El peso del prejuicio - AMORC

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El peso del prejuicio
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
El prejuicio es una opinión que frecuentemente se desarrolla hasta asumir todo el peso de
una convicción. Aunque muchas veces el prejuicio se tiene en nombre de la razón, en verdad
no está basado en ella. La persona que abriga un prejuicio es la que ha formulado una
opinión acerca de un asunto, persona o cosa, y ha decidido que únicamente su propia
creencia es la que contiene el punto de vista correcto que debe sostenerse.
Por raro que parezca, es a veces difícil precisar la fuente de una opinión que da origen a un
prejuicio. Está ella tan vagamente relacionada con la experiencia pasada del individuo, que
no pueden hallarse sus verdaderas raíces.
La vida de cada individuo, hablando mentalmente, está hecha de verdades y fantasías. Las
verdades están basadas en pruebas objetivas que no pueden negarse; las fantasías son
puramente imaginarias o conclusiones basadas en algo que se ha aceptado como verdad.
Todo lo que se elabore sobre la fuente de la verdad puede estar fuera de proporción con la
verdad o la falsedad del principio fundamental.
La palabra verdad se emplea aquí de manera amplia, por ser más o menos una opinión del
individuo. Sin embargo, si debido al funcionamiento de la mente, una persona llega a una
opinión fija basada en lo que esa persona acepta como verdad, ya se ha formado el prejuicio.
El prejuicio es una cosa personal. La razón por la que no puede desalojarse el prejuicio del
razonamiento de otra persona es porque él forma parte de la personalidad de quien lo
abriga.
Un prejuicio llega a estar tan fijo que muchas personas resistirán toda tentativa de disiparlo
por medio de la razón. Hasta cierto punto, nos enorgullecemos de nuestros prejuicios;
creemos que son en cierto sentido, nuestra propiedad privada, y desafiamos a cualquiera a
que trate de demostrarnos el error de nuestra opinión.
Frecuentemente el prejuicio se sostiene no en nombre de la cosa que parece apoyarlo, sino
en elaboraciones y desarrollos de ella. Por ejemplo, hay muchos prejuicios relacionados con
la política y la religión; ordinariamente el prejuicio no está fundado en la creencia, principio
o idea fundamental de un asunto político o religioso, sino más bien en nuestras
interpretaciones personales de algún factor secundario de alguna de estas cosas.
Un prejuicio religioso es más fácil que se funde en una doctrina creada por el hombre, más
bien que en un principio religioso fundamental. Los prejuicios han llevado a los hombres a
luchar por opiniones e ideas religiosas, cuando el fundador de esa misma religión ha
predicado principalmente la paz y la tolerancia.
Es desagradable tratar con una persona que se ha formado muchos prejuicios; es
desagradable porque sabemos por experiencia que semejante persona no atiende a
razonamientos y no puede tratarse con franqueza, porque sus opiniones repelen todo
ataque o todo esfuerzo para producir un cambio procedente de afuera.
Los hombres con muchos prejuicios se dan poca cuenta de que cada prejuicio que tienen es
una carga para ellos mismos. El prejuicio es como una niebla que constantemente se
condensa e impide ver con claridad. Del mismo modo que un individuo se cansa al tratar de
localizar un sitio poco conocido durante una niebla, así en la vida, el hombre se hace
pesimista y cínico al tratar de localizar los verdaderos valores del universo si
constantemente los mira a través de la bruma del prejuicio.
Semejante concepto de opiniones fijas en un individuo, demuestra que es él el único
apesadumbrado por los prejuicios que lo lastiman. Podemos incomodar a los demás al tratar de sus prejuicios, pero nuestra incomodidad es poca en comparación con la carga y la
confusión que gradualmente crece en la mente de quienes tienen prejuicios, los cuales
necesariamente deben aislarse más y más para poder vivir exclusivamente con los
prejuicios que no pueden compartir quienes ven con más claridad las cosas.
No debemos ser demasiado objetivos al considerar los prejuicios. Tenemos la inclinación de
hablar de esas cosas como si fueran propiedad exclusiva de otros. En realidad, los prejuicios
existen en todo el mundo; no es cuestión de presencia o de ausencia, sino más bien cuestión
de grado. Cada uno de nosotros tiene ciertos prejuicios, y si la razón no puede desalojarlos,
¿cómo podremos entonces librarnos de la carga que llevamos?
Es cierto que la razón de otros ordinariamente no nos convencerá de algo opuesto a nuestra
opinión, pero no sucede lo mismo con nuestra razón. Si nosotros, como individuos, hacemos
un inventario de nuestras opiniones, si las examinamos bien, tal vez nos sorprenderemos al
ver como resultado de un análisis honrado, cuántos prejuicios tenemos.
El primer paso consiste en estar alerta con respecto a la existencia de opiniones nuestras
sin fundamento, y este es tal vez el paso más difícil para aclarar de prejuicios nuestros
pensamientos. Sin embargo, mucho más importante es el estar sobre aviso con respecto a la
expresión de nuestros prejuicios, para conservarlos en un mínimum.
Cuando éramos niños, se nos enseño a contar hasta diez antes de contestar encolerizados. Si
los adultos del mundo contaran hasta diez antes de expresar opiniones dogmáticas,
tendríamos una luz más brillante que pudiera conducirnos a la solución de los problemas
individuales y sociales, luz que sería mayor que la que ahora divisamos en el horizonte del
futuro.
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