El Debate - Mitos del Debate Educacional

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El Debate
Una discusión es el enfrentamiento verbal de dos personas o grupos que
sostienen tesis incompatibles entre sí. Hay veces en que el objetivo es
convencer al contrincante de que la que él sostiene, está errada y la válida es
la de uno. Pero hay otras -los debates- en que, el que gana es el que humilla al
contrincante o convence a un juez, un jurado, un árbitro circunstancial, la
opinión pública, u otro designado especialmente. En ambos casos, tener o no
la razón, carece de importancia.
Si hay un árbitro, es a este a quien hay que convencer. Tratar de
convencer al adversario, es una misión quijotesca que, además, no reporta
beneficio alguno, casi diría que al contrario. Tampoco tiene mayor sentido
humillarlo, excepto, claro, por el cuestionable placer que eso le pueda
proporcionar al vencedor.
Si no lo hay, la mejor técnica es llevar al adversario a una posición límite,
en que pierda el control de sí mismo y luego burlarse de él o aconsejarlo
pausadamente sobre cómo dominar los nervios.
En algunos casos, un debate se puede evitar antes de que comience,
convenciendo sutilmente al adversario de que las ideas planteadas por uno,
han sido ocurrencias de él, sobre todo cuando no están discutiendo una idea
contra otra, sino una idea contra una negativa contumaz. Aplicar dicho
método, es una renuncia voluntaria a los derechos de autor y a cualesquiera
sean los honores que podrían desprenderse de ellos, lo cual requiere una
calidad humana más bien escasa en estos tiempos (y en cualquier tiempo, para
qué estamos con cosas). Aún así, es un método que comúnmente aplican las
mujeres ante sus maridos, cuando se trata de adquirir algo nuevo para la casa
o efectuar un viaje, incluso si es con él.
Si la lucha es idea contra idea, hay que andar con cuidado al atribuir al
contendor esa autoría, pues puede interpretarlo como un sarcasmo y
endurecer su posición.
Una vez abierto el debate, para ganarlo o para revertir un resultado que
parece irremisiblemente adverso, las técnicas que acá se mencionan
funcionan -al menos- la mitad de las veces:
1 Concentrarse en los aspectos emocionales. Por ejemplo, si no se puede
probar la culpabilidad de un acusado, narrar detalladamente los aspectos más
horrendos del crimen. Esto convencerá a quién sea, de que sí es culpable.
2 Identificar los puntos débiles en la argumentación del rival. Luego,
elaborar en base a ellos, una respuesta irónica y demoledora.
3 Impugnar la precisión de los hechos que presenta. Los hechos, rara vez
son lo esencial en un discurso. Están allí para apoyar las ideas. Pero son lo más
fácil de desacreditar.
4 Expresarse de modo que no entienda y -por lo tanto- no pueda rebatir
5 Desacreditar al interlocutor o a alguien que éste haya puesto como
ejemplo, comentando en voz baja una actuación suya perfectamente lícita,
pero de modo que parezca ilegal o inmoral.
6 Citar a filósofos que el interlocutor no conoce y afirmar que apoyan la
postura de uno. Los apellidos de origen germánico son los más eficaces.
7 Atribuir al interlocutor palabras y argumentos que no ha expresado, e
impugnarlos sarcásticamente, hasta que se exaspere y pierda el control de
sus actos y palabras.
8 Corregir la forma como pronuncia los apellidos y las palabras
extranjeras. Con ello se obtiene una imagen de superioridad cultural ante la
cual el oponente se amilana.
9 Mientras él habla, darle a entender que no se le está prestando
atención (por ejemplo, interesándose por algo que sucede en la calle o en
algún lugar cercano). Cuando termine de hablar, confesar la distracción y
pedirle que repita todo.
10 Mientras lo hace, bostezar repetidas veces (cada una, seguida de las
correspondientes disculpas).
11 Si la discusión es por escrito, corregirle la ortografía.
12 Rebatir el significado de las palabras que usa y explayarse acerca de
su etimología, según el Diccionario de la Real Academia Española de la
Lengua.
Si todo eso falla, aun hay recursos pacíficos para evitar la derrota:
13 Cambiar sutilmente el tema (el nuevo podría ser la etimología
mencionada más arriba, pues casi cualquier palabra que se mencione, es
potencialmente un escape hacia dicho tópico. Eso sí, cuidado con que lo
arrastren a una nuevo discusión). No se gana, pero se termina en un honroso
empate.
14 Hacer una seña a algún amigo para que lo llame a uno al celular y
simular que se sostiene con él una larga conversación. Algunos celulares
cuentan con un botón de pánico que es reconocible al tacto, y genera una
llamada ficticia.
15 Si mientras “conversa” nota que su rival se ha quedado esperando que
termine para exponer nuevos argumentos, aún queda la llamada “solución
futbolística”, esto es, colgar y descalificarlo por su raza, orientación sexual,
cintura, nacionalidad, situación tributaria, parientes, u otra cosa que le duela.
Se puede usar garabatos, por supuesto, pero la idea es que sólo él los
escuche para que nadie encuentre que su violencia está justificada.
Si aún conserva la calma, bueno, ya no queda otra que golpearlo.
Aunque en el terreno físico las estadísticas suelen favorecer a los que
argumentalmente fueron vencidos, siempre existe el riesgo de salir
magullado. Es Ud. quien lo toma o lo deja. Pero recuerde que, en términos de
prestigio, incluso perder una pelea, es menos malo que salir de un debate con
la cola entre las piernas.
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