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GÓNGORA ATACADO,
DEFENDIDO Y COMENTADO:
MANUSCRITOS E IMPRESOS
DE LA POLÉMICA GONGORINA Y COMENTARIOS
A SU OBRA
Melchora Romanos
Una de las más significativas características de la repercusión de la obra de don Luis
de Góngora la constituye, sin duda alguna, la programática convicción con la que se
propuso poner en marcha la difusión de las Soledades, posiblemente en la primavera de
1613, consciente de que sus innovaciones podrían despertar reacciones no siempre favorables. La particular preocupación con que acometió esta empresa lo llevó a solicitar
la opinión de ilustres humanistas, como es el caso de don Pedro de Valencia y, de este
modo, el juego de las exégesis comienza a fraguarse con celeridad, pues de las cartas
y «pareceres» con observaciones muy precisas sobre las audacias más destacadas, se
pasó luego a los comentarios elaborados con mayor rigor argumentativo, en los que
detractores y defensores se prodigaron para instaurarse en el espacio del debate y a la
sombra del prestigioso creador.
La variedad y cantidad de materiales impresos y manuscritos que constituyen
el corpus de la polémica gongorina ofrece, a quienes deseen abordar este complejo
proceso crítico, un diverso panorama de potencialidades que comienzan a ser desentrañadas por las investigaciones y trabajos de estudiosos que, muy certeramente,
orientan nuestros errantes pasos por ese —en palabras de Francisco Cascales— «crético laberinto» de dificultosos derroteros.1 En los últimos años se ha despertado, por
suerte, un auténtico interés en el ordenamiento y revisión de estos dispersos documentos, al menos de los hasta hoy conocidos, de modo tal que, con los resultados
alcanzados, es posible trabajar ya sobre bases algo más sólidas.
Uno de los valiosos aportes logrados en este sentido es el catálogo que Robert
Jammes ha recopilado y reseñado con atinadas observaciones que precisan la cronología, en su imprescindible edición de las Soledades, con el que pone a nuestra disposición una «aguja de navegar gongoristas» para ayudarnos «a sortear escollos para
1
Expresión que emplea para descalificar el estilo de
Góngora en sus Cartas Philologicas, aparecidas en 1634,
en las que critica la nueva poesía; edición moderna de
Justo García Soriano, vol. i, Madrid, Ediciones de «La
Lectura», 1930, p. 178.
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Melchora Romanos
llegar a puerto», si es que queremos viajar por el agitado mar de las opiniones vertidas
en forma de poesías satíricas, cartas, defensas, «pareceres», «papeles» y comentarios, tanto en contra como a favor de Góngora, que se sucedieron durante los más de
cincuenta años del debate que conmovió la historia literaria de los siglos de oro.2 A
su vez, el documentado libro de Joaquín Roses Lozano que, desde la perspectiva de
la poética de la oscuridad traza un valioso estudio de los fundamentos teóricos de la
polémica, permite seguir el proceso histórico-crítico de la recepción de las Soledades
en el siglo xvii al configurar los alcances de los distintos momentos de enfrentamiento
entre los contendientes.3 Finalmente, en esta línea de aproximación a una visión de
conjunto del problema, Antonio Pérez Lasheras propone «una mínima clasificación de
estos textos, en la que quedan indicados los más importantes», con el fin de deslindar
la variada entidad del casi un centenar de los que integran el corpus de los «comentarios exegéticos sobre la obra de Góngora».4
Sobre algunos de los lineamientos de estos trabajos y con el trasfondo de tantos
otros igualmente esclarecedores y decisivos, que me excuso de citar para no convertir
estas páginas en una más de las tantas listas con los nombres de quienes apoyaban,
defendían y citaban a don Luis, compiladas por sus admiradores, me propongo ahora
detenerme en algunos aspectos puntuales de esta polémica.5 En este caso, la selección
necesariamente no va a ser objetiva ni neutral como tampoco lo eran los textos de quienes escribían para denostar o alabar el novedoso poema generador de confrontaciones.
La primera etapa del proceso de difusión del Polifemo y, con mayor interés, de
las Soledades se encuentra signada por un certero gesto de Góngora que con anterioridad a hacer públicos sus poemas requiere la opinión de dos reconocidos humanistas:
Pedro de Valencia y Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute. Esos «pareceres»
solicitados encierran una notoria diferencia en relación con otros textos que surgen
de la polémica, pues se trata de opiniones vertidas desde la amistad y el respeto por
la poesía del poeta cordobés. Si bien sus juicios marcan posiciones negativas frente a
algunas de las novedades que entrañaban y ofrecen la posibilidad de enmiendas y correcciones, es indiscutible que los reparos surgen condicionados por los principios del
pensamiento clasicista afincado en el humanismo del segundo Renacimiento español.
Como bien señala, Manuel Mª Pérez López, editor de la Carta a Góngora en censura de
sus poesías de Pedro de Valencia:
Pese a la buena disposición del censor, se percibe un íntimo e inevitable desfase
entre sus concepciones y las innovaciones estéticas de Góngora. En Pedro de
Valencia, todo —lo que alaba, lo que reprueba, lo que aconseja— confirma su
apego al ideal clásico de la armonía perfecta, selección y decoro artístico de todos los componentes de la obra.6
En esta misma concepción estética, se sitúa el Abad de Rute en el Parecer que por pedido de Góngora le hace llegar tiempo después, en enero o febrero de 1614, cuando ya
habían mediado otras manifestaciones de réplicas y contrarréplicas por parte de sus
defensores y adversarios, entre las que terciaron algunas misivas de Lope de Vega y
de integrantes de su círculo.7 Es indudable que la polémica iba cobrando vuelo pues,
2 Se trata del «Apéndice ii, La polémica de las Soledades
(1613-1666)» en su edición de las Soledades de Luis de
Góngora, Madrid, Castalia, 1994, pp. 607-719; las citas
en p. 607.
3
Joaquín Roses Lozano, Una poética de la oscuridad: la
recepción de las «Soledades» en el siglo xvii, MadridLondres, Tamesis, 1994. Aborda nuevos enfoques en el
apartado B, «Voces de la polémica», de su libro Góngora: «Soledades» habitadas, Málaga, Universidad, 2007,
pp. 133-243.
4
Antonio Pérez Lasheras, «La crítica literaria en la po-
lémica gongorina», Bulletin Hispanique, CII-2, 2000,
pp. 429-452; las citas en p. 431 y p. 433.
5
Una de esas listas fue publicada por Hewson B. Ryan,
«Una bibliografía gongorina del siglo xvii», Boletín de la
Real Academia Española, xxxiii, 1953, pp. 427-467.
6 Manuel Mª Pérez López, Pedro de Valencia, primer críti-
co gongorino. Estudio y edición anotada de la «Carta a Góngora en censura de sus poesías», Salamanca, Universidad,
1988, p. 34.
7
Para esta etapa de la controversia véase: María José
Osuna Cabezas, Las «Soledades» caminan hacia la corte. Primera fase de la polémica gongorina, Vigo, Editorial
Academia del Hispanismo, 2008. Emilio Orozco descubrió junto con otros documentos de la polémica el desconocido, hasta ese momento, Parecer de don Francisco
de Córdoba, acerca de las «Soledades», a instancia de su
autor y los publicó en su libro En torno a las «Soledades»
de Góngora: ensayos, estudios y edición de textos críticos de
la época del poema, Granada, Universidad, 1969. Para la
posición de Lope de Vega en el debate véase también de
Emilio Orozco, Lope y Góngora frente a frente, Madrid,
Gredos, 1973.
Góngora atacado, defendido y comentado: manuscritos e impresos de la polémica gongorina y comentarios a su obra
si bien el tono y las apreciaciones, vertidas en la carta del abad, conservan los mismos
reparos acerca de la acumulación excesiva de tropos que son causa de la oscuridad, no
deja de ser inesperado que al final del Parecer se ofrezca con gesto amistoso a «salir en
defensa suya a cualquiera estacada, armado de pluma y libros» en el caso de que algún
«atrevido presuntuoso» osara impugnar su obra.8
Y el presuntuoso llegó. Una nueva dimensión crítica se produce en la recepción
de las Soledades a partir del efecto provocado por la difusión del controvertido Antídoto
contra la pestilente poesía de las «Soledades», aplicado a su autor para defenderle de sí
mismo escrito por Juan de Jáuregui. El éxito y la rapidez con que se difundió causaron
gran inquietud entre las huestes gongorinas que veían proyectarse una suerte de sombra perniciosa sobre los grandes poemas gongorinos. En efecto, el poeta sevillano se
había preparado con mucha dedicación y a diferencia de otros contrincantes que por
lo común hacen una crítica de conjunto de tipo doctrinal sobre la oscuridad o sobre aspectos de la elocutio y apuntan aquí o allá algún pasaje para censurarlo, él se demora en
una lectura muy atenta y pormenorizada, y sin apartarse nunca del poema, se detiene
a criticar un buen número de versos de la Soledad Primera.
Sobre sus méritos y el cuidado en la preparación y redacción comparto las palabras de Robert Jammes: «El panfleto de Jáuregui es, con todos sus defectos, una obra
documentada, metódica, exhaustiva, que no puede escribirse a vuela pluma. Se ve a
cada paso la minuciosa labor de preparación de fichas que tuvo que realizar su autor».9
Sin lugar a dudas, desde la perspectiva crítica de signo negativo en que se sitúa, este
intemperante lector ha realizado un consistente trabajo en el que trata de subvertir las
propuestas más audaces de don Luis acudiendo a la ironía y la burla. Es por ello que, en
reacción al éxito y la aceptación que consiguió en su momento muchas son las voces
que se levantaron para contrarrestar los efectos negativos que el Antídoto parecía fecundar. Así, el autor de la Ilustración y defensa de la «Soledad primera», que en opinión
de María José Osuna sería el P. Francisco de Cabrera, confiesa en forma explícita, que
una de las razones que lo movieron a emprender su tarea esclarecedora del poema fue
precisamente la de «remover el indebido aplauso que ha dado el vulgo al Antídoto».10
En efecto, algunas figuras de gran relieve intelectual escribieron eruditas respuestas en las que aportan facetas doctrinales e interpretativas más sustanciales. Precisamente, en el Opúsculo inédito contra el «Antídoto» de Jáuregui y en favor de don Luis
de Góngora por un curioso, el desconocido autor pondera en estos términos la calidad e
importancia de quienes se avinieron a responderle:
[...] lo han hecho otros buenos yngenios como es el señor Dn. Francisco de Córdova Abad de Rute, y racionero de la Santa Iglesia de Córdoba singular yngenio
versado en muy auentajadas Letras, grande humanista, y muy docto y versado
en poesías, como se podrá ver en su escripto, a quien intitula Examen del Antídoto, [...] otro es el llicenciado Po. Díaz de Ribas, particular ingenio de Córdoba, y muy versado en todas buenas letras, y lenguas, el cual hizo unas ilustraciones en favor y defensa del Polifemo, y Soledades y las demás obras de Dn.
Luis de Góngora, [...]11
8
161
El texto del Parecer ha sido reeditado con mayor pre-
cisión por Antonio Carreira en su edición de las Obras
completas de Luis de Góngora, Madrid, Biblioteca Castro, 2000, vol. ii, pp. 493-513; la cita en p. 513.
9 Robert Jammes, ed. cit, Soledades, p. 619.
10 María José Osuna (ed.), Góngora vindicado: Soledad pri-
mera, ilustrada y defendida, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2009, p. 66.
11
El Opúsculo fue publicado por Miguel Artigas, en Don
Luis de Góngora. Biografía y estudio crítico, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1925, p. 396. R. Jammes
lo califica de «muy divertido» y «escrito con acento
sevillano», su autor podría ser Juan de Salierne, cf. Soledades, ed. cit., pp. 671-672.
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Resultaría muy difícil plantear una pormenorizada descripción del complejo panorama que las críticas de Jáuregui generaron en el primer momento del debate, pero
en ese juego entrecruzado de instancias dialógicas, bastante próximas y coetáneas,
es posible encontrar mucho material útil para la comprensión del fenómeno poético
barroco, pues junto a la explicación de los poemas mayores de Góngora se da también
el contexto ideológico en el que se sustenta la creación literaria en la encrucijada del
Renacimiento. Con el fin de ilustrar cómo funcionaban los mecanismos de composición e interpretación que se dieron condicionados por la peculiar confrontación a
que da lugar el Antídoto, voy a detenerme en el diálogo entablado entre Jáuregui que
ataca y Díaz de Rivas y el Abad de Rute, censor en primera instancia, que defienden
las Soledades.12
El Licenciado Pedro Díaz de Rivas, que era también cordobés y amigo de Góngora, plantea su defensa teórica para responderle a Jáuregui en dos frentes de combate: sus Discursos apologéticos (1616 o 1617), un tratado de tono doctrinal y en las inéditas Anotaciones y defensas al «Polifemo» y las «Soledades».13 El hecho de que estas obras
fueran escritas con la intención de explicar la grandeza de las Soledades y defenderlas
de la miseria de las objeciones jaureguianas, las convierte en una verdadera muestra
de lo que podríamos definir como una de las coordenadas insoslayables de la recepción de los grandes poemas en le siglo xvii. El conjunto de los comentarios de Díaz de
Rivas, se formula sobre los parámetros de defensa y valoración de la poesía gongorina
y, por tanto, se nos ofrece como una construcción muy sólida pero con limitaciones
producidas por una intencionalidad que no encuentra fisuras, ni falla alguna en la
concepción poética.
12
Véase para un desarrollo más detenido del problema:
Melchora Romanos, «Lectura varia de Góngora: opositores y defensores comentan la Primera Soledad», en
Serta Philologica F. Lázaro Carreter, ii Estudios de Literatura y crítica textual, Madrid, Cátedra, 1983, pp. 435447; «Gongorismo y antigongorismo en el siglo xvii. El
perverso refinamiento de oponerse», Actas del segundo
Simposio nacional Letras del Siglo de Oro Español. Cervantes, Góngora y Quevedo, Mendoza, Universidad Nacional
de Cuyo, 1997, pp. 73-90.
13
Cabe recordar que estas Anotaciones son los famosos
«comentos» que López de Vicuña, en los preliminares
de su edición de las Obras en verso del Homero Español,
prometía para la segunda parte nunca publicada. El editor señala que «Y aun se aumentará el volumen con los
comentos del Poliphemo y Soledades, que hizo Pedro de
Ribas, luzido ingenio corodués», en «Al lector» en los
preliminares sin foliar, Madrid, 1627; cito por la ed. facsímil de Dámaso Alonso, Madrid, CSIC, 1963. Las Anotaciones fueron comenzadas a escribir en 1615, cuando se
difunde el Antídoto, y concluidas en 1624.
Figs. 1 y 2
Fig. 3
Pedro Díaz de Rivas, Anotaciones y defensas a la Primera Soledad de don Luis de Góngora, fol. 104 y fol. 120, Madrid,
Juan de Jáuregui, Antídoto contra la pestilente poesía de
Biblioteca Nacional de España.
las Soledades, aplicado a su autor para defenderle de sí
mismo, ms. 3726, fol. 224 vº, Madrid, Biblioteca Nacional
de España.
Góngora atacado, defendido y comentado: manuscritos e impresos de la polémica gongorina y comentarios a su obra
Jáuregui inicia su invectiva, como lo establecen las pautas que rigen el comentario
de textos, planteando la inconveniencia del título pues entiende que erró «llamándole
impropiamente Soledades, porque soledad es tanto como “falta de compañía”, y no se
dirá estar solo el que tuviere otro consigo». Por consiguiente, no podrá nuestro crítico
lector desaprovechar la oportunidad de burlarse del «pobre mozo naufragante» que se
mueve entre legiones de serranas y pastores que habitan en poblados próximos y concluye así su razonamiento: «Donde había tanta vecindad de pueblos, y toda aquella caterva
que baila, juega, canta y zapatea hasta caer, ¿cómo diablos pudo llamarse Soledad?».14
La observación, no por irónica deja de ser menos interesante, por cuanto, como
sucede a menudo con este malintencionado discurso antigongorino, a pesar de la
Fig. 4
Pedro Díaz de Rivas, Anotaciones a la Segunda Soledad de don Luis de Góngora, fol. 248, Madrid,
Biblioteca Nacional de España.
163
14 Cito por la edición crítica de José Manuel Rico García,
Antídoto contra la pestilente poesía de las «Soledades» por
Juan de Jáuregui, Sevilla, Universidad, 2000, p. 86. En el
«Estudio preliminar» puede encontrarse la más completa información sobre la difusión del texto.
164
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reducción semántica que implica su interpretación, plantea una cuestión que apunta, en buena medida, al sentido mismo e intención global del poema: la relación que
existe entre el título y el contenido de la obra, o si se quiere a la necesaria relación res
/ verba. La respuesta de Pedro Díaz de Rivas, conocedor de los secretos compositivos
que pueden haber sido motivo de discusión en los círculos literarios que rodeaban al
admirado poeta, se encuentra en la anotación del primer verso de la Dedicatoria al Duque de Béjar, que contiene, en primer lugar el plan de la obra, pasaje que ha sido muy
citado por los gongoristas pero en el que a la vez se detiene, impulsado por la crítica de
Jáuregui, a precisar el significado del nombre del poema:
Dice que el argumento de su obra son los pasos de un peregrino en la soledad.
Este, pues, es el firme tronco de la fábula, en quien se apoyan las demás circunstancias de ella a quien intituló Soledades por el lugar donde sucedieron. La
primera Soledad se intitula la Soledad de los campos y las personas que se introducen son pastores; la segunda, la Soledad de las riberas; la tercera, la Soledad de
las selvas, y la cuarta, la Soledad del yermo. Dio, pues, por título el lugar donde
sucedía el cuento a imitación de gravísimos autores. [...] Y ¿quién duda se digan
soledades estos sitios, donde si viven algunos hombres, viven entre sí distantes,
sin gobierno político, ni orden que haga ciudad o pueblo?15
Es evidente, y la pregunta retórica lo confirma, que Díaz de Rivas no construye la anotación al verso pensando tan solo en explicar el sentido del título por lo que, como es su
hábito, al concluir el párrafo anterior agrega: «Con estas razones, quedan disueltas las
Fig. 5
Fig. 6
Juan de Jáuregui, Portada de la edición del Orfeo, Madrid,
Martín de Angulo y Pulgar, Portada de la edición de
1624, Madrid, Biblioteca Nacional de España.
Epístolas satisfactorias…, Granada, 1635, Madrid, Biblioteca
Nacional de España.
15
Pedro Díaz de Rivas, Anotaciones y defensas a la «Pri-
mera Soledad», ms. nº 3726 BNE, ff. 104-179; la cita ff.
105-105 v°. Modernizo la ortografía tanto al citar a Díaz
de Rivas como a los otros comentaristas. Se han conservado varios manuscritos con las Anotaciones.
Góngora atacado, defendido y comentado: manuscritos e impresos de la polémica gongorina y comentarios a su obra
objeciones del autor del Antídoto, que calumnia esta inscripción de Soledades [...]».
Claro está que esta respuesta se circunscribe a una de las acepciones de la palabra «soledad» = ‘lugar despoblado’, mientras que la observación de Jáuregui se refería más
bien a la acepción «soledad=‘falta de compañía’». Este doble nivel semántico está
puesto en juego por Góngora en el poema y de un modo muy inteligente Francisco
Fernández de Córdoba, Abad de Rute, quien tal vez conocía estas Anotaciones de Díaz
de Rivas, en su Examen del Antídoto, otro de los importantes documentos destinados a
reivindicar al poeta, las amplía y desarrolla en una extensa argumentación destinada
a demostrar lo siguiente:
Quiere V. m. que este nombre de «solo» y «soledad» le entendamos en calzas
y en jubón, que no tenga el pobre, de puro solo, quien acuda a su defensa; pero
muy de otra manera se entiende por acá, ora sea respecto del peregrino, ora del
lugar por donde se finge errando, porque de una y otra suerte le conviene a la
obra el nombre de Soledades.16
La cuestión es de gran interés y como vemos Jáuregui ha apuntado su dardo hacia el
centro de la concepción poética que con notable preocupación Díaz de Rivas y el Abad
de Rute se esmeran en fundamentar, puesto que en la censura del título muestra su
falta de comprensión de los posibles matices semánticos lo que supone, además, la
negación de la esencial condición innovadora con que fue concebido el proyecto de las
Soledades. En este ejemplo, que no es más que una muestra mínima de lo que supone la
ingente masa de textos de la polémica, puede apreciarse el modo en que se va configurando el discurso crítico destinado a dar a entender a su poeta favorito, a destruir los
inmerecidos ataques y a la vez a darse a conocer. José Manuel Rico señala con certero
juicio la funcionalidad del texto de Jáuregui en este debate:
El Antídoto se inscribe como una voz nueva y disonante en el diálogo entre ausentes, anónimos en muchos casos, que representa el polifónico debate sobre
la nueva poesía. Se instala en él asumiendo las condiciones de los anteriores y
perpetuándolas en las respuestas y exámenes que vienen a contestarle.17
Así fueron surgiendo anotaciones, comentos, defensas e ilustraciones desde los más
distantes lugares de España, muchos quedaron manuscritos y, perdidos o localizados,
duermen algunos en las bibliotecas y otros comienzan ahora a ser publicados. A medida que las innovaciones poéticas de Góngora se fueron afianzando, los debates que
provocaron sus obras se configuran desde otras instancias críticas.
Tal es el caso del Discurso poético de Juan de Jáuregui, publicado en 1624, cuando
la nueva poesía contaba ya con más prestigio y adeptos. En el subtítulo anuncia que
«advierte el desorden y engaño de algunos escritos», ya que en realidad este breve
tratado le vale tanto para oponerse a los bandos en pugna, el de los oscuros gongorinos
y el de los claros o llanos seguidores de Lope de Vega, como para proponer una poética
equidistante de ambos extremos: «No es mi intento escribir elogios a la luz ni invectivas a las tinieblas que de uno y otro [vicio] están llenos los autores».18
165
16 Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute, Exa-
men del «Antídoto», en Miguel Artigas, Don Luis de Góngora. Biografía y estudio crítico, Madrid, RAE, 1925, pp.
400-467; la cita en p. 402. R. Jammes se vale de estas
respuestas aclaratorias para darnos su interpretación de
la significación del título, en la «Introducción», ed. cit.
Soledades, pp.63-64.
17 Antídoto ed. cit., p. lviii.
18
Juan de Jáuregui, Discurso poético, ed. Melchora Ro-
manos, Madrid, Editora Nacional, 1978. p. 125. La edición princeps fue publicada en Madrid, por Juan González, en 1624.
166
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Esto determina que no nos encontramos ante una libre meditación sobre el quehacer poético, sino que estamos ante una refutación doctrinal escrita con intención
polémica y, por lo tanto, condicionada por los fines perseguidos. Fines que, por otra
parte, Jáuregui consolida con la publicación simultánea de su poema Orfeo,19 concebido con sentido de unidad programática ya que se trata de un poema barroco de tema
mitológico igual que el Polifemo, pero de asunto más elevado, sin mezcla de estilos,
con gran cantidad de cultismos, con trasposiciones y metáforas pero en modo alguno
tan audaces como las gongorinas. El grupo capitaneado por Lope de Vega reaccionó en
forma violenta, sin duda por considerarse traicionado, pues el decidido adversario de
Góngora no se alineaba entre los partidarios de la poesía clara, sino que el poeta sevillano intentaba rumbos propios y pretendía situarse en un delicado equilibrio. Esta es
una pieza más dentro de la guerra ya generalizada de los estilos.
A partir de la muerte del poeta, en 1627, se produce una redefinición del panorama
crítico en el que las tensiones de los primeros choques se neutralizan y potencian. Es
este el momento del «post-gongorismo combativo» o del «gongorismo sin Góngora»
en el que, junto con la publicación de las obras de don Luis, comienzan también a editarse los comentarios de quienes se propusieron una ardua tarea de exégesis de sus obras.
Don García de Salcedo Coronel se adelantó a todos al publicar en 1629 el comentario del Polifemo, cobrando preeminencia sobre las Lecciones solemnes a las obras de
don Luis de Góngora y Argote, Píndaro andaluz, Príncipe de los poetas líricos de España, de
Joseph Pellicer de Salas y Tovar aparecidas en Madrid en 1630. Las obras que comenta
son: el Polifemo, las Soledades, el Panegírico al duque de Lerma, la Fábula de Píramo y Tisbe,
la Canción a la toma de Larache y tres poesías más.20 Luego siguieron, en 1636, las «Soledades» de don Luis de Góngora comentadas por don García de Salcedo Coronel.21 Con
posterioridad continúa su tarea exegética en un segundo tomo dedicado a los sonetos
que se publicó en 1644 y, por último aparecen, en 1648, sus comentarios al Panegírico y
las canciones. Años antes, Cristóbal de Salazar Mardones había publicado su Ilustración
y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe, en 1636. Este importante conjunto de impresos
constituye un acervo enriquecedor por cuanto al instaurarse como mediadores entre los poemas y los lectores se generan de manera intertextual nuevas perspectivas
emergentes de la lectura del poema y de la lectura de sus lecturas.
Mucho se ha escrito ya sobre el azaroso mundo de los comentaristas, curiosas
y complejas personalidades, o con palabras de Alfonso Reyes «pequeña república de
miopes», con sus propias guerras por la prioridad en el hallazgo erudito, la cita más
recóndita o la lectura más pertinente que se enfrentaron entre ellos con acusaciones
de pillaje y piratería intelectual o de incapacidad de comprensión del valor poético de
algún pasaje o verso.22
En buena medida, es posible trazar ciertos circuitos de relaciones que se entrelazan en las pautas y procedimientos de aproximación con que los comentaristas del
siglo xvii abordaron la lectura de las obras de Góngora. Tanto Pellicer como Salcedo
Coronel, al comentar el Polifemo y las Soledades, van aislando núcleos de versos que
parafrasean y después añaden las notas explicativas de sintagmas y palabras. Ahora
bien, como los comentarios de Salcedo Coronel a las Soledades se publican con posterioridad a los de Pellicer, es frecuente que se establezca entre ellos una confrontación
19 El poema apareció, con anterioridad, en Madrid, edi-
tado por Juan González, en 1624.
20
Se trata de un volumen de 450 páginas a dos colum-
nas. Ha sido reimpreso en facsímil, Hildesheim-Nueva
York, Georg Olms Verlag, 1971.
21
Al menos en algunos volúmenes de esta edición se
incluye con portada independiente la edición de su comentario al Polifemo de 1629. Ocupa los ff. 313-420.
22 Alfonso Reyes, «Pellicer en las cartas de sus contem-
poráneos», en Cuestiones gongorinas, Obras completas,
vol. vii, México, FCE, 1958, pp. 131-145; la cita en p.
136. También resulta de interés para el tema «Necesidad
de volver a los comentaristas», Ibid. pp. 146-151.
Góngora atacado, defendido y comentado: manuscritos e impresos de la polémica gongorina y comentarios a su obra
de opiniones, un juego condicionado de lecturas que a su vez cuenta con el referente
oculto o reconocido de las inéditas Anotaciones de Díaz de Rivas que los antecede a
ambos.23 Este erudito, por su parte, organiza su trabajo como una sucesión selectiva de
notas numeradas a modo de notas al pie, pero además, en el caso de la Soledad primera,
prevalece el tono polémico ya que como hemos visto se preocupa de desbaratar los
juicios adversos de Jáuregui.
Es indudable que Pellicer se convirtió en el centro de los ataques que fueron
analizados, en primer término, por Alfonso Reyes quien extrajo la información del rico
caudal epistolar del cronista de Aragón, Andrés de Uztarroz. Las acusaciones de todos
los que están en su contra se centran esencialmente en los malos hábitos de apropiarse
de los trabajos ajenos, en interpretaciones erróneas de los poemas de Góngora y en su
facundia y pedantería. Dámaso Alonso ha estudiado su confrontación con otros comentaristas, aspecto que ha completado José María Micó.24 Así, del debate en defensa
de la nueva poesía pasamos al enfrentamiento de sus exégetas.
Así por ejemplo, Salcedo Coronel manifiesta la decisión de salvaguardar su originalidad frente a Pellicer, su enemigo manifiesto, lo que declara con estas palabras
en el prólogo «Al Lector», después de acusarlo de haber utilizado sus comentarios al
Polifemo: «No me cuesta poco estudio huir de la misma culpa, siendo mi mayor cuidado no usurparle ningún lugar de los que trae en declaración destas Soledades (como
advertirás cuando diligente cotejares los unos con los otros)…».25 Estas acusaciones y
otras de diversa índole han quedado prolijamente documentadas en la correspondencia cruzada entre los literatos que compartían la pasión gongorina, en cartas en que
por extenso se tratan temas de erudición histórica, arqueológica o poética, se formulan polémicas y censuras a pareceres contrarios y se interpolan noticias del mundillo
literario y referencias de sucesos políticos. En ese sentido, es incuestionable que la
correspondencia de Andrés de Ustarroz, historiador y poeta, —tal como señala Ricardo del Arco— es de importancia fundamental por ser este el «eje alrededor del cual giraron los eruditos aragoneses de la primera mitad del siglo xvii, incluyendo al famoso
Vincencio Juan de Lastanosa» y a Baltasar Gracián.26
En estos documentos se encuentran detalladas las vinculaciones entre Pellicer y
Andrés de Uztarroz, pues fueron muchos y variados los intereses comunes que unieron a estos eruditos y a otros admiradores de Góngora, que se entrelazan en la trama
epistolar: Salazar Mardones requería de Uztarroz información para su amigo Martín de
Angulo y Pulgar; Pellicer se vanagloria de su amistad con Paravicino y se encarga de
poner en contacto a Nicolás Antonio para que este pueda recabar datos necesarios para
sus trabajos.27 Una auténtica red de comunicaciones se establece en este productivo
mundo de operarios de conocimientos de enciclopédica proyección y difusión.
Sin embargo, queda excluido de ese círculo epistolar y amistoso de grandes representantes del clan gongorino, el sevillano don García de Salcedo Coronel, probablemente por la diferencia de criterios que Edward M. Wilson ha definido como «la estética
de Salcedo Coronel», o sea su poética.28 De modo certero muestra este estudioso que
don García se circunscribe a críticas de impropiedades, de modismos o palabras poco
elegantes, para concluir que: «El horror a los plebeyismos, por un lado, y a las ingeniosidades por otro, era la causa de muchas de las censuras citadas anteriormente».29
23
167
Sobre estas relaciones véase: Melchora Romanos,
«Contexto crítico de las Soledades de Góngora», en Antonio Vilanova (ed.), Actas del x Congreso de la asociación
Internacional de Hispanistas, Barcelona, PPU, 1992, vol.
ii, pp. 1067-1075.
24 Dámaso Alonso, «Todos contra Pellicer», en Estudios
y ensayos gongorinos, Madrid, Gredos, 1955, pp. 454479; José María Micó, «La guerra de los comentaristas.
Andrés Cuesta contra Pellicer», El Crotalón, Anuario de
Filología Española, ii, 1985, pp. 401-472. También puede
verse al respecto: Luis Iglesias Feijoo, «Una carta inédita de Quevedo y algunas noticias sobre los comentaristas de Góngora, con Pellicer al fondo», Boletín de la
Biblioteca Menéndez Pelayo, lix, 1983, pp. 141-203.
25
Salcedo Coronel, Soledades de don Luis de Góngora co-
mentadas, Madrid, 1636, las páginas preliminares van sin
foliar. La cita en las primeras líneas de estas advertencias.
26
Ricardo del Arco y Garay, La erudición española en
el siglo xvii y el cronista de Aragón Andrés de Uztarroz, 2
vols., Madrid, CSIC, 1950; la cita en i, p. vii. He estudiado aspectos de la vinculación de estos eruditos en
«Poéticas, comentaristas y Baltasar Gracián», en Aurora Egido, Fermín Gil Encabo, José Enrique Laplana Gil
(eds.), Actas i Congreso Internacional «Baltasar Gracián:
pensamiento y erudición», Huesca-Zaragoza, Instituto
de Estudios Altoaragoneses-Institución «Fernando el
Católico»-Gobierno de Aragón, 2003, pp. 185-202.
27
Véase Ricardo del Arco op. cit., pp. 675-676, y p. 757.
También A. Reyes, «Sobre el texto de las Lecciones solemnes, de Pellicer», en op. cit., pp. 116-130. Por su parte, Robert Jammes, en su trabajo «Études sur Nicolás
Antonio. Nicolás Antonio commentateur de Góngora»,
Bulletin Hispanique, lxii, 1960, pp. 193-215, analiza la
labor de este bibliógrafo como comentarista y muestra
su disconformidad con los comentarios de Salcedo a las
canciones y el Panegírico.
28 Edward M. Wilson, «La estética de don García de Sal-
cedo Coronel y la poesía española del s. xvii», Revista de
Filología Española, xliv, 1961, pp. 1-27.
29 Ibid., p. 11.
168
Melchora Romanos
Censuras que, en el caso particular de la Soledad Primera, habían sido ya formuladas en
el Antídoto de Juan de Jáuregui.30 En buena medida, sus coincidencias denotan una rígida
adhesión al equilibrio clásico, sustentado en las normas de la preceptiva neoaristotélica
que impedía el menor deslizamiento y desajuste en lo que a estilos se refiere.
No puedo cerrar este recorrido sobre algunos momentos del largo debate generado por los poemas mayores de Góngora sin mencionar una de las muestras más
lejanas y tardías: el Apologético en favor de D. Luis de Góngora […], contra Manuel de Faria
y Sousa publicado en Lima, en 1662 aunque estaba terminado en 1660. El autor, representante de la cultura colonial del Perú, se lamenta de su demora en participar en
la contienda con estas palabras: «Tarde parece que salgo a esta empresa pero vivimos
muy lejos los criollos…».31 A pesar de desconocer los documentos manuscritos sobre la
polémica, en su defensa del hipérbaton gongorino y de las metáforas que censura Faria
y Sousa, muestra un modo original de argumentación que ha despertado el interés de
algunos estudiosos del debate.32
Esta aproximación a los dificultosos y accidentados itinerarios que puede depararnos la selva del «comentarismo» nos lleva a considerar, que a pesar de sus grandezas y miserias, las distintas instancias de los debates constituyen un testimonio
necesario, aunque no excluyente, para el estudio de un autor de la complejidad de
Góngora, pues nos ayudan a evocar las voces con las que dialoga y nos permite aprehender el modo en que se lo criticaba, defendía y explicaba. Finalmente cabe preguntarse, como lo hace Juan Manuel Daza Somoano al plantear el alcance doctrinal
de la polémica gongorina, en qué medida podemos considerar que los apologistas de
Góngora expresan una misma concepción de la poesía compartida por todos o tan solo
se dejan llevar por el afán de polemizar y participar en las disputas especulativas.33
No sé si hay una respuesta válida porque en tal caso, los documentos surgidos
de la polémica no son sino un reflejo de la crisis que en los inicios del siglo xvii enfrenta a los defensores de la imitación renacentista y a los que tratan de desvincularse
de ella y como tal hay marchas y contramarchas, concesiones y detracciones; no era
tan fácil elegir el rumbo acertado cuando el peso de la tradición se imponía. Convengamos en que, como dice Martín Vázquez Siruela en defensa de los intérpretes
coetáneos a los que concede la prioridad de desvelar los escondidos conceptos de la
poesía de Góngora:
Las palabras quedan ya puestas, y son tan oportunas que con ellas responde por
sí propio, por D. Luis, y por V. M., acreditando al instituto de esta obra, y mostrando cuánta necesidad tienen los poetas deste hilo de oro, que guíe sin error a
los demás por los laberintos…34
30
Este nexo ideológico que une al poeta sevillano con
el comentarista, fue advertido tanto por Wilson como
por la gongorista Eunice Joiner Gates, «Los Comentarios
de Salcedo Coronel a la luz de una crítica de Uztarroz»,
Nueva Revista de Filología Hispánica, xv, 1961, pp. 217-228.
31
Juan de Espinosa Medrano, Apologético en favor de don
Luis de Góngora, edición de Luis Jaime Cisneros, Lima,
Academia peruana de la lengua-Universidad San Martín
de Porres, 2005, p. 127.
32
Robert Jammes, «Juan de Espinosa Medrano et la
poésie de Góngora», Caravelle, vii (1966), pp. 127-146.
Entre los trabajos que le dedica su editor, Luis Jaime
Cisneros, véase «La polémica Faria-Espinosa Medrano:
planteamiento crítico», Lexis, xi, 1987, pp. 1-82.
33 Juan Manuel Daza Somoano, «Alcance doctrinal de las
polémicas gongorinas», en Begoña López Bueno (dir.),
El canon poético en el siglo xvii, Sevilla, Universidad-Grupo PASO, 2010, pp. 125-149.
34
Martín Vázquez Siruela, Discurso sobre el estilo de don
Luis de Góngora y carácter legítimo de la Poética, a don
García de Salcedo Coronel, presentación, edición y notas
de Saiko Yoshida, en Francis Cerdan y Marc Vitse (eds.),
Anejos de Criticón, nº 4, Toulouse, Presses Universitaires
du Mirail, 1995, pp. 89-106; modernizo la ortografía, la
cita en p. 104.
Góngora atacado, defendido y comentado: manuscritos e impresos de la polémica gongorina y comentarios a su obra
169
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