden ser detectados mediante
instrumentos asimismo meta-técnicos (trans-ópticos, trans-humanos, trans-finitos)... por lo
cual los correlatos son toto caelo diversos a los de una regla, un orden, etc., como tales
repetitivos y reiterados en un marco u horizonte espacio-temporal... y capaces, por esto
mismo, de admitir la pre-visión y el cálculo exigidos por un sistema determinista y
mecánico.
¿Qué pueden ser, entonces, aquellos constructos... si no son reglas ni implican u
ostentan un orden? Semejante pregunta, así formulada, no tiene sentido. La que habría de
ser formulada, por el contrario, es la siguiente: ¿qué pueden ser, entonces, aquellos
constructos... en tanto que inteligibilizaciones o logi-ficaciones (trans-ópticas y transhumanas) de la alteridad detectada mediante instrumentos meta-técnicos?
Faltan, sin duda, los adecuados términos para designarlos... aunque es posible
adelantar su exigida función en cuanto correlatos (constructos) del pensar meta-técnico.
Por eso los hemos llamado trans-fenómenos y trans-realidades. El caos y el abismo
son procesos de su estirpe... y es, por ello, que lo designado como “devenir” de los mismos
debe ser despojado paralelamente de toda eventual significación o sentido espacio-temporal
de genealogía óptico-lumínica.
¡Se trata de una terrible tarea!
(23/12/90)
* * *
Lo que ayer quedó insinuado acerca del devenir... se halla esbozado (aunque en otro
contexto) dentro de la más alta problemática que inaugura nuestro libro FMT (cfr. al
respecto los § 15 y § 16).
Efectivamente: si se pensara en el devenir, como tal, dentro del marco de la metatécnica... aquél habría de quedar despojado de toda espacialidad y temporalidad ópticolumínicas... para insertarse, como una trans-realidad trans-fenoménica, en el horizonte de
una espacialidad carente de toda figura, forma, etc., y de una temporalidad exenta
asimismo de cualquier reato espacialiforme del mismo estilo.
¿Pero hacia qué apunta, entonces, un “devenir” meta-técnico? Expresamente se
sugiere al final del § 16: su temporalidad debe ser inteligibilizada a través de una Nada
me-ontológica... con la ayuda de criterios temporales también me-ontológicos y trans-ópticos.
Todo ello nos conduce a nuestro libro El problema de la Nada en Kant (§ 17)... y, aún
más allá, al último parágrafo de la Ontología del Conocimiento. Ahora bien: ¿no es
semejante temática la que he retomado en mi conferencia “Abismo y Caos”? Así lo juzgo…
(24/12/90)
* * *
¿No es una absurda gigantomaquia pretender cambiar en su significado, o suplantar
por otros distintos, conceptos tales como los de orden, forma, regla, etc.? ¿O es abordando
precisamente semejante tarea, terrible por lo demás, que debe comenzar la instauración de
un nuevo paradigma científico-filosófico como el que pretendemos esbozar con la Metatécnica?
No creemos, efectivamente, andar descaminados en semejante tarea. Piénsese, vgr.,
en los términos o conceptos que hemos mencionado:
1o) el de orden se sustenta en la sucesividad, periodicidad y repetitividad del
tiempo... nociones todas de clara raigambre óptico-lumínica;
2o) el de forma... traduce filosóficamente los de morf» y edojÀ también de explícito
sentido y genealogía óptico-lumínica;
3o) el de regla (del latín regula, que a su vez traduce el griego kanèn, vara o bastón
que servía como medida) cuyo significado espacialiforme no podría ser más evidente.
Ahora bien: ¿qué sucede si todos esos conceptos o términos –justo por su prosapia y
su sentido– se declaran inapropiados, inadecuados o inútiles, para descifrar sintaxis metatécnicas?
Y, en efecto, lo son... pero la crucial pregunta es la siguiente: ¿con qué pueden ellos
sustituirse? Hasta ahora nuestra tarea no ha sido la de sustituirlos o reemplazarlos... sino la
de tra-ducir los datos hylético-categoriales obtenidos mediante instrumentos metatécnicos... a la sintaxis óptico-lumínica que ellos configuran.
Pero lo que ahora apuntamos es distinto: se trata de acuñar los términos o conceptos
que denoten la nueva alteridad meta-técnica que integran los constructos dotados de una
nueva sintaxis (trans-óptica, trans-humana y trans-finita)... –obtenidos por medio de un
pensar y de un instrumental meta-técnico– en los cuales la espacialidad y temporalidad
correspondiente es radicalmente diversa a la que impera en la alteridad cotidiana o
simplemente tecno-científica.
(24/12/90)
* * *
Lo que queda radicalmente afectado en la trans-mutación que proponemos... es el
fondo o trasfondo posicional de las respectivas sintaxis. En tal sentido... de gran valor
resulta lo que hemos afirmado acerca de la trans-formación meta-técnica que habrían de
experimentar la afirmación y la negación como ejes vertebradores del lenguaje. A lo que se
apunta, si se comprende realmente nuestro intento, es a la construcción de una mathesis
meta-técnica... tal como la sugerida en el § 25 de los FMT.
(24/12/90)
* * *
Trans-sistir, trans-sistencia... precisos y preciosos vocablos que se me ocurrieron,
casi burla burlando, para concederle al pobre ciego un trans-ver o trans-mirar... más allá de
su finito y caducante noe‹n terrenal.
Sisto-estiti-steti-statum significaba, en latín, poner, establecer, apostar: verbos cuyo
sentido sustancial-espacialoide es evidente. De allí que la partícula trans –antecediendo al
mencionado verbo– indique plenamente nuestra intención: se trata de un poner, establecer
o apostar que transcienden todo locus sustancial o funcional... propiciando un trans-poner
(“trans-positum”)... a la vez que el anotado trans-ver o trans-mirar... trans-espacial.
¿Desde “dónde”? Por supuesto que ya semejante pregunta carece de sentido y de
respuesta óptico-espacial... incluso si se adopta la suposición metafórica de un topos uranos.
El “estar” meta-técnico –el trans-sistir, la trans-sistencia– debe ser ordenado y entendido
trans-ópticamente. O dicho en otra forma: su espacialidad es de índole meta-técnica... ya
que el mismo es trans-terminante.
(27/3/91 p.m.)
* * *
¿No se trata, acaso, de una acción transitiva (trans-ire)... valga decir: de una
transición (transitio-onis)... en tanto ésta significa un “pasar más allá”... trans-formándose
y/o trans-mutándose la jurisdicción y el modo de ser del transiens?
A esto se refiere el trans-terminar (cfr. el Diccionario de la Lengua Española, págs.
1.239, 1.240... así como mi Lección titulada “Abismo y Caos”).
(27/3/91 p.m.)
* * *
Lo me-ontológico transciende y supera lo onto-lógico. Pero lo me-ontológico sólo
posibilita y encarna el acceso hacia lo meta-técnico... siendo, por tanto, su umbral.
Lo me-ontológico se halla todavía inserto en una dimensión antropomórfica,
antropocéntrica y geocéntrica. Son precisamente tales parámetros los que transciende y
supera, a su vez, lo meta-técnico (cfr. FMT, § 19-B, pág. 94; versión digital, pág. 88).
La noción de la Nada, en tal sentido, ha de ser trans-mutada en la de un constructo
trans-finito y trans-humano... que funcione como un código sintáctico capaz de ordenar y
descifrar las configuraciones y condensaciones energéticas de la alteridad (cfr. op. cit., § 20,
págs. 97, 98; versión digital, págs. 92, 93).
(21/4/91 11 y 55 a.m.)
* * *
Lo que he llamado abismo es sólo la denominación de la Nada me-ontológica...
umbral
(mimético)
de
una
negatividad
meta-técnica
despojada
de
espacialidad
y
temporalidad óptico-lumínicas... y, por ende, de posiciones.
Pero transcendiendo semejante dimensión –todavía antropomórfica, antropocéntrica
y geocéntrica– yace la posibilidad (poiética) de instaurar un constructo (transfenoménico y
transreal) que funcione como código sintáctico de una energía cósmica nadificante... cuyas
pulsiones desbordan los códigos óptico-lumínicos que circunscriben sus manifestaciones
fenoménicas (antropomórficas, antropocéntricas y geocéntricas).
(21/4/91 12 y 15 p.m.)
* * *
Desde Londres se anuncia que un equipo de astrónomos de Cambridge, dirigidos por
los Profesores Richard McMahon y Mike Irwin, han descubierto un nuevo objeto en el
firmamento (esto es: un “quásar”) cuya luminosidad es mil billones de veces más intensa
que la del Sol... hallándose situado a una distancia de 12.000.000.000 (doce mil millones)
de años-luz con respecto a la Tierra.
¿No es como para abismarse?
(25/4/91)
* * *
En los procesos energéticos no hay “individuos” (átomos, mónadas, partículas
separadas y autosuficientes)... sino pulsiones trans-individuales en continua y fluyente
trans-formación y trans-mutación trans-sistémica.
Entiéndase bien esto. En efecto: todo “sistema” se constituye bajo la égida de una
“función” (cfr. nuestro ensayo titulado “Ideas Preliminares para el Esbozo de una Crítica de
la Razón Técnica”, incluido en el libro Ratio Technica, pág. 36 y sgs.; versión digital, pág. 15
y sgs.)... y tal “función”, si bien actúa como vertiente des-individualizadora, mantiene, sin
embargo, una raigambre óptico-lumínica. Los procesos energéticos, por el contrario, en
cuanto integrantes de una alteridad meta-técnica, son trans-sistémicos.
(26/4/91)
* * *
El “individuo” (átomo, mónada, partícula, etc.) es el correlato y/o resultado de un
logos óptico-lumínico de estilo o carácter sustancial... cuyo primordial requerimiento es el de
fragmentar la alteridad en “partes” o “unidades” (cuantitativas o cualitativas) definidas y
separadas por límites (pšraj).
La función, como tal, trans-forma estos límites... aunque todavía permanece en el
ámbito o dominio de lo óptico-lumínico. La totalidad constituye, en tal sentido, un “límite”
omniabarcante u omniconcerniente.
La radical superación del “límite”, como tal, y, por ende, del “individuo”... requiere la
intervención del logos meta-técnico... y una sintaxis trans-óptica. Mediante ello las nociones
de “Todo” y “Totalidad” (como “límites” omniabarcantes u omniconcernientes) también se
disuelven... y llegan a ser sustituidos por constructos meta-técnicos que carecen de límites
(pšraj) óptico-lumínicos.
(26/4/91)
* * *
Son, pues, tres estadios y dos dominios:
1o) Dominio
óptico-lumínico
2o) Dominio
meta-técnico
a) estadio sustancial
Individuos
particulares
b) estadio funcional
Individuos
totales
Superación
de “a” y “b”
Constructos
meta-técnicos
(26/4/91)
* * *
Tales constructos meta-técnicos son trans-ópticos y su sintaxis ordenadora, por ende,
distinta a la de todo “orden” óptico-lumínico (como es vgr. el de una “Totalidad” o “Todo”).
Conéctese esto con el caos y el abismo... en tanto que constructos meta-técnicos... y
se entenderá entonces, claramente, la razón por la cual intentamos superar la noción
determinista del “caos” (que es de linaje óptico-lumínico)... y sustituirla por su homónima
meta-técnica.
(26/4/91)
* * *
El término sÚsthma, en griego, designaba lo re-unido, con-gregado, com-puesto,
valga decir, aquello a lo que se refería la com-positio o con-gregatio latina.
Tal com-posición, con-gregación o re-unión, exigía por tanto un sitio o lugar (locus)
para realizarse... y suponía, además, la suma o adición de individuos, átomos o partes, en
una
totalidad
omniabarcante
u
omniconcerniente
que
formaba
una
nueva
supra-
individualidad... cualitativamente diferente a la de sus integrantes... aunque también de
índole óptico-lumínica.
De allí que, en la Ratio Technica, digamos textualmente: “todo sistema, como tal,
supone una categoría fundamental: la de totalidad. La totalidad, en tal sentido, no es sólo
un mero agregado o composito de ‘partes’ y ‘elementos’ sino que, como unidad estructural,
segrega un novum cualitativo. El sistema, en cuanto tal, es la expresión de semejante
novum” (op. cit., págs. 31, 32; versión digital, págs. 12-13). Ahora bien: todo sistema,
como tal, es funcional... siendo por ello la categoría de función la que define su peculiaridad
y características (vgr. la disolución de la individualidad de sus integrantes, etc.). Cfr. op. cit.,
pág. 37 y sgs.; versión digital, pág. 16 y sgs.
Pero todo ello, como lo hemos advertido, se refería aún al plano o dominio
meramente técnico... donde todavía impera el logos optico-lumínico y existe la posibilidad
de re-unir o com-poner (co-locar) en un locus óptico-espacial una multitud de “individuos”.
Mas, al trans-terminar el logos óptico-lumínico y ser sustituido por otro de estilo y
alcance meta-técnico, con ello no sólo cesa la posibilidad de co-locar (re-unir, com-poner)
en un locus óptico-espacial a los “individuos”... sino que estos mismos “individuos”, al
carecer incluso de límites óptico-espaciales, pierden eo ipso cualquier reato de lo que
pudiera restarle de su “individualidad”... convirtiéndose en pulsiones (procesos) transindividuales... en continua y fluyente trans-formación y trans-mutación trans-sistémica. El
sistema, como tal, se disuelve... y, en su lugar, adviene el abismo.
Semejante abismo –recuérdese bien esto– no es algo i-rracional o a-rracional. Es sólo
un constructo meta-técnico... que, en cuanto tal, ofrece una nueva posibilidad de ordenación
sintáctica (trans-óptica, meta-técnica, etc.) para los trans-fenómenos y trans-realidades a
través de los cuales pueden descifrarse (nootécnicamente) las pulsiones, procesos y
condensaciones energéticas de la alteridad (cfr. FMT, § 20, págs. 97 y 98; versión digital,
págs. 92 y 93, así como nuestra Lección titulada “Abismo y Caos”).
(27/4/91)
* * *
Todo ello nos conduce, nuevamente, a plantearnos el problema de los modelos
óptico-espaciales y trans-ópticos –o sea, respectivamente, técnicos y meta-técnicos– de la
alteridad.
Tan arriesgado nos parece transitar por este campo... que no osaremos traspasar
nuestros temores. Pero queremos, al menos, dejar planteadas las siguientes interrogantes:
¿a qué nivel o estadio pertenece el modelo atómico y/o corpuscular de la alteridad? ¿supera
tal estadio o nivel el modelo ondulatorio? ¿o son ambos expresiones diversas, aunque
semejantes, del mismo estilo óptico-lumínico?
Por otra parte: ¿es posible utilizar “modelos” en un nivel o estadio meta-técnico? Si
así no fuera... ¿por qué deben sustituirse los “modelos”? ¿acaso por sintaxis trans-ópticas?
¿qué son tales sintaxis y/o constructos meta-técnicos? (cfr. FMT, § 21, pág. 100; versión
digital, pág. 94).
Mejor es callar...
(27/4/91)
* * *
Lo que hemos llamado acontecer es un proceso... y, por tanto, un devenir. ¿Pero qué
es semejante devenir divisado e interpretado mediante un logos óptico-lumínico?
Sea cual fuere el significado, grado o modalidad que se otorgue al devenir –tránsito,
cambio, mutación, transformación, alteración, etc.– el mismo implica un fluir (in fieri)... y,
por tanto, un movimiento.
Ahora bien: todo movimiento supone, como bases sintácticas del mismo, tanto una
espacialidad como una temporalidad... requeridas (subrepticia y circularmente) para su
eventual lectura.
En el caso del logos óptico-lumínico... tales bases sintácticas se hallan conformadas
desde un ver (noe‹n, ide‹n)... resultando por ello el movimiento determinado, a su vez,
mediante criterios de idéntico linaje (cfr. FMT, § 10, pág. 49 y sgs.; versión digital, pág. 43
y sgs.).
¿Pero en qué se trans-formaría o trans-mutaría el devenir si, en lugar de tales bases
sintácticas, su lectura se efectuara mediante otras de índole trans-óptica y trans-humana...
tal como las que propone la meta-técnica?
Para abordar concretamente este problema –tan rico como sugestivo– deben
precisarse las modalidades meta-técnicas del espaciar y del temporalizar que se han
esbozado en FMT. Desde las mismas habría entonces que construir meta-técnicamente el
devenir como un código trans-fenoménico y trans-real de la energía.
(17/5/91)
* * *
¿Cuántas falsas o aparentes paradojas del devenir, derivadas de su raigal significado
óptico-lumínico, se disolverían mediante lo anterior? ¿Cuántas modalidades del mismo,
sostenidas por aquél, perderían raigambre y sustento ontológico y epistemológico? ¿No
quedaría eliminada, acaso, su tradicional oposición al Ser... si ni siquiera este mismo podría
ya ser concebido como algo (óptico-lumínico) “permanente”?
(17/5/91)
* * *
He aquí una crucial pregunta: ¿deviene el abismo?
(17/5/91)
* * *
Ella sólo puede ser respondida meta-técnicamente... construyendo trans-óptica,
trans-finita, trans-humanamente ambos trans-fenómenos... así como su eventual y común
sintaxis.
(17/5/91)
* * *
¿Qué tipo o modalidad de pensar meta-técnico se requeriría para ello? Dejemos sin
contestar semejante cuestión... remitiendo a lo esbozado en FMT, § 18.
(17/5/91)
* * *
Lo que persigo no es describir una noción privativa o negativa del caos (des-orden
serial, “atractores”, fractales, etc.)... sino el caos originario... o, si se quiere, trans-positivo
(trans-posito).
Pues aquella primera noción, aparte de derivarse de una negación posicional, siendo
por tanto de índole óptico-lumínica, supone ya en sí misma un “orden”... también de linaje
óptico-lumínico, sobre el cual recae la mencionada negación.
El caos originario es, por sí mismo, expresión de una negatividad originaria
(me-ontológica)... y, en cuanto tal, aparte de ser trans-óptico... es también trans-terminante.
Tales notas imponen la necesidad de utilizar para su desciframiento... no sólo instrumentos de
complexión y alcances meta-técnicos... sino asimismo sintaxis trans-humanas... que eviten su
enclaustramiento dentro de parámetros exclusivamente antropomórficos, antropocéntricos y
geocéntricos.
La tarea que en relación con esto debe realizar la noo-tecnia es de primordial
importancia... y de su adecuada labor de tra-ducción (bidireccional) dependen enteramente
los resultados que pueda arrojar esta apasionante búsqueda.
(20/6/91)
* * *
Lo que no debe ignorarse es el factum primordial: la posibilidad de ordenar transóptica y trans-humanamente el espacio... y, por ende, la de trans-formarlo o trans-mutarlo
en un constructo trans-geo-métrico.
¿Por qué esto último? Pues sencillamente porque la geo-metría (como su propia
definición lo expresa) se atiene a un eje geo-céntrico... y de lo que se trata justamente es
de superar éste y sus concomitantes parámetros.
(20/6/91)
* * *
La trans-geo-metría no niega necesariamente la(s) geometría(s) humana(s)... sino
que enriquece sus límites y modalidades... insertando un nuevo horizonte en las posibles
ordenaciones del espacio.
Todo
cuanto
en
ella
se
construya...
pudiera
ser,
en
principio,
tra-ducible
nootécnicamente a la sintaxis óptico-lumínica de la(s) geometría(s) humana(s)... con tal,
eso sí, de que no se destruya la trans-formación y/o trans-mutación que aporte lo
construido para aquella sintaxis.
La
eventual
in-traducibilidad
de
los
constructos
trans-geo-métricos
no
es,
necesariamente, sinónima de la inanidad de ellos... sino, precisamente, de su contingente o
radical in-traducibilidad.
Tampoco esta última debe asustarnos, ultrajarnos o humillarnos... a menos que no
estemos dispuestos a modificar el absoluto primado del antropocentrismo y el geocentrismo.
(20/6/91)
* * *
En todo lo anterior –aunque la reflexión se halle centrada en la ordenación transóptica del espacio– no debe olvidarse la necesaria función que en ésta tiene la paralela
temporalización (también trans-óptica y trans-humana) del tiempo. La trans-geo-metría, en
tal sentido, supone la concomitante y complementaria temporalización (meta-técnica) del
tiempo.
(20/6/91)
* * *
No se debe identificar el caos con un des-orden aparente tras el cual exista un orden
real y verdadero. Al contrario, haciendo la salvedad de que no se trata de un término
meramente privativo sino originario, cabría decir que el caos es un desorden real y
constatable... el cual subyace tras el orden aparente instituído mediante procedimientos
óptico-lumínicos.
Semejante caos –de genealogía trans-óptica y trans-humana– es el que rige la
alteridad... y constituye el verbo (sintaxis) del abismo. Difícil, si no imposible, resulta por
ello su reducción a fórmulas científicas de linaje óptico-lumínico... a menos que en ellas se
incorpore –traducido nootécnicamente– el novum que aporta la inteligibilización metatécnica de la alteridad.
Incluso si dicha inteligibilización resultase in-traducible a fórmulas u ordenaciones
óptico-lumínicas... semejante imposibilidad, radical o contingente, denotaría simplemente la
existencia de un exponente caótico de grado o nivel superlativo.
(23/6/91)
* * *
Es en semejante aspecto donde radica la importancia que pueden tener las transgeo-metrías (cfr. supra). Ellas transcriben el des-orden real –“aparente” sólo en referencia al
orden óptico-lumínico– que prevalece, sujeto a diversos grados y modalidades, en la
alteridad galaxial.
Tales grados y modalidades dependen de la organización y complejidad de los
eventuales sensorios meta-técnicos que se utilicen para la inteligibilización de aquella
alteridad... pudiendo tales sensorios (cfr. FMT, § 3, § 4, § 5, § 6) ser progresivamente
diseñados y construidos... ya sea miméticamente (valga decir: siguiendo el modelo que
ofrezcan
seres
vivientes)
o
poiéticamente
(mediante
una
creciente
refinación
y/o
sofisticación de sus potencialidades inteligibilizadoras).
(23/6/91)
* * *
Debe despojarse al concepto y a la acción de la Nada me-ontológica de todo nexo e
ingrediente místico o irracional. Efectivamente, como ya se sabe (cfr. FMT, § 19-B, pág. 94;
versión digital, págs. 88 y 89), a ella la hemos identificado con un nadificar que abisma... y
semejante abismo sabemos ya también lo que testimonia: el residuo de lo trans-positivo y
trans-terminante de la alteridad ordenado trans-ópticamente por un logos meta-técnico. Ese
residuo, por ser precisamente tal, resulta intra-ducible... y, por tanto, silencioso.
El silencio del abismo (o de la Nada) es el exponente de su negatividad originaria.
Semejante negatividad originaria no es producto de una negación ex-cluyente (negación
ontológica)... sino que expresa la nihilización y superación de todo lo ordenado ópticolumínicamente... incluyendo cualquier sintaxis espacio-temporal del mismo género.
De allí que el problema de la Nada me-ontológica se deba conectar con el de las
eventuales modalidades del pensar meta-técnico (cfr. FMT, § 18, pág. 80 y sgs.; versión
digital, pág. 74 y sgs.).
En cualquier caso, así como el surgimiento del logos y/o del pensar meta-técnicos no
implica la destrucción o negación del logos y/o del pensar óptico-lumínico –sino, por el
contrario, su ampliación y enriquecimiento trans-óptico, trans-humano y trans-finito– la
negatividad originaria (me-ontológica) de la Nada sólo testimonia una ordenación transpositiva y trans-terminante de la alteridad... gracias a una sintaxis donde los ejes
ordenadores de la correspondiente temporalidad y espacialidad son distintos a los que
imperan en el ámbito de las sintaxis óptico-lumínicas.
(5/7/91)
* * *
La negatividad me-ontológica... no es negativa (en sentido óntico-ontológico)... sino
positiva... pues, gracias a ella, nihilizándose y superándose los límites de lo exclusivamente
óptico-lumínico, se amplía y enriquece paralelamente la alteridad en cuanto tal.
(5/7/91)
* * *
No se entienda o conciba la Nada me-ontológica como una entidad sustancial o
metafísica. En rigor, ella no es más que un nombre mediante el cual se designa el resultado
de cierta modalidad ordenadora (“nihilizante”) que despliega el logos meta-técnico sobre la
alteridad.
En tal sentido, como todos los constructos meta-técnicos, ella funciona como un
simple código sintáctico de las configuraciones y condensaciones energéticas de la
alteridad... emitidas y/o captadas por una “mente” también de estilo meta-técnico (cfr. FMT,
§ 20, pág. 97; versión digital, pág. 92).
(5/7/91)
* * *
Despojarse de la protección de las palabras, pensar a la intemperie, arriesgando en
cada paso el destino, es tarea de quien medita en soledad... y sólo está comprometido con
sus abismáticos demonios.
(5/7/91)
* * *
Tal vez sería preferible suprimir radicalmente el término “Nada”... y sustituirlo por el
de “abismo”. Pues el peligro –aparte de su entificación sustancialista y metafísica– radica en
que la acción “nihilizante” que a ella se adscribe... queda identificada (inconsciente o
involuntariamente) con un sentido destructivo y aniquilador.
Pero no es tal el significado que nosotros quisiéramos atribuir a su negatividad
originaria. Ésta no destruye... sino crea; no aniquila... sino instaura o instituye. Lo que crea,
instaura o instituye es el ámbito (me-ontológico) de lo meta-técnico (lo trans-óptico, transfinito, trans-humano)... que ciertamente abisma lo exclusivamente óptico-lumínico...
superando eo ipso sus fronteras y límites... inaugurando de tal manera un reino de positiva
negatividad con respecto al mismo.
(6/7/91)
* * *
“Abismo” –de ¥-bussoj– es lo que carece de “fondo” (fundus-i)... valga decir: de
“fundamento” (fundamentum-i).
Semejante fundamento o fondo –en el caso de la superación meta-técnica– es,
precisamente, aquel marco espacio-temporal, de linaje óptico-lumínico, que sostiene y
ordena los fenómenos y realidades.
Por eso los correlatos meta-técnicos son trans-fenómenos y trans-realidades... esto
es: constructos inscritos en el abismo... ordenados mediante sintaxis trans-ópticas.
(6/7/91)
* * *
¿Qué “son” los constructos meta-técnicos? Sencillamente lo que su propio nombre
expresa: construcciones, ordenadas mediante códigos sintácticos de índole meta-técnica, de
las configuraciones y condensaciones energéticas de la alteridad.
Los constructos meta-técnicos, por eso mismo, son inalcanzables para los sensorios
humanos ingénitos... aunque pueden ser tra-ducibles (o, contigentemente, in-traducibles) a
la sintaxis del logos óptico-lumínico mediante procedimientos nootécnicos.
(6/7/91)
* * *
La consistencia de los trans-fenómenos y trans-realidades es tan constatable y
verificable como la de los fenómenos y realidades... y, en rigor, con una precisión mayor que
la de estos últimos. Sólo que la vía para lograrlo... en lugar de ser la del logos ópticolumínico es la del logos meta-técnico.
Pero semejante consistencia no es producto de una negación y/o privación de la
alteridad óptico-lumínica... sino que, en sí misma, encarna una negatividad originaria –o, si
se quiere, una superación de aquella alteridad– trans-positiva y trans-terminante. Es
precisamente esto lo que intentamos denotar con la partícula “trans”... mediante la cual
designamos su ámbito (trans-óptico, trans-humano, trans-finito) y la condición de sus
ingredientes (trans-ópticos, trans-terminantes).
Todos ellos son me-ontológicos... porque, hasta ahora, lo onto-lógico como tal
(incluyendo el No-Ser = Nada) ha sido inteligibilizado y ordenado exclusivamente dentro de
los límites y mediante los recursos del logos óptico-lumínico.
(7/7/91)
* * *
Poco importa, en verdad, la nomenclatura y adjetivación que quiera dársele a la
alteridad meta-técnica. Lo decisivo estriba en haberla detectado... y distinguido de la simple
alteridad óptico-lumínica.
Tal vez, para evitar tergiversaciones o devaneos místicos, debería denominarse
alteridad trans-ontológica... y no me-ontológica. Pero entonces acecha el peligro de que se
desvirtúe su originaria y positiva negatividad con respecto a la alteridad óptico-lumínica... y
la auténtica superación que de la misma implica.
(7/7/91)
* * *
Abismar no es negar... pues aquél no implica ninguna “posición” óptico-espacial (vgr.
la ex-clusión)... sino que su actividad libera a la alteridad (óptico-lumínica) de todas sus
posiciones, fundamentos y límites... dejando en franquía la posibilidad de inteligibilizar
(“construir”) la correspondiente alteridad meta-técnica mediante nuevas sintaxis (transópticas, trans-humanas y trans-finitas).
El abismar, en tal sentido, antes que una simple negación... implica una ampliación y
superación (trans-formación, trans-mutación) de la alteridad óptico-lumínica.
(17/7/91)
* * *
Disolución = Superación. El ojo anula sus fronteras... para abismarse. Abismo no es
Vacío... sino plenitud de transmutada alteridad.
(24/7/91)
* * *
¿En qué escenario se plantea la irreversibilidad del tiempo? Sólo en el dominado por
atemáticas nociones óptico-lumínicas: vgr. en la metáfora de la “flecha del tiempo” y su
sentido cinético. ¿Qué acontece si aquel escenario es anulado y superado de raíz? ¿No cesa,
acaso, la oposición entre ser y devenir?
(24/7/91)
* * *
Ni eternidad ni instante: sólo silencio.
(24/7/91)
* * *
Entiendo el filosofar como un jugarse en total la existencia... arriesgando su sentido
en cada envite. De allí el temblor del creador.
(24/7/91)
* * *
¢qamb…a: impavidez, ausencia de temor o pavor en el alma. Fundamento y raíz de la
fortaleza e imperturbabilidad... del denuedo y la intrepidez. En el fondo: del coraje y la
valentía.
¿Cómo deslastrar el alma de terror? Limpiándola, purificándola, despojándola de todo
cuanto le provoque sobresalto, intimidación, debilidad o recelo: desconfianza en sí misma.
La athambía es virtud de los hombres fuertes: de aquellos que afrontan la vida sin
amedrentarse, ajenos al desmayo o la cobardía, apoyándose únicamente en sus propios
manantiales.
(14/8/91)
* * *
Fortaleza y angustia parecerían ser contrarias. Pero hay una fortaleza que insurge de
la angustia (sin negarla) en tanto que, despejada por esta última la finitud, la fortaleza se
yergue a partir de su comprensión y aceptación... construyendo la vida y sus obras dentro
de sus límites... sin engañarse ni sentir temor.
(14/8/91)
* * *
Por lo demás... recuérdese que la angustia no es miedo ni temor: es sobrecogimiento
óntico-ontológico, desarticulación y derrumbamiento del mundo, aniquilamiento de su estofa
y jaez.
(14/8/91)
* * *
No debe confundirse tampoco el angustiarse con el abismarse. Mientras la angustia,
en su nihilizar, patentiza el No-Ser... el abismar revela la originaria y positiva negatividad de
la Nada (me-ontológica) en su silencio. ¡Qué honda fortaleza debe prevalecer en nuestra
alma para no desmayar ni empavorecer frente al mismo! ¡Qué indeclinable athambía debe
acompañarnos para intentar un diá-logo con su inefable sintaxis!
(14/8/91)
* * *
Pero todos estos finos e intrincados matices deberían estudiarse con mayor
detenimiento y profundidad. La dinámica imbricación de la athambía con temples como los
descritos... debe llevarnos a pensar que su eventual conjunción no es producto de un
rompe-cabezas, ni de dibujos existenciarios construidos desde una manipulada geometría de
vivencias, sino expresión de energías que se funden y confunden en el hondo misterio del
alma (que no sólo de la conciencia) como originario hontanar de nuestras fuerzas vitales y
creadoras.
(14/8/91)
* * *
El alma, en tal sentido, es prota-agonista de la vida... lo cual, sin embargo, no
significa que ella sea una sustancia... o pueda existir en sí y por sí misma como una
autónoma entelequia.
Pero a semejante enigma debemos asomarnos desde otra perspectiva... y con mayor
cuidado... pues no es res que pueda despacharse con cuatro capotazos, ni con volatería,
como cabe decir castizamente.
En fin... esperemos otro día... porque de esperar vivimos... con el alma en vilo.
(14/8/91)
* * *
Destruir el espacio, sus límites y signos, sus ocultas cifras, sus nombres y ropajes,
emergiendo desde su raíz, sin asirlo ni verlo ni tocarlo, es vivir a la intemperie... en la
epifanía del cosmos.
(18/8/91)
* * *
¡Extraña comunión! ¡Vencido destierro! Reencuentro con la agónica disolución de los
contrarios... transcendidas las distancias y fronteras... desasido el logos de sus ópticos
anclajes... y el imperio de su esclavizante luz.
¿Tinieblas? En absoluto. ¡Euthymico silencio! Apertura de la callada y total otredad...
sumersión en su abismático verbum.
(18/8/91)
* * *
¿Significa la destrucción del espacio... la negación o aniquilación del soma? ¡En forma
alguna! Lo que aquélla implica es la trans-formación y trans-mutación de la espacialidad del
espacio somático... liberando al propio soma de su exclusiva y anacrónica condición de
simple res extensa... así como de las restringidas formas de espacializar el propio espacio
que ocupa como cuerpo... impuestas por el aprisionante dominio ejercido por el logos
óptico-lumínico.
Pero, además, resulta insostenible afirmar que el soma sea, pura y exclusivamente,
una res extensa... sobre todo si esta última se interpreta con un esquema simplemente
cósico. El soma no es una cosa... sino un proceso sistémico y funcional perfectamente
construible y dirigible por el propio hombre.
Dejemos sin comentar, provisionalmente, cuáles son los miembros integrantes de
dicho sistema.
(18/8/91)
* * *
Lo que nos interesa subrayar... es que la destrucción y superación del espacio ópticolumínico no debe identificarse con una suerte de ascesis mística... mediante la cual a costa
de negar lo corporal y/o material del soma (res extensa) se abstraen del correspondiente
logos ordenador de la alteridad todos sus ingredientes sensibles (sensoriales, intuitivos, etc.)
para
reducirlo,
purificadamente,
nouménicas, etc.).
a
sus
exclusivas
vertientes
inteligibles
(noéticas,
Recuérdese, entre otras cuestiones, que también lo puramente inteligible... proviene
de una vertiente óptico-lumínica (Šde‹n)... debiendo, en tal sentido, lo mismo que lo sensible,
ser trans-formado y trans-mutado mediante aquella “destrucción” (superación) meta-técnica
y trans-humana.
Mas ya esto lo hemos explicado en estas mismas páginas... y, hasta el cansancio, en
FMT.
(18/8/91)
* * *
El fracaso de la institución lingüística por su origen óptico-lumínico... no debe
tampoco entenderse como el fracaso del lenguaje en cuanto tal... ni la renuncia al mismo
como una actitud evasiva.
El silencio, si se comprende lo que implica y significa, anuncia el desafío a lo inefable
y su constante asedio por otras vías... entre las cuales no se excluye el combatiente
construir.
Tal es el drama que confronto. En el mismo habito y me consumo... mientras voy
viviendo día a día.
(15/10/91)
* * *
Todo ordenar –valga decir, toda acción cognoscitiva o práctica que proceda de
acuerdo al mandato de un ordenamiento y/o de un orden– es un co-locar y/o dis-poner los
entes, cosas u objetos, en el espacio y el tiempo. Pero tanto aquellas acciones, como la
textura misma de los parámetros espacio-temporales con base en los cuales se realiza el
ordenar, revelan un indudable origen y sentido óptico-lumínico. Efectivamente: el espacio se
concibe como un conjunto de puntos (contiguos y/o yuxtapuestos) y el tiempo como una
serie de instantes (coetáneos y/o sucesivos)... donde se inscriben el co-locar y el dis-poner.
¿Puede alterarse, modificarse y/o sustituirse aquella genealogía óptico-lumínica... por
otra de índole y textura trans-óptica y trans-humana? He aquí una primera cuestión.
(5/4/92 10 a.m.)
* * *
El conocimiento –y, por supuesto, la definición– de cualquier orden... supone ya un
orden (sintaxis) que los posibilite. Efectivamente: para conocer un orden... el conocimiento
debe estar sujeto a un orden (método) que le permita establecer y/o constatar la existencia
del presunto orden.
¿Puede despojarse al conocer de semejante supuesto y/o fundamento? He aquí otra
cuestión de importancia primordial.
(5/4/92 10 y 30 a.m.)
* * *
¿Se
vislumbra
y
aclara
–desde
la
planteada
perspectiva–
la
razón
de
la
fundamentalísima pregunta que cuestiona la existencia de todo orden óptico-lumínico? En
efecto: ¿por qué orden y no caos? Pero además: ¿qué genealogía debería asignársele al caos
–distinto, radicalmente, de cualquier des-orden– dentro de semejante contexto?
(5/4/92 11 a.m.)
* * *
Es en semejante horizonte que se debe inscribir el preguntar por el genuino sentido
y/o significado de la an-arquía... Dejemos, por hoy, reposar la pregunta.
(5/4/92)
* * *
Ir más allá de la mirada... ¿qué significa? ¿Acaso sumergirse en el silencio? ¿En qué
silencio? ¡Oigamos el abismo! ¿Qué nos dice? ¿Nada?
Quien escucha el abismo... es atraído por su abismarse. Allí aguarda el caos: no el
des-orden... sino la metaxis trans-óptica que impera en las más íntimas pulsiones del
cosmos, sus atrayentes energías, sus dinamias, sus invisibles y sigilosas mareas.
Ir más allá de la mirada –de la luz, del ojo, de la superficie y de la línea– es comulgar
en aquel profundo y religioso movimiento que abre los enigmas cósmicos... inundando el
alma de actuantes e indescifrables energías. Escucharlas...
(26/5/92 p.m.)
* * *
Lo prodigioso de la meta-técnica es su capacidad de construir sensorios –no sólo
transhumanos sino también supranaturales– que hacen posible la captación de tales
señales... tra-duciéndolas u homo-logándolas (gracias a la nootecnia) al universo de las
sintaxis
óptico-lumínicas
que
maneja
el
hombre...
ampliando,
transformando
y
transmutando, de tal manera, los horizontes de su racionalidad.
(26/5/92 p.m.)
* * *
Lo que desquicia y destruye la meta-técnica es la pretensión de vaciar la “esencia”
del hombre en su “definición” como animal rationale... haciendo igualmente de esta última
un cerco inmodificable... al imponerle a lo “racional” (a la “ratio”) los insuperables límites del
logos óptico-lumínico.
Mas lo trans-racional no es i-rracional ni a-rracional.
(26/5/92 p.m.)
* * *
El tiempo “es” no siendo... al contrario que el ojo o el espejo. Decir que “hay” tiempo
significa, por ello, afirmar tácitamente su nadería. ¿Pero qué nadería? ¿Acaso... la de un
No-Ser? ¿O se revela en ello que la Nada posibilitadora del tiempo... no es en sí negativa o
privativa, como el No-Ser, sino radicalmente positiva?
Naciendo de la Nada, el tiempo “es” Nada... y en la Nada se sumerge, consagrando
su perpetua resurrección en el “hay” que testimonia la consistencia de su aparente
disolverse en sí mismo, desde sí mismo, sin ser nunca el mismo.
¿Puede haber algo más alejado de la doctrina del eterno retorno de lo mismo... en
tanto que epifanía de un “voluntarismo” antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico?
(24/6/92 p.m.)
* * *
Pensar es descifrar el misterio de pensar: dejar que aparezca o hacer aparecer
aquello que pro-voca el pensar. De allí que la pregunta, reiterademente formulada por
nosotros a finales de los años cincuenta y recogida en la Ontología del Conocimiento,
conserve aún su plena vigencia.
Mas ya “pensar”, después de avizorada la meta-técnica, no significa lo que entonces
se entendía por “pensar”... ni sus límites y posibilidades, así como sus configurantes
sintaxis, pueden permanecer confinados en la subjetividad trascendental... ni tampoco
(menos aún, deberíamos decir) quedar sujetos a un “designio del Ser” (Seinsgeschick), tal
como lo pretendía el segundo y converso Heidegger.
Pensar es abismarse. La pregunta “¿por qué pensamos?” –pensada desde la
perspectiva meta-técnica– lo que inquiere es por el originante caos de las trans-mutadoras
energías que posibilitan sus eventuales sintaxis trans-ópticas y trans-humanas... así como
por los nuevos órdenes que aquéllas implican. En esto yace oculto lo que pro-voca el
pensar... y sus fascinantes potencias logi-ficadoras de la alteridad... más allá de todo
antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo.
Pero no repetiremos... lo que ya tantas veces hemos dicho. Debemos salir de nuestra
propia noria. Ello es difícil... pero no imposible.
(17/7/92 p.m.)
* * *
Mi diario combate es con el lÒgoj como noe‹n... intentando su trans-formación y
trans-mutación... su apertura trans-óptica y trans-humana, valga decir, meta-técnica...
como paso previo y necesario para acceder al reino del pensar (lÒgoj, lšgein) en cuanto
abismo.
Pensar es abismarse. Abismarse es sumergirse en el caos... siendo semejante caos
sinónimo de una metaxis propiciadora de nuevas posibilidades (trans-ópticas y transhumanas) “ordenadoras” de la alteridad (cfr. “Sabiduría, Conocimiento, Inteligencia”).
Sólo dentro del señalado ámbito es posible plantearse, con toda legitimidad, la
pregunta “¿por qué pensamos?”... tal como la entendí desde mi juventud.
(28/7/92 a.m.)
* * *
La verdadera vida de un verdadero pensador es luchar, durante toda su existencia,
con una sola pregunta: aquélla que lo invoca y determina esencialmente.
Hallar esa pregunta... es el más alto y decisivo encuentro del pensar consigo mismo.
Perseguirla a través del tiempo... es abismarse en el caos... y exorcizar sus límites.
Señalar el fundamento noético del pensar es, en cierta forma, esclarecer su origen y
explicar la razón de ser de sus principios y categorías: su genealogía lógica... entendiendo a
la Lógica tal como ella aparece y se desarrolla desde el inicio mismo del pensar en
Occidente.
Pero nuestro combate con el pensar noético lo que cuestiona es precisamente
semejante “origen” –de filiación noética-ontológica (parmenídica)– remitiendo la pregunta a
preguntar por el abismo (caos) como eventual o posible hontanar de nuevos, transformados y trans-mutados principios y categorías de índole me-ontológica (trans-noética)...
“sumiendo a tal pensar, carente ya de ideas y palabras, en su abismático y creador silencio:
en el originario originarse de la Nada... y, con ello, en la pregunta por el origen del pensar y
sus auto-transmutadoras energías” (cfr. supra, “Abismo y Caos”).
(28/7/92 p.m.)
* * *
Si bien el término origen nos permite superar parcialmente la raigambre y conexión
temporal que exhiben otros como inicio, comienzo, principio... el mismo, por el contrario
queda lastrado de cierta reminiscencia espacial al sugerir (en su indisoluble conexión con la
representación de una fuente o manantial) el lugar o sitio (locus) de donde algo brota, surge
o mana.
Es lo que sucede, incluso, con la palabra germana Ursprung... que, sin embargo,
tiene la ventaja de hallarse compuesta por la partícula “Ur” (la cual señala específicamente
lo in-génito, no derivado o adquirido por ajenas causas o influencias, valga decir, lo
in-nato)... al par que su otro componente, “Sprung”, expresa claramente el salto, el súbito
brotar o surgir, el repentino e instantáneo advenimiento de lo espontáneo y gratuito... de lo
ab-soluto como causa sui.
Origen proviene del latín orior-oriris-ortus sum-oriri... donde es evidente y manifiesta
la raigambre espacial ya mencionada. ¿Qué hacer, entonces, frente a ello? El único recurso
sería el de acuñar un neologismo. ¿Salvarían los escollos... verbos tales como el transurgir
y/o transoriginar?
Por lo pronto... no me place su cacofonía.
(26/1/93)
* * *
Mas... ¿qué puede y debe entenderse por originario? Sólo el abismo... donde queda
disuelta, incluso, la sintaxis causal... como consecuencia inmediata de la transmutación del
modelo temporiforme que le sirve como sustentáculo a su tradicional noción o categoría.
Lo
originario,
en
tal
sentido,
es
sinónimo
de
lo
abismático...
y
connota,
nootécnicamente, una sintaxis carente del antes y el después, del inicio y el camino: del
“Anfang” y el “Weg”. Evaporadas todas estas significaciones espacialiformes... se despeja,
aunque sólo sea parcialmente, lo que llamamos origen.
(26/1/93)
* * *
Se debe advertir, sin embargo, que a pesar de su aparente semejanza con problemas
metafísicos tradicionales (e, incluso, del uso auxiliar que se ha hecho de algunos términos
provenientes de aquéllos)... la indagación o pregunta sobre el origen (y, por ende, la que se
refiere al abismo) son toto caelo diversas –por índole y propósitos– a las que se plantean
desde la metafísica tradicional.
Ambos son –¿hemos de repetirlo?– planteamientos que se inscriben, despliegan y
debe ser pensados (“ordenados”, “logificados”, “sintactizados”) desde la meta-técnica...
gracias a la perspectiva y dimensión trans-óptica que le es inherente y peculiar a esta
última.
De allí, la mencionada disolución y/o superación de la tradicional noción de causa (y,
por ende, paralelamente, de la de causa sui) entendidas en su vetusto e infecundo
esquematismo teologizante. Igual criterio cabe aplicar en relación al término ab-soluto... si
éste es entendido con idéntica connotación.
La metafísica tradicional, dicho grosso modo, se sirve del logos óptico-lumínico para
acuñar sus nociones, categorías y fundamentos. De allí el residuo óptico-espacial y ópticotemporal de todos ellos... y de los primarios substratos... de la correspondiente ontología.
La meta-técnica, por el contrario, tiene su origen (valga el empleo del término) en la
transmutación y superación de tales fundamentos y substratos... por lo cual los eventuales
modelos “sintactizadores” y “logificadores” de sus constructos deben ser radicalmente
distintos a los de aquellos tradicionales soportes. Se entiende así, perfectamente, el paralelo
problema y las dificultades lingüísticas.
(26/1/93)
* * *
No es del todo erróneo considerar el lenguaje como un instrumento del poder... y a la
palabra cual un medio para conjurar la realidad... dominarla y hacer que obedezca al
hombre.
Pero semejante interpretación, a fuer de legítima, configura y expresa sólo una faz
del lenguaje... sin reparar en otra, quizás más profunda y compleja, del mismo: la de su
función genesíaca y poiética de la alteridad... que, en lugar de dominar a ésta e imponerle
obediencia, la deja y ayuda a ser... o, aún más, construye ignotas sintaxis de ella, transpone
sus códigos, transfinita sus virtualidades. Lenguaje y palabra son, entonces, talismanes del
eros... logrando que de la alteridad fluya el silencio.
Semejante silencio no expresa una ausencia o negación del lenguaje, ni aún menos
una aniquilación de la palabra. El silencio, tal como lo entendemos, es el ámbito de
comunión del hablante con las cifras de la alteridad transhumana. Tal comunión no es sólo
síntesis intelectiva... sino simbiosis, plena y total, que hace posible la identificación del
hombre y la alteridad transhumana... en sus mutuos enigmas y misterios.
De semejante compenetración, propiciada por el silencio, surge el renacer del fuego
originario... fraguador de la tierra... taumaturgo del cosmos. Son los horizontes germinales
de la anti-técnica.
(28/7/93)
* * *
El silencio es el ámbito donde se inicia el diá-logo del hombre con la alteridad transhumana... y sus ocultos logos. El silencio, en sí mismo, es dia-lógico: de su seno emerge la
posibilidad de descifrar las trans-realidades y trans-fenómenos de aquella alteridad transfinita.
(28/7/93)
* * *
La actitud o posición del poder ante la alteridad –epistemológicamente analizada–
supone un esquema donde el sujeto y el objeto se oponen, como dos instancias separadas y
distintas entre sí, sea cual fuere la connotación (idealista, realista, etc.) que se le otorgue a
la relación del dominio-obediencia resultante de ello.
En cambio... la actitud o posición que se desprende del eros –como fundamento o
vertiente posibilitante de la comunión y/o simbiosis entre la alteridad y el lenguaje– supone
una indiscernible unidad (¿sínolo?) entre ambos términos... cuyo producto es, precisamente,
la trans-finitación poiética de los propios ingredientes de la relación erótica... y la
concomitante aparición de los rasgos descritos anteriormente.
(28/7/93)
* * *
¿Hasta qué punto es permisible en la filosofía utilizar símbolos o connotaciones
simbólicas... si aquélla pretende ser rigurosa... y no transformarse en una simple y
vergonzante alegoría? ¿Mas cómo puede el filósofo abjurar de sus más íntimas y abismáticas
perplejidades renunciando a sus pulsiones? ¿Es, acaso, ilícito dar nombre a las mismas...
sugiriéndolas translaticiamente? ¿Cómo acallar lo impensable e inefable si en ello le va la
vida al pensamiento?
¿Define esto un irracionalismo... o se trata de un recurso, absolutamente necesario y
legítimo, para evitar el derrumbe y suicidio de la propia razón... en sus afanes por transfinitarse?
(28/7/93 p.m.)
* * *
Más que un instrumento de poder para dominar la alteridad... el lenguaje-poder es
una cárcel para el propio hombre. Liberarse de ella... es liberarse de sí mismo y de las
limitaciones que, invisiblemente, le autoimpone aquel lenguaje.
(28/7/93 p.m.)
* * *
Más allá del silencio... ¿cesan las palabras? ¿o comienza un trans-lenguaje cuya
sintaxis no requiere de ellas para articularse? ¿pero “sintaxis” de qué sería ésta... y cómo
atribuirle un “orden” sin conocer incluso su soporte y su materia?
Palabra y silencio no son opuestos... ni el silencio es negación de aquélla. El silencio
es palabra sin decir, lenguaje tácito, callado hogar de lo inefable. Si no lo fuese... carecería
de sentido y se hallaría impedido esencialmente para transmitir cualquier significado. Más no
es así. El silencio abre quedamente un mundo de insólitas sintaxis... donde se escuchan las
enigmáticas transvoces y ecos del caótico abismo.
(28/10/93 p.m.)
* * *
No hay lugar sin espacio... pero no todo espacio está hecho de lugares. ¿Puede haber
un espacio sin lugar?
(12/1/94 a.m.)
* * *
¿Es un tiempo sin instantes... un tiempo vacío? ¿Qué significa “vacío” en referencia al
tiempo? ¿In-movilidad, permanencia ab-soluta... eternidad, perpetuidad, perennidad? ¿En
relación a qué instancia(s) se deben entender tales atributos?
(12/1/94 a.m.)
* * *
El Ser, en cuanto ousía, se ha concebido tradicionalmente como una presencia
permanente. ¿Pero qué es “presencia”... y qué es “permanencia”? ¿Dentro de qué modalidad
de tiempo y/o de temporalidad deben ser aquéllas entendidas? ¿Un tiempo de instantes... o
vacío de instantes?
De nuevo: ¿qué significado tiene aquí el término “vacío”?
(12/1/94 a.m.)
* * *
Preguntar por el espacio es, subrepticiamente, preguntar por el tiempo... y viceversa.
Cabe, entonces, formularse la siguiente cuestión: ¿dentro de qué tipo o modalidad de
espacio se inscribe... comprende... y pretende descifrarse el transcurrir del tiempo como tal?
¿O puede des-espacializarse, totalmente, el tiempo?
(12/1/94 a.m.)
* * *
El vacío o lo vacío... es, nada más ni nada menos, que una determinación ópticoespacial... de genealogía óptico-lumínica. De allí que calificar al espacio y/o al tiempo de
“vacíos”... es incurrir en el mismo vicio que tanto hemos denunciado y criticado a lo largo de
estos “Apuntes y Notas”.
Frente a ello cabe preguntar de nuevo: ¿puede haber un tiempo y/o un espacio cuyas
características, atributos o cualidades, sean distintas a las que el origen antropomórfico y
antropocéntrico de tales nociones impone en las mismas... incluso por vía privativa o
negativa? ¿Cuál sería el camino a seguir para ello?
Tal vez en lo dicho se encuentre ya la respuesta: ¿no es posible, acaso, concebir la
virtualidad de espacializar el espacio y/o de temporalizar el tiempo sin que estas operaciones
queden restringidas (como propiedades exclusivas) al hombre como tal? ¿No realizan actos o
actividades semejantes otros seres vivos? ¿No son ellos, acaso, temporiformes y
temporalizadores a su manera? ¿Por qué razón o motivo –que no sea el de un ciego,
irracional y excluyente antropocentrismo– negarle aquella condición?
Si de esto se prescinde... quedan abiertas (como se observa en los FMT) otras formas
o modalidades de temporalizar y espacializar el tiempo y el espacio.
Pero la vía más decisiva a este respecto es la que abre la meta-técnica en su estricta
acepción poiética: la de construir sensorios, absoluta y radicalmente artificiales, que
cumplan aquellas funciones sin restricciones de ninguna clase... a no ser las provenientes de
las limitaciones creativas de sus propios diseñadores o artífices.
¿Pero qué significa, dentro de semejante dimensión, la “vaciedad” (si así puede
seguir llamándose) del tiempo y/o del espacio? ¿Acaso la abismalidad –a pesar de su
idéntica carga semántica y etimológica– puede sustituir a aquélla?
Hasta aquí hemos llegado... prisioneros que somos del lenguaje... dueño y señor de
nuestros poderes taumatúrgicos.
(15/1/94 a.m.)
* * *
El término “transubstanciar” tiene un trasfondo y un origen claramente escolástico y
místico. Proviene del latín eclesiástico “transubstantiatio”... y es definido, por el Diccionario
de la Lengua Española de la Real Academia Española, de esta manera: “convertir totalmente
una substancia en otra”. “Úsase especialmente hablando de la conversión total del pan y del
vino en el cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía”.
De allí que, a nuestro modesto y parco entender, semejante término, además de
ambiguo, resulte prejuiciado y capcioso, ya que por su propio origen y de un modo a priori...
supone la existencia de una substancia... sin sospechar siquiera los límites y restricciones
que esto implica.
La conversión o tornamiento de una substancia en otra... supone dejar incólume el
fondo substancial y/o substancialista del pensar... sean cuales fueren las operaciones
(mágicas, místicas, religiosas, etc.) que para ello se utilicen.
Por eso frente al termino transubstanciar –el cual, nosotros mismos, sin percatarnos
de esto que hoy decimos, hemos utilizado acríticamente– preferimos el de transmutar...
que, en los últimos tiempos, hemos empleado con creciente frecuencia... puesto que la
mudanza que semejante proceso u operación implica no sólo se halla desligada de toda
presuposición substancialista... sino que puede y debe entenderse como un absoluto cambio
–en el sentido de una radical y abierta innovación o revolución– al cual queda sujeta la
alteridad en total... incluido el propio hombre como demiurgo y artífice del mismo... sin
otros “límites” que los impuestos por los avances de la inventada transracionalidad metatécnica instituida en determinado momento de la historia.
(15/1/94 a.m.)
* * *
Silencio, silencio, silencio... por todas partes, hasta el cansancio, a lo largo de estas
páginas, se encuentra esta palabra... al igual que otras como abismo, etc., etc.
¡Pero cuidado con tomarlas cual expresiones místicas, o como reatos de una nostalgia
teologizante, o influencias de un inconfesado e inconfesable orientalismo!
Recuérdese, por el contrario, lo que hemos expresado –dura, clara, sistemática y
tajantemente– en los FMT acerca del lenguaje óptico-lumínico... y la cárcel que el mismo
representa para la trans-racionalidad.
¿Pero cómo liberarnos de aquellos límites que nos impone la condición de ser
prisioneros del lenguaje óptico-lumínico? Lo “inefable” de lo trans-racional no es idéntico a lo
que designa, por vía de privación, el término “inefable”, en su acepción o sentido ópticolumínico. Asimismo... lo que llamamos silencio... y lo que pretendemos designar con ese
término... no es el silencio entendido óptico-lumínicamente: la mudez o afasia.
¿Tiene sintaxis el silencio? ¡Claro que sí! ¡Escuchemos!
(9/2/94 p.m.)
* * *
La fluvial metáfora heraclitea como símil de la realidad (y, en el fondo, del tiempo en
cuanto devenir)... hay que revisarla a fondo. Su ofuscante belleza no debe hacernos olvidar
su estirpe óptico-lumínica.
La sintaxis del tiempo requiere ser despojada de toda palabra o lenguaje que
rememore al fluir del movimiento y a su inherente cuadrícula espacial. ¿Pero no supone esto
que aquel movimiento se evapore o torne imposible? ¿Mas qué clase de absurdo implicaría
semejante im-posibilidad? ¿O despejaría ella, por el contrario, un posible camino para
repensar lo im-posible? Recuérdese lo que hemos dejado escrito en El problema de la Nada
en Kant (Cap. IV, § 17).
(17/2/94 p.m.)
* * *
No es infinito el confín de lo sido: el mismo sólo representa un imaginario “punto”...
“in-scrito” en un espacio igualmente imaginario.
(26/2/94 a.m.)
* * *
Evaporado el espacio... se disuelve el tiempo.
(26/2/94 a.m.)
* * *
Leer el tiempo sin ayuda del espacio... y a éste sin aquél... es transmutar la faz del
mundo que sostiene a ambos. Es entonces cuando se plantea el regreso... y el más
apasionante
desafío
del
pensar...
surgiendo
la
pregunta
que
tantas
veces
(¿obcecadamente?) nos hemos formulado.
(26/2/94 a.m.)
* * *
¿Qué espacio se evapora? El de genealogía óptico-lumínica... De allí que sea
asimismo el tiempo, inteligibilizado y ordenado óptico-lumínicamente, el que paralelamente
se disuelva.
Queda así planteado el abismático problema de las “sintaxis” (me-taxis) trans-ópticas
y trans-lumínicas... trans-humanas, meta-técnicas... que nacen de las nuevas vertientes
inteligibilizadoras.
(26/2/94 a.m.)
* * *
De todo ello hemos escrito larga y reiteradamente a lo largo de estas páginas... pero
no está de más decir que ello implica y exige el más radical cambio en lo que atañe al
antropomorfismo,
antropocentrismo
y
geocentrismo
del
correspondiente
logos
inteligibilizador (¿“ordenador”?). ¿No sucumbe, acaso, la propia noción de un orden en la
enunciada trans-mutación?
(26/2/94 a.m.)
* * *
Transcribo textualmente, con las tácitas preguntas que merecen, las finales
conclusiones del artículo publicado hoy en El Nacional... traducción que es de otro, cuyo
autor es John Noble Wilford, aparecido en el famoso New York Time, en estos mismos días:
“Se cree que la substancia visible (sic) conforma menos del 1% de la masa del
Universo... y el resto está en la forma de la misteriosa substancia negra... que debe ser la
principal responsable de la configuración y los movimientos de galaxias y agrupaciones
galácticas”.
Ante ello... valgan, sintéticamente formuladas, las siguientes interrogantes:
1o) ¿Por qué es “misteriosa” tal “substancia negra”? ¿Acaso por su condición de
“invisible”?
2o) ¿Es lo “invisible” sinónimo de lo absolutamente “in-inteligible”... “in-ordenable” e
“in-aprehensible”? ¿O será más justo calificar aquella “invisible substancia negra” (sin
decidir, efectivamente, si es o no tal “substancia”) de trans-óptica... y trans-humana?
3o) ¿Es lo trans-óptico y trans-humano (en el significado que le otorgamos a
semejantes términos) sinónimo, acaso, de lo i-rracional o a-rracional? ¿O, por el contrario,
es su legítimo correlato lo trans-racional... valga decir, una alteridad trans-humana y transóptica?
4o) ¿No es a ella que alude la “misteriosa substancia negra” de la cual habla el
artículo?
5o) Finalmente: ¿qué relación o conexión guarda ésta... con la Nada entendida
me-ontológicamente? He aquí el problema radical: la pregunta decisiva.
(24/3/94 p.m.)
* * *
Quisiera
borrar
de
mi
vocabulario
la
palabra
“enigma”
–arcano
o
misterio
incomprensible–... pero ello sería tan sólo una puerilidad... o un gesto de vana soberbia
intelectual... rayana en la falsa ilusión de omnisapiencia que paraliza al pensar fatigado.
“Enigmas” hay –llámense problemas, incógnitas, insolubilidades– con los cuales
tropieza la razón humana... sin poder dominarlos, experimentando su rechazo o resistencia
a cualquier explicación que quiera dárseles... para volver inteligible lo que encubren u
ocultan como inefable secreto... imposible de ser descifrado.
Cifras son, en tal sentido, cuyas claves resolutivas no posee el hombre... desafiando
a su poder, rehusando someterse a su dominio, amuralladas tras de una autónoma
fortificación que clausura el acceso hacia su comprensión absolutamente racional.
Mas no hay que desmayar ante ello... ni tomar el fracaso de la racionalidad humana
como un callejón sin salida. Quizás el origen de semejante impotencia se encuentre,
precisamente, en los límites de aquella racionalidad... siendo entonces aconsejable, antes
que negar esos límites o extenderlos falsa e ilusoriamente renegando de ellos, buscar
complementarlos de manera estrictamente racional... creando las más firmes condiciones de
posibilidad para semejante empresa.
Tal es lo que intentamos con la meta-técnica... cuya principal operación estriba en
despojar al hombre (y, por ende, a su ingénita y limitada racionalidad) de su pretensión de
ser el único y legítimo eje de toda eventual y factible alteridad... ignorando, incluso, la
insólita capacidad que alberga aquella racionalidad (ratio technica) de construir sensorios
trans-humanos que amplíen sus propios límites... sin negar ni renegar de éstos... antes bien
trans-mutándolos.
¿Pudiéramos así penetrar en los “enigmas”? Tal vez. Es lo que he intentado a través
del así llamado abismamiento... cuyo final resultado sería otorgar la posibilidad de construir
nuevas sintaxis trans-racionales.
De allí nuestro reiterado y casi agónico esfuerzo para que tal operación no se
identifique con una mística... ni se filie, estúpidamente, a cualquier empresa devota del
i-rracionalismo... o que pretenda reinvindicar los fueros del retrógrado a-rracionalismo. ¿Lo
conseguiremos? Confiados... cerramos estas líneas.
(25/3/94 a.m.)
* * *
¿Por qué la mayoría de los hombres no piensa... e, incluso, siente aversión y miedo
frente a la tarea de pensar? Entiendo por pensar... pensar por propia cuenta, por sí y desde
sí, quedándose íngrimo y solo quien lo intente... sin otra compañía que su desnuda
mismidad.
¿Miedo, justamente, a esa soledad... donde ya nadie (comenzando por nuestros
padres, seres queridos, ideas, nociones, creencias adquiridas, memoria y espejos, ídolos,
etc.) no pueden servir para nada... pues su vacío nos acosa y exige un pensar que nazca de
nosotros mismos... por cuyo sostén y consistencia sólo nosotros podemos responder... en
tanto que creadores de sus verdades?
El hombre común rehusa quedarse en semejante soledad, inhóspita y rechazante,
donde el desamparo lo cerca. Entonces se refugia en la repetición de aquello que ofrece el
ajeno pensar... usando sus utensilios y baratijas, sus tópicos y opiniones sobre el mundo y
las cosas, sin indagar de dónde provienen... pues todo sirve con extraordinaria eficacia para
posponer la más urgente y agobiante de toda las tareas que cualquier hombre, en el más
inocente de los trances, puede confrontar: la de tener necesariamente que quedarse a solas
consigo mismo... inerme... frente al silencio.
(2/4/94 6 y 30 p.m.)
* * *
Pero sólo de ese silencio, como hasta el cansancio lo hemos repetido, puede brotar el
auténtico pensar... y, más tarde, su más radical y extraña pregunta: ¿“por qué pensamos”?
(2/4/94 6 y 40 p.m.)
* * *
Preguntar es in-quirir y re-querir... ambos derivados de quaero-quaesivi quesitumquaestum-querere: indagar, reclamar, buscar... en griego zhtšw... de donde z»thsij, z»thma
= cuestión, cuestionar = preguntar.
Se busca o reclama aquello que no se tiene o posee (vale decir: la respuesta, lo
esperado, lo buscado)... proyectando el correspondiente pro-pósito en el tiempo.
¿Pero qué tiempo es ese... en cuyo trans-currir –aunque ya instalados en el mismo–
buscamos y preguntamos por aquello que no poseemos? ¿cómo se refleja esto en relación
con la pregunta anterior... al inquirir por qué pensamos? ¿Es que acaso sospechamos que
aún no pensamos como debería pensarse? En tal caso: ¿qué le faltaría o le sobraría al
pensar para llegar a ser ese requerido e inquirido pensar que buscamos? ¿Acaso el tiempo
nos ayuda a ello? ¿O será la índole o textura (la sintaxis, en resumidas cuentas) del propio
trans-currir temporal en que situamos y/o instalamos la búsqueda... lo que nos impide hallar
lo buscado? ¿No sería sensato, entonces, buscar un tiempo distinto... para pensar cómo
buscamos, intentamos y queremos pensar? Dejemos, por hoy, las preguntas.
(2/4/94 7 y 30 p.m.)
* * *
¿Hasta qué punto la oscura y debatida cuestión acerca del “nacimiento” del tiempo se
origina de la falsa identificación del tiempo con un ente o cosa, incluso, subrepticiamente,
material?
Aquí juega un papel decisivo su genealogía óptico-lumínica... como lo hemos
señalado reiteradamente en los FMT.
Des-entificar y/o des-cosificar el tiempo... debe ser el primer paso para iniciar la
tarea de pensarlo. Ello no quiere decir, por vía contraria, identificarlo con un ente ideal...
pues también en este caso, aparte del sustrato entitativo que acompañaría a semejante
concepción,
sería
necesario
anular
la
subrepticia
genealogía
óptico-lumínica
que
acompañaría a semejante idealidad.
(19/4/94 p.m.)
* * *
El tiempo es un constructo absolutamente arti-ficial: un auténtico arti-ficio que
instituye la razón para ordenar (inteligibilizar, sintactizar, logificar) la alteridad.
¿Es, entonces, un ente racional... esto es, una idea... o (extremosamente dicho) lo
que se denomina un ens rationis? Volvemos a lo anterior. Se debe rechazar que sea una
idea, o incluso un ens rationis, por cuanto ambos son generados por una ratio de genealogía
óptico-lumínica.
¿Es, acaso, un trans-fenómeno y una trans-realidad construidos por una transracionalidad? Por ahí vamos... y así lo hemos insinuado en FMT (§ 16, pág. 72 y sgs.;
versión digital, pág. 67 y sgs.). Lo fundamental, en todo caso, sería precisar la(s) posible(s)
sintaxis que, en la temporalidad del tiempo, configura aquella trans-racionalidad metatécnica que lo instituye constructivamente...
(19/4/94 p.m.)
* * *
Inteligibilizadas trans-racionalmente... tanto la trans-fenomenalidad como la transrealidad del tiempo no admiten determinaciones (de evidente genealogía óptico-lumínica)
tales como las de “origen”, “comienzo”, “principio”, “final”, “cese” o “término”, “devenir”,
“fluir”, “transcurrir”, “dirección” o “flecha”, “éxtasis”, etc., etc.,... las cuales, en su totalidad,
tienen al movimiento como horizonte general de la genealogía que le adscribimos.
Pensar el tiempo, por esto mismo, es una tarea radicalmente distinta a la propuesta
por la Astrofísica y la Cosmología actuales... signadas, en sus propios fundamentos
preontológicos, por un acontecimiento de tan preclara y manifiesta estirpe óptico-lumínica
como es el “Big-Bang”... suerte de “explosión genesíaca”... cuya sola imagen ilustra
descriptivamente la índole o naturaleza de los parámetros que sus autores utilizaron en su
empresa intelectual.
Concebir que el tiempo se “origina” por una “explosión”... implica eo ipso que el
mismo se objetive como el “efecto expansivo” de una “causa”... etc.
No menos que las primeras determinaciones mencionadas... también estos rasgos
tienen, como horizonte pre-ontológico subrepticio, al movimiento... y ya sabemos la expresa
y paralela genealogía de éste.
(19/4/94 p.m.)
* * *
¿Pero a dónde nos conduce todo lo anterior? Sencillamente a las mismas conclusiones
ya vislumbradas en los FMT. Mas ahora se divisa, con toda nitidez, el camino que debería
recorrerse para transcender los umbrales meramente críticos que se han logrado.
Efectivamente: des-entificado y des-cosificado el tiempo, despojado de su genealogía
óptico-lumínica y de todas aquellas determinaciones que en la misma se sustentan, cabría
entonces comenzar la tarea de... pensar (con un pensar asimismo trans-óptico y transracional) las posibles sintaxis de sus temporaciones meta-técnicas... utilizando para
plasmarlas y describirlas un lenguaje (de idéntica estirpe a la del pensar)... que permita
acceder a las mismas... y hacer posible, nootécnicamente, su tra-ducción.
¿Tarea imposible? El tiempo lo dirá...
(19/4/94 p.m.)
* * *
Sería insensato de nuestra parte, por decir lo menos, poner en duda la seriedad y la
consistencia de las bases teóricas que sustentan el así llamado “Big Bang” como
“acontecimiento originante” del Universo. Aparte de ser la columna vertebral de la actual
Cosmología... el mismo reposa no sólo en las ecuaciones y cálculos que sirvieron a Einstein
para formular su célebre Teoría General de la Relatividad, sino también en los trabajos que
(a partir de ella) desarrollaron sucesivamente Friedmann, Lemaître, Hubble, Pezias, Wilson,
Lifschitz, Khalatnikov, Penrose y Hawking, entre otros. Necio sería entonces dudar de todos
ellos... y, tanto más, asomar baladíes ironías acerca de sus resultados...
No obstante –es la única observación que formulamos con la mayor responsabilidad
intelectual– la índole o naturaleza del “tiempo” (o del binomio espacio-temporal) con el cual
todos aquellos autores operan... es, sencilla y llanamente, óptico-lumínica... resultando el
“tiempo”, por tanto, dotado de “propiedades” del mismo estilo y características (cfr.
S.W.Hawking, A Brief of Time, From the Big Bang to Black Holes, Caps. 3, 8 y 9).
Por eso, si aquella teoría nos parece sumamente encomiable como un ejemplo de la
fuerza imaginativa-constructiva que pueden desplegar los cosmólogos auxiliados por las
matemáticas y la astrofísica, tal admiración no basta para hacernos olvidar la pertinencia de
nuestras modestas observaciones ya consignadas... y las cuales sostenemos con toda
firmeza.
(21/4/94 p.m.)
* * *
En el silencio ya no hay luz... pero aguarda un logos cuya metaxis no es, en absoluto,
tenebrosa.
(14/7/94 a.m.)
* * *
Las
cifras
del
silencio
sólo
son
constructos
que
sus
propios
instrumentos
constructores deben descifrar... como previo requisito para su demiúrgica homo-logación
nootécnica.
(14/7/94 a.m.)
* * *
Silencio y Supra-Naturaleza: rostros de la poiética aventura meta-técnica finisecular.
¿Adónde nos conducirá? Seguro estoy de ello: a la espontánea (aunque necesaria) superación
del antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo del saber tecno-científico... así como
de los proto-fundamentos creenciales de la filosofía.
(14/7/94 a.m.)
* * *
Sería un craso error suponer –ya lo hemos dicho varias veces pero no nos
cansaremos de repetirlo a fin de evitar malos entendidos– que la meta-técnica pretenda ser
una radical y absoluta negación de la finitud humana... y que, por tanto, su proyecto e idea
abra el acceso a una insostenible y desmesurada in-finitud fáustica.
La meta-técnica, por el contrario, lo que pretende es instaurar la trans-finitud de la
racionalidad hasta ahora prevaleciente (no su i-rracionalidad o a-rracionalidad)... mediante
la construcción (racional) de una trans-racionalidad supra-natural y trans-humana.
Semejante trans-racionalidad implica, eso sí, la radical variación (y, si se quiere, la
superación) de los parámetros antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos que
circunscriben la conformación, índole y función de los sensorios naturales o ingénitos del
hombre... modificándolos, trans-formándolos y trans-mutándolos por otros de alcance e
índole supra-natural y trans-humana.
Ahora bien: así como la trans-racionalidad no niega ni aniquila la racionalidad... la
trans-finitud tampoco significa la negación ni la aniquilación de la finitud humana. Ambas,
por el contrario, encarnan un proyecto racional del hombre mediante el cual éste intenta
ampliar
y
fecundar
racionalidad...
genesíacamente
deslastrando
a
ésta
las
de
posibilidades
los
limitantes
creadoras
(poiéticas)
parámetros
de
su
antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos que, hasta el presente, han vinculado a aquella racionalidad
con la idea o noción de una “naturaleza” (physis) concebida aristotélicamente... como una
sustancia entelequial.
La superación de semejante idea, noción o concepto, no significa la negación de la
finitud humana... sino la creación de un nuevo reto para ella. Libre de los antiguos
parámetros que la circundaban y limitaban... la creatividad del hombre –que nace y nacerá
siempre del perenne desafío confrontado por aquella finitud ante lo ignoto y abismático de la
alteridad– deberá ahora multiplicar y potenciar sus fuerzas, energías y posibilidades para
seguir avanzando en el desconocido escenario de un nuevo mundo... pleno de enigmas,
azares y riesgos.
¿Los anteriores no son ya hechos y acciones, perfectamente constatables, en el
horizonte del saber tecno-científico que prevalece en nuestro tiempo? ¿No se vislumbra en
ellos un comprobable proyecto trans-finito y trans-humano del hombre... encaminado a la
construcción de una auténtica supra-naturaleza? A quien le esté vedado constatar la
existencia y los signos de semejante proyecto... le estará vedado también seguir filosofando
con sentido y vigencia en nuestros días. Y, desgraciadamente, este es el caso de la
mayoría...
(1/10/94 3 y 30 p.m.)
* * *
Lo
que
suppositum)...
clásicamente
es,
a
nuestro
se
entendía
juicio,
sólo
por
“Sujeto”
una
falsa
(Ýpoke…mhnon,
abstracción.
subjectum,
Aparte
de
que
contemporáneamente sus funciones pueden ser complementadas y/o sustituidas por un
artefacto técnico... la más ostensible debilidad ontológica de su concepción clásica consiste
en atribuirle una sustancialidad... atemporal, intemporal o supratemporal.
Desde nuestro particular punto de vista... el “Sujeto” es construible, fabricable,
agible... concurriendo a su eventual factibilidad una serie de ingredientes de índole o textura
transhumana... que amplían, modifican y transmutan sus ingénitos límites y los connaturales
sensorios que tradicionalmente se le atribuían.
En tal sentido... lo que se debe entender por “historicidad” del “Sujeto”... no es
simplemente su variabilidad a lo largo del transcurrir del tiempo... sino la progresiva e
indetenible conformación supra-natural que el mismo exhibe en nuestros días... gracias a la
que el primitivo o primario “Sujeto humano” se ve constantemente enriquecido, amplificado
y transformado mediante nuevas e inéditas posibilidades de detección, aprehensión,
ordenación
e
interpretación
de
la
alteridad...
transmutándose
eo
ipso
la
propia
autoconcepción de su “subjetividad”...
Semejante proceso no conduce hacia una destrucción o negación del “Sujeto” como
tal... sino a la superación de sus fronteras exclusivamente humanas... y, por ende, a la
disolución del antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo cognoscitivos... dentro de
cuyas expectativas el hombre, como tal, debe apropiarse progresivamente de logos y
sintaxis ajenos y diferentes a los restringidamente suyos... a fin de integrarse a una
mathesis cósmica o galaxial.
(10/11/94 p.m.)
* * *
Para medir (calcular) el tiempo es menester espacializarlo. Si se des-espacializa, o si
el espacio utilizado para medirlo no es de genealogía óptico-lumínica, ¿desaparece, se anula,
cesa el tiempo?
Por supuesto que no. ¿Pero cómo hacer para constatar el tiempo... sin espacializarlo?
¿Puede el tiempo ser aprehendido, inteligibilizado u ordenado, utilizando el tiempo mismo?
¿Pero qué índole tendría un tiempo semejante? ¿temporiforme? ¿tiene forma el
tiempo? ¿o se trata de una subrepticia espacialización de éste?
Las eventuales “formas” del tiempo, si son temporales, deben ser in-formes... o, al
menos, hallarse privadas (y/o ser ajenas) de todo vestigio espacialoide de raigambre ópticolumínica.
¿Qué significa esto? ¿Es acaso posible utilizar el así llamado caos para acceder al
tiempo? También el caos –como lo he intentado sugerir en mi opúsculo “Abismo y Caos”–
debe ser despojado no sólo de toda “forma”... sino también de toda sintaxis (“orden”)
afectada por ingredientes óptico-lumínicos.
De aquí que el abismo, en tanto que término designativo de un caos trans-óptico y
trans-humano, valga decir, meta-técnico... sea, a nuestro juicio, la puerta o vía de acceso
para enfrentar el problema bosquejado.
Tal vez, persiguiendo las posibilidades y perspectivas que desde aquí se esbozan,
pueda lograrse en el futuro abordar temáticamente algunos de los silencios sugeridos en
nuestros infelices mamotretos.
(26/12/94 a.m.)
* * *
Sugerencias:
1o) Precisar qué es, cómo y por qué ocurre el abismarse;
2o) Mostrar y describir las eventuales vías para dia-logar con el abismo... señalando
sus dificultades y límites;
3o) Examinar el decisivo papel que, en tales aspectos, tienen las modalidades y
potencialidades del pensar meta-técnico... como aperturas posibilitadoras de aquel diá-logo.
Por supuesto que, en todo lo anterior, tiene una fundamental importancia deslindar la
noción o concepto de abismo. Para ello... el camino es explorar las modalidades metatécnicas del orden (cfr. “Sabiduría, Conocimiento, Inteligencia”).
(26/12/94 a.m.)
* * *
El ahora es el mínimo segmento del tiempo, concebido en cuanto movimiento, y, por
tanto, espacializado óptico-lumínicamente. El ahora es de dimensiones idénticas para todos
los espectadores... y ellas pueden tener una magnitud variable.
El instante es a-dimensional y carece, por tanto, de extensión: es in-medible o
in-mensurable... y, por ello, in-divisible: es único y singular. De allí que sus cualidades surjan
exclusivamente en función de su incidencia sobre una vida radicalmente individualizada...
precisamente por ese acaecer del instante en ella. De aquí su irrepetibilidad...
De lo anterior se desprenden múltiples y fundamentales consecuencias... que iremos
desgranando paulatinamente.
(1/1/95 10 y 30 a.m.)
* * *
De todas maneras... algo debe quedar claro: todo y cualquier progreso que pueda
incidir sobre una nueva concepción de la temporalidad y el temporalizarse del tiempo...
dependerá, exclusivamente, de que semejantes procesos y sintaxis se realicen con la ayuda
de instrumentos metatécnicos (trans-ópticos y trans-humanos)... y desde perspectivas que
superen los tradicionales horizontes del antropomorfismo, el antropocentrismo y el
geocentrismo. De lo contrario... todo sería seguir dando vueltas en la noria del psicologismo,
de la duración y la conciencia, del existencialismo. De allí que ciertos términos utilizados en
el anterior apunte deben saborearse cum grano salis... so pena de confundir el guiso.
(1/1/95 10 y 45 a.m.)
* * *
No hay idea, pensar o lenguaje que traduzca la temporalidad del tiempo... sin
reducirla a lo que subyace en ellos: el mštron que los inerva... y, a su vez, el lÒgoj al cual
éste responde. En ello radica el fundamental atisbo de los FMT... y las posibilidades poiéticas
que desde la misma se inauguran para explorar nuevas modalidades y perspectivas desde
las cuales superar los límites de aquella temporalidad... y construir otras de índole y
raigambre trans-ópticas y trans-humanas... de insospechable riqueza y variedad en sus
sintaxis.
¿Se comprenderá esto... algún día... en algún tiempo?
(12/3/95 a.m.)
* * *
Entiéndase que tanto el abismo como el silencio... no deben ser tomados en sentido
negativo o místico...
sino, como siempre
lo hemos intentado señalar, creador
y
meontológico... en tanto que manantiales o fuentes de metaxis trans-lumínicas...
(12/3/95 a.m.)
* * *
Al determinismo causal del tiempo –de clara y ostensible genealogía óptico-lumínica
(para su confirmación léase H. Reichenbach The Direction of Time)– se opone, radicalmente,
la interpretación del tiempo realizada desde el caos. Pero no de un caos igualmente ópticolumínico... sino interpretado meta-técnicamente... tal como lo hemos bosquejado en nuestra
conferencia “Abismo y Caos”.
Las sintaxis temporales, en este caso, desbordan o transcienden el orden y el sentido
de la causalidad determinista... sustituyéndolos por metaxis caóticas, transópticas y
translumínicas, cuya consecuencia es el surgimiento de una temporalidad (y de un paralelo
temporaciarse de esta misma) toto caelo distintos a los exclusivamente antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos.
No son ellos –sea advertido una vez más– ni atemporales ni eternos... sino transtemporales y trans-humanos. Su orden, sentido y consistencia ontológicos, no reiteran las
concepciones de lo supra-temporal y/o eterno dadas por Parménides, Platón, Plotino o
Kant... sino que intentan y logran trans-cender, trans-óptica y trans-espacialmente, las
respectivas limitaciones óptico-lumínicas de aquéllas.
(3/4/96 a.m.)
* * *
¿Tiene un sentido el caos? ¿Qué debe entenderse por sentido... si la “sin-taxis” del
caos es caótica... valga decir, “me-táxica”? ¿Pero no tiene sentido... la “me-taxis”? ¿O es
que su sentido –en lugar de ser simplemente negativo y/o privativo– transciende el
horizonte de sentido antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico que actúa como sostén
y/o fundamento de los ordenamientos fenoménicos exclusivamente ópticos-lumínicos?
¿No hay, acaso, trans-fenómenos y trans-realidades... cuyo ordenamiento y sentido
transcienden el restringido horizonte de la exclusiva y excluyente interpretación humana...
o, incluso, geocéntrica?
¡He aquí los enigmas a los que ayer nos referíamos... y la razón que nos obliga a
utilizar términos como los de abismo! ¿Pues... tiene “fundamento” el me-táxico caos?
(3/4/96 a.m.)
* * *
“El tiempo –dice Aristóteles en su Física, IV, 11; 219b1– es el número del movimiento
según el antes y el después”. El tiempo, de acuerdo a esto, es el orden mensurable del
movimiento. El movimiento, conforme a la definición, es lo medido... y el tiempo la medida:
el número o cifra del mismo.
¿Pero dónde (valga decir: en qué escenario) se realiza semejante medición? ¿Es el
tiempo... la lectura del movimiento... en el espacio? ¿Pero en qué espacio? ¿Acaso en un
espacio ordenado óptico-lumínicamente? ¿Es entonces su duración la simple cuantificación
numérico-espacial de aquel movimiento? ¿A esto se reducen sus “enigmas”? ¿Pueden
entonces descifrarse tales “enigmas” mediante el simple concurso o empleo de leyes físicomatemáticas que calculen el devenir del tiempo con total exactitud... cual si el mismo fuera
un mero flujo cósmico?
Pero si así fuera... ¿quién realiza la correspondiente lectura de semejante proceso... y
cuál es la índole de la sintaxis que sostiene, guía y ordena aquella lectura? ¿Es el hombre,
acaso, el único ser capaz de leer la duración del movimiento... contando además,
exclusivamente, con sus sensores óptico-lumínicos? Y preguntado de nuevo: ¿desde qué
perspectiva o escenario se verifica tal lectura? ¿Sólo, acaso, desde la Tierra... como centro y
balcón del universo?
Por otra parte... si la lectura del movimiento temporal (duración) se hace desde el
horizonte del espacio... ¿quién ordena tal espacio... y cómo (con qué instrumentos, sintaxis,
etc.) se realiza tal operación ordenadora? ¿acaso no se necesita eo ipso un tiempo para ello?
¿y este requerido tiempo... en qué espacio y bajo qué forma o modo se ha ordenado
previamente?
¿No remite todo ello a un falso “fundamento” y/o a una paralela y subrepticia
“fundamentación” de todo el proceso en cuestión?
(4/4/96 a.m.)
* * *
Pero en todo lo anterior, además de lo dicho, al movimiento se lo identifica con el
desplazamiento local o traslación de un móvil. Ahora bien: ¿cuál es ese móvil en el caso de
la medición del tiempo? ¿Acaso un punto... en el espacio? Y de nuevo cabe preguntar:
¿cómo se ordena tal espacio? ¿qué “tiempo” subyace, tácita y/o subrepticiamente, en
semejante proceso ordenatorio?
Por otra parte... si la lectura del movimiento requiere un móvil... ¿qué mueve a
semejante móvil? ¿es su desplazamiento continuo o discontinuo? ¿finito o in-finito? ¿tiene un
comienzo y un final... o cuánto dura?
¿Qué es semejante duración? ¿El trecho recorrido... el desplazamiento, en sí, del
móvil y/o del punto que lo representa? ¿Puede desplazarse por sí un móvil o punto (valga
decir: es autocinético y/o autodinámico)... o requiere de una causa o motor que lo impulse?
¿Yace en esto lo que hemos denominado “origen”? ¿O para acceder a semejante instancia se
requiere, como conditio sine qua non, transcender trans-óptica y trans-humanamente todos
los ingredientes ópticos-lumínicos que limitan las intelecciones aristotélicas... y, en general,
las de toda la tradición. De allí que no carezcan de importancia las observaciones y
sugerencias que anteayer dejamos escritas bajo el epígrafe “Tiempo y Caos”
(4/4/96 a.m.)
* * *
También sobre este tópico sería conveniente consultar lo que en otro Cuaderno quedó
escrito sobre el círculo existente (en el pensamiento kantiano) entre tiempo y causalidad...
presente asimismo en la concepción de Reichenbach expresada en su libro The Direction of
Time.
(4/4/96 a.m.)
* * *
Aprender a pensar es afrontar, conjurar y dominar las sintaxis del logos... que
sostienen la metáfora del tiempo. ¿Es posible esto... sin aproximarse al anti-fundamento
(abismo) de aquellas sintaxis? Pensar es provocar la gestación del genuino anti-fundamento
del tiempo que sostiene al pensar.
Pensar el tiempo... es aprender a pensar la rigurosa y creadora autoaniquilación de
éste... como “fundamento” del pensar que lo piensa (metafóricamente).
(18/4/96 p.m.)
* * *
¿Metáfora de qué... es el tiempo? ¿Qué meta-foriza su presunto devenir y dirección?
El tiempo (espacializado óptico-lumínicamente) es la metá-fora del movimiento... a la vez
que, a partir de semejante metá-fora, el movimiento es la metá-fora (espacial) del tiempo
óptico-lumínicamente interpretado. O dicho en otra forma: el tiempo (óptico-lumínico) es el
sustituto metonímico de aquel movimiento.
Este círculo meta-fórico « meto-nímico debe ser desmontado... si es que se quiere
penetrar en el abismal problema del origen y/o anti-fundamento (me-ontológico) del
tiempo... y, por supuesto, de sus correlativas metaxis inteligibilizadoras (caos, abismo, etc.).
(19/4/96 p.m.)
* * *
La constatación y desmontaje de la metáfora del tiempo... es sólo un paso preliminar
y
metódico
que
reitera
y
confirma
su
índole
óptico-lumínica.
La
transformación,
transmutación y superación de ésta... sólo puede lograrse, complementariamente, a través
de recursos y procedimientos meta-técnicos... que despojen a la trans-realidad y transfenomenicidad del tiempo de cualquier limitación antropomórfica, antropocéntrica y
geocéntrica... inteligibilizando aquéllas mediante sintaxis (o, tal vez, metaxis) acordes con
su nuevo fundamento (o, quizás, “anti-fundamento”) me-ontológico.
Desde semejante perspectiva... la temporalidad y el temporaciarse de la transrealidad y trans-fenomenicidad del tiempo adquirirán una consistencia y unas modalidades
radicalmente diversas a las que exhiben como expresiones metafóricas del movimiento y/o
de cualquier otro referente óptico-lumínico (cfr. FMT, § 15 y § 16).
(20/4/96 p.m.)
* * *
Abismal o Abismático... y Abscóndito (del latín abscondo-abscondi-abscondictum... de
donde se deriva absconditus-a-um) son adjetivos cuyos significados son cuasi antagónicos.
El latín absconditus designaba lo oculto, escondido y misterioso... por ser in-visible.
Lo que llamo abismático, por el contrario, es lo trans-visible, trans-óptico y trans-lumínico...
que sólo está oculto debido a los límites óptico-lumínicos que circundan y obturan su acceso.
¡Así que nada de Dios abscóndito!
(18/10/96 p.m.)
* * *
¿Existe alguna clave que descifre el azar? ¿O se trata de algo en sí y por sí mismo
indescifrable... en relación a cuyo nudo acaecer y realidad no existe senda alguna que logre
explicar ni ordenar su intervención y presencia? Difícil y peligroso tema es el planteado... y
por ello se debe abordar con cautela... tratando de aproximarse a sus ejes con prudencia...
aunque sin fantasmagorías ni artificios metafísicos.
I) Distingamos por lo pronto –sin afirmarlas ni negarlas– dos presuntas modalidades
del azar: la epistemológica y la ontológica... suponiendo que la primera ofrece la posibilidad
de considerar el azar como un fenómeno o acontecer relativo... en tanto que la segunda
debería considerarlo como un proceso absoluto en sí y por sí mismo.
I-a) Relativo se denomina el azar porque su proceso y/o presencia debe atribuirse a
límites, fallas o carencias cognoscitivas de quien examine o analice su acontecer. Debido a
ellas, quien analiza su proceso no alcanza a enumerar, distinguir y explicar la totalidad de
causas, agentes o factores que intervienen en la producción y conformación del mismo. El
azar entonces debe ser atribuido a la imprevisión o limitación cognoscitiva del sujeto que
detecta su intervención... cuyos cálculos resultan precarios, erróneos o insuficientes para
prever y/o anticipar los hechos y el curso del “azaroso” acaecer.
I-b) Relativo debe ser también considerado el azar cuando su acaecer obedece al
fortuito entrecruzamiento de series causales sin una objetiva y definida conexión
pre-establecida entre ellas por la “Naturaleza”... ni dotado, por tanto, de la presunta
universalidad y necesidad que ostentan sus “leyes”. El azar es entonces producto de lo
fortuito y probable –por oposición a lo necesario, exacto y determinado– del acaecer
epistemológicamente ordenado e interpretado “científicamente”.
II) Absoluto es ontológicamente el azar cuando el mismo se considera un acaecer o
proceso que, en sí y por sí mismo, niega, rehúsa y contradice abiertamente todo nexo causal
predeterminado
(de
índole
mecánica
o
teleológica)
que
se
le
pueda
atribuir
al
encadenamiento o vinculación normal y/o legal de los procesos que integran la alteridad...
sea ésta considerada en dimensión local y restringida, planetaria o cósmica.
El azar niega, entonces, la necesidad... y su acaecer se considera absolutamente
arbitrario... sustituyéndose eo ipso la necesidad por la contingencia del acaecer en sí y por sí
mismo. El azar es entonces sinónimo de lo simplemente casual y se explica como una
manifestación de lo nudamente anómalo, accidental y gratuito... siendo, por tanto,
incalculable, inalcanzable, indeterminable e impredictible en su aleatorio y singular acaecer.
II-a) Dentro de lo ontológicamente arbitrario y anómalo del azar pueden distinguirse,
a su vez, dos modalidades, a saber:
II-b-1) aquélla donde sus características pueden ser atribuidas a un des-orden (valga
decir, a una privación o negación de un presunto “orden” pre-establecido); y
II-b-2) aquélla en la que su irrupción es considerada como la expresión de una
inédita
sintaxis abismática
o
caótica...
positivamente negativa...
cuyo transmutado
“ordenamiento” (me-ontológico) es absolutamente distinto al de la realidad fenoménica. El
azar es, de tal modo, sinónimo de una radical libertad me-ontológica.
(29/12/96 5 y 15 p.m.)
* * *
Desde nuestro punto de vista esta última modalidad del azar (que hemos contectado
con la del abismo y el caos) no encierra en sí nada de prodigioso o milagroso, i-rracional ni
a-rracional. Se trata, sencillamente, de una trans-realidad trans-racional (trans-óptica y
trans-lumínica) constatable mediante recursos e instrumentos meta-técnicos... que provocan
y despejan la trans-mutación de los parámetros y coordenadas espacio-temporales que
rigen la objetivación y la interpretación exclusivamente óptico-lumínica de la alteridad.
Trans-mutados aquellos parámetros y sus correspondientes ordenamientos espaciotemporales... el acaecer de la alteridad (sin la necesaria intervención de agentes mágicos o
prodigiosas deidades) permite la irrupción de procesos no sujetos al orden nudamente
causal pre-establecido por la racionalidad óptico-lumínica. La noción misma de causa se
transmuta... y, con ella, todo el aparataje o normativa categorial que la sostiene protofundamentalmente. Allí se inicia el reino de la libertad... meta-técnica y trans-humanamente
ordenada o sintactizada... no como un nóumeno... sino como un trans-fenómeno.
Confróntese, como ejercicio hermenéutico, las preliminares aproximaciones que a tal
problema realicé cuando escribía mi libro El problema de la Nada en Kant... y los
insuperables límites que entonces hallaba frente a mí para intentar su abordaje (op. cit.,
§ 4, pág. 78 y sgs.; versión digital, pág. 33 y sgs.).
(29/12/96 5 y 15 p.m.)
* * *
El azar no es una cosa o ente sustancial... sino un acaecer o proceso trans-real y
trans-fenoménico. O más precisamente expresado: es la me-taxis que inteligibiliza u ordena
aquel proceso... confiriéndole las características de contingencias, casualidad, libertad, etc.,
que lo distinguen.
Otra forma de expresar lo mismo sería decir que el azar es un “lenguaje”
(me-táxico).
(1/1/97 7 a.m.)
* * *
Pensar el azar es tarea difícil y arriesgada... porque el lenguaje cotidiano (de
extracción y raigambre óptico-lumínica) fracasa como instrumento denotativo de su transrealidad y trans-fenomenalidad... entificándolo y convirtiéndolo en un acontecer real y
fenoménico dotado de una sintaxis óptico-lumínica. El “azar” encarna esa misma sintaxis...
(1/1/97 7 a.m.)
* * *
Pensar el azar requiere la utilización de un logos meta-técnico sostenido e inervado
por proto-fundamentos tempo-espaciales de genealogía trans-óptica y trans-lumínica...
capaces de generar, a su vez, un repertorio de “principios” y “categorías” disímiles a las que
configuran las sintaxis ordenadoras de la alteridad real y fenoménica.
Una vez aprehendida mediante aquel logos la originaria me-taxis (me-ontológica) del
azar... debería ésta ser tra-ducida u homo-logada nootécnicamente... con el fin de poder
des-cifrar el novum (ontológico y epistemológico) que implica.
Tal
operación
ampliaría, enriquecería
y transmutaría
notablemente la trans-
racionalidad del pensar humano.
(1/1/97 3 p.m.)
* * *
El azar no es una entidad que posea consistencia propia sino el producto o resultado
de un proceso. Lo que nombra el sustantivo azar es, a la vez e indiscriminadamente, el
proceso y su resultado. Pero es importante constatar y no omitir aquella diferencia con el fin
de evitar innecesarias y perniciosas entificaciones sustancialistas... sea cual fuere el logos y
la índole de los sensorios que se utilicen en su aprehensión y análisis.
(1/1/97 5 p.m.)
* * *
El azar como proceso o resultado de un proceso onto-epistemológico de índole
me-ontológica (trans-humano y trans-óptico) es libertad ab-soluta... la que, como tal,
implica y exige una trans-mutación meta-técnica radical de las sintaxis espacio-temporales
que ordenan la alteridad en tanto que integrada por fenómenos y realidades... así como la
paralela sustitución de los esquemas y nociones categoriales (óptico-lumínicos) mediante los
cuales se facturan y conforman aquellas sintaxis.
El azar –como lo hemos dicho– es una me-taxis... me-ontológica y meta-técnica.
(2/1/97 11 y 55 a.m.)
* * *
En tanto que expresión de una libertad ab-soluta... el azar es auto-constructor de
nuevas libertades... y, como tal, agente demiúrgico de in-determinables y trans-mutatorios
procesos constructivos de la alteridad.
(2/1/97 12 y 10 p.m.)
* * *
A menos que se sostengan y defiendan los principios y dogmas de una teo-fanía... es
imposible asignarle a las construcciones del azar las connotaciones de un plan providencial
y, por esencia, dirigido teleológicamente hacia la realización de una meta o finalidad signada
por el bien o cualquier otro valor.
Las construcciones y transmutaciones operadas por el azar de los procesos y sus
resultados... son, exclusivamente, procesos y resultados azarosos que pueden tanto
enriquecer y fortalecer como empobrecer y destruir la alteridad preexistente.
(2/1/97 12 y 30 p.m.)
* * *
Des-entificar al tiempo (y, por supuesto, al correlativo espacio en que se pretende
inscribir su “curso” y/o “duración”) identificando su eventual “consistencia” con la de una
mera sintaxis... diseñada y construida por la racionalidad del hombre con el propósito de
inteligibilizar, ordenar y dominar la alteridad... es un paso indispensable, dotado de ingentes
consecuencias, para lograr penetrar en las múltiples modalidades (trans-ópticas, translumínicas y, en general, trans-humanas) que ofrece su hipotético “sentido”.
Llamo sentido a la interpretación del tiempo que intenta el hombre hacer del mismo...
en tanto que ingrediente de la alteridad. Denomino sintaxis a las temporalizantes
ordenaciones (pautas, formas, normas, etc.) mediante las cuales se pretende inteligibilizar
la eseyente realidad y trans-realidad, fenomenicidad y trans-fenomenicidad, de su
enigmática alteridad.
(4/1/97 a.m.)
* * *
El hombre no es el centro del tiempo y es vacía arrogancia de su parte erigirse en
relojero del mismo. Si algún “reloj” tiene el tiempo... su mecanismo permanece aún
indescifrado para el hombre... y, en todo caso, es el del mismo tiempo... que no el impuesto
por el ojo a sus enigmas... ajenos como son éstos a toda escala, medición, secuencia y
límites de genealogía antropomórfica, antropocéntrica y geocéntrica. Si algún “reloj”
existiese... el mismo debería ser de dimensiones cósmicas... si es que el cosmos existiese
como tal y no fuese, así como el propio tiempo, una creación entificada del hombre para el
hombre.
(4/1/97 a.m.)
* * *
Dada su innegable genealogía óptico-lumínica... el tiempo, tal como es concebido por
los físicos y cosmólgos actuales, es producto de una fantasía (gantas…a) o, aún más
precisamente dicho, es un fantasma (gant£smata)... con todas las consecuencias filosóficas
que ello implica y tras de sí arrastra.
De allí que –precisamente es lo que intentamos– semejante noción del tiempo...
donde la luz (tÕ fîj) juega un decisivo papel genesíaco... debería ser trans-mutada desde
su origen... dando paso a un constructo trans-real y trans-fenoménico cuyo logos
sintactizante sea trans-óptico y trans-lumínico, valga decir, meta-técnico.
(5/1/97 p.m.)
* * *
No es impropio, despectivo o negativo, asimilar el tiempo a un gant£smata... como si
éste fuese sinónimo de una simple ficción. El tiempo, según Kant, es un ens imaginarium...
que, como tal, según la docta opinión de aquél, es la textura onto-epistemática que
corresponde tanto al tiempo como al espacio puros (cfr. K.d.r.V., B347; así como también
mi libro El problema de la Nada en Kant, § 10, § 12-A).
La fantasía y la imaginación –en su intrincada y fascinante urdimbre como agentes
dinamizadores de la racionalidad humana– son, al par y complementariamente, vertientes
genesíacas e impulsoras de la actividad sintáctica y constructora del logos óptico-lumínico...
cuya racionalidad, por esto mismo, es rigurosamente phantasmática.
(5/1/97 11 p.m.)
* * *
¿Será posible, algún día, desterrar y superar la concepción óptico-lumínica del
“tiempo”... como si el mismo fuese una “dimensión”? Entiendo perfectamente que para
realizar y verificar sus “cálculos”... los físicos y matemáticos tengan necesidad de concebir
de
tal
manera
al
“tiempo”
(sea
en
un
esquema
espacialoide
tridimensional
o
cuatridimensional... incluso curvo) subsumiéndolo, subrepticia o tácitamente, bajo la noción
o representación visual de una línea, superficie o cuerpo. Pero ello no obsta (ni debe
arredrarnos) para que, conscientes de lo que implica semejante proceder, reivindiquemos la
posibilidad de sintactizar o metactizar al tiempo, como tal, mediante un logos trans-óptico y
trans-lumínico que permita (nootécnicamente) transcender los innatos límites o fronteras de
la racionalidad humana.
¿O no son aquellos “límites” o “fronteras” trascendibles, superables y sustituibles
mediante la utilización de recursos e instrumentos meta-técnicos? Nuestra apuesta está
hecha... y seguros estamos de acertar.
(2/2/97 a.m.)
* * *
El
término
dimensión
proviene
del
latín
metior-iris-mensus
sum...
al
que
originalmente le eran propios dos significados: el de “medir” (en un sentido físico o moral)
tasando, estimando, apreciando lo “medido” en sus características; y, paralelamente, el de
“recorrer” (una distancia, un camino, paraje, etc.) determinando su longitud, superficie, etc.
En ambos significados... patente es su filiación óptico-espacial. ¿No es perfectamente
posible, acaso, intentar la trans-mutación de semejantes sintaxis?
(2/2/97 a.m.)
* * *
Todo medir requiere, para cumplir su función, una medida (tÒ mštron)... valga decir,
un patrón, regla o norma... mediante el cual se determine la cantidad, extensión, espacio,
largura, anchura (en una palabra: la dimensión) de lo medido.
Aquí radica la clave del problema: tanto ese patrón o regla, como lo determinado
mediante su aplicación o uso, son de índole óptico-lumínica (espacio metrificado). Sus
determinaciones, así como las sintaxis con éstas construidas, son del mismo estilo.
Ahora bien: ¿no es posible trans-mutar semejante fundamento o base de sostén? ¿no
es factible pensar en una trans-mutación meta-técnica del saber científico? ¿no puede tener
la episteme (špistÇmh), como tal, un proto-fundamento trans-óptico, trans-espacial y translumínico?
Para nosotros ya no hay dudas. ¡Vivimos en ese mundo!
(2/2/97 p.m.)
* * *
Y, sin embargo, los más célebres y reputados científicos de nuestra época no se han
percatado de tal hecho... y continúan realizando sus “mediciones” con los tradicionales
patrones y medidas... aunque a las mismas, en señal de “progreso”, les hayan agregado la
velocidad de la luz... medida, también, con aquellos patrones.
“Hoy en día –dice textualmente Stephen W. Hawking– se usa este método para medir distancias
con precisión, debido a que podemos medir con más exactitud tiempos que distancias. De hecho, el
metro se define como la distancia recorrida por la luz en 0,000000003335640952 segundos,
medidos por un reloj de cesio” [“reloj”, añadimos, cuya marcha es medida por segmentos
metrificados espacio-temporalmente... de índole óptica-lumínica... aunque no se utilicen péndulos ni
signos visibles]. “La razón por la que se elige este número en particular –prosigue Hawking– es
porque corresponde a la definición histórica del metro [!!!], en términos de dos marcas existentes
en una barra de platino que se guarda en París”. [¡Sin comentarios!].
Igualmente –añade a renglón seguido– podemos usar una nueva y más conveniente unidad de
longitud llamada segundo-luz. Ésta se define simplemente como la distancia que recorre la luz en
un segundo. En la teoría de la relatividad se definen hoy las distancias en función de tiempos y de la
velocidad de la luz, de manera que se desprende que cualquier observador medirá la misma
velocidad de la luz (por definción, 1 metro por 0,000000003335640952 segundos (S. Hawking,
A Brief History of Time, Cap. II).
Lo que no dice es que aquel “tiempo” que se utiliza para “medir” el espacio... es,
subrepticiamente, espacial y/o determinado espacialmente por la velocidad que “recorre” la
luz... y, todo ello, mediante parámetros y dentro de un horizonte estricta y absolutamente
diseñado en función de la vista y del veedor humano. ¡He aquí “la madre del cordero”!
(2/2/97 p.m.)
* * *
Los relojes son los “metros” (medidores) del tiempo. No importa de qué estén hechos
(arena, agua, sombra, resortes, átomos en desintegración, etc.)... sino que sus “intervalos”,
“segmentos” o “períodos” son de índole óptico-espacial... puesto que a los mismos se les
asigna, como un tácito substrato, una extensión metrificada
(2/2/97 p.m.)
* * *
En la segunda edición de los FMT... hemos señalado un repertorio de instrumentos
meta-técnicos cuyo específico valor radica en que registran el tiempo y el espacio mediante
procedimientos trans-ópticos, trans-lumínicos y trans-humanos.
¿No señala esto el camino que insinuamos? ¿Cuándo tomará conciencia de ello la
epistemología contemporánea?
Ya veremos... dijo un ciego.
(2/2/97 p.m.)
* * *
¿Es el caos un des-orden... valga decir, una simple a-nomalía? ¿O encierra el mismo
un orden, peculiar o sui géneris, que trasciende y transmuta todos los órdenes
aprehendidos, organizados y establecidos mediante el concurso de sensorios y patrones
óptico-lumínicos...
así
como,
paralelamente,
dentro
de
parámetros
exclusivamente
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos?
Si fuese un simple des-orden... el caos expresaría entonces sólo una mera negación o
privación del orden que le sirve de referencia... mostrando un quebrantamiento o
rompimiento del mismo. Por orden debemos entender, en semejante contexto, ya sea una
relación, correlación o trama de índole ontológica (ordo essendi) o de índole epistemológica
(ordo cognoscendi) que bien se exprese a través de una regularidad o uniformidad
representada por una serie o sucesión... o mediante el concurso de una relación incorporada
en una disposición geométrica o numérica.
¿Pero sobre qué bases o fundamentos se establece un orden como el anterior... sea
cual fuere su índole, modalidad o esquema representativo? Sin duda que aquellas bases o
fundamentos están a su vez sostenidas, tácita o subrepticiamente, por un binomio espaciotemporal óptico-lumínico de extracción antropocéntrica, antropomórfica y geocéntrica.
Aquí radica el meollo de la cuestión... y nada se gana con abordar el problema del
orden y el des-orden (valga decir, del caos)... si la índole y parámetros de aquel binomio no
se trasciende y transmuta... introduciendo una perspectiva trans-humana y meta-técnica en
el abordaje y comprensión del orden.
¿Sería, entonces, el caos un mero des-orden... o expresaría un nuevo orden positivo
(aunque me-ontológico) indispensable para el futuro desarrollo de la epistemo-logía... y la
tecno-logía?
(11/8/97 a.m.)
* * *
Dominar el caos no significa traducir sus términos a relaciones y ecuaciones
deterministas... sino atreverse a dialogar con sus abismos... utilizando la ayuda de sus
propias fuerzas genesíacas. A esto llamo... “abismarse”.
¿Es el “abismarse” sólo una construcción metafórica y poética? Burdo intelecto se
requiere para afirmarlo...
(11/8/97 a.m.)
* * *
Nada hay en el fondo del abismo... pues no tiene fondo. Así la hipótesis de una
deidad o secreta inteligencia que trace sus designios (si es que de tales puede hablarse con
sentido)... queda radicalmente descartada.
¿Pero es absurdo, vacío o redundante, decir que “nada hay en el fondo del abismo”?
Simplemente: preguntamos... como cualquier mortal... ignorante y curioso.
(11/8/97 a.m.)
* * *
Des-espacializar (y, por ende, des-temporalizar) la palabra “abismo”... es una de las
más arduas y riesgosas tareas del genuino poetizar... si la poesía se entiende como
verdadera y radical poiesis.
(11/8/97 a.m.)
* * *
El caos es, en sí y por sí mismo, un ingrediente genesíaco y constituyente de la
alteridad. O dicho en otra forma: es la vertiente me-ontológica que provoca y preside el
despliegue y potenciación de las energías (del mismo signo) en aquella alteridad... sin
sujeción alguna a las nociones categoriales, valores o fines hasta ahora prevalecientes en
cualquier orden u ordenamiento, tanto ontológico como epistemológico, establecido por la
tradición.
(11/8/97 2 p.m.)
* * *
No hay que sustancializar, funcionalizar, causalizar, entificar o cosificar (directa o
indirectamente) el caos. Tampoco ordenarlo, organizarlo, serializarlo, ni en general
sistematizarlo. Menos aún... “interpretarlo” mediante esquemas o modelos (matemáticos,
geométricos, físicos, etc.)... como asimismo asignarle significados, valores, fines, metas o
jerarquías de ninguna índole.
Todo ello... no sólo para evitar su falsa ontologización y/o paralela epistemologización
de similar textura... sino por la sencilla razón de que, dada la genealogía me-ontológica del
caos... el lenguaje humano (tanto por su origen como por sus límites óptico-lumínicos) no es
capaz de tra-ducir la trans-fenomenalidad y trans-realidad trans-óptica, trans-lumínica y
trans-humana de aquél... como tampoco las correlativas metaxis del mismo.
¿Se trata, entonces, de algo inaccesible, innombrable, indetectable o simplemente
imaginario
y
ficticio?
¡En
absoluto!
Pues
justamente
en
aquella
riesgosa
aunque
imprescindible tarea –la tra-ducción nootécnica del caos y sus metaxis– radica la más
apasionante empresa demiúrgica que pueda plantearse el desafío meta-técnico.
(13/8/97 7 y 15 p.m.)
* * *
A través de impactantes imágenes televisadas –recogidas del insondable abismo
galaxial por el telescopio Hubble– la atónita humanidad ha presenciado esta noche, por
primera vez en la historia, una espectacular colisión de dos inmensas galaxias... y el
indescriptible nacimiento de miles y miles de nuevas estrellas... repitiendo los ecos de
nuestros propios orígenes... y, tal vez, del final que nos espera por la aproximación de
Andrómeda a la Vía Láctea.
¿A qué omnipotente divinidad atribuirle aquel genesíaco cataclismo estelar? ¿Qué ley
ha decretado tan insólito y sobrecogedor acontecer? ¿Qué orden o principio, regla o norma
de conocida estirpe, puede invocarse para filiar su turbulenta epigénesis? ¿O a través de la
misma y su abismático silencio... se adivina el imperio del caos y el azar?
(21/10/97 11 y 30 p.m.)
SABIDURÍA, CONOCIMIENTO, INTELIGENCIA
I
Quiero agradecer a las Autoridades de la Universidad Simón Bolívar, así como a los
Directivos del Instituto de Estudios del Conocimiento, el honor y la distinción que me han
conferido al encomendarme la Conferencia Inaugural de este importante Centro de
Investigación.
Como Rector Fundador de esta Universidad tuve la oportunidad de diseñar y crear
–cual pórtico de sus Estudios de Postgrado– el Departamento de Filosofía de la misma. Creo
que este Instituto de Estudios del Conocimiento, tanto por su índole como por las finalidades
que se propone alcanzar mediante sus actividades, debería desarrollar éstas en íntima
conexión con las de aquel Departamento... pues el Conocimiento, en cuanto tal, es una de
las provincias capitales de la Filosofía, en cuyo campo han encontrado tradicionalmente no
sólo
acogida
y
recepción
sus
primordiales
problemas,
sino
asimismo
cruciales
planteamientos críticos que han signado algunas de las etapas decisivas en el desarrollo y
ampliación de ellos.
De allí que en esta Conferencia Inaugural, además de proponerme cuestionar las
nociones e interpretaciones tradicionales del Conocimiento, intentaré paralelamente preparar
el terreno para establecer un germinal y cuestionante diálogo interdisciplinario de la Filosofía
con el Saber tecno-científico que está naciendo en nuestros propios días –examinando, a
fondo, los fundamentos onto-epistemológicos de semejante Saber– con el fin de extraer y
exponer, desde los mismos, una concepción meta-técnica del Conocimiento... tal como la
que he intentado desarrollar en mi libro Fundamentos de la Metatécnica.
Abrigo la esperanza de que mi exposición logre ser perfectamente clara en todos sus
planteamientos, aunque bien sé que ello, dada la índole y propósitos de los contenidos que
debo desarrollar, tal vez resulte un tanto difícil, especialmente en lo relativo a las finales
implicaciones y consecuencias de los problemas esbozados. Esto, sin embargo, no debe
arredrarnos, pues lo más importante, como siempre lo he dicho es mis andanzas de
Jardinero, no es simplemente cosechar... sino arriesgarse a sembrar y apacentar la espera.
Como itinerario programático me propongo recorrer expositivamente, de manera
sucesiva, los conceptos de Sabiduría, Conocimiento e Inteligencia, a fin de extraer los nexos
y relaciones que median entre ellos. Luego, como conclusión, bosquejaré a grandes rasgos
el aporte originario que con respecto a tales nexos y relaciones se proyectan en los mismos
–modificando tanto sus contenidos como sus significados– a partir del enfoque y tratamiento
propiamente meta-técnico.
Debo pedir por anticipado excusas si la exposición preliminar que haré de aquellos
tres conceptos resulta demasiado esquemática, escolar y sucinta, para algunos de los
especialistas que me honran con su presencia en esta conferencia. Pero lo contrario
implicaría una travesía introductoria interminable que pudiera fatigar inútilmente al
auditorio... diluyendo su atención con respecto a lo que, en verdad, me interesa dejar
planteado como un centro o eje desde el cual esbozar lo anunciado y prometido.
II
El ámbito significativo o de sentido donde se inscribe clásicamente el término
sabiduría abarca, al menos, cuatro matices... que conectan el estricto alcance conceptual del
mismo con otras tres esferas conexas y complementarias. En efecto: aquello que los griegos
entendían por sabiduría –utilizando para definirla el término de frónesis (frÒnhsij) que más
tarde los romanos tradujeron con el de prudencia (prudentia)– se refería tradicionalmente a
las actividades o acciones humanas, en tanto que éstas se ajustaban a patrones de conducta
racional o virtuosa. Sabio o poseedor de sabiduría era quien regía su comportamiento según
los cánones de la virtud (virtus).
Para alcanzar y poseer la sabiduría se requería, como era natural, un saber... que
permitiera distinguir entre lo bueno y lo malo para el hombre, asegurando la verdad
(veritas) de ello. A semejante saber los griegos denominaban gnosis (gnîsij), aunque
preferiblemente episteme (™pist»mh), traducido por los romanos como ciencia (scientia)...
aludiéndose con ello a la calidad de verdadero que encerraba el respectivo saber.
Cuando el saber y la sabiduría no se limitaban a las cosas, o asimismo a los bienes y
problemas estrictamente humanos, sino a temas o asuntos cuyos objetos rebasaban tales
límites por su índole o naturaleza (como eran vgr. aquellos saberes que versaban sobre los
astros, los dioses o las “cosas excelentes”)... la sabiduría adquiría entonces la denominación
de sofía (sof…a), término que en latín fue traducido por sapiencia (sapientia).
Pero la sapiencia tenía otro sentido además del señalado. Efectivamente: su
peculiaridad consistía en que ella, como saber que era, versaba sobre el propio saber,
haciendo del mismo su objeto. La sapiencia (sof…a) era, en tal sentido, más perfecta y alta
que la ciencia (™pist»mh)... pues encarnaba un conocimiento de los propios principios de la
ciencia y de las demostraciones que de ellos resultaban (pes… ¢rc¢j ™pist»mh).
Mas, al lado de los anteriores, hay una cuarta acepción o sentido que puede dársele
al término sabiduría y cuya tradición arranca de Sócrates: es el de una docta ignorantia,
valga decir, la de un saber que nada se sabe... y, desde cuyo fondo, como disposición del
alma y/o del intelecto, proviene y se alimenta el ímpetu epistemático.
La línea de la docta ignorantia –bordeada por ingredientes teológicos y con una
apertura hacia lo trascendente– pervive, a partir de Sócrates, en San Agustín y San
Buenaventura hasta rematar en Nicolás de Cusa, quien escribió sobre este sugestivo tema
su principal libro (De docta ignorantia).
Para el Cusano... saber (scire) es ignorar (ignorare)... ya que el verdadero saber sólo
se inicia cuando el intelecto –tomando conciencia de sus propias y finitas limitaciones–
ensaya para superarlas la vía negativa, buscando así deslastrarse de sus prejuicios y falsos
ídolos a fin de aprehender la verdad según el deseo innato que lo impulsa y habita... lo cual
logra mediante un abrazo amoroso (amoroso amplexu) con la divinidad.
La consigna de la docta ignorantia es posible rastrearla posteriormente –aunque
despojada de intenciones teológicas y transformada en sus procedimientos– en Francis
Bacon, así como también en algunos pasajes de Descartes (recuérdese la genealogía y los
pasos de su duda metódica en las Meditaciones Metafísicas); en la propia epojé o suspensión
del juicio preconizada por Husserl; hasta desembocar en el problema de una posible
destrucción de la historia de la ontología propuesto por Heidegger en los parágrafos iniciales
de Sein und Zeit, retomado después por él mismo, aún más ampliamente, en el tardío
pensamiento de su célebre giro.
Tendremos que reivindicar esta dirección de la docta ignorantia –confiriéndole a ella
un ámbito totalmente desconocido para la tradición y con un sentido muchísimo más
radical– al final de nuestra exposición. Mas por ahora –constreñidos por el orden y
exigencias de la misma– debemos, sin más comentarios, pasar al segundo punto de esta
conferencia.
III
Todo saber implica un conocer o conocimiento... y todo conocimiento, a su vez, una
relación cognoscitiva entre un sujeto cognoscente y un objeto o alteridad conocida. El
conocimiento, en cuanto tal, puede ser de distintas modalidades: ya sea un conocimiento
ingenuo o espontáneo (que tiene por correlatos a los entes del mundo en torno) o bien un
conocimiento científico (cuyos correlatos son entes des-mundanizados, vgr., matemáticos,
químicos, físicos, etc.) sustraídos del contexto de su utilidad inmediata y, por tanto, transformados en cifras, signos o nociones teóricas.
Mas, sea cual fuere la modalidad del conocimiento, la relación cognoscitiva con los
respectivos correlatos conocidos puede ser de aprehensión (Erfassung), de constitución
(Konstitution) y/o de construcción (Konstruktion) de la alteridad... marco dentro del cual
pueden inscribirse los diversos tipos y direcciones del realismo (ingenuo, empírico, crítico,
etc.) y/o del idealismo (material, trascendental, absoluto, fenomenológico, etc.).
Pero aún más: sea cual fuere la modalidad del conocimiento o la forma de la relación
cognoscitiva... su proceso, en total, exhibe dos planos o dimensiones: una inmanente (res
cogitans) donde mora el Yo o Sujeto cognoscente como una cosa, punto o polo; y otro
trascendente (res extensa) hacia lo cual aquel Sujeto o Yo trans-migra o tras-ciende a fin de
capturar su presa... y volver luego, una vez cogida o aprehendida ésta (greifen, begreifen),
al recinto de la conciencia donde moran las cogitaciones.
Mas, aparte de esta consistencia óptico-espacial del proceso cognoscitivo, a la
conciencia cognoscente se le asigna una índole óptico-lumínica... ya sea, vgr., en la versión
de San Agustín, Descartes y Leibniz como lumen naturale; o, más recientemente en Husserl,
al ser identificado todo conocimiento racional y la propia conciencia con un “ver” (noe‹n). “La
‘visión’ inmediata –dice textualmente Husserl a tal respecto– no meramente la visión
sensible, empírica, sino la visión en general, como forma de conciencia en que algo se da
originariamente, cualquiera que sea esta forma, es el último fundamento de derecho de
todas las afirmaciones racionales” (Ideen, I, No 19).
Ello significa que, como “ver” (noe‹n), la razón es fundamentalmente una razón
óptica... y la conciencia, por su parte, una conciencia vidente: la evidencia se funda en la
videncia. La verdad, en tanto expresa una evidencia racional, testimonia así el primado del
“ver” como fundamento de ella.
Por lo que se refiere al Yo (como sujeto cognoscente) cabe añadir que el mismo sólo
se vuelve manifiesto dentro del contexto de lo que se llama un cogito... y que a semejante
cogito, para que se actualice, hay que hacerlo objeto de una mirada reflexiva... ya sea en la
percepción, en el recuerdo, etc. El cogito mismo es la mirada que se lanza a las
objetividades de la conciencia... constituidas, en cuanto tales, por el conocimiento.
La conciencia es concebida entonces como un “campo” (Feld) –dentro del cual,
distendido el proceso cognoscitivo entre el Yo como un polo (Ichpol) y el objeto
(Gegenstand) como un contrapolo (Gegenpol)– aquel Yo es visualizado bajo la forma de un
“punto” (Ichpunkt) o “centro” (Ichzentrum) constante, idéntico y necesario, es decir, como
eje focal del recinto óptico-espacial donde se realiza el proceso cognoscitivo y/o
constituyente de la conciencia.
Cabe añadir una última nota a estas acotaciones: el proceso del conocimiento se
concibe aquí como un fluir ininterrumpido de una corriente de vivencias de la conciencia.
Ahora bien: el modelo y la índole del tiempo que se utiliza para ordenar e inteligibilizar aquel
proceso... es un tiempo óptico-lumínico, de raigambre óptico-espacial, valga decir, el tiempo
concebido como una ininterrumpida sucesión de puntos o instantes (ahoras).
Pero frente a la interpretación óptico-lumínica y óptico-espacial de la conciencia y el
conocimiento, cabe formular varias preguntas. En efecto: ¿es semejante interpretación la
única posible?; ¿qué resta del cogito si se lo despoja de sus ingredientes óptico-lumínicos?;
¿se extingue o anula el Yo si se suprime la espacialidad óptica de su consistencia?; ¿no
puede concebirse la verdad sin ayuntarla a una evidencia fundada en la videncia?;
¿desaparecería la racionalidad, en cuanto tal, si su naturaleza y límites antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos, fuesen sustituidos por los de un modelo trans-óptico y
trans-humano de ella?
No vamos a explorar, ni menos a profundizar, los meandros que originan estas
graves interrogantes. Sólo por razones de tiempo –a fin de despejar el camino más corto
que nos conduzca hacia el verdadero centro de nuestras intenciones– nos limitaremos a
reiterar la respuesta general que, frente a todas ellas, nos hemos atrevido a formular en
nuestro libro Fundamentos de la Meta-técnica. En efecto: “trans-formar o trans-mutar la
índole y la frontera de la racionalidad humana –hemos dicho textualmente en sus páginas–
no significa negarla, ignorarla o destruirla, sino enriquecerla y ampliarla mediante ciertos
aportes meta-técnicos que extiendan las posibilidades de su logos óptico-lumínico y la
paralela ordenación e inteligibilización que el mismo opera sobre el espacio y el tiempo como
soportes de la alteridad” (FMT, § 18).
Ahora bien: desde tal enunciado, pertrechado de explosivos contenidos, se avizoran y
delinean asimismo varios problemas... tan graves y complejos como los que pueden otearse
desde las propias preguntas formuladas. Efectivamente:
1o) El primero de ellos es el de la concepción del Yo sin un soporte monádicoespacial. El Yo, en tal sentido, es proyectado entonces como una suerte de sistema
intersubjetivo o trans-subjetivo que adopta la función de un ubicuo y sinérgico emisorreceptor... capaz o susceptible de emitir y recibir ondas de variable longitud y frecuencia y/o
de ser ampliable mediante aportes meta-técnicos hasta superar sus congénitas y peculiares
limitaciones somato-psíquicas.
El “sujeto humano” –si cabe todavía así llamarlo– puede ser entonces trans-formable
en sus límites por artefactos meta-técnicos... llegándose al caso extremo de su factible
sustituibilidad por aquéllos;
2o)
Consecuencia
directa
de lo anterior
es que la alteridad
–construida
e
inteligibilizada por tales medios– es toto caelo diversa a la que se presenta dentro de los
confines y límites antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos de la subjetividad
humana;
3o) Por su parte la verdad –despojada de todos sus anclajes óptico-lumínicos– es
distinta a cualquiera de las modalidades de la misma recogidas en su célebre fórmula
definitoria como “adaequatio rei et intellectus”;
4o) Por último... al par de lo anterior (sin que entremos tampoco a comentar ni
explicar sus detalles) es necesario suponer y construir nuevas modalidades del pensar y de
sus correlatos, a saber:
a) la de un pensar despojado de su índole sensible, noética e inteligible, puesto que
tales limitaciones (derivadas de su exclusiva genealogía y raigambre óptico-lumínica)
resultan insuficientes para penetrar en dominios trans-ópticos y trans-humanos;
b) asimismo, en estricto paralelismo con ello, debe instituirse una modalidad del
pensar donde se encuentren modificados y/o suprimidos los correspondientes correlatos
óptico-lumínicos de un logos de la misma estirpe (como son, vgr., los fenómenos,
nóumenos, ideas, nociones, intuiciones, etc.)... los cuales, en consecuencia, deben ser
sustituidos por constructos meta-técnicos que encarnen trans-realidades y trans-fenómenos
de índole trans-óptica y trans-humana;
c) lo que tales trans-realidades y trans-fenómenos sean (tanto en su textura
ontológica como en su urdimbre epistemológica) nos está vedado, por razones de tiempo,
explicarlo en esta conferencia.
IV
Tanto el sustantivo inteligencia, como el adjetivo inteligente, provienen del latín
intellegens-intelligentis (el que entiende, el entendido)... término que es el participio activo
del
verbo intellego-lexi-lectum-legere (que significa conocer, entender, comprender,
concebir, etc.).
El mencionado verbo (intellego-lexi-lectum-legere) es, a su vez, derivado de otro más
originario –a saber, de lego-legi-lectum-legere– y éste, por su parte, tiene su raíz primitiva y
germinal en el verbo griego lego (lšgw)... que tanto en este idioma, como en latín, tienen un
mismo e idéntico significado: el de recoger, reunir, escoger, elegir, seleccionar... aunque
también, a la par, el de contar, numerar, computar y calcular.
No está de más agregar, por último, que el verbo griego lego (lšgw) se encuentra
relacionado íntimamente con legein (lšgein) y logos (lÒgoj) en tanto que el habla –palabra,
dicho, verbo– es referida a la verdad y permite manifestar y/o enunciar la misma.
Pero si el significado primordial de lego-legere, como hemos visto, es el de recoger,
escoger, elegir, seleccionar y reunir... debe advertirse que, para llevar a cabo semejantes
operaciones, todo aquel que pretenda realizarlas, debe contar previamente con un patrón,
norma o regla, valga decir con un canon (kanèn) que las posibilite y las guíe... esto es: que
les proporcione un orden (taxis: t£xij) mediante el cual se le suministre una sintaxis u
ordenamiento a lo ordenado.
Todo ordenar, en tal sentido, es un dis-poner y/o un co-locar las cosas, entes u
objetos, ya sea en el espacio o en el tiempo. Semejante co-locación y/o dis-posición, como
hemos dicho, debe hacerse mediante una regla o canon... que posibilite una relación
constante entre ellos. La sin-taxis expresa semejante relación ordenativa y su primera
partícula preposicional (syn = sÚn) enuncia el vínculo de unión o con-junción entre los
integrantes del con-junto ordenado en semejante forma.
Ahora bien: distintos y variados pueden ser los vínculos de unión –valga decir, del
orden– que asuman las cosas, entes u objetos, en los conjuntos ordenados. Efectivamente:
a) el orden, en primer término, puede ser de índole serial... lo cual supone un antes y un
después (esto es, una anterioridad y una posterioridad) entre aquellas cosas, entes, objetos,
etc., tal como sucede vgr. en el orden causal. Semejante orden, como fácilmente cabe
advertirlo, supone la noción de un principio o comienzo... el cual encarna el “antes-absoluto” de
la serie, valga decir, la primera causa;
b) puede haber, en segundo término, un orden que se refiera al todo y a las partes,
valga decir, que concierna a la disposición y/o al lugar que ocupen tales partes en la
totalidad... y/o de ellas entre sí con relación al todo y a la finalidad propia de éste. En tal
sentido, si el orden serial, como se ha visto, requiere la existencia de un principio o
comienzo... este orden de totalidad supone un fin o finalidad (el “todo-absoluto”) en relación
al cual las partes se con-junten. Se trata, pues, de un orden teleológico;
c) cabe, por último, mencionar un orden que se establezca de acuerdo a un grado o
nivel –valga decir, un orden jerárquico– donde la correspondiente sintaxis quede referida a
planos superiores e inferiores (supra y/o subordinados) en los cuales se sitúe la dis-posición
o co-locación de los entes u objetos. Semejante orden implica, como canon ordenante, la
noción de una perfección... muchas veces conexa con la de una totalidad.
Sin embargo, tanto las acciones necesarias para realizar la operación de ordenar los
entes, cosas u objetos (valga decir, las de dis-ponerlos y/o co-locarlos en una serie, en una
totalidad o en una jerarquía), así como los parámetros que se utilizan para ello (esto es, el
espacio y el tiempo)... poseen un origen y una índole estrictamente óptico-lumínicos. En
efecto –de acuerdo con la terminología de Leibniz– el horizonte temporal que se utiliza para
ordenar es un “orden de sucesiones” (donde los “instantes” o “ahoras” se co-locan uno tras
otro); mientras que el horizonte espacial es un “orden de co-existencias” (donde los
“puntos”, a su vez, se co-locan y dis-ponen yuxtapuesta y simultáneamente).
Tampoco sobre este aspecto, lamentablemente, podemos adentrarnos en el fondo
crítico que impondría semejante constatación... ni menos, como lo hemos intentado en los
Fundamentos de la Meta-técnica, hacer ostensibles los resultados que se obtienen a partir
de la trans-formación y trans-mutación de las bases óptico-lumínicas que ostentan los
basamentos del orden y la sintaxis que definen los actos de recoger, elegir, seleccionar y
reunir los ingredientes de la alteridad (para aprehenderla, constituirla y/o construirla)
propios y característicos de la inteligencia como tal... de acuerdo al sentido que le hemos
asignado a partir del examen de sus raíces más originarias.
V
Mas,
a
pesar
de
renunciar
a
ello,
cabe
no
obstante
(aunque
sea
muy
superficialmente) mencionar dos aspectos finales, cuyo tratamiento y elucidación se hacen
obligatorios desde la planteada perspectiva. Efectivamente: si se trans-forma o trans-muta
la índole óptico-lumínica de los horizontes espacio-temporales sobre los cuales se basa el
orden y la sintaxis del conocimiento humano... ¿no significa ello propiciar e instaurar el
des-orden, la an-arquía, e incluso el caos, como negaciones de aquel orden y sus
respectivas sintaxis?
Lo único que podemos decir en esta conferencia –en forma extremadamente
condensada, y, por ello, casi enigmática, lo cual implica pedir previas excusas por su posible
opacidad– es que ni el orden como tal ni sus sintaxis tienen que ser exclusivamente de
índole óptico-lumínica... ni someterse, tampoco, a límites de paralela estirpe... por lo cual su
eventual “taxo-nomía” no debería quedar necesariamente restringida a los modelos de
ordenación y sintaxis impuestos por las congénitas disposiciones y capacidades somatopsíquicas del hombre.
Existe la posibilidad, por el contrario, de construir y establecer (mediante la ayuda de
instrumentos y dispositivos meta-técnicos) ordenamientos y sintaxis de índole trans-óptica y
trans-humana... los cuales son producto y expresión de un logos meta-técnico, de estirpe y
dimensión trans-racional, que no simplemente niega sino que amplía el característico y
limitado logos de la ratio óptica, complementándolo y enriqueciéndolo con el aporte de sus
novedosas modalidades sintácticas y ordenadoras de la alteridad.
De allí que tales ordenamientos y sintaxis, trans-ópticos y trans-humanos, no sean
meras expresiones negativas, sinónimas de un des-orden o de una an-arquía, sino que
encarnen nuevas y positivas modalidades sintácticas y ordenadoras de un logos –transóptico y trans-racional– que trasciende y supera los límites y cánones impuestos por la
innata constitución somato-psíquica del ser humano.
A fuer de arriesgarnos en demasía... insinuemos lo siguiente: ¿resultaría sólo
a-sistemática una alteridad ordenada por trans-sistemas... no estructurados ni regidos por
las categorías de función y de totalidad? ¿sería simplemente an-árquica (en el sentido
negativo habitual que exhibe semejante término) una alteridad cuya arché (¢rc») no puede
ni debe identificarse necesariamente con las nociones óptico-lumínicas de un principio y/o de
un fundamento? ¿puede homologarse con una mera ausencia o negación de sintaxis... la
metaxis me-ontológica del caos? ¿o sería posible, por el contrario, pensar en la posibilidad
de sustituir la ausencia, carencia, privación y aparente negatividad óptico-lumínicas de tales
nociones... por una ordenación, trans-óptica y trans-humana, donde aquéllas resultaran
trans-formadas y trans-mutadas?
Pero esto nos conduce directamente a un segundo punto. Efectivamente: ¿es
sinónimo o equivalente ese logos trans-racional (trans-óptico y trans-humano) del que
informa a la llamada “inteligencia artificial”? Se trata de un problema muy delicado y por ello
quiero reducirme aquí a reiterar simplemente lo que he dicho en los Fundamentos de la
Meta-técnica.
A nuestro juicio... mientras la “inteligencia artificial” –incluyendo en ella desde las
primitivas máquinas de Turing hasta los portentosos dispositivos y artefactos de que
disponemos en nuestros días– “tiene como exclusivo y primordial propósito el desarrollo de
instrumentos antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos (cuya única finalidad es
simplemente sustituir y potenciar al máximo las ingénitas posibilidades y capacidades de los
órganos y funciones somato-psíquicas del hombre)... la trans-racionalidad del logos metatécnico supone, como base previa, la trans-formación y/o trans-mutación no sólo de los
sensorios humanos y de sus correspondientes funciones connaturales, sino asimismo de los
principios y categorías que prescriben las sintaxis ordenadoras de aquéllos”. De tal manera,
“mientras la inteligencia artificial representa sólo una mímesis de la ratio humana... la transracionalidad del logos meta-técnico encarna una transubstanciación de aquélla y de sus
códigos inteligibilizadores” (FMT, § 9).
Bien sé que lo dicho plantea muy profundos y graves problemas... mas, por ello
mismo, no me está permitido abordarlos en esta conferencia. Quisiera señalar, eso sí, que lo
expresado no supone ni decreta una dicotomía excluyente entre ambas esferas. Al contrario:
mis expectativas y esperanzas son las de que un día la “inteligencia artificial” descubra,
penetre y potencie la fascinante dimensión trans-óptica y trans-humana de la racionalidad y
alcance a ponerse al servicio de ella... tal como hoy lo hace tan espléndidamente con el
logos óptico-lumínico.
Todo lo dicho nos lleva hacia el punto final de esta conferencia, a saber: el de la
sabiduría, como docta ignorantia, en su relación con la posibilidad de una inteligencia capaz
de ordenar la alteridad mediante sintaxis trans-humanas... y, por tanto, no antropomórficas,
antropocéntricas ni geocéntricas.
¿Qué significa esto? ¿Qué implica mantener una actitud de docta ignorantia en
situación semejante? Significa e implica que el hombre –a pesar del portentoso poder de su
inteligencia, o tal vez, aún mejor, gracias al mismo– ha comenzado a sospechar (cada día
con mayor y fundada certidumbre) que no sólo él puede ser inteligente –valga decir, a ser el
representante y eje exclusivo de aquélla intellegentia– sino que el cosmos, en cuanto tal,
alberga multitud de abscónditas sintaxis ordenadoras, cuyo desciframiento ignoramos aún...
pues sólo ahora, justo en este preciso momento, estamos iniciando el camino hacia ellas.
¿No es esto, al menos, un atisbo, señal o advertencia, del necesario respeto y
humildad que, como actitud ante el saber, reclama la docta ignorantia para ser genuina y
fecunda? Así lo creemos... y es lo que hoy hemos querido expresar, tal vez sin lograrlo,
entre tantas y tan extrañas palabras.
Permítaseme, pues, concluir con un huérfano dístico, extraído de innombrable
ancestro, que tal vez diga lo mismo... aunque más íntima y sencillamente:
No hay silencio sin que en tí haya silencio
ni entenderás sus voces sin haberlo escuchado...
Tusmare, junio, 1992
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
¿Podrán todas las sintaxis meta-técnicas tra-ducirse y homo-logarse a las ópticolumínicas? ¿O pueden algunas de ellas –por lo que tienen de trans-ópticas, trans-humanas y
trans-finitas– rehusarse a esto y constituir un novum irreductible a los códigos y cánones de
las humanas sintaxis?
Debe recordarse, ante todo, que los trans-fenómenos y trans-realidades –en
contraposición al enigmático y esencialmente in-cógnito nóumeno kantiano– son tales...
porque resultan correlatos (“constructos”) de un instrumento meta-técnico, diseñado y
creado por el hombre, como producto de su racionalidad. En tal sentido, entre la
racionalidad humana y la trans-racionalidad meta-técnica no existen hiatos infranqueables...
sino fronteras desplazables y susceptibles de progresiva ampliación por obra de la propia
racionalidad humana y del potenciado apoyo que reciba de su creado acervo instrumental.
Pero, además, debe tenerse en cuenta la doble dimensión y dirección de la noo-tecnia
(cfr. FMT, § 6 y § 25)... y, especialmente, su función demiúrgica. Justo, por ello, la sintaxis
estrictamente humana no es ni puede considerarse un corpus completo y concluso sino un
proceso abierto, dinámico y creador al mismo tiempo, susceptible de enriquecer y expandir
paulatinamente sus límites... sin que entre lo racional y lo trans-racional, lo óptico y lo
trans-óptico, lo humano y lo trans-humano, etc., pueda y deba instituirse una barrera
esencialmente divisoria, infranqueable y limitativa, tal como lo expresa la partícula “trans”,
en contraposición a otras de intención privativa y/o negativa como son, vgr., las de “in”, “i”,
“a”, “ab”, etc.
El sentido de una antropogonía meta-técnica es, precisamente, ese: la posibilidad y
capacidad que se le asigna al hombre de abrir y expandir los límites de su racionalidad hacia
los de una trans-racionalidad... lo cual “no sólo prepararía e impulsaría la apertura del ser
humano hacia una alteridad distinta a la que se atiene en sus actitudes, posiciones y
creencias habituales”... sino que “asimismo le revelaría la multiplicidad de los diversos
sistemas veritativos que se pueden ofrecer más allá de los limitados y peculiares cánones
óptico-lumínicos del lenguaje humano” (op. cit., § 25, págs. 111, 112; versión digital, págs.
104, 105).
¿Significa
ello
escamotear
el
problema
que
hemos
planteado
acerca
de
la
in-traducibilidad de los “constructos”? Escamotearlo, ignorarlo, o incluso negarlo, sería (por
contraposición)
fijarle
artificialmente
unos
entendimiento
humano
(intellectus
ectypus)
límites
y
infrangibles
postular
la
e
infranqueables
existencia
de
otro,
al
de
características infinitas (intellectus archetypus), que lo hagan capaz de ejercer las funciones
para las que aquél está irremediable y absolutamente impedido.
La hipótesis nootécnica, por el contrario, significa un desafío creador... ya que
depende sólo de las propias fuerzas y potencialidades de la ratio humana el desplegar sus
capacidades de ordenación logi-ficadora... ensanchando su poder de aprehensión y
comprensión... al ir modificando eo ipso su ingénita o congénita estructura mediante el
instituir noo-técnico de una supra-racionalidad meta-técnica. Semejante trans-racionalidad
no niega ni destruye la racionalidad humana... sino que supera y transciende, transmuta y
transforma, el innato y restringido ámbito sintáctico de sus códigos y cánones ópticolumínicos.
(26/12/90)
* * *
Tales códigos y cánones se vinculan –como lo hemos dicho– con el trasfondo
posicional que sostiene a las sintaxis. La superación del antropomorfismo, antropocentrismo,
y geocentrismo tiene, por esto mismo, una importancia radical para la trans-formación y
trans-mutación de aquellas posiciones... así como para las concomitantes modificaciones
que deben experimentar las respectivas temporalizaciones y espacializaciones del tiempo y
el espacio.
Todo, en síntesis, es un conexus. Así deben ser vistos e interpretados los FMT.
(26/12/90)
* * *
Todo devenir implica un movimiento... y, como tal, un marco de referencia espaciotemporal donde queda inscrito su proceso. El devenir no es una simple ilusión de los
sentidos, ni mera consecuencia de la subjetividad, sino que su presencia es inherente a la
propia constitución de la alteridad... y a todo cuanto en ella se constate.
No porque haya hombres existe el devenir... sino, al contrario, existen hombres
porque hay devenir. Con la muerte de un hombre, o de todos los hombres, no cesaría el
devenir... sino, en último extremo, su eventual registro humano: su presencia aprehendida a
través de la mirada.
Pero no sólo el registro humano del devenir puede y debe ser constatado... sino que,
como manifestación constitutiva de la alteridad en total, la presencia de aquél debe
adscribirse, como una posibilidad, a todo cuanto haya en la alteridad.
De allí que no sea lógico ni sensato privilegiar exclusivamente a la visión o percepción
humana como eje registrador del devenir... sino, por el contrario, debe postularse la
posibilidad de que su proceso sea detectable a través de sensorios trans-humanos –y, por
ende, trans-ópticos y trans-lumínicos– ya éstos pertenezcan a otros seres vivos o aquella
constatación se ejercite mediante instrumentos construidos meta-técnicamente por el propio
hombre... sin que sus correlatos sean idénticos (o encarnen simples reproducciones
miméticas) de los ofrecidos por los sensorios humanos.
Las sintaxis ordenadoras y logi-ficadoras del devenir, en tal sentido, pueden ser
diversas y múltiples. Su específica concreción humana –valga decir, la que asume la forma
de un movimiento y/o cambio verificado dentro de parámetros espacio-temporales de índole
óptico-lumínica– es sólo una modalidad, posible y a su vez variable, del espectro total de
aquellas sintaxis.
(7/1/91)
* * *
No se trata de ignorar o negar el devenir óptico-lumínico sino de ordenar y logi-ficar
la deviniente alteridad, en general, mediante una espacialidad y temporalidad transópticas... de modo tal que el “movimiento”, implícito en el devenir, no sea exclusivamente el
que en forma limitada y restringida perciben nuestros ojos, trans-curre frente a ellos y
queda inteligibilizado mediante una sintaxis óptico-lumínica. Lo que se intenta, en síntesis,
es que el devenir, en cuanto tal, resulte inteligibilizable y codificable con la ayuda de
múltiples sintaxis trans-ópticas y trans-humanas.
La sintaxis de lo óptico-movible requiere ejes y distancias. Si tales requisitos se
abolieran... ¿qué restaría? ¿acaso cesaría el devenir? ¿se congelaría la alteridad en una
insostenible e inaccesible eternidad?
Todo, a nuestro juicio, seguiría “fluyendo”, en permanente devenir, aunque no
hubiese ojo que lo viese ni código que lo descifrase.
¿No es lo que la muerte nos enseña, en impar lección, todos los días?
(7/1/91)
* * *
toàto g£r ™stin Ò crÒnoj, ¢riqmÕj kin»sewj kat£ tÕ prÒteron kaˆ Üsteron... así definía
Aristóteles el tiempo (cfr. Física, D 11, 219b1 y sgs.).
El devenir, en cuanto proceso o movimiento, quedaba sujeto al tiempo y a sus
determinaciones. ¿Pero a qué tiempo... nos atrevemos a preguntar? Al aristotélico, de
genealogía y sentido óptico-lumínicos. ¿Pero si semejante tiempo óptico-lumínico se
transmutara en tiempo meta-técnico... qué sucedería? ¿cesaría el devenir... o su
inteligibilidad sintáctica sería otra?
No abrigamos dudas al respecto.
(7/1/91)
* * *
Si el tiempo es el movimiento numerado –inscrito, además, entre lo “anterior” y lo
“posterior”–... ¿qué sucedería si al tiempo se despojara de movimiento?
¿De qué “movimiento”... nos atrevemos a preguntar nuevamente? ¿de cuáles
determinaciones?
Si todo movimiento óptico-lumínico implica un móvil... ya sea como soporte o
portador... ¿no es posible concebir un devenir... sin móvil y sin determinaciones ópticolumínicas tales como lo “anterior” y lo “posterior”?
¿Sería, acaso, un devenir in-móvil... o trans-móvil?
(7/1/91)
* * *
Pensar el devenir meta-técnicamente –despojando a su concepto y significado de
ingredientes óptico-lumínicos– es dificilísima tarea.
Se
debe
comenzar
por
eximir
al
propio
pensar-pensante
de
aquellas
determinaciones... y, a lo pensado en cuanto tal, de todas las notas que subrepticiamente
recibe de sus soportes aristotélicos: del tiempo y el movimiento óptico-lumínicos.
Pero si semejante tarea se intenta y acomete... tras los enigmas del devenir nos
aguardan los de la eternidad. Entonces tocamos el abismo…
(7/1/91)
* * *
Esta inocencia no es, en modo alguno, la de la ingenuidad. Es la pureza de la fuerza
creadora... librada de los ídolos antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos que
ofuscan y limitan el pensar. Sólo en tanto la mirada “alcance a ver su propio nacimiento”...
quedará libre y recobrará su energía creadora para auto-transformarse y trascender sus
límites humanos. De allí la pregunta: “¿Por qué pensamos?”
Lo bosquejado es el ideal de la antropogonía meta-técnica.
(21/3/91)
* * *
Mirada... poder y dominio. Esa trilogía debe ser analizada a fondo. El poder inerva la
mirada... y la transforma en instrumento del dominio y la posesión. Esa mirada dominante
habita el logos del saber tecno-científico: determina su origen y prefigura sus características.
Es el ver posesivo... y prescriptor.
A su lado hay otras modalidades del ver y del mirar... no necesariamente energizadas
por el poder ni dirigidas al dominio y posesión de la alteridad. Entre ellas las simpatéticas...
como son las que alimentan al dejar y ayudar ser. Es el ver del amor... ¿el arrobado
contemplar?
Si no recuerdo mal... temas semejantes o emparentados con esa problemática los he
tratado y desarrollado en estas mismas páginas.
(21/3/91)
* * *
Entiéndase que no se trata de negar, repudiar o despreciar la mirada dominante, el
ver posesivo, etc. Quererlo hacer significaría ignorar la grandeza y legitimidad del saber
tecno-científico o intentar castrarlo de una de sus vertientes fundamentales.
La meta-técnica, por el contrario, propone deslastrar al saber tecno-científico de una
“visión” exclusivamente dependiente de los límites “lumínicos”... sólo accesibles a un sujeto
antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico. Su poder y dominio; por tanto, alcanzan una
dimensión infinitamente mayor que la de aquélla... aunque, a la par, venciendo tales límites,
se inaugura para el propio hombre la posibilidad de instaurar los ideales de una
antropogonía
meta-técnica...
colocándose
en
situación
de
comprender,
en
forma
radicalmente distinta, su propia función dentro del cosmos.
(21/3/91)
* * *
Tampoco se trata de identificar al ver del amor con un instrumento místico o de
temblorosa y disolvente autonegación. El amor tiene su propio poder y/o poderío... a veces
más “potente” que el del simple y subyugante dominio. El dejar y ayudar a ser no significan
la aniquilación del cognoscente o faciente... sino su comunión y plenificación (“transsustanciación”) con lo hecho o conocido... a través de vías no reducibles a las del logos
óptico-lumínico y sus límites antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos.
En tal sentido... el ver del amor no equivale exclusivamente al contemplar... ni se
identifica necesariamente con el mismo y sus límites. O expresado en otra forma: el
comulgar con la alteridad puede asumir algunas modalidades que trasciendan las
modalidades
y
parámetros
del
simple
logos
óptico-lumínico
que
inerva
al
eros
antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico (cfr. FMT, § 26, pág 119; versión digital,
págs. 112, 113).
(21/3/91)
* * *
Somos lo que buscamos...
(21/3/91)
* * *
Dos de los fundamentales procedimientos racionales para ordenar la alteridad –el
análisis
(¢n£luij)
y
la
síntesis
(sÚnqesij)–
tienen,
tanto
etimológica
como
significativamente, un primordial y decisivo contenido óptico-lumínico... o, aún más
precisamente dicho, óptico-espacial.
Ello determina, sin lugar a dudas, el paralelo carácter óptico-espacial que prevalece
en la sintaxis ordenadora de aquella racionalidad humana... imponiendo en ésta no sólo la
forma de reunir y/o separar los ingredientes que somete a sus categorías sino también la
subrepticia función operativa de sus principios lógicos.
¿Pero qué sucedería si el análisis y la síntesis fuesen trans-formados o trans-mutados
–e, incluso, sustituidos– por otras modalidades sintácticas de raigambre trans-óptica, transhumana y trans-finita?
Ello es lo que se pretende con la meta-técnica. Lo que ahora se requiere es abordar
concretamente la tarea anunciada y programada.
(23/5/91)
* * *
El término ¢n£lisij está formado por la partícula ¢n£ (que significa arriba, encima
de, sobre) y lÚsij (que proviene, a su vez, de lÚw, verbo que denota la acción de soltar,
desatar, desuncir). An£lisij recoge así el sentido de una separación, disolución o
disgregación de los componentes o ingredientes de algo... efectuada desde arriba, valga
decir, viendo o mirando por encima de ellos.
El término sÚnqesij está formado por la partícula sÚn (la cual significa juntamente,
con, a la vez, al mismo tiempo) y qšsij (derivado, por su parte, del verbo t…qhmi, el cual
significa poner, colocar, levantar, erigir). SÚnqesij expresa, de tal modo, la acción de juntar,
agregar, unir unas cosas con otras... levantándolas o elevándolas de su posición.
Creo que ello ilustra perfectamente lo que hace unos días expresábamos acerca de
estos dos procedimientos de la racionalidad humana... en su función sintáctica u ordenadora
de la alteridad.
(26/5/91)
* * *
Todo orden, sea cual fuere su sentido, tipo o modalidad, es una construcción racional.
Pero esa racionalidad constructora, sea cual fuere el orden construido, ha sido hasta el
presente de índole óptico-lumínica.
Tres diferentes tipos de orden podemos, grosso modo, distinguir: el orden serial, el
orden dispositivo o disposicional y el orden gradual. Todos y cada uno de ellos, sin
excepción, son el resultado de criterios y procedimientos cognoscitivos (óptico-espaciales u
óptico-temporales) mediante los cuales las partes, las relaciones, los estratos y niveles de lo
espacial y de lo temporal (ya sea en vista de la sucesividad, la simultaneidad, etc.) se
organizan mediante la ayuda de nociones tales como las de lo “anterior-posterior”, lo
“superior-inferior”, lo “cercano-lejano”, lo “creciente-decreciente”, etc., etc., a través de las
cuales se establece una jerarquización y/o una subordinación (también óptico-espacial y
óptico-temporal) entre los integrantes de una subrepticia o expresa totalidad (conjunto,
clase, etc.) donde se inscribe lo ordenado como tal.
Pero ¿qué ocurre si se cuestionan los criterios y procedimientos cognoscitivos –así
como todas la nociones del mismo linaje– utilizados para conformar ese constructo racional
(óptico-lumínico) que representa el orden así inteligibilizado? ¿Acaso desaparece el mismo...
y es suplantado por su negación o privación simbolizada por un des-orden... también de
índole o linaje óptico-lumínico?
El ámbito y la dirección de nuestro modo de pensar ya se conoce (cfr. supra, “Abismo
y Caos”). No se trata, ingenuamente, de negar el orden... para caer en el irracionalismo del
des-orden. Lo que intentamos es sentar las bases que permitan el desarrollo o despliegue de
una trans-racionalidad –trans-óptica, trans-finita y trans-humana– mediante la cual,
existiendo diversas modalidades meta-técnicas de espacializar el espacio y temporalizar el
tiempo, los criterios y procedimientos utilizados para establecer un eventual orden en ellos y
con ellos... sean radicalmente distintos a los que rigen dentro del ámbito de su
inteligibilización óptico-lumínica. Entonces el orden, como tal, pudiera hallarse representado
por un constructo meta-técnico... no antropomórfico, antropocéntrico ni geocéntrico, que
expresase el auténtico código o cifra de un orden galáctico.
(31/5/91)
* * *
¿No es semejante orden sinónimo de una armonía? ¿Pero de dónde brota y en dónde
yace ésta? ¿Acaso expresa ella una “perfección”... y tiene, en cuanto tal, algún arquitecto o
artífice? ¿O retornamos con esto al nivel del antropomorfismo?
(31/5/91)
* * *
Toda creación supone un orden y este orden se instaura sobre la transformación o
destrucción de otro. La vida, en tanto proceso “ordenado”, lucha con la propia vida para
sobrevivir... en su constante devenir. En semejante lucha vence aquella que sea la expresión
más potente de la vida... como en el reino de la creación triunfa la que más vigor y fuerza
tenga.
¡Pero qué trágica resulta esa constatación cuando se trata del orden que sostiene a
una vida humana... al verse ésta aniquilada por la destructora potencia de la vida misma!
¿No es la “enfermedad” del cáncer –propagada por sus enérgicas y siniestras células– la
mejor expresión de este combate de la vida con la propia vida? ¿Se puede llamar a esto
“enfermedad” o “mal”... o es ello el simple resultado del subrepticio devenir vital... que
destruye un orden para implantar otro distinto?
Mas de aquí brota nuestro preguntar. En efecto: ¿es que hay creaciones “perfectas” e
“imperfectas”? ¿En qué radica la “perfección” en cuanto tal? ¿Es ella sinónima de lo regular
del orden... o puede surgir y manifestarse desde la irregularidad y anomalía que requiere la
implantación de todo nuevo orden?
¿O es que la verdadera “perfección” es la del propio devenir y su proceso
transformatorio y transmutatorio? ¿Pero en qué radica semejante “perfección”... y quién
responde por ella? ¿Hay, acaso, un presunto artífice o arquitecto de semejante proceso... en
vista de una posible “armonía”?
Nada se gana aquí introduciendo ingredientes teístas y/o finalistas. Frente a ellos me
atengo a lo expresado en FMT (§ 28, pág. 130; versión digital, págs. 124, 125)... y a lo
sugerido en el ya citado mamotreto “poético”.
(31/5/91)
* * *
Es ingenuo creer que la enfermedad sea un simple des-orden... y, más aún, si se
piensa que, como tal, ella constituye la expresión de una “a-nomalía” o “i-rregularidad”. La
enfermedad es tal... sólo si se divisa y califica desde la perspectiva de la salud... y se
considera a esta última como el verdadero y único orden... dotado, además, de una
presunta identidad con la norma y la ley.
Sin duda que la enfermedad, como tal, tiene su orden. ¿Es éste, acaso, un orden
a-nómalo... o perfectamente legal... como el de la propia salud? ¿Es asimismo el “orden del
mal”... frente al del “bien”? ¿O son, ambos, sólo aspectos o rostros del mismo y único orden
del devenir vital?
(31/5/91)
* * *
Si se analiza a fondo lo planteado... de nuevo resurge una vieja intelección: la
indisolubilidad de la muerte y la vida como ingredientes complementarios de un mismo y
único proceso: el devenir cósmico.
¿Es desde semejante devenir que debe ser explorado lo que hemos denominado un
orden galaxial?
(31/5/91)
* * *
De más está decir que el devenir ayer aludido debe ser considerado y tratado desde
un punto de vista meta-técnico. Paralelamente, en referencia al orden galaxial y a la función
de la vida dentro del mismo, cfr. FMT, § 26, pág. 118 y sgs.; versión digital, pág. 111 y sgs.
(1/6/91)
* * *
¿Y si no hubiese bien ni mal... sino sólo devenir? ¿Y si la vida comulgase en
semejante devenir, sin finalidad ni término, siendo exponente de la indetenible trans-
formación y trans-mutación de una energía (trans-óptica, trans-humana, trans-finita) que
habitase el cosmos?
(1/6/91 p.m.)
* * *
Entiéndase que deben distinguirse la alegría y el sufrimiento humanos... del bien y el
mal. Aquéllas son reacciones o respuestas (subjetivas, psicológicas, epifenoménicas) ante
las trans-formaciones y trans-mutaciones, fácticas y contingentes, que experimenta el
devenir cósmico y/o vital.
(1/6/91 p.m.)
* * *
Tampoco se confunda el bien con lo beneficioso, ni el mal con lo nocivo... productores
del bienestar y el malestar.
El bien no es ninguna cosa, objeto ni utensilio... que propicie riquezas, comodidad o
prosperidad. Ni el mal, por su parte, sinónimo de entes o instrumentos... que produzcan lo
maligno, protervo o perverso.
En tal sentido, así como nadie puede negar la existencia de lo beneficioso y lo nocivo,
encarnados en fenómenos reales, con sus respectivas secuelas para la vida práctica, nuestro
aserto lo que pone en tela de juicio es la consistencia del bien y el mal... como entidades
metafísicas integrantes de la alteridad galaxial y ductoras de su devenir.
(2/6/91)
* * *
Aunque no sea ni arquitecto ni artífice del devenir cósmico... el hombre debe asumir,
al menos, la función de agente y guía orientador de parciales momentos del mismo...
interviniendo en sus trans-formaciones y trans-mutaciones... para alcanzar sus propias
metas.
Todo ello, por supuesto, desde una perspectiva meta-técnica y con la ayuda que le
proporcionen los instrumentos que a ésta correspondan.
(2/6/91)
* * *
Todo orden, según dijimos anteriormente, es producto de una construcción racional.
Semejante construcción racional lo que expresa es una relación, entre dos o más objetos,
que puede enunciarse mediante una regla o principio.
Lo que nosotros pretendemos subrayar es que, tanto aquella relación, como la regla o
principio que actúa como enunciado de la misma, son de linaje óptico-lumínico.
En tal sentido, así como el orden serial procede de la ordenación de una temporalidad
y/o espacialidad (óptico-lumínicas) donde la correspondiente sucesividad y/o simultaneidad
que sirve para efectuar semejante ordenación se somete al criterio (óptico-espacial) de lo
anterior-posterior... en el orden disposicional aquella relación ordenada se efectúa en vista
de una finalidad (totalidad)... y, en el orden gradual, mediante una regla o principio también
de naturaleza y textura óptico-lumínica.
Todo esto lo que demuestra es la índole de la racionalidad constructora, de sus
correspondientes procedimientos ordenadores... y, por supuesto, de sus constructos. El
cuestionamiento que a ello dirigimos es ya conocido... y sobra reiterarlo.
(3/6/91)
* * *
Así como la alteridad se puede inteligibilizar mediante el orden... una paralela y/o
complementaria inteligibilización de ella puede realizarse a través del medir y la medida.
Todo medir, sin embargo, implica ya un orden y, en tanto este último posee un linaje
óptico-lumínico, no sólo aquel medir sino también su producto resultan eo ipso de la misma
índole.
Si entendemos por medida la relación que brota de aplicar un determinado patrón o
unidad (de medida) a la dimensión o cantidad que se pretende medir... podemos ver que, en
el caso de la(s) geometría(s) óptico-lumínica(s), tanto uno como otro término de la relación
son igualmente óptico-lumínicos. Asimismo, el horizonte que circunscribe al acto de medir
(valga decir, su tácita o expresa referencia terrenal) no sólo subraya semejante rasgo, sino
la concomitante primacía de lo antropomórfico y antropocéntrico de la mensura.
Por lo demás, sea temática o atemáticamente, todo acto de medir, en tanto implica
una sucesiva aplicación del patrón o unidad de medida, supone igualmente una temporalidad
óptico-lumínica... en la cual se despliega o desarrolla aquel acto.
(23/6/91)
* * *
Frente a estos rasgos del medir y la medida –por no mencionar el calcular que se
erige sobre ellos y el ya tratado ordenar óptico-lumínico– cabe hacerse una pregunta. En
efecto: ¿no sería posible columbrar un mensurar trans-óptico... donde tanto la unidad o
patrón de la medida, como la cantidad o dimensión de lo medible, la subrepticia índole
temporiforme del medir y, en general, la circunscripción misma del acto... pudieran ser
realizados con la ayuda de instrumentos meta-técnicos y poseer, eo ipso, una índole transfinita y trans-humana? ¿Acaso somos irredimibles prisioneros de una geometría de la luz?
(cfr. FMT, § 14, págs. 63, 64; versión digital, págs. 58, 59). ¿O es aquí donde se inscribe la
más fecunda proyección de las que hemos denominado trans-geo-metrías?
(23/6/91)
* * *
El término “sistema” –del griego tÕ sÚsthma (sun…sthmi)– tanto por sus componentes
etimológicos, como significativamente, connota un re-unir, con-gregar, com-poner, co-lectar
(los elementos de que algo consta) en una tota-lidad o con-junto que los con-tiene y
dis-pone... confiriéndoles un determinado orden.
De allí que, sin necesidad de ahondar en su análisis, fácil es colegir que su concepto y
función –valga decir, el sistematizar– tiene una múltiple y diversificada raigambre ópticolumínica... que versa sobre una alteridad espacio-temporal inteligibilizada por un logos de
aquella misma índole. (Para más detalles cfr. L. von Bertalanffy, General System Theory.
Foundations, Development, Applications; 1ª ed. George Braziller, New York, 1968).
A fin de explicar trascendentalmente la autonomía legal y la autarquía dinámica que
deben adscribírsele a los procesos técnicos... en nuestro ensayo titulado “Ideas Preliminares
para el Esbozo de una Crítica de la Razón Técnica”, incluido en el libro Ratio Technica (1983)
erigimos al sistema, como tal, en un proto-fundamento categorial de aquella ratio (cfr. op.
cit., Cap. III, pág. 31 y sgs.; versión digital, págs. 12 y sgs.). La alienación técnica, de tal
manera, tiene su origen en la impronta organizativa que semejante proto-fundamento
sistémico proyecta sobre el trabajo tecnificado... y, en general, sobre los rasgos que ese
mismo proto-fundamento imprime en la estructura y funcionamiento de la alteridad en
general (cfr. op. cit., Cap. IV).
Es bien sabido que la meta-técnica (en cuanto modalidad de la ratio technica) supone
la transformación y superación del logos óptico-lumínico que inerva las ingenuas y primarias
actividades de ésta (en sus modalidades antropomórficas, antropocéntricas y geocéntricas)
gracias a la intervención de un logos trans-óptico y trans-humano que altera radicalmente la
inteligibilización de los ingredientes espacio-temporales de la alteridad... imprimiendo
nuevos ordenamientos en la misma.
Los sistemas en cuanto tales –así como las correspondientes modalidades ópticolumínicas de ordenación que sus esquemas organizativos imponen a la alteridad– se ven, de
tal manera, modificados de raíz... perdiendo eo ipso (al menos virtualmente) su función
alienatoria sobre el
hombre. La meta-técnica, en tal
sentido, es un instrumento
des-alienatorio... y mediante la superación de los limitantes parámetros de la técnica
primaria y tradicional (el antropomorfismo, el antropocentrismo y el geocentrismo) inaugura
posibilidades aún inexploradas para la creatividad instituyente de la relación del hombre
consigo mismo (con su mente, su cuerpo, su existencia, etc.), con su actividad y sus propias
obras, con sus semejantes... y con la alteridad en general... superando las moradas y
prisiones de las primitivas categorías técnicas.
¿No es ello lo que contemplamos, aún atónitos, en nuestro propio tiempo... como
signos preludiantes de la post-modernidad... encarnados en el derrumbe del comunismo... y
en el paralelo y necesario que cabe esperar en la esfera del oprobioso sistema capitalista?
(cfr. nuestro libro El dominio del poder, Cap. III, § 18, pág. 95; versión digital, pág. 69).
No negamos, a rajatabla, el valor de tales intentos... aunque para nosotros el camino
es distinto. Nuestra propuesta apunta a la posibilidad trans-racional de construir metasistemas, trans-humanos y trans-ópticos, cuyas sintaxis transciendan y superen los
limitados parámetros antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos de los acuñados
según los patrones y esquemas de los ordenamientos (óptico-lumínicos) de la técnica
primaria y primitiva.
¿Mas no serán tales trans-sistemas... nuevas, aunque más amplias cárceles, para el
propio hombre? ¿O inauguran ellos, precisamente, por su índole y dimensiones metatécnicas, un sentido antropogónico-liberador para aquél?
Lo que al respecto pensamos, con todas sus aristas problemáticas, está consignado
en el § 23 de los Fundamentos... lo cual no significa que renunciemos a nuestra cavilación...
y estemos completamente satisfechos con lo allí dicho.
Dialogar con los problemas... es la tarea del auténtico pensar. Es lo que hemos
intentado esta tarde dominguera... mientras el crepúsculo avanza en el silencio de Tusmare.
(22/3/92 6 y 30 p.m.)
* * *
Aparte de sus usuales connotaciones políticas y sociales (carencias de un gobierno
por la debilidad o ausencia de un ductor o jefe; desconcierto, barullo, incoherencia en las
cosas, públicas o privadas, por falta de una ordenación; etc.)... el término ¢n-arc…a admite
una exégesis más radical y esclarecedora si se atiende a sus ingredientes etimológicos: la
partícula privativa ¢n y el sustantivo ¢rc» (y/o el verbo ¢rcw).
¢rc», en efecto, significa comienzo, inicio, origen, principio, fundamento, elemento
(destacándose en todos esos términos su genérica cualidad de ser los primeros agentes o
causas de un proceso como el de ejercer un poder o mando, ordenar y poner en marcha
algo, etc.) gracias a la posición jerárquica (primera, superior, etc.) que ostentan. La
partícula privativa ¢n, suprime o niega semejante condición en los agentes... provocando
paralelamente
el
des-orden,
in-coherencia,
i-rregularidad
y
des-concierto
en
el
correspondiente proceso.
(6/4/92 9 a.m.)
* * *
La an-arquía –como fácilmente se infiere de lo anterior– tanto por la índole de sus
ingredientes etimológicos, como por el significado mismo del proceso que describe, exhibe
una clara e incontestable genealogía óptico-lumínica. En efecto: si tal genealogía resulta
evidente en la partícula privativa ¢n (por su posicionalidad negativa y ex-cluyente)... no
menos lo es (en su connotación óptico-espacial y óptico-temporal) si se atiende a los
significados que posee el término ¢rc» en tanto que origen, principio, fundamento, etc... los
cuales señalan el carácter de anterioridad, prioridad, precedencia (en relación al lugar y/o al
tiempo) que exhiben los agentes a quienes se priva del mismo.
Lo an-árquico, en tal sentido, es aquello que carece o se ve privado de un origen,
principio, fundamento, etc., que le confiera (mediante su preeminente poder) un orden u
ordenamiento a los procesos, entes o cosas, de que se trate... despojándolos de semejante
sostén directriz.
(6/4/92)
* * *
¿Pero qué índole tienen tanto la acción privativa y/o negativa que ejercita la partícula
¢n... como los términos (el fundamento, principio, origen, etc.) sobre los cuales se ejercita y
recae aquélla?
Sin duda alguna, debido a su común genealogía óptico-lumínica, ambos poseen una
índole eminentemente onto-lógica... siendo lo an-árquico, por ende, sinónimo de lo in-fundado,
in-causado, im-procedente... y, por esto mismo, i-rregular, a-nómalo, des-ordenado, etc...
términos todos que señalan y resumen la condición privativa y/o negativa (valga decir, de
No-Ser) que los afecta. La an-arquía y lo an-árquico, en tal sentido, son una negación del
orden (valga decir, un des-orden) originados por la ausencia o carencia de un principio y/o
fundamento ordenador.
(6/4/92)
* * *
¿Pero es justo y legítimo reducir la negación y la negatividad al ámbito de lo
exclusivamente onto-lógico? ¿O pueden manifestarse ellas dentro de otro ámbito y con un
signo diferente? Como es bien sabido –estas páginas lo atestiguan hasta el cansancio– al
lado de la connotación exclusivamente onto-lógica... para nosotros la negación y la negatividad
pueden ostentar un significado me-ontológico... dotado de una positividad. La negación y la
negatividad, en tal contexto, no son sinónimas de un simple No-Ser (onto-lógico) sino
expresiones de la Nada en cuanto tal. Si este fuera el significado de la negatividad de la
an-arquía... ella no sería simplemente sinónima de un des-orden, des-concierto o i-rregularidad,
sino de un trans-orden de genealogía trans-óptica –cuyos parámetros espacio-temporales de
ordenación no responderían entonces a criterios restringidamente óptico-lumínicos– y donde
sus posibles y construibles sintaxis (o, dicho en estricto sentido, metaxis) serían transhumanas... puesto que ya el hombre no encarnaría el “centro” exclusivo de semejante
ordenación, ni sus ingénitos “límites” señalarían las fronteras de aquéllas.
(6/4/92)
* * *
Lo in-fundado, im-principiado, in-comenzado o in-causado de lo an-árquico no
señalarían entonces la ausencia o carencia de un ¢rc»... sino que semejante ¢rc», de
acuerdo con su índole o raigambre me-ontológica, revelaría la positiva negatividad de un
trans-fundamento de igual genealogía... tal como el que se colige o debe suponerse (“transponerse”) en el abismo, el caos y el azar, tantas veces sugerido y asediado en estas mismas
páginas.
(6/4/92)
* * *
Des-espacializar y des-sustancializar el poder no significa abolirlo (acratismo
vulgar)... sino inteligibilizarlo y ordenarlo mediante principios y categorías funcionales...
para finalmente trans-formarlo y trans-mutarlo meta-técnicamente (dotándolo de un logos y
una
arché distintos, cfr. “Sabiduría, Conocimiento, Inteligencia”)... concibiendo sus
manifestaciones dentro de parámetros galácticos ajenos a limitaciones antropomórficas,
antropocéntricas y geocéntricas.
Pero entiéndase que ello no conduce necesariamente a un desmesurado gigantismo
del poder... ni menos a una macrocefalia en su posesión y dirección. Por el contrario... entre
mayor amplitud adquieran los nuevos parámetros del poder y su ejercicio... más tenues y
laxos han de ser los vínculos de dominio y obediencia que se ejerzan a través de los
tradicionales instrumentos y mecanismos del mismo... así como mayor también ha de ser la
libre y responsable auto-conducción que las personas tengan de sus propios actos... siempre
que éstos se ajusten a las nuevas normas axiológicas de una ética de índole y dimensión
meta-técnica (cfr. FMT, V, § 26, especialmente No 3).
Por supuesto que todo ello debe parecer sólo una vana fantasmagoría, por no decir
una inalcanzable y vacía utopía, a los espíritus simplistas... aherrojados al carpe diem
intelectual. De allí que no esté de más recordarlo y repetirlo cuando, ayer mismo, nos
referíamos al Estado como instrumento del poder...
Sin embargo –¿es necesario decirlo?– a fin de que lo expresado llegue a ser
plenamente comprendido... falta todavía no sólo superar algunas etapas de la actual
civilización que nos agobia... sino idear concretamente los constructos en los cuales los
esbozados trans-fenómenos y trans-realidades (cruciales para el advenir de los tiempos que
se acercan) puedan cobrar plena vigencia.
(7/8/92 p.m.)
* * *
La transformación meta-técnica del poder y el Estado será dinamizada por el paralelo
cambio que experimentarán los artefactos, instrumentos, aparatos y sistemas técnicos
(especialmente en el campo de las comunicaciones y las armas) provocando radicales
innovaciones en los principios, categorías y conceptos de la ontología y la epistemología... e,
incluso, en la propia conformación y límites de la “naturaleza” humana. Ocurriendo esto –es
fácil predecirlo– las instituciones creadas y diseñadas por el hombre para satisfacer las
necesidades de su ingénita “naturaleza”... deberán adaptarse a las exigencias de esta
innovada supra-naturaleza... de índole y factura meta-técnica.
Esto parecería un sueño fantástico y sobrecogedor... pero es una posibilidad, real y
fáctica, que ya se avizora y deletrea fácilmente en multitud de signos que hoy se pueden
constatar. La meta-técnica es una invención... mas no una quimera ni una ficción. Habrá de
transcurrir un largo tiempo antes de que sus avances y conquistas dominen el repertorio
creencial del hombre... mas su advenimiento histórico –sea dicho sin ningún pathos
profético– se incoa ante nuestros ojos.
(9/8/92 p.m.)
* * *
Deberían las matemáticas revisar sus primeros principios –valga decir, su arché o
fundamento– con la explícita finalidad de esclarecer el origen y la índole de sus
correspondiente logos.
M£qhma, m£qhsij, maq»mata, en griego, están emparentados íntimamente con
manq£noj y el adjetivo verbal maqhtšon (aprender, conocer, percibir, notar, comprender)...
entendidas tales acciones en el sentido de un vis-lumbrar (cfr. Benseler, GriechischeDeutsches Wörterbuch)... lo cual proporciona una vía sumamente sugestiva para intentar la
requerida y urgente operación que señalamos.
Cuando Bertrand Russell, en 1903, publicó sus célebres Principios de la Matemática
(The Principles of Mathematics), incitado por su comprensible deseo de reducir aquella
ciencia a la lógica, colocó al comienzo de su obra una ambiciosa definición que (a su juicio)
encerraba todo cuanto pudiera decirse y expresarse acerca de los Principios: “Matemática
pura –escribió textualmente– es la clase de todas las proposiciones de la forma ‘p implica q’
donde p y q son proposiciones que contienen una o más variables, las mismas en ambas
proposiciones, y ni p ni q contienen constante alguna excepto las constantes lógicas. Y las
constantes lógicas son todas nociones definibles en función de lo siguiente: implicación, la
relación de un término a una clase de la que es miembro, la noción de tal que, la noción de
relación, y otras nociones tales que puedan hallarse involucradas en la noción general de
proposiciones de la forma anterior. Además de ella, la matemática usa una noción que no
forma parte de las proposiciones que considera, la noción de verdad” (op. cit, Cap. I, 1).
¿Más qué índole ontológica y epistemológica tiene lo que Russell denomina “noción”
y/o “nociones”? ¿Qué significado o sentido tiene el término de “implicación” (sea formal o
material)? ¿A qué alude una “relación”... y a qué se refieren sus “campos” y “dominios”?
¿Cuál es la naturaleza de la “verdad” que usa la matemática? ¿Qué son los “números”... y
qué sugiere su “conjunto”, su “orden” o su “serie”?
La tarea de las matemáticas, a pesar del extraordinario desarrollo técnico alcanzado
en nuestro tiempo por esta disciplina, no debería reducirse (en el porvenir) a seguir
avanzando y desarrollándose a partir de principios que se tienen por “evidentes” y
pre-establecidos... sino la de preguntarse, en forma radical, por la índole misma de tales
fundamentos... con la expresa finalidad de in-novarlos, trans-formarlos y/o trans-mutarlos,
en lo relativo a su logos y arché.
(12/8/92)
* * *
La vida nos asalta. Nosotros la interpretamos.
(4/2/93)
* * *
Toda interpretación es, a su vez, un asalto: premeditado y trascendental. De allí su
primordial defecto: los ingredientes de falsificación que introduce en la vida, su penuria, la
subrepticia intencionalidad que puede guiarlo...
¿Cómo recuperar la riqueza y plenitud de la vida... sin filosofar? ¿Acaso la poesía nos
ayuda en ello?
(4/2/93)
* * *
El poeta escucha. ¿Pero qué escucha... y cómo se relaciona con los asaltos de la vida
en semejante función? ¿Basta escuchar, como un ciego, para oír? ¿Escuchan los ofuscados?
¿O no ven ni distinguen aquello que integra (plena, entusiasma, dignifica) la sinfonía de la
vida?
(4/2/93)
* * *
“Sinfonía de la vida”... ¿no es semejante expresión, ya en sí y por sí misma, una
vulgar interpretación? ¿Qué significado tiene en ella la partícula sÚn?
(4/2/93)
* * *
¿Provoca o produce el asalto de la vida un des-orden en nuestra propia vida
(existencia)? ¿A qué alude aquí el des-orden?
¿No es toda genuina creación un auténtico caos? ¿No es un nuevo origen lo que el
caos provoca... al irrumpir en la vida... y transmutarla? ¿No brotan así las verdaderas
potencias genesíacas que abren nuevos caminos y desconocidas vías? ¿Qué es lo ignoto?
(4/2/93)
* * *
Por último: ¿cómo resistir el asalto sin destruirlo ni dejar que nos destruya? ¿Dónde
situar, fijar y limitar el quid y el quale de este agónico enfrentamiento?
(4/2/93)
* * *
Lo que la vida asalta cuando irrumpe en nuestra vida... son las creencias
fundamentales en las que se halla ésta arraigada (debilitándolas, transmutándolas,
destruyéndolas)... despojando eo ipso a nuestro saber (incluso al que de nosotros mismos
tenemos y mediante el cual nos relacionamos con los otros) de sus bases o fundamentos.
Quedamos, entonces, a la intemperie: desnudos y desterrados frente a un mundo sin
códigos ni asideros... radicalmente desorientados y perplejos. ¿Hasta qué grado o nivel se
puede soportar este disolvente acaecer? ¿Existen aquí “grados” y/o “niveles”... o la
catástrofe es, inevitablemente, total... cuando sobreviene?
(5/2/93)
* * *
Una teoría de los cataclismos existenciales... parecería imponerse. Sería algo
parecido a una historiología fenomenológica (¿por qué no decir, sencillamente, “filosofía”?)
de los abismamientos.
(5/2/93)
* * *
¿Hay salida para estas hecatombes? Valga decir: ¿cómo superar la indigencia radical
en que la vida se sume por obra de la vida? Sólo una vía parecería posible: la del actuar...
buscando aquélla. ¿Pero dónde afincar o apoyar semejante acción... para lograr su inicio?
¿O, acaso, no hay salida?
¿Mas... puede la vida permanecer, siquiera un instante, sin hacer nada, impasible,
inactiva, inmóvil, detenida en la absoluta vaciedad de la inacción? ¿O es ella sinónima de un
necesario actuar... incluso en plena y total intemperie y desnudez onto-lógica? ¿No son el
silencio y el callar acciones decisorias y decisivas que impone la perplejidad?
(5/2/93)
* * *
¿Es la duda total y radical... un mal invento de filósofos desesperados? ¿Es el simple
hecho de vivir... sinónimo del poner (fundar, establecer, sentar) existenciario?
Y tal poner... ¿no supone, a su vez, aunque sea un minúsculo y frágil (pero
indisoluble e indestructible) creer? ¿Se puede, acaso, erradicar este creer... del hecho
mismo de vivir? ¿O vivir es creer? ¿Y es tal factum lo que nos permite dudar?
(5/2/93)
* * *
Puedo dudar de Dios... mas ¿puedo dudar que dudo? ¿no requiero estar vivo para
hacerlo? ¿puede asaltar la vida –debilitar, transmutar, destruir– este protofundamento
existenciario? ¿O es ello onto-lógicamente imposible? Vivo... luego creo. Creo... luego actúo.
Volvemos a la teoría de las catástrofes...
(5/2/93)
* * *
Cuando hablamos de creer... semejante término debe mantenerse alejado o separado
del significado (religioso o supersticioso) de la fe (p…stij). Por creer entendemos un poner o
sentar de índole racional (como vgr. se expresa en el afirmar y/o el negar) mediante el cual
la acción se arraiga en algo que la sostiene y le proporciona asiento o fundamento.
Adviértase, sin embargo, que semejante poner (tético y/o posicional) implica eo ipso
un espacio (de modalidad óptico-lumínica)... en cuyo ámbito y límites se arraiga la
correspondiente acción positoria a través de la cual de-posita en la alteridad la certidumbre
racio-creencial.
De allí que en los FMT (§ 8)... hayamos abierto un nuevo y radical horizonte para
esta cuestión... al su-poner (por vía de hipótesis) la posibilidad de que el espaciar de aquel
espacio posicional pueda asumir una modalidad trans-óptica que trascienda las fronteras de
lo meramente óptico-lumínico (op. cit., pág. 45; versión digital, pág. 38).
Todo ello ensancha –aunque, a la vez, complica extraordinariamente– lo que hemos
expresado acerca de las creencias fundamentales y fundamentantes de la vida... que la
misma vida disuelve y transmuta... cuando irrumpe, a través de sus asaltos, en sus propios
subsuelos y fuentes.
¿Acaso la meta-técnica no encarna uno de tales asaltos –radical, enérgico, decisivo–
que co-loca a la reflexión filosófica (así como a la propia ratio instituyente y constructora de
la alteridad) en la vertiente de un verdadero Nuevo Mundo?
Concluyamos así este escarceo... cuyo primer enunciado es el primordial.
(6/2/93)
* * *
Resumen: la acción disipa el dudar y... reconstruye el creer. El creer reconstruye el
vivir y... ¿disipa el dudar? Volvemos, por enésima vez, a la teoría de las catástrofes y sus
niveles.
¿Dudo que vivo? Entonces vivo... No hay pensar –luego... no hay dudar– sin vida.
Dudar que vivo, mientras pienso y dudo, es una construcción ficticia: un absurdo.
No hay actuar sin vida. Ni vida sin acción. Una vida radicalmente in-activa es
impensable... si por acción entendemos la del propio vivir. Vivir, entonces, es el factum
radical. No dudemos de ello... y sanseacabó.
Pero mantengamos en claro que actuar y vivir son acciones positorias (téticas)... y
que todo poner (tético) su-pone un espaciar el espacio. El actuar y el vivir nos abren, de tal
modo, nuevos mundos para el actuar y el vivir. De aquí la meta-técnica.
En ella somos depositarios de una inédita creencia... que no excluye el dudar ni el
seguir viviendo. Estamos en la historia... vamos forjándola y construyéndola cada día. Estas
páginas son un testimonio...
(7/2/93)
* * *
Al contrario de lo que algunos autores contemporáneos sostienen –asimilando el
lenguaje al concepto de mundo y éste al de un sistema absoluto por su omnipotencia–
nosotros pensamos que el pensar, en cuanto tal, puede ser despojado del lenguaje que lo
rodea y mediante el cual se expresa habitualmente... trascendiendo así los límites, sintaxis y
cánones del mismo... al par que trans-formando y trans-mutando su genealogía, sus ejes y
asideros... propiciándose de tal modo una dinámica trans-finita dentro de la cual se reitera,
una y otra vez, este descrito proceso.
Pero cada nuevo lenguaje –en correspondencia con su respectivo pensar– no es
simplemente un meta-lenguaje (en la acepción que a semejante término se le otorga en la
actualidad)... sino un trans-lenguaje... ya que el pensar al cual se refiere y desde el cual se
origina es, por su parte, de distinta genealogía y límites que el trascendido... como sucede,
concretamente, en el caso del pensar y el lenguaje meta-técnicos (cfr. FMT, § 25).
A su vez... todo lo anterior incide sobre la cuestión de la verdad, sus tipos y
posibilidades verigenéticas (si cabe el neologismo)... ya que, modificada radicalmente la
estructura del pensar y del lenguaje... no menos radical es la trans-mutación que deben
experimentar los códigos o criterios de la verdad... en cumplimiento de su función
(¿humana? ¿trans-humana?) primordial.
¿Pues cuál es tal función y a qué finalidad debe asimilarse? ¿Al poder? ¿A qué
poder... al del hombre terrenal... o al de éste inserto en un horizonte transhumano y
galaxial? Es más: ¿no prevalecen, acaso, más allá de todo posible o eventual poder, sean
cuales fueren las finalidades y límites del mismo, otras funciones (aún más importantes) de
la verdad como verdad?
He aquí un camino que seduce hacia el origen...
(12/2/93)
* * *
La cuestión de la verdad nos plantea la aparente indisolubilidad entre el pensar y la
realidad. En efecto, según se dice comúnmente, no hay “verdad” sin pre-suponer semejante
conexión... puesto que, fuera de ella, el pensar parecería ser un pensar “vacío”... sin
posibilidad de que se le apliquen criterios para diferenciar entre lo falso y lo verdadero del
mismo.
Si quiero saber, vgr., si cuando pienso en algo rojo... ese pensar es verdadero...
sencillamente acudo a una mancha de rojo y verifico si mi “representación” está de acuerdo
o en armonía con lo que veo. Si lo está... mi pensar es real y, por añadidura, verdadero. Si
no lo está... es falso e irreal.
Asimismo, cuando quiero explicar a alguien qué denota la palabra “rojo” (incluida en
la proposición “esto es rojo”)... utilizo idéntico procedimiento. La realidad de la mancha roja
muestra lo significado por mi proposición... y su carácter de “verdadera”.
¿Pero no pre-supone todo ello (como un fundamento tácito, infundado e infundable)
que mi pensar es sinónimo de un ver y de todo cuanto es conexo con el mismo? ¿No son la
realidad, la verdad, así como la supuesta conexión y/o adecuación entre ellas y el pensar...
conceptos de índole óptico-lumínica cuyo significado depende de un lenguaje del mismo
estilo y modalidad?
¿Y en qué se transmutarían ellos... si el propio pensar se transmutara... y dejara de
ser sinónimo de un noe‹n o de un „de‹n? He aquí nuestra tesis y nuestra diferencia radical con
todos aquellos ingenuos o primitivos planteamientos.
(12/2/93)
* * *
Mas, para enfrentar la señalada posibilidad, vuelve a esgrimirse la inseparabilidad del
lenguaje y el pensar... sin reparar, por supuesto, en la factibilidad de construir un pensar
meta-técnico y un lenguaje trans-óptico, ajeno a los códigos, cánones y sintaxis enraizados
en lo óptico-lumínico.
“El pensar –se dice– no puede darse separado de la expresión de los pensamientos,
no es un proceso esencialmente distinto”. El pensar queda indiscerniblemente conexo (y, por
así decirlo, ad-herido) al hablar: al lenguaje. El sistema lingüístico apresa y determina el
pensar. La expresión del pensar es esencial al mismo.
Mas nosotros preguntamos: ¿qué es el “expresar” el pensar? ¿qué implica y significa
semejante “operación”? ¿qué se pretende decir y/o describir con ella?
1o) El término “ex-presar” proviene del latín exprimere... éste, a su vez, de
premere... que significa apretar, exprimir, hacer salir algo (hacia fuera, al exterior)... lo cual
se halla indicado taxativamente por la preposición “ex”.
Para que el pensar se pueda “ex-presar”... es necesario, ante todo, suponer que el
mismo yace o se encuentra en el “interior” de un receptáculo (la conciencia, la mente,
etc.)... la cual, a su vez, para ser “apretada” debe tener una cierta consistencia asible... que
permita “ex-primirla”... a fin de que así salga hacia fuera (se “ex-traiga”) el pensar
contenido en ella... y se vierta en las palabras.
2o) ¿Pero qué significa semejante “ex-tracción” y vertimiento del pensar en las
palabras? Las palabras, al ex-presar el pensar, lo enuncian o anuncian... pronunciándolo.
¿Pero de dónde provienen y qué sentido tienen los términos aludidos: enunciar,
anunciar, pronunciar? Los tres poseen, etimológicamente, un común denominador: el verbo
latino nuntio (que significaba anunciar, dar a conocer, etc.)... de donde se derivan los
sustantivos nuntius-a-um (anunciador, mensajero) y nuntium-ii (mensaje, noticia).
2o-a) Pero el verbo latino nuntio... vierte y traduce, a su vez, el significado del griego
¢pofa…nw (revelar, descubrir algo... sacándolo a la luz)... en lo cual, además del estricto
sentido espacial que poseía la partícula ¢po, jugaba un decisivo papel el verbo fa…nw (dar
luz, alumbrar, hacer brillar, permitir ver, etc.)... por cuya razón el término latino
enuntiatiuus era sinónimo del griego ¡pofantikÒj (cfr. Ernout et Meillet, Dictionnaire
Etymologique de la Langue Latine, pág. 452).
2o-b) Todo ello nos conduce a la conclusión –divisada ahora claramente– de que la
función del enunciar y el anunciar (cumplida por la palabra según la sostenida explicación) al
ex-presar el pensar... lo que hace es traerlo o extraerlo hasta la luz... mediante una
operación de innegable significado espacialoide y de raigambre óptico-lumínica... en
múltiples sentidos.
2o-c) ¿Mas qué sucedería –preguntamos– si todos los supuestos de esta operación
óptico-espacial se cuestionaran... y, ante todo, pudieran ser trans-mutados, ampliados y
enriquecidos con la hipótesis de un pensar carente de ideas y palabras... tal como la que se
propone (en el § 18 de los FMT) cual primera modalidad de un pensar meta-técnico?
Efectivamente: ¿cómo llevar (ex-traer) semejante pensar hasta la luz... si el mismo
es trans-lumínico? ¿cómo verterlo en un estuche óptico (palabra) si es trans-óptico?
¿Quiere decir esto que aquel pensar es inefable? No nos asusta semejante término...
pues en nuestro caso no es utilizado en un sentido místico, mántico o religioso. Si el silencio,
como tal, es inefable... ello quiere decir, sencillamente, que lo pensado en el mismo se
rehusa a ser enunciado o expresado... por su índole y consistencia de constructo metatécnico.
No debe olvidarse, sin embargo, la función homo-logadora y/o tra-ductora de la
nootecnia... no sólo en relación al significado... sino a la sintaxis de lo tra-ducido.
(12/2/93)
* * *
Es miopía centrar el poder en el hombre. El poder humano es sólo una manifestación,
sectorial y reducida, del poder en cuanto tal.
Mas el poder no es una entidad metafísica –homónima y/o sinónima del Ser– tal
como lo pensaba Nietzsche. El poder es una energía trans-sustanciable y trans-mutable:
posibilidad pura... configurable en múltiples y antagónicas sintaxis. Una de tales sintaxis es
la humana... cuya epifanía se encarna en el binomio dominio-obediencia: cifra de su abismo.
(30/3/93)
* * *
El poder es abismático... valga decir: in-fundable. Su arrogación y/o usurpación –por
parte de cualquier agente que lo encarne y se invista de sus lenguajes– no puede ocultar ni
desvirtuar aquella condición. En efecto: semejante agente, encarnadura del poder, es sólo
su contingente signo: tácita ex-presión reveladora de su radical in-fundabilidad.
(30/3/93)
* * *
El poder es ausencia de dia-fanidad: an-arquismo ontológico: presencia de la Nada
originaria en su positiva negatividad.
¿Se comprenderá –algún día, tal vez alguna transparente noche– este aparente
galimatías... en su total trans-fundamentación?
Ya veremos... dijo un ciego.
(30/3/93)
* * *
Poder y Meta-técnica: ¿hay, acaso, un itinerario más claro y preciso que el
delineado... y archisabido?
1o) Despojamiento de todo antropocentrismo y antropomorfismo... en referencia al
poder en cuanto tal;
2o) Despojamiento de todo geocentrismo en relación a sus problemáticos e
indefinibles límites; y
3o) Despojamiento de toda aproximación e interpretación óptico-lúminica frente a sus
eventuales ex-presiones.
(30/3/93)
* * *
Repárese en que utilizamos el término ex-presión... que no manifestación. ¿Qué
indica esto? Sencillamente que nos separamos de los meros confines fenoménicos (ópticolumínicos) de las sintaxis del poder... puesto que sus lenguajes no quedan reducidos a los
cotos superados por la meta-técnica.
(30/3/93)
* * *
Escuchar el cosmos... es adivinar su poderoso silencio...
(30/3/93)
* * *
¿Se puede inventar y construir el poder? Tal es una de nuestras más íntimas
convicciones. Pero nótese que, con lúcida y serena conciencia, navegamos entre fluctuantes
océanos. Tal riesgo debemos asumirlo...
(30/3/93)
* * *
¿Y qué decir del eros? ¿Acaso lo mismo? Dejémoslo en suspenso...
(30/3/93)
* * *
Aquello que los “filósofos de la mente” –tan populares hoy sobre todo en el ámbito
anglosajón– califican de fenómenos mentales... pudieran equipararse a los que en los FMT
(§ 9) hemos denominado trans-fenómenos y/o trans-realidades. Efectivamente: ellos no se
pueden “captar” ni “aprehender” (en el sentido de los fenómenos de la materia) porque su
índole no es óptico-lumínica... ni los instrumentos técnicos que se utilizan para esto son
capaces de detectarlos en su efectividad. ¿Cómo medir o cuantificar la tristeza u objetivar el
deleite estético que proporciona una Sinfonía de Mozart?
¿Mas no tienen ellos una trans-realidad, innegable y actuante, como ingredientes y
expresión de la energía mental? ¿Acaso no los captan y aprehenden otras mentes en el
diálogo interpersonal? ¿Cómo ocurre entonces semejante captación... y qué índole deben
tener ellos para ser efectivos y actuantes sin ser visuales ni aprehensibles ópticamente?
Los trans-fenómenos, sin embargo, no son simples epifenómenos. Estos últimos, tal
como se los interpreta en la así llamada “filosofía de la mente”, son derivados de
fenómenos... y conservan la índole y/o estructura de ellos. De allí que (extremando las
falacias de las llamadas “posiciones materialistas”)... se llegue a decir que tales
epifenómenos pueden ser captados a través de los mismos medios y con idéntico
instrumental utilizados para objetivar y cuantificar a los fenómenos... con tal de que tales
instrumentos sean lo suficientemente refinados y precisos.
Mas con los estrictos trans-fenómenos esto no llegaría a suceder... pues los mismos
no se inscriben en un marco de referencia espacio-temporal de índole óptico-lumínica... sino
que, sin ser equiparables a los nóumenos, son trans-ópticos y trans-lumínicos... aunque
perfectamente constatables meta-técnicamente mediante una tra-ducción nootécnica.
La así llamada “filosofía de la mente” avanzaría notablemente si lograra entender
estas “sutilezas”... superando, de paso, el radical e infructuoso problema del dualismo
planteado desde los tiempos de Descartes. Pues entre los fenómenos y los trans-fenómenos,
así como entre las realidades y las trans-realidades, no existen hiatos o abismos
ontológicos... sino modalidades y niveles diversos de conocimiento y racionalidad...
perfectamente coordinables y superables por la propia ratio technica del demiurgo humano.
(8/4/93 p.m.)
* * *
¿Es todo saber producto y expresión de un afán de poder? ¿O puede haber un saber
desinteresado, incluso impotente, que sea buscado y apetecido precisamente por ello? ¿Es
inútil y despreciable tal saber... o en su esencia reside la más alta y distintiva característica
que transforma al hombre en arquitecto de sí mismo?
¿Es, acaso, el saber del no saber, en tanto epítome de la auténtica sabiduría,
sinónimo de ese saber que trasciende al poder? ¿Dónde se enraíza y qué desvela su
posesión? ¿Por qué su conciencia acompaña al hombre... y sólo al hombre... entre todos los
seres de la tierra? ¿Qué preguntan estas preguntas? ¿Sólo, acaso, vacíos ritornellos?
(23/5/93)
* * *
¿Qué nos conduce a saber de la muerte y a indagar su misterio? ¿Para qué nos puede
servir ello? ¿Resulta vana empresa siquiera intentarlo... a través del preguntar?
¿Pero es sólo en el preguntar por la muerte... que se revela y patentiza el saber del
no saber? ¿O hay otros enigmas que provocan los mismos conatos en el alma? ¿No es la
Otredad del otro... una de esas fronteras? ¿Y no es el amor, como energía propiciadora de la
trascendencia y encuentro con esa Otredad, uno de tales abismos?
(23/5/93)
* * *
Trascender es un misterio. ¿Qué poder nos concede preguntarnos por ello? Tal vez
ninguno... pero, en tanto que seámos conscientes de nuestra impotencia para descifrar tal
enigma, nos hallaremos más cerca de ser hombres... y no creernos falsamente dioses. Sólo
ello acrecentará nuestro poder de preguntar... ¿hay, acaso, un poder más alto y más digno
que éste?
(23/5/93)
* * *
En el preguntar reside la esencia del hombre. Tal esencia se revela sólo a través del
preguntar. Saber es poder preguntar. Poder es saber preguntar. Preguntar es poder saber...
y escuchar lo que el abismo silencia.
(24/5/93)
* * *
¿Cuántas veces he dicho, a lo largo de estas mismas páginas, que el hombre no tiene
“esencia”? ¿Y qué afirmo en las anteriores líneas?
Pero entiéndase que utilizo el término “esencia” no en su sentido tradicional o
clásico... sino como simple característica distintiva del hombre en cuanto tal. Por lo demás...
¿qué de sustancial, invariable o inmodificable, puede tener una “esencia” si ella misma se
revela a través del preguntar... y éste, como de suyo es evidente, evoluciona y se
transforma no sólo mediante el devenir histórico... sino en cada hombre por obra de su libre
e incesante auto-hacerse?
(24/5/93)
* * *
Si no existiese... se debería inventar la verdad... pues sin ella carece de sentido la
existencia humana.
(3/9/93 a.m.)
* * *
Buscar la verdad... no es poseerla... sino experimentar su necesidad y la irresistible
atracción que ejerce sobre nuestro más íntimo ser.
(3/9/93 a.m.)
* * *
El ser amante de la verdad –el ser veraz– es requisito indispensable para que el
hombre se respete a sí mismo.
(3/9/93 a.m.)
* * *
No hay verdadero pensar... sin buscar verdaderamente la verdad. El verdadero
buscar la verdad... es la tarea más difícil de todas cuantas pueda emprender el hombre: ella
es el verdadero pensar.
(3/9/93 a.m.)
* * *
Se debe despojar la verdad de todo contenido dogmático... transformando su
búsqueda en una verdadera religión.
(3/9/93 a.m.)
* * *
¿Dios o Verdad? ¿Hay razón para sostener su dicotomía? Depende –respondería el
ateo– de lo que se piense como verdadero Dios...
(3/9/93 a.m.)
* * *
Así como el hombre puede y debe construir la verdad (transfinitando los límites y
sintaxis de su ingénita racionalidad)... lo mismo debería intentar, con serena intrepidez, si
quiere buscar verdaderamente a Dios... transitando los múltiples caminos que sus
fundamentales energías propician.
(3/9/93 a.m.)
* * *
Si no hallas la verdad... prosigue incansablemente su búsqueda... sin flaquear ni
arrepentirte. Eso mismo te revelará que, al menos, su ausencia te acompaña...
(3/9/93 a.m.)
* * *
Inventar la verdad... es construirla. De allí que sus eventuales moradas, texturas y
sintaxis, deben ser expresión de una trans-formación y/o trans-mutación de los parámetros
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos que determinan el significado y los límites
de sus clásicas nociones.
(3/9/93 a.m.)
* * *
¿Qué es, verdaderamente, lo que atrae al hombre... y sostiene su existencia? ¿La
verdad o su búsqueda? ¿Son, acaso, lo mismo? ¿O hay entre ellas una abismática
diferencia... de la cual brota y se alimenta el genuino ímpetu que le confiere su posibilidad al
filosofar verdadero?
(3/9/93 a.m.)
* * *
Quede todo en melodía preguntante... hoy...
(3/9/93 a.m.)
* * *
El más grosero de los antropomorfismos es el que le otorga a Dios la cualidad de ser
“poderoso”... pues sólo un ser menesteroso (como el hombre) puede hacer del poder una
virtud... y, aún mas, un ideal.
Todas estas representaciones –o incluso aquéllas que le asignan contrarias virtudes y
fines– deben ser desechadas en relación con el problema de Dios... convirtiendo a este
último en sólo un nombre inane... ya que únicamente partiendo de semejante inanidad cabe
aproximarse a un logos que des-cifre su abseidad.
(8/9/93)
* * *
En relación al término abseidad –y a su diferencia con el de aseidad– cfr. mi libro El
problema de la Nada en Kant, Cap. II, § 8 y § 9.
(8/9/93)
* * *
Dios ha sido, hasta ahora, la máxima expresión de la indigencia humana... ¿por qué,
pues, no trans-mutar semejante indigencia en afán de saber... y hacer de su búsqueda la
abscóndita cifra de una anónima divinidad trans-humana?
(8/9/93)
* * *
Sólo despojando a Dios de poder... puede pensarse, en rigor, la libertad. Y sólo
despojando a ésta de todo rasgo o atisbo antropocéntrico... la metaxis del abismo como
tal... valga decir: el caos trans-óptico.
(8/9/93)
* * *
¿Es posible separar el afán de saber del afán de poder? ¿O siempre y necesariamente
aquél es un encubierto rostro de este último?
¿Qué restaría, en efecto, si se intentara despojar al afán de saber de su inherente y
dinamizadora vertiente de poder? ¿No conduciría ello a homologar su sentido con la
búsqueda de un saber im-potente, ex-ánime, in-eficaz... y, en el fondo, inútil?
Mas frente a esto cabe preguntar: ¿qué se busca o puede buscar mediante el genuino
saber? ¿Acaso sólo y exclusivamente el dominio? ¿Pero qué es el dominio... y qué significa
su acción como tal?
Dominus-i designaba, en latín, al dueño o señor, poseedor o propietario, soberano,
árbitro o tirano (valga decir, a quien se debía obediencia por tener y/o ejercer el poder)...
proviniendo aquel término de domus-i (que significaba casa, patria, región o país)... esto es:
el ámbito o dominio óptico-espacial poseído... y dentro de cuyos límites o fronteras ejercía
su dominación (dominatio-onis) quien fuese (como hemos dicho) el dueño, señor,
propietario, etc. Tal dominación o dominio era, por lo demás, estricta expresión de la
potestad (potestas-atis) que le confería el poder para imponer sus mandatos sobre quienes
gobernaba en los territorios (dominios) que poseía.
El dominio, en tal sentido, además de expresar la tención y/o posesión de un ámbito
territorial óptico-espacial... significaba, asimismo, una acción de similar índole y sentido...
operada dentro de los límites de aquel contorno.
¿Pero es el auténtico afán de saber reducible o idéntico, en su acción y sentido, al de
un afán de poder o dominio que se intente ejercer, por vía posesoria, sobre un ámbito
óptico-espacial limitado u ocluso... y cuyo significado venga dado por la potestad que
presuntamente se tenga y ejerza por ser dueño, señor, tirano o propietario del mismo?
¿Tiene “dueño” el saber, cabe acaso pregonar y demostrar su “dominio”, es su índole
territorial y posee fronteras? ¿O... más allá de cualquier significado, proveniencia y
enraizamiento óptico-espacial... ni siquiera la tierra entera, como planeta, puede encerrar,
limitar y decretar los confines de la incesante búsqueda que anima y dinamiza al genuino
afán de saber?
Pero además: ¿es, acaso, el hombre el único posible dueño, señor, poseedor y tirano
del saber como tal? ¿y son sus facultades o potencias igualmente las únicas capaces de
tener y ejercer posesión de la alteridad?
¿O nos hallamos en nuestros días –tal como lo hemos explicado largamente en los
FMT– ante un afán de saber que, en lugar de ser exclusiva y limitadamente dependiente de
los sensorios y sintaxis del hombre (y, por eso mismo, de índole antropomórfica y
antropocéntrica)... pretende paralelamente transformar y superar aquéllos... a fin de lograr
su eventual expansión a dimensiones galaxiales... no sujetas a las restricciones del
geocentrismo?
¿Pero en qué se convierte entonces el afán de saber? ¿Significa el trascender y
rebasar los límites óptico-espaciales que lo equiparan al afán de poder... una presunta inutilidad, in-eficacia o im-potencia del saber como tal... así como de la búsqueda mediante la
cual aquel afán se plasma y realiza?
¿O más bien la auténtica y más honda potencia del afán de saber radica
precisamente en la posibilidad de trans-formar y trans-mutar el logos que inerva al dominio
y/o poder del saber tradicional (antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico) en otro logos
de índole y dimensión trans-óptica, trans-espacial, trans-humana... trans-finita y galaxial?
¿No expresa ello –además de una radical e indeleble diferencia entre este nuevo afán
de saber y el afán de poder tradicionalmente entendido– una auténtica búsqueda de la
verdad... más potente y soberana que todas las hasta ahora posibles para el hombre y su
racionalidad? ¿No es semejante extinción del poder... preludio necesario para disolver la
omnipotencia divina? ¿Y no radica en ello... la fuente o manantial de la genuina libertad
humana?
¿Que tiene esto que ver con la an-arquía ontológica... bien entendida en su estricto
significado? ¿Á-cratas somos?
Ya veremos... dijo un ciego... en pleno mediodía.
(8/9/93)
* * *
Si se extirpa el poder de la divinidad... mucho cuidado debe tenerse a fin de no
atribuirle a ésta, por vía de oposición, su contraria energía: el amor.
Y si así procede (evitando, de tal manera, la antropomorfización de la idea de Dios)...
de igual manera deben tomarse todas la precauciones para no deificar el amor humano...
por vía de analogía y/o derivación teocéntrica y teomórfica.
(10/9/93 a.m.)
* * *
¿Qué hacer, pues, con el amor? ¿Es, acaso, el afán de saber, energizado por aquél,
expresión de sus cualidades o modo de ser?
Nadie puede dudar que, tanto el dejar como el ayudar a ser la alteridad, constituyen
una de las más elevadas y significativas manifestaciones de la sabiduría... aunque tampoco
puede reducirse toda sabiduría, en tanto expresión del afán de saber, sólo a ellas.
(10/9/93 a.m.)
* * *
El dejar y ayudar a ser la alteridad... pueden realizarse a través de un construir... y
ser éste una genuina manifestación del amor... siempre que la construcción resultante no se
proponga dominar sino propiciar, multiplicar e incluso “potenciar” el surgimiento de nuevas,
trans-humanas y trans-finitas posibilidades sintácticas en la indominable alteridad...
enriqueciendo y ampliando mediante esto la propia racionalidad humana gracias a los
ignotos y abismáticos saberes que aquellas posibles sintaxis ofrecen.
(10/9/93 a.m.)
* * *
Lo que en los FMT denominamos nootecnia es, en el fondo, un auténtico instrumento
del amor o eros así entendido... en tanto semejante disciplina brinda la posibilidad de tra-ducir
a los códigos racionales del hombre aquellas trans-racionales sintaxis de la alteridad.
Mas, al lado de semejante eros tra-ductor... cabe destacar la posibilidad de otro,
genuina y originariamente constructor y genesíaco, puesto que a través del afán de saber
–en tanto que expresión suya– se crean, instauran o instituyen nuevas y artificiales sintaxis
(trans-ópticas, trans-finitas, trans-humanas) en la alteridad.
Semejantes sintaxis, por eso mismo, no pre-existen... ni su homo-logación
simplemente las capta, descifra y recrea contemplativamente... sino que, por el contrario,
las construye demiúrgicamente... dotándolas de nuevos logos y cánones supra-naturales.
(10/9/93 a.m.)
* * *
El amor o eros, entendido en tal forma, es la vis o energía que dinamiza el afán de
saber... en su búsqueda de una trans-finita y trans-humana verdad galaxial.
(10/9/93 a.m.)
* * *
Frente al poder –todas cuyas sintaxis tienen como centro o meta el dominio y son por
eso unidireccionales– el amor o eros, dirigido por y hacia el dejar y ayudar a ser la alteridad,
resulta ex-céntrico y multidireccional... a la manera de una totalidad dinámica en la cual
cada uno de sus agentes es y resulta, a la vez, principio y fin del común y recíproco proceso
tra-ductivo en que participan activa y funcionalmente.
La búsqueda de la verdad –en cuanto expresión de un afán de saber guiado y
energizado por el eros– carece, en tal sentido, de un auténtico eje y/o centro... pues su
abismático terminus ad quem es la ignota alteridad trans-racional y trans-finita que
dinamiza su ímpetu epistemático.
(10/9/93 a.m.)
* * *
La alteridad “es” acontecer... si por tal se entiende lo que acaece o sucede en ella
debido a su estructura material y/o energética.
La imposición y lectura de los cánones (sintaxis) temporales mediante los cuales se
ordena y domina la alteridad puede ser múltiple y diversa... dependiendo del actor o agente
que, en cada caso, realice semejante operación.
De allí que exista la posibilidad de que haya diferentes “tiempos” –o, por mejor decir,
distintas modalidades y sintaxis temporales– según sea el agente que imponga su peculiar
ordenamiento sobre aquella alteridad.
(20/11/93 p.m.)
* * *
La modalidad poiética de la meta-técnica contempla la posibilidad (nada utópica) de
que el agente impositor del ordenamiento temporal sea un instrumento dotado de sensorios
absolutamente artificiales... y distintos, en su constitución, funcionamiento y límites, a los
de cualquier ser viviente estrictamente terráqueo y natural.
(20/11/93 p.m.)
* * *
A lo anterior debe añadirse que el tiempo se lee... mediante el abecedario del
espacio. ¿No significa ello que la originaria trans-mutación del logos meta-técnico debe
recaer, primaria o primordialmente, sobre éste?
Recuérdese, en todo caso, que el ingénito logos es óptico-lumínico... y que semejante
condición lo aproxima eminentemente a los parámetros espacialiformes de la alteridad.
(20/11/93 p.m.)
* * *
Las fuerzas, estímulos y relaciones que integran y movilizan el afán de poder, en sus
múltiples y abigarradas manifestaciones, suponen un orden causal (dinámico y, a la par,
teleológico) que es utilizado por aquél como una base o fundamento en su despliegue para
alcanzar sus metas o finalidades.
Ahora bien: ¿puede el afán de poder alterar, romper o aniquilar ese orden causal?
¿cómo lograrlo? ¿apoyándose, acaso, en el mismo... para intentar subvertirlo? Por otra
parte: ¿qué significa, epistemológica y ontológicamente, semejante subversión?
Sin duda que, desde una perspectiva lógica, sería imposible pensar que el poder
pudiera modificar el orden causal que lo sustenta... sin apoyarse en el mismo. Por lo que se
refiere al resultado o producto de ello... la subversión de tal orden parece desembocar en
una alteración o ruptura del mismo... mas no en su absoluta y total aniquilación. ¿Mas qué
significa esto?
¿La alteración o ruptura del orden causal... conduce al des-orden? Semejante desorden, como fácilmente se colige, es un término privativo... o, cuando más, negativo. ¿Qué
significa, en tal sentido, el des-orden del poder? Significa, simplemente, la ruptura de los
vínculos de dominio-obediencia establecidos dentro de un determinado sistema o contexto
(cfr. nuestro libro El dominio del poder, § 11). Esa ruptura puede tener como resultado la
simple modificación de aquellos vínculos dentro del mismo sistema... o la suplantación de
aquel sistema o contexto por otro (con la consiguiente variación y/o modificación de los
correspondientes vínculos).
Mas, aparte de la alteración y ruptura del orden causal, cabe imaginar un nivel más
profundo... como sería el de la aniquilación del mismo... operado por la potestad del poder.
¿Qué significaría semejante aniquilación del orden causal? ¿An-arquía y/o Im-potencia?
La an-arquía en el orden causal del poder implicaría que no existiese una jerarquía...
ni, por tanto, un principio ordenador del poder como tal. Que el mismo, por tanto, fuese un
simple factum brutum... im-previsible, in-ordenable e in-gobernable... semejante a un caos
o magma azariento... sin dirección ni metas... carente radicalmente de sintaxis racionales
que fueran capaces de inteligibilizar sus procesos y fenómenos.
Tal an-arquía, devoradora incluso de toda eficiencia y eficacia en el poder y, por
tanto, aniquiladora de este mismo, se transformaría eo ipso en im-potencia... puesto que en
ella desaparecería o quedaría anulado el propio principio energizador del poder... y su
eventual acción, curso y dirección.
Mas an-arquía e im-potencia son términos y fenómenos privativos o negativos. ¿No
habrá, acaso, un anti-poder (ni negativo ni privativo... sino positivo gracias a su genealogía
me-ontológica) que, emergiendo trans-mutadamente de una
originaria potestas de
semejante estilo, configure mediante homólogas sintaxis las energías de aquel anti-poder?
¿Qué abismo se abre con ello? ¿Tiene, acaso, nombre?
(21/3/95 a.m.)
* * *
¿Qué ingredientes y energías dinamizarían a un anti-poder semejante al insinuado?
La respuesta es obvia: frente al dominio... autonomía; frente a la obediencia... libertad. No
como simples productos de una negación o privación de los primeros... sino acentuando la
originaria positividad de los segundos en su propia consistencia energética.
La prosapia de tales pensamientos se puede hallar en El problema de la Nada en
Kant, en la Ratio Technica... e, incluso, en FMT.
(21/3/95 a.m.)
* * *
El hombre es –con todos los riesgos que esto pueda acarrear para sí– el gran
demiurgo del mundo y de la vida: proyectista y constructor de sus medios y sus fines...
incluyendo los de su existencia y su razón. Ello es postulado fundamental de la metatécnica.
(22/9/95 p.m.)
* * *
¿No deberían ser trans-mutados metatécnicamente los conceptos o nociones de
medios y fines... despojándolos de sus tácitos nexos de recíproca causalidad? ¿No es la
tradicional noción de causa, como tal, la que vicia y oscurece todo esto? ¿No puede
prescindir de ella el hombre... o sustituirla, metáxicamente, por su heteróloga?
¡Atrevida, inédita, apasionante contienda!
(22/9/95 p.m.)
* * *
No se trata ¡atención! de eliminar como tal la noción o concepto de causa en todas
sus
modalidades,
aplicaciones
y
nexos...
sino
de
trans-formar
radicalmente
sus
ordenamientos (sintaxis) despojándolos de todo reato de sustancialismo... y, por ende, de
una coercitividad finalística... tal como la que prevalece en la concepción óptico-lumínica de
ella (desde Aristóteles hasta Hume... a pesar de todas sus diferencias)... conectándola así
con la metaxis del abismático caos (aunque no con la versión de éste utilizada por el
“determinismo”).
(22/9/95 p.m.)
* * *
¿Hay medios y fines en el caos? ¿O se rehúsa semejante constructo, entendido
metáxica y trans-ópticamente, a un “orden” de tal tipo? La respuesta se impone por sí
sola...
(22/9/95 p.m.)
* * *
Debajo de la causalidad, tácita y subrepticiamente, subyace un orden. Tal orden es
de estirpe óptico-lumínica... y se halla inficionado de ingredientes antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos.
Cuestionar la causalidad significa, por esto, cuestionar críticamente el orden que la
sostiene como base o fundamento... despojando a tal orden de todos los ingredientes que, a
su vez, se proyectan sobre la textura significativa de la causalidad.
Todo orden, como tal, se estructura en base de una determinada concepción del
devenir (sucesión) temporal. De allí que, si se despoja al tiempo de sus ingredientes ópticolumínicos...
y,
por
ende,
de
toda
subyacencia
antropomórfica,
antropocéntrica
y
geocéntrica... la consecuencia es que la causalidad queda también exenta del nexo de
sucesividad que entrelaza la presunta causa con el efecto: el medio con el fin.
(23/9/95 p.m.)
* * *
Kant supeditaba el orden del tiempo al orden causal: la relación temporal era, en el
fondo, una relación causal (cfr. K.d.r.V., B233, Analítica de los Principios, Segunda Analogía
de la Experiencia.
Invertir aquella supeditación... e interpretar la relación causa-efecto como un orden
temporal es nuestro designio. Despojar ese orden temporal de sus ingredientes ópticolumínicos (antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos) constituye nuestro primordial
propósito.
(23/9/95 p.m.)
* * *
¿Confundimos, acaso, un orden serial (sucesividad = causalidad) con un orden de
fines (teleología = medios ® fines)? ¡En absoluto! La confusión existiría si ignorásemos que,
incluso todo orden espacial –donde a veces se inscribe la relación teleológica– requiere de
un orden temporal para lograr su constitución (simultánea, co-existente, etc.).
Por lo demás... sea cual fuere la modalidad del orden... nuestro primordial propósito
consiste en intentar una trans-mutación metatécnica, trans-óptica y trans-humana, de sus
eventuales ingredientes espacio-temporales. Ello es lo decisivo (cfr. FMT, § 10 y § 16).
(23/9/95 p.m.)
* * *
Excluyendo metódicamente la consideración de toda la complicada y discutible
urdimbre de los mecanismos epistémicos que Kant utiliza para explicar la necesaria conexión
de la sucesión temporal de los fenómenos (percepciones unidas o reunidas, no por los meros
sentidos ni la intuición, sino por la imaginación determinada a su vez por un concepto o
categoría del entendimiento, etc., etc.)... puede afirmarse que el título mismo de la Segunda
Analogía de la Experiencia (K.d.r.V., B232 y sgs.) expresa, sin lugar a dudas, el subrepticio
fundamento o tácito substrato de su pensamiento, a saber: la asimilación y/o sujeción de
aquella sucesión temporal a la ley de la sucesión causal.
Ello queda ilustrado expresamente en el propio texto de la Segunda Analogía de la
Experiencia, que reza así: “Zweite Analogie: Grundsatz der Zeitfolge nach dem Gesetze der
Kausalität”. Enunciado al cual se subordina el siguiente: “Alle Veränderung geschehen nach
dem Gesetze der Verknüpfung der Ursache und Wirkung”.
En la primera edición, en lugar del primer enunciado, Kant había escrito lo siguiente:
“Grundsatz der Erzeugung”... y debajo del mismo añadía: “Alles was geschiet (anhebt zu
sein) setzt etwas voraus, worauf es nach einer Regel folgt”... que, en el fondo, más tosca
pero claramente, expresa lo mismo que el anteriormente citado.
Lo que nos importa destacar –sin entrar a discutir, repetimos, la sustentabilidad ni
vigencia de los mecanismos gnoseológicos kantianos– es que, mediante la asimilación del
flujo de la sucesión temporal (que en sí misma es o debe ser neutra) a los moldes o reglas
de la ley de la causalidad... Kant transforma aquella sucesión en una sucesión causalizada...
convirtiendo a la neutra serie de los ahoras en un orden causal... en el cual tales ahoras se
identifican con el rubro connotativo de lo anterior y lo posterior, del antecedente y el
consecuente, etc., etc., tal como si la serie de la sucesión temporal fuese el de una
generación o producción donde privase el nexo u orden de la causa
® efecto... otorgándole
al flujo o transcurrir del tiempo una suerte de dirección... impuesta por la misma necesaria y
ordenada secuencia de su tácito fundamento.
Nuestra tesis consiste no sólo en invertir semejante supeditación... sino en columbrar
la posibilidad de que la temporalidad y el temporaciarse del tiempo puedan asumir múltiples
modalidades y sintaxis (entre ellas, innegablemente, la causal)... gracias a lo cual, además
de ésta, su flujo pueda ostentar una multiplicidad de órdenes, cánones y sistemas posibles...
los cuales, aplicados al mecánico y fijo nexo de la causa
® efecto... logren alterarlo o
modificarlo... trans-formando y/o trans-mutando el orden causal que informa la sucesión
temporal de los fenómenos... así como a la propia sucesividad del tiempo... si es que tal
sucesividad existe y es sustentable, ontológica y epistemológicamente, desde un punto de
vista filosófico y científico... al variar o ampliarse su organizante subjetividad humana.
De todo ello se derivan consecuencias y proyecciones de extraordinaria importancia
tanto para la comprensión e interpretación del propio tiempo, en sí y por sí mismo, en todo
lo relativo a su temporalidad y a su temporaciarse, como también para la comprensión del
universo... su origen y presunta finalidad.
Con respecto al tiempo, en sí y por sí, cabe en primer término desterrar de su
concepción toda raigambre supeditada al antropomorfismo y al antropocentrismo... de fácil
detección y crítica en la propia noción de la causa en cuanto tal... y, por supuesto, del
derivado nexo de la causa ® efecto.
A su vez... la anterior operación inaugura la posibilidad de despojar al tiempo, como
tal, de su estricto y limitante origen e interpretación óptico-lumínicos... extendiendo las
posibilidades de su organización y configuración a la de otros seres vivientes dotados de
órganos y sensorios donde no priven, como ejes primordiales de su organización y
configuración, los meros agentes y estímulos óptico-lumínicos.
Pero, aún más allá de semejante posibilidad, restringida a la Naturaleza ingénita...
cabe asimismo avizorar la factible organización y configuración del “orden” temporal de una
Supra-Naturaleza...
donde
la
eventual
temporalidad
y
el
temporaciarse
de
su
correspondiente tiempo se realizaría con la ayuda de instrumentos estrictamente metatécnicos... capaces de generar sintaxis y cánones de la misma índole y estilo... en los cuales,
incluso, pudiese quedar abolido y/o superado todo nexo u orden de causalidad ópticolumínica.
¿Se trata de una simple fantasía o utopía? El advenir de los tiempos tiene la palabra.
Y el advenir, por esencia, es libre... o, en todo caso, construible por la demiúrgica
racionalidad meta-técnica del hombre.
(9/10/95 6 y 10 p.m.)
* * *
Lo que llamamos tiempo es una invención y construcción del hombre... mediante la
cual intenta inteligibilizar y ordenar –para enfrentar, comprender, conjurar y dominar– lo
que ante sí acaece.
Acaecer es acontecer y suceder... pero también caer. Lo temporal es aquello que
acontece o sucede, cae y decae... porque es caduco e, inevitablemente, declina y se
deshace... pierde vigor, fuerza, presencia y consistencia... hasta extinguirse.
El tiempo es un nombre –o, tal vez, más originariamente, un verbo– mediante el cual
designamos lo que vemos acontecer, suceder y caer... conjurando, mediante el artificio
nominal o verbal, su epifanía. Tal epifanía de la caducidad nos revela la inexorable y radical
finitud (el “acabóse”) de la alteridad.
El tiempo es el constructo inteligibilizador de la terrible y sobrecogedora caducidad y
finitud que la alteridad en sí, por sí y desde sí, enuncia y atestigua... mostrando su
imborrable contigencia y transitoriedad. ¿Logra cumplir el conjuro verbal del hombre su
expiatoria función? ¿Alcanza el tiempo, como invención y construcción, a cumplir su
designio? Que los verdaderos poetas lo digan...
(21/11/96 11 a.m.)
LA RESPONSABILIDAD DEL FILÓSOFO
EN LOS TIEMPOS DE CRISIS
I
Hasta hace algunos años... hablar de crisis o de tiempos de crisis... significaba tanto
como plantearse un túrbido horizonte intelectual, detectar sus síntomas, escrutar sus
ingredientes, averiguar sus causas y, en lo posible, vaticinar algunas perspectivas que se
derivaban de sus complejas estructuras, mecanismos y soterradas incógnitas. Esto valía, por
igual, tanto para las crisis que atravesaban los abstractos universos de científicos y filósofos,
como para aquéllas que estremecían las coordenadas de una economía, o amenazaban la
estabilidad de un sistema político-social. Hablar de crisis constituía una elegante actitud
intelectual... donde los mandarines analíticos lucían sus habilidades deshilvanando las
secretas tramas que las provocaban... y desde cuyas asépticas atalayas, como obligado y
final ejercicio, desplegaban sus pronósticos... proponiendo nuevos paradigmas o modelos
para superar el trance.
Hoy, en cambio, la palabra crisis no es una palabra, ni siquiera un término o epítome
que se refiera a una situación abstracta, sino una tremante e innegable realidad que afecta a
la Humanidad entera –sin distinción de quien la enfrente ni de la esfera o región a la que se
halle referida– colocando en entredicho su sobrevivencia, valga decir, configurando sus
posibilidades históricas, trazándole sus metas, imponiéndole la autarquía y autonomía de su
inmanente dinamismo a todo designio voluntarista que pretenda desviar su curso... y
proporcionarle una finalidad externa y contingente al mismo. O dicho en otra forma:
estamos inmersos en ella y ella nos domina... dictándonos sus mandamientos.
¿Pero de qué crisis hablamos... y a qué nos referimos cuando utilizamos su
semántica? No podemos ignorar ni olvidar que no sólo nosotros –filósofos latinoamericanos
y, por mejor decir, venezolanos– vivimos y moramos en tiempos de crisis... sino que el
mundo entero, el planeta que en común habitamos, se halla en crisis... y que, así como sus
rasgos invaden los escenarios políticos, sociales y económicos, síntomas y manifestaciones
de crisis (valga decir, de precariedad, ruptura y derrumbe en los fundamentos) pueden
detectarse en las protodoxas que sostienen los constructos religiosos a los cuales se aferran
grandes masas; en las convicciones o certidumbres éticas que hasta ahora parecían más
arraigadas e invulnerables; en el logos de limitado alcance que todavía inerva las más
acreditadas y sólidas epistemologías, sean tecno-científicas u ontologizantes; como
asimismo, finalmente, en la propia idea que el hombre tiene de sí mismo... estremecida en
sus más íntimos sostenes por el ímpetu innovador y transmutante del indetenible e
inagotable proceso de su racionalidad... eje y centro desde el cual se irradia la propia crisis
que hoy mantiene en vilo a esa misma racionalidad... buscando, como tal vez nunca antes a
lo largo de su historia, nuevos fundamentos que le permitan superar los ingénitos límites de
su insatisfactorio antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo, a fin de ensayar la ya
avizorada posibilidad de asumir una perspectiva planetaria-galaxial que la deslastre de
semejantes límites y le permita desplegar una autogestada trans-racionalidad.
¿Pero qué se intenta sugerir al trazar este horizonte que, con desmesurada osadía,
aproxima nuestras cotidianas desventuras de filósofos venezolanos a las más abstractas
pretensiones de la cosmociencia y, paralelamente, a los todavía oscuros (a veces inasibles)
postulados del post-modernismo? Debo confesar que no se trata de un vacío recurso de
mala retórica... ni tampoco de una tentativa que permita el fácil expediente de las
generalidades. No es mi estilo... y me parecería un irrespeto ante este auditorio siquiera
intentarlo.
Cuando aproximo las desgarraduras de nuestra cotidianidad a los desiderata de la
trans-racionalidad contemporánea –empeñada en transmutar sus propios fundamentos– lo
hago para insinuar que, existiendo paralelas situaciones de crisis en diversas parcelas de la
alteridad, sin que puedan ser idénticas las respuestas que frente a ellas caben esperar...
corresponde a los filósofos, sin embargo, mostrar una coherente actitud ante las mismas. En
efecto: tal actitud, sin ignorar la diversidad de sus posibles contenidos, debe acusar,
necesariamente, rasgos consecuentes (y, en cierto modo, reiterados) que acrediten la
asunción de una clara y decidida responsabilidad, tanto intelectual como ética, frente a sus
desafíos.
¿Pero en qué pudiera consistir semejante actitud y a cuáles rasgos nos referimos al
mencionar aquellos fundamentos... así como la responsabilidad que de su crisis brota?
Desde la esbozada perspectiva entendemos por fundamentos aquellas bases o principios
que, tácita o explícitamente, sostienen y confieren sentido a la alteridad mundana en sus
más diversas expresiones y acepciones; y por responsabilidad aquella actitud que,
consciente de lo que implica y significa una crisis de tales fundamentos, sea cual fuere la
alteridad que la confronte, lleva al filósofo a preguntarse, con todo el riesgo de inanidad que
ello implica, su porqué o razón de ser, valga decir, a interrogarse por la eventual ausencia o
inconsistencia de todo posible proto-fundamento... en cuanto asilo del sentido para la
alteridad que lo rodea.
Justo por ello, divisada desde semejante perspectiva, para un auténtico filósofo, sea
cual fuere su sitio de inserción terrenal en el planeta, los tiempos que vivimos son de
absoluta y total crisis... a menos que sus fuerzas creadoras e indagantes se hayan agotado e
intente un compromiso de placidez consigo mismo. El mundo actual, en efecto, no da
tregua... y cada día muestra el cambio, la derelicción y disolución de sus convencionales
fundamentos, dejando a la intemperie la precariedad, inutilidad y acongojante nulidad de la
pregunta por un proto-fundamento, como recurso último o extremo, frente al más radical e
inhóspito de los desamparos.
Por esto, como obrero y autogestor incansable que debe ser de su propio mundo,
“existir” para el hombre de hoy (tanto más si su quehacer se halla acompañado por el
preguntarse filosófico) significa la tenaz y agónica tarea de tener que recrear, cotidiana e
incesantemente, las sintaxis que brotando de aquellos precarios fundamentos... ordenan y
sostienen la alteridad mundana. De no hacerlo así y renunciar a esa búsqueda... su elegante
dejadez y aparente arrogancia ante la ausente verdad no serían capaces de ocultar el
desencanto de su espíritu, su crepuscular debilitamiento, su desolada aceptación de la
derrota epistémica... testimoniados en la cómoda posición del escéptico relativismo o por el
disoluto y disolvente nihilismo.
Pero vanas e inútiles resultan esas posiciones –u otras a ellas parecidas– frente a la
brutal contundencia de los hechos que (brotando de una alteridad dominada y dirigida por el
poder del saber tecnocientífico) le anuncian al hombre de nuestro tiempo el sometimiento en
que yace con respecto a los productos que su propio poder y saber han creado... dueños hoy
de su destino, tanto en dimensión individual como colectiva.
Frente a él, en efecto, no puede ocultarse el riesgo de la destrucción de la vida en
el planeta que ocasionarían los instrumentos de devastación nuclear con que ya cuenta; el
lento y cataclísmico calentamiento de la atmósfera provocado por los desechos de gases
industriales; la destrucción de la biosfera por la desmesurada y criminal tala de los
bosques; la contaminación de mares y ríos; la construcción de virus y agentes bióticos
incontrolables; los peligros de la superpoblación; el creciente comercio de órganos
humanos; las drogas; la perversión axiológica y ethológica manejada programáticamente
por los imperios trans-nacionales de las comunicaciones; etc., etc.
Señales, síntomas, anuncios y mensajes de que el mundo parecería in-fundado,
carece de dirección y puede concluir por ser horro de sentido... a menos que el propio
hombre, enfrentando la situación por él mismo creada, logre inventar y construir sus nuevas
bases, reconquiste el dominio de las sintaxis que desde aquéllas brotan y le confiera a su
“existir” una transmutada e insobornable dignidad (no simplemente monádica y racional,
como la kantiana, sino cósmica, trans-humana y trans-racional) que sea capaz de permitirle
restablecer el respeto y la armonía con la correspondiente alteridad planetaria-galaxial que,
a partir de tales fundamentos, lo sustentará y albergará en su seno.
II
Proto-fundamento de la alteridad, en estricto sentido filosófico, es lo que (desde la
más remota antigüedad) se denominó logos o ratio –traducido en latín, también, por
verbum– que, como tal, se consustancia con la palabra y el lenguaje... y, por ende, con la
sintaxis u orden del discurso epistémico.
En nuestros propios días –perdonen Uds. lo abrupto de su necesaria inserción en
estas breves consideraciones– logos proto-fundamental de nuestra época es la ratio
technica... trasmutada, desde sus mismas raíces, por obra de su específica modalidad metatécnica. La acción de la ratio technica (y, aun más precisamente dicho, de su instrumental
meta-técnico) sobre los convencionales fundamentos óptico-lumínicos que sostenían la
ordenación del mundo ha sido tan radical –incidiendo, incluso, sobre ella misma, como
proto-fundamento–
que
resulta
casi
innecesario
esforzarse
en
reseñar
sus
hitos.
Efectivamente: vivimos hoy inmersos en el ámbito de una trans-racionalidad –no i-rracional
o a-rracional, sino precisamente trans-racional por ser trans-humana, trans-óptica y translumínica– que incide en la destrucción y transmutación de los fundamentos de todas las
nociones, categorías e instituciones que configuraban el ingénito y connatural habitat del
hombre... comenzando por el de su propio lenguaje como proto-habitat del logos.
De allí que la perplejidad sea universal... y la crisis como tal –más allá de las regiones
y provincias que circunscriben los diversos proyectos y actividades desplegados por el
hombre– incida sobre el propio hombre en cuanto hombre... como ser que habita el logos...
pues las sintaxis de su propio verbum han creado o inventado un mundo absolutamente
nuevo y supra-natural –una posible y alcanzable morada planetaria... y, aún más, galaxial–
donde sus gestas pudieran inscribirse con total sentido... tal como antes lo hacían en el
innato mundo que le servía de horizonte a la alteridad natural ordenada por sus limitados e
ingénitos sensorios.
No son meras palabras ni vacías formulaciones las anteriores. Quien sea capaz de
asombro las detectará incorporadas en las trans-realidades y trans-fenómenos de nuestro
mundo en torno. Quien no alcance a detectarlas... se hallará indefectiblemente incapacitado
para vivir en el ignoto pero inevitable mundo que toca a nuestras puertas, sea cual sea el
locus que transiten sus ingenuos y miopes itinerarios.
¿Pero qué hacer frente a ello? ¿Cuál debe ser nuestra responsabilidad, como filósofos,
ante estos tiempos de radical y total crisis en que vivimos? He aquí, como epílogo de estas
brevísimas consideraciones, mi personal “catecismo”... en el cual sintetizo los diversos pasos y
actitudes que, como interrogador de la alteridad, intento cotidianamente adoptar frente a ella:
Un primer paso consiste en acusar, analizar y tratar de entender los síntomas de lo
que a mi alrededor acontece, asumiendo provisoriamente (como marco de inserción y
reflexión para ello) una perspectiva planetaria en todos los órdenes (científico, filosófico,
político, económico, religioso, ecológico, etc.) así como en todas sus subrepticias
implicaciones. Ello exige –expresado concisamente– una ordenación e inteligibilización global
de todos los fenómenos y manifestaciones que se produzcan en cualquiera de aquellos
órdenes o esferas... tratándolos como ingredientes funcionales de un Todo o Sistema
concebido planetariamente... sin ignorar ni menospreciar la eventual dimensión galaxial
donde aquel Todo o Sistema ha de inscribirse como final perspectiva.
Un segundo y complementario peldaño es el de asumir una actitud constructiva o
creadora frente a ello –opuesta a un talante destructivo, negativo o cínico– que no
desfallezca ni se arredre ante lo aparentemente contradictorio, confuso y a menudo
decepcionante de los resultados que se obtengan... sabiendo que esto obedece a los
encontrados u opuestos esquemas cognoscitivos o hermenéuticos que guían a los
protagonistas... carentes, muchas veces, del necesario logos epocal que debería conducir y
animar sus pasos.
Ello implica –he aquí un tercer paso de avance– la inseparabilidad de la filosofía y la
acción... pues ambas se abrazan, mutua e indiscerniblemente, en aquella trasmutada y
actuosa trans-racionalidad que conforma e inerva la visión planetaria-galaxial. En efecto:
toda praxis o acción de ese tipo requiere la previa comprensión del hombre como un ser
genérico (Gattungswesen)... sin la cual resulta vacía e inoperante la propia noción de la
Humanidad en cuanto tal... así como la del Cosmos, en tanto que morada del hombre, en
conjunción y comunión con todo lo energético y viviente del mismo.
De
allí
que
–séame
permitido
abreviar,
e
incluso
obviar,
muchos
pasos
argumentativos y explicativos– toda visión y acción de signo planetario-galaxial debe ser
sustentada por un humanismo de idéntico signo... posibilitado y propiciado por la ratio
technica en cuanto instrumento abolidor de los parámetros naturales (crono-métricos y
geo-métricos) del tiempo y el espacio óptico-lumínicos.
Mas, a la par, en tanto ejecuta la evaporación o aniquilación de aquellos parámetros,
esa misma ratio technica (como raíz epigénica de una eventual anti-técnica animada por el
eros) inaugura un horizonte de proximidad y semejanza entre los seres humanos...
posibilitando en esta forma el surgimiento de una conciencia genérica entre ellos... y su
apertura hacia el Cosmos en cuanto morada galaxial.
Es por esto que la Meta-técnica, en cuanto instrumento generador de semejante
revolución trans-mutatoria, adquiere a nuestro juicio una decisiva importancia en relación a
esa provisoria perspectiva planetaria-galaxial que hemos bosquejado.
Como ser comprometido en semejante tarea (pero arraigado vivencial, histórica y
ethológicamente en estas latitudes... lo cual implica un compromiso ineludible con sus
orígenes) debe el filósofo latinoamericano, aun hallándose de acuerdo con los anteriores
postulados, proponerse como tarea primordial la del auto-descubrimiento e invención de un
Nuevo Mundo... teniendo siempre presente que un quehacer semejante, aparte de ser
riesgoso y prestarse a fáciles tentaciones, puede resultar a la postre infructífero... pues la
trans-racionalidad planetaria, energizada por los poderosos instrumentos de la ratio
technica, tiende a deshacer toda manifestación singularizada de la historia y del ethos de los
pueblos... provocando su automática inserción, absorción y desleimiento en la anónima y
predominante homogeneidad de una falsa y perversa tecno-cultura universal... máximo
epítome de un planetarismo mal entendido... y, por supuesto, utilizado hipócritamente con
fines de colonialismo e imperialismo políticos y económicos.
Enfrentar tales peligros, representados por esta perversión del planetarismo, sin
abandonar, no obstante, las atrayentes y positivas vertientes que inauguran y ofrecen las
posibilidades de la ratio technica, constituye una de las más difíciles tareas que debe cumplir
el
filósofo
latinoamericano.
Efectivamente,
consciente
de
los
riesgos
de
aquellas
posibilidades, debe entender y saber también que las mismas pueden ser aprovechadas no
sólo para potenciar su peculiar y propio ethos... sino para lograr, trans-mutatoria y
dialécticamente, la originaria y demiúrgica invención de un auténtico Nuevo Mundo... que, a
la par de superar los supuestos y límites de la racionalidad tradicional, sea capaz de
vislumbrar nuevos soportes y fundamentos para la inagotable tarea de autocrear la razón.
Es semejante desafío, precisamente, el que pretende encarnar el proyecto meta-técnico en
sus más radicales motivaciones.
Sin embargo, lo más ambicioso y posiblemente riesgoso del mismo, no radica sólo en
ello. En efecto: la descrita actitud planetaria, a pesar de no hallarse plenamente alcanzada y
realizada todavía en nuestro propio tiempo, si bien corresponde a una justa dirección
perseguida, no puede ser tampoco considerada como una absoluta meta final para el
mencionado proyecto meta-técnico. Al contrario (tal como lo hemos insinuado) síntomas y
señales hay que preludian y testimonian la insuficiencia de aquel planetarismo... dejando
traslucir el hondo anhelo que el hombre alimenta de abrirse hacia una dimensión galaxial... a
fin de insertar en ésta su existencia como final morada... dadora de sentido para las gestas y
sueños de una trans-racionalidad meta-técnica, trans-humana y trans-terrenal, que posibilite
la simbiosis de las energías humanas con las sintaxis energéticas del Cosmos... superando el
antropomorfismo, el antropocentrismo y el geocentrismo de la racionalidad tradicional.
No obstante, conscientes como estamos de la extemporaneidad que pueda exhibir
semejante actitud galaxial (tanto más aún si no ignoramos las tercas realidades que
parecerían desmentir a la previa posibilidad planetarista, como son las 82 guerras, 3
internacionales y 79 civiles, ocurridas sólo entre 1989 y 1994)... debemos preguntarnos:
¿cuál es, entonces, la responsabilidad que tenemos, como filósofos, en estos tiempos de
crisis?
¿Será, acaso, ignorar las perspectivas planteadas... y declararlas inanes, inútiles o
irrealizables? ¿No están dando ellas aldabonazos en nuestras puertas... anunciando su
inminencia? ¿Podemos permanecer sordos y ciegos ante las mismas... refugiándonos
simplemente en el regionalismo y provincianismo de nuestros problemas... o entregándonos
al anacrónico cultivo y exégesis de una tradición filosófica ya sin sentido... absolutamente
periclitada en su modalidad y estilo de racionalidad? ¿O nos proporcionará tranquilidad y
elegancia, como he dicho, asumir un talante negativo, cínico o despreciativo, frente a ellas...
por ser muy “metafísicas”, “abstractas”, “teóricas”... u otras cosas por el estilo? Eso sería
–lo digo con toda sinceridad– tanto como huir, inútilmente, de nuestro propio tiempo... para
intentar refugiarnos en un topos ucrónico.
III
De allí que haya expuesto y delineado para Uds. lo que he llamado mi “catecismo”.
Semejante término proviene del verbo griego katexeo (kathcšw)... el cual significa instruir.
A nadie recomiendo que se instruya en el mismo ni con el mismo. Eso sí: que invente, día a
día, el suyo propio... como corresponde a todo aquel que aspire a ser un auténtico filósofo
en estos tiempos de crisis que vivimos.
Tusmare, octubre, 1994
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
El verdadero germen del auténtico Socialismo –valga decir, aquello que lo diferencia
claramente del Capitalismo y lo preserva de sus horrendos vicios– radica en su concepción
del hombre y en las finalidades que se le asignan al trabajo de éste.
Con respecto a lo primero, en lugar de concebir al hombre como un individuo aislado
de
sus
semejantes
–autosuficiente,
monádico,
egoísta
y
en
perpetua
actitud
de
enfrentamiento darwiniano con ellos–... lo considera como miembro activo y participante de
una nostredad o comunidad que lo acompaña siempre, desde su nacimiento hasta su
muerte, formando parte de su existencia... y configurando las posibilidades de la misma.
El trabajo de todo ser humano ha de realizarse en el ámbito de esa comunidad... y
debe estar al servicio de ella... pues es también en ella y por ella que encuentra los medios
para realizarlo. La finalidad de semejante trabajo, por eso mismo, no puede ni debe ser
egoísta, o dirigida simplemente por un afán de lucro individualista, sino proyectada hacia el
bien común, valga decir, el de la comunidad.
De más está decir que la llamada comunidad no representa un marco rígido, fijo e
inmutable, que cerque inmodificable o inmutablemente al hombre desde su nacimiento hasta
su muerte. Si bien todo ser humano debe hallarse incorporado y vivir dentro de una
nostredad comunitaria... los perfiles fácticos, rasgos, características, etc., de semejante
nostredad pueden y deben variar históricamente a medida que el hombre se transforme por
mor de sus propios actos y libre iniciativa.
Por otra parte, tampoco la conformación y función de aquella nostredad comunitaria
pueden ni deben ser sustituidas por la de un Estado, impersonal y omnipotente, que como
máximo dictador, regule y ordene todos los actos de la vida y señale taxativamente las
modalidades, posibilidades y límites del trabajo humano... degradando y destruyendo su
inalienable libertad. El Estado, por el contrario, debe encarnar la comunidad de las
comunidades... y en el mismo debe reflejarse, indeleblemente, la libertad que de aquéllas
emerge como constituyente de las mismas.
¿Es semejante Socialismo el que ha fracasado en la URSS? En forma alguna... pues
en ella lo que existía era un remedo o caricatura letal del Socialismo... cuyos vicios están a
la vista y son los generadores del actual desastre. Los esfuerzos de Gorbachov –así los
entendemos– se hallan orientados, precisamente, a criticar esos vicios y a sentar las bases
para que emerja un nuevo modelo socialista más acorde con las verdaderas características y
metas que distinguen su auténtica concepción.
Y que nadie se atreva a decir, a estas alturas, que el Socialismo debe enterrarse…
(12/11/89)
* * *
Por doquier se escuchan denuestos y condenas contra el Socialismo... siendo hoy un
lugar común declararlo obsoleto, así como nefasto para la vida económica, política y social
de los pueblos de la tierra. Lo ocurrido en Europa oriental y en la propia URSS se toma como
irrefutable prueba... no existiendo dudas acerca de su necesaria sustitución por la doctrina
neo-liberal... verdadera panacea para todos los males de nuestro tiempo.
¿Seré, acaso, el último de los Socialistas? Nunca he alardeado de tal... pero, sin
saberlo, ahora me percato de que lo soy, lo he sido y quiero seguir siéndolo... pues me
horroriza lo que en sí entraña su pretendida “superación”. Efectivamente: el credo neo-liberal
se nutre exclusivamente del más obcecado y artificial individualismo, aderezado por un fondo
darwinista, con el cual se pretende justificar y disfrazar el rampante afán de lucro que
alimenta y dirige al capitalismo.
Convencido como estoy de que toda ideología se sostiene sobre los datos de una
antropología... considero que mal puede compaginarse la del neo-liberalismo capitalista y
darwinista con los ingredientes y requerimientos que fundamentan la concepción del hombre
y la sociedad que sostengo. ¿Es necesario repetir que concibo al hombre como un ser
poseedor de una conciencia genérica... cuya existencia se proyecta desde un nos-otros... por
obra del amor o eros?
De allí la repugnancia que experimento frente a lo que ocurre... y mi inextinguible
convicción de que, quiéranlo o no los capitalistas neo-liberales, el Socialismo renacerá
(especialmente en su versión de raigambre cristiana) desde las tristes ruinas que hoy
quedan del mismo... a pesar de la ominosa herencia dejada por su degeneración totalitaria.
Esperemos...
(23/7/91)
* * *
¿Es la pobreza... un problema filosófico? ¡Por supuesto que lo es! Nadie niega que su
abordaje y tratamiento pueden ser múltiples –políticos, económicos, socio-culturales, etc.–...
¿pero quién puede ignorar que se trata de una injusticia y una negación de la dignidad
humana? ¿Y no son la in-justicia y la in-dignidad problemas esencialmente filosóficos... e,
incluso, meta-técnicos?
¿Atribuiremos la pobreza a la naturaleza (physis) humana... como los griegos lo
hacían con la esclavitud para desentenderse de ella? ¿Seguiremos creyendo, como lo pauta
la Philosophia Perennis, en una intangible e inmodificable “naturaleza humana”? ¿O debemos
recurrir a la meta-técnica... para abordar incluso aquel problema?
(25/7/91)
* * *
Abordar y esclarecer un problema como el de la pobreza... no es solucionarlo. Las
soluciones reales y concretas del mismo sólo pueden lograrse mediante medidas políticas,
económicas, sociales y culturales... cuya ejecutoria corresponde a los gobernantes. Pero los
filósofos no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados frente a la ignominia que tal
pobreza implica... y, al menos, debemos intentar su precisión conceptual... filiando esta
última en los substratos filosóficos correspondientes.
¿Qué, si no valores y anti-valores, representa el binomio justicia
« injusticia?
¿Aceptaremos ingenua y pasivamente la versión interpretativa de tal binomio que nos ha
legado la tradición? ¿O debemos revisarla y modificarla, si necesario fuera, a la luz de la
repugnante podredumbre que simboliza la pobreza en nuestro continente?
(25/7/91)
* * *
Siempre el hombre ha buscado la conjunción de su hacer con el tiempo... pues sólo
aquélla permite la pertinencia y eficacia de la acción. Es ello lo que denota y significa el
término eucairía (eÝkair…a), emparentado con eucairos (™Úkairoj) y también con kairós
(kairÒj)... todos designativos del tiempo oportuno, preciso y propicio (y, por ello, favorable)
para lograr lo deseado o apetecido en lo intentado.
¡Pero cuán difícil es el arte de descifrar la clave de aquella enigmática conjunción!
¿De qué depende lo oportuno de la acción? ¿Puede la voluntad del hombre enrumbar el
curso de los acontecimientos para que esa conjunción se produzca... o existe un factum,
impenetrable e ingobernable, que la decreta?
Eran ya temas de meditación entre los antiguos... ¿Acaso no lo siguen siendo?
(29/7/91)
* * *
Por supuesto que hoy resulta inaceptable hablar del designio de los hados o los
dioses... ¿pero deja esto la resolución de la eucairía sólo en las omnipotentes manos de los
hombres? ¿pueden ellos regir, a la manera de absolutos monarcas, el acontecer de todos los
sucesos... incluyendo el juego de las ajenas voluntades de amigos y enemigos? ¿o debe
contar toda acción humana con el abismático designio de lo inescrutable –y, por ello,
indescifrable e ingobernable– que se anuncia en la libertad del propio hombre? ¿puede ésta
someterse al arbitrio y legislación de providencias humanas semejantes a las que privan en
el mundo de los hechos no-humanos... o se resiste, por principio, a una legislación y
dominio de ese tipo?
La libertad humana, en tal sentido, es el hontanar de la eucairía... y es desde sus
enigmas que los de esta última deben ser afrontados.
(29/7/91)
* * *
Pero, al mismo tiempo, otro tema surge en relación a los tratados: es el grado o
capacidad de que dispone el poder del hombre... para construir el escenario total que
requiere el acontecer y desenlace de cualquier acción... prediciéndola y predeterminándola
con perfecta certeza y seguridad.
¿Es el poder del hombre verdaderamente omnipotente... o es incapaz de superar y
vencer su innegable finitud? Con esto se anuda el problema de la voluntad absoluta... y el
mito del desenfrenado voluntarismo que le es anejo. He de volver a lo que dije en mi libro
acerca de ello.
(29/7/91)
* * *
Nosce te ipsum... ¿pero cómo saber si, a medida que el tiempo se transforma, yo
mismo lo acompaño... dejando de ser lo que fui hace un instante? ¿me conoceré, entonces,
como aquel que siempre cambia... sin dejar de ser... o siempre siendo otro? ¿pero en qué
consiste semejante ser... que jamás ni nunca es el mismo... y, por tanto, no puedo
aprehender ni conocer sino siendo otro y distinto de lo que fue y ya dejó de ser? ¿o es
posible, privándolo de tiempo, inmovilizar lo que cambia... para que permanezca idéntico a
sí mismo? ¿no encarna esto una evidente ilusión... por demás contradictoria?
Es un falso camino comparar la mismidad de nuestro Yo con la de un punto que se
repite, idéntico a sí mismo, a través del tiempo. Nuestra mismidad es la del tiempo –somos
tiempo– y a los mismos enigmas que a los suyos nos hallamos sometidos. Somos instantes
en la eternidad... sin que tal eternidad sea en sí más que otro instante... que jamás volverá
a ser una vez acaecido.
Ello no ha de provocar desesperación o sobresalto... ni dolor o pesadumbre. Tenemos
el consuelo de poder dejar memoria de nuestra mismidad... enseñando a otros lo que
pensamos o imaginamos de la misma.
¿Qué mejor recurso para hallarle sentido a nuestro tránsito por el mundo... y
prepararnos para afrontar la muerte? ¿Representa ésta la disolución de aquélla? ¿O se inicia
en su preciso instante la posibilidad de un devenir más radical?
No lo sé... pues aún no me conozco.
(13/8/91)
* * *
No hay sombras ni medias tintas en lo anterior. Hay dudas... vacilaciones...
perplejidades. ¿Cómo evitarlas... si el eje del problema es la propia consistencia de la
mismidad y sus aporías?
Recurso extremo, tal vez, sería apelar a la transmutación del tiempo por vía metatécnica... despojándolo de aquello que, por su genealogía óptico-lumínica, lo conduce a ser
un laberinto sin salida. Una vía semejante quedó insinuada en FMT (§ 19-B, 2-a-1 y 2-b), así
como en El problema de la Nada en Kant (IV, § 17).
Sería a partir de semejante temporalidad que habría, en consecuencia, que abordar
paralelamente el problema del Yo y su mismidad (FMT, § 17 y § 18).
(13/8/91)
* * *
No logro vencer mi perplejidad al reflexionar sobre todo lo acontecido en la Unión
Soviética durante estos últimos trece días. Para mí ha sido la primera experiencia, vivida a
conciencia, de una auténtica revolución.
He visto, hasta el fondo, la fragilidad de las obras humanas, su abismal
inconsistencia, su inesperada transformación en cenizas... perdiendo su sentido para la vida
de millones de hombres... ahora en vilo, sin suelo ni arraigo, despojados de todo sostén
creencial... como si transitasen por el vértigo de una pesadilla.
No hablo sólo de la eliminación del Partido Comunista, la suspensión de sus
actividades y la confiscación de sus bienes, decretando la asfixia y posible muerte de su
ideología... sino, sobre todo y especialmente, de la desmembración y disolución de la Unión
Soviética como Estado, como Patria, como vínculo de unión entre millones de hombres...
hoy distanciados y extraños entre sí... dejando aflorar el torrente de las más arcaicas y
obsoletas irracionalidades: la ceguera religiosa, las sepultadas fronteras, las idiosincracias
étnicas.
¿A dónde llegará y llevará el proceso? Lo que más me asusta, para señalar sólo un
aspecto, es la puerta que se ha abierto para que irrumpa inconteniblemente el
fundamentalismo islámico... estableciéndose así un puente con el fanático mundo de los
ayatolás iraníes.
Pero no menor auge recobrarán las otras religiones, sectas e idolatrías, ocupando el
espacio que deje el extinto credo oficialista del marxismo-leninismo... y que afanosamente
busquen colmar las desorientadas y huérfanas conciencias.
Pero, al lado de la anterior, no menos grave es la crisis que se insinúa en el en el
orden político. Nadie en la cuasi ya extinta “Unión Soviética”, ni Gorbachov ni Yeltsin
inclusive, sabe hoy en qué consiste el nuevo “orden” que se quisiera implantar... ni cuáles
pueden ser sus consecuencias. La revolución ha sobrevenido sin ideólogos y sin profetas.
Reina, por eso, la más profunda desorientación, el desasosiego, la confusión... sin que nadie
pueda ni se atreva a señalar la ruta. Ella sólo puede indicarla el propio pueblo... pero, más
que nadie, el pueblo se halla perplejo y ofuscado ante lo ocurrido, sin lograr superar todavía
su sorpresa... ni la explicable parálisis que lo embarga. Sabe que se está decidiendo su
destino... pero setenta años de ciega obediencia lo han vuelto indeciso.
Por otra parte: ¿es que hay, acaso, un pueblo, o una comunidad de pueblos, en
trance de decidir su destino? ¿puede éste ser común... si aquéllos son distintos y se sienten
extraños entre sí? El viejo orden racional que los unía –el caduco nexo ideológico del
“sovietismo”– es precisamente lo que ha caído en crisis... mostrándose incapaz de funcionar
como fuerza homo-logadora. Una diversidad de nuevos logos, de diferentes índoles,
prevalece entre ellos... provocando sus distanciamientos, recelos y renacidos odios. ¿Se
hallará un nuevo orden racional... capaz de superar tales obstáculos y restituir la unidad
entre los pueblos? ¿O es ello, sencilla y llanamente, una tarea imposible?
Volvemos, no por simple casualidad, a lo que hace poco escribíamos. ¿No indica esto
que se trata del tema fundamental de nuestro tiempo?
Adviértase, sin embargo, que es sólo ahora cuando la crisis comienza. Esta cuasi
pacífica revolución que hemos presenciado durante los pasados trece días... puede cambiar
de signo y desbordar todos los cálculos... proyectándose inmediatamente hacia la hoy
tranquila Europa. Hay que permanecer atento a ella... pues, en el mundo planetario donde
vivimos, nada puede ni debe sernos ajeno.
(31/8/91 p.m.)
* * *
No carece de importancia consultar, en relación con lo anterior, un ensayo titulado
“Nación, Libertad y Técnica” (1982), inserto en mi libro Ratio Technica... así como un
“Apéndice” (también fechado ese mismo año) que le agregué.
Obsérvese que, tanto el ensayo como el correspondiente anexo, son de una fecha
anterior a la que marca el inicio de mis explícitas reflexiones sobre la nootecnia y su función
dentro de la meta-técnica. Señalamos esto porque de aquí se deriva una diferencia
fundamental en referencia al problema que venimos tratando.
En efecto: ¿no será posible que, a partir de los distintos ethos, en tanto que ellos
encarnan posiciones creenciales, se puedan desarrollar diversas sintaxis humanas como
expresiones de aquellas posiciones creenciales?
Se requeriría, entonces, una suerte de “trans-ducción” y/o “tra-ducción” (no transóptica ni trans-humana, como la que hemos propuesto en relación a la meta-técnica, sino
limitada exclusivamente al ámbito de lo humano) a fin de lograr una “homo-logación” de las
diferentes sintaxis dóxicas correspondientes a esos diversos ethos.
El eventual orden racional que vislumbramos... debería lograr su carácter planetario
(sin desvirtuar ni destruir las peculiaridades de cada ethos nacional o regional) a partir de
semejante “homo-logación sintáctica”... basada, a su vez, en la posibilidad que otorga para
ello la condición de ser genérico que es propia del hombre... a la cual, indudablemente, logra
incluso potenciar la técnica mediante sus instrumentos (comunicacionales, bélicos, etc.).
Esto se enhebra claramente con lo que expresábamos al final del primer apunte
escrito hoy por la mañana... que resume la primordial inquietud que nos embarga.
(31/8/91 p.m.)
* * *
Cada día, aparentemente, va perdiendo interés (en su estricto aspecto pragmático) la
clásica oposición entre Capitalismo y Socialismo. ¿Por qué? Sencillamente porque ambos son
categorías o conceptos generados dentro de la economía tradicional... y se refieren,
exclusivamente, a la posesión y/o propiedad de los medios de producción. En efecto: si
éstos se hallan en manos de personas o agentes privados... el régimen se califica de
Capitalista;
mientras
que,
si
aquellos
medios
son
propiedad
del
Estado
(y/o,
específicamente, de los propios trabajadores), tal régimen se denomina Socialista.
La diferencia anotada, como es natural, repercute directamente en la conformación e
ideales de las respectivas ideologías que se construyen a partir de ella. Mientras la ideología
capitalista se halla dirigida hacia la obtención del lucro individual (a través de la propiedad
privada de los medios de producción), la socialista enfatiza que los eventuales beneficios de
la actividad económica deben repartirse equitativamente entre todos los “trabajadores”...
siendo el Estado, como único y verdadero propietario de los medios de producción, al que
corresponde velar por la satisfacción de las necesidades de aquéllos.
Pero hoy semejante esquema doctrinario –aun sin haber perdido totalmente su
sentido... como más adelante veremos– no es el que se discute. Los que se cuestionan y
ponderan son los resultados concretos que ambos sistemas económicos han generado... y
los cuales están a la vista (para citar sólo los paladines) en los ejemplos ilustrativos de la
URSS y de USA.
¿Pero qué es lo que ha fracasado en la URSS... y triunfado en USA? ¿Se trata, acaso,
de la privatización o estatización de los medios de producción? ¿O los contradictorios
resultados se deben al grado de tecnificación (y, por ende, de eficacia) que ostentan los
medios de producción en uno y otro país?
Esto último es evidente... como también lo es (y no debe ocultarse) que el carácter
totalitario del “socialismo” soviético –al impedir la movilidad y renovación de los
conocimientos técnicos en las industrias estatales– ha sido un decisivo elemento de
depresión y parálisis en los grados de eficacia alcanzados por los medios de producción en
las empresas estatales.
Que no ha sido la ideología socialista, como tal, la responsable de ello... se
demuestra fehacientemente al volver la vista a Francia, Inglaterra, los países nórdicos, etc...
donde, a pesar de existir un régimen político socialista, esto no ha influido en la creciente
tecnificación y productividad de las empresas estatales.
(13/9/91)
* * *
Espero que, a partir de la anterior perspectiva, se entienda lo que hemos apuntado
en este mismo cuaderno... al autodefinirnos como Socialistas. El auténtico Socialismo, en tal
sentido, no está reñido con la tecnificación de los medios de producción... sino, al contrario,
la supone como un requisito indispensable para alcanzar sus verdaderas metas.
Esto significa que, para nosotros, Socialismo y libertad son términos inseparables... y
aun indiscernibles. Es más: la auténtica libertad socialista es un constructo técnico. (Para
más detalles, cfr. nuestro ensayo “Técnica y Libertad”, inserto en El sueño del futuro).
(13/9/91)
* * *
La tecnificación de los medios de producción –y, por ende, del trabajo– reviste varias
modalidades y grados. Tal como lo hemos expuesto en nuestros libros... una primera
tecnificación de aquellos medios fue la que ocurrió en la economía pre-industrial; otra la que
corresponde a la etapa de plena mecanización industrial; una tercera sería aquella donde tal
mecanización se ve potenciada por la computarización y la modalidad cibernética
(“inteligente” y “autorreguladora”) de los instrumentos; siendo la última (apenas en ciernes
y todavía inaplicada a escala industrial) la correspondiente a la meta-técnica.
Las desigualdades económicas (y, por tanto, de poder) que separan y separarán cada
vez más a los países del mundo... se deben primordialmente al grado de desarrollo técnico
alcanzado por sus correspondientes medios de producción.
(13/9/91)
* * *
Si la verdadera libertad humana que rige en el Socialismo –como anteriormente lo
hemos dicho– supone su creciente tecnificación... lo mismo cabe decir de ese artilugio
“naturalista” y “sustancialista” que los neo-liberales llaman mercado y/o libre mercado. En
efecto: así como todo hombre que se precie de vivir en nuestro tiempo no puede admitir la
ominosa
dictadura
de
una
inmodificable
e
ingobernable
physis
que
lo
esclavice
inexorablemente... tampoco moralmente debe admitir el sacrosanto imperio de las llamadas
“leyes del mercado”, tal como si se tratara de intocables e infrangibles normas... que (¿por
casualidad?) sólo favorecen a los poderosos ejemplares del darwinismo individualista. El
mercado, como tal, debe ser concebido también como un constructo técnico... diseñado en
vista de un nos-otros... y del bien común.
(13/9/91)
* * *
Así como la tecnificación de la physis no significa la ignorancia o necesaria
aniquilación de su existencia, sino su perfeccionamiento y potenciación gracias a una
teleonomía impuesta por el hombre en vista de un fin valioso, asimismo la transformación
del mercado supone la utilización de las energías que lo dinamizan para que permita
alcanzar armoniosamente las metas que el hombre se proponga en vista del bien común que
es inherente a su condición de ser genérico.
Corresponde al Estado, como artífice y garante de la convivencia social, introducir
aquellas correcciones y mejoras.
(13/9/91)
* * *
Lo más importante de las anteriores reflexiones radica en el hecho de que, a partir de
ellas, se trasluce claramente que las clásicas categorías o conceptos de la economía
tradicional, así como las ideologías sustentadas sobre ellos, se hallan actualmente mediados
por la ratio technica y las modalidades de sus instrumentos epocales.
(13/9/91)
* * *
O dicho más tajantemente: las leyes y realidades de la actividad económica están
sub-ordinadas a las de la ratio technica.
¿Son estas últimas autónomas y autárquicas... una vez que han sido provocadas por
el hombre? He aquí un problema que hemos discutido largamente.
(13/9/91)
* * *
Su autonomía y autarquía, en cualquier caso, son históricas... como productos finitos
de una creación humana... perfectamente sustituible y superable por otra.
(13/9/91)
* * *
¿Puede existir un mercado... sin Estado? ¿No expone ello a un posible caos o
anarquía en el mercado... y/o a su inescrupuloso y directo manejo por parte de agentes que
sólo aspiran a su beneficio y lucro individual?
(14/9/91)
* * *
¿Pero no
es posible superar
la
aparente
antítesis (¿dilema? ¿antagonismo?
¿oposición?) entre mercado y Estado? ¿Cómo lograrlo? No, por cierto, ejerciendo el directo
control de aquél por éste, lo cual significaría su práctica inexistencia o desaparición... sino
transformando al propio Estado en un agente dinámico y propulsor del mercado... utilizando
para tal fin sus propios recursos financieros a objeto de orientar y armonizar el
desenvolvimiento de la economía en vista del bien común y de la satisfacción de las
necesidades sociales.
El Estado no inhibiría ni sustituiría la libre iniciativa... sino que actuaría, en tanto que
garante del bien común, como guarda del mismo.
(14/9/91)
* * *
La introducción de la ratio technica en el desarrollo y orientación de la economía...
supone, como paso previo y necesario, la trans-formación simbólica de esta última. De allí
que el dinero, como tal, al ser convertido en símbolo abstracto del trabajo humano...
adquiera su propia autonomía y autarquía... sustituyendo a éste. (Para todo esto, cfr. El
dominio del poder, § 18, pág. 125 y sgs.; versión digital, pág. 68 y sgs.).
(14/9/91)
* * *
Sólo en tanto los procesos económicos alcancen un status simbólico –en lo que
también, como es evidente, pueden existir diversas modalidades y grados– podrán ellos
insertarse en los portentosos flujos de información y comunicación que hoy propicia la ratio
technica... modificando eo ipso las realidades y las leyes que imperaban en la economía
clásica (pre-industrial o industrial) circunscrita sustancialmente a limitaciones regionales.
Hoy vivimos, por el contrario, en una economía planetaria... energizada por crecientes y
cada vez más complejos flujos de información y operaciones simbólicas.
¿Cabe siquiera imaginar la transformación que todo ello experimentará al incidir la
meta-técnica sobre sus procesos? En fin... esperemos.
(14/9/91)
* * *
¿Qué será el capital... desde el punto de vista meta-técnico? ¿Poder meta-técnico?
¿Qué significa esto... y cuál es su sentido? ¿Poder de qué... y para qué? ¿Seguirá el hombre
siendo el centro (y, asimismo, el amo) del poder?
(14/9/91)
* * *
Desde hace muchos años percibimos que, a lo largo y ancho de Latinoamérica, se
gestaban y manifestaban los síntomas de un soterrado proceso revolucionario. Semejante
diagnóstico no aludía simplemente a los sangrientos episodios protagonizados por las
guerrillas, insurrecciones civiles y militares, etc., sino al profundo malestar que es posible
detectar en amplias capas de la población (especialmente la media y la popular) originado
por la impotencia, debilidad, ineficacia y corrupción que exhiben muchas de nuestras
instituciones –las más de las veces calcadas caricaturescamente de otras que funcionan en
exóticas latitudes– para enfrentar nuestros reales y urgentes problemas... provocando entre
sus usuarios un sentimiento de decepción y frustración (valga decir, de descreimiento)
acerca de su verdadera utilidad social, económica o política.
Es lo que ahora aflora, sin retoques ni tapujos, frente al caso de la democracia formal
y representativa como “sistema”... en lo cual se debe incluir la aversión que la gente del
común experimenta por la partidocracia y la cogollocracia... así como ante sus nefastas
repercusiones en la organización y administración de una justicia venal y corrompida
establecida a través de aquellos mecanismos.
Toda institución, sea cual fuere su índole específica, debe ser útil y eficaz en relación
a los fines para los cuales se establece. De no ser así... carece de vigencia o validez...
perdiendo eo ipso su sentido y legitimidad. Esto se comprueba fehacientemente a lo largo de
la historia... donde muchas de ellas, al transformarse y variar las circunstancias que las
originaron, se tornan en vacíos espectros... cuya razón de ser difícilmente nos explicamos
sin recurrir a una peculiar “arqueología”. Piénsese, vgr., en el derecho divino de los reyes,
en la polis ateniense, en la gabelas medioevales, etc.
Lo mismo acontece, en nuestros propios días, con una serie de instituciones que
rodean nuestra vida cotidiana... pretendiendo regular sus energías, ordenar sus pasiones,
modelar sus hábitos... sin tomar en cuenta la variedad y pujanza de los diversos sintagmas
ethológicos que alimentan aquélla, las circunstancias sociales y económicas que la rodean, la
raigambre y expectativas de los diversos mundos en que aflora y se desenvuelve. El
resultado es que las instituciones importadas se vuelven inoperantes, disfuncionales,
estorbosas... conviertiéndose en verdaderos impedimentos contra los cuales choca y
arremete la gente... buscando sustituirlas por otras... las más de las veces inexistentes, no
imaginadas
ni
menos
planificadas,
pero necesarias
y
urgentes
como instrumentos
ordenadores de la convivencia pacífica.
En Latinoamérica han faltado pensadores... pero, sobre todo, pensadores políticos...
auténticos “filósofos” capaces de construir las instituciones –sociales, morales, económicas–
que requiere la originariedad y novedad de nuestro propio mundo: el Nuevo Mundo.
Aún más perentoria es tal necesidad en el trance histórico que vivimos actualmente...
inmersos en el ímpetu homogeneizador de la tecnocracia transnacional y sus ramificaciones
en los oligopolios del poder económico... aunque también dentro de la revolución de las
comunicaciones y sus posibilidades liberadoras... presenciando asimismo el ineluctable ocaso
de las ideologías... a la vez que el inminente peligro de la resurrección de los
fundamentalismos.
No quiero hablar de mí mismo... aunque es fácil sospechar que en semejantes
coordenadas –agónicamente asumidas– pretende inscribirse mi quehacer intelectual. Me
refiero a la meta-técnica, a los intentos por pensar una democracia sin partidos, a la
educación superior sin universidades, al Estado y a la Sociedad bajo la égida de la
participación comunitaria, etc.
¿Qué porvenir aguarda a semejantes vástagos? No lo sé... ni lo imagino. De lo que sí
estoy seguro es de haber cumplido con mi deber... pretendiendo ser un pensador
genesíaco... y no un simple repetidor de manuales y enseñanzas ajenas. “O inventamos o
erramos”, decía el loco Rodríguez. Por ahí voy yo mismo... tal vez con menos ingenuidad
que en su caso.
(15/4/92 a.m.)
* * *
¿Cómo puede un filósofo, sea cual fuere su rango o el tema favorito de sus
cogitaciones, ignorar realidades como las recogidas en las anteriores notas? Si lo hiciera...
viviría en un mundo imaginario, ficticio, inútil y vacío... sin conexión con su tiempo... en
estéril ejercicio onanista.
Hay, por el
contrario, que permanecer atentos a
estas úlceras mundanas,
horrorizados ante su podredumbre, para no sucumbir a la tentación de una adormecedora
fantasmagoría... deparada por el progreso científico y tecnológico experimentado por el
conocimiento humano.
¿Puede ignorarse, en el centro mismo de la civilizada Europa, lo que acontece en
Sarajevo esta mañana... de un cinco de agosto de mil novecientos noventa y dos... en la
que miles de inocentes niños, espantados y sin saber siquiera lo que a su alrededor sucede,
se hallan indefensos ante el salvaje y mortífero bombardeo de cañones y morteros que
amenaza sus vidas?
¿Ignoraremos lo que sucede en Perú, Colombia o nuestro propio país, azotados por la
corrupción moral de sus clases dirigentes... y la devastadora sangría impuesta por las
exacciones de sus tradicionales depredadores?
¿Condenaremos olímpicamente la violencia que esto engendra... y la epifanía que
promete? ¿Acallaremos y ocultaremos las terribles dudas y vacilaciones que todo ello
introduce secretamente en lo más íntimo de nuestro pensamiento y nuestro ser? Nos
sabemos en medio de un cataclismo... sentimos sus destructoras y tectónicas fuerzas...
somos, a la par, actores y testigos de ello... debemos dejar memoria de nuestro dramático
tránsito por un tiempo lleno de catástrofes y auroras.
(5/8/92)
* * *
Vivir en vilo... sin ideas, esquemas o discursos definitivos y supuestamente
escatológicos... disponiendo sólo de un pensar tembloroso y fluctuante como la propia
vida... azariento como la historia... dentro y desde el cual el hombre se sienta y se sepa
actor y víctima de las vicisitudes de sus propias gestas... en la perplejidad, en medio de la
duda, sin caer en el nihilismo ni en la cobardía, o en la cómoda huída... he aquí el sino de un
auténtico filósofo en nuestro tiempo... si su estancia en el mismo la asume con diáfana
autoconciencia e insobornable responsabilidad moral.
(5/8/92)
* * *
¿Expresa lo anterior algún desencanto frente a la meta-técnica? ¡En absoluto! Pero
entiéndase que, como inventores y constructores de ella, sabemos mejor que nadie de lo
que se trata: ella es una actitud que debe asumir el propio hombre desde el momento en
que, consciente de los errores impuestos a su vida e historia por los límites de su
racionalidad óptico-lumínica, intente la subversión y superación de aquéllos mediante la
asunción de parámetros trans-humanos y trans-ópticos en su auroral instituir... venciendo
de tal modo todos los prejuicios, miserias y fatalidades que se derivan del antropomorfismo,
del antropocentrismo y el geocentrismo.
¿Pero ignoraremos, bobaliconamente, todo lo que ello implica y requiere como transformación y trans-mutación de nuestro mundo actual? Si lo hiciéramos... seríamos
simplemente unos felices nefelibatas.
Obsérvese, por lo demás, que a pesar de tan conscientes y desmesuradas
pretensiones, la meta-técnica no aspira a ser una escatología... ni a encarnar la expresión
de un pensar definitivo y acabado. Ella tan sólo señala un nuevo comienzo o principio –un
“origen”– de aquél...
(5/8/92)
* * *
La re-invención del Estado, a mi juicio, es el problema fundamental de nuestro
tiempo. De ello depende no sólo la posibilidad de conferirle una nueva base de sustentación
a la convivencia política entre los hombres –propiciando inéditas formas y modalidades
organizativas en las agrupaciones y movimientos societarios– sino también el nacimiento de
nuevos polos de atracción axiológica que dinamicen las acciones y conductas de aquéllas.
Aunque lo esbozado en los Fundamentos (Cap. V, § 27) es apenas muy rudimentario
–y, por supuesto, insuficiente– contiene algunas sugerencias que deberían ser analizadas y
profundizadas (con fines prospectivos) sin perder de vista su requerido ajuste con respecto a
las concretas condiciones históricas de cada época, así como el desarrollo tecno-científico
alcanzado por cada comunidad, y por supuesto el trasfondo ethológico que las sostiene y
alimenta. Pretender erigir modelos y soluciones en abstracto... resulta un ejercicio no sólo
retórico y extemporáneo, sino lleno de peligros e injusticias.
Con respecto a la propia época en que vivimos –conscientes como debemos estar de
la radical crisis que atraviesan tanto las ideologías como los partidos tradicionales que de
ellas
se
alimentaban,
al
par
que
del
desafío
que
experimentan
los
esquemas
organizacionales basados en la noción de una jerarquía y una representatividad– lo primero
que debería acometerse es la ingente tarea de re-inventar un Estado donde tales aspectos y
funciones sufran una radical y paralela trans-formación y/o trans-mutación.
No carente de importancia resulta a tal respecto advertir que las mencionadas
nociones poseen todas un origen (y, por ende, un significado o sentido) óptico-lumínico... el
cual bien podría y debería ser sustituido por otro de índole y textura meta-técnica. La noción
de jerarquía, por ejemplo, es piramidal; la de representatividad implica un significado
espacialoide en la atribución, posesión y responsabilidad del poder conferido, etc.
Por otra parte... el concepto mismo del poder (en tanto que ingrediente primordial de
la acción política) debe ser examinado a fondo a fin de que pueda ser deslastrado de su
textura y significación espacial... añadiéndole, de paso, el ingrediente epistemático tecnocientífico que medularmente lo informa, dirige y sostiene, a la altura de nuestro tiempo.
Con respecto al Estado en cuanto tal –como lo hemos señalado muchas veces en
estas mismas páginas– no sólo debe ser despojado igualmente de su significado sustancial
(y, por ende, de toda la taxonomía espacialiforme de sus compartimientos)... sino que las
distintas actividades de sus múltiples funciones deben hallarse ordenadas por un logos y/o
una arché que correspondan, en cada caso, a los peculiares fines que persigan aquellas
funciones... como también a las atracciones axiológicas que las dinamicen.
Sólo así, si se avanza acompasadamente tomando en cuenta las exigencias de la
época y los otros factores señalados, podrá variar el actual concepto y/o representación del
Estado... e irse insinuando, lenta pero firmemente, los rasgos que habrán de conjugarse en
la construcción meta-técnica de su despliegue planetario y galaxial... tal como se bosqueja
en los Fundamentos.
(8/8/92 a.m.)
* * *
Sé perfectamente que los anteriores enunciados pueden parecer muy “abstractos”
y/o “generales” a ciertos espíritus... mas, en el fondo, no lo son. Si se analizan con
detenimiento pronto se advertirá que ellos corresponden a realidades y hechos muy
concretos... a los cuales deberían aplicarse críticamente y sin tardanza.
(8/8/92 a.m.)
* * *
Tres son, a nuestro juicio, las principales motivaciones que a nivel mundial (y,
particularmente, en el ámbito latinoamericano) han contribuido a debilitar y desprestigiar la
idea del Estado en nuestro días.
En primer lugar se encuentra el fracaso del sistema comunista y la disolución de la
URSS... máximos exponentes de la vigencia de un Estado omnipresente, escleroso y
autoritario, cuya macrocefalia centralista no sólo pretendía asumir totalmente la vida y
conducción de la Sociedad, sino que la privaba de libertad e iniciativas creadoras.
El fracaso de esta monstruosa concepción del Estado –concretado en el estrepitoso
derrumbe de la URSS y la rebelión de todos sus satélites– ha sido aprovechado hábilmente
por el neo-liberalismo... no sólo para criticar y destruir las bases y funciones de cualquier
otro modelo estatal, sino para postular la antitética (aunque, asimismo, absurda)
suplantación de aquél por el Mercado.
A esa extremosa e irracional tentativa se añade –sobre todo en nuestro propio
continente– la identificación que circunstancialmente se hace entre las actividades y
funciones del Estado... con la corrupta conducta de la dirigencia política encargada de llevar
a cabo aquéllas... de lo cual se infiere (no sin mala fe) la triste y peligrosa consecuencia de
asignar a todo lo estatal el signo de la ineficiencia, los vicios y lacras burocráticos, así como
la cuasi ingénita podredumbre, política y moral, de su origen.
Tales falorias y falacias –repetidas hasta la saciedad por el fanatismo neoliberal a
través de todos los medios de comunicación, en campañas tecnificadas, orquestadas y
remuneradas por los más poderosos empresarios, con su epicentro en Washington y en la
propia Casa Blanca– tienen como objetivo primordial el desprestigio y destrucción de todo
cuanto remotamente pueda vincularse con el Socialismo... término proscrito y calumniado
que, quien se atreva a utilizar, se expone a ser tildado de hereje antediluviano...
precisamente por los verdaderos dinosaurios.
Mas consciente debe estar, quien no quiera verse envuelto y comprometido en este
sucio baile, no sólo de lo que concretamente sucede hoy en aquellos países que (como
Inglaterra y los propios Estados Unidos) han adoptado al neoliberalismo como directriz de
sus economías –valga decir, la peligrosa recesión que atraviesan, el insostenible déficit fiscal
que afrontan, la miseria en que se hallan sumidos densos sectores de su población–... sino
asimismo de si el tan cacareado “libre mercado”, conceptuado como el eje de la competencia
y la competitividad, funciona verdaderamente como tal... o si sólo se trata de un mero flatus
vocis, sostenido enmascaradamente por todo un régimen de subsidios dispensado
internamente a la producción nacional (sobre todo en el renglón agrícola)... a su vez que
rodeado por un cerco de barreras proteccionistas cada día menos disimulables para el
comercio internacional.
Pero más allá de tales aspectos... la verdadera y crucial interrogación se debe dirigir
a los propios ideales y metas del capitalismo neoliberal –especialmente en lo relacionado con
los escandalosos efectos especulativos de los mecanismos financieros, los espejismos
bursátiles, el descarnado imperio de los monopolios y oligopolios transnacionales anuladores
y negadores del propio mercado–... indagando si ellos son capaces de dar alguna respuesta
(la más leve o menos comprometida que imaginarse pueda) acerca de la ética y la felicidad
humanas...
En tal sentido... no creo que haya la más remota posibilidad de ignorar los postulados
e ideales Socialistas, ni de preterir la condición genérica del hombre supuesta por aquéllos.
Si repudiar la degeneración teórica y práctica que representó el Comunismo, como grotesca
caricatura del auténtico pensamiento socialista, fue y sigue siendo un deber para todo el que
crea en la vigencia de aquellos postulados... idéntica obligación aguarda hoy a quien no
quiera darle la espalda al futuro... reivindicando la vigencia de un Estado –democrático,
pluralista y participativo– como eje de semejante doctrina.
¿No es precisamente esto... lo que intentamos? Pero entiéndase que nuestro
propósito va más allá... pues lo que pretendemos justamente es trans-formar las bases y
supuestos de semejante instrumento técnico para insertarlo a las exigencias de la metatécnica. He allí nuestro verdadero reto...
(1/9/92)
* * *
Quien no perciba la necesidad de utopizar en nuestro tiempo –sobre todo si, por
cualquier circunstancia, su pensar y quehacer se proyecta y desarrolla desde nuestro propio
Nuevo Mundo– es porque sufre de una congénita lerdez.
¿Pero qué debe entenderse por utopía... y en qué sentido y dimensión puede ser
desarrollada la correspondiente acción utopizante si pretende diferenciarse de una estéril e
inútil ficción... irrealizable e imposible?
El hombre –partamos de este consabido e irrefutable dato– es un ser finito. Utopizar
no puede ni debe querer decir ignorar semejante condición para convertirlo en infinito...
aunque algo muy distinto implicaría transformar o transmutar aquella finitud en transfinita... mediante la demiúrgica acción de la razón, desde sí, sobre sí misma... con la
finalidad de potenciar y dignificar lo que de más humano tiene y puede ejercitar el hombre:
su libertad.
¿Mas qué implica lo anterior y cómo encaminar su despliegue sin caer en lo
inverosímil, estéril y simplemente ilusorio... propio de lo sólo quimérico o ficticio?
1o) Un primer e indispensable paso radica en despojar a la u-topía de su tradicional
significado... proveniente, principalmente, de aceptar ad litteram el sentido que imponen sus
dos componentes etimológicos: la partícula privativa o negativa oÙ y el sustantivo tÒpojÀ,
tomados y aceptados ambos en su acepción espacialoide de raíz óptico-lumínica.
En cuanto tal... la u-topía y lo u-tópico significan un lugar (locus) que no existe...
puesto que el correspondiente espacio donde aquél debiera inscribirse o situarse se halla
previamente anulado por el efecto privativo o negativo de la partícula oÙ (también, por
cierto, de significado espacialoide y origen óptico-lumínico). Por lo cual... toda doctrina o
teoría que tenga a semejante lugar o espacio como eventual escenario... resulta, por ello
mismo, i-rrealizable o ficticia, valga decir, “imaginaria”.
1-a) Mas, si al lado del espacio exclusivamente óptico-lumínico se admiten otras
modalidades trans-ópticas y meta-técnicas de la espacialidad, cabe entonces (frente a lo
anterior) suscitar, al menos, tres cuestiones:
1-a-1) ¿es toda posible negación o privación... simplemente negativa? ¿O puede
haber negaciones (me-ontológicas) que no lo sean necesariamente?;
1-a-2) ¿puede ser reducida la “realidad” (alteridad) simplemente a la de las cosas y
los hechos que se inscriben exclusivamente en el espacio óptico-lumínico... o puede haber
una trans-realidad distinta a la de ellos como “fenómenos”... referida a una espacialidad de
índole y dimensión meta-técnica?;
1-a-3) ¿es legítimo identificar lo imaginario con lo i-rrealizable (en sentido ópticolumínico)... y reducirlo, además, a lo ficticio? ¿o puede haber una dimensión (trans-óptica)
de lo trans-imaginario... que no se restrinja a lo iconológico o iconográfico de lo obviamente
ilusorio y quimérico propio de lo meramente ficticio?
2o) Contrafaz inseparable y complementaria de lo u-tópico es la de lo u-crónico. A tal
respecto, si lo primero es aceptado y comprendido en un sentido exclusivamente ópticolumínico, lo u-crónico resultará, asimismo, inteligibilizado e interpretado (leído, ordenado,
etc.) desde semejante perspectiva.
Mas si esta perspectiva cambia y se modifica –trans-formada o trans-mutada en su
índole óptico-lumínica– semejante vicisitud impone paralelamente que la índole del
transcurrir temporal deba ser también entendida de modo diferente... en cuanto ingrediente
primordial de la correspondiente trans-realidad utópica y u-crónica. El instante, en tal
sentido, resulta completamente diferente del ahora... y lo u-crónico no debe entenderse
entonces como lo simplemente in-temporal (carente o privado de tiempo)... ni, por ello
mismo, in-existente o fuera del tiempo, a semejanza de lo u-tópico.
3o) Pero sin que se dieran tales pasos –valga decir, tomada en su acepción
tradicional... de índole espacial y óptico-lumínica– la u-topía, por múltiples razones, se ha
visto aproximada reiteradamente a la an-arquía... ya que semejante concepto, por la
afinidad negativa o privativa que guarda con aquélla, se ha prestado para identificar lo
u-tópico con el secular sueño del hombre por librarse de la opresión o yugo que sobre él
ejerce el poder trocado en autoridad y corporificado en la institución del Estado. De allí que
los anarquistas sean considerados, casi siempre, como representantes o cultores de lo
utópico... criticándose la imposibilidad que encuentran para realizar o concretar sus ideales
á-cratas en el plano de la praxis como señal peyorativa de la u-topía que persiguen.
Por su parte, identificando formalmente al poder con la autoridad y encarnando a
ésta en el Estado, los an-arquistas de semejante estirpe consideran a este último como el
auténtico “pecado original” del hombre –agente y causante de su alienación– desde el cual
derivan todos los males de su existencia y de su historia... así como todos los subsecuentes
procesos metamórficos del enmascaramiento del poder en cuanto renuncias de la libertad
humana originaria (vgr. la representación militar, jurídica o paternal de Dios; la moral como
represión; etc.). Su ideal o meta, en tal sentido, los conduce a una implacable y sostenida
lucha contra tales enmascaramientos y falsificaciones... con el fin de reconquistar una
Sociedad sin Estado donde impere una total y absoluta libertad sin interferencia de la
autoridad.
Sus adversarios, por supuesto, consideran tales propuestas como simplemente
u-tópicas y u-crónicas... asimilándolas, no pocas veces de manera despectiva, al imperio de
un intolerable y cataclísmico des-orden.
4o) Pero la an-arquía, al igual que la u-topía, puede ser despojada de su índole y
significado óptico-lumínicos... inscribiéndola e interpretándola desde una perspectiva metatécnica: trans-óptica y trans-humana.
¿Qué puede significar entonces –desprovisto de su tradicional negatividad y privación
ontológica-espacial, al par que de su mero significado óptico-lumínico– su básico ingrediente
etimológico: el término ¢rc»?
Entre las múltiples acepciones que semejante vocablo pone en juego... se destacan
dos que, para nuestros fines, tienen una primordial importancia. Efectivamente: ¢rc»
significa principio-ordenador y, asimismo, poder-autoritario.
4-a) ¿Mas qué puede denotar el término principio... si el mismo se libera de todo
significado espacio-temporal de índole óptico-lumínica? ¿comienzo, origen, fundamento,
extremo o punta? Todos estos sentidos –que son los que corrientemente se le atribuyen–
resultan, estrictamente, óptico-lumínicos. ¿Pero carece, acaso, el término ¢rc» de una
absoluta significación trans-óptica? ¿O es, precisamente desde ella, que debe ser acuñado su
significado como ingrediente de una ¢n-arc…a trans-humana de índole y proyección metatécnicas?
4-a-1) Por otra parte: ¿qué modalidad de orden u ordenamiento puede insurgir desde
un principio que carezca de significado óptico-lumínico?
No reiteraremos aquí lo que ya hemos insinuado en nuestra conferencia titulada
“Sabiduría, Conocimiento, Inteligencia”, ni lo expresado en múltiples contextos de los
Fundamentos. Resumiendo lo esencial de ello pudiéramos preguntar: ¿sería simplemente
an-árquica (en el sentido habitual que exhibe semejante término) una alteridad cuya ¢rc»
no pueda ni deba identificarse necesariamente con las nociones óptico-lumínicas de un
principio y/o de un fundamento? ¿Puede homologarse con una mera ausencia o negación de
sintaxis... la metaxis me-ontológica del caos?”.
Es ello, precisamente, lo que se debe meditar.
4-b) Lo mismo acontece con el significado de poder-autoritario que se le asigna a la
¢rc» de la ¢n-arc…a. ¿Puede limitarse éste a la índole de lo óptico-lumínico (dominio,
imperio, potencia, fuerza, etc. que se posee y ejercita para ordenar y hacer obedecer un
mandato) y al ámbito de lo estrictamente humano (autoridad, jurisdicción, facultad, etc.) de
su eventual aplicación? ¿O transciende el mismo –como se subraya en los Fundamentos
(§ 26, pág. 119 y sgs.; versión digital, pág. 112 y sgs.)– semejantes límites para transformarse y trans-mutarse en trans-realidades y trans-fenómenos de índole trans-humana y
trans-óptica...
libres
de
reatos
y
circunscripciones
exclusivamente
antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos?
Tal es, asimismo y paralelamente, lo que se debe meditar... pues sólo de tal manera
cabe plantearse los problemas y antagonismos que para la an-arquía (conceptuada e
interpretada de manera tradicional) representan instituciones como las del Estado y Dios...
así como, por supuesto, la de una ética.
En efecto: si con respecto al Estado... la interpretación meta-técnica del poder (de
índole trans-óptica y trans-humana) inaugura la posibilidad de pensarlo galaxialmente... con
respecto a Dios, de un modo paralelo, señala la explícita posibilidad de liberar a su noción de
toda sombra antropomórfica (Dios-Padre) y autoritaria (Dios-Rey y/o Dios-Juez)... abriendo,
de este modo, la vertiente de una aproximación a ella a partir de un eros igualmente desantropomorfizado...
y,
por
tanto,
trans-óptico
y
trans-humano
(holismo).
Idéntica
posibilidad –como cabe inferirlo desde los Fundamentos– se inaugura para la Ética y una
eventual trans-mutación trans-óptica de los valores... liberando a éstos de todo anclaje
exclusivamente humano o de estimativas subrepticiamente espacialiformes que los atan a
un mal entendido y limitante geo-centrismo.
5o) Para explorar y desarrollar los gérmenes de esta nueva concepción de una u-topía
an-árquica –de acuerdo con los lineamientos esbozados– no hay otra vía que la ofrecida por
la ciencia más estricta... y las emergentes posibilidades que otorga la meta-técnica como
paradigma trans-racional de la misma.
A tal respecto... el camino a seguir es, nada más ni nada menos, que abordar el
proyecto de construir una supra-naturaleza... abandonando eo ipso la falsa y retrógrada
noción de una “naturaleza humana”, divinizada y esencial, enraizada en una eterna,
inmutable e inalterable fÚsij... de clara genealogía platónica-aristotélica... e inocultables
visos parmenídicos.
Sólo a partir de ello es posible avizorar la demiúrgica función transmutadora de la
razón sobre sí misma... y la emergencia de una trans-racionalidad capaz de subvertir y
disolver los límites de todas las instituciones hasta ahora diseñadas y plasmadas por el
hombre... incluyendo la de su propio lenguaje en cuanto límite de límites (valga decir, como
reducto o cárcel última) que debe ser destruido y superado –cual una condición
absolutamente necesaria– para instaurar una verdadera y creadora utopía-anarquizante en
la naciente alteridad.
(6/10/92 a.m.)
* * *
Creer es querer... La voluntad se erige frente al mundo decidida a construirlo...
asentado su posición trans-formadora y trans-mutadora de la alteridad.
De allí la radical energía creadora que emana de las fuentes volitivas... cuando ellas
se transustancian con las de la racionalidad técnica.
Ser forjador y hacedor de nuevos mundos es el signo del tecnita: su telos existencial.
De ellos se origina la grandeza y los correlativos peligros que circundan sus acciones: la
riesgosa utopía que sostiene y alimenta su más hondo temple vital.
Pero
un
hombre
que
carezca
de
auténticas
creencias...
es,
sencillamente,
despreciable: vive como un cobarde... habitando sólo refugios alquilados.
(20/2/93)
* * *
¿Es Dios una creencia... o un producto creencial? Si así fuera... Dios sería un
constructo humano.
Lo que debería preocuparnos es que tal constructo no fuese diseñado como una
simple imitación (m…mhsij) de lo que es el hombre y/o su visión de sí... portando, tácita o
expresamente, rasgos antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos... acuñados dentro
de los límites del humano ojo y la luz que lo alimenta.
También las creencias, en tal sentido, deberían ser sometidas a una transmutación
meta-técnica... a fin de convertirlas en fuentes de energías trans-dóxicas y/o transposicionales. ¿Qué significa esto? Sencillamente que mi querer –mi “voluntad”, si así se
prefiere llamarlo– no quede limitado a un “Yo” (sujeto) encerrado en una pobre y obnubilada
conciencia-vidente... sino potenciado por un eros galaxial (cfr. FMT, § 26, pág. 119 y sgs.;
versión digital, pág. 112 y sgs.).
A veces los ciegos escuchan... lo que no vislumbran ilustrados sabios.
(20/2/93)
* * *
Lo primero sería despojar a “Dios” de todo nombre... y de cualquier palabra, imagen
o idea... que contraríe su absoluta y radical inefabilidad... desvirtuando incluso, en este
último atributo, su carácter privativo o negativo.
No decir nada. Asentar el silencio. Trasponer los umbrales del abismarse...
(20/2/93)
* * *
¿Puede llamarse a esto “mística”? Si así se entendiese... la pretendida empresa
fracasaría ab initio. Efectivamente: “místico” es quien, desde el propio inicio de su relación
con Dios, su-pone que éste de antemano existe. Lo que pro-ponemos, en cambio, es la
peligrosísima faena de construir a Dios como una a-puesta creencial.
¡No se nos confunda, por esto mismo, con Pascal!
(20/2/93)
* * *
Creer es tener la apetencia de creer: querer o tener la voluntad de creer... apostar a
lo creído: actuar para que exista... ponerlo, construirlo.
Todas estas sutiles y riquísimas conexiones se hallan profundamente entrelazadas en
los recíprocos sentidos que entre sí guardan los siguientes verbos: credo, volo, quaero, ago,
pono, struo. Especial mención cabe hacer del sustantivo vis-vim... y su extraña conexión con
el verbo volo... en cuanto segunda persona del singular de éste (cfr. al respecto Ernout et
Meillet, Dictionnaire Etymologique de la Langue Latine, pág. 740 y sgs.). De allí puede
derivarse el significado volente y activo del creer como querer. Existir, en tal sentido, es
tener una activa apetencia –solicitud, cuidado, preocupación– frente al mundo... y
construirlo desde el creer entendido como acción.
(21/2/93)
* * *
Creer y querer son modalidades de un apetecer que busca –se propone, solicita,
inquiere o requiere– construir el mundo mediante el actuar de su volente demiurgo. Actúa
éste porque quiere... y quiere porque cree en lo apetecido por su acción.
(21/2/93)
* * *
Vuelve a mi mente una vieja idea –la de la Ingeniería Social– acariciada durante largo
tiempo cuando fui Rector... cuyas eficaces posibilidades se me antojan, hoy, de suma
urgencia e ineludible necesidad para nuestro país... o para toda América Latina.
Su meollo es evidente: la transformación y conducción de las energías humanas –tal
como hacen los ingenieros hidráulicos con las de un río que desvían o represan– transmutándolas en vista de fines previamente elegidos para incrementar el bienestar común...
respetando, por supuesto, la dignidad humana de quienes participen y colaboren en
cualquier proyecto de este tipo.
Por energía humana no entiendo simplemente aquella que se derive del trabajo
material y/o corporal... sino toda la amplísima gama de labores y tareas que provengan de
necesidades, requerimientos y virtudes (fuerzas) morales... gracias a la previa y básica
conversión del hombre en un ser comunitario... al servicio de las metas autoelegidas por la
propia comunidad para el logro del bien común.
¿Se trata sólo de una utopía? Al contrario... responde a una exigencia ineludible por
su concreción y urgencia, tanto espiritual como material.
(31/5/93)
* * *
¿Trans-formar la energía humana... significa tratar al hombre como una cosa u objeto
simplemente utilitario? Léase con cuidado lo que acabamos de escribir... para evitar que tal
equívoco prospere.
Que el hombre es energía actuante y manifiesta... ¿quién puede dudarlo? ¿Qué es
amar, odiar, preguntar, conquistar, dirigir, educar –en síntesis, vivir– sino rostros de la
energía que sostiene a su existencia y a través de los que ésta se despliega? Constatar
semejante dato... no es cosificar al hombre, ni confundirlo con un simple útil o instrumento.
Si a tal energía se la trata como inconfundible manifestación de la dignitas humana... no hay
peligro alguno de que la Ingeniería Social se confunda o identifique con un proceder
meramente tecnocrático... totalitario y deshumanizado. Abundar en ello es innecesario...
(31/5/93)
* * *
¿Cómo
definir
la
fundamental
tarea
histórica
que
debemos
acometer
los
latinoamericanos?
Hela aquí: ¡Inventar el futuro!
(3/6/93 6 p.m.)
* * *
Inventar no es divagar ni fantasear... sino proyectar y construir. Por eso y para eso
vivimos en un Nuevo Mundo... energizados por la expectativa ante el advenir, sin obligantes
compromisos frente a la tradición, ni pesados lastres que esclavicen nuestro presente.
Somos capaces de hacer con nuestro destino lo que inventemos... por obra de nuestra
libertad y el concurso de nuestras fuerzas creadoras.
Inventemos, pues, nuestro futuro...
(3/6/93 6 y 15 p.m.)
* * *
Inventar proviene del latín invenio-is-veni-ventum-nire... donde poseía el múltiple
significado de hallar, encontrar, conseguir, adquirir, descubrir, enterarse de, saber, etc.
En nuestra personal apreciación es un descubriente-hallar... que se despliega y
realiza mediante un fundado preguntar (buscar) lo ignoto o aún desconocido... a través de
una acción energizada por la expectativa.
¿Cabe descripción más precisa de una genuina creación?
(3/6/93 6 y 30 p.m.)
* * *
Pero se debe añadir algo más. En efecto: aquello por lo que se pregunta (lo ignoto o
aún desconocido) no es algo pre-existente o pre-establecido... sino obra del propio
preguntar fundante: su instituida construcción.
“Hallarlo” no significa topar o dar con ello... sino pro-vocar y pro-ducir su hallazgo al
instituirlo como terminus ad quem de un descubriente-proyectar.
Semejante proyectar-descubriente, por su parte, no es simplemente un despejar o
iluminar algo que yazga previamente oculto o encubierto... sino un generar o engendrar
activamente el hallazgo de lo inéditamente instituido por el preguntar y su inherente
construir.
(3/6/93 7 p.m.)
* * *
Son viejas ideas... filiables a las que expresé en mi libro El problema de América... de
las cuales no me arrepiento porque son el testimonio de mis más profundas vivencias como
habitante del Nuevo Mundo.
(3/6/93 7 y 10 p.m.)
* * *
No acatar la razón, ni simplemente reposar en ella, sino inventarla mediante sus
propias energías, es tarea del verdadero artífice de su creación.
(16/6/93)
* * *
No tiene reglas, orden ni sintaxis eternas la racionalidad... sino que ellas les son
impuestas a su potencial despliegue por quien la construye, paso a paso, en sus
posibilidades y manifestaciones creadoras.
(16/6/93)
* * *
El hombre es el demiurgo de la razón... y de su propia racionalidad. Esto quiere decir
que el hombre dirige el curso y finalidad de ellas... inventando el itinerario que deben seguir
en
vista
de
aquello
que
pretende
alcanzar
–como
digno
y
necesario–
para
ser
verdaderamente racional.
(16/6/93)
* * *
Inventar la razón... es la máxima tarea que puede imponerse un auténtico creador de
nuevos mundos: un genuino gestor de la historia. Para ello ha de estar convencido de que
así como debe destruir para crear... su propia creación será destruida por el genesíaco
ímpetu de otros afanes creadores más potentes y racionales que el suyo. Vivir de tal
convencimiento... es participar en el pathos de una permanente e indetenible transmutación
creadora.
(16/6/93)
* * *
La más honda y serena comunión con lo inasible... sobrecoge a quien logre
aprehender y aceptar sus deberes como creador.
(16/6/93)
* * *
Absolutamente radical, como ninguna otra hasta ahora conocida, es aquella invención
de la razón que transmutando sus propios fundamentos y principios –valga decir, su logos
ordenador y sustentante– construye así una trans-racionalidad que, al disolver y trascender
los presuntos límites de tales fundamentos y principios, es capaz de proyectar nuevos y
desconocidos universos sintácticos. Tal es el caso de la ratio technica... al inventar la
dimensión de la meta-técnica.
(16/6/93)
* * *
La transformación meta-técnica no incide exclusivamente sobre los instrumentos que
potencian la función óptica del hombre (vgr. los microscopios, los telescopios, etc.)... sino
también, en forma paralela, sobre otros tipos de instrumentos (táctiles, auditivos, odoríficos,
etc.) que son y/o encarnan reproducciones miméticas de otros sensorios, actividades o
funciones que desarrolla el hombre mediante órganos (instrumentales) de su cuerpo.
El universo de tales actividades es dilatadísimo... y sería un plausible cometido
compendiarlas
sistemáticamente.
Sin
acometer
semejante
tarea...
quisiéramos
sólo
reducirnos a una de esas actividades –como es, vgr. la de cortar (trozar, disecar, sajar,
cercenar, amputar, etc.)– y la cual, muy probablemente, inició el hombre utilizando para ello
sus dientes... a los que posteriormente sustituyó por afiladas piedras... hasta llegar a las
navajas, cuchillos y sofisticados bisturíes de los que disponen los modernos y refinados
carniceros que llevan hoy el respetabilísimo título de cirujanos... aunque la etimología del
mismo provenga del griego ce…r (mano) y ›rgon (obra) introduciéndose un sofisticado
refinamiento... que, sin embargo, no puede velar ni desvirtuar su dental origen.
Pues bien: ¡hasta en los bisturíes utilizados por la diestra mano de los cirujanos ha
incidido la acción transmutatoria de la meta-técnica! En efecto: en lugar de ser aquéllos
remedos recordatorios de los salvajes dientes, o de afiladas piedras sustitutivas de los
caninos mane-jadas con los dedos, los actuales “cirujanos” cumplen su función utilizando
rayos láser... o (en la así llamada “radiocirugía”) ondas cuya oscilación en el espectro
electro-magnético es la de 3,8 MHrz.
Gracias a ellas la temible y temida cirugía no requiere anestesia, no se producen
sangramientos, no quedan cicatrices ni traumas... y lo extirpado (cortado) desaparece como
por arte de magia... pulverizado por el impacto de los electrones de alta frecuencia... translumínicos y trans-ópticos... y, por supuesto, trans-humanos... puesto que su “manejo”
transciende los ingénitos alcances y límites de los sensorios y órganos naturales del hombre.
¿Qué añadir a esto? Pues que sólo a un orate puede ocurrírsele estar pensando en
ello... cuando el país, a su lado, sólo piensa en las oscuras y amenazadas elecciones que se
celebrarán la próxima semana... y cuyo final desenlace es impredecible.
(26/11/93 a.m.)
* * *
Debe el filósofo –que no el ser humano en general y abstractamente considerado–
aprender a soportar los cambios, mudanzas y trastrueques que su propio mundo le depara...
día tras día, sin tregua, inevitablemente, en su fugacidad.
Y con los del mundo... los de su alma... suerte de agitado, alterativo, transformante
abismo en perpetuo, indetenible, insofocable movimiento... donde jamás el sol destella y
declina siguiendo el mismo punto de un imaginario horizonte... pues no hay punto, ni líneas,
ni antes ni después, ni luz, ni ojo... y no se percibe siquiera lo que huye y se retrae... ni por
supuesto el tiempo del nacer y el morir... sino el designio oculto, fatal, misterioso de la real
y soberana gana... su gana y sólo la de él... autocráticamente monarca pero a la vez esclavo
de la misma... cuyos efluvios sostienen al azar entero... y en su agonía, irremisiblemente, a
la ventura o desventura de los pensamientos, caídas o alegrías del infeliz protagonista.
(11/2/94)
* * *
Antes y después (no durante) la II Guerra Mundial... el Partido Comunista lideró, en
todos los países latinoamericanos, la lucha contra el imperialismo norteamericano. Hoy el
Partido Comunista, incluso en su patria de origen, está colapsado y carece de fuerzas e
instrumentos para aglutinar un frente con similares propósitos en Latinoamérica.
¿Quiere decir esto que aquella lucha carece de sentido... y resulta imposible? ¡En
absoluto! Lo que se requiere es revivirla y remozarla –pues la opresión colonialista y la
explotación económica norteamericanas persisten y son hoy mayores que nunca– a fin de
lograr un movimiento plural, libre de trabas y compulsiones ideológicas y/o de clases, que
reagrupe a los diversos sectores y estamentos sociales en un frente solidario... energizado
por las consignas comunitaristas que posibilitan la construcción de un Nuevo Mundo.
¿Es acaso esto algo abstracto y metafísico? ¿Un vagoroso sueño de filósofo
trasnochado? No lo creo... y estas páginas son su mejor testimonio. Lo que falta son
hombres con decidida voluntad de lucha y creación... que modelen la arcilla que espera a lo
largo y lo ancho de Latinoamérica. ¿Es imposible que surjan? ¡No hay nada que pueda negar
mi esperanza!
(9/7/94 a.m.)
* * *
¿Será la que avizoramos una revolución milenarista provocada por la desesperación
de los desposeídos? No sería imposible que tal fuese uno de sus agentes originantes... y
aquélla una de sus facetas epocales... mas, en ningún caso, su final designio. Éste, como lo
hemos subrayado reiteradamente, se centra en la construcción de un Nuevo Mundo... y, por
ende, de una inédita estructura socio-política en la cual encarne la novedad de aquél. De allí
el indispensable, necesario e insustituible aporte que los intelectuales y políticos deben
realizar en la gestación y realización del movimiento revolucionario... con el fin de aportar
constructos institucionales que alimenten y sostengan sus proyectos.
Por lo demás... aunque es absolutamente urgente enfrentar la inhumana e intolerable
situación de las masas desposeídas... al par de esta inaplazable tarea se debería acometer la
de trans-formar y trans-mutar los fundamentos creenciales de nuestro ethos... a fin de
lograr una diáfana comprensión de lo que debe ser la solidaridad humana... más allá de las
artificiales barreras impuestas por las diferencias socio-económicas, políticas, étnicas o
religiosas.
La pregunta por la técnica y el signo planetario del hombre en nuestro tiempo debería
guiar el diálogo elucidante de los problemas... no para aceptar ciega o ingenuamente aquella
condición del hombre... sino para saber cómo encaja la misma dentro de los proyectos e
ideales que deben guiar la construcción del Nuevo Mundo... en su singularidad históricocultural.
¿Sueños de filósofo? Ya topamos, líneas arriba, con esta misma y obsesiva
interrogante...
(9/7/94 a.m.)
* * *
Tener autoconciencia de las dudas, del obnubilante poder de las quimeras, de la
atracción ejercida por el delirio metafísico... he aquí el primer deber intelectual del filósofo
en trances como el que agobia a este agónico escribiente.
¿Trance? La palabra tiene un doble horizonte de sentido: rapto o combate. ¿Hay
dudas acerca de cuál es el que le otorgamos?
(9/7/94 a.m.)
* * *
No siempre el amor o eros evita, impugna y se opone a la alienación. Por el
contrario... mal entendido o interpretado, se torna en fuente o manantial subrepticio que la
genera... provocando fenómenos y comportamientos antagónicos (aunque similares en sus
consecuencias) a los generados por otros tipos o modalidades de la alienación. Tales casos,
esquemáticamente consignados, son (entre otros) los siguientes:
1o) cuando el eros o amor se “diviniza”... entendiéndose como el efluvio, emanación o
mensaje que una deidad misericordiosa (¡se debería analizar la precisa etimología de
semejante adjetivo!) irradia... y del cual participa (¡oh Platón, oh Plotino, oh discípulos,
secuaces, comentadores... y silenciosas, inocentes víctimas!) la criatura (!!!) humana;
2o) cuando el eros o amor se “vitaliza”... haciéndolo sinónimo de la Vida como tal...
transformando a ésta, asimismo, en una deidad autónoma... o en una manifestación
sacralizada de la señalada en el anterior acápite.
Deificada y/o sacralizada la Vida, el amor o eros se interpreta como una epifanía de
ella... adjudicándole, por tanto, un designio y una infalibilidad en todas sus manifestaciones,
incluso en las perversas y destructoras. Pues hay, dicho sea de paso, manifestaciones
destructoras y autodestructivas del amor o eros. (Pero su estudio y análisis complicaría
demasiado este brevísimo esquema);
3o) cuando el eros o amor se “esencializa”... convirtiéndolo en un eidos o idea
(exclusivamente inteligible, intangible, ideal) cuyo topos o reino se halla instalado al lado y
aún más allá de lo fáctico y real... pero con imperiosa vigencia normativa sobre los hechos y
realidades.
Como tal... el eros o amor tiene su propia, peculiar y autónoma geometría y
dinámica: es el ordo amoris... suerte de cúspide y custodia, celosamente guardada por sus
sacerdotes de toda la injerencia e inmundicia de otros actos, pulsiones y energías (humanos,
terrenales, etc.) ajenos a su estricta esencialidad... o contrapuestos a ellos... more
geométrico.
Frente a estas u otras modalidades de entender o interpretar el amor... concibo a su
manifestación como una energía dinamizadora del existir o de la existencia humana...
originada desde ella... como respuesta ante su finitud... asumida ésta en la experiencia y
trato con los otros y frente a sí mismo... cuya expresión resume la convivencia solidaria y la
caridad compartida.
Tal modo del co-existir sólo puede brotar desde la nostredad y del nosotros... en
tanto que origen o fundamento generatriz del ser genérico del hombre... opuesta vertiente a
todo aislado monadismo individualista, egoísta y solitario, guiado por el afán o voluntad de
poder, tanto sobre los otros, en cuanto tales, como sobre la alteridad en general... muros o
fronteras que testimonian la finitud del ser humano y su agonía existencial frente a ellos.
(18/11/94 a.m.)
* * *
Si la existencia humana se nutre del futuro, si sólo a partir de éste se articula y
configura el sentido que lo fugaz del presente pueda tener para su actor... ¿cómo construir
un advenir desde el cual logre aliciente el hombre para afrontar la indigencia que su actual
existencia ostenta y representa?
Porque lo más grave –como hace algunos días lo anotábamos– es que el futuro que
hoy se ofrece al hombre está signado por una radical inconsistencia y caducidad...
transmutándose, apenas avistado como tal, en un irrisorio y vacío horizonte... que se
desmorona al nacer y es sustituido por otro, a su vez efímero, condenado a sufrir la misma
suerte.
“Existe”, pues, el hombre... sostenido en la oquedad: sin esperanza, ilusión, ni
expectativa... transido por la angustiosa certidumbre de vagar por un erial donde nada
merece que en ello se confíe... ni que a ello se dedique el esfuerzo que la peripecia
existencial exige.
De allí el cinismo, el relativismo, el escepticismo, el nihilismo –valga decir, el
hundimiento
de
todas
las
creencias
y
valores
que
sostienen
a
una
existencia
verdaderamente humana– que hoy se palpan por doquier... y cuya primordial consecuencia
es la atormentada, desesperada, árida actitud existencial que acompaña y alimenta al culto
de los más atroces ídolos de nuestro tiempo: el terrorismo, el afán de poder por el poder, el
irrespeto y desconocimiento de toda dignidad en cuanto tal... desde la que sostiene a la
propia vida hasta la de la razón como razón.
¿Qué hacer, pues, para restituir y reafirmar la posibilidad de construir un futuro...
que sea capaz de enfrentar y derrotar con sus promesas la miseria e indigencia que signan
la actual vividura del hombre?
Nuestro credo es conocido: detectados y descritos los horizontes y límites que
configuran la crisis de la vigente racionalidad humana –de raíz o estirpe óptico-lumínica–
tales como son el antropocentrismo, el antropomorfismo y el geocentrismo... creemos que
sólo transmutando aquella restringida génesis, así como sus respectivos y obnubilantes
parámetros
limitativos,
podrá
el
hombre
hallar
una
nueva
dimensión
donde
la
correspondiente alteridad –desafiando la absoluta obediencia que su confinada razón
pretende imponerle– señale para ésta un hito in-dominable, incapaz de sojuzgar y someter
con su poder, y, por lo tanto, digna de respeto en su hetero-geneidad si con aquella misma
racionalidad se compara y relaciona.
Sin que tal acontecimiento genere su im-potencia... el desafío que ello representa
para la racionalidad humana suscitará, sin duda alguna, su humildad... fortaleciendo una de
las vertientes que con más honda fuerza alimenta el futuro: la asumida y sabia ignorancia...
fuente y raíz del incesante y mesurado preguntar por aquello que constela a la existencia
humana... sin identificarse ni confundirse con ella. Es por eso, justamente, que a semejante
racionalidad la denomino “trans-humana”.
Sólo desde el hontanar de lo trans-humano –animado por un creador respeto ante
ello– podrá el hombre encontrar la necesaria, duradera e inagotable materia para construir
el futuro... y restituirle el sentido a su propia existencia.
(22/4/95 11 a.m.)
* * *
La preposición trans significaba, en latín, “más allá de”, “del otro lado”, “por encima
de”... lo cual se conserva también, sin mayores variantes, en nuestra lengua. Pero a
semejante acepción, sin duda espacialoide y de raigambre óptica, se le debería añadir la
inherente función (trans-figurativa, trans-formadora y trans-mutante) que se deriva
inherentemente de la acción preposicional... y la cual alude a un cambio o mudanza,
modificante, sufrida por aquello sobre lo que semejante acción recae.
Lo trans-humano significa, de tal modo, lo que se halla o encuentra “más allá”, “por
encima de”, “del otro lado y/o en la parte opuesta” de lo humano... aunque también, por
obra de la señalada y paralela función modificatoria, lo que trastorna y trastoca la idea,
entidad, substancia y modos de ser de lo humano, propiamente dicho, hasta convertirlo en
algo que alcanza otra dimensión y rebasa el sentido de lo estrictamente humano.
Lo trans-humano, en semejante contexto, puede aludir a dos esferas o regiones: a) a
la de los seres vivos que, ingénita y/o naturalmente, se diferencian del hombre (por su
composición
bioquímica,
sus
características
somato-psíquicas,
su
comportamiento
o
conducta, etc.); y b) a la de otros seres que, mediante una acción modificatoria proyectada
racionalmente por el propio hombre, son productos supra-naturales (valga decir, artificiales)
diseñados y creados por aquél... sin importar su índole, finalidad, etc.
Lo trans-humano –interpretado en ambos sentidos– puede ser infra o supra-humano,
viviente o no-viviente, terrenal o trans-terrenal... y sería ilegítimo intentar “valorarlo”, por
cualquier medio y desde cualquier perspectiva axiológica, tomando como patrón al hombre y
a lo humano: sus virtudes, características, etc., etc.
(22/4/95 4 p.m.)
* * *
Lo trans-humano, como tal, no tiene que ser contrario ni opuesto a lo humano. Antes
bien... puede ser complementario y amplificador de aquello... potenciando y extendiendo sus
posibilidades y límites... en todos los sentidos. Así sucede vgr. con lo que denominamos
trans-racional... que, propiamente, es trans-humano. Ahora bien: lo trans-racional no es
i-rracional ni a-rracional... sino que, adicionando sintaxis trans-humanas a las humanas
mediante procedimientos nootécnicos de homo-logación, logra alcanzar dimensiones metalingüísticas jamás imaginables dentro de los límites restringidamente antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos de la racionalidad tradicional.
(22/4/95 4 y15 p.m.)
* * *
¿Para quién escribe el filósofo? No lo sabe... si, en verdad, es filósofo. ¿Para quién
escribo estas páginas? No lo sé... aunque presiento a mis anónimos destinatarios... sin
lograr concretar los perfiles de sus motivaciones... ni finalidades.
Imagino que serán utopistas de una singular ucronía... con vagos atisbos galaxiales...
desengañados de las promesas ofrecidas por el fracasado sueño planetario. Buscadores de
una vida deslastrada de sus ídolos y límites terrenales, perpleja ante sí misma, ansiosa de
encontrar compañía en la inimaginable vastedad del cosmos... para nutrir su curiosidad,
escudriñar misterios y descifrar enigmas invencidos.
Argonautas de un viaje sin destino... hacia el abismo, energizados por el oscuro
impulso del eros, sediento de su perdida otredad.
(23/4/95 p.m.)
* * *
Frente a la resistencia de la alteridad... tenacidad, por no decir obstinación, exige
toda genuina creación que pretenda deshacer y rehacer aquélla... hasta lograr transmutarla.
(1/5/95 p.m.)
* * *
Arquitecto e ingeniero, que no orfebre, debe ser el filósofo... y, sobre todo, el poeta...
si verdaderamente quiere engendrar nuevas alteridades.
(1/5/95 p.m.)
* * *
Engendrar
no
es
des-cubrir
sino
inventar
(originar)
alteridades...
mediante
demiúrgico construir humano.
(1/5/95 p.m.)
* * *
¿Por qué inventa... el hombre? ¿Para qué inventa? ¿Cómo inventa? Aquí decisivo es
precisar y esclarecer lo que se denomina el origen, el originar... y, por supuesto, lo
originario y lo originante.
Sin esto... poco o nada se gana... y la reflexión se reduce a reiterar concepciones
epistemológicas y ontológicas ya caducas y anacrónicas.
(1/5/95 p.m.)
* * *
Sería un craso error pretender que en América Latina se apliquen las categorías,
esquemas y patrones, que han guiado y sostenido tradicionalmente la política exterior de las
diversas naciones europeas entre sí... o, más recientemente, las de USA con aquéllas.
Richelieu, Bismarck, Metternich, o aun el mismo Kissinger, han sido indudablemente
grandes
y
astutos
estrategas...
pero
una
cosa
es
que
existan
las
“naciones”
y
“nacionalidades” (como, por ejemplo, la alemana, francesa, inglesa, rusa, española, italiana,
polaca, etc.)... y otra, completamente, la realidad socio-política y ethológica que prevalece
entre los diversos pueblos y países latinoamericanos.
En efecto: ¿perduran, acaso, en nuestra conciencia histórica los imborrables
resentimientos y subterráneas querellas, alimentadas durante siglos, que aún mantienen
aquellas naciones entre sí? O preguntando aún más radicalmente: ¿hay verdaderas naciones
y nacionalidades en América Latina... que exhiban y manifiesten las radicales diferencias que
median entre un alemán y un francés, o entre éste y un polaco, un ruso y un inglés? ¿han
sufrido nuestros pueblos las humillantes invasiones y sojuzgamientos, con las terribles
penalidades que consigo traen semejantes hechos, de los cuales está llena (por no decir
hecha) la historia europea? ¿o es Latinoamérica una suerte de magma ethológico incipiente
y común... exento, felizmente, de las seculares barreras que separan étnica, cultural y
políticamente, al abigarrado mosaico de las naciones y nacionalidades europeas?
Mi particular visión de América Latina, a pesar de las superficiales y tenues
diferencias que puedan existir entre sus pueblos (vgr. entre el mexicano y el argentino,
entre el chileno y el nuestro, etc., etc.) es que ella forma una auténtica comunidad de
pueblos, unida por el lenguaje, el mestizaje racial y una compartida cultura, que se hallan en
búsqueda de un común destino... enfrentados (también en común) a una adversidad común:
el creciente poderío y dominio tecnocrático del imperialismo norteamericano (entendida
semejante expresión en estricto sentido)... sutil y eficazmente abocado a la tarea de
sembrar distancias y rivalidades entre nuestros países... con la premeditada finalidad de
usufructuar la explotación de nuestras riquezas naturales e incrementar la dependencia
tecnológica de nuestras industrias al primado de las suyas... sea ya a través de los nexos
accionarios del capitalismo o de la supeditación técnica a sus patentes en materia de
producción y productividad... tal como lo entreví y analicé hace ya muchísimos años. En tal
forma, dicho a grosso modo, subyugan a nuestros mercados... y cuentan con mano de obra
barata para sus factorías... mientras crece su poder financiero a costa de la economía de
nuestros países y la insatisfechas necesidades de nuestros habitantes.
Todo
ello...
sin
mencionar
la
artimaña
y
solercia
empleada
(diseñadas,
específicamente, por el mencionado Kissinger) para hacernos caer en la oprobiosa y
desgraciada trampa de una inmensa “deuda externa”, forjada a base de corrupción y
sobornos, transformada hoy en una colosal sanguijuela que succiona inmisericordemente la
mayor parte de nuestros recursos económicos... y nos aherroja a la tutoría del Fondo
Monetario Internacional y del Banco Mundial... dominados y dirigidos por los capitostes del
capitalismo norteamericano...
Frente a todo ello... nuestra reiterada pregunta: ¿qué hacer frente a Colombia o
Brasil... Perú, Ecuador, Chile, Argentina, etc.? ¿Aceptar resignadamente las estratagemas de
la división y la discordia –activamente promovidos por la CIA, la DEA, o la cotidiana y
soterrada acción de la diplomacia norteamericana a todos los niveles– cuya principal
consecuencia es lograr el mantenimiento y crecimiento de una amenazante burocracia
militar, ciega y patriotera, en cada uno de nuestros países... corrupta, además, por el
lucrativo negocio de la compra de armas... o crear, frente a ello, una suerte de OTAN
latinoamericana (OTAL)... cuya principal finalidad fuese la de congregar a todos los recursos
y efectivos militares en nuestros países... conformando una verdadera y significativa fuerza
de sostén y defensa para ellos, la estabilidad de sus gobiernos democráticos y sus intereses
materiales?
¿Por qué, además, no aprovechar las extraordinarias posibilidades que nos ofrecen
los medios comunicacionales... para aproximar e incrementar el común patrimonio de
nuestro universo cultural y ethológico, nuestros sistemas educativos y nuestra ciencia?
¿Habría alguna insalvable imposibilidad para ello... o restaría sólo el proyecto y la
correspondiente decisión de instrumentarlo para transformar esa hermosa idea en una
viviente y actuante realidad?
¿No pueden igualmente, si se suprimiesen las trabas aduaneras y arancelarias,
complementarse
admirablemente
nuestras
economías
regionales
y
locales...
y
los
correspondientes sistemas de transporte para facilitar el intercambio de las mercancías?
¿Por qué, pues, no intentar llevar la unidad de Latinoamérica al plano de los hechos...
sin sacrificar, ni mucho menos, la heterogeneidad y diversidad de nuestros pueblos... en
búsqueda de su común destino? ¿No es el que vivimos, precisamente, el tiempo indicado
para hacerlo? ¿No nos amenaza, cada día con mayor fuerza, una tendencia disolvente y
anonimizante... que avanza desde el Norte? ¿No es el momento, al menos, de tomar clara
conciencia de tal fenómeno... y escrutar cuidadosamente sus manifestaciones y los
instrumentos que utiliza para el logro de sus fines? Mi angustia crece... por la interesada o
ingenua ceguera que veo a mi alrededor.
(17/8/95 p.m.)
* * *
¿Es capaz el hombre de vivir socialmente sin una ideología? ¿O el hecho de su propia
convivencia social genera, en sí y por sí misma, una necesaria ideología? ¿Qué ocurre en
nuestro tiempo? ¿Han muerto o desaparecido las ideologías? ¿Qué decisivo fenómeno o
acontecimiento ha decretado este proceso en el que las mismas han ido perdiendo
progresivamente su atracción, credibilidad y capacidad de persuación social? ¿Hacia dónde
se dirigiría el mundo –o qué lo dirigiría– si las ideologías desaparecieran... y su vacío
potenciara el amenazante nihilismo que ya circunda la existencia del hombre sobre la faz del
planeta? ¿Pudieran ellas –en su carácter de religiones laicas que hasta ahora han tenido
para muchos– ser suplantadas por mandamientos teocráticos, supercherías mágicas,
mitologías o baratas charlatanerías? ¿Le cederán finalmente su función y sitio a la ciencia y a
la auténtica utopía creada por el hombre para dignificar al hombre? ¿Nos acercamos o
alejamos de ello?
Enumero sucintamente estas interrogantes... perplejo y confuso en mí mismo... sin
tener respuestas para ellas ni saber si poseen verdadero sentido. Pero creo que desnudan
una realidad insoslayable para nuestro tiempo y sus encrucijadas.
Sospecho asimismo que a partir del constatable debilitamiento y creciente descrédito
de las ideologías –conscientes de la anómala situación que esto provoca tanto para la
existencia de una sociedad ordenada políticamente como para las expectativas individuales
de sus miembros– los grandes centros del poder de nuestro tiempo (aglutinados, cada vez
más, en corporaciones transnacionales y transestatales) han intentado programáticamente
lanzar consignas pseudo-científicas, como las del “neo-liberalismo” (amparadas y acrisoladas
por dogmas como los del “mercado”, la “apertura comercial”, la “inoperancia del Estado”,
etc., etc.)... con la esperanza de sorprender en su buena fe y captar para su obnubilante
credo a millones de hombres desorientados y desprevenidos... ocultándoles los verdaderos
intereses y finalidades que persiguen.
Pero a la vista se halla, patente cada vez más, su fracaso: la última huelga de los
sindicatos en Francia, el galopante desempleo en Alemania, la crisis de México y de
Argentina, etc., etc., lo atestiguan sin posibles tapujos. A pesar de la inmensa maquinaria
tecno-comunicacional utilizada para publicitar sus logros y aparentes beneficios... la sórdida
realidad de la pobreza y su desesperación desmienten aquéllos... y desnudan la crueldad y
miseria de un deshumanizado, voraz y frenético capitalismo... que sólo conduce hacia el
extravío irracionalista... y a la idolatría del dios-dinero como símbolo del afán de poder.
(29/6/96 a.m.)
* * *
Me debato en las mismas encrucijadas que dejé esbozadas en una conferencia que
dicté el año 1982 –recogida y publicada en Ratio Technica– titulada “Nación, Libertad y
Técnica”. Allí vislumbraba los fenómenos y contradicciones que hoy se agitan y enfrentan en
la así llamada globalización (traducción mal hecha y peor pensada de lo que en aquella
conferencia se denomina planetarización) vinculados por sus orígenes al imperio de la ratio
technica y a la evaporación del espacio (cfr. también el ensayo titulado “La lucha contra el
espacio”, fechado ese mismo año, también publicada en la citada obra).
La cuestión se ha tornado dramática y decisiva con el correr del tiempo y el
despliegue hegemonizante y homogeneizante de la ratio technica... en todas las esferas de
la actividad del hombre en sus relaciones con la alteridad y la otredad. Puesto que mientras
en la esfera de los fenómenos económicos –transformado el capital en un sistema cada vez
mayormente supersimbólico– se homogeneizan y hegemonizan las relaciones, interacciones
y vínculos de aquéllos en una totalidad (cfr. op. cit., pág. 46 y sgs.; versión digital, pág. 21
y sgs.)... no acontece lo mismo en la esfera de los fenómenos ethológicos... cada día más
estimulados en su peculiaridad por los propios instrumentos de la ratio technica... y,
específicamente, por los medios y agentes tecno-comunicacionales... que actúan como
verdaderos acicates leudatorios provocando el surgimiento y enfrentada contrastación de
manifestaciones étnicas hasta ahora adormecidas, robustecimiento de las minorías en países
receptores de inmigrantes (especialmente en USA... agente y víctima coetánea del proceso),
multiplicación y frenesí de sectas religiosas, exaltación de lo regional-folklórico, etc., etc.
¿A dónde puede conducir este proceso? No lo sé... pero me mantengo (¡y debo
mantenerme!)
atento
al
mismo...
en
todas
sus
dimensiones
y
manifestaciones...
comenzando por las que se avizoran en los grandes enclaves (India, China, Rusia, Arabia,
etc.)... hasta las que comienzan a sacudir interiormente a USA... y caben esperar también
en nuestro Nuevo Mundo.
(24/11/96 7 a.m.)
ÉTICA, MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y
RESPONSABILIDAD SOCIAL
I
Sea que las energías éticas y sus correspondientes fines se enraícen en la naturaleza
racional del hombre, sea que aquellas energías y estos fines se filien a sus apetencias y
cálculos utilitarios, en ambos casos es evidente que los procesos éticos –insertos dentro de
la perspectiva y dinámica de nuestro tiempo– se hallan condicionados radicalmente por el
impacto
transformador
que
sobre
ellos
ejercen
los
medios
y
fenómenos
tecno-
comunicacionales.
Es sencillamente un anacronismo seguir sosteniendo en nuestra época que existe una
“naturaleza humana” –como si la misma fuera una suerte de entelequia aristotélica–, o que
los deseos y repulsiones del hombre mantengan la nitidez e invariable consistencia que los
teóricos utilitaristas de la moral le asignaban al placer y al dolor como ejes sustantivos e
infalibles de la conducta humana.
El hombre actual, tanto en su cuerpo como en su psiquis, está sujeto al
condicionamiento y manipulación que sobre ellos operan los agentes e instrumentos técnicos
que su propia razón ha creado... y, entre tales instrumentos, tal vez los comunicacionales
sean los que mayor potencia transmutante y modificatoria posean... hasta el punto de que,
si algún modelo o idea del hombre puede divisarse como paradigma de nuestro propio
tiempo, esa idea es la del homo communicans... cuyo existir es tan sólo un constructo
comunicante a la vez que comunicado.
En semejante idea del hombre –tal como hemos intentado explicarlo cada vez que
nos
ha
correspondido
abordar
el
problema
de
los
fenómenos
y
medios
tecno-
comunicacionales en nuestro tiempo– ningún rasgo sustancial ni invariable persiste incólume
en las estructuras y funciones psico-somáticas ingénitas del ser humano... por ser ellas,
cada vez más, productos creados o mediados, tanto en su despliegue como en sus fines, por
las portentosas, desafiantes y riesgosas vertientes de la propia racionalidad técnica del
hombre.
No es metáfora, ni resultado de la exageración, lo que acabamos de enunciar. Al
contrario, si se analiza a fondo lo que acontece en nuestros días, podrá comprobarse
fehacientemente que, así como los fenómenos y medios tecno-comunicacionales son
capaces de transmutar radicalmente la índole, funciones y límites de los ingénitos sensorios
del hombre, los mismos condicionan y modifican igualmente todas las actividades y
paralelas instituciones que integran la urdimbre de su existencia social y política sobre la faz
del planeta: desde las modalidades del trabajo, la producción y la propiedad... hasta la
clásica (y ya hoy anacrónica) división tripartita del Estado; desde los símbolos, mecanismos
y velocidad de las operaciones económicas... hasta los instrumentos, objetivos y fronteras
tanto del poder político como del militar; desde las connotaciones territoriales o
convencionales de la soberanía nacional (y, por ende, del concepto mismo de “nación”)...
hasta los códigos, valores y costumbres morales; desde los cánones de las apreciaciones
estéticas... hasta la teleonomía de los efectos estimulantes o disuasivos que expresa o
subliminalmente se utilizan para gestar, difundir y manipular la opinión pública regional o
mundial; desde los requisitos y métodos para el aprendizaje, la lectura y el cálculo... hasta
las modalidades del almacenamiento e instantánea transmisión del conocimiento y sus
datos; etc., etc.
Todo ello inserto –dicho sin exageración ni en forma traslaticia– dentro de un
vertiginoso e indetenible proceso de cambio y alucinante caducidad, de continuo asombro y
perplejidad ante lo que está sucediendo a nuestro alrededor, en dimensión planetaria...
dinamizados y dirigidos por la obnubilante red de innovadores mensajes y mandatos
conductuales que sin tregua nos rodea... y de la cual, querámoslo o no, somos
usufructuarios, aunque a la vez, prisioneros y manipulados servidores.
En esa tecnósfera comunicacional –donde el hombre (para expresarlo sin ambages)
ha perdido su plena autonomía y libertad– se hallan instaladas, en nuestro tiempo, las
energías y los procesos éticos, condicionados intrínseca e indisolublemente por las fuerzas
coactivas que de aquella tecnósfera emanan o indirectamente se producen. Se entiende así,
fácilmente, que los problemas que se detecten y avizoren en las estructuras éticas, guarden
una íntima relación con los procesos transformadores inducidos o impuestos por aquellos
vectores... a la vez que, la responsabilidad social que frente a tales fenómenos debe asumir
el hombre, tiene que partir necesariamente del inevitable examen de los resultados que
semejante acción proyecta sobre la eventual destrucción de la autonomía moral de la
persona... y, por ende, de la problemática autarquía de su libertad.
¿Son, acaso, vacías o hiperbólicas, tales apreciaciones? ¿Son producto de un
infundado temor... enraizado, tal vez, en una anacrónica e insostenible ingenuidad? A quien
examine y analice desprejuiciadamente lo que sigue... se le disiparán todas las dudas y
confusiones que lo dicho pudiera suscitar... pues iremos al fondo del asunto, tal como lo
exige esta ocasión y lo demanda la situación que actualmente vivimos... tanto a nivel
mundial como regional... angustiados y perplejos, cada vez más, por los efectos que sobre la
condición humana pueden ejercer los fenómenos y medios tecno-comunicacionales si el
hombre llegase a perder el dominio sobre su poder... y, en lugar de señor y dueño del
mismo, sucumbiese a las múltiples alienaciones que de esto potencialmente se derivarían
para la fuente de su propia libertad, esto es, de su autoconciencia... que es tanto como decir
del fundamento y manantial de su dignidad y autonomía como persona.
II
En el Libro I, 2, 1253a9, de su Política... Aristóteles define al hombre como el único y
excepcional animal que posee –cual característica o peculiaridad de su especie– un logos,
razón, habla o palabra-racional... definiéndolo, por tanto, del siguiente modo: Zîon lÒgon
œcon y/o, más sintéticamente, como Zîon logikÒn.
Tal característica o peculiaridad es la que le permite distinguir al ser humano –a
diferencia de cualquier otro ser vivo o animal– entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo
perjudicial, y, por ello, entre lo justo y lo injusto.
Por otra parte, como el propio Estagirita lo insinúa, poseyendo el hombre (en cuanto
hombre) tan extraordinaria facultad al modo de una posesión o característica genérica... es
precisamente en ella que se encuentra el origen de la Familia, de la Comunidad y del
Estado... inexplicables como instituciones, además, si aquellas posibilidades diferenciadoras
que el lÒgoj le permite al hombre no existieran.
El logos o palabra-racional –en tanto que asiento e instrumento de toda posible
comunicación entre los hombres– constituye, de tal modo, lo más preciado de lo humano
que el hombre, en cuanto hombre, puede poseer. De allí la crucial importancia que a la
“libertad de expresión” de ese logos (…shgor…a) debe atribuirse... pues, sin la misma, ni
Familia, ni Comunidad, ni Estado existiesen... ni posibilidad alguna habría para que el
hombre fuese lo que en verdad debe ser: un ser comunitario o social (Zîon politikÒn), valga
decir, miembro de una auténtica Polis (pÒlij) regida por los valores humanos... éticos y
políticos en estricto sentido.
Pero... ¿qué acontece hoy con la “libertad de expresión” de ese logos? Lo que sucede
–escueta y sencillamente expresado– es que tal “libertad de expresión” se encuentra ante
una dramática y decisiva disyuntiva... igualmente peligrosa (por no decir trágica) para la
subsistencia de sus posibilidades. En efecto: o bien es absorbida y manipulada por los
medios masivos de comunicación... quedando de hecho subordinada a la influencia y
potestad de un omnímodo sistema multimediático; o bien es ejercida, en forma incontrolada
y arbitraria, con la ayuda de los medios individualizados de comunicación... quedando
fácticamente expuesta a caer en una situación anárquica (o, por mejor decir, caótica) la cual
pudiera invalidar y autodestruir sus más altos y dignos objetivos.
Por lo que se refiere a la primera eventualidad... nadie que analice objetivamente lo
que acontece en nuestro tiempo puede negar que en gran medida la “libertad de expresión”
se encuentra hoy mediada y determinada, directa o indirectamente, por los medios de
comunicación masivos (integrados en el campo comercial y crematístico por enormes y
abigarrados consorcios “multimediáticos” formados por editoriales, agencias de publicidad,
cadenas de periódicos y revistas, compañías cinematográficas, gigantescas redes de
radiodifusión, multicanales locales, nacionales e internacionales de televisión, etc.)... y que,
dentro de tales grupos económicos, son los accionistas y propietarios de semejantes
organizaciones... quienes, en última instancia, administran y dirigen aquella “libertad de
expresión” en sus empresas.
De tal manera, sin exageración alguna, puede decirse que dentro del mundo tecnocomunicacional en que vivimos... los medios de comunicación masivos se han transformado
en ductores y árbitros de muy significativos e influyentes sectores de la Sociedad...
encarnando, en esta forma, una fuente de poder de extraordinaria magnitud e inmensa
fuerza (si a fondo se comprenden sus virtualidades y potencialidades) al que hoy parecen
supeditarse
las
fuerzas
y
vertientes
que
alimentaban
debe
mencionado
el
poder,
político
y
social,
tradicionalmente entendido.
Claro
está
–y
ello
ser
para
evitar
fáciles
e
infundadas
impugnaciones– que el propio desarrollo de los medios y fenómenos tecno-comunicacionales
ofrece y ofrecerá (cada vez con mayor amplitud y variedad) vías, posibilidades y
modalidades por donde podrán circular los mensajes provenientes no sólo de multitud de
pequeñas y especializadas empresas de telecomunicación, provistas de una impresionante y
rica variedad de ofertas informativas en todos los órdenes (culturales, científicos,
ecológicos... y hasta esotéricos), sino que, asimismo, a través de variadas redes
telemáticas, basadas en la utilización de las computadoras y formadas por millones de
usuarios (como es, por ejemplo, el caso de “Internet”)... podrán enviarse directamente
mensajes de interconexión personal, selectiva e interactiva, de muy distinto nivel, propósitos
y finalidades.
De ello no sólo debemos congratularnos... sino esperar incluso que, a la larga,
contribuya a relativizar y a neutralizar, en lo posible, el centralizado y vertical dominio que
actualmente ejercen (sobre todo en los países subdesarrollados económicamente) los
medios masivos de comunicación.
Mas, en lo concerniente al problema ético, la cuestión primordial no radica en la
centralización o descentralización de los mensajes, ni tan siquiera en el control y orientación
de los mismos... –sean dados éstos ya por los dómines de la opinión pública y/o impuestos
por el capricho de los usuarios de las redes telemáticas individualizadas– sino que aquella
fundamental cuestión concierne a los efectos que la total tecnósfera comunicacional,
constituida y energizada por unos y otros, ejerce sobre la posible conformación de una ética
comunitaria o sobre la eventual disolución de ella... en tanto que sustentáculo de una pÒlij
y, por ende, del propio Estado como tal.
Pero vayamos aún más al fondo... y demos un paso todavía más significativo. En
efecto: hemos identificado al logos, en cuanto peculiaridad humana, con la racionalidad...
traduciéndolo, por esto, como palabra-racional. Pues bien: ¿qué acontece con la racionalidad
humana... sometida (tal como se halla ésta) al poder trans-formador y trans-mutante de los
medios tecno-comunicacionales? Ya lo dijimos en las primeras palabras introductorias:
resulta sencillamente un anacronismo seguir sosteniendo apodícticamente la existencia de
una “naturaleza humana” (concebida ésta como una sustancia inmodificable, eterna,
entelequial) y, a partir de la misma, afirmar que la “racionalidad” del hombre ostenta iguales
rasgos e idéntico estilo.
Por el contrario... la racionalidad humana (si es que todavía tiene sentido hablar de
ella como si fuese un “Singular”) es hoy un producto de las construcciones de la propia
razón, valga decir, un instrumento técnico de ella misma... hasta el punto de ostentar
virtualidades y límites que no le son ingénitos, innatos o connaturales, sino que encarnan
posibilidades y potencialidades supra-naturales, diseñadas y creadas por el propio hombre...
gracias a las genesíacas e innovadoras vertientes de la ratio technica... en cuanto eje y
centro autogenerador de una trans-racionalidad trans-humana (cfr. mi libro Fundamentos de
la Meta-técnica).
En ese vórtice o torbellino transmutatorio –cuyos detalles omitimos por obvia
cortesía– se inscriben, con rasgos perfectamente constatables, las modificaciones operadas
en el propio logos humano –relativas a la índole de sus sensorios, a las modalidades de sus
sintaxis, a sus límites y a sus fines– siendo los procesos tecno-comunicacionales aquellos
que ejercen una mayor influencia sobre tales aspectos... trastrocando, eo ipso, toda la
escala y significado de los valores éticos y políticos que, a partir de esa nueva “racionalidad”
y/o “transracionalidad” modificada, sostienen y alimentan la idea de la Sociedad y del
Estado... así como la idea que el propio hombre tiene de sí en cuanto eje o centro de
aquellas instituciones por él creadas.
El poder de los medios tecno-comunicacionales es, de tal manera, omniabarcante y
omnipotente... puesto que los mismos, como agentes primordiales que son de la ratio
technica, al disponer del propio poder autónomo y autárquico que ésta tiene (mediante el
cual engendra, construye y destruye sus propias creaciones)... disuelven asimismo todo
fundamento, base o principio de carácter sustancial o entelequial en sus productos...
abriendo de tal modo las compuertas a las más prodigiosas y variadas posibilidades
creadoras –aunque igualmente al más absoluto y radical nihilismo– en el ámbito generatriz y
sustentante de la “racionalidad” que sostiene a esos productos.
¿Es ello bueno o malo, positivo o negativo, para el hombre como hombre? No nos
corresponde enjuiciar tal aspecto en esta conferencia: sólo lo advertimos y hacemos resaltar,
objetiva y realistamente, como característica central de nuestro tiempo... derivada de la
hegemonía que en el mismo tiene el imperio de la ratio technica gracias a uno de sus
primordiales y autogeneradores instrumentos de dominio: los medios tecno-comunicacionales.
Mas inexcusable e ingenuo sería –eso sí– pensar que los medios tecno-comunicacionales,
sea cual fuere su índole o finalidad, son criaturas etéreas o abstractas guiadas simplemente
por la bonhomía de sus patrocinadores... o que la ratio technica, en cuanto matriz
generadora de aquéllos, cumple sólo la función de ser una entidad o divinidad metafísica,
movilizada por angelicales y sacrosantos fines. Ambos, por el contrario, como expresiones
que son de un afán de poder, tienen un mismo motor y objetivo: el constante y creciente
aumento de aquel poder... proceso cuyo fin no es otro sino el de afirmar el dominio, por
parte del hombre, sobre el mundo en que vive y actúa.
Tampoco ello es criticable... y, menos aún, eliminable de la contextura antropológica
del hombre como tal. El afán de poder, al igual que la voluntad de amor, son energías
inseparables en la existencia y la coexistencia del hombre con sus semejantes. Ni ángeles ni
demonios las sostienen y alimentan. Son fuerzas que movilizan al ser humano y, desde
ellas, se origina, proyecta y desarrolla su peripecia ética.
Tal peripecia, en el mundo en que vivimos, ya no es simplemente ingenua o natural...
ni goza tampoco de plena autonomía. Esto constituye un dato que debe ser advertido para
comprender y juzgar la verdadera responsabilidad social contraída por el hombre a partir de
la nueva situación que aquel dato configura.
III
Sirva esta larga introducción –que tal vez haya pecado de ser demasiado filosófica–
para descender ahora a otro terreno. No obstante, si en lo anterior nos hemos detenido, no
es por deformación profesional ni por simple capricho de transitar entre ideas y enunciados
de tal índole, sino porque lo juzgamos de sumo interés para entender lo que sigue... sin que
esto último (donde se concentrará la verdadera intención y principal propuesta de esta
conferencia) parezca un simple discurso ocasional inspirado por motivos contingentes.
Al contrario: ahora podrá percibirse claramente que lo que está ocurriendo a nuestro
alrededor se inscribe en un fenómeno epocal que afecta a todos los países del planeta... y
que cuanto podamos decir acerca de la responsabilidad social que nos atañe frente a los
fenómenos tecno-comunicacionales (y, en especial, con relación al uso y a la finalidad que
se haga de los mismos) no responde a posiciones arbitrarias ni a pacatos moralismos, sino
que brota de un insoslayable compromiso que debemos asumir como hombres preocupados
por el destino de nuestro propio tiempo y por la crisis que estremece los fundamentos de la
ética a nivel mundial.
De allí que el problema –tal como lo intentamos plantear– sea más grave de lo que
parece a primera vista. Pues no se trata simplemente de la clásica oposición (ya en vía de
feliz e involuntaria extinción) entre los propietarios privados de los medios masivos de
comunicación y el Estado... donde este último, como representante de la Sociedad, ha
pretendido imponer ciertos ordenamientos legales que defiendan y resguarden los valores
morales o culturales de aquella Sociedad –a lo cual han respondido los propietarios de tales
medios presentándose como presuntos abanderados de una Sociedad, plural y abierta, que
se antepone a las monstruosidades de un Estado omnipotente y totalitario– sino que,
divisado desde la perspectiva en que lo planteamos, el verdadero problema es que, dada la
omniabarcante dimensión de la tecnósfera comunicacional que inerva, sostiene y orienta
toda las actividades humanas en nuestro tiempo, la fuerza o poder de aquella tecnósfera
desborda la competencia del Estado para hacerle frente a su decisiva e ilimitada influencia...
y que este mismo fenómeno, por otra parte, amenaza con destruir las formas y modalidades
de la coexistencia comunitaria que tradicionalmente sustentaba la idea misma del Estado
(desde los griegos hasta nuestra época)... colocando en entredicho su posibilidad de
supervivencia institucional, valga decir, su eficacia y utilidad como instrumento técnico...
creado por la propia Sociedad para proteger, defender y hacer respetar los intereses, los
valores éticos y políticos, así como la dignidad personal de sus miembros e integrantes.
Desde semejante perspectiva –dada su inmensa e irrestricta omnipotencia– los
medios tecno-comunicacionales asumirían el papel de ser los tácitos ductores del propio
Estado. Conquistada tal posición... en ellos reposaría, igualmente, la capacidad de
establecer, imponer y difundir, con plena potestad y autoridad, la normativa ética de la
Sociedad... engastando subrepticiamente, en las conciencias de los destinatarios, la
jerarquía, estimativa y finalidades de aquella normativa.
Ahora bien, planteada así la cuestión, es inevitable que de inmediato surja esta
crucial pregunta: ¿qué hacer frente a la inminente gravedad de semejante situación? ¿es
tolerable y sostenible, acaso, que no sólo la dirección de casi todos los rubros de la vida
socio-cultural de un país –como son, por ejemplo, la educación, los insumos tecnopsicológicos que orientan la actividad económica, las jerarquizaciones éticas, estéticas y
culturales, etc.– sino, incluso, la propia dirección del Estado y su teleonomía política, queden
en manos de quienes posean, usen, manipulen o controlen los medios tecno-comunicacionales?
¿es posible que el mismo Estado, en cuanto institución construida por obra de la Sociedad
para garantizar los plurales intereses y la libertad de expresión que posibilita la coexistencia
comunitaria en su seno, ignore o desatienda este perentorio y decisivo problema de nuestro
tiempo... donde se halla en juego su propia autarquía y existencia institucional?
Dicho con toda claridad... no compartimos, por grave e irresponsable, semejante
omisión... y consideramos, por el contrario, que el Estado (o, por mejor decir, la propia
Sociedad Civil como sustentáculo del mismo) tiene la urgente e inexcusable obligación de
plantearse crítica y creadoramente este problema... con el fin de adoptar una serie de
medidas que le permitan superar aquella situación con la máxima prudencia y equidad.
Pues así como pensamos que el Estado no puede controlar, ni menos dirigir todos los
poderes y actividades que emanan de la Sociedad so pena de asumir una actitud
totalitaria... igualmente creemos que un Estado, democrático y pluralista, como instrumento
diseñado y creado por la propia Sociedad para protegerse a sí misma, tiene el ineludible
deber de atemperar críticamente –con mesura, ponderación y ecuanimidad– las fuerzas y
poderes que emanan de esa misma Sociedad, evitando el uso ilegítimo y nocivo de ellos en
contra de la propia y libre coexistencia de la plural comunidad que la sustenta.
Es
más:
consciente
del
omnímodo
poder
que
encarnan
los
medios
tecno-
comunicacionales... una de las primarias e ineludibles normas éticas que deberían surgir del
seno de la misma Sociedad Civil tendría que ser la de no permitir que el poder de los medios
y fenómenos tecno-comunicacionales aliene y esclavice la autoconciencia de los propios
miembros de aquella Sociedad Civil... en tanto que la indiscernible díada que integran la
autonomía y la libertad de semejante autoconciencia constituye la única y verdadera
garantía de su dignidad como personas... y, por ende, en cuanto tales, de su real capacidad
para integrar una genuina Sociedad formada por plurales, diversas y libres comunidades
constituidas alrededor de disímiles valores, intereses y fines.
De no hacerlo así, la Sociedad Civil, además de perder su riqueza espiritual y las
multiformes energías que brotan desde aquella transpersonal autoconciencia, pudiera
hacerse cómplice de las perversiones e idolatrías tecno-cráticas que, como agentes
deformantes, disolventes u opresivos, atentan contra la existencia de la auténtica
heterogeneidad ethológica en las comunidades... configurando así las bases y condiciones de
posibilidad que pudieran estimular el surgimiento de un peligroso totalitarismo y/o de un
aberrante nihilismo... en los más diversos e insospechados campos.
Frente a semejante situación –si en verdad se quisiera que hubiese un justo y
objetivo equilibrio– se requeriría, al menos, la conjunción y concurso de una instancia
superior... que surgiendo de la propia Sociedad Civil e integrada por miembros provenientes
de los diversos sectores comunitarios de la misma, se nutriese y fuese la expresión de los
plurales criterios que existan en su seno, a fin de establecer con máxima autonomía las
normas y principios que sean necesarios no para coartar ni sofocar la auténtica libertad de
expresión, sino para evitar que esta misma, a través de un uso parcial, interesado o
ilegítimo de sus posibilidades, se convierta en fuente de corrupción y aniquilación para la
existencia de la propia Sociedad... e, incluso, tal como lo hemos insinuado, del Estado en
tanto que expresión y producto de la misma.
Conscientes de estas angustiosas y constatables realidades, que no son meras
invenciones de una mente afiebrentada ni remilgos de un filósofo pacato, con los pies en la
tierra y la pasión de un hombre que se desvela por el futuro, hace ya algún tiempo, con el
fin de perfilar atemperadamente la función ductora que mancomunadamente le corresponde
al Estado y a la propia Sociedad como mutuos garantes de una auténtica autonomía de la
libertad de expresión, esbocé públicamente dos ideas, perfectamente complementarias entre
sí, aunque de distinto alcance y dimensión, tanto por su jerarquía como por su posible o
eventual implantación.
Efectivamente: una primera idea se refería a la creación –ya con rango constitucional
autónomo o adscrito con fuero autonómico a alguno de los Poderes Públicos– de un Consejo
Superior de Comunicaciones... cuya primordial finalidad consistiría en velar por los más altos
intereses de la Sociedad y el Estado en todo lo relativo al desarrollo, calidad y proyección de
las comunicaciones en el país, estimulando y moderando críticamente la excelencia y
prioridad de los contenidos significativos, en diversos órdenes, de los mensajes que se
transmitan y difundan a través de todos los medios tecno-comunicacionales.
Condición fundamental de ese Consejo Superior de Comunicaciones (como de lo
anterior se desprende) sería la absoluta y total autonomía, tanto de sus criterios como de
sus decisiones, frente a las políticas e intereses del Gobierno en cuanto tal... puesto que, de
no ser así, el mismo se convertiría en un simple y cómodo adminículo para justificar
motivaciones y proyectos contingentes de fuerzas políticas o sectores privilegiados en
ejercicio de gobierno.
Semejante idea –que expuse por primera vez en el mes de agosto de 1992– fue
recogida generosamente por la Conferencia Episcopal Venezolana, en su Asamblea celebrada
durante el mes de agosto de 1994. Aún más recientemente, sus ecos también se encuentran
en el proyecto de una Ley Orgánica de la Radiotelevisión, elaborado y promovido por el
Comité de Radio y Televisión de Servicio Público, al cual pertenezco como miembro activo y
militante de sus luchas. Aquel Consejo Superior de Comunicaciones –dadas las funciones
que se le asignan– debería hallarse integrado por personas que, además de estar
capacitadas científica y profesionalmente para el desempeño de sus funciones, hayan
demostrado un criterio prudente y autónomo en sus juicios, posean una reconocida y
meritoria trayectoria pública, así como insobornables principios morales en todas sus
actuaciones.
Su elección pudiera hacerse ya en forma corporativa (como delegados de diversos
organismos o instituciones públicos y privados) o a semejanza de lo que sucede con los
Magistrados de la Corte Suprema de Justicia (mejorando, por supuesto, el actual
procedimiento de su escogencia, a fin de acentuar su cariz meritocrático)... dada la índole y
jerarquía de las elevadas funciones que les correspondería desempeñar.
Sin embargo... mis prevenciones y cautelas ante el eventual y probable desarrollo
que experimentarán los medios tecno-comunicacionales en su estricta proyección política
–tal como ha quedado expuesto en esta misma conferencia– me obligan a no descartar una
segunda idea, expuesta coetáneamente a la del ya mencionado Consejo Superior de
Comunicaciones, con respecto a la cual éste sería sólo una suerte de embrión.
Tal idea consiste en crear, con toda la majestad y prerrogativas de una nueva
vertiente del Poder Público (al lado del Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial) otra rama del
mismo... en la que se puedan recoger, dinámica e institucionalmente, las múltiples,
abigarradas y pujantes energías, intereses y proyecciones, que imprimen las actividades de
los medios y fenómenos tecno-comunicacionales en el seno de la Sociedad. Sería, en
síntesis, la concreción de un Poder Comunicacional.
Esta nueva vertiente del Poder Público, a la vez de servir específicamente como un
órgano a través del cual puedan ser diseñadas y encauzadas armónicamente las funciones y
políticas ductoras del Estado en el universo de las actividades y fenómenos tecnocomunicacionales, actuaría también como un factor de necesario equilibrio, junto con los
otros Poderes, en la realización de los fines comunes del Estado... en tanto que éste sea y se
conciba no como un antagonista de la Sociedad, sino como un instrumento técnico (creado
por ella misma) para fortalecer y realizar el Bien Común que sostiene y posibilita su
existencia.
Por eso... la más importante finalidad del Poder Comunicacional sería evitar que
–ante la eventual impotencia que los tradicionales Poderes del Estado están expuestos a
experimentar frente a la autárquica y avasallante potestad de los medios y fenómenos
tecno-comunicacionales– desde la propia matriz del Poder Público pudiese emerger una
posibilidad que permitiera mantener y defender la vigencia de la soberanía y majestad del
Estado, en cuanto tal, como garante de los valores éticos y políticos que sostienen a la
Sociedad que en sí mismo representa.
De lo contrario... al ser absorbido o anulado el poder o poderes del Estado por la
acción de los medios y fenómenos tecno-comunicacionales... el espectro de un omnicratismo
y/o de un disolvente pandemónium comunicacional (pertrechado en ambos casos de
indefinibles signos e impredecibles consecuencias) se tornaría una inminente, innegable y
amenazante realidad para el futuro de la Humanidad... sean cuales fueren las Sociedades o
las Comunidades que la integren. Su primordial consecuencia, efectivamente, sería la
misma... sin importar la aparente diversidad de sus signos: el hombre habría perdido todo
poder para dominar el poder de los medios tecno-comunicacionales... y quedaría a merced
de la potestad y designio de los mismos.
Nada extraño sería por eso que, antes de finalizar este Siglo, en cualquier parte del
mundo, veámos transformado el tradicional esquema tripartito del Estado, propuesto y
defendido por Montesquieu, mediante el concurso y la simultánea actividad de este nuevo
Poder... en cuya posibilidad y existencia, como es natural y comprensible, no podía siquiera
soñar Montesquieu (por no decir nosotros mismos hace apenas algunos años) dada la
vertiginosa transformación y extraordinaria importancia que han adquirido los múltiples y
sofisticados medios y fenómenos tecno-comunicacionales –en cuanto instrumentos y
manifestaciones de la ratio technica– a la altura de nuestro propio tiempo.
La integración, funcionamiento, atribuciones y relaciones jurisdiccionales del Poder
Comunicacional con los otros Poderes (por razones que se entienden fácilmente) son
aspectos que no consideramos pertinentes delinear, ni siquiera esbozar, en esta conferencia.
Sea reiterado, únicamente, que dada la creciente y decisiva influencia que las acciones
tecno-comunicativas tienen, despliegan y ejercen sobre todos los aspectos de la vida en
nuestro tiempo (sin sospechar aún, siquiera, lo que los avances meta-técnicos pueden
aportar a este respecto y las modificaciones que inexorablemente aquéllos introducirán
sobre la estructura, funcionamiento y finalidades del propio Estado)... la existencia de aquel
Poder parecería imponerse por sí misma... so pena de dejar en franquía la posibilidad de que
la Sociedad (y el mismo Estado) se autodestruyan.
Advertirlo es nuestra más urgente e indeclinable obligación social como miembros de
una Polis que (no sólo a nivel regional o nacional... sino planetariamente) se halla
amenazada por semejante posibilidad en su más radical e inalienable fundamento ético y
político: la autonomía de la libertad de expresión –valga decir, la autónoma libertad del
logos– por cuanto, sin la dignidad que la misma otorga a la autoconciencia de los hombres
que integran aquella Polis, dejan éstos de ser realmente hombres, valga decir, actores o
sujetos morales... responsables ante sí mismos y ante sus comunidades de sus propios actos
éticos y políticos.
Tusmare, mayo, 1995
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
Toda racionalidad es un lenguaje, valga decir, un acto comunicativo... que, como tal,
requiere una sintaxis, una semántica y una pragmática. En el caso de la racionalidad metatécnica, el ingrediente pragmático desempeña un papel primordial... pues del mismo
dependen las posiciones creenciales que posibilitan y sostienen el diá-logo entre eventuales
inter-locutores al nivel de semejante racionalidad.
Efectivamente, como ya se sabe, son precisamente tales posiciones creenciales
–incluidas en lo que hemos llamado el antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo
de la ratio– las que resultan radicalmente trans-formadas y trans-mutadas en el caso de la
meta-técnica... inaugurando así una inédita perspectiva para un nuevo diá-logo.
En ese diá-logo –como lo hemos subrayado muchas veces– queda abolida, a la vez
que superada, la ingénita subjetividad del hombre... siendo eo ipso sustituida por obra de
las modificaciones que introducen los instrumentos meta-técnicos.
Ahora bien, semejante sustitución no incide sólo sobre el campo de las ciencias y/o
del conocimiento científico... sino que afecta, como tal, al de todo posible instituir humano...
dentro de cuyo marco se hallan incluidas la ética, la política, y, en general, todo cuanto se
relacione con el ámbito de una antropogonía meta-técnica... incluyendo al propio lenguaje y
a su constructor.
(26/1/91)
* * *
El término pragmática pudiera equivaler –mutatis mutandi– a lo que Heidegger
(tomando prestado el vocablo de Uexküll) denomina “mundo circundante” (Umwelt). Toda
racionalidad –y, por ende, el correspondiente lenguaje en que se encarna y expresa– queda
circundada por un mundo.
Pues bien: la trans-formación y trans-mutación de semejante “mundo” –de humano
en trans-humano, de óptico en trans-óptico, de finito en trans-finito– es el problema que se
plantea con la irrupción de la meta-técnica.
Se trata, en síntesis, de la inauguración de un nuevo mundo... dentro del cual los
correspondientes nexos sintácticos y semánticos quedan también, de facto, trans-formados
y trans-mutados... tanto formal como materialmente. De allí la necesidad de un nuevo logos
(el meta-técnico) que reimplante la conexión y el sentido en aquel nuevo mundo.
(26/1/91)
* * *
¿Puede lograrse a priori la modificación y sustitución de las posiciones creenciales
–valga decir, de los ingredientes pragmáticos– que sostienen un lenguaje? Imposible...
diríamos. Ello depende, por el contrario, del trato constante de los eventuales interlocutores
con aquellos instrumentos que posibilitan su acceso al nuevo mundo como, asimismo, de su
familiarizarse con los datos que a través de ellos se cosechan.
Superar las barreras y límites del antropomorfismo, antropocentrismo y geocentrismo
no es fácil... ni, mucho menos, des-terrar su hábito (œceiu).
(26/1/91)
* * *
Si toda racionalidad es un lenguaje... entiéndase que la racionalidad meta-técnica, al
incidir sobre la pragmática del lenguaje ingénito (valga decir, óptico-lumínico, sea éste el
filosófico, el científico, el cotidiano, etc.) despoja al mismo –al igual que a cualquier otra
porciúncula del instituir humano– de aquellas posiciones creenciales que lo unen y sujetan al
antropomorfismo, al antropocentrismo y al geocentrismo.
De allí el proyecto de una mathesis galaxial que hemos expuesto y preliminarmente
desarrollado en nuestro libro (cfr. al respecto FMT, § 25).
(26/1/91)
* * *
Por último... al incidir sobre las propias posiciones creenciales que sostienen a la
ingénita racionalidad humana... la acción meta-técnica trans-forma y trans-muta a ésta en
una trans-racionalidad: trans-óptica, trans-finita y trans-humana.
En ello radica su máximo prodigio.
(26/1/91)
* * *
La existencia de los partidos políticos –lo mismo que la de las iglesias y otras
instituciones similares– tiene su aparente base de justificación en la necesidad de que
existan intermediarios entre los hombres y las instancias del respectivo poder (político,
religioso, etc.) que aquéllos administran.
Tales intermediarios, en el caso específico de los partidos, pretenden administrar el
poder del Estado... y su función primordial consiste en servir de enlaces y cauces
configuradores de la voluntad de la ciudadanía en general. A cambio de ejercer esta
función... los dirigentes o integrantes de las cúpulas partidistas se convierten en hipostáticos
tutores e inmediatos beneficiarios del poder político.
De aquí surge la pregunta que me he planteado... y que cuestiona la existencia
misma de semejantes partidos. En efecto: ¿para qué intermediarios? ¿se requiere que
existan éstos para que se pueda conformar, directa y participativamente, la voluntad política
de los conglomerados sociales? ¿no existen, acaso, instrumentos técnicos –sistemas de
comunicación, de votación, etc.– que permitan a los electores y ciudadanos expresar sus
preferencias... sin que sean mediadas y administradas por instancias intermediantes? ¿no es
capaz cualquier ser humano –informado como se halla, hasta la saturación, por los medios
divulgativos actuales– de formarse su propio criterio acerca de los problemas que afecten a
su comunidad... sin necesidad de un “sacerdote político” que administre su voluntad y se
beneficie subrepticiamente de ella?
Una de las eventuales objeciones que a lo anterior pudiera formularse –y, de hecho,
así ha sucedido– es que, de abolirse los partidos, se exacerbaría el individualismo...
propiciándose, de tal manera, una de las metas más apetecidas del neo-liberalismo y el
salvaje darwinismo que subyace en sus postulados.
Pero ello no es cierto. Al suprimirse los intermediarios y dejarse en libertad al
ciudadano para que, mediante el ejercicio autónomo de su propia estimativa política se
geste y conforme la voluntad comunitaria, ello no significa que aquél deba proceder
necesariamente como un agente egoísta y solitario... sino que perfectamente puede hacerlo
(y, en la mayoría de los casos, así lo hará) como integrante y miembro activo de un
nos-otros... en vista de los concretos y acuciantes problemas de su propia comunidad.
Que a ella pertenezca como integrante y que a las decisiones de sus peculiares
órganos de dirección se adhiera libremente, participando directamente en la gestación y
conformación de las mismas, es algo toto caelo distinto a votar impersonal, pasiva y
obligatoriamente, por las directrices impuestas desde una cúpula partidista.
¿O pueden transformarse los partidos del futuro en abiertos ductos receptivos de las
comunidades... donde sean estas últimas las que hagan valer sus derechos a la hora de
imponer las directrices de aquéllos?
Dejo abierta la pregunta...
(4/9/91 p.m.)
* * *
Dos cuestiones básicas deben ser consideradas para la eventual transformación de
los actuales partidos políticos en posibles ductos receptivos de las comunidades y
movimientos societarios.
1o) la de la ideología. Al respecto cabe preguntarse: ¿qué son hoy las así llamadas
ideologías? ¿deben ellas tener preeminencia frente a las urgentes y concretas necesidades
básicas de una comunidad? ¿o los partidos políticos deben atender preferentemente éstas...
que no aquéllas como tales?
Esto no excluye, por supuesto, una conjunción y armonización entre ambas. Pero se
trata, antes que nada, de la prelación que se otorgue a cada una de ellas.
2o) la representatividad de los elegidos. En relación a ello debería precisarse: ¿qué es
ser representante? ¿por qué no hablar mejor de delegados? El representante, una vez
elegido, adquiere poder autónomo... pudiendo negociar prevalido de éste... a espaldas de
sus electores. El delegado, en cambio, debe cumplir obligatoriamente el mandato recibido...
y, si no lo hace, puede ser sustituido automáticamente por otro.
Tales características deberían privar entre quienes integren las directivas de los
partidos políticos... si éstos son, realmente, ductos abiertos que recojan y expresen la
voluntad de las comunidades.
(4/9/91 p.m.)
* * *
Si la conformación de la voluntad política de la ciudadanía depende primordialmente
de la información que ella reciba a través de los medios de comunicación... es imprescindible
que sobre éstos se ejerzan ciertas medidas que, sin restringir su necesaria libertad,
establezcan una equitativa proporción en el uso de los mismos para fines electorales.
Claro está que ello resulta muy difícil y que toda limitación puede tornarse odiosa y
abusiva. Pero así como existe hoy un Consejo Electoral, que gracias a la composición de su
membrecía garantiza la imparcialidad del proceso comicial en todos sus aspectos mecánicos
y computables, las atribuciones del mismo pudieran extenderse a los aspectos cuantitativos
de la propaganda electoral... a fin de evitar que la desproporción de los recursos económicos
empleados en ésta pueda convertirse en un factor de atropello y distorsión contra el libre
juego de las opiniones.
¿Apunta ello contra la libertad... o se trata, más bien, de un recurso correctivo para
evitar su deformación y abuso? A nuestro juicio... la racionalidad, administrada para
garantizar la equidad, no es en sí contraria a una libertad bien entendida.
(8/9/91)
* * *
Hay
un
efecto,
aparentemente
paradójico,
provocado
por
la
técnica
y
sus
instrumentos. Tal efecto, si bien no lo habíamos visualizado en todas sus consecuencias, sí
lo habíamos previsto en sus contornos generales... advirtiendo que la planetarización y
consecuente homogeneización que implica la tecnificación del universo podía encontrar una
máxima resistencia en los sustratos ethológicos de las diversas naciones. Es más, a partir de
esto, proponíamos que, en lugar de seguir el camino de un desarraigante cosmopolitismo, la
educación de nuestro tiempo debía encarar como una de sus primordiales tareas la
salvaguarda y potenciación de la diversidad ethológica... auténtica raíz y hontanar de las
creaciones del espíritu. Confróntense, al respecto, los ensayos titulados “Educación y
Tecnocracia” (1967), así como “Nación, Libertad y Técnica” (1982), ambos insertos en Ratio
Technica.
La efervescencia nacionalista que presenciamos actualmente... parece darnos la
razón... sin dejar de alertarnos no sólo frente a sus peligros, sino de lo que puede ser una
irracional e inútil lucha (en aspectos distintos a los ethológicos) contra los designios
planetarizadores y homogeneizadores de la ratio technica.
Efectivamente: si bien hoy constatamos que frente a la pretendida planetarización
homogeneizadora... los medios de comunicación, puestos al servicio de los dormidos ethos
nacionales, han provocado un inusitado despertar y eclosión de los mismos (mezclados con
motivaciones étnicas, religiosas, etc.)... esto no puede llevarnos a pensar que, en otros
aspectos,
tales
como
los
jurídicos,
económicos,
territoriales,
etc.,
aquel
despertar
“nacionalista” encaja en la sintaxis de nuestra época... ni traduce sus requerimientos.
Nos hallamos, por esto, en medio de un movimiento sísmico... donde las convulsiones
del
magma
ethológico
pueden
provocar
verdaderos
cataclismos...
de
inesperadas
dimensiones y consecuencias. No en balde –piénsese en esto– aquellas tormentosas
sacudidas no sólo pueden originar heroicos monumentos estéticos y declamatorios que
consagren las virtudes de un exaltado nacionalismo... sino el pretendido control y dominio
de armamentos atómicos capaces de destruir, planetariamente, a la humanidad...
(15/9/91)
* * *
La perspectiva y vía adecuada para enfrentar y resolver la aparente antítesis
planteada... creemos hallarla también en nuestros ensayos. Repárese, a tal respecto, lo que
apuntamos acerca del ser genérico del hombre. Todo esto debe conjugarse con la
ontogénesis de la técnica... y las posibilidades que de allí se derivan... hasta la meta-técnica
y la anti-técnica.
Pero sería interminable recoger y repetir todo lo que al respecto hemos escrito y
enhebrarlo con lo que hoy pensamos... pues ello significaría –las fechas no mienten– tanto
como retroceder (¿envejecer?) veinticuatro años.
(15/9/91)
* * *
La gran revolución de nuestro tiempo radica en el poder de las comunicaciones. O
para decirlo con cierto giro paradójico: en la revolución de las comunicaciones radica la
revolución del poder. Todo ello, obviamente, se halla condicionado y mediado por los
cambios de la ratio technica... y, por supuesto, de modo eminente, por las transformaciones
que se proyectan y desarrollan a partir de las innovaciones meta-técnicas.
Consecuentemente, a lo largo de nuestros últimos escritos, hemos distinguido entre
armas y comunicaciones. Hoy, si pensamos a fondo tal dicotomía, estaríamos dispuestos a
reducirla a uno solo de sus términos: las comunicaciones. Efectivamente: consideradas en
su función y uso las armas de nuestros días, puede llegarse a la conclusión de que ellas son
artefactos inventados y fabricados por el hombre para comunicar (ampliar, potenciar,
transmutar) su fuerza y/o poder... a través de medios que, en esta época, han dejado de ser
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos.
Aunque ello resulte repugnante admitirlo... es un hecho, objetivo y comprobable, que
se incorpora a la realidad de nuestro propio mundo... y nada se ganaría con omitirlo o
ignorarlo.
La
sofisticación
de
los
armamentos
nucleares,
químicos,
bacteriológicos,
electrónicos y magnéticos de que hoy disponen las grandes potencias... aparte de su
deletéreo poder destructivo... no sólo sobrepasa cuantitativamente toda multiplicada
manifestación del poder (corpóreo y psicosomático) del ser humano... sino que se halla
posibilitada funcionalmente por la intervención de ingredientes y artificios que trascienden
los ya anotados parámetros en los que se inscribían los tradicionales armamentos
(incluyendo cualquier clase de “proyectil” material).
Pero las armas, a pesar de toda la importancia que tienen como instrumentos del
poder, son apenas una modalidad restringida de las comunicaciones... siendo el alcance y
función que estas últimas tienen (en relación a la posesión, manejo y control del poder)
inmensamente más amplio, versátil y eficaz que el de aquéllas.
A este respecto, si se quisiera analizar a fondo la función que las comunicaciones
cumplen en nuestro tiempo como instrumentos del poder, se deberían estudiar por
separado, aunque sistémicamente, los siguientes aspectos:
1o) las modalidades comunicacionales (de acuerdo a sus componentes, límites de
propagación, intensidad de penetración, etc.);
2o) la índole y finalidad de sus “mensajes” (precisando los sectores sociales,
corporaciones, etc. a quienes éstos se dirigen);
3o) los estratos psíquicos, ethológicos, culturales, etc. sobre los que pretenden influir;
4o) los caracteres, modalidades y grados del dominio ejercido por ellas; y
5o) los instrumentos para-comunicacionales del “sistema”.
Esta preliminar y sucinta enumeración proporciona una aproximada idea de la
amplísima panorámica que puede y debe abarcar un análisis exhaustivo de semejante
fenómeno. Del rigor, claridad y profundidad con que se describan sus diversos aspectos...
dependerá la comprensión que se logre para un acertado diagnóstico de la fenomenología
del poder (comunicacional) en nuestro tiempo.
He aquí un camino atrayente, casi inédito a pesar de su actualidad, que debemos
obligatoriamente transitar ayudados por las paralelas perspectivas que la meta-técnica nos
brinda.
(30/12/91 a.m.)
* * *
Resulta atrevida, aunque no simplemente metafórica ni disparatada, la identificación
de las armas con las comunicaciones. Lo que realmente las distingue es la índole o
naturaleza de los mensajes con que ambas se expresan... siendo similar, sin embargo, su
común esquema dia-lógico. Efectivamente: mientras el mensaje de las armas es casi
siempre directo y se encuentra acompañado de efectos materiales... el de los instrumentos
comunicativos puede ser meramente simbólico... aunque sus consecuencias sean tan
efectivas (y, a veces, destructivas) como las anteriores. No en balde, por ejemplo, se dice
“hablar con las armas”... cuando los interlocutores expresan sus intenciones significativas a
través de mensajes de fuerza. El tiroteo, cañoneo, bombardeo, etc... son “lenguajes de
guerra”, “discursos armados”, poseedores de una “sintaxis”.
(30/12/91 p.m.)
* * *
El problema de la sintaxis es crucial para entender el universo de las comunicaciones
en tanto que vehículos del poder... y merece, como tal, una especial atención. En efecto, de
la sintaxis comunicativa depende no sólo la intencionalidad, sino la eficacia de los
correspondientes mensajes como instrumentos de dominio.
De más está decir que semejante sintaxis varía de acuerdo con la modalidad de la
técnica a que pertenezca la respectiva generación del instrumento comunicativo. Así como
en la época pre-industrial las sintaxis comunicativas tenían que adaptarse fácticamente a la
presencia sustancial (individual o colectiva) de los recipiendarios de los mensajes
(enmarcada en un parámetro espacio-temporal del mismo estilo)... los cambios operados
gracias a la industrialización
tecnológica hicieron
posible el
desarrollo de sintaxis
comunicativas que podían trascender aquellos límites espacio-temporales de carácter
sustancial (vgr. a través de los periódicos, radios de onda larga y limitadamente de onda
corta, telégrafos, teléfonos, etc.)... abriéndose, en nuestro tiempo, la posibilidad de
desarrollar nuevas modalidades sintácticas, trans-ópticas y trans-finitas, capaces de cubrir
una heteróclita variedad trans-sensorial, en las cuales se han evaporado prácticamente
todas las limitaciones espacio-temporales provenientes de la constitución somato-psíquica
del ser humano (como son, vgr. las comunicaciones a través de satélites, utilizando
imágenes computarizadas, recursos subliminales, etc.)... hallándose todavía, en fase de
investigación, inmensos e inexplorados campos de complementariedad meta-técnica.
El quatum y el quale que como instrumentos de dominio poseen estas sintaxis
comunicativas, huelga decirlo, no tiene comparación con los de épocas pasadas... y es por
ello que, a la altura de nuestros días, el manejo y control del poder en cuanto tal (sea cual
fuere su índole particular) está mediado por el de las comunicaciones.
De aquí la fundamental importancia de semejante tema... que habremos de seguir
desarrollando.
(30/12/91 p.m.)
* * *
¿Puede o debe pensarse en un cuarto poder –de intención y finalidad moderadora–
que evite y corrija los excesos y errores que pudieran cometer los de la clásica trilogía? ¡No
es descabellada idea... y creo, si mal no recuerdo, que algo acerca de esto he pergeñado en
estas mismas páginas!
No se trata, ni mucho menos, de un “poder moral”... al estilo y con los objetivos del
que Bolívar se imaginaba. Se trataría, como su índole moderadora deja entreverlo, de una
instancia que encarne y resuma la prudencia –la celebrad frÒnhsij griega–... virtud cardinal
de los gobernantes... antítesis de la ¢frosÚnh... incurable mal de algunos de ellos tocados
por los desvaríos del poder.
Su acción sería primordialmente contralora y reguladora... centrándose en el
ponderado análisis crítico de las leyes a las cuales pretenda conferirle vigencia el Poder
Legislativo; de los actos propios del Ejecutivo (sobre todo si en práctica se pone la instancia
de un Primer Ministro); así como de aquilatar y comparar los méritos que deben poseer los
eventuales Magistrados de la Corte... recomendando de acuerdo a ello su nominación.
Se hallaría integrado, en un tercio, por personas propuestas por el Poder Legislativo;
otro tercio por corporaciones escogidas (vgr. las universidades o el Consejo de Educación
Superior; las Fuerzas Armadas; la Iglesia; los intelectuales, científicos y artistas; los colegios
profesionales; los sindicatos de trabajadores; las entidades empresariales; etc.); y, por
último, otro tercio, por personas elegidas uninominalmente como delegados de cada uno de
los Estados que integran la República.
La figura del Presidente de la República, modificadas las atribuciones del actual,
ostentaría sólo la representación simbólica del Estado... y al mismo correspondería, en
momentos de crisis, organizar el cambio de los gobiernos, encargando a un Primer Ministro
la tarea de formar los nuevos equipos políticos y administrativos que dirijan el país.
Aunque no le corresponde investir de poder o destituir al Primer Ministro –lo que es
competencia exclusiva del Poder Legislativo– el Poder Moderador debe mantenerse atento a
la gestión de aquél, formulando con respecto a ella sugerencias críticas y orientadoras, así
como eventuales recomendaciones, que coadyuven al logro de su máxima eficacia.
(13/3/92)
* * *
¿Pero cómo se puede armonizar semejante organización de los Poderes del Estado
con la estructura comunitaria de la Sociedad que hemos bosquejado en estas mismas
páginas? A nuestro juicio... no hay mayor inconveniente para ello.
Efectivamente, si tomamos como ejemplo el caso del Poder Legislativo (sea éste
concebido como un Congreso Bicameral o como una Asamblea homogénea) los delegados de
la Sociedad a dicho Poder, si bien pueden ser elegidos libremente por el pueblo en general...
deben ser postulados y contar con el respaldo de sus respectivas comunidades... a la par
que ser escogidos uninominalmente.
Lo mismo acontece con los miembros del Poder Moderador... puesto que ellos deben
encarnar en sus mandatos no simplemente la voluntad política e ideológica de un
determinado Partido... sino la organización y los intereses de los Movimientos Comunitarios
de los que sean delegados. De todas maneras... no se nos escapa que esto plantea algunas
dificultades con respecto a los parámetros y sistemas de nominación y votación que deban
ser utilizados. Sin embargo... es posible pensar que la inventiva racional pueda superar tales
obstáculos... y se logren los beneficios que cabe esperar de estas innovaciones.
(13/3/92)
* * *
¿Conducen
inevitablemente
las
comunicaciones
–con
su
potenciado
efecto
homogeneizador sobre las masas– a la alienación del hombre? ¿O pueden ellas –al
multiplicar la posibilidad de elegir entre diversas opciones políticas, modos de vida, gustos,
inclinaciones, etc.– propiciar una potenciación de la “individuación” humana? ¿Son, pues,
instrumentos de liberación o de opresión? Una respuesta a semejante dilema no es nada
fácil... y debe considerar multitud de factores, matices significativos, etc. Dejemos tan sólo
planteado el problema...
(11/4/92)
* * *
En primer lugar... la que se llama comunmente “individuación” no es necesariamente
sinónima de una vida liberada y/o des-alienada. Puede ser, desgraciadamente, todo lo
contrario. El individualismo solitario es una forma aberrada y aberrante de la existencia... y
parece aproximar la vida humana a formas de comportamiento animal. En ello se basa el
darwinismo social...
Tampoco es ideal el comportamiento “masivo” del hombre... ya que a través del
mismo hay no sólo un desmedro de su autonomía... sino, incluso, de su dignidad. Todo ello
debe tenerse muy en cuenta para evitar confusiones...
(11/4/92)
* * *
Para que las comunicaciones sean un instrumento liberador y propicien la autonomía
personal del hombre... se deben asegurar los que pudieran llamarse un quantum y un quale
críticos en ellas... que permitan a los usuarios ejercitar autónomamente su poder electivo
frente a los mensajes emitidos... evitando, a toda costa, los monopolios y cualquier tipo de
saturación... así como la manipulación subliminal de los mismos.
(11/4/92)
* * *
Lo que actualmente presenciamos es la supeditación de los tradicionales aparatos
políticos –partidos, sindicatos, grupos y movimientos de presión, etc.– al poder representado
por los medios de comunicación. Al fin y al cabo... tanto la génesis como la conformación de
la opinión pública dependen de estos últimos y aquéllos están inermes frente a la
avasallante fuerza que despliega la manipulación tecnificada de los mensajes.
Pero la posesión de los medios de comunicación se encuentra supeditada, a su vez, a
los grandes consorcios económicos y a los concretos intereses (crematísticos, culturales,
ecológicos, etc.) que determinan la conducta y objetivos de sus integrantes (monopolios,
oligopolios, grupos de accionistas, etc.)... los cuales, en última instancia, son los verdaderos
dueños y distribuidores de la así llamada libertad de expresión... entendiéndose bajo tal
rubro el quantum y el quale de las oportunidades que ofrecen a las personas (seleccionadas
por ellos mismos) para divulgar sus ideas y opiniones a través de los canales que controlan
férreamente.
Esta cruda descripción, sin exageración alguna, es la que se confronta actualmente
en Venezuela... y habla, por sí sola, de la degeneración y corrupción que afecta a la
actividad política en nuestro país. ¿Es, acaso, tolerable y sostenible esto? En modo alguno...
y sería una urgente obligación del Estado adoptar las medidas necesarias para resolverla con
prudencia y equidad... sin traspasar los límites aconsejables en el tratamiento de un
problema de tanta y tan radical importancia para los ideales de una genuina democracia... y,
en especial, de la educación y la cultura de nuestro pueblo.
¿Qué hacer? La creación de un Consejo Superior de las Comunicaciones –integrado
por personas de criterio independiente, ajenas a los intereses partidistas, de reconocida
trayectoria y de insobornables principios éticos– parecería ser la fórmula indicada. La
elección de sus miembros es el quid del problema... aunque pudiera ser resuelto a
semejanza de lo atinente a la selección y designación de los Magistrados de la Suprema
Corte de Justicia... ya que la índole y jerarquía de ello lo reclama.
Mientras tanto... la política (y con ella la economía, la cultura, la moral del país) se
empantanan cada día más... hundiéndose en el fétido ambiente que el muladar comunicativo
proyecta desde sus corruptas entrañas.
(15/8/92)
* * *
Aunque
permanecemos
fieles
a
nuestra
idea
de
no
introducir
taxonomías
espacialiformes en los “compartimientos” del Estado... ¿no se requeriría pensar (aunque
fuese
sólo
provisoria
o
epocalmente)
en
la
posibilidad
de
establecer
un
Poder
Comunicacional que modificara y complementara la tradicional estructura del Estado
propuesta por Montesquieu? El desarrollo e influencia que ha adquirido en nuestros días la
actividad comunicacional dentro del seno de la sociedad es tan ingente y decisivo
–mediatizando los efectos de la educación, la cultura, la economía, la política, y, en general,
todas las ramas y modalidades del quehacer humano– que la utilización de sus medios e
instrumentos requieren la máxima atención por parte del Estado... como órgano de la
comunidad.
El tema es apasionante... y debemos explorarlo con la mayor cautela. Mas no hay
duda que la acción comunicativa, tecnificada como se presenta en nuestro tiempo, funciona
como un verdadero fundamento de la vida social contemporánea... y todas las actividades
del Estado se encuentran mediadas por sus efectos. De allí la ostensible jerarquía que
posee...
(15/8/92)
* * *
El proyecto de un Poder Comunicacional supone e implica una paralela reorganización
de la Sociedad... presidida por la participación (individual y comunitaria)... posibilitada, a su
vez, por una omnicomprensiva y tecnificada red comunicacional que facilite el intercambio
(rápido y, aún mejor, instantáneo) de los múltiples y variados mensajes que originen los
problemas políticos, económicos, sociales, ecológicos, culturales, etc.
La finalidad de semejante red no puede ser meramente informativa... sino que debe
ser susceptible de provocar, procesar y proponer alternativas críticas entre las diversas
propuestas de los participantes... sin alterar el espíritu y razón de ellas.
Un problema práctico que suscita este modelo es la eventual restricción de
información –¿elitismo?– que pudiera derivarse del limitado uso de medios de comunicación
restringido (por su costo y/o modo de utilización) a determinadas capas de la población.
Como todo problema práctico... puede y debe ser solucionado sin cortapisas, so pena de que
se desvirtúe y denaturalice el verdadero propósito democrático y democratizador que ha de
prevalecer en la organización y vida real de la Sociedad.
En cuanto se refiere a la participación comunitaria... al caso viene recordar todo
cuanto hemos bosquejado al respecto en estos mismos “Apuntes y Notas”. A ello debe
añadirse que los Grupos Comunitarios no deben quedar limitados a las meras organizaciones
que se aglutinen en torno a problemas vecinales inmediatos... sino que deben incluir,
asimismo, la más heterogénea gama de intereses (científicos, culturales, deportivos,
religiosos, etc.) que puedan originar actividades comunes. En tal sentido... ni siquiera los
más recalcitrantes ostrones deben ser excluidos... buscando, por el contrario, abrir sus
valvas por todos los medios aunque sin causarles molestias ni encerrarlos más en sí mismos.
El Poder Comunicacional, en cuanto instrumento de un Estado concebido como una
mancomunidad de comunidades, debe ser el reflejo y exponente de una Sociedad
organizada de esta manera... y sus miembros han de actuar, críticamente, analizando los
problemas y propuestas que de la misma emerjan... a fin de proyectar y diseñar las líneas
maestras del bien común y del interés general de aquellas comunidades.
En fin... volveremos sobre este importante y sugestivo tema.
(25/8/92)
* * *
La organización participativa-comunicacional de la Sociedad requiere (y/o debe
promover) una reorganización del sistema educativo. La primordial importancia que en la
dinámica social adquiere el intercambio de la información... implica no sólo que la gente sea
“alfabetizada” en el manejo de los instrumentos de trasmisión y recepción de los mensajes...
sino que en sus mentes (mediante la formación que reciban) surjan nuevas sintaxis
mentales que se acoplen y adapten tanto a la velocidad que supone el constante intercambio
de los mensajes críticos... como al carácter variable, cambiante, anti-sustancialista de las
estructuras organizativas de las diferentes instituciones que integran el espectro político,
social, económico, etc. de la Sociedad en que se viva.
En tal sentido –como reiteradamente lo hemos enunciado en estas mismas páginas–
se debe desterrar todo carácter esencial y/o esencialista en los módulos del pensamiento
(ideas, conceptos, nociones, etc.)... transformando al hombre en un constructor de los
mismos. Proyectando tales constructos al diseño y creación de las instituciones... el hombre
debe asumir la función de un arquitecto-ingeniero que fabrica sus bases, ordena sus
funciones y postula sus fines... sin adjudicarle a los mismos un carácter “eterno” (fijo,
invariable, inmodificable) sino histórico y condicionado a los requerimientos de la época y de
la propia Sociedad donde se inserte la correspondiente institución.
Este carácter pragmático del instituir... permite evitar el peligroso y caricaturesco
trasplante acrítico de instituciones –supuestamente universales y perpetuas– a comunidades
en estadios de desarrollo (cultural, económico, político y social) diversos... sin atender a las
peculiaridades de sus ethos y/o a las reales necesidades que ellas confrontan para resolver
sus auténticos y más urgentes problemas.
La condición de constructor y fabricante de la alteridad que se le asigna al hombre...
supone que se acentúe radicalmente la índole creadora e inventiva que debe poseer la
formación educativa que se imparta en la Sociedad. Semejante formación debe ser, siempre
y renovadamente, la de una educación para el futuro... proyectada también desde el futuro:
avistando aquello que se quiere y pretende construir.
No significa esto, en forma alguna, que se ignore y descuide el presente... ni las
acuciantes necesidades (materiales y espirituales) que el mismo suscite. Pero esa atención a
lo presente no debe ser óbice para que la actitud formativa, sin preterirlo, se proyecte desde
y hacia el advenir... acentuando la índole inventiva y creadora de las sintaxis mentales en
los educandos.
¿No encaja en todo esto, como una pieza clave, la idea del Nuevo Mundo que hemos
bosquejado... y la tarea de autognosis (auto-descubrimiento) que la guía? La libertad frente
a la tradición de la que goza el latinoamericano, su temple de radical expectativa, su afanoso
buscar la propia e intransferible originariedad de su puesto en la historia... ¿no son
poderosas e indoblegables energías ethológicas que lo inducen a ello?
(27/8/92 a.m.)
* * *
La más radical y decisiva consecuencia de los medios de comunicación social como
instrumentos técnicos –sin aventurarnos, por ahora, a imaginar las que podrán tener en el
futuro a través de sus eventuales modalidades meta-técnicas– es que ellos construyen una
supra-naturaleza que envuelve y condiciona las estructuras onto-lógicas y epistemo-lógicas
del ser humano... instaurando mediante ella normas de carácter autónomo y autárquico que
rigen el comportamiento de tales estructuras... delineando sus finalidades, sintaxis, etc.
Los medios comunicacionales constituyen, en tal sentido, evidentes instrumentos de
poder... a través de los cuales puede ejercerse un innegable dominio sobre el hombre, sea
ya tácito o explícito, voluntario o involuntario, que en cualquier caso mediatiza y amenaza
su libertad y las propias fuerzas de su voluntad.
De allí que –como lo hemos subrayado en estas mismas páginas– el manejo de esos
medios no pueda quedar, irrestrictamente, en manos privadas, sin ninguna supervisión y
tuición por parte del Estado, en cuanto órgano de la Sociedad.
Sociedad y Estado no son, en forma alguna, términos antagónicos... sino faz y
contrafaz, complementarias, de una misma alteridad... instituida armoniosamente por el
hombre para promover y defender lo realmente humano que haya en su impronta. La
preeminencia de la libertad –valga decir, la constante lucha que debe promoverse contra la
alienación provocada por la técnica, hecha a través de la vigilante utilización de los propios
instrumentos técnicos, a fin de combatir semejante alienación y reforzar la libertad humana–
ha de ser, en tal sentido, la verdadera meta que se debe alcanzar al utilizar los medios de
comunicación social. De allí nuestra propuesta de un Poder Comunicacional...
(8/9/92)
* * *
Uno de los máximos logros de la meta-técnica es desvincular el “ver” (noe‹n, ide‹n,
etc.) –y, por ende, las “imágenes” y sus congéneres modalidades– de la luz visible (fîj) que
alimenta, restringida y exclusivamente, los sensorios ópticos del hombre. A tal respecto, en
lugar de hallarse limitadas las posibilidades “visuales” del ser humano a una estrechísima
franja o sección del espectro electromagnético, valga decir, la correspondiente a frecuencias
14
comprendidas entre 4 x 10
y 8 x 10
14
ciclos por segundo, aquel “campo visual” (si cabe el
riguroso empleo meta-fórico de semejante término) se podrá ampliar nootécnicamente
hasta dimensiones impredecibles y desconocidas.
Lo que llamamos hoy foto-grafía (del griego fwto y graf…a) –restringida a la luz
visible y, asimismo, sujeta a mecanismos mediata o inmediatamente antropomórficos en sus
procedimientos de captación, impresión, reproducción, etc. de las imágenes– no sólo se
trans-formará y trans-mutará... sino que ampliará y potenciará extraordinariamente sus
posibilidades en materia de transmisión y comunicación de aquéllas... contribuyendo a la
instantánea difusión de las informaciones... a nivel planetario y galáctico.
Ello constituirá no sólo un ingrediente decisivo para la paralela y concomitante
revolución que se operará sobre la comunidad humana... sino en la propia comprensión del
universo que nos rodea... y del cual depende nuestra fáctica sobrevivencia.
¡Felices los filósofos que vivan a plenitud esos tiempos... que hoy sólo podemos
difícilmente imaginar!
(15/9/92)
* * *
Es un craso error –como lo hemos señalado varias veces en estas mismas páginas–
separar, cual si fueran términos opuestos, a la Sociedad y al Estado. Ambos, por el
contrario, se hallan indisolublemente unidos... puesto que el Estado no es más que una
institución, valga decir, un instrumento técnico... creado y diseñado por la propia Sociedad
para orientar, coordinar, supervisar y arbitrar una serie de actividades que, por ser trans y/o
supraindividuales, requieren la presencia y funcionamiento de una instancia o poder (de
índole similar a la de tales actividades)... que, al par de dinamizarlas, sea también capaz de
ejercer su armoniosa y eficaz rectoría.
La función del Estado no excluye (y, en lo posible, no debe interferir) las actividades
propias de todos los miembros integrantes de la Sociedad... sino, al contrario, estimularlas y
potenciarlas a fin de lograr la máxima productividad de ellas, sea cual fuere su peculiaridad,
en el supuesto de que esta última sea acorde con el Bien Común... y no transgreda los
principios éticos establecidos por el Estado de acuerdo con las exigencias de la Sociedad.
No es posible concebir la plenitud y riqueza de una Sociedad, abocada a realizar la
variedad de las posibles actividades que se realizan en su seno, sin la intervención rectora
del Estado... aunque semejante intervención debe quedar restringida a las señaladas
funciones... sin interferir, coartar, sofocar o prohibir la libre iniciativa de la Sociedad en
todas aquellas otras actividades que les sean propias al talento e industria de sus
miembros... con el fin de producir no sólo nuevas fuentes de riqueza sino las oportunidades
de trabajo que requieren aquéllos para cubrir dignamente sus necesidades.
(21/12/92)
* * *
Problema diferente del anterior es la forma o modalidad que puede adoptar la
organización de los poderes del Estado... e, incluso, la índole de éstos... así como sus
eventuales y recíprocas relaciones. En todo caso... el despliegue de las facultades de
cualquier poder estatal debe inscribirse y circunscribirse a la índole de las funciones
señaladas, sin desvirtuarlas ni desnaturalizarlas, so pena de provocar graves desarmonías
con respecto al normal desenvolvimiento de las actividades de la Sociedad.
(21/12/92)
* * *
Lo que en otro contexto hemos denominado ingeniería social... no es un proceder
coactivo y coercitivo sobre las actividades de la Sociedad. La ingeniería social debe provocar
el incremento de la libertad y la libre iniciativa en el seno de la Sociedad... aunque
señalando los cauces (y, eventualmente, las metas) hacia los cuales pudieran aquéllas
orientarse para lograr los mejores y más eficaces resultados en su dinámico despliegue. Así
como en la ingeniería hidráulica no se busca destruir el potencial energético de una corriente
sino trans-formarla para lograr la mayor eficacia y productividad de aquél, un ingeniero
social no debe ignorar ni destruir la potencialidad de la libre iniciativa... sino inducirla hacia
cauces donde
ella, trans-formada, rinda sus mejores frutos y
alcance su
mayor
productividad.
Mas, como se comprende, no hay posibilidad de ejercitar la ingeniería social sin una
paralela actividad de genuina y fecunda pedagogía social... basada, por supuesto, en el
respeto a la libertad con que todo genuino pedagogo debe proceder frente a quien pretenda
orientar y conducir mediante sus consejos o eventual colaboración.
(21/12/92)
* * *
Uno de los ejes fundamentales de la civilización actual –fruto sazonado de la ratio
technica– son las comunicaciones... proyectadas todavía sobre un reducido espectro de
medios (visuales, audiovisuales, electrónicos, etc.)... pero cuyas inéditas posibilidades de
ampliación pueden ser impresionantes si se piensa en los recursos y progresos transmutativos de la meta-técnica... capaces de llevar los límites y proyecciones de aquellas
comunicaciones hasta ámbitos insospechados.
Para hoy, a pesar del relativo avance alcanzado, las comunicaciones constituyen un
constructo cuyos efectos han sido decisivos para la transformación sufrida por la
epistemología y la ontología de nuestro tiempo... que pocos desgraciadamente han
advertido... aferrándose al análisis, perfeccionamiento y elaboración de los vetustos y
anacrónicos armatostes categoriales y nocionales de la antigüedad o la modernidad (vgr.
Kant, Hegel, Husserl, Heidegger, etc.).
Efectivamente: en lugar de enfrentarse a la realidad ingenua y/o natural... el “sujeto”
(si cabe usar todavía semejante término) la que asume como alteridad es aquella diseñada,
fabricada y construida por el mensaje comunicacional... no siendo tampoco él mismo, en
cuanto “sujeto”, un agente o receptor vírgen o icástico... sino algo o alguien mediado, a la
par que regulado, por el marco generador del respectivo mensaje... el cual prepara,
preforma y determina la calidad, grado y modalidad de la correspondiente acción o
recepción epistemática... y, con ella, de la constitución misma del propio “sujeto”. El “sujeto
comunicacional”, en tal sentido, es toto caelo diferente al clásico y tradicional agente activo
o receptivo de la aceptada epistemología... puesto que su función se inicia, de antemano,
siendo él mismo un producto del mensaje.
¿Qué es, entonces, la verdad... dentro de semejantes coordenadas y parámetros?
¿Hay fronteras discriminatorias o diferenciadoras entre la ficción y la realidad, lo imaginativo
y lo efectivamente contable? ¿Qué instrumentos epistemáticos utilizar para ello... si la propia
episteme resulta ser, anticipadamente, una elaboración de los medios e instrumentos
comunicacionales?
Desde
aquí
puede
avizorarse
la
paralela
influencia
que
aquellos
medios
e
instrumentos ejercen sobre los tradicionales conceptos y nociones de la ontología...
despojándolos de toda ingenua conexión substancial con la realidad y/o disolviendo su
cuestionable dependencia de una innata e inmodificable constitución de la subjetividad
(empírica o transcendental).
La acción transmutativa y desustancializadora de las comunicaciones es, en tal
sentido, decisiva y total... pudiéndose decir que sus constructos sustituyen y modifican
radicalmente los límites de la ontología en todos sus niveles y modalidades.
¿Hacia dónde conduce todo esto? ¿Al escepticismo... al relativismo? Sería absurdo
llegar a tales conclusiones. Si algo advierten y señalan semejantes denominaciones... ello es
que, para no aferrarnos a falsas etiquetas y cómodas casillas, debemos enfrentarnos
previamente con la radical e innegable revolución transmutadora operada por las
comunicaciones sobre la alteridad... y, desde ella, formular de nuevo la pregunta: ¿qué es la
verdad?
Ello nos obliga a examinar día a día, con sumo cuidado y perspicacia, lo que está
ocurriendo a nuestro alrededor...
(30/1/93)
* * *
En forma simultánea al descrito efecto sobre la noción de la verdad –fruto de la
mencionada transmutación epistemática– las comunicaciones proyectan su concomitante
acción sobre las características connaturales del espacio y el tiempo... en cuanto parámetros
sustentadores de la alteridad. ¿En qué transforman, por obra de ello, las nociones del hic et
nunc... en tanto que soportes de lo fáctico y su individuación? ¿Qué permanece o
desaparece del ahora y su presencia? Desvirtuados éstos... ¿se podría revertir el tiempo
físico o solamente el imaginario, ficticio e irreal? ¿Pero en cuál de ambos “tiempos” se
sostiene y despliega la acción del “sujeto comunicacional”... transformado también por obra
del mensaje? ¿No es semejante tiempo asimismo una construcción de éste?
Interrogantes paralelas pudieran ser dirigidas al hic espacial... disolviendo su entidad
y concreción... como sustentáculo de lo real y efectivo.
(30/1/93)
* * *
¿Qué es el mensaje? ¿Puede el mismo –mediante su taumatúrgica energía y efectos
transmutantes– construir (inventar, forjar, fabricar) una alteridad plenamente virtual, valga
decir, una supra o trans-alteridad sin efectivos ni reales “aquí” ni “ahoras”?
Las preguntas y perplejidades se agolpan tumultuosamente en mi pensamiento...
agobiándolo... aunque a la vez estimulándolo... como llameantes saetas que lo desgarran y
enardecen. Es el doloroso y gozoso instante de la creación. Queden sólo las cenizas de su
memoria consagradas en esta página.
Mañana, con prudencia y humildad redobladas, recorreré sus pasos... y rastrearé sus
huellas.
(30/1/93 p.m.)
* * *
I) No hay comunicación sin sensorios. Ni hay auténticos sensorios sin comunicación.
II)
Comunicaciones
y
sensorios
son
un
binomio
indiscernible.
Mas...
las
comunicaciones pueden conformar y alterar los sensorios, a su vez, alterar y conformar las
comunicaciones.
III) Los sensorios ingénitos o connaturales del hombre... ¿participan, activa y
espontáneamente, de este último axioma? ¿O se encuentran en situación meramente pasiva
frente a los mensajes?
III-a) El hombre, indudablemente, puede construir sensorios artificiales que cumplan
activamente la función de conformar y alterar los mensajes. Y, asimismo, diseñar mensajes
que cumplan una idéntica, aunque inversa, función.
IV) No hay sensorios universales. Ni, por tanto, mensajes universales. Cada sensorio
requiere un específico mensaje... y cada mensaje un específico sensorio.
IV-a) ¿Rige también esto, en forma inexorable e inmodificable, para los sensorios
artificiales? ¿O es posible imaginar (incluso prever) una suerte de “mathesis universalis” y/o
“galaxial” en tal materia?
V) ¿Son la captación e interpretación de los mensajes una sola actividad? ¿Se
encuentra implícita la interpretación en la captación? ¿Supone la eventual interpretación de
los mensajes... una predeterminada captación?
VI) ¿Es el interpretar sinónimo del descifrar? ¿Qué es un código? ¿Qué se descifra del
mismo –sus cifras, su orden, su sentido–... y en ello se agota la interpretación? ¿O es la
interpretación algo distinto a todo lo anterior?
VII) ¿Son los códigos... únicamente elaborados por el hombre? ¿O hay códigos en la
alteridad... elaborados por fuerzas y agentes aún desconocidos... cuyo eventual modo de
inteligibilizar y ordenar aquélla aún no poseemos ni dominamos?
VII-a) ¿Cómo acercarnos a ellos... y descubrir sus lenguajes y sintaxis? ¿Acaso la
nootecnia pudiera ayudarnos en semejante tarea? ¿No impone ésta, al menos, la sospecha
de tal factum... y una previa interpretación de la alteridad?
VIII) ¿De dónde proviene esta última?
(31/1/93)
* * *
Todo ejercicio de poder requiere una comunicación (agente emisor
« receptor;
mandato « obediencia y/o dominio)... pero no toda acción comunicativa es sinónima de un
ejercicio de poder, ni implica una relación de subordinación entre el agente emisor y el
receptor.
La comunicación puede, por el contrario, tener como objetivo la transmisión de una
orden o mandato cuya finalidad sea provocar o estimular la in-subordinación: el surgimiento
de una acción libertaria –valga decir, de la libertad frente al mandato y la requerida
obediencia– incitando, eo ipso, al ejercicio de la autonomía y autarquía en quien reciba los
mensajes.
De allí que las comunicaciones puedan estar al servicio de los mandatos de la
libertad...
(14/8/93)
* * *
¿Ordena y manda la libertad? ¿Tiene poder... la libertad? Ello es indudable... y
semejante poder, en su ejercicio, tiene un signo positivo... incluso más potente que el del
poder opresivo.
El Estado, como institucionalización del poder, puede y debe hallarse dirigido hacia un
fin semejante: propiciar, amparar y fortalecer la libertad de las personas... sin que tal
libertad, por otra parte, carezca de un orden que garantice la convivencia (social, política,
económica, etc.) entre ellas.
(14/8/93)
* * *
¿Es el ejercicio del poder liberador y libertario sinónimo de la an-arquía (a-cratismo)?
¡En absoluto! Aquel ejercicio es necesario cuando el poder institucionalizado del Estado
ahoga o aniquila la imperiosa necesidad de libertad que es inherente a la dignidad de la
persona para convivir en una comunidad y ser respetada por sus semejantes. Esto no
significa an-arquía... sino liber-arquía (šleuqer…a).
(14/8/93)
* * *
Es una falsa oposición la que pretende establecerse entre la Sociedad y el Estado...
tal como si fuesen instancias antagónicas entre sí. Por el contrario... el Estado es una
institución (técnica) creada por la propia Sociedad para defender sus fueros comunitarios y
la impreterible dignidad –y, por ende, la libertad– de sus miembros integrantes.
¿Contra qué y contra quién? Sencillamente contra los desafueros de quienes
–desconociendo e irrespetando las propias normas y garantías establecidas por la Sociedad
para proteger a sus integrantes de las injurias y avasallamientos que pretenden inferirles
algunos individuos que abusan de sus libertades y derechos– obligan a los ciudadanos a
ocurrir ante las instancias estatales para salvaguardar su inalienable libertad y dignidad
como personas y miembros integrantes de la Sociedad.
(14/8/93)
* * *
Difícil es prever (¿imaginar? ¿deducir? ¿inventar?) a dónde nos conducirá la
revolución de los medios comunicacionales... entendidos éstos en su multifacética
variedad... y con las múltiples posibilidades que brindan para la emisión
« recepción de los
mensajes transmitidos por ellos... potenciando hasta vertiginosos extremos la modalidad y
velocidad de aquéllos, su entrecruzamiento y recíproca retroalimentación, escrutinio,
análisis, síntesis y eventuales resultados.
Evaporado el espacio y disuelto paralelamente el tiempo –como parámetros
sustentantes de la alteridad– parecería llegada la hora propicia para una civilización
apresencial y/o instantánea... dentro de cuyo ámbito planetario quedarían abolidas todas las
fronteras y resistencias para la absoluta posibilidad de los más insólitos y anónimos
entendimientos humanos.
¿Pero qué significaría esto... y en qué forma afectaría la conducta moral e intelectual
de los hombres? Para avizorarlo es que se requieren las más potentes dotes prospectivas...
y las más audaces hipótesis. Es hora de construir modelos... y, a la par, de enjuiciar sus
posibles y probables consecuencias... conjeturando su viabilidad práctica para la convivencia
racional entre los hombres.
¿O también eso que llamamos convivencia racional... debería ser archivado por
resultar sólo un caduco y periclitado concepto? He aquí la cuestión medular... y el más
grande de los riesgos. Aunque también la radical frontera para ingresar al verdadero reino
de la demiurgia metatécnica.
(11/9/93 a.m.)
* * *
Pero sería erróneo pensar que los medios comunicacionales tienen un efecto único,
unidireccional y unívoco, en todos los escenarios (humanos y civilizatorios) sobre los cuales
se proyecta su influencia.
Por el contrario, si con desprejuiciado criterio analizamos lo que hasta ahora ha
ocurrido, es posible verificar que el espectro de sus consecuencias ha sido amplísimo,
heterogéneo e incluso contradictorio, en relación a tales escenarios.
Semejante fenómeno no puede menos que provocar perplejidad... y es necesario
que, al menos provisional y sucintamente, tratemos de reflexionar sobre el mismo... a fin de
no perder la justa perspectiva que nos permita un sano y crítico ejercicio de prospección...
I) Es claro e innegable que ya, a la altura de nuestro propio tiempo, es posible divisar
dos procesos –uno de homogeneización y otro de ostensible individuación– que, superpuesta
y contradictoriamente, ejercen los medios de comunicación sobre los sustratos ethológicos
de los diversos pueblos, comunidades y grupos humanos en los cuales se proyecta su
influencia.
La des-individualización homogeneizadora se produce al provocar su poderosa acción
un fenómeno de desarraigo y apatridia cultural (o, mejor dicho, culturoide)... el cual incita a
la frenética y ciega imitación de los patrones de comportamiento masivamente impuestos
por los medios comunicacionales.
La potenciación de los sustratos ethológicos diversificadores, singularizantes e
idiosincráticos, se produce al contrario cuando los mismos medios posibilitan el rescate,
devoción y respeto por los valores propios de la tradición de los diversos pueblos,
fortaleciendo y exaltando de tal manera las peculiaridades ethológicas de las diferentes
comunidades, etnias y naciones... con los innegables riesgos que consigo puede traer ello...
tal como lo presenciamos en estos mismos días.
II) Gracias a ciertos medios de comunicación... los hombres pueden ser sustituidos
perfectamente por instrumentos que realicen, con total eficacia, las funciones que (hasta
ahora) aquéllos desempeñaban... en diversas esferas, niveles y situaciones de la vida social,
cultural, política, etc.
Esto anula, eo ipso, la necesidad de las instituciones donde tales funciones se
ejercían (universidades, partidos, teatros, clínicas, bibliotecas, etc., etc.)... influyendo,
asimismo, en la forma de realizarse las diversas actividades conexas con ellas.
Tal fenómeno se suscita, especialmente, en labores, operaciones y trabajos de índole
mecánica y calculatoria, aunque el refinamiento y sofisticación de los medios reduce, cada
día más, las restricciones que señalan las eventuales diferencias que puedan existir entre el
hombre y los instrumentos creados por él mismo.
¿Cuáles son estas diferencias? Aquellas que son inherentes y esencialmente
indiscernibles de ciertas actividades cuyo ejercicio resulta inconcebible e irrealizable sin la
actuación libre y crítica de una auto-conciencia... tal como la que se requiere en los actos de
una genuina y autónoma creación espiritual o intelectual.
III) Los procesos y medios comunicacionales pueden trans-formar y trans-mutar la
racionalidad humana... tal como ha quedado expuesto en los FMT... y esto, a su vez,
proyecta su desquiciante e innovadora influencia sobre la ética, la política, etc., provocando
una paralela destrucción-creadora sobre las instituciones que recogen las actividades y
manifestaciones de ellas.
¿Existe, acaso, alguna actividad irreductible dentro de este escenario? Tal vez la
religión... si por tal sólo se entiende el silencioso comunicarse del hombre con su propio
silencio.
¿Pues qué significa aquí “comunicación”... y cuál puede ser el “medio” para que la
misma se realice... sin perder su genuino sentido?
(12/9/93 6 y 30 p.m.)
* * *
El progresivo carácter simbólico que sostiene el funcionamiento y dinámica de la
economía capitalista a la altura de nuestro propio tiempo... pudiera convertirse en causa de
su autodestrucción... más allá de las sesudas leyes y ecuaciones que toda una legión de
economistas han manejado para pronosticar esa catástrofe.
En efecto... la razón es simple: el carácter abstracto y convencional de los símbolos
–verdaderos dioses tutores y sostenedores de los imperios económicos más poderosos del
planeta– no sería capaz de resistir la hecatombe que para ellos representaría la pérdida de
la fe en lo simbolizado... fenómeno que puede ocurrir naturalmente o ser inducido, ficticia y
artificialmente,
en
cualquier
coyuntura,
poniendo
en
marcha
mecanismos
cuasi
indetenibles... dotados de una poderosa y suficiente autonomía.
¿No es ese el panorama que parecería preludiarse en una eventual “guerra
comercial”? ¿Y es semejante “guerra” un mostrenco fantasma que habita sólo en
calenturientas imaginaciones de filósofos tropicales? Más que apocalíptica mitología... la
anterior debe inscribirse dentro de las aberraciones y extravíos hacia los que conduce la
ratio technica dominada en su poder por el afán de lucro...
(24/11/93 p.m.)
* * *
Aunque no del todo coincidente con lo anterior en sus motivaciones... aunque sí
ligada (de alguna manera) con su fondo... escuché anoche una noticia proveniente de
Bruselas, en la que se anuncia que los gobiernos de la Comunidad Europea (con el indignado
rechazo de Gran Bretaña) acordaron una semana laboral que tendrá un máximo de 32
horas, incluyendo las extraordinarias, así como cuatro semanas anuales de vacaciones
remuneradas para todos los trabajadores...
También deben tener como mínimo un día de descanso semanal, el derecho al
descanso en el día laboral de seis horas, por lo menos 11 horas de descanso entre uno y
otro día de trabajo, y una limitación de ocho horas en la jornada laboral nocturna.
¿Por qué, se pregunta uno, todo este homenaje al ocio? ¿Acaso por exceso de espíritu
cristiano y cuidado pastoral por la salud de los sufridos trabajadores del Viejo Mundo?
¿Adoración a Marx?
Andaría despistado quien creyese en esas salutíferas motivaciones. La razón es otra.
En efecto: el desempleo provocado por la creciente automatización técnica es tan
sobrecogedor en casi todos los países de la Comunidad Europea... y tan perversas son sus
secuelas éticas y sociales... que para enfrentar el peligrosísimo problema no se encuentra
mejor posibilidad que la adoptada... no de improviso sino después de una enconada
controversia que consumió tres años de deliberaciones. Sin embargo, a pesar de ser
derrotada, Gran Bretaña amenazó con llevar ante los tribunales a sus once socios... y, como
siempre, se niega a aceptar lo decidido por ellos.
Mas, desde esta latitud del mundo, este filósofo se pregunta: ¿y quién, en última
instancia, pagará este risueño ocio remunerado de los trabajadores europeos? La respuesta,
nada maliciosa en su obviedad, parecería estar a la vista: el reservorio del mundo
subdesarrollado... con sus recursos naturales y sus materias primas pagados a precio de
gallina flaca.
(24/11/93 p.m.)
* * *
La globalización o planetarismo, como realidad socioeconómica, cultural y política,
impuesta por el despliegue de la ratio technica... es hoy en día un tópico o lugar común que
se maneja en todos los discursos... sea cual fuere la índole de los temas o problemas que se
enfoquen.
Yo avizoré el advenimiento de aquel fenómeno cuando apenas se proyectaba en sus
iniciales y primarios destellos... y vinculé sus orígenes a la disolución o evaporación operada
por la ratio technica sobre los parámetros espacio-temporales (de índole sustancial) que
sostenían la alteridad. Mucho he logrado avanzar desde entonces... ampliando mis primeras
intuiciones y previsiones mediante la introducción de las radicales trans-mutaciones
(espacialiformes y temporiformes) que ofrecen los instrumentos y constructos metatécnicos. De esto no hablan todavía los pseudo intelectuales y “profetas”... quienes aún no
sospechan siquiera la real y efectiva trascendencia que tales aspectos tendrán en el futuro.
Pero no es sobre ello que quisiera hoy reflexionar. Por el contrario... centrándome en
el análisis de las actuales y constatables circunstancias (apenas premonitorias, repetimos,
de las que se aproximan inexorablemente) desearía sólo puntualizar dos problemas que me
inquietan profundamente.
El primero de ellos es el surgimiento y consolidación de “bloques” (y/o “sub-bloques”)
dentro del actual “orden mundial” –vgr. el Tratado de Libre Comercio (TLC) integrado por
USA, Canadá, México, Chile, etc.; la Unión Europea (UE) con sus tentáculos desplegados
hacia los cuatro puntos cardinales del viejo continente; la Asociación del Sud-Este Asiático
(ASEAN)... para citar los mayores sin mencionar las subdivisiones– y la consiguiente
proliferación de industrias y empresas multinacionales, de todo tipo e índole, con intereses
enraizados en las economías de aquellos “bloques” y/o “sub-bloques”, en franca y decidida
competencia con otras, del mismo estilo y pelambre, filiadas a distintos y contrapuestos
intereses económicos, políticos y culturales.
Ahora bien: ¿propicia ello el desarrollo económico mundial... o lo fragmenta y lo
desarticula
intrínsecamente...
hasta
provocar
el
más
espantoso
y
estéril
de
los
enfrentamientos y desórdenes económicos... con el consiguiente surgimiento de la anarquía y
ruina de las economías en los países menos desarrollados... así como la lenta pero inevitable
paralización y empobrecimiento en el seno de los opuestos “bloques” y “sub-bloques”
contendientes?
¿No
prosperará
subrepticiamente
en
aquella
“competencia”
una
sorda
lucha
exclusivamente monetarista... y una guerra sustentada en meros símbolos financieros... que
en nada ayudan ni estimulan al verdadero y real desarrollo productivo de los pueblos y
naciones? O preguntado en otra forma: ¿no apunta todo ello hacia un babelismo simbólicomonetarista de la economía mundial... cuya contrafaz real es la pobreza, causada por la
depresión y la inflación, de los pueblos que lo sufran?
El
segundo
problema
se
refiere
al
nuevo
orden
político,
así
como
a
las
correspondientes instituciones, que sirvan para coordinar y “armonizar” las apetencias de
poder de aquellos “bloques y “sub-bloques”, actuando como garantes de la equidad y de la
paz mundial.
¿Será aquel “orden político” semejante al actual... centrado y organizado a partir de
la indiscutible hegemonía del imperio norteamericano? ¿Será capaz la débil y obsecuente
estructura burocrática de las Naciones Unidas –con su privilegiado e inaceptable Consejo de
Seguridad– de actuar como un auténtico “Gobierno Mundial”... de acuerdo con el paralelo
ordenamiento planetario subdividido en “bloques” y “sub-bloques”? ¿O se requiere repensar
y reformular sus esquemas organizativos, atribuciones y efectivo poder (militar, político y
económico)?
Graves dudas tengo acerca de esto último... y así como en el restringido terreno de lo
socio-económico avizoro la posibilidad de un eventual des-orden o anarquía, no menores
prevenciones me asaltan cuando reflexiono en las alternativas que pueden derivarse para el
porvenir político del planeta por obra de los fenómenos descritos.
Nada se ganaría con adelantar visiones optimistas o pesimistas... ni con introducir
pre-visiones basadas en meras hipótesis. Mis tesis son bien conocidas: lo único que me
atrevería a sostener, con íntima certidumbre, es la radical trasmutación que aguarda a las
actuales instituciones (políticas, económicas, culturales, etc.) por obra de los revolucionarios
aportes que introducirán, en sus bases y fundamentos, las mutaciones metatécnicas que han
de operarse ineluctablemente en las propias funciones y límites del conocimiento humano...
transformando eo ipso todo el sistema categorial y de principios que lo sostiene.
Las armas y las comunicaciones, en tal sentido, serán los dos grandes vectores que
recibirán y transmitirán los mayores impactos provenientes de aquellos radicales cambios...
y, sobre ellas, así como sobre el lenguaje humano y el pensar posibilitado por sus
enriquecidas sintaxis homologadas nootécnicamente, reposará el impredecible destino del
planeta... y el sentido de la existencia humana, como tal, que en el mismo se desarrolle.
¿Se encamina semejante existencia hacia un status de felicidad... o la aguarda una
feroz lucha para lograr su simple sobrevivencia?
¡No lo sé!
(28/1/95 p.m.)
* * *
La polis planetaria, abierta como posibilidad y en trance de realización por obra de la
ratio technica apoyada en la revolución comunicacional que operan los actuales instrumentos
tecno-comunicacionales, amenaza directamente a la noción y a la estructura de la
comunidad (koinwn…a)... tal como ellas se entendían hasta ahora. Efectivamente: ¿en qué
radica y qué es lo “común” (koinÒj) que, como sustentáculo conectivo y/o comunicante,
amalgama a las comunidades contemporáneas? Sin duda... intereses o necesidades
compartidas. ¿Pero dónde (ubi) se ubican éstos? ¿Acaso la cercanía y la lejanía de tales
intereses y necesidades se hallan determinadas por criterios espaciales o espacialiformes?
Aquí se centra lo primordial de la cuestión... pues toda distancia, separación o alejamiento,
queda suprimida de raíz por la evaporación del espacio propiciada por los medios e
instrumentos comunicacionales. Lo “común” de las necesidades e intereses resulta, por esto,
de otra índole... y ésta se halla determinada por alteridades (hechos, valores, fines, etc.)
trans-regionales... que propician la aproximación personal de los participantes y/o
colaboradores de la comunidad y/o comunidades integrantes de la polis planetaria.
Debo seguir reflexionando sobre este tema... que, en pasados tiempos, según
recuerdo vagamente, ocupó (por cierto que prematura o anticipadamente) mi atención
teórica. Ahora se halla frente al mundo como una realidad tangible e inmediata... de
inusitada urgencia... y de impredecibles consecuencias (políticas, culturales, éticas, etc.). La
planetaria polis –al contrario de lo que se pensaba hace treinta o cuarenta años– no será
una polis regida por la homogeneización instaurada e impuesta por la técnica. Al contrario...
el logos tecno-comunicacional suscitará, dinamizará y propiciará una creciente y polícroma
heterogeneidad y/o diversidad de comunidades... multiplicando los incentivos o agentes
(necesidades e intereses) que acercarán y/o aproximarán a los participantes en un babélico
aunque fecundo diá-logo... carente de límites y fronteras topo-gráficas.
Evaporados los límites (pšraj) de la tradicional polis... las comunidades del futuro
serán trans-limitáneas... y, tanto los intereses como las necesidades comunes de sus
integrantes, se harán cada vez más trans-naturales (“artificiales”) y trans-regionales...
debido ya a la índole como a la finalidad de aquellos factores.
(14/3/95 a.m.)
* * *
¿Qué nuevos dioses convocan a los hombres de este tiempo? ¿Qué sueños y
promesas, qué reinos de salvación, ofrecen sus presuntos paraísos? ¿Cuáles son los
mandamientos, códigos y normas, que los fieles deben acatar para alcanzarlos?
¿Hay alguien, profeta o visionario, que en medio del actual marasmo, confusión y
frenesí en que se vive, sea capaz de trazar un cuadro que sintetice, ordene e ilumine
aquello? Al menos no lo conozco... y, por mi parte, de antemano me declaro incapaz de
lograrlo... pues ni fuerzas ni instrumentos tengo para intentarlo... consciente, eso sí, de las
confusas, turbias y contradictorias vertientes que alimentan y provocan la situación.
Las “ideologías” que hasta hace poco orientaban y movilizaban a las masas... se
hallan en trance de desaparecer: han perdido su suelo creencial, carecen de arraigo y
atracción, se han transformado en vacíos fantasmas sin vida... anacrónicos e inútiles para
las necesidades del tiempo en que vivimos... y, aún mucho más, para el necesario futuro...
que nadie vislumbra con claridad... aunque se presiente como esencialmente distinto al que
lógicamente se desprendería de ellas. Adolecen, por tanto, de una falta de vigencia y
sentido... para hoy y mañana.
Lo mismo acontece con los partidos políticos que de aquellas ideologías dependen... o
de cuyos contenidos se nutren. Han terminado por ser caricaturescos parapetos que cobijan
los exclusivos y egoístas intereses de su trasnochada “dirigencia”: cúpulas o cogollos
desprestigiados... que viven de sus últimos estertores... cada vez más alejados de la
realidad... y carentes de credibilidad.
El ciudadano común, masificado y aturdido por el constante martillar de las consignas
y mensajes que vomitan ininterrumpidamente los medios tecno-comunicacionales, se halla
desorientado, sin saber qué hacer, a la intemperie... arrojado a un mundo inhóspito, cruel,
lacerante, abominable... que lo cerca y asfixia... despojándolo de asidero... sin ofrecerle
salida... ni menos seguridad.
Sumergido en semejante atmósfera... se aferra al irracionalismo, al arracionalismo, al
azar... a cualquier motivación o circunstancia que le proporcione asidero a sus pasos... y
llene, aunque sea sólo momentáneamente, de sentido a su vida. Han surgido así las
idolatrías
étnicas,
los
pretextos
del
nacionalismo
a
ultranza,
los
fanatismos
y
fundamentalismos religiosos, las sectas mesiánicas, el esoterismo, los cultos demoníacos,
etc., etc., todo lo cual, más allá de sus externas diversidades, propósitos y metas, resume
un común y soterrado afán: el de hallarle un resto de sustento a lo que parece
insustentable: la vaciedad de la existencia, la inanidad del tiempo, el raigal sinsentido del
nudo y fáctico vivir.
Cuando la peripecia irracional encuentra resistencia... la apelación a la fuerza resulta
inevitable. Enfrentamientos, guerras, contiendas surgen por doquier... sazonadas con las
artes del mercado manejadas artera y magistralmente por los expertos del ramo... y las
sutiles estrategias de las industrias bélicas nacionales o transnacionales.
Cuando aquella peripecia se traslada a un ámbito “civilizado” –citadino, burgués,
cosmopolita– la vaciedad existencial se enfrenta mediante los espejismos del afán de lucro,
los exorcismos de la droga o los extravíos de la aberración sexual... válidos todos como
expedientes para espantar la monotonía, el tedio y el cansancio cotidianos.
Todo lo anterior se reflejó magistralmente en los últimos intentos de la última
filosofía que alcanzó a tener vigencia popular: el existencialismo. Pero el mismo, a pesar de
su acertado diagnóstico, no alcanzó a dar respuesta para lo diagnosticado. Y, por ello, en el
ámbito medianejo de la filosofía actual se nota hoy un marcado agotamiento... sin que haya
señales que preludien su renovación.
Por el contrario... disipadas las expectativas dejadas por el existencialismo... sus
proyecciones se han trasladado íntegramente hacia el campo del saber tecno-científico...
transformando a éste en un omnímodo paladín de la esperanza... a cuyas posibilidades se
les asigna todo lo posible de imaginar... hasta convertirlo en un utópico señuelo que propicia
la anhelada fuga... con la consiguiente aparición de concomitantes y graves rasgos que
constelan los días que vivimos.
Efectivamente: si es posible que todo sea posible... la consecuencia es que nadie
queda satisfecho con lo actual y efectivo, lo presente y disfrutable, lo real. La sensación de
que todo puede ser logrado, transformado y mejorado, trae como corolario la ilusión de
existir en un mundo donde todo es transitorio y caduco... y que el hoy, en cuanto tal, es sólo
un lastre del que ya mañana podremos prescindir.
¿Pero qué es ese mañana... y qué bienes o valores traerá? ¡Nadie lo sabe! Se vive en
una caducidad sin fronteras... pero también sin finalidad ni metas que orienten certeramente
los pasos a seguir. El futuro se llena también de vaciedad... y el desasosiego aumenta sin
cesar... potenciando la desorientación y la ansiedad.
Dentro de lo posible, incluso, sería insensato descartar lo cataclísmico... y eso lo
presiente y sabe el hombre actual. La vida en nuestro planeta puede perfectamente
desaparecer... ya sea violentamente por obra de una conflagración o catástrofe nuclear... o
suave y gradualmente por el calentamiento y envenenamiento de la atmósfera provocado
por los gases y desechos industriales. Señales evidentes e innegables hay de ello... y a estos
síntomas se añaden las perversas e incontrolables agresiones del hombre contra el medio
ambiente... dinamizadas, casi siempre, por un desmesurado afán de lucro... incapaz de ser
reglamentado por ningún medio legal ni combatido completamente por la fuerza.
Frente a ello –con tintes no exentos de un cierto misticismo religioso– han surgido
por doquier sectas de fanáticos ecologistas... cuyas acciones, antes que efectivas, resultan
más bien aparatosas y teatrales... si sus resultados se examinan crítica y objetivamente.
Mediante ellas –al igual que con las emprendidas por las organizaciones defensoras de los
derechos humanos frente a las incontrolables violaciones que de los mismos cometen los
gobiernos de todo el mundo– poco o nada logra evitarse... pues, generalmente, las
condenas y protestas se suceden cuando ya los males son irremediables.
No hay pesimismo en esto que decimos... sino escueta y objetiva constatación de
hechos. Por el contrario, si alguna eventual o posible ideología debería tener cabida en la
indigencia de este tiempo... ella sería, a nuestro juicio, la ecologista... con tal de que la
misma pudiera despojarse de todo fanatismo idealista y dejase a un lado el obsoleto
concepto aristotélico de Naturaleza que consigo arrastra subrepticiamente. O, para decirlo
aún más claramente, si sus pasos se iniciaran desde el umbral de la meta-técnica... y sus
activistas asumieran, como vigente y efectivo objeto de sus cuidados, la noción de una
Supra-naturaleza en tanto que constructo humano... pues mediante ello pudiera lograrse,
sin aspavientos ni teatralidades, que la propia e ingénita Naturaleza se protegiera y
conservara a sí misma por sí misma... gracias al libre designio y voluntad del hombre.
Lo mismo cabría pensar en relación con los derechos humanos... pues flaco servicio se
le hace a ellos si los propios instrumentos que el hombre ha diseñado para modelar la “índole”
o “naturaleza humana” del hombre –como son vgr. los medios tecno-comunicacionales– no se
utilizan para potenciar ésta... sino, al contrario, para deteriorarla, pervertirla y destruirla...
animalizando al hombre. ¿Y no es ello, acaso, lo que presenciamos día a día, con total y
absurda indiferencia, sentados cómodamente frente a las siniestras pantallas de la televisión
comercial... y, a veces, estatal?
Cabría por último –a fin de no alargar en demasía estas reflexiones– hablar del Nuevo
Orden Mundial y su eventual relación con la meta-técnica... aunque ello pudiera resultar
muy complicado y abstruso. Pero, en síntesis, las cuestiones primordiales a dilucidar serían
las siguientes:
a) si ese Nuevo Orden Mundial –posibilitado, dinamizado y dirigido mediante agentes
e instrumentos metatécnicos– tendría que desembocar necesariamente en una globalización
o planetarismo homogeneizante y anonimizante... dominado y regido por “bloques transnacionales” super-capitalistas del mismo signo; y/o
b) si, en lugar de ello, aquel Nuevo Orden Mundial pudiera servir para propiciar el
surgimiento de una dinámica mancomunidad de naciones, ethológicamente afines, capaces
de
integrar
sus
proyectos
históricos
individuales,
libremente
asumidos
aunque
complementarios tanto política como económicamente, en un solidario y sostenido esfuerzo
trans-capitalista de redención social.
¿Qué papel jugaría en todo esto el diseñado constructo de un Nuevo Mundo? Dejo
abierta la pregunta...
(11/4/95 5 p.m.)
* * *
La tecnodemocracia, formalmente entendida, es un constructo socio-político mediante
el cual la soberanía de un pueblo, nación, sociedad o comunidad, como auténtica base o
sostén de la voluntad general de la mayoría de sus integrantes, es manifestada a través de
un sistema de instrumentos o artefactos técnicos que permiten expresar a los integrantes de
ese pueblo, nación, sociedad o comunidad, sus designios en relación a los asuntos o
problemas políticos sometidos a su consideración... para ser decididos de acuerdo con el
criterio de la mencionada mayoría.
Los actos decisorios de un sistema tecno-democrático pueden realizarse, en forma
convencional, acudiendo los integrantes del respectivo pueblo, nación, sociedad o comunidad
a un lugar o local especialmente acondicionados para el acto de sufragio o votación
correspondiente... aunque se pudiera asimismo lograr que, mediante la implementación de
artefactos tecnocomunicacionales adecuados, cada sufragante o votante pudiera expresar su
opinión “a distancia”, sin tener que acudir al “local de votación”... ni depositar su voto
mediante tarjetas o balotas... lográndose así un alto nivel de precisión, rigor y limpieza en
los sufragios... evitándose también todos los conocidos vicios y abusos que enturbian
frecuentemente los resultados... ya sea por la emisión de votos falsificados, nulos o
incorrectos... o, posteriormente, por fallas o manipulaciones en los amañados escrutinios,
etc., etc.
La tecnodemocracia, ejercitada “a distancia”, se denomina teledemocracia. Pero la
teledemocracia no se reduce al acto de votar o sufragar... sino que su concepto engloba la
práctica de todos los actos políticos propios de la democracia (vgr.: contactos entre
dirigentes y dirigidos, envío de mensajes, reuniones, asambleas, etc.)... los cuales pueden
ser perfectamente realizados mediante la utilización de artefactos o instrumentos tecnocomunicacionales posibilitadores de una transrealidad virtual... que, por su índole y
características, supere todas las limitaciones espacio-temporales en aquellos actos...
estableciendo de tal manera una intercomunicación personal e inmediata entre los agentes
políticos, los mensajes que emitan y las opiniones que generen los mismos en el total
universo de sus destinatarios. La dinámica y calidad del ethos político recibiría, de este
modo, un inimaginable incremento... lo que exigiría, a su vez, méritos cada vez mayores
entre los protagonistas... deslastrando a la democracia de uno de sus peores vicios: el de
hallarse en manos de ignorantes y responder a los intereses de organizaciones sectarias que
monopolizan el poder a través de “maquinarias partidistas”. Uno de los efectos más
salutíferos de la teledemocracia es precisamente el destruir tales perversiones.
¿Bellos sueños? Quizás...
(8/5/96 7 p.m.)
ECOLOGÍA Y META-TÉCNICA
I
Como un simple recurso didáctico... comenzaré por acotar y definir el significado de
los dos términos que pretendo conectar en esta conferencia. El propósito de semejante
operación conectiva se entenderá, precisamente, como resultado de aquella acotación.
El término Ecología –como se advierte fácilmente– está formado por dos vocablos
provenientes del griego: okoj y lÒgoj. El primero de ellos, okoj, se utilizaba para designar
la casa, morada, vivienda o habitación... pero también significaba la propiedad y la patria; el
segundo, lÒgoj, era sinónimo de la palabra, la expresión, el discurso... aunque asimismo se
aplicaba para indicar la razón de ser, la explicación, el sustento y base de una cosa o
asunto. Por eso aquellos dos vocablos –cuando se unen– vienen a significar algo así como el
discurso explicativo y razón de ser de lo que es la casa, morada, habitación o habitáculo del
hombre, valga decir, la Naturaleza.
Ahora bien: determinar lo que es o puede ser semejante casa, vivienda, morada,
habitación, propiedad o patria, será cuestión que deberemos precisar a lo largo de esta
conferencia... esclareciendo asimismo, al propio tiempo, qué tipo de discurso explicativo,
palabra, base o razón de ser es el que se debe utilizar para ello.
El
término
Meta-técnica
–debido
precisamente
a
uno
de
sus
primordiales
componentes que es el prefijo adverbial metá (met£)– tiene mucho que ver con el status,
situación, y, por ende, con el significado de aquello que es denotado por dicho componente.
En efecto: el prefijo met£ alude a lo que se halla más allá, a continuación o después... de lo
que es nombrado sustantivamente por el término principal. La Meta-técnica, en tal sentido,
designa aquello que trasciende y/o supera a la Técnica... por estar más allá de ella...
modificándose así, eo ipso, el status, situación y significado de lo ordenado e inteligibilizado
por el correspondiente lÒgoj de la Técnica.
Ahora bien: ¿por qué razón afirmamos o sostenemos que la Meta-técnica se halla
más allá de la Técnica? ¿Qué papel juega o desempeña en semejante situación lo que se
denomina lÒgoj? ¿Y qué variaciones o modificaciones se proyectan, desde el mismo, para lo
designado e inteligibilizado por tal lÒgoj –valga decir, la Naturaleza– en tanto que morada,
patria, casa o habitación del hombre?
Entramos,
con
esto,
a
uno
de
los
puntos
decisivos
de
esta
conferencia.
Efectivamente: lo que separa y/o diferencia a la Técnica de la Meta-técnica es la índole del
logos que cada una de ellas utiliza para lograr sus propósitos o fines. En tal sentido,
mientras que, hasta nuestros días, el saber y la praxis del saber tecno-científico habían
utilizado exclusivamente el logos óptico-lumínico para lograr su desarrollo y fines (dado el
hecho de que tal logos es innato o congénito al hombre por la preeminencia que el sentido
de la vista tiene para el mismo)... la Meta-técnica, por el contrario, ha diseñado y construido
aparatos, artefactos o instrumentos mediante los cuales el espacio y el tiempo (que son los
parámetros fundamentales de la alteridad o realidad) no se ordenan o inteligibilizan
exclusivamente sólo mediante el ver y/o el ojo... o con la ayuda de instrumentos que
potencien sólo óptico-lumínicamente su capacidad (como son vgr. los microscopios o
telescopios tradicionales)... sino que, para lograr sus fines, se utilizan artefactos e
instrumentos trans-ópticos (o, si se quiere, trans-humanos o meta-humanos) como son los
radares o sonares que “ven” utilizando el sonido; o los que guían espacialmente a los misiles
en la “localización” de sus blancos mediante sensores térmicos; aunque también, incluso, no
ya sólo instrumentos que imiten los sensores de otros seres vivientes, sino artefactos y
aparatos dotados de sensores absolutamente artificiales y trans-humanos como son, vgr., el
PET (Positron Emission Tomography) donde se “ve” mediante una inyección de glucosa
marcada radiactivamente; o el MRI (Magnetic Resonance Imaging) o el MRS (Magnetic
Resonance Spectroscopy)... en los cuales la función trans-óptica y trans-humana la
desempeñan sensores que nada tienen que ver con la estructura del ojo humano... ni con
las restringidas ondas del espectro electro-magnético que le son adecuadas al mismo.
¿Pero qué consecuencias tiene este salto meta-técnico, experimentado por el lÒgoj,
para la Eco-logía? Expresemos esto resumidamente... para irlo explicando poco a poco.
II
Lo primero es que el lÒgoj -mediante el cual el hombre ordenaba la Naturaleza en
tanto que casa, morada, propiedad o patria donde habitaba ingénitamente– ya no es
exclusivamente el suyo, ni queda limitado sólo al suyo, valga decir, al logos humano. Pero
tal hecho determina, como lógica consecuencia, que aquello ordenado por ese nuevo lÒgoj
–esto es, la Naturaleza como casa, morada o patria suya– pueda asimismo tener y ostentar
unas reglas o normas de inteligibilización, organización y comportamiento que no son
simplemente las innatas o congénitas a la ordenación humana y óptica-lumínica que hasta
ahora se utilizaban para dar razón o explicar aquella primigenia Naturaleza... quedando
ésta, de facto, transformada en una Supra-Naturaleza.
¿Pero qué se debe entender por Naturaleza... y qué diferencias median entre ella y la
Supra-Naturaleza? En esto reside un problema de radical importancia... que debe ser
analizado muy a fondo para comprender la que sea, tal vez, la primordial tesis de esta
conferencia.
En efecto: sea que el término Naturaleza designe lo que los griegos entendían bajo el
concepto de fÚsij (physis); sea que bajo el mismo añadamos lo que Galileo concebía como
un orden mecánico y necesario; o bien que, para interpretar dicho orden, utilicemos un
modelo probabilístico, caótico o cuántico; sea, por otra parte, que a la Naturaleza la
entendamos en su primigenio sentido creador (natura naturans), o como Naturaleza creada
(natura naturata)... lo importante es observar que todo el repertorio de conceptos y
nociones que se utilizan para ello (tales como son los de movimiento, fuerza, sustancia,
accidente, causa, generación, evolución, desarrollo, crecimiento, etc.)... poseen una
innegable genealogía y trasfondo óptico-lumínico... (ya sea en su sentido espacial como
temporal)... y es, con tal sentido o significado, que son ordenados e interpretados los
hechos y fenómenos naturales.
Es el ojo humano –sensible o inteligible– el que ordena e interpreta la Naturaleza... y,
por
eso, tras de
su
idea
o concepto, hay un
innegable e inevitable fondo de
antropomorfismo... y también, por supuesto, de antropocentrismo.
¿De qué surge la Supra-Naturaleza... y qué significa la misma en contraste con la
Naturaleza? La Supra-Naturaleza surge o se origina, entre otros motivos, de la sospecha (ya
hoy plenamente confirmada) de que, además de los seres humanos, hay otros seres
vivientes que son capaces de ordenar e inteligibilizar la alteridad natural en una forma
distinta a la óptico-lumínica.
En efecto: así como en la vida cotidiana (o, asimismo, en la actividad del geómetra
euclídeo) el espacio y el tiempo, como marcos referenciales de los hechos y fenómenos
naturales, se ordenan mediante el ojo... existe la posibilidad de que otros seres vivientes
hagan esto mismo utilizando para ello sensorios distintos a los ópticos-lumínicos... tales
como los sónicos, odoríficos, térmicos, etc., surgiendo así la posibilidad de que se origine
una geo-metría totalmente diversa de las humanas (sea ésta euclídea o no-euclídea... ya
que, a pesar de sus diferencias, ambas son óptico-lumínicas)... puesto que el mštron
(instrumento, canon, medida, etc.) utilizado para la ordenación espacio-temporal es
radicalmente distinto al de la geo-metría humana.
Pero esto es sólo un primer paso –si se quiere simplemente mimético– en el diseño y
la confección de instrumentos meta-técnicos... y, por ende, de lo que es la verdadera SupraNaturaleza que poiéticamente ha proyectado y construido el propio hombre en nuestro
tiempo. Efectivamente: aparte de diseñar y construir instrumentos meta-técnicos análogos o
semejantes a los de otros seres vivientes no-humanos... el hombre, mediante su Razón
Técnica (ratio technica) ha diseñado y construido instrumentos absolutamente artificiales
(tales como los que se han mencionado anteriormente)... y, aparte o además de esto, ha
sido capaz de provocar o producir energías no estrictamente espontáneas sobre la faz
terráquea... como, por ejemplo, la nuclear; o, al contrario, evitar el efecto de algunas
ingénitas o connaturales, como vgr. la gravitatoria.
Por otra parte... debe mencionarse asimismo que la ratio technica ha sido capaz de
producir y fabricar fuentes luminosas totalmente artificiales como son las del láser y el
máser... añadiendo un ingrediente meta-técnico al marco y límites de la Supra-Naturaleza.
Cabe agregar en tal orden de ideas –aunque aquí debemos ser muy cuidadosos para
evitar confusiones– que hoy en día, mediante lo que comunmente se denomina la realidad
virtual (cuyas posibilidades actuales ¡atención! no ha traspasado aún las modalidades y
límites del logos óptico-lumínico)... el hombre ya se encuentra, no obstante, en capacidad
de modelar y construir una Supra-Naturaleza al menos de aquella índole... y, mediante ésta,
experimentar con una virtual alteridad viviente... desde la cual proyectar sus eventuales
características, normas, desarrollo, evolución y finalidades.
Añádase por último, en conexión con semejante posibilidad, que a lo que se entendía
tradicionalmente por Naturaleza se le atribuía la propiedad de tener una esencial e invariable
finalidad o teleología... por y hacia la cual aquella Naturaleza dirigía sus procesos...
cumpliéndose tal finalidad inexorablemente por razones de índole teológica, física, o incluso
estética... derivadas ya de una supuesta “causa final” (Aristóteles) y/o de un “principio
regulativo” de la Facultad de Juzgar (Kant).
La Naturaleza, en cualquier caso, parecía comportarse como una auténtica y viviente
entelequia (de ™n, en; tšloj, fin o final; y œcw, tener)... tal como la definirían posteriormente
los más connotados bió-logos vitalistas... hasta hace muy poco tiempo (Driesch, Reinke,
Uexküll).
Pues bien: también esa finalidad o teleología innata y supuestamente con-sustancial
de la Naturaleza (aun sin haber tenido, hasta ahora, el recurso de la realidad virtual) ha sido
sustituida (y, si se quiere, superada) por una teleonomía artificial que la ratio technica ha
sido capaz de introducir en el así llamado “orden natural”... creando incluso (como es el caso
de los resultados obtenidos mediante procedimientos bio-tecnológicos) seres vivos distintos
a los innatos... y cuya artificial teleonomía es previamente programada y dirigida por el
demiurgo humano.
¿Tienen límites o son i-limitadas las posibilidades abiertas por semejante proceder...
mediante el cual el “orden natural” se ve ampliado, trastocado o sustituido por el “supranatural”?
Todo
ello,
por
supuesto,
plantea
ingentes
problemas
de
índole
ética,
entremezclados y confundidos con otros de naturaleza económica y social, sin descartar los
estrictamente ecológicos, que se relacionan con la protección y conservación de la casa,
morada o patria “natural” del hombre como tal.
¿Pero cuál es el sustentáculo común de tales problemas? Sin duda alguna: el
omnímodo afán de poder que los origina y orienta. Ahora bien: ¿es el poder del hombre
i-limitado? ¿para qué? ¿cuál es su resultado? ¿no acecha en el seno de aquella pretendida
i-limitación o in-finitud la engañosa y alienatoria tentación que conduce al hombre a ser
esclavo de su propio poder... perdiendo dominio sobre el mismo?
¿Pero son el quietismo, el infecundo dogmatismo o la mística dejadez, respuestas
adecuadas frente a ello? ¿Puede el hombre abjurar del afán de poder que incentiva y
estimula su ímpetu epistémico... sin renegar de la demiúrgica potencia de su racionalidad?
No podemos abordar el esclarecimiento y la discusión de tales problemas sin antes
referirnos a otros... como son los representados por los prejuicios derivados del
antropocentrismo y el antropomorfismo... de tanta importancia como los ya aludidos para la
implantación y desarrollo de una auténtica Ecología Meta-técnica.
III
La preeminencia ordenadora del logos óptico-lumínico trae aparejada consigo, como
una inevitable consecuencia, la paralela preeminencia del hombre como ente ordenador...
hasta convertirlo en eje o centro del propio orden de la Naturaleza... por no decir del
Cosmos o Universo.
Como actitud o posición opuesta a la anterior... la relativización y/o sustitución de la
exclusiva capacidad ordenadora del logos óptico-lumínico por la de otros paralelos o
sucedáneos logos de índole trans-óptica y trans-humana... conduce ineluctablemente a la
pérdida de aquella primitiva y obliterada condición que se le atribuía al hombre.
El antropocentrismo se convierte así en una pretensión insostenible... y el
antropomorfismo en un reduccionismo obnubilante y estéril. Ambos son considerados
entonces como auténticos prejuicios epistémicos... sin cabida en el mundo del saber
científico... pues cada día es mayor la conciencia que se tiene acerca de su necesaria y
urgente eliminación... si lo que se quiere es modelar un nuevo paradigma holístico de la
ciencia.
Dentro de tal paradigma holístico –consciente la Ecología de la sinergia sistémica que
parecería regir el comportamiento de la alteridad natural en todos sus aspectos– aquellos
dos evidentes prejuicios se hallan, indudablemente, destinados a desaparecer... o, al menos,
a sufrir una radical transformación metódica y axiológica.
¿Pero a qué ha conducido y cuáles son los primeros frutos que se han logrado a partir
de la crítica y gradual disolución de aquellos dos prejuicios? Me atrevería a decir que el
máximo resultado obtenido ha sido, hasta ahora, el avizoramiento de posibles nuevas
sintaxis ordenadoras –de distinta índole y con códigos diferentes en cada caso– integrantes,
en
su
totalidad, de
una
inédita, ampliada
y
trans-humana
“mathesis
universalis”
(incomparablemente más compleja que la reducidamente antropocéntrica de Leibniz)...
constituida por los diversos y disímiles lenguajes de la alteridad viviente en cuanto tal.
Semejantes lenguajes –piénsese, vgr., en el de los insectos, los reptiles, los peces,
las aves migratorias, sin omitir el de las atracciones miméticas de ciertas plantas para
estimular
el
proceso
de
su
polinización–
poseen
sintaxis,
valga
decir,
normas,
ordenamientos, coordinaciones y cánones no sustentados por códigos y/o señales de índole
óptico-lumínica... sino establecidos y sostenidos mediante una gramática bio-lógica (si así
puede llamarse) en la cual aquellos códigos responden a estímulos y patrones odoríficos,
térmicos, magnéticos, etc., en cuyo caso la espacialización y temporalización del binomio
espacio-temporal correspondiente al habitat del caso... se realiza mediante una ordenación
toto caelo diferente a la que pudiera ejecutarse aplicando el mštron y los códigos de un
ordenamiento exclusivamente óptico-lumínico.
Confundir e identificar tales ordenaciones trans-ópticas y trans-humanas con las que
presiden las sintaxis métricas (óptico-lumínicas) de las ordenaciones espacio-temporales
humanas... significa sucumbir al prejuicio antropocéntrico y antropomórfico... desvirtuando
así la originariedad de aquellos diferentes códigos... y reduciéndolos, desvirtuadamente, a
los humanos.
De allí que el camino a seguir sea otro –denominado por esto Nootécnico en mi libro
Fundamentos de la Meta-técnica– cuya primordial finalidad consiste en tra-ducir (o, aún más
precisamente dicho, en homo-logar) los diversos lenguajes trans-ópticos y trans-humanos a
nuestras sintaxis y códigos óptico-lumínicos ¡pero sin ignorar, perjudicar ni destruir la
originariedad de sus propios códigos sintácticos hasta el punto de convertir forzadamente la
tra-ducción en una verdadera “traición”! ya que no es posible ignorar ni despreciar la sin par
riqueza que cualquier idioma distinto al nuestro (“humano”, en este caso) puede aportar
para amplificar las fronteras de su peculiar y limitada racionalidad sustentante.
So pena de alargar en demasía esta exposición... no intentaré explicar con más
detalles la disciplina que, bajo la denominación de Nootecnia, he propuesto y delineado para
lograr aquellos fines. A los interesados... los remito a mi mencionado libro FMT (Cap. I, § 6).
Sin embargo, en referencia a lo expuesto, no dejaré de hacerme una esencial
pregunta, a saber: ¿hacia dónde conduce todo esto y cuál es la verdadera importancia que
reviste la Nootecnia?
IV
Lo expresaré en breves palabras: aprender a escuchar la Naturaleza, dejándola
hablar por sí misma, es tanto como aprender a respetarla. Sólo en el respeto por la
Naturaleza... puede fundarse un solícito cuidado por ella... haciendo surgir, desde el mismo,
la posibilidad de una comprensiva y amorosa convivencia con la común vida que la une a la
del hombre. Sólo si ello se logra... cabe decir, con verdad y autenticidad, que la Naturaleza
es nuestra patria y morada.
¿Pero qué ámbito –preguntemos por último– abarca esa patria o morada? ¿Acaso la
tierra dividida y cercenada en artificiosos y cerrados confines espaciales construidos y
limitados por el poder de los hombres... o la Tierra como planeta y habitáculo común del
género humano y del hombre como un ser genérico?
¿Pero concluye la Naturaleza, como tal, en los límites de nuestro propio mundo o
planeta... o, más allá del mismo, trascendiendo incluso nuestro modesto sistema solar, la
Naturaleza se extiende también hacia la total e in-visible dimensión galáctica de la alteridad?
Si así no fuese... ¿qué serían entonces esos otros inmensos y silenciosos espacios que
cobijan extrañas e incontables nebulosas, mutaciones y cataclismos estelares, confusos
ruidos y agujeros negros... que ni siquiera logramos plenamente detectar con la ayuda de
los más sofisticados instrumentos óptico-lumínicos de que actualmente dispone el ser
humano?
¿Pero es esta razón suficiente para decir que nuestra Naturaleza terrenal se halla
aislada o desconectada de aquel ámbito galáctico? ¿No responde tal apreciación a una miope
y temerosa negación antropocéntrica de la noción del Cosmos o Universo como tal? ¿O es
que también semejante noción viene a ser radicalmente inútil... dada su ostensible
genealogía óptico-lumínica?
Y si así fuera... ¿por cuál otra pudiera o debiera reemplazarse tal noción del Cosmos
o Universo si, dado su origen antropocéntrico óptico-lumínico, quedase también invalidada la
del Todo o Totalidad de donde aquélla adquiere y recibe su sentido? ¿No quedarían
igualmente resquebrajados con ello conceptos tales como los de Sistema, Campo y
Organismo, de uso y aplicación por demás corriente en la Ecología estrictamente terrenal?
¿Hacia qué anti-Cosmos y anti-Sistema conduciría esto... y cuáles serían las sintaxis o
metaxis que a los mismos sostendrían e inteligibilizarían?
Cuando me he atrevido a sugerir la posibilidad de una Ecología Meta-técnica... he
querido sólo plantear ese problema... que concisamente enunciado es el siguiente: ¿puede
haber contemporáneamente una auténtica ciencia ecológica que, consciente de la revolución
meta-técnica que estremece los cimientos de la epistemología, ignore y desprecie la posible
y/o necesaria dimensión galáctica de sus problemas y búsquedas científicas? ¿Mas cuál
puede ser el paradigma de la racionalidad que energice y guíe tales búsquedas?
Formulo, simplemente, la pregunta. Consciente estoy de sus riesgos e implicaciones,
así como de los equívocos y errores que puede suscitar... los cuales, lamentablemente, no
puedo abordar en esta conferencia... so pena de alargarla en demasía.
Pero era mi obligación intelectual formular el planteamiento del problema... y dejarlo
en manos de ustedes, ecó-logos de profesión, para que lo ponderen y analicen
desprejuiciadamente... con el máximo rigor científico... mirando, eso sí, hacia el desconocido
mundo que se halla en construcción... impulsado por la ingente fuerza de la propia
racionalidad tecno-científica del hombre.
Tusmare, octubre, 1995
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
Los instrumentos técnicos tradicionales –al evaporar el espacio y disolver las
fronteras sostenidas por éste– propician la aproximación de los hombres... y, a través de la
misma, la patencia y reconocimiento de su semejanza. La técnica tradicional (como desde
hace mucho tiempo lo habíamos pronosticado) ha funcionado como una auténtica condición
de posibilidad para que el hombre haya asumido tangiblemente su condición de ser genérico
(Gattungswesen)... dando así cumplimiento al fecundo apotegma hegeliano-marxista...
cuyos orígenes se encuentran, realmente, en las intelecciones de Kant y de Fichte.
Asimilado aquél... puede, a su vez, avizorarse el ideal de una auténtica civilización
del amor... dentro de la cual el ser humano se sienta y actúe como agente y partícipe de
una comunidad planetaria alimentada por el sueño de una factible Humanidad.
Pero semejante advenimiento, a pesar de todo lo maravilloso que pudiera parecer,
permanecería enmarcado y limitado por soportes antropomórficos, antropocéntricos y
geocéntricos. Su correspondiente eros –como energía posibilitante– sería de índole y alcance
exclusivamente terrenal.
La meta-técnica, en cambio, al disolver tales parámetros... no sólo posibilita la
aproximación del hombre con el hombre, propiciando el surgimiento de su descrita
conciencia genérica, sino que, gracias precisamente a la nootecnia, torna factible, por parte
de aquél, su aproximación a todos los seres vivientes del universo... así como su paralela
comprensión... gracias al eventual desciframiento y traducción de las diversas sintaxis transhumanas que alimentan sus respectivos lenguajes (mathesis galaxial). De tal manera, en
lugar de un limitado y excluyente eros terrenal, queda abierto el cauce para el surgimiento y
despliegue de un auténtico eros galaxial como vínculo omniabarcante y omnicomunicante de
la alteridad en total.
¿Qué sentido tendría semejante eros? Eliminados los códigos sintácticos que cierran
la comprensión de los otros seres para el hombre... y aproximándose éste a la posibilidad de
aprehender, a través de sus respectivos lenguajes, la copertenencia de todos ellos y de sí
mismo a un cosmos sostenido por compartidos y comunes procesos energéticos... se le
haría, a su vez, transparente la universal vinculación de su vida y su muerte con el torrente
de un devenir universal, sin fronteras ni límites, dentro del cual ya no le causaría sobresalto
ni pavor su eventual disolución y comunión con el mismo... quedando transmutada por ello
la significación de su individual existencia.
El eros galaxial, de tal manera, a la par de propiciar la posibilidad de semejante
transubstanciación cósmica... ofrece las bases para una radical transformación del “Yo”
como sustentáculo de la autoconciencia humana.
(29/7/90)
* * *
Para impugnar las refutaciones que contra el antropomorfismo pueden y deben
formularse... se ensayan multitud de argumentos –las más de las veces falaces o retóricos–
que intentan, vanamente, soslayar las demoledoras consecuencias que para la ciencia y la
filosofía aquello implica.
Entre los más comprometidos defensores del antropomorfismo debe contarse a
Heidegger. Confróntese, por ejemplo, aparte de sus conocidas posiciones de S.u.Z., las que
expone en su libro Schillings Abhandlung über das Wesen der menschlichen Freiheit, C, VII,
recientemente traducido por Alberto Rosales, a cuyos argumentos nos referiremos a
continuación:
1o) ¿Es posible –se pregunta Heidegger– que el pensar y el conocer humano, en
general, puedan proceder sin una constante referencia a la existencia humana? La cuestión,
a nuestro juicio, radica aquí en preguntarse qué debe entenderse por “existencia humana”...
así como por la constitución y límites que a la misma se le asignen.
Efectivamente: nadie niega que quien piensa y conoce, en general, sea el hombre...
pero lo que nosotros discutimos es si el único logos que puede utilizar el hombre, como tal,
es el óptico-lumínico... y si, además, los límites y la constitución del mismo resultan
infranqueables e inmodificables.
Admitiendo que la “existencia humana” y/o el “ser humano” puedan ser un punto de
constante referencia para el pensar y el conocer... consideramos que tales actividades –sean
ya ejercitadas por el propio hombre y/o por un artefacto construido por éste– pueden ser de
índole y límites meta-técnicos... y, por ende, trans-ópticos y trans-humanos.
2o) Admitiendo, como lo hacemos, la constante referencia de la trans-mutada
existencia humana como “patrón de medida” para todo pensar y conocer... ¿se infiere de
aquí la necesaria humanización de todo lo cognoscible y lo sabible?
De nuevo es necesario preguntar: ¿qué se entiende por “humanización”? ¿acaso se
identifica ésta con un reduccionismo de todo lo cognoscible y sabible a los ingénitos límites y
cánones del ser humano? ¿o se ensancha y amplía la significación de aquello a todo lo
construible por el hombre?
Si el caso fuera el primero... nos negaríamos rotundamente a suscribir el proceso de
la así entendida “humanización” –ya que la alteridad, en total, sólo podría ser ordenada y
logi-ficada mediante principios y categorías innatos al hombre (y, por ende, de estirpe
óptico-lumínica)–... aunque nada nos impediría admitir que todo se “humaniza”... si tal
acción implica, por parte del hombre, un abierto proceso de transformación, superación y
enriquecimiento de su propio aparato o sistema categorial y de principios... incluyendo
variantes no exclusivamente innatas o congénitas al mismo... tales como lo son las transópticas, trans-humanas, etc.
3o) Justamente, a partir de lo anterior, consideramos necesario plantear la pregunta
acerca de quién sea el hombre... lo cual, a nuestro juicio, provoca como resultado inevitable
la superación de todo antropocentrismo... de genealogía antropomórfica.
En tal sentido... no toda “determinación esencial” del hombre –ni toda pregunta por
su presunto “Ser”– van más allá de él mismo (como lo pretende Heidegger)... sino que, por
el contrario, pueden quedar sujetas a los supuestos límites de un antropocentrismo
esencialista... al convertir al hombre en un ente privilegiado entre los entes de la
naturaleza... confiriéndole la exclusividad del conocer y del pensar... en tanto que, para
colmo, estos últimos se restringen, asimismo de manera exclusiva, a las características
“esenciales” de su ingénito logos.
De tal modo el círculo se cierra y retroalimenta a sí mismo. Por ello, si se pretende
preguntar radicalmente acerca de quién sea el hombre... tal pregunta no puede pretender
quedarse aferrada a una previa y acrítica suposición que le confiere exclusivamente al
hombre la facultad de pensar y conocer... valga decir, de ordenar y logi-ficar la alteridad en
cuanto tal. De allí lo que hemos expresado anteriormente en los acápites 1o y 2o.
4o) Si el antropocentrismo antropomorfista se supera... entonces todos los correlatos
del pensar y el conocer son eo ipso trans-mutados... perdiendo, en consecuencia, su
exclusiva genealogía y significados óptico-lumínicos. La sintaxis logi-ficadora de tales
constructos es trans-finita (caótica)... y lo que antes se determinaba como un ab-soluto
queda inmerso y disuelto en el abismo.
Mal pudiera identificarse este proceso de abismamiento con el de una presunta
“humanización”. Por el contrario, en el llameante vientre de aquél, todo lo humano se transforma
y
se
trans-muta...
perdiendo
sus
límites
y
características
antropomórficas,
antropocéntricas y geocéntricas... hasta quedar unificado en el holismo de una sintaxis
galaxial trans-humana, trans-óptica y trans-finita (cfr. FMT, § 25 y § 27).
(2/1/91)
* * *
Frente a Darwin –para juzgar equilibradamente su genial aporte al pensamiento
occidental– debemos distinguir lo que significa su tesis o principio fundamental (el
evolucionismo, la evolución como proceso y devenir) y aquello que el propio Darwin expone
como “causas explicativas” suyas: la selección natural, la lucha por la sobrevivencia, el
triunfo de los más fuertes o mejor dotados.
Aparte,
incluso,
de
todo
esto...
debe
situarse
el
intento
–llevado
a
cabo
principalmente por sus acólitos– de aplicar semejante repertorio de “causas” o “agentes” a
la historia y la sociedad humanas... reduciendo al hombre a un simple individuo-animal...
negándole, incluso, su conciencia genérica y la energía dinamizadora de ella: el amor o eros.
(2/1/91)
* * *
Lo anterior no significa –entiéndase bien– que el hombre se excluya del marco
general de la evolución... sino, al contrario, que la evolución en general (y, específicamente,
la humana) se filie exclusivamente a los agentes o causas señalados. A este respecto, el
principio general del darwinismo debe ser pensado en un marco más amplio... y en
conjunción con una antropología más próxima y adecuada a lo estrictamente humano del
hombre.
(2/1/91)
* * *
Si bien el gran mérito de la teoría de la evolución darwiniana radica en su frontal
ataque contra el reduccionismo antropocéntrico –lo que no excluye ¡óigase bien! el
injustificado reduccionismo de inverso signo–... no debe tampoco pasarse por alto el
indudable antropomorfismo que destila la concepción misma de la “evolución” (concepto de
evidente
estirpe
óptico-lumínica),
de
sus
esquemas
explicativos
y
su
simplificado
teleologismo.
Todas estas críticas, no obstante, en lugar de opacar y disminuir los méritos de
Darwin... realzan la importante contribución de su pensamiento a las ciencias naturales de
su tiempo.
(2/1/91)
* * *
¿Pero no cabría pensar hoy, a la altura de nuestro propio tiempo, en un
planteamiento meta-técnico de la así llamada teoría de la evolución... sustituyendo sus
bases de sostén, despojando a éstas de sus ingredientes óptico-lumínicos, a su teleología del
antropomorfismo... y, por fin, situando al hombre en su estricta función de demiurgo de la
alteridad?
¿Acaso no apunta hacia ello la antropogonía meta-técnica que hemos esbozado en
nuestro libro? (cfr. FMT, § 24).
(2/1/91)
* * *
En sustituir las bases espacio-temporales (de genealogía óptico-lumínica) que
sostienen al concepto de “evolución” (también óptico-lumínico y antropomórfico)... consiste
la trans-formación meta-técnica que para el mismo postulamos.
De tal forma... su “devenir”, en cuanto proceso, adquiriría un significado trans-óptico
todavía insospechado... tanto más si, al mismo tiempo, el ámbito de aquella “evolución” se
despoja de sus limitaciones geocéntricas.
(2/1/91)
* * *
¿En qué estriba la radical diferencia –establecida por él mismo– entre el hombre y la
naturaleza? Sencillamente: en la existencia y/o posesión de un “Yo” por parte de aquél...
afirmada y sostenida con tanta vehemencia como negada en relación a cualquier otro ente
natural... al cual no sólo se priva de toda “autoconciencia”, sino que se lo condena a la
pálida e indiferenciada condición de “ejemplar-exponente” de un género o especie donde
cualquier “apercepción trascendental” queda excluida por principio.
Es semejante “Yo” –como reducto intransferible e irrenunciable de la correspondiente
individualidad del posesor– lo que impide, en último término, la plena identificación del
hombre con los procesos de la naturaleza... o, si se quiere, con el devenir cósmico... donde
todo podría y debería inscribirse... si no existiera aquella discriminación.
Por el contrario, en lugar de propiciar semejante asimilación y compenetración entre
paralelos e isomorfos procesos, la existencia de aquella irreductible individuación del “Yo”
establece insalvables fronteras y obstáculos entre ellos... separando más y más su eventual
homo-logación y tra-ducción... a medida que, con mayor rotundidad, se afirma la postulada
diversidad entre ellos y se subrayan sus hiatos... acentuados, sobre todo, gracias a la
perspectiva antropocéntrica que entonces obnubila el pensamiento.
(15/6/91)
* * *
¿Pero qué hacer frente a ello? Lo que intentamos mostrar, sencillamente, es el
camino a seguir para lograr la eventual y factible comunión entre el hombre y la naturaleza
–así como su identificación con el devenir cósmico donde se inscriben ambos– impedidos y
bloqueados por la hipertrofiada individuación del “Yo”... y su monádica y aislada
“autoconciencia”.
¿No radica, entonces, en la metódica des-individuación de aquel hermético y
exagerado “Yo”
–así
como
en
su
progresiva apertura
al
devenir
cósmico
y sus
transmutaciones– la vía a seguir para lograr su aproximación a todos los procesos de la
naturaleza... y la paralela comprensión del suyo propio como participante de aquel mismo
devenir? ¿No lo ayudaría esto a entender superiormente las dialécticas oposiciones y
transformaciones de la vida y de la muerte... alcanzando una serena y lúcida resignación
ante ellas?
¿Pero qué exige todo esto? Ante todo –sea dicho sin reservas– la superación de los
falsos parámetros antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos, con los que hasta ahora
se ha interpretado el devenir cósmico... y, por supuesto, los procesos de la naturaleza
galaxial.
De
igual
manera
–en
no
menor
medida–
se
requeriría
la
disolución
y
transformación de todos los ingredientes óptico-espaciales que han prevalecido en la
concepción del “Yo” (tal como lo hemos intentado en nuestro libro) despojando al mismo de
su exclusiva base de sustentación óptico-lumínica...
O dicho con otras palabras: la utilización de los procedimientos y avances metatécnicos... como criterios ductores para iluminar los complejos y extraordinarios problemas
que aguardan en la señalada vertiente.
(15/6/91)
* * *
Entiéndase que lo anterior no significa la eliminación del Yo... sino su radical transformación y trans-mutación... operadas mediante una superación meta-técnica. Con tal
procedimiento –cfr. FMT, § 18, pág. 79 y sgs.; versión digital, pág. 72 y sgs.– no se despoja
al Yo de sus funciones cognitivas, ni menos aún de su condición fundamental de agente
ejercitador de instancias axiológicas, sino que ambas son ampliadas y potenciadas... hasta el
punto de permitir la actividad y operatividad de aquél en una dimensión meta-técnica de la
alteridad.
No obstante, tanto los correlatos del conocimiento como las correspondientes
estructuras axiológicas, varían entonces radicalmente en sus límites, sentidos y significados...
perdiendo eo ipso su inmediata conexión con el logos óptico-lumínico... para adquirir, en
cambio, la que les ofrece un logos de índole y modalidad trans-óptica (op. cit., ibidem).
Semejante trans-formación y/o trans-mutación meta-técnica del Yo no significa
tampoco el crecimiento de su magnitud... como si, al ampliarse la dimensión de su posible
ejercicio, con ello también medrara aquél en su tamaño. El Yo, en verdad, no tiene
magnitud... pues su índole no es óptica-espacial... ni puede ser asimilado a una “cosa”. Su
modificación y potenciación meta-técnicas, por ello mismo, no lo conducen a la exaltación de
su soberbia (egotismo, egoísmo, egolatrismo, egocentrismo) sino, al contrario, a su
humildad. En efecto: instalado frente a la tarea de comprender la nueva alteridad que
mediante su propia actividad racional ha construido –formando él mismo parte de ella y
hallándose inmerso en el devenir cósmico–... el Yo parece comprender, finalmente, su
minúscula aunque necesaria función de agente trans-formador y trans-mutador de la
energía que él mismo encarna y testifica. Semejante tarea, si bien irrenunciable, es
asimismo anónima en el escenario cósmico, colocándolo en situación de comprender
perfectamente lo fatuo que en sí encierra toda arrogancia antropomórfica, antropocéntrica y
geocéntrica.
(15/6/91)
* * *
No ignoramos que en las anteriores formulaciones puede haber una implícita
ambigüedad o equivocidad... debida a los términos utilizados. Efectivamente: ¿no es el
grado una magnitud (intensiva)? ¿y no desemboca toda potenciación (así sea de índole
meta-técnica) en una necesaria gradación? El Yo, entonces, trans-formado o trans-mutado
meta-técnicamente, sería una magnitud potenciada...
Mas la razón de semejante equivocidad lingüística (y, por ende, conceptual) debe
filiarse en el origen óptico-lumínico y óptico-espacial del propio lenguaje... y, por
consiguiente, en la imposibilidad de hallar otras designaciones en el vocabulario. Creemos,
sin embargo, explicadas como han quedado las cosas, que las trans-formaciones y transmutaciones meta-técnicas del Yo no sean interpretadas como un simple aumento o
crecimiento (cuantitativo o cualitativo) de la cosidad del mismo... sino como su conversión
trans-terminante y trans-positiva en un constructo meta-técnico de índole trans-óptica... tal
como lo son todos los trans-fenómenos y trans-realidades que integran la alteridad del
mismo signo.
(15/6/91)
* * *
Todo lo energético, en cuanto tal, tiene consistencia. Pero esta consistencia no
requiere, necesariamente, ser inteligibilizada por un logos óptico-lumínico... ni asumir el
aspecto
y
textura
comportamiento.
que
las
características
de
semejante
logos
impriman
en
su
De aquí que el Yo, en cuanto exponente energético, no sólo pueda ser inteligibilizado
por un logos meta-técnico (trans-óptico, trans-humano, trans-finito) sino construido,
poiética y demiúrgicamente, mediante su concurso.
(15/6/91)
* * *
¿Qué extraña tra-ducción nootécnica se oculta tras los fenómenos miméticos? ¿Frente
a qué y/o a quién se producen semejantes procesos? ¿Y para qué? ¿Acaso tienen ellos sólo
una función disuasiva y defensiva? ¿O encierran asimismo un ardid aproximativo y
provocativo? ¿Se trata de procesos que utilizan exclusivamente sintaxis óptico-lumínicas... o
hay mimetismos que emplean otras sintaxis (y, por ende, distintos logos) para cumplir su
cometido?
(10/7/91)
* * *
No hay que olvidar la “confección” (de figuras, colores, movimientos, etc.) que
requiere el mimetismo. ¿Cómo se ha llegado a la ostensible perfección que exhiben, en tal
sentido, los fenómenos miméticos? ¿Sobre qué base se sostiene y opera su proceso
“imitativo”? De allí la pregunta por sus logos...
(10/7/91)
* * *
Hay que partir de un factum: las diversas sintaxis ordenadoras de la alteridad de las
cuales disponen los distintos seres vivos. ¿Cómo puede llegar a imitar una flor, con absoluta
perfección, a un insecto... para atraerlo? (vgr. la orquídea que tenemos en nuestro jardín).
¿O cómo un insecto, por ejemplo, una cerbatana, puede imitar a una hoja o a un tallo
vegetal seco... para ocultarse?
¿Qué sostiene esta analogía sintáctica?
(10/7/91)
* * *
Mecanismos físicos y químicos, respondería un sabihondo. Pero a nosotros no nos
interesa primordialmente semejante explicación... sino la evidente intencionalidad que
inerva los procesos miméticos... y la cual parecería decretar su disparo y desarrollo.
(10/7/91)
* * *
¿Qué es el perfume de una flor sino una sintaxis odorífica (tal vez imitativa) mediante
la cual aquélla atrae a un insecto... adaptándose a su correspondiente logos odorífico? ¿No
pueden haber asimismo aromas repelentes y defensivos con respecto a otros seres vivos?
La pregunta es: ¿“conoce”, “sabe”, tiene alguna “noción” la flor acerca de lo que
puede atraer o repeler a otro ser vivo? ¿Cómo “confecciona” semejante artilugio sintáctico...
mediante el cual “ordena” su espacio?
¿Qué hay en el fondo de este prodigioso universo dia-lógico y comunicacional?
(10/7/91)
* * *
Las formas, dibujos, colores, aromas de la naturaleza... ¿qué son sino sintaxis... que
expresan sus designios? ¿qué fuerza organiza y dirige estas manifestaciones? ¿son ellas
signos o símbolos de un oculto lenguaje... o ideogramas vivientes? ¿con qué logos
descifrarlas... y cómo traducirlas sin ser víctimas de nuestros acendrados prejuicios
antropomórficos y antropocéntricos?
(10/7/91)
* * *
¿Está la naturaleza animada, en alguna forma, por el logos óptico-lumínico? ¿Son sus
formas, colores y diseños, expresión de ello?
(10/7/91)
* * *
¿Qué extraño logos sustenta los fenómenos comunicativos de los seres vivos
no-humanos? Allí no hay una mediación a través de palabras e ideas –como ocurre en el
ámbito humano– sino un sistema de “atractores” que, configurando una sintaxis, estimulan
y ordenan el comportamiento y designio de la alteridad (vgr. la flor y los insectos...
mediante olores, colores, diseños, etc.).
El verdadero obstáculo que confrontamos para penetrar y comprender aquella
sintaxis... radica en que nuestros instrumentos (cognoscitivos y hermenéuticos) están
mediados por una espacialidad y temporalidad exclusivamente óptico-lumínicas... las cuales
nos impiden el acceso a otras modalidades inteligibilizadoras y organizativas de la alteridad.
El interpretar esa alteridad trans-humana mediante nuestros propios y restringidos
cánones... además de implicar un evidente “reduccionismo”, resulta en el fondo una tarea
extraviada... pues, si bien podemos valernos pragmáticamente de esto para “dominar” el
comportamiento de esos otros seres, jamás tendremos verdadero acceso a las energías o
impulsos “inteligentes” que posibilitan y ordenan en ellos su activa auto-integilibilización de
la alteridad... hasta el punto de lograr una perfecta imitación (mimesis) somática de ella... lo
cual resulta imposible incluso para el hombre.
Vencer este limitante cerco antropomórfico y antropocéntrico... es a lo que aspira la
meta-técnica (cfr. FMT, § 25, pág. 112 y sgs.; versión digital, pág. 105 y sgs.).
(23/7/91)
* * *
Esa
operante
“inteligencia”
auto-somatizadora
–capaz
de
funcionalizar
miméticamente las características del soma (diseño, color, etc.) de acuerdo con las
exigencias de la alteridad– es lo más enigmático y sorprendente de estos fenómenos... y su
acción comunicativa (“lenguaje”).
(23/7/91)
* * *
Entiendo por soma (sîma), aun tratándose de seres no humanos, el sustentáculo
material de sus funciones y acciones vitales. El soma, en tal sentido, es el órgano o vehículo
utilizado por aquellos seres para establecer una comunicación inmediata con la alteridad. En
cuanto tal... el soma es asimismo genitor de sintaxis miméticas auto-somatizadoras.
(23/7/91)
* * *
¿Pero qué tipo de inteligencia... y de agente (emisor/receptor) supone aquella
operación mimética?
(23/7/91)
* * *
EÙqim…a, animus aequus, tranquillitas... serenidad, sosiego, quietud del alma...
provocado por el equilibrio y la armonía que el hombre logra al vivir de acuerdo a su
naturaleza.
Así decían los antiguos. ¿Pero cuál es esa “naturaleza” y quién la crea? ¿Existe por sí
misma –debiendo el hombre adecuarse a ella– o es (o puede ser) hechura y confección
suya? Aquí radica el meollo de la ética... vista a la luz de la meta-técnica.
¿Pero debe desaparecer por ello la euthymía? ¿O cabe reformular su significado y
contenido?
(12/8/91)
* * *
Aparte de los diversos tipos de fuerza conocidos (fuerte, débil, electromagnética y
gravitatoria), así como de las distintas modalidades de energía constatables (térmica,
química, mecánica, etc.), sean o no reducibles a comunes fórmulas, cabe plantear tres
cuestiones básicas en relación con ellas y la meta-técnica:
1o) si el espectro de aquellas fuerzas y energías debe quedar limitado al que sus
manifestaciones tienen dentro de un ámbito geocéntrico... o si, fuera del mismo, pudieran
existir otras fuerzas y/o energías aún no detectadas;
2o) si la índole o consistencia de las fuerzas y energías deben quedar reducidas a las
propiedades y características ingénitas (naturales) de ellas... o si éstas pudieran ser no sólo
trans-formables y trans-mutables... sino, incluso, construidas por el hombre... generando
demiúrgicamente energías y fuerzas “artificiales” (supra-naturales) como ha ocurrido, en el
campo de la luz, con los rayos láser y máser (cfr. FMT, § 14, pág. 64; versión digital,
pág. 58); y
3o) si la lectura y desciframiento del espectro energético debe quedar circunscrito a
las posibilidades de captación y codificación humanas... o si, por el contrario, hay energías
que desbordan el campo de aquellas posibilidades... integrando un desconocido ámbito de
pulsiones y actuaciones que sólo mediante sensorios trans-humanos y meta-técnicos pueden
ser detectadas y eventualmente inteligibilizadas.
Quede todo ello como una simple nota que testimonia nuestra inquietud. Difícil es
avanzar más allá de los que nos hemos atrevido hasta ahora...
(12/3/92)
* * *
¿Puede homologarse el eros con una energía? Si así se hiciera –para lo que no
faltarían motivos– debe repararse, sin embargo, en el presunto “trabajo” u “obra” (Ÿrgon)
que aquélla cumple. Pues, en lugar de ser sinónima de una actividad mediante la cual se
alcance a dominar la alteridad (“otredad”)... el eros deja y ayuda a ser a ésta...
multiplicando y potenciando sus virtualidades... sin que semejante acción signifique tampoco
una negación o aniquilación del agente ejecutor de ella, sino al contrario su plenificación,
como tantas veces lo hemos dejado escrito en estas páginas.
En cualquier caso, como se bosqueja en los FMT, lo principal consiste en despojar a
semejante
“energía”
de
sus
caracteres
antropomórficos
y
antropocéntricos
–y,
consecuentemente, de su raigambre óptico-lumínica– a fin de lograr su transmutación metatécnica.
(11/4/92)
* * *
“Die Welt ist meine Vorstellung” (“el mundo es mi representación”). Tal sentencia la
asume Schopenhauer, al modo de un axioma, en el comienzo del tomo II (Cap. I) de su
fundamental obra.
¿Quién puede negarla? ¿Quién puede dudar –como lo dice jubilosamente el propio
germano asumiendo la posición de un Euclides gnoseológico– que, por inmenso y macizo
que sea el mundo, “toda su existencia (Dasein) está pendiente de un solo hilito (Fädchen):
la conciencia en que, cada vez, aquél se presenta (sie dasteht)”? Cfr. op. cit., ibidem.
¿Pero qué es “presentar” y “representar”? Recuerdo vagamente las embrolladas
disquisiciones que hacía Don Martín en el primero de los cursos que dictó al regresar a su
cátedra de Freiburg en el semestre de invierno de 1951-1952.
¿Qué es el “mundo” y a qué se alude con su “existencia”? Pero ante todo: ¿es el
“pensar” (Denken), en cuanto tal, identificable y reducible al “representar” (Vor-stellen)?
¿Qué es semejante “representar”? ¿Cuál es su índole y dónde empiezan y concluyen sus
límites? ¿Hay, acaso, sólo un “representar”... de exclusiva raigambre y textura ópticolumínica? ¿Se restringe el mismo sólo al idear, intuir, concebir, etc.? ¿Son sus correlatos
únicamente fenómenos y realidades?
¿O puede haber un re-presentar (sin símbolos intermediantes iguales a los del
hombre... y/o carente absolutamente de ellos) referido a una alteridad trans-óptica?
¿No pueden alterarse y/o modificarse los parámetros espacio-temporales del
“representar” humano? ¿No es posible sustituir sus rígidas sintaxis ordenadoras?
Todo ello sin referirnos a la cuestión del “mundo” y su “existencia”... De allí que, a
nuestro juicio, el apotegma schopenhaueriano pudiera admitir múltiples ampliaciones y
variantes... que, sin duda, lo trans-mutarían notablemente... y/o lo anularían.
(2/5/92 p.m.)
* * *
El enunciado de Schopenhauer, debido a sus prejuiciadas limitaciones, implica y
expresa unas pretensiones antropomórficas y antropocéntricas totalmente inadmisibles. Ello
está en íntima relación con el problema de la existencia del mundo.
Efectivamente: a menos que el “mundo” se reduzca a ser una “representación” de mi
conciencia –ignorando y despreciando olímpicamente su efectiva e imborrable alteridad– no
es posible concluir transformando el comprobable dato de su existencia en un mero correlato
de mi exclusiva conciencia. Si así fuera... el “mundo” se limitaría a existir como un simple
espectáculo de mi vigilia o de mi sueño. Fuera de esto... sería una absoluta inanidad: la
intangible sombra de una nada.
La tesis schopenhaueriana es, pues, la siguiente: si Yo no existo... la alteridad (del
mundo) no existe. Para nada, por consiguiente, debo tomar en consideración la posible
relación que (con esa misma alteridad) pueden tener (y, de hecho, tienen) los otros seres
que de ella se ocupan y con ella conviven. Se trata, en síntesis, de una posición radical e
insostenible... fruto de una megalomanía idealista.
El problema del conocimiento del mundo (y, por ende, de su existencia) comienza y
se plantea justamente al surgir la concomitante cuestión de la concordancia y/o coherencia
(“adequatio”) de mi representación con esa alteridad que obstinadamente está ahí para mí...
y se me presenta como tal alteridad con respecto a mi conciencia. A ella, quiera que no,
debo aprehenderla y descifrarla en su comportamiento... y no sólo en relación conmigo y mi
conciencia... sino teniendo como marco de referencia la presencia y existencia de otros
espectadores (“sujetos” o “egos”) que, al igual que Yo, se relacionan con esa misma
alteridad, dialogan cognoscitivamente con ella y conviven racionalmente conmigo basandose
en semejante conocimiento.
Pero este diá-logo cognoscitivo con la alteridad, a pesar de toda su importancia, no
puede quedar reducido sólo al que sostienen con ella los hombres (ya sea individual o
colectivamente)... sino que al mismo debe añadirse aquél que sostienen con ella todos los
seres vivos y animados que habitan el mundo... y con los cuales debo relacionarme para
enfrentar mis requerimientos y necesidades vitales. De allí el problema de una eventual
verdad trans-subjetiva y trans-humana.
Pero semejante proposición nos conduce –como muchas veces lo hemos dicho en
estas mismas páginas– a trascender los innatos o congénitos límites psico-somáticos de las
relaciones cognoscitivas del hombre con la alteridad... ya que tales límites pueden ser
perfectamente modificados, ampliados, suprimidos, etc., etc.
(2/5/92 p.m.)
* * *
Apasionante e instructivo –a la par que confirmante de mis atisbos relativos a la
organización odorífica del espacio– es un artículo científico, publicado en el último número
de “La Recherche” (noviembre, 1992), donde se estudia detenidamente la comunicación
entre los peces. En muchísimas especies de estos animales... la percepción olfativa y
gustativa de los mensajes químicos, contenidos en multitud de feromonas esparcidas en el
agua, regulan sorprendentemente la interacción social entre los individuos de una misma
especie, o entre miembros de especies diferentes, decretando las relaciones sexuales, las
jerarquías y dominios, los avisos y alarmas de supervivencia y defensa, la orientación de los
desplazamientos migratorios, etc., etc.
Aunque no se exprese en el artículo... casi con toda seguridad el mismo fenómeno
debe ocurrir en los insectos... siendo el aire, por supuesto, el medio sustentante y
transportador de los mensajes odoríficos... y la consiguiente geo-metría reguladora de los
comportamientos.
Aquí cabe mencionar nuevamente –aunque sólo sea para ser recordado– el milagro
de los milagros: los estímulos odoríficos esparcidos por las flores para atraer y cautivar a sus
vehículos de reproducción... representados por aquellos insectos.
En fin... lo más importante es la comprobación científica de nuestra central intuición
filosófica... y lo que de ésta última puede ser derivado para la invención, diseño y
construcción de un futuro instrumental meta-técnico.
Esperemos...
(13/12/92 a.m.)
* * *
No tengo suficientes conocimientos para arriesgar una afirmación –que puede
resultar exclusivamente temeraria– en el campo de la biología molecular. Pero la lectura de
ciertos experimentos que se han realizado para “explicar” (y/o “reconstruir”) el espinoso
problema del origen de la vida... me permite inferir que el lenguaje de los brillantes biólogos
y químicos que describen aquéllos exhibe una fuerte y ostensible dosis de antropomorfismo.
La
“selección
natural”
entre
moléculas
de
ARN
se
explica
apelando
al
“reconocimiento” (!!!) que algunas de tales moléculas hacen de ciertas congéneres suyas
por su “longitud” (!!!) (cfr. Los problemas de la biología, de John Maynard Smith, Cap. X).
Ahora bien... ¿qué significa aquí “re-conocer”... especialmente si lo “re-conocido” es la
“longitud”? ¿Acaso puede una molécula –como si poseyera el complicadísimo mecanismo
cognoscitivo (óptico-lumínico) que conduce a las estimaciones métricas– actuar y conducirse
en base de tales nociones?
¿Son simples “metáforas”? Admítase. Pero lejos debería quedar del rigor científico...
utilizar artilugios retóricos-poéticos en su metodología.
(30/5/93)
* * *
Leyendo un libro científico sobre el mundo de las hormigas... he hallado la
verificación de una de las hipótesis o conjeturas que avancé en los FMT: la posibilidad de
imaginar y/o construir una geometría odorífica, valga decir, de inteligibilizar u ordenar
(espacializar) con la ayuda de códigos basados en olores la espacialidad del espacio.
En efecto: las hormigas, mediante glándulas exocrinas especiales, producen y
almacenan feromonas, que secretan al exterior en forma controlada... y, por supuesto,
“inteligente”. Las secreciones están constituidas por mezclas de sustancias químicas y éstas,
secretadas simultáneamente al ambiente en su conjunto, transmiten códigos de información
muy elaborados y precisos... que cumplen eficazmente diversas finalidades.
Tales códigos del lenguaje feromónico son los siguientes: los que transmiten a otras
hormigas mensajes de alarma, de reclutamiento, de marcación y/o delimitación territorial,
de reconocimiento individual, de ubicación con respecto a los alimentos que deben ser
localizados y transportados al nido, etc. Una especie socialmente avanzada puede llegar a
utilizar de 14 a 20 sistemas de feromonas diferentes para su comunicación (cfr. El mundo de
las hormigas, Klaus Jaffe C., Edit. Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, julio, 1993).
Este lenguaje odorífico es sorprendente y maravilloso. Sus sintaxis son aún
desconocidas para nosotros (puesto que no son suficientes los esquemas reduccionistas,
antropomórficos y antropocéntricos, aportados por el autor) denotando una potencia
inimaginable para introducirnos en una “dimensión” trans-óptica de fascinante riqueza. ¿Qué
son, efectivamente, dentro del mismo, la negación y la afirmación? ¿Qué significa la
distancia, las orientaciones, el ubi y el locus? ¿Cuáles son las connotaciones odoríficas del
companio y el adversarius? ¿Tiene todo ello el mismo significado óptico-espacial que
sostiene y alimenta su semántica en el universo del logos (y/o del lenguaje) óptico-lumínico?
Lo dudo...
De aquí la necesidad de no olvidar la finalidad de organon poiético que le asignamos
a la nootecnia en relación al logos meta-técnico (cfr. FMT, § 6, pág. 33; versión digital, pág. 26).
(31/7/93 p.m.)
* * *
Todo lo imaginable e inimaginable puede acontecer en el campo de la bioética –o,
más precisamente dicho, de la homotecnia– cuando éste es programado y dirigido por la
omnímoda voluntad de poder que caracteriza al demiurgo humano.
Hoy se publica una noticia, procedente de Londres, donde se anuncia que
investigadores de la Universidad de Edimburgo pretenden utilizar óvulos ya fecundados,
extraídos de fetos humanos abortados y desechables... para restablecer las funciones del
ovario en las mujeres estériles. El experimento, practicado en ratas, ha sido un éxito total...
según el Dr. Roger Gosden, quien encabeza el equipo de especialistas que trabaja en este
campo (El Nacional, pág. C-3). Como en Inglaterra se permite el aborto... no existiría, según
el citado investigador, ningún problema ético si se utilizasen los fetos desechados para el fin
descrito. Sin embargo... todavía se espera el dictamen final de la Asociación de Médicos
Británica.
A modo de ejemplo para ilustrar los avances logrados en el terreno de la “ingeniería
genética” –que nada, al parecer, tiene en común con la bioética– la noticia comentada
apunta que recientemente, en Italia, una mujer de raza negra, casada con un hombre
blanco, eligió un óvulo donado por una mujer blanca... “para ahorrarle al futuro hijo
cualquier clase de discriminación racial”.
De seguir este ejemplo, a no dudar, pronto veremos “solucionado” cualquier
problema de discriminación racial en Africa del Sur... o en toda Africa y en la propia
Norteamérica...
porque
entre
nuestros
antepasados,
sin
conocer
los
avances
que
experimentaría la “ingeniería genética”, aquél fue solucionado de modo natural, espontáneo
y riquísimo. En fin...
(3/1/94)
* * *
Sale también hoy, inserta en la pág. C-3 de El Nacional, la traducción de un artículo
publicado en el New York Times, donde se reseñan los sorprendentes y espectaculares
hallazgos de dos bioquímicos de la Universidad de Cornell, los doctores Thomas Eisner y
Jerrild Meinwald, en relación al lenguaje odorífico de los insectos...
Todo cuanto aportan sus experimentos y descubrimientos, dicho sin la menor
exageración, se encuentra ya anticipado en estas mismas páginas... y sus consecuencias
filosóficas expuestas (sistemática y explícitamente) en los FMT. Dejo el recorte periodístico
como un anexo a este cuaderno... con mi anónimo agradecimiento por la corroboración que
representa para mis ideas.
(14/4/94 7 p.m.)
* * *
Lo más sorprendente de estos “idiomas químicos” –que mediante señales odoríficas
organizan un complejo sistema de sintaxis que atraen o repelen, persuaden o extravían,
etc.– es que ellos se instalan en un escenario de interacción biótica no sólo entre animales...
sino entre éstos y seres del mundo vegetal... coordinando su universo vital.
Así, por ejemplo, en experimentos hechos por el Dr. James Tumlison, en el Centro de
Investigación Agrícola de Gainsville, Florida, pudo constatarse que ciertas plantas, cuando
son atacadas por orugas, emiten señales odoríficas (¿de auxilio?) que, imitando el aroma de
ciertas feromonas, logran atraer a las avispas que se alimentan de tales orugas. Pero lo más
sorprendente es que esas plantas no emiten aquellas señales idiomáticas a toda hora... sino,
justa y precisamente, durante el tiempo en que las avispas realizan sus excursiones de caza
para proveerse de alimento.
¿Qué significa esto? ¿Qué extraña “temporalización” del tiempo (y, por supuesto, del
espacio) implica subrepticiamente lo anterior?
Todos estos sorprendentes experimentos y constataciones –como quedó señalado al
comienzo de esta apresurada nota– fueron consignados en el marco de una conferencia
titulada Ecología Química: la química de la interacción biótica... celebrada, hace pocos días,
en la Academia de Ciencias de USA... por lo que sus afirmaciones no pueden ser
conceptuadas de habladurías ni de simples invenciones sin fundamento.
Los conferencistas –con el rudo y descarnado vocabulario de los científicos–
confesaron paladinamente: “Hemos tenido que transformar nuestro ojos y oídos en narices”.
O como se diría en nuestro sofisticado léxico: “Hemos transformado el lenguaje ópticolumínico y sónico... en odorífico”.
Lo único es que, a pesar de este importantísimo paso, nada se ganaría si
permaneciera incólume la base antropocéntrica y antropomórfica de la correspondiente
tra-ducción e interpretación de sus significaciones. Es aquí donde entra en juego decisivo la
auténtica tarea que debe cumplir la nootecnia... si se comprende a fondo lo que ella implica.
En fin... esperemos que así sea algún día.
(14/4/94 7 y 30 p.m.)
* * *
Uno de los horizontes más fascinantes de la meta-técnica es el que inaugura el
campo de la bio-logía contemporánea. ¿Pues qué debe entenderse por “vida” (b…oj)... y, en
relación a ella, qué “logos” (lÒgoj) y/o “método” (mšqodoj) debe utilizarse para acceder a los
ingredientes y procesos de su alteridad?
Ante todo debe distinguirse entre la vida innata (ingenua, espontánea, natural en el
sentido estricto de semejante término) y la artificial (provocada, generada, producida) por
medios y/o instrumentos técnicos... y, aún más precisamente dicho, meta-técnicos... sin
entrar a precisar ni a esclarecer, por el momento, los difíciles problemas que semejante
taxonomía encierra.
Ahora bien: lo que nos interesa destacar es que, en la esfera de la vida artificial, el
comportamiento de los entes construidos sólo puede conocerse plenamente una vez que
aquéllos han sido producidos o generados por su constructor... y sus procesos sistémicos
hayan interactuado sinérgicamente con la totalidad de su omniconcerniente alteridad.
Por otra parte, como es fácil de colegir, todo esto depende, a su vez, del tipo o
modalidad de construcción que se utilice para generar los entes... pues no es lo mismo (ni
las consecuencias son las mismas) si el procedimiento constructivo es simplemente
mimético... o si abarca y emplea procedimientos demiúrgicos para lograr sus fines. En
efecto:
una
supra-naturaleza
totalmente artificial
puede desarrollar una
autonomía
incontrolable con respecto a las previsiones de su constructor... e introducir des-órdenes
(alteraciones, deterioros, etc.) en su entorno.
Mas,
aparte
de
este
delicado
aspecto,
cabe
formularse
otras
preguntas.
Efectivamente: ¿qué tipo de logos puede y debe aplicarse a estos constructos supranaturales? ¿a qué tipo de causalidad responden ellos? Por supuesto que aquí no se discute la
modalidad de las causalidades naturales (mecánica, determinista, teleológica, etc.)... sino de
los nexos causales teleonómicos... preguntándose, concretamente, por el orden (sintaxis)
del correspondiente nomos. Pues... ¿es la noción de orden (sintaxis) aplicable a tales
nexos... o debe ella retrotraerse a una metaxis... cuyo “orden” sea diferente al de cualquier
sintaxis natural?
¿Cómo acceder, inteligibilizar y descifrar aquella metaxis? ¿Qué tipo o modalidad de
instrumentos utilizar para el cabal cumplimiento de semejante tarea? ¿Qué lenguaje
“ordena” sus cifras? He aquí lo fascinante... de la travesía a emprender.
(29/7/94 p.m.)
* * *
Si le creemos a los astrónomos polacos... un grupo de ellos, que trabaja en el
observatorio chileno de Las Campanas, ha descubierto un fragmento hasta ahora
desconocido de nuestra propia galaxia... el cual constituiría un “sexto brazo en espiral de la
Vía Láctea”... observable en la constelación de Sagitario.
Según el informe publicado, este “sexto brazo” se halla integrado por estrellas de
corta edad, mucho más jóvenes que nuestro sol, encontrándose a una distancia de 1.700
años-luz con respecto a la Tierra...
Dejo anotado el dato... asombroso y enigmático al mismo tiempo... ¿pues cómo
explicar, en medio de este continuo y constante descubrimiento de nuevas fuerzas y
realidades conformadoras del cosmos, la “exactitud” y/o “precisión” de los cálculos físicomatemáticos... que avalan su comportamiento? ¿O no hay ciencia cósmica... sino tanteo,
adivinanza y aproximación empírica a la “universalidad y necesidad” de sus presuntas
“leyes”?
No se me acuse de ingenuo. Dos más dos son cuatro... dicen los matemáticos...
jugando con sus idealidades. ¿Pero es el cosmos una idealidad... o puede reducirse sólo a
sintaxis fundadas en aquellas idealidades?
(26/8/94 p.m.)
* * *
Toda sintaxis calculatoria se origina de una vertiente óptico-lumínica. Semejante
genealogía emparenta y torna afín a tales sintaxis con una espacialidad del espacio de índole
igualmente óptico-lumínica... en cuya tetra-dimensionalidad (asimismo óptico-lumínica) se
aloja toda la materia, objetos, fenómenos y realidades (de idéntica estirpe... tanto por su
contextura ontológica como epistemológica) que “contiene” el “cosmos”.
De allí la adaptabilidad de las sintaxis calculatorias –así como de las leyes y normas
que de las mismas se nutren y mediante las cuales se expresan– a la espacialidad y tetradimensionalidad del “cosmos”... y de todos sus objetos, fenómenos, etc.
Mi pregunta lo que plantea, simple y sencillamente, es si tal tetra-dimensionalidad (y
su correspondiente espacialidad) deben ser sólo inteligibilizadas mediante sintaxis ópticolumínicas... o si, por el contrario, la constatación de nuevas trans-realidades y transfenómenos... debería suscitar la ruptura de semejante espacialidad o dimensionalidad
concebida exclusivamente bajo el imperio de los parámetros óptico-lumínicos... haciendo
variar, etc.
¡Pues “algo divisado” a 7.500 años-luz... resulta muy “lejano” para ser visto y
comprendido por un filósofo miope... tanto más si se le dice que aquello forma “parte” de su
propia galaxia! Si no... ¿qué dejaremos para las trans-realidades y trans-fenómenos transgalaxiales... detectables, meramente sospechables, o simplemente construibles, mediante la
ayuda de instrumentos rigurosamente meta-técnicos?
Hénos aquí en pleno abismo... a la intemperie. Basta por hoy...
(26/8/94 p.m.)
* * *
Mi cuerpo no es similar a ningún otro cuerpo que, como una sustancia extensa, pueda
ver, tocar, etc., ocupando un espacio. A mi cuerpo lo vivo o vivencio (erleben) somáticamente
como un fondo o fundamento –intangible, invisible, oscuro y latente– que sostiene mi vida y
mi conciencia. (Habría, en una descripción más precisa y pormenorizada, que caracterizar y
analizar qué implica y bajo qué aspectos se realiza semejante función de “sostenimiento”...
puesto que no es ella la de una simple “base” o “asiento”... sino, al propio tiempo, la de una
actividad “nutricia” y “vital”).
Pero aquella misma conciencia, como conciencia de mi cuerpo, no es similar a una
explícita
autoconciencia
(“cogito”
en
sentido
estricto)...
sino
que
configura
una
in-consciencia tácita y difusa, indistinta y balbuciente, que acompaña mi cenestesia vital.
(1/10/94 3 y 30 a.m.)
* * *
Desde ese trasfondo somático, fundido pero no confundido con el mismo, como una
emergencia cualitativamente diversa aunque imposibilitada de existir y funcionar sin el
mismo, se erige y actúa mi pensar... asistido por la energía que proviene del cerebro como
agente
de
la
conciencia
y
de
sus
actividades
unificantes
(psicológicas,
lógicas,
transcendentales, etc.).
No es la conciencia una función explícita y temática, sino implícita y atemática,
soterrada e íntima, que acompaña indiscerniblemente al pensar, afincado y enraizado en la
somática abismalidad del cuerpo.
(1/10/94 3 y 30 a.m.)
* * *
Mi cuerpo forma parte de la naturaleza... e, incluso, vive en simbiosis con ella...
respondiendo sinérgicamente a sus estímulos, desafíos y energías. ¿Pero qué naturaleza es
aquella a la que se halla in-corporado, de tal modo, mi cuerpo?
Sin duda, por lo pronto, puedo afirmar que se trata de la naturaleza-natural
(ingénita, connatural o congénita)... con la cual con-vivo en constante intercambio
(commercium) de procesos físicos, químicos, fisiológicos, etc.
Mas, también sin duda, esa naturaleza... puede variar y ser modificada en dos
sentidos: a) siendo transformada (creada, transmutada y/o construida artificialmente) por
obra de la actividad consciente que puede desplegar mi cuerpo; y b) en cuanto se refiere a
su ámbito y alcances (extendiendo sus límites terrenales a dimensiones incluso galaxiales...
dotadas de características y facticidades diferentes a las simplemente terrenales: vgr.
supresión de la atracción gravitacional de la Tierra; condiciones para el desarrollo de nuevas
formas de vida; fabricación de materiales con propiedades distintas a las estrictamente
terrenales; etc.)... por cuya circunstancia mi cuerpo dejaría de ser eo ipso un ente simple y
exclusivamente natural (en el sentido primario)... para convertirse, al menos mientras se
halla en la situación descrita, en supra-natural... formando parte de una supra-naturaleza no
necesariamente geo-céntrica dotada de sintaxis potencialmente distintas a las que ordenan
a la naturaleza-natural (Physis).
(1/10/94 3 y 30 a.m.)
* * *
Está de más señalar que esta posible superación del concepto, noción y vivencia
geo-centrista de la naturaleza... puede estar acompañada de la paralela ruptura de su
concepción antropomórfica... y, sobre todo, antropocéntrica.
Ello resulta de suma importancia para plantearse los problemas del dominio (poder)
del hombre sobre ella... los límites finitos de aquel dominio y su repercusión sobre la
ecología... así como del surgimiento de una verdadera anti-técnica presidida y energizada
por el eros... como raíz y vertiente de las posibilidades meta-técnicas.
(1/10/94 3 y 30 a.m.)
* * *
¿Qué tipo de conciencia... y, por ende, de pensar... acompañarían entonces a un
cuerpo (soma) supra-natural? ¿No variarían concomitantemente sus sensorios y las
correlativas actividades inteligibilizadoras y ordenadoras que aquellos sensorios ejercitan
sobre la correspondiente alteridad supra-natural en la que se insertan? ¿No nos
encontraríamos en plena travesía meta-técnica?
¿Qué significaría, en semejante terreno, plantearse la pregunta de siempre: “por qué
pensamos”? ¿Qué estructura, función y dimensión tendría la conciencia... vivenciada desde
tal perspectiva y dimensión?
Se trata de un extraordinario e inédito campo de problemas... que entreveo al filo de
esta madrugada... mientras me rinde el cansancio... y soy incapaz de conciliar el sueño.
(1/10/94 3 y 30 a.m.)
* * *
Contrariando la promesa que había formulado he vuelto hoy a leer (y, por supuesto a
corregir) la conferencia sobre “Ecología y Meta-técnica”... que había depositado en mi
archivo de carpetas... para su “maduración”.
El motivo ha sido que, al revisar los conceptos del cosmos y/o universo... advertí en
ellos una doble genealogía de efectos igualmente perturbadores: su ostensible base de
sustentación antropocéntrica y su raíz optico-lumínica.
Pero lo grave del asunto es que, si en relación a una posible ecología galaxial aquellos
conceptos se invalidan (aislando o desconectando a nuestro planeta y a sus procesos
ecológicos de su inserción en el cosmos y/o universo)... lo mismo debería hacerse (en la
dimensión de una ecología exclusivamente terrenal) con los conceptos de sistema, campo y
organismo... ya que ellos, al igual que los anteriores, suponen la noción óptico-lumínica de
una totalidad o todo como base de sustentación.
¿Qué significa esto? Sencillamente una iconoclastia o destrucción de los conceptos
fundamentales de la ecología actual... como saber científico. Y, paralelamente, la sustitución
y/o transmutación de los mencionados conceptos y nociones... ¿por cuáles? ¿y con qué
consecuencias?
En tal sentido –sólo por vía propedéutica o de ensayo– asomo las nociones del “anticosmos” y el “anti-sistema”... limitándome a preguntar por sus presuntas y posibles sintaxis
o metaxis inteligibilizadoras. ¿No fue algo semejante lo que plantee en mi conferencia
“Abismo y Caos”?
(14/8/95 p.m.)
* * *
Los anteriores problemas deben ser cuidadosamente examinados, analizados y
valorados, desde la perspectiva que brinda la Teoría General de los Sistemas (cfr. la obra de
Ludwig von Bertalanffy que lleva el mismo título)... donde se encontrarán ricas herramientas
conceptuales e instrumentales para ahondar en la dinámica y desarrollo de diversos “tipos”
de “sistemas” (abiertos, cerrados, etc.), así como “principios” y/o “mecanismos” (vgr. el de
equifinalidad, la diferencia entre evolución y entropía, etc.) que pueden indudablemente
afinar las intelecciones y perspectivas...
Sin embargo... lo que hay necesidad de mantener en claro es la genealogía de todo
sistema como tal... así como las subrepticias nociones o conceptos (los de unidad, totalidad,
etc.) que le sirven de sostén o fundamento tácito. En fin... el problema no es para
despacharlo de un plumazo... ni con apresuramiento. Pero tampoco para mantenerlo como
algo intocable e irresoluble... defendido por barreras dogmáticas.
(14/8/95 p.m.)
* * *
¿Trans-cósmico? Piénsese en el caos... y en su Nada.
(18/10/96 p.m.)
* * *
Imagino que pronto llegará el día en que se construya un inmenso y trans-humano
“ojo” planetario... cuyo trans-mutado “lente” (óptico-lumínico) será sustituido por una red
de “radio-telescopios”... distribuidos estratégicamente en toda la faz de la Tierra y
conectados sincrónicamente entre sí mediante un sistema de interferometría.
Ese impresionante y planetario sensorio –trans-óptico y trans-lumínico– le permitirá
al ser humano asomarse “ubicuamente” al universo y detectar trans-realidades y transfenómenos en los cuasi “confines” del mismo... donde aún se hallan, en pleno proceso de
“génesis”, desconocidas e innombrables galaxias... de índole y composición impredecibles.
Sueño con ese glorioso día... para mí inexorable y cierto... de apoteosis meta-técnica.
(31/10/96 p.m.)
* * *
Anoche vi por televisión un programa científico de la BBC en el que un biólogo de
Oxford expresaba su admiración por la extraña, sorprendente y perfecta “simbiosis” que se
produce entre la así llamada “orquídea-abeja” (una diminuta flor de tal especie cuya forma y
colores son idénticos a los de las abejas que moran en sus proximidades) y los machos de
las respectivas colmenas... los cuales son atraídos frenéticamente por los aromáticos
efluvios que la flor despide... copulando una y otra vez con ella... siendo utilizados de tal
modo como vehículos de su polinización.
Veo confirmado así lo que empíricamente pude comprobar con otra especie de
“orquídea-mariposa” (aquí mismo, en “La Mazorca”, hace ya varios años) y que dejé
consignado en las páginas de estos “Apuntes y Notas”... que sin duda reiteran fenómenos
similares como son los que ocurren entre algunas plantas que, emitiendo asimismo efluvios
aromáticos, son capaces de atraer avispas que destruyan los gusanos que las agreden y
devoran.
Entonces, como hoy, dejábamos abiertas una multitud de preguntas... que aquí
reiteramos sin tener respuestas, a saber: 1o) ¿cómo puede imitar un vegetal (que carece de
sensorios óptico-lumínicos) la forma, dimensión, rasgos, colores, etc. de un animal?; 2o)
¿qué sutil y refinado laboratorio odorífico posee el mismo para reproducir y producir aromas
similares a los que excitan sexualmente a seres de otros “reinos”? ¿qué secreta sintaxis
(orden, armonía, finalidad trans-reinal y trans-vital) se oculta o transparece en prodigios
como los descritos?
Queden abiertas las interrogantes... ¿pues cabe responder a ellos invocando la
retórica y vacía teleología que se adscribe a la omnipotente “selección natural” darwiniana...
como si la misma fuese un deus ex-machina del universo?
(22/12/96 a.m.)
* * *
Apenas ayer, en la noche, dejaba escritas unas reflexiones sobre la “diversidad
humana”... cuando hoy, poco antes del atardecer, a través de la Cadena de Televisión CNN,
escucho una detonante noticia: ¡científicos británicos han logrado la perfecta “clonación” de
una oveja escocesa... trasplantando el tejido celular de su ubre en el óvulo sin fertilizar de
otra!
¿Qué significado tiene esto para el reino animal... incluido el hombre en el mismo?
¿No se domina, en tal forma, el azar... y se suprime, de un tajo, la exaltada “diversidad” de
la que hablábamos?
Parece irónica o simbólica la imprevista “anacronía” de mi reflexión... y ello me deja
ciertamente atónito... porque revela, una vez más, el radical transmudamiento del mundo
en que vivimos y del saber que sobre el mismo se dispone... transitorio y cambiante día a
día.
Por otra parte... ¿no era por sí misma extemporánea mi propia reflexión cuando
nació... si ella es vista desde el concepto de la supra-naturaleza (meta-técnica) que hemos
sostenido en los FMT? Pero esto último no basta para eximirnos de una reflexión bio-ética...
hoy más urgente y necesaria que nunca en relación a la dignidad del hombre como tal... y a
su inalienable libertad.
(23/2/97 6 p.m.)
* * *
Sale hoy publicada en El Nacional una breve reseña del experimento realizado por el
Dr. Ian Wilmut, un embriólogo del Instituto Roslin de Edimburgo. “El experimento de Wilmut
–dice textualmente la noticia– fue extremadamente sencillo. El científico tomó una célula de
la mama de una oveja adulta y preparó su ADN de forma que fuera aceptado por el óvulo de
otra oveja. Luego el científico removió el ADN de ese óvulo y lo reemplazó con el ADN
proveniente de la oveja adulta, fusionando el óvulo con la célula adulta. Las células
fusionadas portadoras del ADN adulto comenzaron a crecer y dividirse como un óvulo
perfectamente fertilizado para formar un embrión. Wilmut implantó el embrión en otra
oveja. En julio, la oveja dio a luz un cordero llamado Dolly. Aunque Dolly parece
perfectamente normal [la reseña trae la fotografía del hermoso espécimen]... las pruebas
del ADN muestran que es el clon de la oveja adulta que le proporcionó su ADN”.
El Profesor Lee Silver, de la Universidad de Princeton, afirmó: “El trabajo de Wilmut
muestra que no hay límites para la clonación”. Otra catedrática, la Dra. Lori Andrews,
añadió: “Podrán hacerse clones de la gente sin su consentimiento. Después de todo... lo que
se necesita son sólo algunas células. Si existe un mercado para un banco de esperma que
vende el semen de Premios Nobel (!!!)... no sería difícil imaginar a algunos padres que
desearían tener clones de grandes pensadores, reinas de belleza o atletas”.
¿Cabe algún comentario? El sueño del “super-hombre” parece despejado... y
accesible en su realización... ¡a bajo costo! ¿Y la “unicidad” del hombre... forjada en base de
su intransferible libertad y dignidad personales? ¿Quedará relegada al desván de los inútiles
desechos y fantasmas del pasado?
(24/2/97 8 a.m.)
* * *
Hoy el Washington Post revela que científicos norteamericanos, del estado de
Oregón, han realizado previas “clonaciones” en antropoides... adelantándose a los escoceses
y a su ya célebre oveja Dolly.
¿Qué distancia se interpone entre los antropoides y el hombre como tal? Sobra,
incluso, la pregunta... al menos desde un punto de vista fisiológico y somático. Lo único que
faltaría para agravar la situación –noticia que desde hace tiempo ya se anuncia– sería la
“clonación cruzada”, incluso entre hombres y antropoides, utilizando la manipulación y
reconstrucción genética, para producir una raza de obedientes y mansos “homínidos”... que
desempeñen las labores de los antiguos esclavos y sirvientes... sin chistar y con pasmosa
inteligencia, eficacia y laboriosidad... sin tener complejos ni soñar en rebeliones.
(2/3/97 5 y 30 p.m.)
* * *
Al igual que el logos... el amor o eros, lo mismo que el poder, como modalidades de
aquél...
requieren
ser
radicalmente
trans-mutados
en
sus
fundamentos
y
límites
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos... así como en las sintaxis ordenadoras de
la alteridad que los mismos propician.
Esa trans-mutación del eros o amor debe afectar, primordialmente, a su energía
mayéutica... permitiendo que ella (en su dejar ser y ayudar a ser) no recaiga únicamente
sobre la otredad humana... sino sobre cualquier alteridad, sea cual fuere la consistencia
óntico-ontológica de esta última... a fin de que ella libere y potencie la intrínseca dinámica
(dunamij) que pueda atesorar... mediante el despliegue de las peculiares sintaxis de su
inmanente “gramática” (entendido este último término no en sentido literal sino como
exponente de la constitución onto-genética de la alteridad en cuestión)... gracias a la acción
inteligibilizadora de la propia mayéutica erótica.
¿Se trata, entonces, de un eros cósmico? Nada en contrario tendríamos frente al
mismo... si bajo el concepto de cosmos no se oculta, subrepticiamente, una artificial y
forzada totalidad óptico-lumínica que identifique falsamente al equipolente multi-verso de
las trans-finitas sintaxis con un “sistema” o “universo” cerrado... organizado y regido
disimuladamente por acallados o tácitos ejes ópticos-lumínicos de exclusiva inspiración y
estirpe
antropomórfica,
antropocéntrica
y
geocéntrica...
que
haría
coincidir
sospechosamente a tal “universo” con las finalidades y designios de un logos dominante...
inspirado por y desde las vertientes del poder en cuanto tal.
Mucho cuidado debe atribuirse a estos “inocentes” y/o “insignificantes” matices... si
se piensa y concibe rigurosamente el proyecto y problema de una genuina anti-técnica... tal
como la que ha quedado sugerida en algunas páginas de estos mismos “Apuntes y Notas”.
En efecto: si esa anti-técnica pretende ser pensada a partir de una perspectiva que brote
desde la actitud y horizontes de la meta-técnica... su correspondiente proto-fundamento (al
igual que el del logos meta-técnico) debe trans-cender ab origen todos los parámetros que
sostienen y posibilitan el despliegue del logos técnico.
Lo primero que debe ser entonces precisado es lo siguiente: ¿qué significa amar...
valgar decir, qué es el amor, como fuente propiciante de la comunión del hombre con una
otredad trans-humana? ¿Significa ello, acaso, aniquilación del amor humano como tal... y,
en consecuencia, negación del hombre como actor o agente de la acción erótica? ¿Implica
semejante acción... una privación, parálisis y anonadamiento por parte del amante... o el
dejar ser y el ayudar a ser encierran, en sí y por sí mismos, el gérmen de una trascendencia
y plenitud que enriquecen creadoramente al agente amante que cumple tal acción? ¿Cómo
se logran aquéllas... qué significan... y a qué conducen?
Cerremos, por hoy, el “Apunte”...
(9/4/97 a.m.)
* * *
Fascinante es constatar la reiterada y significativa utilización que la Naturaleza realiza
de ciertas y determinadas formas espaciales básicas en la construcción de sus productos...
asegurando de tal modo el cumplimiento de sus procesos y la máxima eficacia de los
mismos.
Básicas formas espaciales de la Naturaleza son vgr. la espiral (utilizada, por ejemplo,
en las conchas o caparazones que recubren el cuerpo de algunos moluscos... aunque
también en el desplazamiento que sigue el crecimiento de ciertos tallos vegetales para
asegurar su sostenimiento cuando trepan para buscar la luz solar... y, asimismo, en la
organización y distribución de las lejanísimas galaxias); la meándrica (presente en el curso
que siguen las poderosas corrientes de los ríos); la pentagonal (exacta y rigurosa en la
construcción de las celdas en los habitáculos de insectos); la parabólica, etc., etc.
Si se quiere... tales formas encarnan o representan los innatos esquemas geométricos
de los procesos naturales... y, en su fondo, revelan las primordiales y seleccionadas formas de
espacializar el espacio que la Naturaleza aplica ingénitamente para lograr el eficaz y eficiente
cumplimiento de sus fines.
Ahora bien: ¿qué órgano “visivo” –“ojo”, “sensor”, o como quiera llamarse– realiza
aquella función... y qué metas busca la Naturaleza al encauzar las fuerzas o energías de sus
procesos siguiendo tales formas o esquemas? Difíciles y enigmáticas cuestiones... que no se
deben responder sin un previo y pormenorizado estudio acompañado de experimentos y
paralelas reflexiones críticas. Efectivamente: ¿se trata, acaso, de que en aquellas formas o
esquemas se expresa un principio de economía que, ahorrando esfuerzos y/o combinando
dinámicamente la acción de varios agentes, logra potenciar las fuerzas o energías de la
Naturaleza? ¿Puede aplicarse isomórficamente tal “principio” a todos los ámbitos de la
Naturaleza... sin distinción de sus estratos y complejidades? Cabe preguntarse, en tal
sentido, si así como el crecimiento de los ramajes de un árbol repite la perfecta geometría
que se inscribe en sus hojas... ¡puede imaginarse o sospecharse que el Cosmos pudiera
reiterar la prodigiosa arquitectónica de un grano de arena!
¿Repite también el hombre aquellas “formas”... o es capaz no sólo de “transformarlas”... sino, incluso, de “perfeccionarlas”? ¿Lleva, él mismo, inscrito en su pensar una
innata “geo-metría” que determina el proceso germinativo y desarrollo de sus ideas? ¿O es
capaz de crear, mediante el uso de su innata libertad, el azar... provocando el caos? ¿Qué
abismo alimenta y “sostiene”, entonces, al pensar humano? ¿Rompe y destroza su proceso
creativo el “orden natural”... o persiste secretamente el encadenamiento de aquél al imperio
de tal “orden”? ¿Por qué pensamos?
(3/8/97 p.m.)
* * *
¿Es la vida el nombre del abismo? ¿O, justo lo inverso, es lo correcto? ¿Serán
sinónimos? ¿Es toda la Naturaleza... vida? ¿Es la muerte contraria a la Naturaleza... y, por
tanto, opuesta a la vida? ¿Es la muerte... sinónima del abismo? ¿O pensarlo, siquiera, es
contradictorio? Las preguntas pueden multiplicarse infinitamente... pero, en lugar de
esclarecer, perturbarían la comprensión de lo anterior... si no se utilizan en su recto sentido.
(3/8/97 p.m.)
* * *
¿Tiene “ojos” la Naturaleza? ¿O reposa semejante hipótesis en un burdo supuesto
antropomórfico y antropocéntrico? ¿No cabe asimismo suponer que sus preferidas y
reiteradas formas de espacializar el espacio son desarrolladas mediante el concurso de
sensores distintos a los óptico-lumínicos... de índole trans-humana (sin que semejante
término implique criterios de valoración)... originados en necesidades sui generis de la
propia Naturaleza? De allí la velada insinuación de un “principio de economía”. ¿Pero qué
significa aquí eco-nomía?
(3/8/97 p.m.)
* * *
¿Qué fines busca la vida? ¿Arraigarse, persistir, perdurar, perpetuarse en el ámbito
espacio-temporal de nuestro planeta (o, quizás, en desconocidas dimensiones cósmicas)
colonizando aquel ámbito con su presencia y manifestaciones? ¿Pero qué fines hay tras ese
fin; qué motor impulsa sus energías; qué guía a su omnipresente, indeleble y multiplicado
derrotero; qué lo alienta y vivifica? ¿La “voluntad de poder” aducida por Nietzsche? ¿El
manifiesto “designio” de un dios o de un conjunto de dioses creadores del universo... y de la
vida como tal? ¿Un indescifrable “abismo” donde aún imperan silenciosos enigmas... de la
propia materia que a la vida posibilita y sostiene?
Ciencia, filosofía y teología deben confesar al unísono sus limitaciones –aun a la
altura de nuestro propio tiempo– para conferir una respuesta, irrefutable y absolutamente
convincente, a estas preguntas.
La idea de una geo-metría trans-humana se coloca, por esto mismo, fuera de
aquellas aludidas cuestiones. De allí que aborde exclusivamente la constatable posibilidad de
la existencia de un metrón (mštron) trans-óptico y trans-lumínico que, además de todo
antropomorfismo y antropocentrismo, trascienda asimismo sus límites geocéntricos... siendo
eo ipso capaz de tra-ducir nootécnicamente los presuntos “fines” de la vida... si es que los
constatables conatos y manifestaciones de ella para cumplir sus necesidades de pervivencia
pueden ser llamados, estrictamente, “fines” o “metas”... o, tal vez, “misiones”.
Mas allá de esto no cabe, por los momentos, avanzar... al menos en prosa y con
tesitura filosófica o científica verdaderamente rigurosa.
(4/8/97 a.m.)
LA ÉTICA KANTIANA
Y LA TRANSMUTACIÓN DE LA RAZÓN
I
La pregunta o cuestión primordial que plantea este Coloquio es si el intento de
ampliar el potencial de la Razón Práctica de la Modernidad –rehabilitando su dimensión
normativa– es un procedimiento adecuado o idóneo para lograr alcanzar una comprensión
objetiva (“objetiven Einsicht”) de las relaciones prácticas-políticas de la compleja Sociedad
Industrial –yo me atrevería a decir “Post-industrial”, esto es, “Tecnificada, Globalizada y
Trans-nacional”– en que vivimos.
Y, en segundo lugar, como problema derivado de aquello, aunque no por esto menos
importante ni acuciante, si tal procedimiento es capaz realmente de abrirnos un “espacio
teórico” –valga decir, un escenario u horizonte racional– para renovar la comprensión de los
nexos práctico-políticos que existen entre la institución del Derecho y la institución política
del Estado de Derecho democrático... así como la legitimidad del ejercicio del poder
inherente al mismo.
Son éstos, en verdad, graves problemas, no sólo por su complejidad teórica, sino por
hallarse en plena gestación precisamente en nuestro propio tiempo... sometidos a las
presiones y desviaciones impuestas por factores económicos de impredecible curso, de
configuraciones y alianzas políticas aún no consolidadas, y de desarrollos tecnocientíficos en
general
(y/o
específicamente
tecnocomunicacionales)
dotados
de
un
radical
poder
transmutatorio sobre el instituir humano.
Pero lo que sí resulta claro e indudable es que –sea cual fuere el curso que tomen los
acontecimientos históricos de nuestros días– parece un evidente anacronismo (tanto teórico
como práctico) pretender recurrir a la dimensión universal normativa de la Razón Práctica tal
como ella fue delineada por Kant (ya sea en su versión original o revestida de todos los
matices y aditamentos instrumentales que a su núcleo onto-epistémico primitivo han
agregado sus epígonos y exégetas) para transformarla en “fundamento” o “principio” de
nociones concernientes a las relaciones entre el Derecho y la institucionalidad estrictamente
política del Estado, así como entre la ética y la legitimidad del poder... por no mencionar los
eventuales nexos entre tales cuestiones y el nudo ejercicio del poder por parte del Estado...
escrutado y juzgado todo ello por el anónimo espejo de la opinión pública (Oeffentlichkeit) y
el
manejo que de
ese voluble y sorprendente anonimato realizan, sistemática y
metódicamente, los medios tecno-comunicacionales que dominan y dirigen nuestro tiempo.
Expresadas de tal manera nuestras prevenciones y dudas frente al enunciado y
propósito central de este Coloquio –las cuales pretendemos fundamentar y explicitar a lo
largo de nuestra exposición acudiendo al análisis del propio pensamiento kantiano con el fin
de mostrar las debilidades y limitaciones que al respecto ofrece– nos ocuparemos enseguida
de mostrar cuáles son a nuestro juicio tales debilidades y limitaciones.
II
En el libro I, Capítulo I, la Primera Definición de la K.d.p.V. reza textualmente:
Principios prácticos son proposiciones que encierran una determinación universal de la voluntad, a
cuya determinación se subordinan diversas reglas prácticas. Son subjetivos o máximas cuando la
condición es considerada por el sujeto como valedera sólo para su voluntad; son, en cambio,
objetivos o leyes prácticas cuando la condición es conocida como objetiva, es decir, valedera para la
voluntad de todo ser racional.
De acuerdo con tal Definición... la “Ley fundamental de la Razón Pura Práctica”,
inserta en el § 7 del mismo Capítulo I, reza textualmente:
“Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo
tiempo, como principio de una legislación universal”.
Opuesto a buscar la fundamentación de la conducta ética en cualquier vertiente
sensible, empírica o psicológica –sino, en estricto paralelismo con la K.d.p.V., en bases o
principios a priori– el problema que a Kant se le presentaba, rechazada aquella vertiente
empírica o sensible representada por el placer, el deseo, o cualquier tipo de estímulo de
índole semejante, era hallar una relación de la voluntad con su respectivo objeto en la que,
al contrario de ser la voluntad determinada por ese objeto (vgr. lo atrayente del deseo y/o
del placer)... fuese la propia voluntad quien determinase su objeto... asegurando, eo ipso,
su autonomía.
Mediante su autonomía moral... la voluntad, según Kant, no se somete a otra regla
que no sea la que ella misma establece y acepta como norma o ley general... no por simple
preferencia o inclinación particular sino, al mismo tiempo, “como principio de una legislación
universal”. Por ello, en su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, expresa
textualmente:
Los actos inspirados en el deber no tienen su valor moral en la intención que con ellos se trata de
realizar, sino en la máxima en que se inspiran: no dependen, por tanto, de la realidad del objeto del
acto, sino del principio de la voluntad con arreglo al cual se realiza el acto, independientemente de
todos los objetos del deseo (op. cit., Erster Abschnitt, Ed. Cassirer, pág. 256).
Los actos morales inspirados en el deber –en tanto que tal deber sea incondicionada expresión de la
autonomía de la voluntad– son por esto mismo el testimonio reiterado de un imperativo
categórico... que, en tanto mandamiento moral, “ordena una acción que es buena en sí misma, que
por lo tanto es por sí misma objetivamente necesaria y es, así, un principio apodícticamente
práctico”... encarnando eo ipso una “ley moral” (op. cit., ibidem).
Semejante “ley moral” es, en tanto que objetiva y apodíctica, expresión de una “ley
universal” cuyo fundamento y agente productor es una “Razón pura práctica” de
características, a su vez, universales y necesarias... cuya vigencia y acción cabe suponer en
“todos los seres racionales, en cuanto en general tienen una voluntad, es decir, una facultad
de determinar su causalidad por la representación de reglas, por consiguiente, en cuanto
son capaces de acciones según principios, y, por tanto, según principios prácticos a priori
(pues sólo éstos tienen aquella necesidad que la Razón exige a los principios). Así pues
[aquella “ley moral”] no se limita sólo a los hombres, sino llega también a todos los seres
finitos que tengan razón y voluntad y hasta incluye al ser infinito como suprema inteligencia”
(K.d.p.V., § 7, II. Anmerkung).
Inútil y fuera de contexto sería continuar citando en un Coloquio como este –donde
se congregan egregios exégetas kantianos– otros pasajes de la obra de Kant para explicar
estas primordiales nociones de su concepción ética.
Baste con lo dicho –aportado sólo como un punto de fugaz referencia– para retornar
al propósito a que aludí en mis palabras introductorias. En efecto: me pregunto y le
pregunto a quienes aquí se hallan reunidos: ¿es capaz una formulación ética como la
kantiana –de corte estrictamente trascendental y formalista– de servir como instrumento
hermenéutico para adentrarse y descifrar los problemas éticos, jurídicos y políticos de
nuestra época? ¿Qué suponen e implican las características de universalidad y necesidad que
se le atribuyen a la “ley moral” (al “deber”, al “imperativo categórico”, etc., etc.)... en tanto
que expresiones inmediatas de una Razón y de una racionalidad signadas igualmente por
una universalidad y una necesidad idénticas a las de aquella “ley moral”?
No creo necesario tampoco, a estas alturas, reiterar ante Uds. las agudas y
pertinentes observaciones críticas que Hegel le formulara a Kant a este respecto. Bien
conocido son sus reparos contra el formalismo y su inanidad tautológica; contra el
universalismo abstracto del deber puro frente a la peculiaridad, determinación y facticidad
de los problemas morales particulares que se inscriben en situaciones absolutamente
individualizadas y concretas; y, por tanto, contra la impotencia del imperativo categórico
–en tanto que expresión de un deber-ser puro– para realizarse efectivamente en una acción
práctica real e históricamente condicionada... sin el peligro de transformarse en una
aberración que puede conducir, incluso, al “terrorismo moral”.
Pero todo ello debe ser al menos recordado para no olvidar –a la altura de nuestro
propio tiempo y en Coloquios de tanta alcurnia filosófica como éste en el que participamos–
lo que implica y significa suponer la existencia, vigencia y acción legislativa de una Razón
y/o de una correlativa racionalidad dotada de universalidad y necesidad.
III
¿Cuáles son, en efecto, las consecuencias que de aquello se derivan y cómo pudieran
incidir las mismas en la tecnópolis humana de nuestro propio tiempo? Sin pretender un
inventario global de semejantes consecuencias –y, aún menos, de proponer medidas
preventivas frente a ellas– sean consignadas, rapsódicamente, algunas que nos parece
indispensable destacar por su incidencia y gravedad sobre el deseable tejido político-social
de los convulsionados días que vivimos.
1o) Lo primero que deberíamos admitir –como hace poco lo expresamos– sería la
indubitable existencia de una Razón Pura Práctica capaz de engendrar y formular leyes
universales (tales como lo son los imperativos categóricos) cuya aplicación, en tanto que
fundamentos de la ley moral, sería igualmente absoluta y necesariamente a priori y
apodíctica.
Pero lo anterior supone, asimismo, admitir que el hombre, como ser racional, tiene
una índole moral susceptible de ser (al menos según su forma) invariable y ahistórica... lo
cual significa que semejante índole, dada su universalidad y necesidad, se halla exenta de
sufrir influencias epocales, étnicas, sociales, ethológicas... y tecnogenéticas.
Pero es más: “si la máxima de la acción [como lo expresa textualmente el propio
Kant] no es de tal índole que pase la prueba con la forma de una ley de la naturaleza en
general (eines Naturgesetzes überhaupt)... ella es imposible moralmente” (K.d.p.V., Libro I,
Cap. II).
Ahora bien, aunque esto último sólo se refiere a la forma (que no al contenido) del
precepto legal, no es menos cierto que semejante aproximación a la legislación de un
proceso natural supone, al propio tiempo, la universalidad y necesidad de aquel precepto
legal... reiterando eo ipso la necesaria y absoluta invariabilidad de la libertad, en cuanto tal,
como fundamento de lo ético. De allí que Kant diga textualmente:
La tesis de que la voluntad es una ley para sí misma en todos los actos... sólo expresa el principio
de no actuar con arreglo a otra máxima que pueda recaer sobre ella misma como una ley general.
Eso es precisamente la fórmula del imperativo categórico y el principio de la moral. Por tanto, lo
mismo es decir que la voluntad es libre o que se halla sujeta a leyes morales (Fundamentos de la
Metafísica de las Costumbres, Sección III, IV).
Pero, en cuanto tales, las leyes morales son universales y ahistóricas... o no fuesen
verdaderas leyes. Como tales, asimismo, en su condición de leyes, ellas a su vez suponen,
como su agente productor y legislante, a una Razón y a una racionalidad de su mismo estilo
y características.
2o) Que la Razón Pura Práctica es universal –valga decir, que es una y la misma,
invariable y ahistórica para todos los hombres (e, incluso, para cualquier “ser racional”
(jedes vernünftigen Wesens)– lo establece el propio Kant, sin ningún género de dudas, en el
comienzo mismo de la K.d.p.V., cuyo texto hemos ya transcrito... pero el cual ahora
repetimos para reafirmar lo dicho:
Principios prácticos (Praktische Grundsätze) son proposiciones que encierran una determinación
universal de la voluntad (eine allgemeine Bestimmung des Willens) a cuya determinación se
subordinan diversas reglas prácticas (praktische Regeln). Son subjetivos o máximas cuando la
condición es considerada por el sujeto como valedera sólo para su voluntad; son, en cambio,
objetivos o leyes prácticas cuando la condición es conocida como objetiva, es decir, valedera
(gültig) para la voluntad de todo ser racional (K.d.p.V., Libro I, Cap. I, Primera Definición).
Pero es justo de tal suposición o tácito prejuicio –valga decir, de considerar a la
Razón Práctica como una entidad dotada de universalidad– de donde precisamente se
origina el problema que pretendemos plantear en relación al tema de este Coloquio. ¿Pues
es admisible, sin más, tal supuesto? ¿Cabe otorgarle validez absoluta a sus pretensiones? ¿O
los testimonios de nuestra época nos enseñan que, aparte de una evidente y constante
historicidad de la Razón y la racionalidad prácticas... sus presuntas “leyes” y “preceptos”, en
lugar de la acrisolada, esencialista y neutral universalidad con que Kant los pensaba y
revestía, trasuntan una variadísima gama de matices que brotan desde su hontanar empírico
(cultural, social, étnico, etc.)... y, sobre todo, son capaces de admitir modificaciones,
cambios, mudanzas e inversiones, por obra de los estímulos tecno-comunicacionales que
operan permanentemente sobre sus sintagmas y sostenes axiológicos?
3o) Pero no debemos detenernos en lo anterior... sino que, yendo al fondo mismo de
este problema, se torna imperativo preguntar: ¿qué índole y textura onto-epistemática
posee la Razón y/o la racionalidad que Kant denomina “Razón Práctica”?
Por lo pronto debemos asentar que, dada la presunta universalidad y necesidad de
que aquélla está dotada, Kant le asigna –tanto a sus leyes como a los principios, lo mismo
que a sus formas e ingredientes constitutivos (intuiciones, conceptos, ideas, etc.)– una
índole a priori. Mas, por otra parte, a pesar de que el propio Kant se cuida expresamente de
evitar una identificación de lo a priori con lo innato... en tanto que lo a priori no es extraído
de la experiencia... no existe otro puente para derivar la universalidad y necesidad
(apodicticidad) de las leyes de la Razón (como el propio Kant lo admite) que no sea la
“actividad del alma misma” (Tätigkeit der Seele selbst)... “la cual ordena sus sensaciones
según leyes eternas... como una forma fundamental inmutable” (“sondern von der Tätigkeit
der Seele selbst, welche nach ewigen Gesetzen ihre Empfindungen ordnet, als eine
unwandelbare Grundform”) (cfr. De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis,
§ 8 y § 15).
Es por ello que... si bien epistemológicamente la Razón y sus productos no tienen la
índole y textura de algo innato... la condición eterna de las leyes mediante la cual el alma
ordena sus sensaciones es la que permite asegurar ontológicamente la universalidad y
necesidad
(apodicticidad)
de
tales
leyes...
mediante
su
ahistoricidad.
Y
en
ello,
precisamente, radica la más grave y fundamental objeción que puede formularse contra la
Razón Práctica –dotada de las características que a la misma otorga Kant– como eventual
instrumento del cual derivar el potencial de su dimensión normativa para alcanzar una
comprensión objetiva de la Sociedad actual y sus instituciones.
Porque –dicho con toda rudeza– así como nos parece insostenible cualquier tipo o
modalidad de ahistoricismo para enfocar y analizar los hechos e instituciones de nuestro
tiempo... inadmisible juzgamos asimismo que la índole de la Razón y/o de la racionalidad del
hombre se identifiquen con las de una inmodificable entelequia ideal o metafísica... que,
como tal, pueda permanecer incólume frente a los radicales agentes transformadores que
sobre ella inciden... haciéndola no sólo variar en sus rasgos y características epocales... sino
modificando, incluso, su más radical índole onto-epistemológica en tanto que logos ópticolumínico.
Efectivamente: desde los propios orígenes de la tradición filosófica occidental –valga
decir, desde los fragmentos del poema parmenídico– la ratio o logos (lÒgoj) se ha
identificado con el nous (noàj)... y éste (como su propia etimología lo demuestra) con el
noein (noe‹n)... esto es con el “ver”... sea este último sensible o inteligible.
La Razón, como tal, queda por ello ligada a la evidencia (del latin “videre”)... y como
racional se admite sólo aquello que pueda ser evidenciado, sea ya asertórica o
apodícticamente, de acuerdo con la modalidad del correspondiente ver al que se relaciona.
Ahora bien: despojada de semejante índole por obra de la acción constructora y
modificadora que, sobre la propia Razón óptico-lumínica, ha operado la Razón técnica (ratio
technica) en nuestro tiempo (especialmente mediante la intervención y uso de instrumentos
y sensorios meta-técnicos de índole trans-óptica y trans-lumínica)... la ratio, como tal, no
sólo
ha
logrado
traspasar
y
superar
las
tradicionales
fronteras
(antropomórficas,
antropocéntricas y geocéntricas) que la ataban y limitaban al restringido universo ópticolumínico del ser humano y a sus innatos sensorios inteligibilizadores y ordenadores de la
alteridad... sino que, mediante aquellos artefactos meta-técnicos (diseñados y creados por
ella misma) sus eventuales correlatos son constructos que asumen la forma de trans-
realidades y trans-fenómenos de índole trans-óptica, trans-lumínica y trans-humana... que
nada tienen en común ni con los fenómenos ni con los nóumenos de estirpe kantiana
(ambos, por lo demás, de estricta índole óptico-lumínica).
4o) Pero al despojar a la Razón y a su correspondiente racionalidad de una restringida
índole óptico-lumínica... ello no sólo transforma radicalmente el modelo de la conciencia y de
la subjetividad sostenido por Kant –que lamentablemente sigue operando, aunque en forma
tácita y subrepticia, en los intentos de fundar una ética sostenida por una racionalidad de
base y dimensión intersubjetiva (vgr. contractualista, axiologista, lingüística o comunicativa,
etc.) aunque de reiterada raíz y estirpe óptico-lumínica– sino que, en forma todavía más
significativa y profunda, aquello implica la transformación y/o transmutación de nociones de
fundamental y decisivo valor para la ética como son las del propio “ser natural de hombre”
(concebido a partir de una Naturaleza entendida, a su vez, como Physis) desde el cual se
deriva directamente el comportamiento moral o conducta del ser humano... y, por ende, la
índole y peculiaridad de los móviles y fines que la determinan ética y racionalmente como tal
conducta.
Modificadas asimismo quedan –al ser despojadas de su origen y significado racional
óptico-lumínico– nociones de tan decisiva importancia para la ética como son las del deber
(tÕ kaq»kon... derivado del verbo kaq»ko) o la de norma (del latín norma-normae = “regla o
línea de conducta”), cuyos sentidos óptico-espaciales y óptico-temporales son obvios y
patentes... tal como puede comprobarse mediante un sencillo análisis etimológico (cfr.
Ernout et Meillet, Dictionnaire Etymologique de la Langue Latine, págs. 444 y 459-460).
Similares etimologías y significaciones de raigambre óptico-lumínicas (noética o
sensible) cabe paralelamente detectar en la concepción de los bienes, los valores, las
necesidades, los apetitos, etc., que integran el tejido y la dinámica del universo ético. A
partir de ellos –mediados incluso por conceptos epistemológicos u ontológicos de la misma
índole– tales ingredientes obligan a inscribir los problemas éticos dentro de una teoría o
praxis cuyos horizontes quedan restringidos a los límites antropomórficos y antropocéntricos
(y, por ende, geocéntricos) que aquellos mismos ingredientes decretan.
Ahora bien: ¿es posible y justificado reducir la praxis ética, política y jurídica del
hombre contemporáneo, a semejantes límites? ¿resulta permisible interpretar las nociones de
la conciencia moral y de la subjetividad o intersubjetividad de la misma a través de esquemas
espacio-temporales exclusivamente óptico-lumínicos? ¿O los instrumentos meta-técnicos, de
índole trans-óptica, trans-humana y trans-lumínica, de los que actualmente dispone el
hombre... han decretado la obsolescencia de aquellos significados y abierto a su vez la
posibilidad de concebir la ética desde una perspectiva que trasciende tanto su genealogía
óptico-lumínica como su raigambre exclusivamente antropomórfica, antropocéntrica y
geocéntrica?
¿Pero qué significa, en concreto, lo anterior? Lo que ello significa es que los objetos y
contenidos de la ética –así como sus fundamentos y nociones básicas– deben ser
constructos técnicos cuyos eventuales correlatos (como ya lo hemos dicho y ahora lo
repetimos) pueden ser trans-realidades y trans-fenómenos de índole trans-óptica y translumínica... que nada tienen en común con los fenómenos y nóumenos de estirpe kantiana.
Pero al hablar de trans-realidades y trans-fenómenos no se trata de introducir
extrapolaciones místicas o irracionales... sino de mentar y detectar los estrictos correlatos
de una alteridad trans-óptica y trans-lumínica cuya aprehensión y conocimiento científico lo
permiten y hacen posible instrumentos trans-ópticos, trans-lumínicos y trans-humanos que
están hoy a disposición del hombre y son de uso casi cotidiano... en los cuales los
respectivos correlatos de su alteridad ostentan una estructura onto-epistemológica ordenada
mediante procedimientos y cánones radicalmente distintos a los utilizados por los sensorios
(naturales o artificiales) de índole óptico-lumínica.
Pero no sólo sobre la alteridad óptico-lumínica (y, por supuesto, óptico-espacial y
óptico-temporal) de las realidades y fenómenos incide la intervención de los instrumentos
meta-técnicos... sino que, introduciendo éstos radicales modificaciones transmutatorias en la
propia índole del instituir humano, su proyección se extiende a todos los estratos y regiones
semióticos de la alteridad en general... provocando una crisis de impredecible magnitud y
profundidad en los propios fundamentos de aquella alteridad.
IV
A partir de la esbozada perspectiva se entiende entonces perfectamente que la
transmutación
operada
en
nuestro
tiempo
sobre
la
Razón
y
su
correspondiente
racionalidad... no sólo implica una radical modificación de la índole onto-epistemológica de
las mismas... sino, a la par y coetáneamente, que la misma afecte a todas las instituciones
que puedan ser erigidas meta-técnicamente a partir de aquella racionalidad con la ayuda de
los nuevos principios, conceptos y nociones trans-racionales mediante los cuales se pretende
inteligibilizar y ordenar la alteridad en general.
Es así como la mayoría de las instituciones en nuestro tiempo (entre ellas, como
hemos dicho, las sostenidas por bases y principios éticos) se encuentran atravesando por
una verdadera y radical crisis... originada, sin lugar a dudas, por la señalada sustitución del
innato proto-fundamento racional que tradicionalmente las alimentaba –valga decir, del
logos óptico-lumínico a partir del cual aquellas instituciones cobraban su razón de ser y su
sentido para el hombre– por otro logos o ratio (de índole trans-óptica, trans-humana, transespacial y trans-lumínica) que asume contemporáneamente esa función proto-fundamental.
Pero la transformación de los proto-fundamentos óptico-espaciales y ópticotemporales de la alteridad –dicho en la forma más directa y sencilla posible– significa
paralelamente un cambio radical en su basamento dóxico de sustentación... lo cual, a su
vez, plantea la urgente necesidad de acuñar un repertorio de categorías y principios
(absolutamente distintos a los actuales) con que enfrentarnos, acceder e interpretar a este
nuevo e inédito mundo ético que ahora se despliega ante nosotros.
Esto es lo que acontece hoy con la ética avizorada desde la meta-técnica. No se trata,
simplemente, de una nueva etapa de la ética que pueda insertarse normalmente en el
desarrollo experimentado por ella como fruto de la paulatina y paralela evolución de la
técnica. Semejante cambio, por el contrario, implica no sólo una superación de las vetustas
características
antropomórficas,
antropocéntricas
y
geocéntricas
prevalecientes
hasta
nuestros días en la técnica tradicional (y, por ende, en las instituciones éticas también
tradicionales), sino al propio tiempo una radical sustitución de todos los fundamentos
epistemológicos y ontológicos que posibilitaban y sostenían al instituir humano (y, por ende,
a la propia ética, en tanto que institución humana) como presuntos exponentes intemporales
de la Razón y de su correspondiente racionalidad.
Pues ha sido la raíz noética de semejante racionalidad –y, por ende, la de su propio y
preeminente instituir– la que se ha visto vulnerada con la creación de su máximo prodigio:
el diseño y creación de un logos meta-técnico que, simultáneamente, niega y supera la
ingénita finitud de aquella racionalidad... inaugurando, eo ipso, una dimensión trans-finita
de la misma.
Pero baste con lo dicho –so pena de extendernos en demasía– para bosquejar grosso
modo los contornos de la crisis que estremece en nuestro tiempo al instituir humano en
general... afectando sus más radicales fundamentos de sostén. Semejante crisis proviene y
se alimenta –como lo hemos apuntado brevemente– de las relaciones que el hombre
mantiene y amplía, cada día más, con la nueva y prodigiosa alteridad trans-racional que su
propia racionalidad ha construido... por hallarse aquélla dotada de una índole y límites que
ya no responden a los clásicos parámetros ni a la semiótica del antropomorfismo y el
antropocentrismo... ni, por ende, del geocentrismo... puesto que, además de las nuevas
posiciones doxo-racionales que desde la trans-racionalidad meta-técnica posibilitan y
legitiman semejante cambio, hoy el hombre dispone (como lo hemos expresado) de un
ingente arsenal de dispositivos e instrumentos trans-humanos que le proporcionan acceso a
nuevas y variadísimas vertientes inteligibilizadoras y ordenadoras de la alteridad... mediante
los cuales se halla en perfecta capacidad de trans-cender, trans-mutar y perfeccionar la
tradicional fuente del lumen naturale que alimentaba, como exclusivo proto-fundamento
onto-epistemológico, su ingénita y limitada racionalidad noética... y, por lo tanto, ética...
afectando las bases y principios de las mismas.
Es justamente a partir de este factum epocal –que no, por el contrario, tratando de
buscar apoyo y sostén en un modelo de Razón y de racionalidad ya obsoleto y superado
como es el kantiano y el de sus epígonos– que debería abordarse, contemporáneamente,
cualquier intento que pretenda elucidar las relaciones entre el derecho, la democracia y la
opinión pública (Oeffentlichkeit) en el escenario de nuestro propio tiempo. De lo contrario...
fácil es pronosticar la extemporaneidad teórica de sus enfoques y conclusiones... así como el
discutible aporte que el mismo pueda tener para una praxis dotada de efectiva vigencia en
sus compromisos.
Tusmare, enero, 1997
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
¿Nace lo advenidero desde la voluntad... y es posible sólo gracias a ella; o es la
voluntad sólo posible porque lo advenidero se le ofrece previamente como ámbito para sus
proyectos?
¿Pero cómo actúa semejante ámbito en relación a lo volitivo en cuanto tal? ¿Acaso
como su génesis o causa? ¿O, más bien, como fundamento suyo?
El término fundamento mienta (en la anterior pregunta) la razón de ser. En tal
sentido,
según
pensamos,
sólo
existe
algo
así
como
la
voluntad
–y,
aún
más
específicamente, la voluntad humana–... porque “hay” un tiempo que propicia su sentido. Si
aquél no existiese... ¿a qué se aferraría la voluntad para iniciar su despliegue como energía
creadora?
(1/5/91)
* * *
El extremo idealismo voluntarista sería aquel en el cual se hiciese nacer y derivar
toda la temporalidad del tiempo –o, incluso, a este mismo en su Ser– desde un acto
originario de la voluntad.
¿Pero cómo explicar la epigénesis del mismo... sin suponer la intervención
fundamentadora de lo advenidero?
(1/5/91)
* * *
Pero... si la voluntad requiere del tiempo y sus éxtasis... ¿es posible pensar que si
aquél cesara y/o se trans-formara en sus éxtasis... pudiera eo ipso desaparecer o transmutarse la voluntad como tal?
Grave y compleja pregunta... que apunta hacia los predios de la ética y la metatécnica.
(1/5/91)
* * *
La idea o representación de la voluntad, a lo largo de la historia, ha sido supeditada
sistemáticamente a la de la razón: lo volitivo se ha objetivado y conceptuado como una
apetencia o apetito racional.
Semejante razón o racionalidad –de acuerdo con la cual se despliega la actividad
volitiva– es sinónima de un logos óptico-lumínico.
El mejor ejemplo para ilustrar lo que decimos lo encarna la idea de la Razón Pura
Práctica kantiana... como fuente originaria de la vis ethica.
El logos óptico-lumínico organiza, ordena y patentiza el universo de las acciones
volitivas como fines, medios, móviles, etc. –términos, sin duda, de clara raigambre y
genealogía óptico-lumínica– constituyendo paralelamente su ideal el establecimiento de un
sistema normativo more geométrico... en el cual los movimientos o acciones de la voluntad
encuentren un claro y preciso orden matemático.
Dentro del esquema bosquejado... la actividad de la voluntad –valga decir, la vis
volitiva– supone como base y escenario suyo una temporalidad asimismo óptico-lumínica...
a través de cuyos concatenados éxtasis fluyen continuamente los móviles, medios y fines
requeridos por la acción moral... urdiendo de esta manera una ininterrumpida sucesión de
actos que trans-curren en el mismo orden y dirección que el tiempo dentro del cual se
desarrollan.
Ahora bien: ¿qué acontecería si, tanto en su arquitectura ontológica, como en su
estructura temporal, se despojase a la energía volitiva de esta subrepticia índole ópticolumínica?
Por
supuesto que, expuesta
a
semejante
operación, la
energía
volitiva
no
desaparecería ni se aniquilaría, sino que se trans-formaría y trans-mutaría de raíz...
adquiriendo eo ipso la posibilidad de ser interpretada mediante principios y categorías metatécnicos... en los cuales serían otros (toto caelo diferentes) los horizontes y modalidades de
la espacialidad y la temporalidad que se utilizarían para ordenar e inteligibilizar su proceso
energético.
(2/5/91)
* * *
Del anterior esbozo de una concepción meta-técnica de lo volitivo y/o de la
voluntad... deben ser diferenciados y distinguidos radicalmente los intentos o tendencias del
así llamado “i-rracionalismo” de la voluntad (Schopenhauer, Nietzsche, etc.).
Ello por dos razones: 1o) porque semejante “i-rracionalismo” constituye sólo una
negación (valga decir, una “posición negativa” de subrepticia raigambre óptico-lumínica) de
la racionalidad de la voluntad; y 2o) porque semejante negación, en lugar de trans-formar o
trans-mutar la racionalidad que niega, soterradamente la reafirma, sólo que asignándole una
ostensible connotación metafísica (“voluntad vital” en Schopenhauer; “voluntad de poder” en
Nietzsche)... cuya más íntima índole y genealogía, si se analiza a fondo, continúa siendo
óptico-lumínica. Ello se patentiza claramente en Nietzsche al intentar “cuantificar”, incluso,
la voluntad de poder (cfr. al respecto nuestro libro El dominio del poder, Cap. IV, § 23).
(2/5/91)
* * *
Frente a la racionalidad y/o i-rracionalidad óptico-lumínica de la voluntad... la metatécnica postula su trans-racionalidad. Semejante trans-racionalidad (trans-óptica, trans-finita
y trans-humana) a la cual quedaría supeditada la voluntad –y, por ende, la vis ethica–... es
precisamente la que requiere desarrollar la ética, en cuanto tal, para incorporarse plenamente
a una dimensión meta-técnica (cfr. FMT, § 26, pág. 117 y sgs.; versión digital, pág. 110 y
sgs.).
Mediante ello... los valores transcenderían, eo ipso, su
limitante raigambre
antropomórfica, antropocéntrica y geocéntrica... trans-formándose y/o trans-mutándose en
auténticos constructos meta-técnicos con una estructura trans-ontológica similar a la de los
trans-fenómenos y trans-realidades.
(2/5/91)
* * *
Por supuesto que una ética meta-técnica –tal como quedó esbozado en FMT– supone
la trans-formación y/o trans-mutación del así llamado “ser natural” del hombre (op. cit.,
ibidem). A partir de ello... sería al menos una ingenuidad continuar objetivando a la
voluntad, razón, etc., como “facultades” de aquél... o asignarle la categoría de “partes”
integradoras de un “sistema”.
Su interconexión, por el contrario, debe asimilarse a la que he utilizado para
describir la ordenación o sintaxis de pulsiones (procesos) trans-individuales en continua y
fluyente trans-formación trans-sistémica. La voluntad y la racionalidad pierden así todo
nexo de sub-ordinación o supeditación entre ellas. Sus procesos energéticos son
complementarios... y, tal vez, idénticos.
(2/5/91)
* * *
La genealogía óptico-lumínica de la virtud se halla ilustrada en los estoicos. Para ellos
las acciones humanas, en su valor moral, si eran conformes a la virtud, se llamaban
“katorthómata” (traducidas al latín: recta o recte facta). Si eran contrarias a la virtud se
llamaban “hamartémata”. De allí que los estoicos comparen las acciones morales virtuosas
con una línea recta... que pierde su carácter si en cualquier punto abandona su rectitud (cfr.
Cicerón, Del supremo bien y el supremo mal, libro III, 24, 25.
(24/7/91)
* * *
Cada día se hace para mí más perentorio el análisis de algunas nociones de índole
ética y política –tales como la voluntad (individual y general), el bien común, la felicidad, el
progreso, etc.– a las cuales quisiera despojar del notorio significado óptico-lumínico que
acompaña a sus conceptuaciones (y, por ende, a su restringida sintaxis antropomórfica) con
el fin de trans-formarlas en verdaderos constructos meta-técnicos.
¿Será posible y tendrá sentido semejante tarea? Se trata de una verdadera u-topía...
que, como tal, debe concebirse. Sin embargo... en ella estriba la primigenia condición de
posibilidad para superar los obnubilantes y alienantes límites a que han llegado los actuales
“sistemas” de gobierno.
Quede ello apuntado, como un simple proyecto, al caer la tarde.
(2/12/91 p.m.)
* * *
Dentro de algunas teorías políticas de inspiración liberal –especialmente en la que
sostiene la tradición norteamericana– el Bien Común es el producto o resultado del control
que ejercen los intereses sobre los intereses en el seno de una sociedad regida por el
mercado... y basada en las garantías jurídicas de la propiedad privada y la libertad del
contrato.
De más está decir que al hablar de intereses... se sobreentiende que éstos son los de
cada individuo en particular... los cuales, al actuar en contraste con otros y guiados por la
“mano invisible” que opera la trasmutante operación, provocan milagrosamente la aparición
de un “Bien Común”.
Pero además de la base taumatúrgica que subyace en la genealogía de semejante
prodigio... cabría preguntar, seriamente, lo siguiente: ¿cuáles son las “garantías jurídicas”
que sostienen a la propiedad privada... y en qué radica, además, la “libertad del contrato”?
¿Pueden existir “garantías jurídicas” para la propiedad privada... si la misma no se
protege precisamente de la hipertrofia de la misma propiedad privada? Si todo puede
transformarse en propiedad privada... ¿hasta qué límite resistirá ella la tendencia omnifágica
de los supercapitalistas?, ¿cómo puede librarse la pequeña propiedad privada de ser
absorbida por la omnipotente y violenta voracidad de los grandes monopolios?
Lo mismo cabría argumentar en relación a la “libertad” que ampara la posibilidad de
contratar. En efecto: ¿qué “libertad” le resta al contratante que, constreñido por sus
necesidades y privaciones, se ve obligado a aceptar las más inicuas condiciones para lograr
sobrevivir? ¿puede, acaso, negociar libremente... quien tiene como contraparte a una
poderosa corporación financiera de la cual depende la pérdida o el precario mantenimiento
de sus amenazados bienes?
Es imposible pensar que el Bien Común pueda surgir de estos oscuros meandros de la
codicia humana... como tampoco que el mismo sea una noción impoluta –valga decir, una
suerte de idea platónica– ajena, por completo, a cualquier contacto con semejantes
realidades.
El Bien Común, según pensamos, no es una idea en sí, una sustancia o esencia
intemporal, ni menos una entidad metafísica e hipostática, sino un constructo técnico que
debe proyectar y fabricar el hombre al modo de una instancia reguladora mediante la cual,
consciente de lo que son las necesidades humanas, trace a partir de ellas un eventual
horizonte de conjunción y/o confluencia entre las mismas... en vista de la conciencia y la
condición de ser genérico que distinguen al hombre como tal.
Ello supone, como claramente se advierte, la superación de la falsa identificación del
Yo humano con el de una mónada cerrada en sí, absoluta y autárquica, dada su infinita
omnipotencia.
En tal sentido –quede esto sólo esbozado brevemente– la proyección y construcción
del Bien Común, en cuanto producto y correlato de un hacer humano, deben quedar
enraizadas en la idea de una eventual anti-técnica, presidida por el amor o eros, tal como la
que he esbozado preliminarmente en estos mismos “Apuntes y Notas” (cfr., además,
nuestro ensayo titulado “Supranaturaleza y Meta-técnica” incluido en el libro Ratio Technica,
así como mi conferencia “Problemas éticos de la Economía Social de Mercado”).
(6/12/91)
* * *
Lo más importante de lo anterior radica en que no se le asigna a una entidad
metafísica y naturalista –como es la que sostiene y guía a la “mano invisible”– la repartición
y destino de los bienes humanos... sino que la distribución de los mismos se efectúa de
acuerdo con una racionalidad construida por el propio hombre... en vista de su condición y
conciencia de ser genérico.
Ello significa que tampoco la libertad humana se acepta como una realidad intangible
e inordenable... sino como una construcción en la que, sin negar su existencia, la sintaxis de
ella es producto de una creación racional del hombre. Es más: la libertad es creación de la
propia libertad... para hacerla, cada vez más, más humana y racional.
(6/12/91)
* * *
A fin de evitar que el “ser genérico” y/o la “conciencia genérica” del hombre se
confundan con una esencia (intemporal e inmodificable)... cfr. el “Apéndice” de nuestra
conferencia titulada “Eros y Técnica” (Ratio Technica).
(6/12/91)
* * *
Los humanos proyectos de la voluntad dominadora –legisladora, instituyente,
constructora– se sostienen y despliegan gracias al apoyo que les presta el logos ópticolumínico. Semejante universo volitivo, por eso mismo, se halla inteligibilizado y ordenado
por los cánones sintácticos que desde aquel logos se originan.
Mas, al lado de semejante modalidad volitiva, como muchas veces lo hemos
expresado en estas mismas páginas, creemos que existe y actúa (al modo de una potencia
paralela a la anterior pero de signo contrario) una voluntad de amor... cuyo telos no radica
en el dominio y correlativa obediencia que el afán de poder le impone a la alteridad... sino
en el dejar y ayudar a ser a ésta (a su dinamismo, virtualidades, energías) pro-vocando y
pro-piciando su génesis y manifestaciones.
Semejante voluntad amorosa no debe confundirse con una noluntad (noluntas,
nolitio), que es una voluntad negativa y/o una negación de la voluntad –expresada a través
de un “no querer”– sino, por el contrario, ella es una expresión volitiva de signo positivo que
potencia y plenifica las virtualidades que la alteridad alberga... mediante el concurso de su
acción donante y dadivosa.
¿Se halla la voluntad de amor inervada también por el logos óptico-lumínico... o es
privativo de ella un logos de otra índole (trans-óptico, trans-humano, etc.)... semejante al
de genealogía meta-técnica?
No consideramos procedente una identificación de este tipo. Al respecto creemos que,
tanto la voluntad dominadora como la amorosa, al igual que sus respectivos fundamentos
onto-genéticos (el afán de poder y el eros), pueden hallarse inteligibilizados y sostenidos
bien por un logos óptico-lumínico como por un logos meta-técnico (trans-óptico, transhumano, etc.)... exhibiendo, en cada caso, diversas estructuras sintácticas y alcanzando
dimensiones distintas (cfr. FMT, § 26, pág. 118 y sgs.; versión digital, pág. 111 y sgs.).
Pero de ello se derivan ingentes problemas para el autogestarse del hombre... que
otro día abordaremos.
(22/1/92)
* * *
Sólo como vislumbrada perspectiva... piénsese en la posibilidad de un “juego
cósmico”
donde
los
inter-locutores
del
lúdico
diá-logo
intentasen
des-cifrar
trans-
ópticamente los enigmas del “origen” del hombre como autogestor de sí mismo. ¿Será
posible?
(22/1/92)
* * *
En días pasados esbozaba la aparente –¿o real?– paradoja que parecería mediar
entre la tolerancia y la justicia como ejes vertebradores de la convivencia... y, en el fondo,
de la ética social. La idea ha seguido persiguiéndome... acendrando sus perfiles... conflictos
y antagonismos.
Especialmente en relación a la justicia, como tal, creo haber incurrido en una
ligereza... por no decir en un error: su absolutización intemporal, como si se tratara de un
valor cuyos rasgos y sentidos, así como su correspondiente estimativa, fuesen ahistóricos y
totalmente independientes de su inserción en el marco de una concreta y contingente
situación.
Por otra parte... deberían distinguirse diversas modalidades de justicia (vgr. moral,
política, económica, etc.)... y, en forma paralela, diversas índoles de lo justo en cuanto tal.
Absolutizar la justicia puede conducir –no sólo en el plano de lo religioso, sino en
cualquier otro plano– al dogmatismo y a la ceguera irracional... y, por tanto, al fanatismo y
la consecuente intolerancia... originando los más hórridos efectos en la convivencia humana.
Desde semejante punto de vista... valdría más evitar los términos de una confrontación
paradojal y profundizar en la vertiente de la tolerancia como posible y eventual principio
regulativo de la convivencia en general.
En contrapartida –no hay que ignorarlo– el peligro que acecha es el de asumir tan
elásticamente la tolerancia que ésta puede llegar a transformarse en pretexto o excusa
justificativa del relativismo, escepticismo o nihilismo éticos... en todos los planos y con las
nefastas consecuencias destructoras que ello implica para la propia convivencia social.
De allí que sigamos inmersos en el torbellino de la paradoja... aunque vista, desde
esta nueva perspectiva, en forma menos simple y dogmática que anteriormente. Y esto, al
menos, es un ligero avance racional.
(8/10/92)
* * *
Pero más allá de toda esta confrontación –a fin de ser consecuentes con nosotros– se
debe tener en cuenta la proposición formulada en los FMT acerca del cambio radical de una
ética antropocéntrica por una ética trans-humana y galaxial... con la consiguiente
transmutación de los valores (y/o de la índole y el sentido de éstos) que semejante cambio
implica y supone (cfr. op. cit., § 26).
¿Qué sentido tiene la justicia y lo justo, como tal, en semejante perspectiva? Las
líneas finales del citado parágrafo anuncian la perplejidad que nos embarga... preludiando el
necesario advenimiento de lo ignoto.
(8/10/92)
* * *
Muy a tono con lo anterior se halla una noticia que hoy leo al desgaire, proveniente
de la “Nasa”, fechada ayer mismo en Washington y transmitida por la Agencia Reuter, que
textualmente dice: “Una galaxia superbrillante, localizada a 2.000 millones de años-luz de la
Vía Láctea, fue ‘vista’ por científicos usando una nave espacial estadounidense, dijo ayer la
Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA). La alejada galaxia,
observada
sólo
como
una
fuente
de
poderosas
radiaciones
electromagnéticas,
es
extremadamente elíptica y emite la energía de un billón de soles (!!!). Algunos astrofísicos
creen que tal galaxia puede contener en su centro un gran agujero negro con una masa de
cien millones de soles (!!!). La galaxia es conocida sólo como PKS 2155-304” (El Nacional,
pág. A-13).
¿Qué decir de la justicia y lo justo en este escenario? ¿Cómo, desde dónde, con qué
“metro” pensarlos? ¿No debemos, acaso, extremar la tolerancia, cueste lo que cueste, para
no pecar de necios? ¿Mas debemos olvidar o ignorar que somos hombres... y obligados
estamos a buscar suelo y sustento para nuestra finitud?
¿Es vana la palabra “abismo”? ¿Es sólo un recurso, retórico y poético, hablar de
“abismamiento”? ¿O somos, estrictamente, habitantes de nuestro propio e inevadible
tiempo?
(9/10/92)
* * *
Despojar la libertad de todo antropocentrismo y antropomorfismo... desplazando su
eje hacia el cósmico caos. He aquí el más excitante desafío que puede asumir el pensar... y
sus finitas potencias.
No es, no puede ni debe ser el hombre, como tal, centro y origen de la libertad: es
sólo uno de sus vectores... sin que ella, por lo demás, se conciba como una entidad o
entelequia metafísica, dotada de sustancialidad y propulsada por finalidades, sino como
anti-fundamento del abismo y sus múltiples metaxis energéticas.
De allí que la libertad, avistada desde una perspectiva meta-técnica, deba ser privada
de todas y cada una de las subyacentes y tácitas nociones (de origen antropomórfico y
antropocéntrico) que lastran su comprensión. Términos como los de albedrío, conciencia,
voluntad,
elección,
deber,
medida,
indiferencia,
autonomía,
motivos,
móviles,
autodeterminación, etc., además de su expresa connotación óptico-lumínica, son de clara y
evidente filiación humana, valga decir, referidos (directa o indirectamente) a los límites y
acciones de la misma, a sus proyectos, a su desarrollo y a sus fines.
Pero, al igual que lo anterior, conceptos como los de causa (tanto como los
subyacentes parámetros espacio-temporales, de genealogía óptico-lumínica, donde aquél se
inscribe) han de ser modificados... si acaso no suprimidos... desnudando eo ipso a la libertad
(concebida, vgr. como causa sui o, inversamente, como necesidad derivada de un poder
absoluto o divino) de cualquier vínculo con ellos.
De manera similar, con respecto a ella, debe suprimirse la noción de un orden ópticolumínico... filiando su eventual sintaxis (o, tal vez, metaxis) a otro de diferente genealogía y
cuyo centro no sea exclusivamente el hombre (cfr. nuestra conferencia “Sabiduría,
Conocimiento, Inteligencia”).
¿Pero a dónde conduce todo lo anterior? Si se deslastra la libertad de todos sus
significados y humanos horizontes... ¿qué nos queda de ella? ¿Acaso un nóumeno... como
Kant pensaba? Pero tampoco un nóumeno –en oposición a un fenómeno inserto dentro de la
arquitectónica y despliegue de la naturaleza– puede ser la libertad. Pues si lo fuera... como
su índole no debería filiarse a la de una manifestación sensible, quedaría sin embargo
conectada a la de un mundo puramente inteligible... sostenida por la oscura e insostenible
noción de una cosa en sí dotada de “absoluta (autárquica) espontaneidad”... siendo, por
tanto, sinónima de la ya rechazada causa sui y sus criticados sostenes.
¿Adónde, pues, apuntar... si se quiere reservar para la libertad algún lugar dentro de
la onto-logía meta-técnica? Tal vez –es una simple hipótesis– al universo de las transrealidades y trans-fenómenos que, precisamente, como constructos meta-técnicos, transfinitos y trans-humanos, funcionan “como simples códigos sintácticos capaces de ordenar y
descifrar las configuraciones y condensaciones energéticas de la alteridad emitidas y/o
captadas por una mente del mismo estilo” (cfr. FMT, § 20, pág. 97; versión digital, pág. 92.
Asimismo, § 28, pág. 129; versión digital, pág. 123). Tal vez, desde semejante perspectiva,
la libertad, inscrito su eje en el cósmico caos que preside el abismo, encuentre su auténtico
sentido... incluso para el propio hombre y su racionalidad... como uno de sus vectores y
agentes de realización.
(29/11/92 6 y 30 p.m.)
* * *
Como era de esperarse... el Vaticano condenó enérgicamente –calificándola de
“inicua e inmoral”– la ley sobre eutanasia aprobada por el Senado de Holanda... arrojando
sobre ella toda una ristra de vacías argumentaciones esgrimidas por su vocero oficial, el
teólogo Gino Concetti.
“La vida –expresó solemnemente éste– es un bien, un valor inalienable e inviolable”.
Mas cabe preguntar: ¿quién pone en duda esto? Nadie... en su sano juicio. Pero lo que
realmente se debería examinar es si la vida, invariable y necesariamente, es tal “bien” y tal
“valor”... o si, por deterioro natural o cualquier otra causa, puede llegar a convertirse en
fuente de intolerable sufrimiento y degradación moral para el hombre... hasta el punto de
hacerlo perder su dignidad... ya que, privado de autodeterminación y control sobre ella, se
torna en inútil siervo del dolor. ¿O es que el hombre se halla obligado moralmente a
soportar el dolor y todas las paralelas aberraciones que consigo trae aquél... para pagar la
supuesta deuda que tiene contraída con su creador?
¿No es ello expresión de las más execrable perversión de los teócratas? ¿Qué laya de
ética defiende el teólogo Concetti?
(2/12/93 a.m.)
* * *
Se desgarran y devoran entre sí los hombres movidos por la ambición de poder. ¿Qué
hay detrás de ella? ¿Qué raíz, óntica u ontológica, la nutre y, a su vez, la moviliza?
¿Vanidad, soberbia, pretensión de dominar e imponerle obediencia a los otros? Un turbio
mundo de abisales pasiones se entrecruzan subrepticiamente en su seno... ocultándola,
desfigurándola, transmutando sus fuegos y llamas. Son como espejos, de mudos e
intangibles laberintos, que enhebran el trasfondo de la enigmática atracción que ejerce el
mando sobre el alma humana...
A trasluz veo en todo ello una desconsolada respuesta frente a la finitud –una ilusión
transcendental, diría Kant– difícil de descubrir... y, aún más, de erradicar. Su mágico
hontanar transmite fuerzas a la vida, la sostiene y afirma, le confiere aparente sentido... y la
torna llevadera.
Por ello... complejo es enjuiciar moralmente sus efectos... y valorarlos según normas
taxativas, simples y generalizadas, que ignoran o pretenden desvirtuar su genuino origen...
así como el crucial cometido que su múltiple ejercicio tiene para la existencia.
De allí el titubeo que fácilmente es advertible en el libro que escribí sobre este tema.
En efecto... la única máxima, posible y defendible, que de aquél se desprende es la de evitar
el extravío que el afán de poder propicia y potencia... sin perder jamás el dominio sobre el
mismo.
(3/12/93 a.m.)
LA EDUCACIÓN SUPERIOR:
PERPLEJIDADES Y RETOS
I
Como todas las instituciones de nuestro tiempo... la Universidad y, en general, todas
las instituciones de la Educación Superior, atraviesan actualmente por una crisis en sus
fundamentos o bases de sostén. Hasta hace pocos años semejante crisis podía explicarse
por la transformación que se había operado en algunas categorías de la racionalidad
tradicional, debido a la evolución y cambio que en esa misma racionalidad habían
introducido los naturales avances del saber tecno-científico... promoviendo, paralelamente,
la aparición de nuevos modelos inteligibilizadores y organizativos de la alteridad o realidad.
Tal fue el caso, por ejemplo, de lo ocurrido con la espacialidad del espacio... cuando
la categoría de Sustancia fue sustituida por la categoría de Función... con la consiguiente
aparición del paradigma representado por el Sistema, en tanto que expresión dinámica de
una Totalidad funcional. Semejante cambio propició e hizo posible entonces que, en lugar de
la concepción monádica sustancialista de la Universidad, se pensara que tanto ella (lo mismo
que otras instituciones educativas similares) podían y debían ser insertadas en un Sistema,
omniabarcante y funcional, que estimulara su dinámica interconexión y complementariedad.
Pero hoy sería simplemente anacrónico y desacertado considerar que la crisis de
fundamentos por la que atraviesan las instituciones educativas de nuestro tiempo –entre
ellas, en forma eminente, la Universidad y las restantes instituciones de la Educación
Superior– pueda ser abordada y explicada sólo mediante la transformación y sustitución
normal de una noción categorial por otra... tal vez más abstracta, dinámica y compleja. Al
contrario, el radical cambio que experimenta en nuestro tiempo tanto la Educación Superior
en sí, como las instituciones que la encarnan en su totalidad, se debe imputar a la intrínseca
transmutación que –por obra de la propia racionalidad técnica (ratio technica)– se
manifiesta ostensiblemente en el estilo, parámetros y finalidades de toda la racionalidad
humana... afectando no sólo a sus múltiples parcelas y productos, sino a la misma raíz
noética de aquella racionalidad, en el ámbito de sus propios fundamentos... y, por supuesto,
del instituir que desde los mismos se erige y alimenta.
Efectivamente: son los fundamentos o bases noéticas de la racionalidad humana los
que están en crisis... y semejante crisis se manifiesta en el resquebrajamiento e inutilidad
de todos los principios, categorías, nociones y conceptos que informaban al innato modelo
de la racionalidad tradicional... mediante los cuales el hombre, valiéndose de ellos como
instrumentos epistémicos y ontológicos, diseñaba y construía todas sus instituciones...
fuesen éstas educativas, sociales, económicas, morales, políticas, etc.
Ahora bien: si tales instrumentos racionales (principios, categorías, nociones y
conceptos) son los que han variado radicalmente en nuestro tiempo... semejante variación
obedece, de manera primordial, a la acción trasmutadora que sobre ellos ha recaído...
impulsada y potenciada especialmente por obra de los avances tecno-comunicacionales que
–como ejes y manifestaciones de la ratio technica– acompañan al prodigioso despliegue que
ella experimenta en nuestros propios días. Es más: la más auténtica y radical acción
innovadora de la ratio technica, ejercida a través de aquellos instrumentos, ha incidido
preeminentemente sobre las instituciones de naturaleza y finalidad educativa. ¿Por qué
motivo? Sencillamente porque la educación es, esencialmente, comunicación... y la
comunicación es, en tal sentido, medio y fin al propio tiempo del avance y despliegue de la
ratio technica.
Pero debemos explicar y desarrollar esta idea que encierra la clave y las tesis
primordiales de lo que pretendemos esbozar en esta conferencia. Para ello, intencionalmente,
formulemos la siguiente pregunta: ¿cuál ha sido la incidencia, el comportamiento y,
finalmente, el resultado de la acción ejercida por los medios tecno-comunicacionales frente a
la consistencia y funcionamiento de los parámetros espacio-temporales que actúan como
sustentos fundamentales de la realidad o alteridad en cuanto tal?
El primer resultado –producto de la disolución o evaporación que han operado los
medios tecno-comunicacionales sobre los límites sustanciales (e incluso funcionales) del
binomio espacio-temporal que sostiene y enmarca a la alteridad– ha sido la globalización,
valga decir, la posibilitación de la instantaneidad, simultaneidad o copresencia de los
mensajes a lo largo y ancho de la faz planetaria. Esto podía vislumbrarse –y así lo
enunciamos algunos de quienes nos asomamos a tal fenómeno– hace incluso 25 ó 30 años.
Pero lo que no se ha advertido en sus últimas y radicales consecuencias con total
claridad –incluso hoy– es que no se agota simplemente en aquello la acción de los medios o
instrumentos tecno-comunicacionales sobre la realidad o alteridad... sino que tales medios e
instrumentos logran incluso trans-mutar esa alteridad o realidad en una verdadera y auténtica
trans-realidad... efectiva aunque virtual... que no tiene las características ni los límites
epistemológicos y ontológicos que se le atribuían a las realidades o alteridades representadas
por la res extensa o por la res cogitans... para citar sólo aquéllas que, a tal respecto, utilizaba
Descartes como ejemplos de las mismas en tanto que cosas o substancias.
Pero esa trans-mutación de la alteridad o realidad es múltiple y diversa en sus
efectos o consecuencias... propiciando que la virtualidad de la nueva trans-realidad
construida
pueda
desplegarse
en
varias
direcciones
y
modalidades...
dotadas
de
inimaginables sentidos y sintaxis que superan, trascienden y modifican los tradicionales
límites de la realidad óptico-lumínica y del correspondiente “ver” (sensible o inteligible) que
acompañaba su estricta y reducida aprehensión, ordenación y manejo por parte exclusiva
del hombre.
En ello reside lo que hemos llamado la raíz noética de aquella primaria u originaria
realidad o alteridad... por provenir semejante raíz del verbo griego noe‹n... de donde se
derivaba el predominio del noàj
o nÒoj como sinónimo de la inteligencia, logos o razón
vidente que la aprehendía y ordenaba como realitas o cosa.
Pero es eso, precisamente, lo que hoy ha variado... o, por mejor decir, lo que ha sido
trans-mutado por los instrumentos aprehensores y ordenadores de la ratio technica.
Efectivamente: la trans-realidad puede ser, en tal sentido, no sólo de índole óptica o visual...
sino, asimismo, sónica, térmica, odorífica, magnética, etc., y la correspondiente manera de
captarla, organizarla y sintactizarla racionalmente puede ser, paralelamente, de modalidad
completamente diversa a la tradicional... trascendiendo y modificando, radicalmente, los
límites exclusivamente humanos, ópticos y lumínicos, que hasta ahora la circunscribían y
desde los cuales se decretaban su denotación, semántica y sentido.
¿Se entiende lo que ello significa? Lo que significa es que, quien maneja un
instrumento tecno-educativo, es capaz de aprehender y ponerse en contacto con múltiples
modalidades de organizar la realidad o alteridad –diversas y radicalmente distintas a las que
innatamente posee, exclusivamente, el ser humano– hallándose en situación de poderlas
ordenar y/o de traducir (valga decir: de homo-logarlas) con las modalidades sintácticas
humanas... aunque sin que aquéllas pierdan su originaria y radical peculiaridad... ni,
eventualmente, su semántica trans-humana, trans-óptica y trans-lumínica.
La educación, en tal sentido, innervada y potenciada por los instrumentos tecnocomunicacionales, es hoy en día capaz de alcanzar una magnitud y complejidad sin
precedentes en relación con los procedimientos tradicionales del enseñar y el aprender... por
no hablar, antes de tiempo, de los contenidos propios de semejante aprender y enseñar.
Al procedimiento de homo-logación mencionado lo hemos llamado (en nuestro libro
Fundamentos
de
la
Meta-técnica)
Noo-tecnia...
término
que
sintetiza
o
expresa
precisamente la tra-ducción (a las sintaxis óptico-lumínicas del hombre) de una alteridad o
realidad captada, organizada y ordenada por algunos instrumentos meta-técnicos (transópticos, trans-lumínicos y trans-humanos) que amplían, modifican y transmutan los límites
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos que circundan y determinan los rasgos y
sintaxis de la alteridad captada o aprehendida exclusivamente a través de los limitados y
congénitos sensorios del ser humano.
El hombre se encuentra, entonces, no frente a un Universo ordenado y diseñado
exclusivamente por sí y para sí –antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico– sino frente
a un Multi-verso de sintaxis capaces de inteligibilizar y ordenar la realidad o alteridad de un
modo esencial y radicalmente diferente al suyo... (enmarcado hasta ahora en los parámetros
que circunscribían el ejercicio y despliegue de la racionalidad tradicional)... capaces, por esto
mismo, de abarcar un escenario trans-óptico, trans-humano y estrictamente transracional... sin que esto, en forma alguna, pueda asimilarse a lo a-rracional ni a lo
i-rracional... por ser, en efecto, obra y producto de una ampliación y transmutación de la
propia racionalidad humana... lograda, estrictamente, mediante los instrumentos metatécnicos (especialmente, como lo hemos dicho, tecno-comunicacionales) creados por aquella
misma racionalidad.
¿Pero qué significa educar en semejante escenario? He aquí el punto a que
deseábamos arribar, como estación intermedia, en estas reflexiones.
II
Si educar es comunicar y la acción comunicativa no tiene fronteras ni límites espaciotemporales de índole óptico-lumínica... los instrumentos, funciones y finalidades de la
educación se hallan sometidos eo ipso a una trans-formación y/o trans-mutación radical en
sus bases y fundamentos. Ahora bien: ¿qué significa, en concreto, lo anterior?
Instrumentos de la educación son, entre otros, el aula y el campus donde las aulas se
asientan; el libro y las bibliotecas donde aquellos libros se depositan; el saber dividido en
parcelas que se enseña y sus correspondientes recintos simbólicos (las facultades,
divisiones, departamentos y cátedras); el profesor que ocupa un aula para dictar personal y
físicamente sus lecciones... frente a un discípulo o alumno que, igualmente, ocupa un
espacio y se encuentra allí, delante, en un determinado momento del tiempo, llenando un
singular e intransferible horizonte espacio-temporal donde tales actividades se inscriben y
realizan.
Pero si tales instrumentos se trans-forman y trans-mutan... a la par de ellos se transforma y trans-muta también, coetánea y paralelamente, el alumno o discípulo para quien
aquellas actividades se realizaban como persona real y privilegiado destinatario de las
mismas... implicando en ello al profesor o maestro como ejecutor y realizador de esas
mismas actividades.
Pero, igualmente, el sentido o significado primordial del educar (cuya etimología
latina, ex-ducere, posee un manifiesto sentido óptico-espacial) queda también modificado y
cuestionado. ¿Pues cómo –al menos maliciosamente preguntado– se puede conducir, inducir
o seducir a alguien... si no se sabe necesariamente quién es o puede ser aquel a quien se
trata de educar? ¿Y hacia dónde guiarlo... si el educar, como tal, ha perdido de antemano
todo significado o sentido óptico-espacial? ¿Qué expresa el término pensar y/o el de
pensamiento en tal contexto... y cómo puede abordarse la tarea del enseñar y/o la del
aprender a pensar a partir de lo insinuado?
Por lo cual ahora –señalada directamente la cuestión– se requiere preguntar
formalmente lo siguiente: ¿desaparece, entonces, la educación... disuelta paradójicamente
por los instrumentos tecno-comunicacionales y sus espectaculares trans-formaciones y
trans-mutaciones espacio-temporales?
Falsa inferencia sería la anterior... aunque no es fácil tarea encararse con ella y
extraer de su seno, mediante un detenido análisis, lo que en verdad resta de la misma...
potenciada y transmutada, como se ha visto, en su primitivo u originario sentido y/o
significado.
Efectivamente: no es que el educar, como tal, desaparezca... sino que, mediante la
intensa y omniabarcante explosión que han experimentado los instrumentos tecnocomunicacionales que hoy lo trans-mutan... se han posibilitado y desarrollado nuevas tecnologías docentes y discentes que no se sabe, a ciencia cierta, para qué sirven... ni cuáles son
con precisión los verdaderos y finales efectos que pueden generar.
En tal sentido, en forma laxa y empírica, se considera que todo comunicar es
sinónimo de un educar... cuando, en verdad, el mero comunicar –en tanto que se reduce a
un
simple
trans-mitir–
puede
perfectamente
perturbar
y
desnaturalizar
la
función
genuinamente educativa... si la misma a fondo se concibe y piensa. Efectivamente: transmitir, como tal, no es necesariamente formar... y, por el contrario, la simple acción transmisora de informaciones puede convertirse en sinónima de un disolver y aniquilar la genuina
función formativa que cabe asignarle al auténtico educar.
Por ello la pregunta central y reiterada de esta conferencia debe ser la siguiente:
¿qué significa educar como tal, a la altura de nuestro tiempo... y cómo pueden los
instrumentos y tecnologías comunicacionales servir a los verdaderos fines de semejante
actividad?
¿No es necesario, acaso, revisar entonces las diversas acciones de aquellos
instrumentos... y preguntarse si ellas sirven efectivamente para educar... o, al contrario,
para simplemente informar? ¿Qué radical abismo media entre ambas acciones y sus
respectivas finalidades?
III
En lugar de ser formativa... la acumulación de informaciones puede operar un efecto
desintegrador y obnubilante sobre quien la recibe... si éste no posee los necesarios
instrumentos
epistemáticos
que
posibiliten
y
promuevan
la
ordenación
de
aquella
información, valga decir, los medios para insertarla y englobarla jerárquicamente en una
totalidad o síntesis que le confiera sentido y significado, así como utilidad y aplicación en el
universo representado por el saber o conocimiento de su tiempo.
El descrito es un hecho que se inscribe en el orden del día... y cuyos efectos pueden
ya rastrearse en los más altos círculos de la actividad académica. Enchufados a sus
computadoras, absorbidos o distraídos por la marejada de mensajes que reciben a través de
la Internet, o aplastados por el peso de los conocimientos que cualquier CD-ROM puede
recoger y transmitir, muchos profesores o estudiantes viven en la falsa ilusión de creer que
el haber recibido aquella información es sinónimo de haberla asimilado y transformado en
verdadero conocimiento. Pero ni siquiera la apariencia oceánica de su erudición puede, en
estos casos, disimular la vaciedad y el caos intelectual que prevalece en los recipiendarios...
y en su fragmentario e inconexo pensar.
Mas lo dicho es sólo un rasgo tangencial y superficial del auténtico fenómeno al que
deseamos referirnos. En efecto: si el educar –en su genuina y esencial acepción– es
sinónimo del enseñar a pensar a quien aprende... ¿basta que al discente se le transmita una
efervescente vorágine de informaciones para que su pensar, además de organizar y
metodizar
aquéllas,
sea
capaz
de
combinarlas,
potenciarlas
y
transformarlas
creadoramente... extrayendo inéditos avances y desarrollos a partir de sus gérmenes?
Pero además, trascendidos, transmutados y superados los parámetros y límites
estrictamente antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos en el modelo de la
racionalidad que se extiende y prevalece cada vez más en nuestro tiempo... ¿qué significa
pensar dentro de aquella nueva racionalidad... y cuál tarea le corresponde y aguarda al
enseñar a pensar de acuerdo con sus nuevos y abiertos horizontes?
Debo confesar que una radical perplejidad me sobrecoge ante los retos que encierran
tales preguntas... acuciado por las cuales he intentado desarrollar, en los últimos quince
años, las más radicales reflexiones. Sin embargo, limitado por la índole y extensión de esta
conferencia, me reduciré a reiterar literalmente ante ustedes lo que expresé en la que fue mi
última incursión intelectual sobre cuestiones educacionales, intentada precisamente en el
inicio de aquel tiempo... y en la que hoy, como ayer, veo resumido lo esencial de su vigente
reto.
¿Cuáles pueden o deben ser las futuras tareas de la Educación Superior –me
preguntaba entonces– si gracias a la trans-mutación de la propia racionalidad humana ante
ella se abre y despliega la posibilidad de que, frente al tradicional modelo del pensar y de su
correspondiente saber, se erija la apasionante vertiente de un pensar y de un saber metatécnicos –trans-humanos, trans-ópticos y trans-finitos– que trascienda y modifique la
concepción misma de la realidad o alteridad... así como los límites antropomórficos,
antropocéntricos y geocéntricos de ella? ¿Pueden la Educación Superior y sus instituciones
permanecer indiferentes frente a un hecho de tal envergadura... que sacude los propios
fundamentos de la civilización que nos sostiene? ¿Pero cuál puede ser, entonces, la tarea
que nos aguarda a quienes pensamos en el futuro de aquella Educación... especialmente
desde aquí –valga decir, desde un Nuevo Mundo– donde lo que nos corresponde no es
simplemente imitar lo que la tradición, como tal, nos ha legado... sino crear instituciones
capaces de engendrar y potenciar lo realmente nuevo y originario de tal Mundo?
De allí que reiteradamente nos preguntemos hoy: ¿cuáles pueden o deben ser las
futuras tareas de la Educación Superior si ante ella se erige la posibilidad de un saber metatécnico y/o meta-humano? La respuesta a semejante pregunta –si se tiene en cuenta lo ya
dicho– no debe parecernos ajena ni sorprendente para nuestro tiempo... ni menos para un
Nuevo Mundo... consciente hoy, como jamás lo estuvo, de sus verdaderos desafíos y
tareas... así como de la inapreciable ventaja que le otorga su libertad frente a la tradición.
Esa tarea debería consistir en formar integralmente al hombre –a partir de una
auténtica revolución en los fundamentos de la racionalidad que nutre y sostiene su ímpetu
epistemático– a fin de que éste sea verdaderamente capaz no sólo de aprender y dominar
las sintaxis y la semántica del saber tecno-científico tradicional (valga decir, antropomórfico,
antropocéntrico y geocéntrico) sino también las de un saber meta-técnico, trans-óptico,
trans-finito y trans-humano, cuya aurora comenzamos a vivir en nuestros propios días. La
disciplina –o, mejor dicho, el conjunto de actividades teóricas y prácticas en que debe
quedar recogida y plasmada esa tarea– tal como lo he dicho... me he atrevido a designarla
con un nuevo término: la Nootecnia.
¿Pero qué es la Nootecnia en cuanto definición y cuerpo específico del indelegable
compromiso que tiene hoy por delante la Educación Superior? A fin de entenderlo y
precisarlo... comencemos, ante todo, con una suerte de taxonomía, que nos permitirá situar
y determinar brevemente los cometidos de aquél. Una vez logrado esto... profundizaremos y
esclareceremos el verdadero significado de tales cometidos.
Capítulo primordial de la meta-técnica –y/o de su específica finalidad contraria a todo
innatismo y esencialismo en referencia a los fenómenos vitales– lo constituye la bio-tecnia.
Objetivo a su vez fundamental de semejante bio-tecnia (piénsese, de nuevo, en lo que
significan los hoy conocidos experimentos de ingeniería genética) es transformar los
fenómenos de la vida sin sujeción a los límites impuestos por el plan ingénito de una
Naturaleza... concebida tal como si la misma fuese el resultado de un plan divino o
metafísico... que dotara a su funcionamiento de leyes eternas e inmutables... y asimismo,
inviolables, por su origen y consiguiente finalidad.
Un campo muy especial y significativo de la bio-tecnia lo constituye la antropo-tecnia.
Finalidad genérica de ésta –tal como se ha visto– es la de promover un cambio o
transformación en la ingénita constitución somato-psíquica del ser humano y de los límites
inherentes a la misma... trans-formando y trans-mutando eo ipso la constitución y
modalidades sintácticas de los sensorios humanos posibilitados por aquella constitución
somato-psíquica... con el fin de modificar y trascender las bases epistemológicas y
ontológicas de sus modalidades aprehensoras y sintácticas.
Mediante ello no sólo quedaría modificada la constitución del pensar y el
correspondiente saber en el hombre... sino asimismo las restricciones y motivaciones
impuestas por ese pensar y saber sobre la propia Idea que el hombre pueda formarse de sí
mismo... como producto de la influencia limitativa ejercida sobre él por tales factores.
¿Pero si la propia Idea del hombre que éste tiene de sí se estremece y flaquea... no
acontece lo mismo con los límites y las metas dentro de los cuales aquel hombre ha
insertado hasta ahora su instituir y proyectado el diseño y finalidades de todas sus
instituciones? ¿No han sido tales instituciones concebidas y construidas –sea cual fuere su
específica índole o carácter– a partir de aquella Idea y de sus finalidades paradigmáticas?
Se entiende así lo que se pretende alcanzar mediante la Nootecnia (como aplicación
regional de aquella antropo-tecnia) sobre el educar y las instituciones educativas en general.
Pues, si como se ha dicho, la Nootecnia tiene como finalidad promover una revolución en la
índole, límites y objetivos del pensar humano y de sus leyes... entonces tal Nootecnia es eo
ipso un procedimiento meta-técnico capaz de crear o producir una modalidad de logos o
pensar no-humano –trans-óptico, trans-humano, trans-finito– cuyas formas, leyes y
principios no son, en modo alguno, idénticos ni similares a los que informan y sostienen a la
innata y limitada racionalidad del logos humano... ni, por tanto, al educar que para el
modelo de semejante racionalidad se diseñe y construya.
Para lograr esa finalidad –como lo hemos explicado extensamente en nuestro libro
Fundamentos de la Meta-técnica– la Nootecnia no sólo puede recurrir a la variación,
modificación o alteración de la constitución y funcionamiento ingénitos de los sensorios
cognoscitivos del hombre, sino a la sustitución de éstos por aparatos o instrumentos en cuyo
funcionamiento pueden quedar modificados radicalmente aquellos sensorios, produciendo,
tal como hemos dicho, un logos o pensar meta-humano... cuyos correlatos se inscriben en
una paralela alteridad trans-óptica, trans-humana y trans-finita... representada por una
Supra-Naturaleza de índole también meta-técnica (cfr. op. cit., Cap. IV).
Con la Nootecnia –tal como se desprende desde esta concepción– culmina el
desarrollo de la Técnica en cuanto expresión del afán de poder que energiza al hombre.
Dirigido primariamente ese afán de poder, a través del pensar, a crear instrumentos para
dominar la alteridad... la Nootecnia, en cambio, representa la aplicación de aquel afán de
poder a su propio pensar –o, dicho en otra forma, del pensar dominante sobre sí mismo–
con el fin no sólo de trascender tal pensar, sino de potenciar el alcance y el dominio del
mismo hasta una dimensión trans-humana en la que el hombre (mediante instrumentos y
sensorios estrictamente meta-técnicos) sea capaz de acceder y aproximarse cada vez más
hacia una Supra-Naturaleza de la misma estirpe –descifrando y respetando las sintaxis
inherentes a sus peculiares y específicos logos (sean éstos odoríficos, térmicos, magnéticos,
o de cualquier otra índole)– sin que semejante operación (tra-ductora u homo-logadora) se
vea enturbiada o desfigurada por una artificial reducción antropomórfica, antropocéntrica y
geocéntrica... como la que, hasta ahora, ha prevalecido en múltiples áreas del saber tecnocientífico.
Sólo de tal manera –según lo atisbamos y creemos– la unidireccionalidad del poder y
su dominio... podrá ser sustituida por una creciente aproximación comprensiva y simpatética
a la multiplicidad de lenguajes que habitan el Cosmos... ofreciéndose con ello un campo de
inéditas y sorprendentes posibilidades para la investigación de la Vida y sus sintaxis no sólo
en nuestro planeta... sino, incluso, en un marco liberado asimismo de las ya mencionadas
fronteras antropomórficas, antropocéntricas y geocéntricas.
Si la Nootecnia tiene sentido como creación del hombre –recuérdese que nuestra
pretensión sólo es presentarla como hipótesis– las nuevas posibilidades que desde la misma
se plantean no pueden ser ajenas, por ningún respecto, a las tareas de la Educación
Superior. Propio de estas últimas sería no sólo la enseñanza y el aprendizaje de las sintaxis
y de las semánticas en que se organicen sistemáticamente los nuevos saberes nootécnicos,
sino la hermenéutica y utilización de tales saberes con la finalidad de propiciar renovados
avances, descubrimientos y desarrollos en los inéditos campos que aguardan al hombre más
allá de los dominios antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos de la alteridad.
La Nootecnia, en tal forma, representa una auténtica vía de acceso hacia una nueva
civilización, llena de insospechadas posibilidades y sorpresas para la inagotable curiosidad
intelectual del propio hombre, sin que éste se vea degradado ni empequeñecido por el
respeto y la humildad que esta nueva posición epistemática le exige a su arrogancia... y
cuyos preceptos, hoy más que nunca, debería asumir sin vacilaciones.
A quien logre penetrar en la entraña de lo que está ocurriendo en nuestro tiempo –y,
desprejuiciadamente, interprete el sentido de algunos de los fenómenos meta-técnicos que
caracterizan su faz– la tarea diseñada no puede parecerle extraña, ni menos esotérica, en
relación con los fines de la Educación Superior. Ella es, por el contrario, el verdadero reto del
futuro inminente: aquello que aguarda y reclama nuestra perentoria decisión si queremos
estar en la dirección de su curso... y desde allí presentimos lo que nuestra propia civilización
nos exige éticamente para sobrevivir y alcanzar sus más fecundas metas.
¿Qué modificaciones, cambios e innovaciones concretas implica esta auténtica
revolución de los fundamentos y bases de la propia racionalidad del hombre para la
arquitectónica de la Educación Superior? Ello sería –como es evidente– muy difícil de
exponer y más aún de justificar en esta conferencia. No obstante, cuando nos diponemos a
emprender la travesía por un camino desconocido... ¿acaso no resulta prudente que, antes
de intentar semejante aventura, tratemos de avizorar anticipadamente a dónde queremos
llegar y qué pretendemos con ello?
Es eso, precisamente, lo que hoy he intentado hacer frente a ustedes, sabiendo a
conciencia que estoy obligado a teorizar sobre el futuro sin desconocer los firmes hitos de la
tradición... pero comprometido, eso sí, en lo más hondo de mí mismo, con el advenir y la
construcción de un Nuevo Mundo.
Tusmare, abril, 1997
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
He descrito el procedimiento de la noo-tecnia como el de una disciplina cuya tarea
específica es “hacer accesibles e inteligibles (para los sentidos y el entendimiento del
hombre) los ingredientes constitutivos de la alteridad construida y organizada por el logos
meta-técnico”... a fin de “superar el hiato o abismo hylético-sintáctico entre ambas
dimensiones... posibilitando la tra-ducción entre sus respectivos sistemas y lenguajes” (FMT,
§ 6, pág. 32; versión digital, pág. 25).
Pero semejante “tra-ducción”, en lugar de entenderse en el sentido normal y
cotidiano del término, debe ser interpretada en aquél que parece avistarse desde el vocablo
alemán übersetzung, valga decir, cual una “trans-posición”... ya que, literalmente hablando,
de lo que se trata es de una trans-formación y/o trans-mutación de las posiciones
(creenciales) que sostienen, como protofundamentos dóxicos, las respectivas dimensiones
–técnicas y meta-técnicas, humanas o trans-humanas– de la alteridad.
Todo ello se encuentra perfectamente explicado en mi libro... pero lo reitero ya que
fue uno de los puntos que suscitó mayores comentarios en el diálogo de ayer... y es,
asimismo, uno de los que provoca resistencias para que se logre entender la posibilidad de
que existan algunos sistemas lingüísticos (meta-técnicos) donde puedan hallarse superadas
la afirmación y la negación en su función de ejes sintácticos.
Estoy persuadido de que, sin entender esto y vislumbrar tales posibilidades, el acceso
hacia un meta-lenguaje transfinito sería imposible. Y es de ello que depende la radical
superación de los parámetros antropomórficos y antropocéntricos que actúan como lastres
de la filosofía actual.
(9/6/90 p.m.)
* * *
Lo primordial radica en excluir de la operación “tra-ductora” de la noo-tecnia todo
sentido reduccionista... evitando asignarle como finalidad exclusiva la de trasladar
mecánicamente, al lenguaje humano, los contenidos hylético-sintácticos de otros eventuales
y posibles lenguajes (trans-humanos, meta-técnicos, etc.).
En mi libro se hallan dos indicios que descartan semejante interpretación reductora y
limitativa de la tra-ducción noo-técnica:
a) en primer lugar, el señalamiento de que ella no actúa “como vehículo de una
tra-ducción unilateral y pasiva, sino como una activa y bidireccional disciplina que inaugura
y construye un inédito universo de posibilidades susceptibles de propiciar y admitir nuevas
combinaciones y reordenaciones hylético-sintácticas... imposibles de ser alcanzadas dentro
de los ingénitos parámetros antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos de la ratio
humana”; y
b) la acotación de que el uso del propio neologismo (“nootecnia”)... “no es del todo
afortunado... ya que el prefijo ‘noo’ se encuentra emparentado con ‘noein’ (noe‹n) y éste
último designa un ver exclusivamente humano” (op. cit., ibidem).
A mi juicio... semejantes indicaciones despejan cualquier duda que pudiera existir...
si es que hace falta después de leer el título del propio parágrafo donde tales enunciados se
hallan.
(9/6/90 p.m.)
* * *
Como vías de apertura, aproximación y mensura de la alteridad espacialiforme... el
ser humano utiliza, además de los sensorios óptico-lumínicos, los sónico-auditivos, los
táctiles y térmicos, los olfativos, etc.
Ahora bien: usual y frecuente es la transformación (¿sinestésica?) de lo sónicoauditivo a lo óptico-lumínico. Una voz, una detonación, un ruido, etc., permiten que por su
intensidad,
altura,
vibración,
etc.,
pueda
el
hombre
determinar
(¿calcular?)
aproximadamente la cercanía o lejanía de la misma y/o de su fuente emisora. Es más:
mediante procedimientos tecno-científicos se pueden alcanzar aproximaciones centimetrales,
milimétricas e incluso milimilimétricas. Ejemplos de ello los proporcionan los radares o
sonares de alta resolución.
Lo mismo sucede con excitaciones o estímulos provenientes de fuentes térmicas
(mediante instrumentos metatécnicos de suma precisión como son los utilizados para guiar
la trayectoria de los misiles balísticos de largo alcance)... y no se halla lejos el día en que
sea posible construir instrumentos metatécnicos olfativos o capaces de captar ondas
magnéticas y/o de cualquier otra índole transóptica, diseñados con similar propósito que los
anteriores.
Ahora bien: la cuestión primordial que desde ello se plantea es doble y decisiva, a
saber: 1o) ¿es posible traducir y reducir lo no-óptico y/o trans-óptico (valga decir, en
general, lo trans-lumínico) al reino e imperio de lo óptico-lumínico?; y 2o) ¿o fuera de tal
reino y su imperio subsiste, irreductible, una X región o esfera de la alteridad... poseedora
de características hyléticas-morfológicas que, por su índole, son paralelamente irreductibles
a las sintaxis de naturaleza y estilo óptico-lumínicos... y, por tanto, a los cánones y
ordenamientos inteligibilizadores de la mente y la racionalidad humanas?
O expresado en forma radical: ¿puede ser la nootecnia una disciplina capaz de
descifrar y tra-ducir (homo-logar) en forma absoluta (esto es, sin residuos) todos los
posibles ordenamientos sintácticos de la alteridad... configurando una total y absoluta
racionalidad (óptico-lumínica) del universo? ¿o cabe suponer la posibilidad de que en la
alteridad subsista un inalcanzable e indescifrable reato de irreductibles sintaxis transhumanas, trans-ópticas y trans-lumínicas, que rechazan su homo-logación con las humanas?
Todo esto evoca –si a colación se trae el contexto de nuestras indagaciones sobre el
caos y el abismo– el problema de una originaria y meontológica protometaxis en los posibles
ordenamientos del logos y la alteridad... cuyas proyecciones se extienden hasta cuestiones
tan complejas como las del origen y confines del pensar.
¿No era todo ello –sin saberlo ni sospecharlo– lo que buscábamos, hace ya tantos
años, cuando nos planteábamos la reiterada y aún irresoluta pregunta “¿por qué
pensamos?”. Ahora, como entonces, era para nosotros claro que fuera de la misma debían
dejarse las oscuridades teológicas y teocratizantes, todo irracionalismo y todo misticismo,
así como todo “ismo” que pudiera desviar la estricta intención, índole y finalidad filosófica de
la búsqueda implícita en aquel preguntar.
(20/6/96 p.m.)
* * *
Es indudable que el lenguaje –sea cual fuere su modalidad, carácter, nivel y
contexto– influye decisivamente en la constitución, conformación y fines del acto social
gracias al cual se instaura la convivencia humana. Es indudable, asimismo, que semejante
convivencia (mediada por el lenguaje) establece su impronta en la relación del hombre con
su mundo; y, por último, que desde tal relación se origina el instituir humano... en sus
múltiples posibilidades racio-constructoras de la alteridad.
Pero hay un factum que yace en el fondo o fundamento mismo de todo ello: aquel
lenguaje (y, por ende, su correlativo instituir) está mediado y determinado en sus sintaxis
por la primacía, casi exclusiva y excluyente, del logos óptico-lumínico... dada la preeminente
función que éste tiene dentro de la ingénita constitución psico-somática del hombre.
No niego ni desconozco con ello la importancia y la relevante función que
legítimamente ha alcanzado la filosofía del lenguaje en nuestros días –así como sus ingentes
y decisivos aportes frente a la exhausta y reiterativa filosofía de la conciencia en sus
epigonales manifestaciones– mas, al propio tiempo, sería insincero si no señalara e hiciera
resaltar las radicales diferencias que median entre el proyecto que inauguran los FMT y los
restringidos horizontes donde se inscribe la más “avanzada” filosofía del lenguaje... atenida,
exclusivamente, a los cánones óptico-lumínicos de éste.
También la meta-técnica es una filosofía del “lenguaje”. ¿No lo testimonian así,
innumerables
veces,
estas
mismas
páginas?
Pero
el
lenguaje
del
que
se
ocupa
problemáticamente la meta-técnica es aquel que, consciente de sus raíces, vertientes y
limitaciones ingénitas (antropocéntricas, antropomórficas y geocéntricas)... se propone
alcanzar la transmutación y auto-superación de ellas mediante la instauración de un
lenguaje trans-óptico, trans-lumínico y trans-humano dotado de códigos y sintaxis
inteligibilizadoras (“ordenadoras”) del mismo estilo y origen.
El lenguaje es, en tal sentido, quizás el problema central de los FMT y así lo
atestiguan sus páginas. No en balde el término lÒgoj implica, desde sus inicios, el doble
significado de palabra y razón.
(10/12/96 p.m.)
* * *
El lenguaje, en su función y proyección simbólica, es posiblemente la institución
primordial del hombre en cuanto tal. Su raigambre y fundamentación óptico-lumínica –como
una y otra vez lo hemos repetido y demostrado en nuestras indagaciones– es absolutamente
innegable... y comprobable sin mayor esfuerzo.
Sólo a partir de la trans-mutación de semejante fundamento óptico-lumínico que
sostiene y alimenta al lenguaje humano y a sus sintaxis... gracias a los aportes que
mediante la nootecnia pueda aquél experimentar en su trans-racionalidad y paralelo transsimbolismo... podrán avizorarse las coetáneas y correspondientes trans-mutaciones que
experimentará el instituir humano, en general, en su función diseñadora y constructora de la
alteridad.
Surgirán entonces –los tiempos por venir las verán– nuevas y sorprendentes
instituciones, de diversos propósitos y alcances, en todos los planos y niveles de la alteridad
en general... modificando y transmutando eo ipso el propio quehacer del hombre en sus
raíces y finalidades. Tales instituciones, según lo avizoramos, incluirán no sólo las políticas y
económicas sino también las de índole moral y estético... por no hablar de las cosmo-lógicas
y teo-lógicas (si es que estas últimas subsisten después del cataclismo onto-epistémico que
aquella trans-mutación implica y significa).
Preludio de esta ingente y revolucionaria trans-mutación comienzan a insinuarse en
nuestros propio horizonte epocal... y así lo atestiguan los sorprendentes avances tecnocomunicacionales que, día tras día, vemos sucederse ininterrumpidamente... trastocando el
perfil y las proyecciones de las trans-realidades y trans-fenómenos que comienzan a
penetrar el tejido, contexto y sintaxis de las comunicaciones del hombre con su alteridad...
¡valgar decir, de su propio lenguaje al nivel de sus mismos fundamentos!
¿No es ello signo y anuncio de una radical y fascinante crisis en la humanización del
hombre? ¿O albergará ella, ocultos en su seno, los gérmenes de su autodestrucción? No es
nueva sobre la faz de la tierra –en tiempos parecidos a los que ahora comenzamos a vivir–
esta perplejidad y angustia...
(4/1/97 a.m.)
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