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seu
R
so
I}/"onunciado por el dod or Ant oni o Góm ez Res irepo en el "foyer" del Teatro de Colón. en el
hom enaje a Víctor Hl1 go, el 1" de julio últim o.
Al acercal'l'e a la obra inmen:¡a ele Víctor
Hugo. se ~' iente una impresión análoga a la qU f:'
!'le experimenta al llegar al pie de la gran p~­
rámide de Egil too Agobia el ánimo la contemIlación del gigantesco monumento y la consideración de la propia pequeñez. Esa va, tn.';
pstructuras se han formado por el e:,;fuerzo
constante y titánico que, en la mole de piedra,
fue colocando bloque sobre bloque, con admira ble precisión científica, hasta COronal' la cúspide grandiosa; y en el monumento literario
acumuló poema sobre ¡Joema, drama sobre drama, novela sobre novela, hasta dominar ~a
perspectiva de la literatura universal.
Pero ¡qué profundas diferencias! La pirámi.
de fue obra del trabajo colectivo de millares
de esclavos, y la mole poética surgió de la imaginación de un hombre .solo; la pirámide es un
mausoleo, construído para -atisfacer la delirante ambición de inmortalidad alimentada de
efímeros tiranos; la obra de Hugo es un monumento levantado en honor de la poesía que eR
energía y luz y ,-ida perenne; porque 10 que ella
toca, tiene el don de .i u\'entud perpetua; puede
sufrir eclipses tran<;itorÍos; pero se renueva co' !
mayor pujanza y brillo; pal'ece extinguirse;
pero, como el fénix de la fábula, resucita de entre sus propias cenizas.
La larga vida de H ugo, que llenó casi todo
el iglo diez y nueve, y u producción infatigable. que lo acompañó hasta el último suspiro
de la existencia, y pareció no detenerse ni en
los umbrales de la t.umba, pues, muerto el poeta, continuaron publicándQse nuevos volúmene:¡
de poesías, que él había dejado listos para prolongar su gloria póstuma; y la resonancia in·
definida de su verbo de titán, fueron causa de
que se convirtiera en una figura simbólica, que
concentró n í todos log rayos de gloria de b
poesía francesa de Sil tiempo. Fue la encarnación del romanticismo que, no obstante, produjo tanto.s y tan grandes poetas. Muerto Goethe
en el primer tercio del siglo, él dominó com')
I1n monarca todo el panorama de la literatura
europea. El Júpiter de Weimar, sereno en s:.~
olímpica grandeza, fue reemplazado por un semidiós tormento o, capaz de acumular mole S'1bre mole, para e 'calar el cielo. Su genio irrndió sobre el mundo todo, unas veces con el fulgor apacible de la inspiración cristiana e id.ea·
lista; otras con el e plendol' rojizo de la in..:piración exacerbada por las pasiones personaJe' y políticas. Su martillo de f ino metal cayó
sin descanso sobre el yunque donde forjaba sus
versos impecables. Porque este magno artisb
tuvo el culto del yerso, la idolatría de la rima;
y jamá e creyó autorizado por prerrogativa
de genio, a violar la leyes esenciale del ritmo, ni a diluír su inspiración en Íormas incoherentes y claudicantes, Por eso pudo decir Banvil Je que la Leyenda de los siglos e la biblia
de la versificación francesa.
Las circunstancias favorables de ser VíctOl'
Hugo un genio latino; de manejar una lengua
uniyersalmente conocida y hermana de la española; y de haber re idido casi siempre en
París, metrópoli intelectual y artística del
mundo moderno, contribuyeron a que su influencia se extendiera fácil y directamente sobre todos lo pueblos de habla española. Sus
manifiestos polític0s y sociales, no siempre prf'·
cisos, pero siempre abrillantados por una fruseología deslumbradora. eran acogidos como
or:1culos por las jóvenes nacionalidades del
nuevo mundo, henchidas de savia democráti ca; y no era exótico el caso de que se le envia-
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¡
NTONIO
DOCTOZRR~STREPO
GOME
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sen las recién nacidas constituciones, para que
él, como jerarca supremo, las ungiese con el
óleo de su aprobación y simpatía.
Ni dejó de contribuír a esta expansión hispánica de la influencia de Rugo el hecho, má<;
de una vez anotado, de que en su espíritu, n')
obstante er profundamente francéR había
Ul19. mezc1::\ de genialidad española; de bizarr~a
e idea lisroo ca'ltellanos; algo que recordable,
que había nacido, como él mismo lo dice en
Besanzón "Vieille ville espagnole" y que en "U
infancia había vivido en un vetusto palacio señorial de Madrid. Sus conocimientos de la lengua y de las cosas de E<;paña, solían ser confusos; pero un hálito de españolismo auténtico
hace vibrar los versos que dedica a temas españoles; y en magníficas escenas de Remani y
de Ruy-B1as nos sentimos transportados' al
viejo solar castellano del tiempo de los Felipe<;.
y nos CO!1m~leVe el poeta cuando emboca la
épica trompa castellana y emplaza la figura df'l
Ckl en la Leyenda de los siglos con inspiración digna de Guillén de Castro y del Romancero,
Todo esto lo condensó Paul de Saint Victot'
en una frase feliz, cuando dijo: "Víctor Rugo
es un Grande de Espaí'ía de primera clase en
poesía".
Bajo la influencia fecundantc de' la imaginación poética, puede, uceder que un nombre, un
pormenor insignificante, un dato aislado, se[',11
el germen de una obra maestra. Quizá el norr.hre del pueblecillo vasco, que Víctor Rugo retuvo en su memoria infantil, despertó en el
poeta, llegado a la plenitud, la idea de escFÍbi~',
obre tema español, el drama caballeresco con
que hizo triunfal' la revolución romántica en
la ciudadela sagrada del clasicismo francés.
Nada tiene de extraño que la pomposa tirada
lírica de don Ru y-Gómez de Silva delante de
los retratos de sus antecesores, fuera inspirada por el recuerdo de los viejos cuadr.os del palacio Masserano de Madrid, en donde Rugo
pasó un corto tiempo de su niñez, pero de va ta repercusión en su vida. De una frase puede nacer un poema, como de un humilde huevo
sale un cóndor de los Andes.
En su extraí'ío libro sobre WilIiam ShakeRpeare, en donde Víctor Rugo quemó en el alta!'
de su ídolo todo el incienso de una admiracióll
sin límites, hace desfilar el cortejo de genio:'\
oberanos, es decir, de aquellos que armonizan
mejor con su propia personalidad artística. El
admira sobre todo a los que en su abrupta
graedeza tienen algo de disforme' algo que los
:1semeja a los videntes y profeta, y envuelve
S~lS figuras tormentosas en una nube que veia
pero no oculta su apocalíptica grandeza. El e::;pe raba sin duda, y con razón, que la posteridad
lo colocara en ese cortejo de colo os. j El genio
e la región ele los iguales!, exclama con generoso en tu iasmo. Pero no todos los que él cita
están a una misma altura. Alguno son inl'>
1'iore a él mismo; otros lo superan, ya porq\1e
fueron in térpretes de los divinos oráculos, cc;mo Isaías y Paulo de Tarso; ya porque enc('rraron en sus obras todo UI mundo, como H n_
mero y Dante; ya porque crearon tipos inmortales que conservan más vida que los seres histórico , como Cervantes y Shakespeare. r ,ro en lo que sí está él a la altura de los máq
grandes, es en la potencia verbal que pone a S\1
disposición todos los matices del idioma, la
inmensa riqueza de u vocabu lario, y en la
fuerza de la fantasía, que convierte en imagen
todo concepto in que jamás se agote u fecundidad y que le permite crear mito verbales y
hacer de la antítesis una palanca con la cual
removió todo el mundo de la poesía.
Admira y pasma que un poeta como Víctor
Rugo, que vivió en un siglo de agitaciones política y de desconcierto moral, lograra, por ('~
solo e. fuerzo de su imagi!1ación potentísima,
creadora de símbolos, ya que no de grande figura, humanas, levantar, en la Leyenda de
los siglos, el único monumento épico que, de.,;pués del Fausto, produjo la poesía del siglo
diez y nueve. Obra enorme, desigual, en donde
la luz y las sombraR chocan con violencia inaudita; en donde el poeta una veces ostenta la
. encilla majestad de la poesía primitiva, homérica y bíblica; otras. la extraña y complicada de un heredero de Lucano y de GÓngora.
Ray allí vastos lienzo ' con figuras gigantescas, a estilo de Miguel Angel; y miniaturas de
extraordinario primor. La pintura de la Infan tita Española que al lado del estanque de su
palacio real, contempla una rosa, que una brisa inesperada deshoja, esparciendo 10 pétalos
sobre el agua, al propio tiempo que la tempef'!-
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tad disipa la . Armada Im'encible de su padre
el rey Felipe Segundo, recuerda, como ya lo notó Brunetiere, uno de esos portentosos retrato. de Velázquez, rey de 'Ios coloristas.
No hay que pedirle a Rugo rigor arqueológico ni exactitud histórica. La Leyenda p~
obra de imaginación, la cual crea libremente,
~obre temas hi. tóricos o legendario. Su fi·
gura: má. imponentes suelen ser aquella. que
en ,>u estructura tienen algo o mucho de fantásticas ' tal Evil'aunu., el vengador proviciencial, "El cazador del crimen" que, cubierto con su armadura de acero, se coloca en h
fila de simülacros ecue tres de los antigL' o"'
'eñore'l del castillo de Corbus e~perando el momento de descender, como aparición ultramundana, en defen. a de la gentil marquesa Mahaut, nue\'a dueña de la región, contra el ataque rapaz de do monarcas ambiciosos. Lástima que Víctor Rugo, que fincaba u orgullo en
!'ler el cantor de la libertad y de la democracia.
no hubiera dado un lugar en la Leyenda . para dotarla de un. carácter más universal, al héroe de la América a Simón Bolívar, libertador
de medio continente, y ejecutor de una I1íafla
de más grandio. os resultados para la hum[1 nidad que la mi. ma de Homero. Rugo, para cantar a Bolívar, hubiera podido empuñar
la trompa épica con que en. alzó al Cid y a R0lando: formándole con su' yersos broncíneo!'l
un pedestal no indigno del que le asignó Olm do al colocarle en la cumbre de los Andes!
i Cuán afortunada fue la juventud de hace
un siglú, que pudo gu tal' las primícia de la
inspiración ju\'enil de Víctor Rugo, contenida
en aquellas coleccione cuyos títulos tienen
rrata re<:;onancia en nuestro oídos, al través
de tanto cambios de gusto y tantas vicisitudes! Las Hojas de Otoño, L os Cant os del Crepúsculo, Las Voces in ter iores, Los Rayos y las
So mbras! j Que ,'ucesión de obras maestra ! Ya
e la patética invocación P or los pobres. en
donde invita a los ricos a dar limosna a f:n
de que en . u última hora, un mendigo, podero.o en el cielo, interceda en su favor. Ya
es la Oración por todos, que adaptada a nuestra lengua por el arte clá ico de Bello, ha \'~­
nido a el' pieza insllstituíble en la poesía castellana: ya las "Puestas de sol", en donde ha r
un derroche de colores digno del más ardiente
pintor tropical: ya el canto obre la música d"
Palestina, lleno de motivos sinfónicos. propios
del artista que hizo resonar el "Carillón" sobre las toneR de Bl'uja , con notas tan ágiles
y cristalinas que nos parece estar oyendo en
realidad aquel aéreo concierto; ya la admirabb
meditación Robre la campan a; ya breves pOC'~ías amorosas, que brotan como suspiros dpl
alma, y ya el canto inmenso Al Ar co de Triunfo ; ya la di"ina elegía la Tristeza de Oli mpio !
i Qué goce estético tan puro para los que pL~­
dieron comparar, en su inviolada frescura, la.'
tre elegías inmortale : E l Lago, la Tris teza v
E l Recuerdo ! La ]1!'imera es el amor cons;grado por la muerte; la segunda es el dolor
que produce la ausencia del amado.; la tercpra, el amor herido por la traición. Todas tre-:5on admirable. La de Lllmartine recuerda la
suave resonancia cie las olas del lago Bourget
y es tan pura como su. aguas; en la de Rugo
murmura la profunda orqueta de la naturaleZá, que acompai'ía al poeta en su . oledad; por
la de Musset pasan ráfagas de pasión aun 110
curada. ¡Romanticismo!, dirán algunoR lecte ..
res de esca a ,ensibilidad; i exaltación sentimental; exagerado idealismo! No. E poe L\
pura; e la verdadera y legítima poe ía: la
mujer y la naturaleza envueltas en una atmósfera luminosa; sangre del corazón que brota con ímpetu para derramarse en el cauce armonioso de los versos; chispa divina que enciende una hoguera inextinguible. El que no '
sienta esto; el que no vibre ante aquellas imágenes radiosas de la Tris t eza; ante aquellos
yersos amplios y !J1u~icalc. que recuerdan 1m;
exámetro virgiliano.; ante aquella orquestaClOn de la poe ía, según la afortunada expresión de Brunetiere, ése ignora la palabra mágica que puede franquear a los profano la
entrada al reino encantado del arte.
Después de los libros citados, hubo un período de reposo, que divide en do la vida poétic}). de Rugo. Parecía como , i el poeta reposara fatigado. E to coincidió con el declinal'
del romantici. mo empujado por la creciente'
invasión realista. De pronto e irguió el vat ~
y lanzó al mundo s us do obras capitales: Las
co n templacione~ y la Leyenda de Jos siglos.
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y con esa nueva y fulgurante aparición paralizó por un momento la corriente invasora y
pareció que infundía nueva "ida al romanticismo.
y i. qué decir de las poesías recogidas en La·,
contemplaciones con el título de Pauca meae
e inspiradas en el mayor dolor que Vícto r
Hugo sintió en su \·ida? Su hija· Leopoldina.
a quien amaba con cariño entrañable, recién
casada y feliz, se ahogó con su esuoso, y el ptdre supo la horrible noticia al leerla en un prriódico de Bruselas. El choque fue espantose;
pero la potente naturaleza del poeta se sobrJpU RO al cabo y d ~ su pluma brotaron aquell o<;
\'e1'S03 incomparables que son sangre del alma;
gritos de dolor ? de re. ignación, que producen
el estremecimiento de lo sublime y que se leen
hoy con tan honda emoción como cuando los
escribió el poeta.
y el mismo que conmovió aun a s us ms "
fuertes adversarios, con sus sollozos de padre,
manejó la sátira con tremenda fiereza. No la
sátira clásica en la cual predomina el tono sentencioso y doctrinal, y que lleva en í una ll-vadura prosaica; sino la sátira lírica, género
q:ue no figura en la vieja preceptiva y que,
apoyada en sus dos ala, puede levantarse a las
regiones de la más alta poesía. Bien lo proM
Rugo en piezas como El manto imperial.
Los Castigos no promue\'en hoy el torbellino de pasiones que suscitó su aparición bajo el
segundo ImpeI"io Napoleónico; y aun parece
desproporcionada una máquina de guerra tan
formidable para combatir a un ';oñarlor. qU e
pn los días felices de su reinado, muy :10sterioreí-> a la publicación de Los Castigos. hizo de
Francia la primera nación de Europa y tuvo el
rasgo gentil de sentar a su lado en el trono 8
una dama que pudo excitar la admiración de
Víctor Rugo, ' iempre galante con la mujer, por
,·el' española y porque debió su extraordinari a
fortuna a el' noble, digna y bella. Lo que dn
fuerza a Los Castigos es el haber sido escrito3
en la proscripción por un hombre que se mantu\·0 irreductible y que cumplió hasta el fin J::¡
que había prometido en un verso célebre, refi ·
riéndose a lo adversarios del Imperio:
Et s'il n'en rest qu'an, je serai celui-Ia.
El destierro transfiguró a Víctor Hugo, como a Dante, con quien tiene varios puntos de
contacto, en la vida y en el arte .. El gibelino
proscrito en Ravenna y el republicano refugh¡·
do en Guernesey tienen una aureola de que Cílrecerían si hubieran pasado tranquilamente la
\'ida entera en el seno de la patria. Dante se
vengó de us enemigos colocándolos en el infierno; Rugo lanzó contra ellos saetas furiosas,
unas vece. imbeles, como las que dirigió contra persona· sagradas; otras mortíferas, como
las que enviaba Apolo al campo de los griegos
para castigados. Pero la injuria personal deslustra la inspiración; y la poesía política es género peligroso. El poeta que se mezcla en las
contiendas públicas es como el púgil ·de los ju P gos antiguos que puede alcanzar la corona del
triunfo pero que sale del circo desgreñado y cubierto de sudor y de polvo. Y el poeta debe mostrarse ante la po teridad con la perfección ideal
libre de toda impureza con que los escultor€'!'>
griego sabían reproducir las figuras de eso-\
miRmos atletas, conservándoles su fiera actitud, pero libres sus cuerpos de las manchas ele
la realidad.
Por eso lo más bello de Los Castigos es la Expiación en sus tres primeras partes, en donde,
en vez del luchador enfurecido, aparece el poeta épico, que en vastos cuadros, que rivalizan
con los de Delacroix, pinta la retirada de Rusia,
la batalla de Waterloo y la muerte del Emperador en Santa Elena. Allí brilla en todo su e<;plendor el poeta épico, que poco después habh
de dar al mundo La 1eyenda de los siglos .
Víctor Rugo, artista en todo, supo escog€'r
muy bien el lugar de su refugio. No fue a mezclarse al tumulto de las grandes ciudades, en
donde lo magno y 10 pequeño se confundell.
Buscó una isla, en donde reinaba él solo; y en
donde quiso, a modo de un vidente, tener revelacione de lo infinito. En ese peñasco se erguía su figura como la del promontorio que el
cantó a la manera de un pastor-Le patre promontoire-- que vigila el rebaño de las olar:;.
Cuando se instaló en Guernesey, declaró que
su ocupación consistiría en contemplar el océa- .
no. Y esta contemplación dio desmesurada grandeza a sus concepciones. Tuvo a sus pies el mar
que, como león domado, erizaba la melena y hacía coro, con sus rugidos, a los gritos de índignadón. a los anatemas coléricos de su dueño.
En la cuadriga que arrastraba el carro triun-
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Senliero s
fal de Víctor Hugo, como en la Homérica dp
Aquiles, no todos lo corceles eran de raza itJmortal. Los que agui jaba el numen de la lírica
r de la epop~ya, ,"olaban . superando las may ores alturas. Lo~ del arte teatral y la ficción no\"elesca. eran no menos fogosos; pero se advertí~ que procedían de e ' tirpe mortal. Y sin embargo. cuán bien se expl ica el deslumbramiento que produjeron lo.' primeros drama y la.;
no\'elas de Víctor Hugo. Un torrente de pOte la
corrió obre la escena francesa, desalojando las
pálida sombra. de la tragedia seudo-c1ásic.:'1.
que por ella \'agaban. o es el arte infinitamente delicado. sutil y humano de Recine, sino un
tumu lto de encontradas pasiones; un desf;l e dé'
figura en que e entremezclan reye y larRyos. hidalgos y bufones. doncellas y cortesal'C!:>,
\'íctimas y verdugos; antítesis transformadas
en seres h L1mano ; y por encima de todo , d
signo trágico que halló el poeta escrito en los
nlllros de 1 otre-Dame: Ananke! La fatalidac
inexorable, i Qué noche la primera de Hernani !
j Qué !)ue ~'ta tal~ melancólica 'solemne la de los
Burgrave ! Y si del teatro se pasa a la novela .
qué potencia imaginativa la del que de pert;'¡
ele ,u sueño de iglo a la basílica gótica que
señorea el viejo París y conmovió su mole de
piedra con el ímpetu de 'ordenado de la pasiór.
y agitó en torno la oleadas de la abigarrad,!
y pintore ca multitud medioeval! Ni fue menOl
la inspiración visionaria del que, en Los Mi5('rabIes, supo describir el tremendo drama psi
cológico de la Tempestad bajo un cráneo, Todo
este mundo se agita en una tormenta de pa sión, conducido por las leye' que el poeta ha
querido darle y que no siempre coinciden cvn
la que normalmente rigen la exi tencia de lo.;
:'\el'e reale.
y ese mundo paradójico, brillante y siniest!·o
a un tiempo mi mo; sembrado de crónicas y
alumbrado por la luz trágica de lo incendios y
de las hogueras, ese mundo en donde gesticulan seres horribles o grotesco , Cuasimodo Triboulet, el hombre que ríe, ha ido descendiend·)
lentamente sobre el horizonte literario, mie'! ..
tras brillan en el cenit, como astros de fu lgr.l'
inextinguible, la Tristeza de Olimpio. Villequier
y el Sueño de Booz ; y no se oculta nunca aqupl
arco de luna que Ruth , la mohabita, contemplaba tendida a los pies de Booz, meditando "qué
segador del etemal e tío había _dejado negligentemente olvidada e~a hoz de oro en el campo de ec:trella.".
Cuando falleció Víctor Rugo. hace cincuenta año. , hubo una emoción universal. París colocó su~ de";]lojos mortales debajo del Arco d"
Triunfo. despué de haberlos conducido allí en
el carro de 10 pobres, por expre~a voluntad del
poeta, que quiso deslulllbrar con esa última
antíteRi' de la miseria y de la gloria. Esa ap0teosis no puede 1'eno\'a1' e hoy día. Desapare'ció el coro de adoradores, y a una tan enorme
popularidad, a una tan estruendosa fama, . l1Ple puceder una época de reposo en la admiración. Pero con todos los cambios de gusto, aun
los mismo que siguen otras corrientes liten.rías, Re ven forzados a reconocer que Víctor
Hugo es el lírico más grande de Francia y um·
de los mayores que ha "isto la humanidac
Cuando ~ e desploma un gigante de la selva, la
caída produce un e~truendo formidable; de 'pués del cual reina un silencio solemne. Pero
más adelante, al advertir el gran vacío que ha
quedado en el bosque, vuel\'en las gentes a contemplar el tronco di forme, y a recordar el e:-Iléndido ramaje en el cual cantaban las aves;
como en la l:amas del árbol de Víctor Rugo
cantaron --según frase de un crítico- todos
los poetas de su tiempo: un Leconte de Li h"
un S\\'inburne, un Cardncci, un Teófilo Brag~.
un Núñez de Arce.
Hoy no es posible hacer una apología incondicional de Víctor Rugo. La admiración no e
la idolatría. El hombre no estuvo siempre a tan
alto nivel como el poeta; pero tiene rasgos qUe
lo enaltecen ante la posteridad. Estuvo en favor de Jos pobres, de los débile , de los desheredados, Fue el cantor de los niños, que antes dp
él no habían ocupado sitio tan importante en la
poesía. Amó a su patria con amor indomable y
a sus hijos con exquisita ternura. Tuvo fe en la
libertad y en la ju~ticia y en el destino progresi,·o del género humano, Fue irrevocablemente
ootimi. tao Creyó en la inmortalidad del alma y
en la responsabilidad de ultratumba. Los crif'tianos no podemO!; m enos de lamentar que se
hubiera apartado de una fe que le inspiró muchas de sus má bella poesías. Pero es justo
reconocer que miró . iempre con veneración
respetuosa la figura de Jesucri to y que siendo
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ya libre pensador, escribió, al pie de un crucifijo. cuatro versos inmortales. No fue un est<\dista. pero fue un ciudadano que tomó partracth'a en las luchas de i"U tiempo, a diferencia
de tántos otros grandes poetas que !)asaron por
-:1 mundo como cometas luminosos, sin contacto con la vida social. Y en su última declaración
escrita, termina con esta frase: "Creo en Dios" .
Al glorificar a Víctor Hugo e honra a la
Francia y a la "Ville Lumiere", como él llarr.ó
a París. Francia no deja perder ninguna ocasión de enaltece!' sus glorias, ya para renovarlas, ya para hacerlas resurgir, cuando, por C<t!"o raro, ."e hubi eran eclipsado. Con qué legítim0
orgullo puede tender la "ista sobre la centurÍ'1.
pasada, iluminada en sus comienzos por la epr; ..
peya napoleónica; arrullada hasta sus postrimerías por el canto de Víctor Hugo y sublimada
con la gloria de Pasieur, uno de los más gran·
des bienhechores de la humanidad, y que ha
salvado má. sere humanos que los que fueroll
sacrificados en las campañas del CéRar COl'. o
Ella, que signe asombrando al mundo con su inagotable fecundidad en producir lo hombres
que necesita, para presidir y dominar los grandes momentos de su historia, y para dar la \' 0 3
de orden, la palabra salvadora, en peligrosas
crisis políticas y sociales. En su inmenso cris01
caen idea ,doctrina. y sistemas, y en él se fU~l­
den y adquieren nueva y brillante forma marcada con el sello del espíritu latino. A esa celebración responden voces del mundo entero. El
homenaje que aquí e le rinde es modesto, como encargado a quien sólo ha podido r ecordaros lo que ya sabíai in necesidad de oírlo r.e
mis labioR. E. unH hoja pequeña, desprendid:1
de un arbusto que cae sin ruido y se piel'de en
el acto en la inmensa corriente de agua de uno
de los magnos ríos tropicales, los cuales marchan arra tI'ando fragmentos de selva y trozos
de ribera y penetran orgullo os en el mar sin
qUE' las aguas durante leguas se entremezclen,
como gloriosamente entra el genio en el océano de la posteridad.
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