Los debates entre los precandidatos presidenciales del PAN

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Ensayo
Los debates entre los precandidatos
presidenciales del PAN
RICARDO MÁRQUEZ
Analista político.
Según Nelson Polsby, destacado politólogo estadounidense, los modernos debates entre candidatos son
una especie de versión política de la carrera de Indianápolis: el interés de quienes los presencian radica en
observar si alguno de los participantes arde en llamas.
En más de un sentido, no le falta razón.
De manera recurrente, en los debates entre candidatos presidenciales, tanto ciudadanos como medios
de comunicación concentran su atención en la búsqueda e identificación de momentos definitorios que,
ya sea por sus aspectos sustanciales o emocionales,
marcan en forma decisiva y dramática el debate mismo y el destino de los participantes.
En 1988, en el segundo debate entre George Bush y
Michael Dukakis, la primera pregunta que le formularon al demócrata fue sobre la posición que adoptaría
en el hipotético caso de que su esposa fuera víctima
de violación y homicidio. La fría respuesta de Dukakis, carente de la emotividad e indignación personal
que requería tal cuestionamiento, marcó de manera
decisiva el resto del debate y selló definitivamente su
destino como candidato presidencial. A partir de esa
respuesta, a través de sus televisores, los estadounidenses observaron a Dukakis consumirse en el transcurso del debate en una lenta agonía de la cual nunca
se recuperaría. Tiempo después, Kitty Dukakis calificaría dicho suceso como el último clavo en el ataúd
de la campaña presidencial de su marido.1
En el año 2000, en el primer debate entre los candidatos presidenciales, en un vano intento por demeritar la imagen de Vicente Fox, contemplamos la
decisión del entonces candidato del PRI, Francisco Labastida, de inmolarse y autoflagelarse públicamente
ante millones de televidentes: “me ha llamado chaparro, mariquita, me ha dicho la vestida, me ha dicho
mandilón”. Frases inscritas ya en la posteridad político-electoral del país. Según evaluaciones de su propio equipo, dadas a conocer recientemente, la
derrota en el primer debate le costó a Labastida la
nada despreciable cantidad de seis puntos porcentuales en las preferencias electorales.2 El segundo deE S T E
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bate también lo perdió. En la opinión pública, los
resultados de ambos debates contribuyeron a generar
una dinámica política favorable al triunfo electoral
de Fox. Incluso hoy, más de cinco años después, tal
inmolación domina la imagen política de Labastida
en la memoria colectiva.
Los debates por televisión: innovación
e institucionalización
Los debates televisados entre candidatos y precandidatos a puestos de representación popular forman
parte de los complejos procesos de modernización
política y transición hacia la democracia registrados
en los últimos tres lustros en México. Los debates
públicos entre candidatos presidenciales son una importante y reciente innovación en el ámbito específico de la política electoral cuya institucionalización
en nuestro sistema electoral aún está pendiente.
La situación en la que se encuentran actualmente
los debates entre aspirantes presidenciales podría caracterizarse como eventos semiinstitucionalizados de
nuestros sistemas político y electoral, debido a que,
sin duda, ya forman parte de las estrategias, tácticas y
prácticas de la política electoral, tanto de candidatos
como de partidos políticos, y si bien aún no es posible afirmar que han sido integrados a nuestra cultura
política, el elevado nivel de aceptación que tienen en
la opinión, por un lado, confiere legitimidad política
y respaldo social a las cada vez más frecuentes convocatorias a debatir y, por otro, al incrementar los posibles costos políticos, dificulta en mayor medida las
negativas e intentos de evadir la confrontación de
propuestas e ideas a través de debates públicos. Sin
embargo, los debates entre candidatos aún no han
sido incorporados a la normatividad del sistema electoral que regula las contiendas presidenciales. No deja de ser hasta cierto punto paradójico que a pesar de
que la práctica de los debates entre candidatos inició
en procesos electorales presidenciales, su institucionalización haya avanzado más significativamente en
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procesos electorales para gobernador y presidentes municipales. Tan
sólo por mencionar un ejemplo, el año pasado, en las elecciones locales en el estado de Chihuahua, la autoridad electoral exigió a los
candidatos a la gubernatura y a las presidencias municipales su participación en, al menos, un debate público.
Existen motivos más que suficientes para asumir una posición relativamente optimista respecto a la futura institucionalización de los
debates entre precandidatos y candidatos presidenciales en nuestro
sistema electoral, y su posible consolidación como eventos relevantes e inherentes a las campañas políticas. Entre muchas otras razones,
destaca el elevado potencial de los debates televisivos para contrarrestar algunas de las más importantes deficiencias que deterioran la
fortaleza y minan la calidad de los procesos electorales contemporáneos, tales como el desinterés en las campañas políticas, el reducido
grado de información ciudadana y los cada vez menores niveles de
participación electoral.
Al contar con la capacidad para alcanzar amplias franjas del electorado, los debates televisivos entre candidatos representan importantes mecanismos para el fortalecimiento y consolidación de aspectos
fundamentales de los procesos políticos en sociedades democráticas:
promover el interés de la ciudadanía en las campañas políticas, incrementar el nivel de información política, elevar la participación
electoral y fomentar la toma de decisiones razonadas en el ejercicio
del sufragio.3
No es gratuito que con el propósito de promover que los electores
residentes fuera del territorio nacional emitan un voto informado y
razonado, el Instituto Federal Electoral recientemente haya propuesto la realización de un debate temático entre los candidatos presidenciales para ser grabado y transmitido en los lugares donde
radiquen más mexicanos interesados en participar en los comicios
presidenciales del próximo año.4
A causa fundamentalmente de lo reciente de su aparición y práctica, en nuestro país los debates televisivos forman parte de esos nuevos mecanismos y formas para el ejercicio de la política electoral
insuficientemente entendidos, tanto por candidatos como por dirigencias partidistas. El caso específico de los debates por televisión
ilustra que los cambios introducidos en las formas y mecanismos del
sistema electoral no siempre van acompañados por el desarrollo de
las habilidades y capacidades necesarias, ya sea para maximizar las
oportunidades que ofrecen, o para minimizar los riesgos que representan. Por ello, dependiendo del contexto estratégico en que se lleven a cabo, tanto los costos como los beneficios pueden ser
potencialmente muy elevados.
En 1994, por ejemplo, en el segundo debate televisivo entre candidatos presidenciales en la historia del país, en el que participaron los
aspirantes del PRI, PAN y PRD, Ernesto Zedillo, Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas, el perredista fue quien menos valoró
su importancia en los procesos electorales modernos, lo cual se expresó en un abierto desdén por la preparación rigurosa que se requiere para enfrentar con éxito este tipo de encuentros.5
Esto, sumado a cualidades personales poco apropiadas a las exiE S T E
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incluido antes un debate televisado entre precandidatos: el realizado en septiembre de 1999 con la participación de Roberto Madrazo, Francisco Labastida,
Humberto Roque y Manuel Bartlett.
Por cierto que es altamente probable que en esta
ocasión el PRI incluya nuevamente los debates entre
sus aspirantes como elementos constitutivos del proceso formal para elegir a su candidato presidencial.
Por lo pronto, Roberto Madrazo ganó ya la iniciativa a
Arturo Montiel proponiendo la realización de cinco
debates temáticos e invitándolo a acordar el formato y
las reglas correspondientes.8 Tomando en consideración que hace seis años hubo un debate televisado entre los precandidatos priistas, ahora parece
sumamente difícil que no lo haya, o que alguno de los
dos aspirantes pueda evadir su participación sin tener
que pagar un importante costo político.
En tal caso, el PAN y el PRI, así como sus respectivos
candidatos, establecerían un serio contraste con el
virtual candidato del PRD , Andrés Manuel López
Obrador, quien de manera sistemática se negó a aceptar las reiteradas convocatorias de Cuauhtémoc Cárdenas a debatir públicamente sus propuestas,
contenidas en el Proyecto alternativo de nación y Un
México para todos, respectivamente.
Es probable que los debates que sostendrán los aspirantes panistas tengan un impacto decisivo en el
resultado final de la contienda por la candidatura
presidencial de ese partido. Los debates han mostrado tener efectos importantes cuando en el proceso
electoral en que se dan coexisten: a) un elevado nivel de competitividad, o un estrecho margen de diferencia en las preferencias electorales, entre al
menos dos de los participantes; b) en segmentos significativos del electorado se generan dudas sobre el
carácter y la personalidad de alguno de los principales contendientes.9
Según la más reciente encuesta de Arcop, aplicada
entre el 27 y 31 de julio a militantes activos y adherentes panistas registrados en el padrón nacional de
ese partido, existe un empate técnico entre Santiago
Creel (37%) y Felipe Calderón (35).10 Alberto Cárdenas aparece en un lejano tercer lugar (14%). Entre
septiembre del año pasado y julio del presente, Creel
registra una pérdida de nueve puntos porcentuales en
sus preferencias, al pasar de 46 a 37%. Por el contrario, las correspondientes a Calderón presentan un incremento de la misma magnitud, al pasar de 26 a
35%. Así, aunque efectivamente existe un empate técnico entre ambos precandidatos, en el fondo la dinámica con la que llegan a los debates es claramente
gencias de los debates televisivos, propiciaron que
él y su partido tuvieran que pagar un altísimo costo
político pues, por un lado, su poco menos que desastroso desempeño en el debate significó su descenso permanente al tercer sitio en las preferencias
electorales, perdiendo toda esperanza real de alcanzar la presidencia; por otro, en el interior de su partido, el fracaso en el debate precipitó una crisis de
magnitud y gravedad tales que algunos integrantes
del equipo de campaña y del Comité Ejecutivo Nacional calificaron esa semana como la peor en la
historia del PRD.6
En contraste, Diego Fernández de Cevallos fue el
candidato que entendió mejor la importancia del
debate, se preparó más y contaba con las mejores
cualidades para aprovechar las oportunidades que
ofrecen los debates televisivos. De entrada, su participación directa en las negociaciones sobre las reglas
y el formato del debate le proporcionó una ventaja
inicial sobre Zedillo y Cárdenas, quienes enviaron
representantes. Su buen desempeño, aunado a las
deficiencias y limitaciones de los otros participantes,
le permitieron dar un significativo salto en las preferencias electorales de la ciudadanía y pasar de un lejano tercer sitio al segundo lugar, en donde se
mantendría hasta el final de la contienda presidencial de ese año.7
El contexto estratégico de los debates
entre los precandidatos panistas
Para seleccionar a su candidato presidencial, el PAN
organizó una elección primaria que incluye una primera vuelta con tres fechas de votación: septiembre
11, octubre 2 y 23. En caso de que ninguno de los
precandidatos alcance la mayoría absoluta, habría
una segunda vuelta, programada para el 6 de noviembre, donde participarían sólo los dos precandidatos
con mayor proporción de votos en la primera vuelta.
Como parte de este proceso, se acordó la realización
de dos debates entre los precandidatos panistas. El
primero se llevará a cabo en la semana previa al 11 de
septiembre y el segundo antes de la tercera fecha de
votación de la primera vuelta (octubre 23). Si fuera
necesaria la realización de la segunda vuelta, habría
un tercer y último debate.
Esta decisión del PAN representa una importante
contribución al fortalecimiento de los debates entre
precandidatos presidenciales como eventos necesarios en los procesos internos de selección de los partidos políticos. En la muy reciente historia de las
elecciones primarias en nuestro país, sólo el PRI había
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distinta, pues mientras Creel enfrenta una tendencia a
la baja, la de Calderón va al alza.
Las recientes y severas críticas a Creel aparecidas en
el semanario británico The Economist y el diario estadounidense The New York Times, expresan con claridad las dudas que la precandidatura del ex secretario
de Gobernación ha generado tanto entre la ciudadanía en general, como entre los panistas en particular.
Un suceso registrado en uno de sus actos de campaña ilustra claramente la situación que enfrenta: una
asistente le expresó: “a mí como mamá y esposa el
asunto de los casinos no me gusta para nada”.11
Así, otra de las características notorias en la precampaña de Creel es la cada vez mayor presencia de posicionamientos defensivos, motivados por la
multiplicación de cuestionamientos a su desempeño
como funcionario público. Mientras tanto, Calderón
y Cárdenas reciben críticas con menor frecuencia e intensidad, lo cual les permite centrarse en la expresión
de sus propuestas.
En estas circunstancias, los debates presentan distintas oportunidades y riesgos para los tres precandidatos panistas. Para Santiago Creel, si logra articular
una estrategia que le permita tener un buen desempeño, en particular el primer debate representa una
oportunidad invaluable para limitar la dinámica alcista de Calderón y eventualmente reestablecer el
margen de diferencia que los separaba meses atrás.
Pero si, por el contrario, no consigue tener un buen
desempeño, el beneficiario más probable de ello sería
Felipe Calderón, con lo cual no extrañaría que pasara
a ubicarse en primer sitio de las preferencias.
Como ningún otro acto de precampaña, a Calderón los debates le ofrecen la oportunidad de establecer contrastes. En las actuales condiciones, la
estrategia electoralmente más rentable para Calderón
es diferenciarse de Creel, tanto en trayectorias partidistas como en el servicio público. Y, desde luego,
también en cuanto a las respectivas propuestas. Si no
lo logra, lo más probable es que Creel repunte en las
preferencias de tal manera que quizá sea imposible
darle alcance después.
Por su parte, Cárdenas se verá obligado a buscar su
propio camino, diferenciándose tanto de Creel como
de Calderón. Sin embargo, electoralmente no es lo
mismo diferenciarse de uno que de otro. Será más fácil y rentable diferenciarse de Creel que de Calderón.
En su intento por alcanzar una identidad distinta y
propia, es más probable que Cárdenas afecte a Creel y
beneficie a Calderón; incluso sin proponérselo. Para
que Cárdenas fuera el principal beneficiario de los
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debates, tendría que combinarse un desempeño propio altamente eficaz, con actuaciones deficientes tanto de Creel como de Calderón. Este escenario, sin
embargo, no parece muy probable.
No es posible aspirar a ganar un debate sin antes
haber creado o construido las condiciones necesarias
y suficientes para ello. Hasta ahora, ninguno de los
precandidatos panistas parece haber edificado una estrategia integral en este sentido. Ésta es una de las
múltiples maneras de incrementar las posibilidades
de que, como dice Polsby, observemos a alguno de
los participantes arder en llamas.
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Cf. Schroeder, Alan, Presidencial debates. Forty Years of
High-Risk TV, Columbia University Press, Nueva York,
2000.
Cf. Cortés, Nayeli, “Haber incluido a ‘dinosaurios’ en
equipo, un error, aseguran”; El Universal, julio 1 de
2005.
Cf. Jamieson, Kathleen Hall y Adasiewicz, Christopher,
“What can voters learn from election debates?”; en Coleman, Stephen (comp.), Televised election debates. International perspectives, Macmillan Press Ltd, Londres, 2000.
Cf. Zárate, Arturo, “Quieren divulgar en el exterior debate de presidenciales”; El Universal, agosto 10 de 2005.
Cf. Dabrowski, Andrea, Perdimos la palabra, Posada, México, 1999,. pp. 59-142.
Cf. Sotomayor, Jorge, PRD. La lección de la elección. Crónica de una derrota largamente anunciada, Noriega Editores, México, 1994, pp. 78-80.
Cf. Márquez, Ricardo, “Precandidatos del PRI: el debate
televisivo”, Enfoque, suplemento dominical de Reforma,
septiembre 5 de 1999.
Cf. “Propone cinco debates Madrazo a Montiel”, Reforma, agosto 15 de 2005.
Cf. Márquez, Ricardo, “Debates Bush-Kerry, vitales para
el resultado final”, El Financiero, octubre 12 de 2004.
Cf. Velázquez, Manuel, “Repunta Felipe Calderón, dice
encuesta”, El Economista, agosto 4 de 2005.
Cf. López, Mayolo, “Siguen permisos a ex secretario”,
Reforma, agosto 14 de 2005.
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