Luckmann T. (1996). Teoría de la acción social. España: Paidos 1.1

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Luckmann T. (1996). Teoría de la acción social. España: Paidos
1.1 La acción como base del mundo humano
Existen actos grandes de mayor significación, pero no todos los actos grandes hacen la
historia, algunos sí, mediante cierto encadenamiento de circunstancias, un solo acto puede
ser históricamente relevante. Si los hombres no actuaran no podrían sobrevivir como seres
individuales ni como especie. La acción no siempre hace la historia, pero hace la sociedad.
Acción es producción, reproducción y comunicación. Las sociedades son el resultado
conjunto de múltiples actos de múltiples actores, aunque muchos de estos resultados de
acciones conjuntas no eran ni deseados en cuanto tales ni siquiera previstos en general. Si la
acción humana es previsible, es sólo porque nos encontramos con decisiones típicas bajo
condiciones típicas. La acción presupone la posibilidad de la elección.
1.2 La teoría del acto como base de las ciencias sociales
La liberación de nuestra especie de la conducta instintiva es finalmente el resultado de un
salto evolutivo plurirregional; no puede ser el resultado de un suceso histórico. Los
modelos explicativos de la teoría evolucionista pasan por alto el propio interés cognoscitivo
que tenemos en las sociedades humanas. Para comprender las sociedades humanas como el
resultado de largas series de sucesos históricos que se componen de actos, se necesitan
herramientas teóricas distintas como la antropología humana, un saber histórico y una
teoría sociológica del acto que se ajuste a las características de la acción. La teoría del acto
construye el fundamento de las ciencias sociales. La teoría del acto encuentra sus orígenes
en la filosofía griega, los cuestionamientos de la Stoa sobre ¿Cómo conjugar la libertad de
elección de la acción humana con la idea de una determinación causal en el orden del
mundo?, así como también la teología cristiana de san Agustín. En el siglo XVI, la teoría de
la acción ve triunfar una orientación científica con la influencia de Nicolás Maquiavelo,
Thomas Hobbes, Adam Smith, David Ricardo, David Hume. A principios del siglo XX,
Weber sistematizó la sociología sobre la base de la teoría del acto como primera disciplina
en la historia. Weber ha ejercido sin duda el influjo más fuerte sobre el desarrollo de las
partes componentes de la teoría del acto. Alfred Schütz intenta dar a la teoría del acto
Weberiana una fuerte base fenomenológica. Weber no quiere desarrollar ningún modelo
explicativo empírico de la acción. La teoría del acto es más bien un entramado de conceptos
con cuya ayuda la acción social puede diferenciarse de otras manifestaciones distintas de la
vida, determinarse como base de todo tipo de órdenes sociales y clasificarse en función de
ciertos tipos básicos. El concepto “sentido” es de un significado decisivo para la teoría del
acto de Weber, el lo interpreta tanto en la forma de objeto gobernado por la acción, como
en la forma de objetivo que la motiva. También el sentido por el agente social determina la
acción social.
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1.3 Sobre la fundamentación fenomenológica de la teoría del acto
Alfred Schütz persigue el objetivo de basar la fundamentación de la teoría sociológica del
acto de Max Weber en cuidadosos análisis fenomenológicos sobre la construcción del
sentido en la acción social. El intento weberiano iría más allá del problema del “sentido”;
éste sólo podría resolverse satisfactoriamente por medio de un análisis fenomenológico de
la constitución del sentido en la acción. Para comprender el “análisis fenomenológico de la
constitución del sentido en la acción”, es preciso considerar más de cerca el trasfondo
filosófico. Con el giro husserliano hacia la fenomenología, comienza la moderna
fenomenología que se desarrolla con las lecciones sobre la fenomenología de la conciencia
interna del tiempo, pero después con la explicación sistemática de las ideas relativas a una
fenomenología pura y una filosofía fenomenológica.
Husserl cree que existe un gran interés por las condiciones de posibilidad de saber y de la
conciencia. Este interés se relaciono con la reflexión de que la conciencia descansaba sobre
distintos procesos de conciencia, aunque controlados y, al mismo tiempo, a distancia. El
único objeto de la fenomenología no son los objetos “reales”, sino los objetos de la
conciencia, empezando por los modos especiales de aparecerse, pero con la intención de
desvelar su estructura general, su esencia. La conciencia de los hombres es nuestro único
acceso posible a la realidad, la conciencia no es nada, sino que más bien aparece a través de
algo que se presenta como no perteneciente a la conciencia. La conciencia remite a algo
distinto de sí mismo, pertenece a su esencia que se trasciende. El carácter básico de la
conciencia es su intencionalidad. Una filosofía que tenga por objeto la conciencia es por
tanto una filosofía “trascendental”. La fenomenología no emite juicios directos sobre la
realidad, sino que describe el derecho a la realidad con que los objetos intencionales
aparecen en la conciencia. La fenomenología se sirve sistemáticamente del método de
exclusión, de la suspensión del juicio. En tanto que análisis filosófico de la conciencia, se
esfuerza por remontarse a la evidencia originaria que antecede a todo pensamiento y a toda
la filosofía: a la experiencia inmediatamente accesible de cada cual. Para pasar de la
manera especial de aparecerse de los objetos de la conciencia a su estructura general, es
válido encontrar un método que ayude a elaborar formalmente la evidencia originaria de las
experiencias inmediatas llamadas por Husserl “modos originarios de darse”. A este objeto,
debe suspenderse el juicio sobre las opiniones previas acerca del mundo y acerca de la
realidad, lo cual nos incluye a nosotros mismos en tanto que partes empíricas de la realidad.
Cuando se trata de obtener una descripción teórica exacta del núcleo de los objetos
originarios de la conciencia, debe excluirse con la mayor congruencia posible. La
suspensión del juicio de las previas opiniones, valoraciones y saberes teóricos es el primer
paso a seguir en el análisis fenomenológico. La fenomenología comienza con la descripción
de los objetos de la conciencia, al especificar completamente los modos especiales del
aparecerse. Para desvelar el núcleo “puro” de los objetos intencionales, debe desgajar capa
por capa los envoltorios concretos que rodean al núcleo en la corriente subjetiva de las
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vivencias. La intersubjetividad marca el primer lugar de todos los objetos de mi mundo: no
sólo los demás hombres. Los objetos de la conciencia responden a una estructura regular
dentro de los procesos de conciencia regularmente constitutivos, una constitución, y que
ésta puede mostrarse por medio del uso sistemático del método de suspensión del juicio.
Los objetos de la conciencia son un conjunto de pretensiones sobre la realidad,
componentes del saber, depósitos mnémicos, indicaciones de sentido y modos de darse, por
nombrar sólo los elementos estructurales más importantes de su constitución.
La fenomenología es una ciencia filosófica de la conciencia: ésta es una nada que apunta
hacia algo. El objeto de la fenomenología es describir con exactitud la construcción de los
objetos de la conciencia en las disposiciones conscienticas de todo tipo, llamándose el
procedimiento análisis constitucional. Para ello se sirve de la suspensión del juicio, a través
del cual el análisis reduce de manera gradual lo que se constituye en la conciencia.
CAPÍTULO 2. LA ACCIÓN COMO TRANSFORMACIÓN DE LA REALIDAD Y
COMO RESULTADO DE LA CONCIENCIA.
2.1 Pasión y hacer (TUN)
La realidad produce contraposición, algo que permanece en la realidad tal como es y que
siempre se hace, y que, por otro lado, algo se transforma en el curso del tiempo como por sí
mismo. Pero también hay objetos de la realidad que se resisten al cambio. Captamos el
mundo como un híbrido de lo inalterable que se nos impone y de lo alterable que
permanece abierto a nuestro actuar. Parte de la realidad permanece tal cual es, parte se
transforma por sí sola, y parte permanece o se transforma sólo cuan do hacemos o sufrimos
algo. Esta especie de saber oculto, es un saber humano general. La relación de lo
irremisible impuesto y la relación de lo disponible pertenece a la naturaleza del hombre a
hombre dentro de una misma sociedad y de una misma generación. Nadie puede modificar
el resultado temporal de sus experiencias. También está lo especialmente inalterable, los
límites de lo posible no sólo se modifican históricamente a lo largo de las generaciones,
sino a lo largo de la vida del individuo. Cada uno de nosotros viven en un círculo de
posibilidades reales en las que no sólo debe padecer la realidad. El núcleo más íntimo de
este círculo es idéntico a las posibilidades reales de todos los hombres de todos los tiempos,
o con todos los contemporáneos o con un tipo determinado de contemporáneo. Y el número
dado de posibilidades reales puede ser hasta cierto punto menor y hasta cierto punto mayor
que el de sus contemporáneos; la cantidad pertenece, por así decirlo, únicamente a un
individuo. Los límites del sector total están predeterminados en parte por la naturaleza y en
parte por la sociedad, pero, hasta cierto punto, constituyen una prolongación del individuo.
Algunas de las posibilidades reales se ajustan por sí mismas. Otras, sólo pueden adquirirse
mediante el aprendizaje o la práctica, y algunas sólo mediante severa disci
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2.2 Vivir, experimentar, actuar
Los objetos de la conciencia, representados en síntesis pasivas, se presentan en diferentes
modalidades como: percepción inmediata, recuerdo, actualización fantaseante,
representación ficticia.
Distinguimos entre un núcleo temático, representado por la conciencia actual, y un campo
temático que, envolviendo al núcleo, se compone de sedimentos y referencias con
existencia actual relevantes para el núcleo, así como un horizonte abierto en el que se
inscribe el campo temático, podemos llamar a estos núcleos temáticos vivencias. La
vivencia contiene además, tal como queremos entender aquí el concepto, no sólo la
presencia del tema, sino los elementos relevantes que a él se le “apresentan”. En todas las
vivencias se le apresentan tipos respectivos. El tipo es un complejo de elementos temáticos
mediatizado por la propia experiencia previa y por la existencia de conocimientos sociales
normalmente fijados por el lenguaje. El curso de los núcleos temáticos que se adhieren a
una vivencia aparece más finamente focalizado. Las vivencias de este tipo constituyen
evidentemente sólo una parte de todas las vivencias. Llamémoslas “experiencias”.
También las experiencias son corrientes actuales de conciencia, aunque finalmente
envueltas y caracterizadas por un mayor grado de atención. Ahora bien, carecen de todo
“sentido” en cuanto tales y tomadas por sí mismas. Nosotros recogemos este concepto en
función de algo constituido con anterioridad a la posterior aportación reflexiva de la
conciencia. El sentido de una experiencia se forma cuando el yo se dirige posteriormente a
la conciencia y cuando la pone en una relación externa por encima de su simple actualidad.
El sentido de una experiencia se constituye mediante una conexión consciente y
reflexivamente captada entre la experiencia originaria y algo distinto. El sentido, por tanto,
es una relación.
La serie de vivencias se alza por encima de la corriente de la conciencia en función de las
síntesis pasivas. Debido a las orientaciones del yo, surgen experiencias individuales en el
transcurso de las vivencias; algunas experiencias adquieren sentido con el acto reflexivo de
la conciencia. Las experiencias anticipadas se llaman proyectos; la corriente actual de
experiencias que corresponde a un proyecto se llama acción, y la acción que se ha llegado a
consumarse se llama acto. Los actos, a diferencia de las vivencias y de las experiencias
simples, no tienen lugar por sí mismos, sino que se entienden a partir de las acciones; están
“motivados”. El motivo que incentiva la experiencia actual es la consecución del fin; el fin
es la experiencia anticipada en el proyecto. El sentido actual de la acción se constituye con
la relación entre el proyecto y el flujo actual, entre la “fantasía y la realidad”. La acción
obtiene su sentido prospectivamente y lo tiene actualmente.
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CAPÍTULO 3. LA COMPRENSIÓN DE LOS ACTOS
3.1 La atribución social de la responsabilidad
Existe el axioma elemental de la posición “natural” de que otros hombres viven y
experimentan el mundo como nosotros, o, en todo caso, bajo circunstancias parecidas. La
llamamos tesis general de reciprocidad (o intercambiabilidad) de las perspectivas. La
acción no es fundamentalmente interpretable en la conducta observable. Fundamentalmente
no, ciertamente. Pero “fundamentalmente” y “en la práctica” son cosas muy distintas. En
primer lugar, siempre existe algo que depende de la manera como transcurre la experiencia
actual, la cual se dirige a un proyecto. Todos hemos “notado” que existe algún modo de
hacer cambiar el mundo, primero a través de la fantasía de los proyectos, luego en la
realidad de su ejecución, todos nosotros establecemos de algún modo relaciones fijas entre
nuestros propios proyectos y nuestra propia conducta. Según el principio de reciprocidad de
las perspectivas, sólo la inversión es consecuente: la conducta típica de los demás está de
algún modo en una relación fija con sus proyectos típicos.
Cada hombre debe establecer que su acción tiene consecuencias para los demás. Esto no
sólo a la acción, sino también a la omisión. La acción es tanto un resultado subjetivo de la
conciencia como un presupuesto objetivo para la construcción de un mundo social. Los
procesos típicos de la conducta son captados en tanto que actos y valorados moralmente,
por lo normal, con la ayuda de categorías lingüísticas. Es así como se atribuye
responsabilidad, cultural y temporalmente especificada, a algunas conductas y actos, pero a
otros no.
3.2 Actuar y comportarse
El actuar es un resultado de la conciencia, no una categoría objetiva del mundo natural.
Esto no significa que este resultado de la conciencia sea incapaz de adoptar una forma
social antes o después. Muchos de los actos de los otros hombres son accesibles como tales,
no sólo inmediata, sino también mediatamente. Lo que la acción mediatiza es la conducta;
un suceso físico en el tiempo y en el espacio que puede informar a los demás hombres que
observan este suceso sobre el hacer y el negligir, también se puede dar información al
agente mismo acerca del proceso de acción.
El agente mismo no precisa dar ninguna información mediatizada sobre su acción, sino que
él mismo la maneja en virtud de su proyecto. Sobre la percepción interna del transcurrir de
los actos, la tiene, por así decirlo, en la medida en que funciona, bajo control permanente.
Pero, al mismo tiempo, el agente es también el espectador de la acción de los demás: todos
los hombres actúan y todos los hombres experimentan la acción ajena. Podemos considerar
la relación entre la conducta y la acción desde dos puntos de vista. Según el agente y según
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el espectador. Los demás, no el agente, deciden si algo era un acto o no, qué tipo de acto
era e, incluso, si tuvo éxito o no. Entre la acción y la conducta, interpretable por el prójimo
como encarnación de la acción, existe, pues, una conexión enredada e inseparable. Es
comprensible que no sólo la acción se encarne en la conducta, sino que incluso, hasta cierto
punto, simples experiencias avisen ya en la conducta. El cuerpo del prójimo es portador de
determinados síntomas que no precisan emerger en la conciencia de dicho hombre, el
cuerpo es un campo expresivo para los procesos de conciencia del prójimo, para sus
experiencias y sus actos.
CAPÍTULO 4. ACCIÓN EN EL MUNDO Y SOBRE EL MUNDO
4.1 Pensar y obrar
Un hombre que actúa sabe que actúa, el hombre pre-proyecta aquello que sucede tal como
sucede (y cuando fracasa, comprende que lo sucedido no se corresponde a su proyecto y se
desvía de su dirección). Muchos otros hombres, además del propio agente, pueden
averiguar con cierta fiabilidad si alguien actúa o no; pueden decir qué hace el agente en
cuestión. La conducta observable del otro ofrece un mínimo de indicaciones suficientes. No
toda acción que sigue un proyecto se encarna al mismo tiempo “externamente” y, por tanto,
sabemos si es o no observable al próximo, toda acción tiene lugar en el mundo; pero de ello
no se sigue que toda acción intervenga al mismo tiempo sobre el mundo. Si el hombre no
busca transformar el mundo, puede sufrir graves consecuencias, en el caso de que su
conducta externa permita interpretar su acción interna. Las actividades que intervienen
sobre el mundo circundante, las calificamos como obrar, las actividades que discurren
esencialmente en la conciencia podemos calificarlas como pensar, el pensamiento no tiene
una forma tan fácilmente captable por el agente como lo es para el mismo que lo piensa. El
pensamiento es una acción que no puede descifrase en la conducta, y del que tampoco
puede saberse en absoluto si es una acción. La acción interna que a partir del agente había
de entenderse inequívocamente como pensamiento, a veces es descifrable en la conducta.
El pensamiento, así, no debe salir adelante sin movimiento. También se puede descifrar en
la conducta alguna no-acción. Pensar representa un modo posible de actuar por el simple
hecho de que cada uno de nosotros actúa, piensa y observa.
Para el agente, “pensar” es una acción que, sin estar movida por alguno, interviene sobre el
mundo circundante según su proyecto; para el observador, es una acción no demasiado
visible. Al revés, “actuar” es para el agente una acción que se proyecta y se realiza sobre el
mundo circundante; para el observador es una acción que interviene manifiestamente sobre
el mundo circundante y de la que supone por experiencia propia que interviene
intencionadamente sobre el mundo circundante.
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El obrar es la acción que interviene en el mundo circundante. Existe una diferencia entre
proyecto y ejecución. Actuar es, por tanto, una acción en la que el propio cuerpo se
gobierna en función de objetivos. Allí se daba el proyecto de una transformación del mundo
circundante por el agente y el movimiento corporalmente gobernado era indispensable para
el desarrollo del proyecto. Hay muchos grados intermedios entre el pensamiento puro, un
obrar en que las transformaciones del mundo circundante son o bien sólo causales o bien
insignificantes, y un obrar que transforma el mundo circundante de modo considerable o
apreciable. Todo pensamiento significa fundamentalmente una transformación del mundo,
aunque algunas transformaciones carecen completamente de importancia, nos fiamos de la
memoria de algunas experiencias con buenos resultados, así como de los conocimientos,
socialmente guiados, a nuestra disposición. Muchos hechos consisten en el obrar que sigue
al pensar y por medio del cual está motivado.
4.2 Trabajo
Aquel obrar que tiene por objeto una transformación apreciable del mundo circundante y
que juega un rol digno de atención se le llama trabajo. El trabajo no se reconoce mediante
signos externos, sino que debe ser asimismo referido a su sentido típico subjetivo e
intersubjetivo. El trabajo no es supratemporalmente comprensible, sino históricamente
comprensible; su objetividad es, justamente, una construcción social. Las transformaciones
que son consecuencias accidentales de la acción pueden perfectamente ser entendidas como
una forma de obrar, pero no pueden subordinarse al concepto de trabajo. Tampoco cuando
las consecuencias de la acción son inevitables. El concepto formal de trabajo, también
puede naturalmente aplicarse a los objetos analíticos-comparativos de sociedades que no
han desarrollado ningún concepto global respectivo para maneras determinadas de obrar.
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