el nacionalismo `light` - Universidad Complutense de Madrid

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EL NACIONALISMO ‘LIGHT’
MARÍA JOSÉ VILLAVERDE
L
a gran oposición entre particularismo y
universalismo que, de una u otra forma,
ha recorrido la historia occidental, repunta
en nuestros días. Aunque algunos politólogos la
consideran superada1, lo cierto es que el auge
de la etnicidad y la explosión de reivindicaciones étnico-culturales que vivimos e incluso, como dice Ralf Dahrendorf2, la invención de lo
“local” hoy tan de moda en el debate sobre las
“regiones homogéneas”, chocan con el avance
imparable de la globalización3, con el proceso
de construcción de Europa y con la creación de
instancias supranacionales. Según Dominique
Schnapper4, si hasta los años sesenta del pasado
siglo las formas sociales propias de la Gemeinschaft parecían abocadas a la desaparición, a partir de los años setenta los conflictos étnicos se
dispararon en Europa, espoleados más tarde
por el rompimiento de Yugoslavia y de la
Unión Soviética. Danilo Zolo5 calcula que solamente en África existen hoy unos 500 grupos
étnico-culturales que reivindican su autonomía
política, mientras que los Estados africanos reconocidos por Naciones Unidas no pasan de
50; y, a escala mundial, serían varios miles –Ernest Gellner hablaba de 8.000– los que de forma más o menos explícita reclaman su reconocimiento político, mientras que el número de
Estados no sobrepasa los 200.
Patriotismo cívico, patriotismo
constitucional e identidad posnacional
Ante esta proliferación de reivindicaciones
1 Por ejemplo, en nuestro país sustenta esta tesis
Ferrán Requejo en ‘El federalismo liberal y la calidad de
las democracias plurinacionales. Déficits actuales y posibles mejoras’, en Revista Española de Ciencia política,
núm. 3, octubre 2000, pág. 40.
2 Después de la democracia. Crítica, Barcelona,
2002, pág. 32.
3 La globalización ya fue anunciada en los años
veinte del siglo pasado por Marcel Mauss, como señala
Schnapper.
4 La comunidad de los ciudadanos. Acerca de la idea
moderna de nación. Alianza, Madrid, 2001, pág. 189.
5 Cosmópolis. Perspectiva y riesgos de un gobierno
mundial. Paidós, Barcelona, 2000, págs. 208-209
40
particularistas que, como todos sabemos, han
afectado también a algunas de las naciones
más antiguas de Europa, una de las alternativas ha consistido en impulsar el patriotismo
cívico y reforzar los vínculos entre los ciudadanos en torno a los principios constitucionales. Iniciativas en este sentido han sido
promovidas por diversos autores estadounidenses y europeos como Richard Rorty, Benjamin R. Barber, Viroli, Dominique Schnapper, etcétera. Schnapper, por ejemplo, ha
interpretado este despertar del patriotismo
cívico frente a los embates de los particularismos modernos como una resurrección del
viejo antagonismo del siglo XIX entre nación
cívica y nación étnica o cultural, como lo definía Meinecke en 1907. Pero Schnapper se
niega a utilizar el término de nación étnica
que, en su opinión, aúna dos concepciones
opuestas, de forma que lisa y llanamente habla de contraposición entre etnia y nación,
dos conceptos que un gran número de sociólogos y politólogos actuales como Hugh Seton-Watson, John Amstrong, Suzanne Berger, Walker Connor o Anthony Smith confunden. Por ejemplo, Walker Connor afirma
que la nación es la etnia consciente de sí misma y Seton-Watson, después de asegurar que
no hay definición científica posible, acaba
por proponer la siguiente: “Una nación existe cuando un número considerable de personas de una comunidad considera que forma
una nación o se conduce como si la
formase”6. Yael Tamir, por su parte, define a
la nación como un grupo que comparte rasgos objetivos como la lengua, la historia o el
territorio y que tiene conciencia de su diferencia7. También Kymlicka se refiere a las
minorías nacionales como grupos etnocultu-
6 Citado por Schnapper, pág. 31. También Ferrán
Requejo, entre los politólogos españoles, considera que
la autoconciencia es uno de sus rasgos fundamentales.
‘El federalismo liberal...’, op. cit., pág. 32.
7 Liberal Nationalism, Princeton University Press,
Princeton, 1993, pág. 66.
rales que se piensan a sí mismos como naciones dentro de un Estado8.
Según Schnapper, la definición de la nación como una etnia consciente de sí misma o
la confusión entre ambos términos no son inocentes. Esta ambigüedad terminológica escondería una legitimación más o menos implícita
de la voluntad de las etnias de convertirse en
entidades políticas, es decir, en naciones. Aunque ambas son comunidades históricas y culturales, la nación moderna, surgida como una
comunidad de ciudadanos libres e iguales a
raíz de las revoluciones americana y francesa, se
distinguiría de la etnia por la voluntad de los
ciudadanos de participar en la vida pública
prescindiendo de sus arraigos particulares. Este
contenido universalista de la ciudadanía contrastaría con los vínculos particulares que
unen a los miembros de las etnias. En el marco de la nación, ese “lugar vacío” donde reina
la pura representación, en palabras de Claude
Lefort, el ciudadano deja de estar determinado por su pertenencia a un grupo concreto
que lo encierra en una cultura y en un destino
impuestos por su nacimiento y queda vinculado a sus conciudadanos por el respeto a un
contrato político. Frente a la especificidad del
hombre privado, el universalismo del ciudadano consiste en “elevarnos (...) por encima de
las limitaciones inherentes a nuestra pertenencia a un pueblo particular”, realizando la esencia universal del hombre. En palabras de Bergson, se trataría de “un esfuerzo en sentido inverso a la naturaleza”(Citado por Schnapper,
93). Esta concepción de la nación como un
medio de trascender los vínculos tribales no
pretende negar, sin embargo, las tensiones
permanentes que se producen entre la universalidad de la esfera pública y las diversidades
reales, étnicas y sociales de la sociedad nacio-
8 Will Kymlicka, Christine Straele, ‘Cosmopolitanism, Nation-States and Minority Nationalism: A Critical Review of Recent Literature’, European Journey of
Philosophy, núm. 7, marzo 1999.
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n
dos exclusivamente a tales principios, con exclusión de cualquier referencia a un territorio y
a una comunidad histórica y cultural concretas. Siguiendo esta misma línea, y también a
comienzos de los años noventa, Jacqueline
Costa-Lascoux proponía impulsar, mediante la
armonización de las diferentes legislaciones nacionales, una ciudadanía europea que tendría
como ejes los derechos del individuo y un
“contrato de ciudadanía” que permitiría a las
distintas poblaciones seguir unidas a una cultura particular, siempre y cuando las prácticas
sociales generadas por dicha cultura no resultasen incompatibles con los principios supranacionales de los derechos del hombre.
Cosmopolitismo
nal, ni tampoco la oposición entre el principio
universal en el que se fundamenta la nación
democrática y las acciones y conductas de cada nación concreta a la hora de afirmar su especificidad frente a las demás.
Si con esta reflexión sobre la nación
Schnapper pretendía demostrar la validez de
esta forma política en un mundo cada vez más
globalizado y sometido a las acometidas de los
particularismos, Habermas9 iba más lejos. Con
su noción de patriotismo constitucional trataba de trascender el marco del estado-nación
vaciándole de sus componentes étnicos y disociando la colectividad histórico-cultural de la
organización política. De este modo, los lazos
cívicos quedaban desvinculados de todo contenido histórico, cultural, sentimental, para hacer referencia exclusivamente a los principios
abstractos del Estado de derecho. Como con-
secuencia, la ciudadanía alemana, por ejemplo,
quedaba desligada de Alemania como nación,
con un pasado y unas tradiciones determinadas, para adherirse solamente a principios racionales. Esta iniciativa que, como es conocido, tenía como objetivo romper con una historia y una herencia de trágica memoria, fue
seguida por otros pensadores que, como el
propio Habermas, están firmemente convencidos de que el futuro de nuestras democracias
occidentales pasa por convertirse en sociedades
posnacionales y de que no hay alternativa a la
deriva universalista10. Así, por ejemplo, JeanMarc Ferry desarrolló a comienzos de los años
noventa la idea de “identidad posnacional”,
basada en los principios de universalidad, autonomía y responsabilidad constitutivos de la
democracia y del Estado de derecho. Según este pensador, los ciudadanos quedarían vincula-
La creación de una ciudadanía y de un Estado
federal europeos podría ser el punto de partida, según los eurofederalistas, para el establecimiento de un régimen político mundial basado en tratados internacionales. Para ello sería
necesario impulsar las ONG y crear partidos
europeos con intereses transnacionales con el
fin de fraguar una identidad colectiva que
trascendiese las fronteras estatales. La futura
Constitución europea podría ser un paso en
este sentido. El horizonte último de estas formas de superación de la identidad nacional sería el sueño imaginado por Kant, la integración universal de la humanidad. Ésta es la
propuesta que encabeza, entre otros autores, la
norteamericana Martha Nussbaum 11 que
abraza con entusiasmo la herencia estoica y
kantiana y aboga, sin complejos y sin tapujos,
por la creación de una cosmópolis como alternativa al mundo de la globalización. Aunque
el ensayo de Nussbaum no provocó grandes
entusiasmos en Estados Unidos y sí más bien
algunas críticas aceradas, tuvo la virtud de
provocar un debate y algunas manifestaciones
11
9
Habermas, La constelación posnacional. Paidós,
Barcelona, 2002, págs. 81 a 146.
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n
10
Habermas, Identidades nacionales y postnacionales. Tecnos, Madrid, 1989, pág. 117.
Los límites del patriotismo. Identidad, pertenencia y “ciudadanía mundial”. Paidós, Barcelona, 1999,
pág.17 y sigs.
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EL NACIONALISMO “LIGHT”
de apoyo12. Nussbaum ataca tanto el chauvinismo13 y los nacionalismos estatales como los
particularismos pero, como otros cosmopolitas
como Kwame Anthony Appiah o Amartya
Sen, aboga por el respeto a las diferencias culturales siempre que éstas, a su vez, sean respetuosas con los derechos humanos.
Las críticas que han suscitado el patriotismo constitucional y el cosmopolitismo
han procedido tanto de las filas del llamado
nacionalismo de las minorías como de los
partidarios del patriotismo cívico. Schnapper, por ejemplo, se muestra escéptica ante
la posibilidad de que el concepto de identidad posnacional pueda cohesionar a los ciudadanos. Según esta socióloga y miembro
del Tribunal Constitucional francés, ningún
sentimiento de pertenencia puede forjarse
sin una historia común, aunque ésta sea parcial o totalmente inventada, como suele ser
el caso. Por otra parte, ¿qué porvenir esperaría a las naciones vinculadas en torno al patriotismo constitucional sin mitos ni tradiciones ni lengua ni raza ni territorio sagrado
al que apelar? ¿Cómo podrían sobrevivir sin
lazos afectivos y emocionales y basándose en
la pura racionalidad en un mundo dominado por el fervor y el furor de los sentimientos étnicos? ¿Y cómo construir un sentimiento de pertenencia a la humanidad
cuando, por definición, el “nosotros” se crea
siempre en oposición a los demás?
Los defensores de los particularismos de
raíz cultural, como Danilo Zolo o Ferrán Requejo en nuestro país, han coincidido con
Benjamín R. Barber, por ejemplo, en criticar
la “incomprensión” de los universalistas ante
los lazos que los individuos forjan con los
grupos y las comunidades a las que pertenecen. Pero Nussbaum desmiente menospreciar
los lazos familiares, vecinales, locales e incluso
nacionales; tan sólo trata de recordar, en línea
con los estoicos, que, desde una sensibilidad
cosmopolita, es una prioridad interesarnos
por la humanidad y por el respeto a los derechos humanos más allá de nuestras fronteras.
Esto significa que un cosmopolita de la época
nazi no cerraría los ojos ante las matanzas de
los judíos y que un cosmopolita de hoy no
miraría para otro lado cuando se cometen
atentados contra la dignidad humana dentro
o fuera de sus fronteras. La defensa de las peculiaridades nunca puede estar por encima de
12 De las 29 réplicas, Paidós sólo reprodujo 11, entre las cuales hay sólo dos de apoyo a Nussbaum, la de
un asiático, Amartya Sen, y la de un africano, el ghanés
Kwame Anthony Appiah.
13 Según Michael Walzer, Nussbaum ha percibido
“el potencial chauvinista del patriotismo de Richard
Rorty”, ‘Esferas de afecto’ en Los límites del patriotismo,
op. cit., pág. 154
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la protección de los derechos humanos. Este
sería el significado de sus tesis.
Pero los críticos del cosmopolitismo rechazan la pretendida universalidad de los derechos humanos y aducen que se inscriben siempre dentro de una tradición determinada y que
no pueden ser ni generalizados ni “exportados”. Tal es la tesis que sostienen con ligeras
variantes Zolo, Requejo, Judith Butler14 e incluso Gertrude Himmelfarb15. Butler concluye que ello invalida las tesis cosmopolitas de
Nussbaum; y Etienne Balibar llega aún más lejos al sostener que nuestras nociones actuales
de universalidad están impregnadas de
racismo16. Por el contrario, Amartya Sen17, en
su réplica a Himmelfarb, niega que se trate de
valores exclusivamente occidentales y alega como prueba la abundante y desconocida literatura escrita en chino, árabe, sánscrito y pali sobre estos temas, así como, por ejemplo, las inscripciones indias del siglo IV a. de C. referidas
a la cuestión de la justicia.
Sin entrar en un debate de enorme actualidad en la ciencia política actual en el que
han participado Habermas18, Charles Taylor,
Mc Carthy y otros autores, es indudable que
la percepción que todos tenemos de lo que
significa la justicia o la dignidad humana se
enmarca dentro de nuestras respectivas tradiciones culturales. Ello no debería ser un obstáculo, sin embargo, para alcanzar una definición aceptable por todos y evitar así que las
críticas a la universalidad de los derechos humanos sirvan, como ocurrió en la Conferencia
de Viena de 1993, para que algunos Estados
asiáticos justifiquen el incumplimiento de dichos derechos en sus países19. En nombre del
respeto a peculiaridades culturales o a derechos colectivos no parece legítimo cerrar los
ojos ante la penalización de la infidelidad con
la pena de muerte o ante prácticas como la
ablación del clítoris que atentan contra los derechos de la persona. En estos casos ¿no estaría
justificado tratar de “exportar” el respeto a la
dignidad de las personas a aquellos países que
la ignoran de manera flagrante?
Otra corriente cosmopolita en la que se
podría englobar a los “globalistas”, pacifistas
cosmopolitas o constitucionalistas globales
como se denomina a David Held20, Richard
Falk, Norberto Bobbio, Antonio Cassese o
Kenichi Ohmae, propone una serie de medidas concretas para la creación de un “gobierno mundial” cuyo embrión serían las instituciones de la Organización de Naciones Unidas convenientemente reformadas21. Este
organismo internacional estaría legitimado
para usar la fuerza con el fin de establecer una
paz estable y universal, la justicia distributiva,
la definición y protección de los derechos humanos, la integridad ecológica del planeta y el
equilibrio entre los recursos disponibles y el
crecimiento demográfico, es decir, para crear
un “orden político óptimo”. Según estos autores, ésta sería la única alternativa no sólo
para hacer frente a la guerra y a la anarquía
internacionales sino, incluso, para detener la
destrucción del planeta y la posible extinción
de la especie.
Pero tal proyecto no está exento de críticas. Una de las más duras es la de Danilo Zolo, que sólo ve riesgos en la instauración de lo
que califica de “Leviatán despótico y totalitario” cuya autoridad sería “intensamente invasiva e intervencionista”. Tal sistema político
sería “evolutivamente regresivo” en la medida
en que reduciría “la complejidad y diferenciación del sistema internacional” (pág. 206207). Otros autores, por el contrario, consideran que tal amenaza es inexistente. Habermas,
por ejemplo, afirma que ni la reforma más
ambiciosa de las instituciones de la ONU y de
sus funciones, que se limitan hoy a cuestiones
de seguridad (fundamentalmente a la “domesticación” de la guerra y a la prevención de catástrofes humanitarias y riesgos globales), permite augurar tal peligro. Es más, la organización cosmopolita forjada en torno a los
derechos humanos nunca alcanzaría el grado
de cohesión y solidaridad de los Estados nacionales, ni siquiera en el caso hipotético de
lograr un consenso en torno a dichos principios, lo que no parece fácil en el mundo intercultural de hoy22. David Held también desestima las implicaciones tiránicas que podría
conllevar un Estado mundial centralizado. Tal
14 ‘La universalidad de la cultura’, en Los límites del
patriotismo, op. cit., pág. 60.
15 ‘Las ilusiones del cosmopolitismo’, en Los límites
del patriotismo, op. cit., pág. 94.
16 ‘La universalidad de la cultura’, op. cit., pág. 61.
17 ‘Humanidad y ciudadanía’, en Los límites del patriotismo, op. cit., pág. 142-143.
18 ‘Le débat interculturel sur les droits de l’homme’, en L’intégration républicaine. Essais de théorie politique. Fayard, 1998, págs. 245 y sigs.
19 Singapur, Malasia, Taiwán y China, en una declaración conjunta en Bangkok, invocaron los valores de
las culturas de Extremo Oriente, marcadas por el confucionismo, para justificar las infracciones cometidas contra los derechos humanos.
20 Held se diferencia de los “hiperglobalizadores”,
como los llama, porque considera que el Estado-nación
seguirá ejerciendo un papel como representante de los
ciudadanos, aunque tenga que compartir el espacio político con otras instituciones como ONG, organizaciones
internacionales, etcétera. Democracy and the Global Order. From the Modern State to Cosmopolitan Governance.
Polity Press, Cambridge, 1995, págs. 267 y sigs.
21 Held, por ejemplo, propone la creación de una
segunda cámara en la ONU integrada por ONG, organizaciones internacionales no gubernamentales, minorías etnoculturales, etcétera, de forma que, al ampliar el
grupo que toma las decisiones, los ciudadanos pudieran
estar mejor representados.
22 La constelación posnacional, op. cit.,págs. 138 y sigs.
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA Nº 140
n
MARÍA JOSÉ VILLAVERDE
Estado presupondría la existencia de una cultura homogénea, una ciudadanía global y un
universo discursivo común, lo que parece bastante improbable en la actualidad. Según este
autor, para ser viable la comunidad cosmopolita tendría que dotarse de una forma política
mixta entre federación y confederación, pues
no sólo las comunidades locales y nacionales
serían reacias a ceder su soberanía sino que,
además, una única autoridad no podría gobernar todo el planeta e incluso sería inconveniente que lo hiciera. El propio Kant así lo
percibió. (Held, pág. 229 y sigs.).
Pero la crítica de Zolo no va acompañada
de soluciones positivas. Su propuesta de “pacifismo débil” consiste únicamente en renunciar
a extirpar el conflicto en el seno de la sociedad
mundial por ser consustancial con la naturaleza del hombre. Y su objetivo de contener la
hegemonía cultural de Occidente, de reforzar
las identidades étnico-culturales y de desarrollar una cultura de la diversidad humana no
conduciría, en mi opinión, más que a abrir
nuevos focos de tensión en el mundo si, como
él mismo dice, existe una explosión de reivindicaciones étnicas “innegociables en la medida
en que están ancladas en el código de la pertenencia y las identidades colectivas” (pág. 187)
¿Por qué, entonces, renunciar a la búsqueda
de la paz que persiguen los cosmopolitas, por
difícil que parezca, para internarnos en el callejón sin salida del conflicto al que nos encaminan las tesis de los particularistas?
Nacionalismo liberal
Zolo coincide en buena medida con los partidarios del pluralismo étnico y cultural. Éstos
ya no se reclaman del nacionalismo de Herder o Fichte, sino que su argumentación ha
variado ostensiblemente en los últimos tiempos; es más refinada y maneja argumentos
más sofisticados. Éste es al menos el talante
de los pensadores que se agrupan en torno a
lo que, conforme al título del libro de Yael
Tamir, se ha llamado el nacionalismo
liberal23. Es significativo que una de las impulsoras de esta corriente sea esta autora judía
que tiene detrás de sí toda la tradición de la
Ilustración judía del XVIII y del XIX, así como
la herencia cosmopolita de los judíos centroeuropeos del XX, desde Stefan Zweig a Berta
Szeps. Esta profesora de Filosofía de la Universidad de Tel-Aviv y miembro fundador de
la organización israelí Paz Ahora trata de conjugar el liberalismo con el sionismo y, en un
sentido más amplio, con la tradición nacionalista, vaciándola de sus componentes xenófo-
23 En realidad, según estos autores, el nacionalismo liberal se remontaría a John Stuart Mill. Ver Yael
Tamir, Liberal Nationalism, op. cit., págs. 142.
Nº 140 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
n
bos y racistas24. Pretende así conciliar el conflicto histórico entre nacionalismo y liberalismo o, como dice Gellner, entre pasión y razón.
Pero el nacionalismo liberal es una especie
de cajón de sastre donde cabe desde el sionismo de Tamir, que ella define como respetuoso
con los derechos individuales y las aspiraciones
nacionales25, al nacionalismo de Estado o al
nacionalismo de las minorías. Las diferencias
entre los nacionalistas liberales son, por lo tanto, notables e incluso algunos como David Miller o Margaret Canovan son reacios a aceptar
tal denominación. Otros, como Kymlicka,
Margalit y Raz, prefieren llamarse “culturalistas” para subrayar la importancia de los derechos nacionales a la hora de proteger las culturas minoritarias. Kymlicka distingue asimismo
entre los partidarios de un nacionalismo de la
mayoría y quienes defienden los derechos de
las minorías nacionales. Las reflexiones de estos
autores han producido una masa ingente de
artículos y libros sobre la teoría política del nacionalismo desde los años noventa*.
En mi opinión, hablar de nacionalismo liberal (y en este trabajo me refiero exclusivamente al nacionalismo de las minorías, según
la expresión de Kymlicka) es contradictorio, a
pesar de que Margaret Canovan26 sostenga
que prácticamente todos los teóricos liberales
han sido nacionalistas por las tesis implícitas
que contienen sus teorías. Afirmación que, como mínimo, puede calificarse de chocante. No
creo que los autores a los que hace referencia
–Kant, Acton y Rawls–, estuviesen de acuerdo
con tan peregrina idea. Acton, como es sabido,
abordó el tema del nacionalismo en dos ensayos de 1861 y 1862, Cavour y Nacionalidad27,
24
Trata de introducir los valores nacionalistas
–el énfasis en la pertenencia, la lealtad y la solidaridad– en el discurso liberal, basado en la autonomía
personal. Ver pág. 6.
25 Tamir define así al sionismo en la dedicatoria
del libro.
* Por ejemplo, en 1993 Yael Tamir publicó Liberal
Nationalism, en 1995 se editó On Nationality, de Miller, y
Multicultural Citizenship: A Liberal Theory of Minority
Rights, de Kymlicka; en 1996 Nationhood and Political
Theory, de Canovan; en 1997 The Morality of Nationalism,
de McMahan y Mc Kim; en 1998 apareció National SelfDetermination and Secession, de Moore, y Rethinking Nationalism, de Couture, Nielsen y Seymour, así como Philosophy of Nationalism de Gilbert y Theories of Secession, de
Lehning, en 1999 se publicó Theorizing Nationalism, de
Beiner, y desde entonces no han parado de salir nuevos títulos y de celebrarse simposios sobre el tema.
26 ‘The Skeleton in the Cupboard: Nationhood,
Patriotism and Limited Loyalties’, en Caney, George,
Jones, National Rights, International Obligations. Boulder, Westview, 1996.
27 ‘Nacionalidad’, en Ensayos sobre la libertad y el
poder. Edición a cargo de Paloma de la Nuez, Unión
Editorial, Madrid, 1999, págs. 333 y sigs. Y ‘Cavour’
(págs. 267 y sigs.), y ‘Nacionalidad’ (págs. 233 y sigs.),
en Ensayos sobre la libertad, el poder y la religión. Edición
de Manuel Alvarez Tardio, Centro de Estudios políticos
y constitucionales, Madrid, 1999.
ante la posición adoptada por Stuart Mill en
Consideraciones sobre el gobierno representativo.
En una época en que las tesis nacionalistas
apelaban a la idea de libertad y despertaban
las simpatías de los pensadores liberales, Acton deslindó tajantemente los campos entre
ambas ideologías, afirmando que eran idearios opuestos y que el nacionalismo atentaba
contra la libertad28. En su opinión, el respeto
al hecho diferencial y el pluralismo eran principios liberales opuestos a la exigencia de homogeneidad de los nacionalistas, que era profundamente antidemocrática y conducía al
despotismo. Frente al patriotismo visceral basado en aspectos raciales, la patria era para
Acton sinónimo de leyes y de libertad. Por
otra parte, consideraba que las tesis nacionalistas eran regresivas porque pretendían volver a los tiempos en que las diferencias de religión, de lengua y de cultura constituían
obstáculos insalvables para la convivencia entre los pueblos. Pero las sociedades democráticas habían abolido dichas barreras y las diferentes razas y nacionalidades podían convivir
en paz bajo un mismo Estado sin perder sus
señas de identidad. Desde la aceptación de
las diferencias étnicas y culturales era posible,
según Acton, la unión de los ciudadanos en
torno a un valor ético que todos podían suscribir: la libertad. De ahí su oposición al derecho de autodeterminación que los nacionalistas exigían, no en nombre de los intereses
reales de los ciudadanos, sino de entes abstractos y ficticios como “el pueblo”.
Pero el nacionalismo liberal no comparte estas tesis. Desde sus filas –Kymlicka29,
por ejemplo– se sigue haciendo hincapié en
la importancia del “pueblo”, del “sujeto político colectivo”, del “nosotros”, del “espíritu común”, es decir, de la identidad colectiva, aún cuando, en teoría, dice perseguir la
autonomía y la libertad individuales. Pero
los intereses colectivos y los intereses individuales son difícilmente conciliables, como
ya puso de manifiesto Rousseau. El nacionalismo no puede plantear sus reivindicaciones desde instancias individuales (por
mucho que hablen del derecho individual a
la cultura) sino como derechos de los grupos. Yael Tamir lo reconoce implícitamente
al diferenciar la perspectiva “cultural” (es
28 “La nación está por encima de los derechos y
deseos de los habitantes, absorbiendo sus intereses divergentes en una unidad ficticia, sacrifica sus inclinaciones
y deberes diversos a la exigencia prioritaria de la nacionalidad, y aplasta todos los derechos naturales y todas
las libertades establecidas con el fin de reivindicarse a sí
misma”. ‘Nacionalidad’, Ensayos sobre la libertad y el poder, op. cit., pág. 350.
29 ‘Cosmopolitanism, Nation-States, and Minority
Nationalism: A Critical Review of Recent Literature’,
op. cit.
43
EL NACIONALISMO “LIGHT”
decir, nacionalista) que concibe a la nación
como una comunidad que comparte una serie de rasgos objetivos y entiende el derecho
de autodeterminación como el derecho colectivo de preservar la existencia del grupo y
de su vida comunal, de la versión “democrática”, según la cual la nación es un grupo de
individuos cuya autodeterminación consiste
en el derecho a autogobernarse, principio liberal que recoge la Declaración Universal
de Derechos Humanos de 1947 (Tamir,
pág. 69). Ambas perspectivas, como puede
observarse, son opuestas. Tamir se pregunta
por qué razón hay que conceder a las libertades individuales más valor que a la pertenencia a un grupo; dicho de otro modo,
por qué la autonomía personal tiene que
prevalecer sobre el sentimiento de pertenencia. Obviamente se trata de opciones personales, de elegir entre los valores de la democracia o los valores colectivistas. Pero hay
que ser conscientes de adónde ha conducido históricamente cada opción. Los nazis,
por ejemplo (y no olvidemos que el término
nazi procede de nacionalista), apelaban a la
libertad de la nación para justificar la falta
de libertad de los ciudadanos y no tenían
empacho en denominar Congreso del Partido de la libertad a uno de sus congresos de
Núremberg30. El derecho de autodeterminación por el que abogan los nacionalistas
liberales no tiene nada que ver, como dice la
propia Yael Tamir (págs. 71 y sigs.), con los
derechos civiles ni con la participación política porque no garantiza la libertad de asociación ni la de reunión ni las restantes
libertades ni tampoco el autogobierno. Es
decir, no tiene nada que ver con la democracia. Expresa simplemente el deseo de ser
gobernados por gente con la que nos sentimos más identificados o más cercanos por
ser de la misma raza, cultura, religión o clase social, aún a costa de ver mermadas nuestras libertades civiles o nuestros derechos
políticos. Según Berlin, se trataría de una
búsqueda de estatus o de reconocimiento,
no de igualdad de derechos.
Por otra parte, los defensores del derecho de autodeterminación son partidarios
de que todo grupo que se ve a sí mismo como una nación tenga su propio Estado31.
Pero las cosas no son tan sencillas. Como
decía el constitucionalista británico sir W.
Ivor Jennings, a primera vista parece razonable que el pueblo decida, pero el pueblo
no puede decidir hasta que alguien decide
quién es el pueblo32.
Nación étnica y nación cívica
Louis Dumont ha definido de manera muy
gráfica estas dos ideas de nación a que se refiere Tamir –que Renan y Fichte simbolizaron
en el siglo XIX33– como una “colección de individuos” y como un “individuo colectivo”.
Mientras la nación étnica incorporaría numerosos elementos holistas, la nación cívica estaría íntimamente ligada al individualismo como valor. El error en el que incurren los nacionalistas liberales al sostener que liberalismo
y nacionalismo son compatibles es que se basan en el modelo francés. En efecto, históricamente se ha dado por hecho que Francia era el
paradigma del modelo cívico que aunaba re-
publicanismo y nacionalismo. Pero eso no es
cierto. Como dice Jean-Marc Ferry, el republicanismo francés fue siempre ambiguo y comportó elementos étnicos. La Francia jacobina,
cuyo referente fue Rousseau, fue en efecto
hostil al pluralismo, ignoró los intereses de las
minorías (como lo prueba, por ejemplo, la feroz represión contra la revuelta de la Vendée)
y continuó con la política de homogeneización y de unificación lingüística que había comenzado en el siglo XVI, que prosiguió en la
Tercera República y culminó con la práctica
desaparición de las 14 lenguas que aun se hablaban en Francia en 1914 (Schnapper, págs.
175 y 134).
El modelo cívico por excelencia se encuentra, por el contrario, en la tradición pluralista británica, respetuosa con la diversidad
de orígenes y vínculos particulares y defensora, no de la libertad con mayúsculas, sino de
las libertades concretas de los ciudadanos. Y,
desde el punto de vista teórico, en el ideal
kantiano definido como un sistema republicano, representativo, basado en la separación de
poderes y en el respeto a los derechos individuales. Si como dice Clifford Geertz, la nación (cívica) se caracteriza por concebir el interés público como algo no necesariamente superior, sino independiente y en ciertos
momentos en conflicto con los intereses privados y los demás intereses colectivos, no parece
que el concepto de voluntad general de Rousseau, ese ente abstracto que no es ni la voluntad de la mayoría ni siquiera la voluntad de
todos, se ajuste a estos criterios. Si el lema
kantiano podría traducirse como “ten el valor
de servirte de tu razón para ser libre”, la máxima del Contrato social podría resumirse como
“sólo obedeciendo a la voluntad general serás
libre”34. Mientras Kant concibe al individuo
como un fin, Rousseau le sacrifica al interés de
la colectividad. Frente al mundo sin fronteras
que soñarán Kant y los cosmopolitas, e incluso frente al proyecto europeísta de l’Abbé de
Saint Pierre, Rousseau sólo es capaz de imaginar una confederación de pequeñas repúblicas
blindadas hacia el exterior y replegadas sobre
sí mismas. No puede haber dos visiones más
opuestas del republicanismo; la de Kant liberal, democrática y cosmopolita; la de Rousseau, precursora del totalitarismo35 y del nacionalismo naciente, como lo prueban sus dos
últimas obras políticas, el Proyecto de Constitución para Córcega y las Consideraciones sobre el
32 Citado por Juan J. Linz, op. cit., pág. 255.
33
30
Juan J. Linz, ‘Teoría de la democracia’, en Del
Águila, Vallespín, La democracia en sus textos, Alianza,
Madrid, 1998, pág. 255.
31 Tamir es partidaria del más alto grado de autodeterminación posible en cada circunstancia, incluida la
secesión, op. cit., pág. 75.
44
De manera un tanto maniquea, pues el Fichte
de El fundamento del derecho natural, de 1797, tenía una
idea de nación cercana a la nación cívica e, incluso en
1806, mantuvo su posición de que la nación está abierta
a todos los que participan en los valores comunes. Por
su parte Renan, que en sus primeros escritos apelaba a la
raza, sólo se convirtió en defensor de la nación cívica a
raíz de la guerra de 1870 y de la anexión de Alsacia y
Lorena por el Reich alemán.
34
La frase de Rousseau dice así: “Quien se niegue
a obedecer a la voluntad general será obligado por todo
el cuerpo político, lo que significa que se le obligará a ser
libre”. Oeuvres complètes III, Gallimard, Paris, 1964,
pág. 364. La traducción es mía.
35 He desarrollado esta tesis en mi libro Rousseau y
el pensamiento de las Luces, Tecnos, Madrid, 1987.
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA Nº 140
n
MARÍA JOSÉ VILLAVERDE
Gobierno de Polonia, auténticos catálogos de
medidas para fortalecer la identidad nacional
que harían las delicias de los políticos nacionalistas de hoy. Medidas encaminadas a inculcar
el espíritu patriótico que “es un espíritu exclusivo que nos hace mirar como extranjeros y
casi como enemigos a quienes no son nuestros
compatriotas” 36. ¿Es éste el modelo de nación
cívica forjada sobre valores universales o el
prototipo de una república despótica y excluyente? El patriotismo de Rousseau, al hacer
hincapié en el “nosotros” frente al “ellos”, fomenta la intransigencia y la hostilidad entre
las naciones, conduce a la exclusión y a la xenofobia y muestra el lado perverso de todo
nacionalismo.
Pero, a pesar de lo que pudiera creerse, el
cerrado modelo de Rousseau es compartido
hoy, en cierta medida, por algunos nacionalistas liberales. Michael Walzer37, por ejemplo,
rechaza también el ideal de un mundo sin
fronteras y subraya la necesidad de establecer
barreras entre los pueblos. Si valoramos las diferencias, dice, tenemos que aceptar las fronteras; y si las fronteras entre los Estados desapareciesen, las comunidades locales se encargarían de establecer las suyas. En las ciudades
cosmopolitas de los imperios multinacionales
o en las ciudades con gran flujo de inmigrantes, añade, son los barrios los que se transforman en fronteras. También Tamir acepta implícitamente el universo cerrado nacionalista,
al afirmar sin crítica alguna que los grupos nacionales o culturales que quieren preservar su
identidad crean barreras invisibles de tipo religioso, ideológico, lingüístico e incluso psicológico entre ellos y los extraños (pág. 166).
Tamir reconoce asimismo que la identidad nacional se preserva mejor en un marco
“homogéneo, pequeño y relativamente cerrado” (pág. 142) y que actualmente hay dos opciones excluyentes; el mundo pacífico, integrado y posnacional de los cosmopolitas o el
mundo balcanizado de pequeños Estados envueltos en una guerra incesante de los nacionalistas. Pero ninguna de estas dos opciones le
parece convincente a esta autora, a quien no le
gusta que el nacionalismo liberal sea identificado con esas sociedades cerradas y aisladas, y
que huye de los aspectos etnocéntricos y xenófobos del nacionalismo. De modo que propone una tercera vía para superar estos rasgos: la
integración de las minorías nacionales (que
tendrían grandes dificultades en ejercer de
otro modo su derecho a la autodeterminación) en una Unión Europea respetuosa de la
36
Lettre à M. Vsteri (10 de abril de 1763), Correspondance Générale de Jean-Jacques Rousseau, IX, Librairie
Armand Colin, Paris, 1924, pág. 265.
37 Spheres of Justice, Oxford University Press, Oxford, 1983, págs. 36 y sigs.
Nº 140 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
n
diversidad y que, en lugar de plantearse trascender los vínculos nacionales, se propusiera,
por el contrario, impulsar las identidades nacionales. Dicho marco transnacional sería el
idóneo para ejercer los derechos nacionales38
(Tamir, págs. 165-166).
Autodeterminación
Tampoco hay conciliación posible entre liberalismo y nacionalismo en el tema de la autodeterminación. Acton, como hemos visto, lo
rechazaba ya en el siglo XIX. Lo mismo hace
hoy, por ejemplo, Habermas quien, en La
constelación posnacional, lo califica de “extravagancia”en referencia al País Vasco39. Los “culturalistas” Kymlicka y Straehle sugieren, por el
contrario, que entra dentro de la lógica del nacionalismo liberal apoyar las reivindicaciones
de las minorías para conseguir el autogobierno, sin descartar el derecho a la secesión. Tamir tampoco lo descarta. Kymlicka opone el
proceso de construcción nacional llevado a cabo en “los dos últimos siglos” en Occidente
por los Estados-nación para forjar una identidad nacional, una cultura y un lenguaje comunes (lo que denomina nacionalismo de Estado), con el nacionalismo de las minorías que
han luchado para no ser asimiladas por las
mayorías y para formar sus propias comunidades, bien como Estados independientes o bien
como regiones autónomas dentro de los Estados a los que pertenecen. Planteado en estos
términos, el conflicto entre el “nacionalismo
de Estado” y el “nacionalismo de las minorías”
no tiene visos de solución aunque la actuación
estatal se enmarque dentro del más estricto
respeto a los derechos individuales y aunque
se garantice plenamente el derecho a la cultura. Porque si la identidad de las personas, como proclaman estos autores, está estrictamente vinculada a su grupo etnocultural, si los individuos únicamente pueden “llevar vidas con
sentido” dentro de su propia cultura nacional
y si lo que convierte a la libertad individual en
“significativa” es la participación en una cultura nacional, sólo cabe el reconocimiento de dicha cultura para que la “dignidad y autorrespeto de sus miembros” no se vea amenazada y
éstos puedan sentirse “cómodos”. En definitiva, para que las minorías no se vean a sí mismas como “naciones atrapadas”, los Estadosnación tienen que renunciar a crear un sentimiento común de pertenencia nacional que
“socava” el nacionalismo de las minorías y que
destruye cualquier “sentido preexistente” diferente de dichas minorías. Dicho de otro mo-
38
Un ejemplo del respeto y el reconocimiento de
la Unión Europea hacia los sentimientos nacionalistas
es, según Tamir, la existencia de una oficina para fomentar las lenguas étnicas (pág. 152).
39 La constelación posnacional, op. cit., pág. 97.
do, la disyuntiva que plantean estos pensadores llevada a sus últimas consecuencias es: o
bien el nacionalismo de Estado aniquila las
demás identidades nacionales que compiten
con él, o bien el Estado multinacional se descompone en tantos Estados-nación como grupos nacionales existan, a través de la secesión y
de la redelimitación de fronteras, como sugiere Michael Walzer. Una tercera posibilidad, la
de que las minorías nacionales estuvieran dispuestas a renunciar a su sentido de “pertenencia nacional” e integrarse en la nación dominante a cambio de garantías de que su cultura
sería respetada, como plantea Miller, parece
totalmente descartada dada la intensidad cada
vez mayor que están adquiriendo las exigencias nacionalistas.
La solución que proponen se puede formular, pues, en los siguientes términos: puesto
que las identidades minoritarias merecen respeto y reconocimiento, los Estado multinacionales tienen que renunciar a su pretensión de
ser una nación y de compartir una lengua y
una identidad comunes, es decir, deben desistir de continuar su propia forma de construcción nacional y deben transformarse en una
federación de pueblos autogobernados. Sólo
así las minorías se sentirán seguras dentro de
los Estados y marginarán (¿durante cuánto
tiempo?) sus deseos de independencia. Pero
tales exigencias olvidan que en muchos casos
el proceso de construcción de los Estados-nación europeos (que en algunos casos tiene
mucho más de los dos siglos de antigüedad
que le concede Kymlicka) ha ido tejiendo una
red de lazos intelectuales, culturales, religiosos,
lingüísticos, económicos, sociales, etcétera, entre los distintos grupos étnicos que conforman
un Estado, lazos que habría que deshacer para
satisfacer el sentimiento de identidad de las
minorías o de algunos miembros de dichas
minorías. Porque la amnesia de quienes niegan tales vínculos no es inocente. Los nexos
de unión que una historia común de cientos
de años ha trenzado no pueden ser aniquilados simplemente por la voluntad o los intereses de unos cuantos individuos empeñados en
fomentar las peculiaridades de cada grupo.
¿No puede el derecho a la cultura encontrar
satisfacción más que a costa de romper lazos
históricos centenarios? ¿Qué nuevo valor es
ese de la “comodidad” al que se refieren constantemente en sus reivindicaciones? ¿Se trata
acaso de una nueva versión de los derechos
humanos?
El derecho individual a la cultura que
tanto invocan no parece que pueda justificar
los costes de todo tipo, económicos, políticos,
sociales, incluso afectivos, que un proceso de
ruptura puede comportar. Más aún si la cultura, que para ellos es el elemento definitorio de
la “nación”, no es algo fijo e inmutable como
45
EL NACIONALISMO “LIGHT”
pensaban los nacionalistas del siglo XIX, sino
que consiste en un continuo “hacerse y rehacerse”; si es un “escenario de ámbitos superpuestos, de fronteras imprecisas, de fluctuación” a la vez que de “adaptación”, “reelaboración” y “relectura”; si las identidades no
son ni naturales ni dadas sino que responden
a la voluntad de los movimientos nacionalistas
que “mediante su organización, movilización
y discurso” fraguan la nación; si la etnicidad
no es sino el “resultado de la producción de los
intelectuales a través de un proceso de filtrado
y selección de tradiciones, mitos y símbolos de
entre el repertorio étnico disponible”, como
afirma Ramón Máiz40. ¿Por qué entonces habría de aceptar toda una población la voluntad de un grupo de individuos obstinados en
acentuar las diferencias hasta convertirlas en
un foso que puede destruir una convivencia
de siglos? ¿Por qué tendrían que ser consideradas esas diferencias como un valor digno de
protección? ¿Qué bien proporcionan para
que exijan ser preservadas como si fueran especies en vías de extinción?, se pregunta
Habermas41.
Universalismo y particularismo
Por mucho que digan los nacionalistas liberales de hoy, no parece que pueda haber reconciliación posible entre nacionalismo y liberalismo como no la hay entre universalismo y
particularismo. La afirmación de la identidad
que requiere todo particularismo conduce inevitablemente a subrayar las diferencias, aún
cuando ello no implique necesariamente, como ocurre en el caso del nacionalismo “duro”,
inculcar el odio al diferente, al “maketo” que
no comparte nuestra cultura o nuestra lengua.
Aún así no parece que ésa sea la mejor forma
de reforzar los lazos de fraternidad que nos
unen a nuestros semejantes. Los cosmopolitas
entienden que el lugar de nacimiento es un
mero accidente y que no debemos permitir
que las diferencias de nacionalidad, de clase,
de pertenencia étnica o de género erijan fronteras entre nosotros y nuestros semejantes. Ni
siquiera la lengua. Porque las diferencias se
pueden ahondar o minimizar. Se puede decir,
como los obispos catalanes dijeron en su día,
que la lengua es la patria o, como afirmaba
Renan, que la lengua invita a unir pero que
no fuerza a ello. Porque la lengua, como la
identidad, no es algo dado. Los dirigentes de
la República Democrática Alemana trataron
de crear una lengua nueva para distanciarse de
la RFA y de la herencia nazi; y también los
40
‘‘El lugar de la nación en la teoría de la democracia y el ‘nacionalismo liberal’ ’’ en Revista Española de
Ciencia Política, núm. 3, octubre 2000, págs. 66-68.
41 Citado por Fernando Vallespín, El futuro de la
política. Taurus, Madrid, 2000, pág. 86.
46
griegos, cuando conquistaron su independencia en 1862, buscaron sin éxito inventar una
lengua “pura” vaciada de todas las influencias
turcas. Algo parecido ha sucedido con el euskera, que en los dos siglos anteriores a 1880
no produjo más de media docena de títulos42.
Es cierto que el nacionalismo liberal se
opone al nacionalismo “duro”, al que impone
la limpieza étnica, al que reclama que toda
nación (o etnia, según la terminología de
Schnapper) tenga su propio Estado soberano,
un Estado “nacionalizador” que aplique al
conjunto de la población su cultura y su lengua mediante políticas de asimilación e integración. Los nacionalistas liberales se deslindan de esta vertiente nacionalista vaciando el
concepto de “nación” de todos los elementos
étnicos inaceptables hoy por la democracia liberal, como la raza (que reduce a la nación a
una dimensión biológica), el territorio y el espíritu del pueblo o Volkgeist. Depurada así de
los rasgos deterministas y antiliberales, de su
“núcleo duro”, la “nación” quedaría reducida
a aspectos meramente culturales como la lengua, la historia y el sistema mítico-simbólico.
E incluso como la cultura puede tener un
contenido demasiado “denso”, los nacionalistas liberales son partidarios del “adelgazamiento del concepto de cultura”, que consistiría en renunciar a imponer a los miembros
de la “nación” valores comunes (Máiz, págs.
64-66). “Adelgazada” y depurada de esta guisa, la idea de “nación” que defienden estos autores exige, sin embargo, no sólo la autonomía cultural sino el autogobierno, única vía
para que estas minorías no pierdan “autoestima y autorrespeto”43 y se sientan “cómodas”44 en términos de identidad (Requejo,
págs. 38-39). La forma política propuesta para Estados con minorías “nacionales”, como
el español es un federalismo multinacional
con un Estado sin soberano, es decir, con soberanía compartida entre las distintas “naciones”, que garantice la pluralidad cultural y el
derecho a usar la propia lengua mediante el
acceso a la vida pública, a las instituciones
económicas, políticas y educativas.
Esta nueva visión del nacionalismo, que
dice respetar los valores del liberalismo democrático, termina, sin embargo, al igual que el
nacionalismo étnico, incidiendo en lo que se-
para. Visto así, no parece que se pueda considerar la mayoría de las demandas del nacionalismo democrático no estatal (como el catalán,
el escocés o el quebequés), como pretende Ferrán Requejo (pág. 41), como “una profundización de las premisas del liberalismo político
y, particularmente, de los valores de igualdad,
libertad y pluralismo”. Si hemos de creer a
Ralf Dahrendorf, uno de los grandes valores
de la democracia consiste en que gente diversa
desde el punto de vista étnico, religioso o político pueda convivir y compartir valores comunes, sin necesidad de vivir recluida en nichos
con sus iguales (pág. 32). Pero en este “federalismo multinacional sin soberano”, ¿qué valores compartirían las distintas “naciones” si repudian la lengua, la historia y la cultura comunes e incluso ponen en cuestión la
preeminencia de los derechos individuales?
¿Qué espacio político común podría configurarse si dejan de compartir el mismo sentimiento de pertenencia?
Habermas cree que las demandas de segregación e independencia son con frecuencia fruto de problemas de insolidaridad entre
regiones ricas y regiones pobres, como ocurre
en Italia con las reivindicaciones de la Liga
Norte45. Pero también cabe pensar, bajo una
óptica weberiana, que el nacionalismo es el
resultado del ansia de grupos locales por conquistar cada vez más poder recurriendo a todo tipo de legitimaciones histórica, ideológica, etcétera, para lograrlo. El ensayo de Nussbaum al que antes me he referido, en su
sencillez, pone el dedo en la llaga al señalar
una de las perversiones del nacionalismo. Al
citar en su artículo la sentencia de Plutarco
“debemos de considerar a todos los seres humanos como nuestros conciudadanos y convecinos” no pude por menos que recordar las
palabras de Rousseau en Emilio: “El patriota
es duro con el extranjero que sólo es un
hombre, que no es nada”. Tendríamos que
ser conscientes de si estamos educando a
nuestros jóvenes para ser “hombres o patriotas”. Y aunque haya planteamientos nacionalistas con los que estemos de acuerdo, la piedra de toque para adherirnos o no a ellos
consiste, a mi entender, en saber si su objetivo es unir a los seres humanos o separarlos. n
42
‘A modo de introducción a la literatura vasca’.
Prólogo de Ibon Sarasola a Obabakoak de Bernardo Atxaga, Ediciones B, Barcelona, 1989, pág. 13.
43 Es la tesis que sostienen Margalit y Raz en ‘National Self-Determination’, Journal of Philosophy 87/9,
págs. 439 y sigs.
44 Kymlicka insiste mucho en que el ciudadano
medio sólo se siente “cómodo” debatiendo cuestiones
políticas en su lengua vernácula, lengua que confiere al
ciudadano una “nueva dignidad”.
45 La constelación posnacional, op. cit., pág. 98.
María José Villaverde es profesora titular de Ciencia
Política en la Universidad Complutense.
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA Nº 140
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