… Procurador: el “señor del pleito”, así es como denominaban las

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… Procurador: el “señor del pleito”, así es como denominaban las Costums de Tortosa del siglo XIII, al procurador de la parte demandada. Ignoro por qué solo al de la parte demandada, aunque con el tiempo se vino a incluir al del actor: “Advertido queda –reza un tratado de finales del XVIII‐, que los procuradores de las partes son dueños de los pleitos y directores principales de ellos luego que se les confiere el poder, y le aceptan, y así, antes de planificar el pleito, es muy preciso que examinen a las partes, haciéndose cargo de la justicia que las asiste, si tendrá éxito favorable en su intento o le será perjudicial; y según lo que su inteligencia alcanzase, hallándose en duda, debe ocurrir a algún abogado, para qué con pleno conocimiento se proceda a la formación de la demanda; pues si en este asunto se caminase con ligereza, muchas veces, en lugar de defender a las partes, las perjudicarían.” Volviendo a las Costums de Tortosa, son varios los artículos doctrinales que señalan ese texto jurídico como el primero en el derecho catalán en el que se trata de la procuraduría causídica. Quizá sea efectivamente el primer texto en el que se utilice el término Procurador; término que por otra parte en aquella época llamaba a engaño puesto que se utilizaba en numerosísimos supuestos de representación no sólo causídica. Lo importante no es el nombre, sino la función. Nos dice Guillem Mª de Brocá en el prólogo de su monumental obra sobre la historia del derecho de Cataluña: “Al nacer, en los albores de la reconquista, en la Marca Hispánica no pudo surgir ni surgió un derecho nuevo 1 desligado de todo precedente. El conocimiento, siquiera somero, de los anteriores períodos es condición indispensable para cimentar de un modo firme las bases y los principios generadores de las instituciones que, constitutivas de la fisonomía propia y especial del conjunto de leyes y costumbres, integran el derecho de Cataluña. Estos períodos son el primitivo, el romano y el visigodo.” A mí me pidieron que hablara sobre la historia de los procuradores, pero no creo que ello implique remontarse hasta incluir las legislaciones primitivas o romanas –aun cuando en esta última conste la existencia de causídicos‐, aunque sí lo haré, siquiera brevemente, sobre la visigótica, que fue aplicable en los primeros tiempos de este país llamado Cataluña, cuando de mano de los condes se independizó –término crítico hoy donde los haya‐ del imperio carolingio, entonces en decadencia. Sostienen algunos autores que la incultura de la época llevó al olvido la legislación romana, pero no así de la visigótica más cercana en el tiempo, y aquella por la que se regían quienes encabezaron la reconquista. En Cataluña, en la primera época, mientras se creaba el cuerpo jurídico catalán por excelencia, los Usatges, se aplicó el Fuero Juzgo y la demás legislación visigótica como el Liber Iudiciorum, o Llibre dels Judicis en su versión catalana. Durante tiempo, el Llibre dels judicis gozó del privilegio de ser considerado como el primer documento escrito en catalán y así se sostiene todavía en algunos estudios, aunque después se encontraron otros escritos de carácter feudal más antiguos. En cualquier caso, el Llibre del Judicis pasa por ser el primer escrito de carácter jurídico en catalán, y en su Libro II, “Dels afers judicials”, Título III, “Dels mandants y dels mandataris”, ya se 2 establece la representación en juicio en similares términos a como se hacía en el Fuero Juzgo:  “Que el jutge demani al querellant si la causa que proposa és seva o d’altri.”  “Que aquell que no defensa una causa por si mateix delegui por escrit el seu representant.” “Si algú no pot defensar una causa per si mateix, o potser no vol fer‐ho, haurà de delegar un representant mitjançant una escriptura corroborada amb la seva propia mà i amb las signatures o les subscripcions de testimonis.” Se preveía pues en el Llibre dels Judicis, la posibilidad de representación voluntaria en juicio, aunque no debía de ser excesivamente interesante el dedicarse a ello, puesto que la siguiente ley venía a establecer la responsabilidad subsidiaria del mandatario, para el supuesto de que se hubiera torturado a algún demandado que a la postre hubiera sido absuelto. Si el mandante no se presentaba ante el Juez, el mandatario respondía por él, y la pena no era otra que la de ser entregado al torturado en concepto de esclavo. La aplicación de las leyes visigóticas en ese primer período, viene a confirmarse por el más antiguo de los formularios jurídicos ya en época catalana, contenido en un códice de Ripoll que basado en el Fuero Juzgo incluía como último formulario un “mandato pro inquirenda causa”, esto es, un modelo de poder para actos judiciales. Toda esa legislación, que en Castilla quedó recogida y ampliada en el siglo XIII, en las Siete Partidas a través de un título dedicado 3 a los “Personeros”, en Cataluña sin embargo no encontró reflejo en la legislación generalista y propia de la tierra que se desarrolló a partir de la segunda mitad del siglo XI: los Usatges. Ciertamente, en algunas versiones modernas que se manejan de los Usatges, existe uno de ellos, el número 84 (Stabilierum), que habla de causídicos, pero los autores están contestes en que se trata de un añadido posterior. Cabe suponer por lo tanto, que la representación causídica se fundamentaría en lo dispuesto en el Llibre dels Judicis hasta 1243, año en el que el rey Jaime I, para contener la invasión del derecho romano que se estaba produciendo en Catalunya a través de la actividad de monjes, sacerdotes e intelectuales, estableció que ningún abogado, en tribunal alguno, pudiera alegar leyes que no fueran las catalanas, mientras bastasen y abundasen las costumbres y los usatges: “No sie admes an alguna cort lo advocat qui allegara algunas leys, pus las consuetuts e usatges complescan e abunden.” La pragmática de Jaime I fue recogida por los diferentes brazos que componían el pueblo catalán, los que en Cortes celebradas en Barcelona en el año 1.251, establecían: “Encara statuim ab consell dels sobredits que leys romanas o góticas, drets e decretals, en causas seculars, no sien rebudes, admeses, judicades ne allegadas,… …mas sien fetes en tota causa secular, allegations segons los usatges de Barcelona e segons las aprobades constums de aquel loc ahont será agitada, e en defaliment de aquells, sie procedit segons seny natural.” 4 Ni siquiera pues el derecho romano o visigótico como fuente subsidiaria del catalán: los usatges, las costumbres del lugar y en último caso, la última fuente del derecho, el seny natural. Será a partir de ese instante, ante la derogación del derecho visigótico, cuando se empiecen a suceder ordenaciones que regulan la actuación de los procuradores causídicos y así, a las citadas Costums de Tortosa del año 1.272, podemos añadir la disposición que al respecto se encuentra incluida en la compilación de privilegios de la ciudad de Barcelona, el Recognoverunt Proceres de 1.284. A lo largo de los siglos XIV y XV se suceden diversas pragmáticas y ordenanzas a través de las que se va conformando lo que será la profesión de procurador causídico. ¿Cuál era, resumiendo, el contenido de esas ordenaciones? Desde el punto de vista personal, en primer lugar el juramento que debían prestar los procuradores de Barcelona ante el veguer y los consellers de la ciudad atendido el oficio público que ocupaban y por el que se comprometían: 1. A no solicitar pago ni servicio alguno de la parte contraria. 2. A llevar diligentemente la causa. 3. A participar honestamente en las causas, bajo pena de privación de oficio. 4. A respetar la mitad del salario que correspondía a los abogados. 5. A repetir anualmente su juramento ante los consellers de Barcelona. 5 6. A no acceder a los bancos reservados al tribunal, esto es del veguer, del Batlle o de los oficiales en los que delegasen. Junto a ese juramento, los aspirantes a procuradores en las cortes del veguer y el Batlle, debían ser examinados acerca de “suficiencia, fama e bona conversació”, es decir, conocimientos de gramática, escritura y retórica o buena conversación, para además superar el escrutinio acerca de sus condiciones personales y morales: fama y buenas costumbres. Desde el punto de vista formal se regulaban los poderes que debían presentarse y el juramento de calumnia: esto es, jurar en nombre de su mandante que no se actuaba con fraude o malicia en el pleito; interesante sería recuperar hoy en día ese usatge, evidentemente junto a las consecuencias criminales contra los falsarios. El Recognoverunt Proceres prohibía el ejercicio de procurador a los escribanos y notarios de las cortes del veguer y el Batlle; cincuenta años después, Pedro III, extendería esa prohibición a los clérigos o tonsurados, puesto que defraudaban en los litigios librándose del correspondiente castigo en su condición de religiosos. Ni que decir tiene que en aquella época las mujeres no podían acceder al oficio de procuradora. Por último, ¿cuáles eran las competencias de los procuradores en la baja edad media barcelonesa? Sostiene algún autor que como quiera que se trataba de Procuradores de las cortes del Veguer y del Batlle de Barcelona, y que en dichas cortes se tramitaban tanto asuntos civiles como 6 penales, podían intervenir en cualesquiera causas. Nada hay que contraríe esa interpretación ‐es más el Llibre del Judicis lo permitía expresamente‐, sin embargo cabe destacar que las Costums de Tortosa impedían la intervención de Procuradores en asuntos criminales, al igual que sucedía en Castilla, donde las Siete Partidas también lo prohibían con argumentos a mi parecer tan sensatos como indiscutibles: “Mas sobre pleito –decían las Partidas‐ sobre que pueda venir sentencia de muerte, o pérdida de miembro, o desterramiento de tierra para siempre… no debe ser dado personero. Antes decimos que todo hombre es tenido de demandar, o de defenderse, en tal pleito como éste, por sí mismo e no por personero.” Pero además de los tribunales ordinarios, en Barcelona, a diferencia de la mayoría de las demás poblaciones, existía otra jurisdicción civil: la del consulado del Mar. El consulado del Mar no sólo tenía competencias sobre los asuntos marinos o portuarios, sino que por Privilegio otorgado por Juan II en 1.460, extendía su jurisdicción a los pleitos sobre cambios, compañías, y negocios mercantiles; algo así como el antecedente de los actuales juzgados de lo mercantil. Pues bien, en la corte del consulado del Mar, sólo se admitía la intervención de Procuradores en representación de mujeres, enfermos, ausentes de Barcelona, menores de edad y presos que no pudieran asistir al juicio. No consta esa posibilidad de representación voluntaria a que hacían referencia las leyes del Llibre dels Judicis, lo que la convierte en bastante más restrictiva que las jurisdicciones ordinarias. 7 Existe además otra curiosa prohibición en cuanto al ejercicio de la procuraduría y también la abogacía y escribanía, en virtud de lo dispuesto en las cortes de Monzón de 1547. Estamos hablando pues de una época en la que en el imperio español no se ponía el sol, los diversos reinos ya unidos por lo tanto en la corona, pero en la que sin embargo, Felipe II como lugarteniente de su padre el emperador Carlos I, admitió la solicitud de los tres brazos de las cortes catalanas, en los siguientes términos: 8 Sin ánimo de entrar en polémica, parece que los agravios ya empezaron hace casi cinco siglos. En cualquier caso, llegamos a 1512, fecha que celebramos, y en la que Fernando el Católico aprueba la constitución de la 9 “Confraria de Procuradors de Sant Iu”, y lo hace en contra del criterio de los consellers de la ciudad, que consideraban que con la constitución de la cofradía perderían influencia sobre un cuerpo de oficiales públicos. En todo caso, era competencia del rey la autorización de esa cofradía y, al fin, los procuradores se constituyeron con carácter mutual, dotándose de unas ordenanzas en las que además de otras regulaciones, se establecían por primera vez obligaciones en ese sentido: enterramientos, atención a las viudas, etcétera. La consecuencia más importante, como corresponde a toda cofradía debidamente autorizada, consistía en que ninguna persona que no formara parte de ella podía ejercer la procuraduría, en este caso en Barcelona. Sin embargo durante ese mismo siglo XVI y como consecuencia de la reorganización de la Real Audiencia, se dispuso que ningún notario que no estuviese inscrito en el Colegio de Notarios Reales de Barcelona, pudiera ejercer en la Real Audiencia. Eso conllevó que más de un centenar de notarios reales que no estaban debidamente colegiados quedasen sin trabajo y sin posibilidad de actuar como escribanos, si bien sus conocimientos procesales les permitían el ejercicio de la procura, por lo que después de un fracasado intento para que se inscribiesen en la Cofradía de Sant Iu, el monarca vino a premiarles y a solventar el problema con la creación de un nuevo colegio de Notarios Procuradores, que entró en competencia directa con la cofradía de Sant Iu. Los Notarios Procuradores, se comprometieron a no ejercer la profesión de notario, si bien mantenían el título, y a cambio se les permitía ejercer de procuradores. Los procuradores de Sant 10 Iu instaron un pleito y acudieron al monarca en reclamación de nuevos privilegios. Lo cierto es que en 1.599 se resolvió el contencioso mediante una transacción por la que se unían ambas instituciones en un nuevo colegio profesional, el de “Notarios Reales y Causídicos de la ciudad de Barcelona”, cuyos estatutos superarían incluso el decreto de Nueva Planta que derogó las leyes catalanas y anuló sus instituciones, para pervivir hasta la entrada en vigor de la primera ley del Poder Judicial de 1.870. Hasta ese momento, con Sant Iu como patrón, los procuradores de Barcelona fueron llamados Notarios Causídicos. Lo que no superó el decreto de Nueva Planta, ya para terminar con esta breve aproximación histórica, fue la ley promulgada en las cortes de Monzón de 1.585, que como legislación autóctona catalana fue expresamente derogada por las nuevas disposiciones borbónicas. Establecía esa ley catalana la extensión de la obligación de ser examinados igual que se hacía con aquellos otros que ejercían en la Real Audiencia, a todos los procuradores que desearan ejercer en los juzgados inferiores de Catalunya, los primeros a través de sus respectivos colegios o del canciller y los segundos por el juez ordinario del lugar en el que se propusieran ejercer. 11 12 Derogada pues la ley promulgada en la cortes de Monzón, vino a ser sustituida por los preceptos de la Novísima Recopilación que únicamente establecían que no fueran admitidos los procuradores en las Audiencias, sin que hubieran sido examinados y constasen inscritos en un colegio profesional. Quedaban huérfanos de regulación por lo tanto, aquellos juzgados que no fueran audiencias y en cuyos partidos no existiera colegio profesional. Hay que recordar que hasta 1828 cada alcalde de pueblo era juez ordinario del mismo, partidos judiciales en los que era totalmente libre el ejercicio de la procuraduría; ningún requisito ni examen específico se exigía. Curioso que los requisitos que se exigían en épocas bajomedievales para el ejercicio de la procura, fueran más exigentes que los requeridos en los siglos XVIII y XIX, tiempos estos que al decir de algunos tratadistas, fueron de decadencia de la profesión, llegando a verse esta reducida, en palabras de algunos de ellos, a “recoger de la escribanía los escritos y providencias, llevarlos al abogado, recoger el trabajo de este, llevarlo a la escribanía y así pasearse continuamente a costa del pobre litigante”. Por fortuna llegaron los juzgados de 1ª Instancia y con ellos un nuevo control de los procuradores por parte de Audiencias, jueces y juntas de gobierno, aunque los que llevamos algunos años en la profesión hemos conocido procuradores –buenos profesionales donde los hubiere‐ que todavía no acreditaban la licenciatura en derecho. 13 Hoy la procuraduría es una especialización en derecho procesal, de la que, como he aludido al inicio de esta exposición, venimos a aprovecharnos los voceros –y en definitiva el justiciable‐ ante las dudas que puedan asaltarnos durante la preparación o sustanciación del proceso judicial. Muchas gracias por su invitación, su atención y que nuestras respectivas profesiones aguanten otros quinientos años. 14 
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