Los Deseos

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Los Deseos
Fernán Caballero
H
abía un matrimonio anciano, aunque pobre; toda
su vida la había pasado muy bien trabajando
y cuidando de su pequeña hacienda. Una noche de
invierno estaban sentados marido y mujer a la lumbre
de su tranquilo hogar en amor y compañía, y en lugar de
dar gracias a Dios por el bien y la paz de que disfrutaban,
estaban enumerando los bienes de mayor cuantía que
lograban otros y deseando gozarlos también.
—¡Si yo, en lugar de mi hacendilla —decía el viejo—, que
es de mal terruño y no sirve sino para revolcadero de
un burro, tuviese el rancho del tío Polainas!
—¡Y si yo —añadía la mujer—, en lugar de ésta, que está
en pie porque no le han dado un empujón, tuviese la
casa de nuestra vecina, que está en primera vida!
—¡Si yo —proseguía el marido—, en lugar de la burra,
que no puede ya ni con unas alforjas llenas de humo,
tuviese el mulo del tío Polainas!
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—¡Si yo —añadió la mujer—, pudiese matar un puerco
de doscientas libras, como la vecina! Esa gente, para
tener las cosas no tiene sino desearlas. ¡Quién tuviera
la dicha de ver cumplidos sus deseos!
Apenas hubo dicho estas palabras, cuando vieron que
bajaba por la chimenea una mujer hermosísima; era tan
pequeña, que su altura no llegaba a media vara; traía,
como una reina, una corona de oro en la cabeza. La
túnica y el velo que la cubrían eran diáfanos y formados
de blanco humo, y las chispas que alegres se levantaron
con un pequeño estallido, como cohetitos de fuego
de regocijo, se colocaron sobre ellos salpicándolos
de relumbrantes lentejuelas. En la mano traía un
cetro chiquito de oro, que remataba en un carbunclo
deslumbrador.
—Soy el hada Fortunata —les dijo—; pasaba por aquí y
he oído vuestras quejas; y ya que tanto ansiáis por que
se cumplan vuestros deseos, vengo a concederos la
realización de tres: uno a ti —dijo a la mujer—; otro a
ti —dijo al marido—, y el tercero ha de ser mutuo, y en
él habéis de convenir los dos. Este último lo otorgaré
en persona mañana a estas horas, que volveré; hasta
allá tenéis tiempo de pensar cuál ha de ser.
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Dicho que hubo esto, se alzó entre las llamas una
bocanada de humo, en la que la bella hechicera
desapareció.
Dejo a la consideración de ustedes la alegría del
buen matrimonio y la cantidad de deseos que, como
pretendientes a la puerta de un ministro, les asediaron
a ellos. Fueron tantos que, no acertando a cuál atender,
determinaron dejar la elección definitiva para la
mañana siguiente y toda la noche para consultarla
con la almohada y se pusieron a hablar de otras cosas
indiferentes.
A poco recayó la conversación sobre sus afortunados
vecinos.
—Hoy estuve allí; estaban haciendo las morcillas —dijo
el marido—; ¡pero qué morcillas! Daba gusto verlas.
—¡Quién tuviera una de ellas aquí —repuso la mujer—
para asarla sobre las brasas y cenárnosla!
Apenas lo había dicho, cuando apareció sobre las brasas
la morcilla más hermosa que hubo, hay y habrá en el
mundo.
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La mujer se quedó mirándola con la boca abierta y los
ojos asombrados. Pero el marido se levantó desesperado,
y dando vueltas por el cuarto, se arrancaba el cabello,
diciendo:
—Por ti, que eres más golosa y comilona que la tierra,
se ha desperdiciado uno de los deseos. Mire usted,
señor, ¡qué mujer esta! ¡Más tonta que un hablar! Esto
es para desesperarse; ¡reniego de ti y de la morcilla, y
no quisiese más sino que se te pegase a las narices!
No bien lo hubo dicho, cuando ya estaba la mordilla
colgando del sitio indicado.
Ahora tocó asombrarse al viejo y desesperarse a la vieja.
—Te luciste, mal hablado —exclamaba ésta, haciendo
inútiles esfuerzos por arrancarse el apéndice de las
narices—; si yo empleé mal mi deseo, al menos fue
en perjuicio propio y no en perjuicio ajeno; pero en
el pecado llevas la penitencia; pues nada deseo, ni
nada desearé, sino que se me quite la morcilla de las
narices.
—Mujer, por Dios, ¿y el rancho?
—Nada.
—Mujer, por Dios, ¿y la casa?
—Nada.
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Desearemos una mina, hija, y te haré una funda de oro
para la morcilla.
—Ni que lo pienses.
—Pues qué, ¿nos vamos a quedar como estábamos?
—Ese es todo mi deseo.
Por más que siguió rogando el marido, nada alcanzó de
su mujer, que estaba por momentos más desesperada
por su doble nariz, y apartando a duras penas al perro y
al gato que se querían abalanzar hacia ella.
Cuando a la noche siguiente se apareció el hada y le
dijeron cuál era su último deseo, les dijo:
—Ya veis cuán ciegos y necios son los hombres creyendo
que la satisfacción de sus deseos les ha de hacer
felices. No está la felicidad en el cumplimiento de los
deseos, sino que está en no tenerlos; que rico es el
que posee, pero feliz el que nada desea.
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