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Al límite: ¿Es Nicolás Maduro otro Suárez Flamerich?; por
Luis García Mora
Luis García Mora · Sunday, February 23rd, 2014
I
Se siente en las movilizaciones como la de ayer el rugido oceánico de esta República
del silencio.
Ahí. Ayer. Desbordando la avenida y la mente como una metáfora colectiva sublime,
experimentamos nuestra soledad entre la multitud para descubrir inmediatamente que
no estamos tan solos.
Somos demasiados. O casi todos. Como diría un inmenso francés existencialista en el
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París bajo el yugo alemán: Jamás fuimos tan libres como bajo la ocupación.
Como el veneno nazi (o comunista cubano, en nuestro caso es igual) se desliza hasta
nuestros pensamientos, cada pensamiento justo es una conquista. Como un aparato
represivo todopoderoso, procura constreñirnos al silencio. Cada palabra se vuelve
preciosa como una declaración de principios.
Como nos persiguen, cada ademán tiene el peso de un compromiso.
Y, como Sartre en 1944, no me refiero a la pléyade de jóvenes que en las barricadas
de la consciencia nacional están inmolándose ante la cínica y asesina ráfaga roja, que
son bañados en gasolina y amenazados con quemarlos vivos sólo por existir, por estar
ahí desafiantes, retando con su grito al destino. Nos referimos a todos los venezolanos
rebeldes que a todas horas del día y de la noche durante estos últimos quince años
han dicho No.
No.
No pasarán sobre mi consciencia. Sobre mí. Haciéndose en su desamparo y desnudez
con angustia la maldita pregunta: “¿Resistiré si me torturan?”. ¿Resistiré semejante
responsabilidad ante el desmesurado riesgo de una sanción única y enorme para
todos: la prisión, la muerte?
Sí, sentimos el veneno en el aire.
Esa opresión disimulada entre la sangre, radiotelevisada en sucesivas y atosigantes
cadenas.
Sin chance para escapar a ninguna parte mientras se cierran todos los drenajes
emocionales.
Y sólo nos queda, nos dejan, esta soledad magnífica entre esta multitud energizante,
vehemente, es decir entre mis hermanos, mis vecinos y mis amigos, mi gente. Armados
sólo con nuestras personas, con nosotros mismos.
Así que, en el fondo del desamparo más total, creo que estos Maduros y Cabellos y
hasta los hermanos Castro, le están devolviendo a uno de nuevo las ganas de vivir.
Y creo, amigo lector, que el reto bien vale la pena.
Pero, bueno, salgamos de la calle del corazón, y como dice mi amigo, metámonos en el
intestino grueso de la política.
II
¿No hay salida? ¿Un golpe? ¿O una represión tan sangrienta hasta que no quede
piedra sobre piedra hasta que esta aceleración nos desgaste? ¿O nos bañen a todos de
sangre o de cualquier cosa y nos quemen, o nos viole un maldito energúmeno con el
cañón de un fusil, como le está ocurriendo a cualquiera de nuestros jóvenes
desarmados?
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Petkoff habla de un tiempo de ratas.
Cierto.
El edificio de la República está destruido. Devastado estructuralmente. Está roto. Nos
acecha el colapso económico. Como dice Naim, y lo sabemos todos dentro y fuera de
nuestro país, el Estado dejó de funcionar. Y con él la seguridad personal y la vida.
Y la violencia te come los párpados.
Por lo que ya colocados ante las salidas posibles –y entendiendo que en este momento
de aceleración de la situación y su sorpresas las especulaciones copan nuestro marco
mental–, lo primero es parar, detener la violencia. Como lo acaba de pedir Henrique
Capriles, y la sensatez ciudadana.
Cortarla de raíz, y a quien la ejerce. Aquí no hay un golpe ni una guerra civil, aunque
el Gobierno se deslengüe en desmostarlo inútilmente a través de su roma hegemonía
comunicacional.
Como lo observa el mundo entero abismado: aquí no hay dos bandos matándose, aquí
hay un bando tiroteando al otro. Es el que tiene el poder de fuego, la organización y
las armas, las milicias, los paramilitares y el apoyo cubano.
Y si el Gobierno cree que con su hegemonía y su “blackout informativo” nadie lo ve y
lo registra para la Historia en pleno siglo de la cosmovisión digital es que, en verdad,
quienes lo asesoran no sólo desconocen en su isla el convivir democrático sino
también la revolución tecnológica, porque la represión ya está documentada.
Cortar la violencia es el mandato. Y liberar a los estudiantes tan rápido como les sea
posible, y abrirse al diálogo político.
El tiempo corre. Y si Maduro no logra solucionar el problema económico (lo sabe él, lo
saben quienes están a su alrededor, lo saben todos) el gobierno puede venirse abajo
junto con él.
Ah, pero otra cosa…
III
¿Lo puede hacer? ¿De verdad es Maduro quien lo decidirá? Y que nos disculpe, pero el
análisis pragmático de la situación debe tomar en cuenta la interrogante en boga de si
no es él hoy otro Germán Suárez Flamerich, aquél a quien en 1950, luego de la muerte
de Carlos Delgado Chalbaud, nombraron presidente los militares que habían
derrocado a Gallegos. Hasta que lo sucedió Marcos Pérez Jiménez.
Como comentaba Moisés Naím hace unos días, hoy nadie cree que Maduro sea un
agente que actúa por su criterio, sino que simplemente sigue instrucciones y que hay
muy pocas iniciativas que son tomadas por él.
Esto uno se niega a creerlo.
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Que simplemente ejecute lo que otros en el gobierno y desde Cuba le indican, sería
muy grave. Porque entonces habría que prever que para que Maduro decidiera incluir
las voces de la oposición en la necesaria toma de decisiones para solventar la terrible
crisis que atravesamos, solamente podría hacerlo tras una escisión interna, ya que
estaría en este momento inmerso entre muchas facciones en pugna.
Para los más pragmáticos aquí lo que hay es un juego muy de la FAN. Estiman que
aquí las instituciones no juegan y que cuando la gente le quite su apoyo la situación
real quedará en manos del único árbitro. ¿Es esto cierto? ¿Está tomado militarmente
el Gobierno?
El esquema ruso acaba de fracasar en Ucrania. Ese en el que los “tecnólogos
políticos” de Putin, para contrarrestar otra revolución de los colores o de terciopelo,
recurrieron a la brutalidad y a montañas de dinero y organizaciones no
gubernamentales organizadas por el Gobierno y a una manipulación de los medios de
comunicación que al parecer se queda chiquita ante la de aquí. Y sin embargo y contra
todo pronóstico, la oposición de Ucrania, con un coraje y un patriotismo a toda
prueba, acaba de terminar de desmantelar el férreo régimen de Yanukóvich.
Como dicen las agencias noticiosas, la “lógica revolucionaria” se impuso en un país
donde el poder cambia de manos a la velocidad del vértigo sin que sea aún posible
prever las consecuencias para el futuro del país y las repercusiones sobre su entorno
internacional.
Regresando a Venezuela, donde la sensatez nos debería evitar este estropicio, de
todos es sabido que es aquí y en la actualidad donde se está jugando en muchos
sentidos la sobrevivencia del régimen cubano, cuya economía en bancarrota se
mantiene a flote gracias a Venezuela, y es denuncia a cielo abierto que el gobierno
cubano está participando de manera muy importante en la organización y
entrenamiento de la represión venezolana.
Y en verdad, amigo Maduro, los casos de crueldad y salvajismo contra nuestros
jóvenes, denunciados en los últimos días, nos obligan a pensar que esto no es propio
de nosotros, poeta, de los venezolanos, y que pareciera más bien una crueldad
importada.
¿Decidirá usted detener la violencia?
¿Pondrá a los muchachos en libertad?
De cualquier manera, el único líder de la oposición que queda, Capriles (al otro usted
lo tiene en las mazmorras), ante una multitudinaria concentración objeto de otro
brutal blackout informativo, acaba de aceptar su invitación para hablar.
Así que el balón está de su lado.
¿Se decidirá a liberar a los muchachos? ¿O sigue obsesionado con otro 11 de Abril?
Recuerde usted que alguna vez fue rebelde. Que en toda la historia venezolana, jamás
los estudiantes se han acobardado ante la represión.
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Como nos recuerda Camus, un rebelde es un hombre que dice no.
Y ese ¡No! puede reventarle los oídos.
*
Cráteres
– Sería catastrófico que el Gobierno se confunda y se funda en el acabamiento de
una crisis social y política que termine por engullirlo, y se olvide de la gravedad
de la crisis económica que es la que manda y campea a sus anchas.
– Oído: “Los grupos armados políticos se constituyeron hace mucho tiempo y
están formados, algunos de ellos, por gente que al cesar los conflictos como ha
ocurrido cíclicamente, ociosos, sin tener como utilizar las armas, se afiliaron a la
delincuencia. Esto ha trastocado los antiguos valores del barrio. Bandas de
chamos de no más de 16 años de mirada nublada, oscura, de dolor, armados con
pistolas con cacerinas como “Cocosettes” y granadas de mano y un juego de
poder… Hay zonas que son un San Vicente del Caguán. Espacios de conflicto
armado a los que se les niega la posibilidad de desarrollo. Necesitamos decirles a
nuestros jóvenes que hay opciones diferentes”
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