Tal vez sea la culpa de Mozart

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Tal vez sea
la culpa de Mozart
J.S. de Montfort
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El deshaucio
Habrías de inventarte palabras para todas esas cosas que no
te atreves a nombrar. Que aguardan en el remanso del día,
luego de que caiga, o cuando vuelve en su inocente claridad,
pero tú, cuando esas cosas, cuando llegan a tu seno, cuando
esas cosas te enfrentan, las más de las veces, reconoces
haberte conducido por el inconstante error, tan familiar, y la
única certidumbre es repudiarlas, por no saber hacerlas amigas.
Todo a lo que uno no da nombre es un peligro, y te asusta.
Qué hacer con los ruidillos que corretean el salón, el
consecuente suspiro del ocaso de la tarde, suspendido en el
salón oscuro, y que dura lo mismo que la onza de pan se
sostiene apenas en el carrillo de un pájaro, pero aún siendo
igual de inasible que el recuerdo, pervive de alguna forma
molesta donde antes estuvo, y uno debe estar continuamente
invocando, revocando o transmudando ese recuerdo, dándole
razones para que no duela.
Frente a tu ventana, un mirlo, en la cornisa de la iglesia;
aletea. La belleza se te escapa, se te ha escapado siempre.
Necesitas táctica, pues no tienes método para entender las
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cosas que ocurren cerca tuyo, las cosas interesantes.
Por eso habrás de encontrar alguna forma de hallar sentido a
ese tránsito, ese interludio mínimo. A todo. A cualquier cosa.
Ha alzado el vuelo el pajarillo, blancuras eléctricas lo
motean. Desciende ahora el mirlo hacia el perímetro de la
cúpula beige, y la sobrevuela seguidamente y se ha echado
sobre las sombras. Es más que probable que hoy no vuelva, el
mirlo que pues vuela iluminado en un vuelo continuo,
intendente de los cielos, donde habitan las palabras que otros
como tú, tal vez con más tino o quizá sensatez, han dejado que
echen a volar, abriendo para ello las redes azules, con el favor
de sus aquietados fantasmas.
En la calle siempre esos gestos de fatua resignación, de callada
felicidad, sin peligro, todo abyecto pues,
felices abyectos hombres y mujeres, los otros todos, esos
dichosos hombres y mujeres, adecuados, satisfechos, bendita
sea su prodigalidad.
A ti no te interesan los hombres ni las mujeres.
Si acaso Anna.
Dejas caer la cortina al peso de la gravedad, alejándote de la
ventana, las varillas se friccionan, el ruido no es distinto que el
de otros momentos, pero es el aliciente de la mañana: se va
introduciendo paulatinamente en tu espacio.
Si te das cuenta, así en la penumbra, tu casa podría ser
perfectamente una oficina olvidada, donde en lugar de
escaramujos le hubieran crecido pálidas manchas, donde
quedan las marcas de los escritorios en la moqueta, de los
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plafones en el techo, de los cuadros entre los dibujos
asilvestrados de la suciedad, la carcoma; y el humus.
El ambiente disoluto de las paredes, ese papel donde se
confabulan los ajamientos, que te gustaría recordaran al siglo
XVIII, aun con la erosión de los dinteles, con la podredumbre
del arco que conduce del salón al pasillo y de allí a las
habitaciones -por recordar cierta gloria-, pero eso, con todo, es
más un deseo que otra cosa. Alguna vez hubo cuadros, eso es
seguro, los tuvo que haber, cuadros bellos. Obras menores de
algún pintor salmantino, esos que le gustaban tanto a tu abuelo:
paisajísticos y enormes.
Sólo quizá porque ya no quede lustre en ningún sitio gustas
de pensar en un ayer de esplendor; pero aunque lo intentes no
conseguirás engañarnos:
podemos ver los dibujos de humedad de las paredes,
formando terribles cascadas, los arcos de las grandes ventanas
agrietados, la estatua de Afrodita, que yace en una esquina del
amplio y vacío salón, como si alguien hubiera creído necesario
desbastarla, y duele verla como en las vísceras, sangrante de
esquirlas de mármol blanco.
Formas impremeditadas (o tal vez certeras) se confunden con
las sombras. Y la música de Mozart que te suena débilmente
en la cabeza te conduce a Vienna. Pero el conocimiento que de
ella tienes es indirecto, son los recuerdos de tu madre, cuando
viajó, sola, y no quiso llevarte consigo.
Pero la verdad es ésta: el olor de la moqueta, el dolor que
atenaza las manchas que evocan ese aroma yerto, eso son
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presencias inestimables de algo, de tu recuerdo, tu espera, tu
búsqueda.
Es la forma en que lo otro ha hecho presencia en ti, sin que le
hayas dado permiso:
El Sur. Y no Vienna.
Tú estás en el Sur. Folclórico y caluroso, más bullicioso, poco
dado a recoger.
Al Sur le agrada el derroche, la alegría, los cuerpos.
Hay excepciones, no obstante:
-El abuelo de la gorra anaranjada, por ejemplo.
Ese abuelo que agarrara las estanterías dejadas por tus vecinos
en el contenedor de las obras de la esquina, esas obras
interminables, ruidosas
(¿todo es ruido, acaso no te habías dado cuenta?),
las perentorias obras llenas de polvo y gritos,
las obras, y excavadoras, y hormigoneras – interminables
obras-, y taladros, y martillos, y placas de acero y obreros
menudos, y sudorosos,
obreros que echan salivazos con cualquier excusa, de los que
gritan justamente por no verse asistidos por el motivo.
Tú no tienes tampoco motivo, pero no gritas.
-Es de mala educación, decía siempre tu madre. Es de mala
educación levantar la voz.
El abuelo de la gorra anaranjada debe pensar que un mueble,
los estantes, un cajón, una lámpara de kerosene con el cabezal
de fieltro y borlas caídas bajo la cinta rosa o cualquiera otra
cosa que pueda encontrar por la calle -cosas que a ti te parecen
innecesarias- le irán bien para aquel cortijo que debe tener en
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los faldones de la montaña.
Este viejito pasa todos los días por las calles céntricas, con
su bicicleta oxidada y el timbre como el cascarón de una
tortuga, ahuecado por los bordes, con la palanquita empujando
el muelle a la fuerza de su dedo gordo, y avanzando su paso
con el clinc-clinc/clinc-clinc. Viene por ver qué se puede hacer
con el tiempo, con su tiempo, porque es el suyo y no el de los
demás,
(tú tienes también tu tiempo, aunque no te dés cuenta)
el abuelo le tiene el derecho a su tiempo, por eso recoge
cosas entonces, cosas que no son más que recuerdos de otras
vidas, porque él no tiene recuerdos, pero tiene su tiempo, él
esta loco, y los locos sólo tienen inventiva, una inventiva llena
de tiempo, como los malos novelistas.
Igual que muchos fotógrafos, de esos que has oído que están
de moda, y que no hacen sino recoger los trastos viejos de los
otros y ponerlos en el tiempo de la exposición: inútil y zafio,
amarilleado antes de condensarse en el fotograma. Ahora son
los que ostentan el fulgor efímero del reconocimiento, antes
eran los toreros, o los cantantes de rock, con sus espectáculos
horrendos de luces multicolor y humo falso. Le hemos perdido
la batalla al impresionismo, la estructuración se manifiesta en
instantáneas al vuelo, insignificantes y azarosas.
Por eso no te asomas ya nunca a la ventana, una vez a lo
sumo, al comienzo del día, porque no consigues entender nada,
nada de nada.
Kandinsky estaba en lo cierto.
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No muestres ahora esa casa de interesante, de hombre
preocupado, de erudito atacado por una máxima, por un aserto
doloroso.
Puede que cierta razón te ampare, no en las conclusiones
sino en la asfixiante búsqueda, o acaso en el receso miedoso
que se resiste por llegar siempre al final del camino, de la
deducción, de la nominación. Y ten en cuenta que ya nadie te
mira. Las cortinas sucias tapan toda la realidad de la calle. Y
aquí en el desfile de sombras estoy yo, yo que soy tú, y tú no
eres más que un deseo de ser alguien, alguien que no cree,
alguien que mira porque le obligan los ojos, alguien que hace
mucho tiempo que se abandonó a sí contra sí mismo.
Consideras que para ésto no hay remedio, del mismo modo
que no lo hay para las cosas cotidianas: romper la vajilla poco
a poco, escalfar un huevo, tostar el pan, esperar en las mañanas
una carta nueva en el correo, ¡no te has enterado! Ya nadie
manda cartas, a ti no te las mandas: sólo facturas y avisos que
no quieres recoger de la estafeta. Si acaso hubieras
abandonado esta casa mugrienta hubieras notado que ocurren
cosas, cosas como bodas y muertes, aunque tienes razón, eso
son naderías que siempre han ocurrido, que ocurrirán siempre.
Tú eres un emeritus, pero con una recompensa que se
momifica en soledad y en el ataque del matutino e
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inconsistente ruido.
Tú quieres concretar ese mundo volátil, que se introduce en
tu casa, a todas horas, pero tu error es que no te das cuenta de
que ese mundo ya ha cambiado
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tú eres sólo una metáfora imposible de ayer;
aunque se sigan repitiendo las mismas bodas, vale que la
alianza se estipule en otros términos, pero sigue siendo un
acuerdo de intereses. Matarse por amor encierra también un
interés, un interés derivado hacia el absurdo.
Quizá gracias a eso mismo tengas algún futuro, digamos
misceláneo, por todo ese pasado que persiste en el ahora, una
obra de caridad hecha al rescate por la vieja ortodoxia que aún
impera: las señoras viejitas, ociosas, ocasionalmente aburridas,
las que gustan de mantener en la más absoluta vigencia los
trapos inservibles, las normas superadas, el orden caduco. Ellas
son las que siguen promoviendo las bodas, y las muertes
también: la vieja guardia, ominosa. A veces cruzan tu ventana,
reunidas en el cortejo que acompaña a los muertos y agachan
la cabeza, mientras rezan con contención, como señoras nobles
y por ello pías.
Quizá ellas vengan un día a tu casa,
¿De veras te gustaría que viniesen?
las viejitas; de venir te encontrarían en una de tus
necesariamente inconclusas búsquedas, o finalmente muerto.
Es factible, porque a las viejitas aunque dicen que no les
interesan los mediocres ni los pobres -pues habitualmente les
resultan sosos y de una intolerable vulgaridad, y aún más: les
aburren-, finalmente los necesitan, pues cierto es su fácil
manejo, basado en tolerar ciertos indecentes caprichos;
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resultan gentes asequibles, como tú (sí, ya sé que tú no eres ni
lo uno ni lo otro, pero formas parte del cupo, por tu abandono
si quieres, por tu cercanía al día de la muerte, aunque sólo sea
eso).
Por ello la probabilidad de que vengan a buscarte es alta,
pero piénsalo bien, detente un minuto, por qué habrían de venir
ésta vez, hoy, ahora que comienza a caerse la tarde, justo ahora
que los faroles le hacen de mecha primera a la luna...
La única certeza posible es saber que hoy no vendrán, ni las
viejitas ni nadie, ni siquiera Anna.
Anna es de las personas inútiles, de las que pueden morir por
amor.
Quizá sea su inutilidad lo que te atraiga, su inane aporía la que
te confunda, como cuando intentas desentrañar las leyes del
álgebra en tus etílicas madrugadas, y los teoremas te resuenan,
se funden unos en otros, se enredan, y así es imposible hacer
nada con ellos, y aunque surjan nuevas proposiciones,
rápidamente tiendes a olvidarlas.
Eso es lo que queda de Anna en ti:
-el recuerdo confuso, el deseo alterado, una realidad menor,
esas realidades, como los efectos cotidianos, que son tan
difíciles de manejar: la máquina de hacer zumo, la cafetera
estropeada, la lavadora que deja salirse el agua por todas sus
juntas... el cuadro de aquel pintor salmantino, ¿cuál era su
nombre? ¿O sería de Navas... de Albacete... de Vinaroz?
Si te inventaras palabras nuevas todo sería más sencillo, pero
tendrías que someterte tú también al tiempo, y tú sabes que la
materia es el atributo del espacio, por eso, aunque lo niegues
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una y otra vez, tu búsqueda es y será infructuosa.
Y hablando de tiempo, ¿Cuánto tiempo te queda?
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Mira, mira tu cuerpo, la materia que eres tú, para qué te
sirve, eh, para qué te sirve a ti un cuerpo, no cualquiera, si no
justamente el tuyo; qué utilidad podrías darle, te preguntas. Si
acaso tuviera alguna utilidad, alguna función ontológica...
Pero entonces, para qué vale sino como testimonio. Y no se
puede ser testimonio de lo desconocido. O sea, de ti mismo, de
tu encierro.
¿Para qué, después de todo, este encierro?
Parece inútil, y los parecidos -ya lo dicen los viejos,
auspiciados por su memoria donde se confabula y amplifica
todo lo recordado- y lo dicen con la sensatez que a ti te falta:
los parecidos son razonables.
Puedes recordar cómo Anna te miraba, pero eso no es una
certeza, una realidad, acaso una ilusión plausible,
¿una ladina esperanza?
¿Qué es eso?
una mirada,
algo puramente rutinario, fisiología ¿Acaso albergan alguna
intención las miradas? Sería difícil desentrañarlo, pero tú
tienes tiempo; cuánto tiempo te debe quedar, ¿cuánto?, dónde
has puesto el plazo. Porque te pusiste un plazo, ¿verdad?
Puedes mentirte a ti mismo, lo hace mucha gente, pero detrás
de eso late ineludible el instinto.
Tal vez sea Mozart, o cualquier otra cosa. La Donna Anna
de Don Giovanni. Este deseo es como cualquier otro: un
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acendrado estímulo, de naturaleza inmediata, como cualquier
otro que se te ocurriese para justificarte en este longeva
clausura.
Será todo glosa, parlamento, diatriba, ganas locas de salvarse
del memoricidio al que aluden los noticiarios, los periódicos y
casi todo discurso que puedes escuchar desde tu ventana, a
grandes voces, felizmente apocalípticas.
(el ruido, el ruido, el ruido)
Eso es finalmente lo que eres: (ruido) un exordio a los pájaros
del cielo que vuelan en su inane contento, en su existencia
ingenua, con medida tardanza.
¡Qué bonito sería morir por amor!, pero qué inútil, después
de todo.
Un pájaro nunca adoptaría tal irracional postura. Los mirlos
son más listos -y prácticos-.
Bien mirado es mejor morir por el crepúsculo o por no poder
volar, cosas más sensatas: morir por un grillo al que ha pisado
el capcioso moverse de unos pies sobre el asfalto, morir por
cualquier cosa, pero ¿por amor? Eso sólo ocurre en las malas
películas. Es propio de la inventiva irracional del desesperado.
Nada hay menos romántico que morir por amor. Incluso morir
por la geografía es más sano, nada importa el gentilicio que lo
suscriba, a fin de cuentas todos son una pandilla de necios, el
ser humano: un necio engreído. A ti empero te sería imposible
precisar el entorno que te rodea, cómo vas a morir por él
entonces. Además tú no eres ni has sido un hombre de acción,
eso cansa mucho.
Lo único que te molesta es el ruido.
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Tú, Genaro, tú además no eres un ser humano, tú Genaro
eres el hijo de Antonietta, la hija del exaltado Pancracio
Salustiano de Fulgencio, político en el bienio que sacó del
poder a Isabel II. Antonieta, la que se casó con el señorito don
Luís después de la tragedia de su padre, de puro desamparada.
Y aquel caradura de don Luís, ¡menudo listo!
Cómo demonios vas a ser tú un ser humano, Genaro. Los
seres humanos se llaman Manolo o Pascual, incluso Luís o
Pancracio, pero no hay ningún ser humano que se llame
Genaro. Bueno, San Genaro, el obispo de Benevento. Pero es
un fraude, y pura superstición.
¿Serás tú mismo una superstición, una propensión voluntariosa
hacia la probabilidad de ser, o mejor, hacia el deseo irracional
de ser?
No, tú sólo eres como el ruido creciente que inunda tu casa
vacía.
Duerme un poco, anda, que el alcohol te nubla, y hasta
entorpece el empuje de la sangre, y si la tuya se coagula no
conseguirás que adquiera capacidad tixotrópica.
Volvamos al principio, si es que esto fuera posible, o sea,
entendiendo que alguna vez hubo un principio, dado que el
tiempo es infinito, es imposible pensar en el inicio. Todo es
cíclico, sí, pero hagamos como si concibiéramos un punto
primero, significativo. No discutamos: Anna.
“Lo único peor a una flauta, son dos” decía Mozart. Y tu
Anna tiene la voz aflautada, qué le vas a hacer. O mejor dicho,
la tuvo, la tenía: la tendrá. Y si Anna era una detrás de tus ojos,
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ahora es peor, porque son dos, serán dos, aquella Anna y la
nueva Anna que ha creado tu recuerdo, la inventiva estúpida de
tu ocio. Igual es que eres un mal novelista y no lo sabes. Por lo
menos con esto ya serías algo.
Todo lo que está tras las ventanas, o lo que estaba, porque
cada vez te gusta menos abrir las ventanas, entre todo eso está
Anna con su voz aflautada, sus faldas plisadas y la estentórea
sonrisa. Ahí donde el dosel está raído, mustio ahí están Anna y
todo lo demás. Anna, y la otra Anna, la nueva, la más perfecta,
o la más tonta, igual da. La nueva, la vieja, bien pensado,
mejor tener a las dos para elegir alternativamente. Una Anna
tonta y una Anna lista, para jugar con ellas, como un demiurgo
poco inspirado y vencido a los celos.
La verdad es que no te entran ganas de darle remiendo a esto
ni a nada, ni siquiera tienes ganas de hacer cualquier otra cosa,
lo tuyo no va con la idea de dios, ni la dominación ni la
reverencia, lo tuyo es un triste cansancio. Como mucho te
sientas en una de las esquinas del salón, y esperas allí, cobijado
por la mesilla, con las patas curvas y mordidas. Habría que
darle algo de lustre, quizá sirviera el barniz, un barniz barato,
porque tampoco estás dispuesto a un excesivo dispendio (y
además, ¿te lo podrías permitir?), y tendrías que encargarlo por
teléfono, y resultaría tedioso tener que explicarle todo eso a un
desconocido, para qué lo necesitas, y la cuestión del crédito;
habría que recurrir a algún antiguo conocido de la familia, de
los que dejaron de visitarte cuando murió mamá.
Igual que tantas cosas, el barniz no es necesario, es un
capricho, un lujo: no es natural. Pero tampoco es natural estar
sentado en la esquina, como estás ahora, esperando por una
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idea, una imagen, esperando por que algo llame la atención de
tu conciencia, o de tu instinto, qué más da.
El ruido.
Tu problema es que no puedes escaparte de ti, tu problema
es ser un iteración asombrada de Genaro. Y eso, aparte de
basarse en infundios, es pecado de vanidad. Primero eres tú, un
apriorismo, y luego otra vez tú, y lo tuyo es una deleitación, y
grave, porque te excita una vehemente conmoción en la carne.
Pues en materia de lujuria no existe parvedad. Y no serás tú,
Genaro, quien contradiga a Clemente VIII o Paulo V ¡ Por
dios! Incluso a Alejandro VII.
Has llegado al punto de que eres capaz incluso de pervertir
tu propio cuerpo en pro de ti mismo, de una satisfacción
pasajera, de un placer vulgar.
¿En qué te estás convirtiendo Genaro?
Acuéstate de una vez, ahí donde estás, sobre la moqueta, pero
deja de tocarte como un retrasado mental, que mañana será
otro día... Y cuidado con los sueños, que tienen la mala
costumbre de cumplirse.
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¿Tendrá Mozart la culpa de tu desdicha o es una forma de
mitigar la incerteza? ¿Acaso te excusas con cualquier cosa?
Has recordado ahora que tenías aquel disco, una edición del
cincuenta y cinco, donde hacía de tenor George London, pero
no tienes tocadiscos, bueno sí lo tienes, pero no funciona, igual
que todas las otras cosas está estropeado, igual que la maquina
de hacer zumo, la cafetera o la lavadora. Solamente puedes
trabajar con él en tu imaginación. Echar cuenta de los cantos,
todos mezclados entre sí, y encima tú no sabes italiano.
Menuda idiotez.
Seguramente no hay nada más conventual que un encierro, y
más célibe, claro (eso es la teoría). Pero ese no ha sido tu
propósito, por no ser no es ni una molesta consecuencia, pues
hasta has convenido con el otro Genaro, el que se desplaza por
el aire del salón en plena conmoción de tu yo, en someterla.
Un estudioso hablaría igual de misticismo, pero igual es que el
estudioso está demasiado atareado en concretar sus ideas en
realidad y tú lo que quieres es crear una realidad nueva
atendiendo a las pocas cosas que ya existen, a las cosas
naturales. El semen, es de lo más natural, por ejemplo. Pero
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sigue siendo una indecencia, poca delicadeza para el heredero
de un miembro de la aristocracia política intrigante contra
Isabel II, un heredero de don Luís, el hijo de puta de don Luís,
que se largó con aquella fresca, y luego con la otra y la otra, y
tú, teniendo que compensar a tu madre por su ausencia. Y
entonces pasó el tiempo y os quedasteis sin nada. Con esta
casa, nada más. Con vuestra vanidad, y la sopa de sobre.
Qué tristeza, amigo mío. Te compadezco, te compadezco.
¿Y al final te preguntas, para qué hostias vivo aquí
encerrado, pensando en el semen? El sueño está jugando
contigo, como se juega con una ficha dócil de un juego de
damas.
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Has conseguido dormir con cierta calma, sudando, como
habitualmente. Echando las babas, suspirando en sueños,
chapurreando palabras de idiomas entreverados, inventariados
en un tortuoso letargo. Al menos ya consigues dibujar algo en
el sueño, ahora habrás de exportarlo a la realidad. Por lo menos
es un comienzo, Genaro. Alégrate. Quizá sea posible aplicar
nombres a esa terrorífica e inviolable desesperación que se
cuela por los cristales, que arrostra cada día la tranquilidad del
salón, que se convierte en ruido y comienza a pitar sardónico
en las orejas.
Como cada mañana te atreves por una vez a que tu
curiosidad se sacie, mirando por las ventanas. Tras ellas,
chispean las voces de los turistas. Y frente a ti se te descubre
magnífica la egregia hegemonía arquitectónica: Iglesia de
Santa Ana, siglo XVI. Estilo mudéjar. Construida sobre una
mezquita. Monumento Nacional.
Pululan las gitanas enarbolando sus plantas de tomillo, y sus
flores moradas que les asoman desde los huecos del delantal.
Un refrescante olor a espliego sube hacia la Iglesia, mientras al
ritmo de las campanadas crece un fulgor, como el remolino de
la ola, y la realidad se echa sinuosa al frente de la ventana. Se
oyen gritos de buenaventura, compitiendo unos con otros,
compitiendo con las campanadas, compitiendo con la
agradable evocación del espliego y que recuerda los armarios
frescos de una villa en el valle de la montaña, donde, de buen
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seguro, en la cercanía los pájaros remueven las hojas felices de
los olmos.
Entonces el ruido llama a tu puerta, un golpe duro, hecho
con los nudillos. Sin darte cuenta has caído contra el cristal, y
en breves segundos, encarcelado por las enormes cortinas no
has podido evitar que el sol se te ha echase sobre la mandíbula,
como un chicle.
Se puede escuchar un balido de oveja, y luego otro, unos
cuantos, al menos tú los oyes. Pero, por qué habrías de ser tú al
que buscan las ovejas, después de todo. Qué has hecho tu sino
esperar... y por qué iba a venir a buscarte un pastor con sus
ovejas.
Han sido tres los golpes. Uno, dos, y tres.
Esperas.
Igual se trata de un turista despistado. No es la primera vez,
porque arriba hay una casa en la que, en ocasiones, se
convienen citas, en el tercer piso. Sí, parece que en el
descansillo se entremezclen voces en idioma desconocido:
alemán, tal vez.
Ahora suena el teléfono en algún lugar del edificio, lo oyes
porque se cuela por las cañerías, suena rítmico, y poco a poco
se va haciendo escandaloso, hasta que se detiene, y se vuelven
a escuchar a las gitanas en la calle, como si se gritaran las unas
a las otras. El ruido ya se ha introducido en tu casa, se le puede
ver volar por entre el aire, condensándose en imagen. Una
oveja ¡No puede ser! Otra vez te invaden. Otra vez nada
nuevo. El remanso, caliente, igual que el sol que arde en tu
rostro, y del cual no puedes desprenderte. Quédate quieto hasta
que desaparezca.
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Sigue durmiendo.
Se ha desplazado un papel por debajo de la puerta, entre el
polvo. Igual es un mensaje de Anna. Pero te da miedo leerlo, y
eso es porque late en ti la esperanza, esa demente ilusión que
sabes se verá inmediatamente defraudada. Es una mala cosa
tener anhelos, esperar por algo. Y tú te quedas quieto
justamente por ello, esperando por algo, para tenerlo todo y así
no tener nada: para no tener que elegir, para seguir siendo un
irresponsable. ¿Te acuerdas de Syd Barrett? Bueno, claro, tú
mendrugo cómo vas a conocerlo si no conoces nada más que a
ti mismo; pero déjame ilustrarte: él también hacía lo mismo,
era un irresponsable pero tenía una idea, o mejor las tenía
todas, y no quería elegir ninguna, así que esperaba, echado en
el colchón, en el colchón de un piso compartido de Londres,
escuchando el ruido, todo el ruido, naufragando en él para
encontrarle la melodía.
Syd Barrett era un músico. Un poco loco, pero un músico
que le cantaba a los vegetales. Él por lo menos se atrevió a
darle voz a ese ruido, y le puso nombres.
Quién eres tú Genato, un ser que caza sin tino palabras que
le huyen, con poca resolución. Además le temes al ruido, el
cual se lleva con él el recuerdo. Chup, chup chup, del mismo
modo que concluye la sopa de sobre, las palabras se hunden en
el caldo que amortigua al ruido, cremoso, y lo domeña, pero se
perdieron las palabras, las perdiste. Ahora todas esas palabras
son sólidas, se han instaurado en la materia. Genaro, tienes
demasiadas palabras, y tú, además, todavía quieres inventarte
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otras nuevas...
Ese es tu problema: te vence la inventiva, por eso nunca te
dejaste seducir por la materia cercana; eres además
indisciplinado, y lo más importante, después de tanto tiempo
aún no has aprendido que a la imaginación se necesita trabarla
con límites, para que se acoja a la enmienda del estilo, para
que concluya en una significación propia de la inferencia. Y
eso te es difícil, tanto como tocar el piano o rasgar acordes en
una guitarra. Por tanto nunca serás un músico ni nada, serás
todo lo común que se pierde en el infinito de la inerme materia,
serás el propio ruido que se abandona al mundo como una
pátina, vencida al tiempo. Serás la crema de la sopa de sobre.
¡Lucha contra ello, demonios!
Todavía te queda una oportunidad -aunque no lo sepas-, la
ultimísima.
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Tu madre te regaló este libro de Santo Tomás, pero no te
leyó nunca, lo has encontrado en un armario del pasillo, y
ahora buscas entre sus páginas, dice:
“el estupro no sólo se injuria a quién se lo procura sino a sus
padres”
¿Cómo?
¿Te imaginas enfadando a los padres de Anna?
¿Seguirá aún ahí fuera Anna virgen?
¡Cómo saberlo...!
Tú la respetabas, a Anna, la sigues respetando empero.
Quizá por eso reconoces que no es muy..., bueno, en fin, un
alivio, por mucho que lo diga Paulo V, no es tan grave. A fin
de cuentas, él mismo, Camilo Borghese, habría de canonizar a
Santa Teresa de Ávila, y tú levitas casi igual que ella con tus
prácticas.
No es algo tan diferente el placer espiritual de la levitación y
el regusto infantil de la masturbación. Y los papas hoy día ya
no son lo que eran, la moral está muy degradada. La moral es
para las viejas que corretean en los velorios, que pasan con el
cuello agachado por debajo de tu casa, al salir de la iglesia de
santa Anna y dirigirse al cementerio, subiendo por las
empinadas cuestas. Y tú, con todo, eres un ácrata moderado,
como tu abuelo Pancracio Salustiano.
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-Somos del ayuntamiento. La policía viene con nosotros
¡Salga!
No les creas, es una farsa. Es algo que se ha inventado Anna,
Anna la tonta. Para hacerte reír, o para reírse ella. Abre, seguro
que detrás de la puerta está Anna, sonriente. Abre, casi puedes
ver sus ojos. Abre. Te están engañando. Vas a abrir, porque a ti
Anna no te puede engañar.
Pero eres tan imbécil que abres la puerta...
23
Asocias el recuerdo de tu madre al de una cafetera: cafetera
espresso superautomática Vienna de Luxe, cajón de recogida
de productos sólidos, molinillo de café ajustable, grupo de café
extraíble, una o dos tazas de café al mismo tiempo, depósito de
agua extraíble, trescientos treinta y dos x trescientos
veinticinco x doscientos setenta y siete mm, caldera aluminio,
ocho coma cinco kilos de peso. Y está rota dentro del cartón
blanco y antaño brillante.
Les pides a los guardias que te dejen llevarla contigo.
Resultan ser bastante amables para ser policías. Dicen que no
hay prisa, aquí en el sur nadie tiene prisa. Las vecinas aparecen
en el descansillo. Han subido también las gitanas y chocan
procaces las palmas. Pronto aparecen las niñas que corretean
por el pasillo y una de ellas tropieza con el medio cuerpo de la
estatua de Afrodita y se cae al suelo y ya, lo único que queda
de Afrodita íntegro es la cadera y la mitad de las piernas, hasta
la rodilla, pero por suerte mantiene la gracia: su cinturón.
Las mujeres llevan en las manos unos látigos (aunque llevan
la camisa puesta, y eso no debe ser muy ortodoxo), ¿será ya
Semana Santa?
-Debe acompañarnos, debemos asegurarnos de que se
presente mañana por la mañana al juicio que tiene pendiente.
Lo siento, pero tendrá que acompañarnos.
Hay personas por dentro de la casa, curioseando todo,
abriendo armarios. Alguien se lleva a la carrera los trozos de lo
que fue Afrodita. Las gitanas salen con las sartenes. Los
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guardias no hacen nada, levantan los hombros como diciendo
“qué podemos hacer”, pero a ti ya te da igual.
-Todo esto está embargado amigo, dice un guardia escuálido
y alto, al que llaman Luís.
Pero hay bien poco que embargar, piensas.
Te meten en un coche. A tu lado se sienta Luís. Por el
camino Luís y los otros dos están casi todo el trayecto en
silencio. Deben pasar demasiado tiempo en compañía, piensas,
se les deben haber acabado las palabras, o acaso el estímulo
como para compartirlas.
Estáis ya en el cuartel. En la entrada hay un escudo nacional
y una leyenda. Te da por recordar ese antiguo himno:
“Vigor, firmeza y constancia,
valor en pos de la gloria,
amor, lealtad y arrogancia,
ideales tuyos son.“
No has querido resistirte porque aunque seas un ácrata, como
tu abuelo Pancracio Salustiano, sabes que esos pobres hombres
están llevando a cabo el cometido que les ordenan. Y tampoco
deseas importunarles. “La ley es buena hasta que inexorable
se revela su intrínseca maldad, entonces hay que atacarla”,
decía Pancracio. Lo recuerdas bien.
No te han puesto además esposas ni nada.
El cuartel es un sitio fresco, las paredes caladas se ven
fuertes y las celdas que se intuyen adentro no parecen peor que
tu casa, y tampoco parece mal sitio para alguien como tú,
ligeramente harapiento, barbudo y de ojos flacos, constreñidos,
con el pelo desacertadamente largo y la mandíbula prominente
25
y especulativa.
Como te ven así, tan con tu cara de retrasado (tú como estás
acostumbrado lo encuentras normal, pero ten en cuenta que
hace años que no te prodigas en público, y eso siempre causa
expectación), con la incipiente chepa y el barrigón, con una
afabilidad estúpida, dicen que para qué forzarte. Te lo dicen
como haciéndote un favor, con una cotidiana amabilidad.
-¿Cuando vendrá Anna?, dices de improviso, con enhiesta
preocupación.
Y ellos se ríen, igual que tu te ríes del abuelo loco de la gorra
anaranjada, el que va con la bicicleta y hace sonar el timbre
constantemente con ese clinc-clinc/clinc-clinc.
-Mire, es mejor que se quede aquí, no tiene otro sitio adonde
ir. Después de que solucione todo el asunto del deshaucio, la
fiscalía de acuerdo con los ediles municipales dispondrán su
suerte. Lo siento, amigo. Nosotros somos unos mandaos -dice
aquel al que llaman Luís.
Te hacen esperar en un banco de madera. Cerca de la
entrada. Tu temías frenéticas máquinas de escribir, teléfonos
urgentes o vibrantes discusiones. Pero, por suerte, no hay nada
de eso.
Al fondo en una mesa vieja, otro policía lee un tebeo. Las
ilustraciones se ven desgastadas, las dobleces delatan su
antigüedad. Se comporta como si fuera un visitante, porque no
te presta ninguna atención, ni a sus compañeros, y
simplemente sigue fumando, riendo y pasando las páginas de
su tebeo. Su uniforme también está arrugado, como su cara
vieja y rosada.
Los otros dos que venían con Luís salen a la calle, ponen el
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coche en marcha. Y pronto sólo queda su recuerdo y el
amortiguado ruido que ha dejado el motor y el dióxido de
carbono del tubo de escape, que ha creado una mágica
envoltura en la entrada.
Sobre el regazo está contigo la cafetera espresso
superautomática, dentro de la caja, sostenida con recelo entre
las manos. El policía más alto, al que llaman Luís, te dice que
puedes dejarla en una estantería metálica, y la señala, donde
hay algunos legajos viejos y un casco de motocicleta. Está a la
vista de todos. Desde donde estás puedes ver el polvo
acumulado sobre los papeles.
Niegas con la cabeza, agarrando la caja con las dos manos.
-Está bien, como guste -y echa a volar los hombros, yéndose
a la calle, poniéndose en la calva la gorra que sujetaba su
mano.
-Cosa tuya, dice refiriéndose al del fondo, que emite una
queja: “mierda, siempre me toca a mí”.
Te quedas sólo con el del tebeo, que lo deja caer
definitivamente apático sobre el escritorio. Se rasca donde
hubiera de crecerle el bigote, y luego el pómulo, donde sólo
asoma una mal afeitada e incipiente barba. Te mira, su mirada
incrédula dibuja tu contorno. Te habla:
-¿Tú eres el hijo de Antonietta, no?, dice con repudiable
saña.
Y te callas, agachando la cabeza. Maldices a aquel hombre, no
tanto por su descaro sino justamente por el conocimiento que
tiene de ti.
-¿Dónde vas a vivir ahora?
27
-¿A qué se refiere?, replicas
Adelanta una boca abierta, afectadamente abierta.
Te quedas atónito, no esperabas una inquisición con tanto
descaro. Agachas la cabeza sobre el pecho. Le miras de reojo.
La comisaria está tan desnuda como tu casa. La mesa del
fondo, donde está el del tebeo, la otra, nimia -apenas unas
tablas-, de la entrada -donde casi no le caben al policía abiertos
los codos-, una especie de hall de bajo techo, unos dibujos en
la talla del hall, la estantería metálica y blanca. Un calendario,
con una mujer con sus ubres grandiosas, más parecida a una
vaca que a una mujer. Nada más. Bueno sí: manchas de
humedad en las paredes de cal blanca, vueltas y vueltas a
pintar, lo que aumenta su notoriedad, pues ya son más bien
churretones de color grisáceo. Y en la mitad de todo,
incómodamente, una puerta enrejada que da paso a lo que
supones serán calabozos, tu nuevo hogar.
-Madre mía, ¡Éste no se ha enterado de nada!, le dice al alto,
flaco, que vuelve a entrar, pues parece haberse olvidado de
algo.
El del tebeo te señala a propósito, chasqueando los dedos de la
otra mano, como el que acierta con algo.
-¿Estoy detenido?, preguntas entonces, casi con vileza.
Ellos se sonríen. El joven le dice al del tebeo: “Cosa tuya”.
-¿Cuándo va a venir Anna?, le preguntas en un intento de
acabar con esta broma, con este malentendido insoportable.
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Después de todo no deberías juzgarlos con severidad, te han
ofrecido café y galletas. Es normal que se sientan inquietos,
teniéndote en su poder, ellos saben todo, Genaro. Para ellos
debes de ser como un raro objeto de estudio, un caso de
debate.
Hay una ventanita en tu celda. Con tres barrotes. La luna
está bien puesta sobre el cielo negro, reposando pánfila en la
propia curvatura de su espalda.
El del tebeo se acaba de marchar, ha apagado las luces.
Ahora sólo tienes a esa luna parsimoniosa, que descansa en el
cielo, del modo que se amortigua la pena.
Con todo, el del tebeo no ha querido darte una botellita de
cognac, sólo le has pedido eso, será cabrón; y encima se rió al
marcharse, dándose cachetazos procaces en la pantorrilla. Y lo
peor es que con él se llevó la revista doblada puesta en el
sobaco -que podía haberte dejado-, más arrugada que el tebeo.
Con esa revista podrías haberte entretenido en las cosas
naturales, ¿qué harás ahora?
La comisaría queda cerca de la montaña, donde podría
escucharse el aleteo de los pájaros. Pero los pájaros duermen, y
el viento espera hasta la mañana para acariciar las hojas de los
olmos.
29
Nadie ha de venir a por ti. Eso queda claro.
¿Habrá muerto ya Anna?,
cuántos años hace que no la ves, por lo menos cuarenta y
cinco, Genaro, casi toda tu vida. Por qué dejaste que se te
escapara, por qué.
Ahora piensas que Anna, contra pronóstico, porque era mayor
que tú, no puede haber muerto, las vírgenes no mueren, habría
que procurarle un anatema a quien dijese lo contrario. Las
vírgenes se perpetúan en el aliento, en el arco vaporoso que da
la medida al mejor atardecer, en la sangre de las heridas, en la
urticaria de un niño travieso, de eso estás seguro.
Otra vez la maldita esperanza.
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“Darle un café a don Juan”, oyes que dice el del tebeo
cuando entra por la puerta. Cretino.
Se comienzan a mover las primeras sillas. Por el ruido se
diría que hay más de cuatro. Parecen más dados a la
conversación ahora por la mañana.
Escuchas el raspar de una escoba y más tarde un mocho que
se desliza. Al poco llega el olor de café sobrevolando el hedor
del amoniaco. Te rascas la barba canosa. Tienes que cuidarte
las uñas, Genaro, no sea que vaya a venir Anna. Luego les
pedirás un cortauñas, o unas tijeras para arreglarte. Y un buen
corte de pelo, ¿un reo tiene derecho a que le corten el pelo?
¿Pero tú eres un reo? Tu eres un necio, Genaro, ni siquiera un
ser humano. Para qué demonios vas a necesitar un corte de
pelo.
31
Mozart epitomiza el clasicismo del siglo XVIII, sencillo,
claro y equilibrado, pero sin huir a la intensidad emocional,
¿qué tienes tu que ver con Mozart, a ver?, explícate. Tú no
epitomizas nada, a no ser la vergüenza de la pereza, la
indómita crueldad del tedio y el hábito, la necesaria tristeza de
tu soledad elegida. Lo único de lo que puedes sentirte
orgulloso es de tu amor incólume por Anna, la disciplina que
te mantiene en la pasión que te embarga, su recuerdo que te
impele a seguir queriendo a un recuerdo que se perpetúa para
surgir cada mañana en tu imaginación, presentándote frente a
él en posición de fatua victoria. Ahí radica tu error, en la
ambivalencia: en ser vencedor y, a la vez, vencido.
Pero, irónicamente, es lo único que te mantiene con vida:
eres un capullo que sigue creyendo en la virtud de la
esperanza. Y así te va. Pero no me mal interpretes, que con
todo, venero tu intachable propósito, tu verdadero amor por
Anna, tus años de renuncia, tu amor único y puro, nunca
mancillado con ninguna otra mujer (bueno, ésto sería
discutible, Genaro; en fin, no importa). A ver, llegados a este
punto, por qué no te decides finalmente a buscarla, a Anna,
¿no sería lo más lógico? Anda pues, pide que te dejen salir de
este lugar y olvida el infantil juego de la culpa.
Lo único que te equipara a Mozart es tu clasicismo, tu
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virtud, y esto nos concierne a ambos, eres un rara avis,
Genaro, por eso te aprecio y prometo ayudarte, anda sigue
durmiendo que ya te daré instrucciones durante el día. Sigue
unos minutos más en este profuso sueño y luego despierta. Ya
te avisaré.
33
[Rememorando a Anna]
La playa está marrón, la arena compactada por la lluvia
impide el movimiento naturalmente fácil de su cuerpo, que lo
hace a trompicones, rompiendo las capas duras de la arena,
buscando el interior de arena húmeda; con todo, su vello rubio
cosquillea el aire que se desplaza gravoso por entre su silueta
menuda. El horizonte se congestiona por el exceso de nubes;
pareciera que una nueva tormenta fuera a caer. Y entonces el
milagro es un hueco ínfimo entre las nubes negras por el que
se cuela el fiero sol, la intrépida luz que se resiste a
esconderse.
La poca claridad se refleja en el haz del cabello negro que le
cae por la espalda, atenuada por la constelación de pecas que
adorna su cuerpo todo. Piensas de ella que es un poco
mojigata, porque lleva una bañador con falda, de esos que
parecen un traje. A ti te gusta, porque es de las mujeres que
parecen construir siempre puentes a su alrededor: con el fulgor
que necesariamente proyecta hostigado por sus manos
vibrantes, en minucioso y constante movimiento creador de sus
dedos blancos y púrpura. Como una virgen extenuada, con el
escapulario que le cae de las manos blandas.
Mirarla produce tanto nausea (una desazón turbulenta en
cualquier caso) como incredulidad y asombro. El retrato de
Anna, antes de ser todo lo demás: la tormenta y la tiniebla, el
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descabello del mango de una sartén, la fritura, el estropajo, el
agua y otra vez el acero, la piedra, la arena, la ola, la sopa de
sobre: y luego se inserta Anna en el mundo; y luego tienes que
elegir entre Anna o el mundo.
Pero eso fue hace demasiado tiempo, lo de elegir, ahora sólo
guardas en ti la inherente y capciosa lentitud de un hombre
atrapado.
Esto, lo bello (en caso de que lo hubiera) ocurrió en tu
juventud, y ahora de eso (de haberlo) no queda ni siquiera el
propio recuerdo de lo bello: Woodsworth es un cabrón
mentiroso, como el del tebeo que no te ha dado un sorbo de
cognac. La belleza no subsiste en el recuerdo, la belleza se
marchita en una botella cerrada de cognac, la belleza acaba
siendo una cigüeña sin torre de campanario. Además, la iglesia
de Santa Anna no tiene campanario, por tanto Anna está
muerta. Menudo tramposo silogismo...
Podrías decir que es como un aria (Anna), esa entrada como
en corriente, empujada por los vientos y la voz que sobresale
de una mezzosoprano. Pero ahora te molesta más es el olor del
cognac, venturoso, que aguarda cerrado podrido también en tu
memoria. Y se desplaza fácilmente por entre la traquea, viene
del estómago y se detiene en la lengua, sube por el paladar y te
impele a la segregación de saliva, a relamer un sabor ficticio,
igual que las esperanzadas cigüeñas que habitan los tejados y
las torretas de los poemas peores. Y no puedes pensar en Anna
así, tan lujurioso y mezquino.
Parece que el calor de la traquea se haya confundido entre el
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revuelo de sábanas que se atan a tu cuerpo, en una maraña. El
del tebeo ahora aparece, recuerdas su voz que avanza, se oye la
cerradura de la puerta que conduce hasta las dos celdas
enfrentadas (una vacía, la de enfrente, y la tuya); su rostro
viene confundido con la humeante taza, así que no sé porqué te
da por pensar que es el del tebeo, pudiera ser hasta Anna, o
propiamente ella.
A ti te gustaría que hubiera traído torreznos, o quizá una
tortilla con jamón, porque tienes hambre, siempre la has
tenido, el hambre es una constante en tu vida. Pero te vale con
el café. “Gracias”, le dices un poco huraño mientras posas las
manos sobre un humo cada vez más imperceptible. En la celda
hay una mesilla con una biblia pequeña que echas al suelo,
para hacer hueco.
El del tebeo echa un guiño con el ojo antes de irse, como si
tratara de establecer un vínculo. Y te acuerdas del sabor del
cognac en la traquea.
Dejas el café sobre la mesilla, la cual es propiamente más
una banqueta reutilizada, de esas de párvulos, de
conglomerado recubierto por una lámina verde.
Sentado en la cama miras la taza, el surco que cincela en el
aire el calor, una espiga floreciente y dorada, que
vanidosamente se mece. Pronto queda lo que había: la sombra
rota de la pared, las rejas simétricas, matrices de números en el
techo, bordeando el encuadre de la vista y en movimiento,
distrayéndose, y la babilla conglutinante anexiona las figuras
promiscuas, delimitando un rostro con unos ojos ahora
pérfidos y un traje de baño rosa -Anna-; el recuerdo de unas
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lecturas conjuntas de Thackeray, o de una estancia en Biarritz
(allí estuvo tu madre, ¡no tú!); la caja de la cafetera de tu
madre o nada, y ver en los kioscos de París el Vanity fair con
mujeres en bañador (en París también estuvo tu madre, ¡no
tú!), y otra vez números dispersos en secciones aleatorias.
Es costoso echar la mano, estirar la bisagra vieja del brazo,
recoger la taza y sorber. Te vas atrás, la espalda contra el
empedrado poroso, las canillas colgando de la cama, oscilantes
por su pesadez, el músculo trasero robusto. Y en el culo una
molestia te hace voltear la espalda, recogiendo algo frío en las
manos: una petaca. Ruedas el tapón, huele a cognac. ¿de dónde
habrá salido?
[¿En serio tienes la desfachatez de explayarte con tal
invectiva?] Genaro no nos puedes engañar, ya sabemos que te
lo dio el del tebeo; por favor, no trates de mentirnos, sé
honesto con nosotros.
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Te abren la puerta de la celda mientras yaces echado de
espaldas y agujereas la sábana con las uñas, de pura rabia,
tapando con el ruido los pasos del carcelero. Rehuyes mirar
hacia quien hace sonar las llaves.
-¡Tú! Sal que tenemos que irnos.
Reconoces su voz, es otra vez el del tebeo, el del cognac. Te
molesta que irrumpa de nuevo violento ante ti. Te entra un
esforzado deseo de golpearle. Comienzas a hartarte de él. Ya
ha aparecido demasiadas veces. Te giras y le lanzas la petaca,
como lo hiciera un niño enfadado. Sigues con la cara bajo las
sábanas, no quieres mirar. Por eso no sabes si has acertado,
pero lo único es que la voz maldice.
-Será hijo de puta, dice el del tebeo y de un puntapié golpea
la puerta contra el marco y se vuelve a abrir. El hierro de la
puerta golpea el hierro de la reja, en varias ocasiones. Y las
bisagras crujen.
-Eh, tú -su voz denota ya el mesurado encono- que te
marches, que salgas, que tenemos que llevarte al ayuntamiento
cabrón, así que sal, que salgas hostias.
Tu silencio le indica la negativa. Te gustaría quedarte ahí
fulminado en el camastro, como Thackeray, oliendo a cognac
en la traquea, tomando por una vez la decisión de hacer algo.
-Prefiero quedarme aquí, dices casi melifluo, escondiendo
las palabras bajo el tapete de la sábana. Te ha entrado el
miedo, no te preocupes, de veras.
-Marica de mierda, dice mientras se marcha, consentido hijo
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de puta.
Golpea con el puño la palma de la mano y al salir pega un
puñetazo en la pared, que resuena. El resto de policías se
exaltan. Comienzan los gritos. Se discute con creciente fervor,
unos se increpan a otros. Tu nombre sale a relucir unas cuantas
veces, amén de los insultos. Empiezas a estar harto de todo
este contacto con el mundo. De todo este intolerable ruido.
Del mismo modo que no soportas la bondad, te es cara esa
inmarcesible tensión.
Al rato se distiende, se atempera o
simplemente es que los otros han desaparecido, no lo sabes, y
frente a ti aparece uno, que inmediatamente dice ser el jefe. El
jefe de qué, te gustaría preguntarle, pero aguardas.
Lleva una ridícula greña caída hacia la derecha, levanta la
frente creyéndose quizá un general de ejército o vaya Vd. a
saber qué.
Pero más ridículo es el bigotillo negro azabache que le
perfila el labio. Hacia el final de éste le clarea un manchón sin
pelo, se dijera que es efecto de una cicatriz, pero no parece
haber más marca que la que deja ver una piel de niño.
Consientes en mirarle, inquieto. Comienza a hablar muy
pausado, tratando de lanzar un parlamento delicadamente, pero
lo único que hace es ponerse más ridículo. Y ya comienza a
molestarte de una manera precisa y consciente.
-Verá Vd., se queda quieto y atenúa su rigor, recogiendo los
brazos, parece pensar bien las palabras (o tal vez sea pura
necedad); pronto pone uno de sus dedos sobre el bigote y
vuelve a repetir:
-Verá Vd., y queda otra vez absorto, inmerso en sus propias
ideas, feliz por el comienzo de su ornato, ese: “verá Vd. ... que
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le ha quedado tan elegante y digno (eso cree, o eso es lo que se
traduce de su chocarrera sonrisa). Durante unos segundos
comienza a indignarte su quietud, ese porte satisfecho.
Y ya se te hace intolerable su presencia. Y ¡zas! Cae al
suelo. El hombre ha caído al suelo. El ruido te ha parecido
estremecedor. Y te quedas extático. Esto sí que es una certeza,
amigo mío.
Esperas que de un momento a otro suenen las alarmas, que
las sirenas de la ambulancia se cuelen por las rendijas de las
ventanas, que por la puerta trasera aparezca un ejercito de
médicos y enfermeras, siempre con ese porte preocupado y
necesariamente vital que les recorre las surcos de la cara, los
brazos prestos, el corazón acelerado, la cabeza fría, el pulso
incólume. Esperas porque estás seguro de que se te iba a echar
encima inexorable el ruido.
Pero no ocurre nada de esto, nada de nada. Silencio.
Entonces piensas en gritar, para exonerarte, tal vez. Pero no
haces nada, nada de nada. Decides esperar para tomar una
resolución definitiva.
Le has golpeado Genaro. Empiezas bien...
Mirando a las paredes seguro que no encuentras una señal.
Por si hasta ahora no te habías dado cuenta -aunque pudiera
parecerlo-, esto no es un cuento de hadas, ni de los hermanos
Grimm,
¡Genaro!
Las mismas paredes que ayer manchadas estaban ahí, el hedor
a desinfectante, todo igual que ayer, lleno de ese contenida
tardanza, de esa baldía espera, ahora sí se materializa tu
oportunidad, ahora sí, Genaro, es cuando te impones tú a lo
40
otro, al ruido, eres tú ahora quien lo esgrime, impune, el
maldito ruido, creador del desastre. Ya estaba bien de rendirse
al tedio, ya son tantos años, ya...
De repente, un halo de tristeza (lo nuevo siempre da tristeza,
no te preocupes; es normal): detectas en el aire el vuelo suave
de una polilla blanca, esponjosa, como aquellas de la infancia,
venidas al descanso que te dabas en la tarde bajo la sombra del
nisparero. Pide un deseo. En aquellos tiempos los pedías, y se
te cumplían -a veces-. Te lo piensas, tranquilamente. Recoges
entre las manos recias la polilla blanca, suave; roza con
parsimonia la polilla dulce tus manos duras, pero te das cuenta
de que no tienes deseos para pedir, todo tú eres un catatónico
deseo. Necesitas una orden clara de tu cerebro: ¡Mátalo!
La polilla cae al suelo y es olvidada bajo las suelas de tus
feos y viejos mocasines.
¡Bien! Por fin has decidido algo por ti mismo, estás
exultante, grandioso, te sientes implacable, ¡Bravíssimo
Genaro!
¡Bravíssimo!
Ahora sí que hay una auténtica fiesta, y está dentro de ti, no
tienes que andar a buscarla a ningún sitio. Pletórico,
magnificente, eres el dueño de algo por fin: eres el dueño de la
vida del bigotudo. Dale un puntapié seco, justo en la carótida,
¿sabes dónde queda, no? Ahí, por donde se le ve esa serpiente
verdosa que le recorre el cuello, entre la barbilla y los huesos
del hombro. Golpéale con toda la furia de tu odio.
¡Genaro, te exhorto a que lo mates!
Es el momento de encender la mecha de la más estrepitosa de
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las tracas.
El hombre que ha caído al suelo no emite sonido alguno,
tiene la boca abierta, se le ven las babillas asquerosas. Es
horrendo su rostro, hombruno, Genaro, sólo por eso merece la
muerte. Mátalo.
Se gira tremebundo, por la espalda se puede ver su
curvatura, y las torceduras de los pies, que se retraen como
buscando algo, la cadera rechoncha y floja.
Te imaginas que de un momento vaya a decir: “Verá Vd.” y
piensas, dilo, dilo, porque te mato, desgraciado.
Según levantas el pie, con mucha cautela, preparando un
golpe máximo el hombre mueve la cabeza como una tortuga
desesperada faltándole el aire y suelta espuma. Ay Genaro que
este hombre es epiléptico... no se puede matar a un epiléptico.
Eso sí que no Genaro, no hay que abusar de los débiles. Deja
otra vez el pie junto al otro, guarda en el bolsillo las manos. No
hagas nada, no, no; grita. No, mejor no hagas nada. Cógele
antes las llaves, sal de esta cárcel.
¡Pero haz algo, por dios! Y es te lo vengo diciendo, qué se
puede espera de alguien sin voluntad, de alguien que espera los
efectos externos para tomar decisiones. El movimiento
comienza en ti mismo, no creas en Copérnico y los satélites.
Cree en Freud, amigo mío, comienza con la voluntad de tus
traumas, esos que te han tenido paralizado hasta ahora. Haz
que estos mismos te obliguen a correr y a buscar a Anna.
Cógele las llaves al guardia antes de que se ahogue en su
propio vómito, y tal vez muera, mientras trate de decir “Verá
Vd.”. Coge las llaves.
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Sientes de repente un inoportuno acceso de tos (niegas a tu
mano que frene el expulso -como si la rebeldía del organismo
fuera contagioso y el infortunado bigotudo quisiera vengarse-),
regurgitas con énfasis bacterias y pequeños insectos por la
boca, a la vez que en lugar de números, palabras echas, ésta
vez en orden alterno, hasta que, como un bloque, el orden
distribuye los siguientes versos:
Hoy la tierna Anna pudo
darse a talludo velado
en copete mal velado
y en barba bien copetudo;
muestra el capitel desnudo
cascos, dureza y osario;
o ya salga temerario,
pobre o necio el tal testuz,
Temo que haya mucha cruz,
Anna, donde hay un calvario.1
En realidad se trata del poema “A una que se casó con un calvo”, dirigido
a Lisis por el poeta Pedro de Quiros (s. XVII), del que no se sabe de su
1
43
*
Mozart es equilibrado, suave, sencillo. Ahora puedes ser como
Mozart: roba las llaves, abre a tu vida el candado de la puerta
trasera, márchate.
A ti Genaro te gustan los durazneros, el azahar y las pipas de
calabacín. A Mozart le gustaba la melodía y ... márchate
carajo, que no es momento para
diatribas ni melifluas
remembranzas.
*
En realidad, ahora que lo piensas, la muerte no avanza ni
siquiera aporta ruido, más al contrario, restituye, en el fondo es
la búsqueda de la armonía. Tal vez por eso esperases con tanta
calma tú la tuya, encerrado, tratando de armonizar el ruido, con
equivocado método, pero con justo propósito.
Tú, hasta ahora, de todas formas, has dejado que los demás
hagan el trabajo por ti. Pero a todos nos llega el momento,
Genaro. Y ahora eres tú el que debe encontrar a Anna, para
reconducir la vibración de las notas disonantes, la alternancia,
para encontrar por fin la sencillez, la claridad, el equilibrio, el
silencio.
vida más que de su muerte, o sea que se le tiene por cristianamente sepulto.
44
Eso sólo te lo puede dar Anna.
Échate al camino, tranquilo, que vendrá tu oportunidad. Ya
vendrá.
*
Te has olvidado de la cafetera, aunque lo más probable es
que sea ella la que desea perderte de vista.
*
No seas tan tonto, no vuelvas a por la cafetera. Por mucho
que te empecines esa caja rota no podría compararse con el
recuerdo de tu madre. Es cierto que el recuerdo está en los
objetos, pero los objetos pesan y a la libertad la debe recibir
uno ligero de carga.
*
45
La tristeza
Aquí tienes un hecho claro (un motivo que no por exiguo es
más eluctable): la tristeza. Eso es lo que andas buscando, pero
no para redimirte, sublimar ciertos incontrolados impulsos, ni
siquiera por un afán exegético; pura tristeza, de la que se le
enfrenta a uno en el camino, y aunque subrepticiamente la
busque no desearía encontrarla, no al menos a ella sola, sin
nada más. A ti te gustaría una tristeza que hablara del orden, la
decadencia, la memoria, pero no una tristeza sola e inútil. Y
eso es lo que, a resultas de tu pusilánime contento, hallas en
cada uno de tus pasos. Eso y nada más que eso.
Qué bueno tener el talento de Mozart, pero no es así,
descúbrete a la evidencia, triste paseante de calles sucias;
irascibles callejuelas de balcones verdes, que se van olvidando
de tus pasos según el zapato levanta la suela. La vida de las
plantas es mas importante que tú, Genaro. Según se va
abriendo el capullo de cualquier flor, inmediatamente todo
vestigio de ti, de tu cuerpo anciano, de tu cansada estampa, de
tus inútiles manos, todo se desvanece en pro de la primavera
que deseas correteara infinita y feliz por las calles aburridas de
46
esta ciudad y de todas las otras, del mundo, de la naturaleza
cósmica.
¡Abre los ojos vivaces, Genaro! Eres libre por fin. Enfila la
carretera que lleva a la montaña. Refúgiate tranquilo allí. Hasta
que pase el temporal.
Tienes que encontrar a Anna.
Échate un rato ahí en la cuneta, bajo la sombra de los olivos,
como si fueras un dulce poeta. Ale. Descansa. Y relájate, que
es lo que te gusta, machote.
47
Piensa otra vez en las palabras, en crearlas lúcidas,
resplandecientes. Al comienzo hablaste de las palabras, (¿o fui
yo?), de la posibilidad de inventariar lo que te importa a través
del neologismo. Lo dijiste tú mismo. No me mires así. No te
hagas el longuis.
Pero, cómo describir el amor cuando uno desconoce sus más
íntimas implicaciones. Sí, claro tú reverencias un amor puro,
intachable, casto, respetuoso. ¿Y acaso te consideras tan
diferente de las beatas de los cortejos que pasan bajo tu
ventana? Ay, Genaro que no te comprendo...
A ver, hay que hacer recuento de bajas y dar dictado para el
propósito de las acciones. Siéntate bajo la colina, no aquí
donde refrescan los abetos; aquí no, que es peligroso. Allí, en
esa tímida senda que descubre al lateral un promontorio, a
resguardo de inquisitivas miradas, como hacen los ladrones.
Ahí estarás más cómodo. Donde los olivos de filosas hojas,
descansa allí tu cuerpo, y echa cuenta de unas horas tranquilas,
laboriosamente.
48
*
Las piedras oblongas se te han quedado marcadas en la ropa,
en la espalda, en el muslo. Te duelen los riñones pero podrás
soportarlo. Ha anochecido. Definitivamente estamos en
Semana Santa: las cornetas, los tambores, los caballos, todo
eso, todo eso junto y a la vez disperso y las luces lejanas y la
feria.
Apuesto a que te sientes mejor, descansado, tranquilo. Como si
acabaras de tener un sueño lujurioso con Anna, alguna Anna
posible. Verás como pronto se hace real, no la Anna del sueño,
cualquier otra, o mejor la que tú recuerdas vívidamente con su
bañador completo y su piel sencilla; las manos proyectivas, el
fulgor de su cuerpo necesariamente procreador.
Con toda esa gente festejando la Semana Santa alguien debe
conocer algo, algún detalle, algún indicio, seguro que te saben
dar una pista. Alégrate que, aunque no lo parezca eres libre,
como aquel pájaro que anidaba en tu ventana, frente a la
iglesia. Libre para ir a cualquier sitio, por fin. “Pajarillo
negro moteado de blancuras...”
49
*
Tienes hambre, lo tuyo es endemoniado. Siempre tienes
hambre. Caminas hacia la ermita, arriba, a la colina. Se ve una
luz, puede que alguien allí se recoja. Se ve una caseta.
Caminas despacio, notando el dolor en las rodillas. Estás
cansado, pero debes caminar Genaro. Avanza.
No son tan feas esas canciones de exaltación religiosa,
después de todo. Tienen un ritmo monocorde y las letrillas
facilonas y repetitivas, dogmáticas. Pero al menos alegran la
falta de alimento, el cansancio y el trabajoso avance por la
montaña.
Escuchas un ruido, como de caballos. La pendiente está
rodeada por abetos, altos y rectos. Pero a los lados quedan las
bajadas de la colina, que conducen a las faldas, la vegetación
es ociosa y con supina frondosidad. Escóndete ahí. Espera.
Los casquetes repican en las piedras, el herraje de las sillas y
las espadas cliquean. Si fueras cristiano creerías que es el
vívido cortejo de la muerte.
50
*
Al pie de la falda de la colina, que conduce al cementerio,
para la procesión. Los caballos relinchan y mueven las colas.
Los tambores dan unos redobles rápidos y sinuosos. Aparece la
trompeta dorada y esgrime con un solo la redención de cristo.
Al tiempo se ponen estruendosos los tambores, la cera se sigue
derritiendo en los cirios amarillos, azules y rojos, y las mujeres
caminan erectas y soberbias. Los caballos van abriendo el paso
entre la oscuridad de las montañas. De no haber conocido este
particular ritual que llevaba a las hermandades desde las
colinas hacia el centro de la ciudad, uno hubiera pensado en la
santa compaña, en espíritus rebeldes de muertos, o
directamente, en alucinaciones.
51
*
Genaro saldrá de nuevo al camino pedregoso, imbricado,
inclinado y oscuro. Avanzará con lentitud notando la
inclemente elevación del terreno, sufriéndolo en sus rodillas
cuyo interior es como de aceite quemado, con sus piernas
varicosas, trabadas por la imposibilidad de la energía. Y
seguirá ascendiendo y ascendiendo. Y lo que apenas son
ochocientos metros, a Genaro le supondrán el esfuerzo de toda
un vida, la exhalación última.
Sube, Genaro, ¡sube!
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El enterrador
Tras el tuerto pórtico donde el menudo enterrador habita, el
fausto silencioso de los cadáveres y el olor de las prímulas y
las siemprevivas, las rosas yermas cubiertas de rosas frescas,
incapaces de soliviantar el hedor de la paciente decadencia. Y
al fondo, la terrible dicha de los fuegos fatuos, los muertos
jóvenes.
Aparece en escena el enterrador, con un sombrero obtuso de
53
hombre de pueblo, campechano.
Genaro: Buenas noches.
Sepulturero: ¿Qué le trae por aquí, amigo?
Genaro: estoy buscando.
Sepulturero: ¿buscar?, ¿aquí? -se ajusta las botas amarillas,
de pastor, cogiéndolas del vértice y estirándolas hacia arribamal lugar para perderse, amigo mío.
Genaro: En realidad acabo de escaparme del cuartel de la
policía, tengo hambre y busco a una mujer.
Genaro se rasca la tripa como si viniera del país de los
hombres primitivos. El otro, por unos segundos, le contempla
curioso.
Sepulturero: Ah, ya veo (ríe ominoso), Vd. es un cachondo,
también. Igual que
yo... -con dos dedos en el cinturón, se
sube los pantalones de pana-. Ahh, -estira los brazos al frentela presencia de la muerte le alegra el alma a uno...
Genaro: no señor, le digo la verdad. Y a mí, no me ronda la
muerte.
Sepulturero: lo siento, pero a mí no puede mentirme.
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El sepulturero se ajusta el sombrero. Genaro se impacienta.
Genaro: Está bien, digamos, si Vd. quiere, que me ronda la
muerte, y ahora... ¿sería tan amable como para darme algo de
comida? Verá, -sus palabras se hacen más humildes- es que
estoy hambriento, desde que yo recuerde -y se vuelve a rascar
la barriga- siempre he estado hambriento.
Genaro hace como si esperase una respuesta, pero no del
sepulturero, probablemente (a lo que parece) la busque dentro
de sí mismo, en el interior de su barriga, igual.
Sepulturero: No puedo darle de comer.
Genaro: (molesto) ¿acaso no tiene una casa aquí? Puedo
verla, puedo ver las luces; seguro que tiene una mujer que, que
sabe de estas cosas, una mujer adentro. Una mujer es siempre
una mujer, ellas saben. Y yo, además, yo busco a una mujer,
como ya le he dicho. Bueno, no a la suya, quería decir (parece
sentirse trabado); bah!
Desdeñoso da vueltas sobre sí, pareciera estar esperando algo,
y en eso se entretiene: en esperar.
Sepulturero: no tengo mujer. Y de haberla seguido
manteniendo, no hubiera
peleado por ella -saca tabaco y
se entretiene en liar un cigarrillo, mientras
habla-,
no
merece la pena esforzarse en eludir algo que tenemos tan
cerca: mi
muerte está por llegar, pronta, igual que la
55
suya.
Genaro: mi muerte acontecerá cuando yo diga.
Sepulturero: le aseguro que no, amigo.
El sepulturero es rápido y ya está lamiendo el papel. El
cigarrillo queda panzurroso, pero bien prieto. Lo enciende con
una cerilla.
Sepulturero: En cualquier caso, para qué una mujer, amigo,
Genaro: A mi me da igual, oiga, pero ¿no tiene comida?, ¿o
es que acaso no come Vd? ¿Qué es, una especie de asceta?
Sepulturero: ¿Y Vd. me lo dice?
Las primeras caladas se resuelven en un buen montón de
humo, que confunde la cara oscura del sepulturero.
Sepulturero: lo siento pero hoy es viernes santo: día de
ayuno y abstinencia. La tradición debe ser respetada. Y no, no
soy un asceta, sólo un sencillo
sepulturero. Igual que
Vd.
Genaro: Yo no soy sepulturero, y menos católico. Yo soy
un ácrata moderado,
como mi abuelo. Así que no se
preocupe que no incurriré en falta alguna.
56
Sepulturero: He dicho que no, yo soy católico, y no puedo
cargar eso sobre mi
conciencia -hace una pausa-. ¿Acaso
no escucha mis tripas? Yo sufro lo mismo
que Vd.
Genaro: ¿sabe?, acabo de golpear a un policía, y la verdad,
después de estar años encerrado, tanto tiempo, me siento
pletórico y con ganas de pelea. Además
necesito
imperiosamente encontrar a una mujer.
Sepulturero: qué mujer, si puede saberse.
Genaro: eso a Vd. no le importa.
Sepulturero: ¿y por qué ha estado encerrado?, ¿crimen,
violación, robo?
Genaro: No he cometido ningún delito.
Sepulturero: De todas formas, a mí Vd. no me asusta; ni
Vd. ni nadie. Yo rezo
para que cada día la muerte me lleve,
estoy aburrido, no tengo nada que hacer y
me he cansado
de hablar con los muertos, siempre me cuentan las mismas
batallitas...
Genaro da patadas en la hierba, lamentoso. El otro
fuma con parsimonia.
Sepulturero: Así que, bien pensado, lo suyo, para mí, es
más un ofrecimiento
que una amenaza, y no crea que no se
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lo agradezco, y por ello, le seré grato
invitándole
a
una
proposición, una suerte de gustoso intercambio.
Genaro: De qué se trata, si puede saberse.
S e p u l t u r e r o : Todavía no, todavía no, espere a la
medianoche. Entonces le daré un alimento que no olvidará.
Vayamos a dar un paseo disfrutando de nuestro pacífico
entorno...
Genaro: No quiero dar ningún paseo.
Sepulturero: está bien, pues espéreme aquí. Tengo que ir a
vigilar a los
muertos; estando en los días de la
resurrección a veces a algunos de ellos les
bromas pesadas. De
sino
gusta jugar con
ahí mi carácter, como comprenderá,
estaría muerto, ¿coge la ironía? (se marcha riendo).
Las hermandades de devotos o cofradías, habitan las calles
del pueblo, mostrando su fervor en una algarabía ordenada,
ajustando con el temple de un director de coro los sonidos, los
silencios. Las trompetas llevan la iniciativa y los tambores
soportan el peso de todo el movimiento. Las señoras de luto
corren sin moverse, luchando con la trepidación de sus pies
audaces, impetuosos, lívidos que corretean, imposibilitados a
adelantarse a los cofrades, respetuosos; los curas hacen falsa
ostentación de un poder legado a los hombres por el gran dios,
y no se ve a los niños por ningún sitio, quizá temerosos de la
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muerte.
Mira, Genaro, las luces en la iglesia de Santa Anna, seguro
que corretean por allí bajo las viejas, y han ido a buscarte,
seguro. Allí la casa también, que será poseída prontamente por
los operarios del ayuntamiento. Y ahora se van a llevar una
gran fiasco, tantos años esperándote y tu vas a hora y les das
plantón. Sólo se encontrarán la estatua maltrecha de Afrodita,
eso con suerte de que no la hayan robado ya las gitanas. Qué
idiotas, no van a encontrarte, no van a encontrarte, no van a
encontrarte nunca. Házles un corte de mangas, ¡que se jodan,
viejas insidiosas!
Y pensándolo bien, éste era el motivo que necesitabas, el que
andabas buscando. En qué buena hora te sacaron de aquella
pútrida casa. A la mierda Mozart y todo lo demás... qué les
jodan a todos, tu te vas a buscar a tu Anna, que esperar toda la
vida por una mujer, incluso por Anna, que la quieres pura y
casta, acaba siendo hipertrófico.
Para qué ahora las palabras, para qué.
Todo eso no vale absolutamente para nada, para nada de nada.
Que se jodan todos, tu padre don Luís y sus frescas incluídas.
Qué feliz te veo Genaro...
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Sepulturero: Verá es muy sencillo
Genaro: Explíquese
Sepulturero: Antes que nada, déjeme que le introduzca, por
favor sea paciente,
y entonces entenderá, le repito que por
favor, no tenga prisa. A ver, cómo empezar...
Genaro: Por el principio, ¡demonios!
Sepulturero: ah, no amigo, el origen de las cosas nunca está
en el principio, es
más ingenuo Vd. de lo que yo
pensaba...
El sepulturero camina, dejando a Genaro a su espalda. La
hierba está húmeda por el leve rocío y los zapatos de Genaro
están viejos, se les ve el betún pasado por encima, tantas veces.
Los zapatos de Genaro están colmados de agujerillos, con la
60
suela despegada de los lados. La punta la tienen redonda casi,
del desgaste, y ribetea el mocasín de charol una hebilla que, tal
vez, fuera insignia de algo.
Genaro marcha en silencio mientras el otro agarra briznas
que surgen del follaje, las mastica, las escupe. Son briznas
verdes, y cuando la luna les cae, reflejan en semicírculos.
Genaro está tranquilo; pero tiene hambre.
Es cierto lo que el otro dijera: al sepulturero le suenan las
tripas. Genaro puede escucharlo. Llegados a un punto donde se
levanta una torreta con punta de flecha, descascarillada la
pintura, el otro se sienta. Y señala hacia arriba.
Sepulturero: (señalando a la torreta) es un reloj de sol.
Genaro: No hay sol.
Sepulturero: Ya lo sé, ahí está la gracia, amigo. Puedo
decirle exactamente cuándo darán las doce.
Genaro se muestra displicente. Se sienta en el suelo, enfrente
del sepulturero. En cuclillas.
Sepulturero: Antes me dijo Vd. que tenía un abuelo...
Genaro: Todos tenemos un abuelo.
Sepulturero: Pero a mi me interesa el suyo.
61
Genaro: ¿Y eso por qué?
Sepulturero: bueno, puede que tuviese que ver conmigo;
quiero decir, con mi
abuelo más propiamente. Puede que se
conocieran.
Genaro: ¿si le cuento me dará de comer?
Sepulturero: Igualmente amigo, tanto si me cuenta como si
no, le daré de
comer; pero tengo la sospecha de que Vd.
tiene ganas de hablar, no conmigo sino con alguien -escupe
una brizna-. Y el caso es que yo estoy aquí, y ya estoy
acostumbrado a escuchar, me gustan las historias, hay cierto
placer en las
historias.
Genaro: No lo creo. Las historias son solamente formas
sutiles de ocultar las
cosas.
Sepulturero: Le diré una cosa. A diferencia de Vd. soy yo
de los que
contemplan, de los que esperan, de los
que se interesan por los demás. Y
cualquier
persona, hasta la más detestable, tiene siempre algo que contar.
Huelga decir que vienen al final todos aquí, tanto los virtuosos
como los indeseables.
Genaro: verá, es que yo tengo hambre, ¿sabe?
Sepulturero: me hago cargo, pero yo soy un hombre de
62
disciplina.
Genaro: yo soy una ácrata, como mi abuelo.
Genaro se pone en pie y se echa encima del sepulturero, pero
éste le suelta una patada y Genaro cae al suelo, despreciable.
El sepulturero no ha cambiado el semblante taciturno.
Genaro se repliega sobre sí y se le ajena unos pasos. En la
noche se escuchan lejanos los tambores que deben estar
llegando a la plaza y pronto alcanzarán la iglesia de santa
Anna, enfrente de la antigua casa de Genaro.
Genaro se extraña al no encontrar esa voz que parecía
dirigirle los pasos hasta ahora. Es como si algo se hubiera
liberado dentro de sí. Y sufre un dolor en el pecho. El otro no
transige y sigue sentado. Genaro se agarra el pecho y suplica.
El otro niega con la cabeza, astuto.
Sepulturero: Cuénteme la historia, por favor, si es tan
amable. Ya le he dicho que luego le daré de comer. No se
impaciente, ¿ve cómo las cosas no suelen comenzar por el
principio? De haberlo hecho nos hubiéramos ahorrado esta
innecesaria escena.
Genaro se agarra las rodillas, pero su oronda barriga le
incomoda y prefiere dejar caer los brazos, estirando las piernas
hacia el frente. La cabeza le cae hacia detrás, y nota la
humedad de la hierba que le transita el cuello. Suspira con
vibrato, como el que carraspea larga y rítmicamente. Y habla:
"No sé por donde comenzar, y entonces nota de nuevo el
63
dolor en el pecho. Una piedra, ha sido una piedra. El otro le
mira, con varias briznas en la boca, que ya relucen. Quizá se
haya marchado la luna. Me ha tirado una piedra, el cabrón.
-Pancracio Salustiano de Fulgencio; ése era mi abuelo,
comienza.
Levanta tímido la cabeza con el apoyo de los codos, y
encuentra el semblante del otro, que aprueba. Y prosigue. Pero
localiza con la mano el lugar donde cayó la piedra.
-Era político. Bueno. Antes de ser político se dedicó a otras
cosas, pero yo no sé si conviene mencionarlas.
El otro carraspea.
-Está bien, ...
El otro vuelve a carraspear, escupe un poco de tabaco. Y
recoge unas cuantas briznas. Mira el reloj, o aquella parte
superior de la torreta a la que él llama “el reloj de sol” y dice:
“prosiga, por favor”, urgiéndole a que continúe con el apoyo
de las manos procelosas.
“Por lo que tengo entendido Pancracio Salustiano
fue criado por un tío suyo, un tal Amado Rafael, casado en
segundas nupcias con Margarita Jeandrevin. Margarita tenía
dos hijos de un anterior matrimonio, Lucas y Pablo. Malos,
malos, diabólicos. A Amado Rafael no le caían nada bien, y
los desdeñaba a la menor oportunidad. Sé de algunas veces
incluso que les dejó sin comer, atados al tronco de una
higuera, en alguno de sus múltiples huertos. Al amparo de la
noche y con un orinal al frente (Amado, con todo, era un
hombre escrupuloso).
64
Era mi abuelo entonces quien robaba de la cocina pan,
membrillos y algunos frutos secos y se los llevaba
secretamente, siempre con la amenaza de la criada. Pedaleaba
durante casi una hora (a veces dos) hasta descubrir en qué
propiedad se les había dejado -a los hijos de Margarita-. Les
traía también una botella de vino, pero nunca se supo que los
liberara de las ataduras antes de que fuera ello decidido por
Amado Rafael.
El caso es que Lucas y Pablo no solían quejarse y, las más
de las veces, por lo visto, merecían sus castigos, pues
constantes eran los quebraderos de cabeza que le daban a
Amado Rafael.
Pero no nos desviemos. Mi abuelo, Pancracio, fruto de la
unión pseudogenital de Ángela de Fulgencio Cremat y Álvaro
Pancracio Llánez, fue criado los dos primeros años por su
padre, Álvaro, viudo e incapaz de someterse a los dictados de
un pequeño varón cuya mayor virtud (en tan temprana edad,
claro) es llorar a mansalva. Álvaro ...
Álvaro era un hombre de acción, y pronto hubo de desertar y
marcharse en campañas militares allende los mares. Nada
más se supo. Se dice que acabó en Cuba, pero sólo son
habladurías.
El misterio del nacimiento de Pancracio es el siguiente:
Ángela juró y perjuro durante los meses en los que le iba
paulatinamente creciendo la barriga, que su embarazo era
cosa divina y juraba y perjuraba que ella era virgen. Al morir
durante el parto no pudieron ser comprobadas tales
sentenciosas afirmaciones, aunque tal vez sí, y solamente el
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doctor Borillo, hombre de inquebrantable perilla pelirroja,
muriese con el secreto. ¿Quién pudiera saberlo?
El sepulturero parecía tener la vista perdida hacia abajo,
sobre la ciudad, de manera obsequiosa.
-Siga.
“Pues cuando ella murió y él se marchó, no quedo nadie, más
allá de las monjitas, y algún honrado ciudadano que hacían
más con palabras que con hechos. Pero nadie estaba por
hacerse cargo.
Así que hubo de dedicarse a varios oficios, En los
almacenes, sobre todo, primero con los cajones, fabricando
cajones, montándolos, en ellos ponían frutas. Empezó como
aprendiz, y fue instruyéndose en el oficio. Le llevó algunos
años, pero pronto fue ascendiendo. Era un hombre aplicado y
honrado. Y la honradez en aquella época -según él mismo
refería con orgullo- era cosa importante, o más aún definitiva.
Entonces pues ascendió y ascendió hasta que llegó a
encargado de turno. El sueldo comenzó a subir, las miradas de
mujeres lo mismo, y las pretendientes, pues eso. Y apareció
cierta condesa. Ahora es cuando en realidad comienza lo
interesante de la historia...
El otro cabeceó, comprensivo y con interés. Tenía otra
brizna en la boca. El cigarro yacía echando humo en la grama
amarillenta donde se sentaban, el humo estaba tamizado por el
rocío.
-Sabe? -dijo Genaro, resuelto-. No me da la gana de contarle
nada más. Nada de nada, y además ya me estoy hartando. Me
va a dar Vd. ahora mismo de comer.
66
-No, amigo, no. Se equivoca del todo conmigo. Si no quiere
contarme Vd. su historia, que por más me importa un rábano,
si he de serle sincero, por mucho que sea su abuelo, entonces
seré yo quien se la cuente. Y más le vale que me escuche.
Después, prometo, y créame que soy de los que juran con
palabra que cumplen, le daré un copioso banquete, su última
cena, ¡verá qué sorpresa de banquete! Será para Vd. una
revelación, se lo prometo.
-Ah, no -le replicó Genaro-. Vd. me va a dar de comer ahora
o le mato. Estoy harto de su chulería, que qué, que qué se
piensa que no soy capaz... o qué?
-Vd. es un imbécil, Genaro. Cállase, joder, ¿o es que quiere
acaso que le dé otro empellón?, ¡so imbécil! -el sepulturero se
ajustaba el gorro a la cabeza-. Le voy a contar algo sobre las
historias y sobre los muertos. Escuche y verá, a ver si se entera
de algo de una vez, que parece no estar listo para la muerte,
tanto que Vd. habla de ella... ¿Ha leído Vd. a Zorrilla?
Genaro cabeceó pesarosamente.
-¡Madre mía!, espetó el sepulturero.
-¿A Byron, entonces? Genaro -seguía cabeceando, negaba-. El
sepulturero estaba desesperado.
-¿Y quiere ser Vd, un don juan?¿Habrá leído entonces a
Giaccomo?
Genaro seguía negando, pero en su expresión displicente no se
asomaba un atisbo de arrepentimiento o vergüenza.
-Ay Genaro, sí que es Vd. un signo de los tiempos, sí. Todos
67
como Vd. iletrados, incultos, primitivos, voraces y perezosos.
¡Maldita sea mi estampa!
Mire, para que se de cuenta de cómo se hacen las historias.
Yo que sé unas cuantas cosas, le resumiré la historia de su
abuelo, para que deje de dar el coñazo y se entere de una vez
que cuando relata debe ser consciente de quien escucha, se
llama empatía, so subnormal, ¿es que no ha ido Vd. a la
universidad o qué?
-¿La universidad? Reía Genaro, he oído hablar de ella, sí. Es
donde se forman los glosaristas, ¿no?
-¿Doctor Borillo? Mire que es Vd. tonto, ¿no se le ocurrió nada
mejor? La próxima vez que tenga que inventar algo, déjeme
que le ayude por favor. Vd. es un desgraciado hijodeputa, y no
se lo tome a mal. Y eso de Anna, ¿pero se cree Vd. que alguien
se lo ha tragado? Vd. no es capaz de amar a ninguna mujer, a
ninguna pero de ninguna. Y aún más, ¿es tan imbécil como
para pensar que se lo ha tragado algún lector? Uno no ama a
nadie, uno no más que se ama a sí mismo, y a ratos, qué
gilipollas que está Vd. hecho.
Genaro se disculpa, “no era yo quien hablaba, no producía yo
la historia, simplemente fui sujeto de una trama, una
exasperante y detenida trama, nada más”. “Yo hubiera gustado
de seguir en mi casa, esperando a Anna, y morirme.
-Ah, no, ¿quién entonces decidía la trama? ¿Su puta
conciencia?, vamos ¡no me toque los cojones! Y no se
preocupe que lo de morirse se lo arreglo yo. De eso me
ocuparé bien, así le tenga que asestar con un garrote en la
cabeza.
Mire yo le hago una semblanza de su abuelo; ahora verá
68
como no yerro. Si
es que, al final todos acabamos
inventándonos la memoria, ¿todavía no se ha dado cuenta de
eso?. Y mejor así, porque sino, vería Vd. que mundo tan
horrible tendríamos, tan soso vulgar, tan dramáticamente
aburrido, tan periodístico.
¿Se da cuenta Genaro de que por lo único que ha llegado
hasta aquí, hablando en plata, es para pegarle un polvo a una
mujer, a una muerta por más? ¿No le parece lamentable, llegar
a ese grado de degeneración? ¿Pero quién es Vd., de dónde
viene, qué mundo tan sórdido es el suyo?
El sepulturero, que pretendía epatar a Genaro, se quedó
estupefacto, pues Genaro no se alteraba lo más mínimo ahora
ya. Tenía la movilidad de una piedra inmóvil y parecía sentir la
emoción de un galápago.
Miraba Genaro como distraído, sin importarle un bledo ya el
hambre la mujer la muerte
-Será posible, dice el sepulturero.
-Será, concluye Genaro con la mayor indiferencia.
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-No se merece ver a Anna. Ella está aquí, pero no la verá, se lo
aseguro. No lo merece. No voy a permitir que ocurra como con
la conventual Inés, única dama loable que conozco, la única
que murió de verdadero amor. No se lo permitiré, Vd. no vale
una mierda, nada, como para mancillar la memoria de una
virtuosa. Y ahora venga conmigo, que lo único que le queda
por hacer es echar ese polvo que tanto anhela, venga. No
importa. A esta altura de las cosas ya...
El sepulturero se queda señalando al "reloj de sol".
-Las doce, Genaro, ¿oye con qué estrépito redoblan los
tambores allá abajo? Ahora se enterará de lo que tengo que
decirle, no me andaré con rodeos como Vd.; seré conciso,
claro, directo. Ahora descubriremos todos juntos qué es
exactamente lo que lleva buscando desde el comienzo, sin
atreverse a manifestarlo con honradez. Eludiéndolo. Es
momento de las verdades, Genaro, de que la palabra se ajuste
al formato, de que fondo y forma se hallen en perfecto
maridaje. De que la palabra sea significante, significado y
referente, de que el objeto halle la adecuada formulación, ese
objeto que es Vd: Vd. un hijodeputa, Genaro, un auténtico y
genuino hijodeputa. Es lo único que lo describe, fondo y forma
ya son indisolubles en Vd., lo han sido desde que nació. Esa es
la palabra que andaba buscando y con la que no se atrevía a
calificarse, pero ya está hecho, no tiene que buscar más nada,
hijodeputa, eso es lo que es. Y no se hable más... Y ahora, eche
todas las demás palabras fuera del saco, déjeselas para los
70
otros, a ver si tienen más suerte. Y olvídese ya de la tortuosa
búsqueda, del inútil recorrido que le ha traído aquí conmigo,
donde habitan los muertos, donde no hay mayor verdad que la
carroña y los carroñeros.
Genaro camina despacio, tranquilo, algo perplejo, pero no se
atreve a rechistar. Aguarda. A sus mocasines se les cae la
suela, decide quitárselos, no ve muy claro para qué los ha de
necesitar ya.
Genaro baja la cabeza, Genaro no parece estar ni
decepcionado ni humillado ni ya, hambriento. Genaro lo único
que quiere es follarse a lo que sea, así sea el sepulturero
propiamente dicho. El sepulturero lo sabe, el sepulturero se
baja los pantalones. El sepulturero a pesar de todo es un
"mandao" del autor... Ay, entonces, querido autor, menudo
degenerado que eres tú también.
-Ay, Genaro en qué te has convertido, Genaro... Ay, mira,
ahora ya lo sabes.
¿O acaso siempre has sido así y nos has engañado a todos?
¿El autor también? ¿El lector también, ansioso por ver cómo
Genaro se follaba a una muerta? Quién pues, es el más
degenerado de todos juntos, hijosdeputa que somos todos.
Ojalá Mozart nunca se entere de esto. Kandinski tenía razón:
hemos perdido la batalla. Hasta con las propias palabras, qué
tristeza, Genaro, qué tristeza, amigos... siquiera inventándonos
todo conseguimos que las cosas tengan su continuidad natural,
71
siquiera la ficción la regula la ética. Para qué seguir entonces,
para qué.
Apología
Sepulturero: éste era el trato del que le hablaba, Genaro.
Gracias por acceder. Ahora sí paseemos por entre los cipreses,
con ese bello aroma de primavera que todo lo recubre, ah,
vayamos a ver a Anna, vamos.
Le confieso que todo lo anterior no era más que una treta,
bueno lo mismo que Vd., vaya. Yo estoy harto ya de follarme a
cadáveres, Genaro, supongo que Vd. lo comprenderá.
Paseemos, paseemos, que tengo una bella historia que contarle,
luego le mostraré donde habita el cadáver de Anna, le aseguro
que fue una puta, putísima, me la follé cientos de veces en los
primeros días que la trajeron. Y qué gusto que me daba. Espero
que esto no le moleste, Genaro. Y me alegra de que podamos
hablar ahora ya, sin la presencia molesta del autor ni de los
lectores. Ah, ya verá, qué panteón más bonito, todo mármol
blanco, se ve que aquel con el que se casó la quería bien,
Genaro. Vd. no podría haberse permitido todo ese amor, y
tampoco ese dispendio. Conténtese, que el amor no es esa cosa
72
que nos cuentan, que todo lo cambia, que hace que las mujeres
nos acepten de cualquier modo, desengáñese. Las mujeres van
a lo que van. Ay, Genaro, no vea qué alivio, después de tantos
años de estar esperando a alguien como Vd. un necio como
Vd. igual que yo.
Genaro: Tiene Vd. razón, digo en cuanto a lo de hablar con
sinceridad. Yo le debo decir que necesitaba de un ligero
desahogo, y ya se sabe que las cosas hay que hacerlas entre
hombres, porque si no...
Sepulturero: Tiene razón, Genaro. ¿No le apatecería quedarse
una temporadita conmigo?
Genaro: Pues no sea que no se lo agradezco, pero ya estoy
cansado. Si no le importa yo preferiría quedarme al ladito de
Anna, pues con todo la quiero un poquitín. Y preferiría morir a
su lado. Gozar ese pequeño instante de felicidad, si no le
importa. Yo creo que lo merezco.
Sepulturero: ¿Merecer? No conozco ese verbo, Genaro. Es
algo que se inventaron para obligarnos al sacrificio. Vd. lleva
todo el rato buscando palabras, y no se ha dado cuenta que solo
hay tres o cuatro sustantivos acertados, y algún verbo, poco
más, el resto es pura ornamentación. Lo único es la certeza de
la serpiente: el conocimiento de que todo es una miseria, de
que nada vale un pimiento, de que por mucho que nos
esforcemos no somos en nada diferentes a un animal, una
cobra o una medusa. Conténtese Genaro, que ya pronto le
73
llegará el descanso. ¿Conoce Vd. la bella historia de doña
Inés?
Genaro: Bueno, de oídas.
Sepulturero: Venga, venga, arrímese, que yo se la cuento, y
verá qué bonita, verá como todavía quedan algunas historias
bonitas, pero claro, ya han sido todas escritas, a las bonitas me
refiero. Antes sí habían buenos escritores Genaro, pero ahora
ya fíjese Vd. y yo por qué clase de novela tenemos que
campar. Autores mediocres y necios, como Vd. y yo, es signo
de los tiempos, qué le vamos a hacer.
Genaro: sí, sí, le entiendo. Pero siempre nos quedará repetir
esas historias, siempre nos quedará ese mínimo deleite, ¿no?
Sepulturero: exactamente. Todas las historias de amor, todas,
son variaciones unas de otras, espero que haya entendido eso,
espero que esto haya servido para algo. Tanto desperdicio de
papel...
No podemos hacer más que repetirnos con algunas variaciones,
Genaro. Por lo demás, la única certeza es que algún cabrón
acaba, en algún momento, dándonos por el culo. No hay más.
Nada más.
-Pues verá, don Juan Tenorio hallábase a la espera de don
Luís Mejía, y entonces, don Gonzalo de Ulloa, padre de Inés
de Ulloa, la que sería la Anna de don Juan, pues... Pero a todo
esto, ¿a Vd. le gusta Mozart?
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Genaro: bueno, un poquitín... no, no mucho la verdad. Era una
excusa, como todo lo otro. En fin, siempre nos estamos
buscando excusas para evadir la responsabilidad de las cosas,
supongo que será eso. Supongo, tal vez tenga yo la culpa de mi
mismo, tal vez. Lo de Mozart sospecho que fue cosa del autor.
Sepulturero: se me olvidaba la semblanza de su abuelo...
Genaro: ¿cree Vd que es necesario?
Sepulturero: ¿La verdad? En absoluto. Para nada. También
era una excusa para meterme con Vd. Ya ve. Tal vez también
sea yo quien tenga la culpa de mis propios actos. Tal vez, mire
Vd. por donde es posible que quede un hueco para nuevas
historias de amor, venga conmigo, Genaro, acérquese, que
quiero abrazarle. Venga aquí, confabulemos nuestras culpas.
muramos en paz, éticamente, por vez primera en nuestras
vidas. Que muera el autor también, que pene sus culpas, que
también él las tiene, y nos ha buscado a nosotros como excusa.
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Semblanza del autor
[A modo de epitafio]
Si yo hubiera de morirme, ahora mismo, sin elegir, moriría
esa parte de mi que es un hijodeputa, como Genaro, y esa otra
parte mezquina, como el sepulturero. Pero también habría de
morir la ingenuidad del amor, la humillante tiranía de un amor
imposible. La melancólica impericia de la pasión, también
muere aquí y ahora.
Si yo hubiera de morirme, y quiero, hubiera escrito las
páginas anteriores, porque en nada me creo mejor a ellas, en
nada, en nada supero a estos patéticos personajes que, con
todo, son yo, pero también son Vd., y también son ellos
mismos ya, eligiendo una y otra vez su triste destino.
Que le aproveche lector, que muera bien, como yo me
muero, dignamente después de haberme confesado con Vd.
Dispónganme una bonita lápida, como la de doña Inés de
Ulloa, la única mujer que verdaderamente murió de amor,
hechizada, pura, la única mujer por la que se debe creer que en
algún lugar, todavía, el amor será posible.
A la buena de dios.
Ah, y que me perdone mi abuelo.
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Cartagena de
Indias, Diciembre de 2004.
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