AE Van Vogt - Los Monstruos Del Espacio

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LOS MONSTRUOS DEL ESPACIO
ALFRED E. VAN VOGT
Título Original: The Voyage of the Space Beagle,
publicado por Simon & Schuster, Nueva York.
© 1939 por Alfred E. van Vogt.
© 1955 por Editora y Distribuidora Hispano Americana, S. A.
Traducción de Ramire S. Galmieu.
Edición Digital de Arácnido.
Revisión 2.
PRÓLOGO
COLECCIÓN NEBULAE con esta traducción de una magnífica novela de Alfred E. van Vogt da
una pauta de sus características, porque en LOS MONSTRUOS DEL ESPACIO campea la
imaginación y, si se quiere, incluso la fantasía más desenfrenada, pero al mismo tiempo es una
obra muy madura, a través de la cual traslucen muchos años de estudio y que ha sido escrita, no
apresuradamente y al volar de la pluma, sino tras profundas reflexiones.
Como verá el lector, la acción se sitúa en una época futura en la que se supone que el hombre
ha adquirido los medios de realizar no tan sólo vuelos interplanetarios, sino interestelares e incluso
intergalácticos, para lo que, claro está, hay que suponer que ha encontrado la manera —
inconcebible en el estado actual de nuestros conocimientos físicos— de viajar a una velocidad
mayor que la de la luz. Toda la novela es un panorama de los peligros que en el espacio acechan a
una expedición de valientes exploradores del Universo que, a bordo de una colosal astronave,
recorren las regiones más remotas del mundo sideral.
La humanidad terrestre que se supone existe entonces, ha seleccionado para esta expedición a
hombres representativos del enorme progreso cultural y técnico conseguido. Hay físicos,
astrónomos, biólogos, químicos, psicólogos, historiadores, militares, astronautas, etc., agrupados
en distintos departamentos. Estos están al principio aislados entre sí; cuando el jefe de la expedición, en los apurados trances en que ésta se encuentra, necesita un dato que es de la competencia
de un departamento determinado lo llama a consulta y se asesora por él. Y aquí está precisamente
el fallo de la organización y la tesis exquisita de la obra, tesis que ha sido poco atendida en el
pasado, empieza a serlo en el presente y lo será cada vez más en el futuro. Es la tesis de lo que el
autor, por boca del protagonista, llama nexialismo.
El nexialismo es una especie de reacción contra la especialización exagerada. Los
conocimientos excesivamente profesionales casi siempre están deformados y pecan por
unilaterales. No es que no tengan valor; es que hay que conectarlos, unirlos por un nexo apropiado
para encauzarlos en un sentido vital eficaz.
Anatole France, en una de sus novelas, nos pinta un sabio arqueólogo, que conocía
perfectamente las tres vitrinas del museo que le estaban encomendadas. Una dama, atraída por su
gran fama, va un día a verle y le hace una consulta de algo que ella cree pertenece a su especialidad.
Sin embargo, el sabio se queda perplejo y confiesa que nada puede contestarle; sus conocimientos
terminan cien años antes de la época a la que se refiere la consulta, por lo demás elemental, de la
mencionada dama. El famoso especialista se limita, entonces, a contestarle que debe consultar al
sabio de la vitrina de al lado. ¡Cuántos sabios hay con vitrina como éste del gran novelista francés!
A. E. van Vogt nos muestra en esta obra la necesidad, que cada vez con el progreso se hará más
perentoria, de superar este estadio de rabiosa especialización.
Por esto espero, amigo lector, que cuando hagas terminado la lectura de este libro, no tan sólo
admirarás los vastos conocimientos y la asombrosa imaginación de su autor, sino también el que
los haya puesto al servicio de una tesis de filosofía práctica que aunque se nos muestre aplicada en
el futuro, ya tiene hoy plena validez.
En otras obras de COLECCIÓN NEBULAE se dará más margen a la fantasía ligera, a las
relaciones humanas y hasta al humor, pero hemos querido mostrar también cómo la literatura
futurista puede, en el tono ameno de la narración, instruir con conocimientos científicos y educar
con verdades filosóficas.
MIGUEL MASRIERA
INTRODUCCIÓN
Esta es la emocionante novela de un grupo de osados científicos que se lanzaron en la nave espacial
Beagle para explorar los secretos del universo y no tardarán en verse envueltos en una desesperada
lucha por la vida.
A incontables años de luz de la Tierra, en las remotas lejanías entre las estrellas, encontraron
fantásticas formas de vida que sobrepasaban las más horrendas pesadillas; un monstruo tentacular
y felino que se alimentaba de seres vivos; una raza de seres avimorfos con profundas facultades
hipnóticas; una Cosa malvada y aterradora que podía pasar a través de la materia sólida y trató de
hacer de la nave su hogar.
En sus desesperadas batallas contra estas fuerzas formidables los exploradores se dieron cuenta
de básicos errores en sus ciencias terrestres y cuando el único de ellos que sabía las respuestas
adecuadas se vio impedido de hacer uso de sus conocimientos, comprendió que también en el
espacio, como en la Tierra, el hombre puede ser su propio y más peligroso enemigo.
I
Coeurl rondaba de una parte a otra. La noche negra, sin luna, casi sin estrellas, iba cediendo con
pesar ante una tenue aurora rojiza que iba apareciendo por la izquierda. Era una luz vaga que no
daba la sensación de aproximarse el calor. Lentamente fue revelando un paisaje de pesadilla.
Una llanura sin vida, negra, rocosa y resquebrajada se extendía en tornó a él. Un sol rojo y
pálido se asomaba por encima del grotesco horizonte. Delgados rayos de luz se deslizaban por
entre las sombras. Y sin embargo no había todavía rastros de las criaturas de id cuya pista seguía
desde hacia cerca de cien días.
Finalmente se detuvo, helado por la realidad. Sus grandes patas delanteras se movían con
movimientos temblorosos que arqueaban sus garras afiladas. Los gruesos tentáculos que partían
de sus hombros ondulaban en el aire. Movía su gruesa cabeza de gato de un lado a otro, mientras
el pelo, que como zarcillos formaba cada oreja, vibraba frenéticamente, percibiendo la menor brisa,
cada latido del éter.
No hubo respuesta. No notó la menor vibración de su intrincado sistema nervioso. No había en
ninguna parte indicios de la presencia de las criaturas de id, su única fuente de subsistencia en
aquel desolado planeta. Desesperado, Coeurl se agachó y su enorme figura felina se diseñó sobré
la tenue y rojiza línea del horizonte como un deformado esbozo de un tigre negro en un mundo de
tinieblas. Lo que más le desalentaba era que había perdido el contacto. Poseía un equipo sensorial
que le permitía normalmente percibir la presencia orgánica a muchas millas de distancia. Se daba
cuenta que no estaba ya en estado normal. Su fracaso de toda la noche en mantener contacto
indicaba una disminución física. Era la enfermedad mortal de la cual había oído hablar. Siete veces
durante el pasado siglo había encontrado coeurls demasiado débiles para poderse mover con sus
cuerpos, por otra parte inmortales, demacrados y condenados por falta de alimento. Con ímpetu
los había destrozado sin resistencia, quitándoles la escasa cantidad de id que los mantenía aún
vivos.
Coeurl se estremeció de emoción al recordar aquellas comidas. Después lanzó un fuerte
ronquido, un ruido de reto que se propagó por el aire, despertando el eco entre las rocas, y todos
sus nervios vibraron. Era la instintiva expresión de su deseo de vivir.
Y entonces, súbitamente, se puso rígido.
Muy alto, por encima del distante horizonte, vio un diminuto punto brillante. Se acercó. Crecía
rápidamente, enormemente, convirtiéndose en una bola de metal. Se transformaba en una vasta
nave, redonda. El enorme globo, brillando como plata pulida pasó silbando por encima de Coeurl,
disminuyendo visiblemente la velocidad. Pasó por encima de la negra hilera de colinas de la
derecha, se detuvo casi inmóvil un segundo y se hundió fuera de la vista.
Coeurl salió de su asombrada inmovilidad. Con la velocidad de un tigre corrió por entre las
rocas. Sus redondos ojos negros ardían de un deseo imperativo. Sus zarcillos auriculares, pese a
sus disminuidas facultades, vibraban bajo un mensaje de id en cantidades tales que su cuerpo sintió
el sufrimiento doloroso del hambre.
El lejano sol, rojo ahora, estaba ya alto en el cielo negro y purpúreo cuando se agazapó detrás
de una masa rocosa y contempló desde sus sombras las ruinas de la ciudad que se extendía delante
de él. La plateada nave, a pesar de su tamaño, parecía pequeña en medio de aquella gran extensión
de la desierta y arruinada ciudad. Pero en torno a la nave había signos de vida, una quintaesencia
dinámica que, al cabo de un minuto, le hizo incorporarse, dominando los alrededores, volviendo a
posarse en un nido hecho por el propio peso de su cuerpo en la rocosa y resistente llanura que
empezaba abruptamente en los límites de la muerta metrópoli.
Coeurl contemplaba los seres de dos patas que habían salido del interior de la nave. Se
mantenían formando pequeños grupos al pie de una escalera que habían bajado desde una abertura
brillantemente iluminada a unos treinta metros sobre el suelo. Su garganta se ensanchaba por la
urgencia de su necesidad. Su cerebro vibraba bajo el impulso de lanzarse adelante y destrozar
aquellos seres de aspecto tan insignificante cuyos cuerpos emitían vibraciones de id.
Vagos recuerdos detuvieron este impulso cuando no era todavía más que electricidad que
brotaba de sus músculos. Era el recuerdo del remoto pasado de su raza, de máquinas que podía
destruir, de potentes energías que estaban más allá de las fuerzas de su propio cuerpo. El recuerdo
emponzoñaba las reservas de su fuerza. Tuvo tiempo de ver que aquellos seres usaban algo por
encima de sus verdaderos cuerpos, un material diáfano y reluciente que brillaba y lanzaba destellos
bajo los rayos del sol.
La astucia le hizo comprender la presencia de aquellos seres. Eran, razonó Coeurl por primera
vez, una expedición científica procedente de otra estrella. Los científicos investigarían en lugar de
destruir. Los científicos se abstendrían de matarlo, si no los atacaba. Los científicos, a su manera,
estaban locos.
Con la osadía del hambre, salió al descubierto. Vio los seres darse cuenta de su presencia. Se
volvieron y lo miraron. Los tres más cercanos a él retrocedieron lentamente hacia los grupos más
numerosos. Uno de ellos, el más pequeño del grupo, sacó una especie de barra oscura de metal de
un estuche que llevaba al lado y lo levantó con una mano.
Coeurl se asustó al ver el gesto pero saltó hacia adelante. Era ya tarde para retroceder.
Elliot Grosvenor permaneció donde estaba, en la retaguardia, cerca de la pasarela. Iba
acostumbrándose a estar en el fondo. Como único nexialista a bordo del Space Beagle había sido
ignorado durante meses enteros por los especialistas que no entendían claramente lo que era el
nexialismo, y les importaba muy poco, además. Grosvenor tenía sus planes de rectificar este punto.
Hasta entonces, la oportunidad de ponerlos en práctica no se había presentado.
El comunicador de la pieza principal de su alojamiento en la nave del espacio cobró de repente
vida. Un hombre se rió ligeramente y dijo: «Personalmente no quiero correr riesgos con una cosa
tan grande.»
Al oír la voz, Grosvenor reconoció la de Gregory Kent, jefe del departamento de química.
Físicamente pequeño, Kent tenía una gran personalidad. Contaba a bordo con muchos amigos y
personas adictas y había ya anunciado su candidatura a director de la expedición en las próximas
elecciones. De todos los hombres que estaban frente al monstruo que se aproximaba, Kent era el
único que había sacado un arma. Permanecía de pie, acariciando el alargado instrumento metálico.
Se oyó otra voz. El tono era más profundo y más tranquilo. Grosvenor reconoció que pertenecía
a Hal Morton, director de la expedición. Morton decía: «Esta es una de las razones por las cuales
está usted en la nave, Kent, para que deje usted muy pocas cosas al azar.»
Era un comentario amistoso. Ignoraba que Kent había puesto ya su candidatura contra él como
director de la nave. Desde luego, hubiera podido ser calificado de virtuosismo político incidental,
el hacer creer a espectadores cándidos que Morton no tenía ninguna mala voluntad a su rival.
Grosvenor no dudaba del hecho que el director era capaz de tal sutileza. Había juzgado a Morton
como un nombre astuto, razonablemente honrado y muy inteligente, que solucionaba la mayor
parte de las situaciones con un ingenio automático.
Grosvenor vio que Morton avanzaba un poco, colocándose delante de los demás. Su
voluminoso cuerpo hinchaba la indumentaria transparente de metalita. Desde su posición, el
director veía la felina bestia acercarse a través de la llanura rocosa. Los comentarios de los demás
jefes de departamento llegaban a los oídos de Grosvenor a través del comunicador.
—Me desagradaría profundamente encontrar a este animalito en una avenida una noche oscura.
—No sea tonto. Es evidentemente un ser inteligente. Probablemente un individuo de la clase
gobernante.
—Su desarrollo físico —dijo una voz que Grosvenor reconoció como la de Siedel, el
psicólogo—, sugiere una adaptación animal al medio ambiente. Por otra parte, el hecho de
acercarse a nosotros no es un acto animal sino de un ser inteligente que se da cuenta de nuestra
inteligencia. Habrán ustedes notado cuán lentos son sus movimientos. Esto indica precaución y
conocimiento de nuestras armas. Me gustaría poder examinar el extremo de estos tentáculos que
tiene en los hombros. Si terminan en forma de apéndices quiroformes o ventosas de succión
podemos empezar por deducir que es un descendiente de los habitantes de esta ciudad.
Hizo una pausa y concluyó:
—Nos sería de gran ayuda poder establecer comunicación con él. A primera vista, sin embargo,
yo diría que ha degenerado hasta un estado primitivo.
Coeurl se detuvo al encontrarse todavía a tres metros de los seres más próximos. La necesidad
de id amenazaba dominarlo. Su cerebro lo arrastraba hasta aquel feroz límite del caos del cual le
costaba un terrible esfuerzo apartarse. Tenía la sensación que su cuerpo se bañaba en un líquido
fundido. Su visión era borrosa.
La mayoría de los hombres se acercaron a él. Coeurl vio que lo estaban examinando con
atención y curiosidad. Sus labios se movían bajo los cascos transparentes que llevaban. Su forma
de intercomunicación (supuso que esto era lo que sentía) llegaba a él con una frecuencia que estaba
dentro de sus capacidades de percibir. Los mensajes carecían de significado. En su esfuerzo por
mostrarse amistoso lanzó al aire su nombre por medio de los zarcillos de sus oídos, señalándose a
sí mismo al propio tiempo con uno de los tentáculos curvados.
Una voz que Grosvenor no reconoció dijo:
—He captado una especie de estática en mi radio cuando ha agitado esos pelos, Morton. ¿Cree
usted...?
—Es posible —dijo el director respondiendo la inacabada pregunta—. Esto es asunto suyo,
Gourlay. Si habla por medio de ondas de radio, podemos quizá crear una especie de código para
entendernos con él.
El uso del nombre que había hecho Morton identificó al que había hablado. Era Gourlay, jefe
de comunicaciones. Grosvenor, que estaba registrando la conversación, estuvo contento. La
llegada del animal podía permitirle grabar en sus oídos todas las voces de los demás hombres
importantes de la nave. Lo había intentado hacer desde el principio.
—¡Ah! —dijo Siedel, el psicólogo—, los tentáculos terminan en una ventosa de succión. Con
tal que el sistema nervioso sea suficientemente complejo podría, con un poco de entrenamiento,
operar cualquier máquina.
—Me parece que haríamos mejor en entrar y almorzar —dijo el director Morton—. Después
tenemos trabajo. Quisiera hacer un estudio del desarrollo científico de esta raza, y particularmente
quiero saber qué la ha aniquilado. En la Tierra, en los tiempos primitivos anteriores a la civilización
galáctica, una cultura después de otra alcanzó su cúspide y se derrumbó. Siempre brotaba otra
nueva de su polvo. ¿Por qué no puede haber ocurrido esto aquí? Cada departamento tendrá
asignado su campo especial de investigación.
—¿Y el gatito? —dijo alguien—. Me parece que quiere venir con nosotros.
Morton se echó a reír, y dijo con mayor seriedad:
—Me gustaría que hubiese algún medio de llevárnoslo sin tener que capturarlo a la fuerza. Kent,
¿qué le parece a usted?
El pequeño químico movió decisivamente la cabeza.
—Esta atmósfera tiene un contenido superior de cloro que de oxígeno. Nuestro oxígeno sería
como la dinamita para sus pulmones.
Grosvenor veía claramente que aquel ser felino no había tenido en cuenta este peligro. Vio al
monstruo seguir a los dos primeros hombres por la escalera y entrar por la gran puerta.
Los hombres miraban a Morton que levantó una mano hacia ellos y dijo:
—Abran el segundo compartimiento y dele una bocanada de oxígeno. Eso lo curará.
Un momento después la asombrada voz del director resonó con fuerza en el comunicador.
—¡Vaya, que me lo expliquen! ¡No nota la diferencia! Esto demuestra que no tiene pulmones,
o por lo menos que no es el cloro lo que éstos usan. Puede apostar a que entra. Smith, todo esto es
un tesoro para un biólogo..., bastante inofensivo si nos andamos con cuidado. ¡Qué metabolismo!
Smith era un hombre alto, delgado y huesudo con un rostro triste y alargado. Su voz,
inusitadamente fuerte por su aspecto, resonó en el comunicador de Grosvenor.
—En los diversos viajes de exploración en que he tomado parte, sólo he visto dos formas
elevadas de vida. Las que dependen del cloro y las que necesitan oxigeno, los dos elementos que
mantienen la combustión. He oído vagos informes acerca de una forma de vida a base de
respiración de flúor, pero no he visto todavía ningún ejemplo. Apostaría casi mi reputación a que
jamás un organismo complicado podría adaptarse a la utilización conjunta de ambos gases.
Morton, no debemos dejar que este ser se marche, si podemos evitarlo.
—Me parece que tiene bastantes ganas de quedarse —dijo el director Morton, echándose a reír
y ponién...
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