DEL HOY AL MAÑANA - Alcaldía de Medellín

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DEL HOY AL MAÑANA
POR UNA POLÍTICA PÚBLICA DE TRABAJO DECENTE
PARA JÓVENES INFORMALES EN MEDELLÍN
Diagnóstico Rápido Participativo con la población juvenil que trabaja en el sector
informal de la ciudad, desempeñando labores en transporte urbano de pasajeros,
calles, plazas y espacios públicos de Medellín
INFORME EJECUTIVO
Alcaldía de Medellín. Secretaría de Cultura Ciudadana – Metrojuventud.
Escuela Nacional Sindical – ENS.
Investigadores/as:
David Andrés Díez Gómez
Ana Teresa Vélez Orrego
Sandra González Zabala
-ENSAuxiliares de Investigación:
Natalia García Guzmán
-ENSGiovanny Alexander Galeano Salazar
Silvia Cristina Silva Doria
-Asociación de Jóvenes Trabajadores de la Economía Informal INFORMAL-
Medellín, 2009
1
TABLA DE CONTENIDO
1. TRABAJO DECENTE PARA JÓVENES INFORMALES DE
MEDELLÍN: ENTRE RIESGOS Y POTENCIALES ................................ 4
1. 1 El desarrollo: más allá de lo económico .............................................................. 6
1.2 Política pública: redistribuir la riqueza / Eliminar progresivamente la
informalidad juvenil.................................................................................................... 7
1.3 El género como parte esencial del desarrollo humano ......................................... 9
1.4 Responsabilidades adultas, sueños juveniles: por una política pública que
comprenda la diversidad del ser joven...................................................................... 11
2. RIESGOS DE JÓVENES INFORMALES PARA ACCEDER A UN
TRABAJO DECENTE ................................................................................ 15
2.1 Frente a la vulneración del derecho al trabajo .................................................... 15
2.2 Frente a la vulneración de los derechos en el trabajo ......................................... 16
2.3 Potenciales para acceder a un trabajo decente .................................................... 18
3. POR UN PROGRAMA DE TRABAJO DECENTE ............................. 19
2
PRESENTACIÓN
El Diagnóstico Rápido Participativo –DRP- con la población juvenil que trabaja en el
sector de la economía informal de la ciudad, desempeñando labores en transporte urbano de
pasajeros, calles, plazas y espacios públicos de Medellín, es una iniciativa de la
Subsecretaría de Metrojuventud –Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín–, ejecutada
por la Escuela Nacional Sindical con el apoyo de la Asociación de Jóvenes Trabajadores de
la Economía Informal (INFORMAL). Su propósito es explorar las condiciones de vida y de
trabajo de estos/as jóvenes, sus aspiraciones a futuro y perspectivas organizativas, así como
la relación que tienen con la oferta pública de la ciudad en distintos aspectos que atañen a la
calidad de vida, como referentes que aporten a la construcción de una política pública, y en
particular de un Programa de Trabajo Decente para esta población. Todo ello siguiendo la
apuesta liderada por la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, así como el abordaje
analítico alrededor del Trabajo Decente propuesto por Amartya Sen desde un enfoque de
Desarrollo Humano. En particular, se analizan los riesgos y potenciales propios de la
actividad informal de los/as jóvenes, entorno a la posibilidad de acceder a un Trabajo
Decente que les permita a ellos/as y a sus familias vivir en condiciones adecuadas.
En términos metodológicos, el Diagnóstico Rápido Participativo –DRP– se caracteriza por
su agilidad en la recolección de información, desde un enfoque cualitativo que permite
observar sobre en terreno a los grupos estudiados; estimular y apoyar a sus miembros para
explorar, analizar y evaluar limitaciones y potenciales propios y externos, frente a las
posibilidades de mejorar sus condiciones de vida.
El DRP pretendió dilucidar las características, diferencias y similitudes de cinco tipos de
trabajo en la informalidad realizados por jóvenes entre los 14 y los 26 años: 1. Ventas en
buses de transporte público, 2. Ventas de minutos, 3. Ventas de tinto, 4. Limpieza de
parabrisas y actividades circenses en semáforos, y 5. Lustración de zapatos.
El proceso de investigación contempló tres dimensiones de la juventud trabajadora informal
de la ciudad de Medellín: Sujeto joven, Sujeto trabajador informal y Sujeto en la ciudad.
Todo ello atravesado por el análisis de las condiciones de género, maternidad, paternidad, y
las diferencias generacionales. Se utilizaron como técnicas la observación participante, los
grupos focales, y las entrevistas semiestructuradas, que en conjunto abarcaron las miradas
de casi cien jóvenes informales de la ciudad de Medellín. Además, se realizó revisión
documental de otras investigaciones sobre el tema, para complementar la información
recolectada en terreno y alimentar su lectura interpretativa.
En este documento se presenta esa lectura, orientada en particular a proponer las bases de
un Programa de Trabajo Decente para jóvenes informales, como resultado tanto de los
análisis del equipo de investigación, como de la participación activa de los sujetos de
estudio en la elaboración de la propuesta. Por otro lado, se presenta un documento adjunto
con el sustento empírico de la propuesta, en el cual se describen en profundidad los
resultados de la investigación.
3
1. TRABAJO DECENTE PARA JÓVENES INFORMALES DE MEDELLÍN:
ENTRE RIESGOS Y POTENCIALES
Desde 1999 la OIT viene abanderando la reivindicación del Trabajo Decente, el cual
trasciende la definición de condiciones mínimas de subsistencia a partir del trabajo, al
postular el imperativo de la integralidad. Ésta implica defender y promover trabajos que le
permitan al individuo, así como a su familia, gozar de condiciones de vida adecuadas, en y
por fuera del escenario laboral. Todo ello se enmarca en un objetivo general: “promover
oportunidades para que los hombres y las mujeres puedan conseguir un trabajo decente y
productivo en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana”1. Además de
la integralidad, el Trabajo Decente se sustenta en cuatro principios fundamentales:
a) La universalidad: la apuesta por el Trabajo Decente incluye no sólo a los y las
trabajadoras que cuentan con un empleo formal, sino también a aquellos/as que laboran
en la informalidad o se encuentran desempleados/as. “Abarca a todos los trabajadores,
sea cual sea el modo y el sector en donde trabajen: el trabajo asalariado, por cuenta
propia y a domicilio, ya sea en la economía regular o en el sector estructurado informal.
La OIT se propone actuar frente al hecho terrible de que abunden tanto en el mundo
«las personas que trabajan demasiado y las que están desempleadas»”2.
b) Perspectiva de derechos: “existen algunos derechos fundamentales que deben
reconocerse aunque no estén proclamados en la legislación porque son consustanciales
a toda sociedad decente”.3 Es decir, la búsqueda de Trabajo Decente, si bien supone
cambios legislativos, también parte de imperativos éticos que orienten intervenciones
no sólo desde el Estado, sino también desde la sociedad civil. Especialmente para
responder a las necesidades de los grupos discriminados por sus condiciones de clase,
sexo, etnia, y en el caso que nos ocupa la edad. “Los derechos pueden llevarse a la
práctica también con la ayuda de otros medios, tales como fundar instituciones,
promover la eficacia de las ya existentes y forjar un compromiso general de la sociedad
para obrar en aras del buen funcionamiento de acuerdos sociales”4. Así, sin negar las
causas estructurales de la economía informal, y especialmente del trabajo juvenil
informal, la propuesta por el Trabajo Decente invita a generar acciones con base en
recursos ya existentes, como acercando la oferta Distrital de salud y recreación a los/as
jóvenes, o propiciando alianzas con el sector del transporte metropolitano para permitir
y mejorar las condiciones del trabajo de jóvenes venteros/as, todo ello partiendo de sus
propias iniciativas organizativas.
c) Protección social: acceder a un Trabajo Decente supone realizar una actividad
productiva que permita no sólo el desarrollo de las capacidades y aspiraciones del
trabajador, sino también de su familia. Lo cual implica el acceso a los sistemas de
seguridad social, incluso sin la existencia de una relación obrero-patronal. En los casos
1
OIT, 1999. Trabajo Decente. Memoria del Director General a la 87ª reunión de la Conferencia Internacional
del Trabajo, Ginebra.
2
OIT, citada por Sen, Amartya. 2008. “El trabajo decente, un derecho humano”.
3
Ibíd.
4
Ibíd.
4
que aquí se examinan, la generación de ingresos se da sin la mediación de un contrato.
Sin embargo, también aparecen formas organizativas que podrían ser la base para
gestionar programas alternativos de seguridad social. En lo posible con la ayuda de
actores que, sin ser empleadores, jugarían un papel central y a la vez se beneficiarían
del mejoramiento de las condiciones del trabajo juvenil. Un ejemplo claro es el aumento
de seguridad y confianza que se generaría en los usuarios del transporte urbano, si
los/as jóvenes venteros/as fueran reconocidos/as por las empresas y a la vez
establecieran pautas reguladas de convivencia y de cultura ciudadana. Una iniciativa en
ese sentido ha sido liderada por la Asociación INFORMAL.
d) Tripartismo y diálogo social: lo anterior tiene un claro vínculo con este punto, el cual
implica potenciar la democracia al promover el diálogo entre empresarios, trabajadores
y Estado, pero también entre otros actores de la sociedad civil que, sin ser empleadores,
son fundamentales para que la informalidad urbana se desarrolle en condiciones
decentes y desaparezca progresivamente como única alternativa productiva de miles de
jóvenes.
Como parte del diálogo social también se encuentra la posibilidad de que jóvenes
informales puedan, pero sobre todo quieran, capacitarse para acceder al empleo,
mediante programas públicos y privados que así lo garanticen. Sin embargo, esta
iniciativa implica una perspectiva de desarrollo humano integral, en el sentido de
reconocer que los y las jóvenes que trabajan en la calle no sólo carecen de recursos
económicos, sino muchas veces de perspectivas de vida distintas a las que se han
reproducido en sus familias generación tras generación. En otras palabras, nadie puede
desear lo que no conoce. El viraje de vivir en el día a día –en un trabajo informal, sin
posibilidades de estudio ni de proyección a futuro–, hacia la construcción de un
proyecto de vida, de un mañana, supone todo un trabajo psicológico y un enfoque
cultural, a partir del cual se comprendan las lógicas propias de estos/as jóvenes y al
mismo tiempo se les muestren otras rutas posibles. En esta tarea también es necesaria
una ayuda externa que, sin caer en el paternalismo, brinde herramientas materiales e
inmateriales que aporten a la construcción de proyectos de vida, tanto individuales
como colectivos.
Los anteriores principios constituyen el eje analítico y ético para leer los datos recogidos en
el DRP, así como para plantear algunas sugerencias entorno a política pública municipal, y
en particular a la necesidad de implementar un programa por el Trabajo Decente para
jóvenes informales. Al mismo tiempo, esos principios inciden en la forma como se abordan
las categorías de informalidad, género y juventud. Éstas serán enmarcadas en la propuesta
de desarrollo humano esbozada por Amartya Sen.
5
1. 1 El desarrollo: más allá de lo económico
El concepto de “desarrollo” emergió en el periodo de la segunda posguerra mundial, bajo el
gobierno estadounidense y con incidencia en la economía global. Desde ese entonces, su
significado se asoció principalmente al aumento del Producto Interno Bruto (PIB), derivado
de los procesos de urbanización e industrialización, entre otros asociados a la llamada
modernización.
La propuesta estadounidense establecía que aquellos países con mayor crecimiento
industrial y del PIB –cobijados con la categoría de “Primer Mundo”–, eran el modelo a
seguir, pues ese crecimiento supondría, de forma progresiva, el mejoramiento de las
condiciones de vida de la población, como requisito fundamental para eliminar la pobreza.
Ésta última se concebía fundamentalmente como carencia de los recursos monetarios
mínimos para subsistir5.
Tras la crisis de 1980, las políticas de desarrollo se orientaron a exigir a los Estados reducir
su incidencia en lo económico, mediante la privatización de servicios públicos como la
salud, la educación, la vivienda, entre otros. Así, el actor protagonista de la economía, y
especialmente de la generación de empleo, dejaba de ser el Estado para dar paso al sector
privado.
Países como Colombia han aplicado fielmente estas políticas, pero aún así no han superado
la crisis económica y social. A la fecha, Colombia es el segundo país más desigual de
Latinoamérica y el décimo del mundo, en cuanto a la distribución de la riqueza se refiere. Y
esto no depende del grado de “crecimiento económico” del país, pues, de hecho, el 2007
reportó un pico positivo en este sentido con respecto a las últimas décadas, al contar con un
crecimiento del 7.5% del PIB6.
Se trata, precisamente, de que el PIB no es distribuido de forma equitativa, ni contribuye al
aumento del empleo, sino todo lo contrario, pues el desempleo y la informalidad van en
aumento, especialmente en el caso de la población femenina y joven. Todo ello atravesado
por serias dificultades para el diálogo social, como se expresa en la violencia antisindical y
en la reducción de los espacios para negociar los conflictos laborales mediante el consenso
tripartito7.
La actual crisis financiera mundial revela la inconsistencia de las tesis que veían el libre
mercado como fórmula única para eliminar la pobreza. Ante tal panorama, la propuesta de
5
Escobar, Arturo. 1996. La invención del tercer mundo. Construcción y reconstrucción del desarrollo.
Bogotá: Norma.
6
Tomado de: Boletín Sistemas de Financiación Desarrollo. Edición No. 17. 16 de marzo a 23 de abril de
2008. Editorial. Disponible en: http://www.ciase.org/?apc=i-------&x=442, página visitada el 15 de mayo de
2008-.
7
Ríos, Norberto. 2006. “Estructura sindical colombiana. Características y propuestas”. Medellín: ENS.
Disponible en: http://www.ens.org.co/informe.htm. Ver también: Herrera, Elver y Leydi Sanjuán. 2008.
“Informe sobre las violaciones a los derechos humanos de los y las sindicalistas colombianos en el año 2007”:
Cuadernos de Derechos Humanos. No. 20. Medellín: ENS.
6
Desarrollo Humano esbozada por Amartya Sen8 supone, en primer lugar, abandonar la idea
de que el desarrollo es algo que debe lograrse en el futuro. Para Sen, el desarrollo es un
problema del presente, independiente del crecimiento del PIB. Por ello, toda actividad que
aspire a mejorar las condiciones de una población, debe apuntar, más que a la simple
generación de ingresos, a desarrollar las capacidades de los actores sociales. Lo cual supone
que éstos puedan definir “horizontes de acción”, es decir, contemplar un panorama de
opciones amplio y elegir en medio del mismo, para así, además de obtener recursos
económicos, sentirse reconocidos, seguros, y satisfechos con la imagen de sí mismos.
1.2 Política pública: redistribuir la riqueza / Eliminar progresivamente la
informalidad juvenil
La perspectiva del desarrollo humano constituye un llamado a la gestión pública, en
términos de transversalizar la política social en los distintos planes y acciones estatales, y
en este caso municipales. No se pueden negar las causas estructurales de fenómenos como
el que aquí se discute: la economía informal y en particular el trabajo informal juvenil. En
buena medida, la economía informal es resultado de una dinámica capitalista inequitativa,
de un mercado que no logra absorber a toda la fuerza laboral, llevando a que una amplia
proporción de trabajadores/as conformen un tipo de economía fuera de las regulaciones
formales, la mayoría de veces en condiciones precarias. Y aunque los efectos de esa
dinámica aún desbordan las pretensiones estatales de cambio, la política pública sigue
siendo un escenario clave en la redistribución de la riqueza. En este caso, esa
redistribución implica generar progresivamente las condiciones necesarias para romper el
círculo de la pobreza, que lleva a jóvenes a insertarse en la informalidad, en medio de
condiciones precarias, como única alternativa de subsistencia. Si bien la informalidad no
necesariamente es sinónimo de precariedad9 –por ejemplo, muchos trabajadores de cuenta
propia pueden generar recursos suficientes para subsistir y proyectar su futuro–, lo cierto es
que la mayoría de las veces, sobretodo en las poblaciones más pobres, la informalidad
implica precariedad, limitando el desarrollo humano.
Con el propósito de enfrentar ese fenómeno, es imperativo reconocer a los y las jóvenes
trabajadoras informales como grupo vulnerable, tarea que ha iniciado la Alcaldía de
Medellín. En ésta, como en otras poblaciones excluidas, se deben focalizar recursos y
acciones, de forma articulada con las iniciativas de transformación social que existen en las
mismas poblaciones afectadas.
8
Sen, Amartya. 1998. “Las teorías del desarrollo a principios del siglo XXI”. Cuadernos de Economía. No.
29. Universidad Nacional de Colombia
9
La OIT define la informalidad de la siguiente manera: "Conjunto de unidades dedicadas a la producción de
bienes y prestación de servicios, con la finalidad primordial de crear empleos y generar ingresos para las
personas que participan de esa actividad. Estas unidades funcionan típicamente en pequeña escala, con una
organización rudimentaria en la que hay muy poca o ninguna distinción entre el trabajo y el capital, como
factores de producción. Las relaciones de empleo - en los casos en que existan- se basan más bien en el
empleo ocasional, el parentesco o las relaciones personales y sociales, no en acuerdos contractuales que
supongan garantías formales"
(http://www.ilo.org/public/spanish/region/ampro/cinterfor/temas/worker/doc/otros/iv/ii.htm). Por su parte, el
DANE toma en cuenta las siguientes categorías para medir la informalidad: asalariado o patrón de
microempresa, menos de diez trabajadores, trabajador por cuenta propia, no profesional ni técnico, trabajador
que presta el servicio doméstico, y ayudante familiar sin remuneración.
7
Sin embargo, la eliminación de la informalidad juvenil no puede darse a corto plazo, dadas
sus causas estructurales y el margen limitado de acción de la política pública. En ese
sentido, el ejercicio pleno del derecho de esta población a un Trabajo Decente, tampoco
puede garantizarse de manera inmediata. Pero como lo señala Amartya Sen, es
indispensable, y ante todo posible, construir “metaderechos”, es decir, políticas públicas, y
en particular programas de intervención, cuyo propósito sea conseguir gradualmente la
materialización de los derechos. Así, por ejemplo, “el metaderecho a ser liberado del
hambre es el derecho a tal política, pero lo que en últimas está tras ese derecho es el
objetivo de alcanzar esa libertad”10.
Como parte de la eliminación progresiva de la informalidad, un paso importante es lograr
que aquellos/as jóvenes que se vinculen a ella, puedan realmente escoger tal vinculación,
en vez de verse obligados a hacerlo. Lo que implica un posicionamiento particular entorno
a los debates conceptuales y políticos actuales sobre la informalidad. Existen dos grandes
posturas sobre las causas de este fenómeno: la del modelo dual, y la del modelo de elección
racional. El primero plantea que los sujetos se ven obligados a pertenecer a la informalidad,
mientras que el segundo señala el desarrollo de actividades informales como fruto de una
elección racional11.
El enfoque dual, por el cual se inclina esta investigación, parte de reconocer las asimetrías
propias del sistema productivo en los países en desarrollo. Así, reconoce dos sectores en la
economía, uno formal y otro informal, y plantea que los sujetos inscritos en la informalidad
han sido excluidos de la economía formal, sin la posibilidad de elegir su condición laboral.
Esta postura destaca el papel de las condiciones socioeconómicas –nivel de ingresos,
educación alcanzada, estructura familiar, entre otras–, como factores que llevan a los
individuos a inscribirse en la informalidad. Así, una persona con escasa o nula educación
muy probablemente será excluida del mercado laboral formal, y por tanto, tenderá a
desarrollar actividades marginales, orientadas a la simple subsistencia y sin contratos que
regulen las condiciones de trabajo. Al combinarse, todos estos factores ponen en riesgo el
acceso a un Trabajo Decente, tanto en el sentido de ingresar a la formalidad, como en el de
permanecer en ella bajo condiciones precarias.
Desde esos dos sentidos más adelante analizaremos los riesgos y potenciales de jóvenes
informales entorno al derecho a un Trabajo Decente, como base para orientar acciones que
potencien las capacidades de los sujetos, lo que a su vez supone mejorar sus condiciones de
acceso a capital, no sólo económico, sino también inmaterial. En esa tarea, sin embargo, no
basta la intervención a través de políticas públicas. También es necesario continuar
exigiendo la voluntad política, el compromiso estatal, municipal y del sector privado, frente
a la oferta de empleo decente para jóvenes. Ello sin desconocer que ese compromiso tiene
sus límites, y que depende de factores que escapan al margen de acción de los Estados,
sobretodo por el lamentable predominio de lo económico, y en particular del libre mercado,
como regulador de las distintas esferas de las sociedades modernas.
10
Amartya Sen. 2002. El derecho a no tener hambre. Bogotá: Universidad Externado de Colombia.
Gutiérrez, José Fernando. 2002. “La informalidad en Medellín, una aproximación”. Tesis de pregrado e
economía. Medellín: Universidad Nacional de Colombia.
11
8
1.3 El género como parte esencial del desarrollo humano
Toda iniciativa de desarrollo mediante políticas públicas, debe incluir una perspectiva de
género que reconozca la histórica división sexual del trabajo. Ésta es una de las expresiones
más evidentes de cómo la cultura no sólo diferencia, sino que jerarquiza a hombres y
mujeres, a través de significados y prácticas tradicionales, que subordinan lo femenino a lo
masculino. En nuestra cultura son reiterativas las siguientes asociaciones:
•
•
Fuerza/dureza/individualidad/razón/sujeto/hombre/masculinidad.
Debilidad/suavidad/solidaridad/emoción/objeto/mujer/feminidad.
En particular, circula una imagen que vincula a las mujeres con el espacio privado y el
trabajo reproductivo, es decir, las labores domésticas y el cuidado de los miembros de la
familia; y a los hombres con el ámbito público y el trabajo productivo, es decir, orientado al
mercado, remunerado. En el fondo de estas asociaciones subyace la imagen de una familia
sostenida por los ingresos de un “jefe proveedor”, y por los cuidados maternales de una
mujer circunscrita a lo doméstico, dependiente económica y afectivamente de la autoridad
de su esposo.
Esta inequidad de género se relaciona históricamente con la idea del “salario familiar”,
sostenida por los economistas liberales del siglo XIX, según la cual el ingreso de un
hombre sería suficiente para resolver las necesidades económicas del hogar. Tales
supuestos son contrarios a las evidencias reales, pues el desarrollo del capitalismo ha
llevado a que prácticamente todas las personas que conforman un hogar, incluyendo a
jóvenes, niñas y niños, deban trabajar para subsistir. Pero además, a que las personas que
difieren de la imagen de los Varones Adultos Trabajadores, y que ingresan al mercado
laboral, sean menos remuneradas y laboren en condiciones mucho más precarias que
ellos12.
Si bien el sistema de género ha venido transformándose como resultado del movimiento
feminista y de los cambios culturales hacia una mayor democracia, aún se expresa y genera
desventajas para las mujeres, especialmente en el mundo del trabajo. Sobre ellas persiste
una sobrecarga de trabajo productivo y reproductivo, mientras que los hombres tienden a
gozar de una mayor libertad para movilizarse y desarrollar sus capacidades13 a través del
trabajo productivo.
Por otro lado, aunque desde 1970 ha aumentado de forma masiva la participación de las
mujeres en el mercado laboral, e incluso desde antes aquellas más pobres, en especial las
madres solteras, han debido trabajar, aún se evidencia una feminización de los oficios. Es
decir, a pesar de haber demostrado iguales e incluso superiores destrezas laborales en
comparación con los hombres, en muchos casos persisten ideas que restringen la
12
Díez, David. 2007. “Juventud, género y trabajo: una mirada a formas de empleo juvenil en Colombia”.
Revista Controversia. ENS. No. 188. Págs. 57-85
13
Nussbaum, Martha. 2002. “En defensa de los valores universales”. En Las mujeres y el desarrollo humano.
Barcelona: Herder.
9
participación de mujeres a ciertos oficios, y potencian su ingreso a otros, especialmente a
aquellos más asociados al ámbito privado. Los cuales tienden a coincidir con las
condiciones más precarias y menos valoradas socialmente, como sucede en el caso del
trabajo doméstico.
En el escenario informal, este estudio mostró el predominio de mujeres en oficios como las
ventas de minutos y de tinto. Ambos casos se inscriben en los llamados servicios de
proximidad o de cercanía con el otro. En éstos suelen usarse la belleza, la cordialidad y la
sensualidad “naturalmente” femeninas, como elementos que atraen a los clientes. La
abundancia de mujeres en oficios de este tipo, contrasta con la casi exclusividad de los
hombres en las cúspides de las jerarquías económicas y territoriales de la actividad.
Al mismo tiempo, se evidencia la poca presencia de mujeres en las actividades de ventas en
los buses y semáforos. Éstas implican una mayor movilidad espacial, asociada al rol
público de los hombres; pero también suponen más riesgos de accidentalidad y en general
de conflicto dada la lucha por el rebusque y el control territorial, aspectos que también se
vinculan a la imagen de fuerza de los hombres, que en últimas terminan siendo una
desventaja en términos de enfrentar más riesgos cotidianamente.
Sin embargo, la primacía de hombres potencia abusos de distinta índole sobre las mujeres,
tanto de compañeros de trabajo como de clientes. Lo cual se expresa en el acoso sexual, el
hostigamiento, y la dominación por parte de “los tesos”, lo que limita el ejercicio de
liderazgos femeninos en los escenarios de trabajo.
Lo anterior complejiza el panorama del desarrollo, pues reitera que va más allá de la simple
carencia monetaria. La pobreza es un asunto humano, es decir, se relaciona no sólo con
aspectos económicos, sino también afectivos. Entre éstos se encuentran las formas de
convivencia entre hombres y mujeres, jóvenes, adultos, niños y niñas. En todos los casos, la
eliminación de la pobreza, siguiendo a Amarya Sen14, implica propender por una
distribución flexible de los roles de género y de edad, en el sentido de romper las
asociaciones
tradicionales
que
mencionábamos
más
atrás:
Fuerza/dureza/sujeto/masculinidad;
Debilidad/suavidad/objeto/mujer/feminidad.
En
particular, la oposición sujeto/objeto se expresa en las ideas y prácticas cotidianas desde las
cuales los hombres se asumen como sujetos que pueden no sólo contemplar, sino también
abusar de las mujeres en tanto objetos sexuales ambulantes. Mediante la morbosidad
cotidiana, ellas son reducidas a objetos, lo que puede llevar a transgresiones de los derechos
humanos, como se expresa en los altos niveles de violaciones sexuales a mujeres,
cometidas casi siempre por hombres.
En respuesta a este ambiente sexista, resaltan las estrategias de resistencia de las mujeres,
como ubicarse o moverse, según el oficio, en pequeños grupos o parejas femeninas. En
estos casos, sobresale la protección recíproca, que según las narraciones poco a poco se
convierte incluso en relaciones afectivas que llevan a la convivencia, la gestión de recursos,
y en general a recorrer juntas los caminos cotidianos de la informalidad. En ese recorrido,
14
Nos referimos en particular al desarrollo de la propuesta de Sen realizado por Nussbaum, op. cit, quien
profundiza en el tema del género en relación con el desarrollo humano.
10
el cuidado de los hijos resulta fundamental, tanto por los altos índices de natalidad que
caracterizan a esta población, como por el predominio de hombres con relaciones paralelas
y prácticas de irresponsabilidad paterna.
Por otro lado, este, como otros estudios, muestra que en algunas ocasiones el espacio para
lo reproductivo y lo productivo se sobrepone, pues mientras se está vendiendo un producto
es posible que al mismo tiempo se esté cuidando a los hijos o realizando labores
domésticas15. Doble rol que suele afectar negativamente a las mujeres, lo que constituye un
llamado a la distribución flexible y equitativa de labores productivas y reproductivas entre
hombres y mujeres. Es imperativo resolver “necesidades estratégicas de género”16, por
ejemplo al revertir la división sexual tradicional del trabajo. No para simplemente poner a
los hombres en la histórica condición de desventaja de las mujeres, sino para lograr la
negociación continua y la distribución equitativa de labores productivas y reproductivas
entre los sexos.
Por supuesto, este giro trasciende el ámbito de consensos entre individuos, y remite a la
responsabilidad del Estado, y en este caso del Municipio, en términos de generar las
condiciones necesarias para que los/as jóvenes informales conozcan y ejerzan su derecho a
acceder a instituciones públicas como guarderías, colegios, hospitales, etc., socializando así
el peso de las tareas reproductivas. Pero también en el sentido de apoyar iniciativas como la
de la Asociación INFORMAL, organización que considera vital la creación de una
guardería, no sólo para contribuir a la descarga del trabajo reproductivo de sus
asociados/as, sino también para brindarles una alternativa productiva. Sobretodo porque,
como se evidencia en este estudio, aún cuando los hijos no se encuentren en la escena
laboral, su existencia supone un reto para los y especialmente las jóvenes trabajadoras, en el
sentido de buscar apoyo de familiares, conocidos e instituciones privadas precarias, en
medio de un acceso reducido a redes sociales.
Por último, es de resaltar la ambigüedad que implica el rol paterno/materno para los/as
jóvenes informales. Por un lado, les brinda expectativas de vida, llevándolos/as a “sentar
cabeza” para estar mejor. Así se evidencia en varios casos en que, jóvenes con antecedentes
de alto consumo de drogas y licor, y con un manejo desordenado de los pocos recursos
obtenidos mediante el trabajo, reducen el consumo y organizan mejor sus vidas una vez
asumen los roles de padre y madre. Pero por otro lado, estos papeles también representan
una mayor carga de responsabilidad y de trabajo para responder por sí mismos/as y por sus
hijos, sobre quienes proyectan esperanzas aplazadas en sus propias trayectorias de vida,
como veremos más adelante.
1.4 Responsabilidades adultas, sueños juveniles: por una política pública que
comprenda la diversidad del ser joven.
15
Pineda, Javier. 2000. “Masculinidad y desarrollo. El caso de los compañeros de las mujeres cabeza de
hogar”. En Ángela Robledo y Yolanda Puyana (compiladoras). Ética: masculinidades y feminidades. Bogotá:
Universidad Nacional de Colombia.
16
Moser, Caroline. 1991. “La planificación de género en el tercer mundo: enfrentando las necesidades
prácticas y estratégicas de género”. En Virginia Guzmán et al (comps.). Una nueva mirada: género en el
desarrollo. Lima: Florán Tristán. Págs. 55-124.
11
Uno de los principales hallazgos de este DRP es que los y las jóvenes que trabajan en la
informalidad de Medellín, no son jóvenes. Lo son en el sentido de estar en el rango de edad
entre 14 y 26 años17, pero no en términos de las responsabilidades sociales “adultas” que
asumen como trabajadores y como padres y madres.
Aunque la mayoría de jóvenes en el país asume estos roles desde temprana edad, aún
predomina la imagen moderna de la juventud derivada del modelo burgués europeo del
siglo XIX: el joven como estudiante, como persona que cuenta con mucho más tiempo libre
que los adultos, con más expectativas, con más camino por recorrer antes de dedicarse de
lleno a las actividades productivas y/o reproductivas. Estos factores configuran el ideal de
la “moratoria social”, es decir, de un periodo de transición física y social previo al
desarrollo de roles adultos. Un ideal que fue y sigue siendo restrictivo, limitado a los
sectores privilegiados de la población.
Como lo han mostrado varios estudios18, la idea de juventud se construyó desde el siglo
XIX a partir de la experiencia de los hijos –hombres– de la naciente burguesía. Quienes
tenían la oportunidad de acceder a la educación y pasar por un periodo de transición, con
alto grado de libertad en el uso de su tiempo, mientras se preparaban para acceder a los
cargos que ostentaban sus padres.
Como legado de esa perspectiva burguesa, la sociedad y el Estado colombiano han tendido
a asociar la imagen de joven a la de estudiante, aún cuando en la práctica sólo 3 de cada 10
jóvenes entre 18 y 25 años permanecen en el sistema educativo. Del total de jóvenes que no
estudian, un 40% (cerca de 3,3 millones) participa en el mercado laboral. Y lo más
preocupante es que cerca de 1 millón de esos jóvenes se encuentran desempleados,
constituyendo casi la mitad de personas sin trabajo en Colombia.19
La tasa de desempleo nacional se mantuvo en el 11.1% para el 2008. Pero más frustrante es
la situación si se contempla únicamente a las personas entre 14 y 26 años, en las que casi se
duplica la tasa, al registrar un 18.1%. Y aún peor es el caso de las mujeres en el mismo
rango de edad, cuya tasa corresponde a un 23.4%. Pero incluso esta cifra aumenta cuando
se considera estrictamente a los y las jóvenes más pobres, en quienes se dispara hasta un
28.9%.20
Teniendo en cuenta lo anterior, no es extraño que los/as jóvenes enfrenten también altas
tasas de informalidad (7 de cada 10 jóvenes trabajan en ese sector), y que sus trabajos se
desarrollen en condiciones precarias, que lamentablemente son preferibles antes que
17
La Ley 375 de 1997 define como joven a toda persona en este rango de edad.
Margulis, Mario y Marcelo Urresti. 1998. “La construcción social de la condición de juventud”. En
Humberto Cubiles et al (eds.). «Viviendo a toda»: jóvenes, territorios culturales y nuevas sensibilidades.
Bogotá: Universidad Central. Siglo del Hombre Editores. También Díez, 2007, op. cit.
19
DANE, Encuesta de calidad de vida, 2008.
20
El Tiempo, 3 de febrero de 2008, a partir de datos del estudio “Jóvenes pobres en el mercado laboral”,
realizado por el Centro de Investigaciones para el Desarrollo –CID– de la Universidad Nacional de Colombia,
para el Ministerio de la Protección Social.
18
12
permanecer en la inactividad. Sobretodo en ciudades como Medellín, cuyos índices de
informalidad llegan hasta un 53%21.
En esas condiciones, aunque prácticamente todas y todos los jóvenes entrevistados en esta
investigación mencionan el sueño de estudiar, de gozar una moratoria social, sus anhelos se
quedan en expectativas etéreas. Ilusiones que no llegan a concretarse en proyectos;
esperanzas con un eslabón perdido. De hecho, se percibe una mezcla contradictoria de
frustración y de esperanza, pues para la mayoría de jóvenes informales el sueño de estudiar
se proyecta sobre sus hijos. Los anhelos imposibles para sí mismos/as, se consideran
viables para los hijos, pero a costa del sacrificio y de la dedicación plena al trabajo.
En últimas, los/as jóvenes terminan en una encrucijada entre responsabilidades adultas y
sueños juveniles. No sólo por las carencias económicas, sino también por factores
psicosociales vinculados a la desescolarización. Estos factores son clave para comprender
las causas del eslabón perdido entre el sueño de estudiar y la posibilidad real de hacerlo, así
como para diseñar políticas públicas que tengan en cuenta, no sólo en el discurso, sino en la
prácticas, las distintas expresiones del ser joven. Pues mientras los y las jóvenes informales
pueden ser “adultos” en términos de responsabilidades, pueden no serlo en términos de la
imagen del estudiante que implica contar con una cultura escolar, y en particular de cierta
disciplina y respeto ante las jerarquías impuestas.
Pero además, estos/as jóvenes también pueden expresar actitudes “juveniles”, o incluso
adolescentes, como el no contar con proyectos de vida y realizar muchas de sus actividades
de manera desarticulada, sin orientación a la realización de metas, e incluso dando
prioridad al juego sobre la “seriedad” propia de espacios formales. Asimismo, en muchos
casos se evidencian procesos de auto-exclusión, de ensimismamiento como una manera de
protegerse de la intervención externa. No sólo por el miedo, sino también por la
desconfianza e incredulidad generada a partir de experiencias con distintas organizaciones
(ONGs, academia, Estado, Partidos Políticos), que acuden con frecuencia a estos/as jóvenes
con el ánimo de diagnosticar, incluso de sobre-diagnosticar, sin materializar acciones
concretas para el mejoramiento de sus condiciones de vida.
La importancia de tener en cuenta estos factores a la hora de construir una política pública
radica, entre otros aspectos, en que muchas de las acciones públicas frente a jóvenes
trabajadores/as se centran en el problema de la capacitación. Parten de suponer que por la
simple convocatoria, sin procesos previos de trabajo psicosocial, jóvenes
desescolarizados/as asistirán a talleres y eventos, los cuales suponen una serie de
disposiciones en buena medida adquiridas en la escuela.
Por otro lado, también se comete el error de suponer que los y las jóvenes trabajadoras, al
ser jóvenes, cuentan con tiempo y disposición para asistir a eventos sin tener mayores
preocupaciones. Cuando en la práctica se trata de personas que difícilmente tienen tiempo y
espacio para la realización de actividades distintas a las laborales, como aquellas asociadas
21
ENS, 2008. “Trabajo Decente en las principales ciudades colombianas”. En Informe Nacional de Trabajo
Decente en el año 2007. Medellín: ENS.
13
a la educación, pero también a la recreación y el esparcimiento. De hecho, para muchos/as
de ellos/as la ciudad es sinónimo de buses, de esquinas de trabajo, mas no de parques, ni de
escenarios para el descanso. La temprana adultez de estos/as jóvenes implica examinar de
manera crítica los imaginarios que vinculan juventud y tiempo libre, ya que el peso del
trabajo productivo y reproductivo limita en alto grado la posibilidad de acceder a espacios
de goce y recreación, que les permitan descansar y recargar energías para darle impulso a
sus anhelos. ¿Cómo tomarse un día de descanso cuando cada minuto es vital para conseguir
el dinero del arriendo diario?
Por otro lado, para muchos/as de estos jóvenes la ciudad también es sinónimo de conflicto.
En su medio es frecuente el consumo de drogas, que al mezclarse con el uso de armas, tan
reiterativo cuando se trabaja en la “selva de cemento”, implica una tensión latente que
puede estallar en violencia, poniendo la vida cotidiana en un constante peligro. Por esta, y
las demás características ya señaladas de esta población, resulta no sólo improductivo, sino
irresponsable, pensar en capacitaciones sin desarrollar un trabajo de comprensión y diálogo
con sus pautas de convivencia, estructuras mentales, y en general aspectos psicosociales
que potencian la auto-exclusión.
Lamentablemente, la experiencia muestra que los principales programas estatales dirigidos
a la población joven más excluida –como Jóvenes en Acción–, terminan beneficiando a
sectores medios que, de hecho, ya contaban con condiciones de escolarización y de
socialización suficientes para que sus anhelos de estudiar se materializaran22.
Aunque la falta de educación explica en buena medida la situación laboral juvenil, es un
error concentrar las acciones de cambio únicamente en la capacitación, sin partir de
procesos previos de reconocimiento de las dinámicas de convivencia de jóvenes que
difieren de la imagen del “estudiante”. Aunque tiende a asumirse como “normal” el
cumplimiento de horarios y el respeto de jerarquías impuestas, estos y otros aspectos
implícitos en los procesos de capacitación, se configuran en el individuo en buena medida a
través del dispositivo escolar. Al haber permanecido desescolarizados/as, los/as jóvenes
informales carecen no sólo de las habilidades, sino también del interés, la mentalidad
programática y la disciplina que exige la cultura escolar. Por supuesto, no se trata de un
desinterés “natural”, sino motivado por las condiciones sociales que los/as han llevado a
buscar trabajo antes que estudiar.
Una transformación de las dinámicas propias de jóvenes informales, en aras de la cultura
escolar, supone todo un trabajo de “hilar”, en conjunto, y sin imposiciones radicales, sus
expectativas, esperanzas y posibilidades reales de vida, de modo que en sus perspectivas
poco a poco se pase del presente al mañana, de la subsistencia a la calidad de vida, del
trabajo precario al Trabajo Decente.
22
DNP, 2004. Consultoría para la evaluación de Impacto del subprograma Jóvenes en Acción. Análisis de
resultados de las primeras Convocatorias del programa jóvenes en Acción. Informe final. Bogotá.
(http://www.cinterfor.org.uy/public/spanish/region/ampro/cinterfor/temas/youth/exp/observa/col/jov_ac.pdf).
14
2. RIESGOS DE JÓVENES INFORMALES PARA ACCEDER A UN TRABAJO
DECENTE
2.1 Frente a la vulneración del derecho al trabajo
El trabajo en la informalidad suele ser la única opción para producir ingresos que
encuentran muchos/as jóvenes en Medellín, incluso como última alternativa antes de
permanecer en la inactividad o de realizar actividades delictivas. Esta situación pone en
riesgo el derecho a acceder a un Trabajo Decente en condiciones de libertad y equidad, y se
deriva de una serie de características de la población. A continuación enumeramos algunas
de ellas, agrupadas en las dimensiones familiares, psicosociales, económicas, educativas y
laborales.
Familiares
¾ Abandono de grupos familiares de origen a temprana edad por razones de violencia
intrafamiliar.
¾ Pertenencia a familias caracterizadas por la violencia entre padres e hijos.
¾ Predominio de hogares con jefatura femenina, con altos niveles de natalidad y falta
de provisión económica y afectiva por parte del padre.
¾ Maternidad y paternidad a tempranas edades.
Psicosociales
¾ Baja autoestima y carencias de afecto, dado el predominio de relaciones conflictivas
con familiares y amigos/as.
¾ Antecedentes de violaciones sexuales por parte del padre y/o de otros familiares,
aspecto que incide en la salud mental, en particular de las mujeres.
¾ Un buen número de jóvenes, en especial hombres, son postpenados o tienen asuntos
pendientes con la justicia.
¾ Carencia de documentos de identidad, libreta militar, certificado judicial, entre
otros, bien sea por pérdida, por ruptura de relaciones con su núcleo familiar para
trámites legales o por mantener anonimato ante la justicia.
¾ Poca conciencia sobre el cuidado del cuerpo, en términos de higiene y salud sexual
y reproductiva.
¾ Lo anterior se expresa en los altos índices de natalidad temprana, que aún siguen
considerándose como una responsabilidad individual de las mujeres, desconociendo
la responsabilidad de los hombres y de la sociedad en general frente a este
fenómeno.
¾ Algunas mujeres recurren al trabajo sexual en condiciones riesgosas, como
alternativa de generación de ingresos; en el caso de las menores de edad se dan
casos de explotación sexual.
¾ Alto nivel de consumo de sustancias psicoactivas, las cuales se usan como
mecanismo de motivación para el trabajo, resistencia al cansancio y al hambre;
también como fuga de las dificultades personales.
¾ Desconfianza e incredulidad generada a partir de experiencias con distintas
organizaciones (ONGs, academia, Estado, Partidos Políticos), que acuden con
frecuencia a estos/as jóvenes con el ánimo de diagnosticar, incluso de sobre15
diagnosticar, sin materializar acciones concretas para el mejoramiento de sus
condiciones de vida.
Económicos
¾ Bajos niveles de ingresos económicos, incluso por debajo de la línea de la pobreza.
¾ Necesidad imperante de sostener monetariamente a sus familias “al detal”,
diariamente.
¾ Carencia de vivienda propia. En muchos casos habitan en inquilinatos y piezas en el
centro o en barrios periféricos de la ciudad, principalmente en zonas de alto riesgo.
Suelen pagar su residencia “al detal”, diariamente.
¾ En muchos casos la carencia de vivienda genera cierto nomadismo, el cual impide
sentar bases materiales para el desarrollo de proyectos de vida.
Educativos
¾ Desescolarización, bajos niveles educativos (primaria o bachillerato inconcluso), y
en algunos casos analfabetismo.
¾ Falta de manejo y acceso a tecnologías de información y comunicación.
Laborales
¾ La mayoría de familiares están vinculados a la informalidad, lo cual potencia un
círculo de transmisión generacional de esta actividad y de las condiciones de
precariedad asociados a la misma.
¾ Vinculación a temprana edad al sector informal; la mayoría de los/as jóvenes han
sido niños/as trabajadores/as en comercio en calle. En algunos menores de edad,
como alternativa de ingresos para el consumo de artículos que sus familias no
pueden darles. O previamente han trabajado en la constucción –frecuente en
hombres– y el trabajo doméstico –reiterativo en mujeres.
¾ Predominio de lenguajes, jergas, pautas de interacción, disposiciones corporales y
estéticas juveniles, entre otras “habilidades sociales” propias de sus contextos de
habitabilidad –el barrio y la calle en especial–, que chocan con la rigidez del
mercado laboral. Éste determina un estándar social formal que excluye expresiones
alternativas.
2.2 Frente a la vulneración de los derechos en el trabajo
Las condiciones propias de las actividades informales que desarrollan los/as jóvenes de
Medellín, ponen en riesgo su derecho a gozar de una actividad productiva que potencie sus
propias capacidades y las de sus familias, como se expresa en los siguientes aspectos,
agrupados en las dimensiones condiciones de trabajo, seguridad social, tripartismo y
diálogo social,
Condiciones de trabajo
¾ Ausencia de relaciones contractuales formales.
¾ Ingresos “al destajo”, altamente inestables.
¾ Jornadas de trabajo extensas: en promedio 10 horas diarias durante 6 días a la
semana.
16
¾ Alto riesgo de accidentalidad al desarrollar el trabajo en lugares públicos, muchas
veces sin artículos distintivos y sin pautas formales de prevención.
¾ Exposición permanente al sol, a la lluvia y a la contaminación.
¾ Altos niveles de conflictividad por la mezcla del consumo de drogas, las tensiones
por control territorial y el porte de armas.
¾ Riesgos de salud ocupacional por movilidad entre carros, y por trabajo de pie
durante largas jornadas.
Protección social
¾ Riesgo de desnutrición y alimentación mal balanceada del trabajador y de su
familia, especialmente cuando los ingresos son más reducidos, cuando se sufre un
accidente o se padece alguna enfermedad.
¾ Subutilización de la oferta institucional pública, especialmente los servicios de
sistema subsidiado de salud, hogares infantiles del Instituto de Bienestar Familiar y
el programa municipal de seguridad alimentaria.
¾ Falta de acceso a fondos de pensiones, administradora de riesgos profesional, y caja
de compensación familiar.
¾ Bajo o nulo acceso a actividades de carácter recreativo y cultural.
¾ Falta de redes sociales estables para el cuidado de niños o terceros a cargo como
padres, abuelos, o pareja enferma.
¾ Dependencia de créditos a prestamistas (“pagadiario”), a altos intereses y con
potenciales de conflicto.
Relaciones de género
¾ Sobrecarga de trabajo productivo y reproductivo sobre mujeres.
¾ Acoso sexual a mujeres por parte de clientes, conductores, transeúntes e incluso
compañeros de trabajo.
¾ Dominación masculina en escenarios de trabajo, que impide el desarrollo de
liderazgos femeninos.
Tripartismo y diálogo social
¾ En muchos casos la autoimagen de los/as trabajadores/as se ve afectada
negativamente por el rechazo de distintos actores de la ciudad, ante quienes se
sienten como indeseables, o como seres que “afean” el paisaje urbano.
¾ La ausencia de una relación obrero-patronal dificulta el establecimiento del diálogo
entre actores (empresarios, trabajadores, sociedad civil), para mejorar las
condiciones de trabajo y a la vez contribuir a un uso más adecuado del espacio
público.
¾ El predominio de mafias de contrabando, paramilitarismo, control territorial, tráfico
de drogas, delincuencia común e incluso tráfico de personas, dificulta la
construcción de relaciones en marcos de legalidad y veeduría pública y ciudadana.
17
2.3 Potenciales para acceder a un trabajo decente
En términos generales sobresalen tres grandes potenciales de jóvenes informales en
Medellín: las iniciativas organizativas, la destreza para las ventas y los sueños de estudiar y
“salir adelante” para “dar ejemplo” a los hijos. Los tres aspectos se materializan en
actividades desarrolladas como:
• Los “minuteros” y “minuteras”, utilizan una prenda distintiva para su identificación,
se organizan para establecer acuerdos en las formas de trabajar, entre ellos sobre la
territorialización de sectores y el costo del minuto.
• En los buses se establecen mecanismos para la seguridad de la ruta y para el
mantenimiento de la buena imagen de los vendedores, evitando actividades
delincuenciales y consumo de drogas.
• La Asociación de Jóvenes Trabajadores de la Economía Informal (INFORMAL), ha
gestionado dotación para sus integrantes, aportando a su identificación y
mejoramiento de la automimagen.
• INFORMAL también ha iniciado conversaciones con Empresas de Transporte para
que éstas les permitan realizar las ventas ambulantes a cambio del mejoramiento del
servicio, como se expresa en la elaboración y distribución de manuales de
convivencia; así como en el comienzo de procesos organizativos para garantizar el
cumplimiento de las normas pactadas mediante comités de base.
• Parte de los procesos anteriores han sido documentados en varios videos
gestionados por la Asociación.
• El avance organizativo de la Asociación le ha permitido gestionar recursos de
agencias internacionales, con el apoyo de la Escuela Nacional Sindical –ENS.
• Las lustrabotas, se organizan para establecer acuerdos de tarifas del servicio para
que todas puedan tener clientes, garantizando así un ingreso equitativo.
• A diferencia de actores que rechazan a jóvenes informales, una minoría de usuarios
y clientes reconoce su esfuerzo y los/as considera personas emprendedoras.
• Las mujeres de diferentes oficios, en particular venteras de buses, establecen redes
de solidaridad femenina para protegerse unas a otras.
• Sus sueños están cifrados en terminar sus estudios básicos, profesionalizarse y ser
buen ejemplo para sus hijos.
• Predomina una gran capacidad y destreza para “palabriar”, es decir, para vender a
través del uso de la palabra, los gestos y las piruetas.
• La mayoría es bastante versátil en la realización de oficios, pues han pasado por
varias labores, acumulando una importante experiencia laboral en construcción,
aseo, servicios, discotecas, confecciones, restaurantes, mensajería, entre otras.
• Los hijos se constituyen en motivadores para la formulación de un proyecto de vida
más claro e intencionado, y para la disminución del consumo de drogas.
• Les motiva la posibilidad de crear mejores condiciones de vida para que sus hijos no
repitan su historia de sus padres, por lo cual los vinculan al sistema educativo y se
responsabilizan de la satisfacción de sus necesidades básicas.
18
3. POR UN PROGRAMA DE TRABAJO DECENTE
PARA JÓVENES INFORMALES EN MEDELLÍN
El panorama presentado hasta aquí, muestra la urgencia de intervención pública, y en
general de compromiso ciudadano, desde entidades privadas, universidades, ONGs,
organismos locales, regionales e internacionales y sociedad civil en general, con el
propósito de romper el círculo de la informalidad juvenil. Ese compromiso debe traducirse
no sólo en intenciones gubernamentales, sino en general en un acuerdo ético de la sociedad,
cuya permanencia sea independiente de los gobiernos de turno y de las azarosas voluntades
políticas. En últimas, la apuesta es no sólo por una política de Estado, sino por un
imperativo social.
Una estrategia adecuada para materializar ese imperativo es la puesta en marcha de un
programa integral por el Trabajo Decente para Jóvenes integrales de Medellín, que por
supuesto debe partir de considerar a esta población como grupo vulnerable. Tal programa
exige una perspectiva interdisciplinar, así como el uso de estrategias y recursos
intersectoriales, de distintas fuentes, con el fin de contrarrestar los riesgos que enfrenta esta
población, apelando al uso de sus potenciales, en un trabajo en red que trascienda de una
vez el sobre-diagnóstico de realidades éticamente insostenibles en un Estado de Derecho.
Todo ello partiendo de un trabajo más allá de lo económico, centrado la intervención
psicosocial y cultural, con el ánimo de comprender las dinámicas propias de la población y
de ponerlas en diálogo con los ritmos institucionales. Paso indispensable en la construcción
del eslabón entre los sueños y las realidades juveniles, así como en el así fortalecimiento de
la convivencia. El cual contribuye a la disminución del conflicto mediante el diálogo y la
concertación con los diversos actores involucrados en la informalidad.
En esa tarea es clave adelantar campañas para que los/as jóvenes informales conozcan y
accedan a la oferta de la ciudad en términos de salud, educación, recreación y deporte, entre
otras; y al mismo tiempo velando porque la institucionalidad se acerque a esa población.
Dentro del panorama de esa oferta, son prioritarios aquellos servicios que contribuyan a
solucionar las cargas reproductivas, como el cuidado de hijos a través de guarderías, y los
programas de nutrición mediante comedores comunitarios, tanto para los niños y niñas
como para sus padres y madres. Con ese fin, pero también con el de definir a esta población
como “vulnerable”, son urgentes las campañas de tramitación de documentos legales y de
nivelación académica para la continuación de estudios.
Por otro lado, el papel de los proyectos productivos puede ser fundamental para lograr la
salida progresiva de muchos jóvenes de la informalidad, lo que a su vez evita el
paternalismo y potencia la capacidad de transformación propia de los sujetos y de los
grupos de base. En esa capacidad sobresalen los saberes y habilidades propias de los oficios
que estos/as jóvenes han desarrollado durante sus trayectorias de vida, a los cuales puede
sumarse un plus si se articulan con programas de capacitación técnica y vinculación laboral.
Si bien la estructuración sólida de un Programa de Trabajo Decente para Jóvenes
Informales de Medellín supera las pretensiones de este texto, los insumos aquí presentados
aportan bastante a la definición de líneas de acción, metodologías y escenarios para el
trabajo con jóvenes informales. Entre otros aspectos, es necesario construir índices e
19
indicadores por cada una de las dimensiones planteadas alrededor de los derechos al y en el
trabajo, y hacer un seguimiento que constate la transformación progresiva de las situaciones
riesgosas en potenciales de cambio.
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