El peso del silencio

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LATERCERA Domingo 10 de julio de 2016
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COLUMNA DE OSCAR CONTARDO
El lazo del ex ministro Insunza y su abogado
C
FOTO: PATRICIO FUENTES
Creemos que el silencio es una cosa inocua, como una burbuja que se eleva sin siquiera perturbarnos. Creemos que no
pesa, que no deja rastro, que el silencio no
es capaz de herir, porque es algo fronterizo con la nada. Creemos eso, lo creíamos
incluso cuando vimos una noche, hace un
par de años, a un hombre de mediana
edad en un programa de televisión, tratando de lucir cómodo en una poltrona
que debía sostenerlo a él y a su historia.
Ese hombre en ese estudio de televisión
era Ernesto Lejderman, y su propia vida
había estado herida por silencios desde
que una patrulla militar mató a sus padres
en frente suyo. A él le perdonaron la vida
-¿qué podría contar un niño de dos años?
- y se lo llevaron. Lejderman estaba solo
en un país extranjero, en manos de los
hombres que dieron muerte a sus padres.
¿Qué estaría sintiendo ese niño que pasó
de unas manos a otras y acabó al cuidado de unas mujeres que no conocía? El
resto de la vida de Lejderman ha consistido, en gran medida, en reconstruir lo
que sucedió durante esos días. Para hacerlo debió enfrentarse al silencio, uno pesado, oscuro y frío, como la cobardía, hipócrita como las coartadas que se tejieron
para esconder una matanza escrupulosamente calculada.
La trama que logró rescatar con los años
era dura, pero simple. Hubo un hombre
argentino y una mujer mexicana huyendo con un niño hacia la cordillera. Hubo
un grupo de militares tras ellos, que lo-
graron alcanzarlos y asesinarlos. Hubo
alguien que recibió a ese niño y luego lo
entregó y no dijo nada sino hasta muchos
años después, cuando las evidencias lo alcanzaron.
“Yo le pido a Cheyre que rompa los pactos de silencio”, dijo Lejderman esa noche sentado en ese estudio de televisión
con la vista mirando hacia un punto distante. Lo dijo así, como pidiéndole a un
mensajero invisible que le hiciera llegar
a quien tenía en frente -el propio Juan
Emilio Cheyre- su solicitud. Evitó mirarlo, como si hacerlo de algún modo lo
dañara.
Lo que Lejderman nos dijo a todos esa
noche con una voz rotunda fue que el general en retiro, aquel que la transición elevó al estatus de ícono, no estaba contando todo lo que sabía o debió haber sabido sobre las muertes y torturas ocurridas
en aquel regimiento de La Serena durante el paso de la llamada Caravana de la
Muerte.
Después de esa noche, Ernesto Lejderman volvió a su casa -cruzó la cordillera
como no lo pudieron hacer sus padres- y
nos dejó con la inquietud de su frase zumbando en el ambiente. Al día siguiente,
nuevamente pasó lo que suele pasar en
nuestro país: un coro de voces se apuraron en empatar los hechos y arropar al oficial en retiro aludido para protegerlo de
algo que consideraban injusto; pedirle a
él -un hombre culto, un hombre serio, un
académico, un hombre que dijo “nunca
más”- que deje de guardar silencio.
¿Cómo es posible? Era una injusticia.
Ninguna palabra para quienes están esperando respuestas desde hace tanto tiempo, sino más bien una especie de reconvención velada, parecida a esa suerte de
regaño que se les hace a quienes con sus
quejas arruinan la armonía alcanzada en
una reunión tensa.
Hemos querido por tanto tiempo que
nuestro pasado sembrado de crímenes
cometidos por agentes del Estado permanezca hundido por el peso de algunas
palabras de reconocimiento y un par de
gestos ceremoniales, que nos hemos olvidado que todavía vivimos rodeados de
silencios, que como burbujas de agua tóxica, cada tanto estallan y nos remecen.
Entonces, cuando eso sucede, nos damos
cuenta de que aún hay muchos hombres
y mujeres que -como Lejderman- viven
día a día soportando el peso de una historia inconclusa, una historia que los líderes de nuestra democracia han querido dar por cerrada, pero que está aquí, es
parte de nuestra convivencia y nos emparenta casi imperceptiblemente con el filo
amenazante de quienes callaron cuando
debían haber hablado, de quienes usaron
el recuerdo del miedo -cuidado con decir algo que les pueda molestar, cuidado
con preguntar dónde están- como un refugio cómodo, un escondite hasta el que
la justicia no llegaría. El sitio ideal para esperar que el paso del tiempo haga el resto y el silencio quede sellado por la muerte de los responsables, los que nunca dieron la cara, los que se burlaron de las
víctimas y disfrazaron su crueldad salvaje de patriotismo.R
Al igual que Carlos Ominami, el ex
ministro Segpres Jorge Insunza optó
como defensor público por Carlos
Mora para enfrentar las indagatorias
en su contra por presuntos delitos de
cohecho y negociación incompatible.
Pero mientras el ex senador
Ominami no conocía a Mora, el lazo
que une a Insunza con el abogado es
estrecho.
El ex diputado PPD hizo la práctica
para convertirse en abogado pocos
meses después de salir del gabinete en
la Corporación de Asistencia Judicial,
lugar donde Mora fue su jefe.
La exclusión de
Golborne en libro
sobre el gobierno
de Piñera
“El rescate de los 33” se titula el capítulo
del libro La historia se escribe hacia adelante, en que Mauricio Rojas conversó
con el ex Presidente Sebastián Piñera
sobre el accidente en la mina San José y
los principales hitos de su paso por La
Moneda.
A diferencia de los demás pasajes del
texto, en el que nueve ex ministros abordaron el principal tema de su cartera,
Rojas optó por el testimonio del ex mandatario en lugar del de Laurence
Golborne, entonces titular de Minería.
Cercanos al ex candidato presidencial
sostienen que no fue contactado por el
autor.
El libro -que será lanzado mañana en la
Municipalidad de Vitacura- contará con
la presentación de Max Colodro y David
Gallagher.
FOTO: ARCHIVO
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