El viejo Tempranillo alavés

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El viejo Tempranillo alavés:
patrimonio cultural y económico de Euskadi
texto Miguel Larreina González (Máster en Viticultura y Enología)
fotografías Mikel Arrazola
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En Rioja Alavesa nos encontramos con miles de hectáreas
de un viejo viñedo monovarietal de Tempranillo que, por
asentarse sobre un suelo pobre y tener una de las pluviometrías más bajas y una de las insolaciones más altas de la
Europa vitícola, da unos rendimientos bajos y unas calidades excelsas reconocidas hoy por los catadores internacionales más prestigiosos.
En la actualidad en muchos lugares del planeta se producen
grandes vinos tintos utilizando diversas variedades de vid.
Entre ellas está la “tempranillo”, una vinífera que ha crecido
considerablemente en su extensión cultivada en las dos últimas décadas, pasando de cincuenta mil a casi doscientas cincuenta mil hectáreas. Ese crecimiento ha estado motivado por
un reconocimiento a su calidad intrínseca por parte de técnicos
foráneos que hace unas décadas la ignoraban como una
modesta vinífera sin demasiados atributos. El ejemplo de ese
cambio de parecer lo tenemos en las recientes palabras de un
experto vitivinícola francés de la talla de Alain Huetz de Lemps
(2011): “Le tempranillo donne un vin d’une gran finesse, il viellit fort bien et il est sans aucun doute un des meilleurs cépages rouges du monde, aux côtès des bordelais cabernet sauvignon, merlot, du bourguignon pinot noir…”. Hacer hoy esta
declaración de fe tan explícita en un libro para consumo interno en el país vecino (“Vignobles et Vins de Rioja”) refleja hasta
qué punto se ha revalorizado la imagen de nuestra vinífera en
el mundo.
Esa revalorización (que tiene mucho que ver con los numerosos galardones internacionales obtenidos en los últimos lustros
por los viejos Tempranillos de Rioja Alavesa) ha hecho que
nuestra vinífera se expanda recientemente por más de treinta
Denominaciones de toda la Península y por medio mundo,
tanto en las altas planicies de tradición cerealista como en las
fértiles vegas ribereñas que hace poco producían hortalizas o
frutos diversos. La vemos en España o California, en Argentina
o Australia, en Israel o Portugal, en Francia o Chile…, en habitats y microclimas muy diferentes a los de Rioja Alavesa.
Esos cientos de miles de hectáreas de jóvenes tempranillos
parecen ocultar al humilde Tempranillo primigenio, unas pocas
miles de hectáreas del viñedo heroico labrado en la reseca
Sonsierra de Toloño-Cantabria, en esas laderas pobres y calizas
trabajadas a golpes de azada desde hace veinte generaciones.
Pero no debe de extrañarnos que pase desapercibido en algunos foros, también en nuestro país, el viejo Tempranillo alavés,
pues no supone en realidad más que el 4% del tempranillo
total (¡y escasamente el 2 por mil del viñedo mundial!). Con
esas cifras tan bajas es obvio que la valorización de nuestro
Tempranillo no puede venir de la cantidad sino de la calidad y
de la singularidad. Y esas dos características las podemos vincular a conceptos que el enófilo valora mucho como “terroir”,
“tipicidad”… y a otros conceptos más etéreos pero cada vez
más valorados, como “historia”, “tradición”… ¿Tiene Rioja
Alavesa alguno de esos atributos?
Posiblemente Rioja Alavesa y el resto de la sonsierra expresa
mejor que ninguna otra región vitícola ese concepto tan valorado por muchos expertos enólogos como es el “terroir”: un
espacio geográfico concreto, caracterizado por una geología
única, una exposición determinada y un clima singular. La
comarca es una estrecha lengua de tierra de unos cuarenta
kilómetros de longitud y unos diez kilómetros de anchura, que
se extiende entre la Sierra de Toloño-Cantabria al norte y el río
Ebro al sur, y tiene como factores más definitorios de su peculiar carácter el suelo, el clima y la topografía. Respecto al suelo,
especialmente pobre, cascajoso y muy calizo, conviene destacar que ha resultado muy difícil de trabajar hasta que se generalizaron los tractores en las últimas décadas del siglo pasado,
por lo que rendía poco grano y sólo el cultivo de una planta tan
austera como la vid conseguía ser mínimamente rentable.
Respecto al clima, hay que destacar la alta insolación y la aridez
de Rioja Alavesa (apenas caen al año en la zona baja unos 400
litros/m2, cifra sorprendente en un País Vasco en el que llueve
del doble al triple en la mayoría de su geografía). La topografía
peculiar de Rioja Alavesa, esos viñedos en ladera de exposición
sur, es una plusvalía de calidad innegable: a igualdad de condiciones nada podrá jamás igualar la calidad de un viñedo en ladera, cuando de viñedos tintos se trata.
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Todos esos factores peculiares nos permiten afirmar que Rioja
Alavesa, a diferencia de otros muchos viñedos, incluso cercanos, tiene esa plusvalía llamada “terroir”: un marco geográfico
inimitable que propicia una maduración óptima de las viníferas
tintas, lo que posibilitó, ya desde la Edad Media, una progresiva especialización en la producción de vinos tintos cuando el
resto de la región riojana era todavía un país de vinos blancos.
Plusvalía muy valorada en Francia y países de su influencia, e
ignorada en países o regiones, en general de viticultura reciente, que objetivamente no tienen “terroir”.
Pero no todo es “terroir” en Rioja Alavesa, ya que sabemos por
la Historia que el viticultor alavés del medievo tuvo mucho que
ver en cuanto a la conformación del paisaje vitícola actual: no
se conformó con ser un simple gestor de los acontecimientos
de la naturaleza, sino que se amoldó a este difícil ambiente con
el propósito de conseguir el mejor vino, el más demandado por
los consumidores vascos, y para ello seleccionó la vinífera más
adaptada a ese ambiente concreto, replantándola una y otra
vez, generación tras generación, en las mismas terrazas, en las
mismas laderas, en un proceso de selección natural indefini-
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do… Así surgió hace muchos siglos el tempranillo en Rioja
Alavesa, una vinífera que está representada hoy por los millones de cepas formadas en vaso, replantadas hace cuarenta,
cincuenta o sesenta años y cultivadas primorosamente durante todo ese tiempo, día tras día. Y siguiendo con el reconocimiento a la labor humana, debemos también tener en cuenta
que cada una de esas cepas habrá sido visitada miles de veces
a lo largo de ese periodo por algún miembro de las dos mil
familias de la comarca, gentes que las han cuidado e interpretado de forma diversa, buscando conseguir las potencialidades
máximas de cada cepa y de cada añada. Potencialidades reflejadas cada año en esas decenas de millones de racimos vendimiados a mano, con uvas de calidad excelsa que rendirán finalmente los vinos Rioja más prestigiosos.
Y otra plusvalía de Rioja Alavesa frente a otras regiones vitícolas de prestigio inmersas en el barullo de una sociedad industrial es que aquí estamos en un entorno natural, alejados de
autopistas, aeropuertos, vías férreas, polígonos industriales…
Rioja Alavesa es naturaleza pura, sin aditivos, sin maquillaje.
Así ,por ejemplo, las rapaces que sobrevuelan hoy los enclaves
de Navaridas, Villabuena, Baños… cazando parecidos conejos
o perdices a las que cazaban sus antecesores hace tres siglos
están viendo un paisaje muy similar: viñas y más viñas. ¡Qué
mayor expresión de sostenibilidad y respeto a la naturaleza!
Otra característica singular de Rioja Alavesa es el monocultivo
vitícola, la dedicación exclusiva a la viña de sus labradores.
Quien contemple desde cualquier atalaya los alrededores de
Lanciego, Elciego, Lapuebla, Samaniego… se encontrará frente a sí un paisaje absolutamente dominado por ese inmenso
mar de viñas, millones de viejas cepas retorcidas. En este sentido, no es exagerado decir que Rioja Alavesa es la región vitícola por antonomasia, pues, pese a la aparente extensión geográfica de la Denominación, el núcleo principal de la mancha
vitícola riojana del viejo Tempranillo se encuentra muy concentrado en la Rioja Alavesa y en la zona de Rioja Alta más próxima al río Ebro y la sonsierra. Si a ello añadimos otro dato
demostrable, muy relacionado con la calidad y la tipicidad,
como es que la edad media del viñedo alavés ronda los treinta
años y que casi la mitad supera los 40 años, nos resultará creíble la aseveración, casi un eslogan comercial, de que el mejor
y más viejo tempranillo del mundo está aquí: en Rioja Alavesa
y sus alrededores.
Ese carácter de excelencia que adjudicamos al viejo
Tempranillo alavés no es producto de un juicio de valor interesado o apasionado, sino que lo avalan catadores prestigiosos
como Parker, Peñín, Delgado, Proensa… o los resultados de
certámenes internacionales como el de Burdeos, Londres… La
colección de medallas de oro por kilómetro cuadrado obtenida
año tras año por los vinos elaborados con el Tempranillo de ese
triángulo mágico de la Sonsierra comprendido entre LabastidaLaguardia-Labraza no tiene parangón. La ubicación reciente de
los más importantes grupos bodegueros en esta pequeña
comarca no es una casualidad, ni un asunto de mera estética
paisajística, sino una prueba más de la calidad y excelencia del
Tempranillo alavés.
Una cualquiera de esas viejas cepas de Tempranillo encierra
una sabiduría milenaria, un know-how valiosísimo, un patrimonio cultural inimitable e irrepetible que Euskadi debe preservar
a ultranza, ya que la vitivinicultura de Rioja Alavesa es una parte
esencial de la cultura y la historia vascas. Una cualquiera de las
botellas de vino de Rioja Alavesa comercializadas en 2011 no
es un proyecto de un viticultor o de un bodeguero de nuestros
días, es un proyecto colectivo de muchas gentes y durante
mucho tiempo. Apurar esa botella es como ir leyendo con
calma los capítulos de un libro que nos hablan de la historia de
Rioja Alavesa, de sus tradiciones, de su paisaje vitícola y, en
concreto, nos hablan del hombre que plantó la viñita allá por los
años veinte y la trabajó a golpe de azadón, de su hijo que la
cuidó con esmero pasando una y otra vez el arado con el mulo
en aquellos años cincuenta de emigración, miseria y hambre en
los que la viña y el vino nada valían, de su nieto que en los años
ochenta rentabilizó el esfuerzo de sus mayores, comenzando a
embotellar su producción, y de su bisnieto, el actual responsable de la viña y la bodega, que pretende en estos años de crisis revalorizar su buen vino recordándonos que esa simple
botella encierra mucho más de lo que se ve en la etiqueta.
Porque, en definitiva, la valorización de las viñas y vinos de
Rioja Alavesa por los consumidores vascos no es sólo una
cuestión de conocimiento vitivinícola, es también una cuestión
de imaginación, una cuestión de emociones. Porque si a la
vista de una copa de Rioja Alavesa no intuimos la vieja cepa
retorcida, si no rememoramos al abuelo labrando con su mulo,
si no valoramos la dureza de la poda invernal o los esfuerzos de
una vendimia manual, si no consideramos la inversión que
supone tener la mayor concentración de barricas del mundo, si
no tenemos en cuenta la dedicación exclusiva, el respeto al paisaje y al medio ambiente, si no imaginamos el amor que va
implícito en cada racimo y en cada botella… si nos limitamos a
verlo como un vino más, producido en fértiles llanuras sin fin,
cosechado con vendimiadoras mecánicas y embotellado en
una veloz máquina, no estaremos entendiendo la gran joya que
tenemos en nuestra propia casa.
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