La droga - prigepp

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La droga
por Luisa Valenzuela
Estoy en el puerto donde llega la droga y tengo que volver con un poquito. Me voy
acercando lentamente al mar ¿qué mar? parecería el Caribe por su quietud de plomo
derretido, y justo al borde de la playa están tendidas las esteras para que se arme allí el gran
mercado. Sólo que hoy casi no han entrado barcos, y un único mercader con aire bastante
oriental parece estar esperándome. Me siento frente a él sobre su estera, en posición de loto,
y me va mostrando las sedas que saca de una valija (yo tengo la mía). Elijo por fin un
pañuelo color de borravino y el mercader me dice, porque justo en ese momento pasa a
nuestro lado un guardia. Es un peso colombiano, pero me hace seña de cinco con la mano.
Entiendo que es por la droga que ha escondido en el pañuelo. Yo hurgo en la bolsita que
llevo colgada del cuello y saco monedas de varios países. Por fin encuentro cinco pesos
colombianos, le pago, él me hace un paquete con el pañuelo y yo lo meto dentro de mi
maleta.
Me dirijo hacia la salida del mercado: hay una muralla de alambre tejido, y las tranqueras
están cerradas. Mucha gente hace cola para pasar la aduana, y espera pacientemente. Yo me
asusto, pienso que el paquete con el pañuelo comprado allí mismo es demasiado delator.
Además ¿de dónde vengo yo? no he vuelto de ningún viaje como para justificar mi valija.
Opto por buscar el baño para tratar de deshacerme de la droga o al menos esconderla mejor.
Sólo encuentro baños para el personal de aduanas, pregunto dónde está el baño para
viajeros, me contestan vagamente, nadie sabe muy bien. Sigo arrastrando mi valija y me
siento muy sospechosa. Y, aunque pienso que la busca es bastante inútil, sigo buscando la
puerta del baño. No quisiera deshacerme de la droga, pero sé que me la van a encontrar si
no tomo alguna medida, además siempre me cruzo con guardias armados. Subo escaleras,
recorro pasillos sucios, como de hospital y de golpe me cruzo con una columna humana que
avanza siguiendo a un instructor de gimnasia. Un, dos; un dos. Y me siento un poco
ridícula buscando un baño con mi valija a cuestas.
De golpe me doy cuenta de que la columna está formada por los viajeros que hacían cola
frente a la aduana. Pongo cara de urgencia y sigo buscando en sentido contrario. Más
escaleras, ningún baño, más corredores y de nuevo me cruzo con el instructor de gimnasia y
su cola, y ellos se ríen de mí y todo sería muy cómico (yo, mi valija, la gimnasia) si no
fuera por mi temor a que me descubran la droga. La tercera vez que me encuentro con ellos
ya no los cruzo, vamos en el mismo sentido, los precedo, y el instructor me dice cosas entre
amables y obscenas y me da un puntapié amistoso sobre el hombro mientras bajamos por
unas escaleras. Es como un espaldarazo para que yo dirija la columna humana, la de los
viajeros que marchan, y yo que llevo la droga en la valija no sé si debo negarme a hacerlo o
si es ése mi deber, mi premio o mi condena.
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