Sebastián Edwards, El misterio de las Tanias.

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RESEÑAS
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Torres nos muestra a un ser que quiere y logra, al tocar y tocarse, al mirar y escuchar, al recordar e imaginar, al escribir y leer, reconocerse humano.
ROBERTO ONELL H.
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
SEBASTIÁN EDWARDS
EL MISTERIO DE LAS TANIAS
Santiago: Alfaguara, 2007, 374 páginas.
Con fotografía del autor, tomada por su amigo el músico chileno Beto Cuevas,
la primera solapa de este tomo resume el currículum vitae de Sebastián Edwards en
su calidad de economista, académico en la UCLA, EE.UU., y autor de numerosos
libros y artículos sobre economía latinoamericana e internacional. El resumen termina: “El misterio de las Tanias es su primera novela”. En vez de un volumen de cuentos o una novela breve, como suele ocurrir en un primerizo, Edwards (Santiago,
Chile, 1953) nos entrega un relato de extensión considerable. Es una novela que se
atreve con una historia intrincada: la realidad de las mujeres reclutadas como espías
internacionales, a fines de la década de 1960, por la inteligencia cubana. A partir de la
joven de ascendencia alemana, apodada Tania, que había formado parte de los guerrilleros del Che Guevara muertos en Bolivia, en 1967, se entrenó a un grupo de mujeres
que infiltrarían diversos círculos de poder en América Latina, para así colaborar clandestinamente con la izquierda en el contexto de la Guerra Fría. Historia de recovecos,
y cuyo narrador, en primera persona, muestra diversas coincidencias con el autor:
edad, estudios, origen, ocupación y lugar de trabajo. El volumen está dedicado a
“Victoria Isabel Edwards, con amor”, y a “María Gracia Stevenson, con agradecimientos”; esta última, uno de los personajes del relato que, por lo demás, abunda en
protagonistas de la historia latinoamericana y mundial del siglo XX: jefes de Estado,
personeros de distintos gobiernos, funcionarios y ex funcionarios de servicios de
inteligencia, artistas, intelectuales, deportistas, entre otras celebridades, que figuran
en diversos planos junto a los amigos y parientes del narrador. En la contratapa este
libro presenta comentarios tan descriptivos como elogiosos firmados por Andrés
Oppenheimer, Álvaro Vargas Llosa, Jorge Castañeda y el editor; Roberto Ampuero
hace lo propio, citado en la faja promocional. A continuación, entrego un resumen de
la novela según su división interna y, enseguida, propongo una valoración del conjunto.
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La “Primera parte: Un largo adiós” (caps. I-VI, pp. 8-75) nos presenta a un
narrador que comienza a recordar un hecho de hace cinco o seis años: la muerte de
Roberto Xavier Stevenson, Bobby, amigo de juventud, prestigioso historiador y ex
académico de UCLA y Georgetown. Se nos da, además, ciertos detalles de la coyuntura: fue en Bogotá, en septiembre de 1998, cuando el narrador estaba en Buenos
Aires; deceso extraño y probablemente inducido por aquellos a quienes Bobby incomodó con sus investigaciones acerca de las Tanias. María Gracia, hermana de Bobby,
pide al narrador encargarse a tiempo completo de averiguar lo sucedido; tras denegaciones y dudas, se inician preparativos y primeros pasos de la investigación. Con la
“Segunda parte: El misterio de las Tanias” (caps. VII-XII, pp. 77-175), entramos de
lleno en el trajín de la pesquisa: tentativas de identificación de personas a través de
datos secretos, viajes a Europa (Londres, Zurich, Moscú), entrevistas crípticas, encuentros frustrados, una golpiza al narrador por parte de desconocidos y su regreso
a Los Ángeles; mientras, éste va recordando los años juveniles de Bobby en Chile, y
enlazando ese conocimiento con sus averiguaciones recientes, no sin querer abandonar el lío en que se ha involucrado. La “Tercera parte: Final del juego” (caps. XIIIXIX, pp. 177-281) es la progresiva aclaración del cúmulo de enigmas donde estamos:
el número de Tanias, su relevancia tras el fin de la Guerra Fría, el objetivo último y
nunca declarado de este grupo de mujeres, la vigencia de los servicios de inteligencia,
los amores de Bobby y la relación de éstos con su trabajo de investigación, el nivel de
información que éste llegó a manejar, entre otros, para alcanzar un despeje que decepciona al narrador y al lector… La “Cuarta parte: El simulacro de los espejos” (caps.
XX-XXV, pp. 283-374) refiere los diversos cierres, algunos en sitios santiaguinos:
últimas andanzas, conversaciones finales, reflexiones en el asombro y en la acrecentada estima del narrador por Bobby; todo, en un decrescendo que resulta ágil, mas no
abrupto, y en el que se menciona la circunstancia en que esta narración se gestara.
El misterio de las Tanias es un relato más bien lineal, que expone con total
claridad el arquetípico motivo del viaje. Un viaje que acá no solo se desarrolla por las
tres Américas, Europa y Rusia, sino también por la historia personal en su diálogo con
la historia colectiva, y que da origen a varios relatos enmarcados. Actualizado con
tintes de novela policial, relación de viajes, diario de vida, incluso de comedia de
equivocaciones, este itinerario se cumple con el carácter desconcertante que suele
caracterizar los viajes de iniciación, con consecuencias incalculables para su vocero;
asimismo, revela en Edwards al lector sin sobrepeso de lecturas, y al administrador
atento a sus propósitos. En este sentido, la falta de un índice en la novela aproxima la
lectura al ritmo que tienen los movimientos del narrador: no hay guía; solo incitación.
Por otro lado, la voz narrativa exhibe una infinidad de gustos personales: cocteles y
platos, restoranes y hoteles, obras de arte en general, ciudades y rincones alrededor
del mundo entero. Roberto Ampuero celebra en este libro al narrador cosmopolita; un
cosmopolitismo que se muestra, pienso que de modo inevitable, y en buena hora,
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desde una perspectiva profundamente local: la de la elite chilena y latinoamericana,
tan distinta de otros cosmopolitismos. Oímos a un sibarita: el regalo y el cierto refinamiento de sus andanzas se replican en el tejido de la narración, ya que se da un sinfín
de confesiones, conjeturas e hipótesis de trabajo, donde no faltan la ocurrencia graciosa ni la nota nostálgica; puede echarse en falta, es verdad, un mayor refinamiento
en términos de minimización de pasajes más bien tópicos, que tampoco son abundantes, como sucede con ciertos finales de diálogos. Pero es notorio: Edwards se distingue en carecer de ese ánimo de evitar a toda costa los lugares comunes; un ánimo que
es lugar común tan propio, pero no exclusivo, de los autores primerizos. El autor ha
cargado sus tintas más hacia la historia que hacia su escritura; la novela será más
disfrutada, aventuro, desde el deseo de una historia que el de una conjetura. Sucede
que El misterio de las Tanias nos entretiene con otra vuelta de tuerca a la historia del
poder en nuestra América, donde, pese a todo, las personas se observan más humanas que los discursos, y el becerro de oro motiva loas y sacrificios de moros y cristianos. Al darnos un relato, entonces, con Sebastián Edwards recuperamos cierta finalidad compartida por oidores y contadores de historias: la recreación de nuestra propia historia.
ROBERTO ONELL H.
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
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