Capítulo 10 LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL EN EL TRABAJO La

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Capítulo 10
LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL EN EL TRABAJO
La cuarta dimensión universal de la experiencia humana es la dimensión espiritual, ese aspecto
de nuestra naturaleza que aspira a la unidad o conectividad. La unidad espiritual es, pues, el
cuarto cimiento de la excelencia sostenible en todas las organizaciones y empresas humanas.
Veremos que esta dimensión final es la adecuada culminación de las otras tres, las cuales
apuntala y remata.
Entre la mayoría de hombres de negocios, la unidad espiritual puede ser lo último que les
venga a la mente cuando piensan y hablan de fortalecer sus empresas. Como dijo Sócrates,
parece que cuanto menos importantes son las cosas, más hablamos de ellas, y cuanto más
importantes son, menos pensamos y hablamos sobre ellas. Pensar y hablar de la dimensión
espiritual del trabajo es fundamental.
El ser humano tiene cuatro necesidades espirituales que deben respetarse y nutrirse cada
día. No basta con que nos ocupemos de estas necesidades en casa, en la iglesia o sinagoga o
en una meditación privada o en una plegaria personal. Las necesidades profundas del
espíritu humano van mucho más allá de estos contextos limitados.
Nuestras necesidades espirituales deben cubrirse también en el trabajo que hacemos; de lo
contrario, este trabajo será una especie de travesía del desierto, más agotadora que
satisfactoria, parte de nuestras dificultades más que de nuestros objetivos. El trabajo sólo
puede ser satisfactorio y tener sentido si contribuye a resolver nuestras necesidades
espirituales más básicas.
La grandeza es un estado del espíritu.
Matthew Arnold
La profundidad del espíritu
Cuando hablo de lo espiritual, del espíritu o de la espiritualidad, no me refiero
necesariamente a creencias religiosas. Todos tenemos una dimensión espiritual en nuestra
vida, sea cual sea nuestra orientación religiosa e incluso sea cual sea la opinión que tenemos
de nosotros mismos como seres religiosos. Baptistas del sur, presbiterianos, católicos,
judíos, hindúes o musulmanes, así como agnósticos y ateos, comparten todos una dimensión
espiritual de su experiencia, tanto si la reconocen como tal como si no.
La espiritualidad trata, fundamentalmente, de dos cosas: la profundidad y la
conectividad. Cuanto más desarrollada espiritualmente esté una persona, más verá una
profundidad de sentido y de significado bajo el aspecto superficial de las cosas de nuestro
mundo. Cuanto menos sintonizada espiritualmente esté, más probable será que hombre o
mujer confundan las apariencias ilusorias y las tomen por realidades.
Platón tenía una gran metáfora para esto. Imaginen a un grupo de seres humanos que
viviera en una cueva enorme, encadenado y vuelto de cara a la pared. Detrás de esos
hombres hay una hoguera y, entre ésta y sus espaldas, se desplazan varios objetos cuyas
sombras recorren la pared. Los prisioneros de la caverna, que están mirando a la pared,
toman estas sombras por realidades. Y así transcurre su vida.
¿Qué sucedería, en cambio, nos pregunta Platón, si uno de los prisioneros se liberara de
sus cadenas, volviera la cabeza y saliera de la caverna, a la intensa luz del mundo exterior?
Al principio quizá le cegara el brillo, pero más adelante alcanzaría a ver realidades que antes
había sido incapaz de ver. Imaginen ahora que este liberado regresara a la caverna para
contar a sus compañeros lo que ha visto y para tratar de convencerlos de que le imiten. ¿Cuál
sería la reacción de los demás? ¿Le creerían? ¿Comprenderían siquiera de qué les habla?
Platón estaba convencido de que la mayoría de seres humanos de nuestro mundo vive
como esos prisioneros de la caverna, encarcelados en un reino de ilusiones engañosas y de
sombras de la realidad. El filósofo, sugería Platón, es un individuo que rompe sus cadenas y
se aventura en el mundo de la verdad real. Cuando llega de vuelta a la cueva con sus noticias
sobre el mundo auténtico, el bañado por la luz, no siempre es comprendido o creído. Y tal
cosa no debería sorprendernos. Liberarnos de ilusiones siempre es una tarea difícil. Pero es
el único camino verdadero para encontrar sentido y realización.
Uno de los mayores retos de nuestro tiempo es que demasiados de nuestros líderes
políticos y comerciales están atrapados en la cueva. Ocupados en tomar sombras por
realidades, no alcanzan a establecer unas relaciones que son cruciales para encontrar el
camino de salida. Platón consideraba que así continuarán las cosas hasta que nuestros
dirigentes se hagan filósofos, descubran lo que necesitan de verdad y, con valentía y
persistencia, aporten estas perspectivas más profundas a nuestra vida organizativa.
Las ciudades no tendrán descanso del mal, mi querido Glauco, y tampoco la raza
humana, creo, a menos que los filósofos gobiernen las ciudades como reyes, o que aquellos
a quienes hoy llamamos reyes y gobernantes estudien con aplicación y aprovechamiento las
materias filosóficas, hasta que, por decirlo de algún modo, el poder político y la filosofía se
fundan y las naturalezas distintas de quienes hoy persiguen uno con exclusión de la otra
sean por la fuerza privados de hacerlo.
Sócrates, según Platón
Adviertan lo asombrosamente modernas que resultan las ideas de Platón. ¿Cuántas
personas adoran y aspiran a la fama o a la riqueza con la errónea idea de que estas cosas, por
sí solas, les darán la felicidad? ¿Cuántas personas temen lo que nunca les sucederá o lo que,
incluso de sucederles, no podría nunca herirlos en realidad? En épocas de grandes cambios
empresariales o sociales, las sombras que pasan sobre nosotros tienden a paralizar a muchos
por miedo al futuro. Platón querría que nos liberásemos de estas ilusiones y viéramos más
profundamente las realidades de la vida.
El ejemplo del hermano Jeff
Demasiada gente toma por auténtico lo que sólo son las apariencias superficiales de su
trabajo. Pero la profundidad espiritual latente en cualquier trabajo que produce un bien de
cualquier clase es casi incalculable. Les expondré un ejemplo especialmente notorio de lo
que digo. Una de las personas de espiritualidad más refinada que he conocido nunca es el
guardián del salón Decio en la universidad de Notre Dame. Se llama Weldon Jeffries, o
«hermano Jeff» para sus amigos, entre los que se cuentan casi todos los que le han conocido.
¿De qué se ocupa un conserje? De barrer, pasar el aspirador, vaciar cubos de basura, limpiar
aseos y cristales y, de vez en cuando, reparar algún desperfecto. Por lo menos, esto es lo que
se ve. Pero sólo es la superficie. Hay otro nivel diferente, más pro-fundo. Al menos, según
e1 lo ve, el hermano Jeff crea, cuida v mantiene un ambiente en el que las personas puedan
realizar un buen trabajo. Mejora la vida laboral cotidiana de la gente El hermano Jeff ama a
los seres humanos y les aporta algo. E un guardián de almas.
¿Les parece eso un poco excesivo? Pues es rotundamente cierto. En un edificio de
oficinas lleno de cientos de doctores en filosofía, cuando alguien afronta un desafío
personal, tiene problemas en el hogar, le asaltan temores o preocupaciones de cualquier
estilo o, simplemente, necesita una chispa de energía renovada, suele descubrir con facilidad
que lo más sensato es acudir al único hombre del edificio que no terminó la educación
secundaria. El hermano Jeff silba mientras trabaja, canta, saluda a todo el mundo con una
gran sonrisa y una palabra amable:
—¿Qué tal está hoy, amigo mío?
Entonces una cara hasta aquel momento avinagrada se ilumina y responde:
—Bien, Jeff, ¿qué tal usted?
—Todo de maravilla —es la respuesta inevitable.
A esto puede seguir o no una conversación sobre casi cualquier tema imaginable, pero, si
la hay, siempre termina con una calurosa despedida:
—¡Que tenga un gran día, amigo mío!
Al hermano Jeff le gusta especialmente saludar a los miembros de la facultad a los que
conoce bien con medio versículo bíblico, con la esperanza de que le respondan
completándolo. Recuerdo con gran placer la primera mañana fría y desapacible en que se
volvió hacia mí en mitad del pasillo, recién entrado en el edificio, con estas palabras:
—Hermano Morris, éste es el día que el Señor ha hecho...
Yo pude responder de inmediato:
—¡Alegrémonos y regocijémonos en él!
Y él asintió con un atronador:
—¡Amén!
Recuerdo que sonreí, sacudí la cabeza con asombro y disfruté de una mañana mucho
mejor de la que, de otro modo, habría tenido.
Weldon Jeffries entiende, según parece, la importancia real de lo que hace. A nadie se le
ocurriría jamás situar a Jeff entre la gente menos importante del edificio. Para cualquiera que
tenga un mínimo discernimiento, puede que sea el individuo más importante de ese edificio.
En mis muchos años de trabajo en su ámbito de influencia, me he dado cuenta gradualmente
de que el hermano Jeff quizá sea una de las personas más importantes de todo el campus
universitario de Notre Dame.
Ninguna raza puede prosperar basta que aprende que tanta dignidad hay en segar un
campo como en escribir un poema.
Booker T. Washington
El hermano Jeff es feliz en su trabajo, pero no porque no tenga presentes los problemas
del mundo o porque carezca de problemas propios. Es un pensador tan dispuesto a una disquisición sobre política y acontecimientos actuales como rápido para ofrecer una sonrisa y
una buena palabra a quien esté abatido. Y no le son ajenas las dificultades. Le he visto servir
a su semejante cuando su propio hermano yacía agonizante. Y dos semanas antes de escribir
estas frases, su hijo de veintiséis años resultó muerto a tiros en South Bend, víctima inocente
de un tiroteo desde un coche. Pero Jeff aporta una profundidad espiritual a la vida que le
proporciona una poderosa perspectiva de la muerte. Las palabras de amor y de perdón que
pronunció en el funeral de su hijo no sólo eran esclarecedoras sino que incluso cambiaron la
vida de muchos de los asistentes. En sus momentos más dolorosos, este hombre reacciona y
marca una diferencia para bien en la vida de quienes están a su alrededor.
La espiritualidad es una cuestión de profundidad, la profundidad que está bajo la
superficie, el sentido y el significado que no siempre saltan a la vista. Es cuestión de
conectar con una fuente de energía personal y de esperanza positiva que sólo se encuentra
fuera de la cueva. En el trabajo, es la capacidad de cada cual de ver y hacer el trabajo real de
un modo que normalmente no se refleja en la descripción oficial de las funciones. Y es la
capacidad de enseñar a otros esta profundidad extra que, de otro modo, quizá no sepan
percibir.
Las realidades superficiales de nuestro trabajo son poco más que la espuma de una jarra
de cerveza. Es una persona insatisfecha la que se limita a aspirar la espuma y nunca alcanza
a beber plenamente el líquido. Si todos pudiéramos disfrutar de una visión más profunda de
lo que es la vida en el fondo y, por lo tanto, del trabajo que desarrollamos, si pudiéramos
liberarnos de las ilusiones que palpitan en la superficie de nuestras actividades diarias y si,
en consecuencia, pudiéramos experimentar la energía positiva que procede de dar un firme
enfoque espiritual a la vida cotidiana, encontraríamos una sensación de satisfacción y de
realización mucho mayor. Y, en relación con esto, estoy convencido de que, como resultado,
mejoraríamos nuestro trabajo no sólo en los grandes retos que afrontásemos, sino también en
los detalles pequeños y, en ocasiones, engañosamente triviales.
Ningún trabajo, hecho como es debido, resulta del todo privado. Es parte de la obra del
mundo.
Woodrow Wilson
Una de las cosas que ejecutivos, gestores o supervisores deben tener siempre en cuenta
es la creciente necesidad de ayudar a la gente que les rodea a tener esta visión más profunda
de su trabajo individual, así como de lo que hace en el mundo la empresa u organización en
conjunto. Y, por supuesto, gestores y ejecutivos serán incapaces de transmitir tal cosa si no
la sienten ellos mismos primero. Pero éste, precisamente, es el problema de muchas
compañías. Cuanto más arriba está una persona en una organización, más tentaciones hay de
perder de vista el significado espiritual de lo que sucede en favor del juego cíe cifras y
prestigio que todos hemos aprendido a jugar. Pero el dinero, el rango y los signos externos
no pueden nunca satisfacer por sí mismos. Es la orientación interna del corazón lo que marca
las diferencias en el mundo. ¿Qué hacemos y cómo lo hacemos?
Weldon Jeffries no sólo aumenta su trabajo de conserje con sus obligaciones extra como
cuidador de almas. Realiza con buen ánimo cada aspecto de su trabajo. Se vuelca en cada
tarea, por pequeña que sea, con un espíritu extraordinario. Y recoge lo que siembra. Obtiene
de cada tarea un rédito en alegría proporcional a la exuberancia, el cuidado y la atención
amorosa que pone en él. No es un actor que dramatice lo ordinario. Es una persona
completamente espiritual, capaz de ver y actuar sobre el potencial y la significación,
verdaderamente extraordinarios, que se encierran en el interior de las cosas más mundanas
que nos rodean. No sólo ve lo profundo, sino que lo vive. Y no hay trabajo productivo de
bien que carezca de tales profundidades.
Se dice que la vida es una aventura atrevida o no es nada. De nosotros depende decidir si
nos satisface estar encadenados en la cueva, contemplando las sombras en la pared, o si
insistiremos en ver y vivir plenamente al tiempo que desarrollamos nuestro trabajo diario. El
espíritu con el que enfoquemos el trabajo determinará en gran parte cuál será éste,
realmente.
Siempre es lo espiritual lo que determina lo material.
Thomas Carlyle
En el siglo XVII, el gran matemático y científico Blaise Pascal sugirió que existen tres
órdenes de realidad: el reino físico, u orden del cuerpo, el reino intelectual, u orden de la
mente, y el reino espiritual, u orden del corazón. Con demasiada frecuencia vivimos sólo en
uno o dos de estos reinos y descuidamos muchas cosas que son muy importantes para una
vida plena. Vivimos y pensamos físicamente. Lo que importa es la materia y todas las
cuantificaciones de la materia: los edificios, los coches, las casas, los reactores, y todos los
números: los órdenes, la bolsa, los márgenes, los beneficios y los porcentajes que leemos
como hojas de té para apuntar los tantos y para conocer el futuro. O vivimos y pensamos de
forma intelectual, como si los conceptos y las ideas lo fueran todo. Razonamos,
argumentamos, planificamos, urdimos y convencemos. Nos pasamos el día discurriendo. El
reino u orden que descuidamos con más facilidad, según Pascal, es, sobre todo, el más importante para todo lo que hacemos: el reino de lo espiritual, el orden del corazón. Es, en
último término, la fuente de la excelencia sostenible y de la alegría perdurable. Pero a
menudo la atascamos debido a las ocupaciones o a la tensión en el reino físico o en el
dominio intelectual. Y así nos privamos de lo que más necesitamos.
Por lo general, no hundimos lo suficiente en la realidad nuestras raíces intelectuales o
emocionales. Así, en tiempos de sequía superficial nos quedamos sin fuentes de nutrientes,
de vigor y de frescura. Las personas más desarrolladas espiritual-mente que han pasado por
este mundo tienen grandes consejos para todos nosotros. Hundid vuestras raíces
profundamente. Anclaos con fuerza al cimiento más hondo. Estableced contacto con el suelo
de todo ser. Bebed de fuentes profundas. Ésta es la única fuente de equilibrio y de armonía
duraderos, de motivación y de esperanza, de satisfacción y de realización. Ésta es la fuente
de la paz y de la ecuanimidad que los antiguos estoicos perseguían como resultado directo de
un acto de voluntad. Pero, como han descubierto los pensadores más espirituales, se trata
más bien de un asunto del corazón. Viene de lo más hondo.
La coherencia y el espíritu
El núcleo de la espiritualidad es la coherencia. El objetivo último de la dimensión
espiritual es la unidad: la coherencia o íntima integración entre nuestros pensamientos y
nuestras acciones, entre nuestras creencias y nuestras emociones, entre nosotros mismos y
los demás, entre los seres humanos y el resto de la naturaleza, entre la naturaleza toda y la
fuente de la que surge. Una coherencia sin límites. Una unidad última.
Por desgracia, vivimos tiempos de gran desunión y de profunda incoherencia entre las
personas y sus comunidades, entre razas, dentro de las familias, entre ciudadanos de a pie y
sus sistemas y representantes políticos, entre las personas que ocupan cargos
gubernamentales, entre departamentos de la misma empresa, entre maestros y rectores, entre
médicos y enfermeras, entre practicantes y asegurados, entre dirección y trabajo. Por todas
partes abunda la alienación y la mentalidad competitiva. No existe un estado del ser
espiritual, sino más bien la antítesis de lo que la espiritualidad aspira a lograr.
La filosofía india y el pensamiento hindú subrayan la profunda unicidad de todas las
cosas. El judaismo proclama la importancia de la unidad fraternal. El Nuevo Testamento
dice de Jesucristo: «En El, todo se une.» Incluso los descubrimientos de la física moderna
vuelven una y otra vez al tema de la unidad constitutiva fundamental de todas las cosas de
este mundo. Pero si no experimentamos tal unidad en nuestro despacho, en nuestra familia o
incluso en nuestra conciencia personal a un nivel pragmático, cotidiano, ¿qué ha salido mal,
entonces? ¿Y qué podemos hacer al respecto?
Para ver la coherencia que existe a nuestro alrededor, bajo las apariencias superficiales,
necesitamos liberarnos de la ilusión de una autonomía individual completa. El mundo
moderno nos estimula a buscar nuestra propia fortuna, a descubrir nuestros talentos y a
labrarnos un futuro. Las librerías de medio mundo están llenas de libros de autoayuda y de
manuales psicológicos para la autocuración y el autodominio. Siempre nos han estimulado a
pensar ante todo (si no exclusivamente) en nuestras necesidades y deseos individuales.
Como mucho, concebimos nuestra familia más inmediata como una unidad cuyo bienestar
es, al menos en principio, relativamente independiente de la fortuna y del futuro del resto de
la gente que nos rodea.
En la vida siempre resulta fácil concentrar la atención en las partes más inmediatas de un
proceso general, o entidad globalizadora, y descuidar el conjunto. Nos centramos en nuestra
carrera profesional y no la consideramos suficientemente en el contexto del conjunto que
significa nuestra vida, o cultivamos una relación sin tomar en cuenta el impacto que puede
tener en el conjunto de lo que valoramos y amamos. Afrontamos una decisión y nos
centramos en un problema inmediato sin hacer un repaso de las conexiones que existen entre
una situación específica y el conjunto general de relaciones que la sostiene.
La fragmentación, la compartimentación y una falsa sensación de autonomía son
enfermedades modernas del pensamiento y del sentimiento. Con demasiada facilidad
olvidamos la vieja máxima africana que nos advierte de que nunca llueve en una sola casa.
Lo que afecta a uno de nosotros afecta a muchos. Todos estamos interconectados en nuestro
pasado, en nuestro presente y en nuestro futuro. Somos, fundamentalmente, seres que
dependen de la comunidad, incluso cuando descuidamos reconocer y aceptar este
enraizamiento fundamental.
Cuando la pared del vecino arde en llamas, es tu propia seguridad la que está en
peligro.
Horacio
No alcanzar a ver la interconexión última de nuestras perspectivas es peligroso y, al
propio tiempo, demasiado corriente.
En todo lo que hacemos deben guiarnos las consideraciones de contexto y coherencia. El
arquitecto Eliel Saarinen ofreció una lúcida recomendación que trasciende con mucho en
ámbito de aplicación al que se dirigía en un principio: «Diseñe siempre un objeto teniendo
en cuenta el contexto en el que se va a encontrar más tarde: una silla en una sala, una
habitación en una casa, una casa en un vecindario, un vecindario en un plano urbano.» Éste
debería ser un modelo a utilizar en todos los ámbitos de nuestra vida. Todo lo que hacemos
debe concebirse en el contexto de su entorno más amplio, y éste en el del siguiente, etcétera.
Teniendo esto presente, quizá nos resulte más sencillo, en ocasiones, renunciar a nuestras
preferencias personales en algún tema por consideración a una relación más amplia. En
alguna ocasión podemos ser capaces de renunciar a defender una opinión o cierta ventaja en
beneficio de la escena general. Podemos ser más comprensivos con un colaborador si
tomamos en consideración el contexto. Y quizá seamos más sensibles en lo de romper una
relación cuando entendamos la importancia general de la coherencia respecto a lo que somos
capaces de lograr.
Las cuestiones del espíritu están relacionadas, y deben estarlo siempre, con la inquietud
por la verdad, la belleza y la bondad. La verdad es el vínculo más resistente y duradero para
cohesionar a personas y organizaciones, si es dicha siempre con amor. Las alianzas basadas
en la falsedad no pueden durar. Pero para que la verdad ejerza su efecto más poderoso en una
dirección positiva, debe ser defendida y utilizada siempre en un contexto general guiado por
un interés por la unidad última. Las verdades duras pueden y, a veces, deben decirse, pero
nunca para destruir solamente; siempre, también para construir. De modo parecido, la
belleza es un elemento de coherencia espiritual. Cuando unimos nuestro trabajo con significados y propósitos vinculados a nuestras aspiraciones más profundas, el resultado nos
parece bello en uno de los sentidos más profundos posibles. Además, un entorno de belleza
en la vida y en el trabajo facilita que las actividades que se desarrollan en él tengan más
capacidad para inspirar y fructificar en un nivel espiritual.
Por último, la bondad es propicia a las necesidades del espíritu, como veremos en el
capítulo siguiente. Asimismo, la perspectiva espiritual es la que atiende de forma más fiable
a la creación de bondad. Y aún se podría decir mucho más, en términos parecidos. La mayor
belleza en las relaciones humanas procede de la adecuada integración de verdad y bondad en
unidad. Así, existen conexiones profundas y entretejidas de múltiples formas entre los
objetivos respectivos de las cuatro dimensiones fundamentales de la experiencia humana.
Pero la mayor de ellas es la espiritual, que resulta la dimensión de lo profundo y
cohesionado.
Siempre, en nuestros tratos comerciales y en nuestras tomas de decisiones, debemos
tener presentes las conexiones. Debemos relacionar nuestros talentos y experiencias con lo
que podemos hacer por la empresa; conectar nuestros esfuerzos con los de otras personas,
con asociados con los que trabajamos normalmente y con gente de otros departamentos con
quienes podemos interactuar de forma creativa. Y, finalmente, potenciar relaciones positivas
con suministradores, vendedores y clientes. Unas relaciones que nos conducirán al futuro
con esa suerte de esfuerzo colaborador que la economía de nuestro mundo hace necesaria
hoy día.
La humanidad se ha convertido en una familia hasta tal punto que ya no podemos
asegurar nuestra propia prosperidad si no es asegurando la de todos los demás. Si deseas
ser feliz, debes resignarte a ver a los demás felices.
Bertrand Russell
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