01-4 Segundo Dom[1]. del TO

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01-4: 2° Domingo del T.O.- A
Sobre quien permanece el Espíritu
1/ Me siento a mi escritorio para comenzar a trabajar. Tengo computadora,
abanico eléctrico y lámpara de mesa. Pero ¡qué frustración: nada funciona! ¿Por qué?
Porque hay un apagón: no hay corriente eléctrica. Cuando, ya frustrado, estoy para
dejarlo para mañana, de repente se prenden la luz, el abanico, la computadora. ¿Por qué?
Pues se abrió el flujo de energía eléctrica desde la central: energía que no se ve, pero que
es un dinamismo poderoso para mover los enseres que me facilitan realizar mi trabajo.
2/ Algo semejante pasó en el caso de Jesús. Antes de su bautismo por Juan él era
el carpintero de Nazaret que, en su comportamiento, probablemente no se singularizaba
mucho entre sus compueblanos. Pero ahora, al caer sobre él el torrente del Espíritu
dinámico de Dios, se convierte en "El Ungido" (= Mesías). Es decir, se convierte en
"dínamo" del poder energético de Dios en medio del mundo de los hombres: para
"energizarlos" y transformarlos. Ya en la antigua historia de Israel había habido fenómenos algo parecidos (aunque
infinitamente inferiores): como cuando el Espíritu de Dios se apoderó de un líder militar
como Samsón: quien, invadido por el Espíritu, mató con sus meras manos a un león, y
desbarató sin armas a un destacamento de mil enemigos (Jc.14.6; 15.14-15). O como
cuando Saúl fue contagiado irresistiblemente por el espíritu de trance de un grupo de
adivinos carismáticos (I Sam.10.5-12). - En tales casos siempre fue un fenómeno
pasajero, algo extravagante, y poco "espiritual".
3/ Pero ahora el Espíritu de Dios ha caído para siempre, y en plenitud, sobre
Jesús1. Por el momento sólo sobre él (todavía no sobre nosotros), y con el propósito para
capacitarlo para su tarea mesiánica. San Lucas ilumina el comienzo de la misión pública
de Jesús, citando al profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha
ungido. Me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres, proclamar liberación a los
cautivos y vista a los ciegos, - para dar libertad a los oprimidos, y proclamar el año de
gracia del Señor" (Is.61.1-2l; Lc.4.18-19). - Este Espíritu lo hace forcejar cuerpo a
cuerpo con el diablo en el desierto (Mt.4.1-2), y obrar innumerables curaciones (Lc.5.17).
Pero aún más, este Espíritu es el "río subterráneo" de su contacto continuo e intimísimo
1
En los libros litúrgicos españoles hay un error serio en la traducción e interpretación de Jn.1.29-39. Cuatro
veces en este pasaje sale el verbo griego "meno" que significa "permanecer", más que "posar". Por esto el
traductor no se ha dado cuenta de la manera sutil cómo el evangelista lo emplea: para indicar que en Jesús
el Espíritu está de modo ya permanente, no pasajero. En v.32 debe traducirse "el Espíritu ... permaneció
sobre él" o aún "comenzó a permanecer" (aoristo incoativo). En v.33 "sobre quien veas el Espíritu bajando
y permaneciendo". En v.38 los discípulos le preguntan: "¿dónde permaneces?" (pensando en un hospedaje
local). Y en v.39 debe traducirse: "Vieron dónde permanece (¡el verbo está en tiempo presente!) y permanecieron con él". Observa que gramaticalmente el v.39 debería decir "dónde permanecía", pero el texto lo
pone en presente "vieron dónde permanece". ¿Por qué lo pone así? Porque no se refiere a algún hospedaje
material, sino ¡a su permanencia eterna en el seno del Padre! Toda la obra de Jesús brota de su interpenetración eterna con el Padre: "Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí" (Jn.10.38; 14.11; 17.21). - Algo
de esta eternidad no-temporal del misterio de Cristo oímos en Jn.8.58, cuando dice: "Antes que naciese
Abraham, Yo Soy" (que la versión de Nácar-Colunga todavía traduce mal: "yo era").
con el Padre: "Todo me ha sido entregado por mi Padre, de manera que nadie conoce al
Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiera
revelárselo" (Mt.11.27). En este abrazo de amor con que el Espíritu une al Padre y al
Hijo, es que Jesús ha encontrado la fuerza para su sacrificio supremo en la cruz: "La
sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios,
purificará nuestra conciencia de obras muertas para rendir culto al Dios vivo" (Hbr.9.14).
Así Jesús se ha hecho "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (como Juan
hoy presagia: Jn.1.29), que en la cruz resultó ser el verdadero "cordero pascual" al que
"no le quebraron las piernas", y que sella nuestra liberación de la Casa de esclavitud
(Jn.19.31-36; vea Ex.12.1-14).
4/ Por haberse dejado llevar por el Espíritu hasta este sacrificio supremo, Jesús
resucitado ha recibido el privilegio de poder comunicar ahora este Espíritu de dinamismo
divino a todos los que creemos en él: "Enaltecido a la derecha de Dios, ha recibido del
Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado" (Hch.2.33), y nos lo comunica "sin
medida" (Jn.3.34). Por esto dice el evangelio de hoy: "Sobre quien veas bajar el Espíritu
y permanecer sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo" (Jn.1.33). En el fondo
ésta es la diferencia fundamental entre un buen Israelita del Antiguo Testamento y un
Cristiano del Nuevo: que el Israelita sabe cuál es la voluntad de Dios, pero carece de la
fuerza interior para realizarla, - mientras los Cristianos conocemos esta misma voluntad,
pero recibimos la fuerza divina para realizarla connaturalmente (según anunciara el profeta Ezequiel, 36.26-27). A veces el dinamismo del Espíritu nos impulsa a realizar obras
extraordinarias o aún milagrosas, - pero las más de las veces nos acompaña suavemente
para realizar las cosas ordinarias, pero de modo extraordinario (p.ej. la manera cómo la
madre Teresa cuidaba de los moribundos abandonados, - y cómo tantas personas anónimas cuidan con cariño y perseverancia a las personas que Dios pone en su camino.
5/ A propósito digo: "los Cristianos", en plural. Pues el Espíritu de Cristo está en
todos los bautizados que creemos en él, tanto Católicos como hermanos de otras Iglesias
Cristianas. Pues, según observó el inolvidable Papa Juan XXIII: "Hay mucho más que
nos une de lo que nos divide". De ahí que su Concilio Vaticano II proclamó: "La Iglesia
se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el
nombre de Cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no mantienen la unidad de
comunión". Pero celebra que, a pesar de esto, ya hay entre todos los creyentes en Cristo
"una cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que Él ejerce en ellos su poder santificador con sus dones y gracias... De esta forma el Espíritu suscita en todos los discípulos
de Cristo el deseo y la actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo
determinado por Cristo, en una sola grey bajo el único Pastor. Para conseguir esto, la
Iglesia-madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y
renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de
la Iglesia" (LG # 15). - Para esta intención oramos especialmente en esta "Semana de
Oración por la Unidad de los Cristianos". - En Pentecostés se realizó en todo el pueblo
Cristiano lo que, al comienzo, experimentó Jesús solo: el efusión del Espíritu. Desde entonces éste es el Lazo que da la unidad, éste es "el alma" de la Iglesia, y su "dínamo" de
energía. Éste es el que nos unifica más allá de nuestras diferencias. Pues éste es el Espíritu que "baja del cielo y permanece" en todos los que "nacimos del Espíritu" (Jn.3.5-8).
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