antinomias del culto

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J. A. JUNGMANN, S.I.
ANTINOMIAS DEL CULTO
La imagen ideal del culto cristiano sólo es posible en el equilibrio de las tensiones que
le son esenciales. Tensiones divergentes que se estudian en esta segunda parte que
extractamos del artículo del P. Jungmann.
Sens et problèmes du culte, Nouvelle Revue Théologique, 82 (1960), 823-39.
(Publicado también en el volumen Der KUlt und der heutige Mensch, Herausgegeben
von Mich. Schmaus, Ed. Max Hueber, Manchen, 1961)
Libertad y formulación
En el culto nos reencontramos con lo que, en otros niveles de la teología, se ha llamado
lo legal y lo carismático.
Porque, por una parte, el culto ha de ser adoración y servicio de Dios. Comporta, pues,
necesariamente, una exigencia de cordial espontaneidad, de vida siempre renovada y sin
trabas. Pero a la vez es una adoración comunitaria. Exigirá también fijación en fórmulas
y normas adaptadas a todos. La oración litúrgica no podrá dejarse incontrolada al
arbitrio personal de cada fiel. Habrá de tener una cierta estilización y contención de
sentimientos que la adapte a toda la comunidad orante.
De hecho, en los comienzos de la Iglesia las oraciones litúrgicas podían ser compuestas
según las circunstancias, por el presidente de la asamblea cultual. Los protestantes
tendieron a restaurar esa costumbre. Pero pronto tuvieron que volver a los rituales, más
o menos fijos.
La tensión permanece y está en el fondo mismo del culto. El liturgo deberá vivificar las
fórmulas litúrgicas que le han sido transmitidas. Tendrá que insistir en la antigua
prescripción benedictina: que el espíritu concuerde con la voz.
Simplicidad y riqueza
Hoy día se tiende a valorizar irás la simplicidad en el culto. Aborrecemos cualquier
suntuosidad y barroquismo.Así nos situamos en la línea de San Bernardo, propugnador
frente a Cluny de la exclusión del templo de todo lo que se opusiese a la simple
austeridad: La corriente franciscana, sobre todo en los capuchinos, ha defendido la
pobreza incluso en las iglesias. La antigüedad cristiana rodeaba él culto de las formas
más simples y espontáneas.
En otras épocas, sin embargo, -piénsese por ejemplo, en solemnes oficios en el marco
de una catedral gótica- el culto ha revestido formas de una mayestática solemnidad y
esplendor.
¿Cuál de las dos tendencias es la exacta imagen ideal del culto? Hay que volver al justo
y difícil término medio. La pobreza no es un ideal absoluto. Porque la religión cristiana
proclama el alegre mensaje de la gracia divina, la oración litúrgica es esencialmente un
himno de gozosa gratitud, una eucaristía, con la que los hombres se juntan a los ángeles
en la alabanza. Así el lenguaje litúrgico no puede ser simple prosa: El hombre de la
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liturgia es el hombre que canta -se ha dicho-. Las artes serán necesarios medios de
expresión de esa cristiana exaltación. Sin embargo, se impone, por lo menos en el culto
cristiano, una zona media entre la simplicidad y la riqueza.
Sacramento y representación
El hombre tiende a desarrollar y transformar las realidades sagradas, a expresarlas en
una representación sacra No es necesario hablar del teatro que se origina a partir de la
liturgia y como su continuación. Bastará recordar las secuencias escenificadas, el canto
del Passio distribuido en papeles, la lectura del Evangelio acompañada por gestos
imitativos,-por ejemplo genuflexiones-, e incluso, en el centro mismo de la liturgia, la
acción del sacerdote que reproduce la de Cristo en la última Cena.
Y, sin embargo, la estructura fundamental de la liturgia es sacramental. Los sacramentos
encierran realidades divinas; ¿Le será permitido al hombre transformar esas realidades
sacras? ¿No se tendrá que contentar con transmitirlas sin expresión ni glosa?
A lo largo de la historia se puede advertir una oscilación que contrapone el núcleo
sacramental estricto y la representación sacra que lo manifiesta y escenifica por medios
humanos. Se, evidencia así otra íntima tensión del culto pie sabiduría moral. Se negaría
así su misma sacralidad.
Misterio y razón
Se da, además, un doble polo y una oscilación entre el misterio y la razón. La tendencia
a subrayar el misterio es más corriente en religiones no cristianas, pero de ella también
participa en algún modo nuestra liturgia. Cuando, por ejemplo, el iconostasio sustrae a
la vista de los fieles el espacio reservado al altar, en los ritos orientales Es cierto que no
ha habido formas cultuales cristianas ininteligibles y misteriosas desde el principio.
Pero a lo largo de los siglos, muchas de ellas, en diversas condiciones ambientales, han
empezado a serio. Y hasta se llegó en el siglo pasado a la afirma ción de que la
incomprensibilidad de la lengua litúrgica contribuía a una mejor expresión de lo sacral
o, por lo menos, a garantizar la actitud respetuosa que se le debe. Por otra parte hay una
exigencia cada vez mayor de comprensión e inteligibilidad: exigencia que no comporta
necesariamente una negación del carácter mismo de lo sagrado.
Parece, pues, que en el culto conviene dar más lugar a la razón para evitar de lejos toda
apariencia de magia. Pero hay que precaverse también de empobrecer la liturgia o
reducirla a una simple sabiduría moral. Se negaría así su misma sacralidad.
Arcano y publicidad
Como consecuencia de la oposición misterio-razón, se produce la tensión entre el
aspecto secreto y el público de la liturgia. Conviene buscar siempre en el culto un
equilibrio entre lo sagrado, lo arcano, lo santo y, de otra parte, lo terreno y profano.
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Lo sacro, por definición, se opone a lo accesible a todos, como el lugar sagrado (fanum)
al pro-fanum del que se aísla. Lo sacro no se abandona en la plaza púb lica; se reserva a
los que saben apreciar su valor.
En la liturgia católica vigiló, por lo menos desde el siglo III al IV, una estricta disciplina
del arcanum. La Edad Media la hizo desaparecer, porque el mundo se había hecho
cristiano: no había separación entre la Iglesia y el mundo. Pero aun hoy día no ha
desaparecido por completo este sentido de lo arcano en el culto cristiano. Se podría
encontrar todavía en un cierto temor por la exhibición.
Ministros y asamblea
Dom L. Beauduln, pionero del movimiento litúrgico, definió así su programa: "Nosotros
los monjes somos los aristócratas de la liturgia", pero "convendría democratizarla" .
Sí, se han encontrado ya formas de participación del pueblo de Dios en la acción
cultual. Hay que llevarlo al culto, con toda su vida real en el tiempo presente, con su
vida inmersa en una civilización técnica. No puede ser mero espectador de lo que se
realiza en el altar. La asamblea de los asistentes debe participar, en la acción sagrada.
Pero la liturgia cristiana no puede levantarse simplemente sobre principios
democráticos. Sus ministros no son elegidos ni investidos por el pueblo. Reciben su
consagración y sus poderes de lo alto. Aunque también es, verdad que el sagrado
ministerio se les ha dado en favor del pueblo.
Naturaleza y cultura
La liturgia y el pueblo se oponen también en cierta manera como la naturaleza y la
cultura. La liturgia levanta su estructura con elementos primordiales, invariables: pan,
agua, vino, luz de cera, sonidos de campanas... Se interesa por lo que subyace al tiempo,
lo que se repite sin cesar, los grandes y permanentes problemas de la vida humana. En
cambio la comunidad cultual se modifica, cambia de civilización, se aleja cada vez más
de la naturaleza hacia la técnica.
¿Tendrá el culto que adoptar las formas y el lenguaje de la técnica para adaptarse a la
mentalidad del pueblo, que participa en él? ¿O más bien obligar al pueblo a un retorno a
la naturaleza?Ambos extremos son falsos.
Pero la tensión tampoco es Insalvable. Porque en la base de una cultura técnica todavía
permanece lo invariable y lo natural: la vida, el amor, la muerte, la primavera... Y
precisamente en un mundo técnico crece la nostalgia hacia esas realidades
fundamentales y permanentes.
Tradición y adaptación
Conservadurismo y progreso. El culto es, esencialmente, conservador y tradicional. Las
formas, palabras y objetos litúrgicos tienden a mantenerse invariables una vez dedicados
a Dios. Juliano el apóstata pensaba honrar la eternidad de los dioses con la
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invariabilidad de las formas cultuales antiguas. Hay que evitar, sin embargo, el
formalismo. La liturgia ha de ser siempre expresión de auténtica vida interior. Cada
período de renovación religiosa ha de recomenzar el trabajo de conciliación entre
tradición y adaptación. Lograr que, manteniendo el valor innegable de lo tradicional, no
pierda vitalidad el culto por la necesidad de explicaciones históricas. Por lo menos han
de superarse, de una u otra manera, los límites que para la inteligencia de la liturgia
implica actualmente el uso de una lengua muerta y de una cultura desaparecida hace ya
mucho tiempo.
Cierto que la renovación será más fácil y frecuente en lo menos central de la liturgia. Es
característico a este respecto el que en ciertos rituales vernáculos vigentes, la forma
propiamente sacramental permanezca en latín.
Todo ese fluctuar entre tensiones opuestas pertenece a la esencia misma del culto. Al fin
y al cabo es un reflejo, en el plano litúrgico de la oposición entre cielo y tierra, entre la
grandeza de Dios -que el culto reconoce y proclama- y la insuficiencia de nuestra
pequeñez y de nuestras formas de expresión. El culto permanecerá siempre Imperfecto e
inacabado. Pero siempre será verdad que es bueno alabar al Señor.
Tradujo y condensó: VICENTE MARQUÉS
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