Liturgia Eucarística I

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ORACIÓN 3e
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LITURGIA EUCARÍSTICA I
Ofrenda y Sacrificio
Motivación
En el pasillo, delante la habitación del P. Kentenich en Schoenstatt, le están
esperando personas que vienen a visitarlo y que quieren hablar con él.
Son Teólogos y Sacerdotes que participan en una de sus jornadas. Son las 23 horas y
como a menudo le sucedía, su día de trabajo a esa hora aun no había terminado. Alois
Zeppenfeld, que vive en el mismo pasillo y que conoce la gran cantidad de trabajo
diario del Fundador, sale de su habitación y reprende a los que le esperan: “¡Ya es
bastante!,
¡Déjenlo tranquilo! En ese momento aparece el P. Kentenich quien ha escuchado la
conversación. Al abrir la puerta dice: "Alois, entra un momento". Sobre el armario de
su habitación hay un pelícano abriendo su pecho con el pico para alimentar a sus
polluelos con su propia sangre. El P. Kentenich se lo muestra a Alois y le dice: "Ves,
así debemos hacerlo nosotros".
Este pelícano se encuentra hoy en la casa del P. Kentenich en el Monte Schönstatt.
Ya en los inicios del cristianismo el pelícano era un símbolo para representar el amor de nuestro
Señor que entregó su vida por todos los hombres. Nosotros vivimos porque Él murió por nosotros. Por
amor se entregó sin reservas a sí mismo. En las palabras de despedida dice Jesús a sus discípulos:
“No existe amor más grande que aquél que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)
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OFRENDA
El amor más grande de una persona se muestra en lo que da, incluso cuando se da a sí mismo, es decir,
cuando se hace ofrenda. Así hemos entrado ahora a la segunda parte de la Santa Misa: la liturgia
eucarística. Nuestro Padre y Fundador nos decía que debemos preocuparnos que la Misa cotidiana se
convierta en Misa de la Vida. Por eso nos dice: “Todas las acciones durante el día deben llegar a ser
repetición constante del ofertorio, de la consagración y de la comunión.” (J.K. “Cómo vivir la Santa
Misa”)
Bajo este pensamiento de nuestro Padre, trataremos ahora la entrega de Cristo como ofrenda y
sacrificio.
Jesús se ofrece al Padre por nuestra salvación. ¿Qué significa esto? Jesús entrega su vida
enteramente por amor a cada una de nosotras, por nuestra Redención, para que volvamos a ser hijas
de su mismo Padre. Si pensamos en sus 30 años de vida oculta o luego en sus 3 años de actividad
pública, cada momento lo vivió con la actitud: "Padre, heme aquí, que vengo a cumplir tu voluntad", con
una disposición total a entregarse, desprendido por completo de sí mismo, buscando en todo realizar
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el plan del Padre. Su ser y su vida son una continua ofrenda de amor por la salvación de cada hombre.
En la preparación de las ofrendas de la celebración eucarística, llevamos pan y vino al altar. En ese
momento el sacerdote reza:
"Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del
hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de
vida."
El pan y el vino son símbolos de lo que Dios nos ha regalado primero. Nosotros no podemos darle nada
que no hayamos ya recibido de Él. Pero el pan y el vino son también símbolos de lo que nosotros le
regalamos, de nuestro trabajo humano y por eso expresión de nosotros mismos. Todo lo que traemos
de la vida diaria y se lo entregamos, todo eso lo depositamos en la patena durante el Ofertorio.
Nuestro Padre Fundador reza:
"Padre eterno, estos dones que traemos a tu altar te digan en nuestro nombre que nada nos
pertenece." (Hacia el Padre, e. 82) “Cuando el sacerdote levanta la hostia en la patena
durante el Ofertorio, cada uno puede decir: «yo mismo estoy en la patena»”
Es decir, todo lo que llevo conmigo, lo que me hace sufrir, lo que me alegra, lo que me preocupa, lo que
me pesa... todo lo puedo poner en la patena del Ofertorio y ofrecerlo al Padre para que por la acción
del Espíritu Santo sea transformado junto con el pan. Si recorremos un día normal de cada una,
¡cuántos sacrificios podemos unir al sacrificio de Cristo! Desde levantarnos y vencer el cansancio,
sobrellevar problemas familiares, dificultades con el pololo, incomprensiones o desilusiones con los
amigos, la incertidumbre del futuro, la impotencia frente a dificultades que se nos presentan, la
preocupación por una enfermedad, la inseguridad, los miedos y tantas cosa más. “¡Cuántos sacrificios
del corazón debemos soportar cada día! ¡A cuántas cosas queridas, a cuántas personas amadas
debemos renunciar!... El corazón del Señor late doliente una vez más en mi corazón. Todo esto lo
vivimos en la unión más intima posible con el corazón traspasado de Jesús.” (P.K.)
 A lo largo y ancho del mundo, siempre hay al menos una Santa Misa que se está celebrando en
cada momento. Podemos unirnos espiritualmente al Ofertorio de una Santa Misa y meditar
¿qué puedo poner en la patena, qué dones puedo ofrecerle a Jesús? Esto lo podemos
depositar también en el ánfora de las contribuciones al Capital de Gracias de mi Santuario o
Ermita.
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SACRIFICIO
A la preparación de las ofrendas o preparación del sacrificio, sigue el acto del sacrificio. Cristo es
ofrenda y al mismo tiempo: Sacrificio.
Contemplando la imagen del pelícano, el P. Kentenich le dijo a Alois Zeppenfeld: "Ves, así debemos
hacerlo nosotros". ¿Y qué hizo Cristo? Se entregó por los suyos. Se entregó por los suyos como
comida y bebida. Se sacrificó, entregó su vida para que tengamos la vida.
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Y esto no es un pasado el cual se nos recuerda en la Santa Misa, sino que se realiza nuevamente en
cada Santa Misa, en toda Consagración. En cada Santa Misa se consume nuevamente su sacrificio.
En el altar el pan es transformado en el Cuerpo de Cristo, en Pan de vida. Y el vino es transformado
en la Sangre de Cristo. En cada Santa Misa se realiza la entrega de la vida de Jesús al Padre por
nosotros.
La pasión y muerte de Jesús en la Cruz y su repetición incruenta en el altar, en la Eucaristía, son
misterios que no comprendemos fácilmente. Como se trata de la cruz, es consolador lo que dice
nuestro Fundador:
"En todos los tiempos los hombres han sentido aversión de la Cruz. ¡Cuánto tiempo
necesitaron los apóstoles hasta que comprendieron la sabiduría de la Cruz! El Salvador
les dice: tengo que ser elevado en la Cruz ¿Y su respuesta?...., ¡No puede ser, Tú no
debes ir a la Cruz! y nosotros sabemos cuán ásperamente Jesús rechazó a Pedro
diciéndole: ¡Satanás!... Y son los primeros cristianos.
Oigamos a Pablo que nos dice... yo predico a Cristo y a Cristo crucificado. ¿Qué es
esto? Para los gentiles una necedad, para los judíos escándalo, pero para nosotros,
sabiduría y fuerza de Dios. (cfr. I Cor 1, 23)...
¿Qué es lo que quiere Jesús? Por de pronto, no quiere conquistar ningún reino, sino
conquistar corazones. ¿Y como conquistó corazones? Manifestando de manera
grandiosa su amor.”
La vida de un cristiano es participación en la vida de Cristo. Significa “entrega por amor hasta el
extremo”. María, la primera cristiana, ha participado en el sacrificio de Cristo de manera
extraordinariamente profunda. Ella no murió “físicamente” con Él. Su morir fue un morir espiritual,
por amor. Se ha dado como ofrenda "a sí misma". No solamente tuvo que entregar en sacrificio su
inteligencia, voluntad y corazón, sino tuvo que entregar su propia carne y sangre... la ofrenda que Ella
había preparado, el Hijo de sus entrañas, el Dios de su corazón, lo más querido que poseía.
Así como María, debemos dejarnos penetrar por el misterio del sacrificio, que dentro y fuera de la
Misa, significa:
1.- Pedir la gracia de tener más fe para descubrir a Dios en medio del dolor.
2.- Acompañar a Jesús en su continuo sacrificio por nosotros.
3.- Crecer en una actitud de mayor sacrificio y entrega por amor, por medio de una constante
autoeducación.
Muchas veces en nuestra vida nos encontramos con personas que no comprenden ni aceptan el dolor
en sus vidas. A nosotras mismas nos cuesta; incluso si pudiéramos, al menos en ocasiones, lo
alejaríamos de nuestra vida. Pero es una consecuencia del pecado original que tenemos que asumir.
También hay sufrimientos que nosotras mismas nos ‘fabricamos’ a causa de nuestros egoísmos y
pecados personales. Y Dios en su bondad usa este sufrimiento para nuestra redención, en la medida
que unimos nuestro dolor al sacrificio de Cristo.
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Sugerencias metodológicas
1.
Reflexionar: ¿Cuál es el sacrificio que actualmente estoy viviendo en mi “Misa” de la vida
diaria? ¿Uno este dolor al sacrificio de Cristo? ¿Hay algo de este sufrimiento, que me he
‘fabricado’ yo?
2. ¿Qué medios puedo cultivar, según el ejemplo de María, para acompañar a Cristo en su camino
de sacrificio?
3. Dentro de lo posible, ver juntas como grupo la película “La pasión de Cristo” (sino
comentarla). Detenerse especialmente en el momento de la crucifixión mirándola desde la
perspectiva de lo que significa la entrega de Cristo al Padre y el seguimiento de María a
Jesús en cada instante. Esta entrega y acompañamiento se actualiza en cada santa
Eucaristía.
Con la perspectiva de la Santa Misa preguntémonos:
a) ¿Qué momentos de la Santa Misa revitalizan mi amor por la Eucaristía? Fundamenta tu
respuesta.
b) ¿Qué me llama la atención de la actitud de la Mater frente al sacrificio de su Hijo?
c) ¿Qué experiencias de sacrificio por amor a otros me ha regalado Dios durante mi vida?
"Padre Eterno, en el altar nos ofrecemos con Él y te adoramos sin
reservas a Ti y a tu Omnipotencia. Dispón Tú de nuestras vidas, que Tú
nos regalaste por amor".
(P.K. Hacia el Padre, n. 106).
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