INTRODUCCIÓN La Iglesia que nace del costado abierto del Salvador siempre ha sido UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA por que ha nacido del sacrificio único de Cristo en la cruz, porque Dios la ve como una novia ataviada que es llevada ante el esposo: bella, radiante, enjoyada. Y durante los primeros siglos cuidó diligentemente de este don maravilloso de Dios. Sin embargo, la seducción del pecado y el descuido de la espiritualidad de los creyentes fue denigrando el rostro de la Iglesia, ensombreciendo la imagen que Dios tiene de ella. Por tanto, tan pronto como la Iglesia percibió este problema, por medio de la penitencia, de la oración, del ayuno, la limosna y las obras de caridad ha procurado la coherencia con lo que Dios ve y lo que nosotros sabemos acerca de nuestros pecados. Así, mientras que en los primeros cuatro siglos era privativo de unos cuántos que habían faltado a la santidad y eran devueltos a la salud aplicándoles una penitencia, vestidos de sayal y cubiertos con ceniza, a partir del siglo VII va ser una norma general para todos los fieles. Ahora bien, el sentimiento de culpa cada vez más arraigado, cuánto más arraigado sea el pecado fue creando una actitud negativa, punitiva haciendo prevalecer la importancia del pecado sobre la necesidad de la gracia. El esfuerzo de la Iglesia era más para erradicar el pecado que la vivencia de la gracia, la cual la más de las veces era relegada como una realidad futura de la que se disfrutará hasta llegar al cielo. Y esta actitud no era de extrañarse, veamos en la realidad médica: ¿cuánto tiempo ha estado enfrascada en curar las enfermedades? Y ¿hasta cuándo se empezó a preocupar por prevenirlas? Los estudios se aplican para resolver los problemas, más que para evitarlos. Por tanto, debemos hacer un esfuerzo común por superar este aspecto negativo de la vida de la santidad, es decir, tenemos que preocuparnos más por el bien que por el mal, más por vivir junto a Dios, que apartarnos del diablo. Es necesaria una actitud más positiva, algo que brote de la era apostólica de la Iglesia y no tanto de la Edad Media. Es mejor ver la imagen que Dios tiene de la Iglesia y movernos hacia esa realidad, que lamentarnos del rostro distorsionado que nuestros pecados le han ocasionado. Claro que la ceniza nos recuerda la caducidad de nuestra vida ¿pero porqué no ha de recordarnos la resurrección? La ceniza nos recuerda nuestros pecados ¿pero porqué no ha de recordarnos la urgencia de recuperar la gracia? Los antiguos pastores a la salida del invierno quemaban los pastizales para “apurar” el crecimiento del nuevo pasto. Quemaban los pastizales para “erradicar” las plagas y los huevecillos de los insectos. Quemaban los pastizales para fertilizar la tierra y “hacer más vigorosos” los nuevos brotes. El hombre antiguo tenía un valor más positivo de la ceniza, si la arrojaban sobre sus cabezas o ropas, era no solo para reconocer que estaban mal, sino sobre todo para “apresurar” “erradicar” y “hacer más vigorosos los nuevos brotes”. Sí, estoy conciente de haber pecado, pero no puedo perder tanto tiempo lamentándome de ello, me es más urgente volver al estado de la gracia, a la amistad con Dios y a la vivencia de las buenas obras, por eso quiero parecerme al pastizal que al ser quemado “apura” un crecimiento sano y vigoroso. Así la Iglesia, al iniciar la Cuaresma, se reconoce formada por miembros pecadores y que sus pecados han llevado a la sociedad a pecados generales y vergonzosos. Se reconoce pecadora, pero se sabe santa. Por tanto, no queriendo permanecer mucho tiempo en esa condición despreciable, inicia el santo tiempo de la Cuaresma con la imposición de la ceniza a fin de erradicar el pecado en nosotros, pero también para apurar la vida de la gracia. Los invitamos, con esta celebración a pedirle la gracia a Dios de que podamos, libres de nuestras culpas y pecados poder vivir de acuerdo a las enseñanzas del evangelio hacer de la gracia una realidad general. MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA ESTA CUARESMA: ¡Queridos hermanos y hermanas! Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador. Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó. En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia. La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332). En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40). Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica. Vaticano, 11 de diciembre de 2008 BENEDICTUS PP. XVI CELEBRACIÓN DE LA IMPOSICIÓN DE LA CENIZA FUERA DE LA MISA CANTO La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. Levanto mis ojos a los montes De donde me vendrá el auxilio El auxilio me viene del Señor Que hizo el cielo y la tierra Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal. ENCOMENDACIÓN Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”. Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la El Señor salva tu vida El Señor está a tu derecha El guarda tus entradas y salidas Ahora y por siempre. EL AUXILIO ME VIENE DEL SEÑOR QUE HIZO EL CIELO Y LA TIERRA (2). Celebrante: Dios mío, ven en mi auxilio. Asamblea: SEÑOR, DATE PRISA EN SOCORRERME. Celebrante: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Asamblea: COMO ERA EN UN PRINCIPIO, AHORA Y SIEMPRE Y POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMEN. ORACIÓN Celebrante: Oremos, hermanos, para que con este gesto de la imposición de la ceniza erradiquemos el pecado en nosotros, apuremos su gracia y podamos vivir una vida digna de ser llamada: “cristiana”. Nos ponemos de rodillas. (Todos oran en silencio por un momento) Celebrante: día de ayuno con el que iniciamos, Señor, esta Cuaresma, sea el principio de una verdadera conversión a Queti, yelque nuestros actos de penitencia nos ayuden a vivir tu gracia sobre todos los problemas y tentaciones de este mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por lo siglos de los siglos. R. Amén. LITURGIA DE LA PALABRA EXHORTACIÓN Este es el ayuno que yo quiero. Lectura del libro del profeta Isaías 58, 1-9 sto dice el Señor: “Clama a voz en cuello y que nadie te detenga. Alza la voz como trompeta. Denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. E Me buscan día a día y quieren conocer mi voluntad, como si fuera un pueblo que practicara la justicia y respetara los juicios de Dios. Me piden sentencias justas y anhelan tener cerca a Dios. Me dicen todos los días: ‘¿Para qué ayunamos, si tú no nos ves? ¿Para qué nos sacrificamos, si no te das por enterado?’ Es que el día en que ustedes ayunan encuentran la forma de hacer negocio y oprimen a sus trabajadores. Es que ayunan, sí, para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad. Ese no es un ayuno que haga oír en el cielo la voz de ustedes. ¿Acaso es éste el ayuno que me agrada? ¿Es ésta la mortificación que yo acepto del hombre: encorvar la cabeza como un junco y acostarse sobre saco y ceniza? ¿A esto llaman ayuno y día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y te dirá: ‘Aquí estoy’ ” Palabra de Dios. R. Te alabamos, Señor. Se trata de presentar a los fieles el aspecto “positivo” de la imposición de la ceniza, sí de tomar conciencia de lo mucho que hemos ofendido a Dios, pero sobre todo de lo mucho que hemos desperdiciado su gracia dejando que el pecado nos domine. Por tanto exhortamos a los fieles a que motivados y movidos por la gracia de Dios aceptemos de corazón volver nuestra mirada hacia él, convirtiéndonos de corazón y ponernos indiscutiblemente a su servicio. Recordemos, además la práctica de las obras de misericordia: 7 Espirituales y 7 Corporales: Las Espirituales: Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que yerra. Perdonar las injurias. Consolar al triste. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Rogar a Dios por vivos y difuntos. Las Corporales: Visitar y cuidar a los enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Dar posada al peregrino. Vestir al desnudo. Redimir al cautivo y enterrar a los muertos. La práctica del ayuno en este día y el Viernes Santo, así como la abstinencia de carne todos los viernes. El ayuno consiste en desayunar y cenar la mitad de lo acostumbrado, no comer entre horas y una comida normal. Ayunar es uno de los mandamientos de la santa madre Iglesia y es obligatorio para los mayores de edad hasta los 60 años. En cambio, la abstinencia que debería ser todos los viernes del año es obligatoria desde los 14 hasta los 60. Los invitamos a considerar el aspecto positivo de estas prácticas cuaresmales, en el sentido de fortalecer nuestro ser, tener un mejor control sobre nuestras tendencias y debilidades para ser y mostrarnos más íntegros. IMPOSICIÓN DE LA CENIZA Acompañados por un canto penitencial, los asistentes pasan uno por uno a que les impongan la ceniza. "ARREPIENTE Y CREE EN EL EVANGELIO". SALMO RESPONSORIAL O bien Sal 50 "ACUÉRDATE DE QUE ERES POLVO Y AL POLVO HAS DE VOLVER". R. A un corazón contrito, Señor, no lo desprecias. Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados. R. Puesto que reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados. Contra ti solo pequé, Señor, haciendo lo que a tus ojos era malo. R. Tú, Señor, no te complaces en los sacrificios y si te ofreciera un holocausto, no te agradaría. Un corazón contrito te presento, y a un corazón contrito, tú nunca lo desprecias. R. CANTOS PERDÓN, OH DIOS MÍO. PERDÓN E INDULGENCIA. PERDÓN Y CLEMENCIA. PERDÓN Y PIEDAD (2) . PERDÓN Y PIEDAD. Pequé ya mi alma, su culpa confiesa, mil veces me pesa de tanta maldad (2). Mil veces me pesa de haber obstinado tu pecho rasgado ¡ Oh suma bondad ! Y Yo, en recompensa, pecado a pecado, la copa he llenado de la iniquidad (2). Yo fui quien de duro madero inclemente te puso pendiente con vil impiedad (2). Mas ya, arrepentido, te busco lloroso, ¡ Oh Padre amoroso ! ¡ Oh Dios de bondad ! (2) PERDONA A TU PUEBLO, SEÑOR. PERDONA A TU PUEBLO, PERDÓNALE, SEÑOR. No estés eternamente enojado. No estés eternamente enojado. Perdónale, Señor. Por tus profundas llagas tan crueles, por tus salivas y tus hieles. Perdónale, Señor. MIÉRCOLES DE CENIZA Por las heridas de pies y manos, por los azotes tan inhumanos. Perdónale, Señor. Una vez concluida la imposición, el Celebrante y sus ayudantes, se lavan las manos y, se concluye con la Oración Universal de los Fieles. ORACIÓN UNIVERSAL DE LOS FIELES Celebrante: Hermanos, en este Año Paulino en el celebramos los 2,000 aniversario de su nacimiento, pidamos a Dios al inicio de este santo tiempo de la Cuaresma que nos permita doblegar nuestros egoísmos y proyectos para atener y servir a su santa voluntad, y digamos con fe y esperanza: R. PERMÍTENOS, OH PADRE, CONOCER TU SANTA VOLUNTAD. Para que practiquemos la justicia y respetemos los juicios de Dios, oremos. R. Para que nuestras buenas obras permitan a nuestras voces ser escuchadas en el cielo, oremos. R. Para que rompamos las cadenas injustas y levantemos el yugo que oprime a los inocentes, oremos. R. Para que compartamos el pan con el hambriento y abramos nuestras casas al pobre que no tiene techo, oremos. R. Para que vistamos al desnudo y no le demos la espalda a nuestros hermanos, oremos. R. Para que en el contexto de la Misión Permanente Continental todos seamos discípulos y misioneros de Cristo, oremos. R. Celebrante: P adre que brille la luz de tu Iglesia como la aurora y se cicatricen de prisa las heridas de la humanidad; que se abra camino tu justicia y tu gloria vaya detrás de nosotros. Entonces podremos clamar a ti y tú nos responderás en el amor que le tienes a tu Hijo muy amado, Jesucristo nuestro Señor. R. Amén. DESPEDIDA La Bendición se suprime debido al rito de la ceniza. Celebrante: Asamblea: Fortalecidos con el auténtico ayuno construyamos la caridad y vayamos en paz. R. DEMOS GRACIAS A DIOS. ARQUIDIÓCESIS DE MONTERREY 25 DE FEBRERO DE 2009