Condena perpetua Genaro Martín había conseguido perder la

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Condena perpetua
Genaro Martín había conseguido perder la noción del tiempo. Aunque el
reloj siempre estaba visible, como un cruel recordatorio. No tanto del que ya
había transcurrido, sino del infinito que tenía por delante.
También quería olvidar cuanto pasó hasta llegar donde estaba, pero esa
memoria nunca podría borrarla. Bien que lo sabían cuando se dictó la condena.
Parecía que ocurriese en ese mismo momento, de fresca que tenía
aquella sentencia de eternidad:
—Se condena a Genaro Martín a condena perpetua.
Igual que entonces, ni se inmutó, pues era algo que no le preocupaba,
una vez que no le habían abatido a tiros mientras llevaba a cabo la masacre.
En otro tiempo, la condena hubiese sido de muerte, pero eran tiempos más
civilizados y ya no se ejecutaba a nadie, hiciese lo que hiciese.
Pero todavía faltaba lo peor, algo en lo que no había pensado:
—El reo será internado en Andrómeda-5, para el cumplimiento íntegro
de la pena.
Genaro apenas había atendido a esa parte, realmente le daba igual un
penal que otro, mientras la maldita enfermedad seguía corroyendo sus
entrañas y el final estaba cada vez más cerca.
No se había sentido capaz de soportarlo y temía cuando los dolores le
llegasen a incapacitar. Tampoco se había atrevido a suicidarse.
Culpaba a la Humanidad de su estado. Intentó llevarse a unos cuantos
con él. El disparo del guardia de seguridad le dejó tendido en el suelo,
malherido, pero vivo.
No podían dejarle morir, así que hicieron todo lo posible por salvarlo.
En contra de su voluntad, pero eso ya no contaba, ahora era un
delincuente y tendría que pagar sus cuentas con la justicia.
En cuanto fue dictada la sentencia, le condujeron fuera de la sala donde
se había celebrado el juicio.
Genaro se extrañó de que no fuesen a los calabozos, a la espera de un
furgón. En su lugar enfilaron por otro pasillo, dejándolos a un lado, que llevaba
a lo que parecía una enfermería.
Un enorme aparato ocupaba la mayor parte de la estancia. Le recordó
un escáner que había visto en una ocasión. Allí le tumbaron encima de la
plataforma, luego le ligaron con correas para inmovilizar su cuerpo.
Empezó a escucharse un zumbido, que gradualmente subió de
intensidad, hasta que la plataforma empezó a moverse, introduciéndose en el
monstruo de metal, como si le fuese a engullir.
Al poco que entró la cabeza, Genaro empezó a sentirse extraño. No lo
comprendía, pero toda su vida iba pasando en imágenes por su mente. Una
secuencia ininterrumpida de recuerdos, de sensaciones, de palabras.
Era la primera vez que veía así su vida, como en una película. También
pensó en si sería así al morir. Por un momento sintió el terror de estar
muriendo, pues aunque lo desease, nunca había conseguido vencer ese miedo
a la muerte.
Luego o a la vez, pues no llegaba a comprender lo que ocurría, sintió
como si su conciencia se desplazase, sin que supiese a donde iba. Antes no
había preguntado, ya tenía experiencia del trato impersonal que se daba a los
presos, manipulados como si fuesen bultos para expedir. Pero ahora no tenía
voz, la había perdido.
Intentó abrir los ojos, no veía nada, era una ausencia total de visión,
como si se hubiese quedado ciego de repente. Probó todos los sentidos sin
resultado. Su conciencia estaba atrapada en un algo sin nombre. No podía
gritar, pero en el fondo de su mente comenzó un alarido de pánico, que se
extendió por toda su conciencia, por todo él.
El tiempo se había suspendido, no había antes ni después. Se sintió
hundirse en un marasmo de locura. Los pensamientos giraron en un torbellino
sin fin hasta que notó una presencia y finalmente escuchó unas palabras:
—Ha sido transferido al módulo A52F de la nave prisión Andrómeda-5.
—¿Dónde estoy? ¿Qué pasa que no veo ni siento nada?
—Su cuerpo ha sido reciclado, ya no lo necesitará nunca más.
—¿Pero qué dice?
—Tanto su mente como sus recuerdos han sido transferidos a un
módulo cibernético, que ha sido alojado dentro de la nave.
—¿Y hacia dónde va la nave?
—La trayectoria de la nave ha sido fijada hacia el espacio profundo, a un
lugar vacío en los confines del Universo.
—¡Cómo! ¿Entonces...?
—Sí, que es un viaje sin retorno y que, si se cumple el programa, durará
hasta la eternidad.
—Pero eso significa que...
—Correcto, nunca habrá una revisión de su caso, ni de ningún otro que
vaya en esta nave. Pase lo que pase en el futuro y en la sociedad, la condena
es plenamente firme.
Ya no importaba nada. Genaro dejó de vivir cuando le separaron de su
cuerpo, pero nunca morirá del todo.
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